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“Desaprender la Guerra”, por Leonardo Sequeiros.

sábado, 12 de julio de 2025
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Mucha gente cree que la violencia, la defensa armada, y la agresión al que se considera enemigo son comportamientos naturales que tienen un fundamento genético. Incluso muchos de los expertos en etología (también premios Nobel) defendían el fundamento científico y biológico de bondad de las guerras e incluso, en algunos casos, su necesidad para equilibrar los ecosistemas e impulsar la evolución de la humanidad.

A partir de la publicación en 1928 de El puesto del hombre en el cosmos, del filósofo Max Scheler, – que marca el inicio de la reflexión, basada en los datos científicos, de la Antropología filosófica – esta impronta biologicista se vio debilitada por las interpretaciones de las raíces más culturales que biológicas de la condición humana. Los escritos de Arnold Gehlen, Helmut Pressner, e incluso de José Ortega y Gasset, han colaborado a resituar la dimensión cultural del desarrollo de la condición humana por delante del reduccionismo biologicista.

Aun así, los numerosos conflictos violentos y sobre todo bélicos en el siglo XX y en lo que llevamos de siglo XXI muestran que, en la construcción mental de los poderosos, los que pretenden ser los dueños del mundo, aún domina el paradigma de que los grandes problemas de poder (sobre todo económico) solo se resuelven con guerras, agresiones violentas, violación de los derechos humanos y genocidios contra poblaciones inocentes.

En 2006, el cantautor Luis Guitarra lanzó su canción “Desaprender la guerra”. Aconsejo que mientras leen este texto abran los oídos a la canción que se ofrece en: DESAPRENDER LA GUERRA (Luis Guitarra) y en https://youtu.be/EC-xvYC7ooU?si=6C6vTmdRPPgvVBBK

Desaprender la guerra,
realimentar la risa,
deshilachar los miedos,
curarse las heridas.

Difuminar fronteras,
rehuir de la codicia,
anteponer lo ajeno,
negarse a las consignas.

Tal vez, gran parte de los intentos de encontrar una fundamentación científica para la guerra y la violencia se han unido a la figura de Konrad Zacharias Lorenz (1903-1989), más conocido como Konrad Lorenz. Este fue un zoólogoetólogo y ornitólogo austríaco que compartió el Premio Nobel de Medicina de 1973 con Nikolaas Tinbergen y Karl von Frisch.

A menudo se lo considera uno de los fundadores de la etología moderna, es decir, del estudio científico del comportamiento humano comparado con el del animal en su hábitat natural. Desarrolló un enfoque que comenzó con una generación anterior, que incluía a su maestro Oskar Heinroth.

El ensayo con pretensiones científicas de Konrad Lorenz más divulgado (y que muchos leímos en los años setenta) es este: Sobre la agresión, el pretendido mal (en alemánDas sogenannte Böse zur Naturgeschichte der Aggression). Es un libro de 1963 que fue pronto traducido a muchas lenguas.

Este escribe en el prólogo: «el tema de este libro es la agresión, es decir el instinto de luchar en la bestia y el hombre que está dirigido contra miembros de la misma especie.» (Página 3). Para Lorenz, en los genes de todos los seres vivos está “impresa” la necesidad de desarrollar comportamientos agresivos contra su especie y contra cualquiera que parezca atentar a la propia supervivencia. Para Lorenz, una de las leyes de la evolución biológica y que es el motor del cambio evolutivo a mejor es la ley de la supervivencia de los más aptos.

Evidentemente, este presupuesto ideológico procede de una interpretación política y sociologista de El Origen de las Especies por la Selección Natural (1859) de Charles Robert Darwin. La sociología de origen darwinista sólo se fijó en algunos aspectos de la extensa obra de Darwin, para quien “la supervivencia de los más aptos” no significa el triunfo de los más fuertes o de los más violentos, sino – al contrario – la cooperación entre especies y dentro de las especies, tal como muestra en sus estudios sobre los insectos y las plantas.

Desconvocar el odio,
desestimar la ira,
rehusar usar la fuerza,
rodearse de caricias.

