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Dom 3.8.17. El Reino de Dios no se conquista con guerra

domingo, 3 de septiembre de 2017
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9788466652827Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 22 tiempo ordinario. Ciclo A. Mt 16, 21-27. En días pasados he ofrecido un comentario al evangelio anterior (Mt, 16, 13-20), destacando la promesa de Jesús que dice a Simón: ¡Tú eres Petros/Piedra y sobre esa Petra/Roma edificaré mi Iglesia!

Pero la historia sigue con el evangelio de hoy (Mt 16, 21-27), y el mismo Simón cuya palabra y compromiso aparecía Roca de Cimiento (Papa, Padre) viene a presentarse ahora como Piedra de Tropiezo (Satanás, tentador/tentación, en el sentido original de “skandalon”: lo que hace caer). Estamos pues ante dos “pedros” que son uno:

— Roca de fundamento de la Iglesia, signo de las iglesia
— Piedra de escándalo (Satán), riesgo para todas las iglesias

Marcos 8 sólo citaba el primer rasgo, como si Pedro no hubiera cumplido todavía sus “deberes” de Piedra/Roma (cf. Mc 16, 7-8). Mateo 16 los une de forma sorprendente:

Entre lo más alto (ser roca de cimiento) y lo más bajo (ser piedra de escándalo satánico, riesgo de caída para el edificio) se ha dado y sigue dándose una intensa conexión que nos sitúa ante el principio, la historia y la actualidad de la Iglesia:

a. Principio. Tanto en la historia de Jesús como en el nacimiento de la Iglesia Pedro ha sido una figura ambivalente. Histórico ha sido su destino de “piedra”, pero también es histórico el “escándalo” asociado a su figura, según dice Pablo en Gal 1-2. A pesar de ello (o quizá por ello), Pedro ha sido venerado en principio de la Iglesia, como signo de humanidad ambigua al servicio del evangelio.

imagesb. Historia. A lo largo de los tiempos, la Iglesia de Roma (no así la ortodoxa ni la protestante) ha tendido a silenciar el rasgo escandaloso de Pedro, vinculado al deseo de Poder(es decir de “no sufrir”). Por eso, ella ha destacado su función de Piedra Firme… olvidando a veces que ella ha podido convertirse en “escándalo”, haciendo tropezar y caer a otros.

c. En la actualidad nos hallamos ante los dos rasgos de Pedro, tanto del Pedro histórico como de su «sucesor», que según la Iglesia católica es el Papa, como obispo de Roma, que habría sido la sede final de Pedro (tras Jerusalén y Antioquía). El Papa actual, llamado Francisco, obispo de Roma, es un hombre privilegiado.

a. Francisco sigue siendo roca de cimiento de la Iglesia, y así le vemos muchos, no sólo entre los católicos, sino también entre los no católicos.

b. Pero, Francisco, como Papa de Roma, sigue formando parte del «escándalo» de la Iglesia, que se mantiene dividida. Es normal, también Jesús fue piedra de escándalo para muchos (como sabe Jn 8)

Ambas cosas a la vez ha sido Pedro (y puede ser actualmente Francisco de Roma), según el evangelio que vamos a leer. Ambas funciones ha cumplido en la historia, aunque una (la del Escándalo) debería desaparecer, para que podamos seguir bendiciendo a Dios por Pedro, y hoy por Francisco.

Quiero hoy rogar por el Papa de Roma, a fin de que pueda seguir siendo un signo de evangelio, de la Buena Nueva de Jesús, no sólo dentro de la Iglesia Católica, sino ante todas las iglesias y ante el mundo entero. En esa línea quieren moverse, en un plano más histórico-exegético las reflexiones que siguen. Buen domingo a todos
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Texto: Mateo 16,21-27

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, porque eres “escándalo” para mí (me haces tropezar); tú piensas como los hombres, no como Dios.»

Entonces dijo a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

1. El Hijo de Hombre tiene que sufrir.

Después de aceptar la respuesta de Simón (¡Tú eres el Cristo!) y de llamarle Pedro (¡Piedra de la Iglesia!), Jesús profundiza en el tema y entiende (interpreta) su mesianismo (su tarea de Reino) en una línea de entrega (hasta la muerte, si hace falta) a favor de los demás. No es Mesías el que gana y se impone, sino aquel que quiere y puede dar la vida (como indicado su mensaje de no-juicio, de perdón y amor al enemigo).

El tema no es ya sólo cómo viene el Reino de Dios, sino qué hace él (Jesús) y que hace Pedro para que venga. En un momento dado, Jesús ha descubierto que él debe encarnar y cumplir en su vida la verdad de ese mensaje:

Ha de entregarse en amor, no para sufrir sin más (en gesto masoquista), sino para amar, regalando su vida hasta el final en Jerusalén y ratificando de esa forma su tarea, pues sólo así podrá hacer que llegue el Reino (de un modo distinto al que querían Pedro y los demás discípulos).

En esa línea, Jesús no aparece ya como Cristo sin más, sino como Hijo de hombre, en un sentido personal. No ha venido para instaurar un Reino por la fuerza, sino para encarnar en su vida la verdad y tarea del Reino, precisamente en Jerusalén, como quiere Pedro, pero subiendo allí sin armas, no para triunfar sin para amar (es decir, para encarnar y cumplir en su vida su propio mensaje).

Disputa con Pedro: Quítate de mi vista Satanás, pues eres escándalo para mí.

Pedro no acepta esa visión y ese proyecto de Jesús y así sigue pensando en aquello que el Reino ha de darle, atreviéndose a corregir a Jesús, en nombre de una buena tradición israelita. Pues bien, Jesús rechaza a Pedro y su manera de entender el mesianismo como triunfo propio.

En ese contexto, el evangelio recoge un duro enfrentamiento que ha debido darse al interior del grupo de Jesús, en el comienzo de la Iglesia: su proyecto de Reino resultaba discutible y ha sido discutido de hecho (en el tiempo de Jesús o en el tiempo de sus primeros discípulos). En el fondo de esa discusión se halla, sin duda, la forma en que Jesús y sus discípulos han interpretado la subida a Jerusalén y la llegada (implantación) del Reino. Leer más…

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Pedro, portavoz de Satanás, y la parábola del maletín y el joyero. Domingo 22. Ciclo A

domingo, 3 de septiembre de 2017
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el-joyero-y-el-maletin-domingo-22-ciclo-amaletinDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato lo podemos dividir en tres escenas.

1ª escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estas tres clases sociales. Sin embargo, aquí coinciden en el deseo de hacer sufrir y eliminar a Jesús. Pero todo esto, que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección.

Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimien­to y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.

2ª escena: Pedro y Jesús (vuelven las tentaciones)

Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

― ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

― Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

         Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»

Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.

Esta función de tentador que desempeña Pedro en el pasaje y la reacción tan enérgica de Jesús nos recuerdan que las mayores tentaciones para nuestra vida cristiana no proceden del demonio, sino de las personas que están a nuestro lado y nos quieren. Frente a una mentalidad que mitifica y exagera el peligro del demonio en nuestra vida, es interesante recordar este episodio evangélico y unas palabras de santa Teresa que van en la misma línea. Después de contar las dudas e incerti­dumbres por las que atravesó en muchos momentos de su vida, causadas a veces por confesores que le hacían ver el demonio en todas partes, resume su experiencia final: «…tengo yo más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confe­sores, inquietan mucho, y he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he podido sufrir» (Vida, cap. 25, nn.20-22).

3ª escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

― El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

            No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.

En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 3 Septiembre, 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017
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d22

Impresiona este texto del Evangelio y mucho más si lo situamos en el contexto. Echemos la mirada hacia atrás, rebobinemos unos pasos y veamos la escena con más amplitud.

Dichoso tú, Simón“… una bienaventuranza, …”porque esto te lo ha revelado mi Padre“. Simón, reconocido delante de los demás discípulos por su clarividencia, recibe una nueva identidad. Ahora es Pedro, roca. Y recibe una promesa, una profecía, ”sobre esta Piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá“. Pero, como nos suele pasar a los humanos, Pedro malinterpreta su identidad… y se convierte en piedra de tropiezo. Se siente con la confianza suficiente como para llevar aparte a Jesús, y recriminarle. No quiere oír hablar de sufrimientos ni de muertes… ¡Dios nos libre! Pasamos de Pedro, la Roca, a Pedro, el tentador.

“Aléjate, Satanás”.
“Quieres hacerme caer.”
“Piensas como los hombres, no como Dios.”

Vaya impacto que el Maestro te diga semejante cosa. Y este contraste da mucho que pensar, para meditar sobre la propia vida y las propias maneras de actuar y de interpretarnos.

