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Archivo para Domingo, 12 de mayo de 2024

Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…

Domingo, 12 de mayo de 2024
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Cancioncilla de la tarde de la Ascensión

Regresaré, en la tarde,
con la alegría humilde
de haber andado todas
las aguas que me diste…
Absortas, en la orilla,
como un coro de vírgenes,
las garzas del arbusto
¿te estarán viendo irte?
Entre las nubes rotas
las violetas persisten.
Y el día sella en sangre
la verdad de sus límites.
Arde el ocaso. Arde
todo lo que era triste.
Todo el llanto del mundo
esa estrella redime…

*

Pedro Casaldáliga

***

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo:

“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará… A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.”

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

*

Marcos 16,15-20

***

Es evidente que Cristo ha restaurado la dignidad humana de manera todavía más magnífica que como fue creada, que Cristo puede reunir en un inmenso haz de luz y de amor toda la creación, a fin de que ninguna criatura pueda quedar al margen de la alegría divina, a fin de que ninguna criatura se quede excluida del mundo consagrado, a fin de que toda criatura llegue a ser, en su propia modalidad, vida eterna. Precisamente cuando captamos la alegría hacemos eternas las criaturas. Por eso pienso que debemos habituarnos a procurarnos cada día la posibilidad de hacer una pausa en la que nos sea posible captar las alegrías del universo y de la humanidad, las alegrías del alma y del pensamiento, así como las alegrías de la ternura y de la amistad.

Es preciso que nos concedamos esta pausa, para descubrir en ella una fuente que renueve todos nuestros horizontes. Detrás de todas las desventuras, a pesar de todo, está el amor. Si bien Dios no puede impedir lo que nuestra ausencia hace inevitable, no es menos verdad que la única manera de dar testimonio de su presencia es demostrar, de una manera sensible, a todos los que nos rodean, que Dios es verdaderamente para nosotros la vida de nuestra vida y puede llegar a serlo también para ellos.

*

Maurice Zundel,
Estupor y Pobreza,
Padua 1990, pp. 151-155, passim.

***

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

“Pregustar el cielo”. Ascensión del Señor – B (Marcos 16,15-20)

Domingo, 12 de mayo de 2024
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Christ the Redeemer, Cristo redentor at sunset, in Rio de Janeiro - Brazil

El cielo no se puede describir, pero lo podemos pregustar. No lo podemos alcanzar con nuestra mente, pero es difícil no desearlo. Si hablamos del cielo no es para satisfacer nuestra curiosidad, sino para reavivar nuestro deseo y nuestra atracción por Dios. Si lo recordamos es para no olvidar el anhelo último que llevamos en el corazón.

Ir al cielo no es llegar a un lugar, sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien oculto e inaccesible. Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar, gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y belleza infinitas. Dios nos enamorará para siempre.

Esta comunión con Dios no será una experiencia individual. Jesús resucitado nos acompañará. Nadie va al Padre si no es por medio de Cristo. «En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Colosenses 2,9). Solo conociendo y disfrutando del misterio encerrado en Cristo penetraremos en el misterio insondable de Dios. Cristo será nuestro «cielo». Viéndole a él «veremos» a Dios.

No será Cristo el único mediador de nuestra felicidad eterna. Encendidos por el amor de Dios, cada uno de nosotros nos convertiremos a nuestra manera en «cielo» para los demás. Desde nuestra limitación y finitud tocaremos el Misterio infinito de Dios saboreándolo en sus criaturas. Gozaremos de su amor insondable gustándolo en el amor humano. El gozo de Dios se nos regalará encarnado en el placer humano.

El teólogo húngaro Ladislaus Boros trata de sugerir esta experiencia indescriptible: «Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que hoy amamos, con la que disfrutamos y por la que agradecemos a Dios. Todo su ser, la hondura de su alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación de su reacción amorosa nos serán regalados».

Qué plenitud alcanzará en Dios la ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí. Con qué intensidad nos amaremos entonces quienes nos amamos ya tanto en la tierra. Pocas experiencias nos permiten pregustar mejor el destino último al que somos atraídos por Dios.

José Antonio Pagola

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“Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.”. Domingo 12 de mayo de 2024. Ascensión del Señor

Domingo, 12 de mayo de 2024
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33-AscensionB cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 1,1-11: Lo vieron levantarse.
Salmo responsorial: 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Efesios 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo.
O bien:Efesios: 4,1-13:
A la medida de Cristo en su plenitud.
Marcos 16,15-20: Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

El tema protagonista de este domingo es, indiscutiblemente, «la Ascensión», la subida misma de Jesús al cielo. Un segundo tema es el de «el mandato misionero» que el autor de los Hechos de los Apóstoles que compuso aquella escena puso en boca de Jesús.

En el primer tema, «la ascensión misma», no serán pocos los predicadores que simplemente la darán por supuesta, como indubitablemente histórica en su literalidad textual; habrá creyentes sencillos, de los que de hecho todavía creen que Jesús emprendió una ascensión real, una subida física y vertical, «hacia el cielo», que saldrán de la misa con la misma fe de siempre en la Ascensión, la misma que tuvieron nuestros abuelos, y los abuelos de sus abuelos.

Otros predicadores tratarán el tema de la ascensión con una calculada ambigüedad en sus palabras, de forma que no afirme explícitamtente la historicidad literal de «la subida», pero tampoco la cuestione; simplemente, dejarla ahí, y saltar por encima de ella para centrarse en el segundo tema, el del mandato misionero.

Una tercera actitud sería la de abordar el tema «agarrando el toro por los cuernos», es decir, haciendo caer en la cuenta a los fieles, explícitamente, de que hoy día, ser cristiano no implica en absoluto la necesidad de creer en una «subida física de Jesús» hacia ninguna parte. No vamos a extendernos aquí en un tema que requiere una explicación clara y detallada. Recomendamos más bien la lectura de este iluminador texto de Leonardo Boff, que puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí: http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Predicar claramente sobre estos elementos tan elementales, hacerlo con pedagogía y con delicadeza, sin brusquedad de «rompe y rasga», es algo que los fieles suelen agradecer –incluso explícitamente, yendo a la sacristía, tras la misa-. Recomendamos vivamente el texto también para utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal.

El tema del mandato misionero está asociado a la Ascensión por tradición. El final del evangelio de Marcos es el que asocia un mandato misionero de Jesús en el momento de «su despedida antes de partir para el cielo». Hoy sabemos que tal despedida-subida no es histórica, sino una genial composición literaria de Lucas, y que el capítulo final del evangelio de Marcos es añadido posterior, no original. Nada de ello daña en nada a la Misión, que no recibe su fuerza de que realmente fuera proclamada precisamente en la escena de la Ascensión. La Misión tiene otro fundamento, ajeno a la historicidad de la escena de la Ascensión. Por eso no beneficia a la Misión justificarla con un procedimiento mítico: «Jesús, antes de subir al cielo para irse al lugar de donde habría venido, al despedirse, pidió a sus amigos asumir la misión, ahora en una nueva etapa, hacia los confines del mundo». Proceder así, con esta argumentación «mítica» -que ha sido una argumentación bien radicional, empequeñece la misión, porque rebaja sus fundamentos hasta la categoría del mito. Qué sea la misión y qué fundamento tenga, habrá de definirse desde otros fundamentos. Leer más…

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12.5.2024. Ascensión y misión: de Galilea al mundo entero. El nuevo final del evangelio de Marcos

Domingo, 12 de mayo de 2024
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ascensionDel Blog de Xabier Pikaza:

En torno al 70 d.C. Marcos terminó su primera edición (Mc 16,1-8), con el ángel de pascua diciendo a  las mujeres que fueran a Galilea e instruyeran allí a Pedro y al resto de discípulos para aceptar el evangelio

Unos 50 años después (hacia 120 d.C.), volvió el ángel de pascua para decir al mismo Marcos o a un discípulo suyo que redactara un segundo final del evangelio (Mc 16, 15-20) para que todos los discípulos, instruidos por las mujeres y asentados con Pedro en Galilea, tras la Ascensión de Jesús  iniciaran la nueva misión del evangelio, que es la nuestra (año 2024, 50 años después del Vaticano II).

