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Misterios de Navidad, Encarnación de Dios (María de la Carne 2)

Domingo, 5 de enero de 2020

D9E3E705-FFB2-4F6C-9F10-4E48831F2DECDel blog de Xabier Pikaza:

Navidad, historia de De Dios

Concebido por el Espíritu Santo, Dios en la historia

Presenté el otro día (31, 12.19) una reflexión sobre la “maternidad carnal” de María (y de José) en el contexto de la “encarnación de Dios”. Hoy, ante el segundo domingo de la Navidad (5.1.20) sigodesarrollando ese tema y lo hago en dos partes complementarias.

1 Primero presento de forma esquemática seis misterios del nacimiento y seis de la vida oculta de Jesús, tal como los he desarrollado  en Biblia-Ciudad,  como “misterios” gozosos del gran “rosario” divino de la vida humana

2 Después reflexiono el misterio-base de la humanidad de Dios, encarnado por el Espíritu Santo… insistiendo en el principio básico de la divinización de los hombres y mujeres, que nacemos de Dios, somos sus hijos, insertos como estamos en su Navidad, que es el principio y sentido de nuestro nacimiento y vida humana.

1.  Seis misterio del Nacimiento de Jesús, con  Mt 1-2 y Lc 1-2 

 FF7A0A70-14CA-4390-9906-A728FEEAD64D Jesús nació en torno al 6 aC, pues los cálculos de un monje de Escitia (en la actual Rumanía), llamado Dionisio el Exiguo (a principios del VI dC), para datar el año del nacimiento de Jesús (que han fundado la “cronología” cristiana, ahora casi universal), están equivocados. Jesús no nació el año cero/uno d.C., sino en torno al 6 aC.Marcos no habla de ese nacimiento, empieza con bautismo de Jesús; el Evangelio de Juan se remonta a la generación eterna del Verbo-Hijo de Dios, no a su origen humano. Pero Mateo 1-2 y Lucas 1-2 han tratado, de formas diversas y complementarias, de ese nacimiento, en el que se pueden distinguir seis misterios: 

1. Anunciación (Lc 1, 26-38; Mt 1, 18-25)

 Como en el nacimiento de las grandes figuras del AT (Samuel, Sansón) y de Juan Bautista (Lc 1, 6-25), el ángel de Dios anuncia a María (Lc 1, 26-38) o a José (Mt 1, 18-25) la concepción divina de un hijo (por obra del Espíritu Santo), que se llamará Jesús, y será salvador de los hombres. Este anuncio ha marcado el comienzo de la experiencia y salvación cristiana.

2. Visitación (Lc 1, 39-56)

 Lc 1 ha vinculado las  anunciaciones y nacimientos de Juan Bautista y Jesús, creando un paralelo  entre ambos. En ese contexto introduce la visitación (1, 39-56), situando en el comienzo de la salvación a dos mujeres y madres: (a) Isabel que es el signo del AT; (b) María que es la Madre del Señor mesiánico (1, 43), que será muy importante en el culto de la Iglesia.

 3. Nacimiento (Lc 2, 1-21; Mt 2, 1-2)

 En Belén, ciudad de David, cumpliendo así las promesas. Mateo supone que sus padres vivían allí; Lucas afirma que fueron desde Nazaret para empadronarse, según ley romana.  Desde ese fondo, Lucas presenta el nacimiento de Jesús como “evangelio” (buena noticia) en la línea de los relatos romanos en los que se anunciaba el nacimiento del emperador

 4. Presentación (Lc 2, 22-35)

 Lucas ha puesto de relieve la importancia del templo de Jerusalén donde Jesús fue ofrecido ante el Dios de Israel (su Padre), siendo recibido por Ana y Simeón. En este contexto añade que sus padres cumplieron las leyes del AT sobre los hijos primogénitos, destacando la espada de dolor que ha de atravesar el “alma” de María, madre mesiánica.

