Este Adviento, Bondings 2.0 te invita a hacer un viaje espiritual a través de reflexiones guiadas sobre las lecturas de los cuatro domingos de la temporada. El ejercicio de reflexión a continuación se puede hacer individualmente, con un amigo cercano o en un grupo de intercambio de fe. Los reflejos están especialmente diseñados para personas LGBTQ y aliados.
Estos ejercicios de Adviento son parte de la serie Journeys de New Ways Ministry: una colección de selecciones bíblicas, preguntas de reflexión, oraciones y meditaciones en video.
Esperamos que estas ayudas espirituales los ayuden a todos en sus propios viajes. Para las lecturas de este domingo, haga clic aquí.
Si desea compartir algunas de sus reflexiones con otros lectores de Bondings 2.0, no dude en agregar las respuestas que tenga en la sección «Comentarios» de esta publicación.
En la Biblia, lo único que aprendemos sobre la persona de Jesé es que fue el padre de David, quien se convertiría en el rey más grande de Israel. Nada más se registra sobre él.
En 1 Samuel 16: 1-13, Dios le dice al profeta Samuel: “Llena tu cuerno con aceite, y sigue tu camino. Porque te envío a Jesé en Belén, porque he escogido como rey a uno de entre sus hijos… Tú me ungirás a mi elegido”.
Cuando Samuel llega a Belén, invita a Jesé y a su familia a una fiesta de sacrificio. Isaí trae consigo a sus siete hijos mayores. David, el más joven, se queda atrás para cuidar las ovejas. Cada uno de los siete hijos se presenta a Samuel, pero los siete son rechazados por Dios. “¿Estos son todos los hijos que tienes?” pregunta Samuel. Cuando David es llamado y anunciado, Dios dice: “Levántate y unge a éste”.
En la “raíz de Jesé” (Isaías 11:10), el profeta Isaías traza el linaje del Mesías que nacerá a través de la “simiente de David” (Romanos 1:3).
Utilizando el término “tocón de Jesé”, Isaías profetiza el futuro de la nación de Israel. Dios había escogido a Israel para que fuera el propio pueblo de Dios. Debido a que Israel rechazó los caminos de Dios y se negó a arrepentirse, Dios permitió que Asiria destruyera y esclavizara al pueblo escogido de Dios. En el exilio lejos de la tierra, Israel se convirtió en un pueblo quebrantado y devastado. Sin embargo, incluso en esta desesperación, Israel fue llamado a la esperanza, porque “del tronco de Jesé brotaría un retoño, y de sus raíces una rama daría fruto” (Isaías 11:1). Aunque el gran florecimiento de los reyes davídicos se había reducido a un mero tronco en el exilio, un retoño sobreviviría, y del linaje de Jesé y David, el Mesías elegido traería al Pueblo de Israel de vuelta a la gracia de Dios.
Isaías 11:1-10
En aquel día, un retoño brotará del tronco de Jesé; de las raíces de Jesse, florecerá un capullo.
Reposará sobre vosotros el Espíritu de YHWH, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor a YHWH.
Te deleitarás en obedecer a YHWH, y no juzgarás por las apariencias ni tomarás decisiones por rumores. Juzgarás a los pobres con justicia y defenderás los derechos de los afligidos de la tierra. Con una sola palabra, abatiréis a los tiranos; con tus decretos matarás a los impíos. La justicia será un cinturón alrededor de tu cintura; la fidelidad te ceñirá.
Entonces el lobo morará con el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito; el becerro y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca se alimentará con el oso, sus crías descansarán juntas; el león comerá heno como el buey, el bebé jugará junto a la guarida de la cobra, y el niño pequeño bailará sobre el nido de la víbora.
No habrá daño ni destrucción en todo mi santo monte; porque como las aguas llenan el mar, así la tierra se llenará del conocimiento de YHWH.
En ese día, la raíz de Jesé será un símbolo para los pueblos del mundo: las naciones se congregarán a ti y tu morada será gloriosa.
PARA LA REFLEXIÓN
01.- Mientras reflexionas sobre la historia de la unción de David y la metáfora del «tocón de Jesse«, ¿puedes recordar algún incidente en tu vida como persona o aliado LGBTQ en el que fuiste elegido contra todo pronóstico, o sobreviviste cuando las fuerzas intentaron eliminarte? ¿Cómo aseguró Dios tu prosperidad? Si no puede pensar en un ejemplo en su vida, ¿puede pensar en uno en la vida de otra persona o aliado LGBTQ?
02.- Dos títulos bíblicos que se le dan al Mesías son “Raíz de Jesé” y “Heredero de David”. A través de tu historia LGBTQ/aliado, ¿qué título describiría mejor tu relación con su familia de origen? ¿Cómo reflejaría este título no sólo tu genealogía, sino también tu historia y vocación?
03.- A través de la primera venida de Jesús, se han cumplido las siguientes promesas: adopción como hijos de Dios LGBTQ, perdón de los pecados y salvación. ¿Cómo refleja tu vida de fe y adoración estas bendiciones? ¿Qué te impide poseer estas gracias?
04.- Mientras te “deleitas en obedecer a YHWH”, ¿cómo te desafías no solo a ti mismo, sino también a tu familia, iglesia y comunidad LGBTQ a dar buenos frutos? ¿Dónde ves arrepentimiento y dónde encuentras desafío?
05.- La segunda mitad de la lectura de Isaías enumera la unión de parejas improbables: lobo/cordero, becerro/león, vaca/oso. ¿Con quién te ves a ti mismo, o a la comunidad LGBTQ, en un futuro libre de «daño o destrucción»? ¿Por qué?
06.- “Dios juzgará a los pobres con justicia y defenderá los derechos de los afligidos de la tierra”. ¿Cómo definirías la justicia para ti (o para aquellos que son LGBTQ)? ¿A quién puedes nombrar de la comunidad LGBTQ/aliada que se beneficiaría de alguna forma de justicia, oración, una palabra de consuelo o sanación? ¿Cómo se extenderá o ayudará a que se haga justicia?
Fuente: Unsplash
ORACIÓN
de David hijo de Jesé
Salmo 72: 1-2, 7-8, 12-14, 17
Oh Dios, da a tu ungido tu juicio y tu justicia.
Enseña a tu elegido a gobernar correctamente a tu pueblo y a hacer justicia a los oprimidos.
Florecerá la justicia a través de los días, y la paz profunda, hasta que no haya más luna.
Tu ungido gobernará de mar a mar, y desde el río Éufrates hasta los confines de la tierra.
Tu ungido rescatará a los pobres cuando clamen,
y los oprimidos cuando no hay quien los ayude.
Tu elegido se apiadará de los humildes y de los pobres, y les salvará la vida.
Tu elegido los rescatará de la violencia y la opresión,
y tratarán su sangre como preciosa.
Que el nombre de tu ungido perdure para siempre,
y continue mientras exista el sol.
En tu elegido serán benditas las naciones de la tierra,
y ellos bendecirán a los ungidos a cambio.
VÍDEO MEDITACIÓN
El siguiente video titulado “Lo que la genealogía de Jesús nos enseña sobre el Salvador”, nos guía a través de los primeros versículos del Evangelio de Mateo.
En esta genealogía se hace evidente que cada uno de nosotros juega un papel crucial en la construcción del Reino de Dios. Además, al incluir personas imperfectas con pasados cuestionables en el linaje de Jesús, el mensaje subyacente es que nadie está jamás excluido del amor de Dios y que nuestra contribución, por pequeña que sea, es aceptable para Dios.
-Dwayne Fernandes, New Ways Ministry, December 4, 2022
Comentarios desactivados en “Sin caminos hacia Dios”. 2 Adviento – A (Mateo 3,1-12)
Son muchas las personas que no son ni creyentes ni increyentes. Sencillamente se han instalado en una forma de vida en la que no puede aparecer la pregunta por el sentido último de la existencia. Más que de increencia deberíamos hablar en estos casos de una falta de condiciones indispensables para que la persona pueda adoptar una postura creyente o increyente.
Son hombres y mujeres que carecen de una «infraestructura interior». Su estilo de vida les impide ponerse en contacto un poco profundo consigo mismos. No se acercan nunca al fondo de su ser. No son capaces de escuchar las preguntas que surgen desde su interior.
Sin embargo, para adoptar una postura responsable ante el misterio de la vida es indispensable llegar hasta el fondo de uno mismo, ser sincero y abrirse a la vida honestamente hasta el final.
Tras la crisis religiosa de muchas personas, ¿no se encierra con frecuencia una crisis anterior? Si tantos parecen alejarse hoy de Dios, ¿no es porque antes se han alejado de sí mismos y se han instalado en un nivel de existencia donde ya Dios no puede ser escuchado?
Cuando alguien se contenta con un bienestar hecho de cosas, y su corazón está atrapado solo por preocupaciones de orden material, ¿puede acaso plantearse lúcidamente la pregunta por Dios?
Cuando una persona anda buscando siempre la satisfacción inmediata y el placer a cualquier precio, ¿puede abrirse con hondura al misterio último de la existencia?
Cuando uno vive privado de interioridad, esforzándose por aparentar u ostentar una determinada imagen de sí mismo ante los demás, ¿puede pensar sinceramente en el sentido último de su vida?
Cuando una persona vive volcada siempre hacia lo exterior, perdiéndose en las mil formas de evasión y divertimiento que ofrece esta sociedad, ¿puede encontrarse realmente consigo misma y preguntarse por su último destino?
«Preparad el camino al Señor». Este grito de Juan Bautista no ha perdido actualidad. Seamos conscientes o no de ello, Dios está siempre viniendo a nosotros. Podemos de nuevo encontrarnos con él. La fe se puede despertar otra vez en nuestro corazón. Lo primero que necesitamos es encontrarnos con nosotros mismos con más hondura y sinceridad.
Comentarios desactivados en “Convertíos, porque está acerca el reino de los cielos”. Domingo 04 de diciembre de 2022. Domingo 2º de Adviento
Leído en Koinonia:
Isaías 11,1-10: Juzgará a los pobres con justicia. Salmo responsorial: 71: Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente. Romanos 15,4-9: Cristo salva a todos los hombres. Mateo 3,1-12: Convertíos, porque está acerca el reino de los cielos.
La primera lectura es uno de esos varios preciosos textos de Isaías –y de los profetas bíblicos en general– que nos «describen» la «utopía» bíblica. Por definición, la utopía «no tiene lugar», no se la puede encontrar, todavía no se ha concretado en ningún sitio, no existe… y en ese sentido tampoco se puede describir cómo es. Pero si hablamos de la utopía -y si incluso soñamos con ella- es porque sí tiene alguna forma de existencia. No es que no exista, simplemente, sino que «no existe… todavía». Como decía Ernst Bloch, no sólo existe lo que es, sino lo-que-no-es-todavía (el “noch nicht Sein”). No es, pero puede llegar a ser, quiere ser y, como podemos comprobar de tantas maneras, lucha por llegar a ser. Y será. Como decía Ebeling, «lo más real de lo real, no es lo real mismo, sino sus posibilidades»…
El pensamiento utópico es un componente esencial del judeocristianismo. No lo es de otras religiones, incluidas las grandes religiones. No hay sólo un tipo de religiosidad. Podemos encontrar varias corrientes en las religiones «neolíticas», las de los últimos cinco mil años. Unas experimentan lo sagrado sobre todo en la conciencia (la interioridad, el pensamiento silencioso, la experiencia de la iluminación, de la no dualidad… una especie de «estado modificado» de conciencia); otras lo experimentan en la naturaleza, en la experiencia cósmica… (la experiencia de sintonía con la naturaleza, de unidad e interdependencia con ella, de su sacralidad imponente, de la Pachamama… lo que Mircea Elíade llamó la «experiencia uránica», ésa que todos los pueblos han sentido al contemplar la belleza del cosmos, del cielo estrellado…). Las religiones abrahámicas, un tercer grupo, por su parte, han experimentado lo sagrado «en la historia», por medio de la fe, la esperanza y el amor, a través del llamado de una Utopía de Amor-Justicia. Véanse los tres enfoques diferentes de las tres gamas o ramas del árbol de las religiones: la interioridad de la conciencia, la misteriosidad de la naturaleza, y el llamado utópico de la justicia en el decurso de la historia…
Este tercer foco es, concretamente, el ADN de nuestra religión. Todo lo demás (doctrina, moral, liturgia, institución eclesiástica…) añade, reviste, completa… pero la esencia de la religiosidad abrahámica es esa fuerza espiritual que experimentamos en el llamado de la Utopía del Amor-Justicia. Que, por ser “amor-justicia”, obviamente, siempre estará de parte de los pobres, de los “injusticiados”, en cualquier nivel o tipo de injusticia (económica, cultural, racial, de género…) en que se realice.
Los profetas, Isaías en el caso de la lectura de hoy, «describe» la Utopía, «cuenta el sueño» que le anima: un mundo amorizado, fraterno, sin injusticia, sin injusticiados, en armonía incluso con la naturaleza… La Utopía fue tomando en Israel el nombre de «reinado de Dios»: cuando Dios reina el mundo se transforma, la injusticia deja lugar a la justicia, el pecado al perdón, el odio al amor… las relaciones humanas descompuestas se recomponen en una red de amor y solidaridad. El conocido estribillo del canto del salmo 71 (el de la liturgia de este domingo) lo dice magistralmente: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia, tu Reino es Paz, tu Reino es Gracia, tu Reino es Amor». Donde Dios está presente y «reina», es decir, donde se hacen las cosas «como Dios manda», allí hay Vida, Verdad, Justicia, Paz, Gracia y Amor. Por eso hay que clamar con el estribillo cantado de ese salmo: «Venga a nosotros tu Reino, Señor». No hay sueño ni Utopía más grande, aunque esté tan lejana.
