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Abdul y los trece encarcelados

Jueves, 8 de diciembre de 2016

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Abdul, José Manuel Pardo y Halil

José Manuel, su profesor: “Lo que te da libertad es la formación”

Halil, su hermano: “Isis come la cabeza con un Corán que no existe”

“¿Mis sueños? Lo primero, una vida con mi familia. Después, como trabajo, actor. Los sueños”

(Lucía López Alonso).- Intentar un retrato de Abdul es quedarse tartamuda. Nacido en Kobani, el pueblo del niño Aylan, Abdul pasó meses encarcelado por el Isis en un colegio, junto a otros adolescentes que, como él, ese día sólo habían ido a hacer un examen. Dice que ellos sólo necesitan 72 horas para convencer a un niño de que se ponga una bomba. Pero leerlo no explica nada de lo que se sabe cuando una se enfrenta a la mirada de Abdul.

Una mirada en la que hay de todo. Dudas, dolor, dulzura. Prometo hacerle preguntas constructivas. Ya demasiados periódicos le han preguntado, en el último mes, por la cárcel y las torturas. Desde el día en que Abdul fue a contar su experiencia a la radio, acompañado por el Padre Ángel. Ese día en que su ONG, Mensajeros de la Paz, y el Tribunal Supremo consiguieron que se le concediera el estatuto de refugiado. El trámite apremiaba: sin ese carnet, en menos de tres meses Abdul se convertiría en mayor de edad. Y su situación sería aún más compleja que la de ahora.

Abdul está esperando que se tramite con éxito su solicitud de reagrupación familiar. Sus padres continúan en Turquía. Siria, su patria, ha desaparecido hasta la mitad.

Desde que llegó a España hace más de un año, ha habido dos personas que le han acompañado en este proceso de ir desde el horror de haber sido des-existenciado a la normalidad de vivir con su hermano y estudiar en el instituto. Halil, su hermano, y José Manuel Pardo, su profesor de teatro. Voy a hablar con los tres, que funcionan como un equipo. En una de las salas de la iglesia de San Antón, de nuevo al amparo del Padre Ángel, están contentos y sobre todo tranquilos.

Abdul, ¿qué esperas del futuro? ¿Qué quieres ser de mayor y dónde te gustaría serlo?

Desde siempre, creo, que ser actor. Pero lo primero, una vida con mi familia. Después, como trabajo, actor. Los sueños.

¿Es un sueño?

Son dos. Y están cerca.

Mirando al pasado, por hacer lo contrario, de todas tus experiencias desde que eras ese chico de 15 años, ¿cuál es la que no borrarías?

Cuando salí de la cárcel, y la vi por primera vez. A mi madre. No lo olvido.

José Manuel: Abdul ha sido protagonista, en tu clase de teatro, de la obra Los Miserables. Es casi una ironía, protagonista de Los Miserables… ¿Qué papel le deseas a partir de ahora en la vida?

Es verdad, fue el protagonista… Le deseo el que está por escribir. Hay una historia muy grande por escribir, a partir de aquí. Me gustaría que en la película de Abdul todo fuera felicidad. Siempre lo decimos: la realidad supera a la ficción y ahora su felicidad nos importa a muchos. Que empiece a escribir un guión bello con su vida; que efectivamente pueda conseguir que su familia esté aquí. Que, si él quiere ser actor, se forme. Él sabe que me tiene a su lado pero que no voy a permitirle intrusismo. Que no voy a permitir que no sea un buen actor. Porque eso, además, dura muy poco tiempo. A través de la fama no siempre se consigue respeto. Lo que te da libertad es la formación.

Apoyaré la decisión de Abdul siempre, pero nada será gratuito. Tendrá que trabajar. Tendrá que estudiar como hemos hecho todos, los años que corresponde. En una profesión como ésta, no se regala absolutamente nada, como en ninguna.

padre-angel-y-abdulPero Abdul no ha sido de esos a los que les tenemos rabia por haber tenido siempre tanta suerte. Sabe lo que es luchar. Su profesor no tiene de qué preocuparse.

