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Archivo para Domingo, 14 de febrero de 2021

“Si quieres, puedes limpiarme.”

Domingo, 14 de febrero de 2021

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Los Lázaros

Los lázaros,
los hijos de la calle,
los parias de siempre,
los sin techo,
los sin trabajo,
los desarraigados,
los apátridas,
los sin papeles,
los mendigos,
los pelagatos,
los andrajosos,
los pobres de solemnidad,
los llenos de llagas,
los sin derechos,
los espaldas mojadas,
los estómagos vacíos,
los que no cuentan,
los marginados,
los fracasados,
los santos inocentes,
los dueños de nada,
los perdedores,
los que no tienen nombre,
los nadie…

Los lázaros,
que no son aunque sean,
que no leen sino deletrean,
que no hablan idiomas sino dialectos,
que no cantan sino que desentonan,
que no profesan religiones sino supersticiones,
que no tienen lírica sino tragedia,
que no acumulan capital sino deudas,
que no hacen arte sino artesanía,
que no practican cultura sino costumbrismo,
que no llegan a ser jugadores sino espectadores,
que no son reconocidos ciudadanos sino extranjeros,
que no llegan a protagonistas sino a figurantes,
que no pisan alfombras sino tierra,
que no logran créditos sino desahucios,
que no innovan sino que reciclan,
que no suben a yates sino a pateras,
que no son profesionales sino peones,
que no llegan a la universidad sino a la enseñanza elemental,
que no se sientan a la mesa sino en el suelo,
que no reciben medicinas sino lamidas de perros,
que no se quejan sino que se resignan,
que no tienen nombre sino número,
que no son seres humanos sino recursos humanos…

Los lázaros,
los que se avergüenzan y nos avergüenzan,
pueblan nuestra historia,
fueron tus predilectos
y están muy presentes en tu evangelio.

Los lázaros
pertenecen a nuestra familia
aunque no aparezcan en la fotografía,
y serán ellos quienes nos devuelvan la identidad
y la dignidad perdidas.

*

Florentino Ulibarri

* * *

–  “Si quieres, puedes limpiarme.”

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

– “Quiero: queda limpio.”

… y quedó limpio.

Él lo despidió, encargándole severamente:

 “No se lo digas a nadie.”

Cuando se fue, empezó a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

*

Marcos 1,40-45

***

Modelo masculino con los brazos abiertos hacia el cielo

Me complace proponer a la contemplación del creyente una oración compuesta por Valeria, una niña de nueve años, el día de su primera comunión (corría el año 1989). La cruz de Cristo la tocó pronto con su sombra benéfica: se vio privada en seguida del afecto de su madre, Gisella, que debía asistir a una hermanita nacida con síndrome de Down y padeció 31 operaciones. Valeria reza así:

«Jesús, te doy gracias porque hoy te recibo con alegría en mi corazón; te doy gracias porque, cada día y cada minuto, me ayudas a vencer la tristeza y me la cambias en alegría; te doy gracias porque, en cada momento de melancolía, me ayudas a ser feliz y a sonreír y, en las dificultades, me haces comprender todo lo que debo hacer. También a mí, que sólo soy una niña, me das la fuerza necesaria para llevar mi cruz con serenidad.

Te doy gracias porque he comprendido que, sin una cruz, nadie puede ser feliz y porque, viviendo en medio del sufrimiento, se aprende que en cada experiencia bella o fea de nuestra vida hay siempre muchos motivos para ser felices. Yo soy feliz, aunque también llevo mi cruz, y te agradezco, Señor, de todo corazón esta cruz que me has dado. Amén».

***

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad ,

“Extender la mano”. 6 Tiempo Ordinario – B (Marcos 1, 40-45)

Domingo, 14 de febrero de 2021

793784-300x262La felicidad solo es posible allí donde nos sentimos acogidos y aceptados. Donde falta acogida, falta vida; nuestro ser se paraliza; la creatividad se atrofia. Por eso una «sociedad cerrada es una sociedad sin futuro, una sociedad que mata la esperanza de vida de los marginados y que finalmente se hunde a sí misma» (Jürgen Moltmann).

Son muchos los factores que invitan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a vivir en círculos cerrados y exclusivistas. En una sociedad en la que crece la inseguridad, la indiferencia o la agresividad es explicable que cada uno tratemos de asegurar nuestra «pequeña felicidad» junto a los que sentimos iguales.

Las personas que son como nosotros, que piensan y quieren lo mismo que nosotros, nos dan seguridad. En cambio, las personas que son diferentes, que piensan, sienten y quieren de manera diferente, nos producen inquietud y temor.

Por eso se agrupan las naciones en «bloques» que se miran mutuamente con hostilidad. Por eso buscamos cada uno nuestro «recinto de seguridad», ese círculo de amigos, cerrado a aquellos que no son de nuestra misma condición.

Vivimos como «a la defensiva», cada vez más incapaces de romper distancias para adoptar una postura de amistad abierta hacia toda persona. Nos hemos acostumbrado a aceptar solo a los más cercanos. A los demás los toleramos o los miramos con indiferencia, si no es con cautela y prevención.

Ingenuamente pensamos que, si cada uno se preocupa de asegurar su pequeña parcela de felicidad, la humanidad seguirá caminando hacia su bienestar. Y no nos damos cuenta de que estamos creando marginación, aislamiento y soledad. Y que en esta sociedad va a ser cada vez más difícil ser feliz.

Por eso el gesto de Jesús cobra especial actualidad para nosotros. Jesús no solo limpia al leproso. Extiende la mano y lo toca, rompiendo prejuicios, tabúes y fronteras de aislamiento y marginación que excluyen a los leprosos de la convivencia. Los seguidores de Jesús hemos de sentirnos llamados a aportar amistad abierta a los sectores marginados de nuestra sociedad. Son muchos los que necesitan una mano extendida que llegue a tocarlos.

José Antonio Pagola

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“Quiero: queda limpio.” Domingo 14 de febrero de 2021. Sexto domingo del tiempo ordinario

Domingo, 14 de febrero de 2021

15-ordinarioB6 cerezoLeído en Koinonia:

Levítico 13,1-2.44-46: El leproso tendrá su morada fuera del campamento: 
Salmo responsorial: 31: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
1Corintios 10,31-11,1: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. 
Marcos 1,40-45: La lepra se le quitó, y quedó limpio

En el evangelio de Marcosque hoy leemos, Jesús se encuentra con un leproso arriesgado que se atreve a romper una norma que lo obligaba a permanecer alejado de la ciudad. Esta norma es la que nos recuerda la primera lectura, del Levítico.

En la tradición judía (primera lectura) la enfermedad era interpretada como una maldición divina, un castigo, una consecuencia del pecado de la persona enferma –¡o de su familia!–. Porque entonces se la consideraba contagiosa, la lepra común estaba regulada por una rígida normativa que excluía a la persona afectada de la vida social. (Ha durado muchos siglos la falsa creencia de que la lepra fuese tan fácilmente contagiable). El enfermo de lepra era un muerto en vida, y lo peor era que la enfermedad era considerada normalmente incurable. Los sacerdotes tenían la función de examinar las llagas del enfermo, y en caso de diagnosticarlas efectivamente como síntomas de la presencia de lepra, la persona era declarada «impura», con lo que resultaba condenada a salir de la población, a comenzar a vivir en soledad, a malvivir indignamente, gritando por los caminos «¡impuro, impuro!», para evitar encontrarse con personas sanas a las que poder contagiar. En realidad, todo el sistema normativo religioso generaba una permanente exclusión de personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad.

Este hombre, seguramente cansado de su condición, se acerca a Jesús y se arrodilla, poniendo en él toda su confianza: «si quieres, puedes limpiarme». Jesús, se compadece y le toca, rompiendo no sólo una costumbre, sino una norma religiosa sumamente rígida. Jesús se salta la ley que margina y que excluye a la persona. Jesús pone a la persona por encima de la ley, incluso de la ley religiosa. La religión de Jesús no está contra la vida, sino, al contrario: pone en el centro la vida de las personas. La vida y las personas por encima de la ley, no al revés.

