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“La otra Navidad”, por Jesús Peláez.

Viernes, 10 de enero de 2020

navidad-maximino-cerezoApuntes “académicos” en torno al Belén

Bajo este título voy a dar unas pinceladas breves sobre la historicidad de los datos que los evangelios dan sobre el nacimiento de Jesús y sobre su familia.

Frente a la escasez de noticias sobre Jesús por parte de los historiadores judíos o greco-romanos, el Nuevo Testamento, en general, y los evangelios sinópticos, en particular, dan abundantes noticias sobre Jesús, aunque resulte difícil saber con certeza qué es lo histórico o no en ellos, pues los evangelios no son libros de historia y lo que allí se dice de Jesús es una recreación de su figura a la luz de la fe de los primeros cristianos y de las Sagradas Escrituras judías.

Con todo se pueden enumerar algunos datos que los historiadores consideran razonablemente aceptables desde el punto de vista histórico.

Lo que nos cuentan los evangelios de la infancia de Jesús en los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas no son relatos históricos, sino una especie de catequesis sobre los primeros años de la vida de Jesús, nombre este bastante común entre los judíos, en hebreo Yehoshua (Yahvé salva). Así se llamaba el autor del libro del Eclesiástico, y el caudillo (Josué= Jesús) que condujo al pueblo de Israel hasta la tierra prometida.

Son dos los evangelistas que hablan del nacimiento e infancia de Jesús: Mateo y Lucas.

En el Evangelio de Mateo, José es el protagonista que salva a su familia, llevándola a Egipto como el patriarca José en el libro del Génesis (cc. 45-46) lo había hecho con la suya. Como el faraón mandó matar a los primogénitos de Egipto, Herodes manda matar a los niños de Belén y alrededores. Como Moisés sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto, Jesús sacará al pueblo de la esclavitud de la muerte para llevarlos a la tierra prometida de la resurrección.

El evangelio de Lucas (cc. 1 y 2), por su parte, no sabe casi nada de esta historia de la infancia de Jesus en el evangelio de Mateo. Este presenta dos historias paralelas: la del anuncio y nacimiento de Juan Bautista y Jesús. En el centro del relato de Lucas se narra el encuentro entre María e Isabel. En el evangelio de Lucas, la protagonista es María y no José.

Entre estos dos evangelios hay dos puntos en común: el nacimiento de Jesus en Belén y la concepción virginal de María; poco más. Lucas no sabe nada de los magos y Mateo nada de los pastores. Para Mateo, Jesús nace en tiempos del rey Herodes y para Lucas con ocasión del censo de Quirino que mandó que cada uno fuese a inscribirse en su ciudad.

Con ambos relatos, entendidos casi al pie de la letra, como si de hechos históricamente acaecidos se tratase, se han montado los belenes de Navidad.

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2 ¿Nacimiento en Belén o en Nazaret?

Belén (= Bet-lehem: casa del pan o casa de “Lahmu”, divinidad acádica) era una aldea rodeada de estepas desérticas, a unos siete kilómetros de Jerusalén, la capital. Miqueas (5,1) lo había profetizado: «Pero tú, Belén de Éfrata, eres la más pequeña entre las aldeas de Judá; de ti sacaré al que ha de ser jefe de Israel…». El evangelista Mateo cita esta profecía con algunas correcciones: «Y tú Belén, tierra de Judá», no «eres» ni mucho menos «la última de las aldeas de Judá». Para él, la aldea se crece porque nacerá en ella el jefe de Israel.

En contra de lo que dicen los evangelios, creemos que Nazaret y no Belén pudo haber sido el lugar del nacimiento de Jesús, dato que puede estar influenciado por el hecho de que a Jesús se le presenta como Mesías, sucesor de David, rey que nació en Belén (cfr. 1Sam 16)). Sin embargo, llama la atención que nunca más se cite a Belén en el resto del Nuevo Testamento y se diga que Jesús era de Nazaret o se le aplique el adjetivo “nazareno” o “nazoraios”, palabra esta que puede significar “retoño de Jesé, o descendiente legítimo de Jesé del que provendría el Mesías”.