¿Seré también piedra para la gente cercana? Llevada por mi miedo al sufrimiento, a la muerte, con mi mejor intención, ¿manipulo y malinterpreto los acontecimientos a mi gusto? ¿Vivo bloqueando o dejando fluir?

Y Jesús se vuelve a los discípulos. Ya no es una conversación privada entre Pedro y Él. E invita, no impone ni obliga, propone:

“Si alguien quiere seguirme…”

Seguir es un verbo de movimiento, indica dinamismo y vitalidad. Y la entrega relacionada con el seguimiento también. Una entrega que no es sometimiento ni  vasallaje, sino ofrenda y renuncia. Aunque no nos guste ni oír hablar de eso de la renuncia. ¡La identificamos con falta de libertad! Podemos ser piedra que hace tropezar o piedra sobre la que construir, sobre la que cimentar. Y Jesús nos lo dice claro, ponte detrás de mí, y renuncia a la tentación de controlarlo todo, de encuadrarlo todo según tus criterios. No enganches, suelta. No bloquees, fluye.

Oración.

Me cuesta renunciar a mi,

pero quiero ser ofrenda.

Me gusta cuando lo entiendo todo,

pero, en verdad, no sé nada…

Y sigo queriendo seguirte,

aunque no me gusta queme hables de cruz ni de muerte.

No renuncio a la palabra con la que lo transformas todo:

Hágase.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Ni el placer ni el dolor deben condicionar mi plenitud.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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indiceMt 16, 21-27

El texto es continuación del leído el domingo pasado. Hoy en Cesarea de Filipo, también fuera del territorio de Palestina. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal, solo a unas líneas de distancia en el mismo evangelio. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. ¿Dónde queda la imagen de Mesías victorioso, Señor o Hijo de Dios?

A pesar de las palabras de Pedro, la actitud ante el anuncio de la muerte demuestra que, ni él ni los demás, habían entendido lo que significaba Jesús. El mayor escollo para poder aceptar lo nuevo, fue su religión. Para entender a Jesús, hay que dejar de pensar como los hombres y empezar a pensar como Dios. Pensar como Dios, es dejar de ajustarse a este mundo; es transfor­marse por la renovación de la mente (Pablo). Para aceptar el mensaje de Jesús, tenemos que cambiar radicalmente nuestra imagen de Dios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial, y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro saca la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos que la idea falsa de Dios, que manejan, hacía a Jesús inaceptable como representante de Dios. La crítica de Jesús va dirigida a los de dentro, no a los de fuera.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo, el egoísmo, quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte trasversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz aceptada voluntariamente, sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar más lejos hacia mayor humanidad. La propuesta de Jesús es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso a ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor, por el camino del servicio a los demás, aunque ese camino nos cueste esfuerzo. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor para mí. Interpretarlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo; entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica, no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que trasformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

Meditación

Nacer de nuevo, nacer del Espíritu, es la propuesta de Jesús.
En lo biológico estamos siempre; es el punto de partida.
Lo espiritual hay que descubrirlo y vivirlo.
Si no entro en la dinámica del Espíritu,
permaneceré en el ámbito de lo sensible
y quedará frustrado lo humano en mí.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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No ser, sino servir.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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22-TOA-evSolo te pido lo que quieras darme…

– Si te sobra una florecilla, dámela para mi corazón.
-¿Y si la flor tiene espinas?
-¡Dame también las espinas! (R. Tagore)

3 de septiembre. Domingo XXII del TO

Mt 16, 21-27

Quien quiera seguirme que se niegue a sí mismo

Lo que Jesús nos propone con esta invitación, no es un acto de compasión. Es una propuesta de compromiso personal con los problemas de los demás, y una empresa de transformación del mundo y de uno mismo. Estoy de acuerdo con la consideración que José Enrique Galarreta hace de Jesús cuando dice que “Hay que leer la pasión mirando el corazón de ese hombre; se queda uno pasmado del corazonazo que tiene, tan sensible y tan valiente, tan maravillosamente humano”.

Ideas plenamente bíblicas, que nos proponen el uso y el disfrute de los bienes terrenales como parte de lo divino humanamente encarnado. Solo un par de muestras. En el Sal 19, 11, dice el salmista: “Tus preceptos son mi herencia perpetua, son el gozo de mi corazón”. Y Jn 16, 24 pone en boca de Jesús estas palabras: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa”Alegría y gozo transformados en felicidad, e igualmente compartidos por el budismo, que nos impulsará a hacer a los demás felices. Aunque, como propone el Dalai Lama, buscándola dentro de uno mismo.

Para lograrlo, hay que vencer la tentación de utilizar la religión en provecho propio y en dominio sobre los demásNo se trata de ser, sino de servir. La magia se utilizó en ocasiones para controlar las fuerzas de la Naturaleza y las espirituales en este espurio sentido. La Iglesia lo calificó de simonía -pretensión de la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales-, uno de los principales pecados de la sociedad eclesiástica de la Edad Media: como la venta de cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, etc. El nombre viene de la historia de Simón Mago, relatada en Hechos de los Apóstoles, capítulo 8.

¡Qué posición tan opuesta a la adoptada, una vez más, por la Naturaleza! Los expertos en arrecifes coralinos, dicen que los corales -en parte animal, en parte vegetal, y en parte mineral-, se embarcan en ingentes proyectos comunales de construcción que se extienden sobre muchas generaciones. Cada uno de los individuos, conocidos con el humilde nombre de pólipos, contribuye a la edificación del exoesqueleto colectivo de su colonia. En un arrecife, miles de millones de pólipos que pertenecen a un centenar de especies distintas se dedican en cuerpo y alma a esta misma tarea fundamental.

Podríamos decir que para estos pequeños organismos, el objetivo fundamental de su existencia se centra en la tarea de servir, en colaborar en la prolongación de la vida de la especie. Rabindranath Tagore lo asume en estos versos del Poema 26 de El Jardinero:

Solo te pido lo que quieras darme…
– Si te sobra una florecilla, dámela para mi corazón.
-¿Y si la flor tiene espinas?
-¡Dame también las espinas!

Lo repitió Jesús a sus discípulos: “Quien quiera ser el primero, que se haga vuestro esclavo. Lo mismo que este Hombre no vino a ser servido sino a servir: Mt. 20, 28; Mc 10, 45; Lc. 22, 27. Y el Papa Francisco, atento siempre a lo que supone donación y servicio, lo manifiesta muy poéticamente en estos versos:

«Los ríos no beben su propia agua;
los árboles no comen sus propios frutos.
El sol no brilla para sí mismo;
y las flores no esparcen su fragancia
para sí mismas.
Vivir para los otros es una regla de la naturaleza…

La vida es buena cuando tú estás feliz; pero es mucho mejor cuando los otros son felices por causa tuya”.

 

Vicente Martínez

 Fuente Fe Adulta

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La palabra seduce y crea.

domingo, 3 de septiembre de 2017
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wp_20170802_13_59_22_pro-e1503912088272La Palabra es medio de comunicación y medio de Creación. Dios “dice y crea”, pero no de una vez para siempre, sino que en esa comunicación con lo creado se va desarrollando el fascinante universo en el que habitamos.

La Palabra cada vez es más nítida, más clara. Anuncia y denuncia porque el propósito de la Creación es la armonía entre todos los seres, el disfrute de las cosas bellas, la vida en plenitud. Sin embargo, la codicia, el orgullo, el miedo a que no haya suficiente para todos hace que los más fuertes opriman a los más débiles, que se marquen diferencias entre razas, pueblos, incluso entre religiones.

La Palabra es el medio por el que Dios se ha comunicado con su pueblo desde nuestros primeros padres y madres. Es la que sedujo a Jeremías a seguir hablando a pesar de las burlas y malos tratos. Suena fuerte la palabra pero sí, le sedujo porque la palabra no es un vocablo, es Alguien vivo, que quema en las entrañas como fuego ardiente, que aunque intentes contenerla no puedes, como dice el profeta.

La Palabra es la búsqueda del corazón humano. Con ansia, con pasión, con sed, con deseo. Si no es así no es búsqueda de verdad. Nuestra expresión verbal siempre se queda corta cuando quiere describir lo que albergamos por dentro porque es todo nuestro ser el que desea: la mente, el corazón y todo nuestro cuerpo. Desea la plenitud para la que fuimos creados, desea a Dios.

No entiende quien se para ante las contradicciones, quien busca la lógica en un lenguaje que no se atiene a las reglas establecidas. “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”, dice Pablo en la carta a los Romanos. Estad atentos, escuchad con el corazón y viviréis.