Habían pasado 50 años de la primera a la segunda edición de Marcos.

  El 70 d.C. cayó Jerusalén, se destruyó el templo. Normalmente todo tendría que haber terminado. Pues bien, ese año, un poco antes, un poco después, oponiéndose al gran desastre, Marcos terminó su primera edición del evangelio, diciendo a las 3  mujeres que recrearan el camino de Jesús y les mando para ello a Galilea. Allí verían a Jesús, convertirían a los discípulos varones con Pedro  y podrían empezar. Ese fue el primer final (Mc 16, 1-8). De la tarea de aquellas mujeres nació y sigue naciendo la iglesia.

 – Hacia el 120 d. C, el mismo Marcos o un discípulo suyo tuvo que ratificar el evangelio,  escribiendo el segundo final (Mc 16,15-20) y mandando a todos los discípulos (con 3 mujeres y 11 varones) desde Galilea al mundo entero para cumplir finalmente el mensaje y camino de Jesús . Habían hecho falta unos 50 años, para que se se escribiera este segundo final de Marcos, con la ascensión de Jesús y el envío del mensaje  a todos los pueblos, como recuerda el evangelio de este domingo de la Ascensión universal, que voy a comentar a continuación

Estos cincuenta años de la primera a la segunda edición de Marcos corresponden a los 50 años  que van del Vaticano II (hacia el 1970 d.C.),  que nos situó en Galilea  a este momento tiempo de envío universal   (en torno al 2020 d.C.).

Los que venimos del siglo XX y comenzamos hace 50 nuestra andadura de evangelio recordamos bien las fechas.  Empezamos entonces, hacia el 1970 volviendo a Galilea, con Mc 16, 1-8. Ahora nos dicen que debemos salir de Galilea al mundo entero, como manda la segunda edición  del evangelio (Mc 16, 9-20 y en especial Mc 16, 15-20) que va a proclamarse y meditarse (cumplirse) en la liturgia de la Asunción. Por eso es bueno comentar el 2º final del evangelio de Marcos .

Marcos 16, 15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.” Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Esquema

  • Envío: 16, 15. Jesús resucitado les dijo (a todos los discípulos): Yendo a todo el mundo, proclamad el evangelio a toda creatura
  • Juicio: 16, 16 Quien crea y sea bautizado, se salvara; quien no crea, será juzgado.
  • Señales: 16, 17-199 Estas señales acompañarán a los creyentes: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, 18 y tomarán serpientes venenosas en sus manos, y si bebieran algo venenoso no les hará daño, impondrán las manos sobre los enfermos y éstos sanarán. 19 Por su parte, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo – y se sentó a la derecha de Dios.
  • Cumplimiento: 16, 20 20 Ellos, pues, saliendo, predicaron por todas partes (pantakhou), con la cooperación el Señor (Kyrios) y el fortalecimiento de la Palabra (Logos), por medio de las señales que les seguían.

Explicación

16, 16. Bautismo y juicio Quien crea y sea bautizado, se salvará; quien no crea, será condenado.

IMG_4708El evangelio es sólo salvación, el don de la vida, una esperanza de transformación… Pero si quedamos encerrados en nosotros mismos corremos el riesgo de perdernos, de condenarnos.

 Este pasaje se encuentra cerca de Mt 28,16-20, pero con una estructura dual (de talión escatológico, de salvación-condena), que está más cerca de Jn 20,23: «a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, les serán retenidos» (cf. también Mt 16,19).

En este contexto se vinculan la referencia a Jesús (fe) y la identificación eclesial (bautismo), que aparecen ahora como “medios”. Igual que en la otra conclusión no canónica (16, s/n), aquí no se habla de la llegada del Reino que anunció Jesús, sino de la salvación eterna (sôthêsetai). En este contexto se oponen los dos caminos clásicos de la tradición apocalíptica de Israel (y del helenismo).

Hay una salvación, que está vinculada a la fe y al bautismo (16, 16a), es decir, a la identidad cristiana, tal como ha sido expresada en el conjunto del evangelio de Marcos. Ciertamente, para Marcos la fe era esencial (creer en Jesús, aceptar el evangelio). Pero ahora se introduce también como esencial la referencia al bautismo, que ha de entenderse como sacramento de la Iglesia, cosa que en el texto original de Marcos no era clara (no aparecía el bautismo como medo salvador estricto, ni como sacramente identificador de la Iglesia).

Este pasaje ha vinculado fe y bautismo, como principio de identidad cristiana (fe) y como signo distintivo y manifestación de la fe (bautismo). En este contexto podría hablarse quizá de una experiencia paulina, en la línea de Rom 1,16-17, donde se habla del valor salvador del evangelio, que actúa por medio de la fe; pero Mc 16, 16 ha unido fe y bautismo…, es decir, una fe expresada en el signo eclesial de la pertenencia cristiana (bautismo).

Los que creen se salvan, sin más, sin juicio: La fe (pistis) significa aquí aceptación de la buena nueva: Se trata de creer en la salvación anunciada por Jesús, comprometerse personalmente por ella. No es creer en dogmas teóricos, es aceptar un impulso de vida, confiar en la tarea y esperanza de Jesús.

Los que no creen serán juzgados (16, 16b).

Aquí no se dice “quien no crea y no se bautice”, sino sólo quien no crea (en con n por obras (por gestos, acciones, compromisos), ni siquiera por compromisos sacramentales o eclesiales. La salvación es un misterio de fe: Quien se deja salvar (en manos del mensaje de Jesús) será salvado.

            La salvación es fe… Aceptar la vida como don. Quien no crea queda en manos en sí mismo, de su propio juicio. No se dice que se condena, nadie se condena según Marcos… simplemente corre el riesgo de quedar cerrado en sí mismo. No hay salvación impuesta, pues no sería salvación. Por otra parte, el texto no dice que los no-creyentes se condenarán “en el fuego eterno”, como muestra, de forma simbólica, el texto en parte paralelo de Mt 25,31-46, que resalta el carácter salvador del servicio gratuito (cristológico) hacia los necesitados y la condena de aquellos que no asumen tal servicio.

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12.2.24. La Ascensión. Para repensar el cielo y el infierno.

Domingo, 12 de mayo de 2024
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IMG_4692Del blog de Xabier Pikaza:

En nuestro contexto occidental cristiano, nadie cree ya en un tipo  de doctrina “tradicional· del cielo y del infierno, tal como la siguen repitiendo, al pie de la letra, sin base bíblica ni apoyo eclesial  algunos círculos tradicionalistas (no tradicionales) del catolicismo y de pequeños grupos protestantes.

El tema ha sido y está siendo tratado con hondura, con fidelidad bíblica y con gran respeto por pensadores y testigos de la fe, en línea ortodoxa, católica y evangélica.  Con ellos quiero ofrecer unas bases para re-pensar en forma teórica y práctica el  tema del cielo y del infierno, desde la experiencia básica de la Biblia y de las iglesias.  

No todos estarán de acuerdo con lo que digo. No quiero enseñarles nada, cada uno ha de asumir su  camino, con respeto y amor, dentro de su gran tradición eclesial, volviendo al camino de la Biblia, con Jesús, quiero hacer en lo que sigue.

Los ortodoxos en general no “creen” en el infierno dantesco de un tipo de cristianismo occidental. Según ellos, Cristo ha bajado al infierno para liberar a todos los condenados.

Las iglesias evangélica resuelven el tema en general desde 1 Cor 15, donde Pablo dice que en Adán (como humanos) morimos todos, pero que en Cristo somos todos vivificados,  de manera que, en sentido estricto, no se puede hablar de infierno post-crístico

Para católicos que vienen (venimos) del miedo al infierno escribo las reflexiones que siguen, formuladas de un modo esquemático, especialmente en dos obras que he dedicado en parte al tema. Gran enciclopedia de la Biblia y Teología de la Biblia.

