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¿Fe o acción? Todo o nada.

domingo, 2 de octubre de 2022
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Jesús-y-sus-discípulos-El texto de Lucas 17,5-10 responde al deseo de la fe. Queremos que nuestra fe crezca, que inunde nuestras vidas. Pero como veremos, esto no resulta tan sencillo.

Según el relato lucano, tanto la fe como la acción que se deriva de ella tienen una dimensión colectiva más que individual. Los apóstoles piden a Jesús que les aumente la fe. Es una petición conjunta y no meramente individual. Y Jesús también les responde en plural diciéndoles: “si tuvierais fe”. Y a continuación ubica la fe en relación con la acción también grupal en respuesta a un mandato también dirigido a un colectivo: “cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado”. Tres acciones conjuntas entonces, el pedido de la fe, la respuesta dirigida a un grupo y una acción conjunta que responde a una voluntad trascendente.

Los apóstoles situaban la fe en el campo de la cantidad y por eso piden a Jesús que se las aumente. Consideran que tienen un poco de fe, pero que no es suficiente. Jesús cambia el centro de la conversación: no se trata de que sea mucha o poca la fe; se trata de tenerla, aunque sea muy pequeña y se trata de tenerla juntos y situarla en una forma de acción que sea respuesta a la voluntad de Dios.

La fe se vincula así a la acción, comprendida esta última en el marco de una relación trascendente que posibilita precisamente tanto la fe como la acción. Con dos ejemplos, Jesús expondrá esta situación.

El primer ejemplo nos remite a la interpretación de la naturaleza, muy utilizada por Jesús como modelo de realidad. La fe se representaría como un grano de mostaza, y la acción consecuente se parecería a la palabra dirigida a una montaña que recibe una orden desproporcionada a la realidad natural y creatural. Es probable que este relato hiciera referencia a tradiciones mitológicas de la época en la que los dioses y las diosas eran las encargadas de erigir montañas o hacer fluir los ríos y dar vigor a los mares. En ese contexto, la fe aparecería como una forma relacional con la trascendencia que haría capaz de realizar acciones que manifiestan la voluntad divina.

El segundo ejemplo, habla de un señor que tiene criados o pastores, quienes realizan lo que se les ordena. Otra vez, Jesús pone la cuestión de la fe en relación directa a la acción, una acción directamente relacionada con un mandato, que ha de cumplirse.

Así la fe no es cuestión de cantidad sino de hacer y actuar. Y es un actuar conjunto que exige un discernimiento también conjunto de la voluntad de Dios. Ciertamente se trata de un texto muy exigente que pone a la fe entre el todo o nada. No hay poca fe; hay o no hay. Y esta fe, tan pequeña como inconmensurable, se basa en una relación y comunicación con Dios que moviliza al cosmos y a las personas. Como dijimos al comienzo, esto no resulta para nada sencillo.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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“Siervos inútiles”

domingo, 2 de octubre de 2022
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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

2 octubre 2022

Lc 17, 5-10

Desde la mente -o estado mental de consciencia-, esas palabras de Jesús –“somos siervos inútiles”- suenan intolerables, ya que parecen promover una actitud de sometimiento y auto-desvalorización, que choca frontalmente con la primera apetencia del ego, que reclama sentirse reconocido y valorado. Más todavía en un contexto sociocultural que hace de la autoestima y, más profundamente, del protagonismo del yo sus señas de identidad.

Es cierto que, en algunas ocasiones, aquella expresión se leyó en clave de autodesprecio y, en otras, sirvió de pretexto para alimentar una “falsa humildad”.

Entre ambas lecturas extremas y erradas, la expresión de Jesús apunta a una sabiduría que trasciende la mente y desvela el funcionamiento último de lo real.

Desde la mente, nos consideramos hacedores (más o menos) autónomos y libres, a la vez que presumimos de nuestra capacidad de control. Y en ese plano es así, de la misma manera que, mientras estamos dormidos, creemos que todo lo que aparece en nuestros sueños es completamente real.

Sin embargo, apenas trascendida la mente, la percepción cambia por completo. La comprensión nos muestra que el yo es solo un “objeto” más dentro del mundo de las formas: la ilusión de ser el hacedor libre es condición para que funcione todo este despliegue del llamado mundo de las formas. Pero es solo eso: una ilusión. Hasta el punto de poder afirmar que, mientras permaneces en el estado mental, estás hipnotizado, viviendo un espejismo, algo que no es más que fruto de tu propia creencia.

El único actor real es el sujeto. Y el único sujeto que merece ese nombre -lo que no puede ser observado, Eso que es consciente de todos los objetos- es la consciencia (o la vida o la totalidad).

¿Qué significan, entonces, las palabras de Jesús? El reconocimiento de que no hay ningún yo hacedor, no hay nadie que haga nada; todo se hace a través de nosotros. La expresión “siervo inútil” equivale al término “cauce” o “canal”. Y ningún canal presume de hacer algo. El único sujeto realmente real -aquello que permanece cuando todo cambia- es la vida que se despliega, lo cual, en la admirable paradoja de lo real, no niega que, en el nivel de las formas, sigamos funcionando como si fuéramos hacedores libres.

Vivimos creyendo que somos libres, pero sabemos que no lo somos. Solo hay un sujeto: la consciencia o la vida. Y Eso es lo que realmente somos. Lo que llamamos “yo” es solo un “siervo inútil”, que se engaña cuando se apropia de la acción o cuando cae -por utilizar el lenguaje de los sabios- en la “falsa sensación de autoría”.

¿Desde qué nivel de consciencia leo la realidad?

 Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Ya quisiéramos tener ateos como Dios manda.

domingo, 2 de octubre de 2022
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52A84AFE-304A-4FEF-A8B3-349143A1450BDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Creer.

      Las lecturas de hoy nos sitúan ante la dimensión creyente del ser humano, ante la fe.

      Todo ser humano cree en algo o en alguien. No se puede vivir por largo tiempo y con sentido sin creer, sin tener alguna fe. Incluso el nihilista, quien dice no creer en nada, es un ferviente creyente en la nada.

      El justo vive por la fe, escuchábamos en la primera lectura. En el evangelio los discípulos le pedían a Jesús: “auméntanos la fe”.

      Esta afirmación: el justo vive por la fe aparece varias veces en la Biblia. Sobre todo será una piedra fundamental en el pensamiento de  San Pablo, (Romanos 1:17, Gálatas 3:11, y aunque no es de Pablo, aparece también en Hebreos 10:38).

      Hemos recibido la invitación del Señor vivir de la fe: si tuvierais un poco de fe la vida sería posible.

02.- La fe es el acto más central de la existencia.

      La fe, lo que uno piensa y cree es lo más central de la existencia humana. Necesitamos creer, confiar en algo o en Alguien para vivir humanamente. Nos podremos equivocar de dioses (ídolos) y de fe, pero necesitamos “alguna fe” para vivir. El mismo Nietzsche (ateo por excelencia) decía: “mejor cualquier fe a ninguna fe”.

La fe -lo que creemos- ilumina toda nuestra vida, todas nuestras opciones, todos nuestros pasos. Vivimos de y conforme a lo que creemos.

Quien cree (fe) en la patria, en el dinero, en el poder, toda su vida, su pensamiento, su ética-moral se verán coloreadas por tal fe, porque uno vive “por y para” esa realidad en la que ha puesto su confianza.

De hecho hay muchas personas que tienen un ídolo como dios, aunque después practiquen una religión. Hay personas (ideologías) cuyo dios es la patria, aunque al mismo tiempo “consuman” alguna religión, practiquen algún rito, etc.

Podríamos traducir la expresión de Habacuc y de San Pablo por: “uno vive de lo que cree y para lo que cree”. El justo, el ser humano vive por la fe.

Vivir en una permanente desconfianza es muy difícil, si no imposible. Para vivir hay que creer (confiar) en la vida, en los demás, en Dios. Lo problemático en la vida no es confiar, sino desconfiar. Nos es necesaria la fe, alguna fe, para vivir equilibradamente como personas.

03.- Dos aspectos de la fe

+ La fe como confianza: así la fe es “creer a Dios”, más que creer en Dios, creer es fiarse de Dios, creer a Dios. Es la llamada fe fiducial: la fe como apoyo en Dios, como confianza, como descanso último en Dios.

+ Por otra parte la fe tiene también el aspecto de contenido: creemos en algo o en Alguien… La fe, en este sentido es un credo, un núcleo, un dogma.

      Pero me parece que es más importante la confianza.

      La formulación de la fe, el credo, el dogma o el catecismo apenas pueden expresar todo lo que pretende definir la teología. Ni la Biblia, ni el catecismo pueden abarcar a Dios, JesuCristo, la esperanza, el cielo…

      Por otra parte la doctrina, los dogmas, la liturgia, etc. pueden evolucionar (evolución del dogma).

      Por eso, en principio la fe no es un libro, sino una actitud: creer es fiarse, confiar: «sé de quién me he fiado«, dirá San Pablo…

      Pensemos, por otra parte, que el luterano, el ortodoxo confían en Cristo como nosotros, aunque la formulación doctrinal tenga variantes y diferencias.

04.- Creer hoy

      En este momento cultural probablemente, es más importante y más urgente subrayar y recuperar la fe como confianza: precisamente porque hemos perdido la fe y la confianza: no solamente en Dios sino en todo y en todos. Un ciudadano normal y medio de entre nosotros ha perdido -ha podido perder- la confianza en las ideologías, en los sistemas de pensamiento, hemos podido perder la confianza en estructuras e instituciones que secularmente han sostenido y fundamentado nuestra vida:

El siglo XIX entonó el requiem por Dios, por todo valor (Nietzsche) y todavía no hemos terminado los funerales. Dios ha muerto…

Dios ha muerto, Marx ha muerto, la política está agonizando, lo eclesiástico va como va… ¿En quién vamos poner nuestra confianza? Podríamos hacer nuestra la respuesta de Pedro a Jesús: ¿A dónde vamos a ir si solamente Tú tienes palabras de vida eterna?

05.- Confiemos en Dios.

Necesitamos creer a Dios, fiarnos de Dios.

      Confiar hace bien al ser humano.

      A la fe no vamos a volver retornando a las posturas más intransigentes, cuando no fanáticas, sino confiando. [1] La misericordia es mejor que el fanatismo.

      Quiera Dios que el obispo que nombren para nuestra diócesis sea un hombre de confianza y no un doctrinario fanático.

06.- Acojamos y generemos confianza

La confianza es buena, hace bien, sana. Pongamos nuestra existencia en Dios, confiemos y generemos confianza y paz en nuestro derredor.

Abiertos al ser, a Dios, a Cristo digamos el acto de fe:

¡Señor, auméntanos la fe!

[1] Con Francisco, la intransigencia casi fanática de la doctrina (que no verdad) ha dejado paso a la bondad y la misericordia. La Iglesia está dejando de ser un tribunal inquisicional y está pasando a ser un redil, un hogar, un lugar de misericordia.