La Palabra se hace uno de nosotr@s en Jesús. Muy pronto su vida se convierte en denuncia como la de los profetas. Y Él tiene que vencer no sólo su miedo a perder la vida sino también el miedo de los que le siguen. Ellos no quieren cambiar su mentalidad, en el fondo se buscan a sí mismos, no a Dios. La Palabra no ha calado en sus corazones y piensan como “todo el mundo”.

La Palabra intenta hacerse un hueco entre nosotr@s hoy después de veinte siglos. Esa Palabra sigue diciendo y creando; por nuestro lado la búsqueda y la sed están ahí como parte de nuestra identidad. Estamos sedientos de vida con sentido, de plenitud de creación, de Palabra hecha vida.

“Decir y crear” es nuestra tarea. En la comunicación con lo creado se va desarrollando el fascinante universo en el que habitamos.

Carmen Notario

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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“¿Qué decimos nosotros?”. 27 de agosto de 2017. 21 Tiempo ordinario (A). Mateo 16, 13-20

domingo, 27 de agosto de 2017
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b9eea6d5973bb9580b1be4a38a7ebf0d502089705bf52bb27b5a255eb565741bTambién hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?

¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?

¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?

¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?

¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?

¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?

¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?

¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?

José Antonio Pagola

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“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos”. Domingo 27 de agosto de 2017. 21º domingo de tiempo ordinario

domingo, 27 de agosto de 2017
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44-OrdinarioA21De Koinonia:

Isaías 22,19-23: Colgaré de su hombro la llave del palacio de David
Salmo responsorial: 137:
Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
Romanos 11,33-36: Él es el origen, guía y meta del universo
Mateo 16,13-20:
Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

El texto de Isaías se refiere, con mucha probabilidad, a la época inmediatamente anterior a la primera deportación. Recordemos que como represalia a un intento de rebelión, el imperio babilónico exilió, en el año 597 a.e.c, a los miembros más prestantes de la sociedad y los trasladó a varias ciudades y campos de Mesopotamia. Esto significó un duro golpe para las pretensiones de la familia monárquica que se consideraba inamovible del trono.

La profecía de Natán que, en realidad, era una exhortación para que el rey se mantuviera fiel a la voluntad del Señor, se había convertido ya en la época salomónica en un recurso ideológico para legitimar el monopolio del poder. Al inicio del siglo VI la situación de Judá cambió completamente, con la entrada en escena del imperio babilónico, que pretendió crear un imperio mediante el sometimiento de todos los pequeños reinos y el control de las tribus dispersas por toda el llamado «Creciente Fértil». Jerusalén era sólo una fortaleza más a conquistar.

La profecía de David se dirige contra las pretensiones de la clase dirigente que se consideraba la propietaria perpetua del trono. El caso más patético era el de los primeros ministros, que remplazaban al rey en su ausencia. Estos personajes, casi siempre provenientes de la alta aristocracia, cobraban singular importancia cuando podían gobernar el país y darse todos los honores regularmente reservados al rey.

Parece que el mayordomo del palacio real de Jerusalén, llamado Sobna, se excedió en sus pretensiones y no se contentó con ostentar la ‘banda’ del rey sino que convirtió las llaves del palacio en símbolo de su creciente poder. Todas estas manifestaciones de arrogancia ponían en evidencia cuán arruinadas estaban las instituciones monárquicas y el grado extremo de decadencia en el que había caído la corte. Isaías pronuncia un oráculo de condenación contra este ministro presuntuoso, denunciando todas las arbitrariedades que había cometido y anunciándole cuál sería el final de todas sus hazañas. El que se había construido una tumba elegante moriría en un campo desolado en tierras extranjeras. La llave que el primer ministro ostentaba, terminaría en manos de otra persona más capaz. Los caminos del Señor no son los del individuo engreído y alienado. Todo lo que un sistema social construye sobre la explotación, el abuso del derecho y la falsedad, termina irremediablemente condenado a la insignificancia.

Pablo, haciendo eco de los himnos a la sabiduría, recuerda la distancia enorme que hay entre las absurdas pretensiones individualistas y megalómanas, y el sabio designio de Dios que dispone únicamente lo que es provechoso para el ser humano.

Esa contraposición entre las desmedidas pretensiones de ciertos individuos y grupos sedientos de poder y los insondables caminos del Señor, se hace patente en el episodio del evangelio. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Las respuestas nos sorprenden. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Parecería que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

Jesús sí es el Mesías, pero no el Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas Causas humanas. Jesús sí es el profeta; pero no el profeta que anuncia la supremacía de la propia religión o de la ideología de su grupo, sino el profeta del amor, la justicia y la paz.

Las tres lecturas nos muestran cuán impredecibles y certeras son las sendas de Dios y cuán caducos y esquemáticos son nuestros trillados caminos. El evangelio nos invita a aprender de Jesús cuál es el camino auténtico que nos conduce al Padre, porque «no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos». Leer más…

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25. 8.16. Pedro, la Roca. Una decisión de la Iglesia de Mateo

domingo, 27 de agosto de 2017
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20708066_841876389322888_6787966425053980405_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 21, A. Mateo 16, 13-20. Los judeo-cristianos apelaban a Santiago como intérprete de Jesús, fundamento de su iglesia. Muchos pagano-cristianos miraban a Pablo como pionero de la misión universal (Efesios), el iniciador del gran camino salvador de la Iglesia.

— Mateo asume las tradiciones más helenistas de Marcos y las integra en una iglesia que toma como base el judeo-cristianismo de Santiago, pero definiéndose a sí misma como auténtico Israel, pues en ella se cumple de un modo universal (abierto a todos) la verdadera ley judía (cf. Mt 5-7). De esa manera, él ha vinculado la tradición de Santiago (ley judía) y la de Pablo (apertura universal), y para ello, partiendo de Marcos y de la tradición de su Iglesia, recrea la figura y función histórica de Pedro.

— Ciertamente, este texto viene de Jesús, pero del Jesús pascual, tal como ha sido interpretado por Mateo, escribiendo así un evangelio universal, que asume las tradiciones opuestas de Santiago y Pablo, y las vincula en la figura y tarea de Pedro.

20729722_841877649322762_5672154457517123949_nLeído así, este pasaje supone que había posturas cristianas contrapuestas (simbolizadas por Santiago y Pablo), pero, a juicio de Mateo, no eran excluyente, pues habían quedado asumidas por Pedro que es, al mismo tiempo, testigo de la misión universal de Jesús (línea de Pablo) y garante de la ley judía (como Santiago).

Mateo no inventa esa función de Pedro, sino que interpreta y ratifica lo que ha sido su tarea al servicio de la iglesia, al asumir la misión universal de los helenistas (Pablo), y vincularla con la visión israelita de los judeocristianos, garantizando y fundando así la unidad de las iglesias, desde la confesión de Jesús como Cristo, Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Mateo habla pues del Pedro histórico, pero interpreta su función a la luz de su experiencia eclesial, unos veinte años después de su muerte, superando así la visión restrictiva de Mc 8, 29.

Texto. Primera parte

Mt: 16 13 Llegando a la zona de Cesárea de Felipe Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? 14 Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. 15 Él les preguntó: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? 16 Y, respondiendo, Simón dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente

Este pasaje recoge con algunas variantes la confesión de Pedro (cf. Mc 8, 27-30), tal como ha sido reinterpreta por la Iglesia:

Pregunta de Jesús, identificaciones: 16, 13-14. Los discípulos de Mc 8, 28 comparaban a Jesús con el Bautista, con Elías o algún otro profeta. Mt 16, 14 añade la figura de Jeremías, quizá porque le permite entender mejor a Jesús como profeta inmerso en una historia de sufrimiento al servicio de Dios. Elías era profeta de fuego y juicio, en la línea del Bautista. Jeremías, en cambio, es profeta de denuncia y entrega (muerte), en la línea del Jesús Mateo. Otros le han visto como nuevo Jeremías, no sólo por su sufrimiento, sino por su forma de criticar un tipo de culto del templo (cf. 21, 14 y Jer 7, 11).

Respuesta de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente (16, 15-16). Donde Mc 8, 29 decía “tú eres el Cristo”, Mt 16, 16 añade: “el Hijo de Dios Viviente”, destacando el carácter más elevado de su misión, pues no es simplemente mesías israelita, sino presencia radical y universal de Dios (cf. Mt 11, 25-30). Quizá por eso, al final de la escena, allí donde, según Mc 8, 30, Jesús prohibía a sus discípulos que hablaran de él, sin más matizaciones (=que no manipularan su figura), Mt 16, 20 les prohíbe que digan que es el Cristo de Israel (¡no que él es el Hijo del Dios Viviente!), porque la figura y función del Cristo puede ser manipulada.