José Manuel: El guión, en este momento, está por escribir. Pero yo creo que es un guión que se escribe día a día y que se está escribiendo bonito, después de todo. Y, además, hay muchos guionistas escribiendo a la vez. Cada llamada que nos hacen desde Mensajeros es una continuación. Recordamos la primera conversación por teléfono con alguien de Mensajeros. Hay mucha gente implicada en estos guiones, entonces… ya buscaremos el título de la película, pero lo estamos escribiendo.

José Manuel, ¿qué te ha enseñado Abdul mientras tú le enseñabas teatro?

Uf… Me ha enseñado demasiado. Fue muy curioso y pienso en ello a menudo. Yo no sé lo que sucedió, pero yo a Abdul lo reconocí. Lo reconocí como una misión que Dios me ponía en mi camino. Hace tiempo que yo iba buscando a quién ayudar. Estuve, de hecho, yendo a un comedor de Mensajeros. Por eso luego llamaría, al conocer a Abdul. Pero no encontraba mi sitio. Fui voluntario en otra asociación, durante un tiempo. Pero había algo de servicio que el corazón me pedía más y más. Y entonces Abdul apareció en mi vida. Yo le miré a los ojos y lo reconocí.

No sabía cuál era mi misión con él. No lo supe hasta pasados unos meses. Empezamos el curso en octubre y, más o menos en Navidad, yo me iba a casa todos los miércoles dándole vueltas. Ya entonces tenía que salirme de clase a llorar. Porque era muy duro.

Ahora ya hablamos desde la felicidad. Desde todo lo que estamos consiguiendo. Pero el proceso ha sido muy lento. Muy triste y duro. Yo le miraba a los ojos y de verdad pensaba que no podía ser que hubiera sufrido tanto. Que por qué se permite esto. No puede ser que este chaval que ahora sigue teniendo sólo 17 años haya vivido las barbaridades que ha tenido que vivir. El drama de un inocente. ¡Con catorce años lo arrancaron de sus padres!

Y la tragedia empezó.

Yo me ponía en sus zapatos y me iba a lo que eran mis padres para mí cuando yo tenía 14 años. Qué horror. Si ahora siguen siendo importantes… El otro día se lo decía, porque está muy preocupado. Le dije que, aunque nos hagamos mayores, siempre vamos a sentir la ausencia de nuestros padres. Pero que él va a poder seguir hablando con los suyos. Que incluso ahora puede hacerlo, aunque estén separados por el momento. Y que hay que agradecerlo. Cada conversación. Yo daría lo que fuera por hablar con los míos cinco minutos. Decirles que entiendo todo lo que me enseñaron. Que me siento orgulloso de lo que estoy haciendo, porque es lo que hubieran hecho ellos.

Mis padres eran así. Recuerdo que tuvimos a un exiliado chileno en casa, escondido durante un tiempo. Mi padre le protegía. Y el primer profesor de inglés que mis hermanos y yo tuvimos en casa, era negro. Teníamos 14 años y en España había muy pocos negros. Pero uno de ellos venía a nuestra casa porque mis padres querían que nos acostumbráramos a relacionarnos con personas de distintas razas.

Y este camino de Abdul que estamos viviendo, cada día estoy más convencido de que es cosa de mis padres. Que le han puesto en mi camino para que le mire y le ayude. Por eso fue una elección instantánea. Como el amor. En la vida nos movemos por dos motores: o amor o miedo. El miedo nos paraliza, nos hace caer en frecuencias bajas. Del miedo salen las traiciones. En definitiva, el miedo es una parte del ego. Pero el amor, o es amor o no es amor. La compasión es no poner control. El amor es no poner resistencia. Ayudar a quien te está necesitando en ese momento, aunque no le conozcas. Quien ama funciona bajo esas premisas. Aunque el amor nos hace, también, estar eligiendo. Es lo de poner la otra mejilla: no es fácil elegir poner la otra mejilla cuando la vida te da una hostia que duele.

Abdul me ha enseñado a ser fuerte y yo quiero enseñarle a estar tranquilo. No le va a faltar nada, si está en mi mano. Indudablemente, un piso no le puedo comprar, porque no me lo puedo comprar ni a mí. Pero el cariño y la protección de los que le queremos, los va a tener.

Halil: “Eso es muy importante”.

