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Cuaresma 1. Las tentaciones de Cristo (Mt 4, 1-11; Dom 6.3.22)

domingo, 6 de marzo de 2022
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Del blog de Xabier Pikaza:

Estrictamente hablando no son «tentaciones», sino pruebas y trabajos de la vida. No son exclusivas de Cristo, sino de todo el judaísmo (AT), con  los pueblos antiguos, los Imperios (Egipto, Babilonia,Roma) y los sabios de oriente y occidente, en especial de Grecia.

El primer tema-problema del hombre es la comida (el pan) y para asegurarla en un entorno comercial es necesario capital.

El segundo tema-problema es la religión:el pensamiento, la ciencia, la cultura; una cultura-religión capaz de resolver todos los problemas, de superar todas la crisis, «tirándonos del templo», del templo como superstición para entrar en el santuario-banco de  la sabiduría salvadora.

El tercer y último problema es el poder que brota del dinero y de la ciencia, que nos hace reyes soberanos. Por eso quien domine el dinero,la ciencia/ideología y el poder será salvador del mundo, será Cristo.

 Pero Jesús vino a presentarse de otra forma. Le interesó muchísimo el pan, pero no como capital, sino como comida para todos, empezando por los pobres.

Le importó muchísimo el milagro, pero no como ideología salvadora, sino como principio de transformación de los hombres, es decir, como fuente de salud…

Fue un hombre de inmenso poder, pero no para imponerse,  sino para acompañar, empoderar (potenciar), enamorar a los hombres.

Fue un transgresor, el mayor que conocemos  Reinterpretó gran parte de los códigos de vida de Israel, invirtió el tema del capital (Mt 6, 24), la ideología militar de los imperios, la sabiduría opresora de las grandes escuelas retóricas, políticas, económicas y militares… para volver a la raices de la vida humana, como «cristo», ungido con el «aceite-perfume» de Dios.

Para presentarse como Cristo de Dios, tuvo que superar tres pruebas, como han hecho otros iniciados y maestros.El evangelio les llama “tentaciones”. Pero mas que tentaciones externas fueron posibilidades distintas de realizar su obra mesiánicas.

 La tradición dice que esas tentaciones fueron dirigidas por un Diablo malvado, llamado Satanás, empeñado en apartar a Jesús de su camino. Pero todo nos hace pensar que no fueron problemas venidos de fuera, sino los problemas centrales de la historia con los que millones de personas y de instituciones tuvieron y tienen que enfrentarse a lo largo de la vida.

            Una fue la prueba del pan (comida, economía),otra la prueba de la religión (a quien someterse para vivir), otra la prueba del poder. Estos fueron los tres “núcleos” de la historia de Jesús,descritospor el documento más antiguo de su historia,que por comodidad suele llamarse “documento Q”, que está en la base de los evangelios de Lucas y Mateo.

            La misa de este próximo 6, primer domingo de Cuaresma, toma la versión de Lucas (Lc 4). Pero he preferido seguir el orden Mateo (aunque los dos son parecidos). Lucas, como buen «helenista» culmina las pruebas en la religion (pan, poder, religión…). Mateo como buen judío pone en la meta el poder (pan, religión, poder). Ambos empiezan por el pan, el capital.

Este es el triatlón de Jesús, la triple lucha o competición de su vida... Abrió un camino, trazó una senda de salvación para la humanidad que sigue estando hoy (2022) en tiesgo de destruirse por estos mismos temas: el pan-capital, el milagro-ciencia-propaganda y el poder.

Éstas fueron  las pruebas de Jesús. Son las pruebas y tareas actuales de la humanidad y de la iglesia.  El próximo domingo presentaré estas pruebas a partir de la ideología de la modernidad en que creemos estas… y después seguiré re-presentando desde el evangelio. Buen domingo a todos.

Texto litúrgico: Mt 4, 1-11

1 Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. 2 Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». 4 Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

5 Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6 y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». 7 Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

8 De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, 9 y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». 10 Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». 11 Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.  (Quien se atreva a leer una interpretación más precisa del tema puede seguir mi comentario de Mateo).

LA PRUEBA DE PAN. COMIDA, ECONOMÍA ¡DI QUE LAS PIEDRAS SE VUELVAN ALIMENTOS! (4,1-4)

El primer problema humano es el hambre, la primera acción mesiánica será ofrecer comida (pan), seguridad económica. A ese nivel nos situaba Gen 2-3: Eva sintió «hambre» de un pan especial (del fruto del conocimiento pleno); también a Jesús le llega el hambre, necesita colmar su deseo. Esta es la tentación principal de nuestro tiempo: saciar para siempre a los HOMBRES  (como sabemos en otro texto de Jn 4,15). Parece evidente que sólo es mesías verdadero quien ofrece pan a los humanos, en programa integral de transformación económica. La cristología se volvería de esa forma.

Pues bien, en contra eso, Mt 4, aun admitiendo que resulta necesario alimentar a los hambrientos, sabe que la solución del Diablo (que actúa como la serpiente de Gen 3), resulta peligrosa para los humanos: les abandona en manos de su propio poder, les encierra en su necesidad económica, para que ellos vendan su misma dignidad personal (de seres que escuchan y responden a nivel de gratuidad) por alimento o dinero

 El tentador intenta clausurar a los humanos en el círculo de su propio poder; al fondo de Gen 3 hay un «tú puedes» absoluto, un deseo de comer (de poseer) que se presenta como solución y plenitud de todos los problemas. El Diablo de Mt 4,1-4 recuerda a Jesús lo que debería ser su poder creador (transformador), interpretado como signo mesiánico: «si eres Hijo de Dios, dí que esas piedras». Ser Hijo de Dios significa para él imponerse sobre el mundo, comer todo.

El triunfo mesiánico supondría el cumplimiento inmediato de los deseos, el control material sobre la vida.

Esta es la aspiración primera, la tentación adámica (de Adán y Eva, en Gen 3) y antropológica (de Jesús en Mt 4). El humano se descubre como ser necesitado, limitado por el mandato (¡no comas!) e inquietado por el deseo (¡Jesús sintió hambre!). romper el límite, saciar inmediatamente la necesidad: esa sería la señal del mesianismo, la divinización del humano. Hacernos o ser dioses: poder o tener todo. Tal sería la misión de Jesucristo, la tarea del Espíritu divino (a quien Mt llama Diablos o tentador).

¿Ha triunfado el Diablo? La mundo actual sabe producir, de forma que parece estar capacitada para realizar el deseo satánico: convertir la piedra en pan, saciar el hambre. En conjunto, la cultura de Occidente, con su desarrollo científico y técnico, puede resolver el problema de la producción, alimentando a todos los hambrientos de la tierra. De esa forma ha logrado aquello que quería el Diablo, pero no lo ha hecho sólo a través de un pecado (vendiendo el alma al Diablo), sino en un proceso también positivo de conocimiento y transformación técnica de los bienes de la tierra.

Verdad de Jesús. Dialogar es más que producir, la comida sola no resuelve el tema humano. Nuestra humanidad sabe producir, no ha aprendido de verdad a compartir, no ha conseguido que sus miembros dialoguen de un modo fraterno, desplegando su vida a nivel de palabra, es decir, de búsqueda compartida de fraternidad, en apertura a Dios, en participación de los bienes humanos (no sólo económicos). Allí donde la economía es sólo economía (que acaba quedando en manos del deseo impositivo de los potentados) y el poder puro el humano corre el riesgo de perderse a sí mismo, cayendo en manos del Diablo tentador.

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Las tentaciones de Jesús. Primer Domingo de Cuaresma. Ciclo C

domingo, 6 de marzo de 2022
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imageDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El primer domingo de Cuaresma se dedica siempre a recordar las tentaciones de Jesús. También los evangelios sinópticos abren su vida pública con ese famoso episodio. Es un relato programático, para que el lector del evangelio sepa desde el primer momento cómo orienta Jesús su actividad y los peligros que corre en ella. Para eso, lo enfrentan con Satanás, que encarna las fuerzas de oposición al plan de Dios, y que intentará apartarlo de su camino.

            Marcos habla de ellas de forma escueta y misteriosa: “En seguida el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, y Satanás lo ponía a prueba; estaba con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,12-13). Tenemos los datos básicos que recogerán todos los evangelios (menos Juan, que no habla de las tentaciones): lugar (desierto), duración (40 días), la prueba. Pero Mc no habla del ayuno ni concreta en qué consistían las tentaciones; y el servicio de los ángeles es continuo durante esos días.

            Mateo y Lucas, utilizando una tradición paralela, han completado el relato de Marcos con las tres famosas tentaciones que todos conocemos; al mismo tiempo, presentan a Jesús ayunando durante esos cuarenta días (igual que Moisés en el Sinaí) y relegan el servicio de los ángeles al último momento.

            Las tentaciones empalman directamente con el episodio del bautis­mo y explican cómo entiende Jesús lo que dijo en ese momento la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. ¿Significa esto que la vida de Jesús vaya a ser cómoda y maravillosa como la de un príncipe?

1ª tentación: utilizar el poder en beneficio propio

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo. En aquello días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:

—Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.

Jesús le contestó:

—Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre». 

Partiendo del hecho normal del hambre después de cuarenta días de ayuno, la primera tentación es la de utilizar el poder en beneficio propio.

La tentación se deja de sutilezas y va a lo concreto: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. El pueblo de Israel, durante su marcha por el desierto, se quejó de hambre, murmuró, acudió a Moisés para que resolviese el problema. Jesús no necesita nada de eso. Es el Hijo de Dios. Puede resolver el problema fácilmente, por sí mismo. Pero Jesús, el nuevo Israel, demuestra que tiene aprendida desde el comienzo esa lección que el pueblo no asimiló durante años: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.

La enseñanza de Jesús en esta primera tentación es tan rica que resulta imposible reducirla a una sola idea. Está el aspecto evidente de no utilizar su poder en beneficio propio. Está la idea de la confianza en Dios. Pero quizá la idea más importante, expresada de forma casi subliminar, es esa visión amplia y profunda de la vida como algo que va mucho más allá de la necesidad primaria y se alimenta de la palabra de Dios.

2ª tentación: Tener, aunque haya que arrastrarse

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

—Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.

Jesús le contestó:

—Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto».

            Este episodio siempre me trae a la memoria mi decepción cuando subí a la cumbre del monte Nebo con la esperanza de ver, como Moisés, toda la Tierra Prometida. La neblina permitía ver el Mar Muerto a duras penas. Cuanto más alto llevase Satanás a Jesús, menos vería el esplendor de todos los reinos del mundo. El episodio no debemos interpretarlo en sentido literal e histórico. Lo importante es su sentido.

La segunda tentación no es la tentación provocada por la necesidad urgente, sino por el deseo de tener todo el poder y la gloria del mundo. ¿Es esto malo, tratándose del Mesías? Los textos proféticos y algunos Salmos hablaban de su dominio cada vez mayor, universal, concedido por Dios. Pero Satanás parte de un punto de vista muy distinto, propio de la mentalidad apocalíptica: el mundo presente es malo, no está en manos de Dios, sino en las suyas; es él quien lo domina y entrega su poder a quien quiere. Solo pone como condición que se postren ante él, que lo reconozcan como dios. Jesús se niega a ello, citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, a él solo darás culto”.

El relato es tan fantástico que cabe el peligro de no advertir su tremenda realidad. El ansia de poder y de gloria lo percibimos continuamente (mucho más en España en tiempos de elecciones y de formación de gobierno), y también queda clara la necesidad de arrastrarse para conseguir ese poder. Pero este peligro no es solo de políticos, banqueros y grandes empresarios. Todos nos creamos a menudo pequeños ídolos ante los que nos postramos y damos culto.

