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Conversión… Saber esperar

domingo, 20 de marzo de 2022
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Sabemos que nos esperas, Señor, porque sabes que la espera es esperanza… y esperamos también que riegues nuestras vidas con tu ternura… para que nuestra  vida sea un reflejo de tu bondad y de frutos de justicia que haga mejor la de los demás…

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Saber esperar; sabiendo
que el tiempo no existe ya.

Ni el correo ni la prensa
tienen caja forestal.

El sol es de ayer, de siempre.
Y un día es un día más.

La noche, con “muriçoca”.
La tuna, no es de fiar.

Mañana será otro día,
y arroz no nos faltará…

Despertaremos cansados,
com vontade de sentar”;

pero con la espera al hombro,
¡y nos tocará esperar

otro día, todo el día,
…para aprender a esperar!

*

Pedro Casaldáliga
Clamor elemental. Ed Sígueme, 1971

***

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:

“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”

Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.

*

Lucas 13, 1-9

***

Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser “pecadores en conversión”.

Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación. Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías: “Haznos volver a ti, Señor, y volveremos” (Lam 5,21; cf. Jr 31,18).

*

André Louf,
A merced de su gracia,
Madrid 1991, 19-24, passim.

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“Vida estéril”. 3 Cuaresma – C (Lucas 13,1-9)

domingo, 20 de marzo de 2022
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Miracleofthefig-620x560El riesgo más grave que nos amenaza a todos es terminar viviendo una vida estéril. Sin darnos cuenta vamos reduciendo la vida a lo que nos parece importante: ganar dinero, no tener problemas, comprar cosas, saber divertirnos… Pasados unos años nos podemos encontrar viviendo sin más horizonte ni proyecto.

Es lo más fácil. Poco a poco vamos sustituyendo los valores que podrían alentar nuestra vida por pequeños intereses que nos ayudan a «ir tirando». No es mucho, pero nos basta con «sobrevivir» sin más aspiraciones. Lo importante es «sentirnos bien».

Nos estamos instalando en una cultura que los expertos llaman «cultura de la intrascendencia». Confundimos lo valioso con lo útil, lo bueno con lo que nos apetece, la felicidad con el bienestar. Ya sabemos que eso no es todo, pero tratamos de convencernos de que nos basta.

Sin embargo, no es fácil vivir así, repitiéndonos una y otra vez, alimentándonos siempre de lo mismo, sin creatividad ni compromiso alguno, con esa sensación extraña de estancamiento, incapaces de hacernos cargo de nuestra vida de manera más responsable.

La razón última de esa insatisfacción es profunda. Vivir de manera estéril significa no entrar en el proceso creador de Dios, permanecer como espectadores pasivos, no entender lo que es el misterio de la vida, negar en nosotros lo que nos hace más semejantes al Creador: el amor creativo y la entrega generosa.

Jesús compara la vida estéril de una persona con una «higuera que no da fruto». ¿Para qué va a ocupar un terreno en balde? La pregunta de Jesús es inquietante. ¿Qué sentido tiene vivir ocupando un lugar en el conjunto de la creación si nuestra vida no contribuye a construir un mundo mejor? ¿Nos contentamos con pasar por esta vida sin hacerla un poco más humana?

Criar un hijo, construir una familia, cuidar a los padres ancianos, cultivar la amistad o acompañar de cerca a una persona necesitada… no es «desaprovechar la vida», sino vivirla desde su verdad más plena.

José Antonio Pagola

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“Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. Domingo 20 de marzo de 2022. 3º de Cuaresma

domingo, 20 de marzo de 2022
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19-cuaresmaC3 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 3, 1-8a. 13-15: “Yo soy” me envía a vosotros.
Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
1Corintios 10, 1-6. 10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro.
Lucas 13, 1-9:  Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Análisis

El texto del libro del Éxodo nos presenta una versión -la más conocida, seguramente- de la así llamada vocación de Moisés, que es también la “autopresentación” de Yavé.

Las antiguas opiniones sobre diferentes fuentes hablan de dos antiguas tradiciones que se integran en este texto. Según Gen 4,26 Enosh fue el primero en invocar el nombre de Yavé, sin embargo, acá Moisés no lo conoce por lo que Diosa se lo debe revelar. Por otra parte el nombre del monte es Horeb y no Sinaí, y el suegro de Moisés es Jetró mientras que en 2,18 es Reuel. Así se ha hablado de las diferentes tradiciones a las que históricamente se las llamó Elohista y Yahvista, aunque el tema hoy está en discusión (en especial la antigüedad de éstas, y la existencia del primero).

Muchos elementos podríamos señalar, pero destaquemos solo algunos:

Moisés es llamado, y como es frecuente en los relatos de vocación de la Biblia se sigue un esquema similar: (1) oración y respuesta, v.7 y v.9; (2) promesa de salvación, v. 8 y v.10; (3) encargo, v.16-17 y v.10; (4) objeción, 4,1 y v.10; (5) signo, 4,1-9 y v.12; (6) nueva objeción, 4,10 y v.13; (7) respuesta final de Dios, 4,13-16 y 4,17. Como se ve, parecería que las dos fuentes entremezcladas tienen el mismo esquema. Que se utilice un “relato de vocación” nos pone en el contexto de los profetas, lo que no es ajeno al texto, ya que Moisés debe ser “escuchado” como uno que habla “en nombre de Dios”.

Otro elemento es lo que causa la intervención de Dios: lo que lo motiva es “el clamor”. El grito de dolor no deja a Dios “fuera” de la historia. Desde el clamor de la sangre de Abel, Dios toma partido por “los-que-claman”, los que sufren la opresión e injusticia (Gn 18,21; 19,13; Ex 11,6; 22,22: “no dejaré de oír su clamor”; 1 Sam 9,16; Is 5,7; Sal 9,13). El clamor de su pueblo no le permite “hacer oídos sordos”, y frente a ese dolor es que elige y envía a su elegido “Moisés”.

Finalmente digamos algo sobre el ”nombre” de Dios. Entre los antiguos semitas, el “nombre” es el sentido, es su misma existencia. Que Dios tenga nombre, y distinto del nombre que recibió hasta ahora indica que algo ha cambiado (cambiamos de Dios); este es un Dios que se muestra a partir de la historia, como un Dios que manda a los que elige para dar respuesta a los clamores que lo conmueven y no lo dejan indiferente. ¿Qué significa el nombre de Dios? Podemos preguntarnos qué significó en su origen, y qué significó para los lectores del Éxodo. No es fácil dar respuesta, lo cierto es que parece incluir el verbo “ser”/“estar”: las opiniones más sólidas hoy son tres: “yo soy el que hace ser”, lo que remite a que Dios es creador, aunque no se entiende a qué viene esta confesión de fe en este momento; además de que el reconocimiento de Dios como creador parece más tardío, como en el 2º Isaías, en tiempos del exilio); “yo soy el que soy” en el sentido de resaltar Dios existe, mientras que los dioses-ídolos no existen (en ese sentido parece usarlo Os 1,9), el marco remite en cierto modo a la alianza y la “duplicación” destaca la soberanía de Dios que “hace misericordia con quien hace misericordia” (Ex 33,19), es decir: siempre; finalmente, “yo soy el que estaré” (con ustedes), es el Dios de la presencia salvadora, el que acompaña la historia. Este último por el contexto, y el anterior por el marco son los que nos parecen más probables: Dios garantiza su presencia y se enfrenta con los dioses de Egipto: el clamor de su pueblo por el sufrimiento no puede quedar impune.

La Primera carta de Pablo a los Corintios presenta muchas dificultades cuando pretendemos “ubicarla”. Parece muy desordenada, y no es evidente que todo esté en el lugar que Pablo lo pensó. Sabemos que Pablo contesta preguntas escritas que la comunidad le ha hecho (7,1) y es probable que cada vez que usa “con respecto a” también lo esté haciendo (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12). Eso no impide que se hayan introducido en el resto de la carta textos provenientes sea de otras cartas o de nuevas circunstancias que exigieron una reelaboración del escrito por parte del mismo Pablo (esta última es nuestra opinión pero no es el caso destacarla acá). En principio, entonces, el texto de 1 Cor 10,1-13 pertenece al bloque donde Pablo responde acerca de la carne ofrecida a los ídolos.

La referencia a las figuras (typos) del AT que recuerdan el bautismo y la eucaristía, parecen decir que no se debe creer que por ser partícipes de la comunidad sacramental, no por estar bautizados y tomar parte de la eucaristía tenemos la garantía de no caer (eso sería hacerse un ídolo; ver 11,30). La idolatría es la clave de la unidad (lamentablemente omitida por el texto litúrgico). Los israelitas cayeron, y también nosotros debemos cuidarnos de no caer: “el que crea estar de pie cuide de no caer” es la conclusión y la clave del texto.

El Evangelio se ubica en el “viaje a Jerusalén” donde Lucas presenta muchos textos de su fuente propia, “L”, un poco -aparentemente- desordenados. Sin embargo, el relato presenta una cierta semejanza en la forma con lo que viene diciendo: en 12,51 también había preguntado “creen que…” y su respuesta fue “les aseguro que…” concluyendo con una parábola. En este caso se presenta abruptamente una situación histórica, con una aparente interpretación religiosa. Jesús corrige esa interpretación e incluso presenta otra situación semejante que se prestaría a la misma interpretación. “No, les aseguro” es la corrección que Jesús propone (vv.3.5) para lo cual presenta otra parábola (vv.6-9).

El acontecimiento histórico nos es desconocido. Se han propuesto diferentes hechos, pero ninguno coincide exactamente con este. Es extraño que Flavio Josefo no lo haya narrado siendo, como es, muy poco amigo de Pilato. Pero el debate supone un (o dos) acontecimiento(s) ocurridos realmente. La mezcla de sangre de galileos con la de los sacrificios hace pensar en la fiesta de la Pascua: en esa fecha Pilato y los peregrinos -también los de Galilea- se encuentran en Jerusalén, y los laicos participan de los sacrificios ya que deben llevar a su casa, o lugar de tránsito, el cordero para ser comido en familia. El otro hecho afecta a 18 personas, si el primero es incidental, este es ocasional, en el primero hay un criminal, pero en el segundo hay un hecho casual, lo común de ambos son los muertos y la interpretación que los interlocutores de Jesús hacen del hecho. De la torre de Siloé sabemos de su existencia, y su ampliación. Josefo la narra, pero no cuenta -tampoco- ningún accidente de este tipo. No sabemos si Lc no está pensando o puede estar releyendo la caída de Jerusalén posterior al 70, pero más allá del o los hechos históricos, lo importante es la respuesta a la imagen de Dios que todo esto supone.

Comentario

Jesús nos enseña, en el texto de hoy a aprender a escuchar la voz de Dios en los acontecimientos de la historia. De hecho sus interlocutores también lo hacían, y por eso van a contarle los hechos, pero escuchaban mal, Dios no decía lo que ellos entendían. Es verdad que Dios habla, pero hay que aprender a escucharlo. Dios no nos dice que los muertos de esos acontecimientos drásticos eran pecadores, de hecho todos lo son. Lo que Dios nos dice es que por serlo, debemos convertirnos y dar frutos de conversión. Los frutos son una palabra de Dios para esta etapa de la historia.

Vivimos en sociedades llamadas cristianas. “Occidental y cristiana” se decía, y los frutos fueron torturas, desapariciones, asesinatos, delaciones, miedo, desesperanza… y más todavía: hambre, desocupación, analfabetismo, falta de salud y vivienda, desesperanza… y “por los frutos se conoce el árbol“. Hoy, muchos llamados cristianos siguen viviendo su fe muy lejos de los frutos de amor y justicia que nos pide el Evangelio: participan de mesas de dinero, de la tiranía del mercado, pagan sueldos “estrictamente «justos»” y precisamente bajos, están afiliados a partidos que nada tienen que ver con la Doctrina Social de la Iglesia (¿se puede -por ejemplo- ser cristiano y neo-liberal? ¡ciertamente no!). ¿Y los frutos? Individualismo, hambre, pobreza… Así, por ejemplo, vemos que uno de los problema que tenemos en América Latina para el reconocimiento “oficial” de nuestros mártires es que quienes los han matado “se llaman ellos mismos cristianos!”, y esto desconcierta a muchos.

