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“Sin esperar nada”

domingo, 24 de febrero de 2019
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07-TO-C-300x300¿Por qué tanta gente vive secretamente insatisfecha? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, trivial, insípida? ¿Por qué se aburren en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?

Quizás, la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien. Lo quiera o no, el ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: «Haced el bien… sin esperar nada». Puede ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.

Es fácil terminar sin amar a nadie de manera verdaderamente gratuita. No hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida. Ya tengo bastante con preocuparme de mí y de mis cosas.

Pero eso, ¿es vida? ¿Vivir despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, impermeable a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mi «campana de cristal»?

Vivimos en una sociedad donde es difícil aprender a amar gratuitamente. Casi siempre preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y medimos. Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene «comprando»: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión… Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en puro intercambio de servicios.

Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la confianza, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior… no se obtienen con dinero. Son algo gratuito que se ofrece sin esperar nada a cambio, si no es el crecimiento y la vida del otro.

Los primeros cristianos, al hablar del amor utilizaban la palabra «ágape», precisamente para subrayar más esta dimensión de gratuidad, en contraposición al amor entendido solo como «eros» y que tenía para muchos una resonancia de interés y egoísmo.

Entre nosotros hay personas que solo pueden recibir un amor gratuito, pues no tienen apenas nada para poder devolver a quien se les quiera acercar. Personas solas, maltratadas por la vida, incomprendidas por casi todos, empobrecidas por la sociedad, sin apenas salida alguna en la vida.

Aquel gran profeta que fue Helder Cámara nos recuerda la invitación de Jesús con estas palabras: «Para liberarte de ti mismo, lanza un puente más allá del abismo que tu egoísmo ha creado. Intenta ver más allá de ti mismo. Intenta escuchar a algún otro, y, sobre todo, prueba a esforzarte por amar en vez de amarte a ti solo».

José Antonio Pagola

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«Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Domingo 24 de febrero de 2019. 7º Ordinario. Ciclo C

domingo, 24 de febrero de 2019
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15-ordinario7 (C) cerezoDe Koinonia:

1Samuel 26, 2 7-9. 12-13. 22-23: El Señor te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra ti.
Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso.
1Corintios 15, 45-49: Somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial.
Lucas 6, 27-38: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.

Primera lectura En 1Sam 24 leemos que David perdona la vida de Saúl. Muy cerca, en 1Sam 26 nos encontramos una versión del mismo relato, que, aunque distinto en la forma, en el fondo sigue siendo el mismo. El texto pretende mostrar cómo en la vida de David la misericordia está unida a su valentía. Después entrar de David en el ejército de Saúl, sus brillantes actuaciones despertaron en Saúl envidia y deseos de darle muerte. David tiene que huir, viviendo un tiempo como fugitivo. Los Zifitas le avisan a Saúl que David está escondido en el desierto. De inmediato “Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif, acompañado de tres mil hombres escogidos de todo Israel, para buscar allí a David” (1 Sam 26,2). Dándose cuenta David que Saúl había armado su campamento y que todos dormían, se acercó junto con su ayudante Abisay, encontrando efectivamente dormido a Saúl y todo su ejército. Dios les había mandado un sueño profundo. Todas las condiciones estaban dadas para que David diera de baja a quien quería darle muerte sin razón. Abisay le pide a David que le permita clavar a Saúl en tierra con su lanza. David se niega porque no puede ser clavado en tierra aquel cuya vida depende del que está en el cielo, pues ha sido ungido por el mismo Dios. David muestra su misericordia respetándole la vida a Saúl, y su fidelidad a Dios, reconociéndolo como su ungido. David termina la escena dejando todo en manos de Dios: “Yahvé devolverá a cada uno según sus méritos y fidelidad, pues te había entregado en mi poder, pero no he querido levantar mi mano contra ti por ser el ungido de Yahvé” (1 Sam 26,23).

