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“Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

martes, 1 de noviembre de 2016
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31-852867En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

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Martes 01 de Noviembre de 2014. Todos los Santos

martes, 1 de noviembre de 2016
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58-TodoslossantosALeído en Koinonia:

Os animamos también a leer la Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
1Juan 3,1-3:Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de nuestro pequeño mundo, de la Iglesia Católica, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos»… o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que fueron santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», a los que el pasaje de Mt 25,31ss pone en evidencia («cada vez que lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron»).

Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan -sin querer, desde luego- en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería incluso «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto tan natural, pero hace apenas 50 años que estamos pensando de esta manera -los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II-. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos. No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos, ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque se consideraba que cada pueblo-raza-nación tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los judeocristianos, sino a «todos los pueblos», lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos-. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)… La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.

Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Leer más…

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1.11.16.Fiesta de todos los Santos, cristianos y no cristianos

martes, 1 de noviembre de 2016
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icone_toussaintDel blog de Xabier Pikaza:

1 del XI del 2016. Fiesta de los amigos de Dios, es decir, de todos los hombres y mujeres, que nos han precedido y que han hecho posible que seamos lo que somos.

Les damos gracias porque han sido lo que son, una fuente de Vida: de su herencia heredamos, con su voz cantamos, de su viva recibimos Vida, con aquel que es un Dios de Vivos, no de muertos (cf. Mc 12, 27), «origen e impulso» de todos los santos.

Quizá debería hablar de la fiesta litúrgica cristiana de “Todos los santos”, que recoge, desde la perspectiva del hemisferio norte, al comienzo del otoño, la experiencia de una culminación del año (del verano), que desemboca en la plenitud de Dios, a quien vemos como Vida o Santidad. Todos los hombres y mujeres que han sido recibidos en Dios y por Dios son santos, «testigos» de lo humano. Así los celebra la iglesia católica, recordando a los que han formado parte de la historia de su salvación: patriarcas y profetas, apóstoles y evangelistas, confesores y mártires, testigos de la vida…

Pero aquí he querido tratar de los santos en sentido más extenso, como un signo de la hondura misteriosa de la humanidad. Más que santos en sentido personal (humano), los tomo ahora como símbolos sagrados, que forman parte de la constelación numinosa de nuestra existencia.

No quiero precisar su tipo de vida concrta (histórica, en el tiempo…), sino presentarlos como aureola de sacralidad, signo de sentido de aquello que somos. No escribo sólo para cristianos o devotos de esta fiesta, sino para aquellos que quieran trazar una lista de antepasados o poderes en el fondo positivos que han hecho posible que seamos lo que somos.
pobreza
La iglesia católica ha creado una “lista de santos” reconocidos de un modo oficial, recopilados en los libros de los santos y beatos de Roma (entre los últimos están Sor Isabel de la Trinidd, el P. Pavoni, Mons. González o el Cura Brochero, recién canonizados).

Pero la experiencia cristiana de los santos puede y debe ser mucho más grande y ha vinculado a todos los personajes religiosos, a todos los mediadores sagrados, no sólo del cristianismo, sino delas diversas religiones, grandes y pequeñas, de oriente y occidente (en sentido histórico y simbólico).

Entre ellos, los mayores santos son los pobres y excluidos de la vida, como la niña de la segunda imagen. Pero no quiero tratar de esos santos inocentes en especial, sino de las figuras de seres con aureola de santidad, que han ido apareciendo en las diversas religiones y culturas.

En ese contexto más amplio he querido expandir el tema, hablando de los mediadores sagrados, de tipo personal o suprapersonal, de carácter angélico o humano, simbólico y real, que abren sobre el mundo unos espacios de veneración y nos capacitan para vincularnos de algún modo a lo divino.

En este contexto quiero celebrar con gozo a santos que probablemente nunca han vivido en el sentido externo, aunque los celebre la liturbia: Jorge y Demetrio, Barlaam y Josafat y tantos otros que han sido signo de protección celeste para muchos hombres buenos: Henoc y Matusalén, Adán y Eva, Noé y Judit, Tobías y Ana la grande, con Judit, Ester y Sara, Agar y Rebeca etc.

En algunos momentos, los santos pueden formar un “sistema”, cuando están organizados de forma unitaria y cerrada, ellos solos, con sus vidas bien probadas, en línea de investigación histórica. Otras veces aparecen a manera de conjuntos más extenso. Estos son algunos de los más significativos, dentro de una lista que podría extenderse casi hasta el infinito. Desde ese fondo quiero ofrecer así una posible «lista» de figuras sagradas (divididas en cinco grandes grupos), para orientación de los lectores, que pueden buscar y trazar otras, este día de los Santos.

Empezaré por los Santos «cristianos», seguiré por otras figuras sagradas

I. SANTOS DE JESÚS .

Son el signo de la presencia y permanencia de la vida de Jesús en la historia. Han sido venerados en primer lugar por el pueblo, que los ha «canonizado» con su «culto», pero después la iglesia oficial se ha reservado la facultad de canonizar o beatificar, fijando aquellos santos que pueden ser venerados por los fieles. Se han trazado así las listas de santos y santas, según categorìas que reflejan una visión eclesial de tipo bastante jerárquico. Estas son anguas categorías básicas de santos: mártires, obispos, doctores, presbíteros, vírgenes, confesores, santos varones, santas mujeres… Aquí queremos indicar algunos «modelos» básicos de santos según la tradición primera de la Iglesia.

1. Pobres, excluidos. Para Jesús, santos son ante todo los pobres y excluidos, como indica Mt 25, 31-46: el hambriento y sediento, en desnudo o emigrantes, el enfermo o encarcelado… Los hombres y mujeres que sufren (huérfano, viuda, extranjero en el Antiguo Testamento) son la Señal de Dios, son el signo de su presencia. Ellos son los “hermanos de Jesús”, los más pequeños, signo y presencia de la santidad de Dios, Dios mismo hecho debilidad en el camino de la vida.

2 . Santos son todos los cristianos. Para Pablo, santos son todos los creyentes: santos de un modo expreso, porque han sido trasformados por el signo de Cristo, en el bautismo… Todos los cristianos, sin distinción, por el amor de Dios que les acoge y vincula con su vida en Cristo. Son santos porque Dios les ama, no porque ellos realicen cosas extraordinarias.

3. Santos son los testigos de la vida, es decir, los mártires: aquellos que (muriendo o sin morir) mantienen en el mundo el testimonio de los valores de la humanidad, de la fe en los demás, de la honradez moral. Por eso podemos presentarlos como testigos de la vida, del valor de una vida que se expresa no sólo en hombres y mujeres como Jesús o los grandes profetas, sino en una multitud inmensa de gentes que han sido y siguen siendo portadoras de valores humanos, una “nube de testigos”, como dice la carta a los Hebreos, cap. 11.

4. Santos son los portadores de vida, hombres y mujeres que han querido vivir, simplemente eso; que han aceptado la vida y la han expandido, que beben del gozo de la tierra y que ayudan a beber a otros, sabiendo que la vida es don, regalo que compartimos, todos, todos, en el mundo. A ellos les recordamos, por ellos vivimos. Somos en gran parte aquello que nos han legado los que han vivido ante nosotros: por eso les recordamos con agradecimiento.

5. Hay algunos especiales, que podemos llamar santos, por su especial luminosidad, por su valor moral, por su presencia compasiva, por su esfuerzo callado al servicio de los demás. Entre ellos posemos contar a San Francisco y San Serafín de Sarov Quizá no podamos definirlos, pero vivimos por ellos. Por eso, un día como hoy, agradecemos su presencia y vivimos de su gracia. Estamos inmersos en un mundo de ángeles y santos, de poderes de vida… Somos portadores de la santidad de Dios, de su belleza. Hoy es la fiesta de los Santos.

II. RELIGIONES.

Las religiones modernas han tendido de presentar como “santos” a una serie de personajes que han hecho posible el surgimiento de las grandes religiones. Son los garantes del orden religioso en este mundo y en el mundo superior.

1. Místicos, gurus. budas y bodisatvas. Son los virtuosos de la interioridad religiosa y han actuado de un modo especial en las religiones de la India y China. De allí vienen los grandes meditantes (gurús, yoguis, maestros zen) que descubren lo divino en su vida interior y ayudan a realizar el mismo camino a los demás. Son expresión del misterio escondido de Dios que se revela a través de su experiencia interior. En esta línea se sitúan los grandes «gurús», los iniciadores en la contemplación, tanto en el budismo como en el hinduísmo y taoísmo. Leer más…

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La fiesta de los que…

martes, 1 de noviembre de 2016
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cerezo-corazondemaria

La primera canonización tuvo lugar cuando Jesús subió aquel día a la montaña y con gran solemnidad declaró felices a los pobres, a los que están afligidos por causa del Reino, a los mansos que no recurren a la violencia, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los misericordiosos, a los que no tienen doblez en su corazón, a los que trabajan por conseguir la paz, a los perseguidos por causa de la justicia. Todos ellos son declarados felices porque son los que más se parecen a Dios.

Pero las bienaventuranzas no solo declaran sino que «apelan». De hecho, dejando abierto ese sujeto, «los que…», se integra tanto a los que ya lo están viviendo como resulta una llamada para todos los demás, ya que te dan ganas de ser bueno. Sientes que te gustaría entrar a formar parte de esa lista que se dibuja con tanta belleza. En realidad la fiesta de los santos es la celebración de la fiesta de un montón de «los que» innominados que han vivido y viven haciendo Reino.

En este año de la misericordia seguramente hemos escuchado que, mientras Levítico exhorta a ser santos (Lv 19,2), Lucas reinterpreta esta apelación y nos la traduce. Lo que nos hace más parecidos a Dios es la «misericordia»: sed misericordiosos como vuestro Padre Dios es misericordioso (Lc 6,36). La santidad, entonces, se mide y se juega únicamente en la «aprojimación» no en la «separación». Pues «prójimo» es por definición el que practicó la misericordia, el samaritano (Lc 10,37).

El evangelio de Mateo tiene una comprensión parecida. El texto que hoy leemos se encuentra al principio (Mt 5,1-12) y está en relación con otro que cierra los cinco grandes discursos: el juicio final (Mt 25,31-46). No en vano si aquí se llama bienaventurados a los misericordiosos, pues se les promete que alcanzarán misericordia, allí se les vuelve a llamar «benditos»venid benditos de mi Padre– y se les indica quién les alcanzará misericordia: aquellos hermanos pequeños con los que ellos han practicado misericordia. Como en la parábola del samaritano, el criterio último y definitivo no será la religión, las palabras, las buenas intenciones sino lo que habéis hecho a uno de estos hermanos míos más pequeños.