No bastan las palabras. De nada sirve una higuera estéril. Una higuera debe dar higos ya que para eso ha sido plantada. Un pueblo redimido por Cristo, debe edificar, con su vida (y con su muerte si fuera necesario) un Reino que dé frutos de verdad, de justicia y de paz, de libertad, de vida y de esperanza…. Estamos lejos, ¡muy lejos! de lograrlo. Es verdad que en decenas de comunidades hay también frutos muy vivos de solidaridad, de paz, de oración, de justicia y de vida, de celebración y de esperanza… y podríamos multiplicar los frutos que vemos en las comunidades; pero todo lo anterior también es cierto. Faltan muchos frutos que dar, falta mucha vida que cosechar y alegría que festejar. El continente de la violencia, de la injusticia y el hambre reclama frutos de los cristianos. Y esos frutos deben darse en la historia. Los acontecimientos cotidianos, de dolor y de muerte, que tan frecuentes vivimos en América Latina nos dan una palabra de Dios, una palabra que debemos aprender a escuchar, que debemos comprender para no creer que Dios dice lo que no está diciendo. Jesús nos enseña la “dinámica del fruto” para aprender a reconocer allí un Dios que sigue hablando y que nos sigue llamando a la conversión. no para una conversión individual y personal, sino que dé frutos para los hermanos, para la historia y para la vida. Y la Cuaresma es tiempo oportuno para empezar a darlos… Leer más…

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Pikaza

domingo, 20 de marzo de 2022
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Tres maneras de morir y una sola de salvarse. Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 20 de marzo de 2022
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 higuera_miguel_hernandezEl evangelio de hoy es exclusivo de Lucas, sin correspondencias en Mateo y Marcos. Y las tres breves partes en que podemos dividirlo se centran en el mismo tema, muy apropiado a la Cuaresma: la conversión.

Lectura del evangelio según Lucas 13, 1-9

 

En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús respondió:

– ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pareceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceareis de la misma manera.

Y les dijo esta parábola:

– Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?». Pero el viñador respondió: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar».

Tres maneras de morir

1) Asesinado por Pilato; 2) Aplastado por una torre; 3) Negándonos a convertirnos.

Todo comienza con el aparente deseo de informar a Jesús, galileo, de lo que ha hecho el procurador romano a otros galileos: matarlos mientras ofrecían sacrificios en el templo[1]. Parece un informe imparcial, pero es una trampa muy astuta: nadie le pregunta qué piensa de este hecho; se limitan a contarle el caso. Si responde airadamente, se enemistará con las autoridades; si se calla la boca, se revelará como un mal galileo y un mal israelita.

Para quienes han venido a contarle el caso, todo se juega entre unos galileos muertos, Pilato y Jesús. Ellos se limitan a informar, como la prensa; el caso no les afecta personalmente. Y aquí es donde Jesús va a cazarlos en su propia trampa. Con una ironía muy sutil da por supuesto que sus informadores no le piden una declaración de tipo político (Pilato es un asesino, ¡muerte a los romanos!) sino de tipo religioso (esos galileos han muerto por ser pecadores). De hecho, la mayoría de los judíos de la época (y muchos cristianos actuales), consideran que una desgracia es consecuencia de un pecado.

Pero Jesús toma un rumbo distinto. Los importantes no son los galileos muertos, Pilato y Jesús. Los importantes son ellos, los que preguntan, que no pueden considerarse al margen de los acontecimientos. Si piensan que esos galileos eran más pecadores que ellos, se equivocan. También se equivocaron quienes pensaron que los dieciocho aplastados por el derrumbe de la torre de Siloé eran más pecadores que los demás.

La muerte no solo la provocan políticos injustos y criminales (Pilato) o desgracias naturales evitables (la torre). Hay otra amenaza mucho más grave: la que tramamos contra nosotros mismos cuando nos negamos a convertirnos.

Dios pide higos a la higuera, no pide peras al olmo

La historia de los galileos y de la torre la ha utilizado Jesús para avisar seriamente, y por dos veces: «Si no os convertís, todos pereceréis». Pero esta exhortación no debe interpretarse de forma equivocada. Dios no va a caer sobre nosotros como una torre ni va a mandar a sus ángeles con espadas desenvainadas. Mediante un breve parábola Lucas cuenta cómo nos va a tratar: como un agricultor sensato, realista y paciente.

Sensato, porque solo nos pide lo que podemos dar naturalmente, sin especial esfuerzo. De la higuera solo espera que dé higos, no plátanos ni melones. Lo que espera de nosotros es algo que cada uno debe pensar teniendo en cuenta sus circunstancias familiares y laborales, pero nunca esperará nada que exceda nuestra capacidad.

Realista, porque no se deja engañar. La higuera lleva tres años sin dar fruto. Con él no valen las excusas del mal estudiante que asegura haber trabajado mucho cuando no ha dado golpe en todo el curso. A nosotros podemos engañarnos diciendo que damos fruto; a Dios, no.

Paciente, porque ha esperado ya tres años, y todavía está dispuesto a conceder uno más[2].

Pero la parábola no habla solo del dueño de la viña. El gran protagonista es el viñador, el que intercede por la higuera y se compromete a cavarla y echarle estiércol. Ya que la higuera nos representa a cada uno de nosotros, el viñador tiene que ser Jesús. Se espera que la higuera produzca fruto no solo por ella misma sino también gracias a su acción.

En definitiva, la parabolita final matiza bastante la dureza de la primera parte del evangelio. Pero matizar no significa anular. Si nos empeñamos en no dar fruto, si no mejora nuestra relación con Dios y con el prójimo, por más que Jesús cave y trabaje, la higuera será cortada.

Nosotros no somos distintos ni mejores (1 Cor 10,1-6.10-12)

  En el evangelio, Jesús advierte a los presentes que no deben considerarse mejores que los asesinados por Pilato o muertos por el derrumbe de la torre. La segunda lectura nos recuerdan que nosotros no somos mejores que el pueblo de Israel. A pesar de tantos beneficios divinos (paso del Mar, maná, agua que brota de la roca), muchos israelitas no agradaron a Dios y terminaron pereciendo en el desierto. Esto debe servirnos de ejemplo y escarmiento. Nos puede ocurrir lo mismo si nos comportamos igual que ellos. Dicho con las palabras del evangelio. «Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

 

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento, espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquéllos. No protestéis, como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.

Todo esto les sucedía como un ejemplo y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.

 

Historia de la salvación (II): vocación de Moisés (Ex 3,1-8.13-15)

La primera lectura de los domingos de Cuaresma se dedica a recordar grandes personajes o momentos de la Historia de la Salvación, para sugerir que la Pascua es el culmen de dicha historia. Tras recordar a Abrahán el domingo pasado, hoy se cuenta la vocación de Moisés.

La lectura del Éxodo nos habla de la preocupación de Dios por su pueblo esclavizado en Egipto. La vocación de Moisés será el primer acto de su liberación. Por eso, el estribillo del Salmo repite: «El Señor es compasivo y misericordioso». Pero igual de importante, o más, es la revelación del nombre de Yahvé. Los judíos, para evitar el uso indebido del nombre de Dios, nunca usan Yahvé, sino «el Señor» (adonay), «el nombre» (ha-shem), «los cielos» u otro circunloquio. El Concilio Vaticano II pidió evitar la forma hebrea para no herir la sensibilidad de los judíos. Por eso, siempre que aparece, las traducciones españolas usan «el Señor», igual que hicieron los judíos de lengua griega al traducir la Septuaginta. Esta decisión, válida para la liturgia, significa un empobrecimiento horrible a la hora de entender muchos textos del Antiguo Testamento.

 

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó, la zarza ardía sin consumirse.

Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza». Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:

– Moisés, Moisés.

Respondió él: 

– Aquí estoy.

Dijo Dios:

– No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.

Y añadió:

– Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.

Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.

El Señor le dijo:

– He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.

Moisés replicó a Dios:

– Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: «El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros». Si ellos me preguntan: «¿Cuál es su nombre?», qué les respondo?

Dios dijo a Moisés:

– Yo soy el que soy. Esto dirás a los hijos de Israel: «Yo-soy me envía a vosotros».

Dios añadió:

– Esto dirás a los hijos de Israel: El Señor, Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación».


[1] Flavio Josefo no informa de este hecho, aunque sí de una matanza ordenada para reprimir una revuelta contra el uso del tesoro del templo para construir un acueducto (Guerra de los Judíos, libro II, 175-177). Tampoco tenemos información sobre el derrumbe de la torre de Siloé.

[2] Según el Levítico, cuando se planta un árbol frutal, los tres primeros años no se pueden cortar sus frutos; el cuarto año, se consagran al Señor; al quinto se pueden comer (Lv 19,23-25). El propietario lleva tres años viniendo a buscar fruta en ella, lo cual significa que ha sido improductiva durante siete. Su decisión de cortarla es comprensible, ya que la higuera absorbe mucho alimento y quita las sustancias nutritivas a las cepas que la rodean.

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III Domingo de Cuaresma. 20 marzo, 2022

domingo, 20 de marzo de 2022
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Señor, déjala todavía este año;

yo cavaré alrededor y le echaré abono,

a ver si da fruto en lo sucesivo…”

(Lc 13, 1- 9)

Jesús nos habla de la igualdad. Nos dice que nuestra condición humana tiene grandeza y pequeñez, que nadie es mejor que nadie, que todos llevamos en nuestro interior semillas de humanidad y eternidad.

Nos habla de conversión, metanoia, cambio, mejor, transformación. Si disponemos nuestro ser al encuentro con el Amor de Dios, nuestras semillas de pequeñez, de límites, germinarán y serán fecundadas por Su Amor siendo transformadas. Así nuestra miseria, nuestro estiércol, que no nos gusta e intentamos ocultar, lo descubriremos como posibilidad de nuevo nacimiento. Un nacimiento no de seno humano sino del agua y del espíritu que es lo que posibilita la metanoia.

Jesús nos recuerda que es tiempo de transformar, de querer cambiar, de dejar de mirar nuestro ombligo, de erradicar nuestras pulsiones de dominio, poder, y vivir en la solidaridad donde todo es para todos. La maravilla es que todas las semillas que nos conforman no son ni buenas ni malas, son semillas, y toda semilla lleva en su interior posibilidad de fruto, germen de vida nueva.

Pero para ello hay que querer no tanto dar fruto, sino ser fruto. Y esto conlleva dejarse comer, entregarse, despertenecerse. Ser para los demás.

Así hace Dios con nosotras. No nos pide imposibles, lo único que quiere es que demos al cien por cien lo que somos.

No nos pide producir naranjas si somos higuera, ni nos pide producir limones si somos ciruelo, solo nos pide que seamos lo que estamos llamadas a ser.

Para ello nos riega con la ternura, la cercanía, la compasión, la escucha. Sí, esa es la metodología de Jesús, esperar, darnos tiempo y arropar nuestra tierra seca para que germine.

Oración

Jesús, viñador de nuestra tierra, gracias por tu espera paciente, por tu empeño constante, gracias por tu cercanía y compasión, riéganos con el agua de tu ternura, para que podamos ser ternura para nuestros hermanos.”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no castiga, pero tampoco premia.

domingo, 20 de marzo de 2022
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Bieber-Comprendre

DOMINGO 3º DE CUARESMA (C)

Lc 13,1-9

El mensaje de hoy es muy sencillo de formular, pero muy difícil de asimilar. Con demasiada frecuencia seguimos oyendo la fatídica expresión: ¡Castigo de Dios! El domingo pasado decíamos que no teníamos que esperar ningún premio de Dios. Hoy se nos aclara que no tenemos que temer ningún castigo. Premio y castigo son dos realidades correlativas, si se da una, se da la otra. Si Dios es el que manda la lluvia, la sequía es necesariamente un castigo. Es difícil superar la idea de “el Dios que premia a los buenos y castiga a los malos”. Esta dinámica aplicada a Dios es un callejón sin salida, para Él y para nosotros.

La gran teofanía de Yahvé a Moisés indica el principio de la liberación. Debemos tener mucho cuidado al leer estos textos. No son relatos históricos tal como entendemos hoy la historia. Hacen referencia a acontecimientos del s. XIII a. de C. y se escribieron entre el VII y el IV. Los primeros relatos fueron orales. La última fijación de la Biblia se produjo en el siglo V a. de C. en tiempos de Esdras y Nehemías. Su objetivo era afianzar la fe del pueblo.

Dios salva a su pueblo y en esa salvación, se reconoce como elegido por Dios. Fíjate bien, Dios responde a las quejas del pueblo. No es un Dios impasible trascendente que le importa muy poco la suerte de los seres humanos. Es un Dios que interviene en la historia a favor del pueblo oprimido. Así lo creían ellos, desde una visión mítica de la historia. Dios se sirve de los seres humanos para llevar a cabo la obra de salvación. Esto es muy importante a la hora de pensar la liberación. Somos nosotros los responsables de que la humanidad camine hacia una liberación o que siga hundiendo en la miseria a la mayoría de los seres humanos.