Segunda lectura

Pablo sigue empeñado en su reflexión sobre la resurrección de los muertos. 1Cor 15,35-58 trae algunos argumentos sobre el modo de nuestra resurrección corporal. En el texto de hoy, Pablo recoge algunas interpretaciones judías que identifican al Adán del primer capítulo del Génesis como el creado a imagen de Dios y por tanto como ser celestial; en cambio, el del capítulo 2 corresponde al Adán sacado del barro y por tanto, un ser terreno y mortal. Jesucristo es el Adán espiritual a quien deben asemejarse los creyentes. Hay que anotar que los judíos no entendían lo espiritual como lo inmaterial, sino como lo que es dinámico, activo, que anima y da vida. Los cristianos en cambio conocemos las dos facetas, en cuanto que nacemos como el Adán terrestre, pecador y corruptible, pero estamos llamados a ser semejantes al Adán espiritual, que es Cristo, que nos anima y nos da vida en abundancia.

Evangelio

Seguimos con el “sermón del llano”. Después de una primera parte de bienaventuranzas y “Ayes”, Jesús inicia la segunda parte invitando a todos los que lo escuchan a cultivar un amor misericordioso y universal para llegar a ser como el Padre que está en los cielos. Si a los pobres los había llamado bienaventurados sin exigirles ningún comportamiento ético previo, ahora, si quieren seguir siéndolo deben llenarse del modo de ser cristiano. Para esto, se necesita según Jesús, algunos principios fundamentales.

En primer lugar, el amor a los enemigos. El AT ve en el odio a los enemigos algo natural (Sal 35), Jesús en cambio une el amor a los enemigos con el amor al prójimo. Los padres de la Iglesia, vieron en el perdón a los enemigos, la gran novedad de la ética cristiana. El filósofo judío del siglo XX P. Lapide (citado por Francois Bovon) escribió: “alegrarse de la desgracia del otro, odiar a los enemigos, devolver mal por mal, son actos prohibidos, mientras que se exige la magnanimidad y el socorro ofrecido al enemigo necesitado. Pero el judaísmo ignora el amor a los enemigos como principio moral.

Este imperativo es el único en los tres capítulos del sermón de la montaña, que no tiene ni un paralelismo claro ni una analogía con la literatura rabínica. Constituye, en términos teológicos, una propiedad jesuánica”. La novedad de Jesús supera por tanto la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”, que rigió por siglos la justicia de Israel. También supera la fórmula veterotestamentaria y neotestamentaria de “amarás al prójimo como a ti mismo” pues ya incluye a los enemigos. Esto no significa que estamos exentos de tener enemigos, menos aún, los que al estilo de Jesús luchamos contra la injusticia, la intolerancia, la corrupción, la violencia, etc. De lo que se trata es de no asumir actitudes condenatorias, sino de abrir los espacios y posibilidades para que los “enemigos” encuentren el camino de la conversión y reconciliación. Que vean en nosotros el amor del Padre y el testimonio vivo de lo agradable que es vivir como hermanos.

Un segundo principio es “al que te golpee en una mejilla preséntale también la otra. Al que te arrebate el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames” (vv. 29-30). Jesús no intenta reducirnos a la pasividad, el conformismo o la resignación (se trata de ser mansos, pero no “mensos”, tontos). ¿Por cuánto tiempo utilizaron los poderosos la “resignación cristiana” para acallar las voces que exigía sus derechos? No se trata de renunciar a nuestros derechos ni de callarnos frente a las injusticias, sino de renunciar a la violencia como medio absoluto para resolver las diferencias y los conflictos, también, renunciar a nuestras comodidades o a nuestras prendas más preciadas para darla a los que más las necesitan. En este sentido, Jesús supera el concepto de compartir que se tenía hasta el momento, pues ya no basta solo compartir el “pan con el hambriento…” sino entregarlo todo, incluso hasta la propia vida.