Reabrir todas las puertas,
sitiar cada mentira,
pactar sin condiciones,
rendirse a la Justicia.

Konrad Lorenz, desde su laboratorio y el trabajo de campo, estudió el comportamiento instintivo en animales, especialmente gansos comunes y grajillas occidentales. Trabajando con gansos, investigó el principio de la impronta, el proceso por el cual algunas aves nidífugas (es decir, aves que abandonan su nido temprano) se unen instintivamente con el primer objeto en movimiento que ven dentro de las primeras horas de la eclosión de sus huevos. Aunque Lorenz no descubrió el tema, se hizo ampliamente conocido por sus descripciones de la impronta como un vínculo instintivo. En 1936 conoció a Tinbergen, y los dos colaboraron en el desarrollo de la etología como una subdisciplina separada de la biología.

Konrad Lorenz compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1973 «por descubrimientos en patrones de comportamiento individual y social» con otros dos importantes etólogos tempranos, Nikolaas Tinbergen y Karl von Frisch.

En 1969, se convirtió en el primer receptor del Premio Mundial Cino Del Duca. Era amigo y alumno del reconocido biólogo Sir Julian Huxley (nieto del «bulldog de Darwin», Thomas Henry Huxley, y hermano del escritor Aldous Huxley). El famoso psicoanalista Ralph Greenson y Sir Peter Scott eran buenos amigos suyos.

Lorenz y el famoso filósofo Karl Popper eran amigos de la infancia. Muchos años después de conocerse, durante la celebración de los 80 años de Popper, escribieron juntos un libro titulado Die Zukunft ist offen [El porvenir está abierto] que resume las conversaciones de ambos.

Rehabilitar los sueños,
penalizar las prisas,
indemnizar al alma,
sumarse a la alegría.

Intentemos “rehabilitar los sueños”: ¿cómo será el futuro? Seguro que muchos y muchas se habrán preguntado si habrá una evolución en el ser humano como hemos visto en la historia. De momento, seguimos presentes en la era del Homo sapiens aunque existe una corriente cultural y filosófica que lo deja atrás: el transhumanismo. Tal vez en estos años, el sueño del superhombre, de la mejora artificial de las capacidades humanas, e incluso de la no-muerte, el regreso de la eugenesia bajo el prisma cientificista del transhumanismo, llena páginas en redes sociales.

El término transhumanismo apareció en 1957 de la mano del biólogo Julián Huxley. Para el británico, los seres humanos debían de mejorarse a través de la ciencia y la tecnología. Como bien lo resume Diego Hidalgo, especialista en cambio digital, llega la «fusión entre el ser humano y la máquina».

Aunque no fue hasta 1980 cuando Max More forjó los principios de esta corriente en dos puntos: el modo más eficaz y rápido para mejorar la condición humana consiste en propiciar el progreso tecnológico y no hay límites en la trasformación tecnológica del mundo ni en el perfeccionamiento de las personas.

Humanizar los credos,
purificar la brisa,
adecentar la Tierra,
reinaugurar la Vida.

Desconvocar el odio,
desestimar la ira,
rehusar usar la fuerza,
rodearse de caricias.

El transhumanismo (abreviado como H+ o h+) es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual.

Los pensadores transhumanistas estudian los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales, como también la tecnoética adecuada a la hora de desarrollar y usar esas tecnologías. Estos especulan sosteniendo que los seres humanos pueden llegar a ser capaces de transformarse en seres con extensas capacidades, merecedores de la etiqueta «posthumano».

Reabrir todas las puertas,
sitiar cada mentira,
pactar sin condiciones,
rendirse a la Justicia.

El significado contemporáneo del término transhumanismo fue forjado por uno de los primeros profesores de futurología, Fereidoun M. Esfandiary, conocido como FM-2030, que pensó en «los nuevos conceptos del humano» en La Nueva Escuela alrededor de 1960, cuando comenzó a identificar a las personas que adoptan tecnologías, estilos de vida y visiones del mundo transicionales a «posthumanas» como «transhumanos».