  Buen día de la Ascensión a Todos. Según la tradición bíblica y eclesial, Cristo ha subido al cielo para llevar cautiva (vencida, destruida) a la cautividad del infierno, en otras palabras, para dejar vacío/vacío el infierno de la historia…,  abriendo así un camino, una tarea histórico-social, eclesial y personal de superación de los infiernos de este mundo.

Por desgracia, hay fuertes grupos o lobbies cristianos y católicos empeñados en mantener un tipo de miedo al infierno para tener a los prójimos sometidos a su poder, es decir, al infierno del que sacan provecho económico, social y pretendidamente religioso.

 Es posibles que algunos puedan plantear mejor el tema y sentirnos más centrados en el Dios del amor y de la vida desde aquello que aquí ofrezco, en clave bíblica.

 Punto de partida.

La historia de Dios en los hombres (de los hombres en el Dios encarnado) no se encuentra dirigida hacia dos metas simétricas: por un lado, cielo; al otro, infierno; por un lado, gloria; por otro, la condena. Sólo hay una meta que es la gloria: el brillo y plenitud de Dios que ama, llenando de su gracia a todos los salvados; el banquete de la mesa y hermandad que nunca acaba, con Dios Padre y con su Hijo Jesucristo; las bodas del cordero de Dios que ama a los hombres como a esposa; la luz plena, el total conocimiento de Dios, la Trinidad como espacio de vida donde todos comparten el encuentro del Padre con el Hijo en el Espíritu.

Por todo lo ya dicho, queda claro: Dios no crea a los hombres para el bien y para el mal, no les prepara al mismo tiempo infierno y cielo. Dios es solamente bueno y ha creado las cosas para el bien. Por eso marca un camino de plenitud y gozo positivo para todos los humanos. Lógicamente, el fuego del infierno no se puede entender como elemento positivo de la creación de Dios. Todo lo contrario: es producto del fracaso de los hombres que, negándose a la gracia de Dios, se han pervertido; es situación que los hombres mismos van creando (acaban de crear) allí donde rechazan el misterio de la vida y quieren construir su propia muerte; por eso, más que creación es anti creación, más que obra de Dios es negación de obra divina.

Pero, si Dios es poderoso ¿Cómo puede permitir que exista el infierno? ¿No es capaz de transformar el mal en bien, logrando que los mismos condenados se conviertan así en bienaventurados? Planteado el tema de esa forma, carece de respuesta precisa: no podemos penetrar en el secreto de la creación de Dios. Pero podemos y debemos ofrecer una respuesta aproximada, tanteante, comentando las palabras de la biblia. Ella nos indica que el infierno pertenece a un doble misterio:

  • Misterio de gracia de Dios, que no impone salvación por fuerza.
  • Misterio de la libertad del hombre que, pudiéndose expresar y realizar en gracia, pervierte su camino, destruyéndose por siempre.

 El infierno se presenta, según eso, como cara negativa de la gracia. Si todo diera igual, si todo se encontrara impuesto por la necesidad del cosmos, si solamente hubiera una bondad condescendiente de Dios, no existiría cielo ni tampoco infierno. Habría limbo de inconsciencia para todos, pero no sería humano ni cristiano. Dios nos ha creado abiertos para el cielo, capaces de escuchar la gracia y realizarnos libremente, de manera que seamos aquello que nosotros mismos escogemos desde Cristo.

Pues bien, desde el momento en que ese cielo se ofrece en nuestras manos como meta de elección, podemos elegir también aquel infierno que más nos interesa, condenarnos para siempre a soportarlo. Esta posibilidad pertenece al misterio de la gracia. He dicho posibilidad y no realidad cumplida: Jesús y la iglesia saben que hay hombres que alcanzan la gloria de Dios con María y los santos; pero ni Jesús ni la iglesia definen que «de hecho» existan condenados.

 Existe el infierno como posibilidad de condena,

 abierta para cada uno de nosotros, en camino de elección libre y responsable. El cielo nos lo ofrece Dios y nosotros lo acogemos por su gracia, pero el infierno lo buscamos y creamos nosotros mismos, en contra de la voluntad de Dios que nos ha dado como salvador a su Hijo Jesucristo.

Por eso, la condena se presenta como infierno: está simbólicamente ligada a lo de abajo, a la parte inferior; Dios es la altura de la vida y del amor, pero algunos pueden quedar sin alcanzarlo. La condena es lejanía: Dios nos llama a habitar en su morada, dentro de su misma vida y gracia; pero algunos pueden rechazarla, haciendo su morada lejos, en eso que la tradición conoce como tinieblas exteriores.

 La condena es fuego destructor que mata y duele; Dios, en cambio, es calor bueno, es gozo y es banquete que convoca a los hermanos y les hace realizarse para siempre, aunque algunos prefieran consumirse en su fracaso.

EXPOSICION

Todo lo anterior forma parte del misterio de la gracia de Dios que nos ha dado su vida en Jesucristo. Es un misterio en el que sólo podemos adentrarnos en un gesto de gozo y esperanza. Gozo significa acción de gracias: hemos visto ya el amor de Dios y confiamos en la fuerza de su vida. No tenemos que fijarnos en aquello que hemos hecho, en méritos y acciones; confiamos en la gracia de Dios, sabiendo que su Hijo, muerto por nosotros, quiere darnos la vida para siempre.

Este gozo y esperanza deben ser fundamentados: si queremos conocer lo que es el cielo (en línea cristiana), nos debemos asentar en el mensaje de Jesús, cumpliendo su palabra, actualizando su amor, celebrando su presencia entre nosotros. Sólo así, en gesto de fuerte compromiso por el reino, sabremos ya que hay cielo y viviremos de algún modo su gozo anticipado. Por eso, no he querido presentar aquí un retablo de bienes celestiales, como si fueran algo que se añade al fin y no el sentido y verdad de todo lo estudiado. Cielo es, en el fondo, el cumplimiento total del evangelio, que se vuelve de esa forma «eterno y perdurable» (cf. ApJn 14, 6). He preferido situarme al otro lado y destacar el riesgo de condena, interpretado como fuego con que el hombre quema (quiere quemar) la gracia creadora de Dios y de la vida.

El símbolo del fuego

 Antes que expresión del gran fracaso de aquellos que no aceptan la gracia y el amor de Dios en Cristo y de esa forma se condenan, el fuego ha aparecido en la cultura de los pueblos como un signo humano y cósmico de gran importancia. Resaltamos tres niveles: religioso, filosófico y psicológico.

En plano religioso, el fuego se presenta para el hombre antiguo como un Dios o epifanía del ser de lo divino. Divino es lo primario, la fuerza de la vida en su pureza, aquello que edifica y que destruye, reanima y mata, arraiga en la existencia y aniquila. Por eso es realidad divina el fuego.

Como ejemplo nos podemos referir al Dios Ephaistos de los griegos, con otras muchas divinidades celestes e infernales de los pueblos antiguos. En el extremo de esta línea están los persas: ellos presentan el fuego como expresión del Dios original del bien (Ahura Mazca), epifanía básica del ser de lo divino que se opone a laserpiente, signo del gran caos o lo malo (Ahrimán). Evidentemente, siendo forma divina del bien (creador, sustentador, salvador), el fuego aparece a la vez como fuerza destructora de lo malo. Por eso, en el combate final, la revelación definitiva del fuego es salvadora para los buenos, que asumen su misterio, y aniquiladora para los malos, que se pierden o diluyen en el horno del gran caos para siempre.

En plano filosófico, representado en occidente  por los griegos, el fuego pierde su dimensión teomórfica y se vuelve sustrato integrador del cosmos. Como uno de los cuatro elementos originales (con agua, aire y tierra), el fuego ha jugado un papel fundamental en todas nuestras cosmologías hasta bien entrados los tiempos modernos: la realidad del mundo constituye una armonía viviente de elementos en cambio constante de oxigenación y destrucción, de muerte y vida. Para el mantenimiento de esa armonía, es primordial el fuego. Ejemplo de esa visión, en paralelo cosmogónico a los persas, nos lo ofrece Heráclito: todo ha surgido del fuego y todo vuelve a convertirse en fuego, en un proceso cíclico de nacimiento universal y muerte cósmica en que sólo queda, eternamente idéntico a sí mismo, el fuego mismo (la vida fundante).

