Esto es algo que muy pocas personas han descubierto en nuestra Iglesia. Por eso cuando nos encontramos con alguien que sabe “sumar”, que sabe incluir, nos quedamos asombradas.
No sé cómo será en otras sociedades, en otras culturas, pero la nuestra, y lo que he podido atisbar de las que nos rodean, nos enseñan a dividir.
Nos pasamos media vida dividiendo y separando. Dividimos y separamos a quienes son de una raza y otra. De una cultura y otra. Una ideología y otra. De una religión y otra. Una orientación sexual y otra.
Y con estas divisiones decidimos quiénes son buenos y quienes son malos. Quiénes son de los nuestros… Los buenos, por supuesto, son siempre los que pertenecen a mi grupo. Los demás que no se atrevan a tocar nada de lo nuestro.
Nos pasa lo mismo en la Iglesia. Nos enfada que la gente se vaya a hacer yoga o zen, queremos que vengan a misa. O en la vida consagrada nos enfada que otras congregaciones tengan vocaciones.
No nos alegramos si la gente no se encuentra con la imagen de Dios que tenemos nosotros. ¡Pobres de nosotros! Nos creemos que Dios es tan estrecho como nuestra mente o nuestro corazón.
Después de más de dos mil años todavía no comprendemos que “quien no está contra nosotros está a favor nuestro”.
Dios no nos quiere a todos iguales: del mismo color, las mismas ideas y las mismas sensibilidades. Si nos quisiera a todas iguales nos habría creado diferentes.
Diferentemente iguales. Sí, así nos quiere Dios. ¿Qué quiere decir esto? Pues que Dios nos quiere igualmente a todos. Seamos como seamos. Hagamos lo que hagamos. A todos nos ama igual, con la misma intensidad.
Somos iguales porque toda persona tiene una dignidad inviolable. Pero somos diferentes, diversos, variados… Porque solo en esa diversidad podemos alcanzar a reflejar lo que Dios es en su Totalidad.
El Dios en el que creemos los cristianos es Trinidad, es diversidad, es relación de diferentes. Por eso nuestra Iglesia solo se parecerá al Reino cuando crezca en pluralidad, inclusión y humildad.
Oración
Trinidad Santa, enséñanos a descubrir que en tu Amor todo ocurre “a favor” nuestro y que solo cuando amamos podemos convertir las diferencias en ventajas.
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DOMINGO 26º (B)
Mc 9,38-48
Es Juan el que, sin hacer caso a lo que acaba de decir Jesús, salta con una cuestión al margen de lo que se viene tratando en el evangelio. Este texto tiene un significado aún más profundo si recordamos que, es este mismo capítulo (Mc 9,14-29), justo antes del episodio que hemos leído el domingo pasado, se cuenta que los discípulos no pudieron expulsar un demonio.
Una vez más, Jesús tiene que corregir su egoísmo. Quieren ser ellos los que controlen el naciente movimiento. Solo buscan afianzar privilegios. Seguramente se trata de un problema, planteado ya en la primitiva comunidad donde se escribe el evangelio. El resto de lo que hemos leído no es un discurso, sino una colección de dichos que pueden remontarse a Jesús.
No es de los nuestros. El texto griego dice: “porque no nos sigue a nosotros”. Este pequeño matiz podría abrirnos una perspectiva nueva en la interpretación. Solo pronunciar esta frase supone alguna clase de exclusión y una falta de compresión del evangelio. Todo lo que nos hace diferentes como individuos es accidental y anecdótico. Unirnos a un grupo con la intención de ser superiores y más fuertes es un egoísmo amplificado.
Muchas veces me habéis oído hablar de las contradicciones del evangelio; pues hoy lo vemos con toda claridad. (Mt 12,30) dice exactamente lo contrario de lo que acabamos de oír a Mc: “El que no está con nosotros está en contra nuestra, y el que con nosotros no recoge, desparrama.” En Lucas encontramos las dos fórmulas, (10,50) y (11,23); así que no hay manera de desempatar. La vedad es que no hay contradicción, solo contextos distintos.
La contradicción es aparente. El mensaje del Jesús no se puede meter en conceptos. La razón necesita crear opuestos para poder explicar la realidad. Solo puede entender lo que es el frío en contraposición con lo que es el calor. Entenderá lo que es el color blanco, solo cuando tenga la idea de negro. La luz solo se puede comprender si tenemos en cuenta la oscuridad. Para poder afirmar algo como verdadero, tenemos que considerar lo opuesto como falso. En el orden espiritual las contradicciones quedan superadas en la unidad.
El que no está conmigo está contra mí, se refiere a que la pertenencia al Reino es una opción personal, no es lo natural, no viene dada por el ADN. Hay que hacer un verdadero esfuerzo por descubrirlo y entrar en él. Recordad las frases del evangelio: “El reino de los cielos padece violencia y solo los esforzados lo arrebatan”; y “estrecha y angosta es la senda que lleva a la vida y pocos dan con ella”. Para entrar en el reino hay que nacer de nuevo.
No dejaremos de excluir mientras no tomemos conciencia de lo que somos. No somos mónadas aisladas sino todos uno en el UNO. No hay bueno ni malo, solo personas que saben lo que son y personas que lo ignoran. No hay un dios que premia a los buenos y castiga a los malos. En la medida que pensamos en un dios que discrimina, ¿qué podemos hacer nosotros?
El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Quiere decir que del Reino no se excluye a nadie. Todo el que busca el bien del hombre, está a favor del Reino, que predica Jesús. Solo queda fuera el egoísta que rechaza al otro. La posesión diabólica era el paradigma de toda opresión. Expulsar demonios era el paradigma de toda liberación. Jesús anuncia un Dios que es amor y que no excluye a nadie, ni siquiera a los pecadores.
La individualidad es una trampa de nuestro ego. Nada está separado de nada. No hay “yo” ni hay tú. Todos somos uno. Cuando me empeño en excluir me estoy deshaciendo a mí mismo. El otro es una parte de mí que se expande. Dios nos ve a todos en Él y no distingue unos de otros porque para Él todos somos exactamente iguales. Es ridículo pensar que yo estoy más cerca de Dios que el otro. O peor todavía, que Dios está más cerca de mí que del otro.
Considerar absoluta nuestra idea de Dios como si fuera verdad definitiva, es la mejor manera de entrar en el integrismo, fanatismo e intransigencia. Monopolizar a Dios es negarlo. Poner límites a su amor es ridiculizarlo. Nuestra religión ha ido más lejos que ninguna otra en esa pretensión de verdades absolutas y excluyentes. Recordad: fuera de la Iglesia no hay salvación. Fuera de la Iglesia hay salvación. A veces, más que dentro de ella.
En una ocasión en que no los recibieron en Samaría, Santiago y Juan dicen a Jesús: ¿Quieres que mandemos bajar fuego del cielo para que les destruya? Jesús les dice: no sabéis de qué espíritu sois. Seguimos sin enterarnos del espíritu de Jesús. Seguimos pretendiendo defender a Dios, sin darnos cuenta de que estamos defendiendo nuestros intereses. No se trata de tolerar lo malo que hay en los otros. Se trata de apreciar en ellos lo que hay de bueno.
Entre el episodio de la primera lectura y el que nos narra el evangelio hay doce siglos de distancia, pero la actitud es idéntica. Desde que se escribió el evangelio hasta hoy, han pasado veinte siglos, y aún no nos hemos movido ni un milímetro. Seguimos esgrimiendo el “no es de los nuestros”. Todo aquel que se atreve a disentir, todo el que piense o actúe de modo diferente sigue excluido. Incluso arremetemos contra todo el que se atreve a pensar.
El espíritu de Jesús va mucho más allá de lo que abarca el cristianismo oficial. Se ha acuñado una frase: “patrimonio de la humanidad”, que se podía aplicar a Jesús. Jesús no es propiedad de la Iglesia. El mensaje de Jesús no se puede encerrar en ninguna iglesia. Jesús intentó que todas las religiones descubriesen que el único objetivo de todas ellas es hacer seres cada vez más humanos. Cualquier religión que no tenga esa meta, es simplemente falsa.
De la misma manera que la mente racional potenció el yo para garantizar la subsistencia biológica, el ser humano ha ido creando guetos que potencian ese objetivo de seguridad. Desde la familia a la nación, todas las instituciones tienen como objetivo que nos sintamos más seguros. La socialización ha sido un medio para el progreso humano y debe seguir siéndolo, pero se convierte en el mayor enemigo del hombre si se utiliza para ir contra los demás.
Para los seres humanos ha sido mucho más nefasta la idolatría teísta que el ateísmo. Las mayores barbaridades de la historia se han cometido en nombre de dios. Es un ídolo el dios que hace diferencia entre buenos y malos; el dios que depende de lo que nosotros hagamos para estar de nuestra parte o en contra nuestra. Ese dios nos tranquiliza, porque si él hace eso, está justificado que nosotros estemos a favor de los nuestros y en contra de los que no lo son.
Que en el evangelio de Marcos, la causa de Jesús no coincida con la causa del grupo, es un toque de atención para nosotros. Jesús no es monopolio de nadie. Todo el que está a favor del hombre está con Jesús. Todo el que trabaja por la justicia, por la paz, por la libertad, es cristiano. Nada de lo que hace a los hombres más humanos es ajeno a Jesús. Es inquietante que todas las religiones hayan sido causa de las mayores divisiones y guerras.
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Mc 9, 38-43
«El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen…».
Jesús ignora toda cuestión metafísica y en ningún momento se refiere a Dios como creador o todopoderoso. Es más, Dios deja de ser un juez justo y misericordioso para convertirse en “Abbá”; y todos los demás atributos que los hombres hemos asignado a Dios son para Jesús secundarios. Y Abbá no significa Padre Todopoderoso y Eterno, como solemos traducir, sino que significa papá. Es el término con que los niños pequeños se dirigen a su padre; la forma más cariñosa de relación entre ellos.
Por eso el corazón de la buena Noticia es Abbá; la madre que nos ha engendrado por amor y nos quiere con locura; el padre que se esfuerza por sacarnos adelante a pesar de las pasiones que estropean nuestra vida.
Pero esta concepción de Dios choca frontalmente con el espectáculo atroz del mal en el mundo, y sólo la fe en Jesús permite creer en contra de toda evidencia racional. Si nosotros los cristianos creemos en Abbá es porque lo hemos visto reflejado en Jesús, pero quienes no le conocen, sólo podrán creer en Él si lo ven reflejado en nosotros: «Que vuestras buenas obras sean reflejo del amor del Padre». Cuando alguien descubre a Abbá siente la necesidad de compartirlo, y esa necesidad fue tan fuerte en Jesús que le llevó a la muerte en la cruz. Pero su obra no podía quedar inacabada y su último mensaje fue el compromiso con la misión: «Id por el mundo y proclamad la buena Noticia a todas las gentes».
Por tanto, un cristiano es un “enviado por Jesús con su misma misión”; la misión de cambiar el mundo; de humanizarlo. No se concibe un cristianismo de espaldas a la misión. No tiene ningún sentido. Sobra. Las primeras comunidades proclamaban el evangelio con su simple actitud, con su forma convincente de vivir, con su estilo fraterno de encarar la vida, y eran contagiosas, eran fértiles y no dejaban de crecer. Como decía Ruiz de Galarreta:«Nuestro seguimiento de Jesús está llamado a ser testimonio: nuestra vida cristiana es “para que el mundo crea”. Pero la otra cara de la moneda es que el mundo dejará de creer en Jesús si nuestro testimonio no es válido».
Y esto tiene su aplicación al evangelio de hoy, pues el escándelo al que se refiere Jesús consiste en impedir el acceso a Dios a aquellos cuya fe es más vulnerable –«estos pequeñuelos que creen»–. Y esto, claro está, se puede producir de muchas formas distintas. Hay quienes “pierden la fe” (o no se deciden a abrazarla) como consecuencia de los escándalos mediáticos en los que se ve envuelta la Iglesia, pero todavía son más, posiblemente muchos más, los que la pierden porque nuestro testimonio no invita a creer en quien nosotros decimos creer.
Y dicho esto, podemos dar carpetazo a este evangelio señalando con el dedo a la jerarquía: «Estos son los que escandalizan», o podemos tomárnoslo en serio, mirarnos en primer lugar a nosotros mismos, y preguntarnos si nuestra vida invita a creer en Jesús, en Abbá, en la buena Noticia… o todo lo contrario.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Jesús, a partir del capítulo 8 del evangelio de Marcos, comienza un discurso más radical y clarificador sobre cómo debe ser el perfil de quien decide unirse a su movimiento mesiánico. Los discípulos no terminan de comprender la identidad y la misión de su Maestro; muestran poca inteligencia para digerir y aceptar los acontecimientos que van llegando. Jesús anuncia su final y no parecen ser conscientes del desenlace que traerá la máxima revelación de su mensaje. En este contexto se ubica el evangelio de hoy. Este texto nos propone dos escenarios que podrían darse en el seguimiento a Jesús, quizá dos desafíos que nos despegan del verdadero sentido de nuestra existencia creyente.
En los primeros versículos no parece que los discípulos se posicionen bien con respecto al mensaje de Jesús; se consideran diferentes y por encima de los demás movimientos que también existían en Palestina. Su percepción era la de ser un grupo poseedor de una nueva verdad. Es una tentación comprensiblemente humana pero no por ello justificable: el riesgo del fundamentalismo. Los discípulos reprochan a Jesús que algunos expulsan demonios en su nombre, pero no forman parte del equipo. Esta posición se ha estirado hasta nuestros días, sin duda. Quizá sea una llamada a buscar lo esencial de nuestra vida cristiana de una manera más creíble y menos rígida.
Sabemos que existen personas que no están con nosotros en cuanto a vínculos institucionales, pero su visión del ser humano, de la sociedad, de su misión en ella, son convergentes con un humanismo cristiano, aunque carezca de signos religiosos. Tendemos a juzgar por no pertenecer a esta familia, por no realizar determinadas prácticas, ritos, celebraciones, creencias. Incluso los que nos creemos en una posición más integradora, nos incomoda el pluralismo y la diversidad de formas para vivir la fe. Sin embargo, Jesús parece ir por otro lado.
