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Todos estamos predestinados al éxtasis…

Sábado, 4 de abril de 2020

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Cuando aquellos a quienes amamos nos piden algo, les damos las gracias por pedírnoslo. Si tú deseases, Señor, pedirnos una única cosa en toda nuestra vida, nos dejarías asombrados, y el haber cumplido una sola vez tu voluntad sería el gran acontecimiento de nuestro destino. Pero como cada día, cada hora, cada minuto, pones en nuestras manos tal honor, lo encontramos tan natural que estamos hastiados, que estamos cansados… Y, sin embargo, si entendiésemos qué inescrutable es tu misterio, nos quedaríamos estupefactos al poder conocer esas chispas de tu voluntad que son nuestros minúsculos deberes. Nos deslumbraría conocer, en esta inmensa tiniebla que nos cubre, las innumerables, precisas y personales luces de tus deseos. El día que lo entendiésemos, iríamos por la vida como una especie de profetas, como videntes de tus pequeñas providencias, como agentes de tus intervenciones.

Nada sería mediocre, pues todo sería deseado por ti. Nada sería demasiado agobiante, pues todo tendría su raíz en ti. Nada sería triste, pues todo sería querido por ti. Nada sería tedioso, pues todo sería amor por ti.

Todos estamos predestinados al éxtasis, todos estamos llamados a salir de nuestras pobres maquinaciones para resurgir hora tras hora en tu plan. Nunca somos pobres rechazados, sino bienaventurados llamados; llamados a saber lo que te gusta hacer, llamados a saber lo que esperas en cada instante de nosotros: personas que necesitas un poco, personas cuyos gestos echarías de menos si nos negásemos a hacerlos. El ovillo de algodón para zurcir, la carta que hay que escribir, el niño que es preciso levantar, el marido que hay que alegrar, la puerta que hay que abrir, el teléfono que hay que descolgar, el dolor de cabeza que hay que soportar…: otros tantos trampolines para el éxtasis, otros tantos puentes para pasar desde nuestra pobre y mala voluntad a la serena rivera de tu deseo.

*

Madeleine Delbrêl
La alegría de creer,
Santander 1 997, 1 35s.

Madeleine_Delbrel2 

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , ,

Padre nuestro…

Domingo, 28 de julio de 2019

padre-e-hijo-hablan

 

Padre nuestro tu que estás
en los que aman la verdad,
haz que el reino que por Ti se dio
llegue pronto a nuestro corazón,
que el amor, que tu hijo,
nos dejó, ese amor…
habite en nosotros.

*

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

*

Y en el pan de la unidad,
Cristo danos Tú la paz
y olvidate de nuestro mal,
si olvidamos el de los demás,
no permitas, que caigamos
en tentación…
oh señor…
y ten piedad…
del mundo.

*

***

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

– “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.”

Él les dijo:

– “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”

Y les dijo:

“Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.”

Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.”

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

*

Lucas 11, 1-13

***

Tú has venido, oh Señor, a revelar a tu Padre como Padre de todos, un Padre que no alberga resentimientos o deseos de venganza, un Padre que se preocupa por cada uno de sus hijos con un amor infinito y que no vacila en invitarlos a su casa. Sin embargo, hoy no da la impresión de que nuestro mundo conozca a tu Padre. Nuestras naciones están laceradas por el caos, por el odio, por la violencia, por la guerra. La muerte domina en muchos lugares.

Oh Señor, no olvides el mundo al que viniste a salvar a tu pueblo; no vuelvas la espalda a tus hijos, que desean vivir en armonía pero se sienten asaltados de continuo por el miedo, la rabia, la codicia, la violencia, la avidez; por la sospecha, por los celos y por la sed de poder. Trae tu paz a este mundo, una paz que no podemos conseguir nosotros solos. Despierta la conciencia de todos los pueblos y de sus jefes; haz surgir hombres y mujeres llenos de amor y generosidad, que puedan hablar y actuar en favor de la paz, y muéstranos nuevos modos para que el odio sea olvidado, para que puedan a volver a sanar las heridas y pueda ser restablecida la humanidad. Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme. Amén .

*

H. J. Nouwen, Preghiere dal silenzio, Brescia 2000, pp. 54ss

***

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Cuando pedimos a Dios, ¿qué pedimos?, ¿qué esperamos?, ¿qué obtenemos?

Lunes, 8 de octubre de 2018

15-12-09-martes-2Juan de Burgos Román
Madrid.

ECLESALIA, 14/09/18.- Desde tiempo inmemorial, el Valle de las Plegarias ha sido un lugar grato, tranquilo, de clima suave, calmo, al que muchas gentes acuden a pasar unos días de recogimiento, abstrayéndose en sus propios pensamientos, alejando su mente del mundo que les rodea.

Hace ya años, en el valle se erigió un monasterio de monjes contemplativos; la gente lo llamó el Monasterio de Dimeseñor, pues los ascetas que en él moran permanecen a la atenta escucha de cuanto pudiera venir de lo alto. Sus plegarias son suplicas humildes a Dios a fin de alcanzar: paz interior, para vivir armoniosamente; buen juicio, para distinguir lo bueno de lo malo; sabiduría, para comportarse con acierto; perseverancia, para sobrellevar las adversidades; generosidad, en todo; prudencia en el obrar; inspiración para percibir los planes de Dios; resolución para hacer su voluntad.

