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¡Cambios ya!

Sábado, 30 de diciembre de 2023
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IMG_1381Marisa Mauleón
Pamplona

ECLESALIA, 17/11/23.- Desde mi rincón casero, donde, como dijo Jesús: “cuando quieras orar, entra en tu habitación», reflexiono con las noticias que se van dando sobre la Iglesia, el sínodo y las declaraciones sobre la paz por parte del papa Francisco.

Por supuesto, muy buena voluntad, muy buenos deseos y una actitud positiva frente a la demanda de quienes pertenecemos a la institución. Una imagen que “parece” querer soltar las riendas y compartir un poco más con todos y “todas,” pero mucho me temo que acabará quedando como en el concilio Vaticano II, después del cual, nada fundamental cambió, incluso, se dejó a un lado y así se consiguió que todo siguiera igual.

La Iglesia abre sus puertas para que acudan a ella todos aquellos que quieran comulgar con su ideología, sus dogmas y su particular forma de funcionar, pero no es conscientes de que mientras no ofrezca algo diferente, algo que interese, sin ir más lejos, un reflejo de lo que Jesús aconsejaba, lo que debería ser habitual dentro de la institución, no se despojará del “estatus”, ni irá a la calle, ni dejará de dar consejos para estar codo a codo con el día a día de situaciones complicadas. Mientras no deje sus habituales ceremoniales vestidos de “gurús” celebrando eucaristías que nada tienen que ver con aquella despedida de Jesús con su amigos; mientras todo eso y muchas actitudes más no cambien, seguiremos viendo como en la fotografía que se ofrece en los medios sobre el sínodo, un público en su mayoría religioso, bastante entradito en años y que difícilmente tiene futuro.

No pretendo ser “sacerdotisa”, no me gusta el sacerdocio tal como está establecido y menos en una institución anquilosada que para cuando da un paso adelante deja en el camino demasiado sufrimiento psicológico con sus formas y condiciones que ya nadie podemos aceptar, pero no cesaré en reivindicar la igualdad de género en cualquiera de sus formas.

Hay cambios que podrían hacerse de la noche a la mañana si Francisco se impusiera. Soy de la opinión de que si no puede ser libre para actuar, lo acertado sería dimitir, pero mucho me temo que él, tampoco está dispuesto a reconocer a la mujer los mismos derechos y capacidades, y que el celibato opcional, por poner dos ejemplos muy candentes, tampoco tiene intención de dar su consentimiento a pesar de que todos sabemos que el noventa por cien de los sacerdotes viven una doble vida, incluidos los purpurados que le rodean. En fin, creo que no descubro nada nuevo, pero hay que decirlo.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedenciaPuedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

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José M. Castillo: “La religión y la política han cambiado mucho en veinte siglos, pero el Evangelio sigue siendo el mismo”

Lunes, 30 de diciembre de 2019
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50387_N_04-04-12-0-42-02Las relaciones entre religión y política se mantuvieron hasta finales del s. XVIII, cuando en 1789 cuajó legalmente la Ilustración

Para Jesús, lo determinante y lo que necesita este mundo no es que tengamos gobernantes ejemplares, sino que seamos nosotros, los ciudadanos, los que vivamos de una manera ejemplar

¿Se metió Jesús en política? Si respondemos a esta pregunta desde lo que se vivía y cómo se vivía, en el mundo romano del siglo I, a nadie se le ocurriría pensar que la religión y la política estuvieran separadas. Roma afirmaba que su imperio era tal por mandato de los dioses (Warren Carter). Por eso, mientras duró el Imperio y en los siglos posteriores del medievo, tanto los políticos como los hombres de la religión, no sólo mantuvieron el firme convencimiento de que “lo religioso” y “lo político” se necesitaban mutuamente, sino que además lo decían en público y lo defendían a toda costa.

Este criterio fue firme. Incluso ya bien entrado el Renacimiento, después de 1513, Maquiavelo dejó escrito: “Los príncipes o los estados que quieran mantenerse incorruptos deben sobre todo mantener incorruptas las ceremonias de su religión, y tener a ésta siempre en gran veneración, pues no hay mayor indicio de la ruina de una provincia que ver que en ella se desprecia el culto divino (Discursos sobre la primera década de Tito Livio, libro 1, 12). Y así se mantuvieron las relaciones entre religión y política hasta finales del s. XVIII, cuando en 1789 cuajó legalmente la Ilustración.