La nueva humanidad que él desea no está basada en un sentido de pertenencia a base de signos externos, ideologías o discursos similares, sino en la humanización de nuestro mundo. Jesús rompe las fronteras institucionales e ideológicas para reconocer que toda persona que “echa demonios” es decir, que colabora para superar y erradicar el mal en el mundo, está de su parte; más bien, Jesús está de parte de ellas.
Y esta liberación del mal tiene que ver con el segundo escenario de este texto que conecta con la coherencia y el escándalo que supone vivir al margen del Amor. En definitiva, la gehenna, el abismo, es el laberinto de una vida centrada en uno mism@. La erradicación del mal ha de ser tan radical como expresa Jesús a través las metáforas que utiliza: cortar la mano, cortar un ojo, cortar un pie, al fin y al cabo, cortar, arrancar, o lo que es lo mismo, eliminar todo lo que en nuestra vida nos lanza a vivir al margen de una vida auténtica y basada en el Amor. No hablamos del amor que se da en las superficies de nuestra persona, sino ese Amor que es el origen de nuestra existencia y que es capaz de crear y liberar otras existencias.
Cortar la mano que hace daño, la que cierra el puño y no se abre para dar y recibir, la mano manipuladora para hacer su santa voluntad y no para dejar ser y respetar; la mano que toca para poseer, acumular y no para acariciar la realidad con compasión. Cortar el pie que se estanca y bloquea todo avance para seguir el camino hacia la plenitud. Cortar el ojo que mira por el rabillo para no comprometerse, el ojo que mira para otro lado y niega tantas situaciones dramáticas de nuestras gentes y de nuestro planeta; En definitiva, cambiar la mirada para percibir con realismo el momento que nos toca vivir y afrontarlo con confianza, con una mirada limpia, sanadora y profunda que recupere la dignidad de todo y de tod@s.
Te propongo que te pares unos minutos y realices un chequeo para ver cómo están tus marcadores sobre los niveles de fundamentalismo, sobre tu mirada hacia el interior y exterior, sobre los pasos que vas dando y cómo tocas la realidad que te toca vivir. No debemos escandalizar por nuestras incoherencias.
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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario
29 septiembre 2024
Mc 9, 38-48
Ante este texto -seguramente una colección de dichos agrupados aquí por el propio evangelista-, el lector no puede menos que sorprenderse, al ver el contraste entre la actitud de tolerancia hacia quienes “no son de los nuestros” y las amenazas subsiguientes contra los que escandalizan a los pequeños o los que “caen” de distinto modo. ¿Cómo se pasa de la tolerancia compasiva a la condena más absoluta? La respuesta, probablemente, se encuentre en el hecho de que, o bien se han unido palabras dichas en diferentes contextos, o bien esas palabras no procedan del Jesús histórico, sino de algún responsable de aquellas primeras comunidades.
La actitud de tolerancia es llamativa, incluso subversiva, porque busca romper un funcionamiento tribal bien arraigado en los grupos humanos, por el que se divide a las personas en función de su pertenencia o no al propio grupo: “los nuestros” y “los otros”. Tal división marcará, a su vez, la actitud y el comportamiento que habrá de mantenerse ante unos y otros: el criterio decisivo es que la persona en cuestión sea vista o no como de “los nuestros”; quien no lo es, queda excluido.
El escándalo -que en el contexto del evangelio de Marcos es ambición de grandeza– se produce siempre que se hace tropezar o caer a otros. No tiene que ver tanto con lo que se dice -como ha insistido habitualmente la jerarquía eclesiástica, en su empeño por mantener lo que consideraban “ortodoxo”-, cuanto con lo que se hace. A quienes provocan que “los pequeños” (los últimos, los que no cuentan) caigan -queden paralizados, sean marginados o se les impida avanzar en su propio desarrollo- habría que hacerlos desaparecer. Es lo que subraya el texto con la imagen de la piedra de molino, una hipérbole bien del gusto oriental.
Como hipérboles son también las frases relativas a cortar la mano o el pie y a sacar el ojo. Porque no han faltado personas que, agobiadas por un hondo sentimiento de culpabilidad, las han tomado en sentido literal, con resultados trágicos.
De acuerdo con la antropología bíblica, la mano simboliza la actividad; el pie, la orientación en la vida o la conducta; el ojo, los deseos. Lo que el texto propone -de nuevo, por medio de hipérboles- es modificar aquellas conductas, orientaciones y deseos que no vayan por el camino del amor y del servicio. Porque ese es el camino que permite “entrar en la vida”, es decir, vivir en plenitud.
Comentarios desactivados en El Reino de Dios es más amplio y hermoso que lo eclesiástico.
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- Expulsar demonios.
Demonio y diablo son términos míticos que significan el mundo del mal. No es que el diablo exista como ser personal con tridente y echando humo. Pero sí que hay realidades en la vida que, mal gestionadas por nuestra libertad humana dañada, pueden constituirse diabólicas: el poder, el dinero, el alimento, la bebida, el placer: droga, erotismo, etc.
Tal vez pueda resultar un poco pesimista pero, allá donde está el ser humano puede hacerse presente el mal, lo diabólico en sus formas más variadas. Ya de Magdalena había salido siete demonios con lo que el número siete supone de plenitud. Hay momentos en la vida en los que el mal se apodera de nosotros casi completamente.
La cuestión es que Jesús expulsaba diablos, sanaba el mal físico o psíquico de la gente.
El texto evangélico de hoy nos presenta a los discípulos indignados porque habían visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
02.- Fuera de “los nuestros también hay verdad y bien”.
En la primera lectura (Números) dice algo parecido: Eldad y Medad, dos ancianos que no habían sido elegidos para profetizar, pero que, sin embargo, el Espíritu se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar, lo cual le molestó al arrogante Josué, que inmediatamente le pide a Moisés que les prohíba profetizar.
Es lo que hemos escuchado en el evangelio: uno que no era de los nuestros, uno que no era de la Iglesia, expulsaba demonios (hacía el bien), lo cual molesta a aquel grupo orgulloso y con pretensiones de poder, que eran los doce.
Sin embargo Jesús no se siente molesto porque otros que no son del grupo hagan el bien: No se lo impidáis, porque el que no está contra nosotros, es de los nuestros…
Algo de esto es lo que dijo con fuerza el concilio Vaticano II cuando defendió y promulgó la libertad religiosa … (libertad religiosa tan mal acogida entre nosotros y en no pocos sectores ultramontanos del clero y de la vida política). Pero es evidente que Dios quiere a todos los seres humanos, estén dentro o fuera de la Iglesia …
También hay verdad y bien en otros ámbitos distintos o fuera de la Iglesia.
¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta. ¡Ojalá que muchas personas expulsaran los demonios de la sociedad!
03.- Cristianos anónimos.
Fuera del grupo de Jesús había personas que trataban de expulsar demonios, es decir de hacer el bien. El apóstol Juan, que significa “trueno”, indignado como los discípulos se lo quieren impedir. Sin embargo Jesús abre caminos y perspectivas: No se lo impidáis, porque también ellos trabajan por el Reino.
Personas que hacían el bien y expulsaban demonios había en tiempos de Jesús y hoy.
Decía Mahatma Gandhi
Estoy seguro de que si Cristo volviera, bendeciría la vida de muchos que jamás han oído hablar de Él, pero con su vida han constituido un ejemplo vivo de las virtudes practicada por Cristo: la virtud de amar al prójimo más que a sí mismo, la de hacer el bien y no hacer el mal a nadie.
De otra manera, Rahner denominaba a esta multitud de personas que hacen el bien como “cristianos anónimos”. En toda la historia y por todo el mundo existe gente, que es verdaderamente cristiana, incluso sin saberlo y sin haber oído nunca hablar de JesuCristo, sin tener el nombre de cristiano. Muchas personas africanas, lejanos pueblos y tradiciones asiáticas, que no saben de Jesús, están muy cerca de Él, son cristianos sin nombre, “cristianos anónimos”.
Incluso entre nosotros mismos: nos lamentamos de la fuga de muchas personas de la Iglesia. No tengamos duda de que entre ellos hay personas que también expulsan demonios. ¿Qué duda cabe que muchos científicos, médicos, psiquiatras, etc. tratan de expulsar los demonios de las enfermedades y males? Sin duda que entre los políticos que se sientan en el escaño parlamentario hay quienes quieren el bien para sí, para los suyos, sus familias, su pueblo.
Coloquialmente solemos decir: “hay gente buena en todas partes”. ¡Pues claro!
04.- Amplitud de la Revelación, de la Verdad y del Bien.
Josué, los discípulos de Jesús sienten la tentación de impedir que aquella gente expulsara tales demonios, sencillamente porque no eran del grupo, de la Iglesia, del partido, etc.
Jesús remonta el vuelo y se sitúa en otro plano: no se lo impidáis. La verdad y el bien están por encima de las ideologías, de las Iglesias y de los grupos; el bien está por todo el mundo.
Decía Santo Tomás que: la verdad –la revelación- venga de (por) donde venga, viene de Dios.
Por todos los rincones del mundo y de la historia hay esparcidas semillas del Reino de Dios (vestigia Vebi, decía el concilio Vaticano II), sin que podamos entender quién las haya sembrado.
La sementera de Dios es el mundo entero, la humanidad entera
05.- Algunas conclusiones
Hemos de pensar -y de buen corazón- que Dios ha hablado y habla siempre a toda la humanidad, a todos los pueblos y culturas.
En el África profunda, animista – espiritista, Dios ha hablado y está hablando por la creación, por la conciencia, por su cultura, por su música, por el amor, por la vida y la muerte. En las religiones orientales Dios habla en su contemplación, en su quietud y misticismo.
En nuestra propia conciencia Dios nos habla y nos guía.
Dios ha hablado siempre, también antes de Jesús, antes de la Biblia.
Dios habla siempre.
También hoy hay muchas personas que buscan el Bien y la Verdad. No se lo impidáis.
Muchas veces nos desasosegamos porque mucha gente se ha ido de la Iglesia, o no ha estado nunca en ella. Pero, si estas personas honestamente, buscan también el Bien y la Verdad, no están contra, sino a favor del Reino de Dios, es motivo de alegría, porque hay gente que no es de los nuestros pero aman el Reino.
Cristo es la Revelación plena. Creemos que La Palabra y la revelación de Dios se hicieron presentes en Cristo Jesús. Y todo nuestro cristianismo está centrado sensatamente en Él.
Pero esto no es un canto ni a la vagancia y abandono teológicos, ni al desprecio a otras culturas y religiones.
Esta es una cuestión candente: la apertura del cristianismo y el diálogo con otras culturas, iglesias y religiones, no solamente cristianas, sino no cristianas, diálogo con la ciencia, con el mundo.
El criterio último es el Reino de Dios.
El criterio último del cristianismo y de la vida es siempre el Reino de Dios, no las instancias intermedias. Lo que importa es la expulsión de los demonios, no el triunfo de las mediaciones. Tengamos como criterios en la vida:
Uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.
El evangelio de hoy puede dar la vuelta a aquel principio teológico que aprendíamos:
¿Fuera de la Iglesia no hay salvación o fuera de la salvación no hay Iglesia?
Comentarios desactivados en “La vivencia histórica de la fe, determina la esperanza escatológica”, por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
Comentario al evangelio del domingo XXVI del Tiempo Ordinario 29-09-2024
Lo importante es “hacer el bien” y mientras esto se haga, no se va en contra de Jesús y, por tanto, no hay por qué impedirlo
La llamada es a entrar en el reino de la vida, aunque sea con limitaciones (sin la mano, el pie o el ojo) antes que creerse perfecto y ser arrojado a la gehena.
Nuestra fe, no es para un más allá, sino que, comenzando aquí, llegará a su plenitud en la eternidad.
-Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.
Pero Jesús dijo:
+ No se lo impidan, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros. Todo aquel que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no perderá su recompensa. Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar.
Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Mas vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehena, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pacado, córtatelo. Mas vale que entres cojo en la Vida que, son los dos pies, ser arrojado a la gehena. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Mas vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehena, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.
(Mc 9, 38-43.45.47-48)
El evangelio de este domingo presenta dos temas que no parecen tener mucha conexión. Tal vez la conexión es estar en una unidad literario de Marcos en la que muestra los valores contraculturales del Reino frente a la sociedad.
El primer tema se refiere al dicho “el que no está conmigo, está contra mí”, que aparece en todos los sinópticos, pero en contextos distintos. En Lucas (11, 23) y Mateo (12, 30), el contexto es de la acusación que le hacen a Jesús de estar expulsando demonios en nombre de Belzebú. Jesús les dice que un reino no puede estar dividido contra sí mismo. En Marcos, se refiere a que están expulsando demonios en su nombre, algunos que no son del grupo. En los dos casos, lo central es “hacer el bien” y mientras esto se haga, no se va en contra de Jesús y, por tanto, no hay por qué impedirlo.
Pero recordemos que expulsar demonios en la biblia no se refiere a los exorcismos de las películas de Hollywood. Se refiere a liberar a las personas excluidas por alguna razón, especialmente de tipo psicológico, e integrarlas de nuevo a la comunidad. Pues bien, en la misión que los discípulos realizan, no deben impedir que otros realicen los mismo porque hacer el bien no depende de la pertenencia a un grupo sino del bienestar y liberación que se produzca. Hacer presente el reino es lo importante y quien lo hace, no está en contra de Jesús.
El segundo tema son cuatro perícopas que empiezan con “Y”. Corresponden al género literario exhortación que incluyen una conclusión en forma de amenaza. La primera se refiere a “Y el que escandalice a un pequeño de los que creen, más le valdría ponerse una piedra de molino y arrojarse al mar”. No se refiere a los niños, sino a los que escandalicen a los miembros que están comenzando a formarse en su fe. Por tanto, están describiendo una situación de la comunidad. Pero la consecuencia de producir ese escándalo es enviarlos al mar que, como imagen bíblica, se refiere al lugar de los demonios. Es por tanto un dicho escatológico.
Las otras tres perícopas se refieren a partes del cuerpo como símbolo de que pueden hacer pecar (mano, pie, ojo). En los tres casos es mejor entrar sin un miembro del cuerpo a la Vida que ir con los dos a la gehena. Recordemos que la gehenna se refiere al valle de Hinnûm, donde originalmente se realizaban sacrificios humanos y, posteriormente, se quemaba basura. Al fuego se tira lo que no sirve. Por eso, la gehena es una imagen escatológica que no se está refiriendo a un lugar sino a la conciencia de que aquello que no sirve se arroja al fuego. En otras palabras, la llamada es a entrar en el reino de la vida, aunque sea con limitaciones que mantenerse perfecto y ser enviado a la gehena.