La infancia de Jesús transcurrió en Nazaret, y si a este se le cita como Jesús de Nazaret y no de Belén (Jn 1,46; 7,41; Mc 6,1-6) – en tiempos de Jesús se nombraba a la gente por el lugar de su nacimiento- tal vez, al hacerlo nacer en Belén, los evangelistas Mateo y Lucas (los únicos que afirman esto) están pensando en que Jesús sería como David, rey, haciéndolo nacer en Belén, lugar del nacimiento del David.

Nada dicen los evangelios del día y mes del año de su nacimiento, ni siquiera del lugar exacto: lo del portal, la cueva o la gruta no aparece en ellos; por supuesto que tampoco el buey y la mula -con función de calefacción natural de otras épocas- pertenecen al relato evangélico. No sabemos la fecha del nacimiento de Jesús, pero es muy probable que naciese antes del fallecimiento del rey Herodes, el Grande (año 4 a. C.) en torno al año 5 ó 6 a. C. Fue el monje bizantino Dionisio el exiguo el que estableció el calendario cristiano frente al calendario diocleciano imperante. Este monje se equivocó de 4 a 7 años en la datación del reinado de Herodes el Grande, haciendo que Jesús naciese el año 753 de la Fundación de Roma, cuando debió suceder hacia el 746.

Desde el siglo IV, los cristianos decidieron celebrar el nacimiento de Jesús el día en que los romanos celebraban la fiesta del solsticio de invierno (24-25 de diciembre), día de Mitra, dios solar de Persia, adoptado por los romanos. En este día, el sol alcanza, en su movimiento aparente, su distancia máxima de la tierra y comienza a acercarse a ella aumentando su intensidad. El dios ‘sol invicto’ recibía en aquella fecha toda clase de cultos y ofrendas. Los cristianos sustituyeron el ‘Astro Sol’ por el ‘Sol de Justicia-Jesús’, que se acerca a los hombres. Nació así nuestra fiesta de Nochebuena y Navidad, que coincide también con el presunto nacimiento de Mitra, dios del sol.

Tampoco es auténtico el dato del evangelio de Lucas que dice que Jesús nació en los tiempos del censo de Quirino, pues este se celebró en el 6/7 d.C. (Lc 2,2).

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3 Los magos de Oriente y la estrella

La llegada de los magos de Oriente a Jerusalén para entrevistarse con Herodes carece de fundamentación histórica. El texto evangélico dice que “Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje» (Mt 2,1-2). Se creía por entonces que el nacimiento de todo gran personaje en la tierra era acompañado por la aparición de una estrella en el firmamento. Lo de «la estrella», sobre la que se han lanzado todo tipo de hipótesis (¿fue un cometa? ¿la conjunción de los planetas Saturno, Júpiter y Marte, que, según Keppler, tuvo lugar el 747 de la fundación de Roma?), es un símbolo. En el libro de los Números (24,17) se dice: «Avanza la estrella de Jacob y sube el cetro de Israel.» Esta estrella es símbolo del Mesías, que conduce a los paganos a la luz de la fe, hecho anunciado por el profeta Balaán, el de la famosa burra contestataria, en contra de la voluntad del rey Balac. Balaán era mago. En la estrella que conduce a los magos a Jesús ve el evangelista Mateo la marcha de los paganos hasta la fe.

Mateo, mediante el relato de los magos, especifica que la salvación que trae Jesús no se limita al pueblo judío, «su pueblo» (Mt 1,21), sino que abraza toda la humanidad representada por estos magos de Oriente (Mt 2,1). La salvación que trae Jesús es universal. La primera visita que recibe Jesus de niño no es ni la del Sumo o sumos sacerdotes, ni la de los saduceos, pertenecientes a la aristocracia terrateniente, encargados del mantenimiento del templo y de culto, sino de unos magos, unos paganos, dedicados a un arte prohibido en la Biblia: la magia. Estos eran originarios, tal vez, de la tribu de los Medos, que llegó a convertirse en casta sacerdotal entre los persas. Practicaban la adivinación, la medicina y la astrología, prácticas que, en la Biblia, no gozan de buena reputación (1 Sm 28,3; Dt 18,9-13; Dn 1,20; 2,2-10). Aunque la práctica de la magia no es desconocida en el Antiguo Testamento, sin embargo el libro del Éxodo castiga con la muerte a la mujer hechicera (Éx 22,27). Llama la atención que los primeros que visitan al niño sean unos extranjeros y, por tanto, paganos, con una profesión condenada en la Biblia.