El adviento es, por antonomasia, el tiempo litúrgico de la esperanza. Y la esperanza es la «virtud» (la virtus, la fuerza) de la Utopía, la fuerza que la Utopía provoca, crea en nosotros para esperar contra toda esperanza. Adviento es por eso un tiempo adecuado para reflexionar sobre esta dimensión utópica esencial del cristianismo, y un tiempo para examinar si con el paso del tiempo nuestro cristianismo tal vez olvidó su esencia, tal vez arrincónó tanto la utopía como la esperanza.
El evangelio de Mateo nos presenta a Juan Bautista pidiendo a sus coetáneos la conversión, «porque el reinado de Dios [reinado “de los cielos” dirá Mateo, con el pudor reverencial judío que evita «tomar el nombre de Dios en vano»] está cerca». En aquellos tiempos de mentalidad precientífica y apocalíptica, la propensión a imaginar futuras irrupciones del cielo o del infierno servía para mover a las masas. Hoy, con una visión radicalmente distinta sobre la plausibilidad de tales expectativas apocalípticas, la argumentación de Juan Bautista ya no sirve, resulta increíble para la mayor parte de nuestros contemporáneos. No es que hayamos de cambiar (que hayamos de convertirnos) «porque el reino de Dios está cerca», sino exactamente al revés: el Reino de Dios puede estar cerca porque (y en la medida en que) decidimos cambiar nosotros (convertirnos), y es con ello como cambiamos este mundo… Ya no estamos en tiempos de apocalipsis (una irrupción venida de fuera y de arriba), sino de praxis histórica de transformación del mundo y de su historia (una transformación venida de abajo y desde dentro). El reinado de Dios -la Utopía, para decirlo con un lenguaje más amplio e interreligioso- no es ni puede ser objeto de «espera» (como ante algo que sucederá al margen de nosotros), sino de «esperanza» (la desinencia «anza» expresa ese matiz de actividad endógena). La esperanza es esa actitud que consiste en «desear provocando», desear ardientemente una realidad todavía «u-tópica», tratando de hacerla «tópica», presente en el «topos», en el lugar y en el tiempo, aquí y ahora, en la Tierra, no en el cielo futuro.
Insistimos: otras religiosidades discurren por otro tipo de experiencia de lo sagrado –y ello no es malo, es muy bueno, y es muestra de la pluriformidad de la religiosidad–, pero la vivencia espiritual específicamente judeocristiana es esta esperanza activa histórico-utópica comprometida. En este Adviento podríamos hacer de esto una materia de reflexión y examen.
Por cierto, la segunda lectura, de la carta a los romanos, coincide curiosamente con este mismo enfoque esencial: «Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza»… Mantener la «esperanza», mantener esa tensión de compromiso histórico-utópico es el objetivo de las Escrituras (por cierto, de «todas las Escrituras», no sólo de la Biblia…). Es decir: las Escrituras fueron escritas para eso. No para fines piadosos, para fines estrictamente transcendentes o sobrenaturales… sino «para mantenernos en la esperanza», por tanto, para comprometernos en la historia, para encontrar lo divino en lo humano, el Futuro absoluto en el futuro histórico y contingente. Cualquier utilización bíblica que nos encierre dentro de la Bíblia misma, nos separe de la vida o nos haga olvidar el compromiso histórico de construir apasionadamente la Utopía en esta tierra, será un uso malversado –o incluso perverso– de la Biblia. Leer más…
Comentarios desactivados en Dom 4.12.22. Adviento 2: Galileo marginal y discípulo disidente de Juan Bautista
Del blog de Xabier Pikaza:
Antes que tiempo de preparación para la Navidad de Jesús, el Adviento ha sido preparación de Jesús para su misión al servicio del Reino de Dios.
Hay en Adviento otros motivos y personas; Isaías profeta, José padre justo, María madre…). Pero la más significativos este domingo es Juan Bautista, a quien ayer (30.11) presenté como maestro de de Jesús y de Andrés. En esa línea sigue esta postal, que consta de dos partes. (1) Jesús galileo marginal. (2) Discípulo disidente del Bautista
| X. Pikaza
Texto. Mt 3, 1-12 (sección):
Juan Decía: Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo… Tiene el el bieldo en la mano: aventará su parva, limpiará la era y quemará la paja en una hoguera que no se apaga (etc.).
1. GALILEO MARGINAL
Había en aquel tiempo líderes (celosos) militares, aunque ninguno pudo compararse con David, desde la restauración fallida de Zorobabel, del 539 al 515 a. C. (cf. Ag 1, 1.12-14; 2, 2-4; Zac 4, 6-10). Entre ellos había dos “judas”:
– Judas Macabeo, caudillo de la revuelta sacerdotal y militar contraria a los intentos de helenización de los seléucidas de Siria, que quisieron imponer un tipo de cultura y religión helsnista, partiendo de Jerusalén, con la ayuda de algunos sacerdotes de la alta nobleza. El héroe Macabeo murió en el campo de batalla (el año 160 a.C.), pero su memoria siguió y sigue siendo venerada de formas distintas por el pueblo.
– Judas Galileo, al que Gamaliel presenta junto a Teudas, como dirigente de un movimiento paralelo al de Jesús, un “celoso” que fracaso “porque Dios no lo apoyaba” (Hech 5, 37). Se alzó (quizá en un plano doctrinal más que militar), hacia el 6 d. C., tras la deposición de Arquelao (cuando Jesús era un muchacho), contra del censo que Quirino, gobernador de Siria, había impuesto sobre Judea y Samaría. Cf. F. Josefo Ant 18.1. 1-8 y en Bell 2.8.1.
No sabemos cómo murió Judas Galileo. Sabemos, en cambio, que Judas Macabeo murió como un héroe de la resistencia, en defensa de su pueblo, mientras Jesús Galileo morirá más tarde como traidor oficial, condenado por las autoridades de Israel y Roma. Conforme a la visión de Judas Galileo, el adviento Reino de Dios era más que un proceso de liberación política, pues implicaba aspectos más hondos de trasformación social y personal más hondos, aunque de algún modo debían avalarse con las armas.
El adviento de Jesús Galileo puede compararse a los de Judas Macabeo y Judas Galileo, pero su método y sus fines son distintos, no por simple rechazo de la guerra, sino por su exigencia de transformación de la comunidad (iglesia) del Reino, desde los pobres y excluidos, en perdón, curación, gratuidad. sin guerra.
Había también en el contexto de Jesús esenios y fariseos, vinculados de algún modo a los hasidim del entorno de los macabeos. Entre los esenios destaca el Maestro de Justicia, figura central de la renovación israelita de la segunda mitad del siglo II a. C. Fue sacerdote, pero contrario a los sadoquitas (de la dinastía de Sadoc: cf. 2 Sam 8, 17; 1 Rey 1, 8; Ez 40, 46; 1 Cron 6, 8) que habían sido dominantes en la primera mitad del siglo II, hasta la muerte de Alcimo (159 a.C.) y también contrario a la nueva dinastía asmonea, que triunfó con Jonatán (hermano de Judas Macabeo) y con sus sucesores, tras el (152 a. C), de forma que vivió en un tipo de “exilio”.
Este Maestro de justicia era rigorista en su visión de la ley, apocalíptico en su forma de entender la historia. Esperaba una intervención fuerte de Dios, que renovaría el orden religioso de Israel y la estructura política y social de su territorio. Su nombre y figura se encuentra asociada al establecimiento de los esenios en Qumrán, con su afán de pureza: sólo ellos, los elegidos de la alianza, habrían entendido bien el tiempo de Dios y así esperaban en el desierto su llegada.
Pudieron haberse dado contacto entre Qumrán y Juan Bautista y, en esa línea, podríamos hablar de un primer momento en que Jesús (discípulo de Juan) estaba cercano a los esenios. Pero cuando empezó a promover su movimiento de Reino en Galilea, Jesús rechazó el modelo sacral del Maestro de Justicia [1].
El movimiento de Qumrán podría ayudarnos para situar el mensaje de algunos grupos cristianos primitivos, como el de Santiago, en Jerusalén, pero la forma de entender las promesas de Dios y la visión de fondo del Maestro de Justicia y de Jesús, aún brotando de un mismo sustrato israelita, eran muy diferentes y reflejaban dos maneras de entender la identidad israelita.
(1) El Maestro de justicia se interesaba por la limpieza moral y sacral de su comunidad, que debía separarse de otros grupos “manchados”, para expresar de manera elitista y “limpia” los principios de la Ley. (2) En contra de eso, Jesús ofrece el Reino de Dios a los pobres y expulsados del sistema sacral (a quienes Qumrán rechazaba): no quiere un grupo de puros, sino un movimiento de Reino.
Entre los (proto-fariseos) que nacieron también de los hasidim, igual que los esenios, en tiempos de la crisis macabea, destaca Hilel, maestro del judaísmo nacional posterior (rabínico), representado por la Misná (codificada hacia 200 d. C.). Fue algo anterior a Jesús (vivió entre el 30 a. C. y el 10 d. C.) y había venido de Babilonia a Judea. No era partidario de la guerra (contra los celotas); no buscaba una separación radical (de grupo y vida), como muchos esenios, sino una separación legal, en la línea de un judaísmo de pureza familiar y social, que pudiera vivirse en los poblados y ciudades de la tierra de Israel o de la diáspora y cultivarse de un modo abierto en las sinagogas, profundizando en el estudio y cumplimiento de la Ley Nacional (Tora, Pentateuco) en grupos de fieles, separados de la masa de los gentiles. [2]
Qué era. Entorno social: Marginado galileo
Nació en una familia de carácter “religioso” y erudito de Galilea, en conexión con el judaísmo proto-rabínico de Judea, pero con los rasgos propios de un cultura campesina, retomando los ideales y caminos de justicia social de la tradición primitiva (más campesina que letrada) del Israel antiguo. Así parece mostrarlo la forma de vida y doctrina de Santiago, su hermano (hermano del Señor: Gal 1, 15-20; 1 Cor 9, 5-6), primer “obispo” de Jerusalén, a quien se atribuye una carta-circular escrita en su nombre sobre la ley universal del amor. La tradición iglesia antigua (avalada por Pablo y Hech 15, y por el mismo F. Josefo: Ant 20, 197-203), supone que Santiago no era un “inculto mesiánico”, sino un erudito, estudioso de la ley. Eso nos llevaría a pensar que Jesús nació en una familia donde, al menos, alguno de sus hermanos valoraba el estudio y cumplimiento de la Ley, en un sentido piadoso [3].
Educado en el trabajo: escuela campesina de vida. Ni Mateo ni Marcos suponen, en contra de Lucas, que Jesús subió al templo a los 12 para discutir con los letrados. Mt 2 afirma, simbólicamente, que José tuvo que llevarle escondido de Belén a Egipto, donde vivió en el exilio. Algunos exegetas de tipo esotérico añaden que allí pudo haber aprendido las artes ocultas de la religión y la magia sanadora, antes de volver a Nazaret (cf. Mt 2, 13-23). Pero el relato de la “huida a Egipto” es más teológico que histórico, un intento de relacionar a Jesús con Moisés, liberado de las aguas, que debió salir de Egipto para realizar su obra en Galilea y, más concretamente, en Nazaret (cf. Mt 2, 23).
Un dato más firme e importante para entender la vida de Jesús lo ofrece Marcos cuando le presenta como tekton o artesano, obrero no especializado que se ocupa, sobre todo, de labores relacionadas con la construcción: cantero, carpintero, trabajador de la madera o la piedra. Sus antepasados vinieron probablemente de Judea a Nazaret, en el tiempo de la conquista de Alejandro Janeo (en torno al 100 a. C.), como agricultores, recibiendo en propiedad unas tierras, que les vinculaban a la promesa y bendición de Dios, en la línea que indican los libros antiguos (especialmente Levítico y Josué). Pero él (o José su padre), como otros muchos, había perdido la tierra, volviéndose así campesino sin campo (y quizá obrero sin obra.[4]
– Marcos le llama “el tekton” (Mc 6, 3). Ésa es su escuela, ése es su oficio y carné de identidad: es un hombre que debe “vender” su trabajo, de forma que, para vivir, no se encuentra a merced de la “providencia de Dios” (lluvia) y de su propio esfuerzo (trabajo personal en el campo), sino que depende de la oferta y demanda de otros, en un mundo lleno de carencia y dureza. No es simplemente “tekton” (un carpintero/obrero como otros), sino “ho tekton”, con artículo definido: éste es su apodo o sobrenombre: el artesano al servicio de las tareas pendientes de su aldea o entorno. Antes de llamarse “el Cristo” (y para serlo), Jesús Galileo ha sido “tekton”, un/el obrero a merced de los demás, un hombre al que todos pueden llamar, para encargarle tareas, de las que él ha de vivir. Esa situación implica una “disonancia” fáctica muy fuerte: su forma de vida no responde a lo que Dios había “prometido” a su pueblo
– Mateo parece suavizar esa afirmación y le presenta como “el hijo del tekton” (Mt 13, 5). Ese cambio puede responder a un intento de “atenuar” la dureza de su estado laboral, pues no se le llama directamente “el tekton” (sino el hijo del tektonJosé), pero en realidad no la atenúa, sino que la refuerza y endurece. Jesús no es simplemente un “nuevo tekton”, alguien que acaba de empobrecer, por situaciones inmediatas de familia, sino que aparece como “el hijo de”,”: alguien que ha nacido en una familia que carecía ya de la seguridad económica que ofrece la propiedad de un campo, cultivado directamente, como signo de bendición de Dios. Cuando más tarde prometa a sus seguidores “el ciento por uno” en campos (agrous: Mc 10, 30 par), Jesús querrá invertir esa situación donde muchos hombres y mujeres como él no han tenido ni tienen un campo para mantener una familia [5].