Jesús le pide silencio (es el conocido tema del «secreto mesiánico», que todavía hoy resulta un tanto misterioso), y le envía al sacerdote como signo de su reinclusión en la dinámica social, «para que sirva de testimonio» de que Dios desea y puede actuar aun por encima de las normas, recuperando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas. Pero este hombre no hace caso de tal secreto, rompe el silencio, y se pone a pregonar con entusiasmo su experiencia de liberación. No parece servirse de la mediación del sacerdote o de la institución del templo, sino que se auto-incluye y toma la decisión autónoma de divulgar la Buena Noticia. Esto hace que Jesús no pueda ya presentarse en público en las ciudades sino en los lugares apartados, pues al asumir la causa de los excluidos, Jesús se convierte en un excluido más. Sin embargo, allí a las afueras, está brotando la nueva vida y quienes logran descubrirlo van también allí a buscar a Jesús.

Es una página recurrente en los evangelios: Jesús cura, sana a los enfermos. No sólo predica, sino que cura («no es lo mismo predicar que dar trigo», dice el refrán). Palabra y hechos. Decir y hacer. Anuncio y construcción. Teoría y praxis. Liberación integral: espiritual y corporal. Y ésa es su religión: el amor, el amor liberador, por encima de toda ley que aliene. La ley consiste precisamente en amar y liberar, por encima de todo.

La segunda lectura, que sigue, como siempre, un camino independiente frente a la relación entre la primera y la tercera, es un bello texto de Pablo que habla de la integralidad de la espiritualidad. La espiritualidad no es tan «espiritual»; de alguna manera es también «material». Hay que recordar que la palabra «espiritualidad» es una palabra desafortunada. Tenemos que seguir utilizándola por lo muy consagrada que está, pero necesitamos recordar que no podemos aceptar para su sentido etimológico. No queremos ser «espirituales» si ello significara quedarnos con el espíritu y despreciar el cuerpo o la materia.

Pablo está en esa línea: «ya sea que comáis o que bebáis o que hagáis cualquier otra cosa…». No sólo las actividades tradicionalmente tenidas como religiosas, o espirituales, tienen que ver con la espiritualidad, sino también actividades muy materiales, preocupaciones muy humanas, como el comer y beber, o cualquier otra actividad de nuestra vida, pueden, deben ser integradas en el campo de nuestra espiritualidad (que ya no resultará pues «solamente espiritual»). Nuestra vida de fe puede y debe santificar toda nuestra vida humana, en todas sus preocupaciones y trabajos, no sólo cuando tenemos la suerte de poder dedicar nuestro tiempo a actividades «estrictamente religiosas», como podrían ser la oración o el culto.

El Concilio Vaticano II insistió mucho en esto: «todos estamos llamados a la santidad» (cap. V de la Lumen Gentium). No hay unos «profesionales de la santidad» (cap. VI ibid.), algunos que estarían en un supuesto «estado de perfección», mientras los demás tendrían que atender a preocupaciones muy humanas… No. Todos estamos llamados elevar nuestros trabajos, tareas, preocupaciones humanas… «nuestra propia existencia» a la categoría de «culto agradable a Dios» (como dirá Pablo en Rom 12,1-2). Podemos ser muy «espirituales» (con reservas para esta palabra de resabios greco-platónicos) y santificarnos aun en lo más «material» de nuestra vida. Leer más…

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14.2.21. Cuando Jesús se enfada: Seguir avanzando, no acudir a los sacerdotes (Mc 1,40-45. Dom 6)

Domingo, 14 de febrero de 2021


un-abrazo-a-jesusDel blog de Xabier Pikaza:

Mi título puede parecer “escandaloso”, pero el texto de Marcos es aún más escandaloso

El evangelio empieza presentando a un enfermo “impuro” (marginado) a quien el sistema sanitario, controlado de un tipo de “sacerdotes”, expulsa (no cura), de forma que el pobre malvive fuera de todos los caminos, sin hospital, ni curación, ni iglesia .

El enfermo (paria, impuro, apestado) grita a Jesús y le dice “si quieres, puedes curarme”, porque él  sabe algo que Jesús aún no sabía de un modo consciente: que este tipo de enfermedad se puede curar, si se toca de verdad, si se abraza y acoge, aunque para ello hay que arriesgarse, superando unas normas de tipo social sacro-sanitario.

Jesús se arriesga y así toca, acoge y cura al apestado, pero al descubrir las consecuencias de su gesto se enfada  (embrimesamos), de una forma que parece escandalosa. ¿Contra quién: Contra el enfermo, contra la sociedad sacral egoísta, cerrada en sí, contra su labor mesiánica?

El texto no dice las razones del enfado, pero añade que, como queriendo detener las consecuencias de su gesto, Jesús manda al enfermo presentarse ante los sacerdotes (autoridades socio-sanitarias), para que ratifiquen su curación y le entreguen la “cartilla” de sano (bien vacunado).

Jesús manda…, pero el enfermo no va (¡al Diablo con los sacerdotes!), sino que empieza a pregonar por todas partes lo que ese Jesús ha hecho, que es curarle tocándole y acogiéndole con sus propias manos.

Jesús queda así también “manchado”, bajo vigilancia de “mala gente”, gente impura, que no acepta las normas sanitarias de un sistema que había expulsado al leproso sin poder curarle… Por eso tiene que andar escondido, alejado de la “policía” del sistema bajo el que ahora, como antes, sufre y muerte el leproso.

Éstos son los rasgos principales de este evangelio que es aún más escandaloso… Así lo ha narrado Marcos, pero los otros evangelios se han sentido molestos y han querido suavizar el escándalo. Éste es el tema de fondo. Quien quiera entenderlo mejor léalo de nuevo, o siga leyendo mi Comentario de Marcos.

Texto

(a. Misión y milagro) 39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios. 40 Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes purificarme. 41 Y, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. 42 Al instante desapareció la lepra y quedó limpio.

(b. Mandato de Jesús) 43 Y de pronto, irritado, le expulsó, 44 y le dijo: mira, no digas nada a nadie, sino, vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio de ellos.

(c. Desobediencia del curado) 45 Pero él, saliendo se puso a divulgar a voces la palabra, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados, y aun así seguían acudiendo a él de todas partes[1].

Éste es el primero de los milagros de Jesús a campo abierto, fuera de los muros de la sinagoga y de la casa (y del entorno de la casa de Cafarnaúm). El leproso esta expulsado de la sociedad, no puede entrar en una población, de forma que debe venir al encuentro de Jesús mientras éste recorre la región abierta de Galilea (cf. 1, 39). Llega con fe, diciéndole a Jesús «si quieres» (reconociendo su poder) y poniendo en marcha una dinámica que le llevará a enfrentarse con el templo.

Jesús escucha, se apiada, toca al leproso con la mano y responde «Quiero». Ésta es la primera voluntad de Jesús, que responde al leproso e inicia así un camino de limpieza que el judaísmo más legal no podía conseguir, pues debía mantener separados a posesos (cf. 1,21-29) y a leprosos. Conforme a los principios de Lv 1-16, la religión es un tema de pureza ritual o separación humana. Este leproso es impuro en un sentido oficial: está expulsado del espacio santo de su pueblo, como indica la exigencia posterior de presentarse a los sacerdotes para que le incluyan de nuevo entre los fieles, limpios en lo externo, capaces de vivir en la ciudad y de acudir a sinagoga y templo (1,44-45, con cita en Lv 14). La contraposición es evidente.

El judaísmo del Levítico y de la ley de sacerdotes distingue lo limpio y lo manchado: divide, organiza ritualmente a los hombres, expulsando a los sucios y reintegrando a los curados, pero sin que ella tenga poder para poder limpiarles. Jesús, en cambio, vuelve a las raíces del auténtico Israel y dice: «Queda limpio», y de esa forma cambia y construye un orden social distinto donde caben posesos y leprosos, una comunidad de acogida universal.

