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Consejo Latinoamericano de Iglesias: Memorias y contextos (1978-2014)

Lunes, 6 de octubre de 2014
2014_09_carmelo-alvarez_memorias_contextoUna parte de la historia del Cristianismo en América Latina. Leído en Adital
Carmelo Álvarez

A 36 años de su fundación

 La presencia del protestantismo en Latinoamérica y el Caribe, en la segunda mitad del siglo XIX, se da bajo el influjo de las corrientes filosóficas del Iluminismo, los movimientos independentistas en toda la región, la expansión europea, y el desarrollo comercial con el surgimiento del capitalismo liberal. Por tal razón, junto con los empresarios industriales y hombres de negocios llegan los misioneros como colpoltores bíblicos, maestros y evangelistas.

Con el impacto liberal muchos políticos le dan la bienvenida al liberalismo protestante como una nueva fase del cristianismo y una nueva etapa civilizatoria para Latinoamérica y el Caribe. Es la época del mayor despliegue de sociedades misioneras protestantes, especialmente desde Estados Unidos. Latinoamérica y el Caribe será “campo de misión” privilegiado. Como complemento llegan las Sociedades Bíblicas como agencia de misión y promoción.

Toda esa expansión misionera plantea tres problemas que se abordarán a partir de la estrategia misionera y evangelizadora: el problema de la cooperación entre las misiones y la búsqueda de una estrategia común, la participación de los latinoamericanos y latinoamericanas en la misión y el proceso de “latinoamericanización” de las iglesias.

Un primer acercamiento para abordar estos asuntos se da cuando las misiones protestantes norteamericanas crean el Comité de Cooperación en América Latina, en 1913. La preocupación por organizar este comité se produjo cuando la Conferencia de Edimburgo (1910) no vio como prioridad la evangelización de América Latina y el Caribe. Por ello se convocó una consulta de las juntas misioneras para delinear las estrategias del trabajo misionero en la región. Fue en 1913 que la Foreign Conference of North America (Conferencia de Misiones Foráneas de Norteamérica) planteó la necesidad de un congreso sobre el trabajo misionero, que finalmente se llevó a cabo en Panamá (1916). El problema de la cooperación misionera fue el eje central de las discusiones.

El Comité de Cooperación en América Latina (CCAL) se encargó de organizar conferencias sucesivas a nivel regional y continental. Un aspecto que cumplió el CCAL fue el superar la descoordinación entre las juntas misioneras y las iglesias nacionales. Las áreas en las que se coordinó el trabajo fueron: casas editoras evangélicas, cooperativas, programas de alfabetización, plan de estudios para la educación cristiana y la tarea del colportaje bíblico y la difusión de literatura relacionada con temas bíblicos.

Uno de los temas más acuciantes para las juntas misioneras era la “ocupación de territorios” para la misión. Ese fue el motivo básico para constituir un comité de acuerdo (“comity”) que buscara una forma aceptable para dividir los territorios misioneros en cada país. El propósito de este comité era, además, aunar los esfuerzos estratégicos, programáticos y prácticos. Muy pronto se descubrió que había competencia excesiva, traslapo y una ambición desmedida por la ocupación de nuevos territorios. Sin embargo, el problema debía ubicarse en la perspectiva más amplia la relación entre América Latina y el Caribe y los Estados Unidos, y la estrategia misionera global. Este tema ha sido una fuente de constante tensión entre las iglesias del Norte y el Sur por más de nueve décadas.

El primer paso efectivo para la consecución de un plan de acuerdo se confirmó en lo que se conoce como el Plan de Cincinnati (1914). El plan, como podía asignar territorios, reclamaba la cooperación de todas las juntas misioneras para una distribución lógica y concertada. El acuerdo se circunscribía en esta etapa inicial a México, pero muy pronto se extendió a países como Brasil, Perú, Puerto Rico, Cuba y Venezuela. La cooperación y el esfuerzo mutuo eran de vital importancia en la propuesta.

El Congreso sobre la Obra Cristiana de Panamá (1916) tomó el acuerdo como uno de sus puntos principales. Se establecieron pautas para la delimitación territorial, el arbitraje, el mejor uso de los recursos para evitar la duplicidad y un principio de ocupación dentro de un marco de planificación Las juntas misioneras llegaban al campo misionero ya divididas y era tarea ardua lograr la cooperación y la coordinación.

