Comentarios desactivados en La inmensidad del amor de Dios es deliciosamente refrescante
M. Hakes
La publicación de hoy es del colaborador de Bondings 2.0, M. Hakes (ellos), cuya biografía y publicaciones anteriores se pueden encontrar aquí.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 23º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
“Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. (Salmo 95:8)
Mientras el resto de Estados Unidos se ha estado derritiendo por el calor histórico de este verano, nuestro clima en Duluth (apodada “la ciudad con aire acondicionado”) se ha visto atenuado, como cada verano, por las aguas frescas, a menudo heladas. del Lago Superior. Una de mis cosas favoritas para hacer en verano, especialmente en los raros días «calurosos«, es ir a nadar. Es difícil expresar con precisión lo deliciosamente refrescante que es estar envuelto por las olas de la Madre Superiora en un día de ochenta y tantos grados y nadar en sus aparentemente infinitas profundidades.
El lago Superior, o gichigami (el nombre de esta masa de agua en anishinaabemowin, el idioma ojibwe), se extiende por 31.700 millas cuadradas, aproximadamente la misma superficie que el país de Austria. Contiene alrededor del 10% del agua dulce del mundo. Se necesitan 551 mil millones de galones de agua para elevar el nivel del agua del lago una pulgada. Si se vaciara el lago, el agua cubriría toda la masa continental de América del Norte y del Sur con aproximadamente 12 pulgadas de agua. Estos y otros hechos sobre el Lago Superior nos ayudan a comprender la incomprensible grandeza de este lago, pero este intento de comprensión intelectual es incomparable a ser sacudido por las olas del Superior en un día de verano bañado por el sol. Nunca podré comprender del todo lo grande que es el lago Superior, pero sí sé lo que se siente al estar sostenido en su inmensidad.
Me pregunto cuántos lagos Superiores podrían llenarse con los galones de tinta que se han derramado a lo largo de los siglos intentando articular lo que “sabemos” acerca de Dios. Innumerables y gruesos tomos teológicos con cautivadora destreza académica se esfuerzan por describir al Dios a quien el escritor de la Primera Carta de Juan llama sucintamente “Amor”. Pero nuestro Dios no es alguien que pueda ser aprehendido mediante gimnasia mental. Más bien se conocen (y sólo entonces en parte) a través de la experiencia. En el corazón de la fe cristiana está la idea de que el infinito y santo misterio de Dios no permanece para siempre remoto, sino que se acerca al mundo. Este santo misterio nos toca por la encarnación y por la gracia. Nuestro Dios ha abrazado nuestra humanidad tan plenamente que “se hicieron carne y habitaron entre nosotros”. Parafraseando al teólogo Edward Schillebeeckx, nuestro Dios es Deus humanissimus, el Dios sumamente humano; un Dios que es humano hasta lo más profundo de lo que significa ser humano; un Dios que es capaz de contener todas las complejidades de lo que significa ser humano dentro de sí mismo.
El lago superior
He escuchado homilías en la lectura del evangelio de hoy que reducen las palabras de Jesús sobre el perdón a una especie de plan de acción para corregir a los pecadores descarriados, para traerlos de regreso al redil. Como católico queer, innumerables personas han intentado «corregirme«. Me han dicho que las identidades que mi Dios creó son pecaminosas y asquerosas. Me han dicho que mi “estilo de vida” es una mala elección y que si confiara más en Dios, Él me quitaría esta terrible carga y sería “normal”. Durante mucho tiempo no supe lo que es no sentirme destrozada; saber, en cambio, a nivel del corazón, que soy bueno, amado y digno. En medio del calor de esta retórica odiosa, el amor incontenible y difícil de manejar de Dios ha sido un bálsamo refrescante.
El Camino de Jesús no nos aleja de nuestra humanidad, de nuestras identidades creadas por Dios. Más bien, nos llama cada vez más profundamente al misterio de lo que significa ser humano. Nos llama a abrazar con valentía todo lo que somos (lo bueno, lo malo, lo bello y lo feo) y a entregarnos plenamente al amor incomprensible, transformador y vivificante de Dios. Como escribe el padre jesuita Greg Boyle en su libro Tattoos on the Heart (Tatuajes en el corazón), “[Dios] quiere aceptar todo lo que somos y ve nuestra humanidad como el lugar privilegiado para encontrar este amor magnánimo. Ninguna parte de nuestro cableado o de nuestro desordenado yo debe ser menospreciada. Donde estamos, con todos nuestros errores e imperfecciones, es tierra santa. Es donde Dios ha elegido tener intimidad con nosotros y no de otra manera que no sea esta”.
Dios está presente donde la vida se vive con valentía, entusiasmo, amor y autenticidad; incluso sin ninguna referencia explícita a la religión. Nos encontramos en, con y bajo el misterio Divino cuando aceptamos la inmensidad silenciosa que nos rodea como algo infinitamente distante y sin embargo inefablemente cercano, cuando la recibimos como una cercanía protectora y un amor tierno que no conlleva reservas, y cuando tener el coraje de aceptar nuestra propia vida en todas sus complejidades.
Así como sé que los datos sobre el Lago Superior no son nada comparados con la experiencia de nadar en él, sé que nunca podré comprender plenamente cuán grande es Dios. Pero sí sé lo que es estar en la inmensidad de Dios, y es deliciosamente refrescante.
-M. Hakes, Ministerio New Ways, 10 de septiembre de 2023
Comentarios desactivados en “Una Iglesia reunida en el nombre de Jesús”. 23 Tiempo ordinario – A- (Mateo 18, 15-20)
Multiracial Young People Holding Hands in a Circle
Cuando uno vive distanciado de la religión o se ha visto decepcionado por la actuación de los cristianos, es fácil que la Iglesia se le presente solo como una gran organización. Una especie de «multinacional» ocupada en defender y sacar adelante sus propios intereses. Estas personas, por lo general, solo conocen a la Iglesia desde fuera. Hablan del Vaticano, critican las intervenciones de la jerarquía, se irritan ante ciertas actuaciones del papa. La Iglesia es para ellas una institución anacrónica de la que viven lejos.
No es esta la experiencia de quienes se sienten miembros de una comunidad creyente. Para estos, el rostro concreto de la Iglesia es casi siempre su propia parroquia. Ese grupo de personas amigas que se reúnen cada domingo a celebrar la eucaristía. Ese lugar de encuentro donde celebran la fe y rezan todos juntos a Dios. Esa comunidad donde se bautiza a los hijos o se despide a los seres queridos hasta el encuentro final en la otra vida.
Para quien vive en la Iglesia buscando en ella la comunidad de Jesús, la Iglesia es casi siempre fuente de alegría y motivo de sufrimiento. Por una parte, la Iglesia es estímulo y gozo; podemos experimentar dentro de ella el recuerdo de Jesús, escuchar su mensaje, rastrear su espíritu, alimentar nuestra fe en el Dios vivo. Por otra, la Iglesia hace sufrir, porque observamos en ella incoherencias y rutina; con frecuencia es demasiado grande la distancia entre lo que se predica y lo que se vive; falta vitalidad evangélica; en muchas cosas se ha ido perdiendo el estilo de Jesús.
Esta es la mayor tragedia de la Iglesia. Jesús ya no es amado ni venerado como en las primeras comunidades. No se conoce ni se comprende su originalidad. Bastantes no llegarán siquiera a sospechar la experiencia salvadora que vivieron los primeros que se encontraron con él. Hemos hecho una Iglesia donde no pocos cristianos se imaginan que, por el hecho de aceptar unas doctrinas y de cumplir unas prácticas religiosas, están siguiendo a Cristo como los primeros discípulos.
Y, sin embargo, en esto consiste el núcleo esencial de la Iglesia. En vivir la adhesión a Cristo en comunidad, reactualizando la experiencia de quienes encontraron en él la cercanía, el amor y el perdón de Dios. Por eso, tal vez, el texto eclesiológico más fundamental son estas palabras de Jesús que leemos en el evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
El primer quehacer de la Iglesia es aprender a «reunirse en el nombre de Jesús». Alimentar su recuerdo, vivir de su presencia, reactualizar su fe en Dios, abrir hoy nuevos caminos a su Espíritu. Cuando esto falta, todo corre el riesgo de quedar desvirtuado por nuestra mediocridad.
Comentarios desactivados en “Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Domingo 10 de septiembre de 2023. 23º domingo de tiempo ordinario
Leído en Koinonia:
Ezequiel 33,7-9: Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre. Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón.” Romanos 13,8-10: Amar es cumplir la ley entera Mateo 18,15-20: Si te hace caso, has salvado a tu hermano
La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestra corresponsabilidad comunitaria. La fe, o más ampliamente dicho, nuestra vida espiritual, es un asunto personal, una responsabilidad absolutamente intransferible, pero como humanos que somos –seres simbióticos al fin y al cabo– la vivimos en el seno de una comunidad. Por eso, también, todos somos de alguna manera responsables de la vida de cada hermano.
Ezequiel es profeta del tiempo del exilio. Se presenta como el vigilante de su pueblo. Otros profetas han utilizado también esta imagen para caracterizar su misión. La actitud vigilante es un rasgo de los profetas. Estar atento a lo que pasa, para alertar y prevenir al pueblo. Y estar siempre atento también a escuchar la Palabra de Dios. Leer los acontecimientos de la historia y interpretarlos a la luz de la Palabra de Dios. El vigilante, celador, velador, centinela o como se le llame en nuestro medio, está pendiente de los peligros que acechan al pueblo. Por eso, el profeta es responsable directo de lo que le pueda pasar. El profeta tiene la misión de abrir los ojos del pueblo. Pero también el pueblo puede aceptar o rechazar esa interpelación profética. Lo que no está bien es pasar por alto y no darse cuenta del peligro.
Pablo en la carta a los romanos invita a los creyentes que edifiquen su vida sobre la base del amor para que puedan responder a los desafíos del momento histórico que a cada creyente y a cada comunidad le toca vivir. El amor es resumen, síntesis vital, compendio de todo tipo de precepto de orden religioso. Así, Pablo entra en perfecta sintonía con la propuesta evangélica. Ciertamente, no es un rechazo rotundo de la ley. Pero el amor supera la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacer daño a nadie; por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente. La conversión, la metanoia, es cambio rotundo de mente y corazón. Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida. El amor se traduce en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, verdad, paz, justicia y solidaridad fraterna.
El evangelio de Mateo nos presenta el pasaje que se ha denominado comúnmente la corrección fraterna. El texto revela los conflictos internos que vivía la comunidad mateana. Nos encontramos, entonces, ante una página de carácter catequético que pretende enfrentar y resolver el problema de los conflictos comunitarios. El pecado no es solamente de orden individual o moral. Aquí se trata de faltas graves en contra de la comunidad. El evangelista pretende señalar dos cosas importantes: no se trata de caer en un laxismo total que conduzca al caos comunitario. Pero tampoco se trata de un rigorismo tal que nadie pueda fallar o equivocarse. El evangelista coloca el término medio. Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús. No es un proceso jurídico lo que aquí se señala. El evangelista quiere dejar en claro que se trata ante todo de salvar al trasgresor, de no condenarlo ni expulsarlo de entrada. Es un proceso pedagógico que intenta por todos medios salvar a la persona. Ahora bien, si la persona se resiste, no acepta la invitación, no da signos de arrepentimiento… entonces sí la comunidad se ve obligada a expulsarse de su seno. Al no aceptar la oferta de perdón la persona misma se excluye de la comunión.