Y José Manuel reconoce que, cuando en un futuro que desean próximo estén en España los padres de Abdul, el profesor de teatro también tendrá una nueva familia. “Y eso me da mucha seguridad”.

abdul-en-el-tribunal-supremoAbdul en el Tribunal Supremo

Cuando era pequeña, veía muchas veces la película que se llama Aladín y los cuarenta ladrones. Pensé en ella al conocer la historia de Abdul. Tu historia podría ser la de Abdul y los trece encarcelados. La cifra es real: fuiste el líder de una huida que no te liberó sólo a ti, sino que hizo escapar a todos esos otros chavales secuestrados.

(Halil) ¡Es verdad! Y suena de película. Pero no fue tan fácil. Eso no fue saltar una valla e irnos. Y después, aquí, tampoco lo ha sido. La primera vez que fuimos al colegio de Santa Bárbara, todo lo que Lina, la tutora, nos dijo, fue que al día siguiente teníamos que llevar más papeles. Papeles de mi hermano. Que si teníamos que pagar 185 euros para ese año… Vale, vale, no pasa nada. Y luego “también 50 euros para comprar ropa de chandal”. Y todo así. Muchas cosas en una semana. Y después, me llamó Lina y me dijo que no hacía falta nada.

(Abdul) Había sido duro, pero los profesores me entendieron y me hicieron el favor. No me rechazarían de más colegios. “Este niño necesita estudiar”, decían. No es por nada, pero necesitaba olvidar y empezar a vivir aquí. Ella me cogió en clase, y empecé otra vez.

A la directora del instituto le pasó como al juez, aquella mañana en el Supremo. De entrada, no pudo asegurar a Abdul que aceptarle en el colegio fuera a ser fácil. Pero después, fue casi un milagro.

(Abdul) Sí, Sí. No en dos horas, en dos semanas. Cambió totalmente. No me pidió más papeles. Estaban preocupados y me llamaron. Yo no tenía ni tarjeta del médico y me llevaron a que lo hiciera. Me llevaron a CEAR y preguntaron todo. Y después me ofrecieron las clases de teatro y conocí a José Manuel.

(Halil) Yo no le conocí hasta el día de la obra. Fui a verla y José Manuel me dijo que iba a llevarse unos días a Abdul de vacaciones. Me dijo en el colegio que iban a Almería y que ya había hablado con Mensajeros de la Paz, para que nos ayudaran. En ese momento, yo no creía nada. Como el resto de gente: hablan y hablan. Y ahora, a veces estoy pensando en todo lo que hemos vivido hasta ahora. ¡Y madre mía! Ha sido real. Pero no ha sido nada, nada fácil.

(José Manuel) Halil lo sabe, que en este tiempo alguna vez también he tenido que llamar al orden a Abdul. Hemos hablado de que ahora tiene que disfrutar, pero siendo responsable. No quiero verle con un porro o haciendo alguna tontería de adolescentes. Él vale mucho y yo tengo claro que soy un educador, aunque es cierto que la educación viene de familia. Estoy acostumbrado a estar pendiente, porque los adolescentes a veces se equivocan con las amistades y ese tipo de cosas. Pero Abdul es un gran tipo, la verdad…

¿También vuestros padres os educaron con esos gestos de apertura y exclusión que ha explicado José Manuel que tenía su padre?

(Halil) Nuestra familia es muy abierta. A mi padre le gustaba, cuando éramos niños, que aprendiéramos la historia de todas las religiones, aunque creyéramos en el Corán. Mi mujer ahora está unos días en Turquía, en la boda de un pariente nuestro. Yo no puedo ir por el trabajo. Ella es venezolana, no entiende ni una palabra de lo que habla mi familia, pero ha ido porque la quieren. Dejar a mi madre contigo significa que te va hablar aunque no la entiendas. Y sobre todo va a cuidarte. Entiendo lo que quieres. Nuestra familia siempre fue así, y hemos conocido mucha gente distinta.

abdul-en-la-copeDesde vuestra experiencia, ¿qué le diríais a las organizaciones de ayuda al refugiado? Y, sobre todo, ¿qué tenéis ganas de decirles a los políticos europeos?