De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo. Y así en el siglo III se les dio el título de reyes, título que no aparece en los evangelios, e incluso se comenzó a decir que eran tres, teniendo en cuenta los tres regalos que llevan al niño: oro (regalo real), incienso (para el culto) y mirra (para ungir el cadáver el día de la muerte). Antes de esta fecha la iconografía habla de dos, tres y cuatro magos, y en las iglesias ortodoxa siria y en la apostólica armenia se afirma que eran doce de acuerdo con el número de apóstoles o con el número de tribus de Israel.

Que se llamen Melchor, Gaspar y Baltasar aparece por primera vez en el mosaico de San Apollinare Nuovo de Rávena, que data del siglo vi d. C. y en el Evangelio armenio de la Infancia de la misma fecha. En el mosaico se ve ya a los tres magos, con indumentaria persa y sus respectivos nombres. Fue Cesáreo de Arlés (s. VI) quien comenzó a denominarlos “reyes”, basándose en el salmo 71,10 (“¡Que los reyes de Tarsis y las Islas le paguen tributo!”) e Isaías 49, 7ss (“Te verán los reyes y se alzarán los príncipes y se postrarán”). San Beda el venerable (s. VIII) los considera representantes de Europa, Asia y África, los tres continentes conocidos en aquel tiempo. En el siglo XII se trasladaron sus supuestos huesos desde Milán a la catedral de Colonia, donde hoy son venerados. Solo en el s. XV se les representa vestidos de reyes y, por primera vez, a Baltasar con la tez negra. Estos tres reyes representan los grupos étnicos reconocidos en la Edad Media: Melchor, los europeos; Gaspar, los asiáticos, y Baltasar, los africanos.

Resulta extraño y cuando menos sorprendente que los primeros visitantes del niño, tras su nacimiento, fuesen paganos o extranjeros, mal vistos por la religión oficial judía (magos).

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4 ¿Nacimiento virginal?

La concepción virginal de Jesús es afirmada por los evangelistas Mateo y Lucas. Mateo (1,18) dice: “María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”. Y el evangelista Lucas (1,33-35) refiere que “María dijo al ángel: -¿Cómo sucederá eso, si no vivo con un hombre? El ángel le contestó: -El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso al que va a nacer lo llamarán ‘Consagrado’, ‘Hijo de Dios’.

Si la concepción de Jesús se presenta como extraordinaria, su nacimiento fue totalmente normal: «Estando allí, le llegó a María el tiempo del parto, dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada» (Lc 2,7). Como cualquier mujer, con dolor y angustia, María dio a luz a su hijo. A la usanza de la época, el cuerpo tierno de aquel niño fue vendado fuertemente con jirones de tela, pues los antiguos creían que, de no hacerse así, el niño crecería deformado y sus huesos no se solidificarían.

No es posible sostener históricamente que Jesús naciera de una madre virgen. Esta afirmación es materia únicamente de fe. En el Antiguo Testamento, los personajes más importantes nacen de madres mayores o estériles (Isaac, de Abrahán y Sara; Sansón de madre estéril; Zacarias conciben a su hijo Juan, de mayores y sin hijos), mostrando de este modo una intervención extraordinaria de Dios.

Así cuenta la Biblia el nacimiento de Sansón (Jueces 13 2-7): “Había en Sorá un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no había tenido hijos. El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo: -Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque concebirás y darás a luz un hijo, no pasará la navaja por su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. Él empezará a salvar a Israel de los filisteos. La mujer fue a decirle a su marido: -Me ha visitado un hombre de Dios que, por su aspecto terrible, parecía un mensajero divino; pero no le pregunté de dónde era ni él me dijo su nombre. Sólo me dijo: -Concebirás y darás a luz un hijo; ten cuidado de no beber vino ni licor, ni comer nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer hasta el día de su muerte.