Nuestro compromiso como creyentes es luchar por la verdad. Nuestras familias y comunidades cristianas deben ser, ante todo, lugares de reconciliación y de verdad. Exigir respeto por las personas que se equivocan pero que quieren rectificar su error es imperativo evangélico. Tampoco se trata de caer en actitudes laxistas o que respalden la impunidad. Pero ante todo, el compromiso con la justicia, la verdad y la reconciliación es una actitud profética.
¿Cómo vivimos los valores de la verdad, la justicia, la reparación y la reconciliación al interior de nuestras comunidades? ¿Qué actitud asumimos frente a los medios de comunicación que manipulan y tergiversan la verdad? ¿Nos sentimos corresponsables de la suerte de nuestros hermanos?
El evangelio de hoy habla también de la comunidad como sujeto de perdón: «Todo lo que aten ustedes en la tierra será atado en el cielo…». Puede ser una oportunidad interesante para hablar tanto de la grave crisis que atraviesa este sacramento en la práctica más extendida en la Iglesia, como de la posibilidad y legitimidad de la reconciliación comunitaria. Véase al respecto el libro de Domiciano Fernández que comentamos más abajo. Leer más…
Comentarios desactivados en 10.9.23, Dom 23 TO. Si tu hermano peca contra ti convoca a la Iglesia (Mt 18, 15-20)
Del blog de Xabier Pikaza:
He planteado el tema en FB y RD, 3.9.23 (Confesión de Policarpo), insistiendo en la celebración eclesial del perdón, con o sin obispo.
Este es el mensaje del evangelio del domingo (Mt 18, 15-20), el texto más importante de la justicia/perdón del cristianismo, que ha de ser completado con 1 Cor 6,1-1 y con la historia posterior de la iglesia.
Tres son sus presupuestos. (a) La comunidad es anterior al obispo. (b) La iglesia no es una instancia sólo espiritualista sino de juicio. (c) Quien no acepta el juicio fraterno de la iglesia queda en manos del juicio de publicanos y gentiles (es decir, de no-hermanos, según lenguaje eclesial).
| X Pikaza Ibarrondo
Introducción.
Este pasaje supone que hay iglesias, comunidades de hermanos. Por eso, los “pecados entre hermanos” han de resolverse apelando a la iglesia. El mundo de fuera (publicanos/gentiles) tiene un sentido, con un derecho muy importante, al que en otro plano pueden apelar los cristianos; pero en clave de comunión ellos han de apelar a la iglesia que es comunión (escuela y camino de fraternidad).
Las iglesias no “nacen” de los obispos, y en esa línea el evangelio de Mateo nos describe una iglesia perfectamente estructurada y sin obispos. Pero en un momento determinado (en el siglo II-III) han podido nacer y han nacido en las iglesias obispos con la finalidad no siempre cumplida de unificar y realizar “monárquicamente” ciertas tareas eclesiales). De eso trataba mi “postal” sobre el caso Policarpo. De eso trato ahora, comentando el evangelio del domingo.
Este evangelio de Mateo no es todo el NT, ni toda la tradición de la iglesia. Pero es quizá (con 1 Cor 12-14) el texto eclesial más importante sobre Pedro, sobre las comunidades cristianas y sobre lo que han de hacer los obispos (todavía no existentes) , como he puesto de relieve en comentario de Mateo, donde he puesto de relieve cuatro rasgos:
Giro Petrino (Mt 16, 13-20). Mateo asume desde Pedro (con Pedro) la misión universal de Pablo, la apertura universal del evangelio sobre la ley nacional judía.
Autonomía de cada Iglesia/comunidad (Mt 18, 15-20), que hereda como propias las “llaves” de Pedro (como queda claro uniendo Mt 18 con Mt 16). Según eso, cada iglesia es autónoma, portadora de la autoridad de Cristo
Mateo rechaza la autoridad monárquica de los obispos (Mt 23, 1-11), definida por las primera cátedras (prôto-kathredias) en la comunidad y los primeros asientos (prôtoklisias) en las comidas/eucaristías. El principio y esencia de la iglesia no son unos obispos, sino las comunidades.
El evangelio de Mateo está lleno de autoridades (apóstoles, profetas, sabios, escribas, mujeres pascuales), pero de tipo ministerial, en una línea paulina no episcopal. Esas autoridades carismáticas bien organizadas, pero no episcopales, definen la esencia y misión de las iglesias.
La iglesia no es solo Mateo… En ella surgieron pronto tendencias que han desembocado en el establecimiento de un episcopado (cf. Ignacio de Antioquía, Ireneo…), pero quedando siempre firme la prioridad de las comunidades: No son las iglesias las que surgen de los obispos, sino los obispos los que surgen de las comunidades para realizar en su nombre algunos servicios, como puse de relieve en la postal anterior sobre el “caso Policarpo”, apoyándome en F Campenhausen. Y con esto paso ya al análisis y comentario de Mt 18, 15-20.
01.- Mt 18, 15-17. Norma general.
En un primer momento, las comunidades cristianas se parecen a la otros grupos judíos del entorno, como los esenios de Qumrán, que han buscado formas semejantes de integración y organización comunitaria. Pero en Qumrán hay una fuerte instancia jerárquica, con sacerdotes o miembros más altos que deciden las cuestiones; en Mateo, en cambio, decide toda la comunidad, como instancia de apelación universal:
18 15 Y si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano. 16 Si no te escucha, toma contigo a uno o a dos, pues todo problema se resuelva por dos o tres testigos. 17 Y si no les escucha llama a la iglesia, y si no la escucha, sea para ti como gentil y publicano [1].
Este pasaje ratifica el derecho de la Iglesia para instituirse como grupo autónomo. Su fondo parece de tipo judeo-cristiano y define a los de “fuera de la iglesia comopublicanos/gentiles (cf. 15, 21-28; 21, 31), sin matiz peyorativo. Publicanos y gentiles son los del mundo externo, los que no forman parte de la hermandad de la iglesia.
− Paradoja. La Iglesia no puede mantenerse como instancia mesiánica ni ofrecer la salvación a publicanos y gentiles (tema clave de 9, 10-11; 11, 19, 21, 31; 28, 16-20), si no instaura y defiende su identidad, trazando unos espacios de fraternidad interior fuera de los cuales no se puede vivir el evangelio en forma eclesial.
− Ortodoxia práctica. Son comunidad los que se dejan perdonar y perdonan; pero quienes rechacen el perdón no puede formar parte de ella. Ésta es la norma central de la Iglesia: quienes excluyen a los otros (pobres y pequeños) se excluyen a sí mismos de la comunidad de los perdonados (cf. 18, 23-35).
Esta paradoja estaba implícita desde el comienzo de Mt 18 (las ovejas pueden rechazar el redil mesiánico), pero aquí se establece como norma jurídica, es decir, como proto-derecho, precisamente para salvaguardar el principio y fundamento de la gracia según la cual la iglesia es capaz de regularse (trazar su regla o canon), creando espacios abiertos (y al mismo tiempo resguardados) de comunión, superando así el pecado perdón.
De esta forma se instaura el centro y la frontera instituyente del evangelio: El centro es el perdón siempre ofrecido; la frontera no nace de la iglesia (que no excluye, ni condena), sino del pecador, que se define en este pasaje como aquel que no acepta la fraternidad eclesial (ni acepta el perdón, ni perdona), queda fuera de la hermandad del perdón (en el ancho mundo de las leyes se publicanos/pecadores, conforme a este lenguaje). La misma comunidad traza y delimita así el espacio de perdón propio de la hermandad de perdón de la iglesia. De un modo normal, este pasaje no apela a una instancia exterior, ni deja la respuesta en manos de una jerarquía separada, sino que ella misma aparece y actúa como instancia de vida y comunión.
El texto comienza diciendo “si peca contra ti tu hermano”, es decir, un miembro de la comunidad. No se trata pues de un pecado intimista (sólo entre el creyente y Dios), sino de tipo social, que enfrenta a unos creyentes con otros, poniendo en riesgo la unidad y vida de los hermanos. Esa fórmula (si tu hermano peca contra ti: eis sé.) puede indicar que se trata de un problema entre dos, pero el tú ofrece aquí un carácter colectivo, y así lo interpretan, en el fondo, aquellos manuscritos que ponen simplemente “quien peca” (sin añadir contra ti: cf. GNT y NTG). Se trata, pues, de un pecado de ruptura fraterna.
Por eso, a fin de restaurar la comunión se instituye un proceso juríco en regla, primero entre algunos hermanos concretos a quienes empieza afectando la ruptura y después entre todos los miembros de la comunidad. El principio y norma es el perdón, pero allí donde ese perdón no se acoge ni ofrece se rompe la comunión, centrada en la salvación de los pobres y en la universalidad mesiánica. Por eso, los que no perdonan, se desligan ellos mismos de la Iglesia.
Ese proceso de separación resulta doloroso, pero es necesario y no puede delegarse, dejándolo en manos de otra instancia, como podría suceder en la administración imperial, donde las autoridades o instancias inferiores podían apelar al Cesar, que era juez supremo, por encima de las ciudades o provincias del imperio.
Según Mateo, cada comunidad de creyentes es autónoma, presencia de Dios, pues está formada por personas capaces de juntarse y resolver dialogando sus problemas, en un proceso en regla, que permite conocer las exigencias y límites de las comunidades. Quien no acepta el perdón, ni se deja cambiar se excluye a mismo de la comunidad. Le dijo Pedro ¿Señor, cuantas veces debo perdonar…? Respondió Jesús ¡Has de perdonar setenta veces siete! (18, 21-22).El perdón se entiende así como palabra final de la Iglesia. El perdón es, según eso, una experiencia de comunión universal, de la que se excluyen solamente aquellos que no perdonan ni se dejan perdonar [2].
02.- Razón teológica y cristológica (18, 18).
18 18 En verdad os digo: todo lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo [3]
Según el testimonio de Lucas, en Hch 15, 28 ss., los participantes del llamado concilio de Jerusalén, donde coincidieron las grandes líneas de la Iglesia primitiva (Pedro, Santiago, Pablo), habían alcanzado un consenso de base, proclamando nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…, para fijar de esa manera los principios básicos de la misión y mensaje de la iglesia.
Pues bien, en esa línea, tras haber ratificado la tradición petrina (cf. Mt 16, 19), afirmando según ella el carácter universal de la Iglesia, edificada sobre la Roca de la confesión de Pedro, Mateo ha formulado en este nuevo pasaje su experiencia de la Iglesia, que se expresa y concreta en cada una de las comunidades, que poseen una autoridad definitiva, en comunión con otras posibles comunidades, pero sin depender de ellas, y recibiendo así el nombre universal de Iglesia. No se puede hablar, según eso, de una Iglesia superior (universal) de la que dependen las iglesias concretas, ni de una suma de iglesias particulares, que forman así la Iglesia universal. Al contrario, cada comunidad es la Iglesia universal, concretada en un tiempo y lugar, con la misma autoridad creadora que había recibido y ejercicio Pedro en el principio. Así lo ratifica esta primera palabra de institución eclesial:
Estas palabras, lo que atareis y lo que desatareis se dirigen a cada comunidad de cristianos, afirmando que ella tiene la autoridad suprema, que se concretiza en la doble sentencia de atar y desatar, es decir, de acoger o no acoger, de confirmar o abrogar.