(Halil) Puf, ¡muchas cosas! Que ayuden a estos refugiados. De verdad. Que no sólo prometan, sino que cumplan. Os juro que yo nunca habría pensado que mi hermano iba a ser un refugiado ni que íbamos a necesitar ayuda. Mi hermano vivía muy muy bien en Siria. No faltaba nada en casa. Teníamos chalet, casa, dos coches, negocio… No faltaba nada. Y un día, se fue lo de todos. La casa, el coche, el negocio, que era un bar.

Nos quedamos con dos habitaciones en la casa del pueblo, Kobani, porque el chalet de Aleppo se lo tragó la guerra. Los locales se quemaron. Los coches se quemaron. Es verdad que, teniendo dinero, íbamos y veníamos. Pero, cuando le pasó esto a mi hermano, mi padre lo dijo: “Cambio todo. Hasta mi vida. Pero que me devuelvan a mi hijo”. Nadie esperábamos lo que iba a pasar en nuestro pueblo, ni en Siria. Supimos que empezaba una guerra, pero a nuestro pueblo llegó después de dos años…

Nadie esperaba que los terroristas llegaran tan rápido a nuestro pueblo. Fueron tres o cuatro horas. Éramos 60.000 habitantes, y ahora todos están refugiados en Turquía. Nadie esperaba eso y por eso les diría a los políticos que nunca se sabe a quién le tocará ese día. Hoy me toca a mí. Pero no se sabe mañana a quién toca y dónde toca. Es necesario ayudar a los refugiados. No tienen nada y es muy duro. El que no lo vive, no lo sabe.

(José Manuel) A mí me gustaría recalcar esto de que mañana podemos ser nosotros. Y me gustaría saber a dónde van los fondos, en concreto de CEAR, para ayuda al refugiado. Yo sólo lo he experimentado con el caso de Abdul y, en el caso de Abdul, la única ayuda que CEAR ha proporcionado ha sido un psicólogo durante un año.

(Abdul) Después de ese año, y de todo lo que nos dijeron, al final lo hemos conseguido gracias al Padre Ángel y al Tribunal Supremo. Y ahora la abogada que ya tenemos trabajando en los papeles de mi familia, desde que me dieron el Estatuto de Refugiado, me ha pedido un papel psicológico. Que el psicólogo escriba un papel que diga que Abdul necesita a su familia. Y la psicóloga de CEAR, que era entre comillas buena gente, después de escuchar que José Manuel ha contado que no nos han ayudado, no nos coge las llamadas. Lleva dos semanas para darnos ese papel. Mañana va a llamar Lina.

(José Manuel) No responden, porque han escuchado la verdad.

(Halil) Mi tío trabaja con ellos, y les ha dicho a la cara que Abdul necesita esa acreditación para conseguir la reagrupación familiar.

(José Manuel) Ellos no se han pronunciado respecto a CEAR. Hemos sido los profesores los que lo hemos contado. Que CEAR no ha hecho absolutamente nada. Entonces, ¿dónde están los fondos? ¿Qué hacen con esos fondos que el Estado otorga a CEAR para la ayuda al refugiado? ¿Qué se hace con ese dinero? A mí me resulta curioso que, a partir de lo de Abdul, y gracias a Dios, hace unas semanas que han entrado casi noventa refugiados en España. Parece ser que ahora el Gobierno empieza a ser consciente y asumir responsabilidades. No quiero pensar ni por un momento que esto es porque iba a haber elecciones pronto. Que ya no las va a haber…

Por el contrario, no tengo palabras para agradecer a Mensajeros de la Paz lo que ha hecho. El Padre Ángel ha hecho posible este milagro.

(Halil) No nos habría salido sin su ayuda. Lo digo sinceramente. Ha sido un padre. No sabíamos dónde podíamos ir. Quizá lo habríamos conseguido, pero no sé cuándo. Gracias a que la historia de Abdul salió en la radio y en la tele, los políticos volvieron a hablar de refugiados. Fue Mensajeros quien le llevó a la radio. Si no mueves una cosa, nada. Tal vez esos ochenta y tantos de ahora no habrían entrado…

abdul-y-su-hermano-halilEso lo ha hecho tú, Abdul. Has vuelto a ayudar a los demás con tu valentía. De los 13 encarcelados a casi 90 refugiados, o quién sabe los que irán viniendo… Algo de tu testimonio habrá ayudado a esos refugiados. ¿Estáis orgullosos?

