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Los zapatos de Susana. Domingo 26. Ciclo C

domingo, 25 de septiembre de 2016
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zapatos-mujer-luxuryDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

‒ Judas, se me han roto los zapatos. Tienes que darme dinero para comprarme unos nuevos.

            ‒ ¿Cuánto necesitas? ‒ pregunta Judas sin entusiasmo.

            ‒ He visto unos muy sencillos. Sólo cuestan seiscientos veinticinco euros.

            Judas pega un salto.

            ‒ ¡Seiscientos veinticinco euros! ¿Estás loca, Susana? ¡Estos que llevo puestos me costaron treinta!

            ‒ Pues el bolso que hace juego con los zapatos cuesta mil cuatrocientos cincuenta.

            Bartolomé sonríe contemplando la escena. Susana es la gran bienhechora del grupo, ha entregado todo su dinero, sin reservarse nada, y ahora está poniendo en un aprieto a Judas. “Judas no tiene sentido del humor”, piensa Bartolomé. “Se cree que Susana va en serio”.

            ‒ A mí no me parecen caros esos zapatos ‒comenta para incordiar‒. Yo creo que deberías darle el dinero.

            ‒ No tenemos ni trescientos euros, estúpido.

            ‒ Entonces no podré alquilar la suite de lujo que cuesta veinte mil euros la noche.

            ‒ ¿No tenéis cosas más serias de las que hablar? ‒interviene Jesús‒.

            ‒ Esto es muy serio, maestro. ¿Sabes cómo tira el dinero la gente, el lujo con que viven algunos?

            ‒ Claro que lo sé. Basta ver la televisión.

            ‒ Tú estás muy atrasado, maestro. Tienes que meterte en Internet. Buscar en Google. Casas de lujo, relojes de lujo, coches de lujo, zapatos de lujo… No te imaginas la sorpresa que te ibas a llevar.

            ‒ Sorpresa, no. Indignación. Prefiero no mirar.

            ‒ Y los cabrones que gastan el dinero de esa forma, ¿se salvarán? ‒pregunta Tomás con deseo de provocar a Jesús.

            ‒ Ya deberías saber la respuesta. Os conté una historia sobre ese tema.

            ‒ Yo no la recuerdo.

            ‒ Estarías fuera, como siempre.

            ‒ Cuéntala otra vez, maestro ‒pide Pedro‒.

            Jesús se sienta, se concentra un momento y comienza:

            ‒ Había un hombre rico que se vestía en los mejores sastres de Nueva York, viajaba en su avión particular, miraba la hora en un reloj de oro con brillantes, comía en los restaurantes más lujosos y habitaba en un palacete de cuarenta habitaciones en medio de un bosque inmenso. ¿Sabéis cuánto gastó un día en una comida en un restaurante del sur de Francia?

            Rebuscó en la mochila y finalmente consiguió encontrar una factura que enseñó a todos.

            ‒ Ciento siete mil quinientos veinticuatro francos. Hice una fotocopia del periódico porque no me lo podía creer.

         banquete  ‒ Y eso en euros, ¿cuánto es? ‒ pregunta Judas.

            ‒ Mas de dieciséis mil euros, bastante más.

            ‒ ¡Por una sola comida!

            ‒ Cuando iba a la ciudad en su deportivo ‒continuó Jesús‒, el rico pasaba delante de un mendigo sentado a la entrada de una pobre choza, fabricada con cartones y cubierta con una chapa de uralita. El mendigo lo miraba con envidia y el rico apartaba la mirada. El mendigo acudió una vez a la mansión del rico para pedir algo de comer. Pero encontró la verja cerrada y el guardia de seguridad lo despidió con malos modos. Al cabo del tiempo murió el mendigo y fue al paraíso. Poco después, el rico se estrelló con su deportivo a doscientos por hora, murió, lo enterraron, y fue a parar al infierno. Estando allí, achicharrándose vivo, levantando los ojos, vio a lo lejos al mendigo, y le grito: “Por favor, tráeme un vaso de agua, aunque sólo sea un vasito; me muero de sed y me torturan estas llamas.” Pero el mendigo le contestó: “Lo siento, tío. Recuerda que tú tuviste de todo en la otra vida mientras yo me moría de hambre. Ahora se han cambiado las tornas. Además, aunque te parezca que estoy cerca, entre nosotros hay un abismo que nadie puede cruzar.” El rico guardó silencio un momento y luego preguntó: “¿Cómo te llamas?” El mendigo le contestó: “Si me hubieras preguntado mi nombre en la otra vida, también me habrías dado de comer. Pero tú siempre apartabas la mirada. Por eso estás ahora al otro lado del abismo”.

            Menos Tomás, todos recordaban la historia, que siempre les impresionaba. Fue Susana quien rompió el encanto.

            ‒ Cuando yo enseñaba catequesis, contaba una historia parecida que me habían enseñado las monjas de pequeña. ¿Os la cuento?

            Y la contó sin esperar permiso de nadie:

      – Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. (El seno de Abrahán es como el paraíso, explicó Susana, y Abrahán es el que se encarga de organizarlo todo allí.) Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abraham le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.

            ‒ Se parece mucho, pero a mí me gusta más lo de los aviones y el deportivo ‒opinó Leví.

            ‒ Todavía no he terminado ‒lo cortó Susana‒. Mi historia sigue diciendo que el rico le insistió a Abrahán: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abraham le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abraham. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abraham le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”

            Cuando Susana calló, Bartolomé comentó irónico:

            ‒ El problema es que hoy día nadie cree en el infierno. Habría que cambiar la historia. Por ejemplo, que al mendigo le toque la primitiva y el rico se arruine.

            ‒ No seas tonto, Bartolomé ‒lo cortó María‒. Eso sí que no se lo cree nadie.

¿Dónde se basa esta historia?

            La parábola del rico y Lázaro, exclusiva del evangelio de Lucas, se inspira en un texto del profeta Amós, elegido este domingo como primera lectura. Este profeta del siglo VIII a.C. vivió una situación muy parecida, en ciertos aspectos, a la de hoy: gente millonaria, que puede permitirse toda clase de lujos, y gente que llega a duras penas a fin de mes o incluso pasa hambre.

            El profeta se dirige a la clase alta de las dos capitales, Jerusalén (Sión) y Samaria, y denuncia su forma de vida: «Os acostáis en lechos de marfil, os arrellanáis en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José».

            El lujo se extiende a todos los ámbitos: al mobiliario, con lechos y divanes de marfil, mientras la inmensa mayoría de la gente duerme en el suelo; a la comida, a base de carne de carnero y de ternera, cuando los pobres se contentan con pan y agua, unas uvas y un poco de queso; a la bebida en copas refinadas o de gran tamaño (el término hebreo puede interpretarse de ambos modos); a los perfumes carísimos, mientras los pobres sólo huelen a sudor.

            Y esta gente que se permite toda clase de lujos “no se duele del desastre de José”. José no es una persona concreta sino todo el país, conocido entonces como Casa de José porque sus tribus principales eran Efraín y Manasés, los dos hijos del patriarca José.

            Lo que dice el profeta es que esa gente que vive con toda clase de lujos no se preocupa lo más mínimo del sufrimiento de millones de personas que lo pasan mal. Como castigo, les anuncia la invasión de un ejército extranjero que pondrá fin a sus orgías y los deportará.

El cambio que introduce la parábola

            La parábola cambia radicalmente el tema del castigo. Mientras Amós piensa qué ocurrirá en esta vida, mediante la invasión de los asirios, Jesús lo desplaza a la otra vida. Él no se hace ilusiones; en esta vida, el rico seguirá disfrutando, y el pobre pasando hambre. Este cambio radical en el punto de vista ayuda a entender otras afirmaciones del evangelio de Lucas.

            En el Magnificat, María pronuncia unas palabras que, aplicadas a nuestro mundo, resultan estúpidas o de un cinismo blasfemo cuando dice que Dios “a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. A la luz de la parábola del rico y Lázaro queda claro cuándo tendrá lugar esa revolución.

            Lo mismo afirma el comienzo del Discurso en la llanura (equivalente en Lucas al Sermón del monte de Mateo), que contrasta la situación presente (ahora) con la futura. “Dichosos los pobres, porque el reinado de Dios les pertenece. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis… Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya recibís vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque pasaréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque lloraréis y haréis duelo” (Lc 6,20-25).

El rico no era un criminal

            Lo que más debe intranquilizarnos (porque la parábola pretende sacudir la conciencia) es que el rico no es un explotador ni un criminal, no se dice que pagara un salario de miseria a sus obreros ni que se hubiera enriquecido con el narcotráfico. Lo que denuncia la parábola es su forma exquisita de vestir (púrpura y lino) y de comer (banqueteaba espléndidamente todos los días), sin fijarse en el pobre que está tendido a su puerta. Es la injusticia indirecta causada por el egoísmo.

¿Dos textos trasnochados?

         africa_pobreza   Tanto Amós como Jesús viven en una sociedad muy distinta de la nuestra (al menos de la del Primer Mundo). Entonces no existía la clase media. La riqueza se acumulaba en pocas manos, mientras la mayor parte del pueblo vivía en circunstancias muy duras. Aplicar la parábola a los multimillonarios de hoy día, jeques árabes, grandes industriales, artistas de cine, deportistas de élite… supondría dejar con la conciencia tranquila a los millones de personas que vivimos en circunstancias infinitamente mejores que la inmensa mayoría de la población mundial. Si ahora mismo resulta difícil resistir su mirada, mucho más difícil será cuando nos mire Dios.

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Domingo XXVI del Tiempo Ordinario. 24 septiembre, 2016

domingo, 25 de septiembre de 2016
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Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino,

y celebraba todos los días espléndidos banquetes.

Y uno pobre, llamado Lázaro, que,

echado junto a su portal, cubierto de llagas,

deseaba saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico,

pero nadie se lo daba

Lc 16, 19-31

*

“UN ABISMO INMENSO”

La niña que hay en mí sigue preguntándose, como la primera vez que escuchó esta parábola: “Pero ¿por qué nadie se lo da?”. Y a la adulta le golpea el corazón, como un mazazo, la respuesta que dio el profeta Natán al rey David: “Tú eres ese hombre”.

Entonces me veo a mí misma. Nos veo a todos nosotros, ciudadanos de Europa. Veo, echados junto a nuestras fronteras, o ahogándose en nuestro mar, a miles de hermanas y hermanos nuestros. Muchos de ellos, niños. Muchos de ellos, solos. Que vienen de la guerra, del hambre, de la persecución.  Que desean saciarse de paz y pan, de respiro y trabajo, de dignidad y cobijo.  Asilo, visado, permiso: las migajas que tiramos de nuestra mesa. “Pero nadie se las da”.

Escucho el revés de la parábola: el mismo abismo, pero visto desde después de la muerte de los dos hombres, es decir, visto desde la perspectiva de la eternidad, desde los ojos de Dios. Lázaro aparece ahora recostado en el seno de Abraham;  el hombre rico, sufriendo los tormentos del infierno; y entre ambos, el mismo abismo incomprensible que veíamos durante sus vidas: “Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar desde ahí hasta nosotros”.

Y me resuenan en el corazón las palabras de Jesús:

“Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados (…). Pero ¡ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre(Lc 6, 21.25).

Es como si la parábola ejemplificara esta bienaventuranza y este lamento. O como si ilustrara la advertencia de Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13). El abismo imposible de cruzar es un espejo de esta imposibilidad: si servimos al dinero, no podemos, aunque queramos, servir a Dios.

ORACIÓN:

¡Perdón, Jesús, perdón! Nosotros somos el hombre rico de la parábola. ¡Ven a hospedarte en nuestra casa, como te hospedaste en la de Zaqueo, para que nuestro corazón se convierta a la justicia y a la compasión!