Pedro define a Dios como Viviente, en contra de los dioses muertos o ídolos, siguiendo la más honda confesión israelita, en una línea que ha puesto de relieve la tradición de Pablo (1 Tes 1, 9; Rom 9, 26; 2 Cor 3, 3; 6,16; etc.), como hará la de Juan (cf. Jn 6, 57.6). Mateo y su comunidad asumen, una confesión que ratifica el carácter salvador de Jesús (Hijo de Dios) y el sentido de la iglesia, que supera un tipo de judaísmo nacional, una salvación que se extiende a todos los pueblos.

Jesús recrea de esa forma a Pedro y le presenta como receptor de una revelación que es la Roca fundante de la Iglesia. Mateo ha introducido para ello (entre Mc 8, 30 y 8, 31) una cuña poderosa (Mt 16, 17-19), que, en un nivel, parece ir en contra del contexto, pero que, en otro, desarrolla su sentido. Sólo más tarde (16, 20) retoma la prohibición de decir que Jesús es el Cristo (no de hablar de él, ni presentarle como hijo de Dios, cf. Mc 8, 31).

Texto, segunda parte:

Mt 16 17 Pero Jesús respondiendo le dijo: Bienaventurado eres tú, Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo te digo que tú eres piedra, pero sobre esta Roca edificaré mi iglesia, y las puertas del hades no prevalecerán sobre ella. 19 Te daré las llaves del Reino de los cielos: y lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

Esta inserción bien precisa, muy ajustada, define la identidad del evangelio de Mateo, con su visión de Pedro como intérprete del mesianismo de Jesús, en un momento clave de apertura eclesial a los gentiles. Estamos ante una doble confesión (Pedro confiesa a Jesús, Jesús a Pedro) que marca el centro del evangelio de Mateo, en un camino ascendente (de Pedro a Jesús Hijo del Dios viviente) y descendente (de Jesús a Pedro y a la iglesia) .

1. Tú eres el Cristo, el hijo del Dios Viviente. Revelación del Padre. Jesús empieza presentando a Pedro con su nombre oficial: “Bienaventurado eres tu Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (16, 17). Se llamaba Symeôn (cf. Hch 15, 14 y en 2 Ped 1,1), nombre que ha sido helenizado como Simón (Si,mwn, cf. Mt 4, 18; 17, 25), y su padre era Jonás (=Juan, cf. Jn 1, 41-42; 21, 15). Pues bien, ese Simón hijo de Juan ha sido destinatario de una revelación superior, que no proviene de la carne y sangre (es decir, de los poderes normales de la inteligencia humana), sino del mismo Dios Padre de Jesús.

Esta revelación es para Mateo un (=el) acontecimiento definitivo del despliegue de la Iglesia, en la línea de 11, 25, donde se hablaba del misterio de Dios, escondido para los grandes y prudentes, pero revelado a los pequeños, entre los que sobresale Simón, como objeto de una revelación comparable a la que se atribuye personalmente Pablo (cf. Gal 1, 16). Como he dicho en la introducción, Pedro aparece así como receptor de una revelación semejante (superior) a la de Pablo, y como fundamento de la Iglesia, por confesar a Jesús como el Cristo, Hijo del Dios Viviente .

Esta iglesia de Simón había corrido el riesgo de perder su identidad en la disputa entre judaizantes (=nomistas) y partidarios de la separación total respecto al judaísmo. Pero el mismo Dios Padre le ha revelado que Jesús es no sólo el Cristo, en una línea que podría ser discutida, quizá como en Mc 8, 20 (en la línea del Hijo de David según la carne, de Rom 1, 3), sino el Hijo de Dios Vivo (16, 16:,en la línea del Hijo de Dios, por la resurrección, de Rom 1, 4). Éste es el principio de la identidad cristiana, el objeto de la revelación definitiva, un tema que la primera tradición ha puesto en el centro de su fe.

Jesús no es un Hijo en general, sino el Hijo, en absoluto (ho uios), revelación definitiva, el mismo Dios en la historia humana. Éste es el centro de la confesión, que la primera carta de Pablo ha vinculado a la llegada del fin de los tiempos (1 Tes 1, 9-10), el punto de partida de la fe pascual de los creyentes, conforme a la confesión central de Rom 1, 3-4, la gran revelación proclamada por los grandes teólogos testigos: Pablo (Gal 4, 4; Rom 8, 3. 32) y Juan (3, 16-17) .

Por gracia de Dios Padre, Simón Baryona ha formulado de manera definitiva la fe cristiana, confesando que Jesús es el Cristo, Hijo del Dios Viviente, vida encarnada del mismo Dios. Ésta ha sido según Mateo la revelación pascual de Simón, el principio de la fe cristiana, como de algún modo ha reconocido incluso Pablo, cuando ha presentado como primera la “aparición” pascual de Cefas, en el principio de la fe de la Iglesia (2 Cor 15, 5). Es muy posible que Mateo esté evocando aquí esa primera revelación, realizada de un modo especial por “mi Padre que está en los cielos”, sobre todos los poderes de la carne y de la sangre (cf. en esa línea Mt 1, 18-25; 3, 17; 11, 22-27 y 28, 16-20).

Estas dos revelaciones especiales de Dios, una a Simón (Mt 16, 17-19) y la otra a Pablo (Ef 2-3), se han formulado desde perspectivas complementarias, de manera que han de verse unidas, pues se vinculan con dos de los grupos más significativos en la vida y conciencia de la Iglesia: un grupo ha fundado su experiencia y tarea en la revelación de Pablo, que habría recibido el encargo de Dios para iniciar la misión de Jesús a los gentiles (Efesios); otro en la experiencia y compromiso de Pedro (según Mateo), como he puesto de relieve en la introducción de este comentario. Lasdos revelaciones (de Pedro y Pablo) abren un espacio y camino de universalidad no excluyente, de manera que pueden vincularse y enriquecerse entre sí, aunque cierta Iglesia posterior haya dado primacía a la de Pedro y una parte considerable de la exégesis haya insistido más en la de Pablo.

20729276_841875825989611_3697320692019792147_n2. Tú eres una piedra (16, 18). Como he mostrado en la introducción de este libro, pienso que la fórmula más antigua es la de Efesios, y que Mateo responde de alguna forma a ella; ciertamente, no niega la versión efesina de Pablo, pero la matiza y completa, en un contexto más judeo-cristiano, desde Antioquía, para indicar que la revelación de Pedro es anterior y más amplia, pues Simón Baryona ha sido el primero en confesar a Jesús resucitado como Cristo (1 Cor 15, 5), de manera que su confesión de fe ha sido de hecho fundamento de una Iglesia (en la que se inscribe la misión de Pablo). Sea como fuere, ambas declaraciones (petrina y paulina) se han vinculado, y han sido acogidas en el único canon del NT, sin que las iglesias hayan visto contradicción entre ellas.

Jesús ha empezado diciendo Bienaventurado eres Simón, evocando su nombre completo y oficial, que le define como “hijo de Yona” (=Jonás, Juan; cf. Jn 1, 42; 21, 15-17). Éste Simón lleva el nombre del segundo de los patriarcas (hijos de Israel/Jacob), y su padre es Juan/Yona. Al presentarle así, con una bienaventuranza personal (cosa que el NT sólo atribuye además de él a la madre de Jesús: Lc 1, 45. 48; cf. 11, 27), Mateo anuncia la importancia de lo que va a decir (como revelación especial de Dios Padre: cf. Mt 16, 17).

Y yo te digo: tú eres una piedra (petros sin artículo, 16, 18). Es muy posible que Jesús haya puesto a Simón ese nombre (Cefas, pe,troj, Piedra, Pedro) en el tiempo de su vida (cf. Mc 3, 16; Jn 1,42), destacando así (quizá irónicamente) su dureza o también su falta de estabilidad, como guijarro del camino, canto rodado del arroyo, piedra de escándalo/tropiezo (como recordará Mt 16, 23), aunque, paradójicamente (por una inversión común en el Nuevo Testamento) ese nombre haya recibido después un sentido positivo. En su forma aramea (Cefas, apak) aparece sin traducción en ocho pasajes significativos de Pablo (1 Cor 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 8.11.14), que reconoce así la singularidad de Cefas, a quien una vez llama también Petros, en griego (Gal 2, 7), lo que indica que ese nombre/apodo era bien conocido en las comunidades.

‒ Pedro ¿nombre personal o apelativo impersonal: el piedra? No es fácil responder. Ciertamente, Petros, Piedra, termina apareciendo como nombre propio de Simón, en la tradición (de Mc 8, 19 a Hch 15, 7; de Mt 10, 2 hasta Jn 21, 21. Es el nombre más utilizado en Mateo (15 veces), y fue sin duda muy importante en las iglesias, pudiendo tener un sentido positivo (la piedra es dura), pero también negativo o irónico, pues las piedras son cantos rodados de camino, sin estabilidad, causa de escándalo, tropiezo o caída .