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Discernir los riesgos de la rectitud aquí y ahora.

lunes, 26 de septiembre de 2022
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05B9DD96-53E7-441B-A4F3-DC058E995295Hna. Tracey Horan

La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Tracey Horan. Tracey es una Hermana de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods, Indiana y es oriunda de Indianápolis, IN. Ha trabajado como maestra, organizadora comunitaria y defensora acompañando a comunidades de inmigrantes durante más de una década, y ha escrito sobre temas de justicia para la revista HOPE, Global Sisters Report, Messy Jesus Business y A Matter of Spirit.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 26 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar haciendo clic aquí.

De vez en cuando, considero los pecados de la iglesia católica romana institucional: los momentos en que nuestras iglesias relegaron a las personas de color a los bancos más alejados o participaron en la esclavitud de los negros, la violencia de las Cruzadas y las formas en que los líderes de la iglesia han adoraban la riqueza, abusaban de su poder o defendían la intolerancia. Ciertamente, esta lista es larga e incluye también el maltrato a las personas LGBTQ.

Aun así, me atrevo a decir que cada vez que hubo exclusión, opresión o violencia pecaminosa, hubo también alguna expresión de oposición. Hubo hermanas, obispos y líderes laicos que dieron pasos hacia la integración racial mucho antes de que fuera ordenada por el gobierno. Hubo reformadores, como San Francisco de Asís, que vivieron una vida opuesta a la opulencia clerical. Hubo líderes del movimiento, como Dorothy Day y Dom Helder Camara, que asumieron causas para el cambio social incluso cuando los críticos los acusaron de ponerse del lado de los comunistas.

Cuando se trata de la inclusión LGBTQ, estoy eternamente agradecida por las hermanas de mi propia congregación que ofrecieron su presencia pastoral y acompañamiento a la comunidad gay mucho antes de que se considerara aceptable en muchos círculos católicos. Celebro a Hermanas como Marilyn Therese Lipps, que acompañaron a personas con VIH en la década de 1980, muchos de los cuales eran hombres homosexuales. Hoy disfruto un poco más de libertad para ser un aliado público gracias al coraje de personas como la hermana Marilyn.

Es más fácil reconocer a estos campeones de la verdad y los errores de sus oponentes en retrospectiva. Podemos mirar hacia atrás y celebrar con cierta claridad a aquellos que imaginamos que habrían sido “llevados por los ángeles al seno de Abraham”, como describe el Evangelio de hoy según Lucas. También podemos imaginar a sus oponentes revolcándose en alguna versión del «lugar de tormento».

Discernir la acción en el momento presente, sin la ayuda de la retrospectiva, es más difícil. Para aquellos de nosotros criados para evitar romper las reglas o desobedecer la autoridad, podemos resonar con las súplicas del hombre rico. Podríamos estar de acuerdo con las advertencias del salmista de «asegurar la justicia para los oprimidos» o «liberar a los cautivos» si supiéramos con certeza que todo saldría bien al final. Parafraseando al hombre rico, queremos preguntar: “Abraham, ¿podrías levantarte de entre los muertos y dejarnos muy claro qué tipo de ‘arrepentimiento’ estás buscando exactamente? Ya sabes, antes de que nos volvamos locos y perdamos nuestros trabajos, amigos o fondos de jubilación”.

Tal incertidumbre sobre cómo resultarán las cosas es exactamente lo que hace que las acciones por la justicia sean proféticas. Corremos el riesgo de pagar un precio, y lo hacemos de todos modos. A veces, ese precio es obvio y público, como una persona que es arrestada por desobediencia civil en una protesta o pierde su trabajo cuando se declara homosexual en su lugar de trabajo. Sin embargo, más a menudo, el riesgo es más sutil. En la vida diaria, podemos correr el riesgo de cuestionar los comentarios homofóbicos de alguien cuando sería más fácil no decir nada. Podríamos arriesgarnos a saludar a alguien diferente a nosotros o sentarnos con ellos en el almuerzo. Podríamos arriesgarnos a recordarle a alguien nuestros pronombres preferidos cuando dejarlo pasar sería más seguro.

La verdad es que la gente no está ni en la categoría de “hombre rico” ni en la categoría de Lázaro. Cada uno de nosotros tiende a alternar entre los dos en un día determinado. Algunos días encontramos la energía y el valor para “seguir la justicia, la devoción, la fe, el amor, la paciencia y la mansedumbre”. Otros días, preferimos pasar frente a la injusticia en nuestra puerta, fingiendo que no la vimos. Si Abraham aparece de entre los muertos y nos reprende, podríamos reconsiderarlo. Pero, muy a menudo estamos cansados y estresados. Descansamos en complacencia, estirados en sofás, como observa Amos.

¿Cómo discernimos los riesgos a los que podríamos estar llamados a correr aquí y ahora? ¿Y cómo encontramos la energía y el coraje para actuar proféticamente? En mi experiencia, solo podemos romper el abismo entre nuestra complacencia y la búsqueda de la justicia cuando lo hacemos con los demás. Necesitamos rodearnos de salmistas que cantarán lo que es posible, profetas que nos recordarán los costos de nuestra inacción, partidarios del reino celestial que aparecerán para reprendernos amorosamente cuando nos desviemos.

Solo reuniendo a una comunidad tan querida e inclinándonos para escuchar la voz de Dios en nuestras vidas podemos discernir la justicia que estamos llamados a crear hoy, antes de que sea segura o popular. ¿Podría esa voz estar invitándonos a impulsar una mayor inclusión de las personas LGBTQ en la mesa eucarística? O tal vez podamos escuchar una voz suave y apacible que nos insta a unirnos a otros para oponernos a la discriminación contra las personas LGBTQ en las instituciones católicas. Tal vez sea hora de tener una conversación con nuestro liderazgo parroquial sobre unirse a las filas de las parroquias y comunidades de fe amigables con LGBTQ. Cada paso profético, cada carta, cada conversación, cada oración, importa. Como dijo la fundadora de mi comunidad, Santa Madre Theodore Guerin, puede que no vivamos para verlo, pero habremos sembrado la semilla. Y otros cosecharán lo que nosotros hemos sembrado.

—Sr. Tracey Horan, 25 de septiembre de 2022

Fuente New Ways Ministry

 

 

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Justicia

domingo, 25 de septiembre de 2022
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save_the_young_black_man

Dentro de Auschwitz

¿Cómo
hablar de Dios
después de Auschwitz?,
os preguntáis vosotros,
ahí, al otro lado del mar, en la abundancia.

¿Cómo
hablar de Dios
dentro de Auschwitz?,
se preguntan aquí los compañeros,
cargados de razón, de llanto y sangre,
metidos en la muerte
diaria
de millones…

*

Pedro Casaldáliga
Todavía estas palabras, 1994

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:

-“Había un hombre rico que se vestía de purpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.

Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán.

Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. “

Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.”

El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.”

Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.”

El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.”

Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

*

Lucas 16, 19-31

***

La experiencia de un camino de pobreza es un camino de liberación, de alegría y de entusiasmo -porque nos une íntimamente a Cristo-, y nos hace gustar de una manera imprevista la fuerza de la cruz, su capacidad de renovar hasta las situaciones más estancadas, aparentemente más irritantes por su inmovilismo.

El momento del descubrimiento de las páginas del evangelio supone, para todos, un poco de gusto, de atención, de compromiso con un mayor ejercicio de austeridad, de pobreza, de penitencia, de renuncia. Sin este esfuerzo, esas páginas se quedan como mudas; cuando se ha dado algún paso en este sentido, aunque sea simple, entonces las palabras de Jesús se vuelven actuales y resonantes, adquieren relieve y nos damos cuenta de que vivimos algo de la alegría y el entusiasmo de los Doce, que caminaban por los caminos de Palestina siguiendo a Jesús después de haberle dicho: «Pues bien, Maestro, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

*

Carlo María Martini,
Diccionario espiritual: pequeña guía para el alma,
Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998.

***

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , , , , , , ,

“Nuevo clasismo”. 26 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,19-

domingo, 25 de septiembre de 2022
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26-TO-C-600x400Conocemos la parábola. Un rico despreocupado que «banquetea espléndidamente», ajeno al sufrimiento de los demás, y un pobre mendigo a quien «nadie da nada». Dos hombres distanciados por un abismo de egoísmo e insolidaridad que, según Jesús, puede hacerse definitivo, por toda la eternidad.

Adentrémonos algo en el pensamiento de Jesús. El rico de la parábola no es descrito como un explotador que oprime sin escrúpulos a sus siervos. No es ese su pecado. El rico es condenado sencillamente porque disfruta despreocupadamente de su riqueza sin acercarse al pobre Lázaro.

Esta es la convicción profunda de Jesús. Cuando la riqueza es «disfrute excluyente de la abundancia», no hace crecer a la persona, sino que la deshumaniza, pues la va haciendo indiferente e insolidaria ante la desgracia ajena.

El paro está haciendo surgir un nuevo clasismo entre nosotros. La clase de los que tenemos trabajo y la de los que no lo tienen. Los que podemos seguir aumentando nuestro bienestar y los que se están empobreciendo. Los que exigimos una retribución cada vez mayor y unos convenios cada vez más ventajosos y quienes ya no pueden «exigir» nada.

La parábola es un reto a nuestra vida satisfecha. ¿Podemos seguir organizando nuestras «cenas de fin de semana» y continuar disfrutando alegremente de nuestro bienestar cuando el fantasma de la pobreza está ya amenazando a muchos hogares?

Nuestro gran pecado es la indiferencia. El paro se ha convertido en algo tan «normal y cotidiano» que ya no escandaliza ni nos hiere tanto. Nos encerramos cada uno en «nuestra vida» y nos quedamos ciegos e insensibles ante la frustración, la crisis familiar, la inseguridad y la desesperación de estos hombres y mujeres.

El paro no es solo un fenómeno que refleja el fracaso de un sistema socioeconómico radicalmente injusto. El paro son personas concretas que ahora mismo necesitan la ayuda de quienes disfrutamos de la seguridad de un trabajo. Daremos pasos concretos de solidaridad si nos atrevemos a responder a estas preguntas: ¿necesitamos realmente todo lo que compramos? ¿Cuándo termina nuestra necesidad y cuándo comienzan nuestros caprichos? ¿Cómo podemos ayudar a los parados?

José Antonio Pagola

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“Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces”. Domingo 25 de septiembre de 2022. 26º Ordinario

domingo, 25 de septiembre de 2022
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51-ordinarioc26-cerezoLeído en Koinonia:

Amós 6, 1a. 4-7: Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos.
Salmo responsorial: 145: Alaba, alma mía, al Señor.
1Timoteo 6, 11-16: Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor.
Lucas 16, 19-31: Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces.

