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“El Espíritu Santo os lo enseñará todo”. Domingo 05 de junio de 2022. Pentecostés

domingo, 8 de junio de 2025
Comentarios desactivados en “El Espíritu Santo os lo enseñará todo”. Domingo 05 de junio de 2022. Pentecostés

Leído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 2,1-11:  Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
Salmo responsorial: 103:  Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Corintios 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Juan 20,19-23:  Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

En el presente ciclo C pueden utilizarse tambien las siguientes lecturas:

Romanos 8, 8-17: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Juan 14, 15-16. 23b-26: El Espíritu Santo os lo enseñará todo

Nota 1: Este año, como ciclo C, hay otras lecturas posibles este día; consúltese esta fecha en el calendario litúrgico (http://www.servicioskoinonia.org/biblico/calendario), o directamente aquí:

http://servicioskoinonia.org/biblico/calendario/texto.php?codigo=20100523&cicloactivo=2010&cepif=0&cascen=0&ccorpus=0

Nota 2: Como casi todas, Pentecostés no es una fiesta originariamente cristiana (propuesta por Jesús) ni siquiera israelita (decidida por Israel), sino una celebración que es parte de una cultura religiosa que siempre está en evolución, y se acomoda y se enriquece con el transcurso del tiempo y la sucesión de las distintas vivencias del pueblo. Como «Fiesta de las Semanas» o «de la Cincuentena», en Israel fue una fiesta netamente agraria, que celebraba el inicio de la cosecha. Se celebraba siete semanas (cincuenta días) a partir de la Pascua, para dar gracias a Dios por la nueva cosecha (cf. Ex 23,16;34,22; Lv 23,15-21; Dt 16,9-12). En el judaísmo tardío se transformó en festividad plenamente religiosa: pasó a ser memoria del don de la Ley en el Sinaí al pueblo liberado de Egipto. Para recordar o estudiar la interesante «prehistoria» de las festividades cristianas, casi desconocida, y muy iluminadora, recomendamos el clásico libro de Thierry MAERTENS, «Fiesta en honor de Yahvé». (Puede ser recogido en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca).

Sugerencias para la homilía (Escritas para el Diario Bíblico Latinoamericano en un ciclo anterior por el biblista Silvio Báez, recientemente nombrado obispo auxiliar de Managua, a quien agradecemos).

El Espíritu es la misma vida de Dios. En la Biblia es sinónimo de vitalidad, de dinamismo y novedad. El Espíritu animó la misión de Jesús y se encuentra también a la raíz de la misión de la Iglesia. El evento de Pentecostés nos remonta al corazón mismo de la experiencia cristiana y eclesial: una experiencia de vida nueva con dimensiones universales.

La primera lectura (Hch 2,1-11) es el relato del evento de Pentecostés. En ella se narra el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre… quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”; Hch 1,5.8: “Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días… ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo”).

Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. El relato inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre “al llegar el día de Pentecostés” (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como “fiesta de las semanas” (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o “fiesta de la cosecha” (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua.

Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí que estaba directamente relacionada con el don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36).

El texto de los Hechos da otra indicación: “estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2,1). Con estas palabras se quiere sugerir que los presentes estaban unidos, no sólo en un mismo sitio, sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual, no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: “Mientras Jesús oraba… el Espíritu Santo bajó sobre él”; Hch 1,14: “Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste”).

Lucas utiliza en primer lugar el símbolo del viento para hablar del don del Espíritu: “De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban” (Hch 2,2). Aunque los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre “de repente” y, por tanto, en forma imprevisible. Es una forma de decir que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el ser humano. El ruido llega “del cielo”, es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de una ráfaga de viento impetuoso.

El evangelista quería describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con una misma palabra (hebreo:ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Recordemos el gesto de Jesús en el evangelio, cuando “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), o la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios.

“Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch 2,3). Lucas se sirve luego de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); “una hoguera perpetua” (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el ser humano no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana.

La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los seres humanos a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). “Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (v. 4). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, ni en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia.

El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los seres humanos que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El Espíritu debe venir continuamente para perdonar y renovar a los seres humanos para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos.

El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra “les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

En el evangelio se narra la aparición del Señor Resucitado a los discípulos el día de pascua. Todo el relato está determinado por una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar donde están los discípulos están cerradas).

La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo), evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo. La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos. A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo.

Jesús “se presentó en medio de ellos” (v.19). El texto habla de “resurrección” como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: “me voy y volveré a vosotros”; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales:la paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo.

Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al ser humano. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos. En el texto, en efecto, sobresale el tema de la nueva creación: Jesús “sopló sobre ellos”, como Yahvé cuando creó al ser humano en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos (Ez 37). Leer más…

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Pentecostés: Un siglo de nacimiento de la iglesia (30-130 dC)

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Hubo “calentones” de anochecer y madrugada (Jn 20, Lc 23, Hech 2), pero Pentecostés fue un siglo de nacimiento de la iglesia (30-130 dC),  el siglo que tardaron  los cristianos en explorar las consecuencias de la pascua (30 d.C) con presencia y acción de Cristo  en las comunidades, fijando su identidad en el  NT, en vinculación con la historia y Escritura del AT, en un proceso fuerte de mutación divina de la vida humana, en apertura a todos los pueblos, distinguiéndose así de un judaísmo que quiso seguir englobando y definiendo el evangelio en el interior de su tradición y  ley nacional.

Este siglo de pentecostés (30-130 d.C)  ha tenido momentos y ritmos distintos, según las iglesias, pero hacia el 130 d.C., la suerte se hallaba lya echada. Los judíos de Jesús  con los “gentiles” unidos, en proceso de fermentación imparable, con fuertes dolores e inmensas  alegría empezaban rápidamente a vincularse entre sí,  en forma de Gran Iglesia, con supervisores/obispos, Escrituras a (NT) y vida propia, hasta hoy (2025).

| Xabier Pikaza

INTRODUCCIÓN

 Lo que podía haber terminado diluyéndose en forma de grupitos inarticulados de Jesús vino a ser comunión  unificada y abierto, gran Iglesia de Jesús,  Katholiké Ekklesia, comunidad de comunidades, animadas por el Espíritu de Cristo, no por un tipo de Ley propia de la nación israelita, mientras los judíos nacionales, superada la segunda y durísima gran guerra y derrota contra Roma/Adriano (122-125 d.C., echando por la borda el lastre del helenismo universal recreaban su identidad rabínica (sinagogal, misnaica),  que ha perdurado hasta el día de hoy (año 2025).

La Iglesia  formada por aquellos que conocieron directamente a Jesús  y/o participaron de la primera experiencia pascual, interpretada en forma de acción  (expresión y expansión) del Espíritu Santo. En ella introducimos a los primeros cristianos de Galilea (de los que sabemos muy poco),  a los Doce discípulos fundantes, reunidos en la comunidad de Jerusalén con las mujeres y parientes de Jesús (cf. Hech 1, 13-14), y a los «helenistas» de Jerusalén con los apóstoles y Pablo que entendieron la pascua de Jesús como principio de la efusión universal del Espíritu santo, es decir, de una misión abierta a todos los humanos (Hech 6 ss).

            Estrictamente, sólo hay una primera comunidad cristiana, la de Galilea y Jerusalén, la de Magdalena y las mujeres, con Pedro y los Doce, con los Zebedeos, y especialmente con los helenistas y Pablo y Santiago, el Pequeño,  el hermano de Jesús, De esta primera comunidad, de los cuarenta primeros años, de la muerte de Jesús a la caída del Templo (30-70 d.C.), trata lo que sigue. Éste es el tiempo del Gran Pentecostés, En este tiempo surgió y comenzó a brotar todo lo que ha sido obra del espíritu Santo, hasta el día de hoy.

Sólo después evocaremos la figura y acción de algunos grupos de la segunda, y tercera generación cristiana, las tres generaciones posteriores de consolidación bíblica de manifestación y fijación del Espíritu, que podrían condensarse  70-100 (primera generación post-paulina, con Marcos y Mateo) y 100-130 (segunda generación t en la que quiero destacar las figuras de Lucas y del Discípulo Amado.).   principio y fuente del Espíritu Santo) [1].

PRIMERA GENERACIÓN (3-70 d.C).   COMIENDO DEL CRISTIANISMO

Los comienzos suelen ser enigmáticos.  Los  beneficiarios  de un acontecimiento salvador apenas son conscientes de aquello que les sucede: viven antes de reflexionar sobre sus vivencias, crean antes de teorizar sobre sus creaciones. Así sucede con estos primeros cristianos,  seguidores  del movimiento de Jesús.  Le han bajado de la cruz, le han enterrado [2].

¿Escondieron el cadáver? ¿lo llevaron a otro lugar? ¿Pudieron llevarlo unos soldados deseosos de borrar sus huellas? ¿O resucitó corporalmente, dejando en la tumba el vacío de unos lienzos ya innecesarios para el cuerpo glorioso? Todas estas preguntas siguen planeando ante los ojos del lector inteligente de Mc 16, 1-8; Mt 28, 1-15; Lc 24, 1-43; Jn 20. Pero los evangelios no han querido situarse a ese nivel, sino que plantean el tema en perspectiva de fe y surgimiento cristiano, que comparten Hech 1-2 y 1 Cor 15. Desde aquí podemos ofrecer un esquema introductorio:

 –  Jerusalén. Allí se han reunido los seguidores «oficiales» de Jesús (los Doce). Quizá esperaban la venida gloriosa del crucificado, el fin del mundo, pero han tenido «visiones» especiales: se les ha revelado (aparecido) Jesús, mostrándoles que está resucitado y vendrá pronto; por eso, para esperarle y reunir su comunidad en el lugar de las tradiciones de Israel, ellos retornan a Jerusalén, donde se establecen, para culminar la historia de Jesús, que allí fue condenado a muerte, que ha de mostrarse allí como Señor glorioso.

Es posible que estos entusiastas de Jesús en Jerusalén conozcan y visiten también una tumba vacía, donde proclaman las palabras del joven pascual que dice a las mujeres: ¡Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde le habían colocado!  (Mc 16, 6). Esa tumba sería para ellos signo de la muerte de Jesús y garantía de su próxima venida triunfal. Pero nos resulta difícil precisar mejor el sentido primero de esa tumba, vinculada al testimonio de las mujeres según Mc 16,18.  Sea como fuera, es claro que los Doce y Pedro se han reestablecido en Jerusalén, como testigos y adelantados del triunfo final de Jesús.

 – Galilea.  Parece que una mayoría de  seguidores y/o simpatizantes de Jesús han quedado en  Galilea, donde le siguen recordando.  Posiblemente han tenido una experiencia de Jesús resucitado, es decir, del triunfo de su obra, del valor de su persona. Pero no se reunen en Jerusalén, sino que quedan en Galilea, realizando allí los gestos de Jesús, continuando su camino. Quizá más que aquel que ha resucitado ya, Jesús es para ellos aquel que ha de venir (resucitar) del todo en el tercer día de su parusía.

Pablo no sabe nada de los cristianos galileos: los ignora o silencia (quizá porque no entran en relación con su misión). Es muy posible que Pedro, al salir de Jerusalén hacia el 43 d. de. C.,  les haya visitado, pues Mc 16, 7 par le recuerda en Galilea. Más aún, Mt 28, 16-20 relanza la misión universal cristiana a partir de Galilea y no de Jerusalén (en contra de lo que supone Pablo y afirma Luc/Hech).

 Lógicamente, debería comenzar presentando la iglesia de Jerusalén, pues ella parece haber sido «heredera oficial» de Jesús, pero he querido cambiar el orden, presentando primero a los cristianos galileos.

Comunidad de Galilea. Espíritu y liberación

Uno de los mayores enigmas del NT está formado por la existencia y  formas de organización de los seguidores y/o simpatizantes de Jesús en Galilea.  Hech 9, 31 supone que existen allí iglesias, pero no dice cómo han surgido, ni el modo de vida que llevan.  Por su parte, Pablo  aparece como verdadero jerosolimitano: no cita ni siquiera de pasada a Galilea. Su relación con los orígenes cristianos pasa por Jerusalén, donde se dirige al principio por dos veces (cf. Gal 1, 18; 2, 1) y donde se dirige al fin, culminar su misión en oriente, antes de iniciar su camino hacia Roma y occidente (Rom  15, 25-26.31; cf. Hech 9,15; 21-25).

Es muy posible que estos cristianos galileos hayan elaborado tradiciones sobre su encuentro con el Jesús glorioso, utilizando para ello narraciones de tipo milagroso o eclesial que ahora se encuentran incluidas en  la misma historia evangélica (curaciones, multiplicación de los panes, paso por el lago en la tormenta: cf. Mc 5-8). Eso significa que Jesús sigue vivo en sus palabras, se muestra resucitado en los mismos gestos de su acción liberadora.

Parece que estos cristianos galileos no han transmitido narraciones separadas sobre Cristo resucitado, sino que han incluido su fe pascual en las mismas narraciones sobre la vida, mensaje y milagros de Jesús. Así lo vendría a reflejar, en un nuevo contexto redaccional (que vincula ya a las mujeres de Jerusalén con Pedro y los discípulos) el final antiguo de Mc 16, 1-8: allá, en la misión de Galilea ha de venir Jesús triunfante a culminar su  obra [3]. Desde este fondo reciben densidad y pueden revalorizarse algunas interpretaciones significativas de la pascua que se han propuesto en los últimos decenios, todas de carácter pneumatológico:

 – Resucitado en el Mensaje, Jesús está vivo en su Espíritu. En esta línea se sitúa la interpretación de R gran parte de la teología kerigmática, centrada en la identiad y sentido del kerigma de Jesús. Más que una afirmación sobre Jesús en sí, más que un hecho que pueda probarse con apariciones, la pascua cristiana transmite la certeza de que Dios ha ratificado el mensaje de Jesús al acogerle en su muerte.  Según esto, los cristianos galileos podrían afirmar que Jesús se encuentra  vivo en su Mensaje:  Jesús resucita (o, mejor dicho, está vivo, como Espíritu de vida en el kerigma o Palabra de la iglesia  y en la vida de aquellos que se dejan transformar al aceptarlo. La pascua es según eso el triunfo del Espíritu (Mensaje) de Jesús sobre la muerte [4].

 – Resucitado en la acción liberadora, el Espíritu de Jesús continúa realizando su obra a través de los creyentes. Algunos exegetas como W.  Marxsen, más atentos a la implicación social del evangelio, han centrado la experiencia pascual en la continuidad de la obra de Jesús, que puede y debe interpretarse en clave pneumatológica. Ciertamente, los cristianos galileos deben suponer que Jesús se encuentra de alguna forma vivo (en Dios).  Pero la novedad cristiana no se encuentra en esa representación,  sino en el hecho de que su acción liberadora  se sigue extendiendo y realizando a través de sus seguidores; ellos son portadores del Espíritu mesiánico de Jesús [5].