Parece claro que petros/Pedro fue ya el apodo que Jesús quiso darle a Simón, pero no es seguro que tenga un sentido positivo, pues puede suponerse que Jesús dice a Simón algo así como: Tú eres sólo un petros (pe,troj), simplemente una piedra. Eso parece haber sido Simón en principio, para Jesús y para la comunidad más antigua. Pero Mateo añade ahora que él ha recibido una revelación especial ¡definitiva! de Dios, de tal forma que por ella (por don del Padre), por su confesión de fe, sin dejar de ser petros/guijarro, él se ha convertido en Pe,tra/Roca firme de la fe, cimiento de la Iglesia de Jesús.

3. Y (pero) sobre esta Roca… (Petra: 16, 18). En sentido estricto, Simón es petros, piedra, y ese apodo parece haber sido originalmente ambiguo, de tipo irónico (piedra movediza, guijarro sin estabilidad ni fundamento). Pues bien, paradójicamente, a través de un proceso que vemos también en otros casos, lo que empieza siendo palabra de ironía o condena tiende a convertirse en expresión de dignidad y distinción, de manera que lo más débil (un petros/guijarro) viene entenderse en otro plano como roca de la fe. En esa línea, escribiendo este pasaje en torno al 85 dC, Mateo ha querido vincular con ese apodo, petros/Pedro, en masculino, otro más significativo, que es petra/Roca en femenino, con el sentido de peña o fundamento firme (como en Mt 7, 24), palabra que la tradición de Pablo había relacionado ya con Cristo (cf. 1 Cor 10, 4). Leer más…

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“Pedro, entre Dios y Satanás”. Domingo 21. Ciclo A.

domingo, 27 de agosto de 2017
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cristo-ordenando-a-sus-apostoles1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.  El pasaje de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.

  1. Lo que piensa la gente a propósito de Jesús

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

― ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

Ellos contestaron:

― Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.

¿Cómo es posible que la gente ofrezca respuestas tan extrañas? La culpa es en gran parte de Jesús por usar una expresión que se presta a equívoco: bar enosh puede entenderse de formas muy distintas, y podríamos traducirlo con minúscula o con mayúscula.

Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.

            Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).

            La gente que escuchaba a Jesús, como en La vida de Brian, podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.

  1. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Él les preguntó:

― Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

― Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.

  1. Las promesas de Jesús a Pedro

Jesús le respondió:

― ¡Dichoso tú, Simón hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: «Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías». Sin embargo, Mateo introduce aquí estas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar».

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la «roca» es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras «y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación («te daré las llaves del Reino de Dios») se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá». Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era «el Papa», ni gozaba de la «infalibilidad pontificia», las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. «Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo». Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva

            Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).

            Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Por no alargarme, basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.

            Lo mismo ocurre en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».

Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?

            Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.

            Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.

La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús.

Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.

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Domingo XXI del Tiempo Ordinario. 27 Agosto, 2017

domingo, 27 de agosto de 2017
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d-21

Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Mt 16, 13-20

Sí, ya lo sé. Son muchísimas las veces que este evangelio te invita a reflexionar y orar quién es Jesús para ti. Es un pasaje que a menudo abre ante ti este interrogante que una y otra vez nos repite Jesús: “y tú, ¿quién dices que soy yo?”

Pero no estamos hablando de una novela, sino de la Palabra. Palabra viva, Palabra que da Vida, Palabra en movimiento. Palabra que nos habla directamente al corazón y que no siempre nos dice lo mismo. Escúchala.

A mí hoy me habla de dos ideas nuevas en las que no había caído en la cuenta anteriormente.

Una está relacionada con la pregunta: “vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Y pregunto, ¿por qué insistimos en pasarla a “tú”?; es decir, si Jesús se refiere a nosotros por qué tantas veces nos ponemos en medio dejando aparecer nuestro “yo-mí-me-conmigo” y nos regocijamos en pensar quién es Jesús para “mí”. Está bien que lo pensemos y nos interroguemos, evidentemente, pero mucho mejor si lo hacemos sin perder de vista a los demás… nuestra fe no la vivimos como seres aislados, sino que lo hacemos en comunión, la celebramos en comunidad. Lo que tú vives en tu camino a mí me enriquece, me da luz, y viceversa, a imagen y semejanza de Dios Trinidad, relación y comunión.

Y la segunda idea, es esa cercanía de Jesús a sus discípulos, en definitiva a nosotras. Hace dos preguntas, en la primera utiliza la tercera persona, tanto al dirigirse a los demás como al referirse a sí mismo: “¿quién dice la gente que es el hijo del hombre?” pero seguido pregunta a los suyos: “vosotros, ¿quién decís que soy yo?”; vosotros y yo. Y contesta Pedro: “tú eres el Mesías”. Y contestamos cada una: “tú eres…”

Oración

Trinidad Santa, ojalá cada día nos parezcamos más a ti, comunión, relación, escucha. A tu imagen y semejanza. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

 

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Conocer a Jesús es vivir lo que él vivió.

domingo, 27 de agosto de 2017
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53f3fcc388079_img-interior_20140819_21_41Otra vez Jesús se retira con sus discípulos; ahora a la región de Cesarea de Filipo. Se van a tratar temas que desbordan la problemática estrictamente judía, y por eso Mt coloca la escena en territorio gentil, fuera de una concepción del Mesías demasiado nacionalista, para dar a entender que estamos en una apertura a los gentiles. Ni lo que dice sobre Jesús, ni lo que dice sobre la Iglesia podía ser aceptado por un judío normal.

Dos temas nos proponen hoy las lecturas: Quién es Jesús y el poder de las llaves. Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y por lo tanto reflejan, no lo que entendieron mientras vivieron con él, sino lo que las primeras comunidades pensaban de él. También es lógico que se preocuparan por la estructura de la nueva comunidad: El texto expresa vivencias pascuales de la primera comunidad. Esto no le quita importancia sino que se la da.

Se quiere diferenciar la opinión de la gente de la de los discípulos. Mejor sería decir que la diferencia sería entre lo que la gente y los discípulos pensaron de Jesús mientras vivía y lo que pensaron de él después de la Pascua. Mientras vivieron con él le mostraron una gran estima, pero no se dieron cuenta de la novedad que aporta. A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de una interpretación nacionalista del Mesías, a la del verdadero mesianismo que representaba Jesús. Solo después de Pascua consiguieron dar el paso.

Antes de esa experiencia, Pedro nunca pudo decir a Jesús que era el Hijo de Dios. Los judíos ni siquiera tenían un concepto de Hijo de Dios en sentido estricto. En el AT se llamaba hijo de Dios al rey, a los ángeles, al pueblo judío, pero en sentido simbólico. Para un judío lo más que se podía decir de un ser humano es que era el Ungido (Mesías). Los griegos sí tenían un concepto de Hijo de Dios. Gracias al contacto con la cultura griega, los cristianos pudieron expresar la experiencia pascual con el término Hijo de Dios.

A Jesús nunca le pasó por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su mensaje, fue purificar la religión judía de todas las adheren­cias que la hacían incompatible con el verdadero Dios. Tampoco los primeros seguidores de Jesús pensaron en apartarse del judaísmo. Fue el rechazo frontal de las autoridades judías, sobre todo de los fariseos después de la destrucción del templo, lo que les obligó a emprender su propio camino.

¿Quién es Jesús? La respuesta teórica es imposible. La pregunta está mal formulada. Jesús fue un ser humano concreto, ese es el punto de partida para su comprensión. Si partimos de la alternativa de que pudo ser hombre o pudo ser Dios, imposibilitamos una respuesta coherente. Si Jesús fue Dios es porque es hombre, y si es hombre cabal es porque es Dios. No hay incompatibilidad entre ambas realidades. Todo lo contrario, Dios está en lo humano y el hombre solo puede llegar a su plenitud en lo divino, que ya es.

La respuesta que pone Mt en boca de Pedro parece, a primera vista, certera, aunque no supone ninguna novedad, porque todos lo evangelistas lo dan por supuesto desde las primeras líneas. Está claro que el objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual. Si Pedro hubiera pronunciado esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un “hijo de Dios” en el sentido en que lo entendían los judíos; como persona muy cercana a Dios o que tiene un encargo especial de su parte.

No podemos definir con dogmas a Jesús, pero tampoco podemos dejar de hacernos la pregunta. Lo que es Jesús, nunca lo descubriremos del todo. ¿Quién es este hombre? Todo intento de responder con fórmulas cerradas no solucionará el problema. La respuesta tiene que ser práctica, no teórica. Mi vida es la que tiene que decir quién es Jesús para mí. Del esfuerzo de los primeros siglos por comprender a Jesús debemos hacer nuestras, no las respuestas que dieron, sino las preguntas que se hicieron.