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Epulón y Lázaro

domingo, 25 de septiembre de 2016
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lazarus-2Lc 16, 19-31

Por última vez, después de una insistencia machacona, nos habla Lc de la riqueza. Yo también tengo claro que en materia de riqueza no haremos caso ni aunque resucite un muerto. La parábola va dirigida a los fariseos. Acaba de decir el evangelista: “Oyeron esto (no podéis servir a dos amos) los fariseos, que son amigos del dinero, y se burlaban de él”. Jesús apoyándose en las creencias que ellos aceptaban, quiere hacerles ver que, si de verdad creyeran lo que predican, no estarían tan pegados a las riquezas.

Esta parábola es clave para entender algo de lo mucho que nos dice el evangelio sobre las riquezas. No se puede hablar de ellas en abstracto y la parábola nos obliga a pisar tierra. El rico no tiene en cuenta al pobre y sin esa toma de conciencia nada tiene sentido. Lo único negativo del relato es que, mal interpretada, nos ha permitido utilizarla como opio para el pobre. Aguanta un poco, hombre, que aunque te parezca que el rico disfruta, espera al más allá y le verás freírse en el infierno, mientras tú encontrarás la dicha más completa.

Esta parábola nos dice lo mismo que (Mt 25,34-46) “Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber…” Las dos hay que entenderlas dentro de una visión mitológica del más allá: premio y el castigo más allá, como solución de las injusticias del más acá. Utilizar estos textos para seguir hablando de un premio para los pobres y un castigo para los ricos en el más allá, no tiene sentido alguno; a no ser que se busque la resignación de los pobres para que no se revelen contra la injusticia y poder así seguir disfrutando los ricos de sus privilegios.

Para comprender por qué el rico, que comía y vestía de lo suyo, es lanzado al “hades”, debemos explicar el concepto de rico y pobre en la Biblia. Para nosotros “rico” y “pobre” son conceptos que hacen referencia a una situación social. Rico es el que tiene más de lo necesario para vivir y puede acumular bienes. Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir y pasa necesidades vitales. En el AT la perspectiva es siempre religiosa. Fueron los profetas, sobre todo Amós, los que levantaron la liebre y denunciaron la maldad de la riqueza. Su razonamiento es simple: la riqueza se amasa siempre a costa del pobre.

Pobres, en el AT, sobre todo a partir del destierro, eran aquellos que no tenían otro valedor que Dios. Se trataba de los desheredados de este mundo, que no tenía nada en qué apoyar su existencia; no tenían a nadie en quien confiar, pero seguían confiando en Dios. Esta confianza era lo que les hacía agradables a Dios, que no les podía fallar (Lázaro, -´el´azar en hebreo- significa Dios ayuda). No existe en el AT concepto puramente sociológico de rico y pobre, porque nada se podía desligar del aspecto religioso.

Ahora comprenderéis por qué el evangelio da por supuesto que las riquezas son malas sin más matizaciones. No se dice que fueran adquiridas injustamente ni que el rico hiciera mal uso de ellas, simplemente las utilizaba a su antojo. Si Lázaro no hubiera estado a la puerta, no habría nada que objetar. Pero es precisamente el pobre, el que con su sola presencia, llena de maldad el lujo y los banquetes del rico. Tampoco Lázaro se propone como ejemplo moral de pobre, sino como contrapunto a la opulencia del rico.

Para comprender que no es fácil descubrir el verdadero sentido del evangelio, basta ver el comportamiento de Jesús. Sin duda ninguna, Jesús manifiesta una predilección por todos los que necesitaban liberación, entre ellos los pobres; pero también admitió la visita de Nicodemo, era amigo de Lázaro, aceptó la invitación de Mateo, acogió con simpatía a Zaqueo, fue a comer a casa de un fariseo rico, etc. No es fácil descubrir las motivaciones profundas de la manera de actuar de Jesús. Jesús descubrió que la riqueza acumulada y no compartida, impide entrar en el Reino de los cielos; así lo predicó sin contemplaciones. Pero su actitud no fue excluyente, sino abierta y de acogida para con los ricos.

El mensaje del evangelio no pretende solucionar un problema social sino denunciar una falsa actitud religiosa. Una correcta actitud religiosa solucionaría la injusticia social. El evangelio está a años luz del capitalismo, pero también del comunismo. Jesús predica el “Reino de Dios”, que consiste en hacer de todos los hombres una comunidad de hermanos. La diferencia es sutil, pero sustancial. El comunismo reparte los bienes, pero mantiene al pobre en su pobreza para seguir justificándose. Jesús propone compartir como fruto del amor que nos une. La consecuencia sería la misma, que los ricos dejarían de acaparar y los pobres dejarían de serlo, pero el camino recorrido humanizaría tanto al rico como al pobre.

Seguramente que el rico de hoy hacía favores e invitaría a comer a sus hermanos y a los amigos ricos como él. Esa actitud no garantiza humanidad alguna. Elamor cristiano solo está garantizado cuando hago algo por aquel que no va a poder pagármelo de ninguna manera. El amor que pide Jesús nunca se puede desligar de la compasión. Amor sin compasión es interés. Un niño no tiene compasión por su madre, por eso lo que siente por ella no es “amor” sino interés radical, porque en ello le va la vida. La inmensa mayoría de las relaciones que calificamos como amor, no superan el listón del interés egoísta.

Ahora podemos entender por qué refugiarse en la incapacidad de cada uno para solucionar el hambre del mundo no puede ser excusa para no hacer nada. Vuelvo a recordarlo, la denuncia no es de un problema social, sino religioso. Nuestra pasividad está demostrando que la religión no es más que una tapadera que intenta sumar alguna seguridad espiritual a las seguridades materiales que nos tranquilizan. Jesús no te está pidiendo que soluciones el hambre del mundo, sino que salgas de tu error al confiar en la riqueza como salvación. No se te pide que salves el mundo, sino que te salves tú. Ahora bien, si los ricos dejásemos de acaparar bienes, inmediatamente llegarían a los pobres.

Me daría por satisfecho si todos nosotros saliéramos de aquí convencidos de que la pobreza no es un problema que alguien tiene que solucionar, sino un escándalo en el que todos participa­mos y del que tenemos la obligación de salir. No es suficiente que aceptemos teóricamente el planteamiento y nos dediquemos a criticar las injusticias que se están cometiendo hoy en el mundo. Es lo que hacemos todos. Se trata de descubrir que aunque yo esté dentro de la más estricta legalidad cuando acumulo bienes materiales, eso no garantiza que mi relación con los hombres, y por lo tanto con Dios, sea la correcta.

No basta con que los ricos sean despojados de su riqueza, porque los ahora pobres ocuparían inmediatamente su lugar. Eso ha pasado en todas las revoluciones sociales. La única solución es la que propone Jesús y pasa por superar todo egoísmo para hacer un mundo de hermanos. Es verdad que los ricos no se consideran hermanos de los pobres, pero no es menos cierto que los pobres tampoco se consideran hermanos de los ricos. El evangelio va mucho más allá de la solución de unas desigualdades sociales, pero también esas injusticias quedarían superadas con un verdadero amor-compasión.

No podemos desarrollar nuestra religiosidad sin contar con el pobre. Nuestra religión, olvidando el evangelio, ha desarrollado un individualismo absoluto. Lo que cada uno debe procurar es una relación intachable con Dios. La moral católica está encaminada a perfeccionar esta relación. Pecado es ofender a Dios y punto. El evangelio nos dice algo muy distinto. El único pecado que existe es olvidarse del hombre que me necesita. Mi grado de acercamiento a Dios es el grado de acercamiento al otro. Todo lo demás es idolatría.

Meditación-contemplación

“Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen”.
No hay peor sordo que el que no quiere oír.
Los que han tenido una experiencia de humanidad, nos lo advierten;
Pero solo escuchamos las sirenas del hedonismo.
………………….

Intenta ir un poco más allá de los instintos.
Satisfacer las necesidades biológicas no es malo, pero es insuficiente.
Solo las exigencias de tu verdadero ser te llevarán a la plenitud.
No debes renunciar a nada sino elegir lo mejor para ti, aquí y ahora.
…………..

Abandona la perspectiva de un premio o de un castigo.
Dios te está dando siempre una posibilidad de plenitud.
No desarrollar esa potencialidad, es la verdadera condenación.
Tú solito estás malogrando tu existencia.
…………….

 

Fray Marcos

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El Evangelio brújula de la Iglesia

domingo, 25 de septiembre de 2016
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unnamed“La Iglesia muestra su rostro materno, su rostro de madre, a la humanidad herida. No espera a que los heridos llamen a su puerta, sino que los va a buscar a las calles, los recoge, los abraza, los cura, hace que se sientan amados” (Papa Francisco)

25 de septiembre, domingo XXVI del TO

Lc 16, 19-31

Y había un pobre, llamado Lázaro, cubierto de llagas y echado a la puerta del rico (…) Y hasta los perros iban a lamerle las llagas

Job, como a los Evangelios, podría aplicárseles esta metafórica frase del inspirado poeta Walt Whitman: “Esto no es un libro. Quien vuelve sus páginas, toca un hombre”Las abrimos, y en ellas encontramos al propio Job, a quien sólo los perros le lamían las llagas, sufriendo: “Tengo la cara enrojecida de llorar y la sombra me vela los párpados” (Job 16, 16). En los Evangelios tropezamos con la mujer encorvada (Lc 13, 10), María de Magdala, de la que habían salido ocho demonios (Lc 8, 2), el hombre que bajaba de Jerusalén y fue apaleado (Lc 10,30), el criado paralítico del centurión romano (Mt 7, 6).

Brújula para orientar la vida errante de los fieles, y timón que no permita la desorientación de su destino, debe ser la Iglesia. Una nave segura de Pedro como la que cantaba Micaela en la Zarzuela Entre Sevilla y Triana, de Sorozábal: “Yo quiero un barco /  de larga eslora /  con velas blancas /  ¡y un bauprés!”.

Y no es evangélica la barca si en ella se deja morir de hambre a los remeros, mientras el Patrón se harta en el banquete. El profeta Amós denuncia la vida que llevan los ricos: “Escuchadlo los que exprimís a los pobres y elimináis a los miserables” (Am 8, 4). Y Pablo invita en 1 Timoteo a que aprobemos esta vida practicando la justicia la piedad y el amor; y recomienda se ofrezcan súplicas, peticiones, intercesiones y acciones de gracias por todas las persona, “especialmente por reyes y autoridades, para que podamos vivir tranquilos y serenos con toda piedad y dignidad” (1 Tim 2, 1-2).

El Papa Francisco tiene fe en esta Iglesia compasiva, y en El nombre de Dios que es Misericordia dice: “Sí, creo que éste es el tiempo de la misericordia. La Iglesia muestra su rostro materno, su rostro de madre, a la humanidad herida. No espera a que los heridos llamen a su puerta, sino que los va a buscar a las calles, los recoge, los abraza, los cura, hace que se sientan amados”.  Y la Madre Teresa de Calcuta confesaba esta brujulidad universal de la Iglesia de Francisco en estos términos: De sangre soy albanesa. De ciudadanía, India. En lo referente a la fe, soy una monja Católica. Por mi vocación, pertenezco al mundo. En lo que se refiere a mi corazón, pertenezco totalmente al de Jesús”.

¿A quién recogemos, abrazamos, y curamos cada día que, en las calles cercanas o lejanas de nuestro pueblo, nos encontramos con personas que quieren ser amadas? ¿O bien pasamos de largo, como hicieron el sacerdote y el levita? (Lc 10, 31).

ANDURIÑA

Viniste de Galicia en Primavera
vestida de morriña,
y enjoyada con ansias de saber
por todo el cuerpo.
¡Anduriña!
Las calles eran hilos.