Jesús no es un artesano de ocasión (hombre con tierras propias, aunque, en ocasiones, realice otras labores), sino como “el tekton” sin trabajo propio, sin tierra ni hacienda familiar, obrero a lance, sin otro medio de subsistencia que aquello que otros quieran ofrecerle, en un mundo sin contratos ni salarios permanentes.
Éste es un dato negativo, pero en otro sentido puede ofrecer un aspecto positivo: Jesús ha sido capaz de trabajar al servicio de los demás, dentro de un duro mercado de oferta y demanda, conociendo así la dura realidad social de su entorno, desde la perspectiva de precariedad y pobreza de los campesinos que han sido expulsados de su tierra (o la han perdido9. Ésta ha sido su escuela, de forma que ha podido aprender en ella cosas que no suelen aprenderse en la escuela de los rabinos profesionales, ni en el templo de los sacerdotes [6].
Todo nos lleva a pensar que sus antepasados habían sido propietarios de tierras “prometidas” en Galilea (a partir de la reconquista asmonea, el 104 a. C.), pero, a través de una serie de cambios sociales, introducidos por la cultura greco-romana, que actuaba a través de la política urbanista y centralizadora de Herodes el Grande y de su hijo Antipas, a pesar de las leyes del Jubileo (cada familia recuperaba su cada siete septenarios su tierra: Lev 25), habían sido incapaces de mantener sus propiedades, no teniendo más más salida que hacerse obreros o mendigos para así sobrevivir.
Desde ese fondo se entiende la situación del Jesús tekton, campesino sin campo, agricultor sin agro. En contra de las bendiciones de Israel y de las promesas mesiánicas, era un hombre sin importancia social: no formaba parte de los propietarios de tierras (en las que se expresa la bendición de Dios), ni heredero de una estirpe sacerdotal acomodada, como pudo ser Juan Bautista (cf. Lc 1) y como fue F. Josefo (según su Autobiografía). En ese sentido se le puede llamar un “marginal”, aunque es quizá mejor llamarle “marginado” [7].
Así aparece como artesano/obrero de la construcción, que puede haber servido en el mercado laboral del rey Antipas, en sus nuevas ciudades (Séforis, junto a Nazaret; Tiberíades, junto al lago de su nombre) o de otros propietarios agrícolas. Ciertamente, ha podido tener más movilidad que un campesino con tierras y más conocimiento que un propietario, pero ha carecido del poder y, sobre todo, de la seguridad que ofrece un campo propio, una herencia israelita.
El artesano carecía de la identidad que viene por la tierra que se transmite y hereda de padres a hijos, le faltaba el arraigo de la familia que se alza y se asegura en torno a la propiedad, de manera que podemos presentarle como un hombre sin raíces permanentes. Pero, en compensación, ha podido tener la oportunidad de conocer otros pueblos y gentes, logrando así una visión más concreta de las condiciones de vida del conjunto de la población, especialmente de los pobres. En ese fondo se sitúa la autoridad de Jesús, a quien veremos como profeta, creador de una nueva familia de hijos de Dios.
No fue un marginal que se retira y marcha, saliendo de los círculos sociales, como alguien que no tiene nada que aportar, un “idiota” que no sabe oponerse y decir “no” (como supuso F. Nietzsche, en un libro escrito precisamente “contra Jesús”: El Anticristo), un hombre que no ofrece nada positivo a las instituciones sociales que son base del eterno Israel (cf. J. Klausner, Jesús), sino que él se ha opuesto al mundo dominante de una forma mucho más radical y creadora.
No critica desde arriba, ni pide u ofrece una simple limosna, ni se limita a mejorar lo que ya existe, con unos pequeños retoques, sino que inicia un camino de transformación social y humana, precisamente desde aquellos que, como él, carecen de tierra y estabilidad económica. Ésta es su forma de “oponerse” al mundo dominante, la más honda que conozco, ésta es su autoridad [8].
Tiene la autoridad que le ha ofrecido la escuela del trabajo asalariado, como artesano dependiente, un trabajo al que él responde de forma creadora. En esa línea habían respondido, en otro tiempo, los hebreos oprimidos en Egipto (condenados a realizar duros trabajos a la fuerza), cuando salieron de Egipto y buscaron formas nueva de existencia en pobreza y libertad compartida. Algo semejante ha sucedido con Jesús: desde una situación social y laboral muy parecida, en las nuevas circunstancias de Galilea, desde la periferia del gran Imperio Romano, retomando las raíces religiosas de Israel, desarrollando un proyecto radical de Reino.
Era marginado, pero no resentido (no defiende violencia reactiva en contra de los ricos), un marginado con un potencial inmenso de creatividad positiva. Desde ese fondo se entiende su respuesta ante los retos de su tiempo, la manera en que ha venido a situarse ante la realidad israelita, formulando (iniciando y recorriendo) un proyecto de juicio de Dios ante el Jordán, con Juan Bautista e iniciando después un camino de Reino (por sí mismo y con otros, en Galilea)[9].
Su escuela de Adviento ha sido el trabajo y la pobreza, no un trabajo libre, propio personas que son dueñas de sus campos (y que deben defender su propiedad, contratando quizá a unos artesanos), sino el trabajo dependiente de millones de personas, que no tienen campo propio y que dependen de la oferta y contrato de otros. Jesús no ha sido un trabajador autosuficiente (dueño de su empresa o campo), sino “hetero-dependiente”, como los artesanos, parados, mendigos, que dependen de aquello que otros quieran (o no quieran) ofrecerles. Sólo desde esa situación se entiende su oferta de Reino [10].
Abrir una comunidad de vida en un mundo de opresiones.
El imaginario simbólico de Jesús lo forma una federación de agricultores, pastores (y pescadores del lago), compartiendo bienes y trabajos. Unos y otros, agricultores, pastores/pescadores, han de ser componentes básicos de una sociedad igualitaria (no mercantil, no imperial), formada por familias y clanes y hombres libres, sin supremacía ni dependencia de unos respecto de otros. Por eso, estrictamente hablando, según Jesús, no debería haber campesinos (sometidos) porque su sociedad ideal (en la línea de Lev 25: ley del jubileo), debería estar formada por agricultores/pastores que mantienen un mismo nivel económico, de producción, intercambio y consumo de bienes.
De las ruinas de Jarkov al paraíso (Isaías 11,1-10)
El domingo pasado, la primera lectura nos situaba en un mundo utópico sin guerras ni carrera de armamentos. Este domingo, nos habla de la utopía de la paz universal, simbolizada por la vuelta al paraíso, gracias a la acción de un monarca que implantará la justicia en el país.
Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago.
Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor.
No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados.
Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios.
La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas.
Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea.
La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.
No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.
La mejor forma de entender este poema es verlo como un tríptico. La primera tabla (mutilada casi por completo en la lectura) ofrece un paisaje desolador: un bosque arrasado y quemado. En medio de esa desolación, en primer plano, hay un tronco del que brota un vástago: el tronco es Jesé, el padre de David, y el vástago un rey semejante al gran rey judío.
En la segunda tabla, como en un cuento maravilloso, el vástago vegetal adquiere forma humana y se convierte en rey. Pero lo más importante es que él vienen todos los dones del Espíritu de Dios: prudencia y sabiduría, consejo y valentía, ciencia y respeto del Señor. Y todas ellas las pone al servicio de la administración de la justicia. El enemigo no es ahora una potencia invasora. Lo que disturba al pueblo de Dios es la presencia de malvados y violentos, opresores de los pobres y desamparados. El rey dedicará todo su esfuerzo a la superación de estas injusticias.
La tercera tabla da por supuesto que tendrá éxito, consiguiendo reimplantar en la tierra una situación paradisíaca, que se describe uniendo parejas de animales fuertes y débiles (lobo-cordero, pantera-cabrito, novillo-león) en los que desaparece toda agresividad. Nos encontramos en el paraíso, y todos los animales aceptan una modesta dieta vegetariana («el león comerá paja con el buey»), como proponía el ideal de Gn 1,30. Como símbolo admirable de la unión y concordia entre todos, aparece un pastor infantil de lobos, panteras y leones, además de ese niño que introduce la mano en el escondite de la serpiente. El miedo, la violencia, desaparecen de la tierra. Y todo ello gracias a que «está lleno el país del conocimiento del Señor». Ya no habrá que anhelar, como en el antiguo paraíso, comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Hay una ciencia más profunda, el conocimiento de Dios, y ésa no queda recluida dentro de unos límites prohibidos, sino que inunda la tierra como las aguas inundan el mar.
Esta esperanza del paraíso no se ha hecho todavía realidad. Pero el Adviento nos anima a mantener la esperanza y hacer lo posible por remediar la situación de injusticia.
Conversión (Mateo 3,1-12)
El evangelio del primer domingo nos invitaba a la vigilancia. El del segundo domingo exhorta a la conversión, que implica el doble aspecto de vuelta a Dios y cambio de vida, basándose en la predicación de Juan Bautista. Pero el evangelio de Mateo introduce unos cambios muy significativos en el relato de Marcos.
En Marcos, todo tiene un tono muy positivo. Juan Bautista predica un bautismo de conversión y la gente se bautiza. Juan no es un loco; su forma de vestir y de alimentarse recuerda al profeta Elías. Pero no anuncia un castigo, sino la venida de uno muy superior a él, que bautizará con espíritu santo.
Mateo, que escribe décadas más tarde, cuando existe un claro enfrentamiento entre los cristianos y las autoridades judías, divide el relato en dos partes.
En la primera, Juan predica la conversión, pero añade como motivo la cercanía del reinado de Dios, tema que será fundamental en la predicación de Jesús. Un mensaje exigente pero muy positivo, bien acogido por la gente.
Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos»».
Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán.
En la segunda, los protagonistas son los fariseos y saduceos, representantes de las autoridades judías opuestas a los cristianos. A ellos Juan se dirige de forma insultante (“camada de víboras”) y con tono amenazador. Cuando habló al pueblo, Juan adujo como motivo para convertirse la inminencia del reinado de Dios. Aquí indica un motivo distinto: la inminencia del castigo, que se compara con un hacha dispuesta a talar los árboles. Y añade que la conversión debe ser práctica, acompañada de obras; como el árbol que da buen fruto o, de lo contrario, es cortado. En medio de esta amenaza, fariseos y saduceos pueden pensar en una escapatoria: «Somos israelitas, hijos de Abrahán, y no podrá ocurrirnos nada malo, Dios no nos castigará». Incluso cuando habla del personaje superior a él, no dice simplemente que bautizará con espíritu santo, sino con espíritu santo y fuego, porque separará el trigo de la paja y ésta la quemará en un fuego inextinguible.
Viendo a muchos fariseos y saduceos que acudían a su bautismo les dijo: «¿Quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: «Abraham es nuestro padre», pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
Este pasaje nos obliga a examinar si producimos buenos frutos o si nos refugiamos en la cómoda confesión de que somos cristianos, católicos, y no necesitamos convertirnos. Por otra parte, plantea la duda de si Jesús actuará de esa forma terrible que anuncia Juan Bautista. La respuesta a esta pregunta la ofrecerá el evangelista más adelante.
Acogida (Romanos 15,4-9)
Las primeras comunidades cristianas estaban formadas por dos grupos de origen muy distinto: judíos y paganos. El judío tendía a considerarse superior. El pagano, como reacción, a rechazar al cristiano de origen judío. En este contexto escribe Pablo:
Hermanos:
Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así, dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre».
Hoy día no existe este problema, pero pueden darse otros parecidos, que dividen a los cristianos por motivos raciales, políticos o culturales.
Reflexión final
Las lectura de Adviento nos dan un nuevo baño de utopía y realismo. Ante los numerosos problemas de todo tipo que se dan en el mundo, hay que mantener la esperanza del paraíso, sabiendo que eso se logrará mediante gobernantes justos. Pero también debe darse un compromiso personal de conversión, buenas obras, vuelta a Dios y acogida de los demás, incluso los que pueden resultarnos más ajenos y contrarios.
En este segundo domingo de adviento el evangelista Mateo nos presenta a un Juan Bautista enfadado, o por lo menos, indignado y muy poco preocupado por la imagen, el márquetin o porque se le vaya la gente.
Ahí le tenemos con su curioso atuendo: vestido de piel de camello y correa de cuero, con una dieta también extraña a base de saltamontes y miel silvestre.
Que cuando se ha concentrado a su alrededor mucha gente (toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán) se pone a insultar a voz en grito a los fariseos y saduceos, les llama “raza de víboras” y manda al cuerno sus privilegios diciéndoles que Dios puede sacar hijos de Abrahán de las piedras. Y a partir de ahí ya son todo amenazas: el hacha, el fuego y el bieldo.
La verdad es que todo junto da un poco de miedo. Si lo pienso despacio no sé si iría corriendo a bautizarme o correría en sentido contrario…
Realmente el anunciante y el anunciado se parecen poco. Aunque es verdad que Jesús tampoco se quedará corto a la hora de dedicarles algunos insultos a los fariseos y escribas, incluso a Herodes.
Pero en lo que no se parecen nada de nada es en la experiencia de Dios. Juan nos habla de un Dios justiciero, que tiene ya el hacha en la mano… Jesús nos dirá que Dios tiene una paciencia y una misericordia infinitas y que no pretende ni siquiera quebrar la caña cascada, ni apagar en pábilo vacilante.
Sin embargo, también Jesús nos invitará a la conversión, pero no por temor, ni principalmente para quitarnos los pecados, no. Jesús nos invita a volver a nuestro Dios porque sabe que mientras le falte uno solo de sus hijos, una sola de sus ovejas o una sola de sus monedas, Dios no está tranquilo, no puede estarlo.
Oración
Dios nos está esperando con un abrazo inmenso y Jesús nos dice: ¡Acudid! a los brazos del Padre.