En 6,31 encontramos lo que suele llamarse la regla de oro de la convivencia humana. Esta regla era ya conocida en el mundo judío. La novedad de Jesús es cambiar su sentido de reciprocidad por la búsqueda sincera e inagotable de “tratar bien al otro, como quisiéramos que nos trataran a nosotros. La prueba mayor de “tratar bien” es hacerlo con los enemigos, que significa el amor por todos aquellos que con sus obras hacen del mundo un caos, la tolerancia por lo que piensan diferente, la comprensión por los que escogen caminos diferentes, etc. Esto hay que concretizarlo religiosamente rezando por los que nos persiguen y bendiciendo a los que nos maldicen. Amar, bendecir, orar por los “enemigos” no significa perder el sentido de la crítica, de la denuncia o de la reprensión. Lo que pide Jesús es que la iniciativa del amor, del perdón, de la bendición la llevemos los cristianos. Es el testimonio lo que más rápida y eficazmente puede cambiar a los que odian, hacen el mal y maldicen. Bien dice Mt 5,16: “hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los cielos”. El v. 35 es un precioso resumen de todo lo dicho hasta el momento. En el v. 36 encontramos un tercer principio para vivir al modo cristiano: “Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre de ustedes”. Mientras Lucas habla de misericordia Mateo de perfección. La misericordia se presenta como un elemento constitutivo del ser cristiano, por que lo es también de Dios.

¿Nos hemos preguntando alguna vez cuán misericordiosos somos? Muchas veces confundimos la misericordia o la compasión con la lástima y eso no es cristiano, por que el que tiene lástima inconscientemente se presenta como superior al otro, en cambio el que tiene misericordia establece una relación de hermanos para encontrar juntos el camino del Señor.

En cuarto lugar, tenemos tres exhortaciones que concretan la actitud misericordiosa de todo cristiano. La primera “No juzguen y no serán juzgados” (v. 37). Esto no significa perder la capacidad de opinar sobre lo bueno o lo malo, sino destruir al hermano a través de la crítica, el chisme y la calumnia. Si esta primera exhortación se dice en negativo, la segunda será en positivo: “perdonen y serán perdonados. La misericordia no se entiende sin la capacidad de perdonar, por que es en este momento cuando las comunidades llegan a vivir realmente como hermanos. La última exhortación, también en positivo es “Den y se les dará”. La misericordia encuentra su punto más alto en el dar y darse. El testimonio de Jesús fue de entrega total por la causa de Dios. Dios lo entregó todo, hasta su propio Hijo. ¿Y nosotros? Entregamos lo que nos sobra o solo lo menos importante. Dar hasta la propia vida por el hermano es la manera más auténtica de vivir el cristianismo. Leer más…

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Dom 24.2.19. Amaos unos a otros como os he amado. Jesús, historia de amor

domingo, 24 de febrero de 2019
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 7 tiempo ordinario. Lc 6, 27-38. Hay en el Nuevo Testamento diversas palabras sobre el amor, pero estas dos son las más importantes:

1. Amad a vuestros enemigos, perdonad a los que os odian… (Mt y Lc, Sermón de la Montaña). Éste es elmor que rompe todas las barreras, amor como «agape», en el sentido radical del NT: Ésta es la palabra central del evangelio, según la versión de Lc 6, 26-38:

Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian,
bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra;
al que te quite la capa, dejale también la túnica.
A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Éste es el evangelio como fuerza de amor dirigida hacia fuera, como amor a los distintos, superación de las fronteras, ejercicio activo de transformación. Este es el “amor extático”

2. Amaos unos a los otros, como yo os he amado (evangelio de Jn). En este amor insiste el Evangelio de Juan, preocupado por crear una comunión de amigos.
Éste es el amor de los hermanos, el decir, de los cristianos entre sí: ellos han de formar una “isla verde” de amor que se expande ene un mundo donde parece que todos se enfrentan con todos… Es el amor abierto a todos (incluso a los enemigos), pero condensado y expresado con gran fuerza en una comunión de amor.

images1He comentado más veces en este blog el amor al enemigo. Hoy quiero insistir en el amor a los amigos, dentro de una comunidad de amor, conforme a la palabra de Jesús en el evangelio de Juan: Amaos unos a los otros, como yo os he amado… (Jn 13, 34).