Tus trinos el aire perfumaban.
Un clavel en el pelo,
y en tus ojos… sonrisas
que penas desnudaban.

-“Caballero, ¿una rosa?
Necesito que salga el sol mañana”.

 

Vicente Martínez

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Hombre rico, hombre pobre

domingo, 25 de septiembre de 2016
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lc16_19_31Lc 16,19-31

Una parábola desconcertante la del rico epulón y el pobre Lázaro que nos coloca ante una escena que revuelve el corazón porque concentra en una imagen una realidad presente en nuestro mundo: el abismo entre ricos y pobres. Existe la injusticia; existe la humillación y la indiferencia hacia los menos agraciados; existe el despilfarro de unos frente a la miseria de otros. Y esto sucede también entre nosotros, comunidades y familias creyentes.

Nadie quiere identificarse con el pobre maltrecho y agraviado que mendiga un poco de humanidad, porque resulta demasiado patético; tampoco con el rico derrochador y egoísta, pagado de sí mismo, que busca su placer y bienestar, porque no queda bien la etiqueta de la insolidaridad. Pero junto a la pesadumbre y la congoja, la parábola nos despierta la compasión hacia los dos hombres: con el pobre Lázaro, por su desgracia e inocencia; con el rico, por su final poco feliz.

Así pues, estamos ante un texto doblemente turbador: que nos deja inquietos ante la humillante situación inicial del pobre, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico; y ante la suerte última del rico, que gritaba para que Lázaro le refrescara la lengua porque le torturaban las llamas.

¿Qué nos quiere comunicar el Señor a través de la contemplación de esta narración que provoca tal desasosiego? ¿Cuál es la enseñanza que late en esta historia de salvación que habla de condenación?

– En la primera parte del relato la idea prevalente es que todo lo que hacemos repercute en los demás: la situación de Lázaro es consecuencia del mal proceder de otros. Los pobres no existen “porque sí”, sino por un deficiente reparto de los bienes (materiales y espirituales). Y, por tanto, depende de nosotros. Está en nuestras manos cómo vivir y cómo morir. Lázaro esperaba pacientemente…; el rico, que se vestía de púrpura y lino banqueteaba espléndidamente; es decir, miraba para otro lado (ojos que no ven…).

– En la segunda parte, el destino del rico epulón, nos confronta con un hecho: el fruto de nuestra existencia está ligado al modo en que hemos actuado. La realidad futura no se nos impone “a pesar nuestro”, sino en conformidad con lo que hemos deseado. Es una ingenuidad querer algo y no sus consecuencias, pues éstas forman parte de eso que tanto hemos estimado. La vida es un camino que se abre paso a paso según la dirección que vamos eligiendo. Dios propone y ofrece salvación, somos nosotros quienes nos “condenamos” a la soledad y el aislamiento cuando rechazamos al prójimo. Somos los primeros perjudicados cuando despreciamos a los demás.

– En la tercera parte, ante la petición del rico de avisar a sus hermanos para que no cometan el mismo error que él, se nos recuerda que en este mundo es necesaria la fe. Ninguna supuesta evidencia, ni aunque viéramos a un muerto “en vivo” –como sugiere el pobre epulón-, nos ahorraría la elección de confiar, o no, en las palabras del Señor.

Todas estas ideas están detrás del vuelco que da la historia al final, en donde se invierten los papeles y surge la pregunta: ¿Quién es de verdad el hombre rico y el hombre pobre?

El destino del rico epulón es el mejor espejo para ver la realidad tal cual es, esa que el mundo nos impide reconocer: que el auténtico mendigo e indigente era él, y que la soledad le acechaba en medio del dispendio más descontrolado. Esta parábola nos habla más del presente que del Más Allá; de todo lo que podemos cambiar desde ahora para tener un futuro mejor: un verdadero banquete, donde la única riqueza y pobreza sea el amor compartido y caritativo.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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«Dinero». 25 Tiempo ordinario – C (Lucas 16,1-13)

domingo, 18 de septiembre de 2016
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25-to-390x247La sociedad que conoció Jesús era muy diferente a la nuestra. Solo las familias poderosas de Jerusalén y los grandes terratenientes de Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. Los campesinos apenas podían hacerse con alguna moneda de bronce o cobre, de escaso valor. Muchos vivían sin dinero, intercambiándose productos en un régimen de pura subsistencia.

En esta sociedad, Jesús habla del dinero con una frecuencia sorprendente. Sin tierras ni trabajo fijo, su vida itinerante de profeta dedicado a la causa de Dios le permite hablar con total libertad. Por otra parte, su amor a los pobres y su pasión por la justicia de Dios lo urgen a defender siempre a los más excluidos.

Habla del dinero con un lenguaje muy personal. Lo llama espontáneamente «dinero injusto» o «riquezas injustas». Al parecer, no conoce «dinero limpio». La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos.

¿Qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? Lucas ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura por su concisión, su contenido no ha de caer en el olvido. «Yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».

Jesús viene a decir así a los ricos: «Emplead vuestra riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganaos su amistad compartiendo con ellos vuestros bienes. Ellos serán vuestros amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no os sirva ya de nada, ellos os acogerán en la casa del Padre». Dicho con otras palabras: la mejor forma de «blanquear» el dinero injusto ante Dios es compartirlo con sus hijos más pobres.

Sus palabras no fueron bien acogidas. Lucas nos dice que «estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él». No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos solo les preocupa conocer y cumplir fielmente la ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.

Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, esta visión de la riqueza como signo de bendición no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida.

Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres.

José Antonio Pagola

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«No podéis servir a Dios y al dinero». Domingo 18 de septiembre de 2016. 25º Ordinario

domingo, 18 de septiembre de 2016
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50-ordinarioc25-cerezoLeído en Koinonia:

Amós 8, 4-7: Contra los que «compran por dinero al pobre».
Salmo responsorial: 112: Alabad al Señor, que alza al pobre.
1Timoteo 2, 1-8: Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven.
Lucas 16, 1-13: No podéis servir a Dios y al dinero.

El profeta Amós nos ubica en el contexto de la cuarta visión y su interpretación, que va contra los defraudadores y explotadores. El profeta, en todo su libro, nos presenta cinco visiones sobre el destino del pueblo de Israel (7,1 – 9,10). El mensaje de Amós estaba dirigido principalmente al reino del norte, Israel, pero también menciona a Judá (el reino del sur) y a las naciones vecinas de Israel (sus enemigas): Siria, Filistea, Tiro, Edom, Amón, Moab. La razón del juicio: la codicia de los ricos. Amós grita y denuncia: Escuchen esto los que pisotean al pobre y quieren arruinar a los humildes de la tierra (v. 4). El profeta, al hacer sus juicios y lanzar sus amenazas, da los motivos y hace las denuncias por las cuales serán castigados y corregidos. Denuncias contra las casas ostentosas, fruto de la opresión a los pobres y débiles. Y esto por no cumplir con la justicia en el trabajo y en el comercio. Engañan y roban en las balanzas fraudulentas, en los precios y salarios. También hay juicios contra un culto exterior que quiere encubrir toda esa injusticia con sacrificios, ofrendas y cantos, que así no son gratos a Dios. Al tema del fraude, tan presente en esta cuarta visión, le sigue el juramento divino y el castigo

En el siglo XXI, esta invectiva profética de Amós contra la explotación humana necesitamos ampliarla a la explotación de la naturaleza. Hace casi 3000 años, metidos ya como estaban en plena época de la agricultura y de la explotación de la tierra, y una vez que, a partir del IVº-Vº milenios, tras la invasiones indoeuropeas, ya la divinidad había sido separada de la naturaleza (desacralización de la Pachamama), no podían percibir la perspectiva ecológica. Casi sólo prestaron oídos a la explotación interhumana. También es verdad que entonces no se escuchaba tan fuerte como hoy «el grito de la Tierra», los síntomas de la crisis ecológica, y se pensaba que el grito sólo era de los pobres… Hoy necesitamos ampliar esa queja profética; queremos abarcar en ella no sólo la explotación de los pobres, sino también la explotación de la naturaleza, las selvas mutiladas, los bosques calcinados, los ríos contaminados, las montañas horadadas, los animales acorralados en su hábitat invadido, la Pachamama profanada… No es una ampliación indebida; prolonga simplemente los mismos argumentos de justicia y de utopía del profeta. Hoy Amós se sumaría al reconocimiento del grito de la Tierra, desde su misma conciencia profética.

Pablo exhorta a que se ore por todo el mundo y de manera especial por los encargados de dirigir política y religiosamente al pueblo, porque la intención de Dios es salvar a todo el ser humano, y que estos lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Esa verdad se nos fue revelada por su Hijo Jesús, donde Él mismo se presentó como el Camino, la Verdad y la Vida. Es la verdad que nos hará libre. Pablo coloca a Jesús como el único mediador entre Dios y el ser humano: porque hay un solo Dios y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús. Es la universalidad de Cristo en el acontecimiento salvífico de la humanidad, que con su muerte se entregó a sí mismo como rescate por todos.

Esta parábola –no siempre bien interpretada– va dirigida a los fariseos que son amigos del dinero, su verdadero Dios. Representa, como tantas otras, un caso extremo: un hombre que está a punto de ser despedido de su trabajo y que necesita actuar urgentemente para garantizarse el futuro, antes de quedarse sin empleo. Para ello plantea una estrategia. Acusado de derrochar los bienes de su amo (16,1), causa por la que se va a quedar sin trabajo, decide rebajar la cantidad de la deuda de cada uno de los acreedores de su amo, renunciando a la comisión que le pertenece como administrador. Es sabido que los administradores no recibían en Palestina un sueldo por su gestión, sino que vivían de la comisión que cobraban, poniendo con frecuencia intereses desorbitados a los acreedores. La actuación de administrador debe entenderse así: el que debía cien barriles de aceite había recibido prestados cincuenta nada más, los otros cincuenta eran la comisión correspondiente a la que el administrador renuncia con tal de granjearse amigos para el futuro. Renunciando a su comisión, el administrador no lesiona en nada los intereses de su amo. De ahí que el amo lo felicite por saber garantizarse el futuro dando el “injusto dinero” a sus acreedores.

El amo alaba la estrategia de aquel “administrador de lo injusto”, calificativo que se da en el evangelio de Lucas al dinero, pues, en cuanto acumulado, procede de injusticia o lleva a ella.

Para Lucas, todo dinero es injusto. Ahora bien: si uno lo usa –desprendiéndose de él– para «ganarse amigos», hace una buena inversión no en términos bursátiles, ni bancarios, sino en términos humanos cristianos. El injusto dinero, como encarnación de la escala de valores de la sociedad civil, sirve de piedra de toque para ensayar la disponibilidad del discípulo a poner al servicio de los demás lo que de hecho no es suyo, sino que se lo ha apropiado en detrimento de los desposeídos y marginados.

El “injusto dinero” es calificado en la conclusión de la parábola como «lo de nada» y «lo ajeno», en cuanto opuesto a «lo que vale de veras, lo importante, lo vuestro”. Y “lo que vale de veras” no es el don del dinero, sino el del Espíritu de Dios que comunica vida a los suyos (“cuánto más el Padre del cielo dará Espíritu Santo a los que se lo piden”, cf. Lc 11,13). Eso sí, para recibir el Espíritu (que es comunicación de la vida de Dios que potencia al hombre) se requiere el desprendimiento y la generosidad hacia los demás (11,34-36).

La parábola termina con esta frase lapidaria: “No pueden servir a Dios y al dinero”. La piedra de toque de nuestro amor a Dios es la renuncia al dinero. El amor al dinero es una idolatría. Hay que optar entre dos señores: no hay término medio. El campo de entrenamiento de esta opción es el mundo, la sociedad, donde los discípulos de Jesús tienen que compartir lo que poseen con los que no lo tienen, con los oprimidos y desposeídos, los desheredados de la tierra.