El profeta Amós denuncia las injusticias de los poderosos que vivían en lujos y en banquetes y no se afligían por el desastre o ruina «de José». Esta es una denominación de las tribus del Norte (Israel). Tal indiferencia denota una vez más la ceguera de los que se sienten seguros, sin tener en cuenta las advertencias que les hacía el profeta. En el camino al exilio, estos notables irán al frente de los deportados. (No fueron los pobres los que fueron deportados, sino las élites de la clase media y alta).

Pablo exhorta a su amigo Timoteo a que permanezca siempre firme en su fe, en busca de la justicia, la piedad, la caridad. Teniendo en cuenta el llamado de atención que hace Pablo en el versículo 10, donde afirma que la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar por él, se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos, enseguida viene la otra exhortación al discípulo que huya de estas cosas y el llamado a vivir de los valores del Reino. Pablo invita a Timoteo a que conserve el mandato del Señor, a que se mantenga firme en su compromiso y busque siempre la vida eterna a la que ha sido llamado y a la que ha hecho profesión solemne delante de muchos testigos.

Leemos hoy una parábola del evangelio de Lucas. Se llamaba Lázaro (nombre derivado del hebreo el’azar que significa “Dios ayuda”), aunque en vida no gozó, al parecer, de la ayuda divina. Le tocó en desgracia ser mendigo, como a tantos millones de seres humanos hoy, estar postrado en el portal de la casa de un rico sin nombre, uno de tantos, al que tradicionalmente se le ha calificado de “epulón”, banqueteador.

Lázaro o “Dios ayuda” tenía en realidad pocas aspiraciones: se contentaba con llenarse el estómago con lo que tiraban de la mesa del rico, las migajas de pan en las que los señores se limpiaban las manos a modo de servilletas. Pero ni siquiera esto pudo conseguirlo, pues nadie le hizo entrar a la sala del banquete. Para colmo, unos perros callejeros, animales considerados impuros y en estado semisalvaje, tan comunes en la antigüedad, se le acercaban para lamerle las llagas. Imposible mayor marginación: pobreza e impureza de la mano. Nada dice el evangelio de las creencias religiosas de este hombre, con razones sobradas para dudar seriamente de la reconocida compasión divina para con el pobre y el oprimido. Tal vez ni siquiera tuviese tiempo ni ganas de pararse a pensar en semejantes disquisiciones teológicas.

Tanto al rico como al pobre les llegó la hora de la muerte, a partir de la cual se cambiarían en el más allá las tornas, como pensaban los fariseos. Aunque, dicho sea de paso, con esto del “más allá”, quienes hacían de la religión baluarte de conservadurismo e inmovilismo han invitado mil veces a la resignación, tildada de “cristiana”, a la paciencia y al mantenimiento de situaciones injustas a los que las sufrían; en el más allá -se decía- Dios dará a cada uno su merecido. Aunque siempre cabe pensar: ¿y por qué no ya desde el más acá?

Para muchos predicadores, satisfechos con la imagen de un Dios que “premia a los buenos y castiga a los malos”, como el dios que profesaban los fariseos, la parábola terminaba en el más allá contemplando el triunfo del pobre y la caída del rico. Apenas se comentaba la última escena, clave importante para comprender su mensaje. De ser así, esta parábola sería una invitación a aceptar cada uno su situación, a resignarse, a cargar con su cruz, a no rebelarse contra la injusticia, a esperar un más allá en el que Dios arregle todos los desarreglos y desmesuras humanas. Entendido así, el mensaje evangélico se hermanaría con un conformismo a ultranza que ayuda a mantener el desorden establecido, la injusticia humana y las clases sociales enfrentadas.

Pero esta parábola no es una promesa para el futuro. Mira a la vida presente y va dirigida a los cinco hermanos del rico, que continuaban –después de la muerte de su hermano y de Lázaro– en la abundancia y el despilfarro. Por eso, el rico, alarmado por lo que espera a sus hermanos si siguen viviendo de espaldas a los pobres, pide a Abrahán que envíe a Lázaro a su casa, a sus hermanos, para que los prevenga, no sea que acaben en el mismo lugar de tormento. Para cambiar la situación en que viven sus hermanos, el rico epulón piensa que hace falta un milagro: que un muerto vaya a verlos. Crudo realismo de quien conoce la dinámica del dinero, que cierra el corazón humano a la evidencia de la palabra profética, al dolor y al sufrimiento del pobre, a la exigencia de justicia, al amor e incluso a la voz de Dios. El dinero deshumaniza. Me remito a la experiencia de cada uno.

Bien lo sabía el profeta Amós cuando amenazaba a los ricos que se acostaban en lechos de marfil, arrellanados en divanes y se daban a la gran vida entre comilonas, música, vino abundante y perfumes exquisitos, sin dolerse del sufrimiento de los pobres (Am 6,1a.4-7). Aquellos fingían devoción a Dios y veneración hacia la ciudad santa y el templo, creyendo de este modo contentar a Dios y quedar justificados. Pero el verdadero Dios no es amigo de una religión que separa el culto de la vida, el incienso de la práctica del amor al prójimo. Este Dios, según el libro del Deuteronomio, comparte suerte con el pobre, el huérfano, la viuda y el extranjero; con todos aquellos a quienes los poderosos les han arrebatado el derecho a una vida vivida con dignidad.

La parábola no puede tener más actualidad en este año 2016, año en que las estadísticas dicen que va a producirse un fenómeno estadístico importante: el 1% más rico de la población del mundo va a superar su propio récord patrimonial, que estaba en el 49% de la riqueza del mundo, y va a pasar a ser el 50%; ya se han hecho con la riqueza de medio mundo. El actual sistema mundial privilegia la desigualdad. El mundo actual no es bueno para los muchos Lázaros. Leer más…

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Dom 25.9.22 Un rico (epulón) sin nombre y un mendigo llamado Lázaro (Lc 16, 19-31)

domingo, 25 de septiembre de 2022
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20190110-Dios-o-el-dinero-mockup-final.1jpgDel blog de Xavier Pikaza:

Ésta es la «historia» famosa de un rico sin nombre (un epulón), que comía y gastaba sin preocuparse de nadie, mientras moría a su puerta de hambre y de llagas un mendigo llamado Lázaro. Pero el rico también murió y entonces se vio  lo que eran sus vidas.

Es una historia contada desde antiguo en Egipto, y el evangelio de Lucas la recoge en un contexto judeo-cristiano con Abraham como «símbolo del cielo donde reciben a Lázaro el pobre. Fuera de ese cielo queda el infierno egoista de aquellos que se queman en el fuego destructor de su avaricia  

Este «drama» no habla de lo que pasará después, sino de lo que está pasando ahora, en este mismo mundo, con un rico encerrado en sus placeres y un pobre que muere como perro (con un perro amigo) a la puerta de la casa rica. Éste es un cuento popular, enigmático y fuerte que puede y debe sacudir nuestra conciencia satisfecha.

Tenemos que abrir la puerta de la casa rica donde tendemos a encerrarnos (tanto en la iglesia como en la vida social), para que entre en ella el aire nuevo de la vida, de la calle. De lo contrario nos condenamos al fuego sin fin de nuestro propio infierno.

He comentado este texto en Dios o el Dinero. Lo han  estudiado tambien, además ce comentaristad de Lucas, autores tan signivicativos como  Wim Weren y Benedicto XVI

c 16, 19-33. Un drama en dos escenas y con desenlace y moraleja

(a. Primera escena. Ante la casa de un rico). Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino finísimo, y celebraba cada día banquetes espléndidos. Y cierto pobre, llamado Lázaro, estaba echado a su puerta, lleno de llagas, y deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, pero no podía; y los perros venían y le lamían las llagas.

(b. Cambio de suertes). Aconteció que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico, y fue sepultado. Y estando en el Hades, sufriendo entre tormentos, alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.

(c. Segunda escena: Entre el seno de Abraham y el fuego que consume al rico) Entonces el rico, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro, a fin de que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.

 Pero Abraham dijo: Hijo, acuérdate que durante tu vida recibiste tus bienes; y de igual manera Lázaro, males. Pero ahora él es consolado aquí, y tú eres atormentado. Además de todo esto, un gran abismo existe entre nosotros y vosotros, para que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni de allá puedan cruzar para acá.

 Pero el hombre rico dijo: Si es así, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre (pues tengo cinco hermanos), de manera que les advierta a ellos, para que no vengan también a este lugar de tormentos.

(d. Desenlace: Sentencia de Abraham). Pero Abraham dijo: Tienen a Moisés y a los profetas. Que les escuchen a ellos. Entonces él dijo: No, padre Abraham; pero si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Pero Abraham le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos (Lc 16, 19-31).

La primera escena

sucede en el entorno de la casa del rico, durante el tiempo de su vida y de la vida de Lázaro, el mendigo. El rico epulón (=hombre de épulas o banquetes)el rico se vestía de púrpura y lino finísimo, y celebraba banquetes suntuosos cada día, mientras el mendigo se hallaba cubierto de harapos,y deseando saciar su hambre con las sobras que cayeran al suelo de la mesa del rico. Está fuera de la puerta de la casa rica, rodeado por los perros de la calle, sin que nadie de la casa rica le mire ni ayude.
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La segunda escena 

Ofrece un cambio de perspectiva, pues ambos hombres mueren, y en este contexto se menciona primero a Lázaro, que descansa en el seno de Abrahán, y luego a Epulón, que fue enterrado sufiendo en un lugar de fuego y tormentos, conforme al tema conocido de la inversión de situaciones que aparece en los cuentos de oriente y en también en la Biblia (Canto de Ana, 1Sam 2, y canto de María (Lc 1).

             En el momento anterior, ambos se hallaban muy cerca, el pobre a la puerta del rico…, el rico a unos metros del pobre (a quien jamás había mirado ni ayudado), pero ahora les separa un gran abismo, de manera que no pueden hablar entre sí. El pobre goza, el rico sufre, y pide ayuda a Abrahán, para que Lázaro acuda  y le ayude, al menos con un poco de agua. Pero esa ayuda es ya imposible, pues las situaciones se han invertido, conforme a la lógica del juicio, según dice Abraham a Epulón: “Hijo, acuérdate de que durante tu vida recibiste bienes; y Lázaro, en cambio, males. Pero ahora él es consolado aquí, y tú eres atormentado”. Epulón había tenido toda la vida para relacionarse con Lázaro, pero ahora es ya tarde.

Ésta es verdad: el  Epulón, que ha tenido a Lázaro a su puerta, sin verle ni ayudarle, se ha condenado a sí mismo. Podía haberle mirado y ayudado mientras estaban tan ceerca (como quería el pobre, con hambre de migajas de la mesa del rico), pero no le ha visto (no ha querido verle). No le ha hecho ningún daño positivo, pero le ha ignorado, e ignorarle ha sido matarle, En esa línea, lógicamente, el tema de la conversación de Abrahán con este pulón, no es lo que puede hacerse tras la muerte (¡nada!), sino lo que debe hacere antes de ella.

