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«Qué es más sano?». Domingo 10 Tiempo ordinario – B (Marcos 3,20-35)

domingo, 10 de junio de 2018
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10_to_bLa cultura moderna exalta el valor de la salud física y mental, y dedica toda clase de esfuerzos para prevenir y combatir las enfermedades. Pero, al mismo tiempo, estamos construyendo entre todos una sociedad donde no es fácil vivir de modo sano.

Nunca ha estado la vida tan amenazada por el desequilibrio ecológico, la contaminación, el estrés o la depresión. Por otra parte, venimos fomentando un estilo de vida donde la falta de sentido, la carencia de valores, un cierto tipo de consumismo, la trivialización del sexo, la incomunicación y tantas otras frustraciones impiden a las personas crecer de manera sana.

Ya S. Freud, en su obra El malestar en la cultura,consideró la posibilidad de que una sociedad esté enferma en su conjunto y pueda padecer neurosis colectivas de las que tal vez pocos individuos sean conscientes. Puede incluso suceder que dentro de una sociedad enferma se considere precisamente enfermos a aquellos que están más sanos.

Algo de esto sucede con Jesús, de quien sus familiares piensan que «no está en sus cabales», mientras los letrados venidos de Jerusalén consideran que «tiene dentro a Belzebú».

En cualquier caso, hemos de afirmar que una sociedad es sana en la medida en que favorece el desarrollo sano de las personas. Cuando, por el contrario, las conduce a su vaciamiento interior, la fragmentación, la cosificación o disolución como seres humanos, hemos de decir que esa sociedad es, al menos en parte, patógena.

Por eso hemos de ser lo suficientemente lúcidos como para preguntarnos si no estamos cayendo en neurosis colectivas y conductas poco sanas sin apenas ser conscientes de ello.

¿Qué es más sano, dejarnos arrastrar por una vida de confort, comodidad y exceso que aletarga el espíritu y disminuye la creatividad de las personas o vivir de modo sobrio y moderado, sin caer en «la patología de la abundancia»?

¿Qué es más sano, seguir funcionando como «objetos» que giran por la vida sin sentido, reduciéndola a un «sistema de deseos y satisfacciones», o construir la existencia día a día dándole un sentido último desde la fe? No olvidemos que Carl G. Jung se atrevió a considerar la neurosis como «el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido».

¿Qué es más sano, llenar la vida de cosas, productos de moda, vestidos, bebidas, revistas y televisión o cuidar las necesidades más hondas y entrañables del ser humano en la relación de la pareja, en el hogar y en la convivencia social?

¿Qué es más sano, reprimir la dimensión religiosa vaciando de trascendencia nuestra vida o vivir desde una actitud de confianza en ese Dios «amigo de la vida» que solo quiere y busca la plenitud del ser humano?

José Antonio Pagola

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Marina Ibarlucea

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«Satanás está perdido». Domingo 10 de junio de 2018

domingo, 10 de junio de 2018
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962992053-68668015Leído en Koinonia:

Génesis 3, 9-15: Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer.
Salmo responsorial: 129: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
2Corintios 4, 13-5,1: Creemos y por eso hablamos.
Marcos 3, 20-35: Satanás está perdido.

Para sus familiares Jesús está loco, fuera de sí. Ha perdido la cabeza y deben contenerlo volviéndolo a su casa y haciéndole reflexionar, para eso llevan a su madre con ellos. Y para los letrados de Jerusalén, Jesús está poseído de un demonio. Loco y endemoniado. Desquiciado y dominado por un mal espíritu. ¡Pobre Jesús! Se necesitaba mucha valentía y convicción para superar opiniones tan negativas de su propia familia y de los maestros de su pueblo. ¡Cómo quedarían de confundidos los discípulos después de escuchar comentarios de tal calibre sobre el Maestro que recién comenzaban a seguir!

Jesús no pierde la serenidad. Enfrenta con firmeza profética a sus adversarios. A los escribas los desenmascara colocándolos delante de sus propias contradicciones. Si está poseído por un demonio ¿Cómo puede echar otro demonio? Si Satanás está contra Satanás significa que su reino está siendo destruido. Si una persona está siendo liberada por el poder de Jesús de la alienación a la que estaba sometida, ¿cómo pueden declarar a Jesús endemoniado, si el que aliena y domina es el demonio? Están luchando contra la evidencia de que Dios ha comenzado a actuar en la historia a través de Jesús. Están luchando para no ver, para cerrar los ojos a la verdad. Están luchando contra el Espíritu de Dios que libera y da vida. Ese pecado no puede ser perdonado porque es cerrazón a la gracia, es contumacia, es obstinación. No niegan a Dios, niegan que la práctica liberadora de Jesús sea de Dios. Y a su familia que lo tiene por desquiciado, Jesús agrega una nueva locura: declara que ese pequeño grupo de hombres y mujeres de Galilea, sentados a su alrededor, son más familia suya que la que lo busca. Esa nueva familia está comulgando con sus ideas y sus enseñanzas más que la otra.

Delante de este Jesús valiente y libre, debemos preguntarnos cuántas veces nosotros mismos que nos decimos cristianos, que nos decimos su comunidad, enmascaramos nuestras cobardías ante lo nuevo de Dios y nos refugiamos en poner etiquetas y descalificar lo que no queremos admitir: que donde hay liberación, más salud, más vida y dignidad está actuando el Espíritu de Dios. Leer más…

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10.6.18. Dios o Satán. Discusión entre Jesús y los escribas (Mc 3, 22-30).

domingo, 10 de junio de 2018
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82d797b0-0bf7-4947-b180-582db1fae786Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 10, tiempo ordinario. Ciclo B.Éste es un pasaje de controversia social y escatológica, una disputa múltiple.

— Acusación de los escribas (3, 22) y respuesta simbólica (parabólica: cf. 3, 23) de Jesús (3, 23-29), estructurada en forma de quiasmo con una advertencia del redactor (3, 30), recogiendo en paréntesis o aparte narrativo la acusación de los escribas (cf. 3, 22).

Respuesta de Jesús con elementos de tipo sapiencial y apocalíptico (3, 23-27), que desemboca en una revelación escatológica (3, 28-29), centrada en el perdón universal de Dios y el pecado «imperdonable» de los hombres (que consiste en destruir a los pequeños).

Se plantea así el tema clave del enfrentamiento de Jesús y los Escribassobre la acción y presencia del Diablo (Belcebú), que negador de libertad y de salvación de los pequeños.

97fa4731-de73-4953-b421-18ed44fd6706 Los escribas acusan a Jesús llamándole endemoniado, porque se opone a su pretensión de dominio destructor, de fondo falsamente religioso.

Jesús se defiende, insistiendo en el pecado contra el Espíritu Santo, que consiste en no dejar que Dios (su enviado mesiánico) libere a los pobres y posesos. Éste es el pecado de aquellos que negando a los otros se niegan y destruyen a sí mismos.

Buen domingo a todos.

Texto. Mc 3, 22-30:

(a. Acusación). 22 Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: Tiene dentro a Belcebú y con el poder del Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.

(b. Discusión) 23 Jesús los llamó y les propuso estas comparaciones:¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. 25 Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no puede subsistir. 26 Si Satanás se ha rebelado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, sino que está llegando a su fin. 27 Nadie puede entrar en la casa del Fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al Fuerte; sólo entonces podrá saquear su casa.

(c. Profundización) 28 En verdad os digo: todo se les perdonará a los humanos, los pecados y cualquier blasfemia que digan, 29 pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será reo de pecado eterno.30 Porque decían: ¡tiene un espíritu impuro!.

Los escribas le acusan de expulsar demonios con ayuda de Belcebú,

evangelio-de-marcossu señor, dueño malo de la casa del mundo, para destruir el judaísmo: bajo capa de bien (ayuda a unos posesos), arruina o destruye a todo el pueblo, entregando al conjunto de Israel en manos del Diablo. Remitiendo al tiempo de Jesús, esta disputa nos sitúa en el principio de la iglesia, donde los discípulos, expertos exorcistas (cf. 3, 14-15), reciben el rechazo oficial de los escribas (3, 22). He dividido la escena tres partes. (a) Acusación de los escribas. (b) Discusión sobre Satanás. (c) El perdón. (d) Ratificación.

(a) Acusación de los escribas (3, 22), que bajan (katabantes) de la altura sagrada de Jerusalén, ciudad donde se anudan las tradiciones del pueblo, centrado en el templo. Rechazar su doctrina supone rechazar a Dios. Ellos traen la autoridad de la Ley, son hombres del Libro (sopherim) y están encargados de entenderlo y comentarlo para el pueblo. Lógicamente, al acusar a Jesús, ellos están condenando de hecho a su comunidad. Por eso, tal como aquí está narrada, la escena debe situarse en el tiempo de las disputas eclesiales, más que en el tiempo de Jesús.

Si estos que vienen de Jerusalén con poder de control pueden ser judíos rabínicos, pero también judeocristianos de la línea de Santiago. No se dice dónde están: ¿dentro, fuera de la casa? Evidentemente, no están en el corro, al interior del grupo, acogiendo la voluntad de Dios (cf. 3, 32-34). No vienen a escuchar, saben lo que debe saberse de antemano. Tienen una ley y según ella definen lo bueno y lo malo (lo judío y lo antijudío). No lo hacen por cuestiones de dogma separado de la vida, sino desde su propia visión de la pureza judía, amenazada por Jesús. Así le acusan:

− Tiene a Belcebú (3, 22) que significa Señor de la casa. Ese nombre se podía entender en sentido positivo: el mismo Dios, quizá Jesús, es Señor de la morada/casa del mundo y así puede realizar los exorcismos, expulsar a los demonios, curar a los enfermos y acoger a los posesos, leprosos, paralíticos (cf. 1, 21-2, 17). Pero aquí tiene sentido negativo: Belcebú es Señor de la morada demoníaca, Dios de suciedad (o de las moscas), un ídolo pagano (quizá originario de Ekron, en la franja filistea), identificado por los judíos con el Diablo. Jesús sería por tanto un anti-dios, encarnación de lo satánico.

− Y con poder del Príncipe de los demonios expulsa a los demonios (3, 22). El reino de lo malo tiene un Príncipe, llamado en hebreo Satán o tentador, a quien en griego nombran Diablo; en otras versiones ha tomado el nombre de Mastema o Azazel y se dice que se ha opuesto a Dios y lucha contra su poder sobre la tierra. A sus órdenes combaten los innumerables demonios o espíritus menores que llenan el mundo y lo infestan de locura, enfermedad y muerte.

La condena de los escribas resulta coherente: Sólo el Dios de Israel es para ellos el Señor de la Morada Buena y ejerce su reinado desde Jerusalén, salvando a los humanos a través del judaísmo; el Diablo, en cambio, es Señor de la Morada Mala y quiere destruir la obra de Dios por todos los medios a su alcance. Al servicio de ese Diablo obra Jesús: parece bueno lo que hace; como un hombre piadoso ayuda a posesos y enfermos, pero en realidad actúa así para engañar a los ingenuos, destruyendo al judaísmo y encerrando a los humanos bajo el reino implacable de Satán.