3ª tentación: pedir pruebas que corroboren la misión encomendada.

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:

Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».

Jesús le contestó:

—Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios».

Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

En 1972, cuando todavía estaba permitido llegar hasta el pináculo del Templo de Jerusalén, tuve ocasión de contemplar la impresionante vista de las murallas de Herodes prolongándose en la caída del torrente Cedrón. Una de las pocas veces en mi vida en las que he sentido vértigo. En ese escenario sitúa Satanás a Jesús para invitarlo a que se tire, confiando en que los ángeles vendrán a salvarlo.

Esta tentación se presta a interpretaciones muy distintas. Podríamos considerarla la tentación del sensacionalismo, de recurrir a procedimientos extravagantes para tener éxito en la actividad apostólica. La multitud congregada en el templo contempla el milagro y acepta a Jesús como Hijo de Dios. Pero esta interpretación olvida un detalle importante: el tentador nunca hace referencia a esa hipotética muchedumbre, lo que propone ocurre a solas entre Jesús y los ángeles de Dios.

Considero más exacto decir que la tentación consiste en pedir pruebas que corroboren la misión encomendada. Nosotros no estamos acostumbrados a esto, pero es algo típico del Antiguo Testamento, como recuerdan los ejemplos de Moisés (Ex 4,1‑7), Gedeón (Jue 6,36‑40), Saúl (1 Sam 10,2‑5) y Acaz (Is 7,10‑14). Como respuesta al miedo y a la incertidumbre espontáneos ante una tarea difícil, Dios concede al elegido un signo milagroso que corrobore su misión. Da lo mismo que se trate de un bastón mágico (Moisés), de dos portentos con el rocío nocturno (Gedeón), de una serie de señales diversas (Saúl), o de un gran milagro en lo alto del cielo o en lo profundo de la tierra (Acaz). Lo importante es el derecho a pedir una señal que tranquilice y anime a cumplir la tarea.

Jesús, a punto de comenzar su misión, tiene derecho a un signo parecido. Basándose en la promesa del Salmo 91,11‑12 (“a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en volandas para que tu pie no tropiece en la piedra”), el tentador le propone una prueba espectacular y concreta: tirarse del alero del templo. Así quedará claro si es o no el Hijo de Dios.

Sin embargo, Jesús no acepta esta postura, y la rechaza citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16). La frase del Deuteronomio es más explícita: “No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá”. ¿Qué ocurrió en Masá? Lo cuenta el libro de los Números en el c.17,1-7: el pueblo, durante la marcha por el desierto, se queja por falta de agua para beber. Y en esta queja se esconde un problema mucho más grave que el de la sed: la auténtica tentación consiste en dudar de la presencia y la protección de Dios: «¿Está o no está con nosotros el Señor?» (v.7). En el fondo, cualquier petición de signos y prodigios encubre una duda en la protección divina. Jesús confía plenamente en Dios, no quiere signos ni los pide. Su postura supera con mucho incluso la de Moisés.

Cuando termina el relato de las tentaciones, Lucas añade que “el tentador lo dejó hasta otro momento”. Ese momento será al final de la vida de Jesús, cuando esté crucificado.

Nuestras tentaciones

Las tentaciones tienen también un valor para cada uno de nosotros y para toda la comunidad cristiana. Sirven para analizar nuestra actitud ante las necesidades, miedos y apetencias y nuestro grado de interés por Dios.

1) La necesidad primaria: afecto, comprensión.

2) ¿Está Dios en medio de nosotros?

3) La tentación de tener.

4) La tentación del dejarse arrastrar, dejar hacer a los demás, callar.

1ª lectura: recordar nuestra historia con gratitud (Deuteronomio 26, 4-10)

            El texto del Deuteronomio recoge la oración que pronuncia el israelita cuando, después de la cosecha, ofrece a Dios las primicias de los frutos. Va recordando la historia del pueblo, desde Jacob (“mi padre era un arameo errante”), la opresión de Egipto, la liberación y el don de la tierra. En el contexto de la cuaresma, esta lectura nos invita a pensar en los beneficios recibidos de Dios y a ser generosos con él. El agradecimiento a Dios es más importante incluso que la mortificación cuaresmal.

Dijo Moisés al pueblo:

El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios:

            «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado».

            Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios».

2ª lectura: confesar al Señor e invocarlo (Romanos 10, 8-13)

            En este breve pasaje Pablo comenta dos frases de la Escritura, aplicándolas al tema de la salvación personal (1ª cita) y de toda la humanidad (2ª cita). ¿Cómo se alcanza la salvación? Confesando que Jesús es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos. Algo que estamos tan acostumbrados a repetir que no valoramos rectamente. A mediados del siglo I, confesar a Jesús como Señor (Kyrios), cuando el Emperador romano era considerado el único Kyrios (César), suponía mucho valor. Y confesar que Dios lo había resucitado podía provocar más sonrisas y escepticismo del que podemos imaginar.

            La segunda cita «Nadie que cree en él quedará defraudado» la interpreta Pablo de forma revolucionaria. Para un judío, estas palabras sólo podrían aplicarse a los judíos, al pueblo elegido. Ellos serían los único en no quedar defraudados. En cambio Pablo la aplica a toda la humanidad, judíos y griegos. Cualquiera que invoca el nombre del Señor alcanzará la salvación.

Hermanos:

La Escritura dice: «La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón».

Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

Dice la Escritura:

«Nadie que cree en él quedará defraudado».

Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará».

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I Domingo de Cuaresma. 06 de marzo, 2022

domingo, 6 de marzo de 2022
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Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”.

(Lc 4, 1-13)

Tras la fuerte e íntima experiencia de su propio Bautismo, Jesús se dirige al desierto. Acaba de conocer quién es, su identidad: “Tú eres mi Hijo amado”. Hijo y Mesías, Hijo y enviado, el Ungido.

Por la fragilidad de su condición humana necesita tiempo, espacio, pensar, asimilar su identidad y, en función de ella, reorientar su vida. Se retira al silencio y a la soledad del desierto. Con el paso de los días y lejos de las distracciones exteriores, es ahí, en la quietud del desierto, en su noche, cuando le asaltan los temores y la voz de su ego: “si eres hijo de Dios…” Reto que también le acompañará en la Cruz: “si eres hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la cruz”.

Lo es. Es Hijo de Dios, y además, Amado. Sentir esa certeza en lo más profundo de su ser es lo que le lleva a permanecer, al igual que en la cruz, hasta el final. En la soledad del desierto, en su noche, en la nada. Y sin embargo, esa misma permanencia le agudiza la escucha de la Palabra. Llenándole de confianza y seguridad, agarrándose a ella una y otra vez, y mirando cara a cara a sus temores: “Está escrito…”.

Jesús escucha la Palabra, la acoge en su corazón, la pronuncia con sus labios y la cumple por medio de sus acciones. Interesante y difícil tarea la que nos propone para, al menos, estos cuarenta días de Cuaresma. Podemos prestar especial atención a nuestra manera de escuchar la Palabra, de escuchar las palabras de quienes nos rodean. Reflexionar sobre el valor que damos a nuestras propias palabras e interrogarnos cuántas veces rompemos el Silencio pronunciando palabras absurdas.

Oración

Dios Trinidad, nuestro corazón está alegre
porque sabe que tú lo escuchas y lo miras.
Ojalá tu Palabra se sienta escuchada y acogida por nuestro corazón.
Que nuestros labios no la corrompan al pronunciarla.
Ojalá nuestras acciones sean reflejo suyo.
Amén.”

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Retírate al desierto.

domingo, 6 de marzo de 2022
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tentacionesDOMINGO 1º DE CUARESMA  (C)

Lc 4,1-13

Debemos superar el enfoque maniqueo de la cuaresma que hemos arrastrado durante demasiado tiempo. Sin embargo, el sentido profundo de la cuaresma debemos mantenerlo e incluso potenciarlo. En efecto, en ninguna época de la historia el ser humano se había dejado llevar tan masivamente por el hedonismo. A escala mundial el hombre se ha convertido en productor-consumidor. El grito de guerra de las revueltas estudiantiles del 68 en Francia, era: “No queremos vivir peor que nuestros padres”. No querían ganar menos y consumir menos; para nada hacían alusión a la posibilidad de ser más humanos.

La crisis económica del coronavirus nos puede ayudar a superar la trampa. ¿Queremos consumir más o nos interesa ser cada día más humanos? En teoría no hay problema para responder, pero en la práctica, nos dejamos llevar por el hedonismo, aún a costa de menor humanidad. Aquí está la razón de la cuaresma. Todos tenemos la obligación de pararnos a pensar hacia dónde nos dirigimos. Alcanzar plenitud de humanidad exige el esfuerzo de no instalarnos en la comodidad. Para crecer en humanidad debemos ir más allá de la satisfacción de los instintos. Este es el planteamiento de una cuaresma para la reflexión.

No debemos escandalizarnos cuando los exégetas nos dicen que los relatos de las tentaciones no son historia sino teología. Marcos, que fue el primero que escribió, reduce el relato a menos de tres líneas. No son crónicas de sucesos, pero son descarnadamente reales. Empleando símbolos conocidos por todos, nos quieren hacer ver una verdad teológica fundamental: La vida humana se presenta siempre como una lucha a muerte entre los dos aspectos de nuestro ser; por una parte lo instintivo o biológico y por otra lo espiritual o trascendente. Esa lucha no hay que plantearla en el orden del obrar sino en el del conocer.

El mito del mal personificado (diablo) ha atravesado todas las culturas y religiones hasta nuestros días. No necesitamos ningún enemigo que nos tiente desde fuera. El diablo nace como necesidad de explicar el mal, que no puede venir de Dios. Lo que llamamos mal no tiene ningún misterio; es inherente a nuestra condición de criaturas. La voluntad solo es atraída por el bien, pero como nuestro conocimiento es limitado, la razón puede presentar a la voluntad un objeto como bueno, siendo en realidad malo. Todos buscamos el bien, pero nos encontramos con lo malo entre las manos, no porque lo busquemos sino por ignorancia.

El mal es consecuencia de una inteligencia limitada. Sin conocimiento, la capacidad de elección sería imposible y no podría haber mal moral. Si el conocimiento fuera perfecto, también sería imposible el mal, porque sabríamos lo que es malo, y no nos atraería. Si la voluntad va tras el mal, es siempre consecuencia de una ignorancia. Es decir, creemos que es bueno para nosotros lo que en realidad es malo. La libertad de elección solo se puede dar entre dos bienes. Plantear una lucha entre el bien y el mal es puro maniqueísmo. La lucha se da entre el bien aparente (mal) y el bien real para mí. Esto es muy importante.

El ser humano es un proyecto que está toda su vida desarrollándose. Para que el desarrollo humano concluya con éxito, cada etapa tiene que integrar la anterior y unificarse en una personalidad, solo que más cerca del objetivo final. Que las tentaciones sean tres no es casual. Se trata de un resumen perfecto de las relaciones que puede desarrollar un ser humano. La tentación consiste en entrar en una relación equivocada con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Una auténtica relación humana con los demás depende, querámoslo o no, de una adecuada relación con nosotros mismos y con Dios.

1ª tentación: poner la parte superior de nuestro ser al servicio de la inferior. Si eres Hijo de Dios… No se debe entender desde los conceptos dogmáticos acuñados en el s. IV. No hace referencia a la segunda persona de la Trinidad. Significa hijo en el sentido semita. Si tú has hecho en todo momento la voluntad de Dios, también Él hará lo que tú quieres. Fíjate bien que la tentación de hacer la voluntad de Dios para que después Él haga lo que yo quiero, no tiene que venir ningún diablo a sugerírnosla; es lo que estamos haciendo todos, todos los días. Jesús no es fiel a Dios porque es Hijo, sino que es Hijo porque es fiel.