Pues bien, según la Escritura cuando alguien vive así, la tierra se llena de fiesta porque es explosión de una fraternidad muy diferente a la del hermano mayor de la parábola. Es una fraternidad no regida por el mérito sino por las necesidades de los otros, instada no por lo que es legal sino por lo que es justo (Mt 20,1-16). No es de extrañar que cuando un acto así suceda, haya fiesta y alegría por todo lo alto en el cielo. Y también que, cuando ocurra lo contrario, Dios diga: «¡estoy harto!» (Is 1,11).

Así la primera página de Isaías presenta el contra-modelo de santidad. Dios está cansado de sacrificios que consagran la injusticia. Por eso, insta a llenar el culto de fraternidad. Vivir abiertos a Dios –esto es el culto– es «no vivir cerrados a la propia carne» (Is 58,4), esto es al prójimo. Y esto se traduce en una serie de acciones que son los indicadores de estar en un año de gracia (Is 61,1-3) y que, además, forman parte del programa de Jesús (Lc 4,18-19). Pues son las señales referidas a Juan Bautista ante su pregunta –¿eres tú el que había de venir?– y las señales identificadoras de los hombres y mujeres configurados por las bienaventuranzas (Mt 5,3-12).

A todos los que viven se les declara felices y se les promete la herencia de la tierra, ya que son el emblema de cómo poseer la promesa sin violentarla, de cómo servir al otro sin hacerle sentir inferior, de cómo vivir la no dislexia entre ser hijo y hermano. La tierra espera reyes no de espadas sino de arados, gente no de lanza sino de podaderas, pastores no mercenarios sino que den su vida, jornaleros que no se apropien de la herencia, maestros que se ciñan la toalla como siervos. Santos que no estén alejados sino de esos que se hacen prójimos y se manchan con las miserias. Esa es la fisonomía de los misericordiosos porque fue la fisonomía del Hijo de Dios.

Marta García Fernández

Fuente Fe Adulta

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«¿Puedo cambiar?». 31 Tiempo ordinario – C (Lucas 19,1-10)

domingo, 30 de octubre de 2016
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31-to-291x300Lucas narra el episodio de Zaqueo para que sus lectores descubran mejor lo que pueden esperar de Jesús: el Señor al que invocan y siguen en las comunidades cristianas «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». No lo han de olvidar.

Al mismo tiempo, su relato de la actuación de Zaqueo ayuda a responder a la pregunta que no pocos llevan en su interior: ¿Todavía puedo cambiar? ¿No es ya demasiado tarde para rehacer una vida que, en buena parte, la he echado a perder? ¿Qué pasos puedo dar?

Zaqueo viene descrito con dos rasgos que definen con precisión su vida. Es «jefe de publicanos» y es «rico». En Jericó todos saben que es un pecador. Un hombre que no sirve a Dios sino al dinero. Su vida, como tantas otras, es poco humana.

Sin embargo, Zaqueo «busca ver a Jesús». No es mera curiosidad. Quiere saber quién es, qué se encierra en este Profeta que tanto atrae a la gente. No es tarea fácil para un hombre instalado en su mundo. Pero este deseo de Jesús va a cambiar su vida.

El hombre tendrá que superar diferentes obstáculos. Es «bajo de estatura», sobre todo porque su vida no está motivada por ideales muy nobles. La gente es otro impedimento: tendrá que superar prejuicios sociales que le hacen difícil el encuentro personal y responsable con Jesús.

Pero Zaqueo prosigue su búsqueda con sencillez y sinceridad. Corre para adelantarse a la muchedumbre, y se sube a un árbol como un niño. No piensa en su dignidad de hombre importante. Solo quiere encontrar el momento y el lugar adecuado para entrar en contacto con Jesús. Lo quiere ver.

Es entonces cuando descubre que también Jesús le está buscando a él pues llega hasta aquel lugar, lo busca con la mirada y le dice: «El encuentro será hoy mismo en tu casa de pecador». Zaqueo se baja y lo recibe en su casa lleno de alegría. Hay momentos decisivos en los que Jesús pasa por nuestra vida porque quiere salvar lo que nosotros estamos echando a perder. No los hemos de dejar escapar.

Lucas no describe el encuentro. Solo habla de la transformación de Zaqueo. Cambia su manera de mirar la vida: ya no piensa solo en su dinero sino en el sufrimiento de los demás. Cambia su estilo de vida: hará justicia a los que ha explotado y compartirá sus bienes con los pobres.

Tarde o temprano, todos corremos el riesgo de «instalarnos» en la vida renunciando a cualquier aspiración de vivir con más calidad humana. Los creyentes hemos de saber que un encuentro más auténtico con Jesús puede hacer nuestra vida más humana y, sobre todo, más solidaria.

José Antonio Pagola

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«El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». Domingo 30 de octubre de 2016 Domingo 31º del Tiempo Ordinario

domingo, 30 de octubre de 2016
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56-ordinarioc31-cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 11, 22-12,2: Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres.
Salmo responsorial: 144:  Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
2Tesalonicenses 1, 11-2, 2Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él.
Lucas 19, 1-10: El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

La primera lectura es una bella oración meditativa sobre Dios, que nos posibilita hacer unas reflexiones menos habituales.

Solemos hablar a y escuchar hablar sobre Dios como algo ya sabido, como algo que, por definición, no necesita replanteamiento. Ello ha empezado a cambiar, a la altura de la crisis que atraviesan las religiones, ante la constatada «crisis de Dios» (Gotteskreise, Juan Bautista Metz), crisis que ya nadie considera coyuntural o pasajera, sino epocal. Algo muy profundo está cambiando en la cultura y en la conciencia humana, que hace que ese concepto central que ha brillado con luz propia en el centro del firmamento mental de la humanidad durante los últimos milenios, el de Dios, se opaque y entre en lo que ya Martín Buber llamó el «eclipse de Dios».

La lectura de hoy del libro de la Sabiduría habla muy correctamente a Dios, y no lo presenta con ninguno de los rasgos éticamente menos adecuados, de los que hemos tenido que purificar tantas veces la imagen de Dios, no; este texto presenta una bella e impecable imagen de Dios… sólo que no deja de utilizar un lenguaje «teísta».

La palabra «Dios» viene de deus en latín, que a su vez viene de theos en griego. Aunque el concepto tiene orígenes más antiguos, para nuestra cultura occidental fueron ellos, los filósofos griegos, quienes lo configuraron definitivamente. Siempre que decimos dios estamos evocando el theos griego, pues nos servimos de un concepto suyo, que además fue heredado y trasmitido culturalmente. No importa que personalmente quisiéramos matizar la palabra; la palabra está ya «ocupada» en nuestra cultura, y el concepto que le está asociado está registrado en el subconsciente colectivo, como un tipo de divinidad que está «ahí afuera, ahí arriba», en una especie de segundo piso celestial, desde donde puede intervenir en nuestro mundo, para revelarse, para actuar, para reaccionar… en función de su manera de ser, concebida muy antropomórficamente (los dioses piensan, aman, deciden, se ofenden, se arrepienten, perdonan… como nosotros, que al fin y al cabo estaríamos hechos «a su imagen y semejanza» –¿y viceversa?–).

Concebir la razón y el misterio supremos de la Realidad en forma de theos (en sentido genérico), eso es lo que llamamos «teísmo». Es un «modelo» de representación del Misterio, una forma de imaginar y de relacionarnos con el Misterio que hemos llamado Dios. Con mucha frecuencia ese «modelo» nos ha resultado transparente: no se veía, ni siquiera éramos conscientes de su mediación. Nos parecía como que nuestro hablar de Dios evocaba automáticamente su descripción directa, en vez de caer en la cuenta de que simplemente utilizábamos un modelo (theos), y que al Misterio que denominábamos con ese nombre, se le podría concebir con otros modelos muy diferentes. Podríamos, en efecto, pensar –y amar– a la Divinidad de un modo no teísta… Porque hay religiones no teístas. El judeo-cristianismo ha tenido una expresión teísta constante en la historia, pero hoy sabemos que aunque ese modelo teísta nos haya acompañado de modo permanente, no es esencial al cristianismo, ni le resulta imprescindible.

Más aún. La evolución de la espiritualidad –sin descartar el influjo de otras religiones– hace sentir a muchos cristianos un no disimulado malestar ante el uso y abuso del teísmo en nuestra tradición. Son cada vez más los que abogan por colocar al teísmo en su sitio, en una consideración simplemente mediacional: es una mediación, con sus ventajas y sus dificultades. Las dificultades no son pocas, y son crecientes en nuestra sociedad de mentalidad crítica; no faltan teólogos que postulan su superación. La alternativa al teísmo no es el ateísmo, obviamente, sino el pos-teísmo: una consideración y una (no-)representación de la Divinidad más allá del modelo del teísmo…

El tema es profundo y desafiante. Merece la pena prestarle atención, para no quedarnos en «la fe del carbonero», la fe acrítica, repetitiva y fundamentalista. (John Shelby SPONG es un obispo-teólogo anglicano -que está comenzando a ser conocido en el ámbito latino- que está escribiendo bastante sobre el tema; véase Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, en la colección Tiempo Axial, tiempoaxial.org; también la Agenda Latinoamericana’2011, dedicada ese año al tema de la religión, abordó en varios artículos el tema del teísmo y la necesidad de renovar las imágenes de Dios –puede tomarse esa Agenda de su página digital: latinoamericana.org/digital–.

En el evangelio de hoy, Jesús nos enseña hoy que el Padre–Dios no deja de ser el mismo, siempre compasivo perdonador, amigo de la vida, siempre saliendo al encuentro de sus hijos y construyendo con ellos una relación nueva de amor. Las lecturas de este domingo son una preciosa descripción de este comportamiento de Dios con la persona humana. Nos dicen que Dios ama entrañablemente todo lo que existe, porque su aliento de vida está en todas las cosas.

El episodio de la conversión de Zaqueo se encuentra en el itinerario o “camino” de Jesús hacia Jerusalén y sólo lo encontramos narrado por el evangelio de Lucas. En él pone de manifiesto el evangelista, una vez más, algunas de las características más destacadas de su teología: la misericordia de Dios hacia los pecadores, la necesidad del arrepentimiento, la exigencia de renunciar a los bienes, el interés de Jesús por rescatar lo que está “perdido”. Este evangelio es una ocasión excelente para recordar que éstos son los temas que se destacan en el material particular de la tradición lucana y que resaltan la predilección de Jesús por los pobres, marginados y excluidos.

El relato nos muestra la pedagogía de Dios, en la persona de Jesús, hacia aquellos que actúan mal. Dios es paciente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia, corrige lentamente, respeta los ritmos y siempre busca la vida y la reconciliación. En este sentido, Dios es definido como “el amigo de la vida”, y buscando ésta, su auténtica gloria, sale hacia el pecador y lo corrige, le brinda su amor y lo salva.