Ésta es la sentencia final de unos letrados oficiales que han venido de Jerusalén para observar a Jesús y definir con autoridad el sentido de su obra. Han verificado su conducta, han sopesado su intención de fondo y su manera de enfrentarse al poder de lo satánico en el mundo. Han visto claro y pueden emitir su veredicto.

No se sientan en el aula de condenas capitales (como harán en 14, 53-66, con sacerdotes y ancianos), pero a nivel social y religioso ya han fijado la sentencia: ¡Culpable de magia diabólica o satanismo! Este tribunal se coloca en el lugar de Dios, en cuyo Nombre (viniendo de Jerusalén y apoyándose en su Ley) dicta sentencia. No se limita a rechazar algunos rasgos menores del mensaje de Jesús: no le acusa por desviaciones secundarias. Ha visto lo que hace y desde Dios emite sentencia:

— Es una sentencia teológico-social. El tema de discusión no es Dios, en plano de teoría o de experiencia individual sino saber cómo se expresa, a través de quién (de qué comunidad o iglesia) actúa, cómo se manifiesta en la vida social. El tema de fondo es el de saber cuáles son las mediaciones sociales de la manifestación y presencia de Dios.

— Es sentencia razonada y razonable. Los escribas no parecen envidiosos o engañado: piensan que el movimiento de Jesús es un peligro pues destruye la identidad social del pueblo israelita. Por eso su más hondo deber (cf. Dt 17) les obliga a dar sentencia: piensan que Jesús es emisario de Satán y así lo tienen que decir, en nombre de Jerusalén y el judaísmo.

Los demonios son muchos: son poderes del mal que oprimen y destruyen a los hombres. El Príncipe de los demonios, a quien el texto llama también Satanás (3,23), recibe aquí el nombre popular de Belcebú, un viejo «Dios de la casa» (de origen quizá filisteo), a quien los judíos han interpretado como «Dios o Señor de las moscas», es decir, de los vivientes inferiores, infectos, de este mundo.

La acusación sigue la lógica de todas las noticias precedentes sobre el exorcismo de Jesús: expulsa a los demonios, los demonios le conocen y confiesan… ¿No será que actúa en colaboración con ellos? ¿No será que quiere destruir las bases de la santidad israelita, buscando un nuevo pueblo de leprosos-publicanos, dominados por Satanás? La acusación se encuentra bien articulada: a través de su (aparentemente bueno) exorcismo, Jesús seduce al pueblo. Esto es lo que quieren mostrar los escribas, utilizando para ello su poder o control sobre la ley, queriendo destruir así las pretensiones del falso profeta nazareno. Leer más…

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«Desconfianza, condena, aceptación». Domingo 10. Ciclo B

domingo, 10 de junio de 2018
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115a6555-edb8-44bf-9593-4391e7eadd27Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

… Mi hermano y mi hermana y mi madre

Después de tantas fiestas (Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi), volvemos al Tiempo Ordinario y a los comienzos de la actividad de Jesús. Ateniéndonos al relato de Marcos, después del Bautismo y las Tentaciones, Jesús ha predicado en la sinagoga de Nazaret y ha realizado diversos milagros. Sin embargo, su forma de actuar, sus ideas y sus pretensiones, provocan la oposición de los fariseos que, ya desde el principio, «se pusieron a planear con los herodianos la forma de acabar con él» (Mc 3,6). Pero todavía queda mucho para la pasión y muerte. Jesús sigue ganando popularidad en todas partes (3,7-12) y elige a los doce (3,13-19).

En este momento comienza el evangelio de hoy. Se compone de tres episodios que reflejan tres actitudes ante Jesús: 1) Desconfianza: la familia de Jesús desconfía de él y piensa que está loco. 2) Condena: los escribas lo acusan de endemoniado. 3) Aceptación: hay personas que se convierten en la verdadera familia de Jesús.

Desconfianza de la familia

EN aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de si.

Los escribas y fariseos se escandalizan de lo que hace y dice Jesús. La reacción de su familia es distinta. Cuando se entera de que no tiene tiempo ni para comer, piensan que está loco, «fuera de sí» (evxe,sth), y quieren llevárselo a la fuerza a Nazaret. Al principio no queda claro quiénes son «los suyos» (oi` parV auvtou/). Al final, cuando lleguen a Cafarnaúm, sabremos que son «tu madre y tus hermanos y tus hermanas». Toda la familia.

Para Mateo y Lucas, la simple sospecha de que la familia de Jesús lo considerase «fuera de sí» resultaba inaceptable, y suprimieron estos versículos de su evangelio: la madre y los hermanos bajan a visitarlo, no porque desconfíen de él. Sin embargo, el evangelio de Juan confirma esta desconfianza de sus hermanos (no de María): «sus hermanos no creían en él» (Juan 7,5). Si queremos conocer bien a Jesús, este dato es fundamental. Las críticas de escribas y fariseos, el rechazo de los sacerdotes, el desinterés de muchos de sus oyentes, le resultarían dolorosos; pero la desconfianza de la propia familia sería algo más duro de lo que podemos imaginar. Sin embargo, el saberlo serviría de consuelo a tantos cristianos del siglo I para los que hacerse cristianos supondría un enfrentamiento a la familia.

Condena de los escribas

Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

-Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

El los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:

-¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.

Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.

En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre.

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

Los grandes conocedores de la Ley de Moisés, los escribas, emiten un juicio más radical: «Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Lo peor que puede decirse de uno que pretende hablar y actuar en nombre de Dios. A nosotros puede extrañarnos que el evangelista dedique tanta atención a este tema, pero Jesús debía defenderse, y las comunidades cristianas saber responder a esta acusación gravísima. Curiosamente, Jesús no reacciona de forma airada. Se porta como un maestro que hace reflexionar a sus alumnos y los instruye. Su breve discurso contiene un argumento, una enseñanza y una amenaza.

El argumento es de sensatez: si Satanás se introduce en Jesús para expulsar a los endemoniados, está luchando contra sí mismo, destruyéndose. Solo un estúpido puede decir que Jesús «expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios».

La enseñanza se centra en la victoria de Jesús sobre Satanás. Los discípulos, al ver los milagros de Jesús y las curaciones de endemoniados, pueden considerarlos hechos aislados, sin relación entre ellos. Para Jesús, demuestran que él ha vencido a Satanás, el aparentemente forzudo, y por eso puede arrebatarle todas sus víctimas. La primera lectura de hoy, tomada del Génesis, pienso que se ha elegido porque anuncia esta victoria de Jesús sobre el demonio.

La amenaza se dirige a los escribas y a quienes piensan como ellos: quien considere a Jesús un endemoniado, blasfema contra el Espíritu Santo y no tendrá perdón jamás. Es el famoso «pecado contra el Espíritu Santo», que desconcertaba a un amigo mío y no sabía cómo interpretar. Sin embargo, me parece fácil: cada vez que Jesús perdona los pecados lo hace con el poder del Espíritu; quien dice que ese espíritu es el demonio, se cierra el perdón, porque Satanás no puede perdonar.

Aceptación

Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice:

-Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.

Él les pregunta:

– ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?

Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:

-Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Jesús ha terminado su breve discurso y le avisan de su familia está fuera y lo busca. Una vez más comienza formulando una pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos»? Como Sócrates, quiere que la gente piense, aunque lo más probable es que nadie respondiera nada. Pero así adquiere más fuerza la solución: «El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». Esas palabras las dirige a quienes los rodean y escuchan. Porque la condición indispensable para hacer la voluntad de Dios es escuchar a Jesús. Y ellos lo hacen. Ellos son la familia de Jesús.

En nuestra sociedad, muchos presumen de «conocer» a una familia importante, de haberla visto un día en directo, incluso de haber dado la mano a alguno de ellos. Tenemos un motivo de orgullo mucho mayor: ser la familia de Jesús… si lo escuchamos y cumplimos lo que nos dice.

Nota pastoral para la homilía

En el evangelio hay dos cuestiones que pueden resultar complicadas (por no mencionar la primera lectura, en la que todo es complicado):

1) La familia de Jesús. El mismo Marcos ofrecerá más tarde los hombres de los hermanos: Santiago, José, Judas y Simón. No creo que merezca la pena, en una homilía, perderse en las discusiones sobre este tema: si eran hijos de un primer matrimonio de José (cosa que ya rechazaba san Jerónimo), si se trata de primos hermanos (el concepto de «hermano» es muchísimo más amplio entre los pueblos semitas que entre nosotros), etc.

2) Quienes disfrutan hablando del demonio, como Marcos, tienen este domingo materia abundante. Pero otros pueden sentirse molestos de tener que abordar este tema. El ejemplo de Mateo y Lucas es muy instructivo. Cuando encontraban en Marcos algo que podía escandalizar o extrañar a sus lectores, lo omitían.

Algo me parece esencial en el evangelio de hoy: las actitudes tan distintas que provoca la persona de Jesús, que siguen dándose hoy día. No creo que nadie lo acuse de endemoniado (cada vez son menos los que creen en el demonio); pero el rechazo de su persona, o el rebajarlo a un simple iluso «fuera de sí», son reacciones muy frecuentes. Aunque su familia sea pequeña (cada vez más), aconsejaría centrar en ella la atención.

 

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Domingo X del Tiempo Ordinario. 10 de junio de 2018

domingo, 10 de junio de 2018
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d-x

“Y pasando la mirada por el corro, dijo: -Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.”

(Mc 3, 20-35)

El evangelio de Marcos acaba de comenzar, nos encontramos en el tercer capítulo. Sin embargo, la incomprensión y la oposición a Jesús ya es bien palpable.

Por un lado, su familia lo busca porque piensa que “no está en su cabales”. Por otro lado, los letrados, las personas influyentes del tiempo de Jesús, andan diciendo que Jesús tiene un demonio dentro.

La verdad es que todo junto no se puede catalogar como un buen inicio. Se oye decir eso de que “si es de Dios saldrá”. Es una frase peligrosa.

¿Acaso todo lo que acaba “saliendo” es cosa de Dios? Porque es evidente que muchas veces prosperan cosas que son malas de raíz. Y también sucede que muchas veces hay cosas buenas que encuentran grandes obstáculos y acaban por no salir.

Nosotras, las personas cristianas, creemos que lo de Jesús venía todo de Dios, sin embargo no le salieron las cosas muy bien que digamos. La marca de Jesús es la marca del fracaso personal.

Es condenado a muerte como un criminal, se oponen a él tanto el poder religioso como el poder civil de su tiempo, su grupo de seguidores le abandona y de su familia no volvemos a saber nada, desaparece aquí, al principio del evangelio, y lo que sabemos es que pensaban que estaba loco.

Tendemos a relacionar lo bueno que nos pasa en la vida con la voluntad de Dios y eso está bien. Dios habita nuestras alegrías y, como nos recuerda el profeta Sofonías, ¡es el primero en danzar y saltar de alegría por nosotras! De esto no hay duda.