¡Acudid! Porque lo que tiene en la mano no es un hacha, es un anillo. (Cfr. Lc15, 22)
Porque solo es capaz de “amenazarnos” con cargarnos a sus hombros para llevarnos a casa. (Cfr. Lc15,5)
¡Acudid! Porque está deseando encontraros y celebrar una fiesta con sus amigas y vecinas. (Cfr. Lc 15, 9).
Gracias, Trinidad Santa, por esta segunda semana llena de abrazos.
Comentarios desactivados en Juan y Jesús nos piden que cambiemos la manera de pensar.
ADVIENTO 2º (A)
Mt 3, 1-12
Hoy, los profetas Isaías y Juan tienen la palabra. La palabra de un profeta no es fácil de aceptar porque obliga a cambiar. El profeta es el hombre que ve un poco más allá que el resto de los mortales. Desde su postura escudriñadora, no le gusta lo que ve y busca algo nuevo. Esa novedad la encuentra dentro de sí, viendo las exigencias de su ser verdadero. El profeta no es un portavoz enviado desde fuera; es siempre un explorador del espíritu humano que tiene la valentía de advertir a los demás de lo que ha visto.
Hoy Isaías anuncia lo que debía ser cada hombre personalmente y lo que podía ser la comunidad. Pero extiende los beneficios de una comunidad auténticamente humana a toda la creación. El causante de ese maravilloso cambio será el Espíritu. Los tiempos mesiánicos llegarán cuando las ciencias humanas no tengan la última palabra, sino que la norma última sea “la ciencia del Señor”. Sencillamente genial. Hoy sabemos que esa sabiduría de Dios está en lo hondo de nuestro ser y allí debemos descubrirla.
Lo primero que nos anuncian es que nacerá algo nuevo de lo viejo. En lo antiguo, aunque parezca decrépito y reseco, siempre permanece un germen de Vida. La Vida es más resistente de lo que normalmente imaginamos. En lo más hondo de todo ser humano siempre queda un rescoldo que puede ser avivado en cualquier instante. Ese rescoldo es el punto de partida para lo nuevo, para un verdadero cambio y conversión.
El evangelio de hoy, leído con las nuevas perspectivas que nos da la exégesis, nos puede abrir increíbles cauces de reflexión. Es un alimento tan condensado, que necesitaría horas de explicación (diluirle para convertirlo en digerible). El problema que tenemos es que lo hemos escuchado tantas veces, que es casi imposible que nos mueva a ningún examen serio sobre el rumbo de nuestra vida. Y sin embargo, ahí está el revulsivo. Pablo ya nos lo advierte: “La Escritura está ahí para enseñanza nuestra”.
En aquellos días… Este comienzo es un intento de situar de manera realista los acontecimientos y dejarlos insertados en un tiempo y en un lugar. Jesús ya tenía unos treinta de años y estaba preparado para empezar una andadura única. Sin embargo, los cristianos descubren que los primeros pasos los quiere dar de la mano del primer profeta que aparecía en Israel después de trescientos años de sequía absoluta.
En el desierto. La realidad nueva que se anuncia aparece fuera de las instituciones y del templo, que sería el lugar más lógico, sobre todo sabiendo que Juan era hijo de un sacerdote. Esto se dice con toda intención. Antes incluso de hablar del contenido de la predicación de Juan, nos está diciendo que su predicación tiene muy poco que ver con la religiosidad oficial, que había desfigurado la imagen del verdadero Dios.
Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios. Está claro que se trata de una idea cristiana, aunque se ponga en boca del Bautista. Es exactamente la frase con que, en el capítulo siguiente, comienza su predicación el mismo Jesús. Sin duda quiere resaltar la coincidencia de la predicación de ambos, aunque más adelante deja claro las diferencias. Convertirse no es renunciar a nada ni hacer penitencia por nuestros pecados. Conversión (metanoia), en lenguaje bíblico, es cambiar de mentalidad.
Éste es el que anunció el profeta Isaías. Esta manera de referirse al Bautista es muy interesante, porque resume muy bien lo que pensaban los primeros cristianos de Juan. Para ellos, la figura de Juan responde a las expectativas de Isaías. Juan es Elías (correa de cuero) que vuelve para preparar los tiempos mesiánicos.
Llevaba un vestido de piel de camello. La descripción del personaje es escueta pero impresionante. Su figura es ya un reflejo de lo que será su mensaje, desnudo y sin adornos, puro espíritu, pura esencia. ¡Qué bien nos vendría hoy un poco más de coherencia entre lo que vivimos y lo que predicamos! Esa falta de coherencia es lo que denuncia a continuación en los fariseos y saduceos. Juan es un inconformista que no se amolda en nada a la manera religiosa de vivir que tenían los judíos de su tiempo.
Acudía a él toda la gente. La respuesta parece que fue masiva. Se proponen dos ofertas de salvación: la oficial, Jerusalén (templo) y la protestante en el desierto. La gente se aparta del templo y busca la salvación en el desierto junto a un profeta. La religión oficial se había vuelto inútil, en vez de salvar esclavizaba. Más tarde, Mateo llevará a toda esa gente a Jesús, en quien encontrará la salvación definitiva.
Dad el fruto que pide la conversión. A los fariseos y saduceos, Juan les pide autenticidad. De nada sirve engañarse o engañar a los demás. Los fariseos y los saduceos eran los dos grupos más influyentes en tiempo de Jesús. También van a bautizarse, pero sin cambiar. Las instituciones opresoras tratan por todos los medios de domesticar ese movimiento inesperado, pero son desenmascarados por Juan.
Los fariseos, conocedores de todas las normas, cumplían más de lo que estaba mandado, por si acaso. Los saduceos eran el alto clero y los aristócratas, los que estaban más cerca del templo y de Dios. Éstos son los que tienen que convertirse. ¿De qué? Aquí está la clave. Un cumplimiento escrupuloso de la Ley compatible con una indiferencia e incluso desprecio por los demás, es contrario a lo que Dios espera. Estar todo el día trajinando en el templo no garantiza el cumplimiento de la voluntad de Dios.
La conclusión es demoledora. Ninguna religiosidad que no valore al hombre tendrá sentido. Somos propensos a dilucidar nuestra existencia relacionándonos directamente con Dios, pero se nos hace muy cuesta arriba el tener que salir del egoísmo y abrirnos a los demás. Nos cuesta aceptar que lo que me exige Dios (mi verdadero ser) es que cuide del otro. Sin pudiéramos escamotear esta exigencia, todos seríamos buenísimos.
El Dios, con el que nos relacionamos prescindiendo del otro, es un ídolo. Convertirse no es arrepentirse de los pecados y empezar a cumplir mejor los mandamientos. No se trata de dejar de hacer esto y empezar a hacer aquello. No podemos conformarnos con ningún gesto externo. Se trata de hacerlo todo desde la nueva perspectiva del Ser profundo. Se trata de estar en todo momento dispuesto a darme a los demás.
Él os bautizará con Espíritu Santo. Se trata de otra idea cristiana. Está hablando de un bautismo superior al suyo. Toda plenitud es siempre realizada por el Espíritu. No está hablando del “Espíritu Santo”, sino de la fuerza de Dios que capacita a Jesús y a todo el que “se bautice en él”, para desplegar todas las posibilidades de ser humano.
Meditación
La presencia de Dios Espíritu en nosotros es la clave.
Meditar es emprender un camino hacia el hondón de mi ser.
Si de verdad quiero ser auténtico, tengo que descubrir mi ser.
El camino puede ser largo y difícil, pero no hay alternativa.
Si no lo descubro, mi vida se centrará al “ego” (falso yo).
«Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos»
Convertirse es volver los ojos a Dios y creer en el Espíritu que habita en nosotros.
En mayor o menor medida, y por distintos motivos, todos hemos hecho propósito firme de conversión en diversos momentos de nuestra vida; nos hemos propuesto cambiar, sacudirnos la pereza, renunciar a nuestras pasiones, enfocarnos a Dios y vivir como cristianos; compartiendo, perdonando…
Pero no lo hemos logrado, porque lo hemos fiado todo a nuestra voluntad, y la voluntad no da para tanto. Es como quien intenta dejar de fumar: “A partir de mañana lo dejo”, pero una semana después el propósito se desvanece y todo queda en un mero intento fallido. Con la conversión pasa lo mismo. Cuántas veces, tras superar algún episodio difícil de la vida, hemos visto naufragar nuestro propósito de enmienda porque lo habíamos fiado todo a la voluntad.
Sería estupendo que pudiésemos elegir libremente la opción por Dios como quien elige cambiar el canal de televisión, pero no podemos, porque nuestras pasiones son mucho más fuertes que nosotros. Por eso, quizá sea bueno entender la conversión, no como un acto puntual de voluntad, sino como un proceso que nunca acaba y que nada tiene que ver con ella…
Lo entenderemos mejor con un ejemplo.
Imaginemos un día frío y desapacible. Está nevando y la temperatura permanece bajo cero. Hemos estado caminando toda la mañana por el monte y, al fin, hemos llegado a un refugio caldeado por el fuego que arde en un fogón al fondo de la estancia. Estamos ateridos y queremos entrar en calor lo antes posible, pero, por mucho que nos acerquemos al fuego, tardaremos un rato en conseguirlo. Al menos, dentro, nos iremos calentando, pues quedándonos fuera seguiremos cada vez más congelados.
Y en esto puede consistir la conversión; en acercarse al fuego. Como decía Ruiz de Galarreta: «Convertirse es que la cercanía de Jesús nos va cambiando. Convertirse es que la presencia del Fuego nos va calentado, la presencia del Agua nos va lavando, nos va fertilizando…».
No podemos convertirnos por un acto de voluntad, pero sí podemos acercarnos a la Palabra; sí podemos tratar de conocer mejor a Jesús y dejarnos fascinar por él. Y para ello, podemos orar, contemplar, leer, celebrar bien la eucaristía, practicar el silencio… en definitiva, podemos dejar que el Espíritu crezca en nosotros, desde dentro, como una semilla que va germinando hasta convertirse en un árbol capaz de dar fruto.
Y es que, afortunadamente, quien se acerca al fuego se va calentando…
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en El presente del Reino.
Mt 3, 1-12
¿Qué entendería Juan el bautista por “reino de los cielos (Mt 3,1-12)? ¿Cuáles eran sus expectativas? ¿Qué significa que el reino se avecina, que está cerca? Por varios textos que vienen más adelante en la narración mateana, queda claro que Juan no sabía exactamente a qué se refería y que incluso pondrá en duda si Jesús es el mesías o si hay que esperar a otro (Mt 11,3-8). A pesar de esta poca claridad respecto a ello, su misión es preparar el camino para aquello que espera pero que no conoce exactamente cuál será la forma de su realización.
Como otros ascetas de su tiempo, Juan llama a la conversión. Juan bautiza con agua; recibe la confesión de los pecados; acoge a muchos fariseos y saduceos; advierte con rigor a quienes se confían en ser exteriormente practicantes porque viven de falsas ilusiones. Y anuncia varias novedades.
·La primera es la cercanía y proximidad del reino. El futuro anhelado se vuelve presente. El tiempo cobra nuevos significados y el presente se llena de contenido, de esperanza y de urgencia. No hay que esperar más.
· La segunda es que este reino no es solo para los “hijos de Abraham” porque “Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras”. De hecho, todo el cosmos, en la representación de las piedras, puede entrar en la categoría de “hijos de Abraham”, porque Dios puede hacer de toda la creación hijos suyos, miembros de la larga tradición de un Israel que abre sus barreas y sus límites.
· La tercera es que el reino viene con una persona, y que esta persona, de gran importancia, irá acompañada del Espíritu Santo. En boca del bautista no se nombra directamente a Jesús, sino que lo deja como incógnita, e insiste en el protagonismo del Espíritu y su obra.
· La cuarta, planteada desde la metáfora del trigo, es que hará justicia y reunirá a todos los dispersos.
El anuncio de Juan se centra entonces en el reino, que pertenece al presente, a la actualidad. Un reino que incluye a cada uno y al cosmos entero y un reino decisivo y radical, sin medias tintas y exigente.
En nuestro hoy, el anuncio resuena otra vez con la misma urgencia, con la misma comprensión de un presente dilatado que acoge la venida poderosa de este hombre-dios lleno del Espíritu. La religiosidad sin conversión no es una opción. Esperar para más adelante tampoco. Posiblemente, como Juan, no conozcamos la forma concreta que adquiere este reino, pero tenemos la certeza de que se dilata en medio nuestro de manera inexorable.
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Domingo II de Adviento
4 diciembre 2022
Mt 3, 1-12
El pasado 16 de septiembre, Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años, moría en circunstancias no aclaradas tras ser detenida por la “policía de la moral” (¡¡!!), por “llevar mal colocado su hiyab”.
Es obvio que la “moral” que da nombre a ese cuerpo policial no es una moral genuina que buscara, por encima de cualquier otra cosa, el bien de todos los seres; se trata de una “moral” dictada por el poder teocrático de Irán -la perversión de la moral, por tanto-, con el objetivo prioritario de mantener el control sobre la población.
Todo régimen teocrático es autoritario y la religión, de manera especial cuando ha llegado al poder, utiliza la amenaza -y amenaza en nombre de Dios- como recurso de control y de sometimiento: “El hacha toca ya la base de los árboles… y el árbol que no da fruto será talado y echado al fuego”.
A partir de ahí, se inocula el miedo y la culpa, con tal eficacia que llegan a formar parte del imaginario de la propia población que, casi sin advertirlo, interioriza, no solo las normas morales impuestas, sino las amenazas y castigos, así como los sentimientos de miedo y de culpa que conllevan. Hasta el punto de que ven la amenaza como algo necesario. En este sentido, recuerdo una ocasión en la que -ejerciendo aún el ministerio, en un funeral- hablé del “perdón gratuito e incondicional” de Dios. A la salida, me esperaba una mujer joven que, “desde la fe”, sentía que debía recriminarme por este motivo: si no hay amenaza de castigo, la gente no se comportaría bien. Me di cuenta de que sus “buenas intenciones” no podían disimular un infantilismo proyectado, que lleva a ver a las personas como niños pequeños que necesitan de la amenaza y del castigo para no desviarse del “buen camino”.