Desde ese fondo propongo el sentido y camino de la historia de amor de Jesús, que es amor a los enemigos, siendo también amor de hermanos y amigos, porque el amor al enemigo cesará, cuando no existan enemigos, pero amor a los amigos-hermanos durará por siempre, a modo de comunión de Dios, hasta el fin de los tiempos.

Introducción: Una historia de amor

0000001630063He querido citar los dos amores (amad a vuestros enemigos, amaos los unos a los otros), destacando el segundo motivo, desde Jesús (amaos los unos a los otros, como yo os amado…), que nos sitúa en perspectiva pascual (de Jesús resucitado), para interpretar desde ese fondo la novedad del cristianismo. El centro del tema no es el amor en general, sino un hombre que ha amado (Jesús). Pues bien, desde ese centro pueden deben plantearse diversas cuestiones:

‒ ¿Quién habla en este textodo? ¿Quién dice «como yo os he amado»: Jesús histórico o el Cristo de Pascua?
‒ ¿Cómo amó Jesús? ¿Cómo se relaciona su amor con el Dios? ¿Cómo entender su amor en relación con la justicia y con la libertad?
‒ ¿Cómo vivir en la Iglesia el amor de Jesús? ¿Qué cambios exige la experiencia de amor en la Iglesia? ¿Cómo entender desde el amor su reforma?
‒ ¿Cómo entender y vivir ese amor fuera de la iglesia?

TEXTO. Jn 13, 34: Ubicación y sentido

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

El Amor de Dios 1

— Jn 13, 34 forma parte del último nivel de redacción de Jn, es quizá posterior a Jn 21. Forma parte de eso que muchos investigadores llaman en «estrato 3», compuesto y/o añadido al «cuerpo de Jn» en el estadio final de la fijación del texto, en un momento en que la Comunidad del Discípulo Amado está «enfrentándose» con dos grandes tareas (y) o riesgos:

1. La Comunidad del Discípulo Amado está entrando en contacto con la Gran Iglesia, ajustando por eso, su teología y su visión de Jesús con la visión de las comunidades «oficiales», vinculadas a Pedro (Jesús es el Verbo Encarnado, la Iglesia es una institución abierta…).

2. La Comunidad está corriendo el riesgo de dividirse (o, mejor dicho, se está dividiendo de hecho), de manera que los que se vinculan con la Gran Iglesia (los transmisores de nuestro texto actual de Jn) debe insistir en la necesidad del «amor mutuo» (un amor que se expresa en forma de vinculación con la comunidad, de permanencia en ella).

— Pero el hecho de que el texto de Jn 13, 34 sea quizá la «glosa» de un comentarista posterior del evangelio (si así quiere llamarse) no significa que tenga poca importancia, sino todo lo contrario. El glosista ha querido insistir en algo que está en el fondo de la vida de Jesús: Él ha sido un Mesías de Amor.

Jesús puede y debe presentarse como aquel que ha amado a los suyos hasta el extremo, en donación total, a fin de que todos formemos una «república de amigos», si es que vale esta palabra… Re-pública significa «cosa pública». Público y fuerte ha de ser el amor de los cristianos, como seguiré indicando en los nueve números que siguen.

1. COMO YO OS HE AMADO. PALABRA PASCUAL NO “HISTÓRICA”

— Por todo lo dicho, ésta no parece (no puede ser) una palabra directa del Jesús histórico, sino que proviene del Jesús resucitado, que se revela en la Iglesia como fuente y principio de amor, en la tradición del Discípulo Amado. Aquí se funda la «república cristiana», en el amor de Jesús que vincula a sus amigos. Ésta es precisamente la experiencia de Pascua: Jesús, Hijo de Dios ama a los suyos y crea «con» (desde) ellos una comunión de amigos.