En conclusión, todos estos temas nos llaman a la fidelidad a los valores del reino, al compromiso con hacerlos posible y a la conciencia escatológica de que la vivencia histórica de la fe, determina la esperanza escatológica. Nuestra fe, por tanto, no es para un más allá, sino que, comenzando aquí, llegará a su plenitud en la eternidad.
(Foto tomada de: https://boosco.org/www/2020/02/05/marcos-6-7-13-llamo-a-los-doce-y-los-envio-de-dos-en-dos/)
Comentarios desactivados en 25.9.24. Lutero, Canto a la «merced» de María (Comentario al Magníficat)
Del blog de Xabier Pikaza:
Se celebró ayer (25 de septiembre), en la Vera Cruz de Salamanca, con presencia de Obispo, religiosos y gente devota (imágenes) la misa de la Merced. Algunas cosas han cambiado, como podrá verse por las fotos. Pero queda para mí el recuerdo de 40 años de celebración de esa fiesta.
Recuerdo en especial un año en el que estaba Eliseo Tourón (1934-1996), hacia el 1993. Leímos juntos el comentario de Lutero al Magnificat y lo aplicamos a la «merced» de la redentora cautivos. Pongo unos apuntes de lo que entonces comentamos y escribimos.
| Xabier Pikaza
Me gusta lo que Lutero dice de la Madre de Jesús, Puede ayudarnos a entender la acción liberadora de María y a recrear en humildad activa y católica la experiencia de fe de María.
Como su nombre indica, los protestantes han protestado contra los posibles excesos de una veneración mariana, procedente del Medievo, insistiendo en los tres principios del verdadero cristianismo : Solus Christus, sola Scriptura, sola fides. Tomando a María como mediación entre el hombre y Dios, los católicos podían haber corrido el riesgo de presentar a María como sustituto de Jesús o del Espíritu santo. [1]
Pero Lutero fue a su modo un devoto de María, y así lo muestra en su Comentario al Magníficat, que Eliseo y yo comentamos aquel año, en la fiesta de la Merced de la Ver-Cruz de Salamanca.
Lutero, comentario al Magníficat, Traducción de T. Egido:
Testimonio ejemplar. Lutero: Comentario al Magníficat. El protestantismo tiene, según eso, el valor de insistir en Cristo, en la Biblia y en la fe de los creyentes. En esa línea me siento “protestante con los protestantes y acepto con gozo algunos elementos de Lutero, en su comentario al Magníficat [2]
– Principio teológico: Dios «mira hacia abajo» (In-die-Tiefe), se fije y libera a los insignificante, excluidos y pecadores, de manera que debemos insistir en solus Deus, solus Christus. De esa forma se oponen a Dios a los que que «miran hacia arriba» (herabsehen), buscando poder, gloria y riqueza, la salvación por sí mismos.En este sentido establece Lutero:
«Porque lo mismo que al comienzo de la creación hizo el mundo de la nada (por eso se le llama creador y omnipotente), de la misma forma seguirá actuando hasta el final de los tiempos de tal suerte, que lo inexistente, lo insignificante, lo menospreciado, lo miserable y lo que está muerto lo trueque él en algo precioso, honorable, dichoso y viviente. Y por el contrario, todo lo precioso, honrado, dichoso y viviente lo transforma en nonada, pequeñez y cosa despreciado, miserable y perecedera” (Magnif 178).
– Muchos miran hacia arriba con orgullo. Parece que Lutero ha tenido en cuenta la forma en muchos teólogos y predicadores de la época consideraban a María como dechado de de virtudes propias, superior a todos los demás y digna de ser elegida como madre de Dios, separada así de los restantes hombres y mujeres de la tierra, aislada de todos, sin preocuparse de los pobres y excluidos de la tierra, en contra de lo que dice ella misma en su Magníficat, donde se vincula con los pobres y oprimidos de la tierra.
Según Lutero, Dios condena todo lo que hay de orgullo en el hombre, ante todo su pecado, pero también toda su justicia puramente humana, que termina siendo en el fondo una injusticia. En contra de eso, él pone de relieve la humildad» personal y social de María en el Magníficat, que así aparece como auténtica creyente, vinculándose a los pobres y oprimidos del mundo. María aparece así como signo excelso de la necesidad y miseria de los hombres ante Dios.
Conforme a su visión del Magníficat, María es para Lutero una mujer evangélica (precursora de la reforma de la Reforma necesaria de la Iglesia). Un hombre o mujer evangélico, cristiano debe recibir por gracia los dones de Dios, sin vanagloriarse de lo que tiene, sin imponerse sobre los demás, estando siempre dispuesto a ofrecer su ayuda a todos, especialmente a los más necesitados, los oprimidos y hambrientos de los que habla en el Magníficat.
El comentario de Lutero al Magníficat muestra el respeto que él tenía ante María, manteniendo elementos de piedad mariana, de vinculación especial con la madre de Jesús, aunque siempre dentro los límites de la piedad cristiana, fundada en la Biblia. Lutero insistía en la Escritura (sólo la Escritura), sabiendo que ella contiene el más hermoso y profundo testimonio de piedad mariana en el Magníficat, donde ella está empeñada en ayudar en nombre de Cristo a los más pobres
Lutero quiere proponer una antropología abierta a María, que pone de relieve la necesidad de salvación del hombre, en sus tres dimensiones (cuerpo, alma y espíritu, cf. 1 Tes 5,23) tal como lo muestra María cuando habla en el Magníficat de de mi alma y de mi espíritu. Lutero atribuye a María una santidad que no es no parcial sino integral (santidad de cuerpo, de alma, de espíritu), aunque insiste en la importancia del espíritu frente al cuerpo y el alma: componentes: «si el espíritu no está santificado, no habrá en el hombre nada que sea santo«.
Lutero insiste en la santidad del espíritu, que consiste en «una fe pura y sencilla«, en contra de aquellos que insisten en la «observancia de unas obras de piedad» separadas de la vida, obras externas, como ayunos, disciplinas, limosnas para el culto, que no interesaban a María. Por eso se eleva en contra de los falsos devotos de María, que buscan obras de piedad externa y no se ocupan de lo que quiere el Magnífica: Dar de comer a los hambrientos, elevar y redimir a los oprimidos
Lutero recurre a la experiencia de la fe fiducial (=fe como confianza en Dios), que él interpreta de esta forma: «La única fuente de paz consiste en enseñar que ninguna obra, ninguna enseñanza exterior, sino sólo la fe, es decir, la firme esperanza en la invisible gracia que Dios nos ha prometido, acarrea piedad, justificación y santidad«.
Por otra parte, insistiendo en las palabras de María «porque ha hecho obras grandes en mi«, Lutero pone de relieve el hecho de que la fe del cristiana ha de ser personal, como la de María”: «no basta con que creas que Dios ha obrado grandes cosas con otros, sino que debes confesar lo que ha realizado contigo, pues de lo contrario ello te verás privado de esta divina acción».
Lutero escribe este comentario al Magnificar en un tiempo de Persecución, cuando se siente impulsado alimentado por una fe que por una fe y piedad como la del Magníficat. Él se identifica de alguna forma con María, la madre de Jesús, perseguido por las autoridades religiosas y políticas, en riesgo de ser encarcelado. En esa situación apela a María, madre de Jesús, como socorro y ayuda para los oprimidos. Le tratan como a un proscrito, y sin embargo, él pone su confianza en Dios, como hace María en el Magníficat:
Para la ordenada comprensión de este sagrado cántico, es preciso tener en cuenta que la bienaventurada virgen María habla a partir de una experiencia peculiar por la que el Espíritu Santo le ha iluminado y adoctrinado. Porque es imposible entender correctamente la palabra de Dios, si no es por mediación del Espíritu santo. Ahora bien, nadie puede poseer esta gracia del Espíritu santo, si no es quien la experimenta, la prueba, la siente…
La santa Virgen ha experimentado en sí misma las maravillas que Dios ha realizado en (porque ha hecho en mí grandes cosas…), en ella, a pesar de ser ella tan poca cosa, tan insignificante, tan pobre y despreciada. En esa situación de necesidad, María ha recibido del Espíritu santo el don precioso y la sabiduría de Dios, descubriendo que es un Señor que no hace más que ensalzar al que está abajado, abajar al encumbrado y, en pocas palabras, quebrar lo que está fuerte y reparar lo que está roto» (Magnif. 177).
En la oración final del Magníficat Lutero no se contenta con pedir a Dios que nos «nos ilumine y nos hable, sino que inflame y viva en el cuerpo y en el alma» como en María (p.204). Tal es la fuerza abrasadora del Espíritu que se muestre en el Magníficat de María. De ahí esa insistencia en la fe fiducial, fe como confianza radical en Dios, para para que salgan adelante las obras de Dios que hace por uno. Lutero lo aplica a todo creyente como si de él se tratara:
Tienes que estar convencido, sin duda ni vacilación posible, de la (buena) voluntad de Dios para contigo, y creer con firmeza que contigo quiere Dios realizar cosas grandes»… «Esta fe , como dice Cristo, es capaz de todo (cf. Mc 9,23). Esta es la única fe que justifica, la única que aboca a la experiencia de las obras divinas y, a través de ello, la que impulsa al amor de Dios, a alabarle y engrandecerle con su vida» .
Lutero ve en María la primera creyente y el más acabado ejemplo de esta riqueza salvífica de la fe fiducial. Y así la ve también como la más grande de todas la mujeres y hombres creyentes por dos cosas: porque «su alma glorifica al Señor y porque su espíritu se alegra en Dios su Salvador«, porque Dios ha hecho en ella la obra más grande: engendrar al Hijo de Dios. En esa línea, Lutero ha comprendido profundamente el significado teológico de la «mirada de Dios» a María (ha mirado la pequeñez de su sierva…). Y en esa línea llega a decir:
María es humilde, pero no se vanagloria de la humildad, pues la humildad es la mayor de todas las virtudes, ya que las restantes dependen y dimanan de ella. En realidad, cuando Dios vuelve su rostro hacia alguien para mirarle, allí se está registrando gracia pura, felicidad, y de ello se siguen todos los bienes y todas las obras (Ibid).
María no se ha vanagloriado de su humildad ni nadie puede hacerlo sin pecado, en contra de algunos cristianos que se creen grandes porque son muy humildes, enorgulleciéndose de ello, en contra de lo que hace y dice María En esa línea, Lutero define la humilitas (humildad) bíblica como expresión de la crux Christi:
La humilitas no es otra cosa que un ser o estado despreciado, sin apariencias, exactamente igual al estado que se encuentran los pobres, los enfermos, hambrientos, sedientos, los prisioneros y los hombres que sufren y mueren, de la misma forma que se halla Job en medio de las tribulaciones, David arrojado de su reino o Cristo cargado con las miserias de todos los cristianos«.
María es una discípula modélica de esta escuela de humildad y de la cruz de Cristo. Pertenece al grupo de los cristianos que son «los pobres de Yahvé«. Lutero ha descubierto anticipadamente este lugar tan importante del Magníficat, como lo hace hoy toda la crítica exegética, añadiendo que los humildes son los pauperes, aflicti, humiliati que (pobres, afligidos, humillados) de los que trata el Sal 116 y otros salmos afines.
En esta línea, Lutero siente una profunda veneración y fascinación por la maternidad divina de la Virgen con toda la iglesia antigua y medieval. Pero al mismo tiempo siente el temor de que se venere a María como a Dios, en una línea de idolatría pagana, no de piedad cristiana.
En ese sentido, Lutero afirma la maternidad divina como «la cosa más grande» que Dios ha hecho, como obra y presencia suya (de Dios), defendiendo, al mismo tiempo, la pequeñez de María que por sí misma no tiene ningún mérito ante Dios, ni alardea de ello. Esta divina paradoja que ve latir en el Magnificat hace que Lutero sea devoto de María y propagador de su grandeza. Una prueba de Lutero como cantor de la maternidad divina de María lo tenemos en este párrafo inolvidable:
De ahí (de ser madre de Dios) provienen todo honor, toda la felicidad, el ser una persona tan excepcional entre todo el género humano, que nadie se le puede equiparar porque con el Padre celestial ella ha tenido un hijo. ¡Y qué hijo!…. porque quien la llama madre de Dios no puede decirle nada más grande, aunque contasen para alabarle con tantas lenguas como hojas y hierbas hay en la tierra, estrellas en el firmamento y arenas en el mar» (Magnif. 191).
Oh, tú, bienaventurada virgen y madre de Dios; que nada e insignificante eres, que despreciada has sido, y, sin embargo, graciosa y abundantemente te ha mirado Dios y ha realizado contigo cosas! Nada de eso has merecido, pero la rica y sobreabundante gracia que Dios ha depositado es mucho más alta y más grande que todos tus méritos. Dichosa tú Desde este momento eres eternamente bienaventurada, porque has hallado un Dios como el tuyo (Magnif 188).
Pidamos a Dios que se nos conceda la correcta inteligencia de este Magnificat: que no se contente con iluminar y hablar a otros, sino que inflame y viva él miemo, en el cuerpo y en el alma. Que Cristo nos lo conceda por la intercesión y la voluntad de su querida madre María. Amén» (Magnif. 304).
Notas
[1] Cf. K. Barth, Adviento, Studium, Madrid 1970, 38-45 (Verheissung, München 1960, 38.44-45).
[2] Sigo la traducción de Teófanes Egido, Obras de Lutero. El Magníficat, Sígueme Salamanca 1977, 177-204 (=Magnif), retomando las reflexiones de un trabajo que escribí conEliseo Tourón: Lutero y el Magnificat de María, Eph. Mar (1994) 371-390. Cf. B. Gherardini, La Madonna in Lutero, Cittá Nuova. Roma 1967.
Comentarios desactivados en 24.9. Virgen de la Merced, santa María de la Carne
Del blog de Xabier Pikaza:
Carne somos, humanidad del Dios enamorado, que habita en nosotros
Carne de Dios son los hambrientos, exilados, migrantes y cautivos (Mt 25,31-46), carne de María, madre y amiga de Dios, Virgen de Merced, Redentora de Cautivos.