El afán de dinero es la frontera que divide el mundo en dos; es la barrera que nos separa de los otros y hace que el mundo esté organizado en clases antagónicas: ricos y pobres, opresores y oprimidos; el ansia de dinero es el enemigo número uno que imposibilita que el mundo sea una familia unida donde todos se sienten a la mesa de la vida. Por eso el discípulo, para garantizarse el futuro, debe estar dispuesto en el presente a renunciar al dinero que lleva a la injusticia y hace imposible la fraternidad. Leer más…

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Dom 18. 9. 16. ¿Un administrador injusto? Entre trileros anda el juego

domingo, 18 de septiembre de 2016
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images1Dom 25. Tiempo Ordinario. Lc 16, 1-13. La parábola y sus explicaciones que nos ayudan a entender la gran crisis económica que estamos sufriendo. El tema es conocido: un administrados “injusto” cambia las cuentas del amo y maneja sus bienes, para provecho propio; un cuento muy actual, sin duda.

Así digo entre trileros anda el juego, como dice el refrán castellano. Trileros son los que juegan, ocultan sus cartas y engañan, y encima mienten. Suele aplicarse (con cierta razón) a nuestros políticos. Se aplica sin duda a los dueños de la economía mundial (cuyo Banco de mala memoria ha andado estos días en las lenguas de unos y otros).

Entre estos trileros, el amo y el administrador, nos mete hoy la parábola. ¿Podrá cambiarse el juego y poner el dinero de amor y administradores al servicio de todos, y en especial de los pobres? De eso habla esta parábola y sus aplicaciones. Pero veamos algunas de sus implicaciones. Buen domingo a todos, si Dios quiere (y los políticos no lo perturban).

Las imágenes ponen cierto humor al tema. El macaco y el perro trilero son sin duda inocentes… La imagen antigua nos habla de la antigüedad del tema… Quien quier ver políticos trileros, con nombre, apellido e imagen busque en google. Quien vaya a lo serio lea al evangelio.

Introducción
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1. El administrador “injusto” ¿no será en realidad justo? ¿No habrá que poner todos los bienes del “amo” al servicio de los “amigos”, es decir, de los necesitados?

2. ¿No habrá que crear un sistema jurídico y social que lleve al perdón de las deudas, para que todos los hombres de la tierra seamos amigos? ¿No estaremos ante una de las últimas generaciones de este sistema injusto, que crea deudas y más deudas, enemistades y más enemistades, de manera que un día puede estallar, “destruyendo” a la mayoría de los ricos?

Éste es el tema que aquí interpreto de un modo «parcial», pues toda parábola puede entenderse de formas distintas, por eso es parábola. Ésta es de las que nos ayudan a pensar. Está en el fondo la posibilidad de engañar al sistema económido dominante, para ayudar a los hombres.

Tema. El orden econòmico y la justicia de Dios (el derecho de los pobres)

No tengo certezas, pero puedo ofrecer reflexiones y preguntas, sobre este tema esencial, con la ayuda de un teólogo argentino, buen amigo (J. M. González) que ha reflexionado mucho sobre estos temas. Lo haré comentando el texto. Mañana o pasado ofreceré un estudio más de fondo del tema.

El texto(Lc 16 -13) sigue hablando de la riqueza y la pobreza, desde el evangelio de Dios, y consta de:

a. Parábola
b. Reflexión
c. Consecuencia 1
d. Consecuencia 2
e. Sentencia final

a) Parábola (Lc 16, 1-7)
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.» El administrador se puso a echar sus cálculos: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. » Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Éste respondió: «Cien barriles de aceite. Él le dijo: Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Él contestó: Cien fanegas de trigo.» Le dijo: Aquí está tu recibo, escribe ochenta.

¿EL HOMBRE RICO ERA JUSTO?…

Esta parábola no trata del Reino de Dios, sino de los riesgos y exigencias de la vida. Ésta es una parábola de sabiduría mundana. No sabemos quién es ese “hombre rico”:
Se ha solido pensar que es Dios (identificando riqueza y divinidad)
Se puede pensar que es el Sistema (un tipo de capitalismo)
Pero dejemos que sea quien, sea: un rico. Y el rico, en principio ¿qué es? ¿Bueno o malo? ¿Cómo ha conseguido la riqueza? ¿Cómo ha nombrado administradores?

Normalmente pensamos que el “amo” tenía razón y que su riqueza era buena y justa. Pero, dentro del contexto de Lucas (como aparece en la parábola siguiente de Lázaro y el rico Epulón: Lc 16, 19-31), el rico por ser rico (en un mundo de lázaros pobres) es injusto, digno de condena. Tampoco aquí podemos partir de que este hombre rico sea justo, sino que la presunción va en la línea contraria.

La exégesis normal, hecha por ricos o criados de los ricos (eso hemos sido en gran parte los teólogos) ha estado sumamente interesados por la integridad patrimonial del hombre rico. Por eso es que se encuentran inevitablemente en un callejón de salida difícil, y se extrañan del hecho de que al final se elogie al “administrador injusto”, que cambia el sistema de deudas de su amo.

TENÍA UN ADMINISTRADOR AL QUE LE DENUNCIARON…

No sabemos si los hechos de que se le acusan son reales, porque el administrador tenía enemigos, posiblemente personas que envidiaban su puesto y que se lo querían arrebatar. Vivía, por tanto, en un mundo de sospechas. Pensemos en todas las denuncias de corrupción de los funcionarios políticos, que se hacen en la actualidad, en en casi todo el mundo ¿Son todas justas? ¿No hay muchas movidas por la envidia de los enemigos? Leer más…

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La ventaja de robarle a Dios

domingo, 18 de septiembre de 2016
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27940442853_0d00789dc1_oDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Jesús cerró el periódico y miró al grupo:

‒ Voy a contaros una historia. Un partido político tenía un administrador que aprovechaba las donaciones para aumentar su cuenta personal en Suiza. Enterado de que sospechaban de su gestión, se dijo: “Me van a echar del partido, incluso es posible que me denuncien. En la oposición no me darán trabajo, los bancos tampoco. ¿Qué puedo hacer? Iré anotando en una libreta todos los datos que puedan inculpar a los jefes del partido, amenazaré con publicarlos en la prensa, y ante el miedo de que se conozcan me dejarán tranquilo. Luego me iré a una isla del Caribe a disfrutar el resto de mi vida.

Se les quedó mirando y les preguntó.

‒ ¿Qué os parece ese administrador?

‒ Que es un…

Pedro se cortó a tiempo, pero era claro lo que seguía.

‒ Depende del partido al que robase ‒ comentó irónico Bartolomé.

‒ Eso lo hacen casi todos ‒ opinó Tomás.

‒ ¿Alguien está a favor del administrador?

Ninguno parecía de acuerdo y Jesús continuó.

‒ Voy a contaros ahora otra historia, pero esta vez de un terrateniente. Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.» El administrador se puso a echar sus cálculos: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.» Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Éste respondió: «Cien barriles de aceite.» Él le dijo: «Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?» Él contestó: «Cien fanegas de trigo.» Le dijo: «Aquí está tu recibo, escribe ochenta.»

Jesús hizo una pausa y les preguntó:

‒ ¿Sabéis cuál fue la reacción del terrateniente?

‒ Lo denunció para que lo metieran en la cárcel. Los ricos son unos…

‒ Te equivocas, Felipe. Alabó lo astuto que había sido.

Felipe lo miró incrédulo.

‒ ¿Y a ti te parece bien?

‒ Me parece estupendamente. Es un ejemplo para todos.

Pedro se rascó la cabeza y comentó escéptico.

‒ ¿Quieres que nos dediquemos a robar?

‒ Quiero que os dediquéis a utilizar el dinero con astucia. ¿Por qué hizo el administrador esas trampas? ¿Qué pretendía?

‒ Encontrar trabajo cuando lo echaran ‒ sugirió Sara.

‒ Algo parecido ‒ respondió Jesús‒. Cuando os conté la historia usé una expresión distinta: lo que quiere es que alguien me reciba en su casa. ¿Os dais cuenta de por dónde voy?

‒ No.

Jesús suspiró hondo. No acababa de acostumbrarse a la poca inteligencia de sus discípulos.

‒ Vosotros sois como el administrador. Más pronto o más tarde, tendréis que dar cuenta de cómo habéis administrado el dinero.

‒ El dinero, no. Nuestro dinero ‒ se atrevió a corregir Leví.

‒ Vuestro dinero, no. El dinero de Dios. Todo lo que tenemos es de Dios, y nos lo confía para que lo administremos. Podemos derrocharlo alegremente, y nos pedirá cuentas por ello. Y podemos darlo a otros, como el administrador del terrateniente, y nos ganaremos amigos que nos paguen un viaje al Caribe.

‒ El Caribe es el cielo, ¿verdad? ‒ bromeó María.

‒ Efectivamente. Y para pagar ese viaje no se puede ahorrar. Al contrario, hay que gastarse el dinero entregándolo al que lo necesita.

‒ Yo prefiero pagarme el viaje por mi cuenta.

‒ Imposible. Son otros los que tienen que pagar por ti.

‒ Lo que yo no entiendo ‒cortó Felipe‒ es eso de que el dinero no es mío. La panadería le costó a mi padre muchos años de trabajo y sacrificio.

‒ La panadería de tu padre, la furgoneta de Judas, todo, son cosas pequeñas, sin valor. Lo verdaderamente valioso es disfrutar de una habitación en el hotel del Caribe. Pero si no administras bien los bienes que te encomiendan en esta vida, no se fiarán de ti, y no te permitirán entrar en el hotel.

Pedro se acarició la barba.

‒ Muy complicado todo eso, maestro.

‒ ¿Es que no lo entiendes, o que no quieres entenderlo?

La ironía de la parábola

La segunda de las dos parábolas anteriores, que reproduce literalmente el texto del evangelio de Lucas, escandaliza a mucha gente porque Jesús termina alabando al administrador sinvergüenza. Pero las dificultades para entenderla parten de otros presupuestos en los que se basa Jesús, y que van en contra de nuestra forma de ver:

1. Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo usemos rectamente.

2. Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas” (el hotel del Caribe).

3. Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.

La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo que interceda por ti en el momento decisivo.

La idolatría del dinero

El evangelio de este domingo termina con unas palabras muy famosas:

Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo, donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre entre Dios y el dinero.

Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento («no tendrás otros dioses frente a mí»). El AT es en gran parte una condena de los dioses paganos y de los ídolos, que aparecían como rivales del único Dios verdadero. Al principio, los israelitas pensaban que los únicos rivales de Dios eran los dioses de los pueblos vecinos (Baal, Astarté, Marduk, etc.). Pero los profetas les hicieron caer en la cuenta de que los rivales de Dios pueden darse en cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría.

Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de tres formas:

1) mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Amós.

2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos el próximo domingo.

3) mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hacen perder la fe en la Providencia.

Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7

Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo:
«¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer el grano?» Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias, vendiendo hasta el salvado del trigo. Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás vuestras acciones.

Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:

1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado, equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (el paso de la peseta al euro fue un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.

3) El comercio humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se dan casos de auténtica esclavitud (como los chinos traídos para trabajar a escondidas en fábricas de sus compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos de Almería; salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).

José Luis Sicre

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Domingo XXV del Tiempo Ordinario. 18 septiembre, 2016

domingo, 18 de septiembre de 2016
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Cavar, ya no puedo; mendigar, me da vergüenza”  (Lc 16, 3)

Lc 16, 1-13

La verdad es que llevo días dando vueltas a este evangelio y me encuentro con que no sé muy bien por dónde cogerlo; ni muy bien, ni muy mal, vamos. Me alivia la idea de que este espacio es para compartir lo que nos sugiere el evangelio y no aclararlo o hacer una tesis sobre él.