Muy seguramente nosotros, por nuestra incapacidad de acoger y perdonar, no hubiéramos considerado a Zaqueo como un hijo bienaventurado de Dios, como no lo consideraron sus paisanos que murmuraron contra Jesús diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”. Decididamente, Jesús y sus coetáneos creían en un Dios diferente. Por eso pensaban también de forma diferente. Para el judaísmo de la época el perdón era cuestión de ritos de purificación hechos en el templo con la mediación del sacerdote, era un puro cumplimiento; para Jesús la oferta del perdón se realiza por medio del Hijo del hombre, ya no en el templo sino en cualquier casa, y con ese perdón se ofrece también la liberación total de lo que oprime al ser humano.

Por eso, la actitud de Jesús es sorprendente, sale al encuentro de Zaqueo y le regala su amor: lo mira, le habla, desea hospedarse en su casa, quiere compartir su propia miseria y su pecado (robo, fraude, corrupción) y ser acogido en su libertad para la conversión.

La actitud de Jesús es la que produce la conversión que se realiza en la libertad. Todo lo que le pasa a Zaqueo es fruto del amor de Dios que actúa en su hijo Jesús, es la manifestación de la misericordia y la compasión de Dios que perdona y da la fuerza para cambiar. De esta manera la vida se reconstruye y me puedo liberar de todas las ataduras que me esclavizan, puedo entregarlo todo, sin miedos y sin restricciones.

Con esta actitud, Zaqueo se constituye en prototipo de discípulo, porque nos muestra de qué manera la conversión influye en nuestra relación con los bienes materiales; y en segundo lugar nos recuerda las exigencias que conlleva seguir a Jesús hasta el final. Aquí la salvación que llega en la persona de Jesús opera un cambio radical de vida.

No dudemos que Jesús nos está llamando también a nosotros a la conversión, nos está invitando a que cambiemos radicalmente nuestra vida. No se lo neguemos, no se lo impidamos. El Señor nos propone unirnos a El, ser sus discípulos y a ejemplo de Zaqueo ser capaces de despojarnos de todo lo que no nos permite vivir auténticamente como cristianos. Esta misma experiencia es la de muchos otros testigos de Jesús que, mirados por El, se convirtieron, renació su dignidad, y recuperaron la vida. Aceptemos la mirada de Jesús, dejemos que El se tropiece con nosotros en el camino e invitémoslo a nuestra casa para que Él pueda sanar nuestras heridas y reconfortar nuestro corazón. No tengamos miedo, dejémonos seducir por el Señor, por el maestro, para confesar nuestras mentiras, arrepentirnos, expresar nuestra necesidad de ser justos, devolver lo que le hemos quitado al otro… No dudemos, Jesús nos dará la fuerza de su perdón. El Señor está con nosotros para que experimentemos su amor. El ya nos ha perdonado, por eso es posible la conversión.

El caso de Zaqueo puede ser iluminador para el tema de la opción por los pobres. En la polémica oficial contra esta opción que sacaron a la luz la teología y la espiritualidad latinoamericanas, se insistió mucho en que no podría tratarse sino de una opción «preferencial», no de una «opción por los pobres» sin más, porque sin aquel adjetivo podría entenderse como una opción «exclusiva o excluyente»… Pero el adjetivo «preferencial» rebaja y diluye la esencia de la opción por los pobres, porque quien opta por los pobres preferencialmente, se entiende que opta también por los ricos, aunque sea menos preferencialmente… Una opción preferencial es una opción que no acaba de optar, que no quiere definirse, que no toma partido, que «se queda encima del muro», como dice la expresión brasileña…

Jesús opta por los pobres, mira la vida desde su óptica, es uno de los pobres, y comparte con ellos su causa. Evidentemente, no excluye a las personas ricas, y ése es el caso de Zaqueo. Pero Jesús no es neutral en el tema de riqueza-pobreza. Su encuentro con Zaqueo no deja a éste indiferente: Jesús lo desafía a pronunciarse, incluso económicamente. Jesús no excluye a Zaqueo, ni a ninguna otra persona rica, pero «sí excluye el modo de vida de los ricos», exigiéndoles la justicia y el amor. La opción por los pobres no excluye a ninguna persona (¡al contrario, desearía alcanzar y cambiar a todos los que no asumen la causa de los pobres!). Lo que excluye es la forma de vida de los ricos, la opresión y la injusticia. Buen tema éste para enfocar la homilía sobre la opción por los pobres. Leer más…

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Dom 30. XI. 16. Zaqueo, ministro de Hacienda. El hombre que andaba por las ramas

domingo, 30 de octubre de 2016
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adviento_2013-01Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 31, tiempo ordinario, ciclo C. Lc 19, 1-10. El pasaje de Zaqueo ofrece la culminación del tema de la riqueza y la justicia en el evangelio de Lucas (y de todo este año litúrgico). Éste es el tema del dinero, que puede convertirse en medio de comunión entre los hombres,

Domingo tras domingo hemos venido comentando pasajes y parábolas, dichos y sentencias de Lucas en torno al dinero. Hoy culminan se aclaran, en esta inmensa y dramática figura de Zaqueo, oficial publicano (administrador económico), hombre rico, que recibe la visita de Jesús y propone un plan radical de conversión, en nombre propio (como individuo) y en nombre de la sociedad (como gestor público de la economía, es decir, un publicano).

Es un pasaje simbólico, de escalofriante actualidad, todo un programa de vida, de una vida que se puede hacer a medias, empezando por el dinero de la Aduana y de la Hacienda y siguiendo por el dinero la Iglesia. Es un tema que se puede aplicar sin màs nuestro tiempo, pero con una diferencia:

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En tiempo de Zaqueo el dinero de la «aduana» (es decir, del comercio) estaba al servicio del Estado (en aquel tiempo del Imperio), con su ideal de humanidad «romana» al servicio de un tipo de justicia.

Actualmente tiende a ser lo inverso: No es dinero el que está al servicio del Estado-Imperio, sino el Estado al servicio del dinero . Hoy no es Zaqueo el que tiene que dar cuentas al Estado, sino el Estado y sus gobernadores los que tienen que dar cuenta a Zaqueo.

Pero con esta salvedad (muy significativa), el resto puede entenderse bien desde este pasaje de Lucas. Buen dominto a todos.

Texto. Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más
Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Un texto simbólico y realísimo

Ha sido creado posiblemente por Lucas, para condensar todo el mensaje de Jesús sobre la pobreza, desde la perspectiva de los publicanos (servidores de la economía, recaudadores de impuestos, como el Ministro de Hacienda en funciones). Evidentemente, Lucas ha recogido y transformado las tradiciones anteriores sobre los publicanos y sobre Jesús que comía con ellos ofreciéndoles el Reino de Dios (cf. Mc 2, 15-16 par; Lc 5, 27). De un modo especial, ha retomado el tema del publicano de la parábola anterior (del fariseo y publicano: Lc 18, 11-13). Se trata de un texto simbólico, tanto por el nombre como por el lugar y las circunstancias:

Nombre: Zaqueo es una abreviatura popular de Zacarías, que significa “Dios se acuerda” (Dios tiene misericordia). También parece vinculado la terminología de la justicia (zedaka), de manera que se suele tomar como equivalente a Justo (hombre limpio). Es evidente que “Dios se ha recordado de él”, ha entrado en su casa.

Lugar: Jericó es la última etapa de la subida de Jesús a Jerusalén. En el camino de Jericó han sucedido grandes cosas, como las que indica la parábola del buen Samaritano. Aquí, en Jericó, se hallaba una de las “aduanas” y oficinas de impuestos más importantes de la zona oriental de Judea; por aquí pasaban caravanas y caminos. Era un lugar apropiado para señalar la última exigencia del evangelio de Jesús en torno a la pobreza.

Los detalles: Todos son significativos… Zaqueo es pequeño y tiene que subirse a la higuera (que es signo de la mala Jerusalén que corre el riesgo de no dar frutos: Mc 11, 13-21). Subiéndose a la higuera, por encima de ella, Zaqueo logra ver a Jesús, que se invita a su casa. Jerusalén recibirá a Jesús sin cambiar, sin convertirse y le matará… Zaqueo, en cambio, le recibirá para cambiar.

Es un texto simbólico. Quizá no sucediò de esa manera, pero marca y dice lo que debe suceder en todo tiempo, en la Iglesia y el Estado, allí donde Jesús va de camino y donde alguien quiere recibirle en casa… y no quedar fuera, como aficionado curioso, ecpectador de turno, que mira la ceremonia desde fuera.

Anotación primera. Todo es dinero

La mayoría van al espectáculo, en la gran plaza: esta tarde tienen fiesta, pasa un «jefe», condenado quizá a muerte. Es momento de mirar, curiosear, gozar la fiesta con banderes y con viva… Pero Zaqueo no va de fiesta externa, sino que quiere recibir de verdad a Jesús, le ofrece de comer, escucha su palabra… y como resultado ellos (mejor dicho Zaqueo) terminan hablando sólo de dinero. Aquí se explicita lo que debía hacer el “publicano justificado” (ése es Zaqueo) de la parábola anterior de Lc 18, 9-14: cambiar de conducta en torno al uso del dinero.

De manera clásica, el fariseo de Lc 18, 9-14 aparecía realizando los tres los tres gestos religiosos tradicionales de la piedad israelita: oraba, ayunaba y daba el diezmo o limosna requerida según ley (son los tres gestos centrales de la conversión que aparecen en Mt 6, 1-18, la catequesis central sobre el tema).

Pues bien, Luchas ha condensado aquí los tres elementos en uno: orar y ayunar son, en esta línea, secundarios, ellos culminan y se centran en el buen uso del dinero. Para Zaqueo, todo el tema de la conversión es el dinero, simplemente el dinero. : No se dice si ayuna, tampoco se dice si ora; lo Jesús que le pide y él ofrece es dinero, no para Jesús (o para la Iglesia), sino para la humanidad.

Anotación segunda: ¿se ha convertido o se convertirá?

La gente acusa a Jesús diciendo que “ha entrado en casa de un pecador”. De esa forma supone que Zaqueo no puede convertirse (es mal publicano y mal publicano permanecerá); de esa forma indica que Jesús es un mal Mesías, pues no se ocupa de las cosas de la religión, sino que se mezcla con los ladrones oficiales, dejándose invitar por ellos.
Jesús come con el publicano… Come, evidentemente, alimentos que provienen de la ganancia injusta, como si se solidarizara con ladrones… Quizá Juan Bautista no lo hubiera hecho, quizá muchos puristas actuales no lo hubieran hecho. Jesús ha entrado en el “antro” del dinero injusto, en la casa del jefe le publicanos de Jericó… para hacer que todos los dineros del mundo se puedan disponer a medias, sean “medio” de comunicación de comida.

Pero Jesús no ha entrado en casa de Zaqueo simplemente para saludarle, dejando las cosas como estaban, sino para solidarizarse con él… (¡que también es hijo de Abrahán, objeto del cuidado y recuerdo de Dios!) y para cambiarle de un modo profundo (pues lo más profundo de un publicano son siempre sus dineros). En el centro de la escena está el dinero. El relato no conservar las conversaciones y saludos anteriores, a lo largo de la comida, sino sólo la palabra final de Zaqueo que dice: ¡doy la mitad de mis bienes, restituyo cuatro veces…!

