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El epitafio de Don Pedro Casaldàliga: “Para descansar, una cruz de palo, con lluvia y sol”. Descansa en el cementerio de los olvidados.

Viernes, 14 de agosto de 2020

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Tumba de Pedro Casaldáliga – Foto Rômulo

A sus 92 años y aquejado de Parkinson, el obispo-poeta preparó su “marcha”

Quiso que se excavase su tumba en el cementerio de los excluidos, frente al río Araguaia

Era el cementerio de los sin tierra, de los que casi no tenían sitio para enterrarse. En aquella época en la que morían los niños por decenas y sus padres los enterraban en cajas de zapatos

El grito por la tierra y por la libertad recorre las estrofas de su poema-epitafio: “Para descansar / eu quero só / esta cruz de pau / com chuvia e sol / estes sete palmos / e a Ressurreiçao”

“Se hizo solidario con los que Dios se solidarizó, los abandonados, los excluidos, los esclavos”

Luis Miguel Modino: Pedro descansa donde siempre soñó, a la orilla del Araguaia, entre un peón y una prostituta

Foro ‘Curas de Madrid y Más’: “Dom Pedro dio forma a una manera nueva de sentirse Iglesia y de estar en la Iglesia”

Padre Ángel: “Casaldáliga me contó que le tuvieron que dejar una sotana para verse con Juan Pablo II”

Pedro Casaldáliga y su amor a María

“Casaldàliga vivía pobremente y vibraba con el evangelio

Pedro Pierre: “Casaldáliga, el último profeta de la Iglesia de los Pobres en América Latina”

“Para descansar / eu quero só / esta cruz de pau / com chuvia e sol / estes sete palmos / e a Ressurreiçao”. Éste es el epitafio que Don Pedro Casaldàliga quiso que se colocase sobre su tumba, en el cementerio de los excluidos de Sao Felix, mirando a la belleza sin par del río Araguaia.

El epitafio es la estrofa de un poema escrito por el propio Don Pedro, que me mostró con temor y temblor su ex vicario general, el agustino Félix Valenzuela. Escrito a máquina, en un folio, que su amigo y estrecho colaborador desde hace tanto tiempo conservaba doblado en su cartera. Como una reliquia, como un tesoro, cromo un deber doloroso, pero necesario.

Lúcido, pero con un Parkinson que ha avanzado sin cesar y ya apenas le permitía hablar, hace años que Casaldàliga, plenamente consciente de su situación, tenía todo previsto. No quería dejar problemas a sus amigos agustinos. Sólo su amor entregado a jirones, su memoria agradecida y sus recuerdos sembrados por toda la casa.

Sus últimas voluntades son sencillas, como su vida entera. Sicut vita, finis ita (morimos como vivimos). Un epitafio en forma de poema. Lo lógico en un poeta del fuste de Casaldàliga. Y una simple tumba, sin ostentación alguna, en un cementerio abandonado.

En el poema dedicado a su epitafio y titulado ‘Cementerio de sertao’ enumera los elementos esenciales de su descanso eterno

En el estribillo del poema dedicado a su epitafio y titulado ‘Cementerio de sertao’ enumera los elementos esenciales de su descanso eterno: la cruz de palo, la lluvia y el sol, los siete palmos de tierra preceptivos para enterrar en Brasil, y la Resurrección.

Pedro_descansa_a_la_orilla_del_AraguaiaPara morir solo los siete palmos, no quería ni necesitaba más. Pero, para vivir, la parte justa de tierra. Por eso, el grito por la tierra recorre de principio a fin el poema de su epitafio. A luchar por ella dedicó su vida y quiere entregar también su muerte, como ofrenda última. Por ese derecho sagrado a la tierra que no es de los latifundistas, doctores Nadie, sino de Dios.

En la segunda estrofa sigue resonando el grito de la tierra para los sin tierra en un país de enormes latifundios. El derecho a la tierra por encima de la ley de los hombres y siguiendo la ley de la propia Tierra, a la que tienen derecho también los pobres “sin voz y sin vez” y sus hijos. Porque los hijos de la gente son gente también. Personas humanas con su sacrosanta dignidad.

El grito de la tierra sigue presente en la tercera estrofa. Ese grito por el que se jugó la vida en varias ocasiones y que le costó la muerte a su compañero sacerdote Joao Bosco, asesinado por una bala que iba destinada al obispo.

Por eso proclama que ese derecho a la tierra no se podrá detener ni con dinero ni con alambradas, porque los pobres también tienen facas. Las armas de la no violencia activa, con la que defienden sus derechos. La no violencia activa que son los brazos de los pobres que rodean cielo y tierra.