El paralelismo entre este relato y el de la anunciación de María es tan grande que podemos pensar que se trata, sin duda, de un patrón literario utilizado para el nacimiento de algunos de los personajes importantes del Antiguo Testamento. Jesús, sin embargo, no nace ni de una madre mayor, ni de una estéril, sino de una joven desposada y por obra del Espíritu Santo.

En la mitología griega, los héroes nacían de la unión sexual entre un Dios y un ser humano; en el evangelio, Jesús nace por obra del Espíritu Santo sin intervención de varón. Todos los nacimientos extraordinarios del Antiguo Testamento mostraban con la colaboración humana el poder de Dios. En el caso de Jesús, este nace por entero de Dios sin colaboración humana. Tal vez este es el núcleo del mensaje evangélico.

La concepción virginal de Jesús no aparece cuestionada por los evangelios de Mateo y Lucas, pero nunca se alude más a ella en los evangelios, ni en el resto del Nuevo Testamento.

Del parto virginal -como el rayo del sol por el cristal sin romperlo ni mancharlo- no tenemos ningún dato en los evangelios canónicos, pues Lucas habla de un parto totalmente natural sin dar más detalles: “Mientras estaban ellos allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,6-7).

De la virginidad de María después del parto no dicen nada evangelios, más bien parecen afirmar lo contrario, cuando hablan con naturalidad de los hermanos de Jesús: Santiago, José, Judas, Simón y de sus hermanas, aunque de éstas no se da su nombre (Mt 3,31-35; Mc 6,3).

Desde muy pronto se suscitó una gran controversia en torno al origen de Jesús, dada la virginidad de María según los evangelios de Mateo y Lucas. Sectores judíos lo acusaban de ser hijo ilegítimo de María, y el reproche, que en aquella cultura resultaba gravísimo, quizá se refleje ya en los evangelios (Jn 8, 37-41) donde los judíos le dicen a Jesús: -Nosotros no hemos nacido de prostitución; tenemos un solo padre, Dios”.

Entre las tradiciones rabínicas y talmúdicas tardías se identificó a Jesús con un tal Ben Stada, un peligroso embaucador del pueblo que murió lapidado, así como con Ben Pandera o Ben Pantera, el hijo de una relación adúltera de una tal María, doncella judía, con un legionario romano, llamado Pantera.

En el seno de la Iglesia hubo más tarde todo un debate al respecto: los helvidianos (a. 380) mantenían que se trataba de hermanos de sangre; los seguidores de Epifanio (año 382) decían que eran hijos de una primera mujer de José, y los seguidores de Jerónimo (a. 383) los consideraban primos de Jesus, hijos de María de Cleofás, hermana de la madre de Jesús.

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5 La infancia de Jesús: ¿Historia y/o teología?

Podemos preguntarnos qué hay de histórico en el relato de la infancia de Jesús en el evangelio de Mateo en algunos puntos:

Sacerdotes y letrados, y pastores

Entre los personajes que aparecen en los evangelios de la infancia podemos citar al ala eclesiástica de la época (los sacerdotes) y de la cultura del momento (los letrados). Estos pasaron a Herodes toda la información para llegar a Jesús, pero, acomodados e instalados en su saber y posición social, no sintieron el más mínimo interés por acudir hasta él: «Herodes… convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: en Belén de Judá, así lo escribió el profeta» (Mt 2,3-4).