Tras la curación se plantea un nuevo problema. ¿Con qué finalidad limpia Jesús: para que los antiguos leprosos retornen a la vieja ley y templo o para ofrecerles libertad y suscitar con ellos un nuevo movimiento mesiánico de liberación humana? Marcos no responde de manera dogmática, no ofrece desde fuera un tipo de teoría sobre Israel y el cristianismo, sino que dice que Jesús cura y abre un camino de transgresión creadora, iniciado por el mismo curado (aparentemente en contra de la voluntad de Jesús)[2].

1, 39-42. Misión y milagro

 39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios. 40 Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes purificarme. 41 Y, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: Quiero, queda puro. 42 Al instante desapareció la lepra y quedó puro.

Jesús ha empezado a proclamar el evangelio “en las aldeas” o poblaciones vecinas (la palabra kômopoleis, de 1, 38, significa poblados de campo, sin murallas, ni entidad administrativa propia), centrándose de un modo especial en las “sinagogas”, empalmando de esa forma con el judaísmo legal (representado por aquellos que estudian la Ley, con los rabinos). Esto significa que empieza dentro de la institución, pero no en Jerusalén o en las ciudades, sino en pueblos pequeños.

De esa forma camina por las poblaciones campesinas, iniciando una misión rural, centrada en las sinagogas “de ellos”, es decir, en los lugares donde se reúnen hombres y mujeres, recreando el judaísmo en unos años que están siendo básicos para el surgimiento del nuevo Israel rabínico. En esas pequeñas poblaciones (kômopoleis), aldeas o grupos de cortijos, va expandiendo Jesús su mensaje, fijándose de un modo especial en los posesos; por eso, como única nota de su enseñanza, se dice que “iba expulsando demonios” (ta daimonia ekballôn), como si quisiera limpiar las sinagogas del entorno rural de Galilea, completando así la obra iniciada en la sinagoga de Cafarnaúm (cf. 1, 23-28).

  Jesús aparece así como un “exorcista con programa mesiánico”, es decir, como un experto en cuestión de posesos, caminando por el entorno de Galilea, como si los endemoniados formaran el problema principal de sus sinagogas rurales, de manera que las iba recorriendo de un modo organizado, para liberarles de sus males. Pues bien, en este contexto se habla del leproso (1, 40). Jesús no fue a buscarle, quizá pensaba que todo lo que se podía hacer debía hacerlo en las sinagogas, que eran las “casas de todos” (donde abundaban de un modo especial los posesos).

Pero entre sinagoga y sinagoga, atravesando por el campo, se le acercó un leproso, con quien (al parecer) no contaba, echándose a sus pies de rodillas (gonypetôn), como adorándole, para exponerle su caso y decirle: “si quieres… (ean thelês) puedes purificarme” (katharisai).

            Este leproso conoce su mal por experiencia personal y social, pues la misma Ley le ha expulsado, de manera que no puede albergar ninguna esperanza de Reino, pues ha de habitar fuera de las poblaciones (como Cafarnaúm), pero también fuera de las aldeas y de sus sinagogas, de manera que no puede aprender la Ley, ni escuchar el mensaje que Jesús está sembrando precisamente en ellas, al curar a los endemoniados. Él aparece en el último escalón de la sociedad o, mejor dicho, fuera de ella, sin esperanza alguna.

            Está fuera del círculo social de Galilea, pero la “fama” de Jesús ha llegado a sus oídos (como supone 1, 28) y así puede pedirle algo que éste no había proyectado: que le devuelva la pureza social y religiosa. Jesús no ha ido a buscarle directamente, sino que es el leproso el que viene y le muestra su necesidad, puesto de rodillas, como ante un Dios (un delegado de Dios). Ha comprendido que el proyecto de Jesús (centrado por ahora en los posesos) debe extenderse también a los leprosos, expulsados de la comunidad de Israel por su impureza. Por eso se atreve a ponerse a pedirle su ayuda, de manea que podemos decir que ha entendido quizá mejor que Jesús su poder de sanación.

            No es simplemente un enfermo, sino un expulsado religioso (el mismo sacerdote le ha arrojado fuera de la comunidad de los limpios de Israel), de forma que todos le toman como fuente de peligro y como causa de impureza para la buena familia israelita, conforme a una ley regulada por sacerdotes, que tienen poder de expulsar del “campamento” (de la vida social) a los leprosos y de readmitirlos, si es que se curan, tras examinarlos “fuera del campamento” (es decir, fuera de las ciudades) y de cumplir los ritos y sacrificios prescritos en el templo. Más que enfermo, es un excomulgado en el sentido fuerte del término, y sólo el sacerdote tenía el poder de integrarlo de nuevo en la comunidad, observando su piel y mandándole cumplir los ritos sagrados (Lev 13-14).

Para que el conjunto social mantuviera su pureza, los leprosos debían ser arrojados fuera del “campamento”, es decir, del espacio habitado. No les podían matar (el mandamiento de Dios lo prohibía), ni les encerraban en lo que hoy sería una cárcel u hospital para contagiosos, pero les expulsaban de las ciudades y núcleos habitados(como al chivo expiatorio de Lev 16), y así vivían apartados de la sociedad. Según eso, no podían orar en el templo, ni aprender en la sinagoga, ni compartir casa, mesa o cama con los familiares sanos, sino que eran apestados, una secta de proscritos.

Desde ese fondo se entiende la escena, que empieza con el gesto del leproso que viene y ruega (1, 40), puesto de rodillas (gonipetôn, como precisan los mejores manuscritos), diciendo a Jesús “si quieres, puedes purificarme”, poniendo su caso y su causa en sus manos. Quizá Jesús no se había detenido a pensar en el problema, ni conocía el poder que este leproso le atribuye (¡si quieres puedes limpiarme!), ni sabía cómo desplegarlo, asumiendo en su misión la tarea de “purificar” a los leprosos (el texto emplea la palabra katharisai, que propiamente hablando no es curar, sino purificar, limpiar).

La iniciativa no parte de Jesús, sino del leproso que le dice lo que ha de hacer (¡si quieres puedes purificarme!), despertando en él una nueva conciencia de poder, que desborda las fronteras del viejo Israel sacerdotal. Este leproso puede saber que Jesús había curado al poseso de 1, 23, esclavizado por un espíritu impuro (akatharton). Pues bien, él deduce (y deduce bien) que, si Jesús pudo “purificar” o limpiar a a un poseso, podrá purificarle también a él, declarándole limpio y realizando algo que, según Lev 13-14, sólo podían hacer los sacerdotes, cuando declaraban puros a los leprosos previamente curados.

El poseso-impuro había gritado, desafiando a Jesús. Este leproso-impuso le ruega, puesto de rodillas, sabiendo que él, Jesús, tiene autoridad de Dios, por encima de los sacerdotes. Sólo a partir de aquí se entiende la acción de Jesús, que nos sitúa en el centro de la máxima “inversión” del evangelio: Jesús, que, en un sentido, ha recibido todo el poder de Dios (que le ha llamado Hijo y le ha ofrecido su Espíritu: 1, 11-12), aprende a utilizarlo a través de este leproso, que aparece así como su maestro, diciéndole lo que puede hacer y poniendo en marcha un proceso curativo que culminará en la Pascua. Éstos son los tres aspectos de la acción de Jesús (1, 41).