Los judeocristianoshabían sostenido sostenían que nadie puede desatar (lyô) los mandamientos de la ley (5, 19); pero Pedro había recibido las llaves del Reino, como primer escriba, intérprete de Jesús, y así pudo atar y desatar, estableciendo los principios de vida de la comunidad (cf. 16, 18-19). Pues bien, lo que hizo Pedro (para toda la iglesia) puede y debe hacerlo cada comunidad, avalada por el Cielo (=Dios), no para fundar otra iglesia, sino para expresar y actualidad en cada comunidad el fundamento y sentido de la Iglesia entera (evidentemente, en la línea de Pedro).
Eso significa que, en un sentido muy judío (y muy cristiano) la autoridad fundante la tiene y despliega cada iglesia, esto es, “vosotros”, los creyentes reunidos en comunidad, que podrán decir lo que dijeron los reunidos del “concilio de Jerusalén”: “nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros” (Hch 15, 28). En línea de evangelio, cada expresa en su vida la Vida del Cristo, siendo así comunidad mesiánica autónoma, gestionada por sí misma.
Ciertamente, pasado un tiempo, los mismos cristianos, herederos de Mateo, podrán nombrar y nombrarán presbíteros y obispos delegados, con autoridad para animar a las comunidades, pero, en su raíz, la autoridad (los llamados más tarde sacerdotes, en un sentido poco judío: presbíteros, obispos) sino la comunidad en cuanto tal, pues el diálogo de vida (de comunión y perdón) de los creyentes constituye la raíz y esencia de su autoridad, que no puede delegarse plenamente en nadie, pues no hay nadie por encima de la comunidad reunida [4].
La verdad (autoridad) eclesial de Jesús es la comunión dialogal de los creyentes, y no puede delegarse en manos de organismos o sistemas exteriores, pues ello iría en contra de la raíz del evangelio. La iglesia reunida puede y debe atar y desatar, es decir, vincular a los creyentes, en la línea de Jesús, sabiendo que algunos pueden quedar “fuera de ella”, no por ley impositiva, sino por experiencia de gracia, precisamente para bien de los niños y pequeños (18, 1-14), pues lo que va en contra de ellos va en contra de la comunión de la iglesia [5].
Signo y presencia de Dios es por tanto el diálogo concreto de perdón de la comunidad sobre cualquier ley punitiva, de manera que la misma comunión fraterna es revelación y signo de Dios, en la línea de Jesús, al servicio de los niños y pequeños. Según eso, una comunidad que es incapaz de reunirse, expresando su perdón y trazando sus caminos en diálogo de gracia (en defensa de los más pequeños), no es cristiana.
Diversos grupos judíos de aquel tiempo (qumramitas, fariseos…) lo sabían y practicaban (al menos en principio), afirmando que Dios está presente allí donde concuerdan los hermanos, pero corrían el riesgo de convertir la comunidad en unidades elitistas de puros, centrados en la observancia de la Ley. Los cristianos, en cambio, quisieron edificar su comunidad sobre los excluidos y pequeños, esto es, sobre los mismos pecadores perdonados.
Dos hermanos son ya comunidad, son iglesia, orando y perdonando
Ésta ha sido la experiencia clave de la iglesia, éste su razonamiento y su dogma inicial, que se identifica con el mismo diálogo comunitario, en una línea abierta a todos los hombres, sin separación de judíos y gentiles, conforme a la decisión fundacional de Pedro en 16, 15-19. Eso significa que la comunidad no puede delegar el despliegue de su vida en algunos individuos superiores (desentendiéndose ella), pues al hacerlo negaría su identidad evangélica. Por eso:
− 18 19 En verdad os digo: si dos de vosotros concuerdan en la tierra, sobre cualquier cosa que pidieren, les será dado por mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde se reúnen dos o tres en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.
De esa forma se vinculan el plano teológico (pues el mismo amor mutuo, expresado en forma de concordia o sinfonía entre los hermanos, es una oración que Dios Padre escucha) y el plano cristológico, pues Jesús está en aquellos que se reúnen en su nombre, siendo como es Dios con nosotros (cf. Mt 1, 23; 28, 10). Esa comunión fraterna de la Iglesia no es el resultado de unas obras, que pueden regularse por ley, ni se organiza en forma de sistema judicial, sino que emerge y se cultiva en forma de oración, esto es, como encuentro personal de unos hermanos que dialogan entre sí dialogando con Dios. Leer más…
A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de los diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:
Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)
Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)
El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)
De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).
La obligación de corregir (Ezequiel 33,7-9)
Al tratar de la corrección fraterna, es muy buen punto de partida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta. Si el profeta calla por comodidad o miedo, se le pedirá cuenta de su silencio.
Así dice el Señor: A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: «¡Malvado, eres reo de muerte!», y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.
El modo de corregir (Mateo 18,15-20)
En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquiera entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
― Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos.
Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos.
Si no les hace caso, díselo a la comunidad,
y si no hace casoni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.
Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testigos; 3) recurso a los miembros más antiguos e importantes («los grandes»); 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.
La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.
Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué significa la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.
¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad:
Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Relacionado con este tema están las frases finales.
Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.
El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La corrección fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.
El mejor modo de corregir: el amor (Romanos 13,8-10)
Los textos de Ezequiel y del evangelio suponen situaciones conflictivas en la comunidad; hablan de malvados y de personas que pecan. La carta a los Romanos también conoce el peligro del adulterio, el asesinato, el robo, la envidia… Pero no se centra en denunciar esos pecados, sino en fomentar la caridad. «Uno que ama a su prójimo no le hace daño». El que ama cumple toda la ley, y su amor puede ser el mejor modo de corregir.
Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robaras, no envidiarás», y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso, amar es cumplir la ley entera.
Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán
En el siglo II a.C., un grupo de judíos descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.
Los cuatro pasos en la Regla de la congregación
1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).
2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los «grandes» sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).
4) «El que calumnia a los «grandes», que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea. (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).
Algunos castigos en Qumrán
«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»
«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»
«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»
«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.
«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los «grandes» será castigado treinta días».
Realmente el tema del perdón, de la reconciliación, es algo “sagrado”. Incluso diría que hace de puente entre lo divino y lo humano. Dicho de otra manera: el perdón nos hace parecernos más a Dios.
Este fragmento del Evangelio de Mateo es una hermosa lección de lo que es la reconciliación y de lo implicadas que estamos todas en el buen o mal camino de nuestras hermanas.
El texto empieza diciendo: “si tu hermano peca”, es decir, si descubres que alguien cercano va por mal camino tienes el deber de avisarle. Si te das cuenta de que su vida toma un rumbo deshumanizante, ¡díselo!
No, no se trata de que vayamos por la vida dando lecciones a los demás, ni que juzguemos como pecado ajeno todo aquello que no cuadra con nuestros esquemas. No, eso no. Pero si tenemos a alguien cercano precipitándose por malos caminos no podemos quedarnos callados. Con respeto y humildad hay que saber decir lo que una ve.
Es curioso cómo insiste el evangelio: “Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos… y si no hace caso, díselo a la comunidad…”
A quien se equivoca hay que darle más de una oportunidad. Hay que hacer todo lo posible por aquellas personas que andan perdidas. Salir a buscarlas una y otra vez. Cargarlas sobre los hombros y alegrarnos de recobrarlas. En eso nos parecemos a Dios Abba, que no quiere que ni uno solo se pierda.
Sí, Dios necesita que nos apuntemos a “mujer que barre la casa” o “a pastor que busca ovejas perdidas”. A Él le interesan las últimas, las pequeñas, las perdidas…, y siente una enorme predilección por ellas.
Oración
Aquí nos tienes, Trinidad Santa, dispuestas a buscar la moneda o la oveja perdida. Deseosas de que nuestro corazón se parezca cada vez más al tuyo y se movilice ante la debilidad humana. Amén.
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DOMINGO 23 (A)
Mt 18,15-20
Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mateo comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros de la comunidad. Hay que notar que este texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida, que termina con la frase: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. El tema de hoy no es el perdón. Los textos lo dan por supuesto y van mucho más allá al tratar de ganar al hermano que ha fallado.
Lo que nos relata el evangelio de hoy es lo que se venía practicando en la comunidad de Mateo. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo en la sinagoga. En este evangelio es muy relevante la preocupación por la vida interna de la comunidad (Iglesia). El evangelio nos advierte que no se parte de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin violencia.
En la primera frase tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado a nosotros distintas versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Lo que está claro es que ninguna de estas versiones se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al fallo debía responder perdón y corrección. El próximo domingo, Jesús dirá a Pedro que tiene que perdonar ‘setenta veces siete’.
“Si tu hermano peca” no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado. La práctica penitencial de los primeros siglos se fue desarrollando solo en torno a los pecados contra la comunidad, no se tenía en cuenta ni se juzgaba la actitud personal con relación a Dios sino el daño que se hacía a la comunidad. La respuesta de la comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de todos sus miembros.
La corrección fraterna no es tarea fácil, porque el ser humano tiende a manifestar su superioridad. En este caso puede suceder por partida doble. El que corrige puede humillar al corregido queriendo hacer ver su superioridad moral. Aquí tenemos que recordar las palabras de Jesús: ¿Cómo pretendes sacar la mota del ojo del tu hermano, teniendo una viga en el tuyo? El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez humana no fácil de alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe una verdadera comunidad.
Tendemos a esperar que los otros sean perfectos y en cuanto algún miembro de la comunidad falla ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después saldrán a relucir esas carencias. Es muy difícil advertir al otro de sus fallos sin acusarle y humillarle, pero es más difícil todavía aceptar que me corrija otro que es pecador como yo.
Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla en realidad es la capacidad de los cristianos para convencer al otro de su equivocación, y que siguiendo por ese camino se está apartando de la meta que él mismo pretende conseguir. Una buena corrección tiene que dejar muy claro que buscamos el bien del corregido y no nuestra vanagloria. Debemos ser capaces de demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana, sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta. Radicalmente apartado de los demás, ningún ser humano conseguiría el más mínimo grado de humanidad.
“Atar y desatar”. Es una imagen del AT muy utilizada por los rabinos de la época. Se refiere a la capacidad de aceptar a uno en la comunidad o excluirlo. Así lo entendieron también las primeras comunidades, cuyos miembros eran todos judíos. El concepto de pecado, como ofensa a Dios que necesita también el perdón de Dios, tal como lo entendemos hoy, no fue objeto de reflexión en la primera comunidad. No se trata de un poder conferido por Dios para perdonar los pecados entendidos como ofensas contra Él.
“Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mateo ponía en boca de Jesús exactamente las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mateo no se encuentra una autoridad que toma decisiones. En el contexto, podemos concluir que son las personas individuales las que tienen que acatar el parecer de la comunidad y no al revés, como se nos ha querido hacer ver.
“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta (está en medio) cuando hay por lo menos dos (comunidad). La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar identificados con la actitud de Jesús, es decir, buscando únicamente el bien del hombre, de todos los seres humanos, también de los que no pertenecen al grupo. Esto lo hemos olvidado por completo.