— Ciertamente, el Jesús de la historia amó a la gente de manera intensa, ofreciendo a los pobres, pecadores y excluidos el Reino de Dios… Más aún, es evidente que sus discípulos se sintieron amados por él, y así le han recordado por la pascua. Más todavía, Jesús ofreció a sus discípulos dos “mandamientos” fundamentales sobre el amor: (a) Uno sobre el amor a los enemigos; (b) y otro sobre el amor a Dios y el amor al prójimo.

— Pero debemos añadir que él no anduvo por ahí diciendo, como recoge tras la pascua esta glosa final del evangelio de Juan: ¡Amaos unos a los otros como yo os he amado! Esta palabra parece una reflexión y síntesis pascual de su proyecto de su presencia entre los hombres.

2. CÓMO AMÓ EL JESÚS HISTÓRICO

— El hecho de que esa palabra (como yo os he amado, así amaos vosotros…) no sea histórica sino pascual no le quita valor, sino que se lo añade, pues ella ha servido para interpretar y condensar toda la vida de Jesús (sus palabras y sus gestos) en clave de amor.

— Cuando sus discípulos recuerdan a Jesús le recuerdan como un “hombre” de amor, como un testigo de la misericordia de Dios, no sólo por sus palabras, sino y sobre por sus hechos, por toda su trayectoria mesiánica.

— Más aún, los discípulos recuerdan su muerte como un “gesto” de amor; no como un fracaso mesiánico (como pudo haber sido en un sentido), sino como la expresión suprema del amor de Dios, que se expresa en su entrega, que no es un sacrificio como expresión de violencia y venganza sino como gesto de gratuidad activa, al servicio del Reino.

3. EL TESTIMONIO DE UN EXTRAÑO: FLAVIO JOSEFO

— El testimonio más fuerte del amor de Jesús lo ofrece quizá un historiador judío, llamado Flavio Josefo, quien hacia el año 90 escribió un famoso testimonio sobre Jesús, a quien presenta como “hombre de amor”. Éste es el famoso testimonio “flaviano” donde Flavio Josefo ofrece su visión de Jesús, que es como sigue

Apareció en este tiempo Jesús (en tiempos de Poncio Pilato). Fue autor de hechos sorprenden¬tes; maestro de personas que reciben con gusto reciben la verdad. Muchos, tanto judíos como griegos, le siguieron. Algunos de nuestros hombres más eminentes le acusaron ante Pilato. Este lo condenó a la cruz. Sin embargo, aquellos que antes lo habían amado, no dejaron de hacerlo después. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido (Ant. XVIII, 63-4)

— Así recuerda Josefo a Jesús, recogiendo posiblemente el testimonio de “testigos” cristianos, que él conoció tanto en Judea como en Roma. Es, sin duda, un testimonio “maquillado”, pues Josefo está interesado en presentar la existencia y acción de judíos “pacíficos”, que no se alzaron en guerra contra Roma. Pues bien, a pesar de ello, el dato es soprendente: Él presenta a Jesús como un “hombre de amor” (no como un mesías apocalíptico, ni como un líder violento). Así resume su vida:

‒ Que tenía hombre y mujeres que le querían, lo que significa que su obra se condensa en un gesto de amor
‒ Que las autoridades judías y romanas tuvieron miedo de la fuerza de su amor, en un tiempo convulso, y que por eso le mataron.
‒ Que hubo y sigue habiendo, pasaos los decenios, personas que le amaban… y que ellas fundaron “la tribu de los cristianos”, es decir, de los mesiánicos del

4. EXPERIENCIA PASCUAL, AMOR DE DIOS POR JESÚS

‒ Ese testimonio de Flavio Josefo nos ayuda a situar y entender el cristianismo como experiencia de amor mesiánico, centrado en la pascua, es decir, en la muerte y en la experiencia de resurrección de Jesús y sus discípulos. En esa línea, la experiencia pascual de la Iglesia tiene muchos rasgos y elementos, pero el más importante es, sin duda, el descubrimiento de que la muerte de Jesús ha sido un gesto de amor al servicio de la vida (del Reino de Dios). Leer más…