5. Epifanía

0AF56891-041B-4242-B96C-6920FDCA0711Mt 2, 1-13 destaca la importancia de Belén (ciudad de David), donde vie-nen los “magos” de Oriente a venerar al Rey de los Judíos, que se manifiesta (epifanía) como salvador universal.  Herodes, rey judío impuesto por Roma, quiso matar a Je-sús, a quien sus padres llevan  exilado a Egipto, donde estuvieron los hebreos al principio (cf. 2, 19-23).

6. Matanza de los inocentes

 En el contexto anterior ha introducido Mt 2, 16-18 la historia de los niños de Belén, asesinados por He-rodes, que quiso matar a Jesús (y no pudo). Así ha destacado la tragedia de Israel que, al rechazar a Jesús, se destruye a sí mismo, matando a sus hijos (cf. Ex 11-13). El nacimiento de Jesús se integra así en la historia de muerte de la humanidad.

Textos comparativos. Muchos textos antiguos de tipo mítico/simbólico evocan las “relaciones” entre dioses y mujeres, con el nacimiento de seres divino. Pero los relatos de Mt y Lc no hablan de esas relaciones, sino de la presencia creadora del Espíritu de Dios en la concepción y nacimiento humano de Jesús. En ese contexto se puede citar una tradición antigua de Henoc Eslavo 71, 1- 8, que habla de la generación de Melquisedec (sin origen humano: cf. Hbr 7, 3), y un pasaje de la Crónica Siríaca de Zuqnin, que habla de una estrella que guía a unos magos al lugar donde nace un niño. En perspectiva teórica (teológica), cf. Filón, Cherubim 44-48 y Plutarco, Vida de Numa 4, 3-5.

Contexto temporal, histórico: 

– Año del nacimiento. Tanto Mateo  como Lucas suponen que Jesús nació en tiempo del rey Herodes (que muere el 4 aC, bajo el emperador Autusto de Roma), pero las perspectiva de su relato son diferentes:

– Mt 2,1-23 cuenta el nacimiento y primera infancia de Jesús en un contexto judío, bajo el rey Herodes, que por miedo a Jesús, Rey de los Judíos, hace matar a los niños betlemitas de menos de dos años (2, 16). Desde ese fondo se ha venido suponiendo que Jesús nació dos años antes de la muerte de Herodes, en torno al 6 aC.

– Lc 1, 5 supone que Jesús fue concebido y nación en tiempo de Herodes, rey judío, pero destaca el contexto romano de su origen y de su obras, bajo Cesar Augusto, en el tiempo del censo Cirino (cf. 2, 1-2), dato que ha de tomarse simbólicamente, pues tal censo aconteció en torno al 6 dC, tras la deposición de Arquelao, hijo de Herodes. La relación de Jesús con a Augusto es importante, pues él había establecido una “era de paz” (que a su juicio sería universal), tras suponer que había vencido y sometido a los cántabros y astures de España, en torno al año 24 aC).

Seis misterio de la vida oculta de Jesús: Mt 1-4; Lc 1-4; Jn 1-4

               Los evangelios no describen expresamente la educación/maduración de Jesús, como si no conocieran el tema, o no le dieran importancia, sino que le presentan como ya maduro, anunciando el Reino de Dios en Galilea (Mc 1, 14 par). A pesar de ello ofrecen rasgos importantes para conocer su despliegue mesiánico,suponiendo que él se educó en la “escuela” de una familia piadosa, muy interesada en la esperanza mesiánica de Israel (como indican los nombres de sus hermanos: Mc 6, 3 y la referencia a José en Lc 4, 22). Era posiblemente un “nazoreo” (miembro de una comunidad de judíos observantes). Conocía bien las tradiciones de su pueblo (Moisés y los profetas, las promesas de Dios y la esperanza israelita). Desde ese fondo se entienden los seis misterios siguientes:

1 Marcos y Juan: en familia y pueblo

Jesús discute con escribas (letrados, hombres de escuela) sobre temas de ley, de forma que todos preguntan: ¿cómo sabe leyes si no ha estudiado? (Jn 7, 15). ¿De dónde le viene esta sabiduría? (Mc 6, 2). Esos evangelios suponen que él se ha educado en familia, en la vida misma de su pueblo (es judío galileo). No ha cursado la escuela, pero “sabe” y actúa de un modo eficaz, quizá precisamente por ello (Mc 1, 21-28).