Zaqueo habla en presente (doy, restituyo), pero está evocando, sin duda, un gesto futuro, que marcará su pasado: dice lo que está empezando a hacer, lo que hará de inmediatas, lo que cambiará su vida ya vivido. Leer más…

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¿Puede salvarse un banquero rico? Domingo 31. Ciclo C

domingo, 30 de octubre de 2016
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ierihon_zacheuDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Banqueros y publicanos

     El protagonista del evangelio de hoy es un jefe de publicanos y rico. Este término no sugiere al lector actual del evangelio el odio y desprecio que sentía el pueblo judío hacia los miembros de esta profesión, que trabajaban al servicio de los romanos y oprimían al pueblo con el cobro de los impuestos. El antiguo publicano no tiene nada que ver con el banquero actual. Pero el odio que suscitan los banqueros en mucha gente desde hace unos años ayuda a entender el evangelio más que una larga exposición histórica sobre los publicanos. Sobre todo, cuando el banquero se ha enriquecido, mientras quienes depositaron su dinero en el banco lo han perdido todo o casi todo.

¿Mandamos a todos los ricos al infierno?

Hasta ahora, en su evangelio, Lucas no se ha limitado a defender a los pobres y a anunciarles un futuro definitivo mejor. Ha criticado también con enorme dureza a los ricos. Ha puesto en boca de María, en el Magníficat, unas palabras más propias de una anarquista que de una monja de clausura, cuando alaba a Dios porque «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.»

Y Jesús se muestra aún más duro en el Discurso de la llanura (equivalente al Sermón del Monte de Mateo): «¡Ay de vosotros, los ricos, porque recibís vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque pasaréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis y haréis duelo! (Lc 6,24-25). El ejemplo más claro del rico que llora y hace duelo es el de la parábola del rico y Lázaro, que no podrá disfrutar de una eternidad feliz.

¿Significa esto que ningún rico puede salvarse? El episodio del rico que pretende seguir a Jesús, aunque al final desiste porque no es capaz de renunciar a su riqueza, demuestra que un rico puede salvarse si observa los mandamientos (Lc 18,18-23).

¿Qué ocurre cuando se trata de un rico explotador?  La respuesta la da Lucas en el evangelio de hoy.

El ejemplo de Zaqueo (Lc 19,1-10)

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó en seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Breve comentario

  1. Jesús no le pide a Zaqueo que lo invite a comer, le dice que quiere alojarse en su casa. Se trata de algo mucho más personal. Cuando Jesús continúe su camino, seguirá presente en la casa y la vida de Zaqueo.
  2. La conducta de Jesús resulta escandalosa. Esta vez no escandaliza a fariseos y escribas, a seglares piadosos y teólogos rancios, sino a todos sus seguidores y partidarios, que han aplaudido hasta ahora sus críticas a los ricos.
  3. La diferencia entre Jesús y sus partidarios radica en la forma de considerar al jefe de publicanos. Mientras Jesús lo considera una persona y lo llama por su nombre («Zaqueo, baja…»), sus partidarios lo desprecian («un pecador»). Ellos se dejan guiar por una ideología que condena al rico, mientras que Jesús se guía por la fe («también Zaqueo es hijo de Abrahán») y por su misión de buscar y salvar al que se ha perdido. La historia de Zaqueo recuerda las parábolas del hijo pródigo y de la oveja y la moneda perdidas.
  4. La conducta de Zaqueo supone un cambio radical y muy duro. Sin que Jesús le exija nada, por pura iniciativa, da a los pobres la mitad de sus bienes y está dispuesto a restituir cuatro veces si se ha aprovechado de alguno. Zaqueo no es como los banqueros de las subprime. Y esto es lo que Lucas pretende enseñar: incluso un rico hipotéticamente injusto puede convertirse y salvarse; pero no basta invitar a Jesús a comer, debe darse un cambio profundo en su vida, con repercusiones en el ámbito económico.
  5. Finalmente, la conducta de Jesús con Zaqueo trae a la memoria el refrán castellano: «más moscas se atraen con una gota de miel que con un barril de hiel». Jesús podía haber criticado y condenado a Zaqueo. Sus seguidores lo habrían aplaudido una vez más. Y Zaqueo habría seguido explotando al pueblo.

Un texto precioso

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría (11,22-12,2) es un excelente complemento al evangelio. Muchos piensan que el Dios del Antiguo Testamento es un ser cruel y justiciero, enemigo despiadado del pecador. Quien lea este texto tendrá que cambiar de idea: la actitud de Dios es la misma que la de Jesús con Zaqueo.

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible.
Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. 30 octubre, 2016

domingo, 30 de octubre de 2016
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“Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.”

(Lc 19, 1-10)

El fragmento del evangelio de este domingo es precioso. Está lleno hasta los bordes de naturalidad y frescura. Zaqueo, todo un alto funcionario, un señor, subido a un árbol. Jesús que, ni corto ni perezoso, se auto invita a comer en casa ajena. Y todos los demás, llenos de envidia, se ponen a criticar. Y así me imagino que fue el resto de la comida, todo espontaneidad por parte de unos y otros.

Para meternos más en la escena podemos imaginarnos a algún personaje de hoy (Rajoy, Messi o cualquier banquero famoso) subido a un árbol. Deseoso de que pase algo que cambie su vida por completo.

Pero como las cosas del Evangelio no son “remedios” para otros, sino invitaciones para quien se aventura por sus páginas, lo mejor será que hoy hagamos un pequeño esfuerzo y nos subamos a algún árbol. A un árbol que nos permita ver el paso de Jesús por nuestra historia personal.

Será bueno ver por dónde tiene pensado pasar Jesús y hacer todo lo posible para provocar el Encuentro. Hay que subirse al árbol aunque nos de miedo caernos, pereza subirnos o vergüenza que nos vean hacer locuras. Precisamente habrá que subir al árbol del miedo, de las críticas ajenas, de la propia vergüenza… esos árboles que crecen junto al borde del camino por el que hoy tiene que pasar Jesús.

Porque solo si nos arriesgamos a subir, podremos recibir la invitación a bajar: “…, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.

Y bien pensado vale la pena ese pequeño esfuerzo con tal de recibir a un huésped tan especial como Jesús.

Oración

“Alójate hoy en nuestra casa

y llénala de tu salvación.

Damos la valentía necesaria

para convertir la críticas ajenas

en trampolín para llegar más arriba.”

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Estás salvado en la medida que aceptes a los demás como son

domingo, 30 de octubre de 2016
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Lc 19, 1-10

Una vez más se manifiesta la actitud de Jesús hacia los “pecadores”, pero hoy de una manera muy concreta. Nos está diciendo cómo tenemos que comportarnos con los que hemos catalogado como malos. Está denunciando nuestra manera de proceder equivocada, es decir, no acorde con el espíritu de Jesús. Solo Lc narra este episodio. No sabemos si es un relato histórico; pero que lo sea o no, no es lo importante, lo que importa es la manera de narrarlo y las enseñanzas que quiere trasmitirnos, que son muchas.

Es importante recordar que Lc es el evangelista que más insiste en la imposibilidad de que los ricos entren en el Reino. Unos versículos antes, acaba de decir Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! En este episodio resulta que llega la salvación a un rico, que además es pecador público. Sin duda Lc está reflejando la situación de su comunidad, en la que se estaban ya incorporando personas ricas que daban el salto del seguimiento sin tener que abandonar su situación social y su trabajo. La única exigencia es salir de la injusticia y pasar a compartir lo que tienen con los que no tienen nada.

En el relato hay que presuponer más cosas y más importantes de las que dice: ¿Por qué Zaqueo tiene tanto interés en conocer a Jesús, aunque sea de lejos? ¿Cómo es que Jesús conoce su nombre? ¿Cómo tiene tanta confianza Jesús para autoinvitarse a hospedarse en su casa? ¿Qué diálogo se desarrolló entre Jesús y Zaqueo para que éste haga una promesa tan radical y solemne? Solo las respuestas a estas preguntas darían sentido a lo que sucedió. Pero es precisamente ese itinerario interno de ambos, que no se puede expresar, el que marca la relación profunda entre Jesús y Zaqueo.

La reflexión de este domingo conecta con la del domingo pasado: el fariseo y el publicano. ¿Os acordáis? El creernos seguros de nosotros mismos nos lleva a despreciar a los demás, a no considerarlos; sobre todo, si de antemano los hemos catalo­gado como «pecadores». Incluso nos sentimos aliviados porque no alcanzan la perfec­ción que nosotros creemos haber alcanzado, y de esta manera podremos seguir mirándolos por encima del hombro. “Todos murmuraban diciendo: ha entrado a comer en casa de un pecador”.

Zaqueo era jefe de publicanos y además, rico. Pecador, por colaboracionista y por el modo de adquirir las riquezas. Tiene deseos de conocer a Jesús, pero, ¿cómo se podía atrever a acercarse a él? Todos le señalarían con el dedo y le dirían a Jesús que era un pecador. Podemos imaginar la cara de extrañeza y de alegría que pondría cuando oye a Jesús llamarle por su nombre; lo que significaría para él que alguien, de la categoría de Jesús, no solo no le despreciase, sino que le tratara incluso con cariño. Zaqueo se siente aceptado como persona, recupera la confianza en sí mismo y responde con toda su alma a la insinuación de Jesús. Por primera vez no es despreciado por una persona religiosa. Su buena disposición encuentra acogida y se desborda en total apertura a la verdadera salvación.

Una vez más utiliza Lc la técnica literaria del contraste para resaltar el mensaje. Dos extremos que podíamos denominar Vida-Muerte. Vida en Jesús que manifiesta lo mejor de sí mismo abriéndose a otro ser humano con limitaciones radicales que le impiden ser él mismo. Vida en Zaqueo que, sin saber muy bien lo que buscaba en Jesús, descubre lo que le restituye en su plenitud de humanidad y lo manifiesta con la oferta de una relación más humana con aquellos con los que había sido más inhumano. Muerte en la multitud que, aunque sigue a Jesús físicamente, con su opacidad impide que otros lo descubran. Muerte en “todos”, escandalizados de que Jesús ofrezca Vida al que solo merecía desprecio.

A la vista del resultado de la manera de actuar de Jesús, yo me pregunto. ¿Hemos actuado nosotros como Él, a través de los dos mil años de cristianismo? ¿Cuántas veces con nuestra actitud de rechazo truncamos esa buena disposición inicial y conseguimos desbaratar una posible liberación? Al hacer eso, creemos defender el honor de Dios y el buen nombre de la Iglesia. Pero el resultado final es que no buscamos lo que estaba perdido y, como consecuencia, la salvación no llega a aquellos que sinceramente la buscan. Como Zaqueo, hoy muchas personas se sienten despreciadas por los dirigentes religiosos, y además, los cristianos con nuestra actitud seguimos impidiéndoles ver al verdadero Jesús.