La religión -como el poder- recurre a la amenaza y al castigo porque, más allá de todas las justificaciones con que se quieran ocultar sus intenciones, lo que está buscando es imponer su “verdad” y proteger su situación de dominio.
Pero el miedo y la culpa terminan envenenando a la persona por lo que, antes o después, esta se verá conducida a la rebeldía activa, la desafección o el resentimiento reprimido. Jesús retrató magistralmente estas actitudes en la parábola del “hijo pródigo” -o “los dos hijos”- (Lc 15,11-32): el menor se rebela y escapa; el mayor cumple todas las normas, pero alimenta un resentimiento hostil. En contraste con estas actitudes, el padre muestra el único camino de salida posible: el respeto a la libertad de cada hijo y la oferta de una visión que trasciende absolutamente cualquier miedo, cuando afirma: “Todo lo mío es tuyo”.
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
01.- Isaías: llegarán los tiempos mesiánicos.
Isaías es el profeta del destierro del pueblo de Israel en Babilonia.
En el siglo VI a.C. gran parte de los líderes y del pueblo de Israel fueron deportados a Babilonia. El Templo de Jerusalén fue destruido por Nabucodonosor y la deportación la llevó a cabo el rey persa Ciro. Este destierro supuso el hundimiento de Israel.
Recordando esta deportación cantarán los israelitas el salmo 136:
Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; 3Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar; nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión».
¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!
Isaías es el profeta que en esa situación de abatimiento anuncia, anima al pueblo: vendrán tiempos mejores, los tiempos mesiánicos en los que habrá justicia y lealtad, el lobo habitará con el cordero, viviremos en paz.
También nosotros personal y socialmente podemos atravesar situaciones y tiempos de destierro: de hundimientos personales por problemas, enfermedades, marginaciones, etc. Socialmente también vivimos o conocemos situaciones de exilios y destierros de pueblos en guerra, odios raciales, gentes pobres y hambrientas, encarceladas, etc.
Isaías y el cristianismo denuncian esas situaciones de destierro y nos anuncian que en los tiempos mesiánicos todos los pueblos tendrán pan, cultura, habrá paz y justicia, las guerras cesarán, podremos convivir.
02.- San Pablo: Mantengamos la esperanza.
De momento y por lo que podemos observar y vivir no han llegado los tiempos mesiánicos. Putin sigue siendo “el señor de la guerra”. 7000 obreros muertos construyendo los campos de fútbol de lujo en Qatar y en otros países, mientras el hambre de millones de personas; corrupción política, etc.
Mantengamos la esperanza, nos recuerda y exhorta San Pablo.
Porque no pensemos que nosotros los seres humanos tenemos la solución de todo. Pensar que el ser humano es capaz de construir la sociedad y de alcanzar un tiempo en el que no habrá mal moral ni alienación, no deja lugar al Dios liberador del Éxodo y del destierro ni dejamos lugar a Cristo para concluir la historia.
Tampoco caigamos en la superstición religiosa que sustituye la esperanza con la creencia en promesas sin base en la fe: tal rezo o tal devoción soluciona “automáticamente” los problemas; tal medalla religiosa trae buena suerte, y si la colocamos a la puerta de la casa la protege de cualquier daño material; hay que rezar no sé cuántas avemarías seguidas para que termine la guerra y si mandamos el aviso por wasap, mejor, etc. La superstición religiosa es el abuso y la corrupción de la esperanza.
Esperemos y trabajemos contra toda desesperanza. “Sólo tiene derecho a esperar lo imposible aquel que se ha comprometido a fondo en la realización de lo posible” (M. Unamuno), pero sobre todo esperemos en Dios.
03.- Juan Bautista en el desierto: convertíos
Juan Bautista es un hombre recio, poco convencional y nada dado a trapicheos y cambalaches. Hombre que iba de frente en la vida. Juan Bautista habría hecho una mala carrera diplomática y eclesiástica. ¡Raza de víboras…!
Juan B se presenta en el desierto. El desierto es el lugar entre Egipto y la tierra de promisión. Para Israel es el tiempo del “ya – pero todavía no”: ya hemos salido de Egipto, de la esclavitud, pero no hemos llegado a la tierra de promisión, que mana leche y miel.
El desierto es lugar de camino, de austeridad, donde se vive con lo imprescindible. El desierto es el lugar de la conversión. En el desierto el pueblo se encontró con Dios: el maná, la ética (las tablas de la ley) la roca-el agua, la nube que protegía al pueblo, la Palabra de Dios se dirige al pueblo en desierto. El desierto es lugar donde -caminando- uno se encuentra condigo mismo y con Dios.
En este adviento cabe que nos preguntemos por nuestro estilo de vida, por nuestra austeridad, por nuestra caminar y acontecer, por nuestro esperar. ¿Soy hombre / mujer austero, serio, con criterio dispuesto a acoger la Palabra, la verdad en mi vida?
¿Sabemos escuchar y acoger el horizonte liberador en el desierto de la vida, de la oración, del sufrimiento? ¿Anuncio la utopía de los tiempos mesiánicos especialmente en esta época de desilusiones y desesperanzas?
Convertirse es volver el corazón y el pensamiento a Dios para mirar a las humanidad y a los tiempos mesiánicos que estén llegando.
Este Adviento, Bondings 2.0 te invita a realizar un viaje espiritual a través de reflexiones guiadas sobre las lecturas de los cuatro domingos de la temporada. El ejercicio de reflexión a continuación se puede hacer individualmente, con un amigo cercano o en un grupo de compartir la fe. Las reflexiones están especialmente diseñadas para personas LGBTQ y sus aliados.
Estos ejercicios de Adviento son parte de la serie New Ways Ministry’sJourneys: una colección de selecciones de las Escrituras, preguntas de reflexión, oraciones y meditaciones en video.
Esperamos que estas ayudas espirituales os ayuden a todos ustedes en sus propios viajes. Para las lecturas de este domingo, haga clic aquí.
Si quieres compartir algunas de tus reflexiones con otros lectores de Bondings 2.0, por favor, no dudes en añadir cualquier respuesta que tengas en la sección «Comentarios» de este post.
En la lectura de Isaías (2,1-5), el pueblo dice: “Venid, subamos al monte de Dios para que seamos instruidos en los caminos de Dios y caminemos por las sendas de Dios”. La montaña se describe como la montaña más alta.
Escalar cualquier montaña sugiere hazañas de determinación, habilidad física y perseverancia, tal vez incluso desalentando a algunos de intentar tal caminata. Entonces, ¿por qué una montaña? Durante la mayor parte de la historia de Israel, Dios habitó y viajó con el pueblo en terreno llano. En la historia de Babel, mientras el pueblo intentaba alcanzar los cielos, fue Dios quien bajó a la ciudad para ver lo que el pueblo estaba construyendo.
Sin embargo, escalar una montaña ofrece al Pueblo de Dios una invitación única a comprometerse con un proceso, una meta, sin importar cuán cuesta arriba pueda parecer el camino. San Pablo escribe: “Nos jactamos de nuestros sufrimientos, sabiendo que el sufrimiento produce paciencia, la paciencia produce carácter, y el carácter produce esperanza” (Romanos 5:3-4).
Escalar una montaña está lejos de ser fácil. Sin embargo, cada montaña ofrece su propia perspectiva y enseñanza distintivas, y ya sea su mejor o peor experiencia, después de llegar a la cima, siempre puede volver a bajar habiendo visto el mundo desde un punto de vista diferente.
LECTURA
Isaías 2:1-5
Visión de Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y de Jerusalén:
En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor, en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán:
– «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob. Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén».
Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor.
PARA LA REFLEXIÓN
1.- En este momento de tu camino de fe como persona o aliado LGBTQ, ¿qué “instrucción” esperas para ayudarte a caminar en los caminos de Dios?
2.- Sobre la base del tema de “la montaña de la casa de Dios”, qué actitudes pastorales, signos de bienvenida o ministerios en tu iglesia o comunidad de adoración lo hacen “vaciar hacia ella” (la casa de Dios). ¿Cómo participa, o hace que su voz cuente, en tu parroquia o comunidad de fe?
3.- ¿Qué “montaña” tuviste que escalar como persona o aliado LGBTQ? ¿Qué elementos de esta escalada pusieron a prueba tu fe y resistencia? ¿Qué lecciones te enseñó la montaña?
4.- En la lectura, cuando las naciones acuden a Dios, Dios juzga entre los pueblos y dicta sentencias. El pueblo, a su vez, depone las armas y adopta medidas de paz entre sí. ¿Cómo imaginas que YHWH te responderá a ti (o a la comunidad LGBTQ/aliada) cuando vengas a Dios? ¿Qué medidas de paz adoptaréis tú y quienes te rodean? ¿Qué espadas necesitas convertir en rejas de arado para traer la paz y el reino de Dios a tu vida?
5.- El último versículo del pasaje de Isaías dice: “Caminemos a la luz de YHWH”. Romanos 13:12 hace eco de este tema: “La noche está por terminar; el día está casi aquí. Así que dejemos a un lado las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz”. Como persona o aliado LGBTQ, ¿cuáles son algunos ejemplos de la vida cristiana que percibes como «caminar en la luz de Dios» o «ponerse la armadura de la luz»? ¿Puedes nombrar tres ejemplos de este tipo para ponerlos en práctica durante el Adviento o en cualquier época del año?
ORACIÓN
Salmo 122: 1-9
Qué alegría cuando me dijeron:
“¡Vamos a la casa de YHWH!”
Ya están pisando nuestros pies
Tus umbrales, Jerusalén.
¡Jerusalén restaurada!
¡Para que en ella se reúna la comunidad!
Allá suben las tribus, las tribus de. YHWH , según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor; en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.
Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios»
Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: «La paz contigo.» Por la casa de YHWH, nuestro Dios, te deseo todo bien.
***
VÍDEO MEDITACIÓN
Una de las primeras montañas mencionadas en la Biblia es Ararat, el sitio en el que descansó el arca de Noé después del diluvio. Posteriormente, los israelitas reciben la Ley en el Monte Sinaí. Elías desafía a los profetas de Baal en el Monte Carmelo. A lo largo de las Escrituras escuchamos profecías sobre el monte Sión en Jerusalén. Y en los Evangelios, Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan al Monte Tabor para presenciar su Transfiguración, mientras que el Monte de los Olivos a menudo se destaca como uno de los lugares favoritos de Jesús para enseñar y orar.
Con montañas que salpican gran parte del paisaje bíblico, ¿qué elementos de estas características geográficas son simbólicos para ti? Mientras piensas en una respuesta, reflexiona sobre lo que la fe etíope puede tener para ofrecer a esta discusión, en el video que viene a continuación.
– Dwayne Fernandes, New Ways Ministry, Noviembre 27, 2022
Comentarios desactivados en “Reaccionar”. 1 Adviento – A (Mateo 24,37-44)
Los ensayos que conozco sobre el momento actual insisten mucho en las contradicciones de la sociedad contemporánea, en la gravedad de la crisis sociocultural y económica, y en el carácter decadente de estos tiempos.
Sin duda, también hablan de fragmentos de bondad y de belleza, y de gestos de nobleza y generosidad, pero todo ello parece quedar como ocultado por la fuerza del mal, el deterioro de la vida y la injusticia. Al final todo son «profecías de desventuras».
Se olvida, por lo general, un dato enormemente esperanzador. Está creciendo en la conciencia de muchas personas un sentimiento de indignación ante tanta injusticia, degradación y sufrimiento. Son muchos los hombres y mujeres que no se resignan ya a aceptar una sociedad tan poco humana. De su corazón brota un «no» firme a lo inhumano.
Esta resistencia al mal es común a cristianos y agnósticos. Como decía el teólogo holandés E. Schillebeeckx, puede hablarse dentro de la sociedad moderna de «un frente común, de creyentes y no creyentes, de cara a un mundo mejor, de aspecto más humano».
En el fondo de esta reacción hay una búsqueda de algo diferente, un reducto de esperanza, un anhelo de algo que en esta sociedad no se ve cumplido. Es el sentimiento de que podríamos ser más humanos, más felices y más buenos en una sociedad más justa, aunque siempre limitada y precaria.
En este contexto cobra una actualidad particular la llamada de Jesús: «Estad en vela». Son palabras que invitan a despertar y a vivir con más lucidez, sin dejarnos arrastrar y modelar pasivamente por cuanto se impone en esta sociedad.
Tal vez esto es lo primero. Reaccionar y mantener despierta la resistencia y la rebeldía. Atrevernos a ser diferentes. No actuar como todo el mundo. No identificarnos con lo inhumano de esta sociedad. Vivir en contradicción con tanta mediocridad y falta de sensatez. Iniciar la reacción.
Nos han de animar dos convicciones. El hombre no ha perdido su capacidad de ser más humano y de organizar una sociedad más digna. Por otra parte, el Espíritu de Dios sigue actuando en la historia y en el corazón de cada persona.
Es posible cambiar el rumbo equivocado que lleva esta sociedad. Lo que se necesita es que cada vez haya más personas lúcidas que se atrevan a introducir sensatez en medio de tanta locura, sentido moral en medio de tanto vacío ético, calor humano y solidaridad en el interior de tanto pragmatismo sin corazón.
Comentarios desactivados en “Estad en vela para estar preparados”. Domingo 27 de Noviembre de 2022. 1º de Adviento
Leído en Koinonia:
Isaías 2, 1-5: El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios. Salmo responsorial: 121: Vamos alegres a la casa del Señor. Romanos 13, 11-14. Nuestra salvación está cerca. Mateo 24, 37-44: Estad en vela para estar preparados.