Es imposible cumplir hoy ese encargo de la corrección fraterna porque está pensado para una comunidad donde se han desarrollado lazos de fraternidad y todos se conocen y se preocupan los unos de los otros. Lo que hoy falta es precisamente esa comunidad. No obstante, lo importante no es la norma concreta, que responde a una práctica de las comunidades de entonces, sino el espíritu que la ha inspirado y debe inspirarnos a nosotros la manera de superar los enfrentamientos a la hora de hacer comunidad.
La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una directa relación con Dios para solucionar mis fallos. El texto evangélico insiste en que hay que agotar todos los cauces para hacer salir al otro de su error, pero una vez agotados todos los cauces, la solución no es la eliminación del otro, sino la de apartarlo, con el fin de que no siga haciendo daño al resto de los miembros de la comunidad. La solución final manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si la comunidad tiene que apartarlo es que no tiene capacidad de integrarlo.
El objetivo de la comunidad es la ayuda mutua en la consecución de la plenitud humana. La Iglesia debe ser sacramento (signo) de salvación para todos. Hoy día no tenemos conciencia de esa responsabilidad. Pasamos olímpicamente de los demás. Seguimos enfrascados en nuestro egoísmo incluso dentro del ámbito de lo religioso. El fallo más letal de nuestro tiempo es la indiferencia. Martín Descalzo la llamó “la perfección del egoísmo”. Otra definición que me ha gustado es esta: “es un homicidio virtual”.
«Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo»
Esta frase le ha servido tradicionalmente a la Iglesia para basar en ella su poder, pero existe otra interpretación más profunda y humanizadora: “Si perdonáis y compadecéis, habrá perdón y compasión en el mundo, y si no, no los habrá”…
Jesús está diciendo una obviedad: que el mundo será finalmente lo que nosotros hagamos de él; que cada persona y la humanidad entera están por construir, y que en nuestras manos está que esa realidad que vamos conformando día a día sea plena y armoniosa, o un desastre fruto de nuestras pasiones. Cada uno de nosotros, el mundo, la humanidad, se pueden estropear, y está en nuestra mano evitarlo.
Esta interpretación implica que el mundo tiene sentido, que está dirigido a un fin, y que el sentido de nuestra vida está íntimamente ligado al destino del mundo. Dios nos ha engendrado por amor y nos ha confiado a nosotros, sus hijos, la terea de completar su obra. Para poder hacerlo, nos ha insuflado su espíritu, es decir, nos ha dotado de la capacidad de amar y compadecer, y también, de inteligencia y libertad. Pero aquí surge el problema, porque la libertad nos permite obrar el mal, y el mal nos complica sobremanera el camino hacia la meta.
Por eso, nuestra tarea, el sentido de nuestra vida, es la lucha contra el mal, una lucha que requiere confianza en el resultado; confianza en que si no cejamos alcanzaremos un mundo donde el mal haya sido definitivamente erradicado. Confianza también en que Dios está de nuestro lado en esta lucha. Sin la implicación de Dios tendríamos la batalla perdida de antemano, porque el mal es mucho más fuerte que nosotros, y porque lo tenemos tan arraigado, que en muchas ocasiones nos sentimos a su merced (Romanos 7,15).
Pero no estamos inermes ante el mal. Como decía Juan Antonio Estrada en su libro “La pregunta por Dios”, tenemos la capacidad de luchar contra el mal físico, usando la razón, y contra el mal moral, movidos por nuestra conciencia que nos empuja a defender los derechos de todos. Es el soplo de Dios que alienta en nosotros el que nos da la fuerza necesaria para evitar que el mal se adueñe de nosotros, para impedir que nos esclavice, para afrontar los sucesos negativos con esperanza, para combatir su potencial destructivo, para impedir que el mal termine doblegando al hombre; para seguir soñando con un final feliz donde el mal haya sido aniquilado…
En Jesús hemos conocido el sueño de Dios, y también hemos conocido que tenemos la capacidad de contribuir a él. «Pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal porque Dios estaba con él». La forma de luchar contra el mal es sembrando el bien, es decir, perdonando, compadeciendo y ayudando. Ésa es la tarea de quien sigue a Jesús: sembrar.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
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COMENTARIO AL EVANGELIO Mt 18,15-20
10 de septiembre de 2023
El evangelio que hoy nos propone la liturgia, es muy paradójico, complejo de vivir y sencillo de entender. Ahora bien, entre esa complejidad y la simplicidad del mensaje, estaría la determinación de cada persona para encarnarlo en la vida.
El texto nos puede confundir porque está cortado por delante y por detrás. Habría que leer los versículos anteriores y posteriores para poder situar bien estas palabras. Hoy va de relaciones humanas y reconciliación, es decir, el pan nuestro de cada día. Importante comenzar a destacar que Mateo introduce una novedad en la vida de sus seguidores. Es la primera vez que utiliza la palabra “hermano» para referirse al vínculo existente entre los discípulos de Jesús.
Este discurso de Jesús forma parte de la respuesta que da a los discípulos cuando le preguntan: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? La respuesta de Jesús puede resultar desconcertante: hacerse como niños y cuidar a los niños. Leído desde la superficialidad habrá personas que disfruten con esta respuesta; puede dar la razón a quienes opinan que la religiosidad, la fe, la espiritualidad, es una vivencia infantilizante y que genera personas poco hechas, débiles, pequeñas, sin terminar. Leído con un poco más de profundidad, podríamos acercarnos a lo que tal vez Jesús pretendía expresar.
En la época de Jesús sabemos que los niños no eran reconocidos socialmente, mucho menos las niñas. Los niños, por el hecho de no ser personas maduras, serias, acabadas, parece que no tienen mucho que aportar. Jesús nos remite al niño, a la niña que todos llevamos dentro, al que vivía con intensidad, con confianza, el que no entendía de tiempos y de espacios, el que vivía conectado a lo ilimitado y el que pensaba en libertad y poco le importaba quedar bien ante los demás. Y, especialmente, ese niño, esa niña, con una profunda y sana capacidad de reconciliación, sin rencor y sin rivalidad.
Este breve discurso de Jesús podría parecer el de un psico-pedagogo que busca reconstruir unas relaciones sanas entre iguales. Jesús nos plantea el proceso para hacernos conscientes de nuestros actos y su alcance en los demás. Nos propone agotar todas las posibilidades. “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”. ¿Cómo vivimos la herida que otros nos hacen? ¿Y cuándo somos nosotros quienes herimos y nos reprenden? Invito a los lector@s a pararse y ahondar en este asunto porque puede haber sorpresas cuando somos muy honestos con la verdad que vivimos.
El paso maduro, equilibrado y sano, es decírselo a la persona en cuestión. Ahora bien, para ello, necesitamos soltar dos trampas de nuestra mente: intentar quedar bien ante el otro, aunque perdamos, y una actitud reactiva de devolver de inmediato el daño recibido. Si nos liberamos de ello, si realmente le decimos que nos ha herido y le hablamos de manera que le llegue una vibración de sinceridad, de búsqueda de la verdad, dice Jesús que “habremos salvado al hermano”. ¿Salvado de qué o de quién”? Si salvar es librar a una persona o a una cosa de un peligro o de una amenaza, Jesús tiene razón. ¿Quizá salvarle del peligro de la tiranía y de darle un poder que no le corresponde?
A veces es imposible poder hacer consciente a la persona de sus actos Si esto no es posible porque, a veces, las personas nos cerramos a cualquier verdad que no sea la nuestra, busquemos ayuda, no por incapacidad de resolución del asunto, sino para ampliar el horizonte y objetivar todo lo posible la corrección fraterna.
Continúa el texto con unas palabras de Jesús que considero esenciales y que hacen referencia a la dinámica de nuestro vínculo con Dios: En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Siempre se ha hablado de que estas palabras se refieren al poder de perdonar los pecados en un sentido más sacramental y ejercido por los ministros. Sinceramente no lo tengo claro, tampoco lo niego, pero creo que el poder para perdonar es propio de toda persona, poseemos esta capacidad, este poder, de una manera innata y es la máxima expresión de autenticidad y madurez a la que se puede llegar.
Perdonar los pecados de los demás cuando no va conmigo es muy fácil y, si eso te da un poder y un status, no hay mucho más qué decir; ahora bien, perdonar a quien nos hiere y recibir el perdón de la persona a la que hemos herido, es una manera de conectar la tierra con el cielo, lo humano y lo divino.
Los vínculos que existen entre nosotros son más que simples lazos humanos: comprometen al «Cielo», como expresa el texto, porque el «Cielo» se ha comprometido con nosotros y somos prolongación de Dios en la tierra y la tierra es prolongación de lo humano en el Cielo. Utilizo Cielo-Tierra como alegoría para designar la dimensión humana y divina que conforma nuestra existencia. Atar o desatar, dos movimientos que nos llevan a conectarnos desde una vida auténtica o desconectarnos de nuestra “casa” y de nuestra verdad.
Cierra Jesús este breve discurso con su convencimiento de la fuerza de la comunidad, no como convivencia sino como comunión, importante matiz. Es un poder que podemos llegar a vivir los seres humanos con un impacto transformador en un mundo tan separado, divido, diverso, frenético… ¿podríamos conectarnos unos a otros para que la vida fluyera en unidad y capacidad de transformación? Ya veremos.
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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario
10 septiembre 2023
El capítulo 18 del evangelio de Mateo contiene una serie de normas que habían de regir la vida comunitaria de aquellos primeros grupos de discípulos de Jesús que se iban constituyendo.
No son, por tanto, palabras del propio Jesús, sino una creación posterior, exigida por la situación. La constitución de cualquier grupo humano requiere normas que regulen su funcionamiento.
El problema aparece cuando las normas se absolutizan, otorgándoles valor por encima de las personas. Suele ser una tendencia habitual en grupos sectarios y, más en general, en comunidades impregnadas de autoritarismo, y dan lugar a un modo de vida legalista y moralista. Riesgos que no están ausentes en el texto que comentamos, que insta a considerar como “pagano” o “publicano” a quien no se ajuste a las normas.
Sea como sea el modo en que los diferentes grupos tratan de solventar la cuestión de su propio funcionamiento, lo que parece obvio es que tanto el legalismo como el moralismo mostrarán pronto sus efectos negativos: no solo porque se coloca la norma o la ley por encima de la persona -en contra de lo que el propio Jesús había advertido: “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”-, sino porque se ignora el carácter abierto de lo real.
Que la realidad sea abierta significa que, en contra de lo que suele ser la rigidez mental -que casa mejor con actitudes legalistas y moralistas-, permite diferentes niveles de consciencia, de los que brotarán, lógicamente, lecturas y comportamientos diversos.
Esto no significa caer en un relativismo vulgar para el que todo vale lo mismo y que justifica cualquier cosa, sino reconocer el modo abierto como se expresa lo real. No todo vale igual, pero cada persona tiene un camino propio que recorrer. Caminos bien diferentes que, sin embargo, tienen cabida y son acogidos dentro de la realidad, esencialmente abierta.