Tengo varias ideas sin conexión entre ellas, al menos aparentemente. Me quedo con la primera, que me está asaltando como una bofetada: “cavar, ya no puedo; mendigar, me da vergüenza”. Pero si esta frase parece que la han escrito en nuestra época. Imagina que alguien de tu círculo, de tu entorno se queda sin trabajo o que lleva tiempo en paro, alguien o tú sin ir más lejos. Y es cuando dices “es que no encuentro trabajo”; para y piensa eso.

¿Paramos y pensamos?

Ese no encontrar trabajo igual se refiere más a “no encuentro el trabajo que quisiera, el trabajo para lo que he estudiado, el trabajo de pocas horas y mucho sueldo,  el trabajo con un montón de vacaciones, trabajo fijo, un trabajo de despacho con mi aire acondicionado o mi calefacción y no uno de trabajar en la calle haga calor o llueva a cántaros… en definitiva, un trabajo digno para mí”. Entonces se me ocurre mirar al administrador de esta parábola y preguntarle, ¿cavar, ya no puedes, o más bien no quieres?

Aprovechando que me está prestando atención también le digo: “¿por qué consideras vergonzoso mendigar?, ya que tus palabras dejan entrever cierto desprecio a quienes no tienen lo necesario para vivir; para y piensa a ver por qué no hay suficiente para esas personas. Siéntate plácidamente en tu butaca o en tu sofá y pregúntate por qué en el mundo son más las personas que no tienen (de su propiedad) una butaca donde descansar y echar una cabezada, que las que viven cómodamente como tú.

Si en lugar de infiel, fueras un administrador justo y fiel, seguramente las cosas serían distintas; seguramente cambiaría tu concepto de mendigar si administraras y cuidaras mejor los bienes, tanto los tuyos personales como los nuestros, patrimonio de la humanidad aunque no los reconozcamos como tal, el agua, los bosques, los minerales, las tierras de cultivo… Para y piensa que esta idea, no es más que la punta del iceberg.

Y antes de que se le colapse la atención, a este administrador le digo para terminar algo que aparece muchas veces en los evangelios en boca de Jesús: “Quien tenga oídos, que oiga”.

Oración

Trinidad Santa, sé tú la bofetada que nos asalte, que nos despierte.

Sé tú, quien nos haga parar el piloto automático de nuestra vida y nos lleve a pensar.

Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Si no aprendo a ser más con menos, el hedonismo frustrará mis anhelos

domingo, 18 de septiembre de 2016
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14704237977416Lc 16, 1-13

El capítulo 16 de Lucas comienza indicando que la parábola de administrador infiel va dirigida a los discípulos; pero al final de la narración dice: “estaban oyendo esto los fariseos que son amates del dinero”. Esta frase nos indica la falta de precisión a la hora de determinar los destinatarios de esta parábola y la del rico Epulón que leeremos el domingo que viene. Debemos tener en cuenta que a las primeras comunidades cristianas solo pertenecieron pobres. Solamente a principios del s. II se empezaron a incorporar personas importantes de la sociedad. Si los evangelios se hubieran escrito unos años más tarde, seguramente se hubiera matizado mucho más el lenguaje sobre las riquezas.

Para entrar en la comprensión de la parábola solo hace falta un poco de sentido común. Jesús hablaba para que le entendiera la gente sencilla. Hay explicaciones que me parecen demasiado rebuscadas. Por ejemplo: Que el administrador, cambiando los recibos, no defrauda al amo, sino que renuncia a su propia comisión. No parece verosímil que el administrador se embolsara el 50% de los recibos de su señor. Otra explicación que me parece demasiado alambicada es que el administrador hizo lo que tenía que hacer, es decir, ceder sus bienes a los que no pueden pagar su deuda. Entonces resulta que hace lo que debía hacer por su cuenta el dueño. Por eso es alabado el administrador. En este caso perderían sentido las sentencias finales del relato.

Seguramente Lc ya modifica el relato original, añadiendo el adjetivo de “injusto”, tanto para el administrador, como para el dinero. Este añadido dificulta la interpretación de la parábola. En primer lugar porque no se entiende que se alabe a un injusto. En segundo lugar, porque podemos devaluar el mensaje al pensar que se trata de desautorizar solo la riqueza conseguida injustamente. La riqueza injusta se descalifica por sí misma. En el relato, se trata de la riqueza que, aunque sea “justa”, puede convertirse en dios (ídolo).

Debemos evitar toda demagogia barata. Pero tampoco podemos ignorar el mensaje evangélico. En este tema, ni siquiera la teoría está muy clara. Hoy, menos que nunca, podemos responder con recetas a las exigencias del evangelio. Cada uno tiene que encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para su falso yo sino para su verdadero ser. Si somos sinceros, descubriremos que en nuestra vida, confiamos demasiado en las cosas externas, y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios. Le llamamos Señor, pero el que manda de verdad es el dinero. Justo lo contrario de lo que nos pide Jesús.

Encontramos en los evangelios una diferencia notable con la tradición bíblica. Tanto en todo el AT como en tiempo de Jesús, las riquezas eran consideradas como un don de Dios. Solo los profetas arremeten contra la riqueza que se ha conseguido con injusticia. Este matiz desaparece en los evangelios y se considera la riqueza, sin más, contraria al Reino.

En las parábolas, no hay que tomar al pie de la letra cada uno de los detalles que se narran; hay que entrar en la intención del que la narra. Al contrario que la alegoría, en la parábola se trata de una sola enseñanza que hay que sacar del conjunto del relato. El relato nos obliga a sacar una moraleja que nos haga cambiar de actitud vital. Ésta en concreto, no está invitándome a ser injusto, sino a sentarme y echar cálculos, para elegir lo que de verdad sea mejor para mis auténticos intereses. El administrador calculador, trataba de conseguir ventajas materiales. A nosotros se nos invita a ser sagaces para sacar ventajas espirituales.

No hacen falta muchas cavilaciones para darse cuenta de que ponemos mucho más interés en los asuntos materiales que en los espirituales, no solo por el tiempo que les dedicamos, sino sobre todos por la intensidad de nuestra dedicación. Es lamentable que personas muy inteligentes y con varias carreras, tengan un nivel de conocimientos religiosos propios de un niño de primera comunión. En religión, lo único que se nos exigía era “creer”.

Los hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz. Esta frase explica el sentido de la parábola. No nos invita a imitar la injusticia que el administrador está cometiendo, sino a utilizar la astucia y prontitud con que actúa. Él fue sagaz, porque supo aprovecharse materialmente de la situación. A nosotros se nos pide ser sabios, para aprovecharnos de todo, en orden a una plenitud espiritual. Hoy la diferencia no está entre los hijos del mundo y los hijos de la luz. La diferencia está en la manera que todos los cristianos tenemos de tratar los asuntos mundanos y los asuntos religiosos.

No podéis servir a Dios y al dinero. No está bien traducido. El texto griego dice mamwna. Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. No podemos pensar que todo el que tiene unos millones en el banco o tiene una finca, está ya condenado. Servir al dinero significaría que toda mi existencia esta orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo de mi vida el hedonismo, es decir, buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida, el falso yo y buscar la potenciación y seguridades de ese yo; todo lo que me permita estar por encima del otro y utilizarlo en beneficio propio.

Podemos dar un paso más. A Dios no le servimos para nada. Si algo dejó claro Jesús fue que Dios no quiere siervos sino personas libres. No se trata de doblegarse con sumisión externa, a lo que mande desde fuera un señor poderoso. Se trata de ser fiel al creador, respondiendo a las exigencias de mi ser, desplegando todas las posibilidades de ser. Servir a un dios externo que puede premiarme o castigarme, es idolatría y, en el fondo, egoísmo. Hoy podemos decir que no debemos servir a ningún “dios”. Al verdadero Dios solo se le puede servir, sirviendo al hombre. Aquí está la originalidad del mensaje cristiano. Donde las religiones verdaderas o falsas ponen “Dios”, Jesús pone “hombre”.

Es curioso que ni siquiera cuestionemos que lo que es legal puede no ser justo. Puesto que lo que tengo lo he conseguido legalmente, nadie me podrá convencer de que no es exclusivamente mío. Además, el dinero es injusto, no solo por la manera de conseguirlo, sino por la manera de gastarlo. Las leyes que rigen la economía, están hechas por los ricos para defender sus intereses. No pueden ser consideradas justas por parte de aquellos que están excluidos de los beneficios del progreso. Unas leyes económicas que potencian la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos, mientras grandes sectores de la población viven en la miseria e incluso mueren de hambre, no podemos considerarla justa.

Lo que nos dice el evangelio es una cosa obvia. Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, solo podemos tener un “fin último”. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último (haceros amigos con el dinero injusto). No se trata de rechazar esos fines intermedios, sino de orientarlos todos a la última meta. La meta debe ser “Dios”. Entre comillas por lo que decíamos más arriba. La meta es la plenitud, que para el hombre solo puede estar en lo trascendente, en lo divino que hay en él.

Ganaros amigos con el dinero injusto. Es una invitación a poner todo lo que tenemos al servicio de lo que vale de veras, nuestro verdadero ser, también la riqueza material que nos pertenece.Utilizamos con sabiduría el dinero injusto, cuando compartimos con el que pasa necesidad. Lo empleamos sagazmente, pero en contra nuestra, cuando acumulamos riquezas a costa de los demás. Nunca podremos actuar como dueños absolutos de lo que poseemos. Somos simples administradores. Hace poco tiempo oí a De Lapierre decir: Lo único que se conserva es lo que se da. Lo que no se da, se pierde.

Meditación-contemplación

No podéis servir al Dios de Jesús y al dios dinero
Jesús no dice que no “debéis”, sino que no “podéis”
Es inútil que sigamos intentándolo.
Lo que “tenemos” debemos subordinarlo a lo que “somos”.
……………………

Todo lo que no potencie el ser, es secundario.
Lo único esencial es nuestro verdadero ser.
Lo material, lo biológico, debe ser el soporte de nuestra Vida espiritual;
no debemos rechazarlo como malo, sino utilizarlo bien.
………………………

Si el valor supremo para mí es el dinero o el poder,
mi corazón estará pegado a esas seguridades.
Si he descubierto el “tesoro” escondido en lo hondo de mi ser,
el resto quedará iluminado por su brillo.
…………………

Fray Marcos

Fuente: Fe Adulta

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Ambición y Generosidad

domingo, 18 de septiembre de 2016
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25-toc-ev1“Si quieres aprender el arte de reinar, comienza por preocuparte de sostener al pobre” (Idomeneo a su hijo Idamante.)

18 septiembre, domingo XXV del TO

Lc 16, 1-13

No podéis estar al servicio de Dios y del dinero

Aunque en el Sermón de las Bienaventuranzas, Jesús dice que el Reino de los cielos es de los humildes y sencillos, este reino no se puede construir con ingenuidad, “Pues los ciudadanos de este mundo  son más astutos con sus colegas que los ciudadanos de la luz” (Lc 16, 8) . Hacen trampas, roban, engañan… Son corruptos como el administrador astuto de la parábola. Por eso hay que ser cándidos como palomas, pero al mismo tiempo cautos como serpientes(Mt 10, 16).

Los profetas del AT denunciaron estas prácticas deshonestas, como lo hizo Jesús en el Nuevo. Amós ataca sin piedad la codicia humana y el afán de lucro:  “Disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa, compráis al pobre, al mísero por un par de sandalias” (Am 8, 5-6). ¡Qué contraste con esta visión de Juan en su Epístola 1, 3, 17!: “Si uno posee bienes del mundo y ve a su hermano necesitado y le cierra las entrañas y no se compadece de él, ¿cómo puede conservar el amor de Dios?”Los judíos conmemoraban sus festividades religiosas teniendo muy en cuenta las prescripciones legalmente fijadas, pero con escasa o nula repercusión en lo referente a la justicia con los pobres.