Muchas personas que han oído hablar de Jesús quisieran conocerlo mejor, pero se interpone la “muchedumbre” de los cristianos. En vez de ser un medio para que los demás conozcan a Jesús, somos un obstáculo que no deja descubrirlo. ¡Cuento tendría que cambiar nuestra religión para que en cada cristiano pudiera descubrirse a Cristo! Estar abiertos a los demás, es aceptar a todos como son, no acoger solamente a los que son como yo. Si la Iglesia propone la actitud de Jesús como modelo, ¿por qué se parece tan poco nuestra actitud a la de Jesús? Ya lo dice el refrán: Una cosa es predicar y otra dar trigo.

Siempre que se ha consumado una división entre cristianos (cisma), habría que preguntarse, quién tiene más culpa, el que se equivoca pero defiende su postura con honradez o la intransigencia de la iglesia oficial, que llena de desespe­ranza a los que piensan de distinta manera y les hace tomar una postura radical. Lutero por ejemplo, no pretendía una separación de Roma, sino una purificación de los abusos que los jerarcas de la iglesia estaban cometiendo. ¿Quiere decir esto que Lutero era el bueno y el Papa y los cardenales malos? Ni mucho menos; pero con un poco más de comprensión y un poco menos de soberbia, se hubiera evitado una división que tanto daño ha hecho al cristianismo.

Hacer nuestro el espíritu de Jesús es caminar por la vida con el corazón y los brazos siempre abiertos. Estar siempre alerta a los más pequeños signos de búsqueda. Acoger a todo el que venga con buena voluntad, aunque no piense como nosotros; incluso aunque esté equivocado. Estar siempre dispuestos al diálogo y no al rechazo o la imposición. Descubrir que lo más importante es la persona, ni la doctrina, ni la norma, ni la ley.

No acogemos a los demás, no nos paramos a escuchar, no descubrimos esa disposición inicial que puede llevar a una auténtica conversión. Acogida con sencillez tenían que ser la postura de los seguidores de Jesús. Apertura incondicional a todo el que llega a nosotros con ese mínimo de disposición, que puede reducirse a simple curiosidad, como en el caso de Zaqueo; pero que puede ser el primer paso de un auténtico cambio. No terminar de quebrar la caña cascada, no apagar la mecha que todavía humea, ya sería una postura interesante; pero hay que ir más allá. Hay que tratar de restablecer y vendar la caña cascada, tratar de avivar la mecha que se apaga.

El final del relato no tiene desperdicio: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. ¿Cuándo nos meteremos esto en la cabeza? Jesús no tiene nada que hacer con los perfectos. Solo los que se sienten perdidos, podrán ser encontrados por él. Esto no quiere decir que Jesús tenga la intención de restringir su misión. Lo que deja bien manifiesto es que todos fallamos y todos necesitamos ser recuperados. Claro que solo el que tiene conciencia de estar enfermo estará dispuesto a buscar un médico.

La salvación de la que aquí se habla no es conseguir el cielo en el más allá, sino repartir y compartir en el aquí y ahora. Pero esta lección no nos interesa ni como individuos ricos ni como iglesia. Para nosotros es preferible dejar las cosas como están y predicar una salvación para el más allá que nos permita mantener los privilegios de que gozamos aquí y ahora. En realidad no nos interesa el mensaje de Jesús más que en cuanto podamos manipularlo.

Meditación-contemplación

“El hijo de Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”.
Solo lo que está perdido, necesita ser buscado.
Solo el que se siente enfermo irá a buscar al médico.
Solo si te sientes extraviado te dejarás encontrar por él.
……………..

No se trata de fomentar los sentimientos de culpabilidad.
Tampoco de sentirse “indigno pecador”.
Se trata de tomar conciencia de la dificultad del camino
Y sentir la necesidad de ayuda para alcanzar la meta.
………………

Se trata de sentir la fuerza de Dios en lo hondo de mi ser.
Pero también de buscar y aceptar la ayuda de los demás,
que van por delante y saben por dónde debo caminar.
Si me empeño en caminar en solitario, seguro que me perderé.
……………..

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dios ama y acoge

domingo, 30 de octubre de 2016
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zaqueo-en-foto-grande-242x300“Dios ha dado a la tierra el soplo que la nutre. Su aliento de vida a todas las cosas. Y si Él retuviera su soplo, todo se aniquilaría. Este soplo vibra en tu respiro, en tu voz. Respiras el soplo de Dios y tú no lo sabes” (Teófilo de Antioquía)

30 de octubre. Domingo XXXI del TO

Lc 19, 1-10.

El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En la ópera Mefistófeles del italiano Arrigo Boito, Fausto le dice a Margarita: “El amor es el milagro de la vida”. Como lo fue el que sucedió cuando el jefe de los recaudadores de impuestos bajó del árbol muy contento y le invitó a hospedarse en su casa. Zaqueo -que por cierto era muy rico y a lo que parece había defraudado bastante al Fisco- quiso ponerse en paz con su conciencia, resueltamente dijo: “Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. Jesús le dijo: “Hoy ha llegadola salvación a esta casa”.

El Libro de la Sabiduría nos cuenta que Dios se compadece de todos porque ama a todos los seres (Sab cap. 11), a toda la creación y a todo hombre pecador y marginado. Existe una especie de hormigas -las Dorilus- que actúan como unidades-organismo. Se comportan de forma totalmente altruista las unas con las otras y se coordinan de forma tan precisa que recuerdan a la combinación de células y tejidos de una entidad. Son uno de tantos ejemplos de la Naturaleza donde se muestra la unidad de todos los seres.

En el consejo de la abuela Carolina a su nieta (Una pasión rusa, de Reyes Monforte), también en ese “todos los seres” se incluyen los humanos: “Cierra los ojos y escucha el silencio, la tormenta y el aullido de los lobos… Es música, mi pequeña, en una maravillosa partitura que debes escuchar atentamente. No te amenaza, tan solo te acompaña para hacerte ver que no estás sola”.

El pintor y revolucionario Mario Cavaradossi entona esta primera romanza en la escena tercera de Tosca, de Puccini: “Recondita armonia / di belleze diverse!… / È bruna Floria, / l’ardente amante mia…”. La canta en la iglesia mientras dibuja a Flora Tosca en el lienzo. Un retrato, fruto de las miradas al medallón-retrato de su amada y al rostro de la Madonna, que me traen a la memoria los hermosos versos navideños de Lope de Vega: “Naranjitas doradas coge la niña / y el amor de sus ojos perlas cogía”.

Uno de los grandes Padres de la Iglesia, Teófilo de Antioquía, insiste en la idea de que Dios ha dado aliento de vida a todas las cosas; aliento “que vibra en tu respiro, en tu voz. Respiras el soplo de Dios y tú no lo sabes”. Respiro y voz que son siempre amorosos y son vida.

Un ilustre poeta castellano, miembro de la llamada Generación del 27 -Dámaso Alonso (1898-1990)- escribió este bellísimo soneto en el que ensalza los valores de la amistad y del amor como expresión de la hermandad y de la unión.

HERMANOS

Hermanos, los que estáis en lejanía
tras las aguas inmensas, los cercanos
de mi España natal, todos hermanos
porque habláis esta lengua que es la mía:

yo digo “amor”, yo digo “madre mía”
y atravesando mares, sierras, llanos
-oh gozo-, con sonidos castellanos,
os llega un dulce efluvio de poesía.

Yo exclamo “amigo”, y en el Nuevo Mundo,
“amigo” dice el eco, desde donde
cruza todo el Pacífico, y aún suena

Yo digo “Dios”, y hay un clamor profundo;
y “Dios”, en español, todo responde,
y “Dios”, sólo “Dios”, “Dios”, el mundo llena.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Zaqueo, un hombre bajito que recuperó su grandeza interior

domingo, 30 de octubre de 2016
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zaqueoLc 19, 1-10

Hace dos días unos publicanos vinieron a casa de Zaqueo, su jefe. Le traían una noticia importante.

– No te lo vas a creer, hemos conocido a un hombre que habla bien de nosotros- le dijo Benjamín.

– Además, se atrevió a regañar públicamente a unos fariseos que se tenían por justos y despreciaban a los demás. Nos contó una parábola de dos hombres que fueron al templo a orar, y nos dijo que Dios escuchó la oración del publicano y bajó a su casa justificado. Le aplaudimos, y le pedimos que nos contara más parábolas. Nos prometió que vendría a Jericó – añadió Amós.

– ¿Quién es ese hombre? –preguntó Zaqueo. Me gustaría conocerlo. Debe ser un insensato para enfrentarse a los fariseos y defendernos a nosotros. De sobra sabemos todos en qué consiste nuestro trabajo.

– Se llama Jesús, es galileo, de Nazaret. Desde hace días está predicando a orillas del río Jordán. Mañana vendrá a Jericó y predicará en la plaza. Se espera que venga una multitud, porque se ha extendido su fama por los pueblos de alrededor. Los comerciantes hablan de él por todas partes.

Es de noche. Zaqueo está preocupado.

¿Cómo podré escuchar a Jesús –se pregunta- si viene una multitud? Los cobradores de impuestos somos impuros. Si alguno de mis vecinos tropieza conmigo o roza mis vestiduras, debido a la aglomeración, quedará impuro también. Estoy harto de que la gente me maldiga y se aparte de mí cuando paso a su lado. Tengo que encontrar el modo de escuchar a ese hombre. Si es necesario pediré ayuda a la guardia romana, como he hecho otras veces, para hacerme respetar.

De repente encuentra la solución. Seguramente muchos niños se subirán a los árboles de la plaza para curiosear, como es costumbre cuando vienen forasteros, pero al sicómoro no se subirá nadie. Los fariseos consideran este árbol impuro; él puede trepar hacia lo alto y pasar desapercibido.

A la mañana siguiente se dirige a la plaza y se acomoda en el sicómoro. Agazapado entre las hojas, se sienta tranquilamente en una rama a esperar.

Recuerda las humillaciones que ha recibido desde que era pequeño por su baja estatura. Lo que más le dolió fue lo que le hicieron sus suegros cuando fue a pedirles la mano de su hija Sara, la joven que los padres de Zaqueo le habían elegido como esposa.

Él y su padre fueron a negociar con los futuros suegros, como era habitual; llevaban el contrato que había redactado un escriba y doscientos denarios, para pagar la dote y conseguir a la joven. También llevaban un pellejo lleno de vino con el que esperaban celebrar la firma del contrato. Pero no hubo acuerdo.

