Dom 7.3.21. El Templo, Cueva de ladrones o Casa de negocios
Tras haber entrado en Jerusalén, para iniciar el reinado de Dios, Jesús quiso limpiar la religión, esto es, el Templo, expulsando a los ladrones o negociantes que allí se habían establecido. No lo digo yo, no me hubiera atrevido, lo dice el evangelio de este domingo del 7.3.2021.
La primera comparación (cueva de ladrones) viene de Mc 15, 17, que la toma de Jer 7, 11. Según ella, el templo/religión es una “cueva o guarida” de políticos y sacerdotes “bandidos” (lêstôn), que emplean su poder y religión para robar con violencia y guardar (justificar) así lo robado.
Jeremías utilizó esas palabras en torno al 600 a.C., cuando Nabucodonosor rey de Babel (actual Irak) se creía justificado por Dios para conquistar/robar medio mundo, haciéndose llamar “civilizador”, enviado del Dios Marduk. Pues bien, a juicio de Jeremías, los sacerdotes/ricos de Jerusalén seguían en el fondo la misma política/religión de Nabucodonosor, justificando sus robos con el templo. Según el evangelio de Marcos, Jesús sigue pensando en su tiempo lo mismo.
La segunda comparación (casa de negocios) la introduce el evangelio de Juan 2, 16 “no convirtáis la casa de mi Padre en un emporio, es decir, en un centro comercial o de negocios”. Evidentemente, Juan ha pasado del lenguaje de reyes/bandidos militares y los templos ligados a esos reyes al lenguaje “comercial” de fenicios y griegos que, en vez de robar haciendo guerras de conquista con soldados, crearon “emporios” o colonias comerciales, a lo largo y a lo ancho del Mediterráneo y del mundo occidental, enriqueciéndose a costa de los pobres.
Pues bien, conforme a la visión de Jesús, según el evangelio de Juan, el templo de Jerusalén se había convertido en un emporio, centro o casa comercial al servicio de los ricos (conforme a la nueva economía de mercado de fenicios y griegos.
Este es el tema de fondo del evangelio de este domingo 7.3.21 (3º de Cuaresma) que comentaré en lo que sigue, comparando la visión de Marcos y la de Juan, teniendo a fondo las dos expresiones: Cueva de ladrones, casa de negocios.
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Dos evangelios, una misma experiencia de fondo
Marcos: “Llegaron a Jerusalén y entrando en el templo comenzó a expulsar a los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían las palomas, y no consentía que nadie pasase por el templo llevando cosas. Luego se puso a enseñar diciéndoles: ¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en cueva de bandidos/ladrones” (Mc 11, 15-18).
Juan: “Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis la casa de mi Padre en un Oikos emporiou (esto es, en emporio o Centro de negocios)” (Jn 2, 14-17).
Marcos pone su pasaje hacia el final del evangelio, como culminación del mensaje y camino de Jesús, que será condenado a muerte por decir y hacer precisamente eso. Juan en cambio pone este evangelio al principio de su texto, como punto de partida de su visión del cristianismo.
Marcos. El modelo de la Cueva de Bandidos. Según Marcos los responsables del templo lo han convertido en “cueva de ladrones” (spelaion lêstôn: cf. Jer 7, 11), un lugar para robar al pueblo fiel, en nombre de Dios. Ese es el modelo más oriental de los imperios ladrones, que estaban conquistando y robando a lo bruto, es decir, en aquel tiempo (en torno al 600 a.C. los babilonios).
Pues bien, Jeremías dice a los sacerdotes de Jerusalén y “nobles” de Jerusalén que están haciendo lo mismo que los babilonios, están convirtiendo el templo en una sucursal de los bandidos político/militares, con la diferencia de que lo hacen en nombre del Dios de Israel.
Juan. El modelo de la Casa de Comercio. Según Juan, los sacerdotes han convertido la Casa de su Padre en centro de negocios (oikos emporiou, casa de comerciantes). De esa forma pasa de la terminología del imperio-ladrón (Babilonia) a la de un comercio colonial, conforme al esquema de los fenicios y griegos que habían creado “colonias” a lo ancho del Mar Mediterráneo para “cambiar mercancías con ventaja” y así enriquecerse, sin necesidad de mantener grandes tropas imperiales caras.
