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“Sin lugar a dudas las mujeres se sienten excluidas en la Iglesia católica”, por Lidia Rodríguez.

Sábado, 6 de abril de 2019

BinarioProfesores.jspLa profesora de Teología de la Universidad de Deusto Lidia Rodríguez ha considerado necesario terminar con la discriminación de la mujer en la Iglesia católica, como hicieron hace mucho otras iglesias cristianas, que tienen sus “arzobispas”, “obispas”, “diaconisas” y pastoras.

Rodríguez (Valencia, 1968), quien ha intervenido en Pamplona en el ciclo de conferencias organizado por el Foro Gogoa, ha afirmado en una entrevista con Efe que la mujer en la Iglesia católica se siente discriminada y ha apuntado que en algunos casos se está silenciando la corriente teológica feminista.

Doctora en Teología Bíblica por la Universidad de Deusto, Rodríguez es presbítera ordenada de la Unión Bautista y ha desempeñado labores pastorales durante quince años en la Comunidad Cristiana Evangélica de Bilbao.

Sus últimas publicaciones están dedicadas a la relación entre Biblia y cultura y a la exégesis feminista del Antiguo Testamento.

ENTREVISTA

¿Las mujeres se sienten excluidas en la Iglesia católica?

Sin lugar a dudas, sobre todo las que han estudiado Teología, que han estudiado Biblia, mujeres que por ejemplo son profesoras de religión en centros de primaria y de secundaria, mujeres que están trabajando en las diferentes diócesis.

Pero no es ésta una realidad muy conocida…

Sí se han levantado muchas voces críticas con la situación de las mujeres dentro de la Iglesia católica y, de hecho, no es extraño hoy leer a mujeres teólogas feministas católicas. Lo que sucede es que en muchas ocasiones ese discurso no llega de forma generalizada y en algunas ocasiones incluso hay ‘cierres’ de lugares de conferencias o no se promociona el asistir a este tipo de actos.

¿Quiere decir que se trata de silenciar a las teólogas feministas?

En algunos contextos y en algunos círculos sí, en otros no. Es injusto hacer una especie de ‘enmienda a la totalidad’. Hay facultades de Teología donde se acoge el discurso feminista sin dificultad, hay diócesis que promocionan a mujeres y hay otras que no. El panorama es bastante diverso. El futuro de las mujeres depende muchas veces de en qué diócesis están trabajando, quiénes son esos obispos, esos decanos de facultades o de institutos de teología.

¿Ocurre esta discriminación en todas las Iglesias cristianas?

El patriarcado ha marcado siempre la subordinación de las mujeres en todos los sectores, en el económico, en el intelectual y, por supuesto, en el religioso y en todo el mundo cristiano también. Ahora bien, hay tradiciones eclesiales donde sí que hay una sanción dogmática oficial en contra del sacerdocio presbiterado para las mujeres, pero en otras tradiciones cristianas, no.

Por un lado, las Iglesias orientales ortodoxas siempre han mantenido la figura de las mujeres diaconisas y ahora se están reivindicando desde su propio pasado, desde su propia tradición, porque siempre han existido.

En la Iglesia católica está sucediendo algo muy parecido, hay una serie de estudios que se han presentado al Papa Francisco acerca de las diaconisas de la Iglesia antigua para reivindicar esa figura.

Sin embargo en las Iglesias protestantes es muy variable la situación. Por ejemplo, la Iglesia anglicana tiene arzobispas y obispas, la Iglesia luterana también, en muchísimos grupos protestantes hay pastoras, y ahí encontramos diferencias bastante notables.

¿Hay visos de solución a este problema?

Si en la Iglesia católica ya hay unos textos que marcan la prohibición explícita de la ordenación de mujeres, va a ser bastante complicado, va a tardar mucho tiempo en que realmente haya un cambio de esa oficialidad, de esa dogmática oficial.

En otras tradiciones cristianas, hay un debate interno, que en muchos casos ya se ha resuelto, a favor del ordenamiento eclesial de las mujeres. Es decir, se ha normalizado su presencia.

¿Es necesario un Concilio Vaticano III para tratar este asunto?