– Resucitado en la nueva humanidad, el «espíritu humano», un hombre para los demás.   Muchos pensadores cristianos, entre los que destaca, H. Braun interpreta a Jesús como el «hombre para los demás», el testigo de la gracia y  tarea creadora de la vida: ha sabido que el humano se encuentra perdido sobre el mundo,  pero, al mismo tiempo, sabe y  proclama la llegada de la nueva humanidad espiritual y realizada en plenitud. Sus discípulos han sentido que su mensaje sigue siendo verdadero tras su muerte y así lo han expresado, diciendo que él mismo se halla vivo, como Hijo del humano, Hijo de Dios, Señor o Cristo, es decir, como sentido y  fuerte de la nueva humanidad, es decir, como humanidad plenificada por el Espíritu divino [6].

Desde aquí podemos suponer  que los cristianos galileos han desarrollado una cristología que no se encuentra centrada en el relato pascual de las apariciones del resucitado, sino en la presencia viviente del Jesús, que sigue  expresándose como Espíritu de liberación. Más que hablar de un Espíritu que vendrá, ellos son testigos del Espíritu que ya ha actuado por medio de Jesús y que se sigue expresando, de forma liberadora, a través de su acción (de la acción de los cristianos) en favor de los posesos y marginados de la sociedad. [7] Esta visión incluye tres momentos:

–   En su pasado está Jesús, cuyo mensaje y acción actualizan sus discípulos.  Sin duda alguna, estos «cristianos galileos» se mantienen dentro del judaísmo; pero ellos destacan la figura de Jesús y por eso podemos llamarles judíos jesuánicos, carismáticos y profetas como Jesús, deseosos de mantener su recuerdo y enseñanza.

–  En el futuro ellos esperan a Jesús como a Hijo del Hombre.  Es muy posible que piensen que Dios le ha «elevado» (raptado) de forma que se encuentra ya en su gloria, pero no insisten en ello. La base de su fe está en la certeza de que ese mismo Jesús  ha de venir como Hijo del Humano, para ratificar su obra en el mundo.

En el hueco entre pasado y futuro emerge para ellos la historia cristiana, centrada en el Espíritu. El recuerdo de Jesús les mantiene desde el pasado; su  esperanza les enriquece desde el futuro. En medio quedan ellos, llenos del Espíritu de Jesús, realizando su misma tarea.

 Estos cristianos galileos entienden su historia como un tiempo intermedio entre aquello que Jesús hizo/dijo (=fue) y  lo que hará en venida inminente venida, para culminar así su obra. En ese intermedio están ellos, queriendo ser fieles a Jesús en su ausencia, poseyendo su Esp

  Primera comunidad de Jerusalén. Espíritu y experiencia carismática

 Los primeros miembros de la iglesia de Jerusalén fueron sin duda galileos, que «subieron» con Jesús a la ciudad del templo, quedándose allí tras su muerte o, quizá mejor, retornando allí tras (por) la experiencia de la pascua.  Ellos afirman que han visto a Jesús resucitado, tal como declara taxativamente Pablo (1 Cor 15). Estos cristianos jerosolimitanos acentúan el aspecto de ruptura y culminación de la pascua de Jesús. Ciertamente, les importa su acción y mensaje (como a los galileos), pero tienden a dar más importancia a la persona de Jesús, a su ruptura mesiánica y pneumatológica, viniendo a convertirse en  germen de una «aventura» creadora que ha de abrirse de un modo sorprendente a todos los humanos. Estos son sus elementos característicos, resumidos (reinterpretados) partiendo de Hech 1ss :

 Estos cristianos interpretan la experiencia pascual como signo del fin de los tiempos. No se les ha mostrado Jesús sólo para decirles que está vivo y que sigan realizando para siempre (en largo tiempo) su tarea antigua, sino que les arranca de Galilea (de los exorcismos y las curaciones, de la convivencia con el pueblo del entorno), para juntarlos en Jerusalén, aguardando allí su vuelta. Hech 1, 6 supone que esperan la restauración escatológica de Israel.  Su iglesia es una comunidad de esperanza mesiánica judía.

 Jerusalén forma parte de su propia teología. Ciertamente, es la capital sanguinaria, que ha matado a los profetas y a Jesús, pero ellos  están seguros de que Jesús ha de venir ya de inmediato como mesías. Por eso dejan en Galilea lo que tienen y se juntan en Jerusalén, no para esperar la venida del Espíritu  de la misión universal y salir luego hacia todos los caminos del mundo (como dirá Lucas en Hechos), sino para esperar allí, en Jerusalén, el fin del mundo viejo. El mesías y Jerusalén forman parte de la misma esperanza escatológica.

– Jesús ha de venir como triunfador y la comunidad reunida en su nombre, en el entorno del templo de Jerusalén, espera anhelante su llegada triunfal. Para los cristianos galileos importaba más el cumplimiento de las obras y palabras de Jesús. Por el contrario, los cristianos de Jerusalén  parecen menos empeñados en seguir la obra de Jesús, pues piensan que ella se encuentra de algún modo culminada. Por eso dan más importancia a su venida final, como mesías transcendente (le identifican ya con el Hijo del hombre).

– La comunidad se reúne en torno a los Doce. Parece que el mismo Jesús había instituido el grupo que fracasó  con su muerte (uno le traicionó, otro le negó…).  Pues bien, en dato de gran significado teológico, Hech 1 afirma que, al comienzo de la experiencia pascual, Pedro instituyó de nuevo el grupo. Ellos no son «apóstoles» (enviados al mundo), sino testigos y compañeros del mesías al que esperan, para compartir su triunfo y realizar su juicio sobre el Israel definitivo (cf. Mt  19, 28; Lc 22, 30). Así forman el vínculo de unión entre el pasado de Jesús y su venida futura.

Esperando el fin se  han reunido, constituyéndose en Jerusalén como grupo visible, entre los otros grupos de judíos de aquel tiempo, para simbolizar y anunciar la culminación israelita. Ciertamente, más que las enseñanzas concretas de Jesús acentúan su triunfo (el cambio de los tiempos) y la certeza de su inminente venida.  Esta certeza de que llega el fin va reuniendo a los diversos grupos que aparecen evocados en Hech 1, 13-14 [8].

Pues bien, parece evidente que la iglesia cristiana de Jerusalén se ha creído «poseída» por el Espíritu, que el mismo Jesús resucitado ofrece a sus discípulos, reunidos en comunidad escatológica. Todo nos permite suponer que esta ha sido la novedad más grande de esta iglesia: los creyentes se han sabido y sentido llenos del Espíritu, internamente penetrados por la fuerza de Dios, capaces de vivir y hablar de forma nueva, conforme a una experiencia carismática (extática) que hallamos reflejada al fondo de Hech 2ss.

– Espíritu y  «estado naciente».  Estos primeros son testigos de la irrupción poderosa del Espíritu de Dios, descubriendo la fuerza de su gracia creadora, interpretando su experiencia como signo del triunfo de Cristo y como anticipo (arras) de venida mesiánica final. Por eso,  al lado de los Doce (signo más oficial de culminación), destaca en ellos la presencia de profetas y/o carismáticos.  Más tarde, Lucas ha interpretado la efusión del Espíritu como fuente de apertura misionera (en Hech 2); pero es evidente que, en principio, la certeza de la actuación del Espíritu  aparece vinculada a la misma experiencia carismática (judía) de la comunidad.

– Los primeros cristianos de Jerusalén formaron  una comunidad de extáticos. En esto se han distinguido de Jesús, que fue vidente pero no visionario, carismático pero no extático. Es normal que hayan sido extáticos, grupo de personas emocionalmente transformadas por la experiencia de Jesús (inversión de la muerte, esperanza de la inminente parusía). Desde ese fondo se entenderán los momentos posteriores de su apertura misionera  (misión en Samaria, conversión de Cornelio: Hech 8.10).

– Comunidad de bienes. En la misma línea carismática y de anticipo de la plenitud final ha de entenderse la comunidad de bienes, destacada en Hech 2, 42-47; 4, 32-5, 1.  La angustia ante la muerte, la preocupación por el futuro, divide normalmente a los humanos, pues cada uno de ellos quiere asegurar su propia vida, asegurarse ante los otros. Pues bien, allí donde esa angustia desaparece, como efecto de la experiecia carismática, los creyentes pueden vincularse en gozo compartido, en acción de gracias, en comunidad económica.

Estos primeros cristianos de Jerusalén han constituido, según eso, una comunidad para el fin de la historia. No han tenido planes de futuro, no han querido construir ninguna forma nueva de sociedad, no han planeado conquistas misioneras. Simplemente han querido vivir en fidelidad a Jesús, desde la confianza total en su próxima venida salvadora.

Externamente hablando, ellos han estado equivocados: esperaban la venida inminente de Jesús, pero Jesús no ha llegado; se reunieron en Jerusalén, llenos del Espíritu de Dios, para recibir a Jesús y acompañarle en su triunfo mesiánico, pero su esperanza quedó fallida. Sin embargo, en el sentido más profundo, ellos fueron y siguen siendo el testimonio fundante de la historia mesiánica. No llegó Jesús como esperaban, pero vino de hecho y su comunidad, reunida en esperanza, fue de hecho un germen fuerte de humanidad.

Espíritu y carismas.  La confesión pascual se tradujo para los cristianos de Jerusalén en forma de experiencia carismática: ellos, los seguidores del Jesús crucificado (como abandonado de Dios) se sintieron poseídos por el poder de Dios, como encendidos por un fuego interior, animados por un viento poderoso y creador. Ciertamente, ellos sabían que Jesús había resucitado, pero más que la pura afirmación pascual del Señorío de Jesús les importaba su propio cambio personal y social.

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8.6.25. Pentecostés: Todo es comunión, resurrección de la carne.

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

El credo romano (=de los apóstoles) dice “creo en la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne….

Tres sentidos tiene la palabra comunión, y los tres están vinculados: (a) Comunión con el Dios que es Santo. (b) Comunión entre los hombres, que son santos. (c) Resurrección de la carne.

En esa línea celebramos hoy la Fiesta del Espíritu Santo,  comunión de pensamiento, vida y obra, no sólo de Dios con los hombres, sino de los hombres entre sí.

La santidad (=realidad) del Espíritu Santo es comunicación, vida compartida, no del Espíritu separado de la carne, sino de la carne frágil y fuerte de la vida que es el verdadero espíritu del hombre.

Pero, actualmente (siglo XXI), esa formulación del siglo III-IV dC (comunión de los santos) se nos hace algo extraña, poco comprensible. Por eso prefiero hablar de comunión/comunicación universal sin más

| Xabier Pikaza

El credo romano (=de los apóstoles) dice “creo en la comunión de los santos”, es decir “de las cosas santas”, en el doble sentido de la palabra: (a) Comunión con el Dios que es el Santo. (b) Comunión entre los hombres, que son santos. (c) Resurrección de la carne.

 De esa forma celebramos hoy la Fiesta del Espíritu Santo,  “comunión de pensamiento, vida y obra, no sólo de Dios con los hombres, sino de los hombres entre sí.

La santidad (=realidad) del Espíritu Santo es comunicación, vida compartida, pero no del Espíritu separado de la carne, sino de la carne frágil y fuerte de la vida que es el verdadero espíritu del hombre. Pero, actualmente (siglo XXI), esa formulación del siglo III-IV dC (comunión de los santos) se nos hace algo extraña, poco comprensible. Por eso prefiero hablar de comunión/comunicación universal.

Introducción

A finales del siglo IV, la confesión de fe universal de las iglesias (el credo romano) empezó a incluir en occidente una frase nueva: communio sanctorum, comunión en lo santo (de la coas santas y/o de los santos que son en especial de los hombres. (a) Comunión de las cosas santas, que son Dios y las cosas de Dios, es decir, de los signos santos, bautismo y eucaristía. (b). Comunión de los santos, que son todos los hombres y en especial los creyentes.

. La adición hizo fortuna y, aunque no fue recogida en los credos oficiales de oriente ni en el niceno-constantinopolitano, terminó siendo aceptada en la fórmula oficial o textus receptus del símbolo apostólico o romano. Tras la cláusula latina actual (communio sanctorum) parece haber existido una fórmula griega que no pasó al credo pero que resulta común y valiosa en el oriente, la koinônia tôn hagiôn, esto es, la participación de los creyentes en las cosas santas, especialmente en la palabra de la fe, en la celebración eucarística, y en la vida entero. Todos los seres humanos forman una koinonía, una comunión universal. Esto es: Todos forman, formamos, en Dios y entre nosotros el Espíritu Santo, que es el Cuerpo (Koinonía, sôma) santo.

Comunión en las Cosas Santas.

El Espíritu/cuerpo (sôma)  Santo  es comunión. Esta fórmula (communio sanctorum), lo mismo que su equivalente griego (koinônia tôn hagiôn) puede y debe entenderse de dos formas. Si sanctorum está en neutro, hay que decir «comunión en lo santo», esto es, en o con las cosas santas; si es masculino debe traducirse, como hacemos ordinariamente, «comunión de los santos».

Los investigadores no han llegado a un acuerdo, ya que el uso varía de oriente a occidente, del griego al latín. Pero la misma búsqueda semántica nos muestra que en el fondo de la ambigüedad hay una gran riqueza de matices, que en general pueden resumirse así: Por la participación en lo santo (línea más oriental) puede conseguir­se y se consigue la comunión de los creyentes o los santos (formula­ción más latina). Así comenzaré tratando de la «comunión en lo santo», me fijaré después en la «comunión de los santos». Empezamos, pues, con la comunión en lo Santo (en el Espíritu Santo):

‒ Al antiguo testamento le resulta escandaloso todo intento de buscar una comunión divina. Dios es trascendente y nadie puede introducirse en su misterio. Dios es lejanía de poder, grandeza y fuerza, de tal forma que ningún viviente puede acompañarle en su existencia. Sin embargo, una vez que eso está dicho, después de haber negado toda posibilidad de comunión de naturaleza entre lo humano y 1o divino, Israel ofrece los cimientos para una nueva experiencia de comunión con Dios en términos de alianza, superando el nivel de una fusión vital o intelectual con lo divino. Los verdaderos creyentes sabrán que sólo puede existir comunión auténtica con Dios en línea de libertad y donación entre personas, no en fusión, sino en encuentro.

‒El nuevo testamento está enraizado en la experiencia de Israel, de tal manera que sigue interpretando la comunión con lo sagrado en términos de alianza. Pero, al mismo tiempo, para poner de relieve la presencia de Dios en Jesucristo, puede afirmar (con Heb 2, 14) que Dios ha decidido «comulgar» con nosotros, participando de la carne y de la sangre de los hombres (cf. también 2 Ped 1, 4: estamos en comunión con la naturaleza divina).

No se trata sólo de establecer el parentesco del hombre con lo sagrado (como dice Pablo en Hech 17: somos parientes de Dios), ni de establecer una alianza con el gran Señor lejano, sino de aceptar la gracia del Dios ha querido comulgar con nuestra carne y nuestra sangre, hacerse mundo entre nosotros, tomar parte en nuestra historia. El primero que “comulga”, que celebra y vive la comunión (eucaristía) es Dios.

. Sólo porque hallamos esta primera koinonia incarnatoria, sólo porque Dios asume en Cristo, Logos-hijo, nuestras «especies humanas» (carne y sangre), de una vez y para siempre, nosotros − simples hombres – tenemos un acceso en comunión a lo divino, podremos comulgar con Dios por medio de la carne y de la sangre de Jesús, que es nuestro Cristo.