En contra de ese Dios, en-carnado en la humanidad sufriente, se alzaron al principio de la iglesia muchos «sabios» (gnósticos, conocedores). En oposición a ellos surgió la verdadera iglesia.
En oposición a unos gnósticos modernos quiero hoy celebrar el día de la Merced de Dios que es María, redentora de cautivos, recordando la historia de unos gnósticos antiguos, pretendidos teólogos cristianos (cristianos superiores), que se ocuparon de su pretendido Dios interior, pero sin encarnación redentora, rechazando lo que dirá Ireneo: Caro cardo salutis.
| Xabier Pikaza
Tomas cristiano «sabio», no quería compartir los dolores de la historia.
El evangelio de Tomás [1]está cerca de la “gran Iglesia”, pues contiene textos de tradición venerable de comunidades antiguas (como la del Q) y apela a dos de “hermanos” de Jesús: Judas-Tomás, el Mellizo, en cuyo nombre se inscribe (EvTom, inscriptio y num 13) y Jacobo, el Justo, por quien fueron hechos el cielo y la tierra (EvTom 12)… Pero no acepta el evangelio de la carne, rechaza en el fondo a María, la virgen de la Carne, redentora de cautivos.
Pero, conforme al testimonio de Jn 20, Tomás confesó al final la encarnación de la Palabra de Dios, metiendo su mano en la llaga del costado de Cristo muerto y resucitado.
En contra del evangelio de Tomas, el evangelio de Juan confiesa encarnación del Logos de Dios (Jn 1, 14), insistiendo en su historia de carne, como Hijo de María. Juan pone a la Virgen María a los pies de la Cruz, acompañando, liberando a los oprimidos.
En esa línea, vincula la salvación con la muerte histórica de Jesús, y no con un tipo de gnosis intimista. Por eso apela al nacimiento y muerte la de Jesús y puede elaborar una mariología de carácter histórico (a la que se habría sumado al fin el mismo Tomás).
En contra Jn 20 (donde Tomás al fin se convierte y mete la mano en la herida del costado de Jesús), el Ev Tomás que nosotros conservamos (=EvTom) tiende a rechazar la carne (muerte corporal) de Jesús, desentendiéndose del sufrimiento de los hombres.
La Virgen de la Merced, que hoy celebramos, va en contra de un evangelio gnóstico como el de Tomas… porque no quiere encarnarse en el sufrimiento de la historia y redimir a los cautivos.
La gnosis ha sido y, en algún sentido, sigue siendo la herejía principal de la iglesia cristiana (por su negación de la carne, encarnación), en la línea de las religiones de oriente (hinduismo, budismo, tao). Éstos son, presentados de un modo casi telegráfico los rasgos fundamentales de una mariología de tendencia gnóstica, que está al fondo del Evangelio de Tomás que sigue estando, al menos veladamente, al fondo de un cristianismo actual de tipo advaita, no dualista, de puro intimismo, sin alteridad, sin comunicación social/eclesial, sin historia [2]:
Devaluación de la alteridad cada uno quiere salvarse sólo a sí mismo.
En los evangelios canónicos, María pertenece a la vida histórica de Jesús, esto es, a su “carne”, como mujer israelita, vinculada de un modo muy intenso a la esperanza mesiánica (social) de su pueblo. No es un signo femenino de la humanidad caída, sino una persona que realiza una función positiva en el despliegue de la salvación.
En contra del evangelio social de la madre de Jesús, buscando un tipo de “salvación interior”, el evangelio de Tomás devalúa las relaciones sociales y el compromiso radical por la justicia, entre hombres y mujeres, convirtiendo de hecho a hombres y mujeres en solitarios, buscando a Dios (buscándose a sí mismos en su puro interior, en su desierto y silencio ante Dios).
EvTom 79 ha podido acoger el logion de Lc 11, 27-28 con la palabra de la mujer (¡Bendito el vientre que te llevó..!) y la respuesta de Jesús (¡Benditos los que han escuchado la palabra del Padre!), añadiendo las palabras apocalípticas de Lc 23, 19: «¡Bendito el vientre que no ha concebido y los pechos que no amamantado» (cf. Mt 24, 19). Pero lo que Mateo y Lucas interpretan como expresión de angustia apocalíptica (miedo de las madres por los hijos que se pierden), se vuelve en EvTom rechazo de la maternidad en cuanto tal.
Desde ese fondo se entiende la cita de Mc 3, 31-35, contenida en EvTom 99 donde que no es crítica de la familia en cuanto tal, sino de un tipo familia cerrada en sus propios intereses de Jesús, sino a todo tipo de «familia carnal». En la línea avanzas EvTom 101 que, partiendo de Mt 10, 37-38 (¡quien no odia a su padre y a su madre…!), se establece una distinción radical entre las dos madres: (a) La madre carnal (como María, la de Jesús) que le engendra a Jesús en un mundo de pecado. (b) En contra de María, la madre verdadera (que es el Espíritu de Dios) engendra y alumbra a la Vida verdadera, sin carne. La tradición sinóptica vinculaba los dos planos, afirmando que María había concebido realmente por obra del Espíritu Santo, siendo así madre carnal y espiritual (cf. Lc 1; Mt 1). EvTom los contrapone, devaluando la carne de la historia (en contra de Jn 1, 14), para interpretar el nacimiento de Jesús en un plano de puro Espíritu.
En soledad con Dios, sin historia humana.
Por eso dice EvTom 105: «Quien conozca a su padre y a su madre, será llamado hijo de prostituta». Conocer significa valorar y vincularse. En esa línea, como mujer-madre de este mundo, María ha sido esclava del pecado, de manear que podemos llamarla prostituta. No es carne buena, al servicio de la Vida, sino carne caída, dominada por el deseo de placer y por la muerte. Como madre en este mundo, María ha sido simplemente pecadora. Conocer a esa madre significa encerrarse en este mundo prostituido. Por eso es normal que EvTom no haya desarrollado una mariología consecuente (en contra del evangelio de Juan).
Cada uno es padre-madre de sí mismo, no debe ocuparse de los otros.
EvTom devalúa, según eso, toda dependencia de origen (de concepción maculada y nacimiento en este mundo pecado), y toda relación social, entendida como experiencia mundana de “carne”. Por eso, como madre del mundo, María no es mediadora ni signo de engendramiento de vida. Ella no puede ofrecer a Jesús un lugar y sentido en la existencia, pues su maternidad está vinculada al sexo “pecador” y a la carne caída y de muerte. Lógicamente, el signo de la verdadera humanidad serán los niños pre-sexuados, que no tienen vergüenza, pues no se identifican por su cuerpo masculino o femenino (cf. EvTom 21, 37). Por eso es necesario hacerse pequeños, superando el sexo (cf. EvTom 46), siendo así solitarios: «¡Bienaventurados los solitarios y elegidos, porque encontraréis el Reino. Como habéis salido de él, a él volveréis!» (EvTom 49).
En soledad individual, sin relación real/esencial con otros.
En su relación con Dios, los gnósticos son solitarios, sin madre: provienen de la luz, son como chispas que brotan de Padre viviente y que vuelven de nuevo al descanso del Padre (cf. EvTom 50), pero no forman parte de este mundo que no es madre, sino sepultura (cf. EvTom 56). Por eso, la mariología no puede entenderse como “guía de vivientes” (personas que nacen de la vida, en vida de amor crecen y se comunican con otros y n amor culminan resucitando en Dios), sino como memoria o recordatorio de muertos; por eso, quien se sepa muerto, y así viva como muerto al mundo, ha superado esta vida de muerte (cf. EvTom 86).
Por eso puede añadir: «Los cielos y la tierra se enrollarán delante de vosotros, pero el que vive del Viviente no verá la muerte», pues ha superado el nivel de perecimiento (cf. EvTom 111). No hay Madre que pueda ayudarles en la vida, pues por ella han nacido los hombres a la muerte. Frente a la religión de María (Madre del Cristo de Carne en el mundo), la religión de la gnosis verdadera es descubrimiento y culto de la muere. Lo que importa no es nacer, sino superar el nacimiento, no es dar y compartir vida, sino renunciar a ella.
Sin matrimonio. Renuncia a las bodas, rechazo de los otros.
El tema aparece al comienzo del evangelio de Juan (Jn 2, bodas de Caná). En contra de un tipo de Gnosis que rechaza el matrimonio como expresión de la carne/pecado, Cristo está presente en unas bodas, ratificando así el valor mesiánico (divino) del matrimonio. De manera muy significativa en esas bodas no está sólo Cristo con sus discípulos, sino también (y de un modo especial) su madre, que aparece de hecho como “primera invitada”, como si las bodas de este mundo formaran parte de la identidad de su madre (que aparece así como expresión, representación del pueblo de Israel. Según eso, las bodas de María, como tales, son bodas de pecado, que necesitan aguas de purificación y penitencia. Por eso había allí seishydriai lythinai. Seis, pues el “siete” es el número de la gracia, hydriai lithinai, recipientes de piedra, con agua para purificarse
La madre está en las bodas y de esa forma las ratifica con su presencia. Pero sabe que en ellas bodas falta al vida, de manera que solo hay en ellas “agua de purificaciones”. Ella tiene cierta sabiduría (conoce el pecado: las bodas del mundo, pero es incapaz de superarlo) son pecado. Es como si en las bodas de la madre (del pueblo de Israel) sólo hubiera agua para purificarse. Ella sabe que las bodas como tales son impura, impuras a causa de la mujer, cuyo contacto lleva a la muerte (como ratificaba ya en la Biblia de los LXX el libro de Tobías, donde el que purifica a los novios y en especial a la novia es el ángel Rafael). Por eso, en principio, la gnosis del evangelio de Tomas prohíbe el matrimonio como pecado, y rechaza a la mujer de las bodas como pecadora.
La madre de Jesús en las bodas, quiere vino para todos
El evangelio de Juan contra el de Tomas. La madre, en cuanto tal, no puede convertir el agua en vino (no puede purificar, transformar), pero puede decir y dice a Jesús su Hijo “no tienen vino”. La madre de las bodas de Caná (Jn 2) va en contra de la teología gnóstica de las bodas de Tomás, pues ella le dice a Jesús “no tienen vino”, invitándole, por tanto, a santificar las bodas. Conforme al evangelio de Juan (con su afirmación central: la Palabra se ha hecho carne: Jn 1, 14) las bodas de Caná empiezan significando un “desposorio en la carne”, con el riesgo de quedarse en ella (en la pura carne, es decir, en el nivel del agua de las purificaciones.
Pues bien, desde el trasfondo del evangelio de Juan, el agua de purificación de las bodas se puede convertir y se convierte por la palabra y presencia de Jesús (verbo encarnado) en vino de gratuidad, es decir, de comunicación personal de vida, en la línea de la gran “parábola” de vino y de la vida (cf Jn 15, 1-17). Jesús mismo es en un sentido el vino de las bodas de los hombres y mujeres del mundo. En esa línea, siendo comunicación de vida de carne, las bodas son comunicación total de vida, de unos seres humanos a otros, varones y mujeres.
Este relato de las Bodas de Caná, en la que está presente el mismo Jesús como “vino” (dador de vino) constituye un elemento fundamental de la mariología del Evangelio de Juan y de todo el Nuevo Testamento. Ella, la madre, no es la boda (no es el vino, ni es la “instauradora” de las nuevas bodas, pero marca el camino de Jesús (que es la boda, que es el vino de bodas), Según eso, la madre de Jesús (María), formando parte de un mundo de bodas antiguas (agua de purificaciones) abre por de Jesús el camino de las nuevas bodas, que son la experiencia fuerte del vino de amor compartido.
En contra de eso, el Evangelio gnóstico de Tomas quiere unas bodas de de pura interioridad, cada uno a solas consigo mismo,
sin lugar para la Madre ni para la comunicación real del varon y la mujer (de los esposos), pues sólo los solitarios (los que renuncian a toda relación sexual o maternidad mundana) “entrarán en la cámara nupcial” (lugar de las bodas verdaderas; cf. EvTom 75).
Cámara nupcial, bodas sin carne, sin generación de vida.
Las bodas gnósticas no son de agua de purificaciones, como empezaron siendo las de Caná, pero tampoco son bodas “reales”, de varones y mujeres, pues van en contra de toda dualidad sexual, de todo encuentro en la carne, de toda generación, de manera que el varón no sea ya varón, ni la hembra sea hembra, trascendiendo trascendiendo así toda dualidad, toda diferencia (cf. EvTom 22) y en contra de Gal 3, 28 que habla de comunión corporal en igualdad personal, y en contra de Jn 1, 14, donde se dice que la palabra/comunicación de Dios se hace carne. Estas bodas gnósticas (=bodas sin boda, sin carne) constituyen una experiencia de identificación interior con Dios y de superación de las dualidades somáticas y personales (cf. ApTom 106).
En este contexto se puede hablar de una eucaristía espiritual y sapiencial, que consiste en «comer de la boca» de Dios (cf. ApTom 108), sin necesidad de compartir la comida y bebida con los hambriento de pan concreto de la tierra (en contra del mensaje Mt 25, 31-46 y de la carta canónica de Jacobo, hermano del Señor). Esta sabiduría gnóstica se encuentra especialmente vinculada a las mujeres de la tradición del evangelio, Salomé y María Magdalena, que no son “mujeres” reales, sino “espíritus incorporales”, a diferencia de María Madre de Jesús, que es una mujer de carne y hueso, presencia (madre) de Dios en su carnalidad. Como representante de todas las mujeres aparece ahora Salomé (cf. Mc 15, 40 y 16, 1), como mujer-espíritu, persona desencarnada que pregunta a Jesús:
¿Quién eres tú, hombre y de quien procedes? Has subido a mi lecho y has comido en mi mesa. Jesús le dijo: ‘Yo soy el que procede del que es igual…’ Salomé le dijo: ‘yo soy tu discípula'» (EvTom 61).
Ser discípula significa identificarse interiormente con Jesús (igual al Igual, que es Dios), superando así toda diferencia, en comunicación del lecho y comida, es decir, de sabiduría interior con Dios, en una especie de matrimonio de identificación mística. Ser discípula significa ser Cristo supra-carnal, espíritu en la tierra, pero sin carne ni historia, en eternidad de presencia. En esta cámara nupcial (en el interior de las bodas de Dios) cada creyente se identifica con Cristo “desencarnado· (Cristo espíritu, sin carne), superando así la “historia carnal” de Jesús histórico, Hijo de María.