Di que esta piedra se convierta en pan. La tentación permanente es dejarse llevar por el placer que dan los instintos, sentidos, apetitos. Es decir hacer en todo momento lo que te pide el cuerpo. Es negarse a seguir evolucionando y superarse a sí mismo, porque eso exige esfuerzo. Los instintos nos ayudan a garantizar nuestro ser animal. Si ese fuera nuestro objetivo, no habría nada de malo en seguirlos, como hacen los animales. En ellos los instintos nunca son malos. Pero si nuestro objetivo es ser más humanos, solo a través del esfuerzo lo podremos conseguir, porque debemos ir más allá de lo puramente biológico. El fallo está en utilizar la inteligencia para potenciar nuestro ser animal.

No solo de pan vive el hombre. El pan es necesario, pero, ni es lo único necesario ni es lo más importante. Para el animal sí es suficiente. Nuestro hedonismo cotidiano demuestra que aún no hemos aceptado estas palabras de Jesús. El dar al cuerpo lo que me pide es para muchos lo primero y esencial, descuidando la preocupación por todo aquello que podría elevar nuestra humanidad. El antídoto de esta tentación es el ayuno. Privarnos voluntariamente de aquello que es bueno para el cuerpo es la mejor manera de entrenarnos para no ceder, en un momento dado, a lo que es malo aunque sea apetitoso.

2ª tentación: Si me adoras, todo será tuyo. El poder es la idolatría suprema. El poder lleva siempre consigo la opresión, que es el único pecado. Adorar no es dar incienso a un dios exterior. Se trata de descubrir que nuestro verdadero ser es Dios en nosotros. Nuestro auténtico ser no está en el ego aparente sino más a lo hondo. Si descubro mi ser profundo, no me importará desprenderme de mi falso yo y, en vez de buscar el dominio, buscaré el servicio. El antídoto es la limosna. Para superar la tentación de dominar a todos, debemos hacer ejercicios de donación voluntaria de lo que tenemos y de lo que somos.

3ª tentación: Tírate de aquí abajo. Realiza un acto verdaderamente espectacular, que todo el mundo vea lo grande que eres. Todos te ensalzarán y tu vana-gloria llegará al límite. La respuesta: deja a Dios ser Dios. Acepta tu condición de criatura y desde esa condición alcanza la verdadera plenitud. Dios no tiene que darte nada. Ya se lo ha dado todo a todos. Eres tú el que debes descubrir las posibilidades de ser que tienes sin dejar de ser criatura. Ya es hora de que dejemos de acusar a Dios de haber hecho mal su obra y exigirle que rectifique. El antídoto es la oración. Al decir oración no queremos decir “rezos” sino meditación profunda. Descubrir al verdadero Dios me librará de utilizar al dios ídolo.

Para llegar a tu verdadero ser, hay que atravesar tu propio desierto. Libérate de todo lo que crees ser para llegar a lo que eres de verdad. Mantente en el silencio, hasta que se derrumbe el muro que te separa de ti mismo. No confíes en milagros; nadie desde fuera de ti podrá llevarte hasta el fondo de tu ser y suplir el propio esfuerzo de encontrarte.

Meditación

Para llegar a tu verdadero ser hay que atravesar tu propio desierto.
Libérate de todo lo que crees ser para llegar a lo que eres de verdad.
En el desierto, y solo, tienes que tomar la decisión definitiva.
La tierra prometida”, está ya ahí, al otro lado de tu falso yo.
Mantente en el silencio, hasta que se derrumbe el muro que te separa de ti mismo.
En tu verdadero ser ya lo eres todo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Sometido a tentación.

domingo, 6 de marzo de 2022
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Lc 4, 1-13

«El Espíritu le fue llevando por el desierto mientras era tentado por el diablo»

Estamos en los prolegómenos de la vida pública de Jesús; cuando probablemente todavía está decidiendo su destino. Ha dejado oficio y familia, ha salido de Nazaret para ir al encuentro del Bautista y ha sido bautizado por él. Es razonable pensar que en ese entorno ha terminado de asentar su intuición de Abbá y del Reino, y que a la sazón se encuentra en el trance de decidir si vuelve a Nazaret o se lanza a la incierta vida de predicador ambulante.

Dentro de ese contexto, en este episodio hay dos temas importantes a resaltar: que Jesús responde a la llamada abrazando sin reservas la misión, y que está sometido a tentación como cualquiera de nosotros. Los especialistas nos dicen que lo demás es solo el envoltorio del mensaje, pero a pesar de ello, la curiosidad nos acucia y nos lleva a plantear preguntas que no son importantes y que no sabemos responder. Por ejemplo: ¿Qué es lo que mueve a Jesús a abandonarlo todo para acudir al Jordán en busca del Bautista?… ¿O, cuáles pueden haber sido esas tentaciones que Lucas escenifica de manera tan brillante?…

Tenemos tendencia a creer que Jesús adquiere plena conciencia mesiánica en el momento del bautismo y que ya no duda hasta llegar a la cruz, pero esta creencia choca con otra creencia básica para el cristiano; su inequívoca humanidad. La duda es consustancial con la condición humana, y es difícil imaginar a Jesús libre de dudas toda la vida y hasta el final. Hay dos buenos argumentos en favor de esta teoría, y son la angustia de Getsemaní y la agonía de la cruz, «Dios mío, Dios mío, ¡por qué me has abandonado!»

Cabe pensar que son las dudas las que lo llevan al desierto antes de abrazar definitivamente la misión, y que también son las dudas las que traen aparejadas las tentaciones. Lucas nos habla de tres tentaciones concretas, y, dentro del simbolismo con que plantea el texto, algunos entendidos han tratado de intuir la naturaleza real de estas tentaciones a las que él se refiere.

Dicen que su actitud destemplada con los familiares que van a buscarle para llevarlo a casa, o la respuesta desmedida a Pedro en Cesárea, «¡Apártate de mí Satanás!», parecen la reacción típica de quien ve removida su conciencia con una tentación recurrente, y apuntan a que esa tentación fue siempre volver a la cómoda existencia que había dejado en Nazaret (en Lucas, la piedra convertida en pan).

También dicen que su reacción cuando quieren hacerlo rey —despachando a sus discípulos que azuzaban a la multitud y huyendo a la soledad a orar—, parece responder a la tentación de afrontar la misión desde la tradición de Israel, es decir, dejándose encumbrar a la posición de mesías davídico que el pueblo espera (Lucas la simboliza en los reinos de la tierra), e instaurar el reino de Dios desde el poder.

La tercera (el pináculo del templo), bien podría referirse a la tentación de pedir a Dios una señal que afianzase su decisión antes de seguir adelante…

Todo ello sin duda muy sugestivo… pero secundario para nuestra fe.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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El seguimiento no es un camino fácil.

domingo, 6 de marzo de 2022
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158524_desierto.jpgI Cuaresma. (Lc 4, 1-13)

El episodio de las tentaciones de Jesús solo tiene sentido si lo entendemos desde su experiencia de Bautismo, de saberse y experimentarse hijo de Dios, envuelto en su Espíritu de tal manera, que su vida es conducida por esa relación que le lleva a vivir como Él vivió.

Los evangelios, dirigidos a los primeros cristianos, que experimentaban las dificultades de seguir el Camino, tanto en su fuero interno como por parte de la sociedad en la que vivían, a través de la narrativa de las tentaciones de Jesús, intentaron darles a entender que el camino de seguimiento no era un camino fácil.

Hay que “renacer del agua y del Espíritu”, le dijo Jesús a Nicodemo; vivir desde la experiencia personal de saberme y sentirme hijx de Dios con todas las consecuencias.

Lo primero que surge después de una experiencia fundante es la pregunta: ¿Y qué hago yo ahora? ¿Qué se me invita a vivir? ¿Qué tengo que hacer?

La mayoría de los que leemos estos comentarios ya hemos pasado por esa experiencia y quizá por muchas otras que nos han ido cribando, que nos han ayudado a quedarnos con lo esencial y a soltar todo aquello que no nos conduce a nada. Pero si todavía estamos en camino y “no hemos llegado” las tentaciones nos siguen acuciando por todos lados.

Y ¿qué tentaciones experimento hoy?

Jesús, después de haber estado sin comer durante cuarenta días sintió hambre… ¡y quién no! Habría tanto que decir de esta primera tentación –“Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en un pan”. Jesús sintió la tentación como cada unx de nosotrxs de utilizar su poder para su beneficio propio, dedicar su existencia a calmar las necesidades primarias de la gente más necesitada, más oprimida… Qué diferente habría sido todo si se hubiera dedicado a los necesitados, sin esa dimensión profética que le impulsaba a denunciar, al igual que anunciar, que Dios no estaba de acuerdo con la injusticia promulgada tanto por el poder romano como el religioso.

Nuestra tentación es traducir las acciones de Jesús a lo que nos parece que es lo más necesario, pasándolo todo por nuestro propio criterio. En otras palabras, hacernos un Dios a nuestra medida que justifique nuestras acciones y aplauda nuestras decisiones.

Jesús, para contestar a Satanás, se refiere al pasaje Dt 8:3 “No sólo de pan vivirá el hombre sino de todo lo que salga de la boca del Señor”. Por supuesto que sin las necesidades imperantes cubiertas la persona no se puede plantear nada más, pero es que nuestras necesidades van más allá de lo material y negármelo o negárselo a los demás es atentar contra nuestra propia identidad.

Jesús deja que la Palabra le hable a su vida, no acomoda la Palabra a lo que a Él le conviene. Y vuelvo con esto a la necesidad de una experiencia personal pero acompañada.

No nos damos cuenta y caemos en aquello que criticamos de los demás. ¿Qué tal una experiencia de dejarnos guiar por el Espíritu que nos habla y nos alimenta a través de la Palabra, acompañados de la comunidad? Necesitamos un silencio activo que nos transforme por dentro, donde no entre el razonamiento y los argumentos sino el dejarnos transformar.

El ayuno de información, de crítica, de activismo, de hacer las cosas a mi manera para dejarme dirigir, me acercará a esa experiencia de Jesús de Nazaret de escuchar desde dentro el plan de Dios y vivir, no según me parece a mí, sino como corresponde a un hijo-a de Dios.

Satanás, que me tienta, que justifica mis posturas y acciones, que me anima a seguir como hasta ahora, no es un personaje que me habla desde fuera, es mi propio ego.

Tenemos hambre de una auténtica espiritualidad. Está claro que toda la formación, todo el saber intelectual es esencial, pero sin una vida guiada por el Espíritu puede ser contraproducente. Al ser algo que “está de moda”, ese hablar de espiritualidad en lugar de religión, debemos cuidar de no caer en una superficialidad que nos deje todavía más hambrientos.

Somos propensos a seguir a gurús, a escuchar lo que “los maestros” nos dicen y a mezclar los alimentos según nos apetezca. La espiritualidad es nuestra esencia, no es algo exterior a mí que consumo según mi necesidad sino la respuesta con un estilo de vida que me llama desde dentro.

La espiritualidad auténtica se nutre del silencio y del diálogo y también de la acción. Cada uno de estos aspectos nos propulsa al otro. Nos hace más humildes, conocedores de nuestra realidad y nos ayuda a aceptarnos a la vez que aceptamos la complementariedad de los otrxs.