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Amad a vuestros enemigos. Domingo 7º. Ciclo C

domingo, 24 de febrero de 2019
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ninos-judio-y-palestinoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, en la primera parte del “Discurso en la llanura”, Jesús distinguía dos antagónicos: pobres-odiados y ricos-estimados. Los primeros recibirán en el cielo su recompensa; los segundos lo perderán todo. Pero aquí, en la tierra, ¿cómo deben relacionarse ambos grupos? ¿Deben comenzar los pobres una guerra contra los ricos? ¿Pueden contentarse, al menos, con maldecirlos y desearles toda clase de desgracias? A favor de esta postura se podrían citar numerosos salmos, textos proféticos, y la práctica contemporánea de la comunidad de Qumrán. Pero Lucas quiere inculcar una actitud muy distinta, basándose en la enseñanza de Jesús.

Comportamiento con los enemigos (6,27-36)

Al comienzo del evangelio de Lucas, Zacarías, padre de Juan Bautista, profetiza que el descendiente de David vendrá “para que arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos [a Dios] con santidad y justicia”. Es una falsa esperanza. La venida de Jesús no nos arranca de las manos de los enemigos. ¿Qué hacer con ellos?

Ante los sentimientos y palabras adversos

«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.

Jesús comienza dirigiéndose a “vosotros que escucháis”, sus discípulos. No puede ser más duro y exigente: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ya no se trata de dos grupos separados (pobres – ricos), cada uno viviendo su propia vida. Hay un grupo enemigo que odia, maldice e injuria a las comunidades cristianas. Igual que hoy día se odia, insulta y critica a la Iglesia. ¿Cómo reaccionar ante ello? Es frecuente la autodefensa, negar las acusaciones o relativizarlas. No es eso lo que quiere Jesús. Incluso en el caso de que el odio, la crítica o la maldición sean injustificados, la postura del cristiano debe ser positiva. De las cuatro cosas que indica Lucas, dos al menos son posibles en cualquier circunstancia: hacer el bien y rezar. El “amor” no hay que entenderlo en sentido afectivo (como el amor entre los esposos, o entre padres e hijos), sino en el sentido práctico de “hacer el bien”. En el evangelio de Lucas, el ejemplo concreto sería el de Jesús curando la oreja del soldado que viene a detenerlo.

Ante las acciones

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que te quite lo tuyo, no se lo reclames.

De repente, del “vosotros” se cambia al “”. Lo que hay que afrontar ahora no son sentimientos adversos (odio) o palabras hirientes (maldiciones, injurias), sino acciones concretas: “Al que te golpee en la mejilla… al que te quite el manto… al que te pide… al que te quite”. Estas frases le gustarían mucho a Gandhi. Pero a la mayoría le pueden resultar absurdas y prestarse al chiste: “Al que te robe el móvil, dale también el reloj”; “al empresario que intenta robarte, no se lo reclames”.

¿Hay que tomar estas exhortaciones al pie de la letra? En el NT se escuchan dos bofetadas: una a Jesús y otra a Pablo. Ninguno de los dos pone la otra mejilla. Jesús reacciona: “Si he hablado mal, dime en qué. Y si no, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). Pablo, que se dirige al sumo sacerdote, es más duro: “Dios te va a golpear a ti, pared encalada. Tú estas sentado para juzgarme según la Ley y me mandas golpear contra la Ley” (Hch 23,3).

En cambio, con respecto al no reclamar en caso de injusticia, hay una reflexión de Pablo muy parecida. Un miembro de la comunidad de Corinto tuvo un pleito con otro y acudió a los tribunales paganos. Pablo les escribe que eso debería resolverlo un experto dentro de la comunidad. Y añade algo en la línea del evangelio que comentamos: “Ya es bastante desgracia que tengáis pleitos entre vosotros. ¿Por qué no os dejáis más bien perjudicar? ¿Por qué no os dejáis despojar?” (1 Cor 6,1-11).

La regla de oro

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. 

