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“Sinodalidad (y VII): la diversidad sexual debe estar presente”, por Cristina Inogés Sanz

jueves, 4 de febrero de 2021
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A0845B05-07BF-4537-98BF-C3A1FBCD1E8DA lo largo de esta serie de artículos que he ido escribiendo –y Vida Nueva publicando– sobre sinodalidad, he procurado dejar claro que lo que a todos afecta, por todos tiene que ser tratado, dialogado, aclarado y aprobado. Ni se me pasaba por la imaginación tener que especificar algo más ya que, en el “todos” doy por hecho que somos “todos”. Sin embargo, aunque parece que  hemos aprendido a aceptar casi todo en el mundo y en la Iglesia, si miramos con detalle vemos que en algunas cuestiones todavía es necesario insistir en ellas.

Todo se andará

Hace muchos años se colocaban en las puertas de las iglesias carteles anunciadores de retiros, conferencias, y hasta de ejercicios espirituales en los que se especificaba que eran “solo para hombres”, “solo para mujeres”, e incluso se llegaba a detallar que los había “solo para mujeres solteras”. La costumbre decayó y los retiros, las conferencias y los ejercicios espirituales ya son mixtos, pero, a cambio, hemos creado otras parcelas pastoralestan bien delimitadas como aquellos retiros antes citados.

Tenemos pastoral para divorciados, pastoral para divorciados vueltos a casar (por lo civil, se entiende) y, por supuesto, pastoral para homosexuales. Todavía no nos atrevemos enteramente con la pastoral LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero) y mucho menos con la LGTBIQ+ (Lesbianas, Gays, Transgénero, Bisexuales, Intersexuales, Queer y el signo + que identifica a cualquier persona que no se vea representada en esas siglas), pero todo se andará. Teniendo en cuenta las posibles distinciones, y dando por hecho que se conservaría su carácter mixto, echo de menos una pastoral para rubios, morenos, pelirrojos, altos, bajos, calvos, gordos, flacos… ¿De qué serviría? De nada. Pues tampoco creo que tenga mucho sentido “clasificar” –que no deja de ser una forma de señalar– a personas con sexualidades diferentes. Además, ¿dónde queda la pastoral para heterosexuales en general?

Leyendo en evangelio

El evangelio es el mismo para todos; la Iglesia tiene los problemas que tiene y debe cambiar mucho en su estructura, y eso lo vemos “todos” los que creemos que siempre se puede mejorar, y a ese cambio de mentalidad estamos todos invitados. Si hay algo que el camino sinodal nos va a enseñar al transitar por él, es que ese caminar juntos nos va a permitir conocernos sin prejuicios -sin juicios previos- y debiendo abandonar, antes de entrar en ese camino, toda idea preconcebida sobre muchos de nuestros prójimos.

En el evangelio se intuyen personajes que han sido “ligeramente” pulidos a lo largo de la historia, para que entrasen en nuestros parámetros morales y culturales sin levantar sospechas. Sin embargo, cuando se lee el evangelio intentando dejar un poco apartado lo que nos han leído o contado otros, y en ese momento solo estamos Jesucristo y cada uno de nosotros, vemos como ese Jesús de Nazaret no discriminó a nadie, y nunca preguntó por su vivencia de la sexualidad a nadie. Él hablaba del reino a todo el que se acercaba y compartía su mensaje a todos por igual.

En la Iglesia no estamos para desperdiciar fuerzas, ni manos, ni cabezas, ni corazones que quieran ayudar a enderezar el rumbo; el camino sinodal no puede excluir a nadie porque, de hacerlo, dejará de ser sinodal. Todos vamos a ser necesarios. El que está comprometido con el mensaje de Jesús de Nazaret y con la misión de la Iglesia y actúa en consecuencia, no puede sentirse observado, señalado, y discriminado por el resto de la comunidad. Puede que para algunos sea complicado adaptarse, pero no olvidemos que estamos llamados a un cambio de estructuras, a un cambio de mentalidad, a un cambio personal que, si no van de la mano, de nada servirán.

Acompañamiento mutuo

Pensemos que hace unos años se escuchaba en homilías, medios de comunicación…, una frase concreta: “La Iglesia no aparta a los divorciados; son ellos lo que se apartan de la Iglesia al elegir esa vida”. Aquí se englobaba a todo el mundo cuando todos los divorcios no eran ni son iguales, ni por las mismas causas. Ahora, y quiero creer que por convicción y no por conveniencia, que esa frase prácticamente ha desaparecido, nos deberíamos proponer ver a las personas tal cual, como personas, sin etiquetas identificativas de ningún tipo. No olvidemos que Dios nos creó por amor y Dios es cómplice de nuestra afectividad.

