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“Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo”. Domingo 2 de junio de 2019. Ascensión del Señor

domingo, 2 de junio de 2019
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32-AscensionC cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: Lo vieron levantarse.
Salmo responsorial: 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Efesios 1, 17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo.
O bien:
Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23:
Cristo ha entrado en el mismo cielo.
Lucas 24, 46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

En primer lugar recomendamos vivamente revisitar un excelente texto de Leonardo BOFF, tanto para quienes han de preparar una homilía, como para quienes quieran utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal; puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí: http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Además, les ofrecemos un comentario tradicional.

Lucas ha escrito dos libros: un evangelio y los Hechos de los apóstoles. En Hch 1,1-2 Lucas retoma la referencia a Teófilo que hizo al comienzo de su Evangelio (“oh ilustre Teófilo” Lc 1,3). «Teó–filo» significa “amigo de Dios”. El hecho de agregarlo aquí, después de separarse su obra en dos, refuerza la idea que Teófilo es una designación simbólica general. Todos los que leemos estos libros somos Teó-filos, amigos, buscadores de Dios.

Su evangelio termina con «Jesús llevado al cielo» (Lc 24,51). Los Hechos comienzan con el relato de «Jesús yéndose al cielo» (Hch 1,6-11). En el evangelio se presenta a Jesús con su cuerpo. En los Hechos ya no está corporalmente. Actúa por medio de su Espíritu. La orden que Jesús da a los apóstoles en Hch 1,4 exige pasividad total: no ausentarse de la ciudad y aguardar. En Lc 24,49 es semejante: permanecer en la ciudad (con la connotación de esperar sin hacer nada). La permanencia y espera pasiva debe durar “hasta que sean bautizados en el Espíritu Santo” (Hch 1,5) o “hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lc 24,49). Lucas se está aquí refiriendo claramente a Pentecostés.

El misterio del resucitado se expresa de muchas maneras en el Nuevo Testamento: está vivo, se ha despertado, se ha levantado… En la Carta a los Efesios vemos un ejemplo de estas manifestaciones: Pablo hace un claro énfasis en la glorificación de Jesús a la derecha del Padre. Y es a partir de esa glorificación como nosotros y nosotras, sus discípulos, recibiremos la fuerza del Espíritu Santo, espíritu de sabiduría y de revelación, para conocerle perfectamente y conocer así su voluntad, asumiendo por completo el desafío de continuar su tarea a favor del Reino.

Lucas quiere mostramos también que Jesús ha sido «glorificado» por Dios: ha entrado en la gloria del Padre. Separa ambos eventos (resurrección y ascensión), para subrayar el carácter histórico que cada uno de ellos tiene. Jesús resucitado, antes de su ascensión-exaltación-glorificación, convive con sus discípulos: come con ellos y los instruye. La ascensión de Jesús señala, en Lucas, la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos desde aquel momento, una vez que han terminado las apariciones del Resucitado: tensión entre la ausencia y al mismo tiempo la presencia del Señor. Jesús continúa su acción y enseñanza después de ser llevado al cielo; Jesús resucitado sigue actuando y enseñando en la comunidad después de su ascensión. Lucas (como también Pablo en el pasaje de la segunda lectura) une íntimamente la ausencia física con el Don del Espíritu Santo.

La insistencia de que los discípulos veían a Jesús subiendo hacia el cielo, podría considerarse alusiva a las escenas de asunción de Elías, cuando Eliseo tuvo asegurado el espíritu de profecía del maestro porque pudo verlo. Así, la comunidad de los discípulos queda configurada en la ascensión como la comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. En la ascensión Jesús no se va, sino que es exaltado, glorificado. La parusía no es el retorno de un Jesús ausente, sino la manifestación gloriosa de un Jesús que siempre ha estado presente en la comunidad. Esto aparece claramente en las últimas palabras de Jesús en Mt 28,19: “he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de este mundo”. La ascensión expresa el cambio en Jesús resucitado, una nueva manera de ser, gloriosa, glorificada, pero siempre histórica, pues Jesús glorificado sigue viviendo en la comunidad.

La narración de la ascensión es para Lucas, la culminación del itinerario de Jesús, y el tránsito entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el Espíritu Santo, prometido por Jesús. Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asume en sí la misión de continuar el trabajo inaugurado por Jesús, de manifestar el Reino del Padre. Leer más…

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Así en la tierra como en el cielo Ascensión: Estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos. 30.5. y 2.6.2019

domingo, 2 de junio de 2019
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cristo-ascensionDel blog de Xabier Pikaza:

Ascensión del Señor. Mt 28, 16-20. Culmina el tiempo de pascua con la fiesta de la Ascensión, que puede celebrarse en jueves (30.5.2019), a los cuarenta días del domingo de resurrección o el domingo siguiente (2.6.19). Culminan así las fiestas de Pascua que hemos venido celebrando en los días anteriores. Aprovecho la ocasión para desear a todos mis lectores y amigos un feliz final de pascua.

Hoy desarrollo el tema del evangelio de Mt 28, 16-20, aunque este año se lee el de Lucas 24, 46-53, que presentaré mañana. Según Mateo no hay ascensión propiamente dicha, sino revelación y presencia del Señor Jesús en la Montaña del Amor cumplido y el envío.

Pascua y Ascensión (sin ascensión) en Galilea.

En el comienzo de pascua hemos escuchado muchas veces la promesa: ¡id a Galilea, allí le encontraréis! (cf. Mc 14, 28; 16, 7), que también había repetido el evangelio de Mateo (cf. Mt 16, 32 y 28, 7-10). Todo el evangelio de Mc se encontraba construido sobre esa certeza: los discípulos han ido encontrando al Jesús de la pascua en el camino de su seguimiento en Galilea. Pero sólo Mt 28, 16-20 ha narrado de forma especial esa aparición de Jesús resucitado en la tierra y montaña donde había expandido en vida su mensaje.

Esta es la aparición única y universal de Jesús según Mateo, una “ascensión” que no es subida a otro cielo, sino presencia en esta tierra, hasta el final de los tiempos. Esta “aparición” (que es presencia) tiene valor definitivo: no termina, perdura para siempre. Ella sigue, no ha tenido ni tendrá fin, hasta el día en que acabe la historia. Eso significa que el tiempo de los hombres (discípulos del Cristo) está marcado por la permanencia y frutos de esa gran visión que funda toda su existencia.

Sabíamos por Mc 16, 7 y Mt 28, 7.10 que los discípulos del Cristo debían dirigirse a Galilea, para encontrar en plenitud al Señor resucitado. Galilea significa vuelta hacia el pasado de la historia de Jesús: allí se escucha su palabra, allí se cumple su mensaje. Pero, al mismo tiempo, Galilea es como punto de partida de un camino que debe dirigirse ya al conjunto de los hombres.

Esta elección de Galilea puede resultar extraña para un buen judío, pues va en contra de las expectativas de la historia oficial israelita: según esa esperanza, el reino ha de irrumpir en la ciudad de las promesas (Jerusalén); allí se expresará triunfante el rey mesías, elevando su trono sobre el mundo. Lógicamente, para resaltar la continuidad con Israel, el evangelio de Lc y, en algún sentido, Jn han situado las apariciones de Jesús y el comienzo de la iglesia en Jerusalén. De allí deben salir los discípulos del Cristo, llevando su mensaje a las naciones de la tierra. Pues bien, rompiendo esa visión, Marcos y Mateo han colocado la experiencia pascual en Galilea, para iniciar desde allí el camino del reino.

Esta elección de Galilea es, por lo menos, muy provocativa: ella supone que tenemos que dejar de lado la esperanza propia de Israel, centrada en pueblo y templo. De esa forma abandonamos las promesas que están relacionadas con el triunfo nacional del pueblo santo; en contra de lo que parecen decir algunas profecías, el nuevo reino empieza a revelarse en Galilea. Así, desde la oscura provincia de Jesús se expandirá un camino salvador universal que está fundado en la experiencia de su pascua.

Montaña de pascua, montaña de Ascensión (es decir, de Presencia).

Mc 16, 7 había dicho que Jesús os precede a Galilea, el nuevo centro de la historia salvadora, para iniciar desde allí su camino de expansión universal. Mt 28, 7.10 repetía el mismo dato. Pues bien, cuando narra el cumplimiento de esa palabra, el evangelio ha introducido un rasgo nuevo: dice que Jesús había convocado a sus creyentes sobre una montaña (Mt 28, 16). En el centro de Galilea se eleva la montaña de la nueva y definitiva revelación de Dios en Jesucristo; esa montaña es corazón y centro permanente de la tierra.

Recordemos el valor de las montañas como espacios de revelación en las viejas tradiciones de los pueblos y en el mismo Antiguo Testamento (Sinaí). Mateo ha destacado el tema al situar el gran mensaje de Jesús sobre un lugar que llama la montaña (Mt 5, 1). Pues bien, reasumiendo el valor de aquel pasaje y del lugar donde Jesús ha vivido la experiencia pascual de la transfiguración (Mt 17, 1-8; cf Mc 9, 2-8), nuestro texto afirma que los discípulos hallaron a Jesús en la montaña del mandato de Jesús, en Galilea (28, 16).

No hace falta precisarla. Esa montaña es el nuevo y conclusivo Sinaí de la Biblia: es lugar y signo de revelación de Dios para los hombres, esta montaña es el mismo Cristo. Como verdadero y nuevo pueblo israelita, el grupo de los seguidores de Jesús, dirigido por las mujeres que llevan el anuncio, ha subido a la altura de Dios, para encontrar allí al Señor pascual. Esta ha sido la peregrinación definitiva, el gran ascenso que define y discierne la historia de los hombres.
Aquí acaba todo, para empezar de nuevo todo, en forma renovada. El camino de Jesús, culminación de la historia israelita, ha venido a desembocar en este gran ascenso. Intentemos fijar la imaginación: un grupo de discípulos van subiendo y subiendo. Se han liberado de todo; han dejado que el mundo quede a sus pies, se vaya perdiendo allí abajo. Conforme a la palabra de Jesús, guiados por la experiencia y ministerio de unas mujeres, ellos van subiendo, en gesto que condensa y culmina nuestra historia.

Esta es montaña de siempre: es el monte de los viejos recuerdos de Israel (el Sinaí), puede ser también la sede del misterio que han soñado muchos pueblos. Pero es, al mismo tiempo, montaña del mensaje y fidelidad de Jesús hacia los pobres (bienaventuranzas y sermón de Mt 5-7). Saliendo del sepulcro vacío, dirigidos por mujeres, suben allí todos los discípulos.

El Señor de la montaña.