En plano psicológico, el fuego se presenta como un símbolo primario de la realización del hombre, lleno por tanto de ambigüedad y de riqueza. Existe, por un lado, el fuego de la sabiduría y de la fuerza de los dioses, que atrae intensamente y nos conduce a superar la realidad actual del mundo y de la vida (complejo de Prometeo). Al mismo tiempo existe el fuego, también divino, de la muerte oscura y misteriosa, que nos llama con su fuerza seductora (complejo de Empédocles, echándose al fuego del Etna).Está el fuego de la creación y de la vida, y a la vez el fuego de la destrucción, del dolor irreparable y de la muerte. En su misma polivalencia, el fuego es un símbolo apropiado para indicar la plenitud o destrucción de la existencia.

Fuego y juicio de la historia. Antiguo Testamento

El fuego ha ocupado un lugar muy importante en la simbología religiosa de la tradición judeo-cristiana. Dentro del AT cumple dos funciones principales: • Es expresión de Dios o signo de su revelación entre los hombres. La teofanía del Sinaí (Ex 19) apoya

esta certeza, lo mismo que la visión de la zarza ardiendo (Ex 3, 2) Yla presencia de la nube luminosa en el camino del desierto (Ex 13; Nm 14, 14). Y aunque más tarde se afirme que «Dios no está en el fuego,} Re 19, 12), sino más bien en la palabra, una y otra vez ha de volverse al viejo simbolismo en el momento en que se quiere expresar de una manera intuitiva lo divino; así aparece en las grandes teofanías de Ezequiel (Ez 1, 13-14.27) Yen el hijo de hombre (cf. Dn 7, 9s).

Fuego destructor. Dentro de la lógica anterior, el fuego de Dios puede desvelarse como fuerza destructora para aquellos que se oponen a su gracia o su presencia. Poco a poco, este segundo aspecto tiende a convertirse en dominante. Para tratarlo con cierta detención, distinguiremos tres planos: castigo histórico, juicio escatológico, condena perdurable.

El fuego del castigo histórico aparece ya en Gn 19, 24-25: «El Señor hizo llover fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra… ». Esa imagen, con aquélla del fuego que desciende en medio del granizo (cf.  Ex 9, 24), ha quedado bien anclada en el recuerdo de Israel. Por eso no es extraño que se diga que del seno de Dios procede el fuego que devora a los rebeldes (Nadab y Abihú de Lv 10,2) o destruye a los murmuradores (Nm 11, 1-3). Esta misma visión perdura en las tradiciones de Elías, profeta del fuego que consume la víctima ofrecida en el Carmelo (1 Re 18,38-39) o que mata a los soldados del rey perseguidor (2 Re 1, 10-12). De ese fuego que será el castigo de Dios para los enemigos de Israel hablarán muchos profetas (cf.  Am 1,4; 2, 5; Os 8, 14; Jr 11, 16; 21, 14; Ez 15, 7, etc.).

Ese mismo tema influye en el ambiente del NT, que recuerda el castigo de Sodoma y Gomorra (cf.  Lc 17, 29): aquel viejo castigo se convierte en signo de la destrucción universal del día del hijo de hombre. Es significativo el hecho de que algunos discípulos de Jesús quieren evocar un tipo de fuego de castigo semejante, mientras que el maestro lo rechaza (cf.  Lc 9, 54). El fuego del castigo escatológico aparece cuando el Dios israelita se desvela como aquel que pone fin a los caminos de la historia. Es ya clásico el texto de Joel2, 3; 3, 3, con su visión del fuego que precede al gran juicio de Dios. Y son definitivas las formulaciones finales de los libros de Ez, Mal e Is. Conforme a Ezequiel (38, 22; 39,6), Dios destruye con el fuego al último enemigo de Israel (a Gog-Magog), logrando así que surja el mundo nuevo.

De manera semejante hablaban varios profetas: Malaquías  3, 1-3.19; Is 66, 15-17. Sin embargo, esta imagen sólo se ha desarrollado hasta el final en los autores de la tradición apocalíptica. Una y otra vez recuerdan que Dios ha de juzgar (o destruir eternamente) con su fuego a los malvados, de manera que ellos vengan a morir sobre la tierra. Ya no habrá más división, no habrá más muerte ni dolor ni enfrentamiento sobre el mundo. Sucederá en los días del final, los días del castigo y de la ira: con la llama del fuego devorador destruirá Dios para siempre a los malvados (cf.  Jubileos 36, 9-10). La misma llama de fuego surgirá de la boca del hijo de hombre, el delegado escatológico de Dios sobre la tierra (4 Esd 13, 10-11; cf.  Bar Syr 37, 1; Salmos Sal 15, 4-5, etc.). En este mismo contexto se sitúa la figura de Juan bautista con su anuncio del fuego (cf.  Mt 3, 11-12) o las representaciones de ApJn 20, 9: Dios quemará con fuego la maldad de nuestra historia, en juicio destructor que llega para todos los perversos.

Hay, finalmente, un fuego de condena perdurable. En la representación anterior, los malos mueren y su vida acaba para siempre: el fuego es para ellos destrucción. Sin embargo, en otra perspectiva, desde el fondo mismo de la teología de la alianza, los judíos han hablado de un fuego que sigue atormentando a los perversos, condenados: frente a la vida que es don de Dios para los justos, se sitúa ahora lamuerte del fuego, como castigo perdurable para aquellos que se alzaron contra Dios:

Así como permanecerán ante mí los cielos nuevos y la nueva tierra que yo voy a crear, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre. Y de luna nueva en luna nueva, de sábado en sábado, vendrán todos a postrarse ante mi faz (en el templo). Y cuando salgan, verán los cadáveres de los que se han rebelado contra mí: no morirá su gusano, no se extinguirá su fuego y serán el horror de todo el mundo (Is 66, 22-24).

 Quizá por vez primera en la Escritura se anuncia en su esplendor un tipo de cielo, interpretado como adoración, subida al templo. Pues bien, alIado de ese cielo, en visión correlativa de castigo, descubrimos el «infierno», la condena de los hombres que rechazan la presencia de Dios entre los suyos (cf.  Jdt 16,17; Eclo 21, 9-10).

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Ascensión del Señor. Ciclo B. Triunfo y misión

Domingo, 12 de mayo de 2024
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IMG_4688Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Subir al cielo como imagen del triunfo (Hechos 1,1-11)

  Jesús subiendo al cielo es una imagen bastante representada por los artistas, y la tenemos incorporada desde niños, además de formar parte de nuestra profesión de fe. Alguno podría imaginar que esta escena se encuentra en los cuatro evangelios. Sin embargo, el único que la cuenta es Lucas, y por dos veces: al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos. Pero lo hace con notables diferencias.

En el evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).

En Hechos, una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).

En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).

En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco.

Si el mismo autor, Lucas, cuenta el mismo hecho de formas tan distintas, significa que no podemos quedarnos en lo externo, en el detalle, sino que debemos buscar el mensaje profundo.

La idea de la ascensión resulta chocante al lector moderno por dos motivos muy distintos: 1) no es un hecho que hayamos visto; 2) se basa en una concepción espacial puramente psicológica (arriba lo bueno, abajo lo malo), que choca con una idea más perfecta de Dios.

Precisamente por esta línea psicológica podemos buscar la explicación. Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos la idea de que una persona de vida intachable no muere, es arrebatada al cielo, donde se supone que Dios habita. Así ocurre en el Génesis con el patriarca Henoc, y lo mismo se cuenta más tarde a propósito del profeta Elías, que es arrebatado al cielo en un carro de fuego. Interpretar esto en sentido histórico (como si un platillo volante hubiese recogido al profeta) significa no conocer la capacidad simbólica de los antiguos.