Quien busca acompañamiento en la Iglesia, bien sea de forma personal -más privada-, o dentro de un grupo, es una persona, independientemente de lo que le guste comer, leer, qué música escuchar o a quién a amar con locura. En la Iglesia estamos para acompañarnos, escucharnos, ayudarnos, respetarnos, y querernos mutuamente, no para juzgar ni señalar a nadie. Si alguien nos invita a su casa, el límite está donde nos quiera recibir. No forcemos entrar en el dormitorio porque, hasta como Iglesia, tenemos un límite. ¡Nos estamos jugando mucho!

Fuente Vida Nueva

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«¿Dedocracia o democracia en la Iglesia?», por Pepe Mallo

domingo, 22 de marzo de 2015
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iglesia-puebloGracias una vez más, querido Pepe, por tu reflexión, llena de Evangelio y de sentido común, a veces experiencia, tiene miedo a la comunidad de hermanos.

Sábado 14 de marzo de 2015.

Enviado a la página web de MOCEOP

Los obispos con frecuencia no se fían de los sacerdotes, y éstos siguen su ejemplo no fiándose de sus fieles. “el menos común de los sentidos”, también en la Iglesia.

El clero, lo sabes por Después del Vaticano II muchos obispos empezaron a solicitar a los sacerdotes lo que ahora solicita el arzobispo madrileño: nombres para vicarios y otros cargos (rectores del semanrio, delegados del clero, arciprestes…). Pronto se cansaron. Juan Pablo II, eligiendo obispos a su imagen y semejanza, contribuyó a cercenar cualquier atisbo de participación decisoria en asuntos eclesiales. El poder eclesial se entendió más en términos de dominio y no de búsqueda fraterna de la voluntad de Dios. El principio de tradición evangélica de “tratar y decidir entre todos lo que afecta a todos” (reflejado en He 15,22) ha sido sustituido por “sólo el presidente de la Iglesia trata y decide todo lo que afecta a todos”. Si él quiere puede consultar con quien quiera y como quiera. Es lamentable que la teología del poder eclesial, inspirada en el Evangelio, esté aún por hacer. La institución eclesial en su funcionamiento actual está lejos del Evangelio. Fraternidad es mucho más que democracia: más libre, más participativa, más escuchar a todos, más decidir entre todos, más confiar en todos, más respeto a lo acordado, más sinceridad, más aprecio por las cosas y las personas… En este camino nos introdujo el Evangelio de Jesús. ¡Ojalá tu reflexión, amigo Pepe, nos acerque más al Evangelio!

¿DEDOCRACIA O DEMOCRACIA EN LA IGLESIA?

“Osoro escribe a los curas de Madrid y les pide “nueve o diez nombres” de sacerdotes o religiosos para la Curia.” Con este titular abre la noticia RD el pasado 10 de febrero. Y continúa en subtitulares “El arzobispo trabaja en una reforma en profundidad de la diócesis madrileña.” En el desarrollo del reportaje, se recogen estas declaraciones del Arzobispo: “Quiero contar con todos vosotros. Quiero escucharos. Quiero que entre todos hagamos un plan pastoral pero que esté refrendado con la realidad. Hay que pasar de lo teórico al mundo real.”

Este anuncio de Osoro amplifica el eco de las palabras del papa Francisco: «La desclericalización del poder es muy importante para la Curia Romana y para la administración de las diócesis». No son secretos reservados los reiterados propósitos de Francisco de reformar la Curia vaticana ni las diligencias que ha llevado a cabo al respecto. En el reciente Consistorio, los cardenales han respaldado la descentralización del poder y la simplificación de la Curia, ratificando las palabras de Francisco: «La reforma de la Curia quiere favorecer la absoluta transparencia y una evangelización más eficaz

Una decisión de tal calado lógicamente está provocando intenso revuelo y cuenta, por consiguiente, con enérgicos defensores e inflexibles detractores. ¿Cambio justificado, prudente, razonable o provocación, desafío y desplante? Cada ojo lo verá a través del matiz de su propio cristalino. Sin embargo, mirándolo bien, sin reflejos, a pesar de los desacuerdos, ambas posturas coinciden unánimes en una idéntica interpelación: ¿Democracia en la Iglesia? A partir de este dilema, me surgen varias controvertidas cuestiones:

1.- ¿Acaso ha existido “democracia” en la Iglesia a lo largo de veintiún siglos?