  • Conmoción interior: compadecido (splagnistheis).Esta palabra se encuentra enraizada en la confesión de fe de Israel, que se expresa cuando, tras haberse roto el primer pacto (cf. Ex 19-24) por infidelidad del pueblo, que adora al becerro de oro (Ex 32), Moisés sube de nuevo a la montaña y escucha la palabra de perdón de Dios que se define como “aquel que está lleno de misericordia y compasión” (Ex 34, 6). Pues bien, ella marca el principio de la transformación de Jesús, que aparece así como portador de esa misma compasión de Dios. Ciertamente, el texto griego de Ex 34, 6 LXX no emplea la palabra splagnistheis de Mc 1, 41, pero utiliza otras equivalentes que expresan la hondura del “rehem” de Dios, su conmoción interior ante la pequeñez y dolor de los hombres. Pues bien, según Marcos, Jesús ha sentido esa misma “conmoción interior” de Dios ante el leproso, una compasión-misericordia que brota de su entraña[3].
  • Gesto: Extendió la mano y le tocó. Movido por su compasión (que es como la de Dios: cf. Ex 34, 6), Jesús desoye la ley del Levítico, que prohibían “tocar” a los leprosos, bajo pena de impureza. Expresamente rompe esa ley que separa a puros de impuros, iniciando un movimiento que marcará desde aquí toda su vida, aprendiendo la “lección” del leproso que le pide que le limpie (que le purifique), dejándose conmover en sus entrañas (¡como se conmueve Dios!). De esa forma hace algo que nadie habría osado hacer, sino sólo el sacerdote, y no para curar/purificar, sino sólo para certificar una curación que se había realizado antes. Jesús extiende la mano y toca expresamente al leproso, sabiendo que, en línea de ley, ese contacto va a mancharle (haciéndole impuro ante la Ley), pero sabiendo también y, sobre todo, que él puede y debe purificar al leproso. Él ha “levantado” (ha resucitado) ya a la suegra de Simón (1, 31), y ahora hace algo todavía más profundo: toca con su mano al leproso (haptomai), ofreciéndole así su contacto personal. Esta mano de Jesús que toca al leproso es la expresión de una misericordia que transciende las leyes de pureza del judaísmo legalista, es signo de la piedad de Dios, que ama precisamente a aquellos a quienes la ley expulsa.
  • Palabra: Y le dice ¡quiero, queda limpio! (1, 41b). Esa palabra ratifica la misericordia anterior y despliega el sentido del contacto de la mano. El leproso le ha dicho ¡si quieres! (ean thelês) y Jesús le ha respondido, cumpliendo así su petición, de manera que su palabra marca la novedad y el poder del evangelio: quiero, sé puro (thelô katharisthêti). A través de este querer de Jesús, expresado en primera persona (¡quiero!) viene a expresarse la voluntad creadora de Dios.

 La misericordia, el contacto físico y la palabra purificadora de Jesús llegan a la hondura del enfermo, que antes se hallaba expulsado de la sociedad sagrada. Jesús invierte así el proceso de expulsión de la ley, acogiendo (¡purificando!) al leproso y oponiéndose a una norma básica del judaísmo sinagogal. No se limita a esperar y observar, como deben hacer los sacerdotes, para sancionar una curación ya realizada (cf. 1, 44; Lev 14, 3), sino que escucha la necesidad del impuro y le acoge, ofreciéndole su contacto corporal y su palabra, abriendo un espacio de pureza (salud, dignidad, humanidad) en su nueva familia mesiánica. En este contexto se plantean dos cuestiones que son importantes, aunque no esenciales, para entender el movimiento de Jesús.

  1. El carácter físico de la enfermedad. El texto dice que aquel hombre era un leproso (lepros), una palabra que, en sentido general no se aplica sólo (ni fundamentalmente) a lo que hoy llamamos “lepra” (dolencia producida por el bacilo de Hansen, que entonces no se conocía), sino a diversas afecciones de la piel, desde un tipo de soriasis hasta lo que suele llamarse “achaque de escamas” o ictiosis, que se muestra en la piel de algunas personas. Por eso, hay comentaristas que prefieren prescindir de esa palabra “lepra”, empleando otras (como enfermedad de escamas). Pienso, sin embargo, que por tradición y simbolismo, es preferible decir lepra en sentido popular, pues ella engloba varias enfermedades de la piel que, en opinión de los judíos piadosos, hacían impuros a los hombres, hasta el extremo de que ellos tenían que vivir fuera de la comunidad social y religiosa.
  2. El tipo decuración producida. El texto dice que “de pronto desapareció la lepra y quedó puro” (con un verbo en pasivo divino: ekatharisthê: Dios le hizo puro). Evidentemente, Marcos está pensando en un “cambio externo”, y así supone que la piel del enfermo tomó otra apariencia, como si quedara seca o se le cayeran las escamas. Pero, dicho eso, debemos añadir que la palabra central que aquí se emplea no es “se curó” (iathê), sino “quedó puro” (ekatharisthê). Es como si el mismo Dios, por medio de Jesús, le hubiera declarado limpio, como en el caso en que el mismo Jesús de Marcos dirá más adelante que Jesús “declaró limpios/puros todos los alimentos” (7, 19, con el mismo verbo: katharidsôn).

 Según este pasaje, Jesús curó a un sólo leproso (a un hombre impuro), declarando que era “puro”. De esa forma declaró, en el fondo, que todos los leprosos (como todos los alimentos en 7, 19) son humanamente limpios, superando así los tabúes y las divisiones de purezas e impurezas que expulsaban a ciertos hombres y mujeres de la sociedad. Nos hallamos ante un gesto que resultaba, tanto entonces como ahora, socialmente inaudito. Este leproso, al que Jesús ha curado, desencadena una nueva visión de la vida humana, en plano social y religioso, superando la ley “religiosa” del templo de Jerusalén.

1, 43-44. Mandato de Jesús

 43 Y de pronto, irritado con él, le expulsó, 44 y le dijo: Mira, no digas nada a nadie, sino, vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio de ellos.

 El mandato de silencio (no digas nada a nadie recibe una gravedad e importancia mucho mayor, por dos razones. (a) Por el gesto de Jesús, que se irrita y expulsa al leproso (1, 43). (b) Por el mandato posterior: «Vete y muéstrate al sacerdote… como mandó Moisés, para testimonio de ellos» (1,44). Es como si Jesús se hubiera enojado por aquello que acaba de hacer, dándose cuenta de la importancia de su gesto y como si quisiera reintegrar al leproso curado en la comunidad israelita, en un sistema social dominado por los sacerdotes, en vez de decirle que le siga, que vaya con él (como ha dicho a los cuatro pescadores).

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Poder y compasión. Domingo 6º. Ciclo B

Domingo, 14 de febrero de 2021

curacion de un leprosoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Tras la curación de la suegra de Pedro y de otros muchos enfermos, Marcos cuenta el primer gran milagro de Jesús: la curación de un leproso. El texto sólo se comprende a fondo teniendo en cuenta los casos parecidos, y muy distintos, de Moisés y Eliseo.

La lepra en el antiguo Israel: diagnóstico y exclusión

«La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta el año 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra “lepra” a otras enfermedades, por ejemplo a enferme­dades psicógenas de la piel» (J. Jeremias, Teología del AT, 115, nota 36).

En Levítico 13 se tratan las diversas enfermedades de la piel: inflama­ciones, erupciones, manchas, afección cutánea, úlcera, quemadu­ras, afecciones en la cabeza o la barba (sarna), leucodermia, alopecia. Se examinan los diversos casos, y el sacerdote decidirá si la persona es pura o impura (caso curable o incurable). De ese capítulo está tomado el breve fragmento de la primera lectura de este domingo:

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

̶  Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca una llaga como de lepra, será llevado ante el sacerdote Aarón, o ante uno de sus hijos sacerdotes. Se trata de un leproso: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es Impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

 Dos casos de lepra: impotencia de Moisés, poder sin compasión de Eliseo

 El milagro de curar a un leproso sólo se cuenta en el AT de Moisés (Números 12,10ss) y de Eliseo (2 Reyes 5). Es interesante recordar estos relatos para compararlos con el de Marcos.