Sin embargo, existe una diferencia radical entre estos relatos del Antiguo Testamento y el de la ascensión de Jesús. Henoc y Elías no mueren. Jesús sí ha muerto. Por eso, no puede equipararse sin más el relato de la ascensión con el del rapto al cielo.

Es preferible buscar la explicación en la línea de la cultura clásica greco-romana. Aquí sí tenemos casos de personajes que son glorificados de forma parecida tras su muerte. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Los incluyo al final para los interesados.

Estos ejemplos confirman que el relato tan escueto de Lucas no debemos interpretarlo al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús

En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo. Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:

-Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?

Les dijo:

-No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”.

Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

-Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo.

Sentarse a la derecha de Dios como imagen del triunfo (Efesios 1,17-23)

La segunda lectura de hoy es muy interesante para interpretar rectamente la fiesta de hoy. No habla de la ascensión de Jesús al cielo, pero se explaya hablando de su triunfo con una imagen distinta: está sentado a la derecha de Dios, por encima todo y de todos.

Hermanos: El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Subir y sentarse a la derecha de Dios, insistiendo en la misión (Marcos 16,15-20)

El final del evangelio de Marcos une las dos imágenes: «fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Una forma muy humana de hablar, pero habitual en la Biblia. Jesús subió triunfalmente al cielo y ahora sigue ocupando la máxima dignidad junto a Dios Padre.

Pero el evangelio concede más importancia aún al tema de la misión de los apóstoles, como se advierte comparándolo con la 1ª lectura.

En Hechos, los discípulos muestran una vez más su preocupación política por la restauración del reino de Israel, y Jesús desvía la atención hacia la próxima venida del Espíritu Santo, que les dará fuerzas para ser sus testigos en todo el mundo.

En Marcos, el tema de la misión se trata en cinco puntos:

1) Orden de ir al mundo entero a proclamar la buena nueva.

2) Esa noticia puede ser aceptada o rechazada, pero con consecuencias muy distintas en cada caso.

3) Se mencionan las señales que acompañarán a los misioneros: expulsión de demonios, don de lenguas, inmunidad ante ataques de serpientes, curaciones. Estas señales recuerdan lo que se cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles a propósito de Pablo.

4) En Hechos, la reacción de los discípulos es quedarse embobados mirando al cielo. En Marcos, se ponen en marcha de inmediato a pregonar el evangelio por todas partes.

5) En Hechos se habla de la fuerza del Espíritu Santo que acompañará a los apóstoles. En Marcos, «el Señor cooperaba y confirmaba el mensaje con las señales que lo acompañaban».

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo:

-Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.

Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.          

Por eso, la Ascensión o triunfo de Jesús no es motivo para quedarse mirando al cielo. Hay que mirar a la tierra, al mundo entero, en el que los discípulos de Jesús debemos continuar su misma obra, contando con la fuerza del Espíritu y la compañía continua del Señor.

Los cuarenta días

            El evangelio no dice nada de este período de 40 días entre la resurrección y la ascensión. ¿Qué significa, y por qué lo introduce Lucas? El número 40 se usa en la Biblia para indicar plenitud, sobre todo cuando se refiere a un período de tiempo. El diluvio dura 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús, 40 días… Se podrían citar otros muchos ejemplos. En este caso, lo que pretende decir Lucas es que los discípulos necesitaron más de un día para convencerse de la resurrección de Jesús, y que Jesús se les hizo especialmente presente durante el tiempo que consideró necesario.

Textos clásicos sobre la subida al cielo de un gran personaje

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad…” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un antiguo pretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno” (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

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VII Domingo de Pascua. La Ascensión del Señor. 12 Mayo, 2024

Domingo, 12 de mayo de 2024
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Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos”

(Mc 16, 15-20)

En su origen, el evangelio de Marcos terminaba de una manera un poco brusca, tal vez cortante, con las mujeres en la mañana de resurrección, que llenas de temor huyen del sepulcro y no cuentan a nadie lo que han visto y oído por miedo. Miedo, ¿a qué? Ni idea. Además de ser cortante, con este final no es que las mujeres salgamos muy bien paradas… ¡miedosas!.

Pero después hubo un añadido, un apéndice, y es el que nos va situando en el evangelio de hoy. Primero habla de incredulidad, una característica muy propia de nuestra condición humana. No creyeron a María de Magdala y prefirieron continuar tristes y llorando; tampoco a los que se encontraron con Jesús de camino a Emaús; no creemos a las demás y dudamos de ellas, de sus capacidades, hasta que vemos con nuestros propios ojos. Y luego nos supone un esfuerzo decir “tenías razón”.

No creyeron hasta que se presentó Jesús cuando estaban todos juntos a la mesa. Y ahí, en medio del grupo, de la comunidad, en medio del miedo, de la incredulidad, de la tristeza y las lágrimas, confiando una vez más en ellos les encargó: ID por todo el mundo y proclamad la buena noticia. Y ellos fueron, salieron, sabiendo que el Maestro les acompañaba.

Salgamos nosotras también. Porque no solo hoy en esta fiesta de la Ascensión, sino en cada Eucaristía, en cada celebración que estamos juntas a la mesa, en torno al Pan bendito, cada vez que somos conscientes de la presencia de Jesús en medio de la comunidad, en medio de nuestra condición humana vuelve a confiar en nuestra fragilidad y nos encarga ID. Vayamos, salgamos como discípulas que somos, sabiendo que el Maestro nos acompaña. Salgamos, y que se nos note que lo sabemos.

Oración

Gracias, Trinidad Santa, por sacarnos una y otra vez de nuestro barro. Bendita seas. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Lo que nos quieren decir de Jesús no cabe en palabras.

Domingo, 12 de mayo de 2024
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IMG_4511Mc 16, 15-20

Domingo 7º DE PASCUA (ASCENSIÓN) (B)

Mc 16,15-20

¿Qué estamos celebrando? Nos va a costar Dios y ayuda superar la visión física, corpórea y chata de la Ascensión, que venimos aceptando durante demasiados siglos. Nos encontramos con el problema de siempre: confundir la realidad con el relato mítico. La Ascensión no es más que un aspecto de la cristología pascual. Resurrección, Ascensión, glorifica­ción, Pentecostés, constituyen una sola realidad, que está fuera del alcance de los sentidos. Esa realidad no temporal, no localizable, es la más importante para la primera comunidad y es la que hay que tratar de descubrir.

Los primeros intérpretes, todos judíos, echaron mano del AT para tratar de explicar la figura de Jesús. Los padres griegos utilizaron todos los mitos de su tradición. Desde la anunciación hasta el sentarse a la derecha del Padre, todo lo que se ha dicho de Jesús es mitología. Los mitos no son mentira, sino un intento de sustraernos al misterio para hacerlo soportable. Por eso siempre termina satisfaciendo las necesidades de nuestro falso yo.

Hoy tenemos conocimientos suficientes para intentar una interpretación más acorde con lo que los textos nos quieren trasmitir. No podemos seguir pensando en un Jesús subiendo físicamente más allá de las nubes. Para poder entender la fiesta de la Ascensión, debemos volver al tema central de Pascua. Estamos celebrando la Vida, pero no la biológica sino la divina. Esa Vida no está sujeta al tiempo, no hay en ella acontecimientos, es eterna e inmutable. Solo teniendo en cuenta esta verdad, podremos comprender adecuadamente lo que estamos celebrando este domingo.

Mateo no sabe nada de una ascensión. Juan no habla de ascensión, pero en la última aparición, Jesús dice a Pedro: “si quiero que éste permanezca hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?” Está claro que, para volver, primero tiene que irse. El final canónico de Marcos, que leemos hoy y fue añadido a mediados del s. II, nos dice que Jesús se sentó a la derecha de Dios. Solo Lucas nos habla de ascensión: “se separó de ellos y fue elevado al cielo”. En Hechos cuenta la su vida con todo lujo de detalles.