“Yo soy el que soy”. Estamos ante la intuición más sublime de toda la Biblia y seguramente de todo el pensamiento religioso: Dios no tiene nombre, simplemente, ES. El nombre de Dios es una expresión verbal: “El que es y será”. En aquella cultura, conocer el nombre de alguien era dominarlo. Pero Dios es inabarcable y nadie puede conocerle ni manipularle. Es una pena que hayamos intentado durante dos mil años, meterlo en conceptos y explicarlo. Todos sabemos que el discurso sobre Dios es siempre analógico, es decir: sencillamente inadecuado y solo “sequndum quid” acertado. Pero a la hora de la verdad, lo olvidamos y defendemos esos conceptos como si fueran la realidad de Dios.

Partiendo de la experiencia de Israel, Pablo advierte a los cristianos de Corinto que no basta pertenecer a una comunidad para estar seguro. Nada podrá suplir la respuesta personal a las exigencias de tu ser. El ampararse en seguridades de grupo puede ser una trampa. Esta recomendación de Pablo está muy de acuerdo con el evangelio. Pablo dice: “El que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.” El evangelio dice por dos veces: “si no cambiáis de mentalidad, todos pereceréis”. La vida humana es camino hacia la plenitud, que necesita de constantes rectificaciones. Si no corregimos el rumbo equivocado, caeremos al abismo.

El evangelio de hoy nos plantea el eterno problema. ¿Es el mal consecuencia del un pecado? Así lo creían los judíos del tiempo de Jesús y así lo siguen creyendo la mayoría de los cristianos de hoy. Desde una visión mágica de Dios, se creía que todo lo que sucedía era fruto de su voluntad. Los males se consideraban castigos y los bienes premios. Incluso la lectura de Pablo que acabamos de leer se pude interpretar en esa dirección. Jesús se declara completamente en contra de esa manera de pensar. Está claro en el evangelio de hoy, pero lo encontramos en otros muchos pasajes; el más claro, el del ciego de nacimiento en el evangelio de Juan, donde preguntan a Jesús, ¿Quién pecó, éste o sus padres?

Debemos dejar de interpretar como actuación de Dios lo que no son más que fuerzas de la naturaleza o consecuencia de atropellos humanos. Ninguna desgracia que nos pueda alcanzar, debemos atribuirla a un castigo de Dios; de la misma manera que no podemos creer que somos buenos porque las cosas nos salen bien. El evangelio de hoy no puede estar más claro, pero como decíamos el domingo pasado, estamos incapacitados para oír lo que nos dice. Solo oímos lo que nos permiten escuchar nuestros prejuicios.

Insisto, debemos salir de esa idea de Dios Señor o patrón soberano que desde fuera nos vigila y exige su tributo. De nada sirve camuflarla con sutilezas. Por ejemplo: Dios, puede que no castigue aquí abajo, pero castiga en la otra vida… O, Dios nos castiga, pero es por amor y para salvarnos… O Dios castiga solo a los malos… O merecemos castigo, pero Cristo, con su muerte, nos libró de él. Pensar que Dios nos trata como tratamos nosotros al asno, que solo funciona a base de palo o zanahoria, es ridiculizar a Dios y al ser humano

Estamos en manos de Dios, pero su acción no tiene nada que ver con la nuestra, es de distinta naturaleza; por eso la acción de Dios, ni se suma ni se resta, ni se interfiere con la acción de las causas segundas. Desde el Paleolítico, se ha creído que todos los acontecimientos eran queridos por un dios todopoderoso. Pero resulta que Dios, por estar haciéndolo todo en todo instante, no puede hacer nada en concreto. No puede empezar a hacer nada, porque una acción es enriquecimiento del ser que actúa, y si Dios pudiera ser más, antes no sería Dios. No puede dejar de hacer nada, porque dejaría de ser Dios.

Si no os convertís, todos pereceréis. La expresión no traduce adecuadamente el griego metanohte, que significa cambiar de mentalidad, ver la realidad desde otra perspectiva. Perecer no es desaparecer sino malograr la existencia. No dice Jesús que los que murieron no eran pecadores, sino que todos somos pecadores y tenemos que cambiar de rumbo. Sin una toma de conciencia de que el camino que llevamos termina en el abismo, nunca estaremos motivados para evitar el desastre. Si soy yo el que voy caminando hacia el abismo, solo yo puedo cambiar de rumbo. Cada uno es responsable de sus actos. No somos marionetas, sino personas autónomas que debemos apechugar con nuestra responsabilidad.

La parábola de la higuera es esclarecedora. La higuera era símbolo del pueblo de Israel. El número tres es símbolo de plenitud. Es como si dijera: Dios me da todo el tiempo del mundo y un año más. Pero el tiempo para dar fruto es limitado. Dios es don incondicional, pero no puede suplir lo que tengo que hacer yo. Soy único, irrepetible. Tengo una tarea asignada; si no la llevo a cabo, esa tarea se quedará sin realizar y la culpa será solo mía. No tiene que venir nadie a premiarme o castigarme. El cumplir la tarea y alcanzar mi plenitud, es el premio, no alcanzarla el castigo. La tarea del ser humano no es hacer cosas sino hacerse, es decir, tomar conciencia de su verdadero ser y vivir esa realidad a tope.

¿Qué significa dar fruto? ¿En qué consistiría la salvación para nosotros aquí y ahora? Tal vez sea esta la cuestión más importante que nos debemos plantear. No se trata de hacer, o dejar de hacer, esto o aquello para alcanzar la salvación. Se trata de alcanzar una liberación interior que me lleve a hacer esto, o dejar de hacer lo otro, porque me lo pide mi auténtico ser. La salvación no es alcanzar nada ni conseguir nada. Es tu verdadero ser, estar identificado con Dios. Descubrir y vivir esa realidad es tu verdadera salvación.

Meditación

No tienes que esperar nada de fuera.
Dios ya te lo ha dado todo, lo que falta lo tienes que hacer tú.
La tarea fundamental está dentro de ti mismo.
Es un proceso de iluminación, de toma de conciencia de lo que eres.
Convertirse es centrarse, bajar al centro.
La única meta que te puede saciar está dentro.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Lo importante es el fruto.

domingo, 20 de marzo de 2022
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Lc 13, 1-9

«Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro…»

Una de las parábolas clave para entender los criterios de Jesús es la del fariseo y el publicano. El fariseo da gracias a Dios por ser como es y ni siquiera se atribuye el mérito de ser así, pero el autor nos dice que no alcanzó la justificación que buscaba. Y nos preguntamos: ¿Cómo puede una oración de acción de gracias de un hombre justo no ser grata a Dios?

Parece una parábola paradójica, pero la explicación es muy sencilla: el fariseo había recibido mucho y se había quedado con todo. Pensaba que las virtudes con las que Dios le había favorecido eran parte de su “Haber”, cuando en realidad formaban parte de su “Debe”. Las había recibido para dar fruto y, según el sentido de la parábola, no lo había dado. Recuerdo decir a Ruiz de Galarreta: «Me preocupan más mis virtudes que mis pecados», y es lógico, porque el pecado es consustancial a nosotros, pero las virtudes —los talentos— las hemos recibido para algo.

El espíritu de Dios solo se puede manifestar en el mundo material si está encarnado, y esto significa que en el mundo no puede haber amor, sino personas que amen y sean amadas, ni puede haber misericordia, sino personas misericordiosas. El amor, la misericordia, la tolerancia o la felicidad, solo pueden darse en las personas; solo pueden darse encarnados. Y eso implica que si yo he recibido sabiduría, empatía o cualquier otro talento, es para que haya sabiduría y empatía en el mundo; y no me los puedo guardar para mí solo, sino que deben dar fruto.

Los frutos por excelencia son los derivados del amor, pues son reflejo directo del amor de Dios. Pablo manifiesta esta idea de forma magistral en su primera carta a Corintios: «Si me falta el amor de nada me sirve… si no tengo amor nada soy». Conocer a Jesús desde niño, ahondar en su mensaje a lo largo de la vida, guardar los mandamientos, pertenecer a la Iglesia, participar en sus ritos o frecuentar sus sacramentos, de nada me sirve si no amo y ese amor no da fruto.

Los frutos del amor son la entrega, la fraternidad, la solidaridad, el desprendimiento, la misericordia, la tolerancia, la ayuda mutua… y estos frutos son el modo que tenemos los seres humanos de contribuir a la obra de Dios; es decir, de generar humanidad y llevar la creación a plenitud.

Somos higueras esplendorosas muy bien cuidadas, podadas, abonadas y regadas, pero no debemos olvidar que todo ello tiene un único fin: dar fruto. Si no damos fruto lo único que hacemos es “cansar la tierra”.

Una cosa más; y ésta anecdótica. Si leyésemos la parábola de la higuera como si fuese una metáfora —cosa que no debemos hacer porque rara vez las parábolas de Jesús tienen carácter metafórico—, ¿con quién identificaríamos a Dios; con el amo que quiere arrancarla… o con el viñador que quiere seguir abonándola un año más para darle otra oportunidad?…

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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Tiempo de paciencia y confianza.

domingo, 20 de marzo de 2022
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the-sower-webLc 13, 1-9

III Domingo Cuaresma, 20 de marzo de 2022

Un Domingo más, el mensaje del evangelio sale a nuestro encuentro para despertarnos de nuestros letargos y hacer un poco más profundo el viaje hacia el encuentro con el sentido profundo de la vida.

El texto que hoy nos ocupa, narrado por Lucas, forma parte del viaje de Jesús a Jerusalén en el que muestra todo su programa socio-religioso: enseñando, sanando, predicando, viviendo el impacto de una vida conectada a Dios. Este relato podría parecerse a una parada en el camino para tratar dos asuntos muy controvertidos que vuelven a mostrar la discontinuidad de Jesús con el judaísmo institucional: el pecado y la posición de Dios frente a él.

La escena comienza con un grupo de personas, no se sabe muy bien su procedencia, que fueron a encontrarse con Jesús e iniciar una conversación que revela la mentalidad de aquella época: cualquier desgracia, condena, enfermedad, era una clara consecuencia del pecado. El pecado era el centro de la vida judía y toda la vida consistía en evitar pecar y pagar por los pegados. Una posición muy endeble, limitante y, tal vez, también elegida por algunos creyentes de hoy.

Jesús va cerrando el diálogo con unas palabras que, leídas al pie de la letra, podrían sonar radicales e incomprensibles: “Si no os convertís, todos perecéis de forma semejante”. Sin embargo, lo que ha hecho es cambiar de plano para ahondar en el significado de la conversión que poco tiene que ver con un esfuerzo sobrehumano para cambiar actos malos por actos buenos.

Para hacer comprender un poco mejor lo que es la conversión, como solía hacer Jesús, narra la parábola de la higuera estéril, una higuera que no da fruto, pero a la que no se arranca en la confianza de que lo dará. Con esta parábola, el sentido de pecado del judaísmo rabínico comienza a desvanecerse al proponer Jesús que la conversión es un proceso que acompaña de manera vital a la persona. Podría tratarse, más bien, de un proceso de crecimiento que consiste en ir ahondando hacia la profundidad de la verdadera naturaleza humana. Nuestra mente egoíca quizá rechaza esta visión, en principio, porque necesita inmediatez y recompensa casi de una manera instantánea.

Convertirnos no tiene mucho que ver actos buenos puntuales, ayunos, mortificaciones vacías, golpes de pecho para mostrar nuestra condición pecadora; quizá esta postura tiene más que ver con una soberbia escondida que utiliza la propia debilidad para mostrar a un Dios encantado con el pecador(a) y al que se le promete la salvación. Cuantos más pecados, más perdón de Dios. Y así nos vamos enfangando en una vida raquítica y sesgada que nos deja en la misma posición durante años y años. Tal vez existen personas que ansían la Cuaresma para ver si por fin, quiera Dios, que su vida sea mejor. Esta sí que es la esterilidad de la higuera, toda la vida plantada en el mismo sitio e inútil para la viña.

El proceso de conversión, al que tal vez se refiere Jesús, es un camino existencial, un viaje hacia el centro de la Fuente que nos nutre y nos lanza a la vida, donde está toda nuestra potencialidad como reflejo del acto creador de Dios en la misma entraña humana. Por tanto, la con-versión es ir descubriendo una nueva conciencia hasta conectar con nuestra versión original; un camino que requiere de paciencia, de lucidez, de confianza, de desear vincularnos con el dinamismo profundo que nos impulsa a ser. No es un camino de búsqueda de la salvación-plenitud como recompensa sino de la encarnación de esa salvación-plenitud que ya forma parte de lo que somos y que requiere enlazarse con el tiempo de Dios, tiempo de paciencia y confianza en lo mejor del ser humano.