El padre y los hermanos de Sara pusieron todo tipo de objeciones a la boda. ¿Cómo podría cultivar los campos Zaqueo con tan poca estatura? ¿Cómo iba a realizar tareas que requerían mucha fuerza física? La familia de Sara acordó que sólo permitirían el enlace si entregaban cien denarios más. Zaqueo tuvo que trabajar con ahínco durante meses para conseguir ese dinero.

Poco después de la boda llegó a Jericó un cuestor para reclutar algunos varones judíos que cobraran los impuestos en nombre de Roma. Él se ofreció inmediatamente. El cuestor le dio una larga lista, con los nombres de las personas a las que tenía que cobrar y la cantidad de dinero que debía pagar cada una.

Lo que exigiera de más a cada persona era asunto de Zaqueo y podía quedarse con ese dinero. No sólo era una manera de ganarse cómodamente el pan de cada día, sino una forma de enriquecerse; nadie le iba a pedir cuentas del suplemento que cobrase.

El primer año fue duro. Sus vecinos no podían creer que se hubiera vuelto un traidor al servicio de Roma. Todos sabían que el dinero recaudado se empleaba en hacer grandes construcciones fuera de Israel y en pagar un sueldo al ejército que les oprimía. ¡Y su vecino facilitaba ese trabajo sucio al invasor! ¡Había que maldecirlo!

Otro año hubo una gran sequía y mucha gente perdió la cosecha. Cuando llegó el momento de pagar los impuestos tuvieron que pedir préstamos a los usureros, que aprovecharon la situación para exigir el 50% de interés.

Los vecinos suplicaron a Zaqueo que les aplazara la deuda, o que negociara con los romanos, pero él ni se inmutó. No sólo era el momento de recaudar los impuestos sino de hacer que sus vecinos “pagaran” las humillaciones que él había recibido durante años. Fue exigiendo el dinero a uno tras otro.

Cuando alguno no podía pagar, Zaqueo anotaba su nombre en un papiro que luego entregaba a los romanos para que se encargaran del castigo correspondiente. El cuestor le recompensó generosamente y le nombró jefe de los publicanos de Jericó.

De este modo su fortuna aumentó considerablemente. Su aislamiento también. Se convirtió en un pecador, en un hombre impuro que vivía al margen de la Torá. La gente rehuía su presencia y le negaron hasta el saludo. Sólo se relacionaba con su familia y con los publicanos que estaban a su servicio.

Muchas veces había pensado empezar de nuevo y devolver lo robado, pero ni tenía fuerzas ni sabía cómo hacerlo. Sara y él hablaban de vez en cuando del tema. Vivían tan aislados que ya no les compensaba la riqueza que habían adquirido. ¿Y si se fueran de Jericó a otra ciudad donde no les conociera nadie? ¿Qué podían hacer para ser felices de nuevo? Se encontraban en un callejón sin salida.

De golpe, el ruido de la muchedumbre saca a Zaqueo de sus recuerdos y le devuelve a la realidad. La multitud ve que Jesús entra en la plaza y alza los brazos para aclamarle. Él bendice a la gente, hace un gesto para que haya silencio y comienza a predicar.

Zaqueo se emociona al oírle. Tiene la sensación de que Jesús conoce lo que hay en su corazón. Cuando acaba de predicar, el maestro atraviesa la plaza y se dirige directamente hacia el sicómoro. Alza la vista y le dice:

– Zaqueo, baja rápidamente del árbol.

El hombrecillo le mira sorprendido. ¿Por qué conoce mi nombre? –Se pregunta- ¿Sabe que soy un hombre importante, nada menos que el jefe de los publicanos?

Jesús, sonriendo, le hace un gesto con el brazo para que baje del árbol y le dice de nuevo:

– Baja pronto, hoy voy a alojarme en tu casa.

Y continúa caminando por la plaza, rodeado de niños.

Zaqueo intenta decirle que no vaya a su casa, porque es un pecador y quedará contaminado, pero se le hace un nudo en la garganta y no es capaz de decir nada.

Baja del árbol y se va corriendo a su casa. Por el camino tropieza con algunas personas, pero esta vez no tiene en cuenta si las roza o no. Quiere contar a Sara lo que le ha ocurrido y preparar la comida para recibir a Jesús.

La noticia se extiende por Jericó y empiezan las murmuraciones. Algunas personas se acercan con disimulo a la casa de Zaqueo para cotillear mejor y ver lo que ocurre. Murmuran en voz baja:

– Jesús no sabe en qué casa se va a meter. Si realmente fuera un profeta sabría de qué calaña es este recaudador.

– ¿Cómo se le ocurre honrar con su presencia la casa de un traidor, de un cobarde?

– Podía haber elegido una de nuestras casas para alojarse. Ha elegido la peor.

La comida se convierte en un banquete muy especial. Jesús cuenta la conversión de Mateo, el recaudador de impuestos que ahora es discípulo suyo; la familia de Zaqueo se queda sobrecogida al oír esta historia. Les habla también de un joven rico que hace pocos días fue a visitarle porque no sabía qué hacer con su vida; el joven se fue triste porque no quería seguir los consejos que recibió ni desprenderse de su riqueza.

Zaqueo siente de nuevo que Jesús está leyendo lo que ocurre en su corazón. Se arma de valor, respira hondo, se pone de pie y dice con voz fuerte, para que le oigan también los que cotillean en la puerta:

– Jesús, voy a dar la mitad de mis bienes a las personas que he empobrecido.

En toda la casa se hace un silencio sepulcral. A Sara se le saltan las lágrimas y sonríe feliz. Fuera de la casa el murmullo va en aumento.

Zaqueo mira fijamente a Jesús, que sonríe, asiente con la cabeza y le mira en silencio, como si esperara algo más de él.

El hombrecillo se viene arriba, como si de repente empezara a crecer sin parar y dice:

– Jesús, tengo algo más que decirte. Al que haya hecho daño le devolveré cuatro veces más de lo que le quité.

Jesús se levanta y le abraza con tanta fuerza que parece que Zaqueo desaparece entre sus brazos. Levantando la voz le dice:

– ¡Hoy ha entrado la salvación a tu casa! ¡También tú eres un hijo de Abraham!

Zaqueo no puede reprimir la emoción. Desde hacía años le habían llamado de todo y habían maldecido a su madre. Nadie le había llamado hijo de Abraham, el título por excelencia, el que todo varón judío quiere poseer. Y de golpe siente que él es como el publicano de la parábola y que Yahvé ha escuchado su oración y le ha perdonado. ¡Se siente un hombre afortunado!

Al día siguiente fue a devolver el dinero a las familias a las que había hecho daño. Empezó por Tabita, una pobre viuda enferma a la que los romanos le habían quitado la casa por no pagar los impuestos. Ella llevaba meses pidiendo al juez que le hiciera justicia, pero el juez no le hacía caso.

Después fue a casa de Ezequiel, que se vendió como esclavo para pagar los impuestos y saldar sus deudas; no pudo conseguir un préstamo porque no había devuelto el que le hizo el avaro Benjamín el año anterior. De este modo libró de la prostitución a su mujer y a sus hijas, pero la familia se destrozó. Desde que era esclavo ya no había vuelto por el pueblo; algunos vecinos decían que le habían visto por Jerusalén al servicio de un centurión romano.

Se dio cuenta de que no era fácil empezar de nuevo. Algunos vecinos de Jericó no entendían su conversión y se reían de él, pero no le importaba. Zaqueo ya no era el mismo. El encuentro con Jesús le había devuelto su grandeza interior. Ahora entendía con claridad lo que Jesús le había dicho al despedirse: He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Marifé Ramos González

Fuente Fe Adulta

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«La postura justa». 30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

domingo, 23 de octubre de 2016
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30-to-600x848Según Lucas, Jesús dirige la parábola del fariseo y el publicano a algunos que presumen de ser justos ante Dios y desprecian a los demás. Los dos protagonistas que suben al templo a orar representan dos actitudes religiosas contrapuestas e irreconciliables. Pero ¿cuál es la postura justa y acertada ante Dios? Esta es la pregunta de fondo.

El fariseo es un observante escrupuloso de la ley y un practicante fiel de su religión. Se siente seguro en el templo. Ora de pie y con la cabeza erguida. Su oración es la más hermosa: una plegaria de alabanza y acción de gracias a Dios. Pero no le da gracias por su grandeza, su bondad o misericordia, sino por lo bueno y grande que es él mismo.

En seguida se observa algo falso en esta oración. Más que orar, este hombre se contempla a sí mismo. Se cuenta su propia historia llena de méritos. Necesita sentirse en regla ante Dios y exhibirse como superior a los demás.

Este hombre no sabe lo que es orar. No reconoce la grandeza misteriosa de Dios ni confiesa su propia pequeñez. Buscar a Dios para enumerar ante él nuestras buenas obras y despreciar a los demás es de imbéciles. Tras su aparente piedad se esconde una oración «atea». Este hombre no necesita a Dios. No le pide nada. Se basta a sí mismo.

La oración del publicano es muy diferente. Sabe que su presencia en el templo es mal vista por todos. Su oficio de recaudador es odiado y despreciado. No se excusa. Reconoce que es pecador. Sus golpes de pecho y las pocas palabras que susurra lo dicen todo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Este hombre sabe que no puede vanagloriarse. No tiene nada que ofrecer a Dios, pero sí mucho que recibir de él: su perdón y su misericordia. En su oración hay autenticidad. Este hombre es pecador, pero está en el camino de la verdad.

El fariseo no se ha encontrado con Dios. Este recaudador, por el contrario, encuentra en seguida la postura correcta ante él: la actitud del que no tiene nada y lo necesita todo. No se detiene siquiera a confesar con detalle sus culpas. Se reconoce pecador. De esa conciencia brota su oración: «Ten compasión de este pecador».

Los dos suben al templo a orar, pero cada uno lleva en su corazón su imagen de Dios y su modo de relacionarse con él. El fariseo sigue enredado en una religión legalista: para él lo importante es estar en regla con Dios y ser más observante que nadie. El recaudador, por el contrario, se abre al Dios del Amor que predica Jesús: ha aprendido a vivir del perdón, sin vanagloriarse de nada y sin condenar a nadie.

José Antonio Pagola

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«El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no». Domingo 23 de octubre de 2016. 30º Ordinario

domingo, 23 de octubre de 2016
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55-ordinarioc30-cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 35, 12-14. 16-18: Los gritos del pobre atraviesan las nubes.
Salmo responsorial: 33: Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha.
2Timoteo 4, 6-8. 16-18: Ahora me aguarda la corona merecida.
Lucas 18, 9-14. El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no.

La mayor parte de las parábolas de Jesús tienen como telón de fondo la vida de las aldeas de Galilea y refleja distintas experiencias de vida del campesinado. Solamente unas pocas se salen de este marco. Una de éstas es la del fariseo y el recaudador que se sitúa en contexto urbano y, más en concreto, en la ciudad de Jerusalén, en el recinto del templo: el lugar propicio para obtener la purificación de los pecados.