Relatos de raptos eran frecuentes en la literatura clásica. Tito Livio, en su obra histórica sobre Rómulo dice: “Cierto día Rómulo organizó una asamblea popular junto a los muros de la ciudad para arengar al ejército. De repente irrumpe una fuerte tempestad. El rey se ve envuelto en una densa nube. Cuando la nube se disipa, Rómulo ya no se encontraba sobre la tierra; había sido arrebatado al cielo”. Heracles, Empédocles, Alejandro Magno o Apolonio de Tiana siguen el mismo camino.

El AT cuenta el rapto de Elías. También se habla de la asunción de Henoc en (Gen 5, 24). El libro eslavo de Henoc, escrito judío del siglo primero después de Cristo, describe el rapto de Henoc: “Después de haber hablado Henoc al pueblo, envió Dios una fuerte oscuridad sobre la tierra que envolvió a todos los que estaban con Henoc. Y vinieron los ángeles y cogieron a Henoc y lo llevaron hasta lo más alto de los cielos. Dios lo recibió y lo colocó ante su rostro para siempre”. Nada nuevo.

La palabra “cielo” es muy utilizada en religión. La repetimos dos veces en el Padrenuestro, dos en el Gloria y tres en el credo. Arrastra una amplia gama de significados desde la cultura griega y en todo el Oriente Medio. No es fácil dilucidar qué sentido se quiere dar a la palabra en cada caso. En el bautismo de Jesús, el cielo se rasgó y el Espíritu bajó hasta él. Cuando termina su ciclo vital, el cielo se rompe otra vez, para que Jesús vuelva a traspasar el límite de lo terreno, para entrar en él.

Un dato muy interesante, que nos proporciona la exégesis, es que las más antiguas expresiones de la experiencia pascual que han llegado hasta nosotros, sobre todo en escritos de Pablo, están formuladas en términos de exaltación y glorifica­ción, no con la idea de resurrección y menos aún de ascensión. En el AT encontramos muchos textos que hablan del siervo doliente, maltratado por los hombres, pero reivindicado por Dios. Esta es la base de la glorificación con la que se expresó la experiencia pascual.

Lo que celebramos no está en el tiempo; pertenecen al hoy como al ayer, no hacen referencia a un pasado. Se pueden vivir hoy como las vivieron los discípulos. El hombre Jesús se transforma definitivamen­te, alcanzando la meta suprema. Se hace una sola realidad con Dios. Nosotros necesitamos desglosar esa realidad para intentar penetrar en su misterio, analizando los distintos aspectos que la integran. La Ascensión quiere manifestar que llegó a lo más alto, pero no en sentido físico ni temporal.

La verdadera ascensión de Jesús empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: “consumatum est”. Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer. Después de ese paso, todo es como un chispazo que dura toda la eternidad. Había llegado a la plenitud total en Dios, precisamen­te por haberse despegado (muerto) de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno. Solo permaneció de él lo que había de Dios y por tanto se identificó con Dios totalmente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo que recorrió Jesús.

La experiencia pascual consistió en ver a Jesús de una manera nueva. El haber vivido con él no los llevó a la comprensión de su verdadero ser. Estaban demasiado pegados a lo externo, y lo que hay de divino en Jesús no puede entrar por los sentidos. Su desaparición les obligó a mirar dentro de sí, y descubrir allí lo que había vivido Jesús. Solo entonces descubren al verdadero Jesús. Si seguimos apegados a una imagen terrena de Jesús tampoco nosotros descubriremos su verdadero ser.

Para comprender la ascensión debemos tener en cuenta el descenso. Jesús bajo a los infiernos, “descendit ad ínferos” es decir a lo más bajo. Solo desde ahí su puede hacer el ascenso total. Desde lo más bajo a lo más alto. No aceptamos ese descenso definitivo porque no está de acuerdo con las pretensiones de nuestro ego. Es la experiencia de todos los místicos. Para llegar a serlo todo debes convertirte en Nada.

Jesús no bajó a los infiernos como triunfador. Esa es la imagen mítica que se tenía de muchos personajes antiguos. Jesús bajó realmente a lo más bajo con su muerte. La muerte en la cruz no era una forma más de deshacerse de una persona que molesta. Era un intento en toda regla no solo de matar a la persona sino de hacerla desaparecer. Se trataba de aniquilarlo en el sentido etimológico de la palabra. Convertirle en nada. Era un castigo tan rotundo que eliminaba todo recuerdo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ascensión

Domingo, 12 de mayo de 2024
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Mc 16, 15-20

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»

Los relatos de la Pasión son la crónica de un hecho que ocurrió, y corremos el riesgo de pensar que tras la pasión los evangelistas siguen narrando hechos. Pero según los especialistas, a partir del sepulcro vacío se cambia el estilo literario y se adopta un lenguaje simbólico que encierra una profesión de fe en el crucificado. Tenemos cinco relatos de la resurrección y tres de la Ascensión: dos de Lucas y uno de Marcos, y en ellos vemos que la Resurrección se presenta siempre como triunfo sobre la muerte; como liberación del poder del mal, y que la Ascensión representa la exaltación definitiva, la consagración de Jesús como Señor.

A nosotros nos hubiese gustado que los evangelistas se hubiesen limitado a contarnos lo que vieron los ojos, pero no es ése el estilo que eligieron para transmitirnos su fe; es más, es posible que en ese caso se hubiese despojado a la Ascensión de todo su significado. Ellos nos cuentan lo que verdaderamente sucedió a los ojos de la fe, y lo que sucedió es que Jesús, la palabra del Padre, puso su tienda entre nosotros, y que, tras su muerte, Dios le exaltó a su derecha, dejándonos la fuerza de su Espíritu para que llevamos a cabo la misión que Dios le encomendó a él y que él nos encomendó a nosotros.

Jesús siempre le ha planteado a nuestra mente una pregunta crucial: ¿Quién es este hombre?… En la Ascensión, esta pregunta se cambia por otra aún más importante: ¿Quién soy yo?… Y Jesús sentado a la derecha del Padre nos da la respuesta: tú eres alguien destinado a ese mismo destino. La Ascensión se convierte así en revelación de la esencia humana; en el fundamento de su dignidad. Por tanto, la Ascensión de Jesús nos propone un acto de fe en nosotros; no somos unos seres que nacen en la tierra y vuelven a ella tras la muerte, sino que estamos destinados a la plenitud que se muestra en Jesús.

En Jesús se revela la grandeza de lo humano mucho más allá de las expectativas que nadie hubiese podido albergar. La Ascensión de Jesús nos muestra nuestra propia naturaleza; nos muestra lo que es un verdadero ser humano en plenitud, realizado en Dios, sentado a su derecha. Es el hombre Jesús el que está sentado a la derecha de Dios. Y somos nosotros los que estamos destinados a “ser semejantes a Él” a “verle cara a cara”.

La Ascensión es el triunfo final del crucificado, y los cristianos la vemos como un anticipo del triunfo final de la humanidad. La obra de Dios llega a su destino en su primogénito, el primero de los hijos en quien se manifiesta ya el éxito definitivo del Amor Todopoderoso.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Ascender para descender.

Domingo, 12 de mayo de 2024
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peques-idi-la-biblia-en-imagenes-72-728COMENTARIO AL EVANGELIO Mc 16, 15-20

12 de mayo de 2024

Domingo de la Ascensión. Es este uno de los relatos del Evangelio más versátiles y que se presta a diferentes interpretaciones. Quizá, una fe infantilizada puede recibirlo como un espectáculo que narra la historia de unos discípulos a cuyo maestro contemplan cómo se aleja de su realidad física para pasar al plano de Dios. Sin embargo, desde una fe más madura y profunda, podemos intuir que se trata de una experiencia que trasciende la historia. Es una experiencia interior de fe que nos hace conscientes de que el cielo y la tierra, la condición divina y humana, como expresa el pregón Pascual, quedan conectadas para siempre.

Además, esta narración nos habla de un nuevo nacimiento de Jesús. Termina el tiempo del Maestro de la historia y nace el tiempo del Cristo de la fe. La misión de Jesús ha terminado en este mundo. Sus discípulos y discípulas son enviados a continuar lo que él ha iniciado. Delega en cada creyente el compromiso de hacer realidad los grandes ejes de su mensaje y del reinado de Dios.