Pero de lo que no deberíamos dudar ni un solo instante es que Dios habita también nuestros fracasos. Dios también está en la adversidad, es más, nos lleva la delantera (Cfr. Mc 10, 32)

Dios en Jesús nos dice que Él ha querido ocupar esos lugares de desprecio y sin razón, de dolor y de sufrimiento. La muerte en cruz de Jesús es el grito de Dios por la humanidad sufriente. Es la compasión de Dios encarnada y doliente que acompaña a cada una de sus hijas.

Los cristianos deberíamos estar convencidos de que Dios está en cada fracaso humano, en toda adversidad y sufrimiento. No, Dios no nos envía el sufrimiento, no. Lo que hace Dios es sufrir con nosotros, arrimar el hombro, procurar que el peso de la adversidad no nos aplaste.

El sufrimiento forma parte de la existencia humana. Eso lo sabemos todos por propia experiencia. Desde el momento en que nacemos, antes incluso de respirar, experimentamos el sufrimiento. Dicen los expertos que el parto es doloroso tanto para la mujer que da a luz como para la criatura que nace.

Sí, el sufrimiento es un misterio que acompaña la existencia humana y Dios no ha querido desentenderse, al contrario, ha elegido pasarlo con nosotros. Ha querido ser hijo y hermano nuestro.

Oración

Regálanos, Trinidad Santa, esa hermosa mirada de Jesús, que nuestros ojos se encuentren con los suyos y podamos reconocernos como hermanas, y hermanos, y madre suyas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Fray Marcos: Jesús no se amolda a la voluntad de su familia.

domingo, 10 de junio de 2018
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imagesMc 3, 20-35

El tema del pecado y de la salvación es un tema muy serio. El pecado es aparentemente un contrasentido, no tiene fácil explicación; por eso el hombre ha buscado respuesta en los mitos. Hoy tendemos a creer que los mitos eran cuentos inventados para engañar a la gente; sin embargo en ellos se encuentran enseñanzas muy profundas. Lo que sucede es que no se pueden entender literalmente. Hay que decodificar el lenguaje.

El mito de la inocencia primigenia perdida por un pecado del primer hombre, nos quiere trasmitir una verdad profunda, pero no podemos entenderlo al pie de la letra. La situación anterior a la caída, hay que entenderla como una armonía total con la naturaleza por parte del ser humano que aún no había tomado conciencia de su singularidad, de su diferenciación de la realidad que le rodea. Era una situación que se adivina como idílica; parecida a la del niño en el vientre de su madre, protegido y seguro. Seguridad que hay que abandonar si quiere llegar a ser un hombre completo.

Lo que llamamos pecado, es el resultado inevita­ble de esa individua­li­zación. En cuanto el ser humano tomó conciencia de que era algo separado, se erigió en persona con capacidad de conocer y por lo tanto con capacidad de elegir, de tomar decisiones basadas en ese conocimiento. Como el conocimiento no es perfecto, la decisión puede ser equivocada y llega el fallo. En vez de elegir lo que le edifica, elige lo que le deterio­ra; a eso le llamamos pecado. En las culturas orientales, la serpiente no es el símbolo del mal como nos han hecho creer, sino de la inteligencia y de la astucia.

Hay que hacer una sería revisión de lo que entende­mos por pecado. En nuestra cultura, ha estado siempre ligado a la voluntad. Se ha creído que la persona podía elegir entre lo bueno y lo malo. Si elegía el bien, se consideraba a la persona buena, si elegía el mal, se consideraba depravada. Esto no es así. La voluntad no tiene capacidad para elegir el mal. Es una potencia ciega que sólo puede ser movida por el bien. Por lo tanto el pecado es siempre una ignorancia o falta de conocimien­to. Si tuviéramos claro que algo nos hace daño, nunca la voluntad se pegaría a ello. El único antídoto es mayor conocimiento.

Con frecuencia me dicen que la persona obra el mal sabiendo que hace mal. Siempre buscamos nuestro bien, aunque ello reporte algún mal para otro. No basta haber aprendido, por programación, que una cosa es mala. Hay que estar verdaderamente convencido de ello. Si acepto una cosa como mala, solo por programación, podré acomodarme artificialmente a esa enseñanza, pero la actitud fundamental y vital no está de acuerdo con la programación y antes o después, la actitud vital prevalecerá. Esta es la razón de nuestros pecados, confesados una y otra vez, pero nunca rectificados. Nuestra moral es artificial. Nuestro arrepentimien­to ficticio, y nuestras confesiones fingidas.

La existencia del ser humano es imposible si le negamos la posibilidad de equivocarse. Muchas veces no podemos saber que está el anzuelo escondido hasta que no lo mordemos. El ser humano que progresa, no es el que no se equivoca nunca, sino el que reconoce sus fallos. El único pecado irreparable es negarse a rectificar, es decir instalarse en una postura estática y no querer avanzar. Esta postura es mucho más frecuente de lo que nos podemos imaginar. Se debe a dos razones fundamentalmente:

Una, el miedo a equivocarse, el miedo al pecado y al castigo ha paralizado a muchísimas personas que sin ese obstáculo hubieran podido aportar logros increí­bles a la evolución. Cuando queremos actuar desde la seguridad, vivimos volcados en el pasado y el progreso es imposible. Otra, creer que ya hemos llegado. Creer que ya lo sabemos todo, que tenemos respuestas para todo, que no hay que esperar nada nuevo. Es la postura que más daño ha hecho al ser humano. Jesús dijo: «Tengo muchas cosas que deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; el E. S. os irá llevando hacia la verdad plena”.

Este sería el pecado contra el Espíritu Santo. Estar cerrados a toda posible novedad, por miedo a la equivocación, o por creernos en la posesión de la verdad absoluta. Podríamos recordar el dicho castellano: el que no se arriesga no pasa la mar. O aquel otro oriental que me habéis oído tantas veces: El que se empeña en cerrar la puerta a todos los errores, dejará inevitablemente fuera la verdad.

La verdadera salvación sólo puede venir por el camino del conocimiento. En la medida que tengamos conocimiento de lo que es bueno para nosotros, seremos capaces de actuar en consecuencia. No olvidemos la frase capital del evangelio: la verdad os hará libres. Solo la verdad tiene capacidad de liberar y de salvar del error y por lo tanto del pecado. Estar abiertos a la verdad es estar abiertos al Espíri­tu.

Casi nunca se trata el tema de la relación de Jesús con su familia, porque plantea serios problemas. No encaja con el concepto que nos hemos hecho de la sagrada familia. Si somos capaces de superar los prejuicios, veremos como normal que incluso su madre se preocupara de las andanzas de Jesús que no podían acarrearle nada bueno. En los evangelios se ve con toda claridad el conflicto que Jesús tuvo con sus parientes; y eso a pesar de las matizaciones que hacen y la delicadeza con que tratan el tema.

A los doce años nos cuentan el primer problema; se queda en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. En su pueblo, les echa en cara su falta de confianza: «solo desprecian a un profeta en su pueblo y entre sus parientes”. Su familia quiere apartarlo de la vida pública porque considera que esa manera de actuar es una locura. El tiempo les dio la razón. Ellos no tenían capacidad para comprender desde qué perspectiva actuaba Jesús. Desde un punto de vista humano, era lógico que su familia se preocupara por las andanzas de Jesús que ponían en peligro su vida.

A pesar de todo Jesús sigue adelante con una postura poco obedien­te… Esta postura de Jesús puede ilustrar el tema de hoy. Jesús no se conforma con lo que le enseñan de Dios, quiere ir más allá en el descubrimiento de lo que Dios es para el hombre y el hombre para Dios. Se abre al Espíritu. No tiene inconveniente en cuestionarse hasta las verdades más sagradas. ¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?

Meditación

Tu limitado conocimiento te hace falible.
Se debe a tu condición de criatura, acéptalo.
Pertenece a tu esencia, no es una tara.
Estás aquí para aprender de tus errores
y caminar así hacia tu plenitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Maestro incomparable del Amor.

domingo, 10 de junio de 2018
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jesusamorCreo que no hay nada más artístico que amar verdaderamente a la gente (Película Loving Vincent)

10 de junio. Domingo X del TO

Mc 3, 20-35

El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre

Hoy la ciencia justifica este amor, no sólo desde el Evangelio, sino también desde el punto de vista de los investigadores de la Genética. Todos los seres vivos tenemos el mismo ancestro común. Y esto se hace patente cuando se compara a los humanos en el árbol evolutivo de la vida con nuestros parientes más cercanos: los chimpancés. La secuencia del genoma de éste y de aquellos revela que ambos son un 96% idénticos a nivel de ADN.

No estaría demás que se informara a los cristianos lo estrechamente relacionados que están todos los seres vivos, incluyéndonos a nosotros“El alma sin ciencia no es buena”, se dice en Proverbios 19, 2.

La directora de cine y guionista polaca Dorota Kobiela, diseña su película con sumo respeto a la obra del artista Vincent van Gogh (1853-1890. Se estrenó en España a finales de enero de 1918. Lleva por título Loving Vincent, y mantiene un brillante lenguaje cinematográfico. Allí están con gran fuerza los trazos arremolinados que hacen vibrar el fondo de sus cuadros: esos cielos en pleno arrebato meteorológico, las luces que tintinean en las pinturas nocturnas, las ondas expansivas de los paisajes. Todo ello con una inteligente diana: dar vida a los cuadros del artista y recorrer parte de su trágica y misteriosa vida a través de las cartas que escribía con frecuencia a su hermano Theo. Precisamente en su última carta Van Gogh le escribía: “Creo que no hay nada más artístico que amar verdaderamente a la gente”.

Él tenía la noble virtud de hacerlo. Y como dice uno de los personajes del film: «no podemos expresarnos mejor que a través de nuestros cuadros». En nuestro caso lo manifestamos a través de nuestro comportamiento.

Jesús nos ha llamado a ser sus hermanos y es Él el que nos ha elegido y destinado para llevar al mundo la Buena Noticia de su amor. Y esto lo haremos amándonos unos a otros, como Él lo ha hecho al dar la vida por nosotros y por el mundo entero.

En su primera carta el apóstol san Juan dice en 4, 7-8:Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor”.

En su Carta a los Corintios 13, 1 dice Pablo: “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad”.

Los griegos contaban con El Coro de Musasque, según Hesíodo en su Teogonía, cantaban y danzaban en el monte Helicón. Eran siete, y entre ellas se encontraba Erato, señora de la poesía de amor y del teatro. Lo inmortalizaron con la figura de Psique atravesado por la flecha de Cupido. Fue siempre tema de inspiración en el arte. En LiteraturaKhalil Gibran dijo:“Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura; Que sea, más bien, un mar movible entre las costas de vuestras almas”. En Pintura, El cumpleaños, de Marc Chagall. En Música, Sueño de amor, de Franz Liszt. En Escultura, El beso, de Rodin.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”, dijoJesús en Jn 13, 34.

SUEÑOS SOBRE LA VIDA DEL ALMA

Te sueño vestida en lencería sexy
-en picardías-
como la que vistió coqueta Caroll
en la película.
¿Era de tul
con hilo multifilamento y fantasía?

Era de gasa con bordados y blondas decolores
que a gritos sugerían
al excitado novio
formas de tus intimidades.

Alma corpórea
como yo te veo y te deseo.
Siempre en noche de bodas,
siempre en picardías.