La influencia y atracción del templo para los judíos se extendía incluso más allá de las fronteras de Palestina, como lo mostraba claramente la obligación del pago del impuesto al templo por parte de los judíos que no vivían en Palestina. Pagar ese impuesto se había convertido en tiempos de Jesús en un acto de devoción hacia el templo, porque éste hacía posible que los judíos mantuviesen una relación saludable con Dios.

En tiempos de Jesús, el cobro de impuestos no lo hacían los romanos directamente, sino indirectamente, adjudicando puestos de arbitrios y aduanas a los mejores postores, que solían ser gente de las élites urbanas o aristocracia. Estas élites, sin embargo, no regentaban las aduanas, sino que, a su vez, dejaban la gestión de las mismas a gente sencilla, que recibía a cambio un salario de subsistencia. Los recaudadores de impuestos practicaban sistemáticamente el pillaje y la extorsión de los campesinos. Debido a esto, el pueblo tenía hacia estos cobradores de impuestos la más fuerte hostilidad, por ser colaboracionistas con el poder romano. La población los odiaba y los consideraba ladrones. Tan desprestigiados estaban que se pensaba que ni siquiera podían obtener el arrepentimiento de sus pecados, pues para ello tendrían que restituir todos los bienes extorsionados, más una quinta parte, tarea prácticamente imposible al trabajar siempre con público diferente. Esto hace pensar que el recaudador de la parábola era un blanco fácil de los ataques del fariseo, pues era pobre, socialmente vulnerable, virtualmente sin pudor y sin honor, o lo que es igual, un paria considerado extorsionador y estafador.

En su oración, el fariseo aparece centrado en sí mismo, en lo que hace. Sabe lo que no es: ladrón, injusto o adúltero; ni tampoco es como ese recaudador, pero no sabe quién es en realidad. La parábola lo llevará a reconocer quién es, precisamente no por lo que hace (ayunar, dar el diezmo…), sino por lo que deja de hacer (relacionarse bien con los demás).

El fariseo decimos que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que gana. Hace incluso más de lo que está mandado en la Torá. Pero su oración no es tan inocente. Lo que parecen tres clases diferentes de pecadores a las que él alude (ladrón, injusto, pecador) se puede entender como tres modos de describir al recaudador. El recaudador, sin embargo, reconoce con gestos y palabras que es pecador y en esto consiste su oración.

El mensaje de la parábola es sorprendente, pues subvierte el orden establecido por el sistema religioso judío: hay quien, como el fariseo, cree estar dentro, y resulta que está fuera; y hay quien se cree excluido, y sin embargo está dentro.

En el relato se ha presentado al fariseo como un justo y ahora se dice que este justo no es reconocido; debe haber algo en él que resulte inaceptable a los ojos de Dios. Sin embargo, el recaudador, al que se nombra con un despectivo “ése”, no es en modo alguno despreciable. ¿Qué pecado ha cometido el fariseo? Tal vez solamente uno: mirar despectivamente al recaudador y a los pecadores que él representa. El fariseo se separa del recaudador y lo excluye del favor de Dios.

Dios, justificando al pecador sin condiciones, adopta un comportamiento diametralmente opuesto al que el fariseo le atribuía con tanta seguridad. El error del fariseo es el de ser “un justo que no es bueno con los demás”, mientras que Dios acoge graciosamente incluso al pecador. Esta parábola proclama, por tanto, la misericordia como valor fundamental del reino de Dios. Con su comportamiento el recaudador rompe todas las expectativas y esquemas, desafía la pretensión del fariseo y del templo con sus medios redentores y reclama ser oído por Dios, ya que no lo era por el sistema del templo y por la teología oficial, representada por el fariseo.

Si la interpretación de la parábola es ésta, entonces se puede vislumbrar por qué Jesús fue estigmatizado como «amigo de recaudadores y de pecadores», y por qué fue crucificado finalmente por las élites de Jerusalén con la ayuda de los romanos y el pueblo.

En esta parábola se cumple lo que leemos en la primera lectura del libro del Eclesiástico: “Dios no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja”. Dios está con los que el sistema ha dejado fuera. Como estuvo con Pablo de Tarso, como se lee en la segunda lectura, que, a pesar de no haber tenido quien lo defendiera, sentía que el Señor estaba a su lado, dándole fuerzas. Leer más…

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Dom 23.10.16. Fariseo y publicano ante el espejo. Una parábola

domingo, 23 de octubre de 2016
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0_d43_30dom_comum_2810Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 30 del tiempo ordinario. Ciclo c.. Es una parábola muy propia para que miremos al espejo interior y nos veamos, para que podamos descubrirnos digamos (aceptemos) lo que somos.

Los personajes son muy sencillos, sólo dos, estilizados, casi caricaturizados… El bueno y el malo. Pero el espejo muestra que los papeles están invertidos. El que dice ser bueno es en realidad el malo. Y el que se dice malo, y se reconoce como pecados, es en realidad el bueno.

Es una parábola para entender las cosas al revés, propia de niños, pues ellos son los que mejor la entienden. Asi la contó Jesús, y aparece en el evangelio de Lucas.

Yo también la he repetido alguna alguna vez en este portal, pero quiero hacerlo de nuevo, para que algunos puedan verse a sí mismos y entenderse (y cambiar si pueden) a la luz de esta parábola. A mí me hizo pensar cuando era niño, cuando la escuché y la imaginé por primera vez ante el espejo de una gran sacristía.

Es una meditación, propia de mayores, pero a veces, de verdad, sólo la entienden los niños, los que están dispuestos a pensar y a dejarse cambiar. Los que tenemos las ideas hechas apenas podemos cambiar, por mucho que viniera Jesús y contara la parábola de nuevo, como la contó de bien aquel cura, en la sacristía del pueblo, hace unos sesenta y ocho años.

Yo asocio siempre esta parábola con aquel un cura, creo que era jesuita, cuando yo era niño… y con el espejo de la sacristía, donde pude ver a los personajes, cómo se ponían, como hablaban… cómo el uno acusaba al otro con el dedo, y cómo el otro se encogía…

Creo que desde entonces no la he olvidado, ni olvidaré nunca esta parábola. Yo era niño, pero pienso que pensaba encones mejor que ahora Buen domingo a todos.

Texto: Lc 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.
El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Un niño ante el espejo

Un día nos llevaron a la iglesia, porque había venido un cura famoso y cura quería explicarnos una parábola de evangelio. Seríamos diez o quince niños.

Sé que el cura nos trató como si fuéramos mayores.Pasamos por la Iglesia y nos llevó a la sacristía, nos mostró sus cuadros, sus espejos y sus cristos, sus armarios y vitrinas y, al final, hizo que por orden nos sentáramos en sillas o en el suelo brillante de cera. No recuerdo si estaba en una silla o en el suelo (pienso que en el suelo), pues las sillas eran demasiado altas para los pequeños.

Sólo recuerdo bien el gran espejo. Nunca había visto uno más grande, inclinado, de bordes ondeantes y dorados, sobre el suelo, para que el celebrante pudiera verse entero, con los altos y los bajos de sus vestiduras, antes de salir a misa.

Allí nos contó la parábola. No recuerdo los detalles de su catequesis, pero me vuelven a la mente las figuras (sobre todo la del fariseo) que iban y venían en el gran espejo. El cura nos dijo que imagináramos la escena.

Tengo la impresión de que era un jesuita. Nos dijo que miráramos bien, con los ojos de dentro. Y yo miré, y reviví la escena en el espejo. Quiero volver un día a aquella iglesia, y sentarme de nuevo en la sacristía, ante el espejo, donde imaginé cosas que después más de una ver he recordado.

El fariseo

Pude verle bien. No sé cómo, pero sé que había venido y que estaba ante nosotros. Era alto, vestido de traje, fumando un gran puro. Se puso en medio, de pie, en el centro de la gran sala de columnas inmensas, ocupando todo el espacio sagrado, ante la puerta del fondo que daba al santuario. El jesuita nos dijo que era la puerta del gran Sagrario o Santo de los Santos donde estaba Dios, en la oscuridad, viéndolo todo, pero sin que pudiéramos verle. Hoy quiero descorrer el velo de los sesenta y ocho años que han pasado desde entonces y mirar de nuevo a fariseo, para escuchar cómo rezaba:

¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás. No le da gracias por él (por Dios), sino por sí mismo. Está contento de lo que es (entonces le imaginaba con el puro en la boca, hoy le veo sin puro). Por eso da gracias al Dios que le pone en el centro de la gran escena sagrada, como signo de santidad y justicia. Leer más…

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«La justicia parcial de Dios». Domingo 30 Ciclo C

domingo, 23 de octubre de 2016
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indiceDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico 35,12-14.16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira, viajero incansable en busca de la sabiduría, pero también gran conocedor de las tradiciones de Israel. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad.

Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas (Lc 18, 9-14) ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico.

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

‒ Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.» Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos,
si he perjudicado a mi amigo o despojado al que me ataca sin razón,
que el enemigo me persiga y me alcance,
me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.»

Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no.

¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, que debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

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Domingo XXX. Fiesta del Stmo. Redentor

domingo, 23 de octubre de 2016
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“Quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será ensalzado.”

(Lc18, 9-14)

Hoy, además de ser domingo, ¡la gran fiesta de los cristianos!, celebramos el DOMUND, la Jornada Mundial de la Evangelización de los pueblos, pero no solo eso, la familia trinitaria celebramos la fiesta del Santísimo Redentor. ¡Se nos acumulan los motivos para la FIESTA!

La parábola del publicano y el fariseo parece sintonizar completamente con todo lo que hoy celebramos.

¿Por qué, qué mejor actitud para la evangelización que la humildad de reconocerse pequeña, limitada y con alguna oscuridad? Sí, solo aquellas personas que tienen una profunda experiencia de la misericordia de Dios pueden comunicar al mundo la Buena Noticia de Jesús.

Y en esta misma línea, Jesús, el Redentor, solo puede entrar en un corazón desarmado. La persona que se siente segura de sí misma y de sus obras le cierra las puertas a Dios. Su oración se convierte en lectura de cuentas: “ayuno dos veces por semana, pago el diezmo, no soy como los demás…” Y su pretendida justicia y bondad le hace sentirse con más derecho y mejor persona que las demás. El orgullo nos impide reconocer la necesidad de ser salvadas, la necesidad de ser amadas. Nos engaña, nos hace creer que tenemos derecho a que Dios se fije en nosotras y nos colme con sus bendiciones.

Pero Dios no se deja chantajear. No se deja impresionar por nuestras obras, ni por nuestra lista de méritos. El amor de Dios es pura gratitud y derroche.

El Icono de la Orden de la Santísima Trinidad ilustra magníficamente las actitudes de estos dos personajes. En él encontramos a Cristo Redentor ocupando el centro de la imagen y sosteniendo dos figuras. Una oscura, a la que Cristo sostiene con fuerza por la muñeca, mientras la figura se vuelve con agresividad hacia Cristo y hacia la figura blanca. Es una figura prisionera de sí misma que con su mano derecha sostiene las cadenas que atan fuertemente sus pies.