Los viejos mitos dicen que Dios mora en las alturas. Sobre el Sinaí tronaba el Dios israelita. Pues bien, cuando sus creyentes suben al monte nuevo de la revelación pascual , los discípulos encuentran al Cristo resucitado.
Jesús no tiene que aparecerse: espera allí, les está aguardando, para mostrarles la verdad y plenitud de amor sobre la tierra. Allí se les muestra como Señor universal. Allí les encomienda su tarea y les ofrece su promesa:

Los Once discípulos fueron a Galilea,  a la Montaña que les había mandado Jesús. Y viéndole le adoraron, aunque algunos dudaban. Y Jesús, adelantándose a ellos, les habló diciendo:
-Se me ha dado todo poder en el cielo y sobre la tierra; id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los tiempos (28, 16-20).

La experiencia pascual se interpreta, según eso, como extensión de la gran soberanía de Dios, una soberanía que es libertad y amor universal. Los hombres se encontraban antes ciegos. Los mismos discípulos del Cristo se hallaban confundidos: no encontraban el misterio de Dios en Jesucristo. Ahora, en cambio, ellos descubren la verdad de Dios y adoran al Señor resucitado.

La pascua es, por lo tanto, un misterio teológico: es la manifestación plena de Jesús como Señor, Hijo de Dios resucitado (en la línea de lo que ha dicho Pablo en Rom 1, 3-4).

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Ascensión: el cielo de Jesús es la vida de los hombres. La ascensión en los evangelios de Mateo y Lucas

domingo, 2 de junio de 2019
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01-Del blog de Xabier Pikaza:

Ayer presenté el tema de la Ascensión de Jesús desde el evangelio de Mateo. Hoy quiero completar su texto con el de Lucas (tomando elementos y reflexiones de mi Diccionario de la Biblia y de las 40 Palabras originarias de Jesús, cf. Imagen). Tres son las ideas que desarrollo en lo que sigue:

  1. Jesús sube al cielo… Eso significa que se introduce de forma radical en la historia de los hombres, que son (somos) la gloria y cielo de Jesus.
  2. El cielo de Jesús en Mt 28 es la misión y presencia de sus discípulos en el mundo. Por eso, él les dice «estoy con vosotros todos los días» hasta la consumación de lo alto.
  3. El cielo de Jesús en Lc 24 y Hch 1 es la presencia de su vida (de su fuerza recreadora) en la misión de los discípulos… que recibirán así la fuerza del Alto (Dios), serán revestidos del Espíritu Santo.

1) Mateo 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y he aquí que yo soy/estoy yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

palabras-originales-para-entender-a-jesus-pikaza-xabierh-D_NQ_NP_948765-MLA29002255934_122018-QCon estas palabras culmina no sólo la revelación pascual de Jesús a sus discípulos (Mt 28, 16-20), sino todo el evangelio de Mateo, entendido como nueva ley cristiana. Conforme a los relatos de Lucas (Lc 24, 44-53 y Hch 1, 1-14), Jesús se manifestó durante cuarenta días de Pascua a sus discípulos, tras su resurrección, para después “elevarse al cielo”, visiblemente, desde el Monte de los Olivos (junto a Jerusalén), prometiéndoles la venida del Espíritu Santo, que les transformaría, haciéndoles capaces de anunciar el evangelio en todo el mundo. Pero aquí, según el evangelio de Mateo, Jesús se despide de sus discípulos desde el monte de Galilea, enviándoles al mundo entero y quedándose con ellos.

 A diferencia de Lucas, Mateo afirma que Jesús se apareció a sus discípulos en el Monte de Galilea (no en Jerusalén), para transmitirles su encargo definitivo de misión, diciéndoles al fin que no se iba, sino que se quedaba con ellos para siempre. Estamos pues ante dos montes y dos perspectivas distintas: en un caso ante un monte concreto del entorno de Jerusalén, en el otro ante “el Monte” de Galilea. En un caso, ante un tipo de “marcha” de Jesús (a quien sustituye el Espíritu Santo, enviado por Dios); en el otro, ante una presencia distinta de Jesús, que así aparece como “Dios con nosotros”.

En este contexto se marca, mejor que en ningún otro, el carácter simbólico y plural del único testimonio de Jesús. Ni Mateo ni Lucas exponen de manera física aquello que pasó en cada caso, sino el sentido y actualidad de lo sucedido, desde una perspectiva de catequesis posterior de las comunidades. Ambos están convencidos de que Jesús murió y resucitó, apareciéndose a sus discípulos (como afirma Pablo en su testimonio más antiguo: 1 Cor 15, 3-9); pero después interpretan el sentido más profundo de su Pascua y de sus apariciones desde la perspectiva de su propia iglesia.

Estas palabras finales de Mateo retoman y llevan a su cumplimiento el sentido del pasaje central de la Anunciación (Mt 1, 18-25; cf. tema 1), y todo el evangelio de Mateo, que define a Jesús como Dios con nosotros (meth’êmôn ho Theos, 1, 23, con cita de Is 7, 14), de manera que le dan así el hombre de ‘immanu-el. Pues bien, este “Dios con nosotros” ha sido y sigue siendo el protagonista o «sujeto» de la historia/biografía de Mateo, y de la confesión de fe cristiana.

El enviado de Dios no es un Logos eterno y externo, separado de la historia, sino el mismo Jesús que nace, vive y muere entre los hombres, de tal forma que sólo así, en su vida entera, podemos llamarle Cristo, Señor, Hijo de Dios. Por otra parte, este Jesús, Dios-con-los-hombres, aparece radicalmente unido al Padre Dios, pues nadie conoce al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo… (Mt 11, 27). Jesús se muestra así como Hijo de Dios, y de esa forma empieza diciendo en este pasaje  se me ha dado, es decir,  edothê moi, que en su forma de pasivo divino significa Dios me ha dado.

 El evangelio de Mateo termina así con una confesión monoteísta, pero de tipo mesiánico: Por eso en la raíz de las palabras de Jesús no está el “yo” (ni un yo de él, ni de Dios), sino el “pasivo divino”, se me ha dado, en la línea de Mt 11, 27, donde el mismo Jesús confesaba “todo me lo ha dado mi Padre”. Pero hay una diferencia: La palabra de Jesús en Mt 11, 27 podía parecer “eterna” (intemporal), sin necesidad de historia (nadie conoce al Padre, sino el Hijo…). Por el contrario, esta nueva palabra (edothê: se me ha dado) ha de verse como final de un proceso histórico, centrado en la cruz y en la pascua, dentro de eso que pudiéramos llamar la historia divina de Jesús.

            Esta palabra “se me ha dado” traza la más honda confesión monoteísta, en línea israelita. Jesús no quiere usurpar el lugar de Dios, ni disputarle su poder, sino que lo recibe y acoge agradecido, diciendo “todo se me ha dado”. En esa línea, su resurrección viene a mostrarse como su más hondo nacimiento “mesiánico”. Sólo después de haber entregado su vida en manos de Dios, perdiéndola en un sentido (sin dejar nada para sí), Jesús puede decir y dice “todo se me ha dado”, no sólo mi “yo” (lo que soy) sino todas las cosas del cielo y de la tierra.

            Dios Padre le ha dado a Jesús todo poder (pasa exousia), que es la autoridad de regularlo todo y de esa forma organizarlo. Le ha dado no sólo el ser (ousia) como algo abstracto y separado, sino la capacidad activa de expandirse, de expresarse (exousia): Le ha dado un ser que actúa, que se expande y manifiesta, no en gesto de dominio impositivo, sino de creación, de despliegue vital.

Ésta una expresión clave del pensamiento hebreo, que no significa “dominar”, como derecho de usar y de abusar (ius utendi et abutendi), sino más bien “organizar, regular”, a fin de que todos (todas las cosas) tengan un sentido, un lugar en el conjunto donde se hallen amparadas. Ésta es una autoridad de pacto, en la línea del “yo estoy con vosotros”, no para suplantaros ni para imponerme desde arriba, sino para compartir todos los que somos.

 De esa autoridad que Dios ha concedido a Jesús deriva todo lo que existe, la misma creación de cielo y tierra, como indican los textos que hablan de su función creadora/mediadora (desde Jn 1, 1-18 hasta Hbr 1, 1-3, pasando por Col 1, 15-20). Ese poder de Jesús tiene aquí un sentido histórico: El mediador entre Dios y los hombres es el mismo Jesús crucificado, que ha buscado siempre un lugar para todos, partiendo de los más pobres. Con estas palabras ( egô meth’hymôn eimi, yo soy/estoy con vosotros) culmina en Mateo la biografía mesiánica de Jesús.

 Sólo en este momento final Jesús puede decir y dice yo (egô), de un modo enfático, presentándose así como el “yo humano”, o mejor dicho el yo pascual de Dios. Este “yo” de Jesús es un yo-conmeth’ hymôn), es decir, un yo-pacto. No un yo-frente y sobre el mundo (yo puedo), ni un yo-razonante cartesiano (pienso, luego soy), ni un yo-conquistador (domino y por eso existo), ni un yo-voluntad de poder (F. Nietzsche), ni un yo abandonado, arrojado en el mundo (M. Heidegger), sino un yo-alianza (ser-con) que puede vincular y vincula a los hombres abriendo para ellos y con ellos un pacto definitivo, que se extiende a todos los pueblos hasta la consumación del tiempo (synteleia tou aiônos: 28, 20; cf. 13, 39. 40; 24, 3), hasta el fin de este ‘olam   es decir, hasta que el mismo eón  actual acabe y sea sólo Dios, todo en todos (1 Cor 15, 28).

 2) Lucas 24, 46-52

 250px-Ascensio_Jerusalem El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto. Después les hizo salir hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.

 Cristo sube al cielo… (es decir, se hace presente de forma nueva en los hombres, a los que reviste el poder de lo alto…)

Al final de su trayecto, según Mt 28, 18-20, Jesús enviaba a sus discípulos al mundo entero, desde la montaña de Galilea, prometiéndoles que estaría presente con ellos hasta el fin de los tiempos. Lucas, en cambio, supone que Jesús se despidió de sus discípulos cerca de Jerusalén, precisamente en el Monte de los Olivos por donde, según la tradición de Zac 14, 4, debía volver el mismo Dios (o su Mesías) para instaurar el Reino sobre el mundo. Allí les prometió la presencia del Espíritu, mostrando así que él mismo vendrá de otra manera. Leer más…

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Ascensión y entronización de Jesús. Fiesta de la Ascensión. Ciclo C.

domingo, 2 de junio de 2019
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Ascensión2.Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Un peligro que conviene evitar

            En los años anteriores, para no alargarme, omití comentar la segunda lectura, la carta a los efesios. Un grave error, porque es precisamente ella la que da el sentido de la fiesta. Lo que celebramos hoy no termina con una nube que oculta a Jesús mientras sube al cielo. La fiesta culmina con la entronización de Jesús a la derecha de Dios, que le somete toda la creación bajo sus pies.

Una sola cadena de televisión con dos visiones muy distintas

            Los dos textos principales de la misa de hoy (Hechos de los Apóstoles y evangelio de Lucas) se prestan a una interpretación muy simplista, como si el monte de los Olivos fuese una especie de Cabo Cañaveral desde el que Jesús sube al cielo como un cohete. Cualquier cadena de televisión que hubiera filmado el acontecimiento habría ofrecido la misma noticia, aunque hubiera variado el encuadre de las cámaras.

