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Felipe y Mary Eugenia Barreda, dos vidas unidas en el amor y en el compromiso evangélico al servicio de los pobres

Miércoles, 10 de marzo de 2021

En Estelí María Eugenia, apoyada por su esposo y otros miembros de la comunidad cristiana, organizó un proyecto de ayuda a los niños y niñas más pobres, muchos de ellos huérfanos. Les proporcionaba comida, vestido y les posibilitó su escolarización

Motivados por su fe, Felipe y María Eugenia optaron por irse al norte del país a participar como voluntarios en el corte de café a fin de contribuir al desarrollo de Nicaragua

Felipe y Mary Barreda fue un matrimonio nicaragüense, profundamente cristiano y comprometido con su pueblo. Vecinos de la ciudad de Estelí, padres de familia, participaban y animaban las comunidades cristianas de la localidad. Se confesaban cristianos y sandinistas, porque para ellos no existía contradicción entre cristianismo y revolución. “Nicaragua, tan cristianamente revolucionaria, tan revolucionariamente cristiana”, en palabras de Ernesto Cardenal.

El matrimonio Barreda era amigo de los dos sacerdotes Fernando y Ernesto Cardenal. En Estelí María Eugenia, apoyada por su esposo y otros miembros de la comunidad cristiana, organizó un proyecto de ayuda a los niños y niñas más pobres, muchos de ellos huérfanos. Les proporcionaba comida, vestido y les posibilitó su escolarización.

La revolución sandinista en aquellos años, en la década de los 80s, buscaba la construcción de un pueblo de hombres y mujeres nuevos. La lectura del Evangelio llegó a ser para muchos cristianos la primera motivación de su compromiso revolucionario. Uno de aquellos mártires, Leonel Rugama, confesaba: “Un cristiano revolucionario es un soñador, un amante de la humanidad, que piensa en los demás antes que en sí mismo”.

Motivados por su fe, Felipe y María Eugenia optaron por irse al norte del país a participar como voluntarios en el corte de café a fin de contribuir al desarrollo de Nicaragua. Con los campesinos del lugar y jóvenes de la campaña de alfabetización constituyeron una comunidad cristiana para celebrar la Palabra de Dios, orar juntos y darle sentido al trabajo que realizaban.

El 28 de diciembre de 1982 los esposos Felipe y Mary Barreda fueron secuestrados por una banda de pistoleros, miembros de la contrarrevolución, más conocida como la Contra, financiada por el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. Los detuvieron junto con otros cuatro jóvenes y se los llevaron rumbo a Honduras. Felipe fue obligado a caminar varios kilómetros de rodillas. Se le negó el agua y al no poder subir un cerro fue amarrado a un caballo. Al amanecer su rostro estaba completamente bañado en sangre, asimismo su pecho, codos y rodillas. Sus ropas eran harapos y estaba casi desnudo. Él gritaba “¡Dios mío, llévame, Dios mío, llévame!”.

Los contrarrevolucionarios lo seguían arrastrando y golpeando, según el testimonio de los jóvenes que fueron secuestrados con ellos.  El campamento al que fue llevado en Honduras, llamado “Pino Uno”, era la base operacional en donde fue interrogado por un esbirro para sacarle información. Felipe no respondía a sus preguntas, solo clamaba a Dios, ante lo cual el dirigente del grupo de la “Contra”, un tal Pedro Javier, ordenó que lo amarraran desnudo a un árbol. Su esposa María Eugenia fue llevada ante su presencia con signos de haber sufrido torturas y abusos sexuales de forma colectiva. Ellos jamás revelaron información que fuera de provecho para los contrarrevolucionarios. Allí mismo, ambos fueron salvajemente golpeados y, cuando cayeron al suelo desvanecidos, fueron ametrallados.

Dos vidas, tan unidas en el amor y en el compromiso evangélico al servicio de los pobres, no las separó la muerte. Felipe y Mary Barreda, unidos en la vida y en el martirio, viven resucitados. Su testimonio nos reta a hacer presente en la historia la utopía del reino de Dios y nos interpela para que asumamos con pasión y alegría la causa de Jesús en la realidad de injusticia y muerte que hoy viven los pobres de la tierra y nuestro planeta.

(Sangre de Mártires. Fernando Bermúdez. 2020, Alfaqueque ediciones).

Fuente Religión Digital

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Beato Monseñor Romero: sacerdote, profeta y… mártir

Sábado, 23 de mayo de 2015

beatificacion-monsenor-romeroComo primicia de un nuevo Pentecostés, nuestro hermano Oscar es beatificado hoy…

Reflexiones con motivo de su próxima beatificación
Pablo Dominguez, Secretariado Diocesano de Migraciones, Alicante

ECLESALIA, 19/05/15.- En estos momentos en el cielo, Mons. Romero se debe sentir como un niño con zapatos nuevos. Romero fue sacerdote, profeta y… mártir; pero desde ahora también oficialmente Beato, en su  recién reconocimiento por la Iglesia Católica. Parece que la talla de sus humildes pies que pisaron nuestro mundo, especialmente el de los más pobres, ha crecido. Ascendiendo así en los altares.