(Halil) Ha ayudado a mucha gente. Estamos más que orgullosos.

(José Manuel) Antonio Pampliega llamó a Mensajeros para entrevistar a Abdul. Lo hizo en Casa Árabe. Él también fue secuestrado. Por Al-Qaeda. Es un caso similar, porque vivía en el pueblo de Abdul, Kobani.

(Abdul) Me sentí muy identificado con él, porque era amigo de un profesor nuestro. De mi profesor de inglés en Kobani, que también habla español, porque estuvo una época en Cuba. Me regaló su libro. Es uno de los autores, Antonio.

Abdul saca de su mochila el libro: Siria, la primavera marchita, editado por A Contraluz. “En la exposición, había una foto de una paisana mía. Mi paisana. Ella es cristiana siria. Le sacaron fotos en Siria, y ahora está aquí, en un museo. Ella no sabe que está en Casa Árabe, en un museo de los sirios…”. Cuenta cómo la encontró, aquella tarde, con Antonio. Luego, Abdul compró 52 postales de la exposición. Explica lo que hizo con ellas dos días después.

Había tutoría en clase y pedí a mi profesora, Paloma, hablar yo a los alumnos. Antes de que entraran a clase del recreo, dejé a cada uno una postal en su mesa. No salí al recreo y me quedé colocándolo. Preparé lo que quería decir, que era lo que me decían las fotografías. Algunos, cuando entraron, lloraron. Algunas fotos son muy duras. Y empecé a hablar.

Normalmente, cuando suena el timbre, los alumnos cogen los libros, y a casa. Pero ellos se quedaron en la silla, escuchándome. “Sigue, Abdul. Te escuchamos”. El lunes lo voy a hacer para los alumnos de primero de Bachillerato. Y en clase de música voy a intentar otra cosa, sin fotos. Voy a ponerles el vídeo de cuando me reencontré con mi madre, después de esa cárcel. Halil lo grabó.

¿Cuando llegaste a Turquía?

Sí. Cuando bajé del autobús y me abracé a mi madre. Halil lo hizo.

(Halil) No sé cómo aguanté, pero lo hice. Estábamos felices y aguantamos.

Enseñas a tus compañeros lo que es la guerra de Siria. ¿Hay algún otro llamamiento que queráis hacer?

(José Manuel) Yo, el que ya hice en Europa Press: ser refugiado no es un delito; es una necesidad ante la que tenemos la obligación de reaccionar. Acoger y cuidar. Y, si la Unión Europea, hasta este momento ha dado la espalda a este conflicto, creo que es momento de que la ONU dé una respuesta al refugiado. Que ya se tenga en cuenta desde las Naciones Unidas. Porque parece que a la política europea no le interesa más. Excepto Alemania, que se ha implicado un poco más con el refugiado…

Deseo que, si esto ha servido para mover conciencias y para que el Gobierno abra un poco las fronteras, ahora toca que el refugiado que ha llegado viva con dignidad. Que se le faciliten los medios para que pueda vivir como cualquier otra persona. Creo mucho en la causa-efecto: aunque sólo sea porque a nosotros mañana, por una mala elección política, nos puede pasar, hagámoslo con ellos. Y cuidado con lo que hacemos en las urnas.

Creemos que una guerra en Siria a nosotros no nos puede afectar. Pero es un efecto dominó. Va afectando porque va produciendo una fragmentación universal. ¿Por qué mueren niños de hambre si en el planeta hay un abastecimiento de recursos naturales que aún triplica a la población? ¿Por qué permitimos que los niños se mueran de hambre? Por la política. Por el ego humano, que es lo único que nos separa a los unos de los otros. Los intereses hipócritas.

(Halil) Es la política. Hasta que Estados Unidos y Rusia no hagan acuerdo con Turquía y Arabia Saudí, con Katar y todos los que están ahí metidos… nada.

Halil, ¿cómo fue ese reencuentro con tu hermano Abdul?