Culminando esta línea aparece al final María Magdalena, no la madre histórica/carnal de Jesús, no como mujer histórica, carnal, sino como figura de la sabiduría, convergida “varón” espiritual. Pedro quiere expulsarla del grupo, pero Jesús la defiende:
Yo la impulsaré para hacerla varón, a fin de que pueda ser un espíritu viviente, similar a vosotros, los varones. Porque cualquier mujer que se haga varón entrará en el Reino de los cielos» (EvTom 114).
Así termina el evangelio, con la mujer que hecha varón, internamente unificada (mujer sin carne, en contra de Santa María de la Carne, de la que habla el Nuevo Testamente Canónico, de la que he querido hablar en todo este libro). superando la división de varones y mujeres, esto es, su identidad carnal histórica, como compañera del varón y madre de hijos.
Comentarios desactivados en Vigilia bíblica con María: Mujer, liberada, madre, hermana, amiga
Del blog de Xabier Pikaza:
Faltan dos días para la Merced (24.9.24) y quiero ofrecer para compañeros y amigos una guía bíblica para celebrar su fiesta de mujer, liberada, madre, hermana y amiga, un texto sobrio para pensar, interiorizar, compartir y celebrar (actuar) en este tiempo de sinodalidad creyente para caminar unidos con ella.
| Xabier Pikaza
MUJER DE BODAS,
El Magníficat (Lc 1, 56-65), canto de María, y profecía universal de libertad, debe conducimos hacia la libertad compleja del amor.
Éste es el espacio al que nos lleva, p. ej., el libro de Isaías: «El Señor de los ejércitos prepara un festín de manjares suculentos» (ls 25,6). Es el festín de bodas y de gozo que Dios mismo ha comenzado a disponer para los hombres; por eso manda a sus servidores, encargándoles que inviten a todos al banquete: «Mi cena está dispuesta, venid a celebrar el gozo de las bodas» (cf Lc 14,15-24; Mt 22,1-10).
Así vienen la madre de Jesús a la fiesta de las bodas de Caná, que son nuestras fiestas de amor. Viene Jesús, pero el ayuno sigue porque los novios de este mundo no han podido conseguir el vino de la vida, como indica certeramente la madre (Jn 2,3): No tienen vino, solamente tienen agua de purificaciones, agua de ritos y las leyes, que limpia una vez, externamente, pero por dentro seguimos manchados y vacíos, en ayuno sin amor.
María que es mujer, madre, hermana y amiga le dice a Jesús: «¡No tienen vino!» no pueden celebrar la fiesta de las bodas (2,3). En esta primera palabra ella explícita su solidaridad respecto a los que viven de manera insuficiente, incompleta sobre el mundo: sabe que los hombres han sido creados para celebrar las fiestas del amor, para las bodas del vino escatológico, y por eso sufre al verlos incompletos, deprimidos, sometidos al agua de los ritos y las purificaciones de este mundo.
La respuesta de Jesús parece dura: «¡Qué tenemos que ver tú y yo, mujer; aún no ha llegado mi hora!» (Jn 2,4). Ciertamente lo es, si la miramos desde una perspectiva intimista, como expresión de ruptura con la madre: ¡Jesús está en manos de Dios y no puede recibir mandatos de María! Sin embargo, si miramos a más profundidad, descubriremos que en la misma respuesta va implicado un asentimiento implícito: Jesús no rechaza la observación de su madre, no niega la carencia de vino. Simplemente indica que la solución del problema no depende ahora de las palabras de su madre, sino de la hora (voluntad de Dios).
Así lo ha entendido la madre. Respecto a Jesús ya ha cumplido su misión: ya le ha indicado que no existe vino de amor y libertad sobre la fiesta de la tierra. En ese aspecto está tranquila, confía en Dios y en la promesa mesiánica del Cristo. Por eso, ahora, sólo le queda una cosa: ponerse al lado de los hombres (servidores del banquete) y advertirles: «¡Haced lo que él os diga!» (2,5).
En este segundo momento debemos situarnos. La madre puede hablar a Jesús, pero sabe que ese Jesús-hijo le desborda, pues se encuentra en relación inmediata con el Padre. Pues bien, ella sigue confiando en ese mismo Jesús, centrando su esfuerzo en la preparación de los servidores de la boda. Estos servidores llevan el nombre técnico de diakonos: son los criados que preparan el banquete y sirven en la mesa. En medio de ellos se coloca la madre, convirtiéndose en una especie de diaconisa primera, animadora y directora de los servidores del banquete.
Lo más extraordinario de esta escena, situada en el contexto de la liberación, está en el hecho de que María, madre de Jesús, venga a mostrarse, en la linea del Magníficat, como madre preocupada por las bodas de los hombres de este mundo. Ella no está en Caná para cuidar a Jesús, para arroparle en medio de los riesgos de una boda donde parecen estallar las leyes más normales de la compostura y sobriedad del mundo, está para ocuparse de los hombres, de aquellos que quisieran llegar hasta las bodas de alegría y vida de la tierra, pero no pueden hacerlo porque falta el vino de la fiesta.
María, la madre escondida de Mt 1-2, la cantora de la gran transformación mesiánica del Magníficat (Lc 1,45-55), viene a presentarse ahora como promotora de la fiesta: ¡ella está al servicio del vino de la vida! Sabe que la esclavitud no es sólo el hambre y la opresión-humillación que presentaba Lc 1,52-53: esclavitud es carencia de amor, es la impotencia de una vida en la que todo está encerrado en leyes, purificaciones lustrales, ceremonias opresoras. Pues bien, precisamente en ese lugar, allí donde los hombres padecen la gran frustración de su impotencia (¡no alcanzan a beber el vino de las bodas!), viene a presentarse María y nos presenta a Jesucristo.
Precisamente al servicio de la vida y del amor, del vino y de la fiesta se ha puesto María, conforme al evangelio. Ella está con los diáconos, con los servidores del banquete, anunciando y preparando el gozo que se acerca, la liberación definitiva.
En esta perspectiva podemos ampliar la cita con que había comenzado este apartado: «El Señor de los ejércitos prepara un festín de manjares suculentos…: y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos…, aniquilará la muerte para siempre» (Is 25,6-7). Éste es precisamente el vino que falta en el banquete de la tierra, ese «vino de solera» que anuncia el gran profeta (cf 25,6). Pues bien, al servicio de ese vino de la vida se coloca María, como servidora de la libertad, en el banquete escatológico.
LIBRE, LIBERADA Y LIBERADORA
Libertad de los hijos de Dios. El evangelio es un proceso de liberación donde el esclavo (doulos) se hace hijo (huíos) conforme a la palabra de Gál 3-4. Pues bien, ahora queremos ampliar aquella breve indicación, partiendo del gran texto paulino donde el tema de la libertad se ha vinculado a la venida de Jesús como «nacido de mujer»:
Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, a) nacido de mujer,
b) nacido bajo la ley,
b’) a fin de rescatar a los que estaban bajo la ley,
a’) a fin de que alcanzásemos la filiación (/Ga/04/04).
Ser hijos de Dios, hermanos, amigos, libres… El tema es claro: Dios envía a su Hijo (eterno) para que los hombres, rota la cadena de la ley que es servidumbre, podamos alcanzar la filiación. Pues bien, esa filiación es libertad. El hombre vive esclavizado sobre un cosmos que le determina: es heredero de las cosas, pero no puede emplearlas libremente a su servicio, como espacio de realización y como medio para madurar en libertad; el hombre vive dominado objetivado sobre un mundo que le determina, le angustia y cuadricula (Gál 4,3).
Ésta es la esclavitud fundamental, el sometimiento en un mundo de esclavitud, de dominio de unos sobre otros, sin ser hermanos, sin ser amigos, sin ser libres Dios nos hizo dueños y nosotros somos (nos hemos hecho) siervos de las cosas (cf Gén 2,26 Rom 8,20).
Por eso, nosotros, nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la filiación, la redención de nuestras opresiones, la hermandad, la amistad (cf. Rm 8,23).
Esta es la filiación que nos ofrece Jesucristo, el Hijo, nacido de mujer: nos da su Espíritu, de forma que podemos decir ¡Abba, Padre!:
«Por eso ya no eres siervo, sino hijo; y si eres hijo, eres heredero según Dios» (Ga/04/07).
La verdadera libertad es filiación: nos hace madurar como hijos, en un contexto de autonomía personal, de apertura hacia Dios y de confianza. Situada en esta perspectiva, y reasumida en el campo de la redención del Cristo, Hijo de Dios, la misma Madre, María, viene a presentarse como hija: ya no es esclava sometida a los principios de la ley aplastada por las fuerzas de este mundo; es hija redimida por Jesús que dice el «¡Abba, Padre!» y que mantiene relación de encuentro personal con ese Padre.
Situados ya en este nivel, dentro de la gran proclamación mesiánica de Gálatas, podemos dar un paso más. Antes el mundo de la esclavitud y de la ley se hallaba dividido en grupos contrapuestos. Ahora, en cambio, la libertad de Cristo, realizada como nueva creación, vincula a todos los creyentes en forma de fraternidad mesiánica:
Pues todos sois hijos de Dios, por la fe en Cristo Jesús, ya no hay judío ni griego, no hay siervo ni libre no hay macho y hembra, porque todos vosotros sois uno en el Cristo Jesús (Gál 3,26.28).
María es mujer (gyne) y como tal es madre de Jesús, pero ella no se define en su oposición al varón: no es thely o hembra que vive en guerra con el arsen, que es el macho. En el comienzo de la iglesia, allí donde san Pablo ha proclamado la unidad fundamental de todos los creyentes, rectamente interpretada, María viene a presentarse como signo de esa unidad (igualdad) fundamental. Por encima de judíos-griegos, siervos-libres, machos-hembras, enfrentados en lucha permanente, quedan los hombres (seres humanos: varones y mujeres) que viven la nueva filiación de Cristo, en ámbito de fe o de mutua fidelidad.
Jesús, nacido de mujer, nacido bajo una ley de opresión, nos libera de la opresión, nos introduce en camino de hermandad, de amistad, que debemos recorrer con María. La cooperación de María, hija de Dios, hace posible que nosotros dejemos de ser siervos y empecemos a ser hijos, herederos de la casa de Dios Padre (Gál 4,7); aquella cooperación maternal ha influido en esta gran ruptura mesiánica del Cristo, que ha venido a crear un mundo nuevo donde ya no exista opresión o división entre machos-hembras, judíos-gentiles, esclavos y libres.
HERMANA: FRATERNIDAD/SORORIDAD
«Vosotros no llaméis a nadie rabbi; uno es, pues, vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y a nadie llaméis sobre la tierra padre, pues uno es vuestro Padre, el de los cielos» (Mt/23/08-09).
Éstas son palabras condensadas que reflejan la nueva densidad, el nuevo espacio vital y familiar de la comunidad cristiana. Evidentemente, ellas incluyen a María, la madre de Jesús.
En esta perspectiva, libertad cristiana implica una doble liberación. Es liberación frente a un falso padre, frente a Dios impositivo de este mundo, que domina desde arriba y que no deja a los hijos realizarse, conforme a un mito que en los últimos decenios ha desarrollado con toda nitidez la tradición cristiana; mientras el hombre siga oprimido por su padre de la tierra no existe libertad, sólo cuando el hijo puede superar ese nivel del padre de este mundo y se descubre responsable, acogido y potenciado por el Padre de los cielos, logra alcanzar su libertad, se vuelve plenamente humano.
Ésta es igualmente liberación frente al maestro (rabbi) o dirigente (kathekhetes) de este mundo que mantiene al hombre en un nivel perpetuo de minoría de edad o de discipulado. Cristo rompe esa minoría, transforma aquel discipulado, y nos conduce al plano de transparencia comunicativa, interpretada como fraternidad.
La superación del padre impositivo de este mundo no supone una caída en el vacío total de la violencia, siempre repetida y destructora; tampoco el rechazo de los maestros-jefes lleva al caos de la vida incontrolada, como siguen creyendo muchísimas personas sobre el mundo.
Esta doble superación es posible no por rechazo resentido, sino por descubrimiento superior de vida, no por negación, sino por superabundancia: precisamente en el lugar donde antes dominaban maestros y dirigentes nos hemos abierto a la transparencia de la libertad, como encuentro fraterno, animado por Cristo, el gran hermano; precisamente en el lugar donde imponían su ley dominadora los padres de la tierra hemos descubierto al Padre de los cielos, que nos admite como somos y nos capacita para creer en libertad, en actitud de gracia.
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La reflexión de hoy es del colaborador de Bondings 2.0 Diácono Ray Dever.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Dos pasajes de los Evangelios muestran a Jesús interactuando con niños: la historia conocida en la que les dice a sus discípulos que dejen que los niños se acerquen a él, y la historia menos conocida pero probablemente más relevante que tenemos en la lectura de hoy del Evangelio de Marcos (Mc 9,30-37).
Como sucede con muchos relatos de los Evangelios, esta historia comienza con los discípulos discutiendo lo que han estado escuchando y experimentando con Jesús. En este caso, se trata de la discusión demasiado conocida sobre quién de ellos es el más grande, una tentación muy humana que probablemente surge en nuestras propias vidas de vez en cuando. Es en este contexto en el que Jesús se dirige a un niño para compartir una enseñanza poderosa.
Cuando se analizan las historias más conocidas de los Evangelios sobre dejar que los niños se acerquen a Jesús, el énfasis se pone a menudo en esas cualidades propias de los niños que pueden conducir a la fe: confianza, apertura, inocencia. Pero en este contexto, que Jesús se dirija a un niño tiene un significado muy diferente. En la sociedad de la época, un niño era alguien que carecía totalmente de derechos legales y de estatus social, una entidad virtualmente nula y de poco valor, dependiente de otros para su propia supervivencia. En una discusión sobre quién era el más grande entre ellos, un niño sería francamente la última persona en entrar en la conversación.
Pero Jesús da vuelta la conversación cuando dice que si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Yendo más allá, coloca a un niño en medio de ellos, un niño que estaba tan al margen de la religión y la sociedad como se puede estar, y declara que quien reciba a un niño como este en su nombre, lo recibe a él.