            En este caso solo hay presente una cadena de televisión: la de Lucas. Los otros evangelistas no cuentan la noticia. Pero Lucas ha elaborado dos programas sobre la Ascensión, uno en el evangelio y otro en los Hechos, y cuenta lo ocurrido de manera muy distinta, con notables diferencias. Eso demuestra que para él lo importante no es el hecho histórico sino el mensaje que desea transmitir. Tanto el evangelio como Hechos podemos dividirlos en dos partes: las palabras de despedida de Jesús y la ascensión. Para no alargarme, omito la introducción al libro de los Hechos.

Palabras de despedida de Jesús

            En el evangelio, Jesús dice a los discípulos que su pasión, muerte y resurrección estaban anunciadas en las Escrituras (“Así estaba escrito” se refiere a los libros atribuidos a Moisés y los profetas). Por consiguiente, lo ocurrido no debe escandalizarlos ni hacerles perder la fe. Todo lo contrario: deben predicar la penitencia y el perdón a todos los pueblos. Para llevar a cabo esa misión necesitan la fuerza del Espíritu Santo, que deben esperar en Jerusalén.

«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»

            En el libro de los Hechos se repite lo esencial, esperar al Espíritu Santo, pero se añaden dos temas: la preocupación política de los discípulos y la idea de ser testigos de Jesús en todo el mundo (cosa que en el evangelio sólo se insinuaba).

            Una vez que comían juntos, les recomendó:

            – «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» 

            Ellos lo rodearon preguntándole:

            – «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

            Jesús contestó:

            – «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»

La ascensión: dos relatos muy distintos

            Versión del evangelio

Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

            Versión de Hechos

Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: – «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.» 

   ü  En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).
ü  En Hechos una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).
ü  En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).
ü  En Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco que les anuncian la segunda venida de Jesús. El evangelio no dice nada de esto.
ü  La vuelta a Jerusalén, donde están siempre en el templo alabando a Dios (Evangelio), coincide en parte con lo que cuentan los Hechos: en Jerusalén permanecen en oración “con María, la madre de Jesús”. (Pero esto no se lee).

            Dadas estas diferencias, queda claro que Lucas no pretende contar lo ocurrido con toda fidelidad. Más bien está invitando al lector a prescindir de los datos secundarios y fijarse en el mensaje que pretende transmitir. ¿Cuál es ese mensaje?

            La explicación hay que buscarla en la línea de la cultura clásica greco-romana, en la que se mueve Lucas y la comunidad para la que él escribe. También en ella hay casos de personajes que, después de su muerte, son glorificados de forma parecida a la de Jesús. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Estos ejemplos confirman que los relatos tan escuetos de Lucas no debemos interpretarlos al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús. El final largo del evangelio de Marcos subraya este aspecto al añadir que, después de la ascensión, Jesús “se sentó a la derecha de Dios”. Y esto es lo que afirma también la Carta a los efesios.

No Ascensión, sino entronización (2ª lectura: Ef 1,17-23)

           Entronización de Jesús3 La carta a los efesios no habla de la ascensión. Pasa directamente de la resurrección de Jesús al momento en que se sienta a la derecha de Dios y todo queda sometido bajo sus pies. Por desgracia, la parte final, que es la más relacionada con la fiesta, y la más clara, está precedida de una oración tan recargada que resulta confusa. La idea de fondo es clara: Dios nos ha concedido tantos favores y tan grandes (vocación, herencia prometida en el cielo, resurrección) que resulta difícil entenderlos y valorarlos. Igual que nos sentimos abrumados por la inmensidad del universo, no logramos comprender lo mucho que Dios ha hecho y hace con nosotros. Por eso pide “espíritu de sabiduría”, “conocimiento profundo”, que Dios “ilumine los ojos de vuestro corazón”. Y para aclarar la grandeza del poder que actúa en nosotros, habla del poder con que resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha, sometiendo todo bajo sus pies.

Hermanos que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría que os revele un conocimiento profundo de él; que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza de su llamada, cuál la riqueza de la gloria de su herencia otorgada a su pueblo y cuál la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, según la fuerza de su poderosa virtud, la que ejerció en Cristo resucitándolo de entre los muertos, sentándolo a su derecha en los cielos por encima de todo principado, potestad, autoridad, señorío y de todo lo que hay en este mundo y en el venidero; todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de la Iglesia por encima de todas las cosas; la Iglesia es su cuerpo, la plenitud de todo lo que existe.

Resumen

            Ante la ascensión no debemos tener sentimientos de tristeza, abandono o soledad, al estilo de la Oda de fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto…”). Como dice el evangelio, la marcha de Jesús debe provocar una gran alegría y el deseo de bendecir a Dios. Porque lo que celebramos es su triunfo, como demuestran los textos de la cultura greco-romana en los que se inspira Lucas y subraya la carta a los Efesios. Viene a la mente la imagen del acto de fin de carrera, cuando el estudiante recibe su diploma y la familia y amigos lo acompañan llenos de alegría.

            Al mismo tiempo, las palabras de despedida de Jesús nos recuerdan dos temas capitales: el don del Espíritu Santo, que celebraremos de modo especial el próximo domingo, y la misión “hasta el fin del mundo”. Aunque estas palabras se refieren ante todo a la misión de los apóstoles y misioneros, todos nosotros debemos ser testigos de Jesús en cualquier parte del mundo. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, y eso es lo que tenemos que pedir.

La ascensión en la cultura greco-romana.

            Por si a alguno le interesa, copio los textos clásicos.

Tito Livio a propósito de Rómulo: “Llevadas a cabo estas empresas inmortales, en una ocasión en que asistía a una concentración para pasar revista a las tropas en un campo junto a la laguna de la Cabra [campo de Marte], se desató de golpe una tempestad con gran fragor de truenos y envolvió al rey en una nube tan densa que los reunidos no podían verlo; después, ya no reapareció Rómulo sobre la tierra…. Según los senadores que estaban de pie a su lado, había sido arrebatado a las alturas por la tempestad. Luego, todos a la vez saludan a Rómulo como dios hijo de un dios, rey y padre de la ciudad de Roma. Tengo entendido que no faltaron tampoco quienes, en voz baja, sostenían que el rey había sido despedazado por los senadores con sus propias manos, pues también esta versión circuló, aunque muy soterrada; la otra versión fue consagrada por la admiración hacia aquel personaje y por el miedo que se dejaba sentir.

Le añadió además credibilidad, dicen, la habilidad de un solo individuo. Próculo Julio, hombre de peso según dicen, aunque avalase un acontecimiento fuera de lo común, se presenta a los reunidos y dice: “Quirites, Rómulo, padre de esta ciudad, al rayar hoy el alba ha descendido repentinamente del cielo y se me ha aparecido. Al ponerme en pie, sobrecogido de temor, dispuesto a venerarlo, rogándole que me fuese permitido mirarle cara a cara, me ha dicho: ‘Ve y anuncia a los romanos que es voluntad de los dioses que mi Roma sea la capital del orbe; que practiquen por consiguiente el arte militar; que sepan, y así lo transmitan a sus descendientes, que ningún poder humano puede resistir a las armas romanas.’ Dicho esto -dijo-, desapareció por los aires.» Es sorprendente el crédito tan grande que se dio a aquel hombre al hacer esta comunicación y lo que se mitigó, entre el pueblo y el ejército, la añoranza de Rómulo con la creencia en su inmortalidad” (Ab urbe condita 1,16).

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad…” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un expretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno» (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

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Septimo Domingo de Pascua, la Ascensión. Ciclo C

domingo, 2 de junio de 2019
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7La-Ascensión

“…el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día

y en su nombre se predicará la conversión

y el perdón de los pecados a todos los pueblos,…”

(Lc 24, 46-53)

 

Jesús, en el momento de la ascensión a los cielos, nos deja como herencia o legado sus propio ministerio, su servicio.

Tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos encontramos que Jesús comienza su predicación con un anuncio: “Se ha cumplido el plazo y está llegando el reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1, 15). “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 4, 17).

Lucas, sin embargo, coloca este anuncio en labios del Resucitado. Aquello que había sido la vida y el anuncio del Maestro se convierte ahora en la misión de los discípulos.

Nuestra tarea es anunciar, el mensaje es claro: llega el tiempo del perdón. Y el único requisito es abrirse a él, o dicho de otra manera: convertirse.

Es una pena que hayamos hecho de la conversión algo tan oscuro y pesado. La palabra conversión la tenemos asociada a la cuaresma, a la penitencia, al combate… prácticamente al castigo. ¡Y nada de eso! La conversión nos abre al Perdón. Convertirnos es decir sí a Dios. Convertirnos es decir sí a lo que ya somos: bondad y amor, aunque a veces no lo veamos a simple vista.

Nos hemos engañado pensando que “convertirse” significa ser personas pluscuamperfectas ajenas a nosotras mismas, ¡nada de eso! Cada ser humano lleva dentro de si esa semilla divina que le hace SER.Ya somos bondad y amor. Y convertirse significa reconocerlo. Reconocer nuestra semejanza con Dios y empezar a vivir desde ella.

Oración

Trinidad Santa, danos fuerza, en este día de la Ascensión, para llevar el mensaje de Jesús allá donde vayamos. Que nuestras vidas hablen de tu entrañable perdón y de la Vida abundante que nace de la resurrección de Jesús.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Jesús llegó a lo más alto durante su vida, no después.

domingo, 2 de junio de 2019
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asencion01Lc 24,46-53

Empezamos con la oración de Pablo. “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de revelación para conocerlo; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama…” No pide inteligencia, sino espíritu de revelación. No pide una visión sensorial ni racional sino que ilumine los “ojos” del corazón. El verdadero conocimiento no viene de fuera, sino de la experiencia interior. Ni teología, ni normas morales, ni ritos sirven de nada si no nos llevan a la experiencia interior.

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La ascensión es una fiesta de transición que intenta recopilar todo lo que hemos celebrado desde el Viernes Santo. La mejor prueba de esto es que Lc, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprender el lenguaje que la liturgia utiliza para referirse a esta celebración, es necesario tener en cuenta la manera mítica de entender el mundo en aquella época y posteriores, muy distinta de la nuestra.

El mundo dividido en tres estadios: el superior, habitado por la divinidad. El del medio era la realidad terrena en la que vivimos. El abismo del maligno. La encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso, después tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a su lugar de origen.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Si no intentamos cambiar la mente, estaremos transmitiendo conceptos que hoy no podemos comprender. Una cosa fue la predicación de Jesús y otra la tarea de la comunidad, después de la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo encontrar la manera de trasmitir lo que había experimentado. Tenemos que continuar esa obra, transmitir el mensaje, acomodándolo a nuestra cultura.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu… apuntan a una misma realidad pascual. Con cada uno de esos aspectos se intenta expresar la vivencia de pascua: El final de “este Hombre” Jesús no fue la muerte sino la Vida. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sola imagen, por eso tenemos que desdoblarlo para ir analizándolo por partes y poder digerirlo. Con todo lo que venimos diciendo durante el tiempo pascual, debe estar ya muy claro que después de la muerte no pasó nada en Jesús.