 Impotencia de Moisés

 María y Aarón murmuran de Moisés, no se sabe exactamente por qué motivo. En cualquier hipótesis, Dios castiga a María (no a Aarón, cosa que indigna a las feministas, con razón). «Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida como nieve». Aarón se da cuenta e intercede por ella ante Moisés. Pero Moisés no puede curarla. Sólo puede pedirle a Dios: «Por favor, cúrala». El Señor accede, con la condición de que permanezca siete días fuera del campamento (Números 12).

 El poder sin compasión de Eliseo

 El caso de Eliseo es más entretenido y dramático (2 Reyes 5). Naamán, un alto dignatario sirio, contrae la lepra, y una esclava israelita le aconseja que vaya a visitar al profeta Eliseo. Naamán realiza el viaje, esperando que Eliseo salga a su encuentro, toque la parte enferma y lo cure. Pero Eliseo no se molesta en salir a saludarlo. Le envía un criado con la orden de lavarse siete veces en el Jordán. Naamán se indigna, pero sus criados lo convencen: obedece al profeta y se cura. A diferencia de Moisés, Eliseo puede curar, aunque sea con una receta mágica, pero no muestra la menor compasión por el enfermo.

 Jesús: poder y compasión (Mc 1,40-45)

 En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: 

̶ Si quieres, puedes limpiarme.

Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: 

̶ Quiero: queda limpio.

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.  Él lo despidió, encargándole severamente: 

̶ No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio.

Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

 El relato de Marcos consta de seis elementos: petición del leproso; reacción de Jesús; resultado; advertencia; reacción del curado; consecuencias.

Petición del leproso. Tres detalles son importantes en la actitud del leproso: 1) no se atiene a la ley que le prohíbe acercarse a otras personas; 2) se arrodilla ante Jesús, en señal de profundo respeto; 3) confía plenamente en su poder; todo depende de que le parezca bien, no de que pueda.

Reacción de Jesús y resultado. Podía haber respondido a la petición del leproso con las simples palabras: «Quiero, queda limpio». Con ello, a diferencia de Moisés y de Eliseo, habría demostrado su poder: no necesita pedir la inter­vención de Dios, ni recurrir a remedios casi mágicos. Sin embargo, antes de demostrar su poder muestra su compasión. Marcos habla de lo que siente («compadecido») y de lo que hace («extendió la mano y lo tocó»). Es lo que esperaba el sirio Naamán que hiciera Eliseo: tocar su parte enferma. Quien tocaba a un leproso quedaba impuro; pero a Jesús no le preocupa este tipo de impureza.

Advertencia. Aparentemente, Jesús da dos órdenes al recién curado: 1) que no se lo diga a nadie; 2) que se presente al sacerdote. La primera (no decirlo a nadie) resulta extraña, porque Jesús no pretende pasar desapercibido. Es probable que las dos órdenes estén relacionadas entre sí, formando una sola: «no te entre­tengas en decírselo a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». ¿Qué había ordenado Moisés? Según el Levítico, el curado debe ofrecer: dos aves puras (se suponen tórtolas o pichones), dos corderos sin defecto, una cordera añal sin defecto, doce litros de flor de harina amasada con aceite y un cuarto de litro de aceite. Con todo ello el sacerdote realiza un complejo ritual que dura ocho días. Además, el curado deberá afeitarse completamente el primer día y raparse de nuevo el octavo.

Las palabras finales de Jesús parecen tener un tinte polémico: «para que les conste». Se pasa del singular (el sacerdote) al plural (les conste), como si Jesús pensase en todos sus adversa­rios que no lo aceptan.

Reacción del curado. No obedece a ninguna de las dos órdenes de Jesús. Ni se calla ni acude al sacerdote. Según la traducción litúrgica, «empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho». El texto griego resulta más ambiguo. Se podría traducir también: «Empezó a predicar mucho y a divulgar la palabra». Como si el leproso curado, en vez de atenerse a lo mandado por Moisés prefiriese convertirse en un misionero cristiano. Aunque esta propuesta resulte sugerente, no encaja bien con lo que sigue.

Consecuencias. Jesús no puede entrar abiertamente en ningún pueblo. Debe permanecer en descampado, y aun así acuden a él. ¿Por qué esta reacción suya? Sabiendo lo que cuenta Marcos más tarde, la respuesta sería: para no verse agobiado por la multitud de gente que acude a él.

 Una lectura simbólica: el leproso es cada uno de nosotros

 Los relatos evangélicos tienen siempre una gran carga simbólica. Quieren que nos identifiquemos con la situación que narran. En este caso, con el leproso. Todos llevamos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarlo, escondiendo la cabeza bajo tierra, como el avestruz. O podemos reconocerlo, y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que «si quieres, puedes limpiarme». Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

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Domingo VI del Tiempo Ordinario. 14 de febrero, 2021

Domingo, 14 de febrero de 2021

d6

“Encolerizado (Jesús se enfada), extendió la mano y lo tocó diciendo: -Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio.”

(Mc 1, 40-45)

Muchas traducciones dicen que Jesús sintió lástima o se compadeció del leproso cuando le dijo  «si quieres puedes sanarme», pero quienes entienden de Biblia, y traducciones como la de la Biblia de Jerusalén, aseguran que los textos originales dicen que Jesús se “encolerizó”: “encolerizado, extendió su mano le tocó y le dijo: quiero, queda limpio”.

Jesús no se enfada muchas veces, al menos no nos lo cuentan los evangelios, pero hay por lo menos tres momentos en los que se dice o se muestra que Jesús se ha enfadado: este fragmento con el leproso, con los fariseos por lo que piensan en su interior, y con los mercaderes en el Templo.

Por más que nos choque y que tratemos de maquillarlo, Jesús se enfadaba.

Pero, ¿por qué se enfada con este pobre leproso que le pide que lo sane? No parece muy en la línea de Jesús esto de enfadarse en lugar de “compadecerse” ante la enfermedad.

Bien, según quienes estudian la Biblia, lo que enfada a Jesús hasta el punto de encolerizarse es que le busquemos solo para quedar libres de una enfermedad. Le enfada que no queramos conectar con la hondura de su mensaje, de su Buena Noticia.

Jesús no quiere sanar por sanar. No vino a librarnos de la enfermedad. Tampoco del sufrimiento. Jesús no es un “solucionador de problemas”. Dios tampoco.

Jesús vino a mostrarnos quién es Dios. Ese es su mensaje. Ese es el sentido de su vida y también el motivo de su muerte violenta en una cruz.

Marcos, en su evangelio, nos dice que Jesús nos manifiesta quién es Dios cuando se deja clavar en la Cruz. Dios es el que escoge el último lugar, el que nadie quiere. Y para llegar al Dios de Jesús no hay más camino que ocupar el lugar de las últimas de nuestra sociedad, de nuestro mundo.

No se trata tanto de ir a ayudar a quienes lo pasan mal, se trata de ser una más, de ocupar su lugar para que esa persona pueda ocupar el nuestro.

Algo similar a lo que hacían los frailes trinitarios en los orígenes de la Orden, quedarse en el lugar de los cautivos.

Oración

No permitas, Trinidad Santa, que te busquemos solo para liberarnos de nuestras ataduras personales. Haznos comprender el camino exigente de tu evangelio. Amén.

 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La relación profundamente humana de Jesús liberaba.

Domingo, 14 de febrero de 2021

jesus-heals-leperMc 1, 40-45

Seguimos en el primer capítulo de Marcos. Después de un enunciado general, que resume su habitual manera de actuar, (fue predicando por las sinagogas y expulsando demonios), nos narra la curación de un leproso. El leproso no tiene nombre. Tampoco se habla de tiempo y lugar determinados. Se trata de una generalización de la manera de actuar de Jesús con los oprimidos. Se advierte una falta total de lógica narrativa. Apenas ha pasado un día de la predicación de Jesús y ya le conocen hasta los leprosos que vivían en total aislamiento.