Y en la última estrofa añade al grito de la tierra el de la libertad. No basta tener tierra. Los pobres exigen tierra y libertad. No hay una sin las otra ni otra sin la una. Dos derechos que se exigen. No como si se pidiese limosna ni como si los pobres tuviesen que comprar lo que les pertenece. Porque en el reino del diablo-dinero, los pobres no se venden y los ricos, por muy  podridos que estén de dinero, nunca podrán comprar a Dios.

Ese epitafio-grito por el derecho a la tierra quiso Casaldáliga que aparezca en su tumba situada en un cementerio abandonado a las afueras de la ciudad de Sao Felix. Era el cementerio de los sin tierra, de los que casi no tenían sitio para enterrarse. En aquella época en la que morían los niños por decenas y sus padres los enterraban en cajas de zapatos.

En este cementerio de los excluidos sólo quedan unas cuantas cruces y tumbas sin nombre. Muertos desconocidos, condenados en vida a la esclavitud de la falta de tierra propia y, en la muerte, al olvido. Nadie los recuerda. Nadie les lleva flores. Nadie los llora.

En la actualidad, el cementerio está totalmente abandonado y cubierto de zarzas y matojos. En el centro del otrora camposanto, todavía campea una gran cruz sobre unos cuantos peldaños de cemento. Al lado, un mango enorme. Y, delante, el río Araguaia, ancho, bello y caudaloso, que discurre casi lamiendo las paredes del cementerio de los olvidados.

Ahí, en el cementerio de los suyos, de aquellos por los que entregó su vida, quiso ser enterrado. El obispo de los excluidos, descansando eternamente con los abandonados. Y seguro que, tras su muerte, el cementerio no va a tardar en convertirse en un lugar de peregrinación. Por la carretera y por el río, que tantas veces surcó en canoa de remos, seguirán llegando los lamentos de los sin tierra, el llanto de los negros, las lágrimas de los campesinos y los sonidos de la danza de la paz de los indios karajás, que siguen habitando enfrente, en la isla fluvial más grande del mundo. Al santuario de San Pedro Casaldáliga. Ruega por nosotros.

Entierro_de_Pedro_-_Foto_Romulo

 

Cemiterio de sertao

Para descansar
eu quero só
esta cruz de pau
com chuva e sol,
este sete palmos
e a Resurreiçao!
Mas para viver
eu já quero ter
a parte que me cabe
no latifundio seu:
que a terra nao é sua,
seu doutor Ninguém!
A terra é de todos
porque é de Deus!

Para descansar…

Mas para viver,
terra eu quero ter.
Com Incra ou sem Incra,
comn lei ou sem lei.
Que outra Lei mais alta
já a Terra nos deu
a todos os probes
sem voz e sem vez;
que os filhos da gente
sao gente também!

Para descansar…

Mas para viver,
terra exijo ter.
Dinheiro e arame
nao nos vao deter.
Mil facoes zangados
cortam para valer.
Dois mil braços juntos
cercam terra e ceu.

Para descansar…

Mas para viver,
terra e liberdade
eu preciso ter.
E nao peço esmola
nem compro o que é meu.
A Sudam e o diabo
podem se vender:
gente nao se vende,
nem se compra Deus!

Para descansar…

Rodeado_de_sus_amigos_-_Foto_Romulo

Fuente Religión Digital

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Beato Monseñor Romero: sacerdote, profeta y… mártir

Sábado, 23 de mayo de 2015

beatificacion-monsenor-romeroComo primicia de un nuevo Pentecostés, nuestro hermano Oscar es beatificado hoy…

Reflexiones con motivo de su próxima beatificación
Pablo Dominguez, Secretariado Diocesano de Migraciones, Alicante

ECLESALIA, 19/05/15.- En estos momentos en el cielo, Mons. Romero se debe sentir como un niño con zapatos nuevos. Romero fue sacerdote, profeta y… mártir; pero desde ahora también oficialmente Beato, en su  recién reconocimiento por la Iglesia Católica. Parece que la talla de sus humildes pies que pisaron nuestro mundo, especialmente el de los más pobres, ha crecido. Ascendiendo así en los altares.

Pero Monseñor Romero ya era santo, desde el día que lo mataron hace 35 años. Así lo siente suyo su pueblo, no solo el salvadoreño, sino todo un continente, especialmente todos los empobrecidos de Latinoamérica y del mundo entero que conocen su testimonio. Llamándolo, recordándolo e invocándolo como San Romero de América, pastor y mártir nuestro. Confirmando sus palabras días antes de su asesinato: “Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás… Si me matan resucitaré en el Pueblo”.