Y yo siempre esperando
para darte mis besos y caricias
con mis brazos abiertos y mi cuerpo.
Y tú siempre velando

para que con el mío te penetre,
y el tuyo me reciba también dentro.

Luego cesará el viento huracanado,
y en el latir de corazones y silencios
soñaremos unidos como amantes.

“¡Ah, llévame contigo, sí, corriendo,
a tu alcoba condúceme, rey mío:
a celebrar contigo nuestra fiesta!”,
dice el Cantar de los Cantares.

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Perder para ganar.

domingo, 10 de junio de 2018
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thebible_cast(Mc 3,20-35)

Jesús ejerce un gran poder de atracción sobre la gente. El evangelio nos muestra que son muchos quienes le buscan: la multitud, los miembros de su familia, los escribas… Muchos y muy diferentes, como distintas son las razones por las que se acercan a él.

Los primeros -la multitud– le buscan deseosos. La gente está admirada de su enseñanza (Mc 1,22) y de su capacidad para expulsar espíritus inmundos (1,27). Su fama se había extendido (1,28) y había curado a tantos enfermos (1,34; 3,10) que se agolpaban a la puerta de cada casa en la que Jesús se encontrara (1,33; 2,1) acudiendo a él de todas partes (1,45; 2,13; 3,7-9). Todos están maravillados y son capaces de reconocer que Dios actúa en él (2,12). Éstos, los sencillos y débiles, quienes se saben enfermos o incapaces, limitados o sin fuerzas, no dudan que Jesús les atenderá, los escuchará y les ofrecerá su consuelo y su tiempo, hasta el punto de ser capaz de dejar de comer por estar con ellos.

Sin embargo, en el relato aparecen también otros grupos cuyas razones para buscar a Jesús son bien distintas. Quizás porque, a diferencia de los primeros, éstos ya tienen algo que perder en su relación con Jesús. En el caso de los familiares, parecen enfadados (el verbo que Marcos usa para referirse a que se lo querían “llevar” es el mismo que utiliza cuando Jesús es arrestado en 12,12; 14,1.44-45) y preocupados por los comentarios que se vierten sobre él y que indican que está fuera de sí. En una sociedad como la de Jesús, se puede entender fácilmente que sus más allegados tengan miedo a perder el honor que su familia ha adquirido durante muchos años. El honor era un valor esencial en aquella cultura, un valor fundamental que estructuraba la vida diaria de la gente hasta tal punto que una familia no podía entenderse a sí misma si no era desde esta clave. Pero el honor sólo se posee si otras personas lo reconocen, y los comentarios sobre Jesús muestran, más bien, el preocupante riesgo de caer en vergüenza. Podemos, por tanto, entender fácilmente la actitud de esos familiares que sólo desean preservar la buena reputación de su linaje.

Y por último aparecen los escribas, que se ponen en camino (el texto dice que habían bajado de Jerusalén) para hablar mal de Jesús, para acusarle de realizar sus exorcismos con la fuerza del jefe de los demonios, para poner en entredicho su fama. Esta crítica, siendo muy grave, muestra que los signos realizados por Jesús son reconocidos por todos, incluso por quienes lo consideran un enemigo. La capacidad sanadora y liberadora de Jesús asusta a quienes, ante él, pueden perder no sólo poder y fama, sino la estabilidad dentro de una sociedad fuertemente estructurada en la que ellos sustentan puestos reconocidos.

Hasta ahora nos hemos detenido en quienes buscan a Jesús. Pongamos ahora nuestra mirada en él. Impresiona su actitud, la de un hombre con una confianza y una seguridad absolutas, la de un hombre esencialmente libre. Esta confianza y libertad de Jesús contrasta fuertemente con la de los dos protagonistas de la primera lectura de hoy domingo: Adán y Eva que, movidos por el miedo, se esconden ante Dios que les busca.

Jesús no se esconde. Al contrario. Invita a familiares y escribas a acercarse (3,22), a no quedarse fuera (3,31), a formar parte de su círculo íntimo (3,32-35). No se defiende, no discute con ellos. Les confronta con inteligencia y serenidad, buscando que comprendan que las acusaciones no tienen fundamento y que reconozcan que quien le mueve a liberar a las personas de sus posesiones es el mismo Espíritu Santo, el Aliento de Dios.

Ojalá, a nosotros, también sea el deseo lo que nos lleve a buscar a Jesús, la certeza de que él puede sanar nuestras heridas y liberarnos de nuestras opresiones, el deseo de escucharle y dejarnos curar por él.

Preguntémonos también si nos asusta, en nuestra relación con él, perder algo… quizás la comodidad y tranquilidad de nuestras vidas, quizás las seguridades a las que nos agarramos, quizás los poderes que creemos tener en algún ámbito…

Si somos capaces de no quedarnos fuera, de adentrarnos en su círculo, puede ser que perdamos todo eso, pero a cambio, ganaremos el ser parte de la nueva familia de Jesús (3,35). Lo ganaremos todo.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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¿Qué ética crea la Democracia?

domingo, 10 de junio de 2018
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pensadorDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. NOTA PREVIA.
Normalmente la homilía suele ser un comentario a partir del Evangelio del día.
Así, a lo largo del año, muchos textos bíblicos del AT y también del NT, quedan de lado, pasamos de largo.

Hoy la homilía va a consistir en algunas breves consideraciones a partir de la primera lectura (Génesis) y del momento sociopolítico y cultural que estamos viviendo.

Son unas breves reflexiones sin ningún afán dogmático, mucho menos impositivo, sino más bien en un tono reflexivo. Echemos una “pensada” a la vida.

02. MOMENTO ACTUAL.

Hace unos días el nuevo presidente de gobierno español, Pedro Sánchez, juraba su cargo sobre la Constitución española, prescindiendo, eliminando todo símbolo religioso.

Es cierto que, desde la Revolución Francesa, finales del siglo XVIII, comienza una nueva etapa en la historia, en la sociedad al separarse Iglesia y estado, mundo laico y ámbito religioso. Gran parte de los estados son laicos y viven, gobiernan la sociedad desde el laicismo.

03. NO PERDAMOS SÍMBOLOS Y TRADICIONES.

Pero conviene no olvidar algunas cuestiones:

03.1 LOS PUEBLOS Y LAS SOCIEDADES TIENEN Y VIVEN DE SUS TRADICIONES Y SÍMBOLOS. 

Todo pueblo y toda sociedad tienen una mundo cultural en el que vive y desde el que construyen su universo de sentido.

Un pueblo o una sociedad que olvida su pasado, su traditio, (tradición significa “lo que se nos entrega) está perdiendo mucho de sí mismo, de su identidad, de los criterios que han dado sentido a la vida de ese grupo humano.

No es bueno ni sano dinamitar, (cuando no reírse) de los propios símbolos y del propio pasado, de las tradiciones, etc.

03.2 LA PRIMERA REFLEXIÓN SOBRE LOS PROBLEMAS HUMANOS FUE RELIGIOSA.

La primera reflexión sobre las grandes cuestiones de la vida las hizo y la hace siempre el pensamiento religioso. K. Marx, el padre del marxismo, se dio cuenta de ello. (Más tarde vendrán las ciencias y aportarán nuevos y valiosos datos), pero las primeras respuestas las ofreció y las ofrece la religión.

¿De dónde viene y por qué existe el ser humano, la humanidad? ¿Qué está bien y que es malo (ética)? ¿Por qué el ser humano decide, elige, (libertad)?, ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Por qué la muerte?

La primera lectura de hoy (Génesis) responde -muy primitivamente si se quiere- pero responde a la cuestión ética, la libertad, etc. El paraíso, Adán y Eva, el árbol del bien y del mal son mitos, casi dibujos animados, pero llenos de sabiduría …
El libro de Job se plantea el problema del sentido de la vida, de la muerte, etc.

La primera reflexión es, pues, religiosa, mítica, filosófica.

04. LOS MANDAMIENTOS (PRINCIPIOS UNIVERSALES).
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Los diez mandamientos de la tradición judeo-cristiana provienen del “Sinaí”. En última instancia provienen de Dios. (Otra cosa será cómo podemos entender que Dios pronuncia esos diez mandamientos y cómo los recogiera Moisés y el pueblo de Israel).

De los diez mandamientos, los tres primeros hacen referencia a Dios: 1 amarás a Dios, 2 El nombre de Dios, 3 Las fiestas. Pero los otros siete mandamientos son unos principios universales que están presentes de un modo otro en todos los pueblos y parlamento: 4 Familia, 5 No matar, 6 la sexualidad, 7 el dinero: no robarás, etc…

De manera que los principios éticos-religiosos son también profundamente humanos, laicales y cristianos.

05. DEMOCRACIA Y ÉTICA.

Hoy en día pretendemos resolverlo todo desde la democracia (y desde las ciencias). La democracia es una buena organización de la sociedad, de los pueblos.

Ahora bien, la democracia se ha convertido en el “sancta sanctorum” de la sociedad, de la ética. Los parlamentos son el “nuevo Sinaí” desde donde se pronuncian los nuevos decálogos (“10 mandamientos”) que correspondan.

Ahora bien, ¿la democracia, los parlamentos son capaces de sustentar una ética? En mi opinión, no.

No todo lo que legislan y promulgan los parlamentos es justo y bueno. No todo lo legal es bueno y ético. (Por eso pueden llegar situaciones en las que uno se aplica aquello de los Hechos: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, (HH 4,19.20)

La ética en las democracias brota del número de escaños parlamentarios, de las ideologías. Pero la ética es algo más serio que todo eso y no surge ni de las patrias, ni del capital, ni del poder, ni de los votos, ni de las mayorías. Lo que se legisla en los parlamentos, que denominamos democráticos, está al servicio de los partidos, no del ser humano. Se podría decir algo semejante a lo que se puede decir de la abogacía: el abogado no defiende la verdad, sino a su cliente.

El sentido de la vida y de la muerte tampoco son cuestiones que aborden los parlamentos, pero tales problemas están ahí.

06. LA PROFUNDIDAD DEL SER HUMANO.

Las respuestas a las grandes cuestiones de la vida están en otros ámbitos más humanos y humanistas.

Habrá que bucear en la profundidad del ser humano, que allí esta Dios. Dios se humaniza en la hondura del ser humano.

La ética, el sentido de la vida, de la libertad, el horizonte absoluto brotan cuando se mira, cuando miramos la hondura del ser humano, ahí encontramos la grandeza y miseria, las capacidades y la debilidades, la fragilidad del hombre.

La vida, la educación, la felicidad, la libertad, la paz y la pacificación, la salud, la eutanasia, la educación de los niños y jóvenes, etc. son cuestiones más serias, hermosas e importantes como para dejarlas en manos de los parlamentos, de los políticos y del poder.
Muchas otras personas y pensamientos debieran, -no sé cómo-, pero debieran estar en la “construcción de la ciudad”: pensadores, poetas, místicos, educadores, filósofos, gente de la cultura, creyentes, gente de buena voluntad, etc…

Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares,

(Salmo 138)

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«Un Mínimo Común… ¡Denominador!», por Gonzalo Haya.

jueves, 7 de junio de 2018
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signos-religiososLos domingos suelo ver el programa plurirreligioso de TV 2, con breves presentaciones a cargo de judíos, musulmanes, evangélicos y católicos. Si después le resumo a un amigo lo que se ha dicho en cada una de estas presentaciones, generalmente no sabrá a quién atribuir cada uno de estos resúmenes. Esto mismo pasaría si incluimos otras religiones, o filosofías, incluso las que se reconocen como ateas.