Estábamos todos. Toda la familia. Él llegaba a las siete de la tarde y a las cinco ya estábamos ahí, esperándole. Vimos un autobús, y rezamos. No nos lo creíamos. Que estuviera dentro. Cuando se bajó, las demás personas que estaban esperando en la estación creían que venía porque era militar. “No, no. Vuelve de detenido por el Issis”, decía mi padre. No se lo creían, pero miraban y se juntaron a nuestro alrededor. En el vídeo se ve: se nos acercaron y le decían a mi padre “¡La alegría de tus ojos! Ha llegado tu hijo sano”. Nos dieron la enhorabuena. Fue impresionante.

abdul-jose-manuel-y-halil¿Tenéis abuelos? ¿Estaban delante?

(Halil) Mi abuelo subía las manos. Le dijo que, a partir de ese momento, obedeciera a su padre y no a su madre, porque mi madre fue la que aquel día quiso que Abdul se fuera en el autobús a hacer el examen.

¿Vuestra familia culpó a vuestra madre?

(Halil) Nuestros padres se pasaron los cuatro meses del secuestro durmiendo en habitaciones separadas. Creo que mi padre le decía de todo diariamente. Creía que había perdido a su hijo y se portó mal. Imagínate, ¡cuatro meses culpabilizando!

Pero Abdul volvió. Mi abuela daba gracias a Dios. Mi cuñado, también lo recuerdo. Abdul llegó con su regalo para los abuelos y para las niñas. Había comprado unos dulces para ellos.

¿Cómo pudo comprarlos? Era un fugitivo…

Con unas liras, en la frontera.

No entiendo. ¿Cómo consiguió ese dinero?

La historia es complicada. Mis padres huyeron de Siria. Abdul ya había sido secuestrado. Llegaron a Turquía y yo llamé desde aquí a un amigo al que le compro carne. Él es turco. Le dije que mi madre iba a llegar a su ciudad. “Necesito que alguien le llegue dinero a mi madre como sea”. Me dijo que no me preocupara, y mi amigo llamó a un primo. En furgoneta, se fue a la frontera de Siria, coge a mi madre y la trae a la ciudad. De la frontera a la ciudad. Le da dinero (500 liras). Yo salí a las doce, de aquí de Madrid. Cuando llegué a la ciudad, fuimos a casa de nuestro tío. Él ya estaba refugiado en Turquía porque vivía en Damasco. Allí los problemas empezaron antes.

Llegamos todos a su casa. Toda la familia menos mi padre, que repitió y repitió que no quería ir. Mi madre, mis abuelos, yo… Y casi treinta personas más en esa casa, esperando. Te lo puedo decir. La mujer de mi tío estaba embarazada. Y, como la que hablaba bien turco, de las mujeres, era mi madre, ella le acompañó al médico por la mañana.

Eran las nueve y media de la mañana cuando salieron. Yo tenía mi regreso para esa misma tarde, porque tenía que trabajar en Madrid. Por eso recuerdo perfectamente qué pasó cada hora… A esas nueve y media, Abdul llamó por teléfono a mi madre. “¿Qué tal, madre de Halil?”. “¿Quién eres?”. “Yo, tu hijo”. “Halil, ¿eres tú?”. “No, no: soy tu hijo Abdul”. Mi madre se puso nerviosa. Llamar podía ser peligroso. Abdul le contó con qué personas estaba. Nos hemos escapado, estamos en esta ciudad, no conocemos a nadie, sólo tenemos tanto dinero y este teléfono es de un señor que nos dejó. Mi madre no entendió cómo iba a poder localizar de nuevo a su hijo. Dejó el médico y todo, y volvió para la casa.

Llegó asustada y no quería hablar. Mi padre al final había llegado y le preguntaba qué pasaba. Se calmó, y ya le dijo que su hijo se había escapado de la cárcel y estaba en tal ciudad. “Tenemos que ayudarle”. Mi padre pensó en que, en una ciudad a veinte minutos de donde estábamos, estaba un muy amigo suyo, militar. Él es árabe y nosotros somos kurdos, pero nos conocemos mucho, las familias. Le llamó y le contó que su hijo había estado detenido por el Issis, y se había escapado. “Por qué no me lo has dicho hasta ahora; podía haber hecho algo”.

Pero en realidad el amigo militar tampoco podía ir a recoger a Abdul sin ponerse en peligro. Nos dijo, entonces, que le dijéramos que fuese él quien llegara a casa de su suegra. Abdul había prometido volver a llamar. Cuando lo hiciera, teníamos que darle otro número de teléfono, la dirección aquella… Querían esconderle hasta que anocheciera un poco, y luego ya traerle con nosotros.