Jesús invita a conseguir la verdadera libertad sirviendo a Dios y no al dinero. La opera de Mozart, Idomeneo, rey de Creta, ha pasado a ser un canto a la tolerancia frente a la violencia y la injusticia en nuestros tiempos. El protagonista le da este políticamente sabio consejo a su hijo Idamante: “Si quieres aprender el arte de reinar, comienza por preocuparte de sostener al pobre”.

Hoy los que rigen los pueblos se aferran al sillón del poder y, como el administrador inicuo, no tienen reparo en sobornar a cualquiera que sea con dinero. Como él, la mayoría piensa que para cavar no tienen fuerzas, y pedir limosna les avergüenza. ¿Suenan tambores de nuestro Parlamento?

La generosidad es el hábito de dar o compartir con los demás sin esperar obtener nada a cambio. Hábito que quedó prostituido por el Derecho Romano, que entendía las ofrendas a los dioses como actos de carácter religioso con el propósito de recibir algo bueno a cambio o de no sufrir una desgracia. Las oraciones de petición, e incluso las de acción de gracias están llenas de este propósito. Aristóteles había dicho de ella: “De todas las variedades de virtud, la generosidad es la más estimada”. Y el Papa Francisco puntualiza que “Ser generoso es darse a los demás de manera desinteresada; es brindar lo que el otro necesita, no lo que os sobra”.

EXPOLIACIÓN

El hombre fue creado
desnudo de riquezas, cuenta el mito.

Expoliado de carnales amores
por vengadora espada de un arcángel
¿Qué me queda?

De celestiales joyas, poca cosa.

A Jesús le expoliaron de sus ropas
los verdugos.
Al Hombre le despojan
de todos sus derechos
los políticos.
A la Naturaleza la saquean
los ricos.

Y yo soy expoliado
por ricos, verdugos y políticos,
por ladrones de bienes celestiales,
sin que nadie salvaguarde mi hacienda.

¿Dónde estás Dios,
que miro, miro y miro y no te veo?

¿Es que de estar en todas partes
has pasado a no estar en parte alguna?

(SOLILOQUIOS. Ediciones Feadulta)

 

Vicente Martínez

Fuente: Fe Adulta

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Ser inteligentes y audaces por el Reino de Dios

domingo, 18 de septiembre de 2016
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evang3Como en otras ocasiones, en esta parábola Dios se convierte en el único Señor capaz de misericordia y perdón y por eso es el único al que merece la pena servir. Entusiasmados/as por esta Buena Noticia solo es posible actuar con los demás del mismo modo y vivir con la misma pasión y audacia de aquellos que inteligentemente buscan salir de una situación comprometida, pero con una razón diferente: impulsar el Reino y su justicia… responder a Dios padre y madre que ha puesto su confianza en nosotras/os para a su lado cambiar el mundo.

Esta parábola, aunque dirigida a los discípulos/as, está en el contexto más amplio de la confrontación de Jesús con los fariseos, caracterizados por Lucas como avaros y predispuestos a ridiculizar las enseñanzas de Jesús.

El relato nos presenta la historia de un propietario rico que tiene un administrador que gestiona sus propiedades, pero que ha abusado de su confianza. La narración nos sitúa en la realidad socio-económica de la Palestina romana del siglo I cuyas peculiaridades nos pueden ayudar a entender no solo los detalles de la narración, sino el cómo y por qué Jesús la presenta a sus compañeros/as.

Contexto socio-económico de la parábola

Los administradores que gestionaban las propiedades de un señor tenían autoridad para negociar en nombre de su amo. Generalmente su sueldo procedía de las comisiones que recibían por las transacciones realizadas, aunque, especialmente en el caso de los préstamos podían recibir de los deudores un pago “bajo cuerda” para favorecer un buen trato su parte. En la ley tradicional israelita la mala gestión el administrador suponía su inmediato despido y un castigo ejemplar, que podía incluir la cárcel obligándoles a restituir lo perdido, pues para el mundo antiguo una actuación de este tipo suponía además de pérdidas económicas, un daño al honor de su amo.

En el caso de nuestra parábola sorprende que el castigo solo sea el despido y no haya ningún otro tipo de sanción permitiendo que el administrador pueda plantearse la búsqueda de otro trabajo. El administrador para recuperar la normalidad de su vida intenta buscar el favor de otra persona antes de que se haga público su despido (Lc 16,4). Las sociedades del mediterráneo del siglo I basaban sus interacciones en el sistema de patronazgo que se constituía a través de relaciones de reciprocidad entre gente de distinto nivel social: una persona de clase inferior que está en apuros (llamada cliente) hace frente a sus necesidades recurriendo a los favores de una persona de estatus superior, ben situada (llamada patrón).  Al recibir el favor, el cliente promete implícitamente devolvérselo al patrón cuando y como éste lo determine. Al conceder un favor, el patrón promete a su vez implícitamente estar abierto a ulteriores peticiones, en momentos no especificados. (Bruce J. Malina, Richard L. Rohrbaugh, Los Evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I : comentario desde las ciencias sociales , Verbo Divino 1996, 399-400).

El empleado cuando se le exige que presente sus cuentas lo lleva a cabo de tal manera que le permita favorecer a los arrendatarios de su amo de modo que puedan constituirse en sus posibles patronos futuros. Su estrategia es actuar en nombre de su amo reduciendo la deuda a la mitad y así canjearse el favor de los deudores que podrían acogerlo en sus casas y favorecerlo lo que le permitiría mantener su status y asegurar su subsistencia. Además, la sagacidad de su actuación le permitirá favorecer también el honor del Señor al que servía. El amo había sido bueno con él al no castigarlo severamente, pero ha de aceptar su última gestión: Si no asume las reducciones de las deudas que gestionó su administrador la gente lo considerará falto de honor, pero si la acepta, aun perdiendo bienes, se le alabará por su generosidad. Dada la importancia de la estima publica que existía en estas sociedades, el amo seguramente optará por aceptar y de este modo ambos saldrán beneficiados.

Jesús como narrador de la parábola

En la narración de la parábola llama la atención Jesús al presentar esta situación, ficticia pero familiar a sus oyentes está buscando provocar su reacción ante la actuación de los personajes.  En primer lugar, llama la atención la misericordia del amo con su empleado al que solo expulsa sin añadirle ningún otro castigo además de alabar su conducta inteligente. Lo inusual de este comportamiento permite a Jesús visibilizar dos realidades para el muy importantes. Por un lado, sin duda está pensando en Dios cuando describe al propietario y por eso lo presenta actuando con justicia y sin venganza.  Por otro, el administrador se convierte en modelo de actuación para sus discípulos/as recordándoles que, para caminar por los senderos del reino, también hay que ser inteligentes y audaces. Esta perspectiva del relato es provocadora, pero eso es lo que Jesús con frecuencia pretende con sus parábolas, despertar las conciencias, cuestionar y provocar el cambio.

El final de la parábola (Lc  9-13) es claramente un añadido posterior que interpreta de una forma concreta el relato y que se construye a partir de una serie de sentencias que intentan clarificar el sentido del texto y suavizar su provocación.  De este modo se resaltan consecuencias de tipo ético, como son la honestidad y la fidelidad, pero visibilizando los aspectos sociales y sus implicaciones teológicas.

Jesús, en su mensaje sobre el reino de Dios invita con frecuencia a romper con las reglas habituales de conducta en su sociedad, pero no por una simple razón de contraculturalidad, sino porque muchas veces esas normas se sustentan en creencias religiosas que sitúan a Dios del lado de los ricos y poderosos justificando así la injusticia con los/as más desfavorecidos/as. La provocación quiere mostrar plásticamente que Dios no entra en ese juego, sino que por el contrario está siempre del lado de los y las que no tienen quien los/as defienda y los/as acoja.

Como en otras ocasiones, en esta parábola Dios se convierte en el único Señor capaz de misericordia y perdón y por eso es el único al que merece la pena servir. Entusiasmados/as por esta Buena Noticia solo es posible actuar con los demás del mismo modo y vivir con la misma pasión y audacia de aquellos que inteligentemente buscan salir de una situación comprometida, pero con una razón diferente: impulsar el Reino y su justicia… responder a Dios padre y madre que ha puesto su confianza en nosotras/os para a su lado cambiar el mundo.

Carmen Soto

Fuente Fe Adulta

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«Una parábola para nuestros días». 24 Tiempo ordinario – C (Lucas 15,1-32)

domingo, 11 de septiembre de 2016
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24-TO-600x713En ninguna otra parábola ha querido Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana. Ninguna otra es tan actual para nosotros como esta del «Padre bueno».

El hijo menor dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino.

¿No es esta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie.

El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad moderna se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo… ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?

Pronto se instala el hijo en una «vida desordenada». El término original no sugiere solo un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y solo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre».

El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?

El joven «entró dentro de sí mismo» y, ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre».

¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Muchos lo harían si conocieran a ese Dios que, según la parábola de Jesús, «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podríamos encontrar una libertad más digna y dichosa.

José Antonio Pagola

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«Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta». Domingo 11 de septiembre de 2016. 24º Ordinario

domingo, 11 de septiembre de 2016
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49-ordinarioC24 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 32, 7-11. 13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado:
Salmo responsorial: 50: Me pondré en camino adonde esta mi padre.
1Timoteo 1, 12-17: Cristo vino para salvar a los pecadores.
Lucas 15, 1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.

Los textos de la liturgia de hoy nos presentan un variado abanico de temas entre los que podemos elegir para nuestra reflexión.

La parábola del padre misericordioso

Antes la llamábamos la parábola del hijo pródigo… Pero el principal protagonista en ella no son los hijos, sino el Padre, siempre lleno de misericordia, por encima de todo.

Con gestos y palabras Jesús expresa su predilección por aquellas personas que en su época eran consideradas “perdidas” a causa del pecado. La cercanía y el cariño manifestado hacia ellos era motivo de crítica por parte de quienes se erigían como garantes de la fe y la religión. Jesús justifica su manera de proceder dándonos a conocer lo que aprendió de su Padre. Sus palabras nos ayudan a entender que su vida es un reflejo del corazón de Dios.

La parábola de “un padre que tenía dos hijos” revela a Dios como un Padre que venera a sus hijos con amor entrañable. La compasión, la misericordia y la ternura son sus notas más características. El relato nos hace saber que Dios ama a sus hijos, que los acompaña en sus decisiones y sufre sus yerros; que aguarda esperanzado y con ansias su regreso; efusivo en sus demostraciones de cariño; que festeja con alegría el momento del reencuentro. ¿Qué habrán sentido los oyentes de la parábola al oír estas palabras? ¿Qué habrán experimentado al saber que Dios estaba contento por reencontrarse con los pecadores, tanto tiempo excluidos de la mesa fraterna? ¿Con qué personajes de la parábola se habrán identificado? ¿Qué habrán pensado unos y otros? ¿Era posible que Dios actuase así con todos? ¿Era necesario dejar en evidencia el reproche y la amargura de aquellos que creían conocer a Dios, pero se daban cuenta que habían errado también ellos en el modo?

Padres… y madres

La parábola también puede parecer un icono del amor que muchas madres tienen por sus hijos cuando se meten en problemas o pasan dificultades. Porque sobre todo en nuestro continente latinoamericano, muchos hogares populares tienen por cabeza de familia a la madre; el padre no está ahí para aguardar pacientemente a los hijos que se fueron.