Para esto y para otras muchas cosas, como lo que tiene que ver con la actualización del pensamiento teológico general y por supuesto en relación a las mujeres, pero también el diálogo interreligioso o el encuentro entre culturas. Hay muchos aspectos que necesitan el famoso ‘aggiornamento‘ (“actualización” en italiano) que pregonó el Vaticano II.

Lidia Rodríguez

Fuente EFE/Religión Digital

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Caín, ¿dónde está tu hermana? Dios y la violencia contra las mujeres

Miércoles, 30 de noviembre de 2016

ate

Es el momento de responder a la pregunta: ¿dónde están nuestras hermanas?, y responderla desde nuestro compromiso diario para dar visibilidad, denunciar culpabilidades, acompañar y suprimirla

Los días 12 y 13 de noviembre se han celebrado las XIV Jornadas de la Asociación de Teólogas Españolas, con el título: Caín, ¿dónde está tu hermana? Dios y la violencia contra las mujeres.

Después de una presentación de Carmen Bernabé sobre las líneas generales que se abordarían en el encuentro, comenzó la primera ponencia: La violencia contra las mujeres: la construcción de un marco feminista de interpretación, a cargo de Ana de Miguel (feminista y profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid), en la que se preguntaba cómo abordar teóricamente la violencia contra las mujeres, para llegar a entenderla e impulsar políticas para erradicarla y transformar la realidad.

Realizó una breve reseña histórica de los principales filósofos, empezando por Aristóteles y Platón en la Grecia clásica, base de nuestra sociedad y democracia, pasando por el Medioevo, la Ilustración y llegando a nuestros días, para afirmar que la minusvaloración, la dominación del hombre sobre la mujer es algo que forma parte de nuestro más íntimo yo, como algo cotidiano, normativo.

En el siglo XXI no necesita hacerse explícita, porque ya existe una necesidad de control por parte de las mujeres, debido al miedo a la violación que, junto a la pobreza y la desigualdad genera violencia.

Adela Asúa, jurista y catedrática española, magistrada del Tribunal Constitucional, pronunció su ponencia sobre el tema: De la tutela del cuerpo a la tutela del espíritu. Ley penal y delitos sexuales. Comentó diciendo que a partir de 1948, cuando se aprueba la Carta de los Derechos Humanos, hay un impulso en las leyes para legislar una igualdad real entre hombres y mujeres, a pesar de los obstáculos, pues en general las clases jurídicas son conservadoras, lentas para cualquier cambio legislativo. Las grandes declaraciones de la ONU también han sido muy importantes, cristalizando algunas en el último cuarto del siglo XX.

Los grandes cambios solo llegan a hacerse realidad cuando la población lo exige, y logran que sus reclamaciones incidan en los políticos y luego en los juristas. En España hasta 1995 ha predominado una legislación de leyes injustas, discriminatorias, que no eran contundentes contra la violencia contra las mujeres. Hay que llegar al siglo XXI para que se vayan implantando leyes contra la violencia de género, el maltrato y la sumisión.

Lidia Rodríguez, pastora evangélica, profesora de teología bíblica en la Universidad de Deusto, dijo que la Biblia está presente en la cultura de la sociedad española. El imaginario social crea una cosmovisión, una memoria colectiva, formas de pensar, desear y valorar. Y también para justificar el orden del statu quo. Pero también cuestiona ese orden. Unos textos bíblicos han dejado huella y otros no.

 

En la Biblia hay relatos espantosos, de auténtico terror, por la violencia ejercida sobre la mujer, como en Jueces 19. A veces la violencia simbólica es superior a la física, las mujeres son solo una moneda de cambio y el narrador mantiene un absoluto silencio. El matrimonio en Israel es un contrato de control. Solo Yahvé, en algunos textos, perdona y acoge a las mujeres. Lidia nos dijo que había que recrear y reinventar la sexualidad de la mujer y todo lo que conlleva. La Biblia puede crear un nuevo imaginario social, mostrando más la imagen de Dios como una madre, dolorida hasta las entrañas, acogedora, que serena y amamanta, o como un útero lleno de cariño. Lo cierto es que “Dios padece con, por, en nosotras”.

La última ponencia del sábado estuvo a cargo de Marisa Cotolí, religiosa Oblata del Santísimo Redentor, que habló del Pulso entre la vida y la muerte en las mujeres que padecen la prostitución forzada y la trata. Lo primero que se preguntaba es si la muerte puede ganarle el pulso a la vida.