La primera lectura es suficientemente expresiva. La lepra era el motivo más radical de marginación. Lo que se entendía por lepra en la antigüedad no coincide con lo que es hoy esa enfermedad concreta. Más bien se llamaba lepra a toda enfermedad de la piel que se presentara con un aspecto más o menos repugnante. Tanto la lepra como las normas sobre la enfermedad no son originales del judaísmo. Esas normas nos parecen hoy inhumanas, pero no tenía otra manera de defenderse de una enfermedad que podía causar estragos.

Se acercó, suplicándole: Si quieres puedes limpiarme. Esta actitud indica a la vez valentía, porque se atreve a trasgredir la Ley, pero también el temor a ser rechazado, precisamente por eso. Se puede descubrir una complicidad entre el leproso y Jesús. Los dos van más allá de la Ley. La liberación solo es posible a través de una relación profundamente humana. Si no salimos de la trampa de un poder divino para hacer milagros, nunca entenderemos el verdadero mensaje del evangelio. Jesús libera, humaniza porque trata humanamente a los demás. De ese modo les devuelve la capacidad de ser humanos.

Sintiendo lástima. La devaluación del significado de la palabra “amor” nos obliga a buscar un concepto más adecuado para expresar esa realidad. En el NT, ‘compasivo’ se dice solo de Dios y de Jesús. La acción de Dios manifestada a través de los sentimientos humanos. La compasión era ya una de las cualidades de Dios en el AT. Jesús la hace suya en toda su trayectoria. Es una demostración de que para llegar a lo divino no hay que destruir lo humano. La compasión es la forma más humana de manifestar el amor.

Le tocó. El significado del verbo griego aptw no es en primer lugar tocar, sino sujetar, atar, enlazar. Este significado nos acerca más a la manera de actuar de Jesús. Quiere decir que no solo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo. Había que traducirlo por ‘le dio un apretón de manos’ o le abrazó. Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir de la lepra, podemos comprender el profundo significado del gesto, suficiente, por sí mismo, para hacer patente la actitud vital de Jesús. No solo está por encima de la Ley, sino que asume el riesgo de contraer la lepra.

Quiero… La simplicidad del diálogo esconde una riqueza de significados: Confianza total del leproso, y respuesta que no defrauda. No le pide que le cure, sino que le limpie. Por tres veces se repite el verbo kadarizw limpiar, verbo que significa también liberar. Nos está lanzando más allá de una simple curación. No solo desaparece la enfermedad, sino que le restituye en su plena condición humana: Le devuelve su condición social, y su integración religiosa. Vuelve a sentir la amistad de Dios, que era el valor supremo para todo buen judío.

Lo echó fuera… y cuando salió… La segunda parte del relato es de una gran importancia. Se supone que estaban en un lugar apartado del pueblo, sin embargo, el texto griego dice literalmente: lo expulsó fuera, y del leproso dice: cuando salió. Una vez más nos está empujando a una comprensión espiritual. Jesús no quiere que continúe junto a él y lo despide inmediatamente; eso sí, con el encargo de no contarlo y de presentarse ante el sacerdote. Una vez más, manifiesta Marcos el peligro de que las acciones de Jesús en favor del marginado fueran mal interpretadas.

¡Qué curioso! Jesús acaba de saltarse la Ley a la torera, pero exige al leproso que cumpla lo mandado por Moisés. Hay que estar muy atento para descubrir el significado. Jesús no está nunca contra la Ley, sino contra las injusticias y tropelías que se cometían en nombre de la Ley. Él mismo tuvo que defenderse: “no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”. Jesús se salta la Ley cuando le impide estar a favor del hombre. Presentarse al sacerdote era el único modo que tenía el leproso de recuperar su estatus social.

El evangelio nos dice que las consecuencias de la proclamación del hecho fueron nefastas para Jesús. Si había tocado a un leproso, él mismo se había convertido en apestado. Y no podía ya entrar abiertamente en ningún pueblo. Las consecuencias de la divulgación del hecho podían también ser nefastas para el leproso. Era el sacerdote el único que podía declarar puro al contagiado. Los sacerdotes podían ponerle dificultades si tenían conocimiento de cómo se había producido la curación.

La lepra producía exclusión porque la sociedad era incapaz de protegerse de ella por otros medios. Hoy la sociedad sigue creando marginación por la misma razón, no encuentra los cauces adecuados para superar los peligros que algunas conductas sociales suponen para los instalados. No somos todavía capaces de hacer frente a esos peligros con actitudes humanas. A veces se toman medidas para aliviar la situación de los marginados, pero teniendo mucho cuidado de no cambiar la situación que supondría perder privilegios.

Jesús se pone al servicio del hombre sin condiciones. Lo que tenemos que hacer es servir a los demás como hace Jesús. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley humana o divina. Jesús se salta a la torera la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley, que el acercamiento al marginado.

No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu, que es mucho más dañina que la del cuerpo. Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios. El evangelio de Jesús es sobre todo buena noticia. El Dios de Jesús es Padre porque es Ágape. De Él, nadie se tiene que sentir apartado. La experiencia de ser aceptado por Dios es el primer paso para no excluir a los demás. Pero si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre. Es lo que hoy seguimos haciendo.

Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor, la libertad, la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Este paso tendríamos que dar si de verdad somos cristianos. Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos! Tratar a todos con humanidad sería el primer paso para integrarlos en una sociedad más justa.

Meditación

Si quieres puedes descubrir que estás limpio.
Estás capacitado para el don de ti mismo.
El otro hace saltar en ti la chispa de lo eterno.
Solo el otro puede completar tu absoluto.
Supera tu egoísmo
y encontrarás la esencia de lo humano.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Encontrar a Jesús.

Domingo, 14 de febrero de 2021

1_saludoLa alegría es la flor de la salud. (Proverbio)

14 de febrero. DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO

Mc 1, 40-45 “Se le acercó un leproso y, arrodillándose, le suplicó: Si quieres, puedes limpiarme”

Un leproso que, saltándose las leyes se acercó a Jesús y le suplicó que lo curara. Y Jesús lo hizo tocándole la cabeza. Una caricia brotada de la ternura de su corazón, loco de amor por los hombres.

Encontrar y seguir a Jesús significa adherirse a él en la fe, prolongar su obra, su misión.

Podemos considerar rasgos más destacados de este relato de Marcos los siguientes:

a) La fecundidad del testimonio: el enfermo recién curado empezó a divulgar el hecho y su fama se extendió hasta tal punto que Jesús ya no podía entrar en ningún pueblo. Esta fe en Jesús se contagia, no puede encerrarse ni confinarse.

b) El gozo ante el descubrimiento de Jesús como Mesías: este clima de alegría, que llena el corazón de los discípulos, se manifiesta en la reiterada mención del típico verbo griego “eurekamen”: ¡lo hemos encontrado!

La alegría es una cualidad de todas las personas que desean vivir la vida en positivo, como podemos constatar tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo:

“Porque el Señor tu Dios está en medio de ti
como guerrero victorioso. Se deleitará en ti con gozo,
te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos”
(Sofonías 3, 17)

“Este es el día en que el Señor actuó; regocijémonos y alegrémonos en él” (Salmo 18, 24)

“Os he dicho esto para que participéis de mi alegría y vuestra alegría se colmada” (Juan 15, 11)

“Tened siempre la alegría del Señor; lo repito, estad alegres” (Filipenses 4, 4)

Beethoven, lo cantó de esta manera en la Novena sinfonía: “¡Alegría, hermoso destello de los dioses, hija del Elíseo; ebrio de entusiasmo entramos, diosa celestial, en un santuario!”.

En la mitología griega, Εὐφροσύνη, Eufrósine (en griego ‘júbilo’, alegría’) era una de las tres Cárites, hija de Zeus y de Eurínome.

Poema de Alejandra Rivas (poematrix.com)

Encontrarse es vivir nuevamente esa experiencia
en la que en que tú, solo tú, has florecido.

Navegar por metas a punto de cumplir
pero seguir esperando aquello que te hace
ser quien eres.

Sus sonrisas son como el cielo,
que te dicen cuando debes de descansar
y cuando debes seguir adelante.