Esta hipótesis se sostendría en los trabajos del filósofo estadounidense Max More, quien empezaría a articular los principios del transhumanismo como una filosofía futurista en 1990, y a organizar en California un grupo intelectual que desde ese entonces creció en lo que hoy se llama el movimiento internacional transhumanista.

En estos años, las críticas a las tesis transhumanistas han surgido desde muchos campos, tanto desde la bioética como desde la antropología. Dejaremos esas críticas para otro momento, y ahora finalizamos la canción “desaprender la guerra”:

Desaprender la guerra, curarse las heridas.
Desaprender la guerra, negarse a las consignas.
Desaprender la guerra, rodearse de caricias.
Desaprender la guerra, rendirse a la Justicia.
Desaprender la guerra, sumarse a la alegría.
Desaprender la guerra, reinaugurar la Vida.

Vivimos unos tiempos fascinantes pero también ambiguos y cargados de incertidumbres. Frente a los imaginarios belicistas de muchas grandes potencias y corporaciones, que consideran estos muy buenos tiempos para el negocio de la venta de armas, la sociedad civil debe reforzarse y presionar a los poderes para impulsar la cultura de la paz frente a las contraculturas del individualismo, la prepotencia y la insensibilidad ante la desigualdad social y la depredación del medio natural. “Desaprender la guerra” como camino hacia una sociedad ecosolidaria, pluralista y sensible al dolor de las víctimas de un sistema impuesto.

Leandro Sequeiros.
Presidente de ASINJA (Asociación Interdisciplinar José de Acosta)

Fuente Fe Adulta

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«Navidad, nacer de nuevo», por Enrique Martínez Lozano

viernes, 30 de diciembre de 2016
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nacerLeído en su blog Vivir lo que somos. Psicología y espiritualidad:

El autor del cuarto evangelio pone en boca de Jesús estas palabras: “El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3,3). En un lenguaje más comprensible para nosotros –universal, no religioso- podría traducirse de este modo: “Si no desaprendes todo lo aprendido no podrás conocer quién eres”.

         “Desaprender” significa soltar lo aprendido: ideas, creencias o hábitos. Porque mientras permanezcamos aferrados a todo ello, seguiremos anclados en el pasado y reducidos a la mente. Dicho con otras palabras: la adhesión a las creencias nos mantiene enjaulados en la mente –a la que hemos absolutizado- y reducidos a ella. Y dado que la mente es pasado, porque pensar es volver al pasado –guardado en la memoria- para, desde ahí, leer el presente, si nos quedamos en ella, estaremos cerrados a la vida, ignorantes de quienes realmente somos.

         En síntesis, no es posible reducirse a la mente y abrirse a la verdad. Porque la mente –preciosa herramienta para manejarnos en el mundo de los objetos e incluso para desarrollar la razón crítica- es incapaz de acceder a la verdad, así como a todo aquello que no es objeto. La mente no nos dice cómo es la realidad; lo que nos ofrece es únicamente la interpretación que ella hace de lo real. No solo eso: lo único que la mente percibe es el nivel aparente o manifiesto. Por todo ello, reducirse a la mente –a las creencias, de cualquier tipo que sean- es el modo más eficaz de quedarse encerrados en el error. No hay duda: desde la mente es imposible “nacer de nuevo”.

         Por su parte, la polisémica expresión “Reino de Dios” apunta a aquello que constituye nuestra verdadera identidad. De ahí que el propio Jesús afirmara que “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). En contra de lo que la mente percibe, lo que somos no es nada que podamos nombrar ni pensar. Somos Eso que observa y no puede ser observado, el Fondo único de todo lo real, la consciencia (el ser, la vida) que se despliega en variadísimas formas. Por el contrario, lo que llamamos “yo” es solo una forma en que se expresa lo que realmente somos.

         Cada tradición se ha referido a Eso que somos con expresiones diferentes: para el taoísmo, es el Tao; el hinduismo lo nombra Atman, que es uno con Brahman; el budismo habla de la “naturaleza búdica” que constituye el núcleo de todos los seres; para la filosofía griega es el Logos y, más en concreto, los estoicos se referirán a Eso como el “principio rector” (hegemonikón) (Epicteto) o como la “divinidad interior” (Marco Aurelio)… En esa misma línea, la expresión “Reino de Dios” a veces se ha traducido como “realidad crística” o, simplemente, el “Cristo” que vive en todo ser humano. Esta expresión, como todas las anteriores, son términos inadecuados que buscan apuntar a Eso –inefable- que constituye nuestra verdadera identidad.