La prostitución es un fenómeno muy complejo, un modelo deformante de la relación entre los hombres y las mujeres. Se estima que la prostitución puede mover entre 5.000 y 7.000 millones de dólares, superando ya al mercado de la droga. 4 millones de personas, sobre todo mujeres, vienen a Europa para ejercerla y su consumo es en su mayoría por los hombres (99,7%). Las prostitutas siempre están expuestas a la violencia y la marginalidad. La trata es el ejemplo más claro de la violencia sexual y del trato como simple mercancía. Es una esclavitud de la que no hay datos fiables, pero lo cierto es que el 80% son mujeres y niñas.

Sin embargo la vida puede ganarle el pulso a la muerte. Estas mujeres no han dejado que se apague la esperanza, con una actitud positiva, resilente; cuando encuentran razones para confiar en otros y en sí mismas es cuando encuentran motivos para seguir viviendo.

El domingo comenzó con la ponencia Amores que liberan, el Dios solidario que acompaña desde la cruz a las mujeres. Estuvo a cargo de Silvia Martínez Cano, profesora de la Universidad Pontifica de Comillas (y nueva presidenta de la ATE), que se preguntaba qué tiene que decir Dios sobre la violencia contra las mujeres, sabiendo que es un mal extremo, profundo, con el que convivimos cada día. Un mal banalizado, trivializado. Esta violencia desautoriza a las mujeres por su “insignificancia”, pues crecen insatisfechas, culpabilizadas, con miedo a hacer las cosas mal, a ser castigadas. Nunca será suficiente lo que hagan.

Incluso se sentirán también culpables por su resistencia, por ser inteligentes, creativas, transformadoras. Y esto lleva a la vulnerabilidad y al sufrimiento cotidiano. Ivone Gebara dice que la mujer padece 4 males: No poder, no tener, no saber y no valer.

¿Cómo se puede decir a una mujer que sufre que Dios la ama? La cruz es un escándalo, pues tiene una gran ambigüedad. Solo la cruz que se convierte en solidaridad y lucha, para bajar de sus cruces a las mujeres, puede representar un signo de liberación. La cruz debe representar el no a la cruz, desde las microesperanzas cotidianas, activas, transformadoras. Dios nos da fuerza desde la resistencia.

Por último Susana Becerra, de la Universidad Javeriana de Bogotá, nos habló en su ponencia del Dios crucificado en cuerpo de mujer. Por una teología sanadora. El proceso con las mujeres inmersas en la violencia sexual provocada por el conflicto armado colombiano, lo vive desde la teología pastoral, pues acompaña a mujeres desplazadas por la guerra, que está inscrita en la piel de la mujer afrocolombiana, indígena, empobrecida y, por lo tanto, excluida, invisibilizada, sin ciudadanía. Ante tantas violaciones forzadas por militares y paramilitares principalmente, de forma sistemática, lo sienten como la cruz que tienen que sufrir, muchas veces incluso con un sentimiento de culpabilidad. Y este sufrimiento no solo se convierte en un problema personal, sino también familiar y social. Los soldados las violan en grupo como expresión de un rito en el que celebran la brutalidad humana, y así imponen la humillación, el terror.

Susana también se planteó la pregunta, después de analizar detalladamente el texto de Jueces 19: ¿la violencia y el silencio tendrán la última palabra? La teología, las mujeres y hombres cristianos, deben acompañar a todas las mujeres violentadas, llevar a cabo una campaña contra la violencia sexual que se vive en la sociedad colombiana, de forma cotidiana, denunciarla y comprometerse para erradicarla.

Han sido unas jornadas intensas, duras, que han puesto sobre la mesa la realidad, a nivel nacional y mundial, la lacra de la violencia sexual ejercida principalmente contra las mujeres. Es el momento de responder a la pregunta: ¿dónde están nuestras hermanas?, y responderla desde nuestro compromiso diario para dar visibilidad, denunciar culpabilidades, acompañar y suprimirla. Solo entonces las víctimas sentirán la ternura y el amor de Dios Madre y Compañera en sus vidas.

Miguel Ángel Mesa Bouzas

Fuente Redacción Digital

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