Parece que solo nombrar la palabra “democracia” provoca recelos en algunas mentes suspicaces. Las democracias en política no han sido nunca ejemplo fehaciente de integridad, honestidad y coherencia. Pero insisto, ¿puede haber democracia en una institución jerarquizada como es la Iglesia? Bueno, podríamos hablar de una “democracia orgánica” (término acuñado por alguien que procesionaba bajo palio); régimen que conduce al más estricto autoritarismo eclesial. Sin embargo, ¿valdría enzarzarse sobre la implantación de una “democracia participativa” en la Iglesia? Con frecuencia se argumenta con el criterio de la “sagrada tradición” en la defensa de ciertas normas, comportamientos, ritos y usanzas de la Institución. Personalmente pienso que deberíamos preguntarnos cuándo nacieron esas tradiciones y de dónde proceden. Por ejemplo, en el caso que nos atañe, la institución de la Curia Romana cuenta solo con poco más de cuatro siglos; se inicia en los años que siguieron al Concilio de Trento. Esa centralización administrativa resultaba necesaria entonces, dentro de una concepción absolutista del papado, el cual debía resolver, de un modo directo, prácticamente todos los aspectos de la vida de la Iglesia.

Aquí debo hacer una leve digresión. “Ecclesia” significa asamblea. Los primeros seguidores de Jesús adoptaron este término para definir su identidad, rememorando los entrañables momentos vividos con el Maestro y, principalmente, la Cena del Señor. Pero no era una asamblea cualquiera. Se trataba de una “comunidad”, una vivencia común, la fraternidad. La autoridad de Pedro no significó dominio, dictadura, autoritarismo. Por eso, creo importante recalcar el sentido “comunitario y fraternal” de las primeras iglesias cristianas.

2.- ¿Cuándo nace y de dónde procede la participación de los creyentes en la gestión de la Iglesia?

Meridianamente, desde sus comienzos. Cuando apenas eran unos pocos, Pedro busca el acuerdo de la minúscula comunidad (Iglesia) para presentar candidatos en reemplazo de Judas. (Hch. 1,15-26). Cuando la comunidad crece y los apóstoles no dan abasto en la justa atención a todos los miembros de la Iglesia de Jerusalén, tras la protesta de los helenistas, convocan a toda la comunidad para que elijan al grupo de los “siete” para el servicio (diaconía) de la Iglesia. (Hch. 6, 1-6) Y esta participación no cesa en los siglos posteriores. Todavía en el siglo I, el papa Clemente, tercer obispo de Roma escribe: “Los apóstoles impusieron la norma de que varones probados les sucedieran en el ministerio con el consentimiento de toda la comunidad”. La Didajé o Enseñanzas de los Doce Apóstoles, considerado el primer “catecismo” escrito que conocemos y reconocido con gran estima por los Padres de la Iglesia, dice: “Elegíos obispos y diáconos dignos del Señor, hombres mansos, no amantes del dinero, sinceros y probados…” (Cap. 15.1) Y el papa san Celestino I (s.IV) insiste: “Nadie sea dado como obispo a quienes no lo quieran. Búsquese el deseo y el consentimiento del clero, del pueblo y de los hombres públicos.” (Carta a los obispos de Vienne). Podríamos añadir un largo etcétera. Esta es la auténtica Tradición eclesial. El afán de poder y el centralismo la invalidaron y aniquilaron, anulando totalmente la intervención de la comunidad. ¿No era esta forma de aportación comunitaria una “democracia participativa”, vale decir la participación del pueblo de Dios en la gestión de la comunidad (Iglesia)? Por tanto, la iniciativa de Osoro entronca irreprochablemente en lo más genuino de la Tradición durante los primeros cinco siglos de la Iglesia.

3.- ¿Reformar o regenerar?

Tras estas reflexiones, me pregunto: ¿Qué se pretende tanto con el proyecto del papa Francisco como con la propuesta del arzobispo Osoro, ¿reformar la curia o regenerarla? Aunque podamos usarlos como sinónimos, los dos términos encierran matices muy diferentes: “reformar” significa dar nueva forma, o sea modificar, variar, retocar. Sin embargo, “regenerar” encierra el significado de restablecer, restaurar, reponer.