          Ésta es la experiencia de fondo de1 Jn 4,10: En esto consiste el misterio, no en que nosotros pretendamos estar en comunión con lo sagrado sino en que Dios, el santo, haya querido comulgar con nuestra historia, haciéndose así vida y principio de amor entre los hombres.

Llamados a la comunión

Fundado en esta experiencia, Pablo puede definir a los cristia­nos como aquellos que «han sido convocados a vivir en koinonia con Jesucristo, Hijo de Dios» (1 Cor 1, 9). Comulgar significa aquí participar en Cristo: aceptar su palabra, seguir su camino, revestirse de su muerte, incorporarse a su resurrección, transformarse con su gloria. Para entender mejor la comunión resultaría necesario comen­tar todos los textos donde Pablo y las cartas postpaulinas van hablando de aquello que nosotros somos en el Cristo:

Convivimos y con-sufrimos con él; somos con-crucificados, con-sepultados, co-resucitados, con-glorificados; con él coheredamos y correinamos (cf. Rom 6, 4-8; 8, 17; 2 Cor 7, 3; Gál 2, 19; Col 2, 12-13; Ef 2, 5-6; 2, 2).

Toda nuestra existencia de creyentes se interpreta en forma de comunión de vida y muerte, de camino y esperanza con el Cristo. No somos encerrados en nosotros mismos,  sino implicados, penetrados, unos en los otros, todos en el Cristo de Dios, por el espíritu santo. La vida es comunión, comunicación universal.

Por eso, la comunión «en lo santo» significa «participación en la santidad de Dios», a través de Jesucristo.Esta comunión se realiza de un modo visible en el gesto eucarísti­co: «El cáliz… es la comunión con la sangre de Cristo; el pan…, es la comunión con el cuerpo de Cristo» (1 Cor 10, 16-17).

Así se invierte y recupera el gesto del Dios que se hace humano. Carne y sangre eran primero el lugar en el que Dios se ha humanizado. Ahora, en contexto de celebración eclesial, fundada en el recuerdo y la palabra de Jesús, carne y sangre son la realidad del gran misterio del Cristo, Hijo de Dios, presente entre los hombres.

Allí donde la comunidad cristiana se reúne y celebra a su Señor, los creyentes, unidos entre sí «comulgan con el Cristo», participan de su vida y de su muerte, se introducen en su pascua. Este es el sentido radical de aquello que la iglesia afirma cuando cree en la «comunión de los hombres con lo Santo»; es lo que la iglesia celebra alborozada y llena de temor en el misterio de su fiesta dominical.

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Domingo de Pentecostés. Ciclo C.

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que Pablo encontró cierta vez en Éfeso un grupo de cristianos desconocidos. Algo debió de resultarle raro porque les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando comenzasteis a creer?” La respuesta fue rotunda: “Ni siquiera hemos oído que hay un Espíritu Santo. Si Pablo nos hiciera hoy la misma pregunta, muchos cristianos deberían responder: Sé desde niño que existe el Espíritu Santo. Pero no sé para qué sirve, no influye nada en mi vida. A mí me basta con Dios y con Jesús”. Esta respuesta sería sincera, pero equivocada. Las palabras que acaba de pronunciar las ha dicho impulsado por el Espíritu Santo. Tiene más influjo en su vida de lo que él imagina. Y esto lo sabemos gracias a las discusiones y peleas entre los cristianos de Corinto.

La importancia del Espíritu (1 Corintios 12,3b-7.12-13)

Los corintios eran especialistas en crear conflictos. Una suerte para nosotros, porque gracias a sus discusiones tenemos las dos cartas que Pablo les escribió. La que originó la lectura de hoy no queda clara, porque el texto, para no perder la costumbre, ha sido mutilado. Quien se toma la pequeña molestia de leer el capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, advierte cuál es el problema: algunos se consideran superiores a los demás y no valoran lo que hacen los otros. Con una imagen moderna, como si un arquitecto despreciase, y considerase inútiles, al delineante que elabora los planos, al informático que trabaja en el ordenador, al capataz que dirige la obra y, sobre todo, a los obreros que se juegan a veces la vida en lo alto del andamio.

La sección suprimida en la lectura (versículos 8-11) describe la situación en Corinto. Unos se precian de hablar muy bien en las asambleas; otros, de saber todo lo importante; algunos destacan por su fe; otros consiguen realizar curaciones, y hay quien incluso hace milagros; los más conflictivos son los que presumen de hablar con Dios en lenguas extrañas, que nadie entiende, y los que se consideran capaces de interpretar lo que dicen.

Pablo comienza por la base. Hay algo que los une a todos ellos: la fe en Jesús, confesarlo como Señor, aunque el César romano reivindique para sí este título. Y eso lo hacen gracias al Espíritu Santo.

Esta unidad no excluye diversidad de dones espirituales, actividades y funciones. Pero en la diversidad deben ver la acción del Espíritu, de Jesús y de Dios Padre. A continuación de esta fórmula casi trinitaria, insiste en que es el Espíritu quien se manifiesta en esos dones, actividades y funciones, que concede a cada uno con vistas al bien común.

Además, el Espíritu no solo entrega sus dones, también une a los cristianos. Gracias al él, en la comunidad no hay diferencias motivadas por el origen (judíos – griegos) ni por las clases sociales (esclavos – libres). En la carta a los Gálatas dirá Pablo que también elimina las diferencias basadas en el género (varones – mujeres). Hoy día somos especialmente sensibles a la diferencia de género. No podemos imaginar lo que suponía en el siglo I las diferencias entre un esclavo (por más cultura que tuviese) y un ciudadano libre, ni entre un cristiano de origen judío (algunos se consideraban lo mejor de lo mejor) y un cristiano de origen pagano, recién bautizado (para algunos, un advenedizo). [Solo hay un tema en el que ha fracasado el Espíritu: en unir a independentistas y nacionalistas].

En definitiva, todo lo que somos y tenemos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.

Hermanos:

Os manifiesto que nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no es movido por el Espíritu. Hay diversidad de dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de funciones, pero el mismo Señor; diversidad de actividades, pero el mismo Dios, que lo hace todo en todos. A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, forman un cuerpo, así también Cristo. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu.

¿Cómo comenzó la historia? Dos versiones muy distintas.

            Si a un cristiano con mediana formación religiosa le preguntan cómo y cuándo vino por vez primera el Espíritu Santo, lo más probable es que haga referencia al día de Pentecostés. Y si tiene cierta cultura artística, recordará el cuadro de El Greco, aunque quizá no haya advertido que, junto a la Virgen, está María Magdalena, representando al resto de la comunidad cristiana (ciento veinte personas, según Lucas). Pero hay otra versión muy distinta: la del evangelio de Juan.

 La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)

Lucas es un entusiasta del Espíritu Santo. Ha estudiado la difusión del cristianismo desde Jerusalén hasta Roma, pasando por Siria, la actual Turquía y Grecia. Conoce los sacrificios y esfuerzos de los misioneros, que se han expuesto a bandidos, animales feroces, viajes interminables, naufragios, enemistades de los judíos y de los paganos, para propagar el evangelio. ¿De dónde han sacado fuerza y luz? ¿Quién les ha enseñado a expresarse en lenguas tan diversas? Para Lucas, la respuesta es clara: todo es don del Espíritu.

Por eso, cuando escribe el libro de los Hechos, desea inculcar que su venida no es solo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Algo que se prepara con un largo período de oración (¡cincuenta días!), y que acontecerá en un momento solemne, en la segunda de las tres grandes fiestas judías: Pentecostés. Lo curioso es que esta fiesta se celebra para dar gracias a Dios por la cosecha del trigo, inculcando al mismo tiempo la obligación de compartir los frutos de la tierra con los más débiles (esclavos, esclavas, levitas, emigrantes, huérfanos y viudas).

En este caso, quien empieza a compartir es Dios, que envía el mayor regalo posible: su Espíritu. Y lo envía no solo a los apóstoles (los obispos) sino a toda la comunidad, «unas ciento veinte personas».

 El relato de Lucas contiene dos escenas (dentro y fuera de la casa), relacionadas por el ruido de una especie de viento impetuoso.[1]

Dentro de la casa, el ruido va acompañado de la aparición de unas lenguas de fuego que se sitúan sobre cada uno de los presentes. Sigue la venida del Espíritu y el don de hablar en distintas lenguas. ¿Qué dicen? Lo sabremos al final.

Fuera de la casa, el ruido (o la voz de la comunidad) hace que se congregue una multitud de judíos de todas partes del mundo. Aunque Lucas no lo dice expresamente, se supone que la comunidad ha salido de la casa y todos los oyen hablar en su propia lengua. Desde un punto de vista histórico, la escena es irreal. ¿Cómo puede saber un elamita que un parto o un medo está escuchando cada uno su idioma? Pero la escena simboliza una realidad histórica: el evangelio se ha extendido por regiones tan distintas como Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia y Cirene, y sus habitantes han escuchado su proclamación en su propia lengua. Este milagro lo han repetido miles de misioneros a lo largo de siglos, también con la ayuda del Espíritu. Porque él no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios».

            Al llegar el día de pentecostés, estaban todos los discípulos juntos en el mismo lugar. De repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso, llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse.

            Había en Jerusalén judíos piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al oír el ruido, la multitud se reunió y se quedó estupefacta, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Fuera de sí todos por aquella maravilla, decían:

– «¿No son galileos todos los que hablan? ¿Pues cómo nosotros los oímos cada uno en nuestra lengua materna? Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, el Ponto y el Asia, Frigia y Panfilia, Egipto y las regiones de Libia y de Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las grandezas de Dios».

La versión de Juan 20, 19-23

Muy distinta es la versión que ofrece el cuarto evangelio. En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.

El saludo es el habitual entre los judíos: La paz esté con vosotros. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.

Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.

Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles. [Dada la escasez actual de vocaciones sacerdotales y religiosas, no es mal momento para recordar otro pasaje de Juan, donde Jesús dice: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies].

El final lo constituye una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y espíritu. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden ser aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).

En la tarde de aquel día, el primero de la semana, y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo:

+ «¡La paz esté con vosotros!».

            Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.

            Él repitió:

+ «¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros».

            Después sopló sobre ellos y les dijo:

+ «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos».

Reflexión final

            Los textos dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla. Hoy es buen momento para pensar en lo que hemos recibido del Espíritu y lo que podemos pedirle que más necesitemos.

El don de lenguas

«Y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse».

El primer problema consiste en saber si se trata de lenguas habladas en otras partes del mundo, o de lenguas extrañas, misteriosas, que nadie conoce. En este relato es claro que se trata de lenguas habladas en otros sitios. Los judíos presentes dicen que «cada uno los oye hablar en su lengua nativa». Pero esta interpretación no es válida para los casos posteriores del centurión Cornelio y de los discípulos de Éfeso. Aunque algunos autores se niegan a distinguir dos fenómenos, parece que nos encontramos ante dos hechos distintos: hablar idiomas extranjeros y hablar «lenguas extrañas» (lo que Pablo llamará «las lenguas de los ángeles»).

El primero es fácil de racionalizar. Los primeros misioneros cristianos debieron enfrentarse al mismo problema que tantos otros misioneros a lo largo de la historia: aprender lenguas desconocidas para transmitir el mensaje de Jesús. Este hecho, siempre difícil, sobre todo cuando no existen gramáticas ni escuelas de idiomas, es algo que parece impresionar a Lucas y que desea recoger como un don especial del Espíritu, presentando como un milagro inicial lo que sería fruto de mucho esfuerzo.

El segundo fenómeno es más complejo. Lo conocemos a través de la primera carta de Pablo a los Corintios. En aquella comunidad, que era la más exótica de las fundadas por él, algunos tenían este don, que consideraban superior a cualquier otro. En la base de este fenómeno podría estar la conciencia de que cualquier idioma es pobrísimo a la hora de hablar de Dios y de alabarlo. Faltan las palabras. Y se recurre a sonidos extraños, incomprensibles para los demás, que intentan expresar los sentimientos más hondos, en una línea de experiencia mística. Por eso hace falta alguien que traduzca el contenido, como ocurría en Corinto. (Creo que este fenómeno, curiosamente atestiguado en Grecia, podría ponerse en relación con la tradición del oráculo de Delfos, donde la Pitia habla un lenguaje ininteligible que es interpretado por el profeta).

Sin embargo, no es claro que esta interpretación tan teológica y profunda sea la única posible. En ciertos grupos carismáticos actuales hay personas que siguen «hablando en lenguas»; un observador imparcial me comunica que lo interpretan como pura emisión de sonidos extraños, sin ningún contenido. Esto se presta a convertirse en un auténtico galimatías, como indica Pablo a los Corintios. No sirve de nada a los presentes, y si viene algún no creyente, pensará que todos están locos.

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[1] Es lo que sugiere el texto litúrgico, que traduce ruido en los dos casos. El texto griego usa dos palabras distintas: “ruido” (h=coj) y “voz” (fwnh,). Cabe pensar que el ruido del viento se escucha solo en la casa, y lo que hace que la gente se reúna es la voz de la comunidad cristiana que alaba a Dios.

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Domingo de Pentecostés. 08 junio, 2025

domingo, 8 de junio de 2025
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“…el Espíritu Santo, (…),

será quien os lo enseñe todo

y os vaya recordando todo lo que os he dicho.”

(Jn 14, 25-26)

 

¡Bienvenida, Santa Ruah!

Año tras año te espero impaciente, esta noche es como la noche de Reyes, vienes tú con tus siete dones y yo te espero entre ilusionada y nerviosa.

¿Qué me regalarás este año? Y sea el año que sea, y me encuentre como me encuentre, ¡aciertas! Me das justo lo que necesito.

Fortaleza, Piedad, Temor de Dios, Ciencia, Sabiduría, Entendimiento y Consejo ¡SIETE! Y aunque con los años ya me han ido tocando todos, y alguno más de una vez, la verdad es que siempre son nuevos.

Pero te diré algo: es verdad que me ilusiona recibir algo de ti, pero sobre todo me ilusiona recibirTE a ti, Espíritu Santo, como esa hermosa persona de la Trinidad que eres, conversar contigo, dejar que seas tú quien me lo enseñe todo y me vayas recordando las palabras y los gestos de Jesús.

Sí, me gusta descubrirte como presencia cercana, viva. Como presencia amiga. Más, mucho más que un fuego, una paloma… También tú, Santa Ruah, eres Trinidad, eres Dios como lo son el Padre y el Hijo. Y es así, cercana como una mano amiga, como te descubro yo en mi vida. Y me alegra inmensamente tenerte de nuevo entre mis cosas, en mi cotidianidad en este tiempo especial, en este nuevo pentecostés.

¡Bienvenida Santa Ruah! ¡Entra!, y ponlo todo a tu gusto, ¡estás en tu casa!

Entra en nuestra Iglesia y en nuestras iglesias, en nuestras comunidades y en nuestros corazones y haz lo que tú sabes: ¡descolócanos!

¡Haz sonar la música del Reino! ¡Y sácanos a bailar! a danzar, que nada ni nadie se quede quieto.