Sin embargo, el nivel mítico de consciencia -que, en mayor o menor medida, pervive en todos nosotros- impide verlo. Porque para ese nivel, solo existe una verdad -la propia- y un único modo correcto de ver y de hacer las cosas. Solo un nivel de consciencia pluralista y aperspectivista regala una mirada omnicomprensiva, respetuosa, tolerante y constructiva.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- El problema de la ética y la moral.
Las lecturas de hoy dan pie para abordar un problema que no solemos tratar en las homilías, es la cuestión de la moral y de la ética en su perspectiva de Moral Fundamental. ¿De dónde surge la moralidad en la vida?
(Al menos hoy vamos a pensar estas cosas en la brevedad de una homilía).
¿Cuál es el fundamento de la ética y de la moral?
Ética es un término griego y moral es una palabra latina; ambas significan más o menos lo mismo: “costumbre” y, por prolongación: estilos y esquemas de vida y comportamiento. De manera que, la ética y la moral configuran, ordenan los comportamientos humanos desde la perspectiva del bien y mal.
02.- ¿Cuál es el fundamento de la moral-ética? (Consideraciones)
¿De dónde le viene la moralidad a un acto, a una actitud, a un modo de vivir? ¿Por qué y desde dónde podemos decir que determinado comportamiento es bueno o malo?
+ Hasta hace no mucho tiempo todos vivíamos en un mismo universo cultural y, por tanto, también en un mismo entramado ético-moral. Comúnmente se admitía una fuente de moralidad: Dios. La ética-moral judeo cristiana tenía su fundamento en el Sinaí, en los diez mandamientos y en las pautas de comportamiento de la vida se regulaban desde ahí. Al mismo tiempo la moralidad surgía del evangelio de Jesús, del seguimiento de Jesús.
+ Pero esa cierta uniformidad moral (y cultural) ha saltado por los aires. Los cambios socio-culturales, las migraciones, las ideologías políticas, han hecho que los criterios y comportamientos hayan cambiado en muchos aspectos de la vida: trabajo, economía, sexualidad, política, familia, educación, etc.
+ Por otra parte, en nuestro contexto cultural Dios ha muerto (Nietzsche), lo hemos matado pensando que, apartando a Dios y siendo nosotros autónomos, siguiendo nuestras ideas, nuestra voluntad, llegaríamos a ser realmente libres y perfectos, para poder hacer lo que nos apetezca sin tener que doblegarnos a nadie.
+ Pero no parece que, cuando Dios desaparece de escena, el hombre no llega a ser más libre, más honrado. Al contrario, más bien parece que perdemos dignidad.
¿Es cierto que cuanta menos religión, cuanta menos ética y moral, más libre y mejor vive el hombre?
Esto no parece cierto:
Cada minuto gastan los países del mundo casi 2 millones de dólares en armamento militar. (Desde aquí se explica la guerra Ucrania-Rusia y otras guerras).
700.000 niños mueren al año de hambre o de enfermedades causadas por el hambre. (En la media hora que puede durar una misa, habrán muerto de hambre 750 niños).
Cada año se destruye para siempre una superficie de bosque tropical equivalente a la mitad de España.
Pensemos en la violencia de género, los malos tratos, el rol de la mujer en el mundo y en la Iglesia.
+ La cuestión que se nos plantea es ¿cuál es el principio de moralidad?
+ Gran parte de la sociedad piensa que la ética y la moralidad provienen de la ley –legislación- que emanan los parlamentos. Es bueno o malo lo que dice la ley.
Pero no parece que esto sea cierto, pues no todo lo legal es moralmente bueno. El sistema económico es legal, pero profundamente injusto e inmoral.
+ La moralidad y la ética no nacen de comparar la vida, las actitudes con mis intereses ideológicos de partido y por tanto es bueno o malo, lo que favorece mi ideología, mi nación, mi cuenta corriente, mi modo de vida o mi religión. Una actitud, una legislación no es buena porque consiga votos o contribuya a lograr determinado fin político.
Incluso en el mismo mundo eclesiástico muchos (laicos y clero) pensamos que el bien y el mal surgen del cumplimiento o no de la ley eclesiástica, es decir del Derecho Canónico y no del Evangelio. Cuando en realidad el bien y el mal surgen del seguimiento de JesuCristo y -en última instancia- del mandamiento del amor desde el interior del ser humano.
+ En muchas personas flota la idea de que la moralidad es una cuestión privada, cada uno hace lo que cree, lo que le parece en su conciencia. Por eso, las cuestiones ético-morales ni se tocan y de ellas no se habla, no se enseñan, cada uno hace lo que cree.
Pero tampoco esto es cierto porque la mayor parte de las cuestiones importantes no son meramente individuales, sino comunitarias: el asesinato, las guerras, el hambre, el trabajo, la familia, no son cuestiones que han de quedar meramente a la decisión de un individuo, fanático o no. La sexualidad, el aborto, el consumismo convulsivo occidental, la convivencia de la ciudad, la política, el cuidado de la tierra (ecología) no son meras cuestiones de mi conciencia, sino de todos.
Por tanto la ética y la moral son una cuestión comunitaria, social del ser humano que vive en un pueblo. Y estas cosas hay que enseñarlas, -en términos educativos se llama “socialización”-. Toda sociedad ha de transmitir a las nuevas generaciones su idioma, su cultura, sus valores, sus costumbres y su ética.
03. Los creadores de nuevas éticas
Las ideologías imponen su ética y su ley de tipo económico o de tipo nacional. Los medios de comunicación son los “nuevos Moisés o los nuevos Sinaí”, que imponen las pautas de comportamiento desde la tiranía de la ideología a quien sirven.
Pero las mayorías –en cuanto mayorías- no son fuente de moralidad. Ni los parlamentos, ni la banca, ni los medios de comunicación son fuente sana de moralidad. Las mayorías. La economía, la política pueden tener poder, pero no verdad, ni bien, ni belleza.
04.- La moralidad nace de ver la vida desde el ser humano y desde Dios (Ultimidad).
Dios es la ultimidad de la existencia, y -para nosotros los cristianos- esa ultimidad es Padre, con lo que ello supone de creación, vida, protección, amor y perdón: todos ellos valores éticos de gran calado.
A Moisés caminando con el pueblo por el desierto no le fueron escritos milagrosamente los “mandamientos” en dos tablas de piedra, sino que, caminando por la vida, afrontando los problemas de la vida, pensando, dialogando con los suyos y aprendiendo de la vida, fue –fueron-descubriendo las pautas de conducta que le parecían mejores para el bien de su pueblo. Después, Moisés como persona religiosa que era, Dios comprendiendo que aquellos criterios eran buenos, eran también queridos por Dios, fueron propuestos al pueblo como salidos de la propia boca divina. Son palabra de Dios.
(Es una revelación ascendente: del ser humano a Dios).
La palabra humana confrontada con lo que sea bueno para el ser humano y confrontada con la ultimidad, llega a ser Palabra de Dios.
+ Por otra parte, van surgiendo muchas cuestiones nuevas, y otras, que siendo viejas, se replantean desde modernas perspectivas antropológicas, sociológicas, psicológicas, médicas, etc. Y esas cuestiones requieren pensamiento, lucidez, trabajo, camino…
Pensemos en los problemas que plantea la genética con sus posibilidades de curación y sus peligros de manipulación; pensemos en la bioética, la fecundación in vitro, la homosexualidad, el LGBTQ, la pena de muerte, etc. Son tareas humanas: hemos de encontrar pautas de conducta que llevan a una vida más auténtica y a una convivencia más humanizadora.
Para ir concretando la ética en normas, leyes, etc., se requiere calma, pensamiento, estudio, amplitud de mente, libertad de espíritu, desinterés, bondad humana.
El problema de la homosexualidad no está bien tratado ni resuelto por una mera ley. Hay que estudiar más el problema desde la antropología, la psicología, la medicina, la Biblia, la moral.
Los malos tratos y los asesinatos de parejas no se van a resolver por una ley (siendo necesaria). Hay que pensar –y estudiar- un poco más en una mejor educación sexual; ¿qué podemos esperar de una sistemática concepción erótica de la vida, de los medios de comunicación?
¿No habrá que repensar algunos aspectos y criterios en cuestiones políticas? Porque ni la economía, ni la nación, ni el placer son criterios últimos de moralidad.
La ética judía fue naciendo poco a poco en el camino del desierto, cuando las tribus hebreas se iban constituyendo como pueblo. En el Sinaí se plasmó el decálogo.
05.- La moral cristiana.
JesuCristo sitúa la moralidad en lo profundo de la humanidad: es bueno o malo lo que sale del interior del hombre y lo que contribuye –o destruye- la construcción de una humanidad conforme al reino de Dios, o lo que es lo mismo: verdad, libertad, justicia, amor, perdón.
Para que tengamos una ética y una moral sanas habremos de mirar y pensar libre y creativamente a Dios y al ser humano.
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Brian Flanagan
La publicación de hoy es de Brian Flanagan (él/él), teólogo y miembro principal del New Ways Ministry. Es ex presidente de la Facultad de Teología y, más recientemente, profesor asociado en la Universidad Marymount en Arlington, Virginia. Su investigación se centra en la eclesiología y el ecumenismo, y su libro más reciente es Tropezar en la santidad: pecado y santidad en la Iglesia. Recibió su licenciatura en la Universidad Católica de América y su maestría y doctorado en teología en Boston College. Es un hombre gay casado y feligrés de la Iglesia Holy Trinity en Georgetown, D.C.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el 22º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
“Me digo a mí mismo, no lo mencionaré, No hablaré más en su nombre. Pero luego se vuelve como fuego ardiendo en mi corazón, aprisionado en mis huesos; Me canso de aguantarlo, no puedo soportarlo”.
(Jeremías 20:9)
En la primera lectura de Jeremías de hoy, escuchamos una de las quejas épicas de las Escrituras hebreas. Continúa unos versos después: “¡Maldito el día / en que nací! / ¡Que el día que mi madre me dio a luz / nunca sea bendito! […] ¿Por qué salí del vientre, / para ver tristeza y dolor, / para terminar mis días en vergüenza?” (Jer 20:14, 18)
Jeremías nunca quiso ser profeta. Lo metieron en el cepo, lo arrojaron a un pozo, lo abandonaron sus amigos, todo por decir la verdad. E incluso mientras anunciaba al pueblo de Jerusalén su inminente derrota a manos de los babilonios, también se queja –en voz alta– de que Dios lo ha puesto en esta posición. ¿Cómo puede ser esto una buena noticia?
Si bien no sabemos nada sobre la sexualidad de Jeremiah, este episodio de su historia podría resonar en algunos católicos LGBTQ+ y sus familias. [1] Lo que muchos de nosotros, quizás la mayoría de nosotros, esperamos es el espacio y la libertad para vivir vidas de alegría tranquila en las amistades, el trabajo, la familia y la comunidad, para lograr la santidad en el amor a Dios y a nuestro prójimo. Y, sin embargo, ¿cuántas veces se les ha pedido a las personas LGBTQ+ que guarden silencio para no molestar a alguien, causar un problema, agitar el barco o avergonzar a alguien? No estoy sugiriendo que no haya buenas razones para la discreción y la prudencia, y que nadie debería revelar ni verse obligado a revelar su sexualidad o identidad de género de una manera que pudiera ponerlo en peligro a sí mismo o a sus familias. Pero en lugares donde actos simples como tomar la mano del cónyuge o especificar los pronombres elegidos pueden recibirse como “echárnoslo en cara”, ¿por qué las personas LGBTQ+ han insistido en salir del armario de varias maneras?