Nos regala nuevos ojos con los que ver la realidad y nos mantiene viva la esperanza en medio de las contradicciones. Es la única manera de mantenernos a flote en un momento de tantísima turbulencia. No nos viene dada, salimos a buscarla y nos sale al encuentro.

No toca un aspecto de nuestra realidad sino todos ellos, lo envuelve todo, lo transforma todo, en nosotros y en conexión con todo y con todxs. Es la mejor compañera de camino, mejor dicho, ella misma es el camino.

Carmen Notario, SFCC

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

 

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Las pulsiones del ego.

domingo, 6 de marzo de 2022
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B3B8CF9E-E6B8-418B-BB0D-C7D9D8E230DDDomingo I de Cuaresma

6 marzo 2022

Lc 4, 1-13

El ego busca autoafirmarse porque únicamente de ese modo puede sentirse “existente”. Entre los modos de autoafirmación destacan las que podemos considerar tres pulsiones básicas: tener, poder y aparentar. Ya que le resulta imposible hacer pie en sí mismo, de una manera desapropiada, debido a su naturaleza vacua -el ego es vacío que solo tiene una ilusoria sensación de existir porque se cree en él-, tiene que “robar energía” para alimentarse. Se trata, por tanto, de un parásito que vive “de prestado”.

La energía que le alimenta es el afán de tener, de poder y de aparentar. Pero esas pulsiones no son inocuas, sino que conllevan un elevado “coste”, para uno mismo, para los otros y para el planeta entero.

El afán de tener fácilmente toma la forma de insaciabilidad y voracidad acaparadora. La contracara es la injusticia, en forma de desigualdad extrema que arroja cifras escandalosas, como el hecho de que unas cuantas fortunas posean más riquezas que los habitantes de todo un continente; o que, para que toda la humanidad disfrutara del modo de vida de las sociedades noroccidentales, serían necesarios más de tres planetas como la tierra.

La contracara del afán de poder es el sometimiento y la dominación, que puede llegar hasta la esclavitud, pasando por abusos y maltratos de todo tipo.

La contracara del afán por aparentar es el cultivo de la superficialidad y, en último término, la mentira y la falsedad. Para la llamada “cultura de la imagen” parece que todo vale, con tal de que la imagen personal salga beneficiada.

El resultado de todo ese proceso, en la medida en que nos dejamos atrapar por él, es un ego esclavo de esa triple pulsión. Esclavitud que corre pareja con la ignorancia acerca de lo que realmente somos. Y no hay forma de que una persona o una sociedad puedan construirse sobre la base de la ignorancia, es decir, de la mentira.

De ahí que las tradiciones sapienciales insistan en el cultivo de las actitudes alternativas, tal como queda subrayado con fuerza, en el mensaje del propio Jesús. Frente a esa triple pulsión, el evangelio propone el cuidado de esta triple actitud: frente al afán de tener y la idolización de la riqueza, compartir; frente al afán de poder y la idolización de la fuerza, servir; frente al afán de aparentar y la idolización de la imagen, ser. Este es el camino de la sabiduría y de la liberación del sufrimiento. Y solo el crecimiento en esta consciencia hará posible la transformación personal y colectiva, así como el cuidado del planeta.

¿Qué peso real tienen en mí esas tres pulsiones?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

 

 

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El Diablo no es un señor al que Dios le permite tentar al personal.

domingo, 6 de marzo de 2022
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imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

La Creación un acto de Amor

01.- El diablo.

         En el primer domingo de cuaresma leemos y recordamos las tentaciones del Cristo y del ser humano.

         Era natural que se echase mano de la figura del diablo. Pero a estas alturas de la vida y del pensamiento cristiano no podemos creer que el diablo sea un personaje, un señor al que Dios le permite que ande por ahí haciendo el “canelo” con un tridente, oliendo a azufre y a la caza y captura de clientes para el infierno. Sería -es- un infantilismo carnavalero.

         Diablo es lo contrario de símbolo.

Los símbolos centran, concentran significados: banderas, colores, anagramas, etc. representan pueblos, instituciones, movimientos, etc.

Diablo es lo que puede descentrar la libertad humana. Hay realidades en la vida que pueden despistar nuestra libertad: el dinero, la comida, el sexo, etc.

         La cuestión del diablo y de las tentaciones radican en la libertad humana, no en un señor que pulula por ahí.

02.- Un relato entramado de símbolos.

         El relato de las tentaciones de Jesús es un entramado de símbolos que evocan el Éxodo, la libertad, los cuarenta días / años de desierto, es decir: toda la vida caminando para llegar a la Tierra de Promisión.

         Toda vida humana es un Éxodo, un camino, una nostalgia (un intento) de absoluto, una promesa de tierra de plenitud.

03.- ¿Dios nos creó, pero le salió mal la creación?

         Decimos y creemos que Dios es creador. Pues bien, cuando Dios crea, lo hace con amor y con todas sus consecuencias.

         Si Dios crea la tierra, no pensemos que luego va a evitar los terremotos. La tierra, el universos y los pluriversos tienes sus leyes y pueden ocurrir catástrofes, que Dios no va a evitar.

         Si Dios crea los mares, luego no va a evitar que se den maremotos.

         Si Dios crea libre al ser humano, el hombre puede equivocarse y hacer el mal (pecado).

         Las criaturas no somos dioses, somos limitados, corruptibles porque así nos ha creado Dios. Los humanos somos débiles y estamos llamados a morir. Dios nos ha creado siendo muy consciente de que podemos fallar.

04.-   La creación no es un acto de poder, sino de amor.

La clave para acercarse al misterio de Dios creador no es su poder, sino su amor.

Aunque Dios es todopoderoso, sin embargo la relación de Dios con el hombre no es desde la omnipotencia, sino desde el amor. Dios es amor (1Jn 4,16).

Cuando Dios emplea su poder (como su justicia), está regido por su amor hacia el mundo y hacia los seres humanos, (27).

Si Dios usara sin más el poder para suprimir todo mal, violentaría la creación, y, sobre todo, al hombre en su dignidad y libertad. Y la condición del amor es dejar a los otros ser lo que son en su identidad profunda. La permisión del mal es inherente a un Dios que transmite y respeta la vida, (Segundo Galilea).

El ser humano es libre y en el ejercicio de su libertad puede elegir, decidir, y se puede equivocar incluso puede actuar mal. La única manera de evitar las equivocaciones y el mal es no creando al ser humano, no creando las cosas ni la creación. Pero es mejor vivir la miseria humana con esperanza, con Éxodo y Tierra de Promisión que no vivir.

Mundo (360)Por eso Dios crea con amor, aun a riesgo de que el ser humano se corrompa y se frustre.

Estamos en el núcleo del problema del mal, del misterio del mal.

La clave para iluminar el problema del mal es otra vez el amor de Dios. Por el amor que Dios nos tiene, es el único que puede transformar los males en bien final.

La solución al problema del mal humano, del pecado está en JesuCristo. Jesús crucificado es la razón última de la esperanza cristiana, de la liberación, de la Tierra de promisión. Jesús crucificado y no mis fuerzas, ni mi voluntarismo, es donde queda superado el aparente absurdo del mal inevitable.

Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.

(rezamos todos juntos estas palabras de San Pablo)

¿Quién nos separará del amor de Cristo?

¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre,

 la desnudez, el peligro, la muerte violenta?

Estamos siempre expuestos a la muerte.

Pero en todo esto salimos más que vencedores

por medio de aquel que nos amó.

Nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente ni lo futuro,

ni lo alto ni lo profundo ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios.

¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús,

 nuestro Señor!

(Romanos 8, 35-37)

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“Árboles sanos”. 8 Tiempo ordinario – C (Lc 6,39-45)

domingo, 27 de febrero de 2022
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La advertencia de Jesús es fácil de entender. «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto. No se cosechan higos en las zarzas ni se vendimian racimos en los espinos».

En una sociedad dañada por tantas injusticias y abusos, donde crecen las «zarzas» de los intereses y las mutuas rivalidades, y donde brotan tantos «espinos» de odios, discordia y agresividad, son necesarias personas sanas que den otra clase de frutos. ¿Qué podemos hacer cada cual para sanar un poco la convivencia social tan dañada entre nosotros?

Tal vez hemos de empezar por no hacer a nadie la vida más difícil de lo que es. Esforzarnos para que, al menos junto a nosotros, la vida sea más humana y llevadera. No envenenar el ambiente con nuestra amargura. Crear en nuestro entorno unas relaciones diferentes hechas de confianza, bondad y cordialidad.

Necesitamos entre nosotros personas que sepan acoger. Cuando acogemos a alguien, lo estamos liberando de la soledad y le estamos infundiendo nuevas fuerzas para vivir. Por muy difícil que sea la situación en que se encuentra, si descubre que no está solo y tiene a alguien a quien acudir, se despertará de nuevo su esperanza. Qué importante es ofrecer refugio, acogida y escucha a tantas personas maltratadas por la vida.

Hemos de desarrollar también mucho más la comprensión. Que las personas sepan que, por muy graves que sean sus errores, en mí encontraran siempre a alguien que las comprenderá. Hemos de empezar por no despreciar a nadie, ni siquiera interiormente: no condenar ni juzgar precipitadamente. La mayoría de nuestros juicios y condenas solo muestran nuestra poca calidad humana.

También es importante contagiar aliento a quien sufre. Nuestro problema no es tener problemas, sino no tener fuerza para enfrentarnos a ellos. Junto a nosotros hay personas que sufren inseguridad, soledad, fracaso, enfermedad, incomprensión… No necesitan recetas para resolver su crisis. Necesitan a alguien que comparta su sufrimiento y ponga en sus vidas la fuerza interior que las sostenga.

El perdón puede ser otra fuente de esperanza en nuestra sociedad. Las personas que no guardan rencor ni alimentan el resentimiento, y saben perdonar de verdad, siembran esperanza a su alrededor. Junto a ellas siempre crece la vida.

No se trata de cerrar los ojos al mal y a la injusticia. Se trata sencillamente de escuchar la consigna de Pablo de Tarso: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien». La manera más sana de luchar contra el mal en una sociedad tan dañada como la nuestra es hacer el bien «sin devolver a nadie mal por mal…; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres» (Romanos 12,17-18).

José Antonio Pagola

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“Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca”. Domingo 27 de febrero de 2019. 8º Ordinario

domingo, 27 de febrero de 2022
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ordinario16c8De Koinonia:

Eclesiástico 27, 4-7: No alabes a nadie antes de que razone.
Salmo responsorial: 91: Es bueno darte gracias, Señor.
1Corintios 15, 54-58: Nos da la victoria por Jesucristo.
Lucas 6, 39-45: Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca.

La separación entre la teoría y la práctica, entre el decir y el hacer, entre el conocer y el ser, es un problema filosófico digno de toda atención. La filosofía, y luego, el espíritu imperial de Roma, constituyen el ambiente espiritual en el que el cristianismo nació, y por el que quedó profundamente marcado. Así, el cristianismo institucional, históricamente, ha estado mucho más preocupado por la ortodoxia (la «opinión correcta», la ausencia de herejía, la verdad, la fe) que por la ortopraxis (la «práctica correcta», el amor, la caridad): no ha perseguido tanto a quien no vive o no practica el amor, cuanto a quien ha expresado (o incluso sólo pensado) una opinión teórica discrepante de los dogmas oficiales. Las persecuciones que la Inquisición montó en los siglos oscuros de la historia de la Iglesia de Occidente son un ejemplo de la hipertrofia de esta primacía dada a lo teórico o dogmático, sobre lo práctico.