Pensemos especialmente en aquellas mujeres sufridas de nuestro pueblo que luchan para que sus hijos salgan de la trampa de las adicciones o la delincuencia. ¡Cuánto dolor en su corazón de madres! ¡Cuánta incomprensión hacia ellas por parte de otros miembros de la familia, que no entienden su cariño! ¡Y cuánta alegría cuando ven que ellos retoman el rumbo correcto, que se recuperan, que salen de la muerte! ¡Con cuánto amor los cuidan y los sostienen hasta en los peores momentos! Pensemos también en las madres que no se cansan de buscar y pedir que regresen con vida sus hijos desaparecidos, víctimas de la violencia.

¿Se perdió una… o las 99?

Jesús habla de la pérdida de una oveja, y dice que lo normal es dejar por el momento las 99 en el redil y salir a buscar a la extraviada. Pero se está dando alguna situación en la que parece que las cifras se han invertido: serían casi 99 las que se extraviaron, y sólo quedan unas pocas en el redil.

Eso es lo que parece sugerir la realidad (que a veces iguala la ficción) en algunas latitudes eclesiales actuales, por ejemplo en el Norte de Europa y de América. Allí, en muchas partes, los cristianos andamos desconcertados. Piensan que una ola creciente de materialismo nos invade, que han muerto las viejas utopías, que una política monetarista y de realismo a ultranza se impone a todos los niveles. La sociedad parece secularizarse a marchas forzadas, y parece que la barca de Pedro zozobra… Muchos se han ido, y los hemos despedido con tristeza y resignación. Otros no entran en el aprisco, el panorama no les atrae. Quedamos unos pocos que, replegados sobre nosotros mismos, nos dedicamos a salvar-conservar lo que nos queda, ya que mucho se ha perdido. Da la impresión de que, efectivamente, se fueron las noventa y nueve ovejas, quedando sólo unas pocas, a cuya atención y conservación deberíamos dedicarnos por entero.

Como estamos en tiempos de «Iglesia en salida», es obvio que no vale el argumento de conservar los restos para justificar el no salir a la calle al encuentro de las 99. Pero tampoco servirá de mucho el salir a la búsqueda de esas 99, para volverles a presentar lo mismo, aquello de lo que ellos han querido alejarse. El caso es hoy más complejo: porque cuando se trata de un fenómeno tan masivo como es en el Norte de Europa y de América, no se puede seguir echando la culpa a la secularización… (No podemos maldecir la realidad sociológica: el mundo moderno es secular, y no va a poder ser de otra manera; lo que sí tendríamos que tener es una versión del cristianismo propia para el mundo secular, no pedir a las 99 que vuelvan a un redil del que culturalmente ya salieron hace tiempo).

En América Latina no estamos en esa situación todavía, aunque los observadores socio-religiosos insisten en que vamos también en esa dirección, que nadie piense que América es distinta. De hecho, Argentina, México, y las grandes metrópolis ya presentan síntomas (y números) claros.

Los diez mandamientos

La primera lectura nos presenta el tema de los diez mandamientos… Dios se los habría dado a Moisés para el pueblo de Israel, y después para los cristianos, e intencionalmente para toda la humanidad. Serían en fundamento de la moral. Sin ellos no sabríamos cómo conducirnos moralmente. Antes de ellos (sólo nuestra especie concreta tiene 200.000 años, pero los mandamientos del monte Sinaí no podrían tener en ningún caso más de 3.200) tal vez estuvimos en un estado de amoralidad animal…

No cabe duda de que los 10 mandamientos han jugado un papel importante en el judeocristianismo (como en otras religiones lo han jugado sus diversas formulaciones morales). Y todavía hoy para muchos cristianos son la referencia moral explícita de la voluntad de Dios. Pero tampoco cabe duda de que ya hay muchas personas cultas, estudiosas, conocedoras de la historia, de la arqueología, de la psicología… que se sienten mal si van a la misa y escuchan comentar esos textos como si fueran el relato fidedigno de una revelación divina que tuvo lugar en el Sinaí, a manos de Moisés, que seguiría siendo todavía hoy el fundamento de la moralidad humana… Quizá este malestar tenga mucho que ver con esas 99 ovejas que en algunas latitudes han abandonado el redil. Leer más…

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Dom 11.9.16. Justicia del hijo, misericordia del padre.Un tema abierto

domingo, 11 de septiembre de 2016
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Rembrandt_Harmensz._van_Rijn_-_The_Return_of_the_Prodigal_SonDel blog de Xabier Pikaza:

Dom24 tiempo ordinario. Ciclo C. Lucas 1-32. La parábola llamada «del hijo pródigo» deja el tema sin resolver. El hermano menor ha vuelto a casa, tras gastar la herencia, y su llegada enfrenta al padre con su hijo mayor:

El hijo mayor representa la justicia de la ley. A su juicio, hijo menor (pródigo) que ha gastado el dinero de la herencia en fiestas y pecados debe pagar por lo que ha hecho.

Hay que castigarle, ponerle a trabajar duro, que reconozca no sólo su pecado, sino que devuelva lo gastado, para que la herencia común pueda repartirse bien entre los dos hermanos.

El padre representa la misericordia.Más que la justicia, le importa el hijo menor, que ha estado en trance de perderse. Ciertamente, más tarde, celebrada la fiesta, se podrá hablar quizá de justicia (de cómo replantear nuevamente las cosas, entre los dos hermanos,de cómo repartir trabajos y gastos), pero por ahora, ante el hijo que vuelve, ha de expresarse la misericordia: la fiesta del vino y ternero cebado, con la música y el baile.

El hijos menor, el pródigo, queda así en medio de las dos actitudes, ejemplarmente representadas por el padre y el hermano mayor.

El Padre es la misericordia antes de la ley. Es el amor y la fe que valora a las personas, por encima de todo lo que han hecho, no porque todo dé lo mismo, sino porque el perdón y la fiesta puede cambiar al mismo pródigo (que tiene necesidad de cambiar, no sólo por justicia, sino por dignidad personal).

— El hijo mayor es la ley antes de la misericordia. Que su hermano empiece pagando, y que lo haga en serio… Sólo después, si se convierte de verdad y paga la deuda, se podrá hablar de fiestas.

La solución del problema no es fácil. Porque el problema no habla sólo de hermanos en privado y de padres buenos… Habla de la vida social, de la responsabilidad ante la justicia… y de la misericordia. Hay que intentar reconocer también las razones del hermano mayor… (así lo he querido mostrar en mi libro sobre la misericordia).

En este contexto de la parábola se sitúa el Congreso sobre Mística y Misericordia que se ha celebrado en Ávila a lo largo de este semana.

— Una mística sin misericordia acaba siendo estéril y en el fondo injusta, pues se evade del mundo de Jesús, del sufrimiento de los pobres.

— Una misericordia sin mística pierde su «mordiente», es decir, su base, su orientación, su «gasolina», si es que puede emplearse esta palabra popular.

Buen domingo a todos, buena reflexión y mejor opción, a favor de la misericordia justa y de la justicia misericordiosa.

Texto (parte final)

a. El principio misericordia: El Padre

El hijo pródigo vuelve y le dice al Padre:»Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.»Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.» Y empezaron el banquete.

b. Principio justicia. El hermano mayor

Su hijo mayor estaba en el campo.Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.»Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

c. Un intento de solución

Y él mayor replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.»

El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»»

Una reflexión abierta

El centro no es el hijo que vuelve, quizá arrepentido, sino el Padre que le espera y acoge, con misericordia, ofreciéndole una terapia de amor y de fiesta. Leer más…

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Cuatro actitudes ante los pecadores. Domingo 24 Ciclo C.

domingo, 11 de septiembre de 2016
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hijo prodigoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Por una extraña coincidencia, las tres lecturas de este domingo hablan del perdón a los pecadores, tema muy de acuerdo con este año de la misericordia.

Moisés: intercesión

            Según el libro del Éxodo, Moisés pasó cuarenta días en la cumbre del monte Sinaí hablando con Dios. Demasiado tiempo para el pueblo, que termina pensando que ha muerto. En busca de algo que le ofrezca garantía y seguridad, convence al sacerdote Aarón para que fabrique un becerro de oro. En el Antiguo Oriente, el toro era un símbolo muy adecuado para representar la fuerza y vitalidad de un dios, y por eso los israelitas proclaman: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto».

            Sin embargo, construir imágenes de Dios es una forma de intentar manipularlo. A la imagen se la puede premiar o castigar; se la puede ungir con perfumes y ofrecer regalos si Dios me concede lo que quiero, o se la puede privar de todo si no me lo concede. Además, la imagen destruye el misterio de Dios reduciéndolo a un objeto visible.

            ¿Cómo reaccionará el Señor ante este pecado? El relato no carece de cierto humor. Dios se muestra indignado, pero no actúa. Al contrario, provoca a Moisés para que interceda por el pueblo. Como un padre que, indignado con su hijo, le dice a su esposa que piensa castigarlo para que ella interceda y le anime a perdonar.

            Las palabras que dirige a Moisés: «se ha pervertido tu pueblo, el que sacaste de Egipto» recuerdan a las que tantas veces dice un marido a su mujer: «tu hijo…», como si no fuera también suyo. Como si Israel no fuera el pueblo de Dios y no hubiera sido él quien lo sacó de Egipto. El tono humorístico, dentro de la tragedia, alcanza su punto culminante cuando Dios le pide permiso a Moisés para terminar con el pueblo: «Déjame, mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

            Pero Moisés no se deja tentar por la promesa de ese nuevo gran pueblo. “El que ahora guío ˗le responde a Dios˗ aunque sea pervertido y de dura cerviz, es tu pueblo, el que sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta. No me eches a mí la culpa y acuérdate de lo que prometiste a Abrahán, Isaac y Jacob”. Bastan estas pocas palabras para que el Señor se arrepienta de la amenaza.

            Dos grandes enseñanzas en este breve relato: 1) lo fácil que es convencer a Dios para que perdone; 2) el responsable de la comunidad nunca debe rechazarla por más pervertida que pueda parecer; su postura debe ser la de Moisés, recordando lo bueno que hay en ella y defendiéndola.

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman:

«Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»»

Y el Señor añadió a Moisés:

– «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

– «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo, diciendo:

«Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Los seglares piadosos y los teólogos: rechazo y crítica

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

            La lección de Moisés, intercediendo por los pecadores, no la han aprendido los teólogos de la época (los escribas) ni los seglares piadosos (fariseos). Son partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Y, dentro de los malos, los peores son los publicanos, explotadores al servicio de Roma, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, etc.

            Pero lo interesante es que escribas y fariseos no se indignan con los pecadores sino con Jesús, porque los acoge y come con ellos. No debe extrañarnos demasiado. ¿Qué dirían muchos católicos, obispos incluidos, si viesen hoy día a Jesús tomándose una cerveza en la sede de LGTB?

Jesús: alegría y acogida

            A la murmuración y la crítica de sus adversarios Jesús no responde con un ataque durísimo a su hipocresía sino contando tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hermanos), que insisten las tres en la alegría de Dios por la conversión de un solo pecador.

            ‒ Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al Regar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

            Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.


También les dijo:

            ‒ Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

            No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 

            Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

            Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. » Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.» 

            Y empezaron el banquete.

            Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.» Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.» El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado

            La parábola de los dos hermanos (conocida con el título equivocado de “el hijo pródigo”) es la que más encaja con el problema inicial. El hermano menor representa a publicanos y pecadores, el mayor a escribas y fariseos. Quien lee la parábola sin prejuicios, se escandaliza de la conducta del padre, que malcría a su hijo menor mientras se muestra duro y exigente con el mayor. Este escándalo es el mismo que experimentaban los fariseos y escribas con Jesús. Y es el que él quiere que superen pensando en el amor y la alegría que siente Dios como padre que recupera un hijo perdido. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado porque se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.