Hoy comienza el «año litúrgico», que no coincide con el año civil, ni con el curso lectivo, ni tal vez con el «ejercicio económico anual»… El año litúrgico es una periodización propia de la Iglesia católica.
Comienza con el tiempo de «adviento», uno de los varios que lo componen… «Ad-viento», apócope de «ad-venimiento», significa venida, llegada, y alude a «la venida de Cristo», que, bíblicamente hablando, son dos: la venida que ya tuvo lugar, que celebraremos en Navidad, y la futura, la llamada «segunda venida» de Jesús, «en poder y majestad», que, en la visión clásica tradicional, pondrá fin al mundo, inaugurará el «juicio final» o «juicio de las naciones», y abrirá la era definitiva, el «nuevo eón», la «vida eterna» beatífica para los salvados, y el sufrimiento eterno en el infierno para los «condenados». Todo ello, dicho en el lenguaje clásico tradicional religioso cristiano. Pero, ¿qué creemos hoy, realmente, de todo ello? ¿Cuánto de todo ello lo creemos sólo «simbólicamente», con un contenido de significado muy diferente del literal?
Los dos últimos capítulos del evangelio de Mateo forman el llamado «discurso escatológico» de Jesús. El evangelista pone en su boca y agrupa en estos capítulos los dichos «escato-lógicos», o sea, los que se refieren al final (del mundo). Ya sabemos hermenéutica bíblica y no vamos a entrar en el tema de la historicidad de esos dichos en cuanto efectivamente dichos (o no) por Jesús. Bien pudiera ser que Jesús expresara estas u otras ideas semejantes, porque Jesús estuvo inmerso en la mentalidad religiosa y cultural de su época -igual que dijo que Dios «hace salir el sol» sobre justos y pecadores, porque participaba de la visión cosmológica precopernicana-. Pero la pregunta importante es: ¿debemos creer nosotros hoy en esa «descripción del final» propia de aquella visión apocalíptica? ¿Creemos efectivamente que Jesús «vendrá de nuevo», tal vez «pronto», «como el ladrón», y con semejantes consecuencias?
Richard DAWKINS, que se ha hecho muy popular con su combate crítico a creencias religiosas sobrepasadas (que él cree que representan todavía la forma de creer de los cristianos inteligentes y actualizados de hoy), confiesa que queda «abatido alconstatar que el 50% de los estadounidenses cree que el mundo tiene apenas 6 mil años», y añade: «La única superpotencia mundial actual está a punto de ser dominada por electores que creen que el universo entero comenzó después de la domesticación del perro. Creen también que serán personalmente ‘arrebatados’ a las alturas celestrianes todavía en el tiempo de su vida, hecho que será seguido por un Armagedón muy bienvenido como heraldo de la segunda venida de Cristo». Sam HARRIS por su parte (Letter to a Christian Nation), aduciendo encuestas del Instituto Gallup, sustiene que «nada menos que el 44% de la población estadounidense está convencida de que Jesús va a volver para juzgar a los vivos y a los muertos, en algún momento de los próximos cincuenta años». «Imagine usted las consecuencias, si algún miembro significativo del gobierno estadounidense realmente creyese que el mundo está pronto a acabar de esta manera… El hecho de que casi la mitad de la población de EEUU crea en eso, en base simplemente a un dogma religioso, debe ser considerado una emergencia moral e intelectual». Dawkins, que prologa el libro de Harris, añade que hablar de una «emergencia moral e intelectual» tal vez es muy moderado.
Efectivamente, aunque hayamos olvidado historias pasadas de los muchos movimientos milenaristas de siglos pasados, hoy sabemos bien de consecuencias terribles que están teniendo en la actualidad las creencias religiosas que derivan en violencia y terrorismo por motivaciones religiosas verdaderamente apocalípticas, tanto de un signo como de otro. Las creencias religiosas, sobre todo su interpretación, no son un mero «asunto privado» de cada quien. Qué crean los norteamericanos electores del gobierno de la mayor potencia militar del mundo, para mí no es simplemente un «asunto privado» de ellos. Qué crean y piensen sobre el final del mundo y sobre la intervención y el dominio que Dios tiene sobre nuestro modo de gestionar este mundo, no es un asunto religioso privado del que la sociedad no deba preocuparse, porque, en determinadas circunstancias, puede llegar a ser verdaderamente «una emergencia moral e intelectual». Pensemos también en la cantidad de creyentes de pequeñas «iglesias libres» que se multiplican entre masas de población que viven en sectores de pobreza o miseria, y en las creencias fundamentalistas que difunden… ¿No son realidades de interés público, tal vez de salud pública, o incluso de «emergencia moral e intelectual»?
Casi con toda seguridad, los lectores de este comentario bíblico no están en esas penosas situaciones religiosas a las que acabamos de aludir. Pero es bien probable que no sepan bien qué decir ante el evangelio de hoy: ¿seguimos creyendo en una «segunda venida de Cristo»? Probablemente no creen en su inminencia, ni en su carácter «apocalíptico», ni en Armagedón y sus amenazas… pero no han decidido si seguir creyendo o no en «la segunda venida de Cristo». Mientras no lo decidan críticamente –o sea, mientras no personalicen su fe, en ese sentido– seguirán creyendo con la creencia tradicional (confiarán una parte importante de su vida a esa creencia), de que lo más profundo de la realidad es que es el plan de un Dios que quiso crearnos y ponernos una prueba, y que esa «segunda venida» será el paso a una vida eterna de premio o castigo por nuestra conducta moral en este mundo. Todo eso es lo que está implicado en la «segunda venida».
Ocasiones como ésta, del domingo que inaugura el Adviento, que pone ante nuestros ojos meditativos esa segunda venida, son, deberían ser, una ocasión para «agarrar el toro por los cuernos» y abordar estos temas, sin contentarnos con darles en la homilía simplemente varios «pases» litúrgicos que los utilizan simbólicamente, sin tener el coraje de responder a ninguna de las preguntas fuertes que pasan por la mente de los oyentes.
La esperanza ha sido considerada clásicamente como la virtud típica del Adviento, la dimensión de nuestra vida que cultivar especialmente en estas cuatro semanas. Como el pueblo de Israel y tantos otros pueblos, que vivieron la historia como un caminar iluminado por la esperanza del encuentro con Dios, el adviento nos invita a considerar nuestra vida como un caminar que no podemos sobrellevar sino con la fuerza de la esperanza. ¿Cuál es el peso de la esperanza en nuestra vida?
Tal vez, en el ambiente de nuestra ciudad o de los medios de comunicación… ya se ha instalado la publicidad navideña. Para el comercio, adviento significa bombardeo publicitario prenavideño, una navidad que, para ellos, no sería exitosa sin un aumento del consumo en todos los campos. Un cristianismo coherente no puede caer en en la trampa de tanto mensaje publicitario aparentemente religioso, que lo que pretende es solamente hacernos consumir.
La primera lectura, de Isaías, una de cuyas frases –la de la conversión de las lanzas en podaderas– figura en el vestíbulo del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York, expresa bien la dimensión terrena de la utopía de esperanza que animaba a los profetas: un mundo reconciliado, en la paz de la convivencia y el trabajo, superadas las guerras y las preparaciones para las guerras –los arsenales de armas y las maniobras militares–. Por ser parte del Primer Testamento, a Isaías le falta la visión universalista: ni el «final» ni mucho menos el «fin» son que la Humanidad camine hacia el monte de Sión, sino simplemente hacia la Utopía de Dios, sea cual sea el monte sagrado de su religión.
Este primer domingo de Adviento, esta inauguración del nuevo ciclo litúrgico, con este planteamiento inicial del tema de la esperanza y de la imagen –un tanto chocante a nuestra sensibilidad– del fin del mundo y de la segunda venida de Jesucristo, pueden hacernos pensar. Así como el tema de la muerte personal (sus circunstancias, su acercamiento, su conveniente previsión) es un tema un tanto tabú en la sociedad occidental, también entre los cristianos de la actualidad resultan un tanto tabú estos temas que los textos litúrgicos del adviento nos plantean; no porque sean tabús, sino porque no sabemos bien qué decir. La expresión clásica y tradicional depende de un lenguaje mítico y precientífico hoy día casi inaceptable, y es necesaria una urgente actualización. Buena tarea para para este tiempo de Adviento, o incluso para todo el año litúrgico que hoy iniciamos. Leer más…
Comentarios desactivados en 27.11.22. El mundo se muere, podemos matarlo (1 Adviento: Mt 24, 37-44)
Del blog de Xabier Pikaza:
Malo era el tiempo de Noé: Entonces no se sabía. Sólo unos videntes-profetas decían que puede llegar el diluvio,el fin de todo. Pero Dios quiso llamar a Noé y unos pocos pudierpn salvarse en el arca
Peor era el tiempo de Jesús. La gente pensaba que Cesar Augusto (vencedor de cántabros y astures) impondría su paz en la tierra y así construyeron el Ara de la paz eterna en Roma. Pero Jesús supo que esa paz y ese altar eran mentira, y así dijo: Tened mucho cuidado, pues llega el fin del mundo.
Mucho peor es todavía nuestro tiempo: Hoy sabemos, sin necesidad de profetas como Cristo o Noé, que si si seguimos viviendo como ahora llegará muy pronto el fin del mundo.
| X.Pikaza
Así lo dice el evangelio de Mateo, para insistir al fin en el poder de destrucción de nuestro mundo. Si seguimos como ahora no podrá haber ya más advientos. Nietzsche decía que hemos matado a Dios. A Dios no hemos matado, pero podemos matarnos a nosotros mismos haciendo que llegue de esa forma el fin del mundo
Mateo 24,37-44
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempos de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre
‒ Como en los días de Noé(24, 37-39). Ell texto compara a Jesús con Noé, que había venido a preparar un “arca” en la que pudieran salvarse unoa poxoa elegidos. Pues bien, así como antaño la gente seguía viviendo a su aire, como si nada pasara, sin advertir que el diluvio iba a estallar muy pronto, también ahora, tras la pascua de Jesús, los hombres siguen ocupados en sus maquinaciones de mueerte, corriendo así el riesgo de ser arrastrados por unnuevo diluvio (sin poder acogerse al arca salvadora de Jesús).
‒ Uno será tomado, otro dejado (24, 40-41). A diferencia de la imagen anterior (todos arrastrados por el diluvio), ésta sirve para marcar la separación entre personas muy cercanas: dos hombres en el campo (uno tomado, otro dejado), dos mujeres moliendo en casa (una tomada, otra dejada). Lc 17, 34 añade en este contexto una imagen esponsal: un hombre y una mujer sobre una misma cama: uno tomado, otro dejado.
‒ Velad pues… (24, 42). Por eso se pide vigilancia a todos, pues nadie tiene asegurada la salvación ni decidida la condena. La venida del Hijo del Hombre será peros que el mismo diluvio, si no construímos un arca distinta, en la que quepan no sólo los hombres y mujeres, sino también los animales.
En este contexto dice Jesús “velad”, lo que significa que estemospreparados ante la hora de Dios, cuyo misterio no pueden descifrarlo ni los ángeles sagrados, ni el Hijo de Dios, pues la hora pertenece al secreto de Dios.
‒ Como un ladrón (24, 43-44)… El texto lo dice de forma misteriosa: (a) Por un lado sabe que “no pasará esta generación hasta que todo esto se cumpla” (24, 34), pues han brotado los retoños y llegará pronto el verano (cf. 24, 32-35). (b) Por otro ladose añade: “nadie sabe el día ni la hora; ni los ángeles del cielo, ni tampoco el hijo…” (24, 36)… Nadie sabe, pro nosotros mismos estamos haciendo que llegue esa hora. No es Dios el que marca la hora del fin del mundo, la estamos marcando y aceleando nosotros, con nuestra violencia contra la naturaleza, con nuestras bombas. [1].
En general, las religiones cósmicas, es decir, aquellas que divinizan la naturaleza, no pueden hablar del fin del mundo. El mundo es como es y lo será siempre, pues todo gira y vuelve, todo se repite (mito del eterno retorno). Tampoco las religiones de la interioridad (budismo, taoísmo…) pueden hablar de un fin del mundo, porque el mundo en sí no existe o es sólo una expresión del ser divino. Sólo las religiones bíblicas, que apelan un principio (creación) pueden hablar de un fin del mundo, pero en general no lo entienden como destrucción, sino como “transformación”. No se trata de negar lo que hay, de volverlo a la nada, sino de culminarlo, destruyendo ciertas formas actuales de este mundo, para que puedan surgir otras distintas, que recojan aquello que ha sido el proceso anterior de la historia.
(1) Fin de la historia. De la profecía a la apocalíptica. La visión del fin del mundo forma parte de la teología apocalíptica de algunos círculos judíos del siglo IV a.C. al I d.C. que han expresado así su oposición al mundo actual, anunciando su fin. Esos círculos apocalípticos se sitúan en la línea de los profetas, pero radicalizan su visión. Los profetas criticaban la infidelidad y riesgo de la historia (sobre todo, israelita), porque querían transformarla; los apocalípticos, en cambio, suponen que la historia ha pedido su sentido, de manera que Dios debe destruirla, creando un mundo nuevo para justos o creyentes.
Los profetas apelaban a la libertad y al compromiso de los fieles, que debían convertirse y cambiar las condiciones actuales de la historia humana. En contra de eso, los apocalípticos tienden a pensar que los hombres ya no pueden convertirse, pues se encuentran en manos de agentes superiores (demonios y ángeles) que definen su vida y deciden su futuro, que está ya marcado de antemano. Los profetas piensan que es posible un cambio; los apocalípticos suponen que el fin de la historia (la hora final) se encuentra decidida, de manera que los fieles sólo pueden hacer una cosa: aguardar el tiempo definido para el fin del mundo.