         Ahora bien, Eso que somos no puede ser alcanzado por la mente, porque no es un objeto. Por lo tanto, si queremos captarlo –“nacer de nuevo”-, tendremos que ir “más allá” de la mente, atreviéndonos a salir de la “jaula” en la que nuestros pensamientos nos habían encerrados. A esto es a lo que se refiere otro de los términos centrales del evangelio: la “conversión” o “metanoia”.

         La conversión no tiene que ver, en primer lugar, con el comportamiento moral, sino con la comprensión auténtica, aquella que nos permite “ver” más allá de la razón. Ese es precisamente el significado etimológico del término metanoia: meta-noia (de nous: mente) significa, en su sentido literal, “más allá de la mente”. “Convertirse”, por tanto, equivale a ver “de otro modo”, y esto requiere soltar todas las creencias –desaprender lo aprendido- si queremos conocer y vivir lo que realmente somos –“nacer de nuevo” o nacer a nuestra verdad-.

        Con todo este trasfondo es fácil comprender el rico contenido simbólico que encierra la celebración de la Navidad. Tanto si se vive solo como un “recuerdo” del pasado, como si se centra exclusivamente en la figura de Jesús, no se ha salido de la consciencia mítica. La Navidad –como, por otra parte, todo lo que sucede a cualquier persona, puesto que no hay nada separado de nada- habla de todos nosotros. Y en este caso, en concreto, de nuestro anhelo por “nacer” a lo que somos.

         Y ahí descubrimos admirados y agradecidos que todo encaja, como un puzle armonioso: lo que es Jesús lo somos todos; en la tradición cristiana, lo reconocemos como un “espejo” nítido en el que todos nos vemos reflejados. No somos seres separados –el propio Maestro de Nazaret recordaba que “el Padre y yo somos uno” y que “lo que hicisteis a cada uno de estos me lo hacéis a mí”-, sino la misma Vida que, temporalmente, adopta “formas” o “disfraces” diferentes.

         “Navidad” es celebrar lo que ya somos, quitando los “velos” que nos despistan o incluso hipnotizan. De ahí que podamos verla también como una invitación que conecta con nuestro Anhelo más profundo a “nacer de nuevo” o nacer conscientemente a lo que, paradójicamente, siempre hemos sido.

Biblia, Espiritualidad , ,

«Desaprender», por Enrique Martínez Lozano

jueves, 23 de junio de 2016
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Smiling male student working Cada día más, me habita la certeza de que no he elegido estar donde estoy ni decir lo que digo. No he elegido estar aquí.

Todo se ha ido dando, en una coherencia admirable, que solo he podido percibir a posteriori.

Constituye para mí una evidencia el hecho de que he sido –estoy siendo- conducido hacia donde “no sé” a partir de lo que “creía saber”…

Creía saber qué era “creer” y quién era “Dios”; quién era “yo” y qué era mi “vocación”.

Y se me ha regalado percibir la realidad de una manera tal, que ha dado la vuelta a todas mis ideas y creencias.

Había creído en un Dios personal, Padre amoroso…, y descubrí que, aun sobre la base de una intuición sabia, esa idea era fruto de una proyección mental. No me resultó fácil decir adiós a aquel dios en quien había creído sostener mi vida y mi propia identidad. Fue necesario un duelo intenso en el que llorar -y despedirme de- mis sentimientos de orfandad y de culpa.

Y, sin embargo, en este nuevo desaprendizaje, la caída de dios me mostró a Dios.

El camino empezó queriendo “acercarme” a Dios y “encontrarme” con él. Y se me ha hecho ver que entre Dios y yo no hay distancia para un camino: somos no-dos.