2. Niño en el templo (Lc 2, 41-47)

Suponiendo de algún modo la perspectiva de Mc y Jn, esta historia ejemplar de Lc presenta a Jesús adolescente en el templo de Jerusalén (quizá en la ceremonia del Bar Mitzváh, a los 12 años), donde pregunta y responde a los maestros oficiales de la ley, con gran sabiduría. Una historia semejante  la refiere de sí F. Josefo (Aut II, 8-9), con cierta vanidad; pero Jesús no ha ido al templo,  para quedarse, sino para volver a Nazaret, el pueblo.

 3. Artesano/carpintero (Mc 6,3)

Así le define el evangelio de Marcos, suponiendo que aprendió como tekton, artesano, en las durísimas condiciones laborales de Galilea en el primer tercio del I dC. Mt 13, 5 le llama “hijo del artesano”; Lc y Jn omiten ese dato, quizá porque lo consideran poco digno del Mesías, mostrando precisamente por eso su importancia. El trabajo y contacto con la gente oprimida de Galilea ha sido la escuela de Jesús, más que los libros.

 4. Discípulo del Bautista

Mc 1, 1-7 par afirman que Jesús estuvo con Juan Bautista, profeta apocalíptico cuya doctrina aceptó y siguió por un tiempo. Juan (cf. 1, 1-24; 3, 22-30; 4, 1-2) le presenta no sólo como discípulos, sino como colaborador (e incluso competidor) de Juan Batista, en cuya escuela aprendió y de la que surgió, integrándose así en la tradición viva de la profecía israelita.

5. Voz de Dios: Bautismo

Fue discípulo de Juan y recibió su bautismo (Mc 1, 9 par), pero los evangelios suponen que su educación fundamental vino después (no en el rito del agua), cuando el mismo Dios se le mostró y le reveló que era su Hijo, dándole su Espíritu (Mc 1, 10-11 par). Su verdadero maestro no fue Juan, sino el mismo Dios, como sucedió también con los grandes profetas de Israel.

 6. Nacido de Dios en la eternidad, nacido de la historia de los hombres (Jn 1, 1-14)

   Todos estos pasajes y misterios culminan en el evangelio de este domingo, que trata de la Encarnación de la Palabra de Dios, que ha de entenderse como divinización de los hombres, es decir, de todos los creyentes, que, naciendo del deseo de varón y de la sangre-vida de la mujer nacen/nacemos de Dios,    

Visión de conjunto. Jesús no fue a una escuela oficial (regentada por rabinos), como las que empezaban a surgir entonces. Pero recibió la educación más rica y realista que podía darse en aquel tiempo, pero no en el templo de Jerusalén o en una escuela de rbinos, sino en el mundo del trabajo (era artesano) y en  la tradición profética de Israel, a través de Juan Bautista. Por su propia vida, y no por libro, Jesús representa (asume) las mejores experiencias de Israel, un pueblo donde cada nuevo ser humano (en especial los primogénitos) estaba llamado a encarnar (cumplir y completar) el largo camino mesiánico del pueblo.  Naciendo así de Israel, como hijo de José y María, Jesús nace de Dios (es la encarnación de su Palabra), de forma que los creyentes, sus hermanos, nacemos con él como Hijo de Dios. 

 Contexto:

– Roma: Augusto es emperador hasta el 14 dC (cuando Jesús tiene 20 años). Le sucede Tiberio (del 14 al 37)

– Galilea. A la muerte de Herodes (4 aC) le sucede su hijo Antipas, como “tetrarca (él se llamará rey), hasta el 39 dC, impulsando una política de concentración económica. Bajo su dominio crecerá  y madurará Jesús.