Epulón no quiso mirar a Lázaro, ni darle las migajas de su mesa, a diferencia de los perros misericordiosos que lamían sus llagas. Se había cerrado en sí mismo y en sus bienes, y así queda para siempre, encerrado en el fuego destructor de su egoísmo.

Este es la verdad inexorable (la mentira) de epulón que ni Lázaro, el bienaventurado, ni Abraham, el padre, pueden ya remediarle, pues incluso la aparición de un muerto es capaz para cambiar al egoísta.

Desenlace:

La moraleja de este crama del relato no es que los pobres del mundo queden sin más como están, esperando la gloria futura del seno de Abraham, sino que los ricos epulones se conviertan, para ayudar a los pobres, abriendo así una puerta de contacto y comunicación entre la casa rica y la calle abandonada de los pobres.  Esta parábola quiere Que los ricos abran la puerta de su casa y de sus bienes para los pobres, pues sólo acogiendo a los pobres pueden ellos salvarse

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Lujo y miseria. Domingo 26 Ciclo C

domingo, 25 de septiembre de 2022
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imageDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Una parábola inspirada en una denuncia profética (Amós 6,1a.4-7)

            La parábola del rico y Lázaro, exclusiva del evangelio de Lucas, se inspira en un texto del profeta Amós, elegido este domingo como primera lectura. Este profeta del siglo VIII a.C. vivió una situación muy parecida, en ciertos aspectos, a la de hoy: gente millonaria, que puede permitirse toda clase de lujos, y gente que llega a duras penas a fin de mes o incluso pasa hambre.

Esto dice el Señor todopoderoso:

¡Ay de los que se fían de Sión, confían en el monte de Samaria! Os acostáis en lechos de marfil, os arrellanáis en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. Por eso irán al destierro, a la cabeza de los cautivos. Se acabó la orgía de los disolutos.

            El profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales, Jerusalén (Sión) y Samaria, y denuncia su forma lujosa de vida. El lujo se extiende a todos los ámbitos: al mobiliario, con lechos y divanes de marfil, mientras la inmensa mayoría de la gente duerme en el suelo; a la comida, a base de carne de carnero y de ternera, cuando los pobres se contentan con pan y agua, unas uvas y un poco de queso; a la bebida en copas refinadas o de gran tamaño (el término hebreo puede interpretarse de ambos modos); a los perfumes carísimos, mientras los pobres sólo huelen a sudor.

            Y esta gente que se permite toda clase de lujos “no se duele del desastre de José”. José no es una persona concreta sino todo el país, conocido entonces como Casa de José porque sus tribus principales eran Efraín y Manasés, los dos hijos del patriarca José.

            Lo que dice el profeta es que esa gente que vive con toda clase de lujos no se preocupa lo más mínimo del sufrimiento de millones de personas que lo pasan mal. Como castigo, les anuncia la invasión de un ejército extranjero que pondrá fin a sus orgías y los deportará.

El rico comilón (Epulón) y el pobre Lázaro (Lucas 16,19-31)

La parábola de Lucas, inspirada inicialmente en el texto de Amós, podemos dividirla en tres partes.

El rico y el pobre (vv.19-21).

Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas.

A Lucas le gusta presentar parejas de personajes antagónicos: Marta y María, los dos hermanos, el rico y su administrador injusto… Aquí elige un rico y un pobre. Del rico no dice el nombre, solo menciona su forma de vestir y su excelente comida. Se viste de púrpura y lino, tejidos valiosos, que se usan para los ornamentos sacerdotales (Ex 28,5). Su excelente comida le ha valido en España el nombre de Epulón, basado en la palabra epulabatur de la traducción latina.

Del pobre, en cambio, comienza dando su nombre, Lázaro, cosa atípica en las parábolas, que no dan nombre a los protagonistas. Lázaro significa «Dios ayuda», nombre que resulta irónico, porque Dios no parece ayudarlo. Su vestido son llagas que le cubren el cuerpo y lamen los perros. Comida no tiene. Desearía llenarse el vientre con los trozos de pan que se utilizaban para empapar en el plato y para limpiarse las manos, que luego se arrojaban bajo la mesa (J. Jeremias). La expresión «deseaba saciarse» recuerda al hijo pródigo en su época de hambre, pero este tuvo la posibilidad de buscar solución, volviendo a la casa paterna. El pobre está tirado a la puerta del rico, casi sin poder moverse.

Muerte y sepultura (v.22).

Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham.  Se murió también el rico, y lo enterraron.

Cosa nada extraña en un cuento, parece que los dos mueren el mismo día. Desde ese momento cambia su suerte. El pobre es llevado por los ángeles al seno de Abrahán, idea que no encuentra paralelo en la literatura bíblica, pero que expresa muy bien el excelente trato recibido por el pobre. Del rico se dice escuetamente que «fue sepultado». El autor del libro de Job habría descrito un cortejo fúnebre solemne: «Lo conducen al sepulcro, se hace guardia junto al mausoleo… Después de él marcha todo el mundo, y antes de él incontables» (Job 21,32-34). La parábola no menciona tanta pompa, ni siquiera un solo acompañante; solo dice que lo sepultaron, se hundió en la tierra, no en el seno de Abrahán.

El rico, Lázaro y Abrahán (vv.23-31).

Los protagonistas son el rico y Abrahán. Lázaro no dice nada, se limita a pasarlo bien. Después de enterrarlo, el rico se encuentra en el Hades, término griego que designa originariamente al Dios del mundo subterráneo y, más tarde, a dicho mundo, un lugar de tormento, en el que las llamas provocan una sed terrible. Aunque ese espacio está separado del seno de Abrahán por un abismo infranqueable, se puede ver al patriarca y dialogar con él. Esto da lugar a un largo diálogo entre ellos, con tres peticiones del rico y las consiguientes repuestas del patriarca.

Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó.

        Primera petición (24-26)

“Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.”

Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.

Lo que pide no puede ser menos: una gota de agua en la punta de un dedo de Lázaro, para apagar la sed. Abrahán comienza su respuesta en el mismo tono cariñoso. El rico lo ha llamado «padre» y él lo llama «hijo». Pero no le concede lo que pide, aduciendo dos argumentos. 1) La suerte se ha invertido: el que tenía todo lo bueno en esta vida, se ve ahora atormentado; el que solo tuvo males, ahora es consolado. Que el pobre reciba su premio después de haber sufrido tanto en esta vida es fácil de aceptar. En cambio, el castigo del rico es tan terrible que algún pecado debe haber cometido. En esta línea, lo que más debe intranquilizarnos (porque la parábola pretende sacudir la conciencia) es que el rico no es un explotador ni un criminal, no se dice que pagara un salario de miseria a sus obreros ni que se hubiera enriquecido con el narcotráfico. Lo que denuncia la parábola es su forma exquisita de vestir y de comer, sin fijarse en el pobre que está tendido a su puerta. Es la injusticia indirecta causada por el egoísmo. 2) Entre nosotros y vosotros existe un abismo infranqueable. La idea coincide con la del libro etiópico de Henoc, que habla de un abismo entre la región donde termina la gran tierra y un lugar desierto y terrible.

Segunda petición (v.27)

El rico insistió: Te ruego entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.

Abrahán le dice: Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen.

El rico no ceja y plantea un deseo muy distinto, que a él no le beneficia en nada, pero sí a su familia. De nuevo sería Lázaro quien debería actuar, presentándose ante los cinco hermanos para darles un testimonio e impedir que vengan a este lugar de tormento. La respuesta de Abrahán es breve y seca: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». No es fácil imaginar a cinco millonarios consultando la Biblia. ¿Qué espera el patriarca que saquen de su lectura? El mensaje social de la legislación del Pentateuco (Moisés) y de profetas como Amós, Isaías, Miqueas… es de una fuerza enorme. Si el lector no lo sabe, el rico lo ha captado de inmediato.

Tercera petición (vv.30-31)

El rico contestó: No, padre Abrahán. Pero si un muerte va a verlos, se arrepentirán.

Abrahán le dijo: Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.

Lo que pretende el rico es la conversión de sus hermanos. Y esto se consigue mejor con la aparición de un muerto (Lázaro) que con mucha lectura. La respuesta de Abrahán niega que incluso el mayor milagro, la resurrección de un muerto, sirva de algo si no existe la actitud de escuchar a Dios. El v.31 recuerda lo ocurrido con otro Lázaro, el hermano de Marta y María. Después de su resurrección, muchos judíos creyeron en Jesús; pero algunos contaron a los fariseos lo que había hecho, y se decidió su condena a muerte (Jn 11,45-48). Y las comunidades cristianas, al escuchar este cuento, refrendarían que tampoco la resurrección de Jesús consiguió convencer a quienes se negaban a creer en él.

El cambio que introduce la parábola.

Mientras Amós piensa que el castigo ocurrirá en esta vida, mediante la invasión de los asirios, Jesús lo desplaza a la otra vida. Él no se hace ilusiones; en esta vida, el rico seguirá disfrutando, y el pobre pasando hambre. Este cambio radical en el punto de vista ayuda a entender otras afirmaciones del evangelio de Lucas.

       En el Magnificat, María pronuncia unas palabras que, aplicadas a nuestro mundo, resultan estúpidas o de un cinismo blasfemo cuando dice que Dios “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. A la luz de la parábola del rico y Lázaro queda claro cuándo tendrá lugar esa revolución.

          Lo mismo afirma el comienzo del Discurso en la llanura, que contrasta la situación presente (ahora) con la futura. “Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis… Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya recibís vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque pasaréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque lloraréis y haréis duelo” (Lc 6,20-25).

¿Dos textos trasnochados?

            Tanto Amós como Jesús viven en una sociedad muy distinta de la nuestra (al menos de la del Primer Mundo). Entonces no existía la clase media. La riqueza se acumulaba en pocas manos, mientras la mayor parte del pueblo vivía en circunstancias muy duras. Aplicar la parábola a los multimillonarios de hoy día, jeques árabes, grandes industriales, artistas de cine, deportistas de élite… supondría dejar con la conciencia tranquila a los millones de personas que vivimos en circunstancias infinitamente mejores que la inmensa mayoría de la población mundial. Si ahora mismo resulta difícil resistir su mirada, mucho más difícil será cuando nos mire Dios.

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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. 25 septiembre, 2022

domingo, 25 de septiembre de 2022
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“-Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.”

(Lc 16, 19-31)

“…manda a Lázaro…” Incluso estando en el mismísimo infierno este rico sigue sintiéndose superior a Lázaro y sin ningún reparo reclama que le sirva.

Y ese debe ser precisamente el infierno: pensar que las demás personas están para satisfacer mis propias necesidades y las de mi gente. Ver a la otra persona “de segunda clase”, inferior ya sea por su condición económica, social, por sus capacidades diferentes o por su orientación sexual…

Siempre podemos encontrar un motivo, una justificación para desplegar nuestras ansias de dominio. Nuestro lado más oscuro y dejar de ver en la otra persona a alguien exactamente igual que yo.