Llegó a la casa en un autobús, le dieron de comer y por la noche el amigo de mi padre y su mujer fueron a traerle. Iban con él y con otro de los que escaparon, que es vecino del pueblo y conocían también a su madre. Otra madre esperando a su hijo… Cuando estaban en camino, les pararon. Estado Islámico. Pero el matrimonio, en la casa, había vestido a Abdul con la ropa y la barba obligatoria del Issis.

abdul-en-la-sexta¿Les preguntaron algo?

Que adónde iban, que si no sabían que era la hora de rezar. Se disculparon con normalidad y volvieron a la casa.

¿Qué sentiste en ese momento, Abdul? Cuando te pararon los mismos de los que habías huido en ese otro lugar.

Tú imagínate. Mucho miedo.

(Halil) Pero estaba preparado. Sabía responder rápido a cualquier pregunta de las que hacen. Cuándo es la hora de rezar. Quién es este. Qué es lo primero que se dice para rezar… Sabía todo. Y esa noche ya hablamos con Abdul otra vez. El militar dijo que iba a comprarles más ropas y que al día siguiente conseguiría un taxi. Nunca le pidió a mi padre que le devolviera ningún gasto.

(Abdul) Estuve hablando por whats’up con mi familia hasta las cinco de la mañana. No dormí nada, nada.

(Halil) A las seis de la mañana, ya estaban en la frontera entre Siria y Turquía. El Issis siempre está en las fronteras. Cómo iban a cruzar con los rebeldes. El taxista le dijo que no le cobraba, pero que no podía seguir llevándole. Que le explicaría cómo ir. La frontera es una bajada, luego una subida, y luego cruzar. Como un acantilado. Lo han hecho para que, con la guerra en Siria, si quieres pasar tienes que hacerlo andando. Bajar y subir. Está todo pensado ahí. Turquía lo pensó en cuanto empezó la guerra.

El hermano de nuestra madre, mi tío, llamó a Abdul. Le dijo que ya estaba en esa ciudad de al lado de la frontera. Mi tío le explicó cómo coger un autobús. Lo pagó con el dinero que le había dejado el militar. Llevaba con él a ese otro niño. Dos días sin dormir, nosotros. Cuando lo vimos llegar, traía una maleta. Tuvimos miedo: un niño en las manos de Issis… Podía ser una bomba.

(Abdul) Una locura. Todos querían preguntarle a mi padre si sabían que yo estaba bien de la cabeza.

(Halil) La abrimos, y empezamos a revolver entre su ropa. Mi padre decía palabrotas y que quería quemar todas esas cosas. Abdul, lo primero que hizo en casa, fue quedarse dormido. Encontramos discos en su maleta. Eran discos para reclutar, del Isis. Luchas por Alá, no sé qué cosas más. Lo rompimos todo.

¿Por qué había guardado esos discos? ¿Confusión?

abdul-y-la-paloma-de-mensajeros(Halil) Les intentan adoctrinar. Los primeros días, ya estando con nosotros, todavía se levantaba a rezar a las cinco de la mañana. Había sido la rutina de su encierro. Y ellos saben cómo dar poder: vienes con nosotros, y te damos un coche, cualquier chica para casarte, separarte, casarte con otra… Capturan niños y les premian por matar. Les comen la cabeza con un Corán que no existe. A mí, ahora, no me pueden comer el coco, porque ya estoy mayor. Pero a los niños les comen el coco tranquilamente. El miedo lo hace todo.

Pero Abdul no iba a ser uno de ellos. No con esa mirada de porcelana que esconde la fuerza de un adulto. No con esas ganas de vivir su vida, y la de las centenas de historias que algún día interprete. Se había escapado por eso. “Por debajo de su miedo, estaba su esencia”, sentencia José Manuel. Era un niño, pero su convicción era muy grande. La esperanza que le hizo huir. Abdul y los trece encarcelados. Abdul a quien el miedo no paralizó. Abdul,que volvió con dulces desde el infierno. Abdul, ahora, nunca más solo ni maltratado. Aunque quién sabe a qué torturas siguen sometidos sus recuerdos.

Fuente Religión Digital

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