            La parábola nos ayuda al mismo tiempo a autoevaluarnos.     A veces nos portamos con Dios como el hijo pequeño que se marcha de la casa y sólo vuelve cuando le interesa; otras, en circunstancias familiares difíciles, actuamos como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comportan adecuadamente y evitamos el contacto con él. Conviene repasar la propia historia desde estos tres puntos de vista y ver cuál predomina.

Dios: compasión

            Los textos anteriores enseñan a través de relatos (Éxodo) y parábolas (evangelio), la segunda lectura cuenta la experiencia personal de Pablo. Él, fariseo de pura cepa, termina descubriéndose como «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Ha maldecido a Jesús, ha metido en la cárcel a los cristianos, ha querido exterminarlos. «Pero Dios tuvo compasión de mí… Dios derrochó su gracia en mí… Jesús se compadeció de mí». La experiencia de Pablo, en mayor o menor grado, es la de cualquiera de nosotros. Y nuestra reacción debe ser también la suya de servicio y alabanza a Dios.

            Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17

Querido hermano:

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mi: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. 11 septiembre, 2016

domingo, 11 de septiembre de 2016
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TO-D-XXIV

“Solían acercarse a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle.

Jesús les dijo esta parábola:

Si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa con cuidado, hasta que la encuentra?

Y cuando la encuentra reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:

¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 1-10)

¡Hoy somos invitados a la escucha!

El evangelio de este domingo nos pone dos ejemplos de escucha. La escucha de los publicanos y pecadores y la escucha de los fariseos y escribas.

La escucha de los fariseos y escribas.

Estos últimos son “mensajeros” de críticas, están al acecho de lo que Jesús hace y dice, tienen el corazón enfermo, amargado, no pueden escuchar, oyen y al oír desatan un parloteo interior, un desenfoque de la realidad.

La mente nos agita, engendra ambición, no deja perdonar, nos agarrota con ruidos que nos hacen personas duras, sin capacidad de acoger, de perdona; nos atiborra de ruidos, de orgullo; nos hace sentirnos “las mejores”.

La escucha de los publicanos y pecadores.

El otro ejemplo, el de los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharle. Escuchar con la cabeza y con el corazón. Se acercan a Jesús para escucharle. Es un modo, un talante de ser y de vivir. Dicen los místicos que “el camino más largo de recorrer en la vida es un camino muy corto, el que va de la cabeza al corazón.

Cuando llegamos al corazón nos invita con suavidad a escuchar, “siéntate, corazón mío”. Y es una llamada a buscar lo que hemos perdido, la “moneda perdida” que es muchas veces la paz del corazón. Sentirnos vulnerables, es lo que somos, nos llama a escuchar al Maestro, al Señor Jesús. Quien se abre a la escucha de Jesús, se abre a la plenitud.

Quien con sencillez escucha, siente “cosquilleos” en el corazón, y como la mujer de la parábola, necesitamos comunicar lo que sentimos y decir a quienes nos rodean: ¡felicitadme! He encontrado lo que buscaba, el Espíritu de Dios, y él hará en mí como en María de Nazaret, “obras grandes”, y como Pablo en la 1ª carta a Timoteo 1,12 podremos decir: “doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió esta llamada… el Señor derrochó su gracia en mí”.

ORACIÓN:

Padre bueno,
que nos has enviado a Jesús:
nuestra gratitud.
Jesús, Tú nos hablas,
nos invitas a la escucha,
silencia nuestro corazón.
Santo Espíritu,
que nos iluminas y fortaleces.
Sólo podemos decir:
¡Hágase en mí tu voluntad!.Amén

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Para Dios nadie está perdido

domingo, 11 de septiembre de 2016
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buenpastor6Lc 15

Hoy leemos el c. 15 de Lc, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las tres parábolas: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Todos los publicanos y pecadores se acercaban a él. Los fariseos y letrados critican a Jesús por esto. Las parábolas son una respuesta de Jesús a esas murmuraciones. Los fariseos tenían una idea equivocada de Dios. Pensaban acercarse a Él a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos quedamos con el culo al aire cuando el evangelio nos dice que es Él el que nos está buscando siempre. No se trata aquí de la conversión del pecador, sino de la bondad absoluta de Dios para con todos.

A pesar de la radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a todo), hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús para escucharle. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo, sino como acogida entrañable. Los fariseos y letrados (los buenos) se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús está radicalmente en contra del sentir de los fariseos. Toda la religiosidad que nace de esta concepción equivocada de Dios es también equivocada.

Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación, es decir,que nos dejemos empapar por su mensaje. El dios que nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza tiene que saltar por los aires. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea más complicada de toda religión, porque ese ídolo es fruto de nuestros intereses egoístas que pretenden manipular a la divinidad. El Dios de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que “convertirnos” a Dios, porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada de nosotros, pero nosotros, todo lo recibimos de Él.

Las tres parábolas que hemos leído, van en la misma dirección. No solo nos invitan a la confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una concepción y otra. Pero se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los más difíciles de desarraigar del corazón humano. Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios. Seguimos pensándolo como el que premia y castiga.

En los conceptos religiosos de la época, Jesús no pudo expresar toda su experiencia de Dios. Pero, si estamos atentos, podemos descubrir en su mensaje, rasgos definitivos del verdadero Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir, padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor, misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Las tres parábolas insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.

Hoy podemos apuntar a Dios con mucha más precisión que lo que fueron capaces de expresar los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres. Lo que Dios es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas. Dios no puede ser aislado de la creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado; pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte fuera de la creación. El concepto de creación que hemos manejado hasta la fecha debemos superarlo. Dios no “hizo” el mundo en un momento determinado. La creación es la manifestación de Dios que no exige un principio temporal.

El Dios de Jesús es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es Amor (ágape) estamos diciendo que ya se ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.

Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de “buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible que el espíritu de Jesús. Dios no nos ama porque somos buenos, al contrario, somos “buenos” porque hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Somos “malos” porque no hemos descubierto a Dios.

Alguno puede pensar que aceptar la misericordia de Dios, invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión, muy corriente entre nosotros, indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, pero no puede afectarme hasta que yo no la acepte y la haga mía. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda, es entender la relación con Dios de una manera mecánica, jurídica y externa. Al contrario, la actitud de Dios para conmigo tiene que ser el motor de cambio en mí.

La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón cuando nos sentimos perdonados, por eso para nosotros está siempre unida al pecado. Para aclararnos un poco, vamos a examinar dos conceptos: cómo podemos entender el perdón de Dios, y cómo podemos entender el pecado.

Dios solo puede amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas, sino que las cosas son buenas porque Dios las ama. El perdón en Dios significa que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Si nosotros amamos unas criaturas y no otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia. Ahora comprenderéis lo equívoco de nuestro lenguaje sobre Dios cuando hablamos de su perdón como un acto.

Tenemos que cambiar el concepto de pecado como ofensa a Dios. Es ridículo pensar que podamos ofender a Dios. La incapacidad de los cristianos para aceptar a los “malos”, se debe a nuestro concepto de pecado. Lo identificamos con la persona misma y no somos capaces de descubrir que la persona es una cosa y su postura y sus acciones otra muy distinta. El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Para que la voluntad se incline hacia un objeto, tiene que presentarlo el entendimiento como bueno. Claro que el entendimiento puede ver una cosa como buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Por eso, para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al entendimiento.

Si las reflexiones que acabamos de hacer, son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos de la confesión como señal de su perdón. La confesión no es para que Dios nos perdone, sino para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de Dios que llega a nosotros sin merecerlo.

Meditación-contemplación

Que Dios amara a los pecadores, era impensable para los fariseos.
Esta actitud imposibilita toda relación con el Dios de Jesús.
Si no vivo el amor de Dios como pura gratuidad,
me será imposible responder a ese amor y vivirlo.
…………………

El amor de Dios es anterior a mi propio ser.
No puedo hacer nada para merecerlo.
Todo lo que soy depende de ese don gratuito de Dios.
Deja que ese Ágape se manifieste a través de su ser.
…………………..

Tengo que dejarme encontrar por ese Dios.
Tengo que sentir su energía y dejar que me inunde.
Dios en mí es fuerza trasformadora.
Todo mi ser debe convertirse en esa energía que es Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Amor más que justicia

domingo, 11 de septiembre de 2016
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HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano” (Confucio)

11 de septiembre, domingo 24 del TO

Lc 15, 1-32

Y se puso en camino a casa de su padre.  Estaba aún distante cuando su padre le divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó.

En la película Alta Sociedad, el padre de Tracy dice: “No te falta inteligencia, tienes un rostro perfecto, buena figura, buen gusto, distinción, todas las cualidades para ser una mujer maravillosa, pero te falta lo esencial: un corazón para sentir. Si no tienes es como si estuvieras hecha de bronce”Tenía corazón para sentir y abrazar el padre del hijo pródigo, y el Buen Pastor para llevar sobre sus hombros la oveja perdida. 

El Gigante egoísta, de Oscar Wilde, dejó de serlo la tarde que vio a un niño junto a uno de sus árboles. En sus manos y pies había huellas de clavos. “Estas son las heridas del Amor”, suspiró el pequeño. Cayó de rodillas ante él. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: “Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso”. Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba cubierto enteramente de flores blancas.

Duele tener a una persona en tu corazón sin poder tenerla en tus brazos y, como diría Mafalda: “Lo ideal sería tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho… Así pensaríamos más con amor  y amaríamos con sabiduría”. En la opera La Dama de Picas, de Chaikovski, Pauline le ruega a su amiga Lisa que se anime: “Mira qué bella noche, todo revive de repente después de la terrible tormenta”. Y a su doncella Masha, le pide que no cierre las ventanas que dan al balcón. Ventanas y balcón del corazón y del cerebro humano siempre abiertos a ovejas descarriadas e hijos pródigos. La alegría del encuentro con unas y otros será música celestial que no cesará de sonar nunca en el banquete. Generosidad infinita del pastor y del padre, haciendo brillar su amor compasivo sobre la justicia.

Secuencia secular del Cristianismo, como testimonian estas palabras del Testamento del Padre Christian-Marie Chergé, monje trapense en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine: “Argelia y el Islam son para mí otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando en ellos muy a menudo el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, con el respeto de los creyentes musulmanes”. Vale la pena visionar la película francesa De dioses y de hombres, en la que se relata la vida abnegada de esta Comunidad de monjes, entregada a paliar descarríos y dolores en el pueblo.

Historias de compasión y ayuda a los hermanos sólo escritas cuando, como dice Confucio: “Se tiene fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano”. Historias como la de Teresa de Calcuta, a quien el Papa se refirió en su canonización el pasado domingo cuando dijo: “el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cda día en el amor.

Matteo, uno de los protagonistas de Para siempre, de la italiana Susanna Tamaro (1957), se negó a copiar el Ojo de la Providencia que el padre Mangialupi le pedía en la catequesis de preparación a la primera comunión y que no revelaba sino a un Dios terrible y justiciero. Años más tarde justificaría su negativa con estas palabras: “La imagen de Dios como una forma geométrica me producía repulsión. Ese triángulo que estaba siempre encima de mí me irritaba, me hería; de ninguna manera lograba ver en sus puntiagudas esquinas alguna forma de amor”.

 EL LORO

Mi vecino de enfrente tiene un loro.
Un regalo del cura.
Si llamas a la puerta te responde:
“Ave María Purísima. Hermano ¿quiere confesarse?”.
Y luego al despedirse,
en penitencia te larga diez rosarios.

Habla latín, y dice:
“Ubi charitas et amor, Deus ibi est”.

A mí, que soy ateo,
me repatea el latinajo.
A mi vecino, en cambio, el meapilas,
le chifla lo de “charitas et amor”.

Si tantos años ha vivido con cristianos,
¿por qué jamás citará el loro historias
de compasión y ayuda a los hermanos?

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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