Y para terminar oremos con esa oración que resuena a través de los siglos:

Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El Espíritu no tiene que venir de ninguna parte.

domingo, 8 de junio de 2025
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PENTECOSTÉS (C)

Jn 20,19-23

Pentecostés es una fiesta eminentemente pascual. Sin la presencia de Dios como Espíritu, la experiencia pascual no hubiera sido posible. La totalidad de nuestro ser está empapada de Dios-Espíritu. Siempre es el Espíritu el que nos lleva a la unidad y por lo tanto el que nos invita a superar la diversidad que es fruto de nuestro falso yo.

No tiene sentido pensar en un espectáculo de luz y sonido. Lucas nos está hablando de la experiencia de la primera comunidad, no está haciendo una crónica periodística. En el relato utiliza los símbolos que había utilizado ya el AT: Fuego, ruido, viento. Los efectos no se reducen al círculo de Jesús, salen a la calle, donde hay hombres de todo país.

El Espíritu está; no tiene que venir de ninguna parte. Lucas narra cinco venidas del Espíritu. Las lecturas que hemos leído nos dan suficientes pistas para no despistarnos. En la primera (viento, ruido, fuego), hace referencia a la teofanía del Sinaí. La fiesta de Pentecostés conmemoraba la alianza. La Ley ha sido sustituida por el Espíritu.

Hemos dicho tantas cosas sobre el Espíritu que nuestra tarea es “desdecir”, descubrir las cosas sin sentido que hemos repetido hasta la saciedad. El Espíritu no es una entidad separada. Dios Espíritu no es un personaje distinto del Padre y del Hijo, que anda por ahí haciendo de las suyas. Se trata del Dios UNO más allá de toda imagen. No es un don que nos regala el Padre o el Hijo sino Dios como DON absoluto. No es una realidad que tenemos que obtener, sino el fundamento más profundo de mi ser del que surge todo lo que soy.

Todo lo que fue Jesús, se debió al Espíritu: “Concebido por el Espíritu”; «Nacido del Espíritu«; «Desciende sobre él el Espíritu«; «Ungido con el Espíritu«. Está claro que la figura de Jesús no podría entenderse sin el Espíritu. Pero no es menos cierto que no podríamos descubrir lo que es el Espíritu si no fuera por lo que Jesús nos ha revelado.

No se trata de entrar en un mundo diferente, acotado para un reducido número de personas, a las que se premia con el don del Espíritu. Es una realidad que se ofrece a todos como la más alta posibilidad de alcanzar una plenitud humana que todos debíamos tener como meta, si no, quedamos en la exclusiva valoración de la materia.

La experiencia del Espíritu es individual, pero empuja siempre a la construcción de la comunidad. El Espíritu se otorga siempre “para el bien común”. En contra de lo que nos cuentan, no se da el Espíritu a los apóstoles, sino a todos los seguidores de Jesús.

El Espíritu no produce personas uniformes como si fuesen fruto de una clonación. Es esta otra trampa para justificar toda clase de sometimientos. El Espíritu es una fuerza vital que potencia en cada uno las diferentes cualidades y aptitudes. La pretendida uniformidad es la consecuencia de nuestros miedos y falta de confianza en el Espíritu.

En la celebración de la eucaristía debíamos poner más atención a esa presencia del Espíritu. Durante siglos el momento más importante de la celebración fue la epíclesis (la invocación del Espíritu sobre el pan y el vino. Solo mucho más tarde se confirió un poder especial (que ha llegado a ser mágico) a las palabras que hoy llamamos “consagración”.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El viento de Dios.

domingo, 8 de junio de 2025
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Jn 20, 19-31

«Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”»

El espíritu de Dios se cernió sobre la Tierra poniendo orden en el caos primitivo, se coló por las narices del muñeco de barro para que en el mundo pudiese haber amor, tolerancia, libertad, felicidad… suscitó profetas que guiaron a los hombres y mujeres por el camino de la vida y sopló como un huracán en Jesús de Nazaret.

El texto de hoy nos presenta al Espíritu empapando a los discípulos encerrados en Jerusalén tras la muerte de Jesús. Aquellos hombres y mujeres habían creído en él y lo habían dejado todo por seguirle, pero durante todo el tiempo que permanecieron a su lado estuvieron creyendo mal. Estuvieron creyendo que era el mesías esperado por Israel, el que iba a expulsar a los romanos e instaurar un reino de paz y justicia como nunca se había visto otro en el mundo… Y hasta discutían por ver cómo se iban a repartir los escaños de ese reino.

Pero subieron a Jerusalén y todo se desbarató.

La muerte de Jesús en la cruz supuso un golpe demoledor para su fe, porque los hechos demostraban que Dios no estaba con él, sino con los sacerdotes que lo habían vencido. Quizás en un primer momento esperaron que bajase de la cruz, o que resucitase tal como ellos le habían entendido, pero pasaron las horas, pasaron los días, y fueron perdiendo la esperanza.

Dicen los especialistas que permanecieron encerrados en Jerusalén hasta que finalizó la Pascua, y que salieron de allí mezclados con los peregrinos que volvían a sus lugares de origen tras celebrarla. Esta interpretación parece corroborada por el propio Juan, quien afirma en su evangelio que regresaron a Galilea y retomaron sus ocupaciones. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a la mar.

Su fe había muerto y el mensaje de Jesús parecía irremisiblemente perdido, pero Dios estaba con él, y su Espíritu actuó con tal fuerza sobre ellos, que sus ojos se abrieron definitivamente y al fin creyeron bien. Y recuperaron la esperanza, y con ella recuperaron también el coraje necesario para abrazar con ímpetu arrollador la misión –aparentemente imposible– de proclamar la fe en un profeta crucificado. Dice Lucas en Hechos que en su primera aparición pública se convirtieron tres mil personas.

Sin duda ha sido también el espíritu de Dios el que ha mantenido el mensaje de Jesús hasta nuestros días a pesar de las innumerables barbaridades que sus seguidores hemos cometido en el seno de “su” Iglesia, y ello nos hace albergar la esperanza de que seguirá soplando hasta llevar a la humanidad a plenitud.

Como decía Ruiz de Galarreta «Creer en el viento de Dios es una hermosa profesión de fe en que Dios no está ausente, sino presente y activo de una manera muy concreta: alentando, empujando».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Me quedo con el asombro.

domingo, 8 de junio de 2025
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“El exceso de explicación nos aleja del asombro”. Esta afirmación de Ionesco, leída por casualidad, resulta muy inspiradora a la hora de celebrar Pentecostés y nos invita a alejarnos un poco del mundo de los razonamientos teológicos y explorar el mundo de las imágenes y los símbolos a la hora de hablar del Espíritu. Porque, además, es el que empleaba el experto en lenguaje que era Jesús cuando hablaba de candiles, remiendos, rebaños, arcas o pellejos de vino para acercar a nosotros el misterio del Reino.

Partimos de imágenes que tienen el copyright de Pablo pero que seguramente aceptaría que las adaptáramos hoy a otros ámbitos como el deporte, la informática o los negocios. Expresarlas en femenino permite ser coherentes con el lenguaje bíblico que califica como Ruaj, un término femenino, a la fuerza espiritual divina.

“Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí.” (Jn 15,26). La palabra “Paráclito” viene de un verbo griego que expresa la acción de confortar, defender, exhortar, animar… Suele traducirse como “defensor”, pensando seguramente en el papel que hace el abogado con su cliente, pero existen otros ámbitos, aparte del jurídico, que iluminan también en qué consiste la acción del Espíritu. Uno de ellos es el del deporte y, dentro de él, la figura del entrenador de un atleta o de un equipo es un personaje que simboliza bien esa acción de “estar a favor”, de implicarse, de emplear todas sus energías, saberes y estrategias al servicio de los que entrena. Y no hay nadie que tenga más empeño que él en conseguir que jueguen bien y que alcancen la victoria los aquellos a los que ha dedicado su tiempo y su esfuerzo. En este juego de nuestra vida cristiana, sabemos que podemos contar siempre con una “Entrenadora” que está siempre de nuestra parte, que nos anima y nos estimula, que conoce bien nuestros recursos y también nuestros fallos y que puede enseñarnos a sacar partido de todo ello para conseguir la victoria.

“El Espíritu lo sondea todo, incluso las profundidades de Dios” (1Cor 2,10). Al intercambiar sin demasiado esfuerzo el verbo “sondear” por el de “navegar”, uno de los verbos más utilizados en informática, encontramos en ese lenguaje expresiones que permitirían hablar de la Ruaj como Navegadora” porque “permite acceder”, “abre ventanas”, “posibilita la búsqueda de respuestas…” Si la elegimos como Navegadora por defecto, nos dará acceso a la experiencia de la inmerecida generosidad y abrirá nuestras ventanas a la compasión, la solidaridad y el perdón.

“Habéis sido sellados con el Espíritu Santo…” (Ef 1,13b). “El Espíritu atestigua que somos hijos de Dios” (Rom 8,16). Si estamos ante un lenguaje de mercado y el consumo que habla de marcas, sellos de calidad y etiquetas ¿no podemos llamar a la Ruaj “Controladora” de nuestra denominación de origen? Ella nos marca con un sello que atestigua quiénes somos y nos recuerda nuestra verdadera procedencia: “No habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite clamar: “Abba, Padre” (Rom 8, 14). “Sois raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para proclamar la grandeza del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa”, proclama la Primera carta de Pedro (2,9) y Pablo no dejaba que los Filipenses olvidaran qué nacionalidad figuraba en su “pasaporte”: “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos recibir al Señor Jesucristo…” (Fil 3,20).

Solo necesitamos desplegar nuestras velas” y dejar que la Ruaj nos conduzca hacia ese Dios de la donación, la abundancia, la generosidad y el exceso que se nos ha revelado en Jesús.

De todas maneras, quien siga prefiriendo evocar al Espíritu como dulce huésped del alma, sombra en medio del bochorno, brisa que nos refresca o llama que derrite nuestro hielo…, está en su derecho y para ser totalmente sincera, me parece que también yo.

Dolores Aleixandre RSCJ

Fuente Fe Adulta

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Paz a vosotros/as. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

domingo, 8 de junio de 2025
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Al anochecer de aquel día

Juan nos presenta una escena en la que los discípulos y discípulas de Jesús se encuentran escondidos/as y llenos/as de miedo. Las palabras de María Magdalena anunciándoles que el Señor y Maestro estaba vivo (Jn 20, 18) no parecían suficientes para fortalecer su fe y su esperanza.

La noche seguía rodeándoles y el desaliento les hacía vulnerables a las amenazas de quienes seguían cerrados a la oferta salvadora de Jesús. No querían dejar la seguridad de la casa, se sentían abandonados/as y quizá tentados/as a abandonar la causa que había movilizado sus vidas.

Comenzaba el domingo y reunidos/os entorno a la mesa en la que tantas veces se habían encontrado con Jesús, en la que junto al pan y el vino sus mentes se llenaban de recuerdos, de experiencias compartidas, de palabras que habían cambiado sus vidas. Pero el miedo seguía siendo más fuerte que la memoria de lo vivido junto a Jesús y se agarraban a las pocas seguridades que les quedaban.

Cuantas veces, como ellos y ellas, sentimos que el miedo nos paraliza, nos encierra en nosotros/as mismos/as y nos ofrece argumentos para la impotencia, razones para renunciar a la esperanza, oscuridades que nos abrazan y justifican nuestra cobardía.

Les enseñó las manos y el costado.

En la noche de sus vidas casi sin deseos de que amaneciera, Jesús, se hace presente y los invita a abandonar el temor, a abrirse a la osadía de confiar en él a pesar del fracaso de la cruz.

No les reprocha su conducta, ni les pide actitudes heroicas. Sencillamente les ofrece la paz. Una paz que les ayude a mirar de frente, acogiendo su propia fragilidad e impotencia. Una paz que los libere de sus temores y recelos y los capacite para el perdón y la reconciliación con los enemigos de dentro y de fuera. Una paz que serene su corazón y les ayude a ponerse de nuevo en pie, con valentía y decisión. Una paz que los haga de nuevo discípulos y discípulas.

Ahora son de nuevo enviados/as a anunciar la Buena Noticia de un Dios siempre amor y perdón. A construir comunidades liberadas y liberadoras, acompañadas y acompañantes, pacificas y pacificadoras.

Hoy también cada una de nosotras y de nosotros estamos invitadas/os a acoger esa paz sabiendo que no nos ayudará a tranquilizar nuestras conciencias ni a conformarnos con aquietar nuestro espíritu, sino que nos hará más conscientes de la misión a la que somos enviadas/os.

Una paz que, en la misión, nos posibilitará caminos de encuentros, de discernimiento y consenso, y nos facilitará mantener viva la memoria de la esperanza.   Una paz que no silencia el conflicto, sino que lo atraviesa y lo reconcilia. Una paz que no necesita tratados que la aseguren porque ella misma es el verdadero antídoto a la violencia, al odio y a todo lo que quiebra el futuro.

Recibid el Espíritu Santo

No es fácil acoger esa paz, pero la santa Ruah de Dios permanece con nosotras y nosotros. Ella será nuestra brújula para seguir siempre los senderos de la bondad y el perdón. Ella será la brisa que serenará nuestros miedos y nos invitará a confiar siempre en las posibilidades de todo ser humano. Ella nos ayudará a sanar nuestras heridas, a tender puentes con lo distinto y enfrentado porque no es el pecado lo que importa sino reconstruir toda vida rota, hacer florecer lo posible e incluir todo lo que permanecía disperso.

Esa es la promesa de Jesús resucitado y esa es nuestra tarea.

Carme Soto Varela

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Vivir en el gozo.

domingo, 8 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 8 junio 2025

Jn 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

***

La tradición cristiana afirma que el gozo es el gran don del Espíritu. De hecho, algunos de los primeros escritores cristianos nombraban al Espíritu como “El gozo de Dios”. Lo que no queda tan claro es el modo como llegar a vivirlo o las condiciones que se requieren para estar disponibles al mismo.

De entrada, me parece que la condición básica para acceder al gozo es el silencio de la mente. Sin estar acallada, la mente nos sitúa de manera automática en el modo hacer. Pero el gozo no se halla en lo que hacemos, sino en lo que somos. Y únicamente vivimos en modo ser en la medida en que nuestra mente permanece silenciada.

No es difícil comprobar que la mente se halla habitualmente en conflicto con la realidad, porque nunca termina de estar satisfecha. Desearía más bien que las cosas fueran de otro modo. Siempre gira con la idea de que tendría que añadir o quitar algo a cualquier circunstancia que le toca vivir. Por ese motivo, no puede nunca parar: el no-gusto con lo real la lleva a estar todo el tiempo deseando modificarlo. Lo que consigue con ello no es sino aumentar la ansiedad, la insatisfacción y, finalmente, el estrés, que la aleja de la paz y del gozo.

Sin embargo, todos podemos también experimentar que, en nosotros, por debajo de toda esa hiperactividad mental, hay un “lugar” al que le basta con, simplemente, ser. No necesita estar haciendo constantemente, porque no está en conflicto con nada. Sencillamente, es.

Y se descubre entonces una paradoja admirable. Cuando vivimos en modo ser, no se cae en la inactividad. Desde ahí, constatas que aumenta el dinamismo y la creatividad. Pero constatas también que no nacen ya de la ansiedad y del conflicto con la realidad, sino desde la fuente misma de la vida que se despliega armoniosamente.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Pentecostés: espiritual es quien otea siempre el horizonte para hallar un fragmento de paz, alegría y ganas de vivir

domingo, 8 de junio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Pentecostés concluye la Pascua de Jesucristo.