El monasterio terminó siendo objeto de admiración, pues corrió la voz de que sus monjes tenían un excelente modo de vivir. Pero, desgraciadamente, lo del buen vivir de los monjes se terminó entendiendo de un modo torcido, ya que se vino a suponer que vivían regaladamente, cual acaudalados terratenientes, rodeados de comodidades y, por si fuera poco, también se decía que todos esos lujos y riquezas eran resultado de sus rezos. En consecuencia, el vulgo termino por creer que aquel lugar era mágico, milagroso, poco menos que sobrenatural. Y así ocurrió que al valle fueron llegando muchas gentes a pedirle a Dios toda clase de beneficios materiales: solicitaban dineros, un empleo, que sus enfermedades se curasen, éxito en sus proyectos, etc. Para dar acogida a todas estas personas, se levantó allí un santuario; Santuario de Dameseñor fue el mote que le pusieron, ya que a él se iba en peregrinación buscando que, con los rezos, Dios concediese un sinfín de favores.

En cierta ocasión, en la que se producía un cambio de rector en el santuario, el nuevo y bisoño rector, el rector Pipiol, le decía a su antecesor, el viejo rector Prudencio, que, a su parecer, en el Valle de las Plegarias se rogaba a Dios de dos maneras encontradas, que la una era la antítesis de la otra: En un extremo se hallaban los monjes del Monasterio de Dimeseñor, que se interesaban por el parecer de Dios, para hacer de ese parecer el suyo, cambiando ellos de criterio si se hacía necesario; en el extremo opuesto estaban los que peregrinaban al santuario de Dameseñor, los cuales le pedían a Dios que renunciase Él a su parecer, en favor del de ellos. Y es que, decía el nuevo rector, el cual era tajante en el opinar, los unos buscan la voluntad de Dios, para adaptarse a lo que Él quiere, y los otros le piden a Dios que cambie, que se adapte Él a lo de ellos.

Sin embargo, el rector Prudencio, compartiendo en parte la opinión de Pipiol, no pensaba exactamente como él; Prudencio decía que, según su experiencia de muchos años atendiendo a los peregrinos que acudían a aquel santuario, estos, aunque deseaban que se resolvieran sus problemas, que a eso habían venido, no siempre se aferraban a que Dios hiciera grades portentos en su favor. Para bastantes de ellos, lo más importante pasaba a ser hablar con Dios acerca de sus apuros, sus crisis, sus necesidades; normalmente, tenían el convencimiento de que iban a ser escuchados y terminaban recibiendo consuelo para sus desdichas. No era raro, decía el experimentado rector, que, después de haberse desahogado, que tenían mucha necesidad de ello, y a pesar de que no se hubiera producido el gran milagro que vinieron a buscar, se marchasen de allí reconfortados, pues con sus oraciones había cambiado su manera de afrontar la vida y el modo de situarse ellos frente a sus tribulaciones, pasando, del abatimiento y pesimismo que les acompañaba al llegar al valle, a una aceptación confiada de su situación, lo que les hacía ver su futuro libre de los negros nubarrones que antes les asfixiaban.

Así que, concluía el viejo rector, los peregrinos vienen al santuario a pedir curación para sus dolencias, u otros prodigios similares, y Dios les ofrece paz, alegría, aceptación. Algunos reciben estos dones, los acogen, y marchan transformados; y es que se ha producido un renacer en sus vidas. Pero, por desgracia, hay otras personas que, inamovibles, siguen aferrados a su petición, siguen esperando un prodigio espectacular; a ellos ni les alcanza la paz, ni les cala la alegría, que rechazan todo lo que no sea conseguir su inicial objetivo. Al comportamiento de estos últimos, Prudencio lo asemejaba al de las moscas, que se empeñan en salir al exterior a través del cristal de la ventana. Dichosos, decía él, los que son capaces de dejarse convencer por Dios, los que, aparcando su obstinada petición de los comienzos, se consagran a expresar sosegadamente sus deseos y, así, logran descubrir, y acoger, la ayuda que Dios les brinda.

Pipiol, discrepando de lo que le decía Prudencio, sacó a colación este texto evangélico: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Lucas 11,9-10). Entonces, Prudencio señaló que, cuando se dice que al que pide se la dará, no se especifica lo que se le dará y, aunque pudiera pensarse que se le dará aquello que hubiera pedido, de eso nada se dice, ni parece cosa razonable, que hay quienes piden hasta el mal para el vecino. Sobre lo que se dará al que pide en oración, el viejo rector recordó que, un poco más delante del texto que Pipiol acababa de citar, está aquello de que el Padre del cielo dará el Espíritu Santo.

Pasados los años, Pipiol, que había cambiado: ahora le llamaban Sensat, recordando su conversación con Prudencio, pensó en lo importante que es, cuando oramos, pararse a discernir calmadamente cuál, de las puertas que divisamos, es la que se nos ofrece, que muchas veces nos metemos por puertas que conducen a sitios equivocados e, incluso, en no pocas ocasiones, nos empeñamos en atravesar las paredes.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Padre nuestro…

Domingo, 24 de julio de 2016

padre-e-hijo-hablan

Padre nuestro tu que estás
en los que aman la verdad,
haz que el reino que por Ti se dio
llegue pronto a nuestro corazón,
que el amor, que tu hijo,
nos dejó, ese amor…
habite en nosotros.

*

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.

*

Y en el pan de la unidad,
Cristo danos Tu la paz
y olvidate de nuestro mal,
si olvidamos el de los demás,
no permitas, que caigamos
en tentación…
oh señor…
y ten piedad…
del mundo.

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***

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

– “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.”

Él les dijo:

– “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”

Y les dijo:

“Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.”

Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.”

Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros:

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”

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Lucas 11, 1-13

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