Hoy, por supuesto, el lugar de los niños en la sociedad y la religión es significativamente diferente de lo que era en la época de Jesús, pero ciertamente no faltan otros que son los “niños” de hoy, que son marginados y tratados como personas que de alguna manera son “menos que” en algún aspecto. Las personas LGBTQ de fe están muy familiarizadas con el espectro constante del prejuicio y las diversas formas de discriminación con las que deben lidiar mientras simplemente buscan encontrar una comunidad de fe acogedora y practicar su religión con la misma dignidad dada por Dios que cualquier otra persona.
Mientras escribo esto, mi familia se acerca al primer aniversario de la boda de nuestra hija del medio, la primera de nuestros tres hijos en casarse. No tenemos más que recuerdos maravillosos de ese bendito y hermoso día de otoño en la zona rural de Wisconsin. La fiesta de bodas de familiares y amigos, incluida nuestra hija transgénero, reflejó la maravillosa diversidad de la creación de Dios. Desafortunadamente, la perspectiva de que cualquier miembro de la fiesta de bodas se sintiera menos que bienvenido, incluso en una parroquia nominalmente amigable con los LGBTQ, fue suficiente para que la pareja decidiera casarse fuera de la iglesia, una decisión que entendí y apoyé.
Es difícil imaginar lo que Jesús, que trajo a ese niño en medio de los primeros discípulos, tendría que decir sobre la situación actual, en la que todavía se hace sentir a demasiadas personas como si estuvieran excluidas de nuestra comunidad de fe, como si fueran de alguna manera menos que aquellos que piensan que son los más grandes entre nosotros. O tal vez no sea tan difícil si podemos abrazar verdaderamente el significado de esas palabras misericordiosas y poderosas de Jesús en el Evangelio de hoy: el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe.
Comentarios desactivados en “¿De qué discutimos por el camino?”. 25 Tiempo Ordinario – B (Marcos 9,30-37)
Según el relato de Marcos, hasta por tres veces insiste Jesús, camino de Jerusalén, en el destino que le espera. Su entrega al proyecto de Dios no terminará en el éxito triunfal que imaginan sus discípulos. Al final habrá «resurrección», pero, aunque parezca increíble, Jesús «será crucificado». Sus seguidores lo deben saber.
Sin embargo, los discípulos no le entienden. Les da miedo hasta preguntarle. Ellos siguen pensando que Jesús les aportará gloria, poder y honor. No piensan en otra cosa. Al llegar a su casa de Cafarnaún, Jesús les hace una sola pregunta: «¿De qué discutíais por el camino?», ¿de qué han hablado a sus espaldas en esa conversación en la que Jesús ha estado ausente?
Los discípulos guardan silencio. Les da vergüenza decirle la verdad. Mientras Jesús les habla de entrega y fidelidad, ellos están pensando en quién será el más importante. No creen en la igualdad fraterna que busca Jesús. En realidad, lo que les mueve es la ambición y la vanidad: ser superiores a los demás.
De espaldas a Jesús y sin que su Espíritu esté presente, ¿no seguimos discutiendo de cosas parecidas?: ¿tiene que renunciar la Iglesia a privilegios multiseculares o ha de buscar «poder social»?, ¿a qué congregaciones y movimientos hay que dar importancia y cuáles hay que dejar de lado?, ¿qué teólogos merecen el honor de ser considerados «ortodoxos» y quiénes han de ser silenciados como marginales?
Ante el silencio de sus discípulos, Jesús se sienta y los llama. Tiene gran interés en ser escuchado. Lo que va a decir no ha de ser olvidado: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». En su movimiento no hay que mirar tanto a los que ocupan los primeros puestos y tienen renombre, títulos y honores. Importantes son los que, sin pensar mucho en su prestigio o reputación personal, se dedican sin ambiciones y con total libertad a servir, colaborar y contribuir al proyecto de Jesús. No lo hemos de olvidar: lo importante no es quedar bien, sino hacer el bien siguiendo a Jesús.
Comentarios desactivados en “Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.” Domingo 22 de septiembre de 2024. Domingo 25º ordinario
De Koinonia:
Sabiduría 2, 12. 17-20: Lo condenaremos a muerte ignominiosa. Salmo responsorial: 53: El Señor sostiene mi vida. Santiago 3, 16-4, 3: Los que procuran la paz están sembrando paz, y su fruto es la justicia. Marcos 9, 30-37: El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.
El libro de la Sabiduría recoge la experiencia de los profetas de Israel y nos presenta a la persona «justa» como el modelo de sabiduría. El modelo de piedad no lo constituye la persona que hace sacrificios abundantes o que sigue con elegancia y delicadeza todos los pormenores de los ritos litúrgicos. La persona ideal es la que vive la justicia y muestra con sus obras que es posible realizar la voluntad de Dios en este mundo. Pero, aunque este es el camino auténtico y querido por Dios, no por ello, se puede realizar con simplicidad. La oposición no se hace esperar. Incluso, al interior de la familia o del círculo de amigos. El que tome el camino de la justicia, pronto se dará cuenta que hará el viaje en compañía de pocas personas.
La carta de Santiago nos da una explicación tan sencilla como eficaz de la causa de los conflictos en la comunidad cristiana: la ambición. En efecto, nadie roba, ni asesina ni arruina la vida ajena si no está movido por algún tipo de ambición. El deseo de ser más fuerte que los demás, de tener más capacidad económica, de asegurarse esta vida y la otra, no son sino manifestaciones de la ambición. El problema, es que las personas que piensan así, comienzan a ver al resto del mundo como un obstáculo a eliminar o como un puente sobre el cual pasar. Pero, el problema de tales conductas, animadas y patrocinadas por la sociedad, radica en que se constituyen en ideales de vida, incluso de personas que se proclaman como cristianos. La carta de Santiago nos invita a poner todas esas ideas a contraluz y a pasarlas por el inequívoco tamiz del evangelio. La codicia de dinero, prestigio y poder nos puede conducir por un camino sin regreso y nos puede alejar del cristianismo de manera irreversible, aunque nos sigamos considerando cristianos y vayamos a misa todos los días.
En el evangelio de Marcos, el «camino» representa el itinerario de formación de un buen discípulo. Jesús no quiere un grupo de fanáticos que le entonen vivas a su nombre, sino un grupo de personas responsables que sean capaces de asumir un proyecto. Por esta razón, sus esfuerzos se concentran en la enseñanza de sus seguidores. Pero, la instrucción parte de los desaciertos y de las respuestas erráticas que ellos van dando a lo largo del trayecto hacia Jerusalén.
Jesús debe superar el miedo cultural que invade a sus discípulos y que les impide dirigirse a su «Maestro» con toda confianza. Para esto utiliza una estrategia pedagógica muy ingeniosa. Retoma la discusión de los discípulos que estaban concentrados no en su enseñanza, sino en la repartición de los cargos burocráticos de un hipotético gobierno y reconduce la discusión mediante un ejemplo tomado de la vida diaria. El «niño» era una de las criaturas mas insignificantes de la cultura antigua. Por su estatura y edad no estaba en condiciones de participar en la guerra, ni en la política ni en la vida religiosa. Jesús coloca a uno de esos pequeños en medio de ellos y muestra cómo el presente y el futuro de la comunidad está en colocar en el centro no las propias ambiciones, sino las personas más postergadas y simples. Sólo así se revierte el sistema social de valores. Y sólo así, la comunidad es una alternativa ante el «mundo», que ya sabe poner en el centro a las personas adineradas. La novedad de Jesús consiste en hacer grande lo pequeño, lo doméstico e insignificante.
Eso que Jesús revelaba -con una paradoja- era muy serio: Jesús identificaba su propia suerte y la de Dios con la suerte de los niños, los que no tienen derechos ni quien mire por ellos, los últimos, los despreciados, los no tenidos en cuenta. Porque en realidad todo él se identificaba con ellos: se había puesto de su lado, había asumido su causa como propia. Por eso decía que todo servicio hecho a ellos se le hacía a él mismo y, en definitiva, al Padre. Nuevamente ponía la jerarquía de valores de la sociedad al revés o, mejor, al derecho. Una sociedad que mira sólo por los de arriba –o en la que las decisiones la toman los que están arriba o miran por los intereses de los de arriba- no garantiza ni el Reino ni la Vida; ésta sólo puede sobrevivir en un mundo que desde abajo mire por los de abajo, los que no tienen derechos. Leer más…
La confesión de Pedro («Tú eres el Mesías»), que leímos el domingo pasado, marca el final de la primera parte del evangelio de Marcos. La segunda parte la estructura a partir de un triple anuncio de Jesús de su muerte y resurrección; a los tres anuncios siguen tres relatos que ponen de relieve la incomprensión de los discípulos. El domingo pasado leímos el primer anuncio y la reacción de Pedro, que rechaza la idea del sufrimiento y la muerte. Hoy leemos el segundo anuncio, seguido de la incomprensión de todos (Mc 9,30-37).
Segundo anuncio de la pasión y resurrección (9,30-31)
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará».
La actividad de Jesús entra en una nueva etapa: sigue recorriendo Galilea, pero no se dedica a anunciar a la gente la buena nueva, se centra en la formación de los discípulos. Y la primera lección que les enseña no es materia nueva, sino repetición de algo ya dicho; de forma más breve, para que quede claro. En comparación con el primer anuncio, aquí no concreta quiénes serán los adversarios; en vez de sumos sacerdotes, escribas y senadores habla simplemente de «los hombres». Tampoco menciona las injurias y sufrimientos. Todo se centra en el binomio muerte-resurrección. Para quienes estamos acostumbrados a relacionar la pasión y resurrección con la Semana Santa, es importante recordar que Jesús las tiene presentes durante toda su vida. Para Jesús, cada día es Viernes Santo y Domingo de Resurrección.
Segunda muestra de incomprensión (Mc 9,32)
Pero ellos no entendían lo que decía y les daba miedo preguntarle.
Al primer anuncio, Pedro reaccionó reprendiendo a Jesús, y se ganó una dura reprimenda. No es raro que ahora todos callen, aunque siguen sin entender a Jesús. Marcos es el evangelista que más subraya la incomprensión de los discípulos, lo cual no deja de ser un consuelo para cuando no entendemos las cosas que Jesús dice y hace, o los misterios que la vida nos depara. Quien presume de entender a Jesús demuestra que no es muy listo.
La prueba más clara de que los discípulos no han entendido nada es que en el camino hacia Cafarnaúm se dedican a discutir sobre quién es el más importante. Mejor dicho, han entendido algo. Porque, cuando Jesús les pregunta de qué hablaban por el camino, se callan; les da vergüenza reconocer que el tema de su conversación está en contra de lo que Jesús acaba de decirles sobre su muerte y resurrección.
Una enseñanza breve y una acción simbólica nada romántica (Mc 9,33-37)
Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó:
-¿De qué discutíais por el camino?
Ellos callaban, pues en el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
-Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos.
Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
-El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.
Para comprender la discusión de los discípulos y el carácter revolucionario de la postura de Jesús es interesante recordar la práctica de Qumrán. En aquella comunidad se prescribe lo siguiente: «Los sacerdotes marcharán los primeros conforme al orden de su llamada. Después de ellos seguirán los levitas y el pueblo entero marchará en tercer lugar (…)Que todo israelita conozca su puesto de servicio en la comunidad de Dios, conforme al plan eterno. Que nadie baje del lugar que ocupa, ni tampoco se eleve sobre el puesto que le corresponde» (Regla de la CongregaciónII, 19-23).
Este carácter jerarquizado de Qumrán se advierte en otro pasaje a propósito de las reuniones: «Estando ya todos en su sitio, que se sienten primero los sacerdotes; en segundo lugar, los ancianos; en tercer lugar, el resto del pueblo. Cada uno en su sitio» (VI, 8-9).
La discusión sobre el más importante supone, en el fondo, un desprecio al menos importante. Jesús va a dar una nueva lección a sus discípulos, de forma solemne. No les habla, sin más. Se sienta, llama a los Doce, y les dice algo revolucionario en comparación con la doctrina de Qumrán: «El que quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos». (El evangelio de Juan lo visualizará poniendo como ejemplo a Jesús en el lavatorio de los pies).
A continuación, realiza un gesto simbólico, al estilo de los antiguos profetas: toma a un niño y lo estrecha entre sus brazos. Alguno podría interpretar esto como un gesto romántico, pero las palabras que pronuncia Jesús van en una línea muy distinta: «El que acoge a uno de estos pequeños en mi nombre me acoge a mí…». Jesús no anima a ser cariñosos con los niños, sino a recibirlos en su nombre, a acogerlos en la comunidad cristiana. Y esto es tan revolucionario como lo anterior sobre la grandeza y servicio.
El grupo religioso más estimado en Israel, que curiosamente no aparece en los evangelios, era el de los esenios. Pero no admitían a los niños. Filón de Alejandría, en su Apología de los hebreos, dice que «entre los esenios no hay niños, ni adolescentes, ni jóvenes, porque el carácter de esta edad es inconsistente e inclinado a las novedades a causa de su falta de madurez. Hay, por el contrario, hombres maduros, cercanos ya a la vejez, no dominados ya por los cambios del cuerpo ni arrastrados por las pasiones, más bien en plena posesión de la verdadera y única libertad».
El rabí Dosa ben Arkinos tampoco mostraba gran estima de los niños: «El sueño de la mañana, el vino del mediodía, la charla con los niños y el demorarse en los lugares donde se reúne el vulgo sacan al hombre del mundo» (Abot, 3,14).
En cambio, Jesús dice que quien los acoge en su nombre lo acoge a él, y, a través de él, al Padre. No se puede decir algo más grande de los niños. En ningún otro sitio del evangelio dice Jesús que quien acoge a una persona importante lo acoge a él. Es posible que este episodio, además de servir de ejemplo a los discípulos, intentase justificar la presencia de los niños en las asambleas cristianas (aunque a veces se comporten de forma algo insoportable).
[El tema de Jesús y los niños vuelve a salir más adelante en el evangelio de Marcos, cuando los bendice y los propone como modelos para entrar en el reino de Dios. Ese pasaje, por desgracia, no se lee en la liturgia dominical.]