Es que en los resúmenes no vamos a los detalles sino al contenido del mensaje, y en el fondo, todos coincidimos en lo mismo. El programa ético lo traemos de fábrica.

Recuerdo que en Filosofía decíamos que a mayor abstracción (generalidades) se abarca mayor número sujetos, y a mayor concreción se abarca menos. En nuestro caso, si entramos en detalles, si hablamos del sábado el domingo o el viernes, si hablamos de alimentos impuros o de indulgencias, si hablamos de  tantos otros detalles, ya estaremos reduciéndonos a una sola religión.

Las religiones concretan y socializan ese programa ético; yo lo llamaría simplemente la conciencia, la Presencia de Dios en todos nosotros. Lo mismo hace el lenguaje con los conceptos que nos va proporcionando la experiencia, los va expresando en el habla de cada pueblo.

La conciencia no tiene una expresión concreta, es más bien un instinto, un olfato para detectar lo justo o injusto de un comportamiento o de una situación: “que nadie escupa sangre pa’ que otro viva mejor”. Este instinto ético entra a veces en conflicto -quizás frecuentemente- con el instinto de conservación (generosamente ampliado por nuestro egoísmo), y estos conflictos van sedimentando y dificultan, y opacan, la transparencia de esa visión ética.

Las religiones tratan de ser una prótesis para facilitar la pureza de esa mirada ética, sin embargo la Historia nos enseña que paulatinamente esa prótesis va acumulando tanto o más sedimentos egoístas; y eso obliga a volver, lo más sinceramente posible, a la propia experiencia ética. Esto es lo que hizo Jesús: “Habéis oído que se dijo a los antepasados… pero yo os digo” (Mt 5,21).

¿Superan las religiones a la ética porque añaden una religación con Dios? Creo que añaden una explicación de Dios, conveniente, necesaria quizás para muchos, pero inevitablemente envuelta en el misterio, inexpresable en términos humanos (¿transpersonal?). La verdadera religación con Dios se da en el comportamiento ético basado en el amor. “Ubi caritas et amor, Deus ibi est”, donde hay amor desinteresado, allí está Dios.

Jesús vivió a Dios como Padre y reconoció que amarle es nuestro primer deber, pero también reconoció que amar al prójimo ya es amar Dios, aunque no se le conozca expresamente, como explicó con  las parábolas del buen samaritano y del juicio final, del ateo santo que fue solidario sin conocer a Dios.

Me he permitido este juego de palabras para expresar que la conciencia es el Mínimo Común Ético, el denominador común que nos identifica a todos. Afortunadamente existen otras coincidencias concretas que abarcan grandes sectores de la humanidad; son deseables e incluso necesarias.

Bienvenida sea la Declaración universal de los Derechos Humanos, aunque no sea tan universalmente aceptada. Bienvenido sea el intento de elaborar una Ética de mínimos, con suficiente concreción a situaciones reales. Bienvenidas sean las religiones o las instituciones civiles que estimulen un generoso programa de justicia y solidaridad.

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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El viaje espiritual y la verdad fundamental

miércoles, 6 de junio de 2018
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Del blog de Henri Nouwen:

HIJO-PRODIGO

«El autodesprecio es el enemigo mayor de la vida espiritual porque está en contradicción con la voz sagrada que nos llama AMADO. Ser amado expresa la verdad más profunda de nuestra existencia».

Es la VERDAD FUNDAMENTAL: una voz suave y amorosa que habla en el silencio y en la soledad de mi corazón.

Ser el amado de Dios es el origen y la plenitud de la vida del Espíritu, y convertirnos en amados es el gran viaje espiritual que tenemos que hacer.

Porque la vida espiritual no es simplemente el camino de ser, sino el camino de llegar a ser.

*

Henri Nouwen,
en Tú eres mi amado.

khgh

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“Eucaristía y crisis”. Cuerpo y Sangre de Cristo – B (Marcos 14,12-16.22-26)

domingo, 3 de junio de 2018
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corpus_bTodos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un «refugio religioso» que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa sin escuchar las llamadas del Evangelio.

El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

En los próximos años se pueden ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se dictan irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van quedando a merced de un futuro incierto e imprevisible.

Conoceremos de cerca inmigrantes privados de una asistencia sanitaria adecuada, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro claro… No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

 

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“Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre”. Domingo 03 de junio de 2018. Cuerpo y Sangre de Cristo.

domingo, 3 de junio de 2018
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36-corpusB cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 24,3-8: Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros.
Salmo responsorial: 115: Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.
Hebreos 9,11-15: La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia.
Marcos 14,12-16.22-26: Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.

Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.

Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidós mil espectadores. En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de «Las Vegas» del Mundo Mediterráneo. “Vivir como un corintio” era sinónimo de depravación; “corintia” era el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba “corintizar”.

En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.

Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.

Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que “mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban” (1 Cor 11,l7ss). (¡Qué actual es todo esto!).

Desde Éfeso, Pablo les dirigió una dura carta para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte, cuando, «mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. 23Y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. 24Y les dijo: Esto es la sangre de la alianza mía que se derrama por todos».

Sería malentender a Jesús que lo que estaba haciendo era mandar ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo y compartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.

[Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico y el pobre, pobre, y salen los dos igual que entran. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: “Es imposible comer así la cena del Señor”. Dicho de otro modo, “así no vale la eucaristía”, pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, para que el rito no sea una farsa, partir, repartir y compartir.

La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe no puede ni debe celebrarse la cena del Señor. Los israelitas en el desierto comprendieron bien que la alianza entre Dios y el pueblo los comprometía a cumplir lo que pide el Señor, sus mandamientos. Jesús, antes de partir, celebra la nueva alianza con su pueblo y le deja un único mandamiento, el del amor sin fronteras. Éste es el requisito para celebrar la eucaristía: acabar con todo signo de división y desigualdad entre los que la celebran].

Habrá que recuperar, por tanto, el significado profundo del rito que Jesús realiza. «La sangre que se derrama por ustedes» significa la muerte violenta que Jesús habría de padecer como expresión de su amor al ser humano; «beber de la copa» lleva consigo aceptar la muerte de Jesús y comprometerse con él y como él a dar la vida, si fuese necesario, por los otros. Y esto es lo que se expresa en la eucaristía; ésta es la nueva alianza, un compromiso de amor a los demás hasta la muerte. Quien no entiende así la eucaristía, se ha quedado en un puro rito que para nada sirve.

Una mala interpretación de las palabras de Jesús ha identificado el pan con su cuerpo y el vino con su sangre, llegándose a hablar del milagro de la «transustanciación o conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo». Los teólogos, por lo demás, se las ven y se las desean para explicar este misterio. Como si esto fuera lo importante de aquel rito inicial. El significado de aquellas palabras es bien diferente: «En la cena, Jesús ofrece el pan («tomad) y explica que es su cuerpo. En la cultura judía «cuerpo» (en gr. soma) significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar a tomar el pan/cuerpo, invita Jesús a asimilarse a él, a aceptar su persona y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello, al hacer pan/alimento. El efecto que produce el pan en la vida humana es el que produce Jesús en sus discípulos. El evangelista no indica que los discípulos coman el pan, pues todavía no se han asimilado a Jesús, no han digerido su forma de ser y de vivir, haciéndola vida de sus vidas. Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que «todos bebieron de ella». Después de darla a beber, Jesús dice que «ésa es la sangre de la alianza que se derrama por todos». La sangre que se derrama significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. «Beber de la copa» significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte. «Comer el pan» y «beber la copa» son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Éste es el verdadero significado de la eucaristía. Tal vez nosotros la hayamos reducido al misterio -por lo demás bastante difícil de entender y explicar- de la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

«Todos los domingos, en nuestra parroquia, juntos van a misa los trabajadores y los propietarios. Si todos reciben la gracia de Dios, esto no lo entiende ni Santa Lucía ni este servidor». Leer más…

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Dom 2.6.18. Corpus Christi: Cuerpo y Sangre de Cristo, Carne unos de otros

domingo, 3 de junio de 2018
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8461417851_acfffa0646_zDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de Juan ha condensado la experiencia y novedad del cristianismo diciendo que “la Palabra de Dios se hizo Carne (sarx)” (Jn 1, 14).

En esa línea, siguiendo la terminología del mismo Juan (cf. Jn 6, 30-58), se puede y debe afirmar que la Palabra (=Dios) se hace cuerpo (sôma), de creyentes, en amor entregado y compartido.

No puedo precisar aquí la distinción de matices entre carne/sarx (ser humano en fragilidad) y cuerpo/sôma, (el mismo ser humano en comunión, pan compartido). Pero vinculando ambos términos, podemos afirmar que la Fiesta del Corpus (cuerpo y sangre de Cristo) es el día de la “carne” de Dios, que es carne de comunión universal.

Varias veces he tratado en este blog de la fiesta del Corpus y de la eucaristía,. Hoy quiero reformular este motivo desde la perspectiva de la Iglesia primitiva, dejando que los mismos lectores puedan sacar sus consecuencias.

cc-gesu-e-giovanni-iconaLa novedad del cristianismo no es una religión separada de la vida, sino la comunión de vida (carne y sangre, cuerpo) de los hombres. Por eso, ésta no es sólo la fiesta del Cristo Jesús separado, sino la fiesta de los creyentes que son (somos) que somos Carne y Sangre (Cuerpo) de Dios, siendo carne-Sangre (Cuerpo) unos de otros.

Por eso, ésta es la fiesta de la «caridad», amor concreto, entregado y recibido, gozado y cultivado en la vida de los hombres y mujeres, en comunicación personal y en esperanza de resurrección Ésta es la fiesta de Cristo, es por tanto nuestra fiesta.

Buena fiesta del Corpus a todos.

La eucaristía en la historia de Jesús y de la Iglesia primitiva

Como saben los lectores de este blog, Jesús ha sido profeta y Cristo del pan compartido”. De esa forma ha creado una nueva familia que no se define por un tipo de ritos nacionales o sacrales, sino básicamente por la comunión del pan, a campo abierto (multiplicaciones), sin separación entre hombres y mujeres, judíos o gentiles, en la línea de eso que podemos llamar “eucaristía galilea”, centrada en la comida profana y sagrada (humana) de los panes y los peces, desde la bienaventuranza de los hambrientos a quienes se ofrece comida (Lc 6,21-22 par) hasta la bendición final del “juicio” de Mt 25,31-46 (tuve hambre y me disteis de comer)

En ese fondo, la Iglesia ha interpretado la última cena de Jesús en forma sacramental, como signo y presencia de Cristo en los creyentes. No todas las iglesias celebraron desde el principio de igual forma ese signo de la cena como rito especial, pero todas al fin lo aceptaron de un modo o de otra, de manera que ha venido a convertirse con el bautismo en sacramento bíblico por excelencia. En esa línea podría decirse que la misma Biblia es en el fondo (ante todo) un “libro sacramental” del Bautismo y de la Cena de Jesús.