– Judea. Del 4 aC al 6 dC gobierna Arquelao, hijo de Herodes. Pero Roma le destrona y nombra gobernadores directos (bajo supervisión de Siria): Coponio (6-9), Marco Ambivio (9, 12), Annio Ruvo (12-15), Valerio Grato (15-26) y Poncio Pilato (26-36), que condenará a muerte a Jesús.

– Sincronismo básico. Lo ofrece Lc 3, 1-2: «En el año quince del gobierno de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de las regiones de Iturea y de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abiline; en tiempo de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan hijo de Zacarías, en el desierto». Éste es el año 28/29, pues Tiberio comenzó a reinar el 14 dC).

CONCEBIDOS POR EL ESPÍRITU SANTO. TODOS NACEMOS DE DIOS, SOMOS CON JESÚS NAVIDAD

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Textos de fondo: a) El Espíritu Santo vendrá sobre ti, Dios te cubrirá con su sombra, de forma de forma que el que nacerá sera Hijo de Dios (Palabra del ángel de Dios Dios a María, la madre de Jesús: Lc 1, 26-38). b) No temas en recibir a María, pues lo que ella ha concebido es por Obra del Espíritu Santo (Palabra del ángel de Dios a José, esposo de María: Mt 1, 18-25)

Texto del día: Evangelio del 5 del 1 del 2020: A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 11-14).

Narración de fondo de la Concepción por el Espíritu Santo

El Espíritu Santo que actúa y engendra al Hijo de Dios por María es el mismo Dios providente, que crea y anima (=da vida) a todo lo que existe, introduciéndose de un modo superior en la historia humana, tal como ha venido a centrarse en la concepción y nacimiento de Jesús, por medio de María. De esa manera, pudiendo ser en un plano hijo de María (y de José), el texto dice que Jesús ha sido concebido y ha nacido por medio del Espíritu Santo, siendo así expresión privilegiada del misterio de Dios que se encarna y vive en forma humana.  Jesús nace de María Virgen (con José), naciendo de Dios. En ese contexto, la Iglesia ha destacado la función de la mujer:

María viene a presentarse como signo radical de fe (en sentido receptivo), como Madre virginal (receptiva, pasiva), como expresión del más pleno acogimiento de la gracia y de la acción salvadora de Dios, humanidad (=mujer) que escucha y acoge la Palabra, “en su mente y en su vientre” (seno materno), de forma que Jesús pueda nacer y crecer como Palabra de Dios, en nueva creación, por obra del Espíritu Santo (1).

            Este misterio (motivo) teológico nos sitúa en el centro de la “cooperación” entre el Espíritu santo, como presencia de Dios, y la acción libre de María (mujer creyente, esposa de José, que colabora en todo el proceso de la encarnación de Dios, como israelita fial: Lc 1, 45).

Así decimos que el Dios (Padre) engendra a su Hijo eterno, por obra del Espíritu, en (por) María,la esposa de Jesús. Así lo han contado, en perspectivas diversas, Lc 1-2 y Mt 1-2, autores de la biografía teológica de Jesús desde su nacimiento. No debemos rechazar sus textos, ni sustituirlos por otros, sino leerlos en su novedad radical y en su abismal extrañeza teológica, como expresión del misterio de Dios Padre/madre que engendra a su Hijo dentro de la historia humana. Ellos cuentan lo incontable, narran lo que no puede narrarse: El origen creyente (divino y humano) de Jesús, Hijo de Dios.

D07AE4F3-12EA-43CF-BB3A-3539F27BB1F2 No es que el Espíritu sea hipóstasis o simbolización femenina de Dios, como a veces se ha pensado, ni que se identifique de manera personal con María, como también se ha dicho, sino que entre ambos (Espíritu y María) se ha dado una fuerte vinculación por la Palabra, de manera que ella, María, aparece (al lado de José, su esposo, hijo de David, símbolo del judaísmo nacional) como la mujer donde ha venido a expresarse en plenitud la Palabra del Espíritu, para que así surja el Hijo de Dios sobre la tierra.