El pensamiento moderno cambió esta situación en la cultura occidental, asumiendo una fuerte valoración e incluso una clara preferencia por la praxis frente a la teoría. El “primado de la acción”, la primacía de la praxis… marcan característicamente a la modernidad: la acción es más importante que la teoría, el hacer más que el decir, la transformación de la realidad más que su simple interpretación.

Al cristianismo esta preferencia moderna por la praxis no nos sorprende fuera de juego: la mejor tradición bíblica coincide plenamente con ella. La Palabra de Dios –dabar, palabra en hebreo- no es un sonido (flatus vocis, un mero ruido de la voz), ni un simple concepto mental, sino un hecho, una actuación: Dios no se revela en afirmaciones doctrinales… sino en acontecimientos, en intervenciones salvadoras en la historia.

Los profetas de Yavé no cesan de reconvenir al Pueblo de Dios cuando éste se desvía hacia un culto quizá fervoroso pero que, sin el respaldo de la vida, se convierte en idolátrico. Los dioses son nada; el Dios de Israel es vida, amor, historia. «Conocer a Yavé es practicar la justicia», repetirán los profetas con una insistencia casi obsesiva (Mq 6,6-8), con una paradoja digna de ser subrayada ante nuestra cultura occidental: “conocer es practicar…”. La praxis del amor y de la justicia es el criterio máximo de la bondad moral, por encima de todo culto o sacrificio (Is 1,10-18; 58,1-12; 66,1-3; Am 4,4-5; 5,21-25; Jer 7,21-26), o de cualquier otra seguridad moral (Jer 7,1-15; 9,24) o de toda ortodoxia doctrinal; así como la referencia fundante de la fe religiosa de Israel y de su misma constitución como Pueblo es la praxis liberadora de Dios en el Exodo (Ex 20,1).

Jesús, «profeta poderoso en obras y palabras» (Lc 24,19), que primero comenzó “haciendo” para enseñar (cfr Hch 1,1), que provocaba el asombro de unas muchedumbres «que oían “lo que hacía”» (Mc 3, 8) tanto o más que lo que decía, recogerá esta veta profética e insistirá -con fuerza mayor y una coherencia total hasta su propia muerte- en que «no todo el que “dice”… sino el que “hace” la voluntad del Padre entrará en el Reino» (Mt 7,21-23); que «los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23), y que si lo amamos a Él «practicaremos sus mandatos» (Jn 14,24).

La palabra de Jesús alcanza en este punto su claridad máxima cuando propone la práctica del amor, especialmente «con estos mis hermanos más pequeños», como el «criterio escatológico de salvación», conforme al cual se realizará el «juicio de las naciones» (Mt 25,31-46). La parábola del «buen samaritano» (Lc 10,25-37) subrayará esta primacía de la práctica del amor por encima de las fronteras de credo, culto o religión. El evangelio de Juan recalcará hasta la saciedad que la práctica concreta, las obras, son las que dan testimonio creíble (Jn 5,36; 6,30; 7,3; 9,3; 10,25; 10,37-38; 14,11; 15,24).

“Por sus obras los conocerán”, dice Jesús. La prueba de la persona está en su hablar (segunda lectura de hoy). “Obras son amores, y no buenas razones”, dice un refrán castellano. “Una cosa es predicar y otra dar trigo”, dice otro. “Del dicho al hecho hay un buen trecho”, añade un tercero. “Operari sequitur esse“, el obrar sigue al ser, decía por su parte un principio aristotélico: los frutos buenos sólo pueden venir del árbol bueno, y por eso, los frutos prácticos, los hechos, son el mejor criterio de discernimiento moral. En el fondo, Jesús nos está enseñando algo de sentido común, del buen y profundo sentido común.

Jesús no simplemente “predicó” esta primacía de la práctica, sino que la vivió. Pasó por este mundo «haciendo el bien» (Hch 10,37), y «todo lo hizo bien» (Mc 7,37)… De ahí que Jesús recomiende a sus seguidores que comiencen por practicar lo que confiesan con la boca, lo que creen con la fe. Importa mucho que el seguidor de Jesús presente antes de nada las credenciales de su autenticidad. Su vida ha de ser el modelo de lo que predica. No es posible creer a quien contradice con los hechos lo que dice con sus palabras. Por eso, Jesús nos inculca la necesidad de vivir coherentemente con lo que creemos, como condición previa a todo “apostolado”. No es posible pretender corregir o mejorar a los demás cuando nuestra vida no muestra aquello que predicamos; eso sería ser ciegos y querer guiar a los demás. La mejor invitación a los otros, en este sentido, es el propio ejemplo: “el ejemplo arrastra”, dice el refrán. Es necesaria pues la humildad de comenzar por luchar contra los propios defectos, en vez de querer corregir a los demás. “Quita la viga de tu ojo, y entonces podrás quitar la brizna del ojo de tu hermano”. Lo contrario es incoherencia y probablemente hipocresía. Jesús, en su propia persona, fue ejemplo de esa misma veracidad y autenticidad. Leer más…

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27.2.22: Saca la viga del ojo. Parábola del ciego que guía a otros ciegos (Lc 6, 39-42), con el principio de Peter.

domingo, 27 de febrero de 2022
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5654528C-CC27-4EE1-870C-CCF59A035EB5Del blog de Xabier Pikaza:

Lucas ha colocado esta parábola al final del sermón de la llanura (6, 20-49), como expansión y comentario de su principio supremo: No juzguéis… (6, 37).

Retomando una tradición central del AT, Jesús quiere que los hombres podamos mirar y vernos con los ojos más hondos, del cuerpo y del alma, porque ver es conocer y conocernos mirar y ser mirados, en un mundo como aquel y como el nuestro dominado por ciegos malos (incompetentes, según el principio “científico” de L. J. Peter). Quiere que los hombres miren con ojos abierto, vean y vistos, amen ysean amados, no que juzguen y se impongan unos sobre otros.

Lucas elabora y presenta esta parábola del ciego al finalfinal del sermón de la llanura, culminando de esa forma su más hondo mensaje de Reino.   

Lc 6, 39-42. La parábola del ciego (con un paréntesis sobre el discípulo)

(Principio: Parábola). En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

(Paréntesis sobre el aprendizaje). Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

(Explicación de la parábola: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Texto paralelo de Mateo

(cada parte del texto en un  lugar distinto)

Mt 15, 14. Si un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo

Mt 19, 24. Un discípulo no es mayor que su maestro; será perfecto si es como su maestro

Mt 7, 3-43 ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no ves la viga de tu propio ojo? 4¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, cuando tienes la viga en el tuyo?  

Situar la parábola 1… Plano escolástico, en línea de conocimiento. La filosofía y teología escolástica de la Edad Media ha elaborado este motivo del ver y el actuar en un contexto “teórico”, de conocimiento, en el que se distinguen tres niveles:

  1. Ver, simple aprehensión. De una manera simplista (de tipo abstracto), muchos escolásticos suponían (y muchos modernos seguimos suponiendo) que se pueden ver las cosas de un modo neutral, sin “estar ya juzgando” al mirarlas. Hablaban de un mirar puro, de simple aprehensión, pensaban que había una mirada neutral… En esa línea se sitúan muchos “positivistas”, que siguen diciendo que ellos ven sin interferencias ni perturbaciones de ningún tipo…
  2. Juicio… Sólo en un segundo momento la mente realiza (puede realizar) un juicio sobre aquello que ha visto. En contra de eso, tanto la filosofía como la física actual sabe que en la misma “mirada” (en el modo de ver) hay un juicio de fondo, miramos desde nuestros presupuestos…En el mismo momento en que miramos tenemos una “viga” en nuestros ojos….
  3. Raciocinio… Tras la simple aprehensión (mirada pura) y tras el juicio vendría el “raciocinio”, es decir, la conclusión pensante…

Situar la parábola 2: Plano de la acción programada de los “militantes cristianos”. Los grupos de la Acción Católica especializada elaboraron a mediados del siglo XX unos programas muy precisos de compromiso, expresados en la tríada clásica (fundada en la escolástica anterior) del ver-juzgar-actuar:

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  1. Ver es conocer lo que hay: situarse bien ante la realidad, conocer bien sus matices… No partir de presupuestos falsos o impuestos desde fuera. Tener plena libertad para situarse sin prejuicios de dictados por un tipo de poder o de autoridades externas.
  2. Juzgar con imparcialidad… No dejarse llevar por pre-juicios externos, por los diversos “ídolos” de tipo económico, social etc.
  3. Actuar. Trazar unos programas de acción eficiente, al servicio de la verdad.

Situar la parábola 3. Comparación con la ley de Peter

Laurence Johnston Peter (1919-1990) fue un pedagogo canadiense, afincado en California, que formuló en 1969 una famosa ley llamada “principio de Peter”, que se puede formular así: “Las personas que realizan bien su trabajo son promocionadas a puestos de mayor responsabilidad, a tal punto que llegan a un puesto en el que no pueden formular ni siquiera los objetivos de un trabajo, y alcanzan su máximo nivel de incompetencia”.

Según esa ley de Peter, que él presenta y argumenta de un modo «científico», los altos cargos de la administración, de la educación y otras instancias de “poder” social y religioso terminan estando dirigidas por los más incompetentes. Muchas veces he pensado que esta “ley científica” de Peter se parece un poco a la parábola de los “ciegos gobernantes” de Jesús.

Leer más…

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Cuatro errores que debes evitar

domingo, 27 de febrero de 2022
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Del blog El Evangelio del Domingo de José Luis Sicre:

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«Si un ciego guía a otro ciego…»

La última parte del “Discurso de la llanura” desconcierta por la variedad de personajes que aparecen: dos ciegos, un discípulo y su maestro, dos miembros de la comunidad, un hombre bueno y otro malo; uno inteligente, que construye su casa sobre roca, otro insensato, que la edifica sobre arena. Y también son muy diversas las imágenes: un hoyo, la mota y la viga en el ojo, el árbol sano y el árbol podrido; higos y zarzas, uvas y espinos.

Evidentemente, se trata de frases de Jesús pronunciadas en diversos momentos y circunstancias. Sin embargo, pueden relacionarse con el tema que preocupa a Lucas, leído el domingo pasado: “no juzguéis, no condenéis”.

Cuatro errores que debes evitar

  1. Si te consideras con buena vista para juzgar y condenar a los demás, te equivocas. Estás ciego. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caen en el hoyo.

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?

  1. Si te consideras muy listo y bien preparado para juzgar y condenar a los demás, te equivocas. No eres un catedrático, sino un alumno de 1º. A lo más que puedes aspirar, después de mucho esfuerzo, es a ser como el catedrático.

Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

  1. Si te consideras digno de juzgar y condenar a los demás, te equivocas y eres un hipócrita. Tus fallos son mucho mayores. La viga de tu ojo es mucho más grande que la mota en el ojo de tu hermano y te impide ver bien.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

  1. Si piensas que cuando juzgas y criticas a los demás lo único que haces es disfrutar o hacerles daño, te equivocas. Te haces daño a ti mismo, porque las palabras que salen de tu boca dejan al descubierto la maldad de tu corazón. [En esta última comparación del árbol bueno y el malo, cada uno con sus frutos, la clave está en las palabras finales: “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. Del hombre bueno nunca saldrán críticas, juicios malévolos ni murmuraciones; solo saldrá perdón y generosidad. En cambio, quien critica, juzga, murmura, revela que tiene el corazón podrido.]

No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto; porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca».

1ª lectura: ¿Quieres saber cómo es una persona? (Eclesiástico 27,5-8)

            Este breve texto, desconcertante a primera vista, resulta claro cuando lo relacionamos con las palabras del evangelio: “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. ¿Quieres saber cómo es una persona? Fíjate en lo que hace la gente de tu entorno (estamos en el siglo II a.C.).