El Congreso de Montevideo sobre la Responsabilidad Social (1925) enfatizó los aspectos sociales de la democracia y la búsqueda de una “identidad latinoamericana” para el incipiente protestantismo que se iba implantando. Estamos ahora en una etapa que inauguró la participación de los líderes latinoamericanos a nivel regional y continental. Ya el movimiento va desde el control misionero y la cooperación entre las juntas misioneras a la toma de conciencia sobre el carácter latinoamericanista y auténticamente evangélico de iglesias establecidas y encarnadas en la vida de las sociedades latinoamericanas.

Fue en el Congreso Evangélico de La Habana (1929) donde la influencia liberal se hizo más evidente. Surge el tema de la “solidaridad evangélica”, dentro de marco del panamericanismo religioso y el movimiento de cooperación, liderado por el misionero Discípulos de Cristo, Samuel Guy Inman. Allí se comienza a perfilar la búsqueda de un organismo continental, que finalmente se planteó como la formación de una “Federación Internacional Evangélica”, incluyendo a España y Portugal. Aquí el liderato latinoamericano y caribeño busca la configuración de un movimiento ecuménico, para retomar el camino difícil de la misión y la unidad.

En la década del 30 el movimiento protestante liberal intensifica su trabajo en la creación de nuevas congregaciones y el envío de nuevos misioneros desde Estados Unidos. Hay una sistematización del trabajo misionero en sus niveles administrativos, evangelísticos, de apoyo logístico y económico. Este sector liberal va a enfatizar en la educación, con énfasis en las élites intelectuales.

Al nivel ecuménico el trabajo fue mucho más lento. A excepción del trabajo juvenil, sobre todo en el Cono Sur, la cooperación ecuménica no avanzó mucho. La crisis económica mundial, a raíz de la gran depresión de los años 30. La década del 30 al 40 casi no vio una proyección continental. A partir de 1941 se anima el trabajo de las organizaciones ecuménicas con la fundación de la Unión Latinoamericana de Juventudes Evangélicas, fruto del Primer Congreso Latinoamericano de Juventud Evangélica, Lima, Perú (1941), bajo el lema “Con Cristo un Mundo Nuevo”. En 1946 ULAJE organiza su segundo congreso en La Habana, Cuba (1946), bajo el lema “La juventud cristiana y la libertad”. Este movimiento irradió un nuevo entusiasmo en la búsqueda de unidad en el Caribe y otras regiones latinoamericanas, en especialmente en Brasil y el Cono Sur.

La I Conferencia Evangélica Latinoamericana se celebró en Buenos Aires, Argentina (1949). Por primera vez tenemos una verdadera conferencia de iglesias latinoamericanas. Se retomaron los temas de la educación y la formación teológica, pero se insiste en el análisis sobre la realidad social, económica y política. La caracterización de los problemas en la línea liberal que predominó en este sector protestante. También se reclama la necesidad de una presencia y compromiso de las iglesias en una evangelización que tomen serio los problemas sociales de las masas populares.

La II Conferencia Evangélica Latinoamericana se llevó a cabo en Lima, Perú (1961). Dos temas resaltan inmediatamente: “Nuestro mensaje y nuestra tarea inconclusa”. Al afirmar que Cristo es la esperanza para la América Latina se subraya la necesidad de un testimonio eficaz, una actitud de humildad en el cumplimiento de la misión y una profundidad teológica en la proclamación evangélica. En cuanto a la tarea inconclusa se afirma que debe cumplirse con la Gran Comisión con la conducta personal y la militancia social. Hay que anunciar a todo el continente latinoamericano el mensaje del Evangelio, y encarnarlo, en todas la capas sociales.

La III Conferencia Evangélica Latinoamericana en Buenos Aires (1969), insistió en una visión nueva de la realidad social. Se tomó una “nueva conciencia” en el papel evangelizador de las iglesias, que incluye ponerse del lado de la libertad y la justicia. La situación de subdesarrollo exige cambios estructurales para transforma los sistemas económicos y políticos dominantes y buscar “estructuras de humanización”. Esta conferencia estuvo muy influida por las reflexiones de Iglesia y Sociedad en América Latina (ISAL, 1961), un movimiento más radical y de línea profética, fundado por teólogos y sociólogos católico romanos y protestantes. Este grupo es precursor de la teología de la liberación desde la perspectiva protestante.

El impacto de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín, Colombia (1968) fue un hito importante que impactó a todo el movimiento ecuménico latinoamericano y caribeño. El énfasis en asumir la realidad social y política de Latinoamérica y el Caribe, en tesitura profética, y como respuesta a los planteamientos emanados del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), ejerció un influjo determinante en el desarrollo de la teología de la Liberación latinoamericana, y en el movimiento ecuménico en general.