Según todo eso, el mensaje de la Concepción por el Espíritu no se sitúa en un plano biológico, sino de teofanía personal de Dios, que se encarna o manifiesta en Jesús de Nazaret, verdadero ser humano, de forma que es  Hijo de Dios, siendo el Hijo de María (la esposa de Jesús). Según eso, él nace, al mismo tiempo, de la Palabra (Espíritu) de Dios y de la historia humana, sin que un nivel o nacimiento sustituya al otro: nace totalmente de Dios y totalmente de lo humano por obra del Espíritu Santo.

    Los textos de la concepción virginal de Jesús no son biografía biológica, pues eso sería banalizarlos, convirtiendo su tema en un simple milagro externo, sino símbolo fundante de la fe, y en esa línea dicen lo esencial sobre el origen de Jesús.No son cristología primitiva que debe ser superada por afirmaciones más hondas; no son mito que debe desmitificarse, para llegar a la verdad existencial, sino narración teológica que siendo plenamente humana (contada desde la perspectiva de José y María) nos sitúan ante el principio de la revelación divina, allí donde, diciéndose a sí mismo, Dios dice (engendra) en la historia a su hijo Jesucristo[2].

Mateo y Lucas acogen y desarrollan de un modo convergente ese motivo de la concepción por el Espíritu, poniendo en el centro de su atención a María, que no es simple mujer bajo la ley, sino llena del Espíritu, siendo así madre del Cristo[3].

Mateo 1, 18‒25.  La tradición antigua, sólo afirmar que la Mujer como tal es Impura, y que el nacimiento de las entrañas de una mujer era impuro. Así lo dice de forma lapidaria Job 14, 1-2 (¿como puede ser puro un hombre que nace de mujer impura?). Así parece suponerlo todavía Gal 4, 4…  Pues bien, en contra de eso, con gran audacia, desde un fondo judeo‒cristiano, Mateo afirma que Jesús no ha sido concebido “según la ley”, sino por obra del Espíritu Santo, como hijo de María, la esposa de José, que cumple su función de padre creyente.

0A884FD9-3D65-4FB2-B529-49A2D4B3C9F8             Dentro de aquello que parecía el camino exclusivamente masculino de la filiación de Abraham y de David (en la línea del AT) el Espíritu de Dios en el matrimonio de José y María,   superando un tipo de paternidad legal (patriarcal), no por un tipo de acción o mérito humano, no por Ley, sino por medio del Espíritu de Dios que se ha introducido y actúa en la generación de Jesús, por medio de una mujer llamada María y de un hombre llamado José (en una línea que, según Mt 1, 22, había sido ya evocada por Is 7, 14).

Por encima de lo que puede esperarse de José, hijo de David (y de Abraham), representante de un mesianismo nacional (plano de carne), aquí se desvela y actúa el Espíritu de Dios, situándonos así ante un nuevo comienzo, en la línea de Is 7, 14: “He aquí que una virgen/muchacha concebirá y dará a luz un hijo…”. Pues bien, en contra del rey rey Acaz (que rechazaba el signo de Dios), José lo acepta, reconociendo al Hijo de María como Hijo de Dios, apareciendo como signo de un judaísmo que debe trascender su plano de ley y separación nacional, reconociendo que Cristo ha nacido por el Espíritu de Dios, dialogando con María[4].

Lucas 1,26‒38: Un diálogo de gracia. Lucas avanza en la línea de Mt 1, 18‒25, pero sin necesidad de justificar frente a la Ley la obra de Dios en María. Según Gal 4, 4, la madre de Jesús pertenecía al plano de la ley; según Mt 1,18‒25, ella aparece en silencio (aunque haya concebido por el Espíritu Santo), de manera que la formulación creyente (salvadora) venía expresada por José, que escucha y obedece al ángel. Pues bien, conforme al nuevo relato de Lucas, María (madre de Jesús) dialoga directamente con Dios, de manera que su palabra de fe-asentimiento (asumida po por José) forma parte de la revelación definitiva de Dios; por eso, la Iglesia ha dicho que la madre no es impura, que el nacer de mujer-María (y de José, el israelita.