Pero yo no hablo aquí de las relaciones entre religión y política, sino de Evangelio y política. La religión y la política han cambiado mucho en veinte siglos. El Evangelio sigue siendo el mismo. Ahora bien, en el Evangelio está patente que Jesús no puso el centro de su mensaje en el cambio de los gobernantes y sus programas de gobierno, sino en el cambio de los gobernados y sus conductas. La mentalidad de Jesús aparece, en los Evangelios, tan patente como desconcertante.

“¿No lo estamos viendo ahora, en el silencio y las cosas extrañas, que oímos a no pocos “hombres de la religión”, que defienden su poder y sus privilegios, aunque las mujeres, los extranjeros y los desamparados tengan que seguir soportando lo más duro de la vida?”

Cuando Herodes mandó degollar a Juan Bautista, en una noche de juerga (Mc 6, 14-29 par), los Evangelios ni mencionan denuncia o protesta alguna de Jesús por semejante atrocidad. Y cuando le contaron a Jesús que Pilatos había asesinado a unos galileos, precisamente cuando ofrecían un sacrificio religioso en el templo, Jesús le dijo a la gente lo que nadie seguramente esperaba. En vez de rechazar el crimen de Pilatos, lo que Jesús le dijo a la gente fue tremendo: “Os digo que si no os enmendáis (si no cambiáis de vida), todos vosotros vais a morir igual” (Lc 13, 1-5). Para Jesús, lo determinante y lo que necesita este mundo no es que tengamos gobernantes ejemplares, sino que seamos nosotros, los ciudadanos, los que vivamos de una manera ejemplar.

¿No hemos pensado nunca que el tremendo relato de la pasión de Cristo nos enseña, entre otras cosas, que quien se resistió a condenar a muerte a Jesús no fue el “poder religioso”, sino el “poder político”? Al final, Pilatos cedió. Pero fue porque el “poder religioso”, en el momento decisivo, confesó a gritos su verdadera creencia: “No tenemos más rey que el César” (Jn 19, 15).

Es tremendo, pero hay que reconocerlo, si es que creemos en el Evangelio: el poder religioso cree más en su propio poder, venga de donde venga, que en la fidelidad a Jesús hasta el último suspiro. ¿No lo estamos viendo ahora, en el silencio y las cosas extrañas, que oímos a no pocos “hombres de la religión”, que defienden su poder y sus privilegios, aunque las mujeres, los extranjeros y los desamparados tengan que seguir soportando lo más duro de la vida? ¿Por qué el papa Francisco tiene que soportar tanto rechazo precisamente de quienes no se cansan de insistir que ellos son los conservadores más íntegros de la religión? La política es importante. Pero es más importante nuestra honradez.

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La vida de la Iglesia es tensionada por los cambios

Jueves, 27 de noviembre de 2014
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news_4l54as214l7qv99Leído en Reflexión y Liberación :

Entonces, la vida de la Iglesia aparece tensionada entre la tentación del statu quo y la virtud de la renovación. Visto así…
(Marco Antonio Velásquez).

La Iglesia, desde que irrumpe en la historia de la humanidad con la Buena Nueva, no cesa de avanzar y de transformarse. Largos períodos de quietud aparente son remecidos por verdaderos sobresaltos históricos. Es la acción del Espíritu Santo que moviliza a la Iglesia en la dirección del cambio. Al contrario, nada es más ajeno al impulso renovador del Espíritu de Dios que la inmovilidad y la inacción.

Entonces, la vida de la Iglesia aparece tensionada entre la tentación delstatu quo y la virtud de la renovación. Visto así, el cambio es la respuesta movilizadora del Espíritu de Dios que lleva a la Iglesia a hacer presente el Evangelio de siempre, en las más variadas y cambiantes circunstancias de la historia.

Sin embargo, la evidencia deja al descubierto el enorme peso de la inercia en la vida de la Iglesia, que se expresa como una poderosa fuerza que resiste su renovación. Considerando que el cambio conlleva riesgos, lo que opera en el inconsciente eclesial es el miedo a los riesgos y a la inseguridad que produce el cambio. Así, el miedo se convierte en una fuerza paralizante de la vida de la Iglesia.