Cuando quiere separar el trigo de la paja, criba.

Cuando quiere probar una vasija de barro, la mete en el horno del alfarero.

Cuando quiere saber si un árbol es bueno, mira sus frutos.

Cuando tú quieras conocer a fondo a una persona fíjate en cómo razona y en lo que dice. “De lo que rebosa el corazón habla la boca”.

Se agita la criba y queda el desecho,
así el desperdicio del hombre cuando es examinado.

El horno prueba la vasija del alfarero,
el hombre se prueba en su razonar.

El fruto muestra el cultivo de un árbol,
la palabra, la mentalidad del hombre.

No alabes a nadie antes de que razone,
porque esa es la prueba del hombre.

Reflexión

thumbs_DIA-6-P.C-JMJ-20192019_01_245680El “Discurso de la llanura”, aunque no tenga la fama del “Sermón del monte” de Mateo, es un resumen muy bueno de la actitud que debemos tener ante enemigos y hermanos. Generalmente se recuerda el amor a los enemigos. Pero es frecuente olvidar el amor a los otros miembros de la iglesia, la obligación de no juzgar ni condenar a quienes piensan o actúan de forma distinta.

El carácter tan radical de algunas afirmaciones requiere explicación. Quien lo desee puede consultar mi comentario El evangelio de Lucas. Una imagen distinta de Jesús(Verbo Divino, 2021), pp. 187-203.

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27 de febrero. Domingo VIII. Tiempo Ordinario

domingo, 27 de febrero de 2022
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“¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llegas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.”

(Lc 6, 39-45)

¡Qué bien nos conoces, Maestro! Cómo se nota que te has hecho uno de nosotros, que te has mezclado con todo lo nuestro.

Y sí, tenemos esa tendencia generalizada y muy extendida de querer solucionar problemas ajenos.¡ Ah!, y no solo los pequeños problemas de nuestro vecino más próximo, también estamos convencidos de que si el mundo estuviera en nuestras manos todo andaría mucho mejor.

Por eso no es difícil escuchar una conversación acerca de cómo mejorar la política de Estados Unidos, o de cómo acabar con el hambre en el mundo. También nos atrevemos con la violencia de genero o los casos de corrupción en política. Es todo tan sencillo que en una conversación de media hora lo hemos solucionado.

Después nos volvemos a nuestras vidas, con nuestros grandes problemas. Porque quizá tenemos muy claro cómo solucionar el problema de la inmigración mundial pero no somos capaces de entendernos con nuestro hijo.

Y también le hemos encontrado solución a la violencia machista pero luego nuestro jefe nos da pánico y no nos queda más remedio que aguantar para cobrar a fin de mes.

Tenemos necesidad de solucionar aquello que no depende de nosotras para no tener que enfrentarnos a lo nuestro. ¡Qué miedo nos da lo nuestro! Además, parece que si no le prestamos atención es menos real. Pasa más desapercibido.

Por eso necesitamos que Jesús nos repita más de una vez esa palabra que nos sacude y nos despierta: ¡Hipócrita! No nos gusta oírla pero nos viene muy bien.

Además, solo ante Jesús nos quedamos sin poder rebatir. No podemos contestarle nada. Sencillamente tiene razón. “Nos ha pillado”, como al niño travieso, con la mano dentro del bote de galletas.

Tienes razón Jesús, somos hipócritas. Nos resulta más sencillo preocuparnos de las motas ajenas que ocuparnos de nuestras vigas.

Oración

Haznos ver, Trinidad Santa, nuestra propia oscuridad, esa viga que tratamos de ocultarnos a nosotras mismas. Y ayúdanos a sacárnosla. Nosotras no podemos.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Exigir a los otros lo que yo no cumplo es hipocresía

domingo, 27 de febrero de 2022
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DOMINGO 8º (C)

Lc 6,39-45

El sermón del llano en Lucas termina con una retahíla de frases hechas, que tratan de explicar el contenido del mensaje. Recordemos que Mateo lo coloca en lo alto del monte mientras que Lucas nos dice que lo pronunció en un rellano (Jesús bajó del monte y se paró en un rellano). En la mitología de la época el monte era el lugar de la divinidad (de ahí que todas las teofanías se dieran en los montes. El valle era el lugar del hombre. Para Mateo Jesús habla desde el ámbito de lo divino, para Lucas habla desde una situación intermedia. Quiere hacer ver que Jesús hace de puente entre lo divino y lo humano.

Las frases que acabamos de leer y las que leíamos el domingo pasado son proverbios que eran patrimonio de todas las culturas del entorno, no son inventadas por Jesús sino un destilado de la sabiduría popular que durante miles de años se había ido condensando en frases rotundas fáciles de recordar. Tengamos en cuenta que durante la mayor parte de la prehistoria humana no hubo escritura y durante la mayor parte del tiempo en que ya se había inventado, la inmensa mayoría de la gente no sabía ni leer ni escribir. Era muy importante facilitar la retención de ideas centrales, que eran claves en la vida de cada día.

Aun en nuestros días estamos acostumbrados a aplicar frases famosas a personajes concretos sabiendo que no las pronunciaron ellos, pero son muy útiles para hacer ver la sabiduría de aquellos a los que se les atribuye o resaltar la importancia de la frase, atribuyéndolo a una persona de gran prestigio. En el AT hay un libro que se llama “Proverbios” y que el mismo texto atribuye a Salomón, cuando hoy sabemos que está escrito cuatro siglos después. En el caso de Jesús, está claro que esos proverbios pueden servir para destacar la sabiduría que estaba manifestando en todo momento. Por eso se utilizan como resúmenes de su mensaje.

Como el evangelio aborda temas tan diversos, hoy nos vamos a fijar en la mota y la viga en el ojo. Lo primero que tenemos que advertir es la importancia que en la vida espiritual ha tenido la luz y la visión como metáfora de las posibilidades de acceder a un ámbito especial de existencia que me abre a otro mundo. En ningún caso se trata del ojo físico. Es un símbolo de las posibilidades que todo ser humano tiene de ver otra realidad y que le coloca en situación privilegiada para afrontar la vida entera desde otra perspectiva.

Con esta metáfora nos está advirtiendo de lo complicado de la psicología humana. Los dichos que se atribuyen a Jesús muestran un conocimiento de las profundidades del ser humano. En los evangelios nos muestran un Jesús con un increíble conocimiento de la psicología humana. Más que con valores espirituales, la imagen de la mota en el ojo nos habla de la necesidad de conocer nuestro inconsciente y saber orientarnos en esa relación con los demás que nos puede hacer más humanos. Dar importancia en los demás a los fallos que nosotros mismos tenemos es la mejor manera de hacer patente nuestra falsedad. Nos desahogamos criticando en los demás lo que no aguantamos en nosotros mismos.

La naturaleza del ojo es ver. Si no hay impedimento alguno y el ojo está sano, la visión es la cosa más natural del mundo. Por eso el ejemplo no habla del ojo en sí sino de lo que puede impedir desarrollar la función que le es propia. En los evangelios se utiliza con profusión la imagen de la luz y la visión. El mismo Jesús dijo: yo soy la luz del mundo, el que viene a mí no camina en tinieblas. Y a sus discípulos les dijo: vosotros sois la luz del mundo. Está claro que el que llega a “ver” con claridad, se convierte en luz para los demás

Esta metáfora del ojo y de la luz es universal y la podemos encontrar en cualquier religión a lo largo del tiempo y el espacio. En las religiones orientales ha tenido incluso mucho más impacto que en occidente. La imagen del tercer ojo es un claro ejemplo de ello. Se habla con toda naturalidad de un ojo especial que permite a la persona descubrir lo que para la inmensa mayoría está oculto. No se trata de una realidad física, aunque a veces se han empeñado en identificarla con un órgano específico del cuerpo. El tercer ojo hace referencia a una sensibilidad especial para descubrir la realidad trascendente y dejarse guiar por ella.

En la religión egipcia el ojo de Horus es una de las claves de interpretación de la espiritualidad. Fue durante milenios el amuleto más potente de los usados. Se encuentra por todas partes en las inscripciones de templos y tumbas. Se creía en su poder de protección para los vivos y para los muertos. Tal es la fuerza de atracción que posee que aún hoy es utilizado como amuleto o tatuaje por personas de todo el mundo.

El afán de corregir a los demás es una constante, sobre todo entre los que nos creemos religiosos. A pesar de que el evangelio nos aconseja la corrección fraterna, no hay nada más peligroso en la vida espiritual. No solo porque nunca podemos estar seguros de lo que es mejor para el otro, incluso cuando hayamos constatado que es bueno para nosotros mismos; sino porque tendemos a corregir al otro desde la superioridad moral que creemos tener. Si te sientes superior, sea moral o intelectualmente, estás incapacitado para ayudar.

La actitud de superioridad nace siempre de la superficialidad, está en estrecha relación con nuestro falso ser. El caparazón que nos envuelve es lo único que nos interesa. En materia del espíritu, creemos que es suficiente con lo aprendido de otros, creyendo que el simple conocimiento nos hace sabios. Jesús nos invita a la autenticidad, es decir, a bajar a lo hondo de nuestro ser y descubrir allí lo que está de acuerdo con lo que somos. Por eso está siempre criticando una acomodación externa a las normas. La única Ley definitiva es la que está escrita en nuestro propio ser y es ahí donde hay que descubrirla para que sea eficaz.

El creernos en posesión de la verdad, y por tanto con el derecho de imponerla a otros, es la actitud más contraria al mensaje evangélico. Según el evangelio, debíamos estar siempre con los oídos muy abiertos para escuchar lo que nos pueden decir los demás y con la boca cerrada para no engañar a los demás con nuestros discursos interesados y simplistas. No hay nada más desagradable que un sabelotodo que está siempre queriendo decir la última palabra sobre lo que hay que hacer o evitar. El mundo no está necesitado de maestros sino de discípulos. Dice un proverbio: cuando el discípulo está preparado, el maestro surge.

La imagen del ciego guiando a otro ciego es muy esclarecedora. Parece absurda, pero es la postura que con más frecuencia adoptamos los humanos. Siempre nos creemos con derecho a enseñar porque confundimos nuestra verdad con la verdad. Decía Machado: “¿tu verdad? no, la verdad, y ven conmigo a buscarla, la tuya quédatela”. Esto es verdad en todos los aspectos del conocimiento, pero en el aspecto religioso, se ha llevado al paroxismo. Cuando esta postura se institucionaliza se convierte en un verdadero sarcasmo. Solo nos queda un paso para afirmar con toda rotundidad: fuera de la Iglesia no hay salvación.

Meditación

El instrumento de aprender y de enseñar es la palabra.
Primero tengo que escuchar para llenarme.
Pero solo cuando la haya convertido en vida,
estaré preparado para llevarla a los demás.
¡Que nunca se me ocurra catequizar o imponer!
Demuestra con tu vida que lo que crees te ha liberado.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Exageraciones.

domingo, 27 de febrero de 2022
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ciego-guiarLc 6, 39-45

¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?

El sermón del Monte de Mateo, o del Llano de Lucas, son en realidad recopilaciones de dichos de Jesús que configuran los fundamentos del Reino, o dicho de otro modo, que condensan su propuesta de vida. Junto a las parábolas, constituyen el núcleo esencial del evangelio, pero hoy no queremos centrarnos en el fondo del mensaje —ya lo hacemos a lo largo del año—, sino en la forma peculiar que tenía Jesús de decir las cosas.