¿Por qué algunos quieren matar a Jesús? (Sabiduría 2,12.17-20)
El libro de la Sabiduría es casi contemporáneo del Nuevo Testamento (entre el siglo I a.C. y el I d.C.). Al estar escrito en griego, los judíos no lo consideraron inspirado, y tampoco Lutero y las iglesias que sólo admiten el canon breve. El capítulo 2 refleja la lucha de los judíos apóstatas contra los que desean ser fieles a Dios. De ese magnífico texto se han elegido unos pocos versículos para relacionarlos con el anuncio que hace Jesús de su pasión y resurrección. Es una pena que del v.12 se salte al v.17, suprimiendo 13-16; los tengo en cuenta en el comentario siguiente.
En el evangelio Jesús anuncia que «el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres». ¿Por qué? No lo dice. Este texto del libro de la Sabiduría ayuda a comprenderlo. Pone en boca de los malvados lo que les molesta de él y lo que piensan hacer con él. «Nos molesta porque se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende, nos considera de mala ley; nos molesta que presuma de conocer a Dios, que se dé el nombre de hijo del Señor y que se gloríe de tener por padre a Dios». En consecuencia, ¿qué piensan hacer con él? «Lo someteremos a la afrenta y la tortura, lo condenaremos a una muerte ignominiosa. Él está convencido de que Dios lo ayudará, nosotros sabemos que no será así». Se equivocan. «Después de muerto, al tercer día resucitará».
Se decían los impíos: Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida. Veamos si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte. Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos. Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia. Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues, según dice, Dios lo salvará.
Envidias, peleas, luchas y conflictos (Carta de Santiago 3,16-4,3)
Esta lectura puede ponerse en relación con la segunda parte del evangelio. En este caso no se trata de discutir quien es el mayor o el más importante, sino de las peleas que surgen dentro de la comunidad cristiana, que el autor de la carta atribuye al deseo de placer, la codicia y la ambición. Cuando no se consigue lo que se desea, la insatisfacción lleva a toda clase de conflictos.
Hermanos: donde hay envidia y rivalidad, hay turbulencia y todo tipo de malas acciones. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, intachable, y además es apacible, comprensiva, conciliadora, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial y sincera. El fruto de la justicia se siembra en la paz para quienes trabaja por la paz. ¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros? Ambicionáis y no tenéis, asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada, lucháis y os hacéis la guerra, y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones.
«El Señor sostiene mi vida» (Salmo 53)
El Salmo se aplica tan bien al justo del que habla la primera lectura como a Jesús. En ambos casos, «insolentes se alzan contra mí y hombres violentos me persiguen a muerte». Pero ambos están convencidos de que «Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida». El Salmo nos invita a acompañar a Jesús cuando piensa en su muerte y resurrección y a acompañar a quienes sufren, no a discutir sobre quién es el más importante.
Este evangelio de hoy da para mucho, aunque solo son siete versículos. Pero nos vamos a quedar con lo que más duele, porque nos mete el dedo en el orgullo.
Todas las personas nacemos con una “inflamación” del “yo” que podemos llamar “importantitis”. Todas. Sí, tú también. Tú que estás pensando que nunca te has sentido importante. Todas.
Ciertamente a unas personas se les nota más que a otras, pero todas tenemos ese poco, o mucho, de orgullo que en algún momento nos hace sentirnos mejores que las demás. Y a veces incluso necesitamos verificarlo.
En esas andaban los discípulos cuando Jesús les pregunta. Jesús les había estado hablando de lo que iba a pasar: “el hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán…”Ellos, sin embargo, aquejados de “importantitis” no había sabido escucharle y andaban el camino contrario de su maestro.
¿El más importante?
Les pasó a aquellos primeros discípulos, y a todas las discípulas y discípulos de después nos pasa lo mismo. Queremos ser importantes y si no podemos ser de “los importantes” del mundo, al menos ser más importantes que alguien.
Dios vino a regalarnos unas relaciones horizontales para que pudiéramos mirarnos a los ojos como hermanas y hermanos. Pero nuestro orgullo se incomoda, necesita algún privilegio.
Claro que decimos que todos somos iguales y que todos tenemos los mismos derechos. Eso nos lo ha grabado a fuego nuestra civilización de los “Derechos Humanos”.
Lo decimos, sobre todo, para recordarle al resto del mundo que respete nuestro derechos. Pero cuando lo que está en juego son los derechos de otras personas, y esos derechos podrían estropearnos nuestro “bien estar”… ¡cuidado! Aquí entramos en terreno peligroso.
Aquí salen miles de ejemplos y razones que ponen de manifiesto la “importantitis” que padecemos. Especialmente en los países “enriquecidos”. Por eso nos pasamos la vida, no discutiendo, sino aseverando lo importantes que somos nosotros… a la vez que negamos cualquier responsabilidad de cara a la pobreza de los “empobrecidos”.
Pero si nos vamos al terreno doméstico nos pasa lo mismo. Nos sentimos más importantes que nuestra hermana, o que nuestra pareja, o que nuestro compañero de trabajo. Siempre tenemos a alguien al que pisar para poder sobre salir un poco.
¿Cuando descubriremos que la importancia que necesitamos no nos la dará estar por encima de nadie sino al servicio de todos?
Oración
Humildad, derrama, Trinidad Santa, tu humildad sobre nosotras, que sea bálsamo que desinflame nuestra “importantitis”.
Comentarios desactivados en El servicio no es una imposición, sino la más profunda exiencia humana.
DOMINGO 25º (B)
Mc 9,29-37
El tema principal que leemos hoy es el mismo que leímos al final del domingo pasado y que no comentamos. Jesús atraviesa Galilea camino de Jerusalén, donde le espera la Cruz. El evangelio nos dice expresamente que quería pasar desapercibido, porque ahora está dedicado a la instrucción de sus discípulos. Esa nueva enseñanza tiene como centro la cruz. Trata de convencerles de que no ha venido a desplegar un mesianismo de poder sino de servicio a los demás, pero no lo consigue. Todos siguen pensando en su propia gloria.
Este segundo anuncio de la pasión no deja lugar a dudas sobre lo que Jesús quiere transmitir. Los discípulos siguen sin comprender, aunque el domingo pasado nos decía que se lo explicaba “con toda claridad”. Si les daba miedo preguntar es porque intuían que no les iba a gustar. Esto nos muestra que más que no comprender, es que no querían entender, porque significaría el fin de sus pretensiones mesiánicas. Hasta que no llegue la experiencia pascual, seguirán sin entender la parte más original y decisiva del mensaje.
¿De qué discutíais por el camino? Jesús quiere que saquen a la luz sus íntimos sentimientos, pero guardan silencio porque saben que no están de acuerdo con lo que Jesús viene enseñándoles. Entre ellos siguen en la dinámica de la búsqueda del dominio y del poder. Tenemos que recordar que en aquella cultura el rango de las personas se tomaba muy a pecho, y era la clave de todas las relaciones sociales.
“Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos”. El mismo mensaje del domingo pasado y en el episodio de la madre de los Zebedeo. No nos pide Jesús que no pretendamos ser más, al contrario, nos anima a ser el primero, pero por un camino muy distinto al que nosotros nos apuntamos. Debemos aspirar a ser todos, no sólo “primeros”, sino “únicos”. En esa posibilidad estriba la grandeza del ser humano.
Jesús dice: ¿Quieres ser el primero? Muy bien. ¡Ojalá todos estuvieran en esa dinámica! Pero no lo conseguirás machacando a los demás, sino poniéndote a su servicio. Cuanto más sirvas, más señor serás. Cuanto menos domines, mayor humanidad. El mensaje quiere hacernos ver que el bien espiritual está por encima del material. Si me pongo en esta perspectiva nunca haré daño al otro buscando un interés egoísta a costa de los demás.
Acercando a un niño lo abrazó y dijo. No es fácil descubrir la conexión con lo que antecede. En tiempos de Jesús, los niños eran utilizados como pequeños esclavos. La palabra griega “paidion” es un diminutivo de “pais, que ya significa niño y también criado y esclavo. Sería, el pequeño esclavo. En el contexto de la narración, sería el chico de los recados que el grupo tenía a su disposición. Aquí descubrimos la relación con el texto anterior. El niño estaría en la escala más baja de los que se dedican a servir.
El que acoge a un niño, me acoge a mí. No se trata de manifestar cariño o protección al débil sino de identificarse con él. Al abrazarle, está manifestando que los dos forman una unidad, y que, si quieren estar cerca de él, tienen que identificarse con el insignificante muchacho de los recados, es decir hacerse servidor de todos. Uno de los significados del verbo griego es preferir. Sería: el que prefiere ser como este niño me prefiere a mí. El que no cuenta, pero sirve a los demás, ese es el que ha entendido el mensaje de Jesús.
Y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Este paso es muy importante: acoger a Jesús es acoger al Padre. Identificarse con Jesús es identificarse con Dios. La esencia del mensaje de Jesús consiste en esta identificación. Repito, el mensaje no consiste en que debemos acoger y proteger a los débiles. Se trata de identificarnos con el más pequeño de los esclavos que sirven sin que se lo reconozcan ni le paguen por ello. Esa actitud es la que mantiene Jesús, reflejando la actitud de Dios para con todos.
Llevamos dos mil años sin enterarnos. Y, como los discípulos, preferimos que no nos aclaren las cosas; porque intuimos que no iban a responder a nuestras expectativas. Ni como individuos ni como grupo (comunidad o Iglesia) hemos aceptado el mensaje del evangelio. Ya los primeros seguidores discutían por el poder, pero después de veinte siglos seguimos haciendo lo mismo. No tenemos clara la distinción que se hace en los evangelios entre poder y autoridad. Ningún poder puede venir de Dios porque es nadapoderoso.
En cuanto Constantino abrió la mano, la Iglesia no hizo otra cosa que acrecentar su poder. Si en los últimos siglos perdió gran parte de él, no fue por propia voluntad sino porque se lo arrebataron, con gran disgusto de muchos jerarcas. Todavía seguimos utilizando el término jerarquía que significa ‘poder sagrado’. La mayoría de nosotros seguimos luchando por el poder que nos permita utilizar a los demás en beneficio propio. Siguen siendo inmensa minoría los que ponen su vida al servicio de los demás y les ayudan a vivir sin esperar nada a cambio. Esta sería la propuesta de Jesús que nos llevaría a la plenitud de humanidad.
Hay dos maneras de servir: una es la del que somete al poderoso para conseguir su favor y aprovecharse de su poderío. Esto no es servicio sino servidumbre, y lejos de hacer más humana a una persona la envilece. Esta actitud es muy criticada por Jesús. En torno a todo poder despótico pulula siempre una banda de aduladores que hacen posible el despotismo. La diaconía significaba “servir a la mesa”. En cristiano indicaba el servicio a los más necesitados, por los que no tenían obligación de hacerlo. Este servicio es el que humaniza.
Si es la esencia del mensaje ¿Por qué ha fracasado estrepitosamente? El domingo dijimos que no podía conocer a Jesús si no me conocía a mí mismo. Sin ese conocimiento, es imposible llegar a ser auténtico cristiano. Ahora bien, como llegar a conocerse a sí mismo es muy difícil, la iglesia trató de racionalizar el mensaje con propuestas externas: 1ª Es la voluntad de Dios. 2ª Si lo cumples, Dios te premiará, si no lo cumples, te castigará.
A la 1ª hay que decir: esa pretensión es tan etérea y difusa que con la mayor facilidad se puede tergiversar y deteriorar sin advertirlo. Por otra parte, ¿Quién me asegura que esas exigencias son la voluntad de Dios? La 2ª es aún más burda. Bastaría caer en la cuenta de que es la misma técnica que utilizamos los seres humanos para domesticar a los animales: palo o zanahoria. ¡Cómo podemos pensar que Dios nos trata como animales!
Haríamos bien en superar la idea de un Dios antropomórfico con motivaciones iguales a las nuestras. Ese Dios ha sido muy útil para justificar nuestra opresión a los débiles. Como no nos han conducido por el camino del conocimiento de nosotros mismos y el Dios que nos habían propuesto es absurdo, los cristianos nos hemos quedado en chasis. Ni somos capaces de descubrir las exigencias del evangelio en lo hondo de nuestro ser, ni encontramos razones externas que nos motiven. Hemos quedado en la inopia.
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos»
Los sinópticos muestran a Jesús como un líder carismático que arrastra tras de sí a las multitudes; un orador genial capaz de impresionar con su palabra hasta a los mismos guardias de Herodes: «Jamás hombre alguno habló como éste»; un hombre, a la par compasivo y valeroso que no dudó en llegar hasta el final; y un final en cruz… Diríamos que era un primero que poseía todos los talentos, pero, como decía Ruiz de Galarreta, «Jesús no es el primero por los talentos que había recibido, sino porque los puso al servicio de todos».
Es muy fácil ponerse al servicio de los poderosos, porque ellos suelen recompensar a los serviles; lo difícil es ponerse al servicio de los más necesitados sin esperar nada a cambio. Y Jesús se puso al servicio de los pobres, los marginados, los leprosos, los ciegos… y les dedicaba todo su tiempo, los sanaba, les enseñaba y les abría una puerta a la esperanza mostrándoles con su actitud que ellos eran los más importantes a los ojos de Dios… precisamente por ser los más necesitados.
Entre los necesitados incluyó a los pecadores, y comía con ellos demostrando que él no los despreciaba; que lo importante son las personas; que los tenidos por pecadores son en realidad los más necesitados. Y no dudó en jugarse el prestigio ofreciéndoles su amistad porque quería librarles de la vergüenza, la humillación y el sentido de culpa que con tanto ahínco fomentaban en ellos los tenidos por buenos…
Al ver que su tiempo se le acababa, su principal urgencia fue remachar la idea de servicio en la mente de quienes debían continuar su obra. Así, Mateo nos dice que en su último discurso —síntesis y compendio de su predicación— Jesús puso todo el énfasis en la necesidad de servir a quienes nos necesitan; de dar de comer al hambriento y de beber al sediento, de vestir al desnudo y visitar al enfermo y al encarcelado… y las otras cosas a las que nosotros damos tanta importancia, ni siquiera merecieron una simple mención por su parte… Según versión de Juan, al ver discutir a sus discípulos sobre el puesto a ocupar en la última cena, tomo una jofaina y una toalla, y se puso de rodillas a lavarles los pies.