A pesar de esas diferencias (más o menos marcadas según los casos), podemos y debemos afirmar que la apocalíptica judía proviene de la profecía. Los motivos principales de la profecía (de los siglos VIII-V) a.C., encuadrados en las nuevas circunstancias culturales del pueblo, dominado por griegos y romanos (del siglos IV a. C. al II d.C.), desembocan, en la apocalíptica, con su visión del fin del mundo. Ella tiene un elemento catastrofista (de manera que parece dominada por el miedo y la venganza), pero en su fondo late un impulso fuerte de protesta. Cuando anuncia el fin de este mundo (en los libros apócrifos de Henoc o Esdras, de Baruc o los esenios de Qumrán), la apocalíptica aparece, ante todo, como una literatura de resistencia, contra los poderes injustos de este mundo.
(2) Dualismo y mesianismo.Jesús de Nazaret. El judaísmo profético había distinguido entre un hoy de violencia y un futuro de reconciliación mesiánica, al final de la historia (pero dentro de este mundo). Pues bien, avanzando en esa línea, influidos quizá por la especulación irania (persa), los apocalípticos han distinguido aún más entre el tiempo actual, sometido a la lucha entre fuerzas buenas y malas, y el futuro de lucha aún más grande, con el juicio final y la reconciliación de los justos, suponen que Dios ha creado a los hombres escindidos entre un espíritu de vida y otro de muerte. Casi todos añaden que estamos inmersos en una lucha donde se vinculan experiencias y batallas políticas (entre reyes y pueblos del mundo) y sobrenaturales (de ángeles y hombres contra diablos y poderes pervertidos).
Desde ese fondo, apoyándose en la esperanza de los profetas y buscando una reconciliación final, los apocalípticos han tendido a decir que el eón/holam actual es perverso y diabólico (de forma que tiene que ser destruido. Sólo cuando acabe este mundo (destruido por el fuego del juicio o por un tipo de agua de diluvio) podrá surgir el eón/holam futuro, creado por Dios para siempre. Frente a la oscuridad actual vendrá la luz; frente a la lucha y dolor presente, el gozo y felicidad escatológica de Dios. La visión apocalíptica del fin suele estar unida a una visión mesiánica del mundo nuevo que va a venir. Así lo anuncian ya algunos de los textos apocalípticos más antiguos: “En esos días toda la tierra será labrada con justicia; toda ella quedará cuajada de árboles y será llena de bendición” (1 Hen 10, 12). «Luego en la décima semana (…) será el juicio eterno, en el que Dios tomará venganza de todos los Vigilantes (ángeles perversos). El primer cielo desaparecerá y aparecerá un cielo nuevo, y todas las potestades del cielo brillarán eternamente siete veces más» (1 Hen 91, 15-16).
Estrictamente hablando, parece que Jesús no anunció un fin del mundo en cuanto tal, sino la llegada del Reino de Dios, es decir, la transformación de la humanidad. Pero la llegada de ese Reino está vinculada con signos de “destrucción” (al menos simbólica) del mundo actual. En ese sentido, las palabras que prometen la llegada del Hijo del Hombre pueden estar relacionadas con el fin del mundo actual. «Pasada la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna no dará resplandor; las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se tambalearán; y entonces verán venir al Hijo del humano entre nubes con gran poder y gloria. Y entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra al extremo del cielo» (Mc 13, 24-27). Esos fenómenos cósmicos (con la destrucción de los poderes astrales que definen y mantienen la vida actual del mundo) pueden entenderse de un modo simbólico; pero, estrictamente hablando, ellos parecen entenderse mejor si se interpretan como expresión del fin del mundo actual.
El Apocalipsis supone que la forma actual este mundo acabará, de manera que todo el libro aparece como símbolo y anuncio de ese fin. Pero, si nos fijamos con detalle, observaremos que del fin del mundo en cuanto tal no se dice nada. Terminan y acaban los poderes cósmicos y demoníacos de destrucción, terminan y quedan destruidas las estructuras de pecado que mantienen a los hombres sometidos (las bestias y la prostituta, el mismo dragón perverso), pero del mundo en cuanto tal no se dice que termina, sino que será renovado. En ese contexto añade: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más. Y yo vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén que descendía del cielo de parte de Dios, preparada como una novia adornada para su esposo» (Ap 21, 1-2). Se dice que no existe la “creación anterior”, envejecida (la que se inició en Gen 1, 1). Pero no se dice “cómo” ha sido destruida, ni si ha sido transformada por dentro, hasta convertirse en esta nueva creación (nuevo cielo, nueva tierra). Lo que al autor le importa no es el fin del mundo en cuanto tal (como fenómeno de destrucción cósmica), sino el surgimiento de la nueva realidad, que es la que Dios ha preparado para los fieles.
(3) Variaciones sobre el fin del mundo. 2 Pedro y Mateo. El texto que parece hablar de una manera más “material” del fin del mundo es 2 Pedro. Es una carta tardía, escrita ya bien entrado el siglo II d.C., a nombre de Pedro, retomando algunos argumentos de la carta de Judas, para oponerse a los gnósticos que entienden la salvación de Jesús como algo puramente interior y para refutar a los cansados que afirman que nada ha cambiado, que todo sigue igual desde la venida de Jesús. Éstas son sus palabras centrales:
«Por la palabra de Dios existían desde tiempos antiguos los cielos, y la tierra que surgió del agua y fue asentada en medio del agua. Por esto, el mundo de entonces fue destruido, inundado en agua. Pero por la misma palabra, los cielos y la tierra que ahora existen están reservados para el fuego, guardados hasta el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos… El día del Señor vendrá como ladrón. Entonces los cielos pasarán con grande estruendo; los elementos, ardiendo, serán deshechos, y la tierra y las obras que están en ella serán consumidas…. Por causa de ese día los cielos, siendo encendidos, serán deshechos; y los elementos, al ser abrasados, serán fundidos. Pues, según las promesas de Dios esperamos cielos nuevos y tierra nueva en los cuales mora la justicia» (2 Ped 3, 5-7. 12-13).
2 Pedro supone que el mundo antiguo fue destruido por el agua (cf. Gen 6-8), aunque nosotros sabemos por la Biblia que aquella destrucción no fue una aniquilación, sino una transformación de la humanidad. Pues bien, el mundo actual será destruido o consumido por el fuego, conforme a una imagen que se ha repetido en muchas culturas, que hablan de una “conflagración” o incendio cósmico (el tema aparece en México y la India). La novedad del pasaje no está en la afirmación de que el mundo será destruido, sino en la certeza de que esa destrucción está al servicio del surgimiento de unos cielos nuevos y una tierra nueva (como en el Apocalipsis; el tema está tomado de Is 65, 17).
En una línea semejante parecen situarse algunos textos de Mateo, el más judío de los evangelios, que asume y destaca el tema apocalíptico del “fin” o consumación de este mundo, tanto en la parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13, 39-40. 49), como en el discurso apocalíptico (24, 3). Pues bien, esa consumación del mundo está vinculada al anuncio del evangelio; por eso, lo que importa no es que el mundo acabe, sino que Jesús estará con los suyos hasta la consumación del mundo (cf. Mt 2, 14; 28, 20).
El objetivo y centro del mensaje cristiano no es que el mundo acaba (tema que aceptan, sin problema, gran parte de los judíos del entorno), sino la presencia de Jesús como signo de Dios, para ofrecer la salvación de Dios a los creyentes. En ese sentido se podría decir que sólo acaban y se destruyen los perversos, en el “fuego eterno”, como pone de relieve el texto básico del juicio* (Mt 25, 41). Por eso, más que el posible fuego material de la destrucción cósmica (a la que aludía 2 Pedro) importa el fuego de la “destrucción humana” que amenaza a los perversos.
FIN DEL MUNDO II. NOSOTROS PODEMOS DESTRUIRLO.
(He presentado hace unos días el tema de las bombas… Puede terminar su lectura aquí quien lo haya visto. Lo presento de nuevo para aquellos que no lo hayan visto)
Sigue siendo valioso lo que dice la Biblia.., con Noé, con Jesús, con el evangelio de Mateo. Pero hoy somos más “culpables”, pues no sólo conocemos que el mundo puede destruirse, sino que somos nosotros los que podemos hacerlo. No hace falta Dios para destruir el mundo, nosotros nos bastamos (en contra de Dios).
Los textos bíblicos de los cuatro domingos de Adviento no constituyen propiamente una preparación a la Navidad, sino una introducción a todo el nuevo año litúrgico. Por eso abarcan etapas muy distintas: 1) lo que se esperó del Mesías antes de su venida; 2) su nacimiento; 3) su actividad pública, y las reacciones que suscitó; 4) su vuelta al final de los tiempos. Estas cuatro etapas se mezclan cada domingo y resulta difícil relacionar las distintas lecturas. Si buscamos un elemento común sería el tema de la esperanza: ¿qué debemos esperar?, ¿cómo debemos esperar?
¿Qué debemos esperar? La utopía de la paz universal
La primera lectura (Isaías 2,1-5) responde a una de las experiencias más universales: la guerra.
Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos.
Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor.»
Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.
Israel debió enfrentarse desde su comienzo como estado a pueblos pequeños, a guerras civiles y a grandes imperios. Pero no sólo los israelitas era víctimas de estas guerras, sino todos los países del Cercano Oriente, igual que hoy día lo son tantos países del mundo.
Podríamos contemplar este hecho con escepticismo: el ser humano no tiene remedio. La ambición, el odio, la violencia, siempre terminan imponiéndose y creando interminables conflictos y guerras. Sin embargo, la lectura de Isaías propone una perspectiva muy distinta. Todos los pueblos, asirios, egipcios, babilonios, medos, persas, griegos, cansados de guerrear y de matarse, marchan hacia Jerusalén buscando en el Dios de Israel un juez justo que dirima sus conflictos e instaure la paz definitiva.
El texto de Isaías une, lógicamente, la desaparición de la guerra con la desaparición de las armas. En este contexto, hoy día es frecuente hablar de las armas atómicas, los submarinos nucleares, los drones de última generación. Quisiera recordar unos datos muy distintos, de armas mucho más sencillas. A fines de 2017 había aproximadamente 857 millones de armas de fuego civiles en los 230 países y territorios estudiados. Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial (1945), unos 30 millones de personas han perecido en los diferentes conflictos armados que han sucedido en el planeta, 26 millones de ellas a consecuencia del impacto de armas ligeras.
Esta primera lectura bíblica nos anima a esperar y procurar que un día se haga realidad lo anunciado por el profeta: De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
¿Cómo debemos esperar? Vigilancia ante la vuelta de Jesús (Mateo 24,37-44)
La liturgia da un tremendo salto y pasa de las esperanzas antiguas formuladas por Isaías a la segunda venida de Jesús, la definitiva. En el contexto del Adviento, esta lectura pretende centrar nuestra atención en algo muy distinto a lo habitual. Los días previos al 24 de diciembre solemos dedicarlos a pensar en la primera venida de Cristo, simbolizada en los belenes. El peligro es quedarnos en un recuerdo romántico. La iglesia quiere que miremos al futuro, incluso a un futuro muy lejano: el de la vuelta definitiva de Jesús, y la actitud de vigilancia que debemos mantener.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
La actitud de vigilancia queda expuesta en dos comparaciones.
La primera, tomada del Antiguo Testamento, hace referencia a lo ocurrido en tiempos del diluvio. Antes de él, la gente llevaba una vida normal, despreocupada. La catástrofe parecía inimaginable. Lo mismo ocurrirá cuando venga el Hijo del Hombre. Por tanto, estad en vela; no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
La segunda, tomada de la vida diaria, presenta al dueño de una casa que desea defender su propiedad contra los ladrones. El mensaje es el mismo: estad en vela.
A propósito de estas comparaciones podemos indicar dos cosas:
1) Ambas insisten en que la venida del Hijo del Hombre será de improviso e imprevisible; no habrá ninguna de esas señales previas que tanto gustaban a la apocalíptica (oscurecimiento del sol y de la luna, terremotos, guerras, catástrofes naturales).
2) Las dos comparaciones exhortan a la vigilancia, a estar preparados, pero no dicen en qué consiste esa vigilancia y preparación; se limitan a crear un interés por el tema. Esta falta de concreción puede decepcionar un poco. Pero es lo mismo que cuando nos dicen al comienzo de un viaje en automóvil: «ten cuidado». Sería absurdo decirle al conductor: «Ten cuidado con los coches que vienen detrás», o «ten cuidado con los motoristas». El cristiano, igual que el conductor, debe tener cuidado con todo.
¿Cómo debemos esperar? Disfrazarnos de Jesús (Romanos 13,11-14)
Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.
Pablo parte de la experiencia típica de las primeras comunidades cristianas: la vuelta de Jesús es inminente, «nuestra salvación está más cerca», «el día se echa encima». El cristiano, como hijo de la luz, debe renunciar a comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, riñas y pendencias. Es el comportamiento moral a niveles muy distintos (comida, sexualidad, relaciones con otras personas) lo que debe caracterizar al cristiano y como se prepara a la venida definitiva de Jesús. Ese pequeño catálogo podría haberlo firmado cualquier filósofo estoico. Pero Pablo añade algo peculiar: «Vestíos del Señor Jesucristo». Esto no es estoico, es típicamente cristiano: Jesús como modelo a imitar, de forma que, cuando la gente nos vea, sea como si lo viese a él. Creo que Pablo no tendría inconveniente en que sus palabras se tradujesen: «Disfrazaos del Señor Jesucristo». Comportaos de tal forma que la gente os confunda con él. Buen programa para comenzar el Adviento.
Reflexión final
Las lecturas de este domingo pueden fomentar, más que la esperanza, la desilusión. Cuando termine la guerra en Ucrania, no faltarán otros iluminados que provoquen nuevas guerras. A mucha gente le interesa más la misión Artemis que la segunda venida de Jesús. Y la radio y la televisión harán propaganda en los próximos días de las cenas navideñas y de los regalos que debemos comprar. A pesar de todo, el cristiano, como Abrahán, debe «esperar contra toda esperanza».