Jesús era un semita, y los semitas no emplean conceptos para expresar sus ideas, sino que recurren a imágenes y analogías que resultan mucho más ricas y rotundas para hablar de lo trascendente. Por ejemplo, cuando uno de nosotros dice que una persona es “hospitalaria”, todos entendemos lo que quiere decir, pero su expresión carece de la fuerza y la riqueza que en el fondo encierra el concepto. En cambio, un semita probablemente lo diría de esta forma: «La puerta de su casa está siempre abierta»… y esta expresión tiene una fuerza muy superior a la del concepto seco con que nosotros la expresamos.

Dentro de esta cultura, Jesús era un orador genial que arrastraba con su palabra a unas multitudes que hasta se olvidaban de comer por escucharle. Buena muestra de ello es el episodio que narra Juan en el capítulo séptimo de su evangelio, cuando los sumos sacerdotes y los fariseos envían alguaciles a prenderle y estos vuelven con las manos vacías. «¿Por qué no le habéis traído?», les preguntan. Y ellos responden: «Jamás hombre alguno habló como éste».

Lo más característico de su estilo son las parábolas —cuentos sencillos y al alcance de todos con los que hace la mejor teología de la historia—, pero también son de resaltar sus exageraciones. Cuando quería poner el énfasis en algo, inventaba una gran exageración y ya nunca se olvidaba.

Y así, nos habla de la viga en el ojo, o de colar el mosquito y tragarnos el camello… y nos sentimos interpelados porque nos vemos fielmente reflejados en ello. O del camello que pasa por el ojo de la aguja… y nos planteamos si es compatible nuestra mentalidad de ricos con el Reino. O de poner la otra mejilla… y entendemos mejor los planteamientos de vida propios de los seguidores de Jesús. O de sacarnos un ojo o cortarnos una mano… y comprendemos la radicalidad con la que Jesús nos anima a tomarnos en serio la vida y no echarla a perder por culpa de las pasiones…

Jesús es un extraordinario conocedor de la naturaleza humana, sabe que tenemos propensión a equivocarnos y se vale de estas exageraciones inverosímiles para señalarnos el camino. El problema es que las tomemos como norma de conducta, y vivamos angustiados por no estar a la altura de moral tan exigente.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

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Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca.

domingo, 27 de febrero de 2022
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(Lc 6, 39-45) – DOMINGO 8º T.O. (C)

La comprensión del Evangelio nos lleva a afirmar que cristiano/a no es sólo el/a que cree en la esperanza del Reino sino sobre todo, quien practica las obras de Jesús, no quien dice y no hace; ese sería el fariseo, principal adversario de Jesús.

La fe entraña confianza, obediencia (de la buena), conocimiento y reconocimiento del Salvador. Las obras no son solo una consecuencia y manifestación de la fe sino la confirmación de la misma; algo que hace verdadera a la misma fe. No hay fe si no se hace acción, trabajo, entusiasmo. ¿En medio de la que está cayendo? ¿Con nuestras fuerzas mermadas, “tocadas” ante la impotencia de nuestra pequeñez y vulnerabilidad? ¿En un mundo que sigue provocando sufrimiento, amenaza y duelo?

La acción del cristiano se manifiesta por la fe y la esperanza. La dimensión transformadora la tiene cada persona por su realidad espiritual y corporal, por ser creación de Dios. Algo que rebasa las rígidas fronteras de lo religioso, de los conceptos en que hemos encerrado el Misterio de un Dios que nos desborda. El ser humano existe para transformar el mundo, humanizarlo y recrearlo constantemente. La fe pues, no es un añadido sino una dimensión esencial de transformación, de liberación. Un aspecto, por otra parte, humilde, verdadero, nada pretencioso, pero actuante.

Lo específico del seguidor de Jesús no es una doctrina ni un código de pureza o preceptos sino quien practica el amor de Jesús en su vida, en la medida que ese amor cambia las relaciones sociales y transforma la persona. Es la savia que fluye incesante en cada Ser. Es cristiano el discípulo de Jesús, que realizó con plenitud las obras de su Abba Dios.

La persona creyente transforma su entorno personal y social para hacerlo más libre y humano; es creyente porque da su adhesión a Cristo, como realidad última o como Último en la realidad, y la confiesa a los demás. Si los/as cristianos/as nos desentendemos de las obras, disentimos de la praxis de Jesús. La calidad de la persona se revela en su decisión (Mt 7,16-20), “Por sus frutos los conoceréis”. Dios que está en la intimidad conoce todo. En la primera lectura leemos, “No alabes a nadie antes de oírlo hablar” (Eclo 27,7).

Tener una actitud crítica frente a los demás es sana y muy recomendable pero ha de ir precedida de una postura rigurosamente autocrítica. Jesús en el evangelio de Lucas es, ante todo, el salvador, el que vino a librar al mundo de sus males. El mundo son todas las personas, y el pueblo de Dios, todos los pueblos. El rostro de Dios que prevalece en la obra de Jesús es la misericordia ofrecida a todos los necesitados: los pobres, los pecadores, las mujeres, los niños, los enfermos, los perdidos.

A Lucas le preocupa que los cristianos de sus comunidades comprendan la palabra de Dios, pero sobre todo que la pongan en práctica. Así es como podrán formar parte de la familia de Jesús. Su evangelio es llamado el evangelio de la misericordia.

He aquí un matiz esencial a la hora de asomarnos a las nuevas espiritualidades expresadas en un lenguaje nuevo no exento de ambigüedad. Propiciado, quizá, en el catolicismo, por el descuido o el olvido de la experiencia y relación con Dios en lo más íntimo de uno/a mismo/a. Y con ello, la paz, el sosiego, el gozo [1]. Todo ello nombrado de diversas formas pero casi nunca como el Cristo experimentado en Jesús de Nazaret, transparencia histórica, encarnación de lo Divino universal. Porque el Dios transparentado en lo dicho, hecho y acontecido en Jesús no es un universal sin rostro, sin programa, sino uno de los nuestros. Lo que experimentamos cuando decimos Dios es, universal, pero a la vez, singular. No podemos prescindir de las Bienaventuranzas, de los/as crucificados/as de todos los tiempos, ni de las expectativas gozosas de los “tabores” visibles en el presente. San Vicente de Paúl muestra la identificación de Jesús con los pobres, “A mí me lo hacéis” (Mt 25,31). Massimo Fusarelli, general de los franciscanos, afirma “Ahora que la cristiandad ha llegado a su fin, tenemos que estar en medio de la gente aunque tengan una fe distinta o no sean creyentes”.

Los pobres son el sacramento y la mediación indiscutible para relacionarse con Dios. La búsqueda de paz interior no puede olvidar la cruz o las Bienaventuranzas. La relación con Dios pasa por la conversión a Quien así se transparenta en los descartados. La persona que anhela unirse a Él, tiene la posibilidad de experimentarlo poniendo todo en común; especialmente compartiéndolo con los desechados, las víctimas, las mujeres invisibilizadas.

Retomando el texto, Jesús arremete contra el fariseísmo que se cuela sutilmente en nosotros, quedándonos en las formas, en lo externo, en mi ego y descuidando el fondo, el interior, la relación con Dios en lo más íntimo de uno mismo.

Liberarnos de pensamientos tóxicos, “nacer de nuevo” para actuar con justicia, con verdad. No existe camino espiritual que no contemple la vía de la purificación personal interior. Los pensamientos maliciosos de nuestra mente constituyen un verdadero obstáculo que dificultan el camino del Espíritu. El antiguo purgante felizmente olvidado, no es más que el elemento revulsivo que nos ayuda a echar fuera aquello que nos está lastimando por dentro. Por eso la observación, la vigilancia o la escucha de nuestra mente y nuestro corazón es el mejor remedio para la hipocresía y el autoengaño generalizado en nuestro mundo.

“El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque lo que rebosa del corazón, lo habla la boca”.

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

[1] J. Mtnez. Gordo, Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad con carne, 67-69

Fuente Fe Adulta

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Comprensión y humildad

domingo, 27 de febrero de 2022
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EB8784F1-5C45-4944-913C-5C88D7E7AD2ADomingo VIII del Tiempo Ordinario

27 febrero 2022

Lc 6, 39-45

Los dichos se Jesús están repletos de sabiduría: un ciego no puede guiar a otro ciego, tiendo a ver en el otro lo que no veo en mí, el árbol se conoce por sus frutos… En estos tres casos, lo que se está reclamando es la necesidad de una mirada limpia, lúcida y humilde, es decir, una mirada capaz de iluminar nuestras oscuridades, en definitiva, una mirada que nace de la comprensión.

Solo la comprensión profunda o experiencial -no la mente analítica- nos permite ver con claridad, disipando las oscuridades en las que nos había enredado nuestro afán de autoafirmación narcisista.

La comprensión nos libera de la ceguera de la rutina, del conformismo, de estrechas lecturas mentales, de los intereses del ego, posibilitando de ese modo que nuestra vida fluya con acierto. Y solo quien es diestro en “guiar” su propio camino es capaz de poder acompañar a otros de manera adecuada.

La comprensión nos permite reconocer nuestra propia sombra -la “viga en el ojo”-, en lugar de proyectarla en los otros, como pretexto para juzgarlos y condenarlos. Sin ser conscientes de que, al condenarlos, nos estamos condenando a nosotros mismos. De hecho, no podré dejar de condenar a los otros mientras haya en mí mismo algo que condene.

La comprensión es la matriz de “frutos buenos”, que afloran de manera gratuita y desapropiada. Mientras el ego vive de la apropiación, que le lleva a presumir de lo que hace y buscar, por ello, la aprobación y el aplauso, la comprensión nos muestra con claridad meridiana que todo se hace a través de nosotros. De hecho, la desapropiación constituye la nota característica de todo “fruto bueno”. En ausencia de la misma, incluso los mejores “frutos”, quedan contaminados e incluso pervertidos, volviéndose amargos.

Todos los efectos que produce la comprensión se hallan sustentados en una característica que la define: la humildad. Al mostrarnos la verdad de lo que somos, la comprensión nos libera del orgullo neurótico -porque nos libera de la identificación con el yo, es decir, nos des(ego)centra- y nos sitúa en la humildad.

Humildad -dijera santa Teresa de Jesús- es “andar en verdad”. La identificación con el yo, el juicio a los otros y la pretensión de quedar por encima de ellos ponen de manifiesto que nos movemos en la mentira, que hace imposible dar “frutos buenos”.

Si humildad es sinónimo de verdad, orgullo es sinónimo de mentira y, en último término, de ignorancia. Se entiende, por tanto, que todas las tradiciones espirituales hayan considerado la humildad como el cimiento básico de todo camino de crecimiento.

¿Dejo espacio a la humildad en mí? ¿Acepto toda mi verdad, sin maquillarla, y comprendo lo que es mi (nuestra) verdadera identidad?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La luz y la verdad ni son fósiles, ni se guardan en formol

domingo, 27 de febrero de 2022
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índiceDel blog de Tomás Muro La verdad es Libre:

El texto evangélico de hoy es un pequeño entramado de sentencias y consejos de Jesús para la vida, consejos casi de sentido común.

01.- Un ciego no puede guiar a otro ciego

Es evidente que un ciego no puede guiar a otro ciego, ni es normal que lo intente.

Jesús se refiere y se dirige a los guías ciegos del pueblo (a los fariseos de su tiempo): a aquellos que no ven y pretenden hablar y enseñar como si fuesen “portavoces” de Dios.