Con la Pascua de Pentecostés concluimos la celebración de la cincuentena pascual.

Pero no se trata de terminar un ciclo litúrgico a los cincuenta días, sino que significa que el buen espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, permanece en la comunidad cristiana, en los creyentes. Aunque Jesús ya no está físicamente entre nosotros, sin embargo su espíritu, su aliento vital, continúan presentes entre nosotros: en la Iglesia  y ¿por qué no? en la humanidad.

02.- Dos relatos de Pentecostés.

        Hemos escuchado dos relatos de Pentecostés:

  1. De San Lucas en los Hechos de los Apóstoles (1ª lectura).
  2. De San Juan: el mismo día de Pascua. (Evangelio)

El relato del libro de los Hechos es la antítesis de la Torre de Babel. En la Torre de Babel todos querían llegar al “cielo” del poder, y como no había, no tenían un buen espíritu, no se entendían.

La Torre de Babel es lo más parecido a una campaña electoral: todos quieren llegar a la cúspide -al cielo- del poder, por eso no se entienden.

El relato de San Lucas de Pentecostés dice que por Pascua estaban en Jerusalén personas (miles de personas) de todo el mundo: partos, medos y elamitas, de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, de Roma, judíos, cretenses y árabes; y a pesar de ser tan diversos y dispares, se entendían; comprendían lo que allí se decía porque había un Espíritu común bueno, el espíritu bueno -santo- de Jesús.

En la tradición de San Juan Pentecostés comienza ya en la cruz de Cristo: Inclinando la cabeza, entregó su espíritu a la Iglesia naciente presente en la madre del Señor y el Discípulos Amado.

Y -en San Juan- Pentecostés concluye el día de Pascua, cuando los discípulos, la iglesia naciente se encuentra encerrada, con miedo. Jesús se hace presente y les confiere su espíritu: Recibid espíritu santo, espíritu bueno.

Un aspecto importante a tener en cuenta es que son las mismas palabras que Dios dice en el Génesis sobre el barro de Adán: insufló su aliento (hálito) vital sobre Adán (barro: debilidad) y éste, Adán, comienza a ser viviente, ser humano.

Entonces Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento (hálito) de vida, y resultó el hombre un ser viviente. (Gn 2,7).

Jesús infunde a la iglesia naciente, lo mismo que Dios insufló al barro humano: nefesh, [1] una palabra hebrea un poco rara para nosotros, pero que significa (respiración / garganta) hálito vital, aliento vital, o en lenguaje coloquial: ganas de vivir, ser viviente.

03.- Jesús: el buen espíritu de Jesús

Jesús no se avergüenza de sus discípulos a pesar de que algunos le han traicionado, otros se han marchado desesperanzados (Tomás, los de Emaús, etc). Jesús no nos abandona nunca.

Cuando Jesús se hace presente en aquel grupo desalentado y miedoso les infunde; paz, alegría y aliento vital (espíritu santo).

En una persona, en una institución, en una comunidad en la que el espíritu de JesuCristo está presente se vive en paz, serenidad-alegría y se tiene buen espíritu, aliento vital.

No sería un mal programa de vida para el nuevo papa, León, -y para nosotros- transmitir paz, alegría y ganas de vivir.

04.- El ser humano es espíritu.

Conviene recordarnos que el ser humano es espiritual. Esto no significa que el hombre espiritual tenga un temperamento blando y dado a cuestiones eclesiásticas y melifluas, sino que significa que el ser humano es abierto transcendente.

El hombre es absoluta apertura, el hombre es espíritu. La transcendencia hacia el ser, hacia el horizonte absoluto es la estructura fundamental del hombre. (K. Rahner, Oyente de la. Palabra, 73)

Sin embargo hoy en día en nuestro hábitat cultural hemos dinamitado la dimensión espiritual. No es que no practiquemos la religión o la espiritualidad, sino que la cultura occidental  considera que no somos espirituales, somos pura materia, no espíritu ni trascendencia,

Hemos descartado de la vida humana la dimensión espiritual y transcendente. Y cuando no somos trascendentes, la vida y la sociedad, las personas, incluso la misma Iglesia se tornan intranscendentes.

Lo más importante que hacen o hacemos muchos de nuestros conciudadanos es trabajar para llenar el carro de la compra en Eroski, comer, ver la tv, unas vacaciones y poco más.

Y quizás, por la intranscendencia en que vivimos, no amamos ni buscamos ya la verdad sino la ideología, no amamos la cultura, sino el beneficio que esta pueda reportar. Hemos dejado de tener ideales, y somos vulgares “sanchopanzas” del poder, del placer y del dinero.

El espíritu clerical y el funcionariado eclesiástico en general puede que sea muy religioso o cumplidor, pero eso no es ser espiritual. A una Iglesia de funcionarios no se le puede pedir espíritu, ni amor a la verdad, ni libertad, ni coraje para existir, ni cambios, ni tiene ánimo, no tiene espíritu que transmitir.

Ya San Pablo clamaba: ¡No apaguéis el espíritu! (1Tes 5,19). Si eliminamos la dimensión espiritual y transcendente de nuestra vida y de nuestra sociedad, nos convertiremos a los ídolos, y haremos del vientre, de los aranceles, de la patria, de la nación, del placer, del poder, nuestro Dios.

Espiritual es quien está abierto siempre y en camino, como en el Éxodo, como los dos de Emaús.

Espiritual es quien ama apasionadamente la Verdad y otea siempre el horizonte por si encuentra en él un fragmento de luz y de Verdad, un apunte de Dios.

        El espíritu de Jesús es bueno, es santo: anunciar el evangelio a los pobres, proclamar libertad a los cautivos, sanar los corazones afligidos, para proclamar el año de gracia de Dios. (Lucas 4,18-19)

Así pues: recibid Espíritu Santo.

[1] Nefesh aparece 775 veces en la Biblia y no significa «alma«; de ahí que sea incorrecta en la mayoría de los casos la traducción de los LXX por psyché. Nefesh hace referencia a algo sensible (garganta, cuello, respiración) y, por extensión, significa aliento y vida. Ser “animado”, viviente sería una buena traducción de nefesh.

***

 

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«Anunciar a Jesús con la fuerza de su mismo Espíritu», por Consuelo Vélez

domingo, 8 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

PENTECOSTÉS 8-05-2025

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo:

+«¡La paz esté con ustedes!».

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo:

+  «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:

«Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan»

(Juan 20, 19-23)

Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés y, en consonancia con lo que Jesús les dijo a los discípulos en la lectura del domingo pasado, de que él cumpliría la promesa del Padre, en el texto de hoy, se hace real esa promesa. Jesús sopla sobre los discípulos e infunde en ellos el Espíritu Santo, don de Dios, cumplimiento de la promesa del Padre, con el que podrán discernir los desafíos que comienzan para ellos en la tarea que han de realizar. Previo a darles el espíritu, les ha dado el don de la paz, saludo que usa cuando se les aparece, adelantando posiblemente los dones que vienen del Espíritu. Recordemos, según la carta a los gálatas 5, 22, los dones o frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, paciencia. afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.

Un detalle importante: el texto nos dice que los discípulos estaban encerrados por temor a los judíos. Precisamente será el espíritu el que les ayude a vencer el miedo y a abrir todas las puertas para llegar hasta los confines de la tierra.

El evangelio no nos ofrece más detalles, pero en este día se lee también Hechos (2, 1-13) donde se relata de otra manera este acontecimiento. Están en Jerusalén porque es el lugar donde los judíos van a celebrar sus fiestas (las tiendas, la pascua) y, en este caso, la fiesta de pentecostés. Y justamente estando todos reunidos comienzan a sentir un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso que llena toda la casa. Junto a esto se les aparecen unas lenguas como de fuego que, al posarse sobre cada uno de los presentes, los llena del Espíritu Santo. Recordemos que al inicio de Hechos se nos dice que todos estaban reunidos en Jerusalén, incluidas algunas mujeres, María la madre de Jesús y sus hermanos. De ahí viene que se reconozca que María está presente en la experiencia de Pentecostés.Lamentablemente, esta presencia de mujeres no ha tenido como consecuencia que se reconozca su protagonismo en los inicios de la Iglesia y en su estar llenas del Espíritu Santo, al igual que los doce, para realizar la misión encomendada.

Volviendo al relato de Hechos, los presentes comienzan a hablar en otras lenguas y lo maravilloso es que todos les entienden en su propia lengua. Es una forma de mostrar la predicación que han de realizar los discípulos a todos los confines de la tierra y cómo, este mensaje, puede ser entendido por todos a pesar de las diferencias. Eso no significa que no vayan a encontrar también rechazo. En este mismo texto vemos que algunos no ven nada extraordinario, sino que aducen que están borrachos, sin entender el don de Dios que se está haciendo presente.

En definitiva, esta fiesta nos recuerda que estamos en el tiempo del Espíritu y sus dones no le faltan a nadie que acoja su presencia y siga sus insinuaciones. El espíritu nos invita a predicar a Jesús y esas palabras, respaldadas por el testimonio, pueden ser entendidas por muchos. Como ya lo dijimos el domingo pasado, Jesús ya no está entre nosotros. Su espíritu es quien puede hacerlo presente. Que nos abramos a su acción y lo dejemos actuar en el aquí y ahora de nuestra historia.

(Foto tomada de: Pentecostés. – Santoral AICA.org)

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“Discípulos – Juan 14, 15-16. 23-26 -“, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 8 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Él os enseñará todo.

A creer, a amar, a vivir, a cambiar, a volar.

Él, el Espíritu, don del Resucitado, enviado por el Padre, aquel que da acceso, inflama, convierte, perdona, acoge. Aquel que da vida a Cristo. Que reaviva la Iglesia. Que me enciende.

No es la realidad la que debe cambiar.

Es nuestra mirada sobre ella. Una mirada que se sitúa en la perspectiva de Dios.

No, claro, no porque seamos arrogantes, sino porque la vida es el descubrimiento de una mirada diferente sobre el hombre y su destino. Porque Dios existe y es hermoso.

Y la fe nos permite, día tras día, alcanzar esa mirada.

Entonces la vida se convierte en posibilidad. Posibilidad luminosa. Posibilidad luminosa de florecimiento.

Al descubrir que somos amados, elegimos amar, aprendemos a amar.

Y cada camino que recorremos se convierte en una búsqueda del tesoro para descubrir el tesoro escondido en los pliegues de la Historia.

Y la Iglesia aparece como una esposa amada por Dios, profecía de un mundo nuevo.

Y todo lo que sucede revela el proyecto de Dios sobre la humanidad, un proyecto amoroso de bien.

No, no me he bebido una botella de buen vino, no tengo alucinaciones.

Es lo que ocurre cuando, por fin, cedemos el timón de nuestro barco al Espíritu Santo.

Pero cuidado: riesgo de conversión. 

Shevuot 

Shevuot, la fiesta de la cosecha, Pentecostés para los fieles griegos que recuerdan su celebración cincuenta días después de Pesah, era una fiesta agrícola que, con el paso de los siglos, se había enriquecido con otra interpretación: en ese día se recordaba el don de la Torá en el monte Sinaí.

Israel estaba muy orgulloso de la Ley que Dios le había entregado; a pesar de ser el más pequeño de los pueblos, había sido elegido para dar testimonio al mundo del verdadero rostro del misericordioso.

Precisamente en ese día, y no por casualidad, Lucas sitúa la venida del Espíritu Santo. Espíritu que ya había sido dado, desde la cruz y el día de Pascua. ¿Por qué repetir esta efusión? ¿Por qué ese día?

Quizás Lucas quiere decir a los discípulos que la nueva Ley es un movimiento del Espíritu, una luz interior que ilumina nuestro rostro y el de Dios. Jesús no añade preceptos a los muchos (¡demasiados!) que hay en la Ley oral, sino que los simplifica, los reduce, los lleva a lo esencial.

Solo se pide a los discípulos un único precepto: el amor.

Pero ¿qué significa amar en situaciones concretas?

Aquí viene el Espíritu en nuestro auxilio. Jesús no da nuevas tablas, cambia la forma de verlas, nos cambia el corazón, radicalmente.

Hoy celebramos la Ley que el Espíritu nos ayuda a reconocer. 

Truenos, nubes, fuego, viento.

Lucas describe el acontecimiento remitiendo explícitamente a la teofanía de Dios en el monte Sinaí: los truenos, las nubes, el fuego, el viento son elementos que describen la solemnidad del acontecimiento y la presencia de Dios, pero que también pueden reinterpretarse en clave espiritual.

El Espíritu es trueno y terremoto: nos sacude en lo más profundo, derriba nuestras supuestas certezas, nos obliga a superar los lugares comunes sobre la fe (¡y sobre el cristianismo!).

El Espíritu es nube: la niebla nos obliga a confiar en alguien que nos guía para no perder el camino de la verdad.

El Espíritu es fuego que calienta nuestros corazones e ilumina nuestros pasos.

El Espíritu es viento: ¡somos nosotros quienes debemos orientar las velas para recoger su impulso y cruzar el mar de la vida!

El Espíritu se convierte en el anti-Babel: si la arrogancia de los hombres ha llevado a la confusión de las lenguas, a no entenderse más, la presencia del Espíritu nos hace oír un solo lenguaje, una sola voz.

Invocamos al Espíritu cuando no nos entendemos en la comunidad, en la familia, en el trabajo. Lo invocamos cuando no logramos explicarnos.

El Espíritu convierte a los apóstoles temerosos en formidables evangelizadores: ahora ya no tienen miedo y se atreven, van más allá, proclaman sin temor su fe y su esperanza.

Hablan de Dios. Son creyentes creíbles.

Es Pentecostés: la Iglesia se embriaga y se vuelve misionera. 

El Espíritu

El Espíritu es la presencia amorosa de la Trinidad, el último don de Jesús a los apóstoles, invocado por Jesús como vivificador, consolador, recordador, abogado defensor, invocado con ternura y fuerza por nuestros hermanos cristianos de Oriente.

Sin el Espíritu estaríamos muertos, exánimes, apagados, incrédulos, tristes.

El Espíritu, discreto, impalpable, indescriptible, es la clave de nuestra fe, lo que todo une. El Espíritu, ya recibido por cada uno en el Bautismo, es quien nos hace presente aquí y ahora al Señor Jesús.

Él es quien nos permite percibir su presencia, quien orienta nuestros pasos para que se crucen con los suyos.

¿Estáis solos? ¿Tenéis la impresión de que vuestra vida es un barco que hace agua por todas partes? ¿Os sentís incomprendidos o heridos?

Invocad al Espíritu que es Consolador, que consuela, que acompaña a los que están solos.

¿Escucháis la Palabra y os cuesta creer, dar el salto definitivo?

Invocad al Espíritu que es Vivificador, que hace vuestra fe sincera y viva como la de los grandes santos.

¿Os cuesta encontrar a Jesús en vuestra vida cotidiana, prefiriendo guardarlo en un estante bonito para sacarlo los domingos?

Invocad al Espíritu que nos recuerda lo que Jesús ha hecho por nosotros.