María viene a presentarse así como nueva humanidad (Eva) que, en vez de dialogar con la (su) serpiente, rechazando a Dios, acepta la petición de Dios y colabora con él de un modo activo (en gracia y libertad humana, en colaboración con José) para el nacimiento humano del Hijo de Dios. Ella forma parte del despliegue de la revelación bíblica, como auténtico Israel, que acepta la propuesta de Dios y responde con su “fiat” (hágase) al más hondo hacer de Dios. En esa línea, ella no es sólo representante de Israel, sino de la humanidad, que acoge la palabra de Dios y la cumple (la culmina) con su vida, diciendo genoito, fiat, hágase[5].

  Conforme a esa visión, toda la Teología Bíblica Cristiana depende de ese “fiat” (hágase, hagamos) de María acogiendo la Palabra de Dios y respondiendo a ella, de manera que la Biblia no es ya sólo el libro de la Palabra que Dios dirige a los hombres, sino también el libro de la humanidad que escucha y responde a Dios acogiendo su propuesta de encarnación. Teóricamente, las cosas podrían haber sucedido de otra forma; pero de hecho, ellas han sucedido por María, de manera que sin ella no podría haber Biblia cristiana[6].

En esta línea hay que leer el texto de Jn 1, 11-14,  es decir, del evangelio  de este domingo de Navidad, que retoma en otro plano el motivo básico del nacimiento de Jesús… en el contexto universal de la “filiación” divina de todos los creyentes, es decir, de todos los hombres y mujeres que se descubren y aceptan como “hijos de Dios”, todos ellos, lo mismo que Jesús, Hijo de María.

   Ciertamente, en un plano, lo hombres y mujeres nacen, nacemos de unos padres concretos, de eso que Jn 11-13 llama en lenguaje simbólico el deseo de varón y la sangre de mujer… Pero, en otro plano, todos nacen, nacemos del Espíritu Dios, somos palabra de Dios. 

    En ese sentido, los misterios de la Navidad no hablan sólo de Jesús, nacido por amor de Dios, sino que hablan de todos los hombres y mujeres, que nacemos, como Jesús y con Jesús, del amor divino, es decir, “virginalmente”, por obra del Espíritu Santo, naciendo al mismo tiempo de la Carne de la historia.

Estos misterios de la Navidad son una gracia… pero al mismo tiempo son una tarea, la gran tarea de la vida de las mujeres, los hombres y los niños de la Navidad, que somos todos nosotros.

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 Notas

[1]Esta perspectiva del varón como activo y de la mujer como receptiva puede mantenerse en sentido simbólico (siempre que se aplique al fin por igual a varones y mujeres), pues la biología (antropología) actual sabe que la mujer es tan activa o más que el varón en concepción de los hijos. Es muy significativo el hecho de que dos grandes pensadores cristianos del siglo XX (K. Barth, Kirchliche Dogmatik, y R. Girard, Las cosas escondidas desde el comienzo del mundo) hayan querido recuperar desde esa perspectiva el signo del nacimiento virginal de Jesús (concebido sin varón, por el Espíritu Santo). Pero ese signo y argumento no puede ya mantenerse, como mostraré, Dios mediante, en un próximo trabajo de dedicado a Santa María, la Carne de Dios.

[2] En esta línea, la encarnación se entiende como inmersión gratuita y salvadora de Dios (de su Hijo‒Palabra‒Cristo) en la historia de los hombres, para recrearla por dentro. No es la imposición de un ser superior que se esconde en la humanidad, para seguir obrando de forma dominadora en ella, sino presencia humilde del Dios‒carne en la historia de los hombres, a través de su Palabra (y como Palabra). De esa forma se vinculan ambos símbolos: (a) Hijo eterno (preexistente) de Dios. (b) Concebido por el Espíritu Santo.