Ese es el problema de la riqueza en cualquier aspecto de la vida. En cuanto nos sentimos “ricos”, nos creemos “mejores” y se estropea la comunión de la que deberíamos ser imagen.

La violencia que sacude nuestro mundo nace de la rivalidad. Nace cuando nuestra mirada se enferma y vemos a las demás personas como “mejores” o “peores” que nosotras mismas. Cuando en lugar de colocarnos “al lado” de las demás nos inventamos toda una jerarquía de valores o virtudes que nos hacen olvidar el gran valor de la dignidad humana que TODA personas posee porque le ha sido dada.

Las primeras páginas del Génesis nos advierten de este peligro, Dios le dice a Caín: “-¿Por qué te enfureces? ¿Por qué andas cabizbajo? Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo.” (Gn 4, 6-7)

Si el pecado original daña la relación de la humanidad con Dios al querer ocupar su lugar, este segundo pecado nos llama la atención sobre aquello que daña las relaciones humanas.

En el fondo los dos pecados son muy similares. Ambos tienen que ver con el ansia de poder y dominio que llevamos en el corazón: la envidia, la codicia, el egoísmo… Todo aquello que nos hace creer que los demás son rivales, enemigos. Todo aquello que nos hace olvidar que somos comunión y nos necesitamos, y es precisamente en nuestras buenas relaciones donde crecemos y nos asemejamos a Dios Trinidad.

Oración

Haznos reconocer, Trinidad Santa, el valor de nuestra propia dignidad para que desde la humildad que da ese conocimiento nos abramos a la dignidad de las demás.

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Siempre habrá un Lázaro a tu puerta

domingo, 25 de septiembre de 2022
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Lc 16,19-31

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lucas de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo de la parábola es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio. Aguanta un poco, hombre, que aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis  de comer, tuve sed y no me disteis de beber.” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que los ricos puedan seguir disfrutando de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, empezando por Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, Eleazar -´El ´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre el que, con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

No es fácil comprender el mensaje del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Jesús manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza acumulada, y no compartida, impide entrar en el Reino. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer a todos los hombres hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero la actitud humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. El amor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés. La mayoría de las relaciones que calificamos de amor, no son más que egoísmo.

Ahora podemos entender por qué la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no es excusa para no hacer nada. Nuestra pasividad demuestra que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar seguridad espiritual a las seguridades materiales. Jesús no está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a superar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Debemos descubrir que aunque yo esté dentro de la legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que sea lo correcto.

No basta despojar a los ricos de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero tampoco los pobres se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar una auténtica religiosidad sin tener en cuenta al pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación con Él. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice que el único pecado que existe es olvidarse del que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Lo demás es idolatría.

Meditación-contemplación

Satisfacer las necesidades biológicas no es malo, pero es insuficiente.
Solo las exigencias de tu verdadero ser te llevarán a la plenitud.
No debes renunciar a nada sino elegir lo mejor para ti, aquí y ahora.
Dios te está dando siempre una posibilidad de plenitud.
No desarrollar esa potencialidad es la verdadera condenación.
Tú solito estás malogrado tu existencia.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Munárriz

domingo, 25 de septiembre de 2022
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Lc 16, 19-31

«No harán caso, aunque resucite un muerto»

Jesús siente un gran recelo hacia el dinero y así lo expresa en multitud de ocasiones. Llama bienaventurados a los pobres, alerta sobre la dificultad de los ricos para entrar en el Reino, considera necio al hombre de la parábola ufano de su riqueza que esa noche iba a morir, se entristece cuando el “joven rico” renuncia a seguirle porque tenía muchos bienes… y, en la parábola de hoy, nos muestra hasta qué punto se puede endurecer el corazón de un hombre por causa de su riqueza.

El dinero no es algo marginal en el evangelio, algo que se menciona de pasada, sino una línea clara y recurrente dentro del mensaje global y la concepción del Reino. Algo que nos interpela de manera especial, porque vivimos en una sociedad de ricos en la que el dinero ha dejado de ser un medio para convertirse en el fin por excelencia de nuestra vida. Y cuando esto sucede, el dinero se convierte en amo, en el peor amo que podemos tener, porque nos esclaviza, socava nuestra humanidad y nos arrebata la capacidad de compadecer, de ayudar, de perdonar, de servir…

La expresión que usa Jesús para alertarnos de la trampa mortal que encierra el dinero, es una de esas exageraciones geniales que emplea para hacer especial énfasis en algo importante: «No harán caso, aunque resucite un muerto» … Dicho de otro modo: “Si caéis en esa trampa, no tenéis salvación”.

Quizá convenga hacer un breve inciso sobre su expresión «bienaventurados los pobres»,porque puede ser malinterpretada. Jesús no llama bienaventurados a los míseros, e incluso en la versión de Mateo se matiza el término para referirlo a los “pobres de espíritu”. Es de suponer que se refiere a quienes no se dejan dominar por la ambición ni permiten que el dinero les esclavice; a quienes se conforman con lo que tienen y lo comparten con los que no tienen; a quienes se acostumbran a vivir con poco… es decir, a quienes son capaces de convertir el dinero en un talento para la construcción del Reino.

Y esta es una pauta excelente para establecer nuestra relación con el dinero, hasta el punto, que Jesús nos dice que seremos mucho más dichosos si la seguimos (lo cual es además muy razonable porque su seguimiento nos humaniza y nos mueve a caminar por la vida ligeros de equipaje).

Pero siendo realistas, en este mundo el dinero es necesario no solo para vivir el día a día, sino también para prevenir el futuro ante las infinitas incertidumbres que presenta la sociedad actual. Por eso la parábola de hoy resulta especialmente oportuna para nosotros los ricos, pues nos alerta del riesgo de que el permanente contacto con el dinero acabe endureciendo nuestro corazón, y nos invita a reflexionar sobre el efecto que está teniendo en cada uno de nosotros. Por fortuna se trata de una reflexión muy sencilla, pues basta con preguntarse hasta qué punto hemos perdido la capacidad de compromiso ante el cúmulo de desgracias ajenas que cada día asaltan nuestras vidas.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

 Fuente Fe Adulta

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La riqueza, rival de Dios.

domingo, 25 de septiembre de 2022
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DOMINGO 26º T.O. (C)

Conviene recordar que Jesús en el evangelio de Lucas es, ante todo, el salvador, el que vino para librar al mundo de sus males. El mundo son todos los hombres y mujeres, el pueblo de Dios, todos los pueblos. No hay un pueblo “elegido” con privilegios, todos son objeto de su amor. El aspecto de Dios que prevalece en la obra de Jesús es el de la misericordia. Jesús muestra predilección por los más necesitados: los pobres, los pecadores, los enfermos, los descartados, las mujeres, los niños. Lucas presta especial atención a la fuerza del Espíritu Ruah en el acontecimiento cristiano, en el tiempo de Jesús y en el tiempo de los/las apóstoles. El Espíritu es la fuerza que hace posible el evangelio en el mundo.

Lucas insiste en las actitudes del discípulo/a: amor del prójimo en vez de observancia formalista de la Ley; el prójimo no es un concepto legal sino una relación que se crea, que se construye; esta actitud es la central y su realización concreta se llama servicio. Amor y servicio son la única grandeza y la única autoridad en un Reino en el que no existen tradiciones ni reglas de vida (a propósito de la pregunta que los fariseos hacen a Jesús sobre el ayuno y la comparación que él les pone del vino nuevo); a través del amor y el servicio el/la discípulo/a entra en una nueva relación con Dios llamándole Abbá, dirigiéndose a Él/Ella con plena confianza.

Pero dos obstáculos hacen imposible esa relación con Dios, en este texto del evangelio que sólo narra Lucas: la conciencia pagada de sí misma y la riqueza, rival de Dios y, por tanto, injusta, tentación constante que hace al ser humano sordo a la voz de Dios. Al discípulo/a se le exige la renuncia al dinero; eso le dará la verdadera felicidad.

En la primera lectura del libro de Amós (6,1a. 4-7), el profeta denuncia las falsas seguridades de quienes se hacen ídolos de sus creencias: riqueza, dominación, poder, mentira, soberbia, egoísmo, en definitiva, cualquier tipo de opresión. Concienciar de la servidumbre es comienzo de salvación. Ante la creciente brecha de desigualdad entre ricos y pobres, cabría preguntarse, ¿vivimos el servicio a los demás o nos aferramos a nuestras servidumbres?

El evangelio no deja para el más allá la solución de la pobreza y de la miseria, ya que al rico Epulón lo “condena” al castigo eterno, teniendo en cuenta el lenguaje mítico semita que utilizan los evangelios. Si bien Jesús manifiesta predilección por todos los que necesitaban liberación, su actitud no fue excluyente ni condenatoria sino abierta y de acogida con todos.

Jesús se dirige a los fariseos y les cuestiona lo que predican. Poco antes de este relato, les lanza una frase lapidaria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (16,13), dirigida a todo aquel que vive esclavo de sus riquezas. Es la riqueza acumulada y no compartida la que impide entrar en la dinámica del Reino.

El texto describe a dos personajes destacando el fuerte contraste entre ambos. En ningún momento se dice que el rico haya provocado la miseria del pobre y se encuentre en esa penosa situación por su culpa. Lo escandaloso es que ni siquiera se ha dado cuenta de su presencia; mientras él banquetea diariamente, el pobre, junto a su puerta, no tiene nada que llevarse a la boca. Vive cómodamente rodeado de su  bienestar, ignorando la vida de quien está a su lado. Su actitud es inhumana por su insensibilidad, por su indiferencia. En palabras del evangelio, por poseer un “corazón de piedra”.

También nosotros, hoy. Vivimos tan inmersos en nuestras comodidades, en nuestras seguridades, tal vez en nuestro hedonismo, que no queremos ver la miseria de nuestro mundo. El relato intenta sacudir la conciencia de quienes nos hemos acostumbrado a vivir en la abundancia teniendo a nuestro lado países y pueblos enteros viviendo en la más absoluta miseria. Una sociedad del bienestar que se ve incapaz de frenar la injusticia social mundial. Que nos permite vivir con la conciencia resignada pensando que la culpa es de todos, países ricos, imperialismos capitalistas, comunistas, totalitarismos nacionalistas, y de nadie en particular. Dos ejemplos:

La ONU muestra un mapa de la pobreza global más allá del dinero. 1.300 millones de personas son pobres en todos los sentidos de la palabra porque no tienen apenas ingresos o carecen de acceso a agua potable, alimentos suficientes o electricidad. El 10% de la población mundial, 736 millones de personas, sobreviven cada día con menos de 1,90 dólares. Son extremadamente pobres… económicamente. Aunque estar por encima de este nivel de ingresos no asegura tener una vida digna.