Esta imagen de Jesús lavando los pies nos señala como ninguna otra la actitud del cristiano. Hay quien decide emplear la vida entera en lavar los pies de los necesitados, pero a los demás, a los que no tenemos su coraje, se nos invita a ir atentos por la vida y no pasar de largo cuando nos encontramos con la pobreza, la tristeza, la soledad, la enfermedad, la vejez… El hereje samaritano de la parábola puede ser un excelente guía que nos marque el camino.
Ignacio de Loyola —empapado hasta los tuétanos del espíritu de Jesús— nos propone un lema genial para vivir a lo cristiano: «En todo, amar y servir»… Amar y servir como respuesta al amor del Padre… y porque así seremos mucho más felices: «El ciento por uno en esta vida…»
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
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Marcos 9, 30-37
Marcos en la segunda parte de su evangelio muestra con claridad el horizonte vital de Jesús y su inquebrantable decisión de mantenerse fiel al anuncio de la Buena Noticia de un Dios siempre misericordia y perdón.
Jesús había experimentado la confrontación e incomprensión de su propuesta por parte de muchos dirigentes religiosos. Poco a poco comprueba, también, la dificultad de sus discípulos para reorientar sus expectativas triunfalistas y entender que solo el servicio y la entrega gratuita pueden hacer posible los espacios liberadores y sanadores que Dios necesita para que su salvación se haga sitio en la historia humana.
El mal amenaza, pero no anula el camino de la Buena Noticia
Después de constatar las expectativas que mucha gente, y también sus discípulos, tenía en relación a su Misión (Mc 8, 27-38), Jesús replantea su estrategia e intensifica la formación de su comunidad de seguidor@s (Mc 9,30).
En su enseñanza Jesús les recuerda que el camino del reino no es fácil ni exitoso. Su propuesta desafía los intereses religiosos de muchos y el mal amenaza no solo su proyecto sino su vida (Mc 8, 31; 9, 30-31; 10, 32-34). El evangelista va señalando progresivamente la incapacidad de sus seguidores de entender y aceptar esa amenaza. Desde su comprensión de Dios siguen pensando que él, no solo no va a permitir el fracaso del proyecto del Reino, sino que va a asegúrales un lugar preeminente en el sueño salvador de Dios (Mc 8, 31-33; 9, 30-35; 10, 35-45).
A pesar de la claridad con que Jesús plantea el posible fracaso humano de su misión es difícil para sus seguidores, especialmente para los varones que lideraban el grupo, entender que ese fracaso, que ponía en el horizonte la muerte de Jesús, era en realidad el modo más fiel de cumplir la voluntad de Dios.
Dios no quería la muerte de Jesús, sino todo lo contrario, que lo escuchasen y acogiesen su oferta salvadora. Sin embargo, el mal parecía imponerse y Dios no dejó de acompañar y fortalecer a Jesús en su difícil subida a Jerusalén, afrontando con él la cruz como una la única manera de demostrar su amor incondicional a todo ser humano y su persistente voluntad salvadora. Una voluntad que ningún mal podía quebrar.
Jesús comprendió y aceptó también este modo nuevo de anuncio de la Buena Noticia del Reino que lo llevaba a afrontar el sufrimiento y la cruz. Una experiencia que él vivió, a pesar de los momentos de oscuridad, desde la esperanza y la certeza del amor con el que su Abba lo sostenía y acompañaba. Lo difícil en ese momento era transmitírselo a sus disicipul@s einvitarl@s a vivirse de esa manera.
En la comunidad del Reino lo más honorable es el servicio no el poder
En el mundo antiguo el honor y el estatus eran claves para entender el lugar y los roles a los que un individuo podía aspirar. Los discípulos de Jesús, especialmente los varones- hijos de aquel tiempo- necesitaban, para reconocerse dentro del grupo, definir el lugar que les correspondía a cada uno. Este contexto explica la discusión que, según el relato, habían tenido a lo largo del viaje hasta Cafarnaúm (Mc 9, 33-34).
Después de que Jesús, por segunda vez, les explique que su misión está amenazada pero que han de seguir confiando en que Dios la hará posible, aunque de una forma diferente (Mc 9, 31). L@s dicipul@s sentían miedo e incertidumbre.
Curiosamente, la respuesta a su miedo no la buscaron en la confianza en el Dios que el maestro les anunciaba sino en el poder y el honor. Su preocupación se centraba en determinar quién era el más importante en el grupo, quien podía liderar la respuesta ante las posibles amenazas. Jesús pacientemente les invita reimaginar el futuro de otra manera.
Jesús reúne a los líderes varones del grupo y les recuerda que la fuerza de la comunidad no estaba en el reconocimiento humano ni en su capacidad de influencia. La comunidad se definía por el servicio y la gratuidad de sus relaciones y de sus acciones. Jesús les invitaba así a reconfigurar sus vínculos internos y sus expectativas frente a la misión pues, su auténtica fortaleza frente a cualquier amenaza, por grande que fuese, solo podía sostenerse en la gratuidad y el servicio como él estaba decidido a hacer. Esto los discípulos tardaron en entenderlo. Tuvieron que vivir la experiencia de la Pascua para descubrir cómo seguir y anunciar la Buena Noticia del Reino.
No sabemos cómo vivieron este momento las mujeres que formaban parte de la comunidad de Jesús porque los Evangelios no hicieron memoria de ello. Probablemente se hicieron preguntas parecidas, vivieron el mismo miedo e incertidumbre, pero es fácil pensar que ellas no tuvieron la misma preocupación por el honor y el estatus que visibilizan sus compañeros varones. Ellas por la cultura en la que habían nacido y el lugar que su sociedad les asignaba estaban más familiarizadas con las experiencias de servicio y gratuidad y quizá vivieron con menos resistencia lo que proponía Jesús, aunque fueron conscientes, también, de lo contracultural que era entender el honor y el prestigio desde el servicio y la gratuidad. Por otro lado, priorizar esos valores las colocaba en un lugar diferente dentro de la comunidad y ponía en el centro experiencias habituales en su vida cotidiana.
Las mujeres estaban acostumbradas a no ser sujetos de poder, especialmente en los espacios públicos, pero no eran ajenas a las expectativas de poder y prestigio. Así lo visibiliza el relato de Mateo cuando la madre de los zebedeos pide a Jesús poder para sus hijos (Mt 20 20-28). Ella no está queriendo algo para ella sino para sus hijos, que son quienes socialmente pueden reclamarlo, pero al hacerlo se identifica con los valores y expectativas de su tiempo. En el texto de Marcos quienes hacen la petición, sin embargo, son directamente Santiago y Juan y no su madre (Mc 10, 35-45) lo que subraya más las expectativas de los varones y su estatus en el grupo.
Del servicio como estatus al estatus como servicio
La propuesta de Jesús, clave en la configuración y el estilo de la comunidad del Reino, va reinterpretándose, e incluso a veces ignorándose, en la medida en que las comunidades cristianas van insertándose y adquiriendo protagonismo social en los siglos siguientes. La configuración de las estructuras de la iglesia, a partir del modelo del Imperio Romano, hizo que se distanciara de la propuesta que había hecho Jesús. El cambio supuso dejar de poner el servicio como clave del honor y del estatus identificándose con el lugar social de los niños a considerar el estatus como un servicio que otorgaba un lugar social preferencial en la comunidad y en la sociedad.
Hoy frente al desafío que suponen los abusos de todo tipo dentro de la iglesia no está de más recordar la invitación de Jesús y preguntarnos que lejos o cerca estamos de ella y que necesitamos cambiar para que sea de verdad visible que la Iglesia se funda en Jesús y su mensaje y no en otros criterios que la alejan de él.
Comentarios desactivados en Una sociedad que priorice a «los últimos».
Domingo XXV del Tiempo Ordinario
22 septiembre 2024
Mc 9, 30-37
Jesús fue crucificado por la misma razón por la que tantos hombres y mujeres han sido perseguidos de mil maneras a lo largo de la historia humana, porque su mensaje molestaba al poder, que buscó, prácticamente desde el principio de la actividad del Maestro de Galilea, eliminarlo. Aunque para ello hubiera tenido que producirse un pacto contra natura entre el poder teocrático judío (saduceos), los escribas o doctores y el mismo poder imperial del invasor romano.
Todos se sentían molestos con Jesús: el poder judío no podía tolerar ser cuestionado de manera radical en sus planteamientos religiosos; el romano castigaba con la crucifixión a todo provocador político, y así es como les fue presentado Jesús por las autoridades judías.
Si bien el procurador romano pudo errar en su apreciación de Jesús como peligro directo para el imperio, la autoridad judía no se equivocaba al verlo como un hombre subversivo, tanto en su enseñanza como en su práctica. Basta leer el evangelio de Marcos para captar los rasgos fundamentales de la novedad jesuánica.
En el texto que leemos hoy, Jesús da la vuelta al modo como se entiende y vive el poder, colocando a un niño justo “en medio”, en el centro mismo de todas las preocupaciones. En el arco mediterráneo del siglo I, la figura del niño no evocaba en absoluto lo que hoy nos resulta habitual. Representaba, más bien, a los últimos de la sociedad, a los que no cuentan en absoluto, a los que son marginados e incluso invisibilizados por sistema.
Pues bien, ante esa situación, Jesús se planta de manera tajante, haciendo una doble afirmación: el único poder legítimo es el que sirve y debe estar siempre al servicio de los últimos.
¿Cómo sonarían tales afirmaciones en los oídos de los judíos bienpensantes que ostentaban el poder de manera autoritaria y se consideraban a sí mismos como los únicos intérpretes de la voluntad divina? ¿Cómo tolerar a quien ponía en juego su propio estatus y, en último término, su misma seguridad?
Comentarios desactivados en El poder levanta la cruz, el carisma es crucificado en ella.
Del blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:
01.- Una vez en casa…
Tras repetirles a los discípulos que el Mesías iba a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán, Jesús y los suyos vuelven a casa…
La casa en el Evangelio de San Marcos es la comunidad cristiana, la iglesia.
Una vez en casa, en la Iglesia, Jesús les pregunta a sus discípulos: ¿De qué veníais hablando por el camino?
Si a nosotros nos preguntaran¿De qué vamos hablando por la vida? Seguramente que también nos callaríamos como los discípulos, pues también nuestro interés es quién es el primero, quién es el más importante, con quién importante trato y me codeo en la vida…
¿La mayor parte de nuestros temas y de nuestras actitudes son acerca del poder? Poder económico, político, religioso, prestigio social, religioso, etc. Hasta en el ámbito familiar las pequeñas cuestiones de poder juegan un papel importante…
También en la Iglesia -por desgracia- el poder tiene una gran vigencia. Muchas de las cuestiones aparentemente dogmáticas, litúrgicas, se sostienen por el humus de poder en el que se apoyan: ¿Quién puede -poder- presidir la Eucaristía? ¿Quién y cómo puede absolver de los pecados? ¿Quién puede -poder- nombrar obispos?, ¿Quién manda en una diócesis, parroquia, etc.?
Por otra parte -y al mismo tiempo- está el “carrerismo” en la Iglesia. El papa Francisco (creo que con poco éxito) ha tratado y trata de paliar esta ansia de poder de muchos clérigos y jerarcas.
El poder, el mando tiene un atractivo enorme. Hoy lo mismo que en tiempo de Jesús.
Es nuestra mentalidad de poder. Estamos en un año olímpico (Paris). El “lema” de las olimpiadas es citius, altius, fortius: Es la manía de verlo todo desde “el más”: el más rápido, más alto, más fuerte, el mejor, etc…
La “casa”, la Iglesia es la comunidad de los más débiles, de los más sencillos.
02.- El poder / el carisma
El poder sirve para algunas cosas. Pero no sirve para que los hombres se vuelvan buenos.
El poder no sirve para liberar o sanar la libertad humana, sino sólo para suprimirla. La gracia, en cambio, hace buenos a los hombres y libera la libertad humana. El poder obliga, la gracia ayuda. El poder crea cuarteles o campos de concentración; el carisma edifica comunidad. El poder crea bancos de dinero, el carisma multiplica los panes. El poder impone silencio, el carisma habla hasta con su silencio. El poder sólo es capaz de preservar, el carisma es capaz de transmitir. El poder sospecha siempre, desconfía siempre; el carisma alienta siempre, apuesta siempre.
El poder da la seguridad de la instalación, el carisma se mantiene vivo en la inseguridad de Abrahán. El poder se ama sólo a sí mismo, la gracia ama a los seres humanos. El poder se atribuye carismas, el carisma no se atribuye poderes. El poder suplanta al Espíritu, el carisma transparenta al Espíritu. Y por eso, el poder acaba por levantar la cruz y el carisma acaba por morir en ella. En una palabra: el poder es de este mundo como todos los sanedrines: el carisma es del cielo como Jesús.
03.- El poder sagrado en la Iglesia es el servicio.
Jesús llama a un niño (que bien podemos traducir por un criado). El niño es símbolo de debilidad, de dependencia. Jesús les dice a los discípulos: el que acoge a uno de estos pobres y sencillos, a mí me acoge.
El camino para ser grande en la Iglesia no es el nombramiento que pueda venir de Roma, la vestimenta de colorín, colorado, sino que el camino para vivir en “casa”, en la Iglesia, es la acogida de los más humildes, el servicio sobre todo a los débiles a coger a quien no tiene ni poder ni defensa. El poder en la Iglesia es el servicio.
Una Iglesia que viva en una búsqueda y dialéctica del poder, no es, está muy lejos de ser la Iglesia de Jesús.
Una Iglesia que no escucha jamás a la mayor parte de sus miembros, es decir a los propios curas, a los laicos: catequistas, monitores, voluntarios, etc., es una iglesia totalitaria y está lejos, muy lejos de ser la Iglesia del lavatorio de los pies y se ha re-convertido en una “agencia de servicios religiosos”.
El clericalismo se pasa la vida discutiendo lo que puede o no puede (poder), se ha convertido en una clase dirigente, pero está muy lejos de la diaconía, el servicio de Jesús.
Como decía el papa Francisco bien estaría que la Iglesia se pareciese a un hospital de campaña donde se curan las heridas.
Termino con el texto eclesial programático de Jesús:
Los jefes de la tierra tiranizan y oprimen a los suyos … Entre vosotros no puede ser así.El que quiera ser el mayor, ha de ser vuestro servidor. (Mc 10)
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