Este posiblemente es el reconocimiento más grande que ha recibido hasta ahora Mons. Romero, quizá con aras de hacerle justicia terrenalmente. Con esta proclamación se puede interpretar un paso más del Papa Francisco, en nuestro querer una Iglesia pobre y para los pobres. Como así lo fue la experiencia eclesial de Romero: “Los pobres han marcado el verdadero caminar de la Iglesia”.

Por eso en este acontecer eclesial no solo se reconoce el camino de santidad de Oscar Romero como obispo de los pobres, sino también una vez más la realidad de un pueblo mundial que ha sido y es oprimido por el desigual sistema económico, político y social de nuestro mundo. Al mismo tiempo que a una teología más encarnada en la lucha y liberación de la humanidad, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres (y mujeres) de nuestro tiempo… son a la vez… de los discípulos(as) de Cristo”, como dice el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et Spes. Recordemos que más del 80% de la humanidad vive en la pobreza, repartida por todos los continentes, también en los barrios de nuestras ciudades.

Entre los nombramientos y títulos, en su currículum terrenal, además de haber llegado a ser Arzobispo de San Salvador, fue galardonado con diferentes reconocimientos civiles antes de su asesinato, por su lucha a favor de los Derechos Humanos, los más distinguidos fueron los Doctor Honoris Causa por la Universidad de Georgetown (EE.UU.) y la Universidad de Lovaina (Bélgica). Y la nominación en 1979 al Premio Nobel de la Paz, quien sería finalmente entregado a Madre Teresa de Calcuta. A quien felicitó por su premio. Pero por encima de todos estos, el más importante, fue recibir la gracia de su conversión, casi a sus 60 años, de ser pastor de su pueblo pobre: “Con este Pueblo no cuesta ser buen pastor”, decía él, llevándole a correr su misma suerte. Su identificación fue tan grande que expresaba: “El Pueblo es mi pastor, mi profeta… Pastores somos todos porque ustedes son quienes me están guiando”. Dejando así a un lado todo tipo de privilegios y comodidades ofrecidas por los poderosos de su tiempo.

Romero como el profeta que fue no se libró de todo tipo de calumnias y acusaciones propias de su contexto, por su denuncia de las injusticias y posición de estar con los más pobres. La Iglesia no puede ser neutral cuando la Creación gime hasta el presente con dolores de parto (Rm 8, 18-23), tiene que estar siempre al lado de quienes más sufren. Seguramente haría suyas las palabras de su homólogo brasileño en el apostolado, Helder Camara: “Cuando alimenté a los pobres me llamaron santo; pero cuando pregunté por qué hay gente pobre me llamaron comunista”.

El reinado de Romero fue como el de Jesús, siguiendo sus pasos lo mataron, porque no era para los grandes poderes de este mundo. Habiendo hecha suya la causa de los pobres entregó su vida, muriendo por los suyos, por su pueblo. La vida de Mons. Romero es evangelio encarnado, hecho vida. Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto. (Jn 12, 24).

Este reconocimiento oficial de nuestra Iglesia Católica llega hoy para Mons. Romero, mañana será para Mons. Gerardi, Arlen Siu, Felipe y Mary Barreda, Joao Bosco, Ellacuría y compañeros… Como así para miles de peregrinos y peregrinas que entregaron su vida por un mundo más humano, más de Dios, de los empobrecidos y empobrecidas de nuestra historia. Ellacuría, quien también se encarnó en la patria chica de Romero, corriendo su misma suerte, tras su perpetrada muerte, afirmó lapidariamente: “Con Monseñor Romero Dios pasó por la historia”.

Que mi sangre sea semilla de libertad y señal de que la esperanza será pronto una realidad”. Querido Romero, escuchamos tus palabras como un eco en nuestro corazón que nos invita a seguir comprometiéndonos con tu causa, a seguir tus pasos. Desde que acabaron con tu vida el fruto de tu entrega no ha dejado de dar vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10). Tus pies que caminaron por los maltrechos caminos de nuestro mundo, siguiendo los de Jesús, marcaron un camino lleno de esperanza y liberación. Hoy tus zapatos se quedan pequeños. Tu pueblo ya te hizo santo. Tu vida, ¿también  hoy no será una de las bellas flores de nuestra nueva primavera eclesial, en el permanente Pentecostés que estamos invitados, invitadas a vivir?

“El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección. Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige”.

(Palabras de la última homilía de Mons. Romero, instantes antes que entregara su vida).  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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