No solo aparece un tiempo nuevo sino también un espacio nuevo que rompe definitivamente con las esperanzas mesiánicas de Israel. Ahora, el escenario de la revelación de Dios no es solo para el judaísmo, sino que ensancha este espacio para ser universalizado. Un espacio para toda la humanidad que queda atravesada por esta realidad divina naciendo a su verdadera naturaleza.

Ahora bien, este movimiento de ascenso, totalmente metafórico, necesita completarse con otro movimiento de descenso a la realidad que a cada un@ nos toca vivir. De hecho, esta experiencia de unidad con la realidad divina tiene unas consecuencias éticas de mucho calado como bien indica el texto.  Tras esta experiencia los discípulos salieron a todas partes a anunciar el mensaje, pero no solo de palabra. Esta experiencia en la que el espíritu de Jesús mueve profundamente al ser humano, es liberadora y lleva a un cambio de visión de la vida, de intervención en la historia y, en definitiva, a una transformación de la misma existencia.

Y para no correr este peligro de inacción, el texto refleja las mismas palabras de Jesús haciendo referencia a una serie de señales, de signos, que se convierten en claros indicadores de que vivimos conectados a este movimiento de ascensión de la humanidad a la divinidad. Estos signos expresan formas concretas de vivir, visibilizando el impacto de esta experiencia. Podríamos agruparlos en tres grandes signos necesarios para que el Reinado de Dios se arraigue en nuestra historia: un nuevo lenguaje, una actitud de osadía y unas relaciones humanas basadas en la sanación y liberación.

El primer grupo de signos es una invitación a avanzar como creyentes y buscar un nuevo lenguaje que sirva para comunicar, que ayude a comprender lo que se quiere anunciar, un lenguaje que no tenga miedo a las preguntas de las nuevas generaciones, a las diferentes maneras de vivir, a la libertad de cada ser humano; un lenguaje que nos conecte con la actualidad y con los nuevos signos de los tiempos.

El segundo grupo de signos nos impulsa a crecer en osadía, en una actitud valiente y determinada para mostrar lo esencial del evangelio, denunciar aquello que manipula al Dios de Jesús, adormece y se entromete en las conciencias, denunciar todo lo que debilita y nos aborrega como creyentes.

Y, por último, los signos que revelan relaciones liberadoras y sanadoras, relaciones que respeten la dignidad de cada ser, fundadas en la simetría, horizontalidad y circularidad; relaciones que transforman tiempos y espacios para integrar lo diferente y escuchar el clamor de la vulnerabilidad humana que necesita ser liberada y sanada.

Ojalá seamos ese discipulado que sale por todas partes a anunciar el mensaje, que se deja ayudar por el Espíritu de Jesús para ser señales milagrosas en nuestro mundo.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Contra el Proselitismo.

Domingo, 12 de mayo de 2024
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IMG_4613Fiesta de la Ascensión

12 mayo 2024

Mc 16, 15-20

Casi todas las religiones -en realidad, casi todas las ideologías- han nacido con afán proselitista. Creyéndose portadoras de la verdad absoluta, consideraban que debían hacer llegar su verdad al mayor número posible de personas. En el caso del cristianismo, es proverbial la insistencia en el carácter universal de su misión.

No es extraño. Una lectura literal de los evangelios lleva a creer que esa misión habría sido encomendada por el propio Jesús -es decir, por Dios mismo- y habría de alcanzar nada menos que “a toda la creación”.

Sin embargo, una mayor comprensión del texto desmonta aquella lectura y la pretensión que conlleva. Por una parte, en cuanto a la forma, parece seguro que esas palabras no fueron pronunciadas por Jesús, sino que nacieron en el seno de aquellas primeras comunidades donde se fraguaron los relatos evangélicos. Por otra, yendo más al fondo, su contenido tiene un carácter mítico que a la conciencia moderna le resulta literalmente inaceptable.

Una vez que hemos superado la consciencia mítica, en la que esos textos están escritos, entendemos que aquella “creencia proselitista”, justamente característica del nivel mítico de consciencia, resulta insostenible en una consciencia racional y pluralista. No solo es un rasgo típicamente sectario -como la creencia de ser el “pueblo elegido”-, sino que todo intento de convencer, constituye, al decir de José Saramago, “una falta de respeto y un intento de colonización del otro”.

El error de base de aquella creencia mítica radica en confundir la verdad con una creencia o un dogma, en definitiva, con un concepto mental y su correspondiente formulación. Pero ningún concepto, ninguna creencia puede ser la verdad. Por definición, como hace siglos enseñaba el taoísmo, la verdad que puede ser nombrada no es la verdad. Porque esta trasciende todo objeto mental. Y lo que podemos nombrar son únicamente objetos que nuestra mente ha delimitado.

Comprendo que este planteamiento sea percibido como amenaza para quien ha puesto su seguridad en una creencia. Pero parece indudable que no hay creencia que pueda aportar seguridad. Sin contar con que una creencia de ese tipo resulta en la práctica sumamente peligrosa. La seguridad es una con lo que somos, anterior a la mente, y nos sostiene cuando permanecemos en la certeza de

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Ascensión: el cielo es plenitud de la tierra y de la humanidad

Domingo, 12 de mayo de 2024
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IMG_4639Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Algunas notas previas a la homilía.

Hemos escuchado dos relatos de la Ascensión del Señor: uno de San Lucas (Hechos) y otro del evangelio de san Marcos, (aunque propiamente es un añadido posterior al evangelio).

La Ascensión Lucas (Hechos) acontece a los 40 días de la resurrección. En Marcos la Ascensión sucede el mismo día de Pascua.

Pensemos que estos relatos no son historia ni la filmación de un hecho, cuanto una interpretación de la fe de las primeras comunidades cristianas.

La resurrección de Jesús y la Ascensión son un mismo “acontecimiento”: Jesús termina en Dios.

Estos relatos, como tantos otros, son mitológicos y están elaborados con un mundo de símbolos:

+ La montaña es el lugar más cercano a Dios, Jesús está en Dios.

+ La nube en la Biblia (Éxodo) es el símbolo de la protección de Dios: más allá de la nube está Dios, que es donde termina Jesús.

+ Los cuarenta días lucanos son la alusión a la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto.

En el fondo esta fiesta es la fe en que Jesús terminó en Dios.

El que viene de Dios, vuelve a Dios. Y esto es válido también para nosotros, hermanos de Cristo: Dios no quiere que no se pierda ni uno solo de los seres humanos.

02.- ¿Dónde vive Dios? ¿”En lo alto”, “afuera”?

Es relativamente frecuente escuchar a la muerte de alguna persona: “donde quiera que estés”… Los creyentes pensamos que nuestros mayores están en Dios, están en el cielo…

Bueno, pero la siguiente pregunta es: ¿y dónde está Dios? ¿”arriba” en el cielo astronómico, astrológico? ¿Dios está siempre fuera del mundo? Dios no está aquí, está siempre “afuera”, “allá arriba, en lo alto”.

Nos imaginamos a Dios como un anciano venerable que habita siempre afuera, en lo alto, lejos de nuestra vida….

¿Jesús era un “extraterrestre” que descendió de los cielos y ahora, en la Ascensión, sube a los cielos?

La mentalidad y cultura del mundo bíblico no tienen dificultad en pensar y escribir que Dios vive en los cielos, los seres vivientes vivimos en la tierra y los muertos bajo tierra (sheol).

Entonces, ¿Dios y Jesús son unas personas que nos visitan viniendo desde “afuera”?

Esta es una mentalidad mitológica para expresar algunas realidades y valores, que no le sirve ya al ser humano de hoy en día de mentalidad más científica.

Al final estas cuestiones de espacio y tiempo son problemas más filosóficos que científicos y teológicos, y por ello “se nos escapan”.