De la cena de Jesús a la Eucaristía de la Iglesia

Las palabras de la cena (Mc 14, 22-15 par) retoman el sentido más profundo del mensaje y de la vida de Jesús y expresan su “donación mesiánica”, la reinterpretación de un tipo de pascua nacional judía que habían querido celebrar sus discípulos, de forma que esas palabras sólo han podido fijarse y formularse, en su forma actual (como recuerdo de Jesús y texto litúrgico), en la línea del nuevo “sacrificio” (alianza) del Reino. Así podemos decir que Jesús fundó la eucaristía a través de una larga experiencia eclesial, que se puede fijar, por comodidad, en cuatro momentos.

− Principio: Jesús celebró con sus discípulos una Cena de solidaridad y despedida, asumiendo y superando los rituales de la pascua nacional judía (cordero sacrificado), para insistir en el pan compartido (multiplicaciones) y el vino del Reino. Es probable que esa Cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta “real” de sus discípulos. En ese contexto histórico puede y debe situarse el “logion escatológico” de 14, 25, que marca el rasgo distintivo de la esperanza de Jesús, centrada en la ofrenda del vino (que no se identifica todavía con su sangre).

− Comunidades “hebreas”. Expresando su experiencia pascual, los discípulos mantuvieron y actualizaron (celebraron) el signo de la cena, centrada en el pan de la vida y, de un modo especial, en el vino de la promesa del Reino. Esas celebraciones eran momentos fuertes de experiencia pascual, centrada en Jesús resucitado, a quien sus seguidores fueron descubriendo de un modo especial al juntarse y recordarle en la mesa: en el pan compartido (signo básico de su proyecto/mensaje) y en el vino de la esperanza del Reino. En este momento, las “eucaristías” se identificaban con las mismas reuniones alimenticias de la comunidad (como sabemos por Hechos), sin que existan “celebraciones sacramentales” separadas.

− Comunidades helenistas (Pablo). En un momento dado, que sólo conocemos por Pablo (1 Cor 11, 23-26), algunas comunidades nuevas, de Jerusalén y Damasco, de la costa palestina y de Fenicia y después en Antioquía “descubren” (encuentran y despliegan) un sentido especial en los signos de la cena de memoria y despedida de Jesús, interpretando el pan como “cuerpo mesiánico” (sôma) del Cristo y el vino de la promesa del reino como “copa mesiánica” (que evoca la sangre-haima de la nueva alianza que Dios ha realizado con los hombres por Cristo).
(nota 1).

− El evangelio de Marcos recoge esa tradición (que Pablo ha “recibido” y transmitida) y la integra en la historia de Jesús, en el contexto de su cena histórica, poniendo así de relieve la afirmación central de Pablo, que había introducido su fórmula con una frase enigmática: «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan…» (1 Cor 11, 23). Sólo en el fondo de esa “entrega histórica” (que Marcos ha puesto de relieve en todo su relato de la pasión) se puede entender e interpretar el signo eucarístico del pan como cuerpo mesiánico y del vino como sangre de la alianza. Eso es lo que Marcos ha destacado al situar la eucaristía en este momento de la “entrega” de Jesús. Leer más…

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La sangre y el pan. Fiesta del Corpus Christi. Ciclo B.

domingo, 3 de junio de 2018
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corpuschristiDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino. Las lecturas, sin restar importancia a estos aspectos, centran la atención en el compromiso del cristiano con Dios, sellado con el sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo.

1ª lectura: la sangre y la antigua alianza (Éxodo 24,3-8)

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: «Haremos todo lo que dice el Señor.» Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.» Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: «Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

       La lectura cuenta el momento culminante de la experiencia de los israelitas en el monte Sinaí. Después de escuchar la proclamación de la voluntad de Dios (el decálogo y el código de la alianza), manifiesta su voluntad de cumplirla: «Haremos todo lo que el Señor nos dice».

            En una mentalidad moderna, poco amante de símbolos, esas palabras habrían bastado. El hombre antiguo no era igual. Un pacto tan serio requería un símbolo potente. Y no hay cosa más expresiva que la sangre, en la que radica la vida. Siglos más tarde, algunos caballeros medievales sellaban un pacto haciéndose un corte en el antebrazo y mezclando la sangre. Naturalmente, Dios no puede sellar una alianza con los hombres mediante ese rito. Por muchos antropomorfismos que usen los autores bíblicos al hablar de Dios, él no tiene un brazo que cortarse ni una sangre que mezclar. Tampoco se puede pedir a todos los israelitas que se hagan un corte y den un poco de sangre. Se recurre entonces al siguiente simbolismo: Dios queda representado por un altar, y la sangre no será de dioses ni de hombres, sino de vacas. Al matarlas, la mitad de la sangre se derrama sobre el altar. Se expresa con ello el compromiso que Dios contrae con su pueblo. La otra mitad se recoge en vasijas, pero antes de rociar con ella al pueblo, se vuelve a leer el documento de la alianza (Éxodo 20-23), y el pueblo asiente de nuevo: «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.»

            Pero en la antigüedad hay también otra forma, incluso más frecuente, de sellar una alianza: comiendo juntos los interesados. Esta modalidad también aparece en el relato del Éxodo (pero ha sido omitida por la liturgia). Después de la ceremonia de la sangre con todo el pueblo, Moisés, Aarón, Nadab, Abihú y los setenta dirigentes de Israel suben al monte, donde comen y beben ante el Señor (Éxodo 24,9-11). Esta segunda modalidad será esencial para entender el evangelio.

2ª lectura: la sangre, el perdón y la nueva alianza (Hebreos 9,11-15)

               Como diría un cínico, los buenos propósitos nunca se cumplen. En el caso de los israelita llevaría razón. El propósito de obedecer a Dios y hacer lo que él manda no lo llevaron a la práctica a menudo. Surgía entonces la necesidad de expiar por esos pecados, incluso los involuntarios. Y la sangre vuelve a adquirir gran importancia. Ya que en ella radica la vida, es lo mejor que se puede ofrecer a Dios para conseguir su perdón. Pero el Dios de Israel no exige víctimas humanas. La sangre será de animales puros: machos cabríos, becerros, toros, vacas, corderos, tórtolas, pichones.

            El autor de la carta a los Hebreos contrasta esta práctica antigua con la de Jesús, que se ofrece a sí mismo como sacrificio sin mancha. Con ello, no sólo nos consigue el perdón sino que, al mismo tiempo, sella con su sangre una nueva alianza entre Dios y nosotros.

Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Evangelio: pan, vino y nueva alianza (Marcos 14-12-16. 22-26)

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

          La acción de Jesús en la Cena de Pascua reúne las dos formas de sellar una alianza que comentamos en la primera lectura, pero invirtiendo el orden. Se comienza por la comida, se termina aludiendo a la sangre de la nueva alianza. Aparte de esto hay diferencias notables. Los discípulos no comen en presencia de Dios, comen con Jesús, comen el pan que él les da, no la carne de animales sacrificados; y el vino que beben significa algo muy distinto a lo que bebieron las autoridades de Israel: anticipa la sangre de Jesús derramada por todos.

            ¿Dónde radica la diferencia principal entre la antigua y la nueva alianza? En que la antigua no cuesta nada a nadie; basta matar unos animales para obtener su sangre. La nueva, en cambio, supone un sacrificio personal, el sacrificio supremo de entregar la propia vida, la propia carne y sangre.

            Pero no podemos quedarnos en la simple referencia al pan y al vino, al cuerpo y la sangre. Para Jesús son la forma simbólica de sellar nuestro compromiso con Dios, por el que nos obligamos a cumplir su voluntad.

            El cuarto evangelio, que no cuenta la institución de la Eucaristía, pone en este momento en boca de Jesús un largo discurso en el que insiste, por activa y por pasiva, en que observemos sus mandamientos, mejor dicho, su único mandamiento: que nos amemos los unos a los otros.

            Si la celebración del Corpus Christi se limita a una expresión devota de nuestra devoción a la Eucaristía o, peor aún, si se convierte en simple fiesta de interés turístico, no cumple su auténtico sentido. Es fácil lanzar flores a la custodia por la calle; lo difícil es tratar bien a las personas que nos encontramos por la calle.

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«Domingo del Corpus Christi, el Pan y el Vino». 2 de junio de 2018

domingo, 3 de junio de 2018
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corpus

“Mientras comían, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio…
cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.”

(Mc 14, 12-16.22-26)

Hoy celebramos la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y esta fiesta puede ayudarnos a hacer un pequeño examen de conciencia, puede ser una llamada de atención, un reclamo.

Como seres humanos que somos tenemos que buscar siempre un equilibrio ya que nuestra tendencia a los extremos es grande. Hoy podemos quedarnos tranquilamente adorando el Pan y el Vino al tiempo que olvidamos el sufrimiento de la humanidad con lo cual nos estaríamos alejando del verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo.

Jesús no nos dejó su Cuerpo y su Sangre para contemplarlos, sino para comerlo y beberla. Para “tragarlo”. Tragar el Cuerpo y la Sangre de Jesús significa querer ser UNO con Él y con su manera de vivir.

Cuando comulgamos estamos diciendo públicamente que queremos vivir como vivió Jesús. Que creemos en el Dios que anunció y que estamos dispuestas a acompañarlo hasta las últimas consecuencias.

El Pan y el Vino son, nada más y nada menos, el signo de la entrega amorosa que vendrá despues de la Cena. El Pan y el Vino son el Cuerpo entregado y la Sangre derramada en una muerte violenta, injusta y madita.

Cuando tomamos el Pan y el Vino de la Eucaristía no solamente nos unimos a quienes en nuestro mundo sufren y entregan sus vidas, sino que expresamos de una manera pública que nosotras estamos dispuestas a sufrir y a entregar nuestras vidas por amor.

Por eso el Cuerpo y la Sangre de Cristo apenas se pueden adorar porque una voz nos recuerda que no podemos quedarnos mirando al cielo, o al Pan o al Vino, sino que tenemos que ir y hacer lo mismo.

Oración

Trinidad Santa, haznos valientes para asumir el compromiso que nos reclaman el Pan y el Vino de tu Reino.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La plenitud consiste en darse como pan.

domingo, 3 de junio de 2018
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b38e1f35f42276d461b9a8ff6ab0251cMc 14, 12-26

La eucaristía es el sacramento de nuestra fe. A pesar de haberles dedicado miles de horas de lectura y reflexión, siguen siendo el más difícil cuando intento hablar de él. Por muy claras que tenga las ideas y por muy razonada que sea la explicación, siempre termina pesando más la postura tradicional ante esta realidad. Pero resulta que la tradición que prevalece no es la original, sino la que se fue elaborando a través de los siglos, al tiempo que se perdía el sentido original del sacramento. ¿Alguien puede imaginarse a Pedro poniéndose de rodillas ante el trozo de pan que le ofrecía Jesús o recogiendo las migas que habían caído?