Somos higueras llamadas a dar fruto, un fruto en formato de respeto a la dignidad, libertad y valor de cada ser humano, de una nueva mirada a cada rincón del planeta que hoy necesita mucha solidaridad, generosidad y compromiso. En este escenario hacemos presentes a cada una de las víctimas de esta atrocidad humana que estamos viviendo estos días. Ojalá el fruto de la higuera que somos sea la PAZ con toda la fuerza liberadora que esta palabra entraña.

¡¡¡FELIZ DOMINGO!!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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La vida como aprendizaje

domingo, 20 de marzo de 2022
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AprendizajeDomingo III de Cuaresma

20 marzo 2022

Lc 13, 1-9

Desde nuestra perspectiva particular, podemos afirmar que todo lo que nos ocurre es una oportunidad de aprendizaje. Y que la actitud sabia ante las diferentes circunstancias que nos toca atravesar no es otra que la de vivirlas como oportunidades.

Y lo que tenemos que aprender es solo una cosa: ¿qué somos realmente? Todo lo que nos sucede es una oportunidad para comprender que, en nuestra identidad profunda, no somos el yo separado con el que nuestra mente nos había identificado, sino la misma vida -consciencia o totalidad- desplegándose en cada forma (persona) particular.

En esa tarea de aprendizaje, hay un criterio que nos permite atisbar si vamos en la dirección adecuada. Y ese criterio no es otro que la liberación del sufrimiento mental. Veámoslo más despacio.

El dolor forma parte del lote de nuestra existencia, como característica de todo lo que es impermanente. Impermanencia es sinónimo de cambio y de dolor. Sin embargo, con frecuencia transformamos ese dolor inevitable en sufrimiento inútil. Eso ocurre cuando resistimos el dolor inevitable, cuando le colocamos alguna “etiqueta” mental -en la línea de decir: “esto no debería pasarme”, “esto es insoportable”, etc…- y, sobre todo, cuando partimos de la primera creencia errónea que nos identifica con nuestro yo particular.

Toda creencia errónea habrá de generar necesariamente confusión y sufrimiento. De ahí que el sufrimiento mental sea siempre un indicio de que estamos sosteniendo un pensamiento equivocado. De manera que, al quitar ese pensamiento, puede seguir habiendo dolor, pero se irá diluyendo el sufrimiento. En realidad, hablando con rigor, como puede experimentar cualquier persona que sienta la motivación para hacerlo, el sufrimiento lo pone nuestra mente.

Pues bien, todos los pensamientos que puedan estar sustentando el sufrimiento se asientan en aquella primera creencia errónea: “soy un yo separado de la vida”. Esta creencia es la fuente de todo sufrimiento, porque nos posiciona en contra de la propia vida, resistiendo lo que en cada instante nos trae el momento presente.

Visto desde el otro ángulo, ese sufrimiento es una alarma que nos está indicando el error de aquella creencia y, en consecuencia, invitándonos a abrirnos a la comprensión de que somos vida.

Cuando te sucede algo, observa: ¿qué experimentas cuando lo vives desde la creencia de ser un yo separado?; ¿y cuando lo vives desde la certeza de que, en tu verdadera identidad, eres vida?

Todo lo que nos ocurre es una oportunidad de aprendizaje…, hasta llegar a la comprensión de que somos vida, uno con todo lo que es. Esta comprensión nos transforma y nos libera del sufrimiento mental. El aprendizaje ha concluido.

¿Cómo vivo lo que me ocurre?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando Dios va a castigar: PERDONA.

domingo, 20 de marzo de 2022
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FE029485-E84E-4EC9-BFE7-F890289E57DFDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

01.- Yo soy el que soy.

    La primera lectura constituye un texto clave para la fe de Israel y para nuestra fe.

    Moisés le pregunta a Dios: ¿quién digo que eres Tú? Dios le responde: Yo soy el que soy.

    Esta expresión tiene un cierto tono filosófico: Dios es significa que Dios es quien existe desde siempre y, al mismo tiempo, existe –está- con su pueblo.

Quizás en este nihilismo (nihil significa “nada”) en el que nos hallamos insertos, nos hará bien volver a descansar en el ser: Yo soy. El cimiento de la existencia no es el vacío, la nada, sino el ser: la roca, la piedra angular es el ser.

La expresión “Yo soy el que soy” la recogerá el evangelio de San Juan y se la aplicará a Jesús: Yo soy la luz, yo soy el pan de vida, yo soy el agua, el camino, la verdad y la vida, yo soy el buen pastor, yo soy la resurrección, etc…

    En Jesús Dios es y está con nosotros. No nos hallamos “arrojados” al vacío y la nada de la existencia, sino que estamos cimentados en el ser de quien es.

02.- Cuando Dios castiga, perdona.

Jesús se entera de una gran represalia del Procurador romano Pilato contra un grupo de galileos (v.1). Pilato provocó un baño de sangre en el templo asesinando a un grupo de galileos que estaban ofreciendo sacrificios. Podría ser en las fiestas de la Pascua. Por otra parte, los galileos tenían fama de revolucionarios, y es posible que Pilato quisiera dar un castigo ejemplarizante ante la multitud que se congregaba en el templo de Jerusalén para ofrecer sacrificios.

    Según la mentalidad judía  aquellos galileos que Pilatos había mandado matar, habían recibido el castigo que sus pecados merecían. La culpa termina en castigo. (Algunas culturas primitivas también piensan así)

    En la mentalidad judía, las enfermedades, los males que sobrevienen al ser humano son consecuencia del pecado. Son un castigo de Dios.

    A nosotros también se nos “ha colado” algo de esta mentalidad cuando frívolamente decimos que tal desgracia es “castigo de Dios”, “Dios te va a castigar”, etc…

La actitud de Jesús y la actitud del Dios de Jesús es otra. Jesús rechaza la relación entre culpa y castigo. Cuando Dios “castiga”: perdona. Cuando Dios hace justicia, lo que hace es querernos más.

De ti procede el perdón, y así infundes respeto, dice el  Salmo 129,4.

El castigo de Dios no es el infierno, sino el perdón.

03.- Paciencia histórica.

En la segunda parte del evangelio de hoy, Jesús nos propone la parábola de la higuera estéril.

Tanto la viña como la higuera son figura del Reino, del pueblo de Israel, de la comunidad de Jesús y de la nueva humanidad que se incorpora a ella por la fe en Jesús.

Pero ni la viña ni la higuera daban fruto.

Lo “razonable” sería cortar la higuera y que no ocupe sitio, ni “desgaste” la tierra.

El viñador toma una decisión sensata: vamos a esperar: tengamos paciencia histórica.

El viñador sugiere un aplazamiento para la higuera, comprometiéndose a poner los medios necesarios para que esta dé fruto.

La parábola queda abierta. Queda clara la paciencia de Dios y la llamada a dar frutos.

    En nuestra propia vida tengamos paciencia con nosotros mismos y con los demás. Dios tiene paciencia con nosotros, con todos

Esta parábola invita a reflexionar sobre el tiempo de misericordia y de gracia que Dios tiene para con nosotros, que a duras penas damos frutos buenos.

El transcurrir de la vida, los acontecimientos de la misma pueden sumirnos en un gran pesimismo y puede que tengamos la tentación caer en la impaciencia, si no en la desesperanza.

A lo largo de nuestra vida podemos dar poco fruto, podemos vivir como la “higuera estéril”, como viña que no da fruto o campos en barbecho.

    Dios tiene una paciencia infinita con la humanidad y sabe soportar nuestras continuas infidelidades. Incluso cuando en nuestro campo se entremezcla la cizaña y el trigo, Dios tienen una infinita paciencia con nosotros.

 

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Solemnidad de San José

sábado, 19 de marzo de 2022
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LECTIO

Primera lectura: 2 Samuel 7, 4-5a.l2-14a.l6

En aquellos días, el Seńor dirigió esta palabra a Natán:

– «Ve a decir a mi siervo David: Esto dice el Seńor:

Cuando hayas llegado al final de tu vida y descanses con tus antepasados, mantendré después de ti el linaje salido de tus entrańas y consolidaré su reino.

Él edificará una casa en mi honor y yo mantendré para siempre su trono real. Seré para él un padre y él será para mí un hijo.

Tu dinastía y tu reino subsistirán para siempre ante mí, y tu trono se afirmará para siempre».

* Esta primera lectura nos habla, con acentos históricos y teológicos, de la descendencia de David, que reinará para siempre. Seguramente, la profecía de Natán alude a Salomón, hijo de David y constructor del templo.

Sin embargo, las palabras «consolidaré su reinoť (y. 12) indican una larga descendencia sobre el trono de Judá.

Esta descendencia tuvo un final histórico, y entonces el oráculo recibió fuerza profética con una velada alusión referente al Mesías, descendiente de David. Él reinará para siempre en su reino, un reino que no será de este mundo, sino espiritual, según el designio de Dios para la salvación de la humanidad. La tradición cristiana ha releído siempre este fragmento como profético y mesiánico, aplicándolo a Jesús, Mesías descendiente de David, y, de modo indirecto, también a José, último eslabón de la genealogía davídica y transmisor de la herencia histórica de la promesa divina hecha a Israel.

***

Segunda lectura: Romanos 4,13.16-18.22

Hermanos:

 Cuando Dios prometió a Abrahán y a su descendencia que heredarían el mundo, no vinculó la promesa a la ley, sino a la fuerza salvadora de la fe.

Por eso la herencia depende de la fe, es pura gracia, de modo que la promesa se mantenga segura para toda la posteridad de Abrahán, posteridad que no es sólo la que procede de la ley, sino también la que procede de la fe de Abrahán. Él es el padre de todos nosotros, como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchos pueblos; y lo es ante Dios, en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen.

Contra toda esperanza creyó Abrahán que sería padre de muchos pueblos, según le había sido prometido: Así será tu descendencia.

Lo cual le fue tenido en cuenta para alcanzar la justicia.

**• En su intento de desarrollar la lección que deriva del acontecimiento de Abrahán, el apóstol establece un fuerte contraste entre la ley y la justicia qué viene de la fe. En primer lugar, Pablo pone de relieve el hecho de que la promesa de Dios a Abrahán no depende de la ley, y por eso establece, de modo inequívoco, que la promesa de Dios es absoluta, preveniente e incondicionada.

En segundo lugar, el apóstol ratifica que la fe es la única vía que lleva a la justicia, esto es, a la acogida del don de la salvación. En este aspecto, la lectura se aplica espléndidamente a José, hombre justo. Los verdaderos descendientes de Abrahán son no tanto lo que viven según las exigencias y las pretensiones de la ley, sino más bien los que acogen el don de la fe y viven de él con ánimo agradecido. Desde esta perspectiva, Pablo define como «herederosť» de Abrahán a los que han aprendido de él la lección de la fe y no sólo la obediencia a la ley.

Se trata de una herencia extremadamente preciosa y delicada, porque reclama y unifica diferentes actitudes de vida, todas ellas reducibles a la escucha de Dios, que habla y manda, que invita y promete.

La fe de Abrahán, precisamente porque está íntimamente ligada a la promesa divina, puede ser llamada también «esperanza»: «Contra toda esperanza creyó Abrahán» (v. 18). De este modo, Abrahán entra por completo en la perspectiva de Dios, «que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen» (v. 17b). Y así, mediante la fe, todo creyente puede convertirse en destinatario y no sólo en espectador de acontecimientos tan extraordinarios que sólo pueden ser atribuidos a Dios. Éste fue el caso de José.

***

Evangelio: Mateo 1,16.18-21.24

 Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Mesías.

El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre, María, estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo.

José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió separarse de ella en secreto.

Después de tomar esta decisión, el ángel del Seńor se le apareció en sueńos y le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu Santo.

Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Cuando José despertó del sueńo, hizo lo que el ángel del Seńor le había mandado.

*•• En el evangelio de Lucas se encuentra el anuncio del ángel a María; en el de Mateo, en cambio, encontramos el anuncio a José. En este anuncio, el ángel manifiesta a José su misión de padre «davídico» del hijo que, concebido por María, «por acción del Espíritu Santo», será el Mesías de Israel, el Salvador (significado del nombre hebreo Jesús).

Es probable que José conociera ya el misterio de la concepción, porque la misma María se lo podía haber revelado. Su dificultad o crisis interior no era tanto la aceptación del misterio como aceptar la paternidad y la misión de ser el padre legal ante la sociedad, guía y educador del que debía ser el Maestro de Israel. Su humildad (su justicia), iluminada por las palabras del ángel, le hace aceptar después, plenamente, el designio de Dios.