Dar por definitivas las respuestas de los primeros concilios nos ha sumido en la rutina. Lo que nos debe importar es descubrir la calidad humana de Jesús y descubrir la manera de llegar nosotros a esa misma plenitud. Se trata de responder con la propia vida a la pregunta de quién es Jesús. Y tú, ¿quién dices que soy yo? ¿Qué dice tu vida de mí? Si creemos que lo importante es la respuesta, como ya está dada, todos en paz y eso es lo grave. Hoy sabemos que lo importante es que sigamos haciéndonos la pregunta.

Desde el punto de vista doctrinal la historia se encarga de demostrarnos que nunca nos aclararemos del todo. O exageramos su divinidad convirtiéndole en un extraterrestre o afianzamos su humanidad y entonces se nos hace muy difícil aceptar que sea plenamente hombre y a la vez divino. Una vez más tenemos que decir que la solución nunca la encontraremos a nivel teórico. Solo desde la vivencia interior podremos descubrir lo que significa Jesús como manifestación de Dios. Solo si nos identificamos con Jesús, haciendo nuestra su vivencia de Dios, comprenderemos lo que fue Jesús.

Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos. En primer lugar, los textos paralelos de Mc y de Lc no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es éste un dato muy interesante, que tiene que hacernos pensar. Mc es anterior a Mateo. Lc es posterior. Tanto la confesión de Hijo de Dios como la promesa de Jesús a Pedro es un texto exclusivo de Mt. Si tenemos en cuenta que Mt y Lc copian de Mc, descubriremos el verdadero alcance del relato de Mt. Lo añadido está colocado ahí con una intención determinada: Revestir a Pedro de una autoridad especial frente a los demás apóstoles.

Es la primera vez que encontramos el término “Iglesia” para determinar la nueva comunidad cristiana. Utiliza la palabra que en la traducción de los setenta se emplea para designar la asamblea (ekklesian). El texto intenta afianzar a Pedro en la presidencia de esa organización, pero es exagerado deducir de él lo que después significó el papado. Hay que tener en cuenta que existe otro texto paralelo, también de Mt, que leeremos dentro de dos domingos, que va dirigido a la comunidad: “Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Es curioso que en dos lugares tan próximos del mismo evangelio dé el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Los textos no se contradicen, se complementan. La última palabra la tiene siempre la comunidad, pero esta tiene que tener un portavoz. Pedro o su sucesor, cuando hablan expresando el común sentir de la comunidad, tienen la garantía de acertar en los asuntos importantes para la comunidad. No es la comunidad la que tiene que doblegarse ante lo que diga una persona, sino que es el representante de la comunidad el que tiene que saber expresar el común sentir de ésta.

Meditación

Y tú, ¿quién dices que soy yo?
Ser cristiano significa responder a esta interpelación de Jesús.
No de manera teórica y aprendida,
sino con las actitudes vitales que él me exige hoy.
En el momento que deje de hacerme la pregunta,
he dejado de ser cristiano.
Si tengo ya la respuesta definitiva,
me he colocado fuera del camino.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Yo, Jesús y el Evangelio.

domingo, 27 de agosto de 2017
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pelicula-la-vida-de-jesusLo importante no es el número acciones que hagamos, sino la intensidad del amor que ponemos en cada acción (Teresa de Calcuta)

27 de agosto. Domingo XXI del TO

Mt. 16, 13-20

Y vosotros, ¿quién decís que soy?

Difícil tarea me propones, Maestro, lamentaría cualquier discípulo sensato; particularmente cuando se toma conciencia de quién es el Maestro. Me atreveré no obstante -la ignorancia es atrevida- a intentar exponer lo que de Jesús y del Evangelio dice mi persona.

Pedro lo tuvo claro, aunque sus entendederas no estuvieron acertadas en demasía, al menos en este caso: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. No obstante, tanto Jesús como el Evangelio son mi patria espiritual, y en ella me siento plenamente satisfecho. Y me uno al coro de prisioneros, que en la ópera Fidelio de Beethoven cantan: “¡Qué delicia, respirar el aire, el aire libre a nuestro alrededor! ¡Qué delicia! ¡Sólo aquí está la vida!”

De lo que digo queda constancia en mis artículos semanales de Feadulta y en mis libros de Poemas, pues me aplico lo que en la película El balcón de las mujeres se dice: “Dios no bajó del cielo para ti, te dio un cerebro”. Y con este mi cerebro, curioso siempre, me pregunto y pregunto, y doy respuestas.

Respuestas que procuro estén siempre presentes no solo en las palabras, sino también en los hechos. Y yo también quisiera que quien me vea a mí te vea a ti, Jesús, como tú dices en Jn 14, 9 refiriéndote al Padre. ¡Cómo me gustaría descubrir contigo la paz de la casa común, y alcanzar la certeza de no solo estar contigo, sino de ser tú mismo!

Me gustaría que mis débiles manos completaran tus manos extendidas en las calles y plazas de todo el universo. Y que unidas a ellas trabajaran en la sólida construcción de un mundo más humano, donde como se comenta en el Libro de los Hechos capítulo 4, todos los creyentes vivían unidos, considerándose comunidad, incluso con todo cuanto existe en la Naturaleza. Y quisiera también seguir pisando tus pasos a doquier lugar que vayas, y acompañarte en la mirada a cualquier dirección que se dirija. Porque, como le dice Lola Flores a Mottola en la obra de teatro Prefiero que seamos amigos: “Los problemas, contigo se ausentan”.

Teresa de Calcuta escribió: “Lo importante no es el número de acciones que hagamos, sino la intensidad del amor que ponemos en cada acción”. ¿No es esto acaso lo que Jesús insinuó en el versículo 15 del evangelio de Mateo, cuando dijo a sus discípulos “Id por todo el mundo predicando la Buena Noticia a toda la humanidad”?

LA GRAN SALA DE CONCIERTOS

Sobre el podio, miró Jesús al foso
y la orquesta atacó con gran denuedo.
No había batuta, había sólo manos
tejiendo en el jardín rayos de luna.

Un jardín de palomas y trombones
con sonido blindado de Evangelio,
que volaban sobre todos los campos
vistiendo y encendiendo corazones.

Acto Tercero de la partitura:
“Tempo Largo” del Gloria de la misa,
entonado en la Sala de Conciertos
por Sala, Director y Ejecutantes.

Fuera del Auditorio suena el eco
de un coro universal con voces mixtas,
modulado en todos los idiomas:

¡¡…y el Telón del Teatro sigue abierto…!!

(EVANGÉLICO CUARTETO. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Tú eres; yo soy.

domingo, 27 de agosto de 2017
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med-2

Mt 16, 13-20

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (v.15). Esta es la cuestión. La gran pregunta de Jesús. Porque de la respuesta que demos pende lo demás: la consideración en la que le tengamos, la resonancia de sus palabras en nosotros, y en definitiva, el replanteamiento (o no) de nuestro modo de vivir.

Los acontecimientos y, sobre todo, la gente que encontramos a lo largo de la existencia son los que van haciéndonos cambiar. Por eso, cuando contamos nuestra historia, casi siempre mencionamos a alguien en particular que nos ha marcado “de por vida”. Uno no es el mismo después de haber conocido a ciertas personas que se convierten en especiales. Nuestra mirada y nuestra memoria vuelven a ellas una y otra vez por su constante inspiración y compañía. Por eso la pregunta que hace Jesús no es trivial.

Había muchos rumores sobre Él. Pero de decir que era un profeta o un rabino a afirmar que se trata del Mesías, El Hijo de Dios vivo (v.16), hay un abismo. A los hombres y mujeres coherentes y respetables, como el Bautista, se les escucha con atención porque su autenticidad atrae y sus acciones resultan admirables; pero si quien se pone ante mí no es solo un ser humano excepcional, sino Dios mismo “en Persona”… todo cambia y la vida nos da un vuelco de 180 grados:

Lo primero, porque ya no habría nada comparable a Él; y por tanto, se convertiría en nuestro “objeto de deseo” principal. Escucharle, seguirle, amarle y servirle, sería nuestra ocupación central.

Lo segundo, porque dejándonos guiar por el verdadero Dueño y Señor de todas las cosas encontraremos el sentido de nuestra existencia y del mundo. Quien nos ha creado sabe mejor que nosotros mismos lo que damos de sí y el valor de las criaturas.

Y tercero, porque sólo reconociendo la identidad de Jesús estaremos capacitados para escuchar lo que tiene que decirnos a nosotros. Por eso, cuando Pedro declaró quién era de verdad Aquel al que habían seguido, el Señor le cambió el nombre –Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (v.18)–. Únicamente Jesús sabe bien quiénes somos y qué podemos hacer.