El evangelio de Juan utiliza esta nueva terminología, empleada también por el Evangelio de Tomás 64); según ella, el soldado-ladrón puro de Mc 11 (que roba pero no sabe negociar con lo robado) se convierte en director comercial de un emporio (es decir, de un imperio comercial, que no roba a mano armada, pero negocia enriqueciéndose a costa de los más pobres.
(Anotación para “hispanos”: Los fenicios crearon “emporios” comerciales en la zona del estrecho de Gibraltar,, en especial en Tarsis-Cádiz… Los griegos lo hicieron más al norte, y así crearon un emporio en la zona actual de Gerona, una ciudad que aún lleva el hombre de Emporio-Ampurias).
Tema de fondo, derribar el templo, destruir el negocio de la religión
La lógica del reino ha llevado a Jesús al templo, para culminar su obra, que en este contexto tiene sentido destructor. No se limita a purificarlo, condenando sus excesos, para que vuelva a estar limpio, como siempre debió hallarse, sino que anuncia y expresa simbólicamente su ruina (en el signo de la higuera): ¡Qué nadie coma nunca más de sus frutos! (cf. Mc 11, 14).
‒Expulsa a vendedores y compradores (Mc 11,15b). De esa forma hace imposible todo el ejercicio de los sacrificios de violencia, fundados en la compra de animales puros. En un sólo gesto ha «expulsado» del templo (es decir, de lo sagrado) a los poderes económicos que lo controlan
‒ Derriba las mesas de cambistas de dinero y de los vendedores de palomas (Mc 11,15c). No se limita a expulsar a los vendedores, sino que derriba ese centro material del templo que es la mesa de los cambios, el banco de la economía y de la venta de palomas. Ése es un gesto simbólico: Como derriba Jesús estas mesas, vendrá a derrumbarse en el suelo el edificio «sagrado» del templo.
Jesús indica de esa forma el fin de este templo, con sus tres funciones (económica, política y religiosa) Otros (muchos judíos helenizados) querían destacar al interior del culto una especie de verdad espiritual. Pues bien, según Jesús, esa verdad profunda del templo implica su destrucción externa, en los tres niveles indicados[1]:
Función económica. El templo de Jerusalén constituía el centro mercantil del pueblo israelita, que se había comprometido a mantener sus instituciones y su culto, al menos tras la “restauración” del exilio (año 525 a. C.) y las reformas de Esdras y Nehemías (cf. Neh 10, 2-39). En principio, había sido un “santuario real”, de manera que los reyes debían financiar su culto. Pero tras el exilio vino a convertirse en “santuario de la nación”, de manera que, aunque los reyes como Herodes (e incluso los romanos) contribuyeran a sostenerlo y/o reconstruirlo, su mantenimiento fundamental se hallaba en manos del conjunto del pueblo judío.
Por otro lado, como indican bien las controversias y guerras del tiempo de los macabeos, el templo funcionaba como “banco” donde los fieles depositaban (y los sacerdotes administraban) grandes sumas de dinero. El mismo Nuevo Testamento evoca en términos “irónicos” el dinero del templo (cf. Mt 17, 24-27). Por otra parte, la mayoría de los habitantes de Jerusalén vivían, de una manera o de otra, de las construcciones y trabajos del templo, de manera que el judaísmo de Judea y Jerusalén funcionaba como una “economía de templo”, como supone, de un modo crítico, el mismo Marcos (Mc 14, 10 par), cuando señala que los sacerdotes emplearon su dinero para “sobornar” (o pagar) a Judas. De un modo consecuente, Mc 11, 17 dice que el templo es una “guarida de ladrones”, y que su religión es un latrocinio. En la misma línea, pero todavía con más fuerza, Jn 2, 16 afirma que el templo se ha convertido en una “casa de negocios” (emporion).






















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