En la parte del fragmento evangélico omitida por la liturgia (vv. 22-23.24b-25) se alude al cumplimiento de la Escritura en la célebre profecía de Isaías sobre la Madre del Mesías, al significado del nombre «Enmanuel»

(«Dios-con-nosotros») y al nacimiento de Jesús, al que José impuso, efectivamente, este nombre, recibido del ángel. Estos versículos enriquecen desde el punto de vista teológico el fragmento y proporcionan al conjunto una hermosa unidad.

 

MEDITATIO

Los fragmentos de la Escritura nos ofrecen un marco histórico y profético, es decir, nos hablan de una historia verdadera, en la que, sin embargo, ha subintrado la acción de Dios según un designio que recorre todo el mensaje bíblico.

En el fondo de la primera lectura y en el centro del evangelio aparece la figura de José, llamado hombre justo (Mt 1,19). Esta justicia debe verse, como sugiere la segunda lectura, en la acogida con ánimo agradecido y conmovido del don de la fe, en la rectitud interior y en el respeto a Dios y a los hombres, a la Ley y a los acontecimientos.

A José le resulta difícil aceptar esa paternidad que no es suya y, después, la enorme responsabilidad que supone ser el maestro y el guía de quien habría de ser un día el Pastor de Israel. Respeto, obediencia y humildad figuran en la base de la justicia de José, y esta actitud interior suya -junto a su misión, única y maravillosa le han situado en la cima de la santidad cristiana, junto a María, su esposa.

José brilla sobre todo por estas actitudes radicalmente bíblicas, propias de los grandes hombres elegidos por Dios para misiones importantes, que siempre se consideraban indignos e incapaces de las tareas que Dios les había confiado (baste con pensar en Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías…). Dios sale, después, al encuentro de estos amigos suyos otorgándoles fortaleza y fidelidad.

ORATIO

San José, mi predilecto,

ven a mi casa, que te espero.

Ven y mira, tú sabes qué falta,

ven y fíjate, trae lo que falta.

Y si algo no es para mi casa,

ven y llévatelo…

San José, maestro de la vida interior,

enséñame a orar, a sufrir y a callarť

(Oraciones populares a san José).

 

CONTEMPLATIO

El sacrificio total que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa encuentra una razón adecuada en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta.

Esta sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las expresiones de la virtud de la religión (Juan Pablo II, Redemptoris custos, 26).

ACTIO

        Repite con frecuencia y ora hoy con José: «Cantaré eternamente el amor del Seńorť (Sal 88,2a).

 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Viene bien la lectura de este artículo de Leonardo Boff: “San José tiene todas las características para ser la personificación del Padre en la Trinidad”

***

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La Transfiguración: La invitación de Dios a ser todo tu ser LGBTQ

lunes, 14 de marzo de 2022
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2cuares-aLa reflexión de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0 Grace Doerfler, cuya biografía está disponible aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el segundo domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

En el Evangelio de hoy que narra la Transfiguración, Jesús se revela plenamente a sus discípulos, una especie de manifestación divina en la que los discípulos ven una nueva dimensión de la belleza y la gloria de Jesús.

Para Pedro, Juan y Santiago, tal vez había sido un día como cualquier otro, hasta que despertaron y vieron a Jesús transfigurado, su divinidad se hizo repentina y asombrosamente visible para ellos. ¿Cómo debe haber sido para ellos sentir la auto-revelación de Dios tan dramáticamente y tan cerca de ellos?

A menudo pienso en lo privilegiados que deben haberse sentido estos discípulos al presenciar la gloria de Jesús, al ver tan vívidamente la realidad de Dios que habita con nosotros. En ese momento en que Jesús compartió todo su ser con sus discípulos, eligió confiar en Pedro, Juan y Santiago. Estos discípulos pueden haber sido únicos al presenciar esta visión particular de la santidad de Jesús, pero, por suerte para nosotros, la auto-revelación de Jesús no terminó ahí. Si bien la Transfiguración fue un momento singular, el patrón de Dios revelándose a nosotros resuena a través de nuestras vidas, incluso en los momentos más mundanos de nuestra vida diaria.

Pero para muchas personas LGBTQ, puede ser difícil creer que Dios está tan presente para nosotros como lo está para las personas heterosexuales y cisgénero. La iglesia a menudo ha puesto barreras a nuestra relación con Dios, en lugar de ayudarnos a encontrar lo Divino. No confiamos en que Dios quiera ser parte de nuestras vidas tal como somos, incluida nuestra rareza, no a pesar de ello.

La apertura de Jesús a compartir todo su ser con sus discípulos modela la vulnerabilidad que Dios nos invita a tener en nuestras propias relaciones con Dios. La Transfiguración nos invita a confiar en que estamos seguros para compartir todo nuestro ser con Dios y, de hecho, que cuando permitimos que nuestras identidades informen nuestras vidas de fe, hacerlo puede llevarnos a una relación más cercana con Dios.

¿Cómo se transfiguran nuestras vidas como católicos LGBTQ cuando las miramos a través del lente de la presencia amorosa de Dios?

En lugar de ver el hecho de ser LGBTQ únicamente como una barrera para ser católico o una barrera para nuestra relación con Dios, podemos ver nuestras identidades queer como regalos para la iglesia y regalos para nuestra propia vida de fe.

Tal vez estamos llamados a extender la compasión de Dios acompañando a un amigo que está saliendo. Tal vez sentimos la cercanía de Dios cuando cuestionamos nuestras identidades o comenzamos a salir del armario, a nosotros mismos y a los demás. Quizás vemos la bondad de Dios en conversaciones con sacerdotes afirmadores y ministros laicos. Quizás estamos invitados a modelar el amor inclusivo de Dios en las comunidades que fomentamos, o experimentar la ternura de Dios en el amor de un compañero.

Cuando encontramos a Dios en nuestras experiencias como católicos queer, nos transfiguramos; y nosotros, a su vez, transfiguramos nuestras comunidades de fe al dar testimonio de cómo Dios se mueve en nuestras vidas.

La irrupción de lo Divino en nuestras vidas es probablemente más sutil que lo que experimentaron Pedro, Juan y Santiago: no vemos a Jesús con vestiduras blancas deslumbrantes, conversando con figuras del Antiguo Testamento ante nuestros ojos. No siempre es tan obvio que Jesús es parte de cada momento de nuestros días. Pero si miramos de cerca, vemos a Dios encontrándonos justo donde estamos. Que esta Cuaresma nos dé una nueva conciencia transfigurada como católicos LGBTQ de la misericordia de Dios, la ternura de Dios, el deseo de Dios de estar cerca de nosotros, la bondad de Dios en nuestras vidas.

Para reflexionar más sobre la historia de la Transfiguración como una experiencia LGBTQ, pase un tiempo hoy con la entrega de “Journeys” para este pasaje de las Escrituras, que se encuentra en el sitio web del Ministerio New Ways. Para ver todas las entregas de “Viajes”, haga clic aquí.

–Grace Doerfler (ella/ella), New Ways Ministry, 13 de marzo de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“¿A quién escuchar?”. 2 Cuaresma – C (Lucas 9,28-36)

domingo, 13 de marzo de 2022
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transfiguration1Los cristianos hemos oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente la «transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogido en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar el misterio encerrado en Jesús y les invitaba a escucharle solo a él.

En la cumbre de una «montaña alta», los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego que defendió a Dios con celo abrasador.

Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: solo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: solo este tiene la última palabra. Solo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.

Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. No ha captado la novedad de Jesús. La voz surgida de la nube va a aclarar las cosas: «Este es mi Hijo, el escogido. Escuchadlo». No hay que escuchar a Moisés o a Elías, sino a Jesús, el «Hijo amado». Sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.

Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin estamos escuchando a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué y para qué vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y digno del ser humano.

Los seguidores de Jesús no vivimos de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el Evangelio y solo el Evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho social más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podemos sentir su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más responsabilidad, construyendo un mundo más habitable

José Antonio Pagola

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“Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” . Domingo 13 de marzo de 2022. Domingo 2º de Cuaresma (C)

domingo, 13 de marzo de 2022
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18-cuaresmaC2 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 15, 5-12. 17-18: Dios hace alianza con Abrahán, el creyente.
Salmo responsorial: 26:  El Señor es mi luz y mi salvación.
Filipenses 3, 20-4, 1: Cristo nos transformará, según el modelo de su cuerpo glorioso.
Lucas 9, 28b-36: Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió.

Análisis

El texto de Gn 15 pertenece a una unidad que tiene dos partes muy marcadas: la primera vv.1-6 sobre la promesa de un hijo y descendencia, la segunda vv.7-21 sobre la promesa de la tierra. El texto que hoy presenta la liturgia presenta una cierta confusión ya que encontramos la conclusión de la primera parte, y parte de la segunda. Muchos estudiosos se han preguntado por la antigüedad del texto, hoy parece haber acuerdo que si bien mucho material es antiguo, tenemos también elementos tardíos (como por ejemplo semejanzas con el Segundo Isaías). Incluso los primeros defensores de la teoría de fuentes del Pentateuco afirmaban que descubrir las fuentes de este texto resultaba muy difícil si no imposible.

La primera parte (vv.1-6) nos muestra la promesa de Dios (v.1), la objeción de Abraham, (vv.2-3), la respuesta de Dios en forma de signo (vv.4-5: v.4, negación a la objeción, v.5, signo en el cielo) y aceptación de Abraham (v.6). Como vemos, la liturgia sólo incorpora el signo y la aceptación final. La escena es muy conocida, por ser uno de los momentos iniciales, primordiales, del Primer Testamento.

Es sabido que a los domingos de Cuaresma se les ha asignado «textos bíblicos fuertes», referentes a elementos o dimensiones capitales de la fe judeo-cristiana. Este de hoy es claro: nada menos que la Alianza de Dios con Abraham, la Alianza que dio origen a todo, porque a partir de ahí es que supuestamente se comenzaría a formar el pueblo de Israel –de la descendencia de Abraham– y de ahí saldría Jesús, y de ahí el cristianismo, la Iglesia, y de ahí todo el Occidente Cristiano. De hecho, sin ir más lejos, la Doctrina del Destino Manifiesto de los Estados Unidos de América considera a este país como el nuevo Israel para los tiempos de la modernidad democrática. Países, religiones –incluido el Islam– y culturas creen llevar dentro de su código genético cultural el ADN de Abraham, todas ellas se consideran, de alguna manera, elegidas por Dios, queridas por Él, por medio de este Patriarca privilegiado que hoy estaría marcando más de la mitad de la Humanidad (cristianos y musulmanes ya sumamos el 54% de la población actual).

Al hecho mismo de esta Alianza de Yavé con Abraham se apela en el Parlamento del Estado Israelí para invocar el derecho de Israel a la tierra que ocupa, en medio de un conflicto de dimensiones prácticamente mundiales. Esos pocos versículos del capítulo 15 no son pues un fragmento piadoso sin importancia. Treinta y cinco siglos más tarde (según la tradición bíblica) del hecho que relata, sigue teniendo siendo considerado, pues, decisivo, cultural y políticamente.

¿Pero fue histórico un hecho tan importante? Más concretamente, ¿lo fue el personaje protagonista, Abraham? En muchas universidades –estamos queriendo hablar de hechos científicos, no de creencias religiosas– hace tiempo que se enseña que no, que no lo es, a la luz de las investigaciones arqueológicas más avanzadas. Obviamente, estamos ante una nueva edición del conflicto de la fe con la ciencia. En nuestra fe y en nuestras eucaristías podemos seguir hablando de todo esto, pero no podríamos hacerlo en el ámbito riguroso de la ciencia o de la universidad.

No vamos a resolverlo ahora, ni siquiera a abordarlo como sería conveniente. Solamente queremos dejar constancia de esta cuestión pendiente. Como el domingo pasado, recomendamos abordar el tema del «nuevo paradigma arqueológico-biblico». Véase la revista VOICES (eatwot.net/VOICES) y tómese su último número –en línea, gratuito–).

La carta de Pablo a los Filipenses tiene una serie de puntos que merecerían ser discutidos. Señalemos, sin embargo, que 3,1-4,1 parece ser una unidad (o quizá hasta 4,3 por la repetición de la invitación a estar alegres). En la mayor parte del cap. 3 Pablo alerta a la comunidad contra los “perros”, “obreros malos”, “falsos circuncisos”, todo lo que parece una ironía contra los grupos judaizantes, es decir quienes pretendían que los cristianos para ser verdaderamente salvados previamente debían aceptar la circuncisión. El tema es complicado: ¿quiénes eran? la cosa se discute, pero parecen ser grupos que pretenden que los cristianos venidos del mundo no judío se hagan a sí mismos primero judíos (circuncisión mediante) para poder gozar luego de los beneficios de la salvación. Puede ser para evitar conflictos: el judaísmo es una religión lícita, las novedades no son bien vistas por algunos griegos; puede ser por cerrazón ante la novedad de parte de los “judaizantes”; puede ser por una suerte de idolatría de la Ley, la circuncisión y la misma ley puestas casi al mismo nivel que Dios… la cuestión es que misioneros itinerantes han llegado a Filipos e insistido en que es necesario hacerse judíos por la circuncisión, y dejar de ser perros (= paganos). Pablo les dice que ellos son los incircuncisos, los perros, etc… A continuación presenta una especie de “curriculum” frente a los que lo cuestionaban: él tiene tantas o más razones para gloriarse de ser judío, pero no pone allí su seguridad, “todo eso lo tiene como estiércol” y sigue en camino para alcanzar a Cristo. Estemos donde estemos, avancemos (3,16).