La experiencia de Jeremías de ser profeta y la experiencia de los católicos LGBTQ+ de salir del armario comparten una cosa importante en común: el compromiso de decir la verdad. Cuando tratamos de escondernos en las sombras, “nos cansamos de aguantarlo”. «No podemos soportarlo». Decirle a otro la verdad sobre quiénes somos no es parte de una gran conspiración para apoderarse del mundo, sino que está arraigado en un impulso mucho más simple y humilde: el deseo de ser honesto con los demás.
El compromiso de las personas LGBTQ+ de decir la verdad sobre sus propias vidas y sus propias experiencias puede ser un impulso profundamente religioso: un acto de fidelidad a la verdad y, por tanto, un acto de fidelidad al Dios que es la Verdad. Al negarse a cumplir con formas de “no preguntes, no digas”, las personas LGBTQ+ se niegan a ser cómplices de regímenes de mendacidad que ocultan u oscurecen la verdad. Y como hemos visto en las últimas décadas, cuanto más se dice la verdad, menos a menudo es necesario que se convierta en pronunciamientos dramáticos o declaraciones audaces. En cambio, ahora es posible que suceda con mayor frecuencia y de manera más orgánica a través de rutas más suaves y normales de compartir quién es uno o a quién ama durante una cena con un nuevo amigo o a la hora del café después de Misa. Estos actos de ser “profetas menores” han comenzado a crear el tipo de mundo que muchos de nosotros esperamos, y que creo que Dios está esperando.
Pero decir la verdad tiene un costo: Jeremías nos muestra que decir verdades que incomodan a la gente a veces hace que te arrojen a un pozo. La lectura del Evangelio de hoy proporciona más detalles sobre el costo del discipulado. “El que quiera venir en pos de mí, debe negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme”, enseña Jesús. “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Mateo 24-25)
La vida cruciforme de Jesús es el patrón de nuestras propias vidas como discípulos de Cristo, y quizás de las vidas de las personas LGBTQ+ que sufren en su compromiso con la autenticidad. Esto no significa que el sufrimiento sea de alguna manera “bueno” por sí mismo o que debamos buscarlo como una insignia de honor. Pero la fidelidad a Dios, la fidelidad a la verdad y la fidelidad a la realidad del Reino de Dios, ya pero aún no plenamente presente, conduce a menudo al sufrimiento impuesto por los poderes de este mundo.
Nuestros hermanos LGBTQ+ en lugares y situaciones vulnerables saben muy bien lo costoso que puede ser decir la verdad. Aquellos de nosotros que tenemos la suerte de estar protegidos de un peligro tan inmediato tenemos la responsabilidad continua de ser solidarios con estos “mártires de la verdad”. También podríamos valorar –sin celebrar– las formas en que nuestro propio discipulado nos ha unido a su sufrimiento y al sufrimiento de Cristo, y consolarnos con el florecimiento más profundo al que nuestras cruces podrían llevarnos. En momentos como estos, quizás podamos orar como Jeremías, quien en medio de la queja encuentra espacio para expresar su fe:
Señor de los ejércitos, tú pruebas a los justos, ves mente y corazón, Déjame ver la venganza que tomas sobre ellos, a ti he confiado mi causa.
Cantad al Señor, alabado sea el Señor, Porque ha salvado la vida de los pobres. del poder de los malhechores!
(Jeremías 20:12-13)
[1] Dios le instruye a no tomar esposa ni tener hijos porque “en cuanto a los hijos e hijas nacidos en este lugar, las madres que los dan a luz, los padres que los engendran en esta tierra: De enfermedad mortal morirán. Sin lamento ni sepultura quedarán como estiércol en la tierra. La espada y el hambre acabarán con ellos, y sus cadáveres se convertirán en comida para las aves del cielo y las bestias de la tierra. (Jer 16:3-4) Cosas divertidas.
—Brian Flanagan (él/él), New Ways Ministry , 3 de septiembre de 2023
Comentarios desactivados en “Arriesgar todo por Jesús”. 22 Tiempo ordinario – A (Mateo 16,21-27)
Es difícil no sentir desconcierto y malestar al escuchar una vez más las palabras de Jesús: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Entendemos muy bien la reacción de Pedro, que, al oír a Jesús hablar de rechazo y sufrimiento, «se lo lleva aparte y se pone a increparlo». Dice el teólogo mártir Dietrich Bonhoeffer que esta reacción de Pedro «prueba que, desde el principio, la Iglesia se ha escandalizado del Cristo sufriente. No quiere que su Señor le imponga la ley del sufrimiento».
Este escándalo puede hacerse hoy insoportable para los que vivimos en lo que Leszek Kolakowsky llama «la cultura de analgésicos», esa sociedad obsesionada por eliminar el sufrimiento y malestar por medio de toda clase de drogas, narcóticos y evasiones.
Si queremos clarificar cuál ha de ser la actitud cristiana, hemos de comprender bien en qué consiste la cruz para el cristiano, pues puede suceder que nosotros la pongamos donde Jesús nunca la puso.
Nosotros llamamos fácilmente «cruz» a todo aquello que nos hace sufrir, incluso a ese sufrimiento que aparece en nuestra vida generado por nuestro propio pecado o nuestra manera equivocada de vivir. Pero no hemos de confundir la cruz con cualquier desgracia, contrariedad o malestar que se produce en la vida.
La cruz es otra cosa. Jesús llama a sus discípulos a que le sigan fielmente y se pongan al servicio de un mundo más humano: el reino de Dios. Esto es lo primero. La cruz no es sino el sufrimiento que nos llegará como consecuencia de ese seguimiento; el destino doloroso que habremos de compartir con Cristo si seguimos realmente sus pasos. Por eso no hemos de confundir el «llevar la cruz» con posturas masoquistas, una falsa mortificación o lo que P. Evdokimov llama «ascetismo barato» e individualista.
Por otra parte, hemos de entender correctamente el «negarse a sí mismo» que pide Jesús para cargar con la cruz y seguirle. «Negarse a sí mismo» no significa mortificarse de cualquier manera, castigarse a sí mismo y, menos aún, anularse o autodestruirse. «Negarse a sí mismo» es no vivir pendiente de uno mismo, olvidarse del propio «ego», para construir la existencia sobre Jesucristo. Liberarnos de nosotros mismos para adherirnos radicalmente a él. Dicho de otra manera, «llevar la cruz» significa seguir a Jesús dispuestos a asumir la inseguridad, la conflictividad, el rechazo o la persecución que hubo de padecer el mismo Crucificado.
Pero los creyentes no vivimos la cruz como derrotados, sino como portadores de una esperanza final. Todo el que pierda su vida por Jesucristo la encontrará. El Dios que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros a una vida plena.
Comentarios desactivados en “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo”. Domingo 03 de septiembre de 2023. 22º domingo de tiempo ordinario.
Leído en Koinonia:
Jeremías 20,7-9:La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí Salmo responsorial 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío. Romanos 12,1-2:Presentad vuestros cuerpos como hostia viva Mateo 16,21-27: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo
La liturgia de hoy centra la atención sobre las consecuencias dolorosas del ministerio profético y del seguimiento de Jesús. Tanto Jeremías como Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesús.
La experiencia del exilio marcó la vida del pueblo de Israel. Fue un momento muy doloroso que le exigió replantear su fe en el Dios de la Alianza. En este marco histórico se ubica el Profeta Jeremías.
Este pasaje pone de relieve el clamor del profeta porque Dios le ha seducido y le ha forzado, ha sido objeto de burla de todos y la palabra ha sido motivo de dolor y desprecio. Por eso el profeta ha querido desentenderse de la misión pero la Palabra ha sido más fuerte y, prácticamente, lo ha vencido.
La mayoría de los profetas bíblicos han sufrido experiencias similares a las de Jeremías. Son rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos tuvieron que sufrir la muerte o el destierro. Pero pudo más la fidelidad a Dios y a su Pueblo que su propia seguridad y bienestar. La Palabra de Dios actúa en el profeta como un fuego abrasador que no lo deja tranquilo y lo mantiene siempre alerta en el cumplimiento de su misión.
La segunda lectura de la carta de Pablo a los cristianos de Roma utiliza un lenguaje imperativo. Estos versículos sirven de enlace entre la parte anterior de orden más indicativo. El lenguaje es exhortativo. Les habla no sólo como hermano en la fe sino con la autoridad del Apóstol. Les invita a hacer de su cuerpo una ofrenda permanente a Dios. El verdadero culto no se reduce a ritos externos sino que procede de una vida recta. El cuerpo, vehículo de la vida interior, debe ser un canto de alabanza y gratitud a Dios. En esto consiste la conversión para Pablo: en una vida totalmente transformada por el Espíritu de Dios, en el cambio de mentalidad, de valores, de horizonte. Sólo así se podrán tener los criterios de discernimiento para buscar, encontrar y realizar la voluntad de Dios.
En el evangelio nos encontramos con un bello esquema catequético «sobre el discipulado como seguimiento de Jesús hasta la cruz». Jesús pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección está estrechamente vinculado a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Pero los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no han comprendido esta realidad. Ellos están convencidos del mesianismo glorioso de Jesús que se enmarca dentro de las expectativas mesiánicas del momento. Jesús rechaza enfáticamente esta propuesta, pues la voluntad del Padre no coincide con la expectativa de Pedro y los discípulos. Por eso Pedro aparece como instrumento de Satanás delante de Jesús para obstaculizar su misión.
El maestro invita al discípulo a continuar su camino detrás de él porque aún no ha alcanzado la madurez del discípulo. Luego Jesús se dirige a todos los discípulos para señalarles que el camino del seguimiento por parte del discípulo también comporta la cruz. No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio del evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y resurrección de Jesús. La pérdida de la vida por la Causa de Jesús habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios.
En el Bautismo hemos sido consagrados sacerdotes profetas y reyes. Por lo tanto la dimensión profética de nuestra fe es intrínseca a la consagración bautismal. Hoy no podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesús. Y sabemos que las consecuencias del profetismo, vinculado estrechamente a la misión evangelizadora, son la oposición, la persecución, el rechazo y el martirio. Muchos hombres y mujeres en distintas partes del mundo se han jugado la vida por la fe y la defensa de los valores evangélicos. Si se quiere seguir a Jesús en fidelidad tendremos que enfrentar muchas contradicciones, caminar a contravía de lo que propone el orden establecido, la cultura imperante y la globalización del mercado –que no es otra cosa que la globalización de la exclusión–.
Quisiéramos vivir un cristianismo cómodo, sin sobresaltos, sin conflictos. Pero Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al evangelio. ¿Cómo vivimos en la familia y en la comunidad cristiana la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos/as a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera? Leer más…
Comentarios desactivados en 3.9.23, Dom 22 TO. Pedro corrige a Jesús; Jesús reprende a Pedro: Apártate, Satanás (Mt 16,21-27)
Del blog de Xabier Pikaza:
Este evangelio (Mt 16, 21‒27) y el del domingo anterior (Mt 16, 13‒20), ofrecen una radiografía de contraste de la iglesia:
– El domingo pasado Pedro decía a Jesús que era Cristo, y Jesús le prometía (concedía) las llaves de reino de los cielos. Este domingo Pedro corrige a Jesús (no vayas por cruces) y Jesús rechaza a Pedro: tu eres Satanás.
| X Pikaza Ibarrondo
Cristo y Pedro, con papado al fondo.