¿Os corroe la culpa, la vida os ha pedido un alto precio? ¿Os obsesiona la parte oscura de vuestra vida? Invocad al abogado defensor, el Paráclito, que se pone a nuestra derecha y defiende nuestras razones ante cualquier acusación.

Así, los Apóstoles tuvieron que estar habitados por el Espíritu, que los transformó por completo, para ser finalmente, de manera definitiva, anunciadores y, solo entonces, comenzaron a comprender, a recordar con el corazón.

Si has sentido que tu corazón estallaba al escuchar la Palabra, quédate tranquilo: era el Espíritu que, por fin, había logrado forzar la cerradura de tu corazón y de tu incredulidad.

El Espíritu nos permite cambiar.

El Espíritu, finalmente, nos hace descubrir que somos amados.

Es hora de aprender.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

***

Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de Pentecostés, 8 de junio de 2025

1.- La vida según el Espíritu.

2.- El don de Jesús es el Espíritu Santo.

3.- Respirar el Espíritu Santo.

4.- El viento del Espíritu que trae la libertad.

5.- El Espíritu Santo es Dios en libertad.

6.- El Espíritu devuelve al corazón cada palabra de Jesús.

7.- Permanecer, enseñar, recordar.

8.- El aliento de Dios abre todas las puertas.

9.- Discípulos – Juan 14, 15-16. 23-26 –.

***

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Elegir la relación por encima de la posición: ayer y hoy

lunes, 26 de mayo de 2025
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La publicación de hoy es de Terry Gonda (ella), católica de toda la vida y directora espiritual. Ella y su esposa, Kirsti Reeve, son ministras de música en su parroquia jesuita en Detroit. Anteriormente, Gonda sirvió durante 36 años como directora musical en una parroquia universitaria antes de ser despedida por la Arquidiócesis por casarse legalmente con Kirsti. Con raíces en la espiritualidad ignaciana y la sabiduría de los místicos, ahora codirige una comunidad católica laica —formada a partir de los restos de su antigua parroquia—, basada en la sinodalidad, la acogida radical y el acompañamiento espiritual. Su historia aparece en Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas).

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Sexto Domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.

Tenía siete años cuando, después de misa, solté desde el asiento trasero: «Voy a ser sacerdote».

Mi abuela me respondió con brusquedad: «No, no lo eres. Las niñas no pueden ser sacerdotes».

Fue un dolor muy fuerte. La vergüenza me enrojeció y me inundó los ojos. Mi corazón inocente se había entregado por completo y había recibido reglas que no podía entender. De mi querida abuela, que no tenía malas intenciones, pero me transmitió lo que le habían enseñado.

Este recuerdo no trata sobre defender la ordenación femenina. Marca mi primer encuentro con la tensión entre el anhelo sagrado y la tradición rígida. Se convirtió en mi invitación para toda la vida a ese punto intermedio, entre los impulsos internos y las expectativas externas.

Cuando finalmente, y a regañadientes, acepté esta invitación a vivir entre fuerzas opuestas, aferrándome a la gracia en lugar del miedo, algo transformador ocurrió; no de inmediato, sino gradualmente.

Las lecturas litúrgicas de hoy ofrecen consuelo y refuerzo. Reflexionan sobre cómo manejar un intenso desacuerdo entre personas que desean ser discípulos íntegros en comunidad. Los textos enseñan que la sabiduría proviene de habitar, no de resolver, la tensión. Desde esta postura, el Espíritu Santo nos guía a replantear nuestras historias hacia la misericordia y el beneficio mutuo, empoderándonos para vivir y amar como Cristo. Solo necesitamos confiar en que la gracia nos acompaña en la lucha de la que preferiríamos huir.

Concilio de Jerusalén

En la primera lectura de hoy, vemos a la iglesia primitiva practicando esta sabiduría en el Concilio de Jerusalén. ¿Debían los gentiles seguir la ley judía y sus señas de identidad, como las regulaciones kosher, la circuncisión y los rituales de pureza? Algunos miembros se aferraron a la tradición rígida. Sin embargo, los apóstoles utilizaron la sinodalidad (acompañarse mutuamente con el Espíritu Santo) y finalmente eligieron el discernimiento sobre la doctrina, afirmando: «Es decisión del Espíritu Santo y de nosotros no imponerles ninguna carga más allá de estas necesidades».

Creo que a menudo subestimamos la importancia de este cambio. Solo a través del Espíritu Santo pudieron ver que estas antiguas leyes que habían formado su identidad judía eran una carga para otros. Este cambio de paradigma fue notable. Priorizando las relaciones por encima de los rituales, mantuvieron algunas necesidades básicas —abstenerse de carne sacrificada a ídolos y matrimonios ilícitos— para apoyar las relaciones entre creyentes judíos y gentiles.

Sin embargo, el discernimiento no terminó ahí. San Pablo evolucionó aún más (1 Corintios 8), considerando algunas «necesidades«, como evitar la carne sacrificada a ídolos, como irrelevantes, pero también aconsejó adoptar un enfoque basado en las relaciones: no comerla delante de quienes creen que es pecado.

Nuestro momento actual en la iglesia refleja esta antigua tensión. Un grupo exige una estricta adhesión, interpretando sus leyes priorizadas como la voluntad de Dios. Otros exigen cambios de paradigma y teológicos inmediatos, igualmente rígidos. Ambos corren el riesgo de priorizar la postura sobre la relación.

Sin embargo, el Espíritu aún susurra: Quédate. Escucha. Espera la gracia. Conéctate.

Como lesbiana católica, reconozco que estas posturas no son del todo equivalentes. Es mucho más difícil para quienes han sido heridos o rechazados convertirse en constructores de puentes, especialmente hacia quienes perciben como una amenaza para su bienestar. Cada situación tiene sus propios matices y exige el discernimiento profundo demostrado por los Apóstoles.

Nuestra segunda lectura, del Apocalipsis, nos muestra adónde nos llevará la presencia del Espíritu. Vemos la imagen de una ciudad con doce puertas abiertas en todas direcciones —sin muros ni templo—, completamente llena de la presencia de Dios. ¿Cómo nos dirigimos hacia allí desde aquí?

Jesús dice claramente: «El que me ama… vendremos a él y haremos morada con él». No solo los perfectos o doctrinalmente puros, sino simplemente los que aman. Ellos se convertirán en portadores de Cristo. Ese es nuestro mapa.

Por eso me entusiasma la elección del Papa León XIV, quien ha encarnado la justicia, la humildad y la capacidad de construir puentes, haciéndose eco de las palabras de Jesús. Su elección señala una Iglesia que prioriza la comunión sobre el control y la escucha valiente sobre la certeza inmediata. En su primera reunión con los cardenales, el nuevo papa dejó claro que la Iglesia continuará el camino del Vaticano II y lo que el papa Francisco había iniciado: paz, unidad, sinodalidad y servicio a los marginados.

De ahora en adelante, la disciplina será crucial para abordar las importantes tensiones polarizadoras que enfrentamos. Es fácil centrarse en las muchas cosas que nos impulsan. Todos haríamos bien en centrarnos estrictamente en los principios esenciales del evangelio de Jesús para generar impulso. Y al hacerlo, confiar en que nuestras necesidades serán satisfechas en el proceso: alimentar al hambriento, acoger al forastero, ayudar al pobre, romper barreras, tender puentes y perdonar y amar sin condiciones. ¿No se incluyen aquí las personas LGBTQ+? Esto no es ideología; es seguir a Jesús.

Belonging Beloved” by Jamal Adams

Lograr la comunidad amada —donde cada persona experimenta dignidad, seguridad y pertenencia— requiere acompañamiento mutuo. Y eso requiere sacrificio. Significa aprender a sentirme cómodo con la incomodidad, pero siempre dentro de los límites de la gracia. Me recuerdo a mí misma que debo dar lo que busco: dignidad, respeto y compasión. Amar a Dios con todo mi ser y amar a mi prójimo —incluso a mi «enemigo»— como a mí misma. Nunca excusando la injusticia, sino eligiendo ver primero con amor.

La invitación es clara: Quédate. Haz una pausa. Ábrete al Espíritu Santo. Siéntete cómodo con la incómoda Danza Sagrada de la Discordia. Resiste la burla o el miedo. Escucha radicalmente con curiosidad, humildad y esperanza. Busca la reciprocidad. Algo sagrado busca nacer aquí.

El Concilio de Jerusalén vivió esta verdad. El Papa León XIV nos la recuerda hoy. El Evangelio siempre nos guió por este camino.

Elijamos quedarnos, esperar en el caos y confiar en que la gracia nos encuentra en el caos, guiando nuestras decisiones. Porque la gracia no solo se recibe, sino que se transmite. Al igual que los primeros discípulos, la gracia puede ser en quién nos convertimos.

Con gratitud, ahora puedo decir que mi yo de siete años se regocija. Aunque al principio resistí la incomodidad de bailar en la tensión, ahora proclamo con pasión la versión comunitaria del proceso: la sinodalidad. El discernimiento colaborativo de la Iglesia, guiado por el Espíritu, es el fundamento de mi llamada bautismal al sacerdocio. Y, fiel a mi estilo, aunque soy tremendamente imperfecta al practicarlo, el Espíritu Santo ha permitido que dé frutos abundantes.

Ese sacerdocio mío se ha desarrollado de maneras hermosas e inesperadas. Más recientemente, al pastorear lo que quedaba de mi antigua comunidad eclesial, que se desmoronó en parte tras mi despido como directora musical (por «matrimonio ilícito» con otra mujer). Juntas hemos formado una comunidad intencional centrada en plantar y nutrir las semillas de la sinodalidad. Mientras tanto, mi esposa y yo formamos parte con alegría del equipo musical de nuestra parroquia jesuita.

Y estoy seguro de que mi abuela sonríe y susurra suavemente: «Bien hecho, buen siervo y fiel».

—Terry Gonda, 25 de mayo de 2025

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Para más historias, tanto positivas como negativas, sobre personas LGBTQ+ que trabajan en espacios católicos, consulta la última publicación de New Ways Ministry, Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions (Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas). El libro es una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor de personas LGBTQ+ que han trabajado en parroquias y escuelas católicas. Para más información, haz clic aquí.

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Fuente New Ways Ministry

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Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde… el Defensor, el Espíritu Santo… será quien os lo enseñe todo

domingo, 25 de mayo de 2025
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A nosotros van dirigidas estas palabras… Jesús nos envía un defensor que nos irá enseñando todo recordando lo que Él nos ha enseñado…

 

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“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse.

Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.

Chile Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el temor.

Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas.

Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos.

Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor.

Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor.

Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible.

¡Es la Paz!”

*

Atenágoras I (1886-1972),
patriarca de Constantinopla,

*

(en: OLIVIER CLÉMENT, Dialogues avec le Patriarche Athénagoras I, Éd. Fayard, Paris 1969, p.183. Traducido y ofrecido por Xavier Melloni, en Cetr.)

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El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.”

*

Juan 14, 23-29

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Sin el Espíritu Santo, es decir, si el Espíritu Santo no nos plasma interiormente y si nosotros no recurrimos a él de manera habitual, prácticamente, puede ocurrir que caminemos al paso de Jesucristo, pero no con su corazón. El Espíritu nos hace conformes en lo íntimo al Evangelio de Jesucristo y nos hace capaces de anunciarlo al exterior (con la vida). El viento del Señor, el Espíritu Santo, pasa sobre nosotros y debe imprimir a nuestros actos cierto dinamismo que le es propio, un estímulo al que nuestra voluntad no permanece extraña, sino que la trasciende. Dios nos dará el Espíritu Santo en la medida en que acojamos la Palabra allí donde la oigamos.

Debería haber en nosotros una sola realidad, una sola verdad, un Espíritu omnipotente que se apoderara de toda nuestra vida, para obrar en ella, según las circunstancias, como espíritu de caridad, espíritu de paciencia, espíritu de mansedumbre, aunque es el único Espíritu, el Espíritu de Dios. Todos nuestros actos deberían ser la continuación de una misma encarnación. Sería preciso que entregáramos todas nuestras acciones al Espíritu que hay en nosotros, de tal modo que se pueda reconocer su rostro en cada una de ellas.

El Espíritu no pide más que esto. No ha venido a nosotros para descansar; es infatigable, insaciable en el obrar; sólo una cosa se lo puede impedir: el hecho de que nosotros, con nuestra mala voluntad, no se lo permitamos, o bien no le otorguemos la suficiente confianza y no estemos convencidos hasta el fondo de que él tiene una sola cosa que hacer: obrar. Si le dejáramos hacer, el Espíritu se mostraría absolutamente incansable y se serviría de todo. Basta con nada para apagar un fuego diminuto, mientras que un fuego inflamador lo consume todo. Si fuéramos gente de fe, podríamos confiarle al Espíritu todas las acciones de nuestra ¡ornada, sean cuales sean, y las transformaría en vida-

*

Madeleine Delbrél,
Amor indivisible. Fragmentos de cartas,
Cásale Monferrato 1994, pp. 43-45, passim

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“No da lo mismo”. 6 Pascua – C (Juan 14,23-29)

domingo, 25 de mayo de 2025
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29_6-PAS-C_1187826-390x247El pluralismo es un hecho innegable. Se puede incluso afirmar que es uno de los rasgos más característicos de la sociedad moderna. Se ha fraccionado en mil pedazos aquel mundo monolítico de hace unos años. Hoy conviven entre nosotros toda clase de posicionamientos, ideas o valores.

Este pluralismo no es solo un dato. Es uno de los pocos dogmas de nuestra cultura. Hoy todo puede ser discutido. Todo menos el derecho de cada uno a pensar como le parezca y a ser respetado en lo que piensa. Ciertamente, este pluralismo nos puede estimular a la búsqueda responsable, al diálogo y a la confrontación de posturas. Pero nos puede llevar también a graves retrocesos.

De hecho, no pocos están cayendo en un relativismo total. Todo da lo mismo. Como dice el sociólogo francés G. Lipovetsky, «vivimos en la hora de los feelings». Ya no existe verdad ni mentira, belleza ni fealdad. Nada es bueno ni malo. Se vive de impresiones, y cada uno piensa lo que quiere y hace lo que le apetece.

En este clima de relativismo se está llegando a situaciones realmente decadentes. Se defienden las creencias más peregrinas sin el mínimo rigor. Se pretende resolver con cuatro tópicos las cuestiones más vitales del ser humano. Algo quiere decir A. Finkielkraut cuando afirma que «la barbarie se está apoderando de la cultura».

La pregunta es inevitable. ¿Se puede llamar «progreso» a todo esto? ¿Es bueno para la persona y para la humanidad poblar la mente de cualquier idea o llenar el corazón de cualquier creencia, renunciando a una búsqueda honesta de mayor verdad, bondad y sentido de la existencia?

El cristiano está llamado hoy a vivir su fe en actitud de búsqueda responsable y compartida. No da igual pensar cualquier cosa de la vida. Hemos de seguir buscando la verdad última del ser humano, que está muy lejos de quedar explicada satisfactoriamente a partir de teorías científicas, sistemas sicológicos o visiones ideológicas.

El cristiano está llamado también a vivir sanando esta cultura. No es lo mismo ganar dinero sin escrúpulo alguno que desempeñar honradamente un servicio público, ni es igual dar gritos a favor del terrorismo que defender los derechos de cada persona. No da lo mismo abortar que acoger la vida, ni es igual «hacer el amor» de cualquier manera que amar de verdad al otro. No es lo mismo ignorar a los necesitados o trabajar por sus derechos. Lo primero es malo y daña al ser humano. Lo segundo está cargado de esperanza y promesa.