Una vez muerto pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. Todo “sucedió” como un chispazo que dura toda la eternidad. El don total de sí mismo es la identificación total con Dios y por tanto su total y definitiva gloria. No va más. En los discípulos sí sucedió algo. La experiencia de resurrección sí fue constatable. Sin esa experiencia, que no sucedió en un momento determinado, sino que fue un proceso que duró muchos años, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Una cosa es la verdad que se quiere trasmitir y otra los conceptos con los que intentamos expresarla. No estamos celebrando un hecho que sucedió hace 2000 años. Celebramos un acontecimiento que se está dando en este momento. Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, son tiempos teológicos. Lc, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En cambio, en los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos.

Solo Lc al final de su evangelio y al comienzo de los “Hechos”, narra la ascensión como un fenómeno externo. Si los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los apóstoles. Esa constatación de la presencia de Dios, primero en Jesús y luego en los discípulos, es la clave de todo el misterio pascual y la clave para entender la fiesta que estamos celebrando.

El cielo, en todo el AT, no significa un lugar físico, sino una manera de designar la divinidad sin nombrarla. Así, unos evangelistas hablan del “Reino de los cielos” y otros del “Reino de Dios”. Solo con esto, tendríamos una buena pista para no caer en la tentación de entenderlo materialmente. Es lamentable que sigamos hablando de un lugar donde se encuentra la corte celestial. Podemos seguir diciendo “Padre nuestro que estás en los cielos”. Podemos seguir diciendo que se sentó a la derecha de Dios, pero sin entenderlo literalmente.

Hasta el s. V no se celebró la Ascensión. Se consideraba que la resurrección llevaba consigo la glorificación. Ya hemos dicho que, en los primeros indicios escritos que han llegado hasta nosotros de la cristología pascual, está expresada como “exaltación y glorificación”. Antes de hablar de resurrección se habló de glorificación. Esto explica la manera de hablar de ella en Lc. Lo importante del mensaje pascual es que el mismo Jesús, que vivió con los discípulos, es el que llegó a lo más alto. Llegó a la meta. Alcanzó la identificación total con Dios.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Se trata de descubrir que la posesión de la Vida por parte de Jesús es total. Participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos. Hoy tenemos otro ejemplo de cómo, intentando explicar una realidad espiritual, la complicamos más. Resucitar no es volver a la vida biológica sino volver al Padre. “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre”.

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. Pero teniendo en cuenta que nuestro punto de partida es también, como en el caso de Jesús, el mismo Dios. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Esa ascensión no puedo hacerla a costa de los demás, sino sirviendo a todos. Pasando por encima de los demás, no asciendo sino que desciendo. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo de mi ser. El que más bajó, es el que más alto ha subido.

El entender la subida como física es una trampa muy atrayente. Los dirigentes judíos prefirieron un Jesús muerto. Nosotros preferimos un Jesús en el cielo. En ambos casos sería una estratagema para quitarlo del medio. Descubrirlo dentro de mí y en los demás, como nos decía el domingo pasado, sería demasiado exigente. Mucho más cómodo es seguir mirando al cielo… y no sentirnos implicados en lo que está pasando a nuestro alrededor.

En lo que hemos leído se encuentran todos los elementos de los relatos pascuales: el reconocimiento; la alusión a la Escritura; la necesidad de Espíritu; la obligación de ser testigos; la conexión con la misión. Se contrapone la Escritura que funcionó hasta aquel momento y el Espíritu que funcionará en adelante. Jesús fue ungido por el Espíritu para llevar a cabo su obra. Los discípulos son revestidos del Espíritu para llevar a cabo la suya.

Meditación

El espíritu es una energía vital que nos transforma.
Es el “nacer de nuevo” de Jesús a Nicodemo.
No se trata de un mayor “conocimiento” intelectual.
No es la mente la que debe iluminarse, sino el “corazón”.
Aquí está la verdadera batalla
para nosotros los occidentales cartesianos.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Algo de comer

domingo, 2 de junio de 2019
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4399_ar2124f1“El pueblo pasa hambre porque sus superiores consumen en exceso sobre lo que recaudan” (Lao Tzu) 

2 de junio. DOMINGO VII de PASCUA

Sal 46

“Ascendió Dios entre aclamaciones,

el Señor a toque de trompeta,

tañed para Dios, tañed”

Lc 24, 42-53

Y Jesús dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?

Compadecerse de todos. Dice Ramana Maharshi en La Filosofía de la existencia:

Como nuestro mayor amor está dirigido hacia nosotros mismos, la doctrina de la no-dualidad, de que todos los seres son en esencia el Ser uno, nos proporciona una base racional para sentir amor y compasión hacia todos los demás seres. Este es el significado más profundo y exotérico del mandamiento de Cristo “Ama al prójimo como a ti mismo”. No somos individuos y seres separados. Sólo hay un Ser eterno infinito que es inmortal en todos”.

Y se demuestra el amor al prójimo, no tanto en las palabras cuanto en los actos. Como hizo Jesús, y como han hecho tantos otros. Éste el único Dios al que vale la pena escuchar y seguir, y el triunfo único en cuyo logro vale la pena embarcarse.

En la composición Salmo 46, 3-5, Anton Bruckner, compositor vienés de lujo, hace sonar trompetas y clarines: “Aunque bramen y se agiten sus aguas, / aunque tiemblen los montes con creciente enojo, / hay un río cuyas corrientes aguas / alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. / Dios está en medio de ella no será sacudida; / Dios la ayudará al romper el alba.

Clarines y trompetas, que hacen bajar de las nubes del cielo el maná y las perdices que apagaron el insaciable anhelo del pueblo judío en el desierto. ¿Qué orquesta del teatro del mundo, hará sonar hoy en el hambriento de comida y de ideas, las voces que saciarán estómago y conciencia?

Cuando Jesús pregunta a sus discípulos si tienen algo de comer, nos lo pregunta a creyentes y no creyentes; no sólo, si tenemos pescados, sino si estamos dispuestos a darlos generosamente a quienes los necesitan: peces, redes para pescarlos, brasas donde asarlos, mesa donde comerlos, y un techo en el que acogerlos.

Entonces dejarán de sonar clarines y trompetas, no bramarán las aguas ni temblarán los montes, y habrá rocío de maná y perdices, y Dios ayudará a que el alba nos llegue como un supermercado. ¿Lo comprenderán los políticos? ¿Saldrán de la jaula en la que están encerrados? ¿Llegarán a convertir Congreso y Senado en foros donde se discutan y aprueben urgentemente leyes que resuelvan problemas tan transcendentalmente humanos? Únicamente desde ese instante empezarán a cumplirse las Obras de Misericordia Corporales: Visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, etc.

“El pueblo pasa hambre porque sus superiores consumen en exceso sobre lo que recaudan”. Lo anunció hace veintisiete siglos Lao Tzu, un sabio chino.

¿Y no serán también en cierto modo, las espirituales, corporales?

Posiblemente entonces se cumpla lo del Salmo:

“Ascendió Dios entre aclamaciones,
el Señor a toque de trompeta,
tañed para Dios, tañed”.

Mario Javier Peña Zambrano escribió este poema en Poemas del Alma

EL HAMBRE

Mi dulce niño que camina,
¿qué te ha hecho la injusticia
para que sufras, mi niño?
estás angustiado hambriento y con frío.

————————–

La razón humana culpable
-¡Oh! mi Dios perdón-
alimenta nuestro corazón
con alimentos distintos al egoísmos
prepotencias, del olvido que le
hemos arrebatado lo suyo
para que haya justicia entre todos
y construyamos un mundo equitativo
lleno de vida y esperanzas.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Adoración, alegría y bendición

domingo, 2 de junio de 2019
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porta-asc10[1]El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Lo que somos trasciende el espacio.

domingo, 2 de junio de 2019
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ascensionFestividad de la Ascensión

2 junio 2019

Lc 24, 46-53

Con ese texto concluye Lucas su evangelio (como es sabido, su relato continuará en la segunda parte de su obra, el libro de Los Hechos de los Apóstoles). Este final constituye un “cierre catequético”, que subraya algunas cuestiones que resultaban prioritarias para las primeras comunidades de discípulos.

Por un lado, necesitaban entender el significado de la muerte de Jesús que, para ellos, había supuesto, no solo una decepción dolorosa, sino un auténtico escándalo: ¿Cómo Dios había podido permitir la muerte de su Ungido? Lucas responde: “Estaba escrito” (en la Torá o libro sagrado del judaísmo). Como si quisiera decirles: no dudéis; todo obedecía a un plan divino.

Una segunda prioridad era la “misión” que debían asumir. Los discípulos son reconocidos como “testigos” y llamados a proclamar el anuncio del evangelio, comenzando –subraya expresamente Lucas– por “Jerusalén”, es decir, manteniendo las raíces del judaísmo de donde provenían.

En tercer lugar, les asegura la fuerza divina (“de lo alto”) que, en el libro de Los Hechos, personificará en la figura del Espíritu y escenificará con el relato de Pentecostés (Hech 2,1-13).

En cuarto lugar, alude a la “ascensión” (o “subida al cielo”), en un lenguaje mítico, que podía casar bien con la cosmovisión de la época que daba por sentado la existencia de tres planos o niveles en el espacio, pero que resulta inasumible con la cosmovisión contemporánea. Entre otras cosas, tal como es el universo, ¿dónde es “arriba” y dónde sería “abajo”?

Finalmente, el texto concluye subrayando dos actitudes típicamente lucanas: la alegría y la oración en el Templo.

Para advertir que se trata de un texto catequético es suficiente notar que el propio Lucas no tiene ningún reparo en contradecirse a sí mismo. Si hubiera tenido la pretensión de que el texto se hubiera aceptado en su literalidad, habría cuidado la contradicción manifiesta. Porque, mientras en el evangelio afirma que Jesús “sube al cielo” el mismo día de la resurrección (“el primer día de la semana”: Lc 24,1), en el comienzo del Libro de los Hechos escribe que Jesús se les apareció durante cuarenta días (Hech 1,3) hasta que “lo vieron elevarse” (Hech 1,9).

La imagen de la ascensión o “subida al cielo” es una metáfora para referirse a la glorificación de Jesús. El crucificado ha sido exaltado, el aparente fracaso era en realidad triunfo, la Vida ocupa el universo entero, transciende el espacio y el tiempo.

En ese sentido, la fiesta de la “ascensión” constituye la celebración de la Vida una, que el relato evangélico personaliza en Jesús de Nazaret pero que, en realidad, constituye una metáfora que nos alcanza a todos. Más allá de todas las circunstancias que acontezcan, la Vida se halla a salvo. Hay motivo para la alegría.