‒ El evangelio anterior (Mt 16, 13‒20) sigue teniendo valor: Simón, hijo de Juan, confiesa a Jesús y le llama “Cristo”. Por su parte, Jesús bautiza a Simón como Piedra, concediéndole las llaves de la iglesia.
‒ El evangelio hoy (Mt 16, 21‒27) insiste en el riesgo de la confesión de Pedro, que se aprovecha de Jesús, invierte su mensaje y quiere convertirlo en signo de máxima riqueza sobre el mundo (como ha querido cierto papado).
‒ Ese riesgo se vio el año 1054 cuando el Patriarca de Bizancio rechazó el “dictado papal” (=dictadura papal) de León IX, que ratificará pronto Gregorio VII (1075), formulado de manera al menos muy ambigua.
‒ Ese riesgo suscitó la protesta y ruptura de Lutero (1517). Tenía su razón el papa (¡León X Medici!) al mantener la confesión (¡tú eres el Cristo!) pero la forma de entenderla y aplicarla fue también muy problemática.
‒ En un sentido, la confesión petrina del Papa (tú eres el Cristo) es muy positiva, aunque debe mantenerse, como dije el pasado domingo, pero puede y debe matizarse, como puse también de relieve, pues puede contener un elemento satánico, como avisa Jesús en el evangelio de hoy.
‒Por esas y otras razones es necesario reformular el primado del Papa, desmontando muchas piedras de este Vaticano, para que no sea simple museo del pasado.
‒ Éste me parece el intento del papa, Francisco, que sigue firme en su propuesta sinodal de la iglesia y del papado. Dos tipos de pedros/papas parecen parece esconderse en el fondo de las iglesias, como verá quien siga leyendo esta postal.
(Imagen 1: Tú eres Pedro, cúpula el Vaticano. Imagen 2 icono muy antiguo de Pedro, siglo VI, Santa Catalina del Sinai, con llaves y báculo en forma de cruz, Cristo arriba, y la Virgen y Juan Bautista a los lados, en un entorno de Iglesia. Imagen 3, comentario de Mateo, del que tomo esta postal)).
Texto. Mt 16,21-27
‒ En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.”
Jesús se volvió y dijo a Pedro: “Apártate de mí, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
“Entonces dijo a sus discípulos: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.”
Introducción
Este pasaje plantea el destino y despliegue de la Iglesia primitiva, que se enfrenta ante la gran alternativa: (a) Conseguir el Reino a través de un tipo de poder militar o social, espiritual o económico (b) O dar la vida por el Reino, es decir, instaurarlo de un modo gratuito, regalando (perdiendo la propia vida en el intentoo).
Este pasaje retoma un elemento de la relación entre Jesús y Pedro, pero no habla de Pedro como persona individual, propia del pasado, sino del Pedro que (según Mateo) es signo de la estructura y organización de la Iglesia.
‒ Pedro (un tipo de Iglesia) supone que, siendo Mesías, Jesús ha de subir a Jerusalén al estilo de David y de los reyes del mundo, para triunfar en la ciudad de las promesas, instaurando el Reino en claves de poder (evidentemente al servicio de los oprimidos del pueblo, y en algún sentido de todos los necesitados), pero desde el poder, esto es, desde arriba. Quiere ser Piedra Gloriosa, base de un edificio de victoria, sin riesgo de sufrimiento, sin entrega de la vida.
‒ Pero, en contra de Pedro, Jesús decide subir a Jerusalén en un gesto de amor arriesgado, no para triunfar de un modo regio, sino para entregar su vida a favor de los demás, dispuesto a perderlo todo (aunque no como masoquista, que quiere que le maten).
‒ Al corregir a Jesús, este Pedro papal en el mal sentido de la palabra aparece como Satán (tentador) para Jesús… es decir como skándalon, es decir, como piedra que hace caer al caminante o que destruye todo el edificio. Entendido en este perspectiva, este pasaje eleva la mayor de todas las críticas posibles en contra de un Pedro establecido en clave de poder sobre la colina del Vaticano; un Pedro que puede ser bueno, incluso muy bueno, pero en clave de poder. Resulta escandaloso que un tipo de Iglesia (con buenísima voluntad) no se haya dado cuenta de ello.
Propuesta de Jesús. El Hijo de Hombre tiene que ir Jerusalén (16, 21).
Éste es su descubrimiento, la experiencia que define de ahora en adelante el evangelio. Jesús no es masoquista: no ha venido a sufrir por sufrir, ni a morir por morir, sino a extender el reino. Pero su misma fidelidad a la misión de Dios le lleva a subir a Jerusalén, dejándolo todo, sin dinero, sin ejército, a fin de dar su vida por el Reino (es decir, por los demás, en compañía con los expulsados y pobres, los asesinados). Éste es su gran descubrimiento, el secreto mesiánico.
En esa línea, tras haber aceptado la confesión de Simón (¡Tú eres el Cristo!) y de responderle diciendo que esa confesión es la la roca firme de la Iglesia, Jesús profundiza en el tema y entiende (interpreta) su mesianismo (tarea de Reino) en una línea de entrega (hasta la muerte), como seguirá diciendo en Mt 17, 22-23; 20, 17-19) [1].
16 21 Desde entonces, comenzó Jesús a explicar (a mostrar) a sus discípulos que él debía(dei) ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser matado y resucitar al tercer día.
‒ “Dei”, la voluntad de Dios. Jesús descubre y proclama esa voluntad de Dios que se va abriendo y mostrando en su camino. No habla del Hijo del Hombre, como Mc 8, 31, sino de sí mismo, diciendo que “él debe” (dei auton) ir a Jerusalén… El tema no es el destino doloroso de una figura simbólica, como el Hijo del Hombre, sino su proceso y tarea concreta de ser humano, de Jesús como persona.
‒ Ir a Jerusalén. Jesús indica así que no se trata de un sufrimiento en general (una especie de destino cósmico), sino de un sufrimiento que proviene de su “enfrentamiento” con los poderes civiles (ancianos), religiosos (sacerdotes) y legales (escribas) de la ciudad sagrada, a favor de los pobres y expulsados. De esa forma expresa la paradoja central del evangelio. Los escribas concebían a Jerusalén como “roca de cimiento” no sólo del templo, sino de todo el pueblo de Israel, e incluso del universo entero. Pues bien, la Roca de la Iglesia es la confesión de Pedro (Jesús es el Cristo)… y el destino y tarea del Cristo es dar la propia vida para que vivan los pobres, los excluidos.
‒ De forma que será matado, pero resucitará al tercer día. Jesús descubre el carácter mortal de su decisión (subir a Jerusalén). No dice quiénes son los causantes directos de su muerte (¿sanedritas, romanos…?), pero insiste en su conflicto con la ciudad sagrada, añadiendo que “al tercer día” resucitará. No después de tres días, como en Mc 9, 31, sino al tercer día, como afirma la fórmula tradicional de la Escritura, entendiendo ese día como tiempo de culminación (muerte, transformación). Jesús confirma así que su entrega y muerte está al servicio de la llegada del Reino, es decir, de la resurrección; el Reino no llega como poder sobre los otros, sino en el gesto concreto de dar la vida por ellos, de morir con los excluidos y condenados del mundo [2].
Respuesta de Pedro, reproche de Jesús (16, 22-23).
Pedro ha dicho que Jesús es Cristo, Hijo de Dios… y Jesús le ha respondido que eso se lo ha revelado su Padre, para añadir que él (Jesús) ha de morir en Jerusalén. Pues bien, desde su nueva situación, Pedro se cree capacitado para increpar a Jesús, marcándole su dirección, no por simple miedo, sino porque él tiene otra propuesta mesiánica, que no incluye la Cruz.
En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato Mateo 16,21-27 lo podemos dividir en tres escenas.
1ª: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)
En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estos tres grupos. Sin embargo, tratándose de Jesús, coinciden en el deseo de hacerlo sufrir y eliminarlo. Esto que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.
Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimiento y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.
2ª: Pedro, portavoz de Satanás, y Jesús
Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza:
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
― ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
― Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.
Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»
Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «Tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.
3ª: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)
Entonces dijo Jesús a sus discípulos:
― El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.
En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.
Jeremías y Jesús (Jer 20,7-9)
Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.
La vida de Jeremías no fue fácil. Él no quería ser profeta, le objetó a Dios que era demasiado joven y que no sabía hablar. Pero el Señor no aceptó su protesta y lo obligó a transmitir el mensaje más duro en los años más difíciles del reino de Judá: cuando se avecinaba la desaparición de la monarquía, la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia.
Al principio, todo fue bien («me sedujiste, Señor, y me dejé seducir»). Pero el tener que anunciar y justificar la desgracia futura se le convierte en una carga insoportable. Personalmente, tiene la sensación de que todo su mensaje se sintetiza en dos palabras horribles: «violencia» y «destrucción». Socialmente, esta predicación le procura críticas, burlas, persecuciones, incluso amenazas de muerte. ¿Solución? Olvidarse de Dios y de su palabra. Pero no puede hacerlo. Esa palabra arde en sus entrañas, es un fuego incontenible.
Jeremías, igual que Jesús, se siente obligado a cumplir la misión que Dios le encomienda. Es cierto que en Jesús no encontramos la misma rebeldía, pero la reacción tan humana del profeta ayuda a comprender que, para el Señor, «tener que ir a Jerusalén» supuso también un gran sacrificio.
Es muy interesante ver cómo la Biblia pone al descubierto las oscuridades de sus más ilustres personajes. Las grandes figuras de sus páginas son personas con grandes defectos y pecados, desde Adán hasta Pablo, pasando por Abraham, Moisés, David o cualquiera de los Doce.
¡Ojo!, que solo aparecen referentes masculinos, pero así ha sido, las grandes figuras bíblicas, las que se han puesto como modelo, han sido varones. Mas la Biblia está también llena de mujeres que aparecen con sus sombras y que muchas veces han quedado ocultadas, olvidadas.
Pero lo que interesa en este texto es que Pedro, una de las figuras más importantes de la Iglesia primitiva, se muestra incapaz de comprender hacia dónde conduce el camino que lleva Jesús.
Pedro, uno de los íntimos de Jesús, a quien Jesús le confía la dirección de aquellos primeros discípulos está completamente equivocado. Mete la pata hasta las orejas y el evangelio nos lo cuenta sin ocultar detalle.
La verdad de nuestra debilidad no le quita nada a lo que somos a los ojos de Dios. No nos ha elegido porque seamos perfectas ni mejores que las demás. Nos ha escogido porque nos ama y nos conoce. Y quiere que nosotras nos amemos y nos conozcamos. Por eso nos hace ver nuestra oscuridad, para que no nos perdamos en ella.
Esa parte oscura lo mejor que podemos hacer en la vida es ponerla a la luz, darla a conocer. Porque cuando algo sale de la oscuridad se convierte en luz.