El Evangelio de la Transfiguración según la versión de Lucas propone una serie de elementos que es interesante tener en cuenta. La diferencia con los textos de Mateo y Marcos hizo que muchos se pregunten si Lucas tuvo en su poder una fuente propia, aunque otros piensan que posiblemente las diferencias se deban propiamente a la redacción del evangelista.

Los elementos comunes son conocidos: Jesús ha anunciado que le espera el rechazo y la muerte. En los otros Sinópticos Pedro se ha escandalizado y Jesús lo compara con “Satanás” aunque esto es omitido por Lc. Jesús anuncia que quien quiera ser discípulo debe cargar la cruz (“cada día” añade Lc). Esto es muy duro, pero termina aclarando que “algunos de los que están… no probarán la muerte hasta que vean” (Mt aclara “al Hijo del hombre viniendo”) el Reino. Precisamente Jesús se aparta a algunos y les hará “ver”. Así sucede la Transfiguración.

Hay elementos que son propios de Lc y son interesantes: a diferencia de Mc/Mt los días son “ocho”, Jesús sube “al” monte (como si supiéramos cuál es) y sube “para orar” lo que es muy frecuente en Lc; lo que ocurre sucede “mientras oraba”, como una consecuencia de esta oración. Lc agrega como algo importante el contenido de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. Agrega el temor en medio de la nube, Jesús es además de “Hijo” presentado como “elegido”. Finalmente Lc omite toda relación entre Elías y el Bautista en el descenso del monte. Es interesante que este monte no sea el monte Sión, lugar donde Dios se encuentra con su pueblo: la cita “este es mi hijo” remite al Sal 2 que en v.6 dice que “ha instalado a su rey en Sión, su monte santo”.

Ante la presencia de Moisés y Elías interviene Pedro, pero “no sabe lo que decía”, probablemente Lc lee la clásica incomprensión propia de Mc pensando que es toda la Iglesia la que debe ser reunida por el Señor, o porque no se le puede dar a Dios una morada… La nube es un signo de la presencia divina y de su gloria (“vieron la gloria”, v.32), y por eso cuando los discípulos entran en la nube (sólo Lc señala expresamente que también ellos quedan cubiertos por la nube) “se llenaron de temor”; ellos no son simples espectadores, la nube es reunión de los discípulos en torno a la palabra de Dios, y unidos a su vez con los personajes del cielo en una suerte de “comunión de los santos”. Sin embargo, como en Getsemaní, el sueño los vence (22,45-46), no son testigos del diálogo, y sólo después de la resurrección comprenderán.

Escúchenlo” es la clave del relato: para estar en cercanía a Jesús no es necesario armar tiendas, sino escucharlo, vivir de su palabra. La peregrinación no ha terminado, estamos en camino aunque la transfiguración ilumine brevemente el escándalo de la cruz anunciada; la Iglesia en marcha a su éxodo en el cielo mira el monte, como Israel miraba el Sinaí en su éxodo.

De golpe, súbitamente todo termina y encontramos a “Jesús solo”. Sin prohibición de por medio, los discípulos guardan el secreto, seguramente porque no han comprendido y se mantienen en el misterio.

Comentario

¡Jesús es tan extraño…! Después de tirar abajo todas las expectativas propias de su tiempo, y remarcar que como Mesías lo van a matar, y así salvará a todos, -después de eso-, dice que sus seguidores deben caminar su mismo camino, deben pasar las mismas cruces, y hasta el mismo martirio, y esto ¡cada día!… ¿Quién lo entiende? Pero cuando todo parece, casi, una invitación al masoquismo, se nos manifiesta transfigurado… “¡esto es lo que les espera!”, nos señala, como en un relámpago en medio de la noche. Cruz y resurrección, van tan de la mano, que se hace imposible separarlas. La resurrección da un sentido nuevo y fructífero a una vida que quiere gastarse y entregarse, como el fruto da sentido al entierro del grano. Pero también, la muerte da un sentido nuevo a la resurrección, ¡¡¡el amor nunca se hace tan generoso como cuando da la vida!!!, y Jesús no será un Mesías “allá en las nubes”, sino uno que camina nuestros pasos, uno que pasó por la cruz y que se dirige a Jerusalén, tierra de Pascua, y tierra que es punto de partida de la misión.

La transfiguración es un anticipo; es un “eclipse al revés”: una luz en medio de la noche. Da un sentido completamente nuevo a la vida, ¡y a la muerte! Hace comprensible la maravillosa reflexión de Hélder Câmara: “El que no tiene una razón para vivir, no tiene una razón para morir”.

La Transfiguración es decirnos “esto es lo que les espera”, es decirnos que “dar la vida vale la pena”. Todo proceso de conversión y cambio tiene sentido porque tenemos una roca firme, tenemos uno que no cambia, y garantiza nuestra vida fecunda, un “resucitado que es el crucificado” (J. Sobrino). Por eso la importancia que tiene “escuchar” a Jesús. Es la voz del profeta de los tiempos finales, del profeta como Moisés, que nos enseña el camino de la vida, el camino del éxodo que es camino de Pascua. Leer más…

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13.3.22. Transfiguración (Lc 9, 28-36): Rostro de Luz, Moisés, y Elías: El éxodo de Jerusalén

domingo, 13 de marzo de 2022
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cristo-adviento-2020Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 2 cuaresma, Ciclo C. Este evangelio (Lc 9, 28-36) describe  el signo de Jesús en su monte, cara a cara ante Dios, reflejando la Luz en el rostro (ojos y boca, frente y oídos…), escuchando a  sus maestros (Moisés y Elías) e iniciando un éxodo de liberación universal. Éste es el centro de la historia de Jesús.

El evangelio de Marcos (9, 2-8), del que proviene este relato, insiste en la trans-figuración (meta-morfosis) de Jesús, invirtiendo el motivo de Flp 2,6-11), insistiendo en el cambio de color de los vestidos (cf. Is 6), como si no se atreviera a ponernos ante el rostro de Dios revelado en los pobres/oprimidos del mundo

El evangelio de Lucas se fija en el rostro de Jesús (en la humanidad de Dios que mira a los hombres, les llama, les habla, caminando así con ellos. Su relato no es de trans-figuración, sino de iluminación del rostro de Jesús, que escucha y acoge en oración la palabra de Israel (Moisés y Elías),  para iniciar el éxodo de la nueva humanidad, saliendo de Jerusalén.

Esta visión del monte de Lucas 9 es un complemento del relato post-pascual de Emaús (Lc 24). Todos sus elementos se complementan e iluminan mutuamente: enseñanza de las escrituras, descubrimiento del valor divino de la entrega humana, éxodo a favor de los demás… Este relato del monte de Jesús (Lc 9) aparece así como un resumen del sentido y verdad de la vida de Jesús.

Introducción

Jesús nos sube al monte de su oración y se desnuda en Dios ante nosotros, mostrándonos su rostro, para que le veamos, le miremos, de forma que sepamos quién es, y podamos dialogar con él.

Ese rostro de Dios que se ilumina en Jesús sobre la montaña se despliega y encarna para los cristianos en el rostro de cada uno de los hombres que están necesitados, a quienes debemos escuchar, con quienes debemos dialogar, cara a cara… Así lo mostraré en las reflexiones que siguen, indicando el sentido de las palabras que pongo en negrita en el texto.

Lucas 9, 28b-36

 En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, la visión de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros cayeron cargados de sueño;  pero, desperándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el escogido, escuchadle.»Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

(Texto en griego: No suelo introducir el texto original en mis comentario. Pero esta vez lo hago, pues me apoyo un poco en las palabras griegas de los evangelio. Puede valer para algún lector más interesado en la intención original de Lucas. Los demas pueden pasarlo por alto:

  • 28 Ἐγένετο δὲ μετὰ τοὺς λόγους τούτους
  • ὡσεὶ ἡμέραι ὀκτὼ καὶ παραλαβὼν Πέτρον καὶ Ἰωάννην
  •  καὶ Ἰάκωβον ἀνέβη εἰς τὸ ὄρος προσεύξασθαι
  • 29 καὶ ἐγένετο ἐν τῷ προσεύχεσθαι αὐτὸν τὸ εἶδος
  • τοῦ προσώπου αὐτοῦ ἕτερον καὶ ὁ ἱματισμὸς αὐτοῦ
  • λευκὸς ἐξαστράπτων
  • 30 καὶ ἰδοὺ ἄνδρες δύο συνελάλουν αὐτῷ
  • οἵτινες ἦσαν Μωϋσῆς καὶ Ἠλίας
  • 31 οἳ ὀφθέντες ἐν δόξῃ ἔλεγον τὴν ἔξοδον αὐτοῦ
  • ἣν ἤμελλεν πληροῦν ἐν Ἰερουσαλήμ
  • 32 Ὁ δὲ Πέτρος καὶ οἱ σὺν αὐτῷ ἦσαν βεβαρημένοι
  • ὕπνῳ διαγρηγορήσαντες δὲ εἶδον*
  • τὴν δόξαν αὐτοῦ καὶ τοὺς δύο ἄνδρας τοὺς συνεστῶτας αὐτῷ
  • 33 καὶ ἐγένετο ἐν τῷ διαχωρίζεσθαι αὐτοὺς ἀπ’ αὐτοῦ
  • εἶπεν ὁ Πέτρος πρὸς τὸν Ἰησοῦν Ἐπιστάτα καλόν ἐστιν
  • ἡμᾶς ὧδε εἶναι καὶ ποιήσωμεν σκηνὰς τρεῖς μίαν σοὶ
  • καὶ μίαν Μωϋσεῖ καὶ μίαν Ἠλίᾳ μὴ εἰδὼς ὃ λέγει
  • 34 Ταῦτα δὲ αὐτοῦ λέγοντος ἐγένετο νεφέλη
  • καὶ ἐπεσκίαζεν αὐτούς ἐφοβήθησαν δὲ
  • ἐν τῷ εἰσελθεῖν αὐτοὺς εἰς τὴν νεφέλην
  • 35 καὶ φωνὴ ἐγένετο ἐκ τῆς νεφέλης λέγουσα
  • Οὗτός ἐστιν ὁ Υἱός μου ὁ ἐκλελεγμένος αὐτοῦ ἀκούετε
  • 36 καὶ ἐν τῷ γενέσθαι τὴν φωνὴν εὑρέθη Ἰησοῦς μόνος
  • καὶ αὐτοὶ ἐσίγησαν καὶ οὐδενὶ ἀπήγγειλαν
  • ἐν ἐκείναις ταῖς ἡμέραις οὐδὲν ὧν ἑώρακαν

 UN TEXTO EN DOS FORMAS.

Aquel Monte (según la tradición,el Tabor)es simplemente “el monte”, un lugar alto de experiencia  ante Dios, para dejarse alumbrar por su luz: es el Monte Sinaí de Moisés, el Carmelo y Horeb de las tradiciones de Elías, el Monte Sion del judaísmo sacerdotal.

Marcos 9, 2-4: Y seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, les subió a solas a un monte muy alto y fue transformado (meta-morfosis) ante ellos. Y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

Lucas 9, 28b-30:Y, mientras oraba, la visión de su rostro cambió (se transfiguró), sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo (liberación, entrega entrega), que iba a consumar en Jerusalén.

UN RELATO RICO EN SIMBOLISMO

1.Seis días después (Marcos), ocho días después (Lucas)

Según Marcos han pasado seis días desde la escena de Cesárea de Felipe,  cuando Pedro y los suyos querían tomar el reino por las armas. Han pasado esos días, que son los seis días de la vieja creación, va a comenzar el séptimo, el día  del “descanso” y plenitud de Dios, el días de su gloria en Cristo, desde Jerusalén… Llega el “séptimo día”, el día de la nueva humanidad, que Marcos va a evocar, pero no desarrollar en el final de su evangelio (Mc 16).