¿Me abro conscientemente a la Vida en mí y en todo lo que me rodea?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo. La Ascensión

domingo, 2 de junio de 2019
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3101A04D-0A69-4AE3-998A-FB9F2D5E69A4Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

La Ascensión dice el libro de los Hechos que “aconteció” a los cuarenta días de la Resurrección.

“Cuarenta” es uno de esos números que tienen un carácter simbólico.[1]

En la cultura bíblica (judía) “Cuarenta” se utilizaba para indiciar todo el tiempo necesario para que una tarea se realizara:

La cuestión no es, pues, si JesuCristo concluyó en Dios el viernes santo a primera hora de la tarde, el domingo de Pascua o a los cuarenta días. No es un tiempo material, cronológico, sino teológico expresado en un lenguaje simbólico. Se trata del recorrido, del proceso de cuarenta días o “cuarenta años”, el “tiempo necesario” que necesitaron aquellos primeros seguidores de Jesús para llegar a la fe en el Señor resucitado y a la esperanza en la vida definitiva.

No tengamos prisas ni precipitaciones históricas. Muchos de nuestros amigos y familiares, mucha gente en la sociedad no ha llegado a la fe y nosotros “andamos como podemos”. Calma. No saquemos el “séptimo de caballería” ni atronemos o excomulguemos al personal para nada.

Por cierto, a mis “cuarenta” años, ¿disfruto de la fe y de la alegría del Señor?

        el cielo no es un lugar espacial

La Ascensión de Jesús no fue un marcharse de Jesús desde “cabo Cañaveral” a alguna zona lejana del cosmos, a alguna parte en algún astro lejano, sino que la Ascensión significa que Jesús, todo el asunto JesuCristo, es decir: él y nosotros hemos sido asumidos en el ser mismo de Dios. La Ascensión de Jesús no fue un viaje a las estrellas, sino un entrar en el misterio de Dios.

        Como en tantas realidades humano-cristianas, nos falta, no podemos poner imagen a estas cosas: cómo será la resurrección, la Ascensión, cómo es Dios, cómo viven nuestros mayores. No sabemos, nos faltan datos concretos (“fenomenología”). No sabemos pero creemos y esperamos, que es otro modo de conocer y entender la vida. Nos quedamos en una “sabia ignorancia, (docta ignorantia).

Decía Francisco en la audiencia del 26 de noviembre de 2014 que el cielo no es un lugar, sino un estado del alma en Dios.

        ¿Por qué no imaginar que la Ascensión es la profundidad de la serenidad, de la igualdad, de la felicidad? Siempre hay un nivel mayor de profundidad. Y al final de lo último es Dios.

Esta fiesta es de gran esperanza e impregna de esperanza toda nuestra existencia y nuestra historia.

        En la vida caminamos hacia nuestra finalización en Dios.

Vivir mirando la meta infunde ánimo, espíritu y coraje, pues en el fondo este es el sentido de la vida humana

        Caminamos hacia el punto final, hacia el horizonte, que es Cristo. Escrutar el horizonte es una actitud que llena la vida de sentido y esperanza.

La esperanza cristiana libera al ser humano de todo totalitarismo ideológico o religioso de hombres que pretendan construir por sí mismos el futuro. (G. Greshake)

Quien espera en el más allá, quien espera en el futuro de Dios, no es totalitario, sino que confía en el final que es el futuro de Dios y no tiene la presunción de construirlo por sí solo.

En situaciones de angustias y hundimientos personales es sano y sanante mirar esperanzadamente el futuro absoluto de Dios. En contextos totalitarios de tipo eclesiástico es liberador otear esperanzadamente la Ascensión, el cielo.

        La esperanza en el futuro es la alegría y el sentido del presente. Lo que esperamos ilumina el momento presente. Y el futuro absoluto no lo posee ni confiere nadie humano: ni político, ni obispo, ni banquero, porque el futuro absoluto es Dios. El lugar del hombre es Dios.

Creemos y esperamos en la Ascensión y por eso, “miramos al cielo” con nostalgia infinita, con ojos limpios por la esperanza y sin intereses. Y porque miramos al cielo y al futuro absoluto, no nos quedamos en las mediaciones políticas ni eclesiásticas, ni vivimos en “babia”, alelados en espiritualismos eclesiásticos, prepotencias políticas, dominios económicos.

Porque creemos en la Ascensión, esperamos firmemente el futuro, el futuro de Dios, y trabajamos en esta historia. Porque miramos al cielo, vivimos y luchamos en la tierra. Porque esperamos el futuro, trabajamos por cambiar este presente.

        Una hermosa coincidencia (no pura casualidad):

        Bendecir significa decir bien en la vida, lo cual no significa meramente decir palabras y más palabras con ritos y más ritos, sino “estar bien y decir bien”. En la vida todo existe y existimos desde la Palabra creadora “bien dicha” por Dios, lo cual es bueno y hace bien. Cuando Dios habla, crea amablemente, dice bien y su Palabra es amable y valiosa.

Estamos llenos de maldiciones, de decir mal, de descalificaciones, de linchamientos personales, morales, de acepción de personas. Yeso no es bueno, ni hace bien a nadie.

La Ascensión nos habla de una creación originaria y de futuro “bien concluido” por JesuCristo para toda la humanidad.

Tal vez la fiesta de la Ascensión de este año entre nosotros pueda tener un color de encuentro, de sensatez, de respeto, de decir bien y libremente la fe, la vida,

Jesús se marchó.-como había vivido- Bendiciendo. Diciendo y haciendo bien.

Es un noble programa de vida: pasar por la vida diciendo bien y marcharnos dejando algo de bien.

Vosotros sois testigos de todo esto

[1] (Utilizamos también nosotros los números simbólicamente: “Te he dicho “mil” veces”/: en “tercera” y última convocatoria; / “4+3=1”, eres un “hamalau”; / 666: antiCristo, etc.)

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“No perder la identidad”. 5 Pascua – C (Juan 13,31-33a.34-35)

domingo, 19 de mayo de 2019
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05-PASC-CEs la víspera de su ejecución. Jesús está celebrando la última cena con los suyos. Acaba de lavar los pies a sus discípulos. Judas ha tomado ya su trágica decisión, y después de tomar el último bocado de manos de Jesús, se ha marchado a hacer su trabajo. Jesús dice en voz alta lo que todos están sintiendo: «Hijos míos, ya no estaré con vosotros por mucho tiempo».

Les habla con ternura. Quiere que queden grabados en su corazón sus últimos gestos y palabras. «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que os conocerán todos que sois mis discípulos será que os amáis unos a otros». Este es el testamento de Jesús.

Jesús habla de un «mandamiento nuevo». ¿Dónde está la novedad? La consigna de amar al prójimo está ya presente en la tradición bíblica. También los filósofos griegos hablan de filantropía y de amor a todo ser humano. La novedad está en la forma de amar propia de Jesús: «amaos como yo os he amado». Así se irá difundiendo a través de sus seguidores su estilo de amar.

Lo primero que los discípulos han experimentado es que Jesús los ha amado como a amigos: «No os llamo siervos… a vosotros os he llamado amigos». En la Iglesia nos hemos de querer sencillamente como amigos y amigas. Y entre amigos se cuida la igualdad, la cercanía y el apoyo mutuo. Nadie está por encima de nadie. Ningún amigo es señor de sus amigos.

Por eso, Jesús corta de raíz las ambiciones de sus discípulos cuando los ve discutiendo por ser los primeros. La búsqueda de protagonismos interesados rompe la amistad y la comunión. Jesús les recuerda su estilo: «no he venido a ser servido sino a servir». Entre amigos nadie se ha de imponer. Todos han de estar dispuestos a servir y colaborar.

Esta amistad vivida por los seguidores de Jesús no genera una comunidad cerrada. Al contrario, el clima cordial y amable que se vive entre ellos los dispone a acoger a quienes necesitan acogida y amistad. Jesús les ha enseñado a comer con pecadores y con gentes excluidas y despreciadas. Les ha reñido por apartar a los niños. En la comunidad de Jesús no estorban los pequeños sino los grandes.

Un día, Jesús llamó a los doce, puso a un niño en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». En la Iglesia querida por Jesús, los más pequeños, frágiles y vulnerables han de estar en el centro de la atención y los cuidados de todos.

José Antonio Pagola

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«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.». Domingo 24 de abril de 2016. 5º Domingo de Pascua

domingo, 19 de mayo de 2019
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30-pascuaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.
Apocalipsis 21, 1-5a: Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.
Juan 13, 31-33a. 34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización. Leer más…

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19.5.19 Dom 5 pascua: Como yo os he amado

domingo, 19 de mayo de 2019
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gay-amor_560x280Del blog de Xabier Pikaza:

Amaos los unos a los otros. El testamento de Cristo

De penitencia me puso que le quisiera

Os doy un mandamiento nuevo: que os queráis unos a otros,  como yo os he querido. La señal por la que todos conocerán que sois mis discípulos  será que os amáis unos a otros 

El Evangelio de Juan  describe a Jesús como un hombre de amor, alguien que sólo dejó a los suyos en herencia el amor. Poco parece el amor como herencia, para alguien que quieres dineros, pero en sentido profundo es todo

‒ Juan supone que Jesús ha amado a los suyos con amor de hombre (como Cristo encarnado) y con amor de Hijo eterno de Dios. Ciertamente, él amaba a todos (¡tanto amó Dios al mundo…!), pero su amor se ha centrado de un modo especial en una comunidad de amigos (amados) con los que ha formado una escuela y semillero de amor (centrado en la comunidad del Discípulo amado).

‒ La vida de Jesús es experiencia de amor encarnado en una comunidad de amantes… En este contexto queda velado el amor a los “enemigos” (propio del Sermón de la Montaña de Lc y Mt); no se niega, pero queda en un segundo plano. Juan ha puesto de relieve el amor de Jesús a su Iglesia, a su  “comunidad de iluminados en amor”, comunidad-semilla, para transformar el mundo por amor.

‒ Esto dice  dice a los suyos: “quereros  unos a otros… (como yo os he querido). No excluye a los enemigos, pero pone en primer plano queda la comunidad de amantes… De esa forma ha creado una comunidad de amor, que se expresa en forma de iglesia. Así puede decir a los suyos “amaos unos a otros como yo os he amado”[1].

1. Así lo había dicho Pablo desde la cárcel donde estaba detenido por amor

Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, 6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos (Ef 4, 1-4).

 Ésta es la experiencia básica de Pablo y de sus seguidores: todos los hombres y mujeres pueden unirse en amor, formando un cuerpo, por medio de la iglesia. Pablo supone que habían sido en otro tiempo como niños, separados, enfrentados, dominados por leyes diversas que les impedían vivir en libertad. Pero Dios envío a su propio Hijo, para liberar a los que estaban dominados por leyes de diverso tipo, para que pudieran volverse mayores y vivir en comunión de amor (cf. Gal 4, 4).