Nosotros vivimos -estamos- en la tierra. Más o menos la ciencia conoce el sistema solar, el universo –quizás los pluriversos-, pero ¿dónde empieza y terminan los espacios? Y donde termina el universo, ¿hay algo? ¿quizás el vacío?

¿Dios, JesuCristo, nuestros hermanos difuntos dónde, en qué lugar viven? ¿Más allá del espacio? ¿Viven siempre “afuera”, en “la habitación de al lado?

No parece que esto sea así.

Bíblicamente recordemos que no hubo posada, un hospital en Belén para María y José y Jesús que estaba ya casi naciendo.

Y es que Dios no cabe en nuestra casa, en nuestras palabras, en nuestra cultura, en la doctrina y teología que decimos de él.

Para ser creyente no hace falta quedarse en la mitología, que, por otra parte,  explica muchas cosas.

Hay un refrán por ahí que dice. “cuando alguien te enseñe las estrellas, no te quedes mirando el dedo”, porque no verás ni entenderás nada de nada.

Muchos relatos bíblicos son un apunte hacia alguna realidad hermosa y compleja:

Algunos ejemplos:

  • Los Magos (Mateo) son un mito pero de gran contenido: los magos son extranjeros, paganos, que buscan la luz, la verdad y la encuentran… (Mateo les dice a los cristianos de origen judío que la salvación no es solo para los judíos, sino también para los paganos).
  • Las bodas de Caná (Juan) son un reflejo de una religión judía de piedra: solamente ley (las tinajas son las tablas del Sinaí), pero no tienen vino (amor).
  • El “hoy” tan recurrente en San Lucas no significa que todo ocurriera aquel día, sino que la salvación está ya ahora presente “hoy” en nuestra historia.
  • El Discípulo Amado (Juan) no es un señor, sino todo cristiano que se siente amado, querido por el Señor.

Una conclusión simplista es pensar que esos relatos al ser mitos, son mentira. Más bien hemos de pensar que tras esos relatos hay un gran contenido, hermosas significaciones: hay salvación universal (los Magos), hay amor (Caná), hoy ya estamos salvados, todos somos “discípulos amados.

La fe comienza “después” y “más allá” de las palabras y relatos míticos.

03.- La imagen de la profundidad

Es otro modo de hablar de Dios, otra imagen y  acercamiento a Dios.

Profundo es lo opuesto a lo superficial.

Podemos pensar que Dios es profundidad.

Hay personas y momentos culturales religiosos, instituciones, que viven en la superficialidad. Personas e instituciones que tienen en sus manos realidades profundas como la convivencia, la salvación, la libertad, la paz y serenidad, el perdón, etc. pero tratan esas realidades con una enorme superficialidad.

Y hay personas sencillas: obreros, campesinos, padres de familia, poetas que viven en profundidad, que no significa sofisticación, sino con hondura en la vida.

La verdad, el amor, la libertad, la paz son cuestiones profundas y no superficiales.

Quien en el fondo de su ser ama la paz, la justicia, la libertad, el amor, ese tal no es ateo, sino creyente en Dios.

 El nombre de tal profundidad es Dios y lo que significa Reino de Dios, que es justicia, amor, verdad.

Traducid y hablad de la profundidad de la vida, de lo que os tomáis en serio sin la menor reserva.      Quizás le daríamos el nombre de esperanza y amor.

La esperanza absoluta y el amor son profundos y no superficiales.

Si tenéis y mantenéis (siguiendo el “permanecer” de Juan) que Dios es amor y es nuestra esperanza sabéis mucho acerca de Dios.

Dios “es” la profundidad del ser, de la vida, porque Dios es amor.

No sabemos cómo será el cielo, probablemente no será “un lugar”, mucho menos el cielo será una especie de “vacaciones del inserso en un hotel de lujo”. Apacigüemos nuestra curiosidad y confiemos en que esta historia nuestra personal y comunitaria tendrán una finalización en el ser, en Dios.

04.- La Ascensión es una fiesta de esperanza. ¿El cielo puede esperar?

 La fiesta de la Ascensión significa y fortalece nuestra esperanza porque da sentido a nuestra vida. La meta de nuestra esperanza es la Ascensión, el amor, la libertad, la paz.

Cristo terminó donde comenzó: en el amor de Dios.

Nosotros, la humanidad terminaremos en el amor de Dios. El mundo y el ser humano llegamos a la plenitud cuando “entramos en el cielo”.

El cielo, la esperanza, el horizonte están ya presentes en nuestro hoy dando sentido.

El futuro soñado y esperado es la alegría del presente.

En momentos y situaciones de sufrimiento y desesperanzas, miremos al cielo. Nuestro horizonte está “allí”. El cielo no puede esperar.

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“Ha llegado el tiempo de la Iglesia”, por Consuelo Vélez

Domingo, 12 de mayo de 2024
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IMG_4691De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio de la Ascensión del Señor

Con la experiencia de la ascensión de Jesús, la misión realizada por Jesús ahora depende de ellos, guiados por su Espíritu

El énfasis no está en que Jesús se va al cielo sino en que ahora los discípulos se dedican a predicar.

Celebrar la Ascensión significa hoy para nosotros, no quedarnos mirando para el cielo sino disponernos a anunciar a Jesús no solo con palabras sino respaldando dicho anuncio con obras.

Y les dijo: vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.  Con esto el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban (Mc 16, 15-20).

El evangelio de Marcos que retomamos en este domingo de la fiesta de la Ascensión del Señor había terminado con la ida de las mujeres al sepulcro donde un joven vestido de blanco les anuncia que Jesús ha resucitado y les manda que vayan a darle esa noticia a los discípulos. Pero, según el evangelista, ellas llenas de temor no le dicen nada a nadie.

Sin embargo, el evangelio no podía terminar así y, según los especialistas, los últimos versículos de este capítulo 16, son un añadido posterior, inspirados en el evangelio de Lucas, mostrando de manera muy condensada la aparición de Jesús a María Magdalena, a los discípulos de Emaús y ya, en una última aparición, a sus discípulos donde, sentados a la mesa, les comunica el mandato que constituye el evangelio de hoy. Después de esto, Jesús sube al cielo para sentarse a la diestra del Padre. En otras palabras, el evangelio concluye con un Jesús que confía su misión a los suyos.

Es muy interesante la descripción que hace el evangelista de las señales que acompañarán la predicación: expulsar demonios, hablar lenguas nuevas, agarrar serpientes y no sufrir ninguna consecuencia si los atacan con su veneno. También curar enfermos. Leído literalmente parece que, después de la resurrección de Jesús, los discípulos se van a dedicar a hacer obras que rompen las leyes de la naturaleza. Sin embargo, no podemos leer los textos de manera literal sino desde la intencionalidad con la que fueron escritos. Estas acciones se refieren a la transformación que produce la predicación de la Buena Noticia, a la capacidad que el evangelio tiene de vencer las fuerzas del anti reino.

Después del envío, Jesús es elevado al cielo y se sienta a la diestra de Dios. Tampoco esto lo podemos tomar de manera literal sino entender cómo la comunidad cristiana valiéndose de una relectura cristológica del salmo 110, 1 (Oráculo de Yahveh a mi señor: Siéntate a mi diestra hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies), expresa la experiencia que comienzan a vivir: la misión realizada por Jesús ahora depende de ellos, guiados por su Espíritu (Pentecostés, que será la fiesta que celebremos el próximo domingo). El énfasis no está en que Jesús se va al cielo sino en que ahora los discípulos se dedican a predicar.

Dicho de otra manera, ha llegado el tiempo de la Iglesia y sus miembros han de predicar a todas las gentes, en todos los lugares, confirmando dicha predicación con las obras que realizan.

Celebrar la Ascensión significa hoy para nosotros, no quedarnos mirando para el cielo-como lo relata Lucas en el libro de los Hechos (1, 11)- sino disponernos a anunciar a Jesús no solo con palabras sino respaldando dicho anuncio con obras de justicia y paz, de solidaridad y liberación, transformando el aquí y ahora de la historia que vivimos.

(Foto tomada de: servicioskoinonia.org)

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