Manos Unidas alerta: 274 millones de personas necesitarán ayuda humanitaria este 2022.

En todo caso, el evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa e hipócrita actitud religiosa. El Reino que Jesús predica consiste en hacer de la humanidad una comunidad de hermanos. Nos invita a compartir los alimentos, los recursos, suficientes para todos, y convivir como hermanos, no como rivales o competidores. Los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo. Todos creceríamos en humanidad. En el fondo, pobreza e injusticia es una realidad en la que todos participamos. Lo que se nos pide es romper la indiferencia, no poner excusas ante la incapacidad de unos y otros, estar atentos a las “llagas de nuestro mundo” permaneciendo activos ante el sufrimiento, descubrir y levantar a los Lázaros “de la puerta de al lado”, vivir el amor-compasión que Jesús practica entre los necesitados.

Y todo ello, sin pedir nada a cambio. Esa es la salvación que me hace más humana y más divina, que me religa con el Dios de Jesús. La medida de amor-servicio a los hermanos me abre, pues, a esa relación única, íntima con Dios. Todo lo demás son cálculos interesados.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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La indiferencia crea abismos.

domingo, 25 de septiembre de 2022
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7ABB9DEE-5F84-428C-AFF8-B5531C67FF7FDomingo XXVI del Tiempo Ordinario

25 septiembre 2022

Lc 16, 19-31

Si la compasión -capacidad de vibrar con el otro, ponerse en su piel, ver las cosas desde su perspectiva, desear su bien y ofrecerle ayuda eficaz- es el “alma” de la sabiduría y el test que verifica la autenticidad espiritual, su opuesto es la indiferencia.

De entrada, la indiferencia es un mecanismo de defensa para evitar ser removidos por las situaciones que ocurren a nuestro alrededor. De ese modo, podemos permanecer en nuestra zona de confort, sin cuestionamientos ni responsabilidad, porque “ojos que no ven, corazón que no siente”.

En un nivel más profundo, la indiferencia es expresión de egocentrismo y narcisismo, que nos mantienen girando como peonzas en torno al yo y a sus intereses, sin ni siquiera advertir lo que sucede junto a nosotros.

Y más hondamente aún, la indiferencia es hija de la ignorancia. Vivimos egocentrados porque somos ignorantes que ponen su identidad en el yo, con lo cual, vivimos identificados con lo que no somos y desconectados de lo que realmente somos.

Tal actitud aporta “beneficios” -como todo aquello que mantenemos, ya que, de otro modo, la modificaríamos-, en tanto en cuanto logremos ir “compensando”, en el día a día, nuestras carencias y malestares. Metidos en nuestra burbuja egoica, vamos tratando de sobrevivir con el menor malestar posible, sin ningún otro anhelo ni horizonte.

Sin embargo, detrás de ese aparente bienestar, lo que hay en realidad es un “abismo” que nos mantiene irremediablemente separados de nosotros mismos y de los demás. El egocentrismo crea fracturas y genera dolor, porque se asienta en la mentira. Si todo es uno -la realidad conoce diferencias, pero no separación-, negarlo en la práctica implica situarse en el error de partida, que crea inexorablemente abismos, mundos y personas fragmentados.

¿Qué hay en mí de indiferencia y de compasión?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Los dueños no, los perros se compadecían y aliviaban el sufrimiento de Lázaro lamiéndole las llagas.

domingo, 25 de septiembre de 2022
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031617-Lc-16-19-31Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

19.09.2022

Tras escuchar el pasado domingo aquellas palabras de Jesús: no podéis servir a Dios y al dinero, leemos hoy esta parábola del rico y el pobre Lázaro (Eleazar). Lázaro inspira una profunda compasión.

Todos somos ricos y tenemos Lázaros a nuestra puerta.

Lázaro significa: “Dios ayuda”. Si salimos de esta Eucaristía con la sensación de que Dios es nuestra ayuda en la vida (y en la muerte), será una dicha.

01.- A propósito de ver

En las parábolas de la misericordia hay un denominador común Ver o no ver.

  • El buen samaritano vio al herido y actúo, el sacerdote y el levita le vieron, pero dieron un rodeo y pasaron de largo.
  • El padre, ve venir al hijo pródigo y se alegró, mientras que el hijo mayor cuando vio venir a su hermano, protestó y no quiso celebrar nada.
  • Jesús ve a los discípulos y los llama, ve a la multitud y se conmueve

Es importante dónde y cómo estamos situados en la vida para ver las cosas y las personas de una u otra manera. A veces “miramos para otro lado” o ni tan siquiera miramos a los “lázaros” de todo tipo que viven junto a nosotros. Cuando estamos satisfechos como el rico epulón, ni miramos cómo están los demás, nos da igual.

02.- ¿Qué puede querer decir la parábola del pobre Lázaro?

  • Esta parábola no es una descripción de cómo se desarrollará la vida después de la muerte. Se trata de una parábola, no una topografía de ningún lugar. (Algún “ingeniero” de la teología ha llegado a calcular los grados de temperatura del purgatorio y del infierno).
  • Tampoco es una promesa-sedante a los pobres de un final feliz en compensación por lo mal que lo han pasado en esta vida. No es una invitación a la resignación de los pobres en beneficio del status quo de los ricos. El “más allá” no va a solucionar las injusticias del “más acá”.
  • Tampoco se trata de una “escatología tarifada”: ¿Cuánto dinero me está permitido tener y almacenar de modo que Dios no me pueda echar nada en cara al final de los tiempos?

03.- Cambio abismo por valla y concertinas.

        El texto evangélico de hoy dice que entre el rico epulón y el pobre Lázaro había un abismo imposible de pasar. Abismos y distancias entre ricos y pobres hay siempre.

  • Hoy en día quizás no les llamaríamos abismos, pero sí que hemos levantado vallas entre pueblos ricos y pobres: la valla de Trump entre EEUU y Méjico, la valla de Melilla; hemos puesto concertinas y alambres de espino, fronteras y “papeles” infinitos para los “lázaros” emigrantes que van y vienen. Los ricos somos los que impedimos que los barcos de rescate: el “open arms”, el “aita Mari”, etc. lleguen a los puertos con los migrantes. Siguen existiendo abismos, grandes diferencias y distancias entre ricos y “lázaros

También hoy hay -habemos- ricos y “lázaros”.

04.- No perdamos de vista la misericordia de Dios.

El rico invoca a Abraham, al padre de Israel, de la religión, para que le alivie a él y a su familia. Pero el puente para pasar tal abismo es la misericordia.

¡Lázaro! (Eleazar) significa “Dios es mi ayuda”.

  • Esta parábola es la reafirmación de que el dinero hace perder la cabeza al ser humano, nos vuelve locos. El dinero rompe toda posibilidad de comunicación con Dios y con los más pobres, crea abismos e impide una solidaridad y convivencia entre los hombres y pueblos.
  • Con el dinero pretendemos hallar ayuda. En el dinero buscamos la seguridad porque no confiamos en Dios. Al rico le ayuda el dinero al pobre, a Lázaro le ayuda Dios.
  • El dinero es el que crea los abismos (hades) y los sufrimientos, las diferencias de clases sociales, las miserias humanas, las llagas y la tristeza
  • San Lucas es muy sutil y dice que solamente los perros se compadecían de Lázaro. Los dueños, no; son los perros los que se compadecen y alivian el dolor de Lázaro lamiéndole las llagas.

Y esta distinción tiene un transfondo teológico-cristiano: Perro, en el mundo bíblico, significaba extranjero-pagano. Los judíos, los religiosos no tenían misericordia. Son los paganos: los samaritanos (el buen samaritano), etc., quienes tienen compasión y sienten misericordia).

05.- Los que “montan la película” son los “religiosos”, no los que sufren, ni los cristianos.

  • Llama poderosamente la atención en esta parábola que ni Dios, ni Jesús ni Lázaro dicen ni palabra. Por ello, “me da” que todo el tinglado del infierno, la condenación, el fuego, la gota de agua, “te pido que”, etc., lo montan los “judíos”, es decir: los “hombres religiosos” de turno.
  • El pobre Lázaro está medio muerto, dormitando en cualquier cajero automático, enfermo, lleno de llagas y moscas, como los niños africanos que vemos en el telediario… Pero Lázaro, el pobre hombre, no dice nada, se calla: espera la ayuda de Dios.
  • Extrañamente el rico se dirige no a Dios Padre, ni a Lázaro, ni a Jesús (como el buen ladrón), sino a Abrahán. El rico, incluso en el “más allá”, no siente misericordia, no se acerca a Dios Padre, como el hijo pródigo. El rico epulón busca una especie de “tráfico de influencias” ·y apela a Abrahán, el padre de Israel, personaje más que importante. Y como Abraham es importante “me podrá echar una mano”.
  • Los infiernos, los purgatorios y las diferencias abismales (abismos) están en este mundo, En el “otro mundo”, las cosas serán muy de otra manera y para todos, gracias a Dios.

Yo no puedo solucionar el problema del hambre del mundo, pero sí puedo apaciguar el dolor del “Lázaro” que está a mí puerta.

Como Lázaro, confiemos en la ayuda de Dios. Dios nos ayuda.

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Solidaridad sombría : un Dios que levanta a los pobres

lunes, 19 de septiembre de 2022
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34A0BCEF-EDAA-4BC6-A743-BE9ECA254AFFLa reflexión de hoy es por la colaboradora de Bondings 2.0 Allison Connelly, cuya biografía está disponible aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 23 del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

Mientras leía las escrituras litúrgicas de hoy, me sorprendió (nuevamente) el compromiso de solidaridad radical de Dios con los pobres. De los gritos condenatorios de Amos contra aquellos que estaban «pisotean [do] a los necesitados» y «destruy [endo] a los pobres» a nuestro salmista alabando a Dios por levantar a los pobres de la alcantarilla para sentarlos con príncipes, e incluso en la Aclamación al evangelio que canta que Jesús que «era rico [pero] se volvió pobre, de modo que por su pobreza se puede llegar a ser  rico«, está claro una y otra vez que Dios toma partido. Y Dios se pone del lado de los pobres.

Como persona LGBTQ, sé que esto significa que Dios es radicalmente solidario con la comunidad LGBTQ desproporcionadamente pobre. Según el Williams Law Institute de UCLA, «las personas LGBT colectivamente tienen una tasa de pobreza del 21,6%, que es mucho más alta que la tasa de las personas heterosexuales cisgénero del 15,7%». Desglosando aún más los datos, entre las personas LGBT, las personas transgénero y las mujeres bisexuales tienen tasas de pobreza especialmente altas al 29%. Si Dios es solidario con los pobres, Dios es solidario con nosotros, personas LGBTQ, y especialmente es solidario con las personas transgénero y las mujeres bisexuales.