2. El amor es fin y meta de la historia humana

Ésta es la experiencia escatológica, la certeza de que han llegado los últimos tiempos, pues se ha revelado la verdad definitiva del amor,   pues la justicia de Dios se ha revelado de tal forma que por ella los hombres pueden vivir y reconciliarse  en amor(cf. Rom 1, 17; 2 Cor 5, 11-21).

Otros han conquistado imperios (como Alejandro Magno) o han fijado instituciones nacionales (como el Moisés de la tradición judía). Pablo ha realizado algo más hondo: basándose en Jesús, ha suscitado y dirigido iglesias, es decir, comunidades mesiánicas sin más principio de vida que el amor, unidas entre sí, abiertas a toda la humanidad. De esa forma ha logrado algo que parecía imposible: que unos hombres y mujeres de orígenes distintos (pecadores, excluidos de la sociedad honorable) puedan juntarse y convivir de un modo eficaz, sin más principio ni norma que la gracia, entendida como amor mutuo liberado.

3. Iglesia, «estado general» de amor

En perspectiva católica, siguiendo el testimonio de Pablo, la iglesia es, ante todo, un espacio de amor universal, donde en todos los rollos estás escrito simplemente «quereros»; un lugar donde hombres y mujeres pueden crecer y desarrollarse en amor, sin más asignatura ni obligación que esa «quereros».  

Iglesia, amor de esposo-esposaLa iglesia es una esposa mesiánica: «De tal forma amó Cristo a su iglesia que murió por ella, le ofreció su propia vida», como el hombre ama a la mujer, como el marido a la esposa querida (cf. Ef 5, 25 s). En esa línea se dice que los obispos o animadores de las comunidades asumen el lugar de Cristo y son «esposos» de su iglesia; por eso llevan una alianza como signo de compromiso de fidelidad y entrega. Pero la fuerza de ese amor han de vivirla de algún modo todos los cristianos, varones y mujeres, siendo esposos-esposas de la iglesia, viviendo dentro de ella en una relación de bodas  de Caná (cf Jn 2, 1-11).

 La iglesia es un grupo mesiánico, cuerpo del Cristo. En el amor matrimonial hay un momento, peculiarmente profundo, cuando los esposos se hacen un mismo cuerpo, compartiendo no sólo el pan, sino la misma vida (cf. Ef 5, 28s; con cita de Gen 2, 23-24). La iglesia es un cuerpo compartido, es ámbito de amor y plenitud mesiánica: no es algo que está fuera, que yo utilizo y dejo después, a conveniencia. La iglesia soy yo, siendo con otros: formando con ellos un solo cuerpo.

Las dos imágenes (de matrimonio y de cuerpo) se unen. En el lugar donde ellas se cruzan y fecundan emerge la peculiaridad y sentido del amor hacia la iglesia. Ella aparece frente a mí y dentro de mí, como un amigo, un campo de amor que me ofrece su cariño y que recibe mi cuidado. Su amor me descentra, me lleva a superar el narcisismo egoísta de mi propia búsqueda y me abre hacia los otros; pero, al mismo tiempo, siento que la iglesia se halla dentro de mí mismo….

4. Amor de Madre, de pastor, de amigo

Amor de madre.Los católicos llaman a la iglesia «santa madre»: en el seno de sus aguas bautismales reciben la existencia de creyentes. Con su palabra y sacramento, la iglesia les engendra en el camino de la fe y de la esperanza. Por eso, es un signo cercano de la dimensión materna de Dios, expresada particularmente en el Espí­ritu santo, amor que funda y sostiene a los creyentes. Así aparece como casa-materna: hogar donde los cristianos aprenden a ser y caminar. Por eso, muchos sienten nostalgia y quisieran tornar a las raíces de la madre, para vivir así en el seno de Dios que es el Espíritu, en el seno del que mana el agua de la vida

Pastores y ovejas, amigos. Siguiendo en la línea del evangelio de Juan (Jn 21), los cristianos aparecen con frecuencia como ovejas de un rebaño al que sus pastores deben amar, en gesto de entrega persona y de comunicación de la vida (cf. Jn 10). Pero el mismo texto sabe que pastores y ovejas de la iglesia son amigos que se conocen y se comunican, amigos que comparten la vida en transparencia (cf. Jn 10, 14 15, 15). Pastores y rebaño acaban siendo espacio de amor universal fundado en Cristo.

5.Fraternidad y amistad

(a) La iglesia es una fraternidad donde no hay más padre-madre que Dios, ni más pastor-dirigente que Cristo: «no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro maestro (Jesús) y todos vosotros sois hermanos; no llaméis a nadie Padre…, no llaméis a nadie jefe…» (cf. Mt 23, 8-12). Estas palabras expresan el misterio de una iglesia donde sólo se puede hablar de tres amores. Hay un amor de Dios, que es padre/madre de quien recibimos la existencia, en gesto agradecido. Hay un amor de Cristo, maestro o dirigente universal, porque ha entregado su vida por todos. Hay un amor fraterno, que define la vida de todos los hombres y mujeres de la iglesia, en gesto de diálogo. Eso significa que no pueden establecerse jerarquías paternas o doctrinales dentro de la iglesia, porque el único padre es Dios y el único maestro es Cristo. Esta experiencia de fraternidad universal define el cristianismo.

(b) La iglesia es amistad: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 12-17). También aquí aparece el Padre, como fuente de todo amor y Cristo, como principio del nuevo “mandato”, que es mandato de amor (2)

La iglesia ha de ofrecer un espacio donde hombres y mujeres pueden ser amados. Vivimos en un tiempo en que corremos el riesgo de no tener ya referencias de amor. Es como si nos halláramos solos, en un mundo que nos ha “arrojado” a la vida, para que podamos sobrevivir, cada uno según sus fuerzas. Pues bien, en ese contexto, el conjunto de la iglesia puede y debe presentarse como espacio donde hemos nacido en amor y en amor podemos crecer y ser personas. En ese sentido ha de ser mantenida y profundizada la autoridad de la iglesia, entendida como ámbito de surgimiento y maduración, es decir, como verdadera “auctoritas”: como aquello que nos permite crecer en amor, viviendo de esa forma sin miedo al futuro.

6. Iglesia, una fiesta de amor

Ella no es sólo una “madre” que nos permite crecer, sino un lugar en el que debemos comprometernos a cumplir la tarea humana del amor. En ese segundo momento, dentro de la iglesia, amar implica esforzarse por cumplir el evangelio. Sin un compromiso fuerte de amor a favor de los demás no hay iglesia. Pues bien, amar en la iglesia (desde la iglesia) supone entregarse por los pobres, decidirse por la justicia, abrir un campo de esperanza de reino entre los hombres.

Finalmente, amar en la iglesia significa participar en el misterio de su fiesta. El amor eclesial se celebra como agradecimiento personal y búsqueda confiada (orante) y experiencia de reino (celebración comunitaria).  Toda la tradición cristia­na sabe que el amor eclesial se concretiza en el servicio hacia los pobres. Pero esa misma tradición confiesa que el amor liberador, que continúa el gesto de la vida de Jesús, se celebra en la liturgia de su pascua, en la comunión y compromiso de la eucaristía. Leer más…

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Jesús y Dios. Jesús, nosotros y los otros. Domingo 5º de Pascua. Ciclo C

domingo, 19 de mayo de 2019
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Nueva-JerusalénDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Vi la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo…»

El domingo pasado leímos que las ovejas seguían al pastor. Hoy el pastor abandona temporalmente a su rebaño, dejándole un encargo de última hora. Las dos primeras lecturas hablan de las persecuciones presentes y de la gloria futura en la nueva Jerusalén.

Lectura del evangelio según san Juan 13, 31-33a. 34-35

El evangelio de hoy, tomado del discurso de Jesús durante la última cena, aborda brevemente dos temas: Jesús y Dios; Jesús, nosotros y los otros. En realidad, el texto del cuarto evangelio incluye entre estos dos temas un tercero: Jesús y los discípulos. Los responsables de la selección no desaprovecharon la ocasión de suprimirlo.

Jesús y Dios. (Puede extrañar que no escriba “Jesús y el Padre”, pero en esta primera parte Jesús usa tres veces la palabra “Dios” y nunca “Padre”.)

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Estamos en la noche del Jueves Santo. Judas acaba de salir del cenáculo para traicionar a Jesús y este pronuncia unas palabras desconcertantes. “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.”

            ¿Qué quiere decir Jesús? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

¿Qué es eso que ha ocurrido ahora y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda lo que dice la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará.

San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, anima al ejercitante, en momentos como este, a pedir la gracia de “alegrarse y gozarse de tanta alegría y gozo de Cristo nuestro Señor”. Algo fundamental, pero que podemos pasar por alto.

            Jesús, nosotros y los otros.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Esta parte, muy conocida, es fácil de entender y muy difícil de practicar. El amor al prójimo como a uno mismo es algo que está ya mandado en el libro del Levítico. La novedad consiste en amar “como yo os he amado”. La idea de que Jesús amaba solo a uno de los discípulos (“el discípulo amado”) no es exacta. Amaba a todos, y si a ellos les hubieran preguntado en aquel momento cómo les había amado Jesús dirían que eligiéndolos y soportándolos. Es mucho, pero hay una forma más grande de demostrar el amor: dando la vida por la persona a la que se quiere, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas.

Cabe el peligro de concluir: “Si Jesús nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarlo a él”. Sin embargo, el mandamiento nuevo no habla de amar a Jesús, sino de amarnos unos a otros. Esto supone un cambio importante con respecto al libro del Deuteronomio, donde el mandamiento principal es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Jesús, de forma casi polémica, omite la referencia a Dios y habla del amor al prójimo. Y lo mismo que a los israelitas se los reconocía por creer en un solo Dios dentro de un ambiente politeísta, a los cristianos se nos debe reconocer por amarnos unos a otros.

Sin embargo, cuando se conoce la historia de la Iglesia, queda claro que los cristianos nos distinguimos, más que por el amor mutuo, por la capacidad de pelearnos, no solo entre diversas confesiones, sino dentro de la misma. Curiosamente, la situación ha mejorado mucho entre las distintas confesiones, mientras los conflictos abundan dentro de la misma iglesia. Lo cual es comprensible. Es más fácil pelearse con el hermano que vive contigo que con el que ha formado su propia familia y está más lejos.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27           

El domingo pasado se leyó la actividad de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, y las dificultades que promovieron al final los judíos y algunas señoras importantes, obligándoles a huir de allí. Marchan entonces a Iconio, Listra y Derbe (el mapa ayuda a seguir el itinerario). Lo que allí ocurrió no se lee en la misa, pero es importante recordarlo brevemente para comprender la lectura de hoy (el que quiera puede leer el capítulo 14 de los Hechos, que es muy interesante).

En Iconio predican con bastante éxito, pero al final la gente se divide, algunos intentan apedrearlos y tienen que huir de nuevo.

            En Listra curan a un tullido y la gente los consideran dioses; ellos consiguen con dificultad que no les den culto. Pero vienen judíos de Antioquía e Iconio que ponen a la gente contra Pablo; lo apedrean y lo arrastran fuera de la ciudad dándolo por muerto. Los discípulos lo recogen y al día siguiente huye con Bernabé hacia Derbe.