El evangelio de Mateo no sabe nada de los pastores que aparecen en el relato de Lucas con un destacado protagonismo, pues es a ello a quienes se anuncia el nacimiento del niño. Los pastores pertenecían en tiempos de Jesús a las clases marginadas del país, equiparados a recaudadores y publicanos, ladrones por obligación y profesión. Por ser considerados embusteros no podían hacer de testigos en los juicios. No cobraban salario por su trabajo; recibían la manutención a cambio y tenían obligación de reponer las pérdidas de ganados a sus amos. El modo concreto de hacerlo era el robo de ovejas a otros pastores. Sorprende que, en el relato del evangelista Lucas, el nacimiento de Jesús se anuncie a esa clase de individuos tanto como que, en el evangelio de Mateo, sean los magos los primeros que acudan a Jesús. En el caso de los pastores, se trata de gente marginada dentro de la religión de Israel; en el de los magos, paganos de otro país, con una profesión vituperada en la Biblia.

La matanza de los inocentes.

El evangelio de Mateo describe la matanza de los niños menores de dos años que habitan en Belén (Mt 2,16). El texto, al utilizar la expresión «todos los niños de Belén y de todo su término» (Mt 2,16), insinúa una masacre amplia, pero atendiendo a la población de Belén durante la época herodiana, de haber sido un hecho histórico, el número de niños asesinados no pudo ser elevado.

Y aunque el historiador judío Flavio Josefo documenta los últimos años del rey Herodes destacando su brutalidad, llama la atención el hecho de que no mencione para nada la matanza de los niños inocentes de Belén. Por otra parte, esta historia está contaminada de otra que aparece en el libro del Éxodo (2,1-10) que refiere la muerte de los niños hebreos ordenada por el faraón (Ex 1,8-22), de la que se libra Moisés (Ex 2,1- 10), como en el relato de Mateo se salva Jesús. De este modo, el evangelista pone en paralelo la vida de Jesús y la de Moisés. Para Mateo, Jesús es el nuevo Moisés.

Es cierto que no está documentada históricamente la matanza de los inocentes; pero es verosímil que Herodes realizara asesinatos masivos para conservar el trono. Herodes, denominado el Grande, era famoso por las magníficas construcciones que hizo levantar en todo el país para ganarse el favor de los judíos, pues no era judío, o para refugiarse en caso de ser perseguido por estos (las fortalezas en lugares inaccesibles como el Herodium, Massada, Maqueronte, entre otras). Pero alcanzó fama también por su crueldad: mandó matar a su yerno, ahogado; mató a sus hijos Aristóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme. Cinco días antes de morir ordenó que asesinaran a su hijo mayor, Antípatro, y dio orden de hacer perecer, después de su muerte, a todos los “notables” de Jericó para que hubiera lágrimas en sus funerales. Cuando los fariseos predijeron que Herodes sería depuesto por su hermano Feroas, aquél mandó matar a muchos fariseos, como puede leerse en la obra de Flavio Josefo, Antigüedades judías, 11,4,3. 11, 4, n. 3.

Mateo narra la huida de la familia de Jesús a Egipto después de que los sabios burlasen a Herodes (Mt 2,13), y menciona el regreso de esta tras la muerte de Herodes (Mt 2,19-21). Según los datos históricos, el poder de Herodes no llegaba a Egipto, pues estaba controlado por Roma desde el año 30 a.C. Sin embargo, el país del Nilo había constituido desde antiguo un lugar de asilo para Israel, por eso no es extraño que Mateo sitúe allí el refugio de la familia de Jesús. Algunos personajes del Antiguo Testamento encontraron refugio en Egipto: Jeroboán, perseguido por Salomón (1Re 11,40; debemos apreciar la semejanza de este texto con Mt 2,14); Urías, hijo de Semayas acosado por Joaquín (Jr 26,21) y Onías IV (172 a.C.) perseguido por Antíoco Epífanes, como refiere Flavio Josefo en Antigüedades judías, IX, n. 387.

Sin embargo, la huida de la familia a Egipto está influenciada por el Antiguo Testamento en el que se cuenta que Jacob fue desde Canaán a Egipto con sus hijos, invitado por el patriarca José (Gn 46). Notemos que, en Mt 2,14, el único personaje citado por su nombre es José; ese detalle relaciona la figura de José, padre de Jesús, con José, el patriarca, el hijo de Jacob.