También en medio del actual pluralismo siguen resonando las palabras de Jesús: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará».

José Antonio Pagola

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“El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho”. Domingo 25 de mayo de2025. 6º Domingo de Pascua

domingo, 25 de mayo de 2025
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31-pascuaC6 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Salmo responsorial: 66:  Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Apocalipsis 21, 10-14. 22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.
Juan 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

El libro de los Hechos nos presenta la controversia de los apóstoles con algunas personas del pueblo que decían que los no circuncidados no podían entrar en el reino de Dios. Los apóstoles descartaban el planteamiento judío de la circuncisión. Ésta se realizaba a los ocho días del nacimiento al niño varón, a quien sólo así se le aseguraban todas las bendiciones prometidas por ser un miembro en potencia del pueblo elegido y por participar de la Alianza con Dios. Todo varón no circuncidado según esta tradición debía ser expulsado del pueblo, de la tierra judía, por no haber sido fiel a la promesa de Dios (cf. Gn 17,9-12). El acto ritual de la circuncisión estaba cargado -y aún lo está- de significado cultural y religioso para el pueblo judío. Estaba ligado también al peso histórico-cultural de exclusión de las mujeres, las cuales no participaban de rito alguno para iniciarse en la vida del pueblo: a ellas no se les concebía como ciudadanas.

Es bien importante este episodio dentro de la elaboración literaria que Lucas hace del nacimiento de la primitiva Iglesia. Ésta fue capaz de intuir genialmente que aquel rito de la circuncisión discriminaba inevitablemente entre hombres y mujeres, y entre judíos y paganos. Los dirigentes principales de la Iglesia central (por así decir) ratificaron la intuición que los misioneros de vanguardia pusieron en marcha al evangelizar en la frontera con el mundo pagano. En aquel contexto cultural diferente, el signo de la circuncisión no sólo no era significativo, sino que implicaba una marginación de la mujer, y una imposición incomprensible para quienes s convertían desde el paganismo. Fue una lección de sentido histórico, de comprensión de la relatividad cultural, y de aceptación de los signos de los tiempos.

No deberíamos reflexionar hoy sobre este tema de un modo meramente arcaizante: «cómo hicieron ellos», sino preguntándonos qué otros signos, elementos, dimensiones… del cristianismo están hoy necesitados de una reformulación o reconversión, en esta la nueva frontera cultural que hoy atravesamos, probablemente mucho más profunda que la que se vivía en aquel momento que los Hechos de los Apóstolos nos relatan. Muchas cosas que hasta ahora significaban, se han vaciado de valor evocativo. En muchos casos, no sólo se han vaciado, sino que se han cargado de sentido contrario. Acabamos haciendo gestos que se quedan en simples ritos sin significado vivo, o repitiendo fórmulas que dicen cosas en las que ya no creemos –o en las que ya no podemos creer–.

Permítasenos evocar la publicación que el movimiento judío conservador de EEUU ha realizado el pasado mes de febrero (http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/02/actualidad/1456932458_958209.html) de una nueva edición del manual de oraciones, Sidur en hebreo, edición que ha puesto todas las oraciones en un lenguaje que no distingue entre hombres y mujeres, entre personas y/o parejas hetero y homosexuales. Hay que recordar que el idioma hebreo –y otros– tiene formas verbales diferentes para el hombre y la mujer. «Yo rezo», por ejemplo, no utiliza la misma palabra igual cuando lo dice un hombre o cuando lo dice una mujer. Lo cual quiere decir que cuando se reza juntos, normalmente la mujer ha tenido que quedar supeditada a rezar con expresiones masculinas. Este nuevo Sidur es un esfuerzo para acomodar símbolos religiosos tan importantes como los de un oracional, a la sensibilidad actual. Lo que en siglos y milenios anteriores parecía intocable, hoy ya no nos lo parece a muchas personas y comunidades; las más intuitivas y clarividentes están reivindicando la necesidad de dar pasos adelante, y deberíamos apoyarles.

También en otros idiomas persisten las diferencias discriminatorias de género, pero no tanto ya por las diferencias de las formas verbales y otras, cuanto por las desactualizaciones en términos culturales y epistemológicos: se trata de conjuntos completos de símbolos que ya no están culturalmente vigentes, fórmulas de fe que dicen cosas hoy realmente no creemos, creencias que ya todos sabemos que son mitos, pero que son repetidas ritualmente con toda seriedad como si de descripciones históricas se tratara, esperando que aparezcan por alguna parte los niños del cuento de Andersen que nos hagan caer en la cuenta a todos de que «el rey está desnudo». Por eso, es de profunda actualidad la lucidez de que hizo gala la Iglesia primitiva en torno a la práctica de la circuncisión.

El Apocalipsis nos presenta también una crítica a la tradición judía excluyente. Juan vio en sus revelaciones la nueva Jerusalén que bajaba del cielo y que era engalanada para su esposo, Cristo resucitado. Esta nueva Jerusalén es la Iglesia, triunfante e inmaculada, que ha sido fiel al Cordero y no se ha dejado llevar por las estructuras que muchas veces generan la muerte. Aquí yace la crítica del cristianismo al judaísmo que se dejó acaparar por el Templo, en el cual los varones, y entre éstos especialmente los cobijados por la Ley, eran los únicos que podían relacionarse con Dios; un Templo que era señal de exclusión hacia los sencillos del pueblo y los no judíos.

La Nueva Jerusalén que Juan describe en su libro no necesita templo, porque Dios mismo estará allí, manifestando su gloria y su poder en medio de los que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Ya no habrá exclusión -ni puros ni impuros-, porque Dios lo será todo en todos, sin distinción alguna.

En el evangelio de Juan, Jesús, dentro del contexto de la Ultima Cena y del gran discurso de despedida, insiste en el vínculo fundamental que debe prevalecer siempre entre los discípulos y él: el amor. Judas Tadeo ha hecho una pregunta a Jesús: “¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo”? Obviamente, Jesús, su mensaje, su proyecto del reino, son para el mundo; pero no olvidemos que para Juan la categoría “mundo” es todo aquello que se opone al plan o querer de Dios y, por tanto, rechaza abiertamente a Jesús; luego, el sentido que da Juan a la manifestación de Jesús es una experiencia exclusiva de un reducido número de personas que deben ir adquiriendo una formación tal que lleguen a asimilar a su Maestro y su propuesta, pero con el fin de ser luz para el “mundo”; y el primer medio que garantiza la continuidad de la persona y de la obra de Jesús encarnado en una comunidad al servicio del mundo, es el amor. Amor a Jesús y a su proyecto, porque aquí se habla necesariamente de Jesús y del reino como una realidad inseparable.

Ahora bien, Jesús sabe que no podrá estar por mucho tiempo acompañando a sus discípulos; pero también sabe que hay otra forma no necesariamente física de estar con ellos. Por eso los prepara para que aprendan a experimentarlo no ya como una realidad material, sino en otra dimensión en la cual podrán contar con la fuerza, la luz, el consuelo y la guía necesaria para mantenerse firmes y afrontar el diario caminar en fidelidad. Les promete pues, el Espíritu Santo, el alma y motor de la vida y de su propio proyecto, para que acompañe al discípulo y a la comunidad.

Finalmente, Jesús entrega a sus discípulos el don de la paz: “mi paz les dejo, les doy mi paz” (v. 27); testamento espiritual que el discípulo habrá de buscar y cultivar como un proyecto que permite hacer presente en el mundo la voluntad del Padre manifestada en Jesús. Es que en la Sagrada Escritura y en el proyecto de vida cristiana la paz no se reduce a una mera ausencia de armas y de violencia; la paz involucra a todas las dimensiones de la vida humana y se convierte en un compromiso permanente para los seguidores de Jesús. Leer más…

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25.5.25. Dom 6 Pascua. Con León XIV: Tres notas de la paz de Cristo

domingo, 25 de mayo de 2025
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pikaza_camino_paz-938c8Del blog de Xabier Pikaza:

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde (Jn 14, 28-29)..

Con estas palabras del evangelio de este domingo  (25.5.25, 6 de Pascua) se presentó León XIV en el ventanal del Vaticano, el día de su elección como papa, deseando y ofreciendo la paz de Cristo a todos

En comunión con León XIV, presento a continuación tres notas importantes de la paz cristiana: (1) Viene de Cristo y es s hija del perdón. (2) Brota de las víctimas. (3) Es tarea de la Iglesia (no del Estado).

| Xabier Pikaza

La paz es hija del perdón. No como la da  el mundo, no como la venden los triunfadores

El sistema político/económico no conoce perdón, sino, a lo sumo, indulto o amnistía, para provecho propio. Pues bien, en contra de eso, como puso de relieve H. Arendt, la mayor aportación de Jesús al camino de la paz ha sido el fundarla en el perdón. Su paz no nace de la victoria de los fuertes, sino del perdón de los vencidos. Ciertamente, no va en contra de la justicia, pero la trasciende; no proviene de los que vencen y se imponen por ley sobre los otros, sino de aquellos que, siendo vencidos y estando derrotados, responden perdonando[1].

El riesgo de un perdón interesado. La paz cristiana brota del perdón, pero de un perdón gratuito, que se expresa en forma de proyecto de no-violencia activa, partiendo de las víctimas. Había en el judaísmo de tiempos de Jesús un tipo de perdón que tendía a estar controlado por sacerdotes y políticos, al servicio del sistema. Era el perdón del templo y se expresaba a través de sacrificios rituales, por medio de una especie de «máquina sacral», que culminaba el día de la Gran Expiación (Lev 16), celebrada por sacerdotes y regulada según Ley por los escribas, Por su parte, el perdón de Roma (parcere subiectis, debellare superbos: Virgilio, Eneida 855) estaba al servicio del sistema imperial y político, no de los necesitados. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón mesiánico, que actúa a través de los que sufren y que busca una nueva humanidad, superando el orden del templo y el sistema del imperio. Para entender su alcance, quiero delimitarlo mejor:

 Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de dictadores o autócratas, que muestran su magnanimidad indultando de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones) a quienes ellos quieren y castigando también a quienes quieren (sin dar tampoco razones). Así descargan su violencia sobre algunos, para mostrarse soberanos, imponiendo su terror sobre posibles rebeldes o contrarios, y perdonan a otros para decir que son magnánimos y aparecer como benefactores, a través de un gesto arbitrario, que está muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano). En contra de ese perdón interesado de los autócratas, que es una imposición de su dictadura y un capricho de su prepotencia, Jesús ofrece y promueve un perdón puramente gratuito que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es un perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas (los ofendidos y humillados), sin que sean capaces de ofrecerlo en su nombre (en contra de ellos) unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores.

Puede haber un perdón o amnistía al servicio de una política partidista. Casi todos los vencedores del mundo han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a. C. hasta los romanos del tiempo de Jesús o los revolucionarios franceses de finales del XVIII. Suelen ser amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o de los estados que las proclaman, al servicio de su propia estabilidad, como una forma de justificarse. No todos los implicados suelen estar de acuerdo con esas amnistías, ni en el plano legal, ni en el personal, pero se han ofrecido y pueden ofrecerse, sobre todo allí donde el poder resulta lo bastantes sólido como para permitir excepciones en el cumplimiento de la Ley, en circunstancias de fuerte cambio político, que se interpretan como principio de un nuevo régimen social. Este perdón puede ser provechoso, pero que corre el riesgo de situar la oportunidad política (su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal[2].

Puede haber un perdón controlado por un tipo fr sacerdotes del templo particular, al servicio del propio sistema, para mantener el orden establecido, como sucedía en Jerusalén, en tiempo de Jesús. También éste es un perdón interesado, propio de los vencedores, al servicio del sistema; es el perdón de los templos y de las grandes instituciones religiosas, entendidas como instancias de control sobre los “pecadores”, como ha podido suceder en la religión algunas instituciones cristianas. Lo mismo que los anteriores, este perdón sigue estando al servicio del sistema, es decir, de la violencia de los poderosos. En contra de eso, Jesús ha ofrecido el perdón de un modo gratuito, no en contra, sino por encima de la Ley, pidiendo a los ofendidos que perdonen a sus ofensores (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo desde Dios!), para abrir de esa manera un camino de reconciliación más alta, superando la violencia.

 El perdón sacral del Templo (lo mismo que la amnistía de los grandes imperios) estaba al servicio de los poderosos, que monopolizaban el orden del sistema. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón (que estrictamente hablando no es suyo, sino de los pobres) de un modo mesiánico, superando el sistema del templo. No es que él perdone desde arriba, por excepción, sin necesidad de templo y sacrificios, a los expulsados y excluidos de la comunidad sagrada de Israel y del imperio, sino que son ellos, los expulsados y excluidos, los que pueden ofrecer perdón (como representantes de Dios). Ésta es la novedad del evangelio y ella supera todos los sistemas religiosos o sociales donde el perdón está al servicio del orden establecido. El sistema político o religioso no puede perdonar, sino que se limita a buscar su equilibrio o, a lo sumo, procurar una igualdad de ley. Los únicos que pueden perdonar son los ofendidos y/o robados, es decir, las víctimas, como Jesús.

Jesús, un perdón gratuito.Los profetas de Israel identificaban la justicia con la liberación de los oprimidos. Pues bien, siguiendo en esa línea (cf. Lc 4, 18-19, con citas de Isaías), Jesús ha radicalizado y universalizado la experiencia del perdón, ofreciéndolo en nombre de Dios y pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí, ellos mismos, desde abajo (y no por obra del templo o del sistema político). Este perdón de los pobres y excluidos de la sociedad, que responden con amor no-violento a la violencia del sistema, es el punto de partida de la paz mesiánica.

El sistema político/religioso necesita un talión (¡a cada uno según su merecido!), controlando el perdón desde arriba. En contra de de eso, Jesús sitúa a los hombres y mujeres ante el don y tarea del perdón, haciéndoles capaces de superar una justicia legal que, cerrada en sí, puede acabar destruyendo a todos. Lo que algunos llaman actualmente justicia infinita (un tipo de Ley particular llevada hasta el extremo) nos deja simplemente en el nivel de la lucha de todos contra todos. En ese sentido podemos añadir, con Pablo, que la justicia de la Ley es insuficiente. Sólo la gracia que perdona a los pecadores es fundamento de paz[3].

Sólo el perdón rompe la espiral de la venganza (un talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida se despliegue por encima de una Ley, en la que nada se crea ni destruye, sino que se transforma, permaneciendo siempre idéntico. Sólo el perdón rompe el encerramiento de la pura Ley y nos sitúa en un nivel de gratuidad, donde los hombres pueden vivir y amarse por sí mismos (como valor supremo). El perdón es gracia y sólo así puede superar la violencia del pasado, haciendo que la vida se abra al futuro de la Vida, por encima de sus contradicciones y luchas de poder.