En Derbe anuncian el evangelio y ganan bastantes discípulos. Allí no se dan persecuciones. Terminada la predicación, emprenden el viaje de vuelta a Antioquía de Siria (donde habían comenzado el viaje misionero), pasando por las mismas ciudades que ya habían evangelizado. Este viaje de vuelta es el tema de la lectura de hoy.

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.

En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

El viaje de vuelta, contado tan esquemáticamente, debió de durar, como mínimo, uno o dos meses. Pero Lucas no se detiene a contar con detalle lo ocurrido. Para él es más importante indicar la conducta de los apóstoles. En todas las comunidades hacen lo mismo durante la vuelta:

1) Confortar y exhortar a perseverar en la fe. “Confortar” es un verbo exclusivo de Hch (14,22; 15,41; 18,23) y siempre tiene por objeto a los discípulos o a las comunidades (no a individuos). ¿Cómo se conforta y exhorta? Advirtiéndoles de la realidad: “hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Igual que Pablo y Bernabé han tenido que sufrir para anunciar el evangelio; igual que Esteban fue apedreado hasta la muerte (Hch 11,19). Las persecuciones y tribulaciones forman parte esencial de la vida cristiana.

2) Designar responsables. Esta palabra griega, presbitérous, etimológicamente designa a los “ancianos”, pero en la práctica se aplica a los responsables de la comunidad y terminará adquiriendo un matiz muy concreto: sacerdote. Pero no es eso lo que designan los apóstoles, sino simples encargados de dirigir la comunidad, las asambleas litúrgicas, etc.

3) Celebrar liturgias de oración y ayuno, en las que encomiendan a la comunidad al Señor.

Finalmente, cuando llegan a Antioquía de Siria, pueden dar la gran noticia: Dios ha abierto a los paganos la puerta de la fe. Ha comenzado una etapa nueva en la historia de la iglesia y de la humanidad.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la segunda, del Apocalipsis, habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir.

 Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Todo lo hago nuevo.»

Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en las dos primeras lecturas: ahora mismo, la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap), pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

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V Domingo de Pascua. 19 mayo, 2019

domingo, 19 de mayo de 2019
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5-Do-PAscua

«La señal por la que os reconocerán como discípulos míos…»

(Jn 13, 31-35)

¿Qué otra cosa podemos querer cada uno de nosotros en el momento de la muerte que dejar como legado a nuestros seres queridos un deseo de amor y unidad entre ellos, para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestro grupo? Así, tan humano, se muestra Jesús en su última cena, en su última despedida: «amaos los unos a los otros».

Sin embargo da un paso más y nos invita a recibir nuestra identidad conscientemente y a trabajar por ser dignos, dignas, de llevarla encima. Se lo oí a un sacerdote en una homilía y mis oídos se estremecieron ante una afirmación tan rotunda y tan, he de  reconocerlo, profundamente verdadera. Dijo: «la señal de los cristianos no es la cruz sino el amor».

Como monja trinitaria la redención, el sentirme redimida, el saber a la humanidad redimida, forma parte de nuestra manera particular de vivir en la Iglesia. La cruz es un elemento clave porque nos recuerda que Cristo se entregó hasta la muerte por cada una de nosotras, por cada uno de nosotros.

Y a veces, es verdad, nos quedamos mirando las heridas que sangran y se nos pasa por alto el motivo, que no es el odio, ni la soledad, ni el abandono, el único motivo por el que Cristo está ahí clavado en la cruz es el amor. Tan fácil y tan complejo como amarnos a pesar de nuestras diferencias, a pesar de nuestras incomprensiones, a pesar de nuestros conflictos. Siempre, por encima, Jesús nos recuerda que ha de estar nuestro amor mutuo y que solo ese amor será la manera de reconocernos como hermanos, como hijos.

Hoy también es el día del amor.

Feliz día. Feliz domingo.

Oración

“Tú me conoces y me sondeas,
tú me amas y confías en que el amor será el motor de mi vida,
el amor que tú has puesto en mi corazón
para entregar a mi prójimo
porque si no amo a quien veo,
¿cómo podré amarte a ti, a quien no veo?”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Vida, Amor, Unidad forman una sola realidad.

domingo, 19 de mayo de 2019
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1405782261Jn 13, 31-35

El evangelio de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Jn; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús. No se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada del discurso.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata solo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: «solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz»; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida es el amor efectivo a todos los seres humanos.

La pregunta que debo hacerme hoy es: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita. La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia de verdades y en la celebración de unos ritos.

Seguimos presentando el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar es un acto de la voluntad, a quien solo mueve el bien. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser motivada. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó. Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, me tiene que llevar a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias.

Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos y su muerte está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria de Jesús. En el griego profano, “doxa” significaba simplemente opinión, fama. El “kabod” hebreo que traducen por doxa los LXX, significaba, por una parte, la trascendencia y la santidad de Dios que el hombre debe reconocer. Juan mantiene el sentido de “gloria” de Dios, que también atribuye al Hijo. Jesús en todas sus obras, manifiesta la “doxa” de Dios.

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta en los actos espectaculares de poder, sino en los actos que expresan el Amor-Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado. No se trata de fama y honor. Tampoco se trata de majestad, esplendor o poder. La gloria de la que habla Jn no es algo externo; está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor. Ni Dios ni Jesús después de morir, pueden recibir otra clase de gloria que amar como ellos aman.

Les llama Hijitos” (teknia) diminutivo de (tekna). En castellano el cariño se expresa mejor con el posesivo “hijitos míos”. Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento. Lo que Jesús pide a los suyos es un amor incondicional y a todos sin excepción. Todas las normas, todas las leyes tienen que orientarse a ese fin.

Igual que yo os he amado. El “igual que yo” no es solo comparativo, sino originante. Debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado. El Amor-Dios no se puede ver, pero se manifiesta en las obras. Es la señal de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, opuesto al antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos Alianzas. La antigua basada en una relación jurídica de toma y da acá. En la nueva, lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. “Un amor que responde a su amor”.

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada. Dios es puro don. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta egoísmo. El amar para que Dios me lo pague no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino al hombre.

Jesús se presenta como “el Hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán que sois discípulos míos. El amor que pide Jesús tiene que manifestarse en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos, o normas. El distintivo será el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

Que os améis unos a otros, se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero. No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor-Dios. Esto es imposible si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir, pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico, no es más que la manifestación de la unidad vivida.

Meditación

Amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia y manifestación de esta vivencia personal.
También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Don y revelación

domingo, 19 de mayo de 2019
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suenos-tierraLos árboles son santuarios. El que sabe hablarles, el que sabe escucharles, descubrirá la verdad  (Hermann Hesse)

19 de mayo. DOMINGO V DE PASCUA

Jn 13, 31-33ª 34-35

En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros (v35)

Mark Twain, escritor y orador estadounidense escribió obras tan interesantes como El príncipe y el mendigo y Diarios de Adán y Eva. En este último he leído la esta frase de Adán mientras, paseando por el Paraíso Terrenal, contemplaba con admiración las cataratas del Niágara: “Entonces tuve de pronto una brillante idea, a la que di rienda suelta diciendo: “Pero cuánto más maravilloso sería verla precipitarse hacia arriba”.

Personalmente, estas palabras tan imaginativas han despertado en mi mente la quizás igualmente descabellada idea de que este mandamiento nuevo de Jesús a sus discípulos, el amor de donación, debería llevarnos a poner también patas arriba el pensamiento rutinario de la visión vulgar de unas cataratas cayendo ritualmente hacia abajo.

Ya San Pablo señalaba tales dificultades cuando decía en 1 Corintios 12:“Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu…, a los demás, discernimiento de espíritus…”.

Todas estas formas de actuar nos llevarían un tejido social de notas y personas perfectamente polifónico, que aquellas ideas doloridas se transformaran en motores ayudaran a despegar en un velo ascendente hasta que el sol de la evidencia nos ayudara en el discernimiento paulino.

Como nos gustaría también que todas estas cosas sucedieran cuanto antes o si necesario fuera que los cristianos asistieran a tal alumbramiento, y estuvieran ausentes, solicitaríamos el milagro que pidió Ana Comnena, esposa de emperador Alejo I, puesto que su marido estaba lejos en el campo de batalla y deseaba que asistiera al parto. Cuando su madre Irene Ducas estaba a punto de traerla al mundo, y para dar tiempo a que llegara el padre, hizo la señal de la cruz sobre su vientre, pidiéndole su hija que esperase a nacer hasta que Alejo regresara. Se presentó a los dos días del ruego de la madre.

Yo haré también mi ritual signum crucis, y espero se repita pronto otra vez dicho misterioso milagro.

Hermann Hesse dice que Los árboles son santuarios. El que sabe hablarles, el que sabe escucharles, descubrirá la verdad. ¿Sabremos nosotros interpretar correctamente sus cuitas interminables cuando nos paseamos perezosamente por los bosques de nuestra interioridad humana?

 

Soñar nuestras ideas es siempre sorprendente y la Naturaleza nos lo ofrece perennemente gratis, como apunta Aristóteles.

“La Naturaleza es un espectáculo que se desarrolla ante el hombre”, decía el filósofo ateniense.

LOS SUEÑOS DE LA TIERRA

Los sueños de la Tierra son dorados
circunvalando al sol en rotar
inmenso, Inmenso y repetido caminar
siguiendo los senderos señalados.

No importan si de tierra o asfaltados,
pues tus alas te llevan al altar
de los cielos en perenne rodar,
sobre ligeros vientos ya soñados.

Misterioso soñar y loco anhelo
de una optimista realidad
que vuela sin cesar y sin recelo.

Y más allá de ti, tu libertad
Recorre sin parar picos y celos
hasta lograr tu más bella bondad.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué imagen nos identifica como cristianos?

domingo, 19 de mayo de 2019
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VOCACIÓN 67Juan (13,31-33a.34-35)

Vivimos en la época de la imagen. Nos preocupa e interesa la imagen que damos, la que tienen de nosotros y la que vemos en los demás. Hacemos fotos que difundimos por internet; se hacen virales ciertas imágenes en muy poco tiempo y ellas configuran las conversaciones, las ideas, los gustos y… ¡cuántas veces las opciones de muchos de nosotros!

Muchas veces, la señal de pertenencia a un grupo o el modo de participar en un evento es llevar la “misma” camiseta, pañuelo, distintivo… ¡Qué cómodos nos sentimos unidos de este modo a un grupo grande, amparados y arropados por otros, fácilmente reconocibles como “de los nuestros”!