Si nos atrevemos a dejar que el Espíritu nos inspire y nos anime a proclamar que Jesucristo es el Señor, despejaremos la incógnita no solo de su identidad, sino de la nuestra, y descubriremos que el verbo “ser” se conjuga poniendo la segunda persona en primer lugar.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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“Jesús es de todos”. 20 de agosto de 2017. 20 Tiempo ordinario (A). Mateo 15, 21-28

domingo, 20 de agosto de 2017
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1touchoffaithUna mujer pagana toma la iniciativa de acudir a Jesús aunque no pertenece al pueblo judío. Es una madre angustiada que vive sufriendo con una hija “atormentada por un demonio”. Sale al encuentro de Jesús dando gritos: “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”.

La primera reacción de Jesús es inesperada. Ni siquiera se detiene para escucharla. Todavía no ha llegado la hora de llevar la Buena Noticia de Dios a los paganos. Como la mujer insiste, Jesús justifica su actuación: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

La mujer no se echa atrás. Superará todas las dificultades y resistencias. En un gesto audaz se postra ante Jesús, detiene su marcha y de rodillas, con un corazón humilde pero firme, le dirige un solo grito: “Señor, socórreme”.

La respuesta de Jesús es insólita. Aunque en esa época los judíos llamaban con toda naturalidad “perros” a los paganos, sus palabras resultan ofensivas a nuestros oídos.: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”. Retomando su imagen de manera inteligente, la mujer se atreve desde el suelo a corregir a Jesús: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los señores”.

Su fe es admirable. Seguro que en la mesa del Padre se pueden alimentar todos: los hijos de Israel y también los perros paganos. Jesús parece pensar solo en las “ovejas perdidas” de Israel, pero también ella es una “oveja perdida”. El Enviado de Dios no puede ser solo de los judíos. Ha de ser de todos y para todos.

Jesús se rinde ante la fe de la mujer. Su respuesta nos revela su humildad y su grandeza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla como deseas”. Esta mujer le está descubriendo que la misericordia de Dios no excluye a nadie. El Padre Bueno está por encima de las barreras étnicas y religiosas que trazamos los humanos.

Jesús reconoce a la mujer como creyente aunque vive en una religión pagana. Incluso encuentra en ella una “fe grande”, no la fe pequeña de sus discípulos a los que recrimina más de una vez como “hombres de poca fe”. Cualquier ser humano puede acudir a Jesús con confianza. Él sabe reconocer su fe aunque viva fuera de la Iglesia. Siempre encontrarán en él un Amigo y un Maestro de vida.

Los cristianos nos hemos de alegrar de que Jesús siga atrayendo hoy a tantas personas que viven fuera de la Iglesia. Jesús es más grande que todas nuestras instituciones. Él sigue haciendo mucho bien, incluso a aquellos que se han alejado de nuestras comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

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“Mujer, qué grande es tu fe”. Domingo 20 de agosto de 2017. 20º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 20 de agosto de 2017
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43-OrdinarioA20Leído en Koinonia:

Isaías 56, 1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Salmo responsorial: 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Romanos 11, 13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.
Mateo 15, 21-28: Mujer, qué grande es tu fe

A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad.

Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «Mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo, ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», es ecir, por la Utopía del Dios de la Vida, por el Ben Vivir que desea Dios para sus hijos e hijas, un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos… Leer más…

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Dom 20.8.17. Pan de hijos ¿pan para los «perros»). La «conversión» de Jesús

domingo, 20 de agosto de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 20, ciclo A. Mt 15, 21-28. Éste es un evangelio inquietante y actual, con cuatro elementos principales:

— La mujer cananea, símbolo de la humanidad, presenta ante Jesús (ante la buena sociedad) el dolor de su vida. Su hija muere, sus hijos mueren.

— Jesús (la buena sociedad) responde con el dogma antiguo, el más actual de todos. El pan es para los hijos, no para los perros.

— La mujer argumenta: También los perros comen, aunque sea bajo la mesa… En la buena casa de los hijos hay pan para todos…

— Jesús acepta el argumento de la mujer y se «convierte»: El pan es para todos, por encima de los dogmas y argumentos de la buena sociedad.

images1Éste es el tema clave de nuestra sociedad: Hay pan para todos, pero sólo se lo damos a los «buenos hijos»… expulsando a la miseria y al hambre a los pobres, a los perros (que se mueran).

Una mujer cambió la mente de Jesús, una madre abrió su corazón y le convirtió: No hay hijos y perros, tiene que haber pan para todos.

¿Quién abrirá nuestra mente y corazón, el corazón de nuestra Iglesia, de todos los hombres, para que la casa del mundo sea lugar para todos?

Texto: Mt 15, 21-28

15 21 En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22 Y he aquí que una mujer cananea, saliendo de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de Da-vid. Mi hija está duramente oprimida por un demonio. 23 Él no le respondió nada. Entonces los discí-pulos se le acercaron a decirle: Despídela, pues nos sigue gritando. 24 Él contestó: No he sido enviado, sino las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25 Pero ella, llegando, se postró ante él, diciendo: Señor, socórreme. 26 Él le contestó: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. 27 Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos. 28 Y entonces Jesús respondiendo le dijo: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas, En aquel momento quedó curada su hija .

Dios le ha enviado para los suyos, no para los «perros»

De un modo lógico, asumiendo las tradiciones de su pueblo, como Hijo del David nacional, en la línea del primer envío misionero de sus discípulos (10, 6), Jesús responde a la mujer diciendo que Dios le ha enviado solamente a las ovejas perdidas (15, 24) de la casa de Israel, y que no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos.

Supone así que los israelitas son hijos queridos de Dios; los gentiles, en cambio, son perros, en la línea de 7, 6: “No echéis lo santo a los perros… (kysin: en el sentido de perros asilvestrados)”. Pues bien, esta mujer cananea acepta ese lenguaje, y pide a Jesús sólo las sobras, pues también a los perritos (kynarioi: ahora en el sentido de perros pequeños, caseros) se les dejan las migajas que caen de la mesa de los hijos. Ante esa palabra, de un modo sorprendente, Jesús se deja convencer, descubriendo y aceptando la gran fe de esta mujer.

– Señor, Hijo de David (15, 21-22). El título que la mujer concede a Jesús (Hijo de David) le arraiga en la his-toria mesiánica de Israel, desde una perspectiva pagana, cosa que no hacía el texto paralelo de Marcos. Es como si los paganos empezaran reconociendo el mesianismo judío, pero con un matiz muy novedoso, pre-sentando a ese Mesías, Hijo de David, como sanador universal. Dos ciegos judíos le habían pedido que tu-viera compasión de ellos (eleêson êmás: 9, 27), llamándole también “Hijo de David” pero ellos eran en principio judíos. Ahora, en cambio, es una mujer cananea la que le pide que se apiade de ella (15, 22), porque su hija (es decir, la humanidad pagana) se encuentra enferma, suponiendo así que ante la enfermedad no hay diferencia entre judíos y gentiles. De esa forma, una mujer pagana (cana-nea, de los enemigos de Israel) interpreta el mesianismo de Jesús en línea de misericordia sanadora.

‒ La hija de la cananea y el pan de los “hijos” (15, 22.26). El texto empieza oponiendo dos tipos de “hijos”: por un lado la hija de la cananea (15, 22); por otro los hijos (ta tekna: 15, 26) de los israelitas, como hijos especiales del mismo Dios. Esta madre no es una “grie-ga” en general, aunque de nación siro-fenicia (cf. Mc 7, 26), sino cananea, de la raza de aquellos enemigos que los libros antiguos habían mandado exterminar (Mt 15, 22; cf. Ex 23, 23-33; 34, 11-16; Dt 7, 1-6; 20, 17; Js 24, 11).

Pues bien, como veremos, tras un diálogo de maduración, en vez de dejar que mueran (de matar) a las hijas de las cananeas, para que los buenos israelitas no se casen y perviertan con ellas (como seguía mandando la legislación de Esdras-Nehemías), Jesús cura a esa hija cananea, con lo que eso implica en la historia de Israel, invirtiendo la historia anterior de rechazo de los cananeos (y especialmente de las cananeas) .

‒ No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos (15, 26). Este pasaje distingue entre perros (los de fuera) e hijos (los de dentro, los buenos judíos y/o cristianos). La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo se refiere casi siempre a los perros de un modo negativo, de manera que llamarle a un hombre «perro» era un insulto (cf. 1 Sam 17, 43; Is 56, 10-11).