[3] Mateo desarrolla el tema en un contexto más judío, desde la perspectiva de Herodes, rey de los judíos, y de José, padre “legal” del niño. Lucas pone más de relieve el contexto imperial romano, desde la perspectiva de María, la madre de Jesús. Tanto Mateo como Lucas sostienen que la historia mesiánica de Jesús no empieza con su vida pública (de Mayor), sino en su misma concepción humana. He desarrollado el tema en. Cf. S. Benko, The Virgin Goddess. Studies in the Pagan and Christian Roots of Mariology, Brill, Leiden 1993; R. Brown El nacimiento del Mesías, Cristiandad, Madrid 1982; A. Feuillet, Jésus et sa Mère, Gabalda, Paris 1974; J. C. R. García, Mariología, BAC, Madrid 1995; J. McHugh, La Madre de Jesús en el NT, DDB, Bilbao 1978; E. Neumann, La grande madre, Astrolabio, Roma 1981; X. Pikaza, La Madre de Jesús, Sígueme, Salamanca 1990; Historia de Jesús, Verbo Divino, Estella 2015; L. Pinkus, El mito de María, DDB, Bilbao 1987; I. de la Potterie, María en el misterio de la alianza, BAC, Madrid 1993.

[4] José tiene que pasar del plano patriarcal de Ley donde nos situaba Pablo (nacido de mujer: Gal 4, 4) al plano universal de Gracia, superando el nivel genealógico judío. De esa manera, superando el plano de la cristología pascual de Rom 1, 3‒4 (hijo de Dios por la resurrección), el ángel de Dios revela a José en Mt 1, 18‒25 la más alta cristología natal, pues el nacimiento humano de Jesús viene a presentarse como revelación universal de salvación. En este contexto se sitúa la “conversión de José”, es decir, del patriarcalismo de ley (propio del hijo de David) al universalismo salvador de Jesús, que nace de María, su mujer, por el Espíritu Santo.

[5] El ángel del Señor le dice “el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, lo que nazca de ti será llamado Santo, Hijo de Dios” (Lc 1, 35), y ella responde “fiat” (Lc 1, 38). Esa palabra no nos pone ante una maternidad sacral de tipo cósmico (concepción y alumbramiento divino), sino ante la acción y presencia más alta del Espíritu Santo en María, es decir, ante la Palabra, que ella acoge, siendo así Madre del Hijo de Dios, con José, su esposo, que es también padre humano (y divino) de Jesús.

[6] Según eso, las dos perspectivas (concepción virginal y preexistencia) expresan de formas convergentes una misma experiencia de fondo: Jesús hombre es Palabra de Dios, Revelación suprema. El misterio cristiano no es que Dios tenga un Hijo eterno, sino que ese Hijo, constituido en poder por la resurrección (cf. Rom 1, 3‒4), sea el mismo Jesús, hijo de María (cf. Mc 6, 3), al que Mt 13, 53 llama “el hijo del carpintero” y Jn 6, 42 “el hijo de José”. Los relatos de la concepción virginal mantienen por un lado el origen davídico de Jesús, como ponen indican las genealogías (Mt 1, 2‒17; Lc 3, 23‒38); pero, al mismo tiempo, destacan su origen supra‒davídico (pascual). En otra línea, la designación metronímica de Jesús como “el hijo de María” (Mc 6, 3) ha venido a vincularse a veces con la posibilidad de un nacimiento “irregular” de Jesús, sin que se conozca el nombre de su padre: cf. J. Schaberg, Illegitimacy of Jesus, Ac. Press, Sheffield 1995. Ese origen “irregular” no está demostrado, pero indica que el mesianismo de Jesús no exige un nacimiento “honrado” en un plano de carne

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