El complemento de ISAL lo constituyó la Comisión Evangélica Latinoamericana de Educación Cristiana (CELADEC, 1961), un organismo de carácter eclesiástico que impactó a las iglesias con su Curso Hispanoamericano y la producción de materiales educativos, con claro énfasis ecuménico.

La Comisión Provisional pro Unidad Evangélica Latinoamericana (UNELAM, 1964), Montevideo, Uruguay, se establece con el propósito de canalizar todas estas corrientes y promover la unidad, en consulta con las iglesias, hacia la realización del sueño tantas veces pospuesto de organizar un organismo continental que convocara a todas las iglesias que desearan participar en una gran asamblea. La Comisión provisional creyó que en septiembre de 1978 era el año indicado para convocar una asamblea de iglesias, entendiéndose que el tiempo era maduro y las condiciones propicias. La realidad latinoamericana y caribeña se encontraba en un punto crítico de luchas sociales y políticas, dictaduras férreas y economías deficientes. Fue así como en Oaxtepec, México, se celebró la Asamblea de Iglesias de América Latina. Allí se concluyó el mandato y función de UNELAM y se decidió el proceso para el establecimiento del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI, en formación). El proyecto misionero liberal y su propuesta de unidad llegaba a un punto culminante. Cuando se llega a la constitución oficial del CLAI en Huampaní, (Perú, 1982) ya hay una estrategia que entiende la evangelización y misión como un compromiso con la vida de los pobres, marginados, excluidos, perseguidos y torturados, como lo ha reflejado en sus programas pastorales (solidaridad, consolación, mujeres, familia, niños, jóvenes, salud, ecología y luchas específicas de las etnias).

Hay que ubicar correctamente lo que estaba sucediendo en Latinoamérica y el Caribe para comprender las dinámicas que se dieron en la Asamblea de Iglesias convocada por UNELAM en 1978 en el balneario de Oaxtepec, Estado de Morelos, México. El contexto era de dictaduras férreas en Sur América, una guerra cruenta en Centromérica, con un escenario de violaciones a los derechos humanos, torturas, desapariciones forzadas, desplazamientos, relegaciones y una “guerra sucia” contra la masa del pueblo inocente. Ha sido uno de los períodos más violentos y crueles de la historia latinoamericana y caribeña de las últimas cinco centurias.

Se añadía a estos factores políticos y militares, una oleada de rumores infundados, y muchas veces utilizados por la prensa para crear fascinación e histeria, dos versiones contrapuestas que pretendían confundir, y probablemente desprestigiar la intención de formar un consejo de iglesias. De un lado se decía que este era un proyecto manipulado por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (conocida por sus siglas en inglés como CIA). Del otro lado, se pregonaba que Fidel Castro y la revolución cubana estaban apoyando financieramente el proceso, haciéndolo visible con una delegación numerosa de delegados de las iglesias cubanas. El hecho de que Monseñor Sergio Méndez Arceo fuera el Obispo de Cuernavaca, donde jurisdiccionalmente nos encontrábamos en el estado Morelos, complicaba las cosas. El propio Obispo Méndez Arceo de manera entusiasta saludó al plenario de la Asamblea y dirigió un emotivo saludo a la delegación cubana allí presente.

Uno de los momentos cruciales en la decisión de constituir el CLAI fue la última noche de la Asamblea de Iglesias en Oaxtepec, México. Justo en el momento del debate se fue la electricidad en el segundo piso del edificio donde se llevaba a cabo aquella sesión. Tras un momento de tensión e incertidumbre, pero con gran determinación, se procedió a secundar la moción del Dr. José Míguez Bonino para iniciar el proceso del “CLAI en formación”. Sería un proceso de por lo menos 4 años para convocar a una Asamblea constituyente.

Hay que destacar varios elementos que comenzaron a coadyuvar para crear un clima de confianza. Fue un gran acierto elegir al Obispo Federico Pagura de la Iglesia Metodista Argentina como presidente de la Asamblea. Posteriormente sería electo nuevo presidente del CLAI (en formación). El mostró aplomó y flexibilidad a la misma vez, creando un clima de distensión que era necesario. Recuerdo haber escuchado líderes de distintas confesiones protestantes presentes en la Asamblea referirse a este hecho con gran satisfacción.