El suspiro de un nuevo día es gozar de
una nueva oportunidad para vivir juntos en familia
y no perder esa esperanza que brota por
miles de heridas.

Encontrarse con un amigo no se compara
a tenerlo siempre cerca, desde que te vieron nacer.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Rehabilitar la compasión.

Domingo, 14 de febrero de 2021

5df7Optimized-leproso336xcDOMINGO 14 de febrero

Mc 1,40-45

En tiempos de pandemia y distancia social, recuperar la compasión y la projimidad se hace imprescindible en nuestras sociedades para no dejar de ser humanos. Pero también es necesario liberarla del marco en que ha sido secuestrada y desvirtuada. El Evangelio de este domingo nos ofrece pistas para ello.

La compasión vivida al modo de Jesús nunca naturaliza la injusticia ni el sufrimiento ajeno, especialmente el de las personas más excluidas, como sucede en la situación del leproso. Nace siempre de la proximidad y la cercanía, del cuerpo a cuerpo con el otro. Es una reacción ante el sufrimiento ajeno interiorizado, que llega hasta las entrañas y el corazón propio y mueve a actuar, a ponerse en la situación de quien sufre, a acompañar ese sufrimiento e incidir en las causas para evitarlo. En consecuencia, la compasión no tiene sólo una incidencia interpersonal, sino que tiene repercusiones comunitarias y sociales. Alude siempre a una dimensión práxica. Si carece de ella se convierte en “lastima”.  La lástima es la domesticación de la compasión, se alimenta del dolor del otro para realizarse y termina por generar servilismo o dependencia. El centro es el yo y no el otro. La compasión, sin embargo, se apoya en gestos y no en discursos y su centro es siempre el otro, nunca la autosatisfacción ni la autocomplacencia.

Adentrarnos en el Evangelio de Marcos es hacerlo en un itinerario compasivo donde los relatos de sanación resultan sumamente significativos y en el que las manos, el sentido del tacto, ocupan un papel fundamental. Los verbos poner sobre, tocar, extender se repiten en ellos para significar la acción liberadora de Jesús al entrar en contacto con los cuerpos considerados malditos, impuros, “indignos de Dios” en Israel. Las manos de Jesús son fuente de conocimiento y reconocimiento. Jesús al tocar sana, libera, “empodera”. En sus relaciones y trato humanizador con los más excluidos y excluidas les confirma como imagen y semejanza del Creador. Las manos de Jesús se abren en gesto de comunión y reconciliación y la impureza queda invalidada en su poder de contagio. El tacto de Jesús les hace recuperar su identidad negada, hace de ellos criaturas nuevas. Su modo de tocar la vida y relacionarse con las personas revela la compasión y la ternura de un Dios que invita no a cumplir preceptos sino a humanizar la vida desde los últimos y últimas. De esta experiencia brota el agradecimiento y el anuncio.

En tiempos en los que el contacto humano queda o limitado a grupos burbujas con distancia social y mascarilla ¿Cómo rehabilitar la compasión y no olvidar que el autocuidado cristiano va de la mano del cuidado de los últimos y últimas?

Pepa Torres

Fuente Fe Adulta

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Compasión

Domingo, 14 de febrero de 2021

compasion-en-guerra-coreaDomingo VI del Tiempo Ordinario

14 febrero 2021

Mc 1, 40-45

No nos resulta fácil imaginar la carga de sufrimiento y de marginación que conllevaba la enfermedad de la lepra en la Palestina del siglo I. Aun sin ser excesivamente grave en algunas ocasiones –se consideraban como “lepra” diferentes tipos de afecciones de la piel–, la persona que la padecía había de cargar, no solo con el peso de la enfermedad, la vulnerabilidad y el miedo que se derivaban de ella, sino con el estigma de ser considerada “pecadora” y con la losa del rechazo, que se concretaba en una severa norma de marginación social. Todo ello hacía que el leproso fuera visto como un apestado en todas las dimensiones (física, social y religiosa).

   Se comprende bien que quien padecía la lepra ansiara, por encima de todo, “quedar limpio”. Y esa es la petición con que el leproso del relato se acerca a Jesús.

  El primer sentimiento de este, al verlo, es de compasión. Movido por él, viola la ley que prohibía acercarse y, mucho más, tocar al leproso. Y muestra así –en una lectura simbólica del relato– que es la compasión y no la norma la que sana a las personas.

    La compasión constituye un rasgo nuclear de Jesús y uno de los ejes del evangelio. En realidad, todas las grandes tradiciones espirituales la han reconocido como el test que verifica la autenticidad del camino espiritual.

   No se trata de un mero sentimiento superficial, equiparable a la lástima que se produce en nuestra sensibilidad ante el dolor. Es algo infinitamente más profundo: una conmoción interior que nos hace vibrar con la persona que sufre (com-pasión significa literalmente sufrir-con, tanto en latín: cum-passio, como en griego: sym-pátheia, término elocuente que evoca actitudes de simpatía y de empatía), ponernos en su piel, sentir-con ella, y nos moviliza a una acción eficaz de ayuda.

    Para tratar de entender la empatía y la compasión, los neurocientíficos aluden a las neuronas-espejo o neuronas especulares, presentes también en el cerebro de diversas especies de animales. Sin embargo, la raíz última de la compasión se halla en la comprensión. Al comprender que el otro es no-otro de mí, se activa el movimiento que me lleva a tratarlo como desearía yo mismo ser tratado.

   Es precisamente esta raíz la que hace de la compasión una actitud profunda y sabia, porque nos sitúa en nuestra verdad última, en la consciencia de unidad. No es extraño, por tanto, que la práctica de la compasión sea un camino eficaz para superar o transcender la consciencia de separatividad.

   La compasión –como vemos en el relato que comento– libera a la persona de lo que creía “suciedad”, la rescata de la marginación y del aislamiento y favorece su puesta en pie y su integración.

   Ahora bien, dada nuestra constitución, para que fluya fácilmente, la compasión requiere la práctica de la auto-compasión. Es prácticamente imposible vivir la compasión mientras se está instalado en el auto-reproche, la culpa o, simplemente, la indiferencia o lejanía afectiva hacia sí mismo. Se hace necesario cultivar la acogida amorosa de sí, desde la humildad, para que la acogida se expanda y abrace a todos los seres.

  La comprensión de lo que somos nos conduce a escuchar la acción que nace en nuestro interior, una acción marcada por el deseo de bien para todos y por la gratuidad; una acción que nos ancla en nuestro centro, porque es de él de donde nace. Porque, paradójicamente, cuando más estamos en nuestro centro más desegocentrados vivimos.

¿Cómo es en mí la compasión?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Los contagiados en la pandemia ¿no serán los marginados-leprosos de nuestro tiempo?

Domingo, 14 de febrero de 2021

28c3Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01    Lepras en la vida.

Lepros en griego significa: escamoso, aquello que se “despelleja”, que se “cae” de la piel…

La lepra -estas dolencias de la piel y otras muchas- eran y son enfermedades que causan una cierta repugnancia. Esta es la razón por la que a estos enfermos se les excluía de la convivencia: familia y pueblo. Es el caso de Job:

Satán salió de la presencia de Yahveh, e hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Job tomó una tejoleta para rascarse, y fue a sentarse entre la basura (fuera de la ciudad). (Jb 2,7-8)

Los leprosos son “basura”: ¡impuro, impuro! y los marginamos.

En los evangelios, leprosos son enfermos que quedan marginados: el leproso vivirá sólo y tendrá su morada fuera del campamento, lejos de la convivencia…(Lev 13).