Tuve que fortalecer mi yo y llegué a identificarme con él, con sus necesidades, sus deseos y sus miedos, sintiéndome con frecuencia como si estuviera en una noria cansina. Y se me ha hecho descubrir que ese yo no tiene nada que ver con mi verdadera identidad.

Crecí identificado también con una creencia, recibida como “la verdad”, a la que me aferraba en busca de la seguridad que mi yo necesitaba. Y se me ha hecho patente que es necesario dejar caer todas las creencias, porque terminan convirtiéndose en obstáculo para abrirse a la verdad. He visto que la Verdad es inapresable, que no se la puede pensar, aunque se la puede “ser”. Y, al serla, se la conoce y se muestra en su radiante luminosidad.

Me moví en un mundo de dualidades, fronteras y etiquetas. Y me han abierto los ojos para ver que todo lo que se muestra no es sino expresión y despliegue de lo Único real, el Misterio del Ser, el Fondo de todo fondo, la Mismidad de lo que es; que todo lo que pasa no es sino la otra cara de Lo que es.

Busqué la salvación en el mundo de las formas. Y se me hizo caer en la cuenta de que ese es solo un mundo onírico, del que hay que despertar.

Me devané intentando hallar el sentido de mi existencia -¿para qué estoy aquí?-. Y se me regaló la plenitud de sentido en cuanto pude detener mi mente: vi que el sentido no es algo “añadido” a la existencia, sino otro nombre más de lo que es, de lo que somos. Y que, silenciada la mente, se muestra por sí mismo en plenitud.

Me fatigué desde un perfeccionismo cuya meta era siempre “hacer”. Y se descorrió el velo que me permitió reconocer que se trata solo de ser, y que todo lo demás “se da por añadidura”.

Creí encontrar en Jesús el “salvador” de mi vida. Y se me mostró que todo está ya “salvado”, que no hace falta sino “verlo”, y que Jesús no era alguien separado, sino mucho más: nada menos que un “espejo” nítido y radiante en quien ver reflejada mi (nuestra) verdadera identidad.

Crecí en una religión que me ofrecieron como “la verdadera”. Y se me ha ofrecido palpar el “territorio” al que todas las religiones, como mapas, conducen: la espiritualidad transconfesional y transreligiosa.

Fui ordenado sacerdote en el marco de una religiosidad y teología dualista. Y, sin saber previamente cómo, me he visto traído a una vivencia universal que trasciende roles y etiquetas.

Pero aún faltaba el aprendizaje mayor. Desde niño crecí pensando que tenía que ser “alguien”, que todo dependería de mi esfuerzo, que tenía que aprender a controlar todo… El objetivo, aunque no siempre explícitamente declarado, no era otro que fortalecer el sentimiento de la que consideraba mi identidad: llegar a ser yo. Había aprendido que ese era el objetivo último de la existencia, y que a ello debían encaminarse todos los esfuerzos…

Y, de pronto, de manera imprevista y sorpresiva, se me hace ver que también ese yo era solo otra creación mental. No existe tal cosa como “yo”; eso es solo un personaje del sueño, una “forma”, una apariencia… Veo claro que lo que soy es Consciencia, Vacuidad, Espaciosidad…, compartida con todas las otras “formas”. Cae toda apropiación. No hay nadie que haga nada. Y, sin embargo, todo se hace.  Cae igualmente todo orgullo y toda culpa.

Y aquí estoy… Aquí he sido conducido…

Por caminos de soledades y de plenitud, de “no saber” y de evidencias, de desconcierto y de luz, de resistencias y de entrega…, hasta la rendición ante Lo que es.

Necesito seguir expresando todo esto, aun siendo consciente de que, al hacerlo, vuelvo a caer en la dualidad –las palabras y los conceptos no pueden superar esa barrera-, pero sé bien que, en realidad, no es “nadie” quien esto expresa.

Celebro con gozo la Unidad que somos, lo único realmente Real, La Consciencia una que sostiene las mil formas aparentes, la Vida que juega a “disfrazarse” en cada uno de nosotros.

Celebro el desaprender… Solo queda Admiración y Gratitud.

Fuente Fe Adulta

 

Enrique Martínez Lozano

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