No es de extrañar que Mateo, al decirnos que el padre de Jesús se llamaba José, esté apuntando al papel que el patriarca José tuvo para con su familia. Este, vendido a unos mercaderes, llegó a ser visir de la corte del faraón y, cuando sus hermanos viajan a Egipto para comprar trigo, se les da a conocer y los invita a desplazarse a ese país (Gén 42,1-44,34), salvándolos de aquella hambruna que ponía en peligro su vida en tierras de Canaán. José, el padre de Jesús, lleva a María y Jesús a Egipto, huyendo de la cólera de Herodes y salvando de este modo la vida del niño.

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6 Lugar de trabajo de José y Jesús: ¿Nazaret o Séforis?

La provincia de Galilea, según algunos autores, fue en tiempos de Jesús una provincia pacífica con pocas diferencias religiosas con Judea. Otros autores, al contrario, dicen que Galilea estaba muy revuelta por las dificultades económicas y por el proceso de urbanización en el que se hallaba inmersa bajo el reinado de Herodes Antipas. Galilea era ciertamente una región helenizada con influencia de filósofos cínicos, pero con muchos habitantes judíos.

Los judíos de Galilea eran diferentes a los de Jerusalén donde el influjo del Templo era mayor y la presencia de escribas, más numerosa. En tiempo de Jesús, Galilea era un reino vasallo de Roma bajo la dinastía herodiana, mientras que Judea estaba bajo el control directo de Roma, que tenía allí un prefecto que dependía del legado de Siria.

Nazaret era un pueblo pequeño y pobre, como ha puesto de manifiesto la arqueología, pero que está a solo 5 km. de Séforis, ciudad reedificada por Herodes Antipas, que la convirtió en capital de Galilea. Esta ciudad y otras que había en el entorno ejercieron una presión muy fuerte con los habitantes de las aldeas circundantes, que comenzaron a vivir de la amplia demanda de productos que venían de ellas. Jesús y su padre José tal vez pudieron encontrar trabajo en Séforis.

La existencia de esta ciudad -y de otras que había en la zona llamada Decápolis (Diez ciudades)- cambió la vida de las aldeas que había en su entorno, pues los romanos grababan sobre ellos enormes cargas impositivas, con las que los herodianos financiaban su política de grandes obras públicas; a esto hay que añadir los impuestos exigidos por el Templo de Jerusalén. Las pequeñas propiedades agrícolas familiares no podían hacer frente a tal situación. Consecuentemente se dio un proceso de concentración de la propiedad, de modo que los pequeños propietarios se convertían en jornaleros, a veces incluso en esclavos, y la emigración fuera del país era muy numerosa.

Curiosamente, este rechazo de los aldeanos a la nueva situación producida por la demanda de estas ciudades, puede explicar el hecho de que Jesus no aparezca nunca en los Evangelios visitando núcleos urbanos importantes, a excepción de Jerusalén.

No podemos decir con certeza que Jesús trabajase de joven en Séforis. Pero es verosímil que tanto él como su padre lo hiciesen dada la corta distancia que había entre Nazaret y Séforis y la gran demanda de trabajo que había en las ciudades de la Decápolis, aunque los evangelios no nos dicen nada al respecto.

En resumen, es verosímil que Jesús se acercara a Séforis ocasionalmente en su juventud o que tal vez realizase algunos trabajos para esta ciudad; sin embargo, fue probablemente el poder de Herodes Antipas lo que los mantuvo lejos de Séforis durante su ministerio público, por lo que este podía tener de subversivo y de crítico con el poder romano. Durante su vida pública, Jesús no tuvo su centro de actuación en Nazaret, sino en Cafarnaún, una aldea mayor que Nazaret, situada en la periferia del poder de Antipas y con fácil acceso a la otra orilla del lago que resultaba mucho más conveniente y menos peligrosa.

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7 Los padres de Jesús: José y María

De José sabemos que era descendiente, venido a menos, de la familia de David y que lleva el nombre del patriarca José que, con motivo de una hambruna, llevó a sus hijos a Egipto. Es curioso que José desaparece de los evangelios una vez que Jesús comienza su vida pública. Nada se sabe de él.