En tiempos de Jesús, y ahora, hay muchos leprosos, muchos marginados. Todos los sistemas de poder producen marginados:

  •  El poder económico televisa el hambre y el paro y le llama libertad de expresión.
  •  Un sistema económico basado en valores exclusivos de producción y consumo crea marginación: quien no produce y no puede consumir, es colocado al margen de los bienes de la sociedad.
  •  Los poderes políticos expulsan al que no es de su ideología, lo relegan y maldicen antes con antes.
  •  Marginaciones raciales: las pateras son simplemente pequeños cruceros clandestinos.
  •  Hay algún obispo de corte lefebvriano que sostiene que lo de Auschwitz no fue un holocausto (shoa), sino una granja en la que los granjeros vestían “pijama de rayas”.
  •  Hay marginaciones eclesiásticas. Las tradiciones eclesiales nos despreciamos unas a otras.

Quien tiene poder en la Iglesia margina otras líneas y corrientes. Lo hemos vivido y lo estamos viviendo en algunas diócesis españolas en estos últimos 30 / 40 años. Hay obispos que marginan y ningunean a sacerdotes y laicos por el delito de no ser del pensamiento de quien ostenta la mitra.

La mujer claramente está marginada en la iglesia, a pesar de Jesús que tenían discípulas y a pesar de los esfuerzos del papa Francisco que trata de integrar a la mujer en la vida eclesial.

  •  Es cierto que hemos de guardar las medidas higiénicas y sanitarias en esta pandemia. Pero los que están en las UCI, ¿no están también marginados?

También tenemos nuestras propias “lepras”, diablos y suciedades personales.

  1.   Si quieres puedes limpiarme.

         Aquel leproso -y tal vez también nosotros- podemos tener la sensación de que las marginaciones o nuestra propia lepra no tiene remedio en “Israel”: en el sistema eclesiástico. Según lo que se enseña en la “sinagoga” y en la iglesia, este leproso cree estar excluido del acceso al Reino de Dios.

Jesús realiza curaciones de este tipo con alguna frecuencia.

En este caso es curioso observar que el leproso no duda en acercarse a Jesús. El leproso no podía, no debía acercarse a la sociedad, ni a Jesús.

Pero se acercó. Cuando estamos enfermos, marginados, abatidos, etc. buscamos una salida, una solución.

Zaqueo se sube a un árbol, (Lc 19).

La hemorroísa toca Jesús, (Mt 9).

Magdalena le unge los pies al Señor (Mt 26).

El centurión romano reconoce que es indigno de que Jesús vaya a su casa, al menos di una Palabra y su criado quedará curado (Mt 8). Aquel hombre que tenía un hijo epiléptico (Mt 17) también se acerca a Jesús.

Un escriba que empieza a ver quién pueda ser Jesús se acerca a Él para cuál es la salida a la vida, (Mc 12).

         Siempre nos acercamos a aquella persona o institución o realidad de la que esperamos una vida plena, la sanación, etc. Es importante no equivocarnos. En la vida nos podemos acercar a una ideología que nos solucione la vida, a veces buscamos “enchufes o amistades” que nos resuelvan tal papeleta, etc. Si soy amigo de tal persona obtendré un buen puesto de trabajo, un cargo, tendré brillo social.

         Quizás como la hemorroísa podemos perder el dinero, el tiempo y la salud andando de la zeca a la meca buscando una persona influyente.

Aquel leproso fue un hombre valiente al acercarse a Jesús. Primero reconoció su propia necesidad. Después se saltó las barreras legales del protocolo y de la vida social: no podía acercarse a la gente normal.

La estupidez social, los prejuicios, el partido político, nos impiden acercarnos a la verdad, (la verdad es lo que dice mi ideología), nos impiden acercarnos a Cristo o a la Verdad acercarnos al pensamiento, a la filosofía, a la fe.

         Aquel leproso “se pasó unos cuantos pueblos” y se acercó a Jesús.

  1. Jesús se conmovió, sintió lástima, tuvo misericordia.

         Jesús no funciona con el Derecho canónico bajo el brazo, ni tan siquiera con el catecismo, Jesús funciona con misericordia: sintió lástima

         La misericordia es la actitud de Jesús. ¡Cuántas veces aparece en los evangelios que: “Jesús se compadeció”!

Bienaventurados los que tienen misericordia, (Mt 5,7).

Jesús siente compasión de la multitud. (Mt 9,36; 14,14; 15,32).

Dejaos de tanto rito y liturgias celestiales: misericordia quiero y no sacrificios, (Mt 9,13).

Jesús se conmovió ante dos ciegos y les curó, (Mt 20,34)

Los fariseos y los canonistas andan siempre entre leyes y se les ha olvidado la ley más importante: la misericordia, la justicia y la fidelidad (Mt 23,23).

La misericordia de Dios es entrañable (Lc 1).

Jesús siente pena por aquella madre que acompaña a enterrar el cadáver de su hijo, y le devuelve a la vida. (Lc 7,13).

El padre del hijo pródigo, cuando le ve volver a casa: se conmovió. (Lc 15,23).

El buen samaritano es puesto como modelo porque tuvo misericordia. (Mc 10,33).

         La misericordia es el centro, el eje de JesuCristo y del Dios de JesuCristo. Lo característico de nuestro Dios es la misericordia, la bondad, sentir compasión.

El Dios de determinadas situaciones eclesiásticas puede que sea bueno, pero no tiene por qué serlo. Lo característico de muchos momentos eclesiásticos, de algunas etapas de espiritualidad es que Dios sea justo, estricto y “no deja pasar una”.

         Lo de Jesús es otro asunto. A Jesús le preocupa poco la sinagoga y el Levítico. Lo de Jesús no es la perfección teológica en la mano derecha y la excomunión preparada en la izquierda, lo de Jesús no es lo puro y lo impuro, la ley, el ayuno, el legalismo de ningún tipo.

Cuando Jesús se acerca al ser humano, primero -y únicamente- se acerca, siente bondad, misericordia, lástima. Jesús no le pide a nadie el DNI, ni la partida de bautismo, ni su condición moral, ni de dónde es, Jesús no le pregunta a nadie si va a misa o la sinagoga. Este es el centro: Jesús siente compasión y bondad.

El “gran defecto” de Jesús es ser bueno. La misericordia es una actitud espléndida, que nos hace bien a todos.

Hay personas que se acercan -o nos acercamos- a la realidad con la mentalidad de: cómo ordeno y regulo esto, cómo lo domino, vamos a ver si estos inmigrantes se integran en mi sistema, etc.

  1. Dos conclusiones.

         Primera conclusión: Seamos conscientes de si nuestro cristianismo es de misericordia. ¿El Dios en el que creo a través de Jesús es de misericordia? Quizás la crisis ya excesivamente larga no es de fe, incluso ni de esperanza, sino de bondad.

Tiene que haber una teología (reflexión), un cierto ordenamiento de la vida, unas celebraciones dignas. Pero lo fundamental del cristianismo es la misericordia, tener experiencia de que Dios es bueno.

Cuando la ley, el derecho canónico, la milimétrica exactitud dogmática o la perfección coreográfico-litúrgica se ponen por delante o por encima o sustituyen a la misericordia, hemos falseado de raíz el cristianismo.

Segunda conclusión: ser cristiano es vivir con gozo tal bondad y misericordia del Señor.

Lo de Jesús está en Aterpe y en los comedores de los pobres, en la ayuda a los inmigrantes, y a los que duermen en los “cartones” en algún cajero automático, en los que trabajan contra el paro, en los que acompañan y consuelan a los enfermos y ancianos, en ayudar a quien está pasándolo mal, en dar limosna en la medida en que nos sea posible, en saber escuchar. etc…

En la vida pública, en la calle, la bondad se muestra cuando tratamos bien a las personas, con respeto y atención. Quizás podamos hacer poco, pero hagámoslo con dignidad, con afecto. Hacer el bien, hace bien a todos.

Quiero: queda limpio.” La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Un viejo documento cristiano (apócrifo), el papiro Egerton, recoge allá por el siglo II una oración que pone en boca del leproso cuando se encuentra con a Jesús. Podemos terminar la palabra de hoy rezando esta oración:

Maestro Jesús, tú que andas con los leprosos y comes con ellos en su casa: yo también me he puesto leproso; si tú quieres, me volveré a poner puro.

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