Los sacramentos son signos que hacen referencia a realidades trascendentes que no pueden entrar por nuestros sentidos. Signo es cualquier sonido, gesto o realidad que, a través de nuestros sentidos, provoca en nuestra mente una imagen concreta. Los signos son la única manera que tenemos los humanos de trasmitir lo que tenemos en nuestro cerebro. Cuando los signos hacen referencia a realidades físicas, pueden ser sustituidos por la cosa en sí. Pero las realidades trascendentes no caen bajo el objeto de nuestros sentidos, por lo cual, si queremos hacerlas presentes, no tenemos más remedio que utilizar signos.

En la eucaristía, el signo no es el pan sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido y el vino como sangre (vida) que se pone al servicio de los demás. En ambos casos, la realidad significada es el AMOR, que es Dios. Esta realidad, por ser trascendente, divina, está siempre ahí porque no está sometida al tiempo y al espacio. Ni se trae ni se lleva, ni se pone ni se quita. DIOS-AGAPE está invadiéndolo todo e identificándolo con Él en todo instante, pero nosotros podemos no ser conscientes de ello, por eso necesitamos los signos para tomar conciencia de una realidad que está siempre ahí pero puede pasar desapercibida.

Dios no puede estar más en un lugar que en otros. Ni siquiera está más en una persona que en otra. Está siempre en todos de la misma manera. Somos nosotros los que podemos pasar toda nuestra vida sin enterarnos o podemos tomar conciencia de esta realidad y vivirla. El signo lo necesitamos nosotros porque las cosas llegan a nuestro cerebro a través de los sentidos. Dios, ni necesita los signos ni está condicionado por ellos. Dios no está más presente en nosotros después de comulgar que antes de hacerlo. Celebramos la eucaristía y comulgamos para tomar conciencia de una realidad que nos abre infinitas posibilidades.

Creo que estamos en condiciones de comprender que los sacramentos ni son magia ni son milagros. La experiencia me dice lo difícil que va a ser superar la comprensión de la eucaristía como magia. Cuando celebramos una eucaristía, ni el sacerdote ni Dios hacen ningún milagro. Lo que hacemos es algo mucho más profundo, pero lo tenemos que hacer nosotros mismos. Tomar conciencia de lo que fue Jesús durante su vida mortal y comprometernos a ser nosotros lo mismo. Lo que pasa fuera de mí, lo que puedo ver u oír es solo un medio para descubrir dentro de mí, una realidad que me transciende.

Lo repito: el signo no es el pan, a secas, sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido. El partir el pan forma parte de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese gesto, no en la materia del pan. Si comprendiéramos bien esto, se evitarían todos los malentendidos sobre la presencia real de Jesús en la eucaristía. El pan consagrado hace siempre referencia a una ‘fracción del pan’, (celebración eucarística). Lo mismo en la copa. El signo no es la copa sino el cáliz bebido, es decir, compartido. Para los judíos la sangre era la vida. La copa derramada es la vida de Jesús (no la muerte) puesta al servicio de todos.

Debemos superar el “ex opere operato”. Ninguna celebración puede tener valor automático. Cuando me llamaron al orden, me dijeron: “Tú tienes que ser como el farmacéutico, que despacha las pastillas a los clientes sin explicarles lo que han hecho en el laboratorio”. Mi desacuerdo con esta propuesta es absoluto. El ácido acetilsalicílico produce su efecto en el paciente automáticamente, aunque no tenga ni idea de su composición. Pero los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada que no se puede dar si no contamos con una mente despierta. Sin esa conexión, el rito se queda en puro garabato.

La realidad significada es Jesús como don; es Dios-Ágape, manifestado en Jesús. La palabra hebrea que traducen al griego por soma, no significa exactamente cuerpo. En la antropología judía, el ser humano era un todo único, pero distinguían distintos aspectos: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Hombre cuerpo no hace referencia a la carne, sino a la persona sujeto de relaciones. El soma griego tiene varios significados; al traducirlo por “corpus”, terminó por imponerse el significado físico y esto distorsionó el mensaje original. Jesús no dijo: Esto en mi cuerpo sino esto soy yo, esto es mi persona.

La eucaristía resume la actitud vital de Jesús, que consistió en manifestar, amando, lo que es Dios. Como buen hijo hace siempre presente al padre. La realidad significada, por ser espiritual, no está sometida el tiempo ni al espacio. Hacemos el signo no para crearla sino para descubrir su presencia y poder así vivirla conscientemente. No podemos celebrar la eucaristía sin los demás. Solo en nuestras relaciones con los demás podemos hacer presente el amor. Con demasiada frecuencia hemos convertido la eucaristía en una devoción particular en la que los otros incluso nos molestan como me han comentado alguna vez.

Jesús nunca hizo hincapié en que amaba mucho a su Abba; sino en su unidad con Él. Esa misma es la experiencia de todos los místicos de todas las religiones. S. Juan de la Cruz: “¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!” Dios no puede hacerse presente en un lugar acotado, sencillamente porque no puede dejar de estar en todo lugar. Tampoco puede estar más presente aquí que allí. Nosotros, como seres humanos, no tememos más remedio que percibirlo en un lugar para poder tomar conciencia de su realidad.

Cuando Jesús propone el mandamiento nuevo, Jesús está hablando de las consecuencias que debía tener en nuestra vida, el amor (ágape) del Padre. El fin último de la celebración de una eucaristía, es hacer presente con los signos, este ágape que nos fundiría con Dios y nos abriría a los demás, hasta sentirlos fundidos en Dios también. El hombre tiene el privilegio de poder tomar conciencia de este hecho y vivirlo. El que lo descubre y lo vive descubre su verdadero ser y disfruta siéndolo. Nunca se nos ocurra pensar que dándonos a los demás, les estamos haciendo un favor. Con esa actitud de entrega, estás alcanzando tú la plenitud.

Un hombre descubrió la manera de hacer fuego. Viendo la importancia del invento, se fue a la tribu más cercana y les enseñó el proceso. Todos quedaron maravillados al ver aparecer el fuego. Se marchó creyendo que les había ayudado. Mucho tiempo después volvió a ver lo que habían avanzado con la utilización del fuego. Cuando les preguntó, le sacaron a un lugar donde habían construido un altar y habían guardado en una urna de oro los instrumentos de hacer fuego. Todos los días iban a adorar aquellos útiles que tenían tanto poder. Pero no vio fuego por ninguna parte. Eso hemos hecho nosotros con la eucaristía.

Meditación

Esto soy yo, pan que me parto y me reparto.
Esto tenéis que ser vosotros.
Todo el mensaje de Jesús esta aquí.
Celebrar la eucaristía es comprometerme con los demás.
Es aprender, de Jesús, el camino de la entrega.
El pan que me salva no es el pan que recibo sino el pan que doy.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Compartir el pan.

domingo, 3 de junio de 2018
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eucaristiaYo no sueño en la noche, yo sueño todos los días. Yo sueño para vivir (Steven Spielberg)

3 de junio. Festividad del Corpus Christi

-Mc 14, 12-16. 22-26

Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos

En los inicios del cristianismo, hombres y mujeres podían presidir indistintamente, la celebración eucarística.  Solo a partir del cuarto concilio de Letrán (1215) se estableció que no podía celebrar la eucaristía -decir misa- nadie que no fuera un sacerdote válida y lícitamente ordenado. Y desde siglo V presidirla fue un oficio exclusivo de los presbíteros, convertidos ya en “profesionales de lo sagrado”.

En Otro Dios es posible. Parte II, María y José Ignacio López Vigil escriben que durante la Edad Media se exageró la devoción por el “milagro eucarístico” despojando a la eucaristía de su carácter simbólico y comunitario -compartir la comida y las palabras de Jesús-, y revistiendo de poderes “mágicos” a los sacerdotes que hacían ese “milagro”.

Ya en el apócrifo Evangelio de Tomás se expone esta sentencia atribuida a Jesús: “Levanta una piedra: ahí está Dios. Parte un trozo de madera: ahí lo encontrarás”. Lo que nos induce a concluir que para el propio Jesús, a Dios le podemos encontrar en cualquiera parte, y no únicamente en la iglesia: en el hermano necesitado que nos demanda una ayuda, en el enfermo, entre los árboles del bosque, en las flores cuando son amadas, como decía el poeta indio Rabindranath Tagore.

Ya San Pablo insistía en su primera Carta a los Corintios, que los templos de Dios eran los propios cristianos. Y en el siglo III los cristianos sirios afirmaban en la Didascalia Apostolorum que “las viudas, los huérfanos, los pobres y los ancianos son el único altar de Dios”.

La escultora alemana Eva Hesse (1936-1970) dijo en una ocasión: “En mi arte, alma interior y vida son inseparables”Otra doble dimensión en la que es posible compartir y comulgar el pan de la existencia.

En este sentido el versículo 24 de Marcos 14:“Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”, adquiere su más profundo sentido de alimento universal para el hombre -y ¿cómo no?, pues sería una gran injusticia con ellas- para el resto de las criaturas que pueblan este Planeta.

En el libro anteriormente citado, repiten los autores: Al final de la entrevista, Jesús le habla a Raquel del viento, para que entienda que hay realidades que no se comprenden racionalmente, que sólo las capta el espíritu, un espíritu abierto. En el evangelio de Juan, Jesús utiliza la metáfora del viento (Juan 3, 8). En un relato de un jesuita hindú aparece también “el viento” como elemento “explicativo” del camino que nos lleva al misterio de Dios”.

Un sugerente viento que eleva nuestro espíritu a soñar, como soñó el cineasta americano Steven Spielberg (1946):“Yo no sueño en la noche, yo sueño todos los días. Yo sueño para vivir”. Para vivir y alimentar el cuerpo y alma, como tan bellamente cantó en este soneto el sacerdote español José Luis Martín Descalzo (1930-1991).

CORPUS CHRISTI

Todo fue así: tu voz, tu dulce aliento
sobre un trozo de pan que bendijiste,
que en humildad partiste y repartiste
haciendo despedida y testamento. 

“Así mi cuerpo os doy por alimento…”
¡Qué prodigio de amor! Porque quisiste
diste tu carne al pan y te nos diste
Dios, en el trigo para sacramento. 

Y te quedaste aquí, patena viva;
virgen alondra que le nace al alba
de vuelo siempre y sin cesar cautiva.

Hostia de nieve, nube, nardo, fuente;
gota de luna que ilumina y salva.
Y todo ocurrió así sencillamente.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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…Y todo empieza ¡cómo no! en torno a la mesa.

domingo, 3 de junio de 2018
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eucaristia0Así de sencillo y normal, así de cotidiano y desmitificado, la Iglesia, la comunidad cristiana empieza alrededor de la mesa, del compartir sabores y saberes. Del mostrarnos como somos, del contar la vida y lo que nos la deteriora…

Con la renovación litúrgica del Concilio se dio el gran paso de “altar de sacrificio y de ofrenda para calmar la ira de Dios o conseguir su favor: rodillas, latín, incienso… sentido de expiación, mujeres con velo, separadas de los hombres, el sacerdote –como en el AT– era el intermediario imprescindible ante Dios.