Pero Monseñor Romero ya era santo, desde el día que lo mataron hace 35 años. Así lo siente suyo su pueblo, no solo el salvadoreño, sino todo un continente, especialmente todos los empobrecidos de Latinoamérica y del mundo entero que conocen su testimonio. Llamándolo, recordándolo e invocándolo como San Romero de América, pastor y mártir nuestro. Confirmando sus palabras días antes de su asesinato: “Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás… Si me matan resucitaré en el Pueblo”.

Este posiblemente es el reconocimiento más grande que ha recibido hasta ahora Mons. Romero, quizá con aras de hacerle justicia terrenalmente. Con esta proclamación se puede interpretar un paso más del Papa Francisco, en nuestro querer una Iglesia pobre y para los pobres. Como así lo fue la experiencia eclesial de Romero: “Los pobres han marcado el verdadero caminar de la Iglesia”.

Por eso en este acontecer eclesial no solo se reconoce el camino de santidad de Oscar Romero como obispo de los pobres, sino también una vez más la realidad de un pueblo mundial que ha sido y es oprimido por el desigual sistema económico, político y social de nuestro mundo. Al mismo tiempo que a una teología más encarnada en la lucha y liberación de la humanidad, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres (y mujeres) de nuestro tiempo… son a la vez… de los discípulos(as) de Cristo”, como dice el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et Spes. Recordemos que más del 80% de la humanidad vive en la pobreza, repartida por todos los continentes, también en los barrios de nuestras ciudades.

Entre los nombramientos y títulos, en su currículum terrenal, además de haber llegado a ser Arzobispo de San Salvador, fue galardonado con diferentes reconocimientos civiles antes de su asesinato, por su lucha a favor de los Derechos Humanos, los más distinguidos fueron los Doctor Honoris Causa por la Universidad de Georgetown (EE.UU.) y la Universidad de Lovaina (Bélgica). Y la nominación en 1979 al Premio Nobel de la Paz, quien sería finalmente entregado a Madre Teresa de Calcuta. A quien felicitó por su premio. Pero por encima de todos estos, el más importante, fue recibir la gracia de su conversión, casi a sus 60 años, de ser pastor de su pueblo pobre: “Con este Pueblo no cuesta ser buen pastor”, decía él, llevándole a correr su misma suerte. Su identificación fue tan grande que expresaba: “El Pueblo es mi pastor, mi profeta… Pastores somos todos porque ustedes son quienes me están guiando”. Dejando así a un lado todo tipo de privilegios y comodidades ofrecidas por los poderosos de su tiempo.

Romero como el profeta que fue no se libró de todo tipo de calumnias y acusaciones propias de su contexto, por su denuncia de las injusticias y posición de estar con los más pobres. La Iglesia no puede ser neutral cuando la Creación gime hasta el presente con dolores de parto (Rm 8, 18-23), tiene que estar siempre al lado de quienes más sufren. Seguramente haría suyas las palabras de su homólogo brasileño en el apostolado, Helder Camara: “Cuando alimenté a los pobres me llamaron santo; pero cuando pregunté por qué hay gente pobre me llamaron comunista”.

El reinado de Romero fue como el de Jesús, siguiendo sus pasos lo mataron, porque no era para los grandes poderes de este mundo. Habiendo hecha suya la causa de los pobres entregó su vida, muriendo por los suyos, por su pueblo. La vida de Mons. Romero es evangelio encarnado, hecho vida. Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto. (Jn 12, 24).

Este reconocimiento oficial de nuestra Iglesia Católica llega hoy para Mons. Romero, mañana será para Mons. Gerardi, Arlen Siu, Felipe y Mary Barreda, Joao Bosco, Ellacuría y compañeros… Como así para miles de peregrinos y peregrinas que entregaron su vida por un mundo más humano, más de Dios, de los empobrecidos y empobrecidas de nuestra historia. Ellacuría, quien también se encarnó en la patria chica de Romero, corriendo su misma suerte, tras su perpetrada muerte, afirmó lapidariamente: “Con Monseñor Romero Dios pasó por la historia”.

Que mi sangre sea semilla de libertad y señal de que la esperanza será pronto una realidad”. Querido Romero, escuchamos tus palabras como un eco en nuestro corazón que nos invita a seguir comprometiéndonos con tu causa, a seguir tus pasos. Desde que acabaron con tu vida el fruto de tu entrega no ha dejado de dar vida, y vida en abundancia (Jn 10, 10). Tus pies que caminaron por los maltrechos caminos de nuestro mundo, siguiendo los de Jesús, marcaron un camino lleno de esperanza y liberación. Hoy tus zapatos se quedan pequeños. Tu pueblo ya te hizo santo. Tu vida, ¿también  hoy no será una de las bellas flores de nuestra nueva primavera eclesial, en el permanente Pentecostés que estamos invitados, invitadas a vivir?

“El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección. Esta es la esperanza que nos alienta a los cristianos. Sabemos que todo esfuerzo por mejorar una sociedad, sobre todo cuando está tan metida esa injusticia y el pecado, es un esfuerzo que Dios bendice, que Dios quiere, que Dios nos exige”.

(Palabras de la última homilía de Mons. Romero, instantes antes que entregara su vida).  (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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