  Lucas tiene que poner el día octavo, que es el día del éxodo cristiano, de la entrega de la vida que se manifiesta como “principio de gloria”. Ese día octavo es el domingo, el día de la gloria de Cristo. Ha pasado la semana de los días de la creación, llega el día séptimo de la nueva humanidad, que es ya día de Cristo. Ha pasado el tiempo de los seis/siete días equilibrios luchas y equilibrios, los seis días de esta iglesia “gregoriana”, ajustada a los tiempos del mundo, escondida, tapada, en medio de engaños…

Ha llegado el día octavo de la nueva creación, del rostro iluminado, de la conversación cara a cara, del amor pleno, en entrega total de ojos y oídos, de frente, de boca, de palabras. Es el día de la revelación del hombre nuevo en Cristo.

2.Tomando a solas a Pedro, Santiago y Juan les subió a un monte muy alto para

 Puede haber un momento de “iluminación interior y solitaria”, “sola cum solo” (a solas con el Dios solitario, como decían los libros de devoción de muchas monjas encerradas con su Dios.  Pero ésta no es una iluminación en solitario, con el Dios-soledad, sino una iluminación con y para. Una iluminación con el Dios de Moisés y de Elías (Dios de la historia de los hombres…, como en el relato de la mujer de siete maridos: Mc 12, 26-27). Jesús quiere compartir la luz de su rostro con sus “amigos” (Pedro, Santiago, Juan), que son la Iglesia entera, su grupo de intimidad y apertura universal, compendio de todos los creyentes.

No se comunica (no comunica su luz) con Pedro sólo, sino como Pedro y otros dos, que son la “iglesia trinitaria”, de tres centros, de tres rostros… Toda la vida pública de Jesús está condensada en esta escena: Quiere compartir la experiencia de su rostro iluminado, de la claridad de Dios, con tres “amigos”, que pueden ser signo de toda la nueva humanidad cristiana.

Esta es una “escena eclesial”. Históricamente, el primer “tabor”, la primera iluminación de Jesús ha sido la de las mujeres de la pascua. Ellas (Magdalena, María la de Jesús, las tres marías…) fueron los primeros testigos y misioneros del Tabor luminoso del rostro de Jesús. Pero en este momento (como en Pablo cuando cuenta las experiencias de la luz pascual en 1 Cor 15), ante un “público” que sólo admite el testimonio de “hombres”, los tres evangelios sinópticos cuentan la iluminación de Jesús a los tres primeros cristianos significativos de la tradición palestina, antes de Pablo: Pedro, Juan y Santiago.

Éstos tres son el signo de una Iglesia dominante, llamada a cambiar, descubriendo la señal de la presencia de Dios en Jesús. Son los tres que tienen que “aprender a orar” (es decir, a compartir la luz de Dios en Jesús, viendo su rostro iluminado), escuchando la palabra del “nuevo éxodo”

Es como si Jesúd les hiciera “ascender” con él (con el verbo anapherei, en griego), a un monte (horos, sin artículo, a cualquier monte). Desde la perspectiva de Cesárea de Filipo, donde había estado Jesús, debería ser el Hermón, el monte más alto de la gran cordillera, entre Galilea, Fenicia y Siria. Pero, desde la perspectiva de Galilea (donde parece que el pasaje quiere situarnos), puede y debe tratarse, simbólicamente, del Monte Tabor, lugar de la gran batalla del libro de los Jueces 4, 1.

Jesús tiene que subir (hacernos subir a todos), para que seamos de otras forma. , para que aprendamos a descubrir su rostro, para que tomemos distancia y nos alejemos de los problemas e intrigas inmediatas, para dejarnos transformar por dentro, descubriendo  el “rostro” de Jesús, que es el rostro de Dios en los pobres, los marginados, oprimidos… para realizar de esa manera el gran éxodo, el camino pascual de la nueva humanidad, con ellos.

3.Oración de presencia: rostro diferente, presencia de Dios.  

La palabra clave del relato de Marcos 9 y Mt 17 es metemorphôze (fue transfigurado o metamorfoseado por Dios, en pasivo divino) ante ellos. Se trata de un término que es casi técnico en griego (e incluso en latín) y que evoca las transfiguraciones o cambios de figura que asumen (padecen) los dioses y seres divinos, tomando diversas formas para presentarse y actuar, como sabe Ovidio (Las Metamorfosis), escrita el año 7 d.C.

Pero Lc 9, 29 no habla de “metamorfosis” (con sus rasgos míticos y “filosóficos” de tipo quizá mágico, pagano… sino de “cambio de rostro” (rostro iluminado). A lo largo de toda la Biblia (como han seguido poniendo de relieve los “maestros” judíos: Rosenzweig, Buber, Levinas…) el hombre es rostro y palabra, mirada y llamada. Todo el camino de la humanidad, toda la Biblia, se condensa en un rostro (descubrir la gloria de Dios en el rostro del hombre, del amigo, del orante, del pobre, del despreciado…). Éste es el gran cambio de Jesús en la oración. Es un cambio suyo, pero desde su “lectura” (actualización) de Moisés y de Elías… un cambio para realizar el verdadero éxodo” de la humanidad, desde Jerusalén.

Así lo ha destacado Lc,  9, 29. El posible cambio en los vestidos resulta secundario. Lo que importa es la oración, el encuentro en profundidad con Dios y con los otros… El cambio que se expresa en el rostro, en los ojos, a través de la mirada. Ni Marcos ni Mateo dicen nada del cambio del rostro de Jesús, sólo se fija en sus vestidos, que se vuelven blancos, es decir, de color de cielo (cf. Ap 3, 18; 19, 14). De esa manera siguen la tradición del Antiguo Testamento, por ejemplo en Is 6, 1, donde se dice que el profeta vio a Dios, pero sólo habla de sus vestidos… De esa manera siguen la tradición del Apocalipsis, que habla de las “vestiduras” de los salvados.

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La anticipación del triunfo de Jesús y de nuestro triunfo. 2ª domingo de Cuaresma. Ciclo C

domingo, 13 de marzo de 2022
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08-transfiguaracionDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo 1º de Cuaresma se dedica siempre a las tentaciones de Jesús, y el 2º a la transfiguración. El motivo es fácil de entender: la Cuaresma es etapa de preparación a la Pascua; no sólo a la Semana Santa, entendida como recuerdo de la muerte de Jesús, sino también a su resurrección. Este episodio, que anticipa su triunfo final nos ayuda a enfocar adecuadamente estas semanas.

El contexto: la promesa

Jesús ha anunciado que debe padecer mucho, ser rechazado, morir y resucitar. Y ha avisado que quienes quieran seguirle deberán negarse a sí mismos y cargar con la cruz. Pero tendrán su recompensa cuando él vuelva triunfante. Y añade: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reinado de Dios». ¿Se cumplirá esa extraña promesa?

El cumplimiento: la transfiguración

Ocho días después de estas palabras, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, que bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

El relato de Lucas, el que leemos este domingo, podemos dividirlo en dos partes: la subida a la montaña y la visión. Desde un punto de vista litera­rio es una teofanía, una manifestación de Dios, y los evangelistas utilizan los mismos elementos que empleaban los autores del Antiguo Testamento para describirlas. Por eso, antes de analizar cada una de las partes, conviene recordar algunos datos de la famosa teofanía del Sinaí, cuando Dios se revela a Moisés.

            La teofanía del Sinaí

Dios no se manifiesta en un espacio cualquiera, sino en un sitio especial, la montaña, a la que no tiene acceso todo el pueblo, sino sólo Moisés, al que a veces acompaña su hermano Aarón (Ex 19,24), o Aarón, Nadab y Abihú junto con los setenta dirigentes de Israel (Ex 24,1). La presen­cia de Dios se expresa mediante la imagen de una nube espesa, desde la que habla (Ex 19,9). Es también frecuente que se mencione en este contexto el fuego, el humo y el temblor de la montaña, como símbolo de la gloria y el poder de Dios que se acerca a la tierra. Estos elementos demuestran que los evangelistas no pretenden ofrecer un informe objetivo, “histórico”, de lo ocurrido, sino crear un clima semejante al de las teofanías del Antiguo Testa­mento.

            La subida a la montaña

Jesús sólo elige a tres discípu­los, Pedro, Santiago y Juan. Este dato no debemos interpretarlo solo como un privilegio; la idea principal es que va a ocurrir algo tan grande que no puede ser presen­ciado por todos.

Lucas introduce aquí un cambio pequeño pero importante. Marcos y Mateo dicen que subieron “a una montaña alta y apartada”; Lucas, que “subieron a la montaña para rezar”. La altura y aislamiento del monte no le interesa, lo importante es que Jesús reza en todas las ocasiones trascendentales de su vida.

            La visión

En ella hay cuatro elementos que la hacen avanzar hasta su plenitud. El primero es la transformación del rostro y las vestiduras de Jesús. El segundo, la aparición de Moisés y Elías. El tercero, la aparición de una nube luminosa que cubre a los presentes. El cuarto, la voz que se escucha desde el cielo.

  1. La transformación de Jesús la expresaba Marcos con estas pala­bras: «En su presencia se transfiguró y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no es capaz de blanquearlos ningún batanero del mundo» (Mc 9,3). La fuerza recae en la blancura del vestido de Jesús. Lucas, en cambio, destaca que el cambio se produce mientras Jesús oraba, y se centra en el cambio de su rostro, no en el de sus vestidos: “Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos.” Lucas nos invita a contemplar un escena a cámara lenta, centrada en el primer plano del rostro de Jesús. Es un anticipo de las apariciones de Cristo resucitado, cuando su rostro es difícil de identificar para María Magdalena, los dos de Emaús y los discípulos en el lago .
  2. La aparición de Moisés y Elías. Moisés es el gran mediador entre Dios y su pueblo, el profeta con el que Dios hablaba cara a cara. Sin Moisés, humana­mente hablando, no habría existido el pueblo de Israel ni su religión. Elías es el profeta que salva a esa religión en su mayor momento de crisis, hacia el siglo IX a.C., cuando está a punto de sucumbir por el influjo de la religión cananea. Sin Elías habría caído por tierra toda la obra de Moisés. Por eso los judíos concedían especial importancia a estos dos personajes. El hecho de que se aparezcan ahora a los discípu­los (no a Jesús) es una manera de garantizarles la importancia del personaje al que están siguiendo. No es un hereje ni un loco, no está destruyendo la labor religiosa de siglos, se encuentra en la línea de los antiguos profetas, llevando su obra a plenitud.
    En este contexto, las palabras de Pedro proponiendo hacer tres chozas suenan a simple despropósito. Pero son simple conse­cuencia de lo que dice antes: «qué bien se está aquí». Es preferible quedarse en lo alto del monte que cargar con la cruz y seguir a Jesús hasta la muerte.
  3. Como en el Sinaí, el monte queda cubierto por una nube.
  4. Las palabras de Dios reproducen exactamente las que se escucharon en el momento del bautismo, cuando Dios presentaba a Jesús como su siervo. Pero aquí se añade un imperativo: “¡Escuchadle!” La orden se relaciona directamente con las anteriores palabras de Jesús, sobre su propio destino y sobre el seguimiento y la cruz de sus discípulos.

            Resumen

Este episodio no está contado en beneficio de Jesús, sino como experiencia positiva para los apóstoles. Después de haber escuchado a Jesús hablar de su pasión y muerte, de las duras condiciones que impone a sus seguidores, tienen tres experiencias complementarias: 1) ven a Jesús transfigurado de forma gloriosa; 2) se les aparecen Moisés y Elías; 3) escuchan la voz del cielo.

            Esto supone una enseñanza creciente: 1) al ver transformados su rostro y sus vesti­dos tienen la expe­riencia de que su destino final no es el fracaso, sino la gloria; 2) la aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús es el culmen de la historia religiosa de Israel y de la revela­ción de Dios; 3) la voz del cielo les enseña que seguir a Jesús no es una locura, sino lo más conforme al plan de Dios.

            La anticipación de nuestro triunfo (Filipenses 3,17-4,1)

A la comunidad de Filipos, igual que a otras fundadas por Pablo, llegaron misioneros cristianos, pero de la línea radical, judaizante. Estaban convencidos de salvarse por observar una serie de normas alimentarias (“su Dios es el vientre”) y por la circuncisión (“se glorían de sus vergüenzas”); en consecuencia, aunque no lo reconozcan, para salvarse no es preciso que Jesús muera por nosotros, y “se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”.

            Frente a esta postura, los filipenses, seguidores de Pablo, no aspiran a cosas terrenas sino que aguardan a un salvador, Jesús, que transformará nuestro cuerpo humilde a semejanza del suyo glorioso. Esta promesa de la transformación de nuestro cuerpo es la que ha movido a elegir esta lectura, en paralelo con la del evangelio: la transfiguración de Jesús no solo anticipa su gloria sino también la nuestra.

Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas. Sólo aspiran a cosas terrenas.

Nosotros, por el contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelos de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

            La teofanía a Abrahán (Gn 15, 5-12. 17-18)

            En el libro del Génesis, Abrahán, presentado como un pastor seminómada, recibe las dos mayores promesas que puede desear: una descendencia numerosa y una tierra donde asentarse. El texto podemos dividirlo en tres partes: la primera promete una descendencia numerosa como las estrellas; la segunda, la tierra (sin concretar de qué tierra se trata, se supone la de Canaán); la tercera une los dos temas: la descendencia de Abrahán heredará la tierra (en este caso se le atribuye una extensión fabulosa).

            No consigo entender por qué se ha elegido esta lectura. Probablemente porque la sección central (2) hace referencia a una teofanía, y se la ha visto en paralelo con la transfiguración de Jesús. Pero cualquier parecido entre ambos relatos es pura coincidencia.

            1)

                        En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrahán y le dijo:

                        – Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.

                        Y añadió:

                        – Así será tu descendencia.

                        Abrahán creyó al Señor, y se le contó en su haber.

            2)

            El Señor le dijo:

            – Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los Caldeos para darte en posesión esta tierra.

            El replicó:

            – Señor Dios, cómo sabré yo que voy a poseerla.

            Respondió el Señor:

            – Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón.

            Abrahán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres, y Abrahán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrahán, y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso, y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

3)

            Aquel día el Señor hizo alianza con Abrahán en estos términos: A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río Éufrates.

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II Domingo de Cuaresma. 13 marzo, 2022

domingo, 13 de marzo de 2022
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Una voz desde la nube decía:
-Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle.”

(Lc 9, 28b- 36)

A los matrimonios o las parejas se les suele preguntar algo así como: “Y vosotros, ¿cómo os conocisteis?”. A las personas consagradas nos suelen preguntar por nuestra vocación.

Pienso que si a Jesús le hubiéramos preguntado por su vocación nos habría contado dos cosas: el momento de su bautismo en el Jordán y el momento que describe el evangelio de hoy, y que nosotros llamamos la transfiguración.

Esos son dos momentos decisivos de la vida de Jesús y es probable que Jesús mismo hablara de ellos en más de una ocasión, de hecho nos los cuentan los tres evangelios sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas.

Las primeras seguidoras de Jesús guardaron en el corazón el recuerdo de estos dos “hitos” en la vida de su Maestro. Las dos veces que Jesús oye la voz del Padre que le recuerda su propia identidad: “Este es mi Hijo”.

El núcleo fuerte de cualquier vocación no es hacer esto o aquello sino descubrir quiénes somos. Cuando Dios nos llama nos desvela nuestra identidad. Por eso la vocación no es una cosa que sucedió si no que se renueva diariamente.

La llamada de Dios es a SER, ¿a ser qué? ¡A ser HIJAS AMADAS! Esto es lo más importante. Después viene la manera concreta de realizarlo que es única para cada persona. Unas responderán desde el matrimonio, otras desde la vida consagrada, la maternidad o paternidad, la soltería. Desde un compromiso total con la gente empobrecida o desde una opción preferencial por la vida de oración. Porque aunque aparentemente la llamada es la misma para todas y todos, ya se sabe (las madres lo saben muy bien): ¡no hay dos hijas iguales!

Acompañemos a Jesús en este día importante de su vida. Recreemos en nuestro corazón los detalles de aquel momento: la montaña, la intimidad con los amigos, el encuentro con Dios, su voz… Jesús nos deja entrar en una de sus experiencias más profundas.

Hoy nos lleva consigo a lo alto de una montaña, para orar. ¿Te apuntas?

Oración

¡Qué hermoso es estar aquí!, Trinidad Santa, en el corazón mismo de la oración del Hijo. Escuchando la voz del Padre. Fluyendo en el amor de la Santa Ruah que nos va transformando en lo que somos: HIJAS AMADAS SUYAS.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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También lo que eres está más allá de las apariencias.

domingo, 13 de marzo de 2022
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despertar

DOMINGO 2º DE CUARESMA (C)

Lc 9,28-36

Este domingo se nos proponen dos teofanías, una a Abrahán y otra a los tres apóstoles. En realidad, toda la Biblia es el relato de la manifestación de Dios. Se trata de leyendas construidas para fundamentar las creencias de un pueblo. La Alianza sellada por Abrahán con el mismo Dios es el hecho más importante de la epopeya bíblica. Hay un detalle muy significativo. Dios no llegó a la cita hasta que vino la noche y Abrahán cayó en “un sueño profundo”, un terror intenso y oscuro. Naturalmente, se trata de una experiencia subconsciente.

Tampoco la transfiguración debemos entenderla como una puesta en escena por parte de Jesús. El querer explicar el relato como si fuera una crónica de lo sucedido, es la mejor manera de hacer polvo el mensaje. No es verosímil que Jesús montara una exhibición de luz y sonido, ni para tres ni para tres mil. El domingo pasado se proponía una espectacular puesta en escena (tírate de aquí abajo) como una tentación. No tiene mucho sentido que hoy se proponga como una manifestación de “gracia” en beneficio de los tres apóstoles.

Es clave para la comprensión del relato la advertencia final. «Por el momento no dijeron nada de lo que habían visto». En el mismo relato de Mateo y Marcos, es Jesús quien les prohíbe decir nada a nadie hasta que resucite de entre los muertos. La conversación con Moisés y Elías era sobre el “éxodo de Jesús” (pasión y muerte). Seguramente se trata de un relato pascual. Todos los relatos evangélicos son pascuales. Me refiero a que en un principio se pensó como relato de resurrección pero con el tiempo se retrotrajo a la vida terrena de Jesús, para potenciar el carácter divino de Jesús y su conexión con el AT.

El mejor modo de demostrar que no es un hecho histórico es que todos los elementos que se emplean para construir el relato se toman del AT. El monte, lugar de la presencia de Dios. El resplandor, signo de que Dios estaba allí. La nube en la que Dios se manifestó a Moisés y que después les acompañaba por el desierto. La voz que es el medio por el que Dios comunica su voluntad. El miedo presente siempre que se experimenta lo divino. Las chozas, alusión a la fiesta mesiánica en la que se conmemoraba el paso por el desierto. Moisés y Elías son símbolos: La Ley y los Profetas, los pilares de la religiosidad judía. Conversan con Jesús, pero se retiran. Han cumplido su misión y en adelante será Jesús la referencia última. Pedro pretende perpetuar el momento que cree definitivo.

El relato se presenta como una transfiguración. Cambió la figura, lo que se puede percibir por los sentidos. En lo esencial, Jesús siguió siendo el mismo. Fue la apariencia lo que los tres discípulos experimentaron como distinto. En Jesús, como en todo ser humano, lo importante es lo divino que no puede ser percibido por los sentidos. En los relatos pascuales se quiere resaltar que ese Jesús, que se les aparece, es el mismo que anduvo con ellos en Galilea. En este relato, referido a su vida, se dice lo mismo pero desde el punto de vista contrario. Ese Jesús que vive con ellos es ya Cristo glorificado.

La inmensa mayoría de las interpretaciones de este relato apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de la pasión. Además de que el intento falló totalmente, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario a lo normal, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz, no puede ser un medio para alcanzar lo que no tenemos. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.

La “gloria de Dios” no tiene nada que ver con la gloria humana. En Dios, la gloria es simplemente su esencia, no algo añadido. Dios no puede ser glorificado, porque nunca puede estar sin gloria. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Jesús hombre sí podría recibir gloria: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores… Cuando queremos añadírselo después de su muerte, no es más que la gran tentación.

El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde, aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya (El reino de Dios está dentro de vosotros). En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. La divinidad de Jesús no se puede percibir por los sentidos ni deducir de lo que se percibe. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la trascendencia, por muy espectaculares que parezcan.

Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, lo queremos reivindicar con creces, solo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad, es la mejor prueba de que seguimos esperando la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo. Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro ego para descubrir el oro de nuestro verdadero ser. Seguimos esperando de Dios que recubra de oropel la escoria para que parezca oro.

Lo divino en nosotros no es lo contrario de nuestras carencias. Es una realidad compatible con las limitaciones, que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (Sta. Teresa). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión: ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo?

¡Escuchadle a él solo! Seguimos, como Pedro, aferrados al Dios del AT. Yo diría: ¡Escuchad como Jesús escuchó! El cristianismo ha velado de tal forma el mensaje de Jesús, que es casi imposible distinguir lo que es mensaje evangélico y lo que es adherencia ideológica. Esa tarea de discernimiento es más urgente que nunca. La exégesis nos puede ayudar a descubrir la cantidad de relleno que nos han vendido como evangelio. Jesús buscaba odres nuevos que aguantaran el vino nuevo. Hoy son numerosos los odres que esperan vino nuevo, porque no aguantan el vino viejo y agrio que les seguimos ofreciendo.

El hecho de que Moisés y Elías se retiraran antes de que hablara la voz, es una advertencia para nosotros que no acabamos de superar el Dios del AT. Jesús ha dado un salto en la comprensión de Dios que debemos dar nosotros también. En realidad, en ese salto consiste toda la buena noticia. El Dios de Jesús es un Dios que es, siempre y para todos, amor incondicional. El Dios de Jesús nos desconcierta, nos saca de nuestras casillas porque nos habla de entrega incondicional, de amor leal, de desapego del Yo. El Dios del AT ha hecho una alianza al estilo humano y espera que el hombre cumpla la parte que le corresponde.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Discernimiento.

domingo, 13 de marzo de 2022
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Lc 9, 28-36

«Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto de una montaña para orar»

Los textos de los sinópticos se centran en los hechos y dichos de Jesús, aunque recalcan su hábito de retirarse frecuentemente a orar buscando la soledad de la montaña. En ocasiones lo hace acompañado de sus discípulos más cercanos, tal como narra el evangelio de hoy o como ocurre en Getsemaní.

Pero hay tres momentos cruciales en que su oración tiene un carácter especial y los evangelistas se hacen eco de ello narrando con detalle la escena. Son momentos en que debe tomar las decisiones más importante de su vida, y en todos ellos recurre a la oración en busca de lucidez para discernir y fortaleza para responder.

El primero se recoge en el texto de la semana pasada y se desarrolla en el desierto de Judea. Probablemente Jesús rondaba en ese momento los 35 años, y podemos suponer que hasta entonces había llevado una vida discreta en Nazaret dedicado a su oficio y profesando la fe de sus padres. Pero algo sacudió su conciencia y decidió ir al Jordán en busca de respuestas en el entorno del Bautista.

Del Jordán subió directamente al desierto y permaneció en él largo tiempo dedicado a la oración… Y ya no volvió a Nazaret, sino que fue a Cafarnaún acompañado de Juan, Andrés, Simón y Natanael para iniciar desde allí la misión a la que se sentía llamado. En la soledad del desierto, entregado a la oración, Jesús había decidido responder a la llamada venciendo la acuciante tentación de ignorarla.

El segundo discernimiento corresponde al evangelio de hoy. Jesús tiene que decidir entre permanecer en Galilea o universalizar su mensaje llevando la buena noticia al mismo corazón de Judea. Si permanece en Galilea como profeta rural, el alcance de su mensaje será muy limitado, pero al menos su vida no correrá peligro. En cambio, si sube a Jerusalén pondrá en grave riesgo su vida, pues sabe que las autoridades le buscan para prenderle: «Vayamos también nosotros a Jerusalén a morir con él», dice Tomás, consciente del enorme peligro que ello supone.

En este caso, el discernimiento queda en cierto modo velado porque Lucas incluye una teofanía que pretende dejar claro (antes de iniciar el relato de la pasión) quién es el hombre que va a subir a Jerusalén, va a ser prendido por las autoridades, torturado y muerto en cruz. Lucas nos viene a decir: “No os equivoquéis; Dios estaba con ese hombre que aparentemente fue vencido por los sacerdotes; y no con quienes lo mataron”… «Y una voz desde la nube decía: Éste es mi hijo amado»

El tercer discernimiento tiene lugar en Getsemaní. Esa tarde Jesús ha organizado una cena de despedida con sus discípulos porque sabe que esa noche va a ser entregado. Ya en el huerto de los olivos, Jesús tiene que tomar la decisión definitiva: escabullirse amparado en las sombras de la noche, o ser consecuente con su misión y aguantar a pie firme la llegada de los guardias. Una decisión brutal, como también lo fue su angustia: «… Padre, aleja de mí este cáliz».

Por fidelidad a la misión, en el primer caso Jesús renuncia a la vida cómoda de Nazaret, en el segundo a la seguridad de Galilea y en el tercero a la propia vida.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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