La figura blanca ofrece una actitud completamente diferente. Se abandona dócilmente en las manos de Cristo y le contempla con ternura, ha comprendido que lejos de la Presencia de Dios se pierde.

Oración

Trinidad Santa derrama con generosidad

semillas de humildad en nuestros corazones

para que la tierra de nuestro interior

florezca para ti y para nuestras hermanas.

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene que perdonarnos ni justificarnos

domingo, 23 de octubre de 2016
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255695200_1a2a9e4439Lc 18, 9-14

Por fin un día lo tenemos fácil. Hoy cualquiera podía hacer la homilía. Se entiende todo y a la primera, a pesar de que la elección de los personajes no es inocente, ni en este caso ni en la parábola del buen samaritano. En el primer caso, la alusión a un sacerdote y un levita nos advierte de una tensión entre las primeras comunidades y la jerarquía del templo. En la parábola que hoy leemos, se advierte la animadversión de los cristianos contra los fariseos, sobre todo después de la destrucción del templo cuando, al desaparecer el sacerdocio, se alzaron con el santo y la limosna y emprendieron una persecución sin cuartel contra los cristianos. La comunidad respondió con un desprestigio, que dura todavía hoy.

Esa postura no es exclusiva de los fariseos, ni mucho menos. Lucas en la introducción a la parábola lo deja muy claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás” El caso es que un hombre se siente excelente y falla en su apreciación. Otro se siente pecador y también falla al considerar que Dios está lejos de él, por ello. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Es una profunda lección la que debemos aprender de este relato. El mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase que Mateo pone es boca de Jesús: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los fariseos, los estrictamente cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios no está alejado de ninguno de ellos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios es debido a su amor incondicional y a pesar de sus fallos. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado a pulso. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica para con Dios. Si nos atreviésemos a pensar un poquito, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí, viene de Él, que desde lo hondo de mi ser posibilita esa actitud vital.

Dios no me quiere porque soy bueno. Si parto del razonamiento farisaico (y con frecuencia lo hacemos) resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión tradicional que tenemos de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando en cada instante todo lo que soy, pero sin salir de él mismo. Me lo está dando desde antes de empezar a existir, luego es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, haciéndole presente en mi vida, con mis actitudes y mis actos. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle con toda el alma que siga queriéndome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a sacar una consecuencia simple. No tengo que ser bueno para que Dios esté de mi parte. Porque Él me quiere y no me falla como yo hago con Él, voy a intentar ser agradecido fallándole menos y tratar de imitarle en su manera de ser.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor religioso. Es verdad que es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud de humanidad. En contra de lo que hemos creído, ser más humanos nos hace a la vez, más divinos. Con frecuencia hemos interiorizado que lo importante era actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de las más elementales normas de humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El domingo pasado hablábamos de la oración. Hoy nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene el uno y el otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. ¡Qué diferencia! Ojo al dato. Porque la mayoría de las veces estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

A lo largo de mi larga estancia en Parquelagos, he tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: Dios es amor, pero es también justicia. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo escrupulosamente su sata voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos superar la idea de una religión aceptada como programación, que me viene de fuera. El hecho de que el programador sea el mismo Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Para entrar en la dinámica de una verdadera espiritualidad, debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Ningún hecho u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, que está más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de otros seres humanos que lo han descubierto antes que yo, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida a un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento que a veces nos invade, es consecuencia de un mal enfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni por parte de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que verdaderamente eres, pero las posibilidades, todas las posibilidades, siguen intactas. Piensa en esto: las limitaciones que a todos nos afectan, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo. Alguien único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. Se habla mucho últimamente de la autoestima. Es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener y que son secundarias en ti. Esa pretensión de desplegar la autoestima en las cualidades adquiridas o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí, es la clave para una total seguridad en lo que soy. Soy mucho más de lo que creo ser. A pesar de mí, mi valor es infinito.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
No te conviertas en un borrego que sigue el rebaño.
…………………………

Lo humano que hay en ti,
tienes que descubrirlo y desplegarlo tú.
Que otros seres humanos lo hayan conseguido antes,
no te dispensa de la tarea de realizarlo tú mismo.
…………………………

Si no despliegas tus posibilidades de ser,
Malograrás tu propia vida, por muy religioso que seas.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.
…………………

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dos estilos de rezar

domingo, 23 de octubre de 2016
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lc-18-9-14-ptUn corazón sincero podría lograr que incluso una piedra floreciese (Proverbio chino)

23 de octubre. Domingo XXX del TO

Lc 18, 9-14

El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

Dios escucha la súplica humilde y sincera del pobre, pues sus gritos atraviesan las nubes, como dice el Eclesiástico (capítulo 35), y rechaza al que se vanagloria y desprecia a los demás, en palabras de Jesús (Lc 18, 9-14).

Carlos García Vallés escribe en Viviendo juntos matiza lo que debe ser el espíritu de la oración cuando, frente a todo espíritu cristiano, ésta se hace juicio y petición de condena: “Señor, concédele a mi hermano esta gracia… que yo sé muy bien que la necesita de veras y le ha de hacer mucho bien. ¡Vaya oración! ¿Estoy rezando por mi hermano o le estoy juzgando?”

 En la ópera Los Pescadores de Perlas, de BizetLeïla repite lo que el fugitivo le dijo antes de alcanzar la sabana: “¡Toma esta cadena, guárdala como recuerdo! ¡Yo no te olvidaré!”Jesús nos deja el Evangelio y, en sus páginas, la memoria de orar por los demás recibiendo a todos como hermanos: una actitud abierta y de acogida.

Abierta porque entiende que no podemos llegar a Dios si no es a través de los necesitados, y de acogida como lo muestran las palabras y los hechos de su vida: parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31), visita de Nicodemo (Jn 3, 1-6), multiplicación de los panes y los peces (Mc 6, 30-44), obras de misericordia que dan derecho a heredar el Reino de los Cielos (Mt 25, 34-40).

Estas son las piedras preciosas que según el proverbio chino hacen florecer los corazones sinceros. Las que escucha el Señor cuando el afligido le invoca (Sal 33), y las que hacen que el publicano regrese a casa justificado por su oración humilde y de sincero arrepentimiento (Lc 18, 14).

Aquí florecen igualmente hechos y palabras, y se funden en música y sonido deleitables, como canta Luis Cernuda (1902-1963) en el poema Noche del hombre y su demonio:

“El amargo placer de transformar el gesto
en son, sustituyendo el verbo al acto”
.

En calendarios de luna nueva como éste, donde la luz de la oración ilumina la compasión frente al dolor humano, se desmaya el tiempo. Se desmaya el verano, el otoño, el invierno, y todo en el planeta azul del alma es primavera. El fariseo, que oraba de pie en su interior diciendo: “¡Oh Dios! Te doy las gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni como este publicano, estaba congelado en el frígido invierno. En cambio el publicano, que oraba a distancia sin atreverse a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”, era un vergel de calurosos frutos florecido.

Por eso éste bajó a su casa justificado y el fariseo no. En su homilía del 24 de febrero de 2016, el Papa Francisco nos aclara por qué: “¡Abre tu corazón a la misericordia! porque la misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres”.

En la obra Plegarias del Arca de Noé, Carmen Bernós (1919-1995) una de sus criaturas le reza a Dios esta ingenua oración:

ORACIÓN DEL RATÓN

¡Soy tan gris, querido Dios! ¿Te acuerdas de mí?

Siempre acechado – Siempre perseguido.
¿No eres mi creador?
Nunca alguien me hado algo.
¿Por qué me echan en cara que soy un ratón ladrón?
¡Si sólo quiero estar escondido!
¡Dame sólo la ración para el hambre!

¡¡Ah!!
Y líbrame de las garras de ese viejo diablo con ojos verdes.

AMÉN  

(Carmen Bernós)

 Vicente Martínez
Fuente Fe adulta

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Los justificados y los que se justifican

domingo, 23 de octubre de 2016
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fariseoypublicanoLc 18, 9-14

Nadie quiere identificarse con el fariseo. Queda mal reconocer que uno ha pensado más de una vez que es mejor que los demás, que el orgullo le ha hecho esbozar una sonrisa de satisfacción al sentirse superior al resto, o aún peor, que ha dado gracias por ello en lo más recóndito de su corazón. “Yo habría discernido mejor la situación”, “no sé cómo han elegido a esta persona que lo hace tan mal”, “si me dejaran a mí ya verían cómo reorganizaba esto enseguida”, “porque no me han dado esa responsabilidad que si no…”, “fíjate ése qué mal camino lleva”… Innumerables razonamientos con los que excusamos nuestra envidia y falta de misericordia hacia otros con tal de salir reforzados nosotros. “Qué majo soy, qué solidario, qué buena gente”. Nos gusta salir ganando en las comparaciones y que la victoria se vea. Rebajar los dones de los demás, para dar más espacio a los nuestros.

Pensamos ingenuamente que la oración del publicano no es tan difícil. Que basta con sentarse en los bancos de atrás y mirar al suelo para desembarazarnos de ese “lado oscuro” de nuestra personalidad que nos hace caminar un palmo por encima del suelo. ¡Qué poco nos cuesta engañarnos!

Una de las prácticas más comunes y universales del ser humano es la justificación. Argumentar lo que sea con tal de no reconocer nuestra parte más miserable y nuestra enorme fragilidad. Discursos y más discursos para auto-convencernos y convencer de lo estupendos que somos. Tanto esfuerzo para nada. Imposible tapar la verdad tan sencilla como evidente de lo que uno es: un pobre pecador.

No. La oración del publicano no es nada fácil.

Con dos personajes –un fariseo y un publicano– y una elocuente imagen en la que se ve la actitud de cada uno en la oración, Jesús consigue ponernos ante el espejo de nuestra alma; y nos anima a meditar sobre la estupidez de la prepotencia y el buen juicio de la humildad:

– Que no se trata de negar los dones que tenemos, sino de reconocer que no son de nuestra propiedad. A ver, ¿qué te hace ser tan importante? ¿qué tienes que no hayas recibido? (1Co 4,7). El error del fariseo está en no reconocerse como tal; en presentarse ante Dios como dueño y señor de sus logros.

– Que la verdadera humildad nos anima a reconocer con sencillez, simplicidad y transparencia lo que somos. El acierto del publicano es reconocer que creía que merecía algo cuando en realidad no merece nada; presentarse ante Dios como un pecador que solo puede agradecer lo que otros le dan.

Cada uno de los personajes se retrata a sí mismo en su modo de orar. Porque ante Dios se ve con mayor claridad lo absurdo de creerse alguien, y la humanidad de la humildad.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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