En este contexto, y partiendo del evangelio de este domingo, podemos preguntarnos, ¿cuál es la imagen que damos los cristianos? ¿Qué imagen nos identifica? ¿Qué imagen difundimos?…

Los primeros cristianos tenían muy claro, en una época en que lo virtual no existía, que había una señal por la que se les reconocía. Su vida, desde que eran seguidores de Jesús, era tan distinta que no pasaba desapercibida. El evangelio de Juan pone en boca de Jesús: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”

Jesús no está en esta cultura de la imagen, de lo externo, de lo que brilla superficialmente… Y nos habla del amor. Pero del amor con estilo propio: “Como yo os he amado”.

La señal de “los suyos” no es algo que se “pone encima”, no consiste en teñir todo de un determinado color, repetir unas determinadas fórmulas o practicar unas mismas costumbres incluso piadosas…

La señal de los cristianos es algo que sale de lo profundo de la persona y compromete toda la vida. Es, a la vez, un regalo y un mandato: lo hemos recibido como don, porque no podemos amar como Jesús, si el Espíritu no cambia nuestro corazón, y a la vez tenemos que vivirlo cada día como ardua tarea.

El signo distintivo de los cristianos no es cualquier amor, es amar como Jesús nos ama a cada uno de nosotros. Y para descubrir más plenamente cómo nos ama, rebobinamos y recordamos su vida y su muerte.

Leemos las primeras frases de este evangelio a la luz del amor que Jesús tiene a sus discípulos. Y las leemos en el contexto que nos marca el evangelio de hoy: en la última cena, cuando Jesús siente que son los últimos momentos que pasará con ellos, cuando Judas sale del cenáculo.

Juan afirma que Judas salió, y esta salida pone en marcha toda la trama de la traición. Judas ha estado mucho tiempo con Jesús, le ha escuchado, pero ahora se “escapa” se autoexcluye del grupo, de la comunidad de Jesús.

Es una decisión que, en un momento o en otro, todos tenemos que tomar. Porque cada uno de nosotros tenemos la posibilidad de “salir” del cenáculo o de quedarnos con Jesús y con la comunidad. ¿Nos animamos a poner nombres y a confesarnos a nosotros mismos las veces que “hemos salido” dejando a Jesús con los otros discípulos?

Pero si nos quedamos, si apostamos por permanecer en la comunidad de sus seguidores, tantas veces defectuosos y hasta difíciles, escucharemos y podremos comprender y compartir el camino del seguimiento.

Escucharemos a Jesús que, en los últimos momentos de su vida, nos dice lo realmente importante, como hacemos todos cuando vemos que la vida y el tiempo se nos acaban. Y nos lo dice en tono cariñoso, de confidencia, llamándonos “hijos míos”:

– Llega el momento del triunfo de Dios, aunque me veáis en la cruz, despreciado, abandonado, traicionado… Tenéis que ver a través de ello la gloria del Padre, la que yo comparto con Él.

– Y solo una encomienda, un deseo, un mandato: amaos y hacedlo de forma que este amor os defina, os distinga y caracterice. Amaos como yo os he amado.

Con la luz del Espíritu y la fuerza de la comunidad podremos celebrar el triunfo del resucitado, que pasa por la muerte en cruz; podremos empeñarnos en amar sin condiciones, a los que nos aman y a los que nos traicionan o abandonan, a los que son de los nuestros y a los que se consideran de otros grupos…

Si estamos dispuestos, si nos dejamos conquistar por este amor, lo intentaremos una y otra vez. Si confiamos en que la fuerza de este amor que se nos regala nos irá cambiando… ¡permanecemos con Jesús en el cenáculo! En ese espacio donde se come y bebe, se comparte la vida en profundidad y se escucha al amigo en comunidad. Y esto, nos identifica y llena nuestra vida.

Mª Guadalupe Labrador, fmmdp

Fuente Fe Adulta

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El centro que nos descentra

domingo, 19 de mayo de 2019
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Nelson_Self_Control_710V Domingo de Pascua

12 mayo 2019

Jn 13, 31-33ª. 34-35

Fácilmente los humanos caemos en malentendidos, lo cual no es extraño, si tenemos en cuenta los condicionamientos que nos pesan y la perspectiva tan limitada de nuestra mente.

En lo que se refiere al conocido como “mandato del amor” o “mandamiento nuevo”, me parece que hemos caído en dos lecturas desajustadas. Por una parte, se ha insistido en que la vivencia del mandato dependía de la voluntad; por otra, parecía afirmarse que el amor a los otros negaba la necesidad de cuidar el amor a uno mismo. Y esto último a pesar de que la afirmación que se encuentra en los evangelios sinópticos lo afirma con total claridad: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12,31).

El amor no nace de la voluntad, sino de la comprensión. Y tampoco tiene que ver prioritariamente con el sentimiento o la emoción. Es una certeza, que nace de la comprensión de que formamos un todo no-separado. El “amor” que se identifica con el sentimiento, como el “amor romántico”, dura lo que dura la atracción: se halla a merced de factores que pueden socavarlo fácilmente. Porque, en rigor, no era amor, sino una búsqueda, con frecuencia inconsciente, del propio bien, un deseo de respuesta a las propias necesidades. Por el contrario, el amor genuino no muere nunca, porque la unidad de fondo es la característica definitoria de lo real. O, dicho con otras palabras, la realidad es no-dual. Cuando eso se comprende experiencialmente, el amor fluye, aunque en ocasiones nos suponga esfuerzo, renuncia, sacrificio… y hasta “muerte” del yo.

Tal comprensión no solo no excluye ni niega el amor a uno mismo. Al contrario, conociendo el modo como funciona el psiquismo humano, vemos con claridad que el cuidado del amor incondicional y humilde hacia sí es el cimiento imprescindible de una personalidad integrada y armoniosa, la condición para evitar ir por la vida mendigando el amor de los demás y cauce que facilita vivir el amor universal.

El amor es expansivo, inclusivo, universal. Al conectar con él, gracias a la comprensión de lo que somos, tocamos aquel Centro que nos descentra o, tal vez mejor, para evitar equívocos de lectura, nos desegocentra. Porque la comprensión no nos encierra ni nos hace girar en torno a nosotros mismos en un narcisismo infantil y asfixiante, sino que abre, como abrazo sin límites, a toda la realidad.

Otra paradoja: el amor es una poderosa fuerte centrípeta y centrífuga a la vez. En el mismo movimiento, unifica hacia “dentro” nuestra persona y abre hacia “fuera al encuentro de todos.

¿Cómo es la comprensión y la vivencia del amor en mí?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Lo del dios de Jesús es amar

domingo, 19 de mayo de 2019
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imagesDel blog de Tomás Muro, la Verdad es Libre:

  1. conversaciones -testamento- de despedida de jesús con los suyos.

El capítulo 13 y siguientes de san Juan constituyen algo así como el Testamento de Jesús; son como las últimas conversaciones de Jesús con sus discípulos.

En ese contexto, sabiendo Jesús que iba a pasar de este mundo al Padre…, habla con los suyos con gran intimidad. Hijitos míos. El texto tiene un clima intenso.

  1. Jesús ve la vida desde el amor, desde el amor de Dios.

         En último término Jesús ve y entiende la vida desde el amor.

         La experiencia fundamental de Jesús tiene su origen en Dios Padre, que es amor:

         Nos hará bien pararnos y quedarnos en esta vivencia: Dios es amor, (1Jn 4,8).

         Es bueno que nos dejemos embargar del amor de Dios. Dios nos ama. Dios es solamente amor. Cuando tengamos experiencia de sentirnos queridos por Dios, que nos ama, podremos también nosotros amar.

Hemos recibido una tradición religiosa muy poco cristiana, porque el amor quedaba desplazado y apenas estaba presente. El pecado, el infierno y la condenación hacían mejor carrera que el amor de Dios. Dios era bueno muy escasamente. El Dios en el que hemos sido educados era justiciero, más condenador que salvador.

Quizás hayamos de olvidar todo lo que hemos aprendido de Dios, pero si sabemos y vivimos que Dios es amor, sabéis mucho acerca del Dios de Jesús.

Y el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y nos envió a su Hijo, Jesús, (1 Jn 410).

Lo que caracteriza la experiencia cristiana, lo más íntimo y peculiar de la vivencia cristiana es la bondad y el amor.

Cristiano somos cuando hemos percibido la bondad y el amor de Dios y de los demás.

Dios es amor. (1Juan 4,8). El amor es Dios. Allá donde se vive o se intenta vivir en respeto, libertad, allá donde hay amor, está Dios.

Dios nos ama.

  1. En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a otros.

         Jesús -la Iglesia de Jesús- está allá donde hay un puñado de amor y bondad:

Por eso donde hay amor, Dios no está lejos, donde hay amor, allí está Dios. El amor humano es sacramento de Dios, que es amor.

De la vivencia de Dios como amor, también nosotros amaremos.

Son discípulos de Jesús los padres que se quieren y aman a sus hijos, son cristianos los jóvenes que se aman. Es discípulo de Jesús quien recoge a un herido en la carretera como el buen samaritano, quien ayuda a un emigrante o no emigrante que pasa por la vida. Es discípulo de Jesús quien sabe perdonar. Es cristiano quien va buscando y sembrando criterios de paz y de convivencia. Amar significa en ocasiones no airear pecados de otros y, mucho menos, levantar calumnias. Amar y ser cristiano es dar limosna, dejar paso a otras personas e ideas, crear, cultivar la amistad y el amor.

Nos conocerán que somos cristianos por lo que nos amamos y por lo que amamos. No nos conocerán por los ritos que celebramos, ni por la moral que intentamos meter a capa y espada; ni nos conocerán por el esplendor del Templo, sino que lo que nos ha de caracterizar como cristianos es el amor.

  1. El amor ilumina la vida.

Uno ve la complejidad de vida desde lo que cree. La existencia se configura desde lo que uno tiene en la cabeza y el corazón.

Hay personas e instituciones que piensan, viven y despliegan su actividad desde una mentalidad de poder o desde la defensa de su institución, también desde el odio, desde el interés, desde la patria / nación, desde la raza, desde el dinero, la economía, etc.

La fe cristiana ve la vida desde la bondad y el amor.

Y no es lo mismo ver la realidad desde el poder, desde la ley, desde las ideologías políticas o religiosas, que percibir la vida desde el amor y la bondad.

La utopía de Cristo –del cristianismo- es amaos porque todos vosotros sois hermanos.

  1. sentimientos y razón.

imagesaTodos tenemos experiencia de que a veces no es fácil amar. En ocasiones no podemos controlar todos los sentimientos e impulsos que puedan brotar en nuestro interior ante situaciones difíciles, quizás de odio, viejos problemas familiares, sentimientos enemistados por diferencias ideológicas, viejos asuntos pendientes.

La razón ha de entrar en juego para racionalizar las pulsiones y no dejarnos esclavizar por el odio, la venganza. Por eso, a veces, amar significa ser razonables, utilizar la cabeza para situar las cosas en su sitio. Las pulsiones son muy difíciles de controlar, pongamos un poco de razón en los sentimientos. Razón es respeto, educación, tolerancia, saber ver los problemas.

         A veces amar es ser razonable en la vida.

Ama y haz lo que quieras (San Agustin)

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