La solución tradicional es que, tal vez, José había muerto ya cuando Jesús comenzó la vida pública. Como no sabemos la edad de José al nacer Jesús, y dado que la expectativa de vida era mucho menor en el mundo antiguo que en la mayoría de los países actuales, es probable que José muriera al alcanzar Jesús la edad de 30-33 años, lo que supondría que tendría entre 40 ó 50 años, una edad avanzada para aquel tiempo en que los jóvenes se casaban entre 14 y 18 años.

– En cambio, a María se la cita durante todo el ministerio público. Así aparece en Mc 3,31 donde se dice: “Llegó su madre con sus hermanos, y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. Una multitud estaba sentada en torno a él. Le dijeron: -Mira, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera. Él les replicó: -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, dijo: -He aquí mi madre y mis hermanos. Quienquiera que lleve a efecto el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre”. Este texto muestra la tensión existente entre Jesús y su familia, que no entra a oír a Jesús, sino que quiere sacarlo de su actividad: “quedándose fuera, lo mandaron llamar”, dice el evangelista. Jesús, por su parte, se muestra partidario de una nueva familia, frente a la familia natural: la de aquellos que llevan a efecto el designio de Dios.

Diferente tratamiento y papel tiene María en el evangelio de Juan donde aparece dos veces. En las bodas de Caná y al pie de la Cruz. En las bodas de Caná, María actúa de mediadora entre Jesús y los invitados: Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús; y fue invitado Jesús, como también sus discípulos, a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús se dirigió a él: -No tienen vino. Jesús le contestó: -¿Qué nos concierne a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. Su madre dijo a los sirvientes: -Cualquier cosa que os diga, hacedla”. Extraña forma de dirigirse Jesús a su madre, llamándola “mujer”. El matrimonio es en el Antiguo Testamento símbolo frecuente del amor de Dios por la comunidad y en el Nuevo, símbolo de la unión del Mesías con la Iglesia. Pero la boda de Jesús no se anuncia como presente pues “no ha llegado la hora”. La hora apunta a la muerte y resurrección de Jesús, que ratifica la antigua alianza de amor de Dios con su pueblo.

En el evangelio de Juan aparece de nuevo María al pie de la cruz (Jn 19, 25-27): “Estaban presentes junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, entonces, viendo a la madre y, al lado de ella, a su discípulo predilecto, dijo a la madre: -Mujer, mira a tu hijo. Luego dijo al discípulo: -Mira a tu madre. Y desde aquella hora la acogió el discípulo en su casa”. De nuevo llama Jesús a su madre “mujer”, como en las bodas de Caná. Pero ahora sí ha llegado el momento de la boda de Dios con su pueblo.

Finalmente, María aparece también al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles (1,13-14): “Cuando entraron, subieron a la sala de arriba donde se alojaban; eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo, Simón el Fanático y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres, además de María, la madre de Jesús, y sus hermanos”.

De la familia de María poco dicen los evangelios. Hablan de su prima Isabel, por lo que Jesús y Juan Bautista fueron primos hermanos. De sus padres, Joaquín y Ana, y de la dedicación y vida de María desde los tres años en el templo, los evangelios apócrifos dan sobradas y fantásticas noticias. Estos mismos evangelios tuvieron la indelicadeza de presentar a José, el esposo de María, como hombre de avanzada edad y barba venerable, para preservar así la virginidad de su esposa, Madre-Virgen… José y María, en todo caso, debieron de ser unos jóvenes esposos, unos jóvenes más entre tantas jóvenes parejas, sin especial relieve.

Además de estos datos de los evangelios sobre el nacimiento e infancia de Jesús, hay un solo relato, en este caso del evangelio de Lucas, que muestra a Jesús casi adolescente, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas, a la edad de doce años, edad en la que se consideraba ya al niño responsable de sus actos y obligado a observar los 613 mandamientos de la Ley o Torá judía.

 

Jesús Peláez, (catedrático de Filología Griega y discípulo de Juan Mateos).

 

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