Teniendo  en cuenta el recordatorio de la solidaridad radical de Dios, el Evangelio, que me cofundió a primera vista, tiene más sentido. Jesús les cuenta a sus discípulos una historia sobre un mayordomo que, cuando supo que sería despedido de su posición, se puso un poco sombrío. En este sentido, estoy usando «sombrío» según la tercera  definición de Merriam-Webster (y la primera definición de la mayoría de los millennials): «de mérito cuestionable». Con la esperanza de la auto-preservación, el mayordomo decide hacer lo que pueda para obtener la gratitud de los deudores que le deben a su maestro. Invita a los deudores a reescribir sus deudas: ahora, en lugar de deberle al amo del mayordomo cien medidas de aceite de oliva, un deudor vuelve a escribir su deuda para deber solo cincuenta. Otro deudor ahora debe ochenta kors de trigo en lugar de cien. Y así sucesivamente.

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La frase que me viene a la mente cuando leo esta historia es «Solidaridad sombría«. Este tipo, a punto de perder su trabajo, se da cuenta de que, para tener una relación correcta con su comunidad, con el din de esperar la hospitalidad de quienes lo rodean, para ser solidario con ellos, necesita dar algo a cambio. La solidaridad es siempre mutua. Él ofrece lo que tiene: su acceso al dinero. Él sabe que el poder que tiene puede hacer que la vida de las personas en su comunidad pueda ser verdaderamente diferente, tal vez, con suerte, una diferencia suficientemente grande como para volver a ponerse en la relación correcta con ellos. Lo que hizo fue definitivamente sombrío. Y sin embargo, Jesús llama a sus acciones «dignas de confianza». ¿Por qué?

Pensemos en ello. Si el jefe del mayordomo, un hombre rico, se parece en algo a los ricos de la época de Amos, obtuvo su riqueza deshonestamente. Tal vez, como escribe Amos, «arregló su balanza para hacer trampa» o compró «al humilde para la plata» o «a los pobres por un par de sandalias». Lo que hizo el mayordomo fue definitivamente en contra de la ley: alterar documentos financieros para estafar a su jefe por dinero. Pero, según cómo lo mires, el error  más grande fue que su amo acumulara su riqueza de forma deshonesta en primer lugar. Santo Tomás de Aquino nos recordaría: “Cualquier ley que eleva la personalidad humana es justa; Cualquier ley que degrada la personalidad humana es injusta » y San Agustín nos diría que «una ley injusta  no es una ley en absoluto «. ¿Quién degradó la personalidad humana? Seguramente el hombre rico, que acumuló su riqueza y no compartió con los pobres. ¿Quién levantó la personalidad humana? Seguramente el mayordomo, que actúa en solidaridad con los pobres en su comunidad. Si una ley injusta mantenía a los pobres endeudados y privados de sus derechos mientras un hombre rico se hacía más rico, la única respuesta moral es quebrantar la ley injusta. Al negarse a cumplir con las leyes injustas, el administrador demuestra que se puede confiar en él: actuando en solidaridad sombría.

Nuestro comentario concluye con este versículo frecuentemente citado: «Ningún siervo puede servir a dos señores … no se puede servir tanto a Dios como a Mammon». «Mammon» es traducido por el Oxford English Dictionary como «riqueza considerada como una mala influencia o falso objeto de adoración y devoción». Vemos en esta historia un siervo  que toma una decisión: debe ser fiel a la riqueza adorada por su amo a expensas de los pobres o ser solidario con los pobres y los deudores en su comunidad. Su elección de solidaridad con los pobres – aunque sombría- también es la elección De Dios: la elección de Dios de ser solidario con todos los pobres, incluida la comunidad LGBTQ despropiadamente pobre. Que la verdadera solidaridad, que asume riesgos y rechaza la injusticia, sea también nuestra elección.

—Ollison Connelly-Vetter (ella/ella), 18 de septiembre de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Compromiso imposible”. 25 Tiempo ordinario – C (Lucas 16, 1-13)

domingo, 18 de septiembre de 2022
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Digital collage modern art. Hand giving and receiving money

El mensaje de Jesús obliga a un replanteamiento total de la vida; quien escucha el Evangelio intuye que se le invita a comprender, de manera radicalmente nueva, el sentido último de todo y la orientación decisiva de su conducta.

Es difícil permanecer indiferente ante la palabra de Jesús, al menos si uno sigue creyendo en la posibilidad de ser más humano cada día. Es difícil no sentir inquietud y hasta cierto malestar al escuchar palabras como las que hoy nos recuerda el texto evangélico: «No podéis servir a Dios y al Dinero».

Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos y vivir al mismo tiempo esclavo del dinero y del propio interés. Solo hay una manera de vivir como «hijo» de Dios, y es vivir como «hermano» de los demás. El que vive solo al servicio de sus dineros e intereses no puede ocuparse de sus hermanos, y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios.

El que toma en serio a Jesús sabe que no puede organizar su vida desde el proyecto egoísta de poseer siempre más y más. A quien vive dominado por el interés económico, aunque viva una vida piadosa y recta, le falta algo esencial para ser cristiano: romper la servidumbre del «poseer» que le quita libertad para escuchar y responder mejor a las necesidades de los pobres.

No tiene otra alternativa. Y no puede engañarse, creyéndose «pobre de espíritu» en lo íntimo de su corazón, pues quien tiene alma de pobre no sigue disfrutando tranquilamente de sus bienes mientras junto a él hay necesitados hasta de lo más elemental.

Tampoco podemos engañarnos pensando que «los ricos» siempre son los otros. La crisis económica, que está dejando en paro a tantos hombres y mujeres, nos obliga a revisar nuestros presupuestos, para ver si no hemos de reducirlos para ayudar a quienes han quedado sin trabajo. Sería un buen test para descubrir si servimos a Dios o a nuestro dinero.

José Antonio Pagola

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“No podéis servir a Dios y al dinero”. Domingo 18 de septiembre de 2022. 25º Ordinario

domingo, 18 de septiembre de 2022
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50-ordinarioc25-cerezoLeído en Koinonia:

Amós 8, 4-7: Contra los que “compran por dinero al pobre”.
Salmo responsorial: 112: Alabad al Señor, que alza al pobre.
1Timoteo 2, 1-8: Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven.
Lucas 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero.

El profeta Amós nos ubica en el contexto de la cuarta visión y su interpretación, que va contra los defraudadores y explotadores. El profeta, en todo su libro, nos presenta cinco visiones sobre el destino del pueblo de Israel (7,1 – 9,10). El mensaje de Amós estaba dirigido principalmente al reino del norte, Israel, pero también menciona a Judá (el reino del sur) y a las naciones vecinas de Israel (sus enemigas): Siria, Filistea, Tiro, Edom, Amón, Moab. La razón del juicio: la codicia de los ricos. Amós grita y denuncia: Escuchen esto los que pisotean al pobre y quieren arruinar a los humildes de la tierra (v. 4). El profeta, al hacer sus juicios y lanzar sus amenazas, da los motivos y hace las denuncias por las cuales serán castigados y corregidos. Denuncias contra las casas ostentosas, fruto de la opresión a los pobres y débiles. Y esto por no cumplir con la justicia en el trabajo y en el comercio. Engañan y roban en las balanzas fraudulentas, en los precios y salarios. También hay juicios contra un culto exterior que quiere encubrir toda esa injusticia con sacrificios, ofrendas y cantos, que así no son gratos a Dios. Al tema del fraude, tan presente en esta cuarta visión, le sigue el juramento divino y el castigo

En el siglo XXI, esta invectiva profética de Amós contra la explotación humana necesitamos ampliarla a la explotación de la naturaleza. Hace casi 3000 años, metidos ya como estaban en plena época de la agricultura y de la explotación de la tierra, y una vez que, a partir del IVº-Vº milenios, tras la invasiones indoeuropeas, ya la divinidad había sido separada de la naturaleza (desacralización de la Pachamama), no podían percibir la perspectiva ecológica. Casi sólo prestaron oídos a la explotación interhumana. También es verdad que entonces no se escuchaba tan fuerte como hoy «el grito de la Tierra», los síntomas de la crisis ecológica, y se pensaba que el grito sólo era de los pobres… Hoy necesitamos ampliar esa queja profética; queremos abarcar en ella no sólo la explotación de los pobres, sino también la explotación de la naturaleza, las selvas mutiladas, los bosques calcinados, los ríos contaminados, las montañas horadadas, los animales acorralados en su hábitat invadido, la Pachamama profanada… No es una ampliación indebida; prolonga simplemente los mismos argumentos de justicia y de utopía del profeta. Hoy Amós se sumaría al reconocimiento del grito de la Tierra, desde su misma conciencia profética.

Pablo exhorta a que se ore por todo el mundo y de manera especial por los encargados de dirigir política y religiosamente al pueblo, porque la intención de Dios es salvar a todo el ser humano, y que estos lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Esa verdad se nos fue revelada por su Hijo Jesús, donde Él mismo se presentó como el Camino, la Verdad y la Vida. Es la verdad que nos hará libre. Pablo coloca a Jesús como el único mediador entre Dios y el ser humano: porque hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús. Es la universalidad de Cristo en el acontecimiento salvífico de la humanidad, que con su muerte se entregó a sí mismo como rescate por todos.

Esta parábola –no siempre bien interpretada– va dirigida a los fariseos que son amigos del dinero, su verdadero Dios. Representa, como tantas otras, un caso extremo: un hombre que está a punto de ser despedido de su trabajo y que necesita actuar urgentemente para garantizarse el futuro, antes de quedarse sin empleo. Para ello plantea una estrategia. Acusado de derrochar los bienes de su amo (16,1), causa por la que se va a quedar sin trabajo, decide rebajar la cantidad de la deuda de cada uno de los acreedores de su amo, renunciando a la comisión que le pertenece como administrador. Es sabido que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo con frecuencia intereses desorbitados a los acreedores. La actuación de administrador debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite había recibido prestados cincuenta nada más, los otros cincuenta eran la comisión correspondiente a la que el administrador renuncia con tal de granjearse amigos para el futuro. Renunciando a su comisión, el administrador no lesiona en nada los intereses de su amo. De ahí que el amo lo felicite por saber garantizarse el futuro dando el “injusto dinero” a sus acreedores.

El amo alaba la estrategia de aquel “administrador de lo injusto”, calificativo que se da en el evangelio de Lucas al dinero, pues, en cuanto acumulado, procede de injusticia o lleva a ella.

Para Lucas, todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa –desprendiéndose de él– para “ganarse amigos”, hace una buena inversión no en términos bursátiles, ni bancarios, sino en términos humanos cristianos. El injusto dinero, como encarnación de la escala de valores de la sociedad civil, sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad del discípulo a poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados.