Aquí está de nuevo el Adviento llamando a nuestra puerta. Nos pilla casi “descuidadas”…
-Pero, no te quedes en la puerta, pasa. Estábamos algo despistadas, es verdad, pero te estábamos esperando.
Y entonces, el bueno del Adviento, entra, así como es él y empieza a prepararlo todo. Inquieto, alegre, un poco precipitado, a ratos “tremendista”, pero siempre tierno.
Esta semana el Adviento viene a prepararnos, desea que estemos preparadas, no vaya a llegar la Navidad y tenga que pasar de largo…
Bien, tenemos esta semana para prepararnos, para abrir esas cinco puertas que son nuestros sentidos y estar alerta.
Tener preparados nuestros ojos, bien limpios y abiertos para descubrir los mensajes ocultos de nuestro Dios Amor. Preparar nuestros oídos, evitando ruidos, buscando el silencio que nos abre a la Palabra. Tener preparado nuestro olfato, nuestra intuición, reconociendo ese olor que despierta en nosotras el Recuerdo de lo Conocido. Preparar nuestro tacto, con la piel suave y desnuda que nos permita acariciar la Vida Recién Nacida. Tener preparado nuestro gusto, con el paladar fino para gustar y degustar las delicias de la Buena Nueva.
Es lo que nos dice, con otras palabras, el evangelio de hoy, quizá con un tono apocalíptico que nos hiere un poco la sensibilidad, pero que aquellas primeras comunidades de mujeres y hombres entendían perfectamente.
No, no conocemos los tiempos de Dios, no sabemos cuándo irrumpirá en nuestra vida ni cómo lo hará, por eso tenemos que estar siempre preparadas, siempre listas, siempre atentas.
-Bienvenido Adviento, ponte cómodo, tenemos mucho de qué hablar.
Oración
Gracias, Dios Trinidad, por regalarnos este tiempo de Adviento que nos ayuda a tomarnos más en serio nuestra responsabilidad como cristianas, como portadoras de una Buena Noticia.
Comentarios desactivados en Dios está siempre ahí, no tiene que venir de ninguna parte.
ADVIENTO – 1º(A)
Mt 24,37-42
Hoy, comenzamos un nuevo año litúrgico. El tiempo de adviento se caracteriza por su complicada estructura. Por una parte recordamos el largísimo tiempo de adviento que precedió a la venida del Mesías. Esta es la causa de que encontremos en el AT tantos textos bellísimos sobre el tema. Fue un tiempo de sucesivas expectativas, porque las promesas nunca terminaban de cumplirse. Esas expectativas eran claramente infundadas porque suponían una intervención directa, externa y puntual de Dios a favor de su pueblo.
Por otra parte, tenemos la aparición histórica de Jesús. Se trata del punto de partida imprescindible para comprender nuestras expectativas como cristianos. Jesús hizo presente el Reino de Dios en su trayectoria humana. La primera e imprescindible referencia, para nosotros, es su vida terrena, porque es en su vida donde hizo presente el amor y desterró el odio. La preocupación por el “Jesús histórico”, que se ha despertado en nuestro tiempo, debe ser el punto de partida para todo lo que podemos decir de Jesús teológicamente.
Jesús no solo hizo presente el Reino, sino que hizo una propuesta a todos. Se trata de una oferta de salvación definitiva para el hombre. Él quiso indicar, a todos los seres humanos, el camino de la verdadera salvación. Celebrar el adviento hoy sería tomar conciencia de esta propuesta de salvación y prepararnos para hacerla realidad. Esa posibilidad de plenitud humana debe ser nuestra verdadera preocupación. Ebeling dijo: lo más real de lo real no es la realidad misma, sino sus posibilidades. Jesús, viviendo a tope una vida humana, desplegó todas sus posibilidades de ser y propuso esa misma meta para todos.
Hay otro aspecto del adviento que es necesario tener muy claro. Al constatar, siglo tras siglo en la historia de Israel, que las expectativas no se cumplían, se fue retrasando el momento de su ejecución, hasta que se llegó a colocarlo en el final de los tiempos. Surgió así la escatología, un genero literario que nos dice muy poco hoy día. Es sorprendente que ni siquiera la venida de Jesús se consideró definitiva para los cristianos. Es la mejor prueba de que la salvación que él propuso no nos convence. Por eso los cristianos sintieron la necesidad de una segunda venida, que sí traería la salvación que todos esperaban.
Armonizar todas estas perspectivas es muy complicado para nosotros. El tiempo anterior a Jesús, la vida terrena de Jesús, nuestra propia realidad histórica y el hipotético futuro escatológico nos puede llevar a una dispersión que convierta el adviento en un batiburrillo que nos impida enfocar bien su celebración. Creo que lo más urgente, para nosotros hoy, es centrarnos en hacer nuestro el mensaje de Jesús y vivir esa posibilidad de plenitud que él vivió y nos propuso. Partiendo de su vida, debemos tratar de dar sentido a la nuestra.
La visión de Isaías en la primera lectura está muy lejos de ser una realidad. Es la utopía que puede mantenernos firmes dentro de una realidad que sigue siendo sangrante. La realidad no debe eliminar la esperanza de un mundo más humano. Debemos aferrarnos a la utopía de que otro mundo es posible. La esperanza se funda en que Dios no nos puede abandonar ni retirar la oferta de esa plenitud. Esa esperanza, a la que nos invitan las lecturas, no es de futuro sino de presente. La percibimos como de futuro, porque todavía no hemos hecho nuestras todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance.
Pablo nos repite que ya va siendo hora de espabilarse, pero seguimos portándonos como verdaderos insensatos. Seguimos caminando en una dirección equivocada. Las advertencias que hace Pablo a los romanos, son las mismas que tendríamos que hacer hoy: nada de comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y pendencias. El excesivo cuidado de nuestro cuerpo, fomentará los malos deseos. No cabe un resumen mejor del hedonismo que pretende el placer inmediato y terminará por aniquilar nuestro verdadero ser.
Estar despiertos es la condición mínima indispensable para desarrollar nuestra humanidad. Estamos bien despiertos para todo lo terreno y material. Esa excesiva preocupación por lo material es lo que la Escritura llama “estar dormido”. Hoy empezamos el Adviento, pero los grandes almacenes y todos los medios de comunicación ya hace casi un mes que han empezado su preparación. Menos de un 15% de nuestra sociedad escuchará el anuncio de que Jesús nace, frente a la muchedumbre que va a soportar la propaganda consumista.
Descubrir lo que soy exige esfuerzo y dedicación. Halagar la parte instintiva es más fácil que espolear el espíritu. Los emperadores romanos ofrecían pan y circo a las masas para que no exigieran otras cosas. Hoy la oferta tranquilizante es fútbol y tele. Nuestra religión ha caído en la trampa de una salvación acomodada a nuestras apetencias, ofreciéndonos la eliminación del dolor, el pecado o la muerte. Como eso es imposible aquí y ahora, se ha proyectado la salvación para un más allá. No, Dios quiere nuestra plenitud, aquí y ahora.
Adviento no es solo la preparación para celebrar dignamente un acontecimiento que se produjo hace más de veinte siglos. El adviento debe ser un tiempo de reflexión profunda, que me lleve a ver más claro el sentido que debo dar a toda mi existencia. No hay tiempos más propicios que otros para afrontar un tema determinado. Soy yo el que tengo que acotar el tiempo que debo dedicar a los asuntos que más me interesan. Y lo que más me debía interesar, tal como nos lo advierte la liturgia, es mi verdadero ser, no mi falso yo.
Dios está viniendo en todo instante, pero solo el que está despierto descubrirá esa presencia. Si no la descubro, mi vida transcurrirá sin enterarme de la mayor riqueza que está a mi alcance. Dios no tiene que venir en ningún momento ni de ninguna parte, porque es la base y fundamento de mi ser. Lo que llamamos Dios está en mí como fundamento aunque yo no descubra su presencia. Pero como ser humano, mi más alta posibilidad de plenitud consiste precisamente en descubrir y vivir conscientemente esa realidad.
No tengo que esperar tiempos mejores para poder realizar mi proyecto de plenitud humana. Si tengo que esperar a que Dios cambie la realidad o cambien a los demás para encontrar mi salvación, no he descubierto lo que soy ni lo que es Dios. La salvación que Jesús propuso no está condicionada por circunstancias externas. Aún en las situaciones más adversas, está siempre a nuestro alcance. En cualquier momento puedo hacer mía esa salvación. En cualquier instante de mi vida puedo descubrir la plenitud.
El error en el que estamos instalados es esperar que esa salvación venga de fuera en un próximo futuro. Dios no tiene futuro y está viniendo siempre y desde dentro. Aquí puede que esté la clave para cambiar nuestra mentalidad. Pero preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho y desde fuera. De esa manera no hay forma de hacer nuestro el Reino de Dios que está ya dentro de nosotros. Hoy el evangelio nos advierte: si el encuentro no se produce es porque seguimos dormidos.
Meditación
Se trata de despertar, de tomar conciencia de las posibilidades.
Lo malo es poner el objetivo de tu vida en comilonas y borracheras.
Ni siquiera es preciso hacer daño a otros para impedir la plenitud.
El fallo está en vivir enredado en las cosas de este mundo. “¡Caminemos a la luz del Señor!”
«Estad vigilantes, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre»
Las dos cumbres del calendario litúrgico son la Pascua de Resurrección y la Navidad, y cada una de ellas viene precedida de un tiempo de preparación; la cuaresma y el adviento. Pero, con independencia de lo que diga la liturgia, una celebración será importante para mí en la medida en que lo sea el hecho que se celebra, y cuanto más lo sea, más me afanaré en prepararla con primor. En este caso, me importará preparar bien la Navidad si lo que ocurre en ella es importante; y si no, no.
Pero ¿qué ocurre en Navidad?…
Por una parte, celebramos el nacimiento de Jesús, su aniversario, pero Jesús murió hace mucho tiempo y nadie celebra el cumpleaños de los muertos. Si lo seguimos celebrando es porque no está muerto, sino tan vivo en nosotros que lo consideramos parte de nuestra vida… Y si esto es así, la pregunta inicial que acabamos de plantear nos lleva a otra pregunta mucho más importante: ¿Quién es Jesús para mí?… ¿Qué importancia tiene en mi vida?
En primer lugar, Jesús es importante para mí porque me enseña a vivir con sentido. Como decía Ruiz de Galarreta: «Sus criterios y sus valores son lo mejor que he encontrado y, además, creo que si todos viviésemos según ellos la humanidad sería algo mucho mejor que lo que es ahora». Pero hay más, porque los cristianos no nos limitamos a admirarle y aceptar sus criterios de vida, sino que, ascendiendo al plano de la fe, creemos en él.
Y esto significa que para nosotros Jesús es presencia de Dios salvador en el mundo, y que, al encontrarnos con él, nos estamos encontrando con Dios mismo. Citando nuevamente a Ruiz de Galarreta: «No es que nosotros inventamos a Dios, no es que nuestra razón lo descubre, es que lo buscamos porque nuestra naturaleza lo necesita, y lo encontramos porque Él nos sale al encuentro».
Ese lugar de encuentro es Jesús. Y en Jesús hemos descubierto que la vida tiene sentido; que Dios no es el que nos amarga la vida con preceptos y amenazas, sino nuestro aliado contra el mal; que podemos librarnos del temor de Dios, del miedo a la muerte y al castigo por nuestros pecados; que podemos sacudirnos el sometimiento a esa caterva de ídolos que nos esclavizan…
Y desde esta perspectiva, la Navidad cobra toda su importancia. Estamos celebrando que “Dios está con nosotros”, que ha apostado por nosotros, es decir, que la aventura humana —la mía en particular y la de del conjunto de la humanidad en general— tiene sentido, que nuestra vida es mucho más de lo que ven los ojos, que está pensada por Dios y que nuestro destino no es morir, sino Vivir.
Y esto sí que es importante; esto sí que merece celebrarse por todo lo alto.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en Cuatro largas semanas de espera.
(Mt 24, 37-44)
Empezamos cuatro largas semanas de espera. Esperar. ¿Queda alguien que sepa esperar sin desesperar? Vivimos en una sociedad de una inmediatez patológica.
Cuatro largas semanas que llamamos Adviento, del latín adventus: “llegada”. Llegar. Otro verbo al que pedimos datos concretos: día, hora, medio de transporte, estación, terminal, datos climáticos, coordenadas GPS, equipaje… ¡Así no!
Se supone que estamos esperando a alguien que va a llegar, que se toma su tiempo dejando que nos preparemos para que no haya confusiones y, como ya pasó hace mucho, muchísimo, tiempo… “cuando menos lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos”.Nos llegan profetas del consumo, voceros que nos hablan de la magia de este tiempo, frívolos cantamañanas, agoreros inyectando miedos, poderosos asustados de su poder disimulando para que no se les note… y caemos en este circo.
Cuatro largas semanas de Camino, paso a paso, con los pies descalzos sobre un desierto de asfalto y tecnología de la distracción, pero empeñados en estar atentos a tu Palabra.
Palabra que resuena como cada Adviento: “Estad en vela…” poniendo atención silenciosa, mirada contemplativa y expectación sin ansiedad, porque sabemos que lo que esperamos viene sin la premura acaparante del tiempo del mundo.
En estas cuatro largas semanas un suave susurro interior nos espabilará como cada Adviento: “Estad también vosotros preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”.
Preparémonos ahondando en el mensaje, que no es una amenaza; es una celebración de Vida, llena de aceptación y de compromiso. Habrá visitas, encuentros, sustos, sueños y alguna que otra sorpresa.
Sólo entenderán los que se preparen desde la sencillez del corazón para recibir lo inexplicable: Dios hecho Niño.
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