La reforma litúrgica, cambia el sentido de fondo: no es altar de sacrificio sino mesa alrededor de la que se reúne la comunidad. Todo da un giro: lengua vernácula, distribución del mobiliario significativo de lo que queremos ritualizar, participación del pueblo o comunidad.

Ya no es altar de sacrificio (AT) sino mesa de la comunidad. Celebración, no expiación.

AMBIENTACIÓN ANTROPOLÓGICA:

– Jesús, compañero de mesa, no nos obliga a ir a misa, nos invita a ser mesa de acogida y de compartir si queremos ser sus amig@s.

La eucaristía cristiana es un sacramento hondamente arraigado en la vida humana. La Eucaristía es, ante todo, la comida humana, el hecho del comer, que deviene sacramento dentro de una vivencia de fe.

La eucaristía como signo central de la fe arraiga en el simbolismo, que ya de por sí posee la comida humana, por el cual remite a lo trascendente y queda abierta al Misterio.

Podemos distinguir una triple dimensión en el comer:

– es ante todo un hecho humano: sentido antropológico

– puede ser un hecho sacral: sentido religioso

– finalmente puede devenir un hecho evangélico: sentido cristiano

Desde el punto de vista antropológico su sentido simbólico se ramifica en tres aspectos:

a) Es y expresa una comunicación con la tierra de la que proviene. Comer es entrar en comunión con las energías y fuerzas cósmicas vehiculadas por lo que se degusta e ingiere. Es recibir esa energía que renueva la vida, se regenera la persona, y se experimenta una sensación de plenitud no sólo fisiológica, sino síquica, existencial.

La Tierra y el Cosmos son a su vez símbolos máximos de Vida, epifanías de una Energía renovadora a través del campo, su fertilidad, sus frutos; a través del sol, de la luna con sus ciclos y estaciones, del mar… Están lindando con lo Trascendente y, por tanto, con lo religioso, inseparable de lo antropológico.

Se entra en comunión con toda la realidad cósmica, primero a través de la respiración, del baño en las aguas y la recepción de los rayos solares y finalmente a través del comer.

b) La comida-bebida es expresión de dependencia, de creaturidad. Por esta acción manifestamos y experimentamos que necesitamos salir de nosotros mismos para subsistir. En ella nos encontramos con algo que nos viene de fuera y que necesitamos vitalmente, ya que no podemos sacarlo de nuestro interior.

Somos solidarios del universo porque dependemos de él. Es nuestra dimensión cósmica más palpable. Vivimos gracias a los frutos de la tierra. Este sentido de religación nos insinúa ya lo religioso.

c) El comer es signo de comunicación interhumana, tendemos a comer con, y no a solas. La comida es de raíz una acción que implica comunidad, comunión, comunicación.

Si falta esta dimensión la comida se convierte en simple nutrición. No es un acto humano integral:

– comer y beber juntos es expresión de nuestra unidad de origen y de nuestra solidaridad en la condición humana: compartimos un mismo origen y destino, un mismo arraigamiento en la tierra, en el cosmos.

– comer es muchas veces el resultado de un acto de convidar. La comida deviene convite. Es un hacer común la vida. Se desdobla en dos momentos: en un dar de comer y en un aceptar el comer acogiendo el don.

El que convida le está diciendo a su huésped: te doy mi alimento y mi bebida, con ellos te doy y deseo la salud que producen en mí, así compartimos la misma vida. Mi vida será tu vida, y mi persona será tu persona, te doy mi amistad. Cuando se dan estas circunstancias el convite significa unión personal. Aquí ya vislumbramos la eucaristía como sacramento de la presencia.

– Comer juntos no es sólo entre dos, es muchas veces la acción de un grupo. Como dicen los antropólogos, el comer juntos significa sellar la unión del grupo (familia, pueblo, barrio…), pensemos en ciertas fiestas, romerías… todos se sientan alrededor de la sartén, la hoguera, el cordero… de ahí surge la comensalidad y la convivialidad. Todos tienen un mismo sentimiento de alegría, se contagian un mismo afecto, se generaliza el intercambio de confianza.

Este sustrato popular de comer y beber es terreno abonado para que surja y crezca la comunidad, la eucaristía. Tema hospitalidad, pastoral de la mesa.

¿Por qué pan y vino?

El pan ha sido el alimento base de la cultura mediterránea. Acompaña todo o se come sólo. No sólo sustenta la vida de tantas personas sino que la simboliza por los nueve meses que necesita el trigo para crecer y madurar, el tiempo de una gestación. El pan proviene del trigo cereal que nos recuerda las tierras de secano de donde brota. El vino, bebida fundamental mediterránea, nos recuerda además de la tierra, el sol que caldea la vid.

Su color recuerda a la sangre, el alcohol evoca al espíritu que anima, alegra, desata las lenguas, moviliza los sentimientos cálidos de efusión y comunicación.

Eucaristía y justicia: la eucaristía solo se puede celebrar con pan no arrebatado a los pobres, con pan de justicia, con pan amasado en el compromiso por el interés del pobre, con pan de vida.

Tampoco se puede celebrar la Eucaristía con un pan, símbolo de unas vidas, que se alimentan de la explotación de la tierra para conseguir una producción que quiere engordar los bolsillos de algunos explotadores. Si es el banquete del Reino, los explotadores no tienen sitio a no ser que se conviertan a los valores de Jesús.

Concluyendo este apartado: en el pan y en el vino nos llegan los cuatro elementos de madre naturaleza: la tierra, el sol, el agua y el aire. A través del pan y el vino entramos en contacto con esa naturaleza que nos envuelve y cobija maternalmente. Comulgamos con ella, de esa comunión surge nuestra humanidad, en la que se encarna el Hijo de Dios.

A través de esta unión entre lo cósmico, lo humano y lo divino, nace la nueva creación. A través del alimento eucarístico hay una reconciliación entre el hombre-mujer, la naturaleza y Dios. Hay unión, armonía entre creación cósmico-humana y Creador. Hay una reconciliación pacificadora que es comunión entre humanidad, cosmos y Dios.

Eucaristía es Acción de Gracias, por todo, por todos.

Magdalena Bennásar Oliver

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Fuente Fe Adulta

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Mesa abierta a todos.

domingo, 3 de junio de 2018
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a1e6420544cb8837dab9297a0f6ebb27898cd4b570fdf17a8bpimgpsh_fullsize_distrDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01. MEMORIA DEL SEÑOR
Jesús nos invitó a guardar su presencia en medio de nosotros: Haced esto en memoria mía, lo cual no coincide exactamente con guardar el pan de vida de la Eucaristía sobrante en el sagrario, sino que Jesús se refiere, más bien, a guardar su presencia en nuestras personas, en nuestras vidas, en la comunidad eclesial.

En la Eucaristía nos reunimos para y porque guardamos la memoria del Señor y hacemos presente a Cristo e nuestras vidas, en nuestra iglesia, en la sociedad.

Mucho se ha discutido en la historia acerca de cómo Cristo esté presente en el pan y vino de la Eucaristía, pero de lo que se trata es que el Señor esté presente en nuestras vidas.

En la Eucaristía está presente Jesús. Pero en la Eucaristía no nos comemos el cuerpo histórico de Jesús, el cuerpo que nació de María, el que recorrió los caminos de Palestina, el que murió en la cruz . No comemos ese cuerpo, porque ese cuerpo ya no existe. En la Eucaristía recibimos al Cristo resucitado. Lo recibimos realmente de verdad. Pero eso se ha explicado en la Iglesia de distintas maneras. Esta comunión la entendió la Iglesia de formas simbólica durante más de diez siglos. Comulgar no es recibir una “cosa” santa y sagrada. Comulgar es unirse a Cristo de forma que la persona y la vida de Jesús están presentes en la vida del que comulga. (JM CASTILLO)

De todos modos, lo decisivo es que JesuCristo esté presente en nosotros.

02. LA EUCARISTÍA ES VIDA.

image2sLa Eucaristía no es un sacramento que le haya servido a la iglesia para instaurar un nuevo mandamiento para que la gente asista a la Misa el domingo y las fiestas de guardar.

La Eucaristía es un sacramento de vida y de esperanza, es el alimento de la Palabra de vida, es pan de vida y es la celebración de la Resurrección de JesuCristo, esperanza definitiva de nuestra vida.

03. LA EUCARISTÍA Y LAS COMIDAS SALVÍFICAS DE JESÚS.

La Eucaristía tiene sus raíces en la Última Cena de Jesús, pero haríamos bien en situarla en el contexto de los muchos encuentros en los que Jesús comía con pecadores y publicanos, multiplicaba los panes con lo que nos decía que: Yo soy el pan de vida, (Jn 6).

Jesús instituyó la eucaristía en una comida compartida y salvífica, no en un ritual religioso. Y sabemos que Jesús añadió: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19b). Es decir: el recuerdo de Jesús está inseparablemente unido al hecho de realizar lo que realizó Jesús. En los evangelios -en el NT 1 Cor 11, 23-26- podemos percibir que la Eucaristía está asociada a la comida compartida.

04. ENCUENTROS, COMIDAS SALVÍFICAS

pobresEucaristías fueron los muchos encuentros salvíficos que Jesús celebró en su vida.

o La multiplicación de los panes en la tradición de San Juan (Jn 6) es el acontecimiento en el que Jesús se presenta como: Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo. Cristo se hace pan de vida para los hombres.

o Jesús comía con publicanos y pecadores (Mc 2,16).

o Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa. (Lc 19, 1-10).

o La parábola del hijo perdido, del hijo pródigo se resuelve en un banquete de vida: celebremos un banquete, porque este hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida. (Lc 15, 1-32).

o Los dos de Emaús celebran la Eucaristía y conocen (reconocen) al Señor en la fracción del pan, (Lc 24). En el fondo el relato de los dos de Emaús es una Eucaristía.

o Son frecuentes las alusiones de Jesús a que el Reino de los cielos se parece a un banquete. La Eucaristía como banquete del Reino.

La Eucaristía no es un, pues, meramente un rito ni una ley a cumplir, sino que es la salvación vivida en una comida en la que Cristo está presente.

05. LA EUCARISTÍA ES CELEBRACIÓN DE LA REDENCIÓN

La Eucaristía es hacer memoria gozosa y agradecida de la Redención de Cristo.

El único día del año en que no se celebra la Eucaristía es el Viernes Santo, porque recordamos y agradecemos que la Eucaristía se celebró en el sacrificio de Cristo en la cruz. La Eucaristía es una inmensa gratitud (acción de gracias) porque estamos salvados y redimidos.

La Eucaristía es una acción de gracias por el perdón, por la libertad y la vida.

06. ACCIÓN DE GRACIAS.

Eu – Xaris significa buen regalo, una acción de gracias.

Vivir en gracia es vivir agradecidamente, vivir dando gracias a Dios y a la vida.

Vivir en esa gratuidad de Cristo redentor es fuente de una serenidad y gozo profundos.

VIVAMOS AGRADECIDAMENTE LA MEMORIA DEL SEÑOR

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