El “injusto dinero” es calificado en la conclusión de la parábola como “lo de nada” y “lo ajeno”, en cuanto opuesto a “lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro”. Y “lo que vale de veras” no es el don del dinero, sino el del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (“cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden”, cf. Lc 11,13). Eso sí, para recibir el Espíritu (que es comunicación de la vida de Dios que potencia al hombre) se requiere el desprendimiento y la generosidad hacia los demás (11,34-36).

La parábola termina con esta frase lapidaria: “No pueden servir a Dios y al dinero”. La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar entre dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que compartir lo que poseen con los que no lo tienen, con los oprimidos y desposeídos, los desheredados de la tierra.

El afán de dinero es la frontera que divide el mundo en dos; es la barrera que nos separa de los otros y hace que el mundo esté organizado en clases antagónicas: ricos y pobres, opresores y oprimidos; el ansia de dinero es el enemigo número uno que imposibilita que el mundo sea una familia unida donde todos se sienten a la mesa de la vida. Por eso el discípulo, para garantizarse el futuro, debe estar dispuesto en el presente a renunciar al dinero que lleva a la injusticia y hace imposible la fraternidad. Leer más…

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Dom 18.9.22. Dinero de iniquidad: Ante una «conversión» de la economía (Lc 16, 1-13)

domingo, 18 de septiembre de 2022
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20190110-Dios-o-el-dinero-mockup-final.1jpgDel blog de Xabier Pikaza:

Este pasaje incluya una parábola enigmática, algunas aplicaciones y una sentencia fundamental, con la oposición, ya conocida, entre Dios y Mamón y la exigencia radical de una conversión (¿posible?) de la economía. Dos son sus afirmaciones fundamentales:

Todo dinero actual es, en principio, injusto:mammona tês adikias, capital injusto

Nadie puede «servir» (honrar, obedecer) al mismo tiempo al dinero o a Dios.Este es un evangelio prácticamente imposible de entender y de cumplir. Por eso es  salvador y exigemeta-noia, un cambio total de pensamiento y vida, como he comentado en Dios y la economía

Parábola

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.»

El administrador se puso a echar sus cálculos: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. «

Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Éste respondió: «Cien barriles de aceite. Él le dijo: Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: Cien fanegas de trigo.» Le dijo: Aquí está tu recibo, escribe ochenta (Lc 16, 1-7).

           Normalmente se piensa que ese hombre rico es Dios, pero el texto le presenta como dueño de una gran hacienda, con un administrador a su servicio. Normalmente tendemos a pensar que tiene razón, y que su riqueza era buena y justa, de manera que derecho a mantener asegurado su capital. Pero, el contexto de Lucas (con la parábola siguiente de Epulón y Lázaro: Lc 16, 19-31), puede hacernos pensar que él es injusto, digno de reprobación, porque no pone su riqueza al servicios de los lázaros hambrientos, dejando así abierto el tema de su posible justicia (o injusticia):

‒ Un hombre rico tenía un administrador al que denunciaron… No sabemos si la denuncia se funda en hechos reales o falsos, pues el administrador podía tener enemigos, que le envidiaban y querían quitarle su puesto. No sabemos, pues, si era ya un corrupto o no, sino sólo que se porta de un modo corrupto (e inteligente) cuando sabe que su amo va a expulsarle, y así cambia la documentación mercantil de la empresa, a favor de los deudores del amo, para que ellos le ayuden cuando él haya caído ya en desgracia.

La parábola nos sitúa así ante un caso normal de corrupción, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos, un caso en que el mismo dueño de la empresa alaba la sabiduría de su administrador, por la forma en que le ha engañado, asegurando su futuro. Ciertamente, Jesús no alaba la “moral” del administrador, ni se pronuncia sobre la justicia de su gesto, sino sólo su sabiduría, la forma cómo ha respondido y actuado en un caso de crisis.

            Este administrador utiliza a su favor las normas del sistema económico, que posiblemente son también injustas, de manera que podemos preguntarnos: ¿Quién es más corrupto, el dueño del negocio o su administrador sagaz?   De todas formas, el tema no es que el administrador sea justo o injusto, sin que haya logrado logra romper un sistema de dinero cerrado en sí mismo, de tal forma que el mismo dinero injusto le sirve para crear redes de solidaridad personal entre los deudores del amo. Dentro de su espacio de trabajo “legal”, como dependiente (criado) del sistema, en el último momento en que ejerce su cargo, el administrador (a quien el amo elogiará) utiliza el dinero injusto para crear unas redes de solidaridad subversiva (a su servicio), poniendo los valores del compartir, la hospitalidad y la reducción de la deuda por encima de los intereses del capital acumulado [1].

Primeras aplicaciones (Lc 16, 8-12).

 Son tres, y han de verse desde la perspectiva de conjunto de Lucas, de manera que pueden relacionarse entre sí:

 1. Y el señor felicitó al administrador injusto (de injusticia: tês adikias), porque había actuado de un modo astuto (inteligente) porque los hijos de este siglo son más astutos que los hijos de la luz para sus cosas (Lc 16, 8). El mismo señor descubrió y ensalzó la astucia de su administrador, pues ella le capacitaba para resolver a su favor problemas de este mundo.

Este señor no se hace ilusiones, pues sabe que sus administradores pueden engañarle. A pesar de eso, o quizá por eso mismo, no ha creado un sistema “blindado” de seguridad económica, porque está convencido de que donde hay tesoros materiales habrá ladrones (cf. Lc 12, 34: Mt 6, 19), y donde hay formas de administración injusta surgirán “corruptos” como este administrador, que le está robando/engañando al servicio de sí mismo (o de otros). Por más astuta e inteligente que sea la ley del amo, siempre podrá haber administradores que le engañen, y que lo hagan con inteligencia.

 2. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas (Lc 16, 9). Aquí ya no habla el administrador, como en el caso anterior, sino el mismo Jesús, que nos invita a comportarnos en un plano como administradores injustos, engañando al mismo sistema injusto, para bien de los hombres concretos (=de los pobres). En esta línea se puede hablar de una “corrupción buena”, en contra del orden económico, al servicio de los hombres concretos.

 ‒ Jesús afirma que los bienes del amo (el sistema) son Mammón injusto (o de injusticia: tês adikias), un tema que he desarrollado al comentar la oposición de Mt 6, 24: No podéis servir a Dios y a Mammón). Jesús afirma así que el dinero de este mundo es inicuo, es Mammón de injusticia, pues está al servicio de sí mismo y no de los necesitados. Eso significa que la propiedad del Gran Amo de la parábola es signo y medio de injusticia [2].

Con este dinero injusto, ganaos amigos, para que os reciban en la morada eterna. Éste es un texto de condena radical del dinero, pero no para destruirlo, sino para re-utilizarlo “para ganar amigos”. El dinero en cuanto capital (Mammón) no tiene amigos, pues sólo se quiere a sí mismo, pero un hombre astuto, como este administrador, puede “blanquearlo”, poniéndolo al servicio de los amigos, que, en esta palabra de Jesús, no son ya los beneficiarios corruptos de la parábola (los que deben al amo una cantidad de trigo o aceite), sino los pobres como tales. Esta es la doctrina de Mc 10, 21 (vender los bienes, darlos a los pobres) y la de Lc 12, 33-35: Limpiar el dinero significa ponerlo al servicio de los pobres.

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Elogio del administrador ladrón y tramposo. Domingo 25 Ciclo C

domingo, 18 de septiembre de 2022
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 B71BEDF8-055B-4A04-A8BD-C7E33B724E37Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Jesús

       Que en una empresa, un banco, o un partido político, haya un administrador ladrón, que incluso hace trampas para disimular sus robos, no tiene nada de extraño. Que algunos de sus amigos o partidarios lo aprueben y defiendan, también puede ocurrir. Pero que Jesús ponga de modelo a un sinvergüenza, a un administrador ladrón y tramposo, es algo que desconcierta y escandaliza a mucha gente. Por eso, la traducción litúrgica no pone la alabanza en boca de Jesús, sino en la del “amo”; una opción bastante discutible. De hecho, Juliano el Apóstata (s. IV) usaba la parábola para demostrar la inferioridad de la fe cristiana y de Jesús, su fundador. El cardenal Cayetano (s. XVI) y Rudolph Bultmann (s. XX) la consideraban ininteligible; otros muchos piensan que es la más difícil de entender. [Quien desee conocer los diversos problemas puede consultar mi comentario El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús (Verbo Divino, 2021), 355-360].

            Como en otros casos, la liturgia permite elegir entre una versión breve y otra larga.

 Una parábola irónica (Lucas 16,1-9) [Versión breve]

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

‒Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando. El administrador pensó: ¿Qué voy a hacer, ahora que el amo me quita el puesto? Para cavar no tengo fuerzas, pedir limosna me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me licencien, alguno me reciba en su casa. Fue llamando uno por uno a los deudores de su amo y dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? Contestó: Cien barriles de aceite. Le dijo: Toma el recibo, siéntate enseguida y escribe cincuenta. Al segundo le dijo: Y tú, ¿cuánto debes? Contestó: Cien fanegas de trigo. Le dice: Toma tu recibo y escribe ochenta.

El amo alabó al administrador deshonesto por la astucia con que había actuado. Pues los ciudadanos de este mundo son más astutos con sus colegas que los ciudadanos de la luz.

Y yo os digo: ganaos amigos con la riqueza injusta, de modo que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.

Las dificultades para entender esta parábola parten de los presupuestos en los que se basa Jesús, contrarios a nuestra forma de ver:

  1. Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo usemos rectamente.
  2. Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas”.
  3. Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.

                La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo que interceda por ti en el momento decisivo.

La idolatría del dinero (Lucas 16,10-13) [Versión larga]

            El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si en no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro?

Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

       Desarrollando el tema de la parábola, el primer párrafo contrapone los bienes materiales («lo poco», «la riqueza injusta», «lo ajeno») y el bien supremo («lo mucho», «la riqueza verdadera»,  «lo vuestro») y anima a portarse rectamente en el uso de la riqueza.

       El segundo párrafo es más famoso y merece un comentario. Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo, donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre entre Dios y el dinero.

     Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento («no tendrás otros dioses frente a mí»). Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría. Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de tres formas:

   1) mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Amós.

    2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos el próximo domingo.

   3) mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hacen perder la fe en la Providencia.

Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7

Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo:
«¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?» Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.

       Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:

      1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado, equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

     2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (lo ocurrido tras la guerra de Ucrania es un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.

        3) El comercio humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se dan casos de auténtica esclavitud (como los chinos traídos para trabajar a escondidas en fábricas de sus compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos; salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).

Reflexión final

            Puede resultar irónico, incluso indignante, hablar del buen uso del dinero y de los demás bienes materiales cuando la preocupación de la mayoría de la gente es ver cómo afronta la crisis económica actual y la que se avecina. Sin embargo, Jesús nunca ofreció un camino cómodo a sus seguidores. Tanto la parábola como la enseñanza siguiente y el texto de Amós nos obligan a reflexionar y enfocar nuestra vida al servicio de los más necesitados.

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