Quizá esta visión negativa se debe a que en el entorno de la Biblia los perros eran generalmente asilvestrados, de tipo carroñero y no domésticos: merodeaban al exterior de las ciudades (cf. Ap 22, 15) y se alimentaban de carnes im-puras e incluso de cadáveres humanos (cf. Ex 22, 30; 1 Rey 4, 11). Por otra parte, en Mt 7, 6, ellos se asocian a los cerdos, y en otros pasajes se vinculan a los herejes o enemigos (cf. 2 Ped 2, 22; Flp 3, 2; Ap 22, 15 etc.), aunque hay textos como Tob 6, 1 y 11, 4 que ofrecen una visión más positiva de ellos. Leer más…

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La mujer que calló a Jesús. Domingo 20 Ciclo A

domingo, 20 de agosto de 2017
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548290_4706116344630_2034407079_nDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

El Mesías antipático y la pagana insistente

            Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida.

            Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma, acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

            Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y negrita en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

― Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó:

― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

― Señor, socórreme.

Él le contestó:

― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso:

― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen  de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:

― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

Los cambios que introduce Mateo

–  El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.

–  La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.

–  La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

–  La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.

–  Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.

– Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Poco más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda a otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirigesiempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

            En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

            Sin embargo, ni a María ni a la cananea les convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

            Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

            En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»

            Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

            Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

Así dice el Señor:

«Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.»

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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 20 Agosto, 2017

domingo, 20 de agosto de 2017
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d-20

“Ella replicó: —Es verdad, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños.”

Mt 15,21-28

Jesús se retira a tierra pagana y allí le pide ayuda una mujer cananea.

La respuesta de Jesús es dura, tajante. Expresa el sentimiento de superioridad del pueblo judío que considera a los paganos como perros.

Sin embargo la mujer cananea no cesa de implorar su ayuda. Su corazón de madre le hace insistir, su vivencia del amar…, se postra ante Jesús para suplicar su ayuda.

Jesús sigue convencido de que su misión sólo ha de realizarla con el pueblo elegido, el pueblo judío.

Sin embargo la mujer, con una humildad inmensa, le suplica que le conceda sólo “las migajas”, el resto, lo que sobra “de lo que entregue a los elegidos”. Jesús en ese momento queda admirado de la fe de la mujer. Jesús  se conmueve y se “convierte” siendo consciente que Él ha venido para tod@s.

Deja de ejercer su papel de superioridad como judío observante. Pasa a ser Jesús, el Cristo, el enviado de Dios para todas las personas, sin distinciones ni exclusiones.

Hay una transformación en Jesús. Primero actúa desde la perspectiva dual. Con categorías opuestas, los elegidos, los judíos, los desechados, los paganos pero al ver la fe de la mujer cananea se transforma, y actúa desde la perspectiva no dual, que comprende la unidad de todo y todos.

En la relación con su Abbá se da cuenta de que las formas solo nos separan. Son fronteras que no nos dejan convivir como hijos del mismo Padre. Hay una ley universal, que es la vida en el espíritu y conlleva la unidad de conciencia, el Amar Amando.

No hay paganos ni judios, tod@s somos hij@s de Dios. Qué maravilla traspasar la observancia estricta de la ley para vivir según la voluntad de Abbá al soplo del Espiritu.

ORACIÓN

Dios Padre y madre, ayúdanos a vivir sin clasificar ni etiquetar a las personas por sus formas, sino a mirar el corazón donde vive la esencia que somos y nos habita, tu hijo Jesús, lleno de la Ruah.

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Un auténtico diálogo que enriquece a ambos.

domingo, 20 de agosto de 2017
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canaanite2bwoman1Mt 15, 21-28

Hoy las tres lecturas y hasta el salmo van en la misma dirección: La salvación universal de Dios. El tema de la apertura a los gentiles fue de suma importancia para la primera comunidad. Muchos cristianos judíos pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunicad, conservando la fidelidad a la Ley. Esta postura originó no pocas discusiones entre los discípulos y no se vio nada claro hasta pasado casi un siglo de la muerte de Jesús. Por eso es tan importante este relato.

Mateo relata este episodio inmediatamente después de una violenta discusión de Jesús con los fariseos y letrados, acerca de los alimentos puros e impuros. Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por esa oposición. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le estaban vigilando. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: Judío=creyente y extranjero=pagano y ateo.

El evangelista no pretende satisfacer nuestra curiosidad sobre un acontecimiento más bien anodino. Quiere dejar claro, que si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas posibles. En él se quiere insistir tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la necesidad de que lo paganos vinieran unas disposiciones adecuadas de reconocimiento y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena, es lo que más se aproxima a la idea de perro inmundo. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judía arrastraba. Jesús tenía motivos para no hacer caso a la Cananea; pero nos encontramos con un Jesús dispuesto a aprender, incluso de una mujer pagana.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: «A los extranje­ros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo». No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad general de su pueblo, que hoy podíamos calificar de racista, pero que, en tiempo de Moisés, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Gracias a que para Jesús la religión no era una programación, fue capaz de responder vivencialmente ante situacio­nes nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que solo puede uno estar con Dios si está con el hombre. Las enseñanzas de Jesús no son más que el intento de comunicarnos su experiencia personal de Dios. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús, como todo hombre, no tuvo más remedio que aprender de la experiencia.

Jesús toma en serio a la mujer Cananea; no como los discípulos. El texto litúrgico quiere suavizar la expresión de los discípulos y dice ‘atiéndela’. Pero el “apoluson” griego significa también despedir, rechazar; exactamente lo contrario. La respuesta de Jesús: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a la Cananea. La dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino todo lo contrario. Le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención que merecen los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Jesús aprende y la cananea también aprende. Se produce el milagro del cambio en ambos. Lo que este relato resalta de Jesús, es su capacidad de reacción. A pesar de su actitud inicial, sabe cambiar en un instante y descubrir lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, aparentemente ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen desde hace tiempo.

Jesús es capaz de cambiar su actitud porque la Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía la mujer; otro valor femenino. Lo que más maravilla en el relato es la capacidad de Jesús de aceptar, es decir, hacer suyos los valores femeninos que descubre en aquella mujer. Jesús descubre su «anima» y la integra.

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija. La madre es también parte del problema; de hecho le dice; socórreme. La enfermedad de la hija no es ajena a la actitud de la madre. Curar a la madre supone curar a la hija. La enfermedad de la hija nos hace pensar en problemas de relación materno-filial. Cuando la madre se encuentra a sí misma con la ayuda de Jesús, se soluciona el problema de la hija.

Los cristianos hemos heredado del pueblo judío el sentimiento de pueblo elegido y privilegiado. Estamos tan seguros de que Dios es nuestro, que damos por sentado que el que quiera llegar a Dios tiene que contar con nosotros. Esta postura que nos empeñamos en mantener, es tan absurda y está tan en contra del evangelio de Jesús, que me parece hasta ridículo tener que desmontarlo. Todos los seres humanos son iguales para Él.

Juzgar y condenar en nombre de Dios, a todo el que no pensaba o actuaba como nosotros, ha sido una práctica constante en nuestra religión a través de sus dos mil años de existencia. Va siendo hora de que admitamos los tremendos errores cometidos por actuar de esa manera. Debemos reconocer, que Dios nos ama a todos, no por lo que somos, sino por lo que Él es. Esta simple verdad bastaría para desmantelar todas nuestras pretensiones de superioridad y como consecuencia, todo atisbo de intolerancia y rechazo.

El texto nos enseña que ser cristiano es acercarse al otro, superando cualquier diferencia de edad, de sexo, cultura o religión. El prójimo es siempre el que me necesita. Los cristianos no hemos tenido, ni tenemos esto nada claro. Nos sigue costando demasiado aceptar a “otro”, y dejarle seguir siendo diferente; sobre todo al que es “otro” por su religión. Tenemos que aprender del relato, que el que me necesita es el débil, el que no tiene derechos, el que se ve excluido. También en este punto está la lección sin aprender.

Debemos aceptar, como la Cananea, que muchas de las carencias de los demás, se deben a nuestra falta de compromiso con ellos. Sobre todo en el ambiente familiar, una relación inadecuada entre padres e hijos es la causa de las tensiones y rechazo del otro. Muchas veces, la culpa de lo que son los hijos la tienen los padres por no ponerse en su lugar e intentar comprender sus puntos de vista. El acoger al otro con cariño y comprensión podía evitar muchísimas situaciones que pueden llegar a ser crónicas y por lo tanto enfermizas.

Meditación-contemplación

La Cananea tiene una confianza ilimitada en Jesús.
Esa confianza no se fundamenta en lo que yo soy,
sino en lo que Dios es en mí
y para todos los seres humanos sin excepción.
Mi relación con un dios abstracto será siempre ilusoria.
El verdadero Dios está en mí y está en el otro.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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