La Iglesia jerárquica, desde desafortunados tiempos pretéritos, ha institucionalizado la endogamia. El principio de Juan Palomo ha sido el “guiso” siempre aderezado por los eminentes jerarcas de la Iglesia, secundados por sus mandos intermedios. Parece que la Iglesia la constituye solamente el clero, los demás no pintan nada. Los laicos han quedado postergados y preteridos a lo largo de muchos siglos. ¿Qué se persigue, pues, con estas iniciativas, continuar con la dedocracia jerárquica rediseñando las fórmulas “seudotradicionales” o restablecer y reponer la Tradición de las Comunidades primitivas?

El último Consistorio aboga por la «auténtica sinodalidad y la verdadera colegialidad» en el gobierno de la Iglesia (RD. 13 de febrero de 2015). Como se ve, los términos “sinodalidad y colegialidad” hacen referencia exclusivamente al estamento clerical. Por su parte monseñor Osoro cursa su propuesta solamente a los sacerdotes. No parece, pues, que la participación de los laicos esté muy próxima. Sin embargo, no faltan voces significativas en la Iglesia que buscan este restablecimiento. El cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich afirma rotundamente (RD. 11 de febrero de 2015): «Una institución centralizada no es una institución fuerte. Es una institución débil. Hay que estar abiertos a los laicos, hombres y mujeres, pero especialmente mujeres. Yo lo digo y lo repito también en mi diócesis: Por favor, vean cómo podemos incorporar a los laicos, especialmente a las mujeres, en posiciones de responsabilidad en la administración diocesana. ¿Qué impedimentos necesitan superarse? La mentalidad! La mentalidad! Los obispos tienen que decidir. Los obispos y el Santo Padre tienen que comenzar a cambiar.”

Especialmente a las mujeres”, dice el cardenal. Efectivamente, reconoce que es uno de los grupos más marginados de la Iglesia. Reza el proverbio “Cuando la mujer da un paso, todos avanzamos”. (Rubrico. Yo esto lo percibo en mi esposa). Hay mujeres con una preparación similar e incluso superior a muchos eclesiásticos. Otro colectivo relegado y hasta proscrito es el de los curas casados. La Iglesia está desperdiciando y desaprovechando la experiencia y la preparación de estos meritorios sacerdotes que dedicaron ardientemente su vida a la proclamación y vivencia del Evangelio desde su estado sacerdotal y actualmente desde su opción matrimonial.

El cardenal Marx aviva la esperanza del cambio: «No estamos creando una nueva Iglesia, pero hay un aire fresco, un paso hacia adelante». Esto me hace pensar que ha llegado la hora de que tanto la jerarquía como los laicos, imponiéndose a su propia mentalidad de “clientes del clero”, tomen conciencia de que todos somos “responsables activos” en el funcionamiento y en la marcha de la Iglesia. Sustraerse a esta obligación, equivale a potenciar el “clericalismo”, ya de por sí excesivo y, a veces, abusivo.

Pepe Mallo

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Reforma de la Curia Vaticana: Los “doce apóstoles” de Francisco

lunes, 24 de noviembre de 2014
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pedro-720_560x280Exclusiva RD: así será la reforma de la Curia, que habla expresamente de «Consejo de Ministros” vaticano

El Papa aboga por un gobierno sinodal, y quiere evitar que Roma sea una «Corte» de obispos

(Jesús Bastante).- El Gobierno del Vaticano girará en torno a un «Consejo de Ministros», formado por una docena de personas, responsables de los nuevos dicasterios que conformarán la Curia Romana, según el proyecto de reforma que el Papa Francisco presentará este lunes a los miembros de la Curia. Al frente de dicho «consejo de ministros», pues así se denomina expresamente en el documento, al que ha tenido acceso en exclusiva RD, estarán los «doce apóstoles de Francisco«, que culmina una reordenación histórica en el devenir de la Iglesia católica. Con un gobierno colegiado como no se recuerda en torno a la barca de Pedro.

El proyecto tiene algunos puntos sumamente novedosos, e incluye la práctica desaparición de los Pontificios Consejos, que se integrarán en las 12 nuevas «congregaciones» (no se conoce si el término seguirá siendo éste, o directamente se hablará de «Ministerios»): las nueve actuales (Doctrina de la Fe, Culto Divino, Causas de los Santos, Iglesias Orientales, Evangelización de los Pueblos, Clero, Institutos de Vida Consagrada, Educación Católica y Obispos), a las que habrá que sumar la de Laicos y Familia; Caridad y Justicia (que reunirá las funciones de los consejos pontificios Justicia y Paz, Cor Unum, Migrantes y Pastoral de Salud) y un «ministerio de Comunicación«, que sólo se creará cuando concluya el estudio encargado a Lord Patten.