Mientras el miedo al cambio pone en evidencia las propias limitaciones, la fe –como potencia creadora– abre a nuevos horizontes, posibilitando la vida en el Espíritu. De esta manera, el miedo al cambio aparece como una suerte de contradicción elemental, en cuanto invade el propio terreno de la esencia religiosa de la Iglesia, el ámbito de la fe. En los hechos, la Iglesia, como depositaria de la fe (fidei depositum), aparece más confiada en los efectos de la actuación humana que en los caminos insospechados que abre el Espíritu de Dios.

En medio de esta tensión entre el miedo al cambio y la aventura de la fe, el apego irrestricto a la doctrina se convierte en algo así como un muro de contención que impide los procesos de apertura y de renovación. Así, la doctrina, que remite a la fuente original de la Palabra revelada, adquiere la preponderancia de una verdad, a la que se concede validez inmutable. Sin embargo, se omite que la doctrina es también creación del pensamiento humano, que se construye a partir de un complejo sistema de creencias. Se omite también que tales sistemas son dinámicos, de modo que las creencias de la época medieval difieren de las creencias de la postmodernidad actual.

En la práctica, pasa inadvertido el hecho que el Evangelio es precisamente la novedad permanente de la buena noticia de la salvación, donde –con el mismo Evangelio de siempre– Dios quiere entrar en la historia de la humanidad con respuestas siempre nuevas, no para someter, sino para acompañar a sus hijos e hijas solidariamente en este anticipo del Reino que es la Iglesia. Visto así, es como si la cerrazón a los cambios fuera la dificultad que se le impone a Dios para hacer historia con su Pueblo.

En la historia de la Iglesia hay constancia de momentos significativos donde el Espíritu de Dios irrumpe con fuerza incontenible, son loskairós. Uno de esos tiempos de gracia intensos ha sido el Concilio Vaticano II, que estuvo precedido, atravesado y sucedido de fuertes tensiones.

La contundencia de ese proceso, donde la Iglesia se desinstaló paraaggiornarse con los nuevos tiempos, dio paso a un hostil período de acusaciones, investigaciones, reprensiones, sanciones, intervenciones, excomuniones y rehabilitaciones. Los guardianes de la ortodoxia encontraron una febril actividad. En efecto, en los últimos 60 años quedaron bajo la sospecha de la Congregación de la Doctrina de la Fe cerca de 200 sacerdotes, religiosos y religiosas, teólogos y teólogas, obispos, cardenales, laicos y laicas. Cada uno de ellos jugó un rol inestimable en la construcción de una Iglesia abierta al mundo y solidaria con los destinos de la humanidad. Ellos, con su audacia, y venciendo el miedo, consiguieron mover a la Iglesia en la dirección de hacerla más coherente con el Evangelio y abierta al Espíritu Santo.

Una larga lista de testigos del Evangelio ha experimentado con sus propias vidas las consecuencias de ser los pioneros en adentrarse en las periferias existenciales:

P. Teilhard de Chardin, SJ (1948); Henri de Lubac, SJ (1950); Henri Bouillard, SJ (1950); Gastón Fessard, SJ (1950); Henri Rondent, SJ (1950); Jean Danielou, SJ; Hans Urs von Balthasar (1950); Marie-Dominique Chenu, OP (1942); Yves Congar, OP (1952); 40 curas obreros franceses; P. Edward Schillebeeckx, OP (1968, 1979, 1984, 1986); P. John McNeill, SJ (1974, 1977, 1987); P. Bernard Häring,CssR (1975); P. Hans Küng (1975, 1979); P. Charles Curran (1979, 1986); Jacques Pohier, OP (1979); P. Anthony Kosnik (1979); Mons. Luigi Sartori (80s); seis padres claretianos de Madrid (80s); P. August Bernhard Hasler (80s); Mons. PedroCasaldáliga (80s); Karl Rahner, SJ (80s); Mons. Alan C. Clark (1982); P. Matthew Fox, OP (1983); Mons. Pierre MartinNgo Dinh Thuc (1983); abad Georg de Nantes (1983); cardenal Joseph Höffner (1983); Mons. Raymond G. Hunthausen (1983, 1985, 1987); Gustavo Gutiérrez, OP (1983, 1984, 1986, 1988, 2001); P. Ernesto Cardenal (1983);P. Fernando Cardenal, SJ (1984); P. Migue D´Escoto (1984); P. Edgardo Parrales (1985);Hnas. Elizabeth Morancy y ArleneViolet (1983); Mary Agnes Manzour (1983); JeannineGramick y P. Robert Nugent (1983, 1988, 1999); Barbara Ferraro y Patricia Hussey (1084); Leonardo Boff, OFM (1985, 1991); P. György Bulányi, SP (1986); Mons. Marcel Lefevre (1988); P. William J. Rewak SJ, Edward Glynn SJ, Michael Buckley SJ, David Hollenbach SJ y John Baldovin SJ (90s); P. André Guindon, OMI (1992); P. Eugen Drewermann (1992); Hna. Ivone Gebara (1993, 1995); Carmel McEnroy (1995); Hna. Lavinia Byrne (1995, 1998, 2000); P. Tissa Balasuriya, OMI (1997); Vassula Ryden (1995); Mons. Jacques Gaillot (1995); P. Marciano Vidal (1997, 2001); P. Paul Collins, MSC (1998, 2001); Jacques Dupois, SJ (1998, 2001); P. Anthony de Melo, SJ (1998); Perry Schmidt-Leukel (1998); Michael Stoeber (1999); P. Roger Haight, SJ (2000, 2002); P. Roger Hayght (2001); P. Antonio Rosmini Serbati (2001); P. Thomas Aldworth, OFM (2002); P. Joseph Imbach, OFM (2002); P. Willigis Jäeger, OSB (2002); siete mujeres del Danubio (2002); P. Thomas Reese, SJ (2005); P. Jon Sobrino, SJ (2006); P. Pedro Arrupe, SJ (1981); Dom Helder Camara; P. Giusseppe Nardin; P. Alex Zanottelli; P. José María Castillo SJ; Juan Antonio Estrada; P. Benjamín Forcano; P. Eugenio Melandri; P. Paul Valadier, SJ; Vittorio Cristelli; Rembert Weakland; Mons. Bartolomé Carrasco Briseño; P. Eugen Drewermann; Andre Guindon; P. Matew Fox; Pjillipe Denis; Card. Karl Lehman y 2 obispos alemanes; Mons. Samuel Ruiz; P. Renato Kizito Sesana; 16 teólogo moralistas alemanes; Mons. Méndez Arceo; P. John Sye Kong-seok; P. Paul Cheong Yang-mo; P. Edouard Ri Je-min; Mons. Peter Smith; Luigi Lombardi Vallauri; P. Jim Callan; Apola Bignardi, Mons. Luigi Marinelli; Mons. Eugene Rixen; Reinhard Messner; Sor Joan Chittister; P. Vitaliano Della Sala; Franco Barbero; Juan José Tamayo; P. Bernard Kroll; P. Fabrizio Longhi; P. Aitor Urresti.

Y a falta de personas, también han caído en la sospecha muchas organizaciones eclesiales, tales como: el Movimiento Somos Iglesia con un par de millones de miembros; 50 mil religiosas norteamericanas de la LWCR (Conferencia de Mujeres Líderes Religiosas); el Consejo Pastoral de los Países Bajos y La Conferencia de Obispos de Alemania en tiempos de la Humanae vitae; la Conferencia Internacional Anglicana – Católica en tiempos de apogeo del ecumenismo; la Iglesia Popular de Nicaragua en tiempos de la guerra civil; la “Declaración de Colonia” firmada por 163 teólogos alemanes y la “Carta a los Cristianos” firmada por 63 filósofos, historiadores y teólogos italianos relativas a cuestiones de moral sexual; la Facultad de Teología de Univ. de Friburgo; las Ediciones Paulinas de Brasil; la Casa Editorial de la Sociedad de San Pablo; los Instituto Interreligioso – Centro de Estudios Católicos – Instituto Teológico del Colegio Máximo de Cristo Rey – Centro de Reflexión Teológica, todos centros jesuitas de México; la Conferencia de Religiosos de Colombia; los Consultorios Católicos de Alemania, la Comisión Internacional de Liturgia de Habla Inglesa y la Pfarrer Initiative o “Desobediencia de los Párrocos”, movimiento surgido en Austria y que se ha diseminando rápidamente por el mundo, entre otros tantos.

En el presente, cuando la Iglesia vive un nuevo kairós, con la revolución de la misericordia que promueve el papa Francisco, vuelven a multiplicarse acusaciones, sanciones y persecuciones, indicando que se avecinan importantes cambios en la Iglesia.

Marco Antonio Velásquez Uribe

Consejo Editorial revista Reflexión y Liberación – Chile

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