Las iglesias pentecostales presentes en Oaxtepec venían con muchas expectativas, y no pocas preguntas, pero determinadas a impulsar un consejo de iglesias que las representara. Habían tenido una reunión en la ciudad de México, antes de llegar a Oaxtepec, para buscar un consenso y aclarar sus propias dudas. Allí coincidieron los obispos Gabriel Vaccaro de Argentina y Enrique Chávez de Chile, Exeario Sosa Luján de Venezuela, Raúl Cabezas de Costa Rica y de otros países, como líderes de un pentecostalismo ecuménico latinoamericano y caribeño.

Ya desde la década del 60 hubo acercamientos entre estas iglesias pentecostales que buscaban un mayor acercamiento y colaboración entre ellas, para propiciar un encuentro y diálogo con las iglesias históricas. Una prueba fehaciente de ello es que en 1961 la Iglesia Pentecostal de Chile y la Iglesia Misión Pentecostal, del mismo país, pidieron su ingreso al Consejo Mundial de Iglesia en su Asamblea en Nueva Delhi, India. Al llegar a Oaxtepec el desafío era decir sí, y lo asumieron.

El desafío de formar un consejo de iglesias estaba plagado de incertidumbres y cuestionamientos. Para nadie era un secreto que muchas iglesias evangélicas observaban con sospecha todo lo que asumiera una perspectiva ecuménica. De hecho, ya había rumores de que un proyecto alternativo estaba en camino. Se trataba de lo que luego se denominó CONELA (Confraternidad Evangélica Latinoamericana) y que se constituyó en Panamá. Mi percepción era y es que el CLAI no pretendía hablar por todas las iglesias protestantes del continente. Ni pretender que el camino de la vocación ecuménica sería fácil. Pero si se optaba por un camino de compromiso y servicio con perfil profético que históricamente ha sido representado por minorías que buscan profundizar y avanzar la unidad que ya tenemos en Jesucristo. Es un proceso trabajoso que va forjando instancias y espacios, desde el consenso y el acercamiento, sin minimizar las diferencias.

Es desde ese compromiso que las iglesias pentecostales han asumido su papel en el CLAI. En el proceso de integrarse más al proyecto CLAI esas iglesias han experimentado en ocasiones el distanciamiento y el rechazo de algunas iglesias históricas. La propia Iglesia Católica Romana y su expresión regional en el CELAM, han tenido algunos cuestionamientos y prejuicios, muchas veces fruto de la ignorancia, la indiferencia y el miedo. Ello en parte se debe al impresionante crecimiento del movimiento pentecostal latinoamericano y caribeño, con toda su diversidad, complejidad y confusión. No es tarea fácil discernir todas las fuerzas y las posturas presentes en un espectro tan amplio. Además, las iglesias pentecostales establecidas, que normalmente llamamos pentecostalismo clásico, el que tiene sus raíces en los movimientos del Espíritu a nivel mundial entre 1901 y 1910, deben ser distinguidas de otras manifestaciones más recientes que incluyen pentecostalismos independientes, movimientos carismáticos de todo tipo y las nuevas expresiones como el neopentecostalismo (con sus mega iglesias y la teología de la prosperidad) y los movimientos llamados “apostólicos” ( con sus redes internacionales y regionales).

El CLAI está pasando por una crisis seria y como toda entidad ecuménica ha tenido que ir reconfigurando su agenda para responder a los nuevos retos que enfrentan las iglesias en el continente. La agenda ecuménica incluye temas cruciales tales como: diálogo intercultural e interreligioso, la violencia en todas sus expresiones y las exclusiones por razón de género, etnia o raza, el desarrollo de una cultura de paz y los derechos sexuales y reproductivos. El CLAI que se inició con la bandera a favor de los derechos humanos y sociales, la paz con justicia y el cuidado del medio ambiente, seguirá luchando por la justicia del reinado de Dios. Esa es su suprema vocación ecuménica. La pregunta crucial es, ¿podrá reinventarse el CLAI para ser pertinente en las condiciones actuales de Latinoamérica y el Caribe?

Bibliografía

 

Álvarez, Carmelo 1981. El protestantismo latinoamericano: Entre la crisis y el desafío. México: CUPSA.

________________. 1991. Una iglesia en diáspora. Apuntes para una eclesiología solidaria. San José: DEI.

________________. 2007. Alborada de tiempos fecundos. Una teología ecuménica y pentecostal. Quito: CLAI.

Sabanes Plou, Dafne. 1994. Caminos de unidad. Itinerario del diálogo ecuménico en América Latina 1916-1991. Quito: CLAI.

 

Carmelo Álvarez – 28 de septiembre de 2014

Carmelo Álvarez

Misionerio puertorriqueño residente en Estados Unidos

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