Con todas las salvedades respecto a los estados democráticos, en el Vaticano también habrá una mayor separación entre poder legislativo y judicial, manteniendo los Tribunales de la Signatura Apostólica una mayor independencia, aunque los delitos graves (como en el caso de la pederastia) seguirán dependiendo de Doctrina de la Fe.
Como en todo gobierno, además del Jefe de Estado (Papa Francisco), el Secretario de Estado se convertiría en una suerte de canciller (asuntos exteriores) que también ejercería el papel de «primer ministro».

La reforma de la Curia permitirá, también, reducir hasta el extremo la presencia de obispos y cardenales, dejando libres, casi de inmediato, hasta una quincena de puestos «cardenalicios«, que permitiría «internacionalizar» en breve el Colegio cardenalicio.

 

El Papa quiere evitar que la Santa Sede se convierta en una «conferencia episcopal» con medio centenar de prelados trabajando -y murmurando-, lo que, como veremos a continuación, es definido como un peligro de «autorreferencialidad» y de «carrerismo» intraeclesial, que se quiere erradicar.

Los «principios inspiradores» en la reforma de la Curia Romana, apunta el documento, inciden en que el organismo vaticano debe «ayudar al Papa en el gobierno cotidiano de la Iglesia», y debe ser «instrumento de la unidad de toda la Iglesia», respetando, empero, «la potestad de los obispos diocesanos y la justa autonomía de las Iglesias particulares».

«Parece necesaria una racionalización de los organismos de la Curia«, subraya el documento, que incide en que ningún dicasterio «debe atribuirse la competencia de otro», como puede suceder en la actualidad. El texto, que este lunes será explicado a los miembros de la Curia romana, apunta que «es necesaria una simplificación significativa de la Curia«. Por ello, se decide «la fusión de los Pontificios Consejos siguiendo materias de competencia», así como la «simplificación interna de los dicasterios», o una «eventual reducción o supresión» de Consejos o dicasterios.

El primer organismo en ser modificado es la Secretaría de Estado, que pasaría a ser una suerte de «órgano de coordinación de los dicasterios». El secretario de Estado, como «primer colaborador del Santo Padre», debe fomentar «periódicas y frecuentes reuniones con los jefes de los dicasterios, el Consistorio ordinario o el Consejo de la Secretaría Permanente del Sínodo». El número dos vaticano podrá además, ejercer labor de coordinación, activando «comisiones mixtas» en caso de conflicto entre «ministerios» vaticanos.

«El trabajo de la Curia debe ser sinodal«, afirma el documento, que consagra la necesidad de «hacer habituales las reuniones de los jefes de Dicasterio, presididas por el Romano Pontífice», en una suerte de «Consejo de Ministros» (el texto utiliza esta expresión) de la Iglesia romana. «La reducción significativa del número de dicasterios permitirá encuentros más frecuentes y sistemáticos de cada prefecto con el Papa» dado que no serán «un grupo excesivamente numeroso«.

La «sinodalidad» también «debe ser utilizada en el interior de cada dicasterio», dando «particular relevancia y frecuencia » a las sesiones ordinarias, con una mayor participación de los miembros». No obstante, el documento anima a «evitar la fragmentación y la multiplicación de sectores especializados, que pueden tender a la autorreferencialidad».

«El empeño de todo el personal de la Curia debe esta animado por una espiritualidad de servicio y de comunión: se trata de crear estructuras que eliminen el carrerismo«. La nómina de colaboradores seguirá «criterios eclesiales», y en ellos formarán parte laicos, sacerdotes y religiosos «de probada vida cristiana». Y no tanto obispos, pues «un modo de evitar el peligro del carrerismo» es el de conseguir que los oficiales de dicasterios no ejerzan su autoridad «porque sean obispos, sino por la autoridad concedida por el Santo Padre».

«Deberá procurarse un acceso a un número mayor de laicos, especialmente en algunos dicasterios en los que puedan ser más competentes que los clérigos o religiosos», como sucede (tal y como anunció ayer RD) con el macrodicasterio de Laicos y Familia.

Fuente Religión Digital

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