  1. Perdón gratuito, no expiación. Expiar es pagar por la culpa, de manera que quien ha quebrantado la Ley tiene que recibir su merecido y penar (ser castigado). Sin duda, parece conveniente un tipo de reparación para mantener el orden del sistema, como saben las religiones sacrificiales y los sistemas políticos en los que domina una Ley punitiva (como parece suceder en USA). Pero el Dios de Jesús no exige expiación o sometimiento, para afianzar de esa manera su poder, sino que él mismo expía por los pecados de los hombres, es decir, les ama de un modo gratuito. En ese contexto ha de entenderse la actitud de Jesús, que ha perdonado a los pecadores, sentándose a su mesa y dialogando con ellos (cf. Mc 2, 15-17 par; Mt 11, 29 par; Lc 15, 1).
  2. Perdón, antes de conversión o, mejor dicho, perdón de meta-noia (cambio de mente de vida, Mc 1, 14-15) . Sacerdotes y políticos perdonaban a los convertidos, que volvían al redil de la buena Ley. El proceso era claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores reparar el pecado, los culpables arrepentirse. La misma Ley que condenaba al pecador le ofrecía un camino de perdón, si se convertía y volvía al orden. Jesús, en cambio, ha empezando perdonando, de un modo gratuito, y sólo después ha pedido a los hombres que se perdonan. De esa forma ha invertido el camino de la Ley: no exige arrepentimiento y expiación para perdonar, sino que empieza perdonando, el arrepentimiento vendrá después.

 En este contexto diremos que el perdón tiene que venir de las víctimas. Jesús no ratifica el poder de perdón de los de arriba, sino que pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que no es sometimiento (¡encima de haber sido ofendidos deben perdonar a quienes les ofenden!), sino que viene a mostrarse como expresión de la mayor de todas las autoridades Ellos, los oprimidos, son sacerdotes y portadores de perdón, es decir, de un nuevo orden social que no se funda en el dominio de unos sobre otros, ni en la revancha de los sometidos, sino en la gracia creadora, desde abajo, a partir de los marginados y ofendidos. Los pobres son precisamente los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen la autoridad del perdón, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni de tomar el poder externo, sino iniciando una comunidad de iguales.

  1. Evangelio, textos del perdón. Están en el centro del Sermón de la Montaña y se vinculan a otras dos palabras esenciales de los evangelios (no juzgar, amar a los enemigos). Sólo se puede perdonar allí donde, superando la Ley del talión (el puro juicio legal), hombres y mujeres son capaces de amar de un modo activo, superando la esclavitud del pasado y abriendo un futuro de vida para los mismos enemigos, por encima de la ley. Jesús no ha trazado un programa político para sacerdotes o gobernantes, sino un camino de no-violencia creadora, a partir de las víctimas, trazando un proceso de trasformación humana, que puede influir en las mismas instituciones sociales y sacrales de la sociedad establecida.

Principio. Perdón quiero, no pura justicia: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37; cf. Mt 7, 1). En un nivel político, la justicia social es buena y necesaria; pero ella tiene que imponerse con violencia, como sabe Pablo en Rom 13, 1-7, pues el juez necesita la ayuda de la espada y de la cárcel (y en algunos países de la silla eléctrica). Pues bien, superando ese plano de violencia legal (políticamente legítima), Jesús pide a sus fieles que se perdonen, que no acudan a la pura ley, ni a la espada. Al decir expresamente ¡no-juzguéis!, Jesús no ha pensado en unos objetivos particulares, ni ha propuesto unos casos en los que el perdón debe aplicarse, sino que abre un camino ilimitado de vida, que sólo puede recorrerse en amor, un proceso de no-violencia para voluntarios, no un ordenamiento obligatorio. Esta palabra aparece en el evangelio como revelación, una mutación antropológica radical. No puede probarse, pero se pueden probar sus consecuencias, pues allí donde los hombres no perdonan ellos mismos terminan cayendo bajo el poder del juicio («con el juicio con que juzguéis seréis juzgados»). El juicio se sitúa y nos sitúa ante el talión (ojo por ojo…) y así nos deja en manos de la Ley de la espada (quien a hierro mata a hierro muere: Mt 26, 52), como sabe Pablo (Rom 13, 4). Pues bien, por encima del juicio está el Dios de la gracia, que no defiende la vida con espada, sino que la crea en amor y perdón y así quiere que nosotros perdonemos (cf. Rom 13, 10).

  1. Sentido. Perdón orante. En el centro de la plegaria de Jesús se encuentra esta palabra: “Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Mt 6, 12; Lc 11, 4). Los orantes piden a Dios que les perdone, mientras ellos se comprometen a perdonar, no sólo entre sí (unos a otros), sino incluso, y de un modo especial, a los deudores que están fuera de su comunidad. Como ya hemos dicho, los que aquí se comprometen a perdonar no son los ricos y fuertes (gobernadores, sacerdotes, terratenientes), sino los pobres enviados de Jesús (campesinos desposeídos) a quienes los ricos (gobernadores, terratenientes, comerciantes) han “robado” sus tierras, en el torbellino de cambios producidos en Palestina a comienzos del siglo I d. C. Jesús pide a los pobres que perdonen a sus opresores ricos; no sólo las ofensas, sino incluso las deudas, que no les hagan guerra, que no paren su violencia con otra violencia. Él se dirige de un modo especial a los campesinos que han perdido sus tierras y a los mendigos a quienes el orden social ha privado de todo, pues son ellos los que han de perdonar, no sólo las ofensas, sino también las deudas, como ha destacado Mateo en su versión del padrenuestro[4]. Ésta es la religión de Jesús, éste su culto. No hay otro mandamiento ni otro rito, sino sólo el amor mutuo expresado en el pan compartido y el perdón, a partir de los pobres (ofendidos, víctimas), a quienes Jesús pide que empiecen perdonando, no en nombre del Estado o de otro poder superior, sino del mismo Dios de las víctimas. Estrictamente hablando, mientras conservan sus bienes, los ricos no pueden perdonar, pues son ellos los que han hecho daño; por eso, tienen que empezar pidiendo perdón y devolviendo lo robado, como supone el relato de Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10).
  2. Despliegue. Perdón amante. Ese perdón sólo es posible por amor, como gesto creador, desde los ofendidos, como dice Jesús: “Habéis oído que se ha dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo… Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Mt 5, 38; Lc 6, 27-28). El texto supone que vivimos en un mundo dominado por la enemistad y el odio, la maldición y la calumnia (Lc 6, 27-28), un mundo de violencia donde cada uno parece que quiere imponerse sobre los otros a golpe de opresión física (herida en la mejilla) o económica (quitar la capa, robar). Suele decirse que el mundo es así y en él estamos. Pues bien, sobre ese mundo, por encima de una justicia que se cierra en un círculo de “amigos interesados” (do ut des, doy para que me devuelvas), abre Jesús un camino de perdón y gratuidad, que empieza precisamente desde los pobres (ofendidos y víctimas). En el lugar donde ellos perdonan y aman empieza la paz[5].

La justicia legal mantiene lo que existe: acepta un orden y lo defiende, si hace falta, con violencia. Por el contrario, la gracia del perdón crea una vida distinta, por encima de la pura Ley, desde los expulsados de la sociedad (pobres, ofendidos, víctimas). El que perdona no niega la Ley civil (¡dad al César lo que es del César!), pero se sitúa por encima, de manera que ella no puede dominarle. No actúa de esa forma por desinterés (¡todo es igual!), para instaurar un tipo de vista distinta, en gratuidad. Jesús sabe que la pura Ley no puede convertir al hombre, haciéndole portador del Reino. Por eso no discute sobre Leyes concretas, como los rabinos y juristas de su tiempo, sino que se sitúa y nos sitúa en un plano de gracia y perdón (que puede unir a todos los hombres), antes de todas las Leyes (que les distinguen y separan).

 2. La paz brota de las víctimas. Ls paz del crucificado

  Hasta ahora, normalmente, la paz violenta del sistema ha sido expresión del triunfo de los poderosos, que han sacrificado al chivo expiatorio (han esclavizado a los indefensos o vencidos). Pues bien, en contra de eso, el perdón y paz de la que venimos tratando sólo puede entenderse y establecerse como un don, desde los sacrificados. Si la violencia ha empezado matando a las víctimas (del chivo), el camino de la paz tendrá que empezar allí donde esas víctimas vengan a ponerse en pie y perdonen, iniciando un camino de reconciliación, como quiso Jesús, dentro de la mejor tradición judía[6].

La paz sólo nace del perdón de las víctimas, sacrificados y expulsados, y no como amnistía de los poderosos y fuertes, que utilizan una estrategia de perdón para seguir imponiendo su poder y gobernando sobre los demás. Los poderosos como tales, no pueden nunca perdonar, porque no han sido ofendidos ni humillados y porque, además, tienen poder para imponer su ley. Como sabe el evangelio, sólo un Dios crucificado, expulsado de la buena sociedad y deshonrado, ha podido ofrecer el perdón y lo ha hecho, con los demás expulsados (víctimas), abriendo un camino de reconciliación que no es simple estrategia de dominio. Leer más…

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«Tres enseñanzas desconcertantes de Jesús.» Domingo 6º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 25 de mayo de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente.

Tres enseñanzas desconcertantes (Juan 14, 23-29)

             El cuarto evangelio disfruta desconcertando al lector, obligándole a pensar y a aceptar algo a lo que no está acostumbrado. Este pasaje contiene tres enseñanzas desconcertantes que, indirectamente, nos preparan para las próximas fiestas del Corpus, la Ascensión y Pentecostés.

          a) El sagrario es quien me ama (Corpus)

          Según la tradición bíblica, los israelitas guardaron en el arca de la alianza dos litros de maná como recuerdo del milagro. De forma parecida, la Iglesia primitiva guardó el pan consagrado en una caja especial, el sagrario (quizá lo hiciera en un primer momento para poder llevarlo a los cristianos presos, luego se perpetuó la práctica). Por eso, desde niños nos han educado en la presencia de Jesús en el sagrario. Algo que requiere fe pero que resulta fácil para el sentido de la vista. La primera enseñanza de Jesús requiere mucha más fe y no tiene la ayuda de la vista.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama  no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 

Pensar que Dios Padre y Jesús habitan en nosotros nos resulta a la mayoría casi inimaginable. Un misterio demasiado grande, reservado a los místicos como san Agustín, santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Y si difícil es ver a Dios dentro de nosotros, mucho más verlo dentro de algunas de las personas que nos rodean. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de una realidad que no debemos pasar por alto. Entrar en una iglesia y mirar al sagrario es fácil; más difícil es mirar dentro de nosotros mismos para descubrir a Dios presente como prueba de su amor: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

            Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone un novedad capital con respecto al Antiguo Testamento. Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible. Tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros.

          b) Un profesor mejor que yo (Pentecostés)

            Los discípulos llamaban a Jesús “maestro”. No sólo por su autoridad, sino porque lo sabía todo. Como le dijo una vez Pedro: «Tú tienes palabra de vida eterna». Resulta casi herético decir que hay un maestro mejor que él. Sin embargo, lo hay. Al menos, enseña más cosas y, como buen profesor, recuerda otras que los alumnos tienden a olvidar.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 

            La enseñanza de ideas nuevas coincide con lo dicho por Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” La historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción y la enseñanza del Espíritu.

            c) Paz y alegría en la despedida (Ascensión)

            Las despedidas, sobre todo si son definitivas, siempre son tristes. Al menos es lo que piensa la mayoría de la gente. Ante la despedida de Jesús, los discípulos podían sentir no sólo tristeza sin también angustia. ¿Quién los guiaría y defendería en adelante? Jesús les promete la paz y les da el motivo de alegría: “No penséis en vosotros mismos, pensad en mí, que voy a ir junto al Padre”.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

            Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Cuando se comparan con la famosa Oda de Fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo…”) se advierte la gran diferencia. Las palabras de Jesús pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por su triunfo.

1ª lectura: una enseñanza nueva del Espíritu (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarles a circuncidarse. Esta conducta provocó la indignación de los judíos y también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse. Marchan de Jerusalén a Antioquía de Siria y predican que si los paganos no se circuncidan no pueden salvarse.

            Para Pablo y Bernabé, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? El conflicto es tan grande que deciden acudir a la iglesia de Jerusalén.

 En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. 

        Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

          En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta mandando a los paganos que observen cuatro normal fundamentales para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. 

Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barrabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:

       Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

            El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

 2ª lectura: la iglesia futura (Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

       En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

            El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. Por ejemplo, estos versos del c.54 de Isaías a propósito de la Jerusalén futura::

            Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros,

           te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,

            y muralla de piedras preciosas.

         O esta visión de Zacarías: Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

            Basándose en textos parecidos dibuja su visión el autor del Apocalipsis.

           El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. «Brillaba como una piedra preciosa, como Jaspe traslúcido. 

            Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al occidente tres puertas. 

            La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. 

            Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.

            La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

La novedad del Apocalipsis consiste en que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles). Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

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VI Domingo de Pascua. 22 de Mayo, 2022

domingo, 25 de mayo de 2025
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6-Do-Pascua

 

“Quien me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él.”

(Jn 14, 23-29)

Llevamos ya un largo recorrido de Pascua, nos asomamos a la sexta semana y la cotidianidad de nuestras vidas le ha ido robando brillo al grito jubiloso del Domingo de Resurrección. Quizá por eso hoy el evangelio propuesto para la Eucaristía nos invita a “guardar la palabra”.

Se guardan aquellas cosas que se necesitan o que son queridas. Cuando hacemos limpieza en casa o en nuestra habitación volvemos a guardar cosas aparentemente inútiles de las que no podemos desprendernos. Normalmente cosas que nos hacen recordar, pequeños “sacramentos”(sacramento = realidad visible que evoca algo que no vemos). Y los recuerdos forman parte de nuestro almacén interior, son esos objetos que llenan los cajones de nuestra casa interior.

Hoy Jesús nos pide que guardemos su palabra, que le hagamos un sitio en nuestra casa, nos está diciendo: “Quiero que Tú seas mi casa, la casa de Dios Trinidad.

Enamorarnos

Cuando nos enamoramos no podemos pensar en nada más que en la persona amada, todo lo que vemos, oímos y sentimos lo relacionamos con esa persona. Y casi sin querer no hablamos de otra cosa. Enamorarse es dejarse habitar por otra persona.

Y Jesús al decirnos: “quien me ama guardará mi palabra”, nos está invitando a ENAMORARNOS, a dejarnos habitar por Dios, a vivir en Su Amor.

Nos llama a un compromiso, a dejar que el grito de Pascua ahonde en nosotras, enraíce, pase de la explosión de la alegría al compromiso continuado. Es decir, del enamoramiento primero al amor fiel.

El entusiasmo primero es bueno, ¡y necesario! pero no es suficiente. Seríamos como aquellas semillas que crecieron rápidamente, pero se secaron por falta de raíz (Mc 4, 5-6). Al entusiasmo primero hay que sumarle su buena dosis de compromiso, una pizquita de locura, dos cucharadas colmadas de generosidad y todo el amor que sea necesario. Todo junto, bien amasado, da como resultado el pan del Reino.

Porque si Jesús se hizo pan, nosotras también nos tendremos que dejar comer, partir y repartir. ¿Casa? ¿Pan? ¿Discípula?

Oración

“Trinidad Santa, amásanos con la levadura nueva de tus sueños,
haznos pan tierno que calma el hambre,
hogar cálido que descansa el alma
y discípulas fieles a tu Palabra.”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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