Tanto la Iglesia, como de manera personal, deberíamos reflexionar esta tendencia bíblica de dar a conocer los defectos y debilidades de todas las personas que bullen en sus páginas. Esa tendencia a la verdad que conduce a la Verdad con mayúsculas que es Dios.
Una tendencia a la verdad que nos hace optar por una humildad adulta y responsable que nos capacita para mostrarnos como somos aunque nos hayamos equivocado.
Oración
Ábrenos, Trinidad Santa, a nuestros propios errores, para que podamos sacarlos a la luz y dejen de crecer en la oscuridad. Amén.
Comentarios desactivados en No tienes que renunciar a nada, pero como ser limitado debes estar siempre eligiendo.
DOMINGO 22 (A)
Mt 16,21-27
El texto es continuación del leído el domingo pasado. Lo que Mateo pone hoy en boca de Jesús ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal. Pedro es coherente con lo que dijo de Jesús: tú eres el ungido, el hijo de Dios vivo. ¿A qué judío se le podía ocurrir que el Mesías iba a morir en la cruz? Ni Jesús pudo pensar tal cosa, aunque nuestros prejuicios lo ven como natural.
Los primeros cristianos tardaron mucho tiempo en armonizar las diversas maneras de concebir a Jesús. A pesar del esfuerzo, encontramos en los evangelios infinidad de incoherencias. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas nos hemos escandalizado de la cruz. Nadie hubiera elegido para Jesús ese camino. La imagen de un Mesías victorioso es la única que puede tener sentido desde la perspectiva judía. La muerte de Jesús en la cruz es un contrasentido que se trató de integrar con una serie de argumentos contradictorios.
La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mateo. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.
Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro sacó la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos la idea de un Jesús acomodado a los acontecimientos inaceptables, como representante de Dios. La radical crítica de Jesús a Pedro tiene como objetivo ordenar los juicios contradictorios que se sucedieron durante los primeros años del cristianismo.
La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabras tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.
El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo y el egoísmo quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas –sean amigas o enemigas– por ser fieles al evangelio.
En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz voluntariamente aceptada sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.
Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar a una mayor humanidad. Esa propuesta es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso ser como Dios. Pero no es fácil encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor. Verlo como renuncia es no haber entendido ni jota.
Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor, exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo. Entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.
La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.
Una perfecta vida biológica no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo más importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico que se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá enel tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.
Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto, no es malo. Sin embargo, la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.
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Mt 16, 21-27
«Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén ser matado y resucitar al tercer día»
Hay dos formas distintas de interpretar este pasaje. Una, Jesús, hombre verdadero, se da cuenta de que su enfrentamiento con las autoridades se está enconando, y advierte a sus discípulos del peligro que entraña seguir con él porque ese rechazo creciente puede acabar en la muerte. Y otra, Jesús, el Verbo que existe desde el principio junto al Padre, lo sabe todo y va preparando a sus discípulos para una revelación que él posee desde siempre.
Según sea nuestra postura, entenderemos la cruz como el sacrificio redentor de Jesús siguiendo “la voluntad del Padre”, o como el resultado inevitable de su predicación y la posterior reacción del poder establecido. Ambas lecturas son insuficientes, y resulta preciso hacer una síntesis adecuada que resulte coherente con la figura de Jesús que se desprende del evangelio.
Esta búsqueda de una mayor comprensión de Jesús puede estar bien, pero sabiendo que corremos el riesgo de dar demasiada importancia a los planteamientos teológicos y metafísicos propios de especialistas, y olvidar la esencia de la buena Noticia. Para nosotros, los cristianos de a pié, lo más más importante del evangelio es aquello que nos puede ayudar a dar sentido a nuestra vida: “Abbá” … “A mí me lo hicisteis” …
Así las cosas, lo que me interesa resaltar en estas línes es que la religión de Jesús no altera la vida, sino que le da sentido. En Getsemaní, Dios no libró a Jesús de beber el cáliz, pero tras la oración encontró sentido a su sacrificio, y aquel hombre angustiado hasta el extremo fue capaz de afrontar con coraje inaudito su destino. Y lo mismo ocurrió en la cruz, que, tras sentirse abandonado por Dios, pasó a un acto de confianza plena seguro de que al otro lado de la muerte le esperaban los brazos amorosos de su Padre: «En tus manos encomiendo mi espíritu» …
Dios no es el que me libra de la mala suerte, ni de la enfermedad ni de las calamidades. Dios no es el que me facilita la vida. Esa concepción de Dios tan propia del judaísmo se acabó con Jesús, y todos aquellos que la alentaban entendieron el peligro que entrañaba y decretaron su muerte.
Jesús nos invita a una religiosidad mucho más profunda que la de escribas y fariseos. Dios no es un parche a las dificultades de la vida, sino el sentido de todo; de lo bueno y lo malo, de lo agradable y lo desagradable. Como decía Ruiz de Galarreta: «El Reino no es huir de la realidad humana, sino dar pleno sentido a toda realidad humana» …
Y ésa es la auténtica sabiduría; la sabiduría de los sencillos.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
Es poco común escuchar en nuestras comunidades eclesiales el lenguaje en femenino, y mucho menos expresiones de la vida y realidad profunda de lo que sentimos, pensamos y percibimos las mujeres.
Así la Palabra pierde fuerza para nosotras, lo cual es una gran lacra para la espiritualidad y estilo de vida de más de la mitad de la humanidad creyente, y sigue sin importarles a los que se otorgan la autoridad divina de decidir quién habla y quien se calla, aún hoy.
La expresión original de los textos bíblicos es interpretada siempre por una mente masculina, en detrimento de la riqueza femenina, de la mente y percepción de más del noventa por cien de las personas que “están en ello, que están ahí”.
Si quisieran, también ellos podrían ser uno más y aportar su talento, no su autoritarismo que tanto daño ha hecho y sigue haciendo, sobre todo a la riqueza femenina que el Espíritu/Ruah ha regalado a la historia, al Universo y que por falta de respeto, por falta de Shemá, se ha ido dispersando y está en la otra orilla, posiblemente más cerca del Reino, también hoy.
Este mes de Agosto hemos celebrado a dos mujeres extra-ordinarias: Clara de Asís, posiblemente una de las primeras que enfrentó al papa por conseguir lo que el Espíritu le decía a ella y a su comunidad, consiguiendo un poco de espacio, pero no pudo evitar que las metieran detrás de las rejas cuyo carisma original no lo consideraba…y Edith Stein, luego llamada Teresa Benedicta de la Cruz, asesinada durante el holocausto aún a pesar de haberse convertido al catolicismo y ser religiosa. La raza no perdona. Esta mujer nos deja un tesoro literario-filosófico y espiritual: una de sus frases me ayuda para un discernimiento a pie de calle: “es en la oración donde encontrarás la luz para ver por donde seguir, no en los análisis y razonamientos.”
Por último, antes del texto, compartir que aún en los ambientes más abiertos aparentemente, sigue dominando mucho ese hacer masculino: nos decía una teóloga de la liberación que ese maravilloso movimiento se vino abajo mayormente porque la teoría de la igualdad era preciosa en las reuniones y textos…pero en la realidad la cultura y la vida misma seguía siendo machista, patriarcal, opresora… y parece que el Espíritu se fue retirando al ver que era más de lo mismo, que allí no había hueco para la metanoia que tanto hambreaban y hambreamos.
Y de pronto, como una brisa en mitad de un calor abrasador, Jeremías irrumpe en este primer domingo de septiembre, como iniciando para nosotrxs el curso con una contraseña siempre actual, una que nunca se gasta ni envejece, ni pasa de moda, pero sí muy obviada: “tú me sedujiste y yo me dejé seducir…”
Es un lenguaje poco masculino, y por ello le damos las gracias. ¡Cuántas vocaciones ha despertado e interpretado esta frase! Y continúa “Tu palabra era como fuego ardiendo en mis huesos…”
Lenguaje de una persona atrapada por la fuerza centrípeta del amor, del amor que integra a la persona entera y la dispone para la vida. Esa persona que se deja atrapar en esa espiral de vida y amor personal, redunda en entrega total, rendida y fiel al amor que le invade.
Desde ahí tiene sentido asumir el parto del que nos habla en lenguaje de cruz, el evangelio.
Quien se acerca al Dios vivo queda preñado de vida. Y esa vida tiene que gestarse, nacer y crecer. El seguimiento es como una larga gestación donde sólo quien es consciente de la vida de Dios que lleva dentro la cuida, la alimenta y la comparte.
Tomar la cruz es acoger la Vida, dejar lo que le hace daño…
Jesús avisa que va a padecer mucho a causa del poder del dinero, de los líderes religiosos e intelectuales que pasarán a la ofensiva contra él. Y nos indica que la muerte no será la última palabra.
Las palabras de Pedro concretan la tercera gran tentación, la del poder y la gloria. Pedro es obstáculo porque quiere desviar el mesianismo de Jesús hacia el poder y el triunfo.
Entonces Jesús irrumpe, en nuestro texto de hoy, con un elenco sencillo de Condiciones del Seguimiento:
Precedido de una firme adhesión inicial: venirse conmigo
– renunciar a toda ambición personal
– aceptar ser perseguido por la sociedad, incluso a ser condenado a muerte
– “ser” contra la vanidad de poder y de tener
Es un proceso de muerte del yo con todas sus tretas y ambiciones recónditas disfrazadas de bondad, generosidad, altruismo…para asumir la desnudez de lo auténtico; lo peligroso de adherirte a alguien; la total intemperie, que nos remite a no buscar refugios fáciles…sino asumir, en carne propia el proceso de gestar vida.
Por todo ello, a la hora de poner cuerpo al texto de hoy emerge la imagen de un embarazo: el feto está adherido a ti y tú a él. Lo que cuenta es la vida, no la belleza, ni el éxito, ni el poder…que queda tan relativizado frente al amor apasionado de una madre para conseguir dar a luz. Y por ello no repara en optar por lo mejor para la vida en gestación, aún que le cueste dolor, sacrificio, renuncia, incluso la propia vida, porque esta valentía es innata en la persona.
Cuántas personas también hoy nos dejamos seducir por la Vida que se nos otorga el privilegio de gestar, eso sí, asumiendo los riesgos de la gestación que es donde la mayoría retrocede porque tal vez lo que falta no es valentía sino amor apasionado, dejarnos seducir como Jeremías y como Clara y como Edith y como las beguinas que permearon Europa de Vida. Ojalá acojamos su espíritu con la sabiduría de ver el momento y responder con nuestra vida.
Y luego sí, el Reino tiene rostro humano, rostro de criatura viva, rostro de comunidad y de bienaventuranza y de Magnificat. Y la cruz, como el parto, la herramienta para liberarnos de tanto ego acumulado. Acabo de saber que tres diócesis de California, donde he tenido el honor de trabajar y estudiar, se han declarado en bancarrota por el tema indemnizaciones por abusos. Eso significa, de nuevo, que la ausencia de Vida es lo que domina y que tantas personas que trabajan por la justicia, por una pastoral familiar, de jóvenes…se quedarán en la calle.
¡Cuánto amor de seducción por el Amado ha faltado en la institución! Acabemos con la ausencia poniendo presencia, y en esto las mujeres somos número uno. Lo fueron también nuestras hermanas y hermanos que así lo vivieron.
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