  •  En la vida, en la sociedad hay muchos “guías” –ciegos o no- que rigen los caminos y la orientación de las personas.
  •  Los padres son guías de sus hijos.
  •  Los maestros orientan a sus alumnos.
  •  Los políticos trazan los caminos y rutas del pueblo.
  •  Los médicos sanan y educan a sus pacientes.
  •  Los obispos, los sacerdotes, catequistas pretenden guiar al pueblo.
  •  Los medios de comunicación, los periodistas iluminan o ciegan al pueblo.

Gracias a Dios hay muchos hombres y mujeres de buena voluntad que tratan de iluminar el camino de la vida.

Pero: Cuánto ciego en nuestro mundo pretende conducir a la humanidad, ofuscados por el propio egoísmo e interés del partido / ideología política, personal o nacional; cegados por la técnica, por la ciencia mal interpretada o por la propia valía; cegados por el dios construido a la medida de su mediocridad…

Un ciego no puede guiar a otro ciego

02.- La «mota» y la «viga»:

Fácil y frecuentemente nos permitimos criticar el defecto ajeno y no somos capaces de ver nuestras grandes limitaciones.

Muchas veces nos creemos en posesión de la verdad (cuando no del poder) y pretendemos imponer nuestro criterio a los demás, como si nosotros tuviésemos la totalidad de la verdad y de la razón.

Por otra parte, usamos dos medidas al interpretar las propias acciones y las del prójimo: una es la medida que usamos para nosotros mismos y otra muy distinta es la vara de medir a los demás.

Estamos siempre dispuestos a ver los fallos de los demás y a no ver los nuestros y somos violentos y frívolos al juzgar a los demás, especialmente en el orden moral.

Por otra parte ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie? ¿Qué sabemos nosotros de las personas, de sus recorridos, de su historia, de sus dificultades, de sus fracasos, de sus sufrimientos? Solamente Dios es juez y sabemos desde Jesucristo, que es un Dios siempre dispuesto al perdón y a acogernos. Mejor haríamos, viene a decir, el Señor en mirar nuestras propias debilidades, pecado y miseria, que seguramente tendremos bastante tarea con ello. Seamos  conscientes y humildes en nuestro propio pecado, en nuestros defectos y limitaciones.

03.- Amar la verdad es salir todos los a buscarla.

Vivir en la luz, vivir en verdad es vivir caminando hacia ella, hacia Dios…

En medio de tanta ceguera cultural, política y eclesiástica; y en medio de tanto fanatismo también cultural, político y eclesiástico, seamos humildes reflejos de luz: comuniquemos algo de luz, de la luz del Señor.

Amemos la luz de la Verdad, aprendamos a vivir en referencia, en Éxodo, en camino hacia la verdad. Seamos reflejo de la verdad: llevemos a nuestros hermanos hacia la luz.

Escribía Antonio Machado:

¿Tú verdad? no, la verdad;

y ven conmigo a buscarla.

La tuya guárdatela.

Hoy en día los eclesiásticos barajan enseguida el concepto de relativismo: la sociedad, la cultura actual relativista.

La verdad no es un fósil que se escribió hace 50, 500 años o los que fueren. Las posturas intransigentes y ultraconservadoras creen que la verdad se conserva en formol. Pero la verdad es algo vivo, que ha de llegar a las personas de cada hoy de la historia. La verdad está dicha en palabras, en lenguajes humanos limitados.

Todo lo que nosotros digamos es finito, pero no falso. Para quien ama la verdad un sencillo apunte, un fragmento de luz y de verdad es enormemente valioso: sabiendo que no es absoluto, ni definitivo, pero podemos reflejar un poco la verdad de Dios, la luz del Señor.

A veces para permanecer en la verdad, hay que cambiar su formulación.

Algo de esto es lo que hizo el concilio Vaticano II: cambió, vertió a moldes nuevos el cristianismo, la liturgia, la comprensión de la Biblia, el cómo entender y vivir la Iglesia, la moral, etc.

Por otra parte, tampoco caigamos en el escepticismo de quien ya no  busca ni ama la verdad, porque le parece que es imposible lograrla; ni caigamos tampoco en el fanatismo violento que se ama únicamente a sí mismo, pero no la verdad ni a los demás. Para el fanatismo quien no piensa como ellos lo único que merece la excomunión.

04.- La luz es la bondad de Dios.

El cristiano sabe que su vida está iluminada por la bondad y el eterno perdón de Dios.

Que de nuestro corazón salgo la luz de la bondad que ilumine la ceguera que causa el odio.

    Salgamos todos los días a la plaza pública de la vida tratar de buscar un fragmentos de verdad.

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Aprendiendo a amar a quienes nos hacen daño.

lunes, 21 de febrero de 2022
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B1291FF2-F188-44BB-9A02-B24FE010BDDFLa reflexión de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0, Yunuen Trujillo, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de ayer domingo, para el Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

“Hemos aprendido de memoria la regla de oro; entreguémoslo ahora a la vida.” Edwin Markham, poeta estadounidense

El evangelio de hoy nos trae quizás la más simple pero una de las enseñanzas más desafiantes: «Haz con los demás lo que te gustaría que hicieran contigo». La regla de oro, como se la conoce comúnmente, es el principio ético culturalmente más universal en la historia de la humanidad, y cada religión importante presenta alguna variación de la misma. Tan simple y universalmente aceptada como es esta regla, es uno de los principios más difíciles de seguir.

En la lectura de hoy, la regla de oro se nos presenta en medio de una serie de corolarios. Jesús nos dice que en lugar de buscar retribución después de que alguien nos hace daño, debemos perdonar a nuestros enemigos, no buscar venganza y hacer el bien a quienes nos odian. También nos dice que, cada vez que una persona nos golpea en una mejilla, debemos ofrecer la otra mejilla.

¿Esperar qué?

Los católicos LGBTQ estamos muy familiarizados con la injusticia y, a menudo, hemos tenido que limpiarnos del odio interiorizado hacia nosotros mismos. Para nosotros, permitir que otros nos lastimen sin buscar retribución o justicia a menudo parece un movimiento en contra de nuestra propia supervivencia. El hecho de que estos versículos bíblicos hayan sido utilizados en el pasado por algunos expertos religiosos para silenciar nuestros llamados válidos a la justicia tampoco ayuda. Para comprender y comprometer esta enseñanza a la vida, no podemos aislarla de todo el Evangelio, las cosas deben entenderse en su contexto.

En primer lugar, toda la vida, el ministerio e incluso la muerte y la resurrección de Jesús se centraron en el amor radical de los pobres y vulnerables y en su apoyo a ellos: Jesús mismo era pobre y vulnerable. Una y otra vez, Jesús rompe las reglas sociales y religiosas de su tiempo para estar con los que fueron maltratados y juzgados. Jesús se hace amigo de los marginados, está con los marginados, sana a los marginados, pone a los marginados en posiciones de liderazgo y predica que el Reino de Dios no está lleno de poderosos, sino de aquellos que han sufrido injusticia. Hoy, como ayer, Jesús está con nosotros y nos recuerda que somos Hijos amados de Dios, seres humanos plenos que merecemos vivir una vida digna.

En segundo lugar, Jesús reconoce que existe la injusticia y que, por mucho que intentemos obtener una retribución terrenal, una buena parte de la injusticia queda impune por parte de una sociedad que aún no se ha “resuelto” o que es francamente corrupta. Sin embargo, no importa lo que hagan los poderosos para herir, la justicia divina siempre favorecerá a aquellos que no han hecho daño; ya sea en este reino o en el siguiente.

Tercero (y esta es una parte MUY importante), cuando Jesús nos dice que debemos “hacer con los demás lo que nos gustaría que hicieran con nosotros” y que debemos amar a nuestro prójimo, no dice que debemos amar más a nuestro prójimo. que nosotros mismos. Más bien, dice que debemos amar a nuestro prójimo como nos amamos a nosotros mismos. No podemos dar lo que no tenemos para nosotros.

Amarnos a nosotros mismos a menudo requiere establecer límites saludables con aquellos que nos han lastimado, incluso miembros de la familia o miembros de nuestra comunidad. La clave es crear límites saludables para el presente y el futuro, mientras se deja ir el resentimiento y el odio que son el resultado del pasado. Nadie lleva la carga del resentimiento y el odio sino nosotros mismos. Dejar ir y eventualmente iniciar un proceso de perdón es un acto radical de amor propio.

Además de ese enfoque en el amor a uno mismo, Jesús nos pide que vayamos más allá del simple “dejar ir” y nos pide que aprendamos a amar y tener compasión hacia el otro, especialmente hacia aquellos que nos han hecho daño. Aquellos que causaron daño a menudo han sido dañados por otro, o se están dañando a sí mismos constantemente, siendo víctimas de su propia amargura. Aquellos que no son hospitalarios con sus propias heridas no pueden soportar ver la herida de otro, qué terrible debe ser vivir una vida así.

Nuestro corazón debe estar centrado en el amor, reconociendo que cualquier sentimiento e intención que albergamos en nuestro corazón hacia los demás permanecerá en nuestro corazón y solo volverá a nosotros. Al mismo tiempo, debemos ser humildes y recordar que tampoco somos perfectos y, a menos que procesemos nuestro propio dolor, podemos ser igualmente amargos con los demás. La vida da muchas vueltas y un día podemos encontrarnos siendo nosotros mismos los que causamos daño; luego querríamos que los demás tuvieran compasión de nosotros, hasta que nos volvamos a encontrar.

El amor es la única respuesta; amor arraigado, amor equilibrado, amor que va más allá de nuestros límites y razonamientos humanos, amor radical. No hay otra respuesta.

—Yunuén Trujillo, 20 de febrero de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“¿Qué es perdonar?”. 7 Tiempo ordinario – C (Lucas 4,21-30)

domingo, 20 de febrero de 2022
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El mensaje de Jesús es claro y rotundo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian». ¿Es posible vivir en esta actitud? ¿Qué se nos está pidiendo? ¿Podemos amar al enemigo? Tal vez hemos de comenzar por conocer mejor lo que significa «perdonar».

Es importante, en primer lugar, entender y aceptar los sentimientos de ira, rebelión o agresividad que nacen en nosotros. Es normal. Estamos heridos. Para no hacernos todavía más daño necesitamos recuperar en lo posible la paz interior que nos ayude a reaccionar de manera sana.

La primera decisión del que perdona es no vengarse. No es fácil. La venganza es la respuesta casi instintiva que nos nace de dentro cuando nos han herido o humillado. Buscamos compensar nuestro sufrimiento haciendo sufrir al que nos ha hecho daño. Para perdonar es importante no gastar energías en imaginar nuestra revancha.

Es decisivo sobre todo no alimentar el resentimiento. No permitir que el odio se instale en nuestro corazón. Tenemos derecho a que se nos haga justicia; el que perdona no renuncia a sus derechos. Pero lo importante es irnos curando del daño que nos han hecho.

Perdonar puede exigir tiempo. El perdón no consiste en un acto de la voluntad, que lo arregla rápidamente todo. Por lo general, el perdón es el final de un proceso en el que intervienen también la sensibilidad, la comprensión, la lucidez y, en el caso del creyente, la fe en un Dios de cuyo perdón vivimos todos.

Para perdonar es necesario a veces compartir con alguien nuestros sentimientos. Perdonar no quiere decir olvidar el daño que nos han hecho, pero sí recordarlo de la manera menos dañosa para el ofensor y para uno mismo. El que llega a perdonar se vuelve a sentir mejor.

Quien va entendiendo así el perdón comprende que el mensaje de Jesús, lejos de ser algo imposible e irritante, es el camino acertado para ir curando las relaciones humanas, siempre amenazadas por nuestras injusticias y conflictos.

José Antonio Pagola

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