El discurso vuelve al “vosotros”: “Como queréis que os traten los hombres tratadlos vosotros a ellos”. La formulación negativa de esta famosa norma aconseja: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan”. Aquí se pide algo más que no hacer daño; se pide tratar bien a cualquier persona. ¿Cómo te gusta que te trate la gente, hable de ti (por delante y por detrás), se comporte contigo? Ponte en la piel de la otra persona y actúa como te gustaría que ella se comportase contigo.

Motivos para actuar así

Lucas es consciente de que Jesús pide algo muy difícil. Por eso añade tres motivos que pueden ayudarnos a actuar de ese modo.

1) El cristiano debe superar a los pecadores.

Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué merito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman.
Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

Lo repite tres veces, recogiendo dos verbos iniciales (amar, hacer el bien) y añadiendo uno nuevo (prestar). Si el cristiano se limita a imitar al pecador, no tiene mérito alguno. Se queda sin premio.

2) El premio.

¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.

Ya al principio del discurso prometió Jesús “una recompensa abundante en el cielo” (6,23). Ahora vuelve a mencionar esa “recompensa abundante” (6,35). Pero no habrá que esperar a la otra vida para recibirla porque, actuando de ese modo, “seréis hijos de Dios, que es generoso con ingratos y malvados”. Algunas personas han pagado grandes sumas por un título nobiliario. La realidad de “hijo de Dios” no se compra, se consigue actuando de forma benévola con los enemigos.

3) Un buen hijo  debe imitar a su Padre, que es compasivo (v.36),

Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo

  La compasión de Dios la confirmará más adelante la parábola de los dos hermanos, en la que el padre abraza y festeja al hijo sinvergüenza que ha gastado su fortuna con malas mujeres. Jesús pide mucho, pero también Dios se exige mucho a sí mismo.

Jesús y sus enemigos: ataque, reproche, silencio, disculpa y perdón

Los preceptos anteriores resultan a veces muy tajantes, sin matices. Si Jesús mismo no practicó alguno de ellos, ¿cómo debemos interpretar los otros? La respuesta se encuentra en el resto del evangelio. Leyéndolo se advierte que el tema de los enemigos es mucho más complejo de lo que aquí aparece. Jesús encuentra enemigos muy distintos a lo largo de su vida: los escribas y fariseos, enemigos continuos, que critican y condenan todo lo que hace; las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén (sacerdotes y ancianos), que lo condenan a muerte y se burlan de él cuando está en la cruz; Judas, que lo traiciona; los soldados, que se burlan de él, lo golpean y crucifican; el mal ladrón, que lo zahiere.

La reacción de Jesús es muy distinta en cada caso. A los escribas y fariseos no los bendice; los ataca de forma durísima, sin desaprovechar ocasión alguna de condenarlos, insultarlos y dejarlos en ridículo. A las autoridades les reprocha en el huerto que vengan a apresarlo como si fuera un ladrón, luego guarda silencio. Con un reproche reacciona también ante Judas: “¿Con un beso entregas al hijo del hombre?”. Ante los soldados, por mucho que se burlen de él y lo hieran, no protesta ni maldice. Pero su actitud global la representan sus palabras en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, que abarcan a todos los grupos. No solo perdona, también disculpa. Al morir por todos nosotros, estaba cumpliendo su mandato de hacer el bien a los que nos odian.

La medida que uséis con los demás la usará Dios con vosotros (37-38)

El discurso cambia de tema. Deja de referirse a los enemigos para centrarse en la conducta con los otros miembros de la comunidad.

No juzguéis, y no seréis juzgados;
no condenéis, y no seréis condenados;
perdonad, y seréis perdonados;
dad, y se os dará:
os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que uséis, la usarán con vosotros.

La primera parte comenzó con cuatro órdenes (amad, haced bien, bendecid, rezad). Ahora encontramos dos prohibiciones (no juzguéis, no condenéis) y dos mandatos (perdonad, dad).

Lo novedoso es que de nuestra conducta depende la que adopte Dios con nosotros. Si juzgamos, nos juzgará; si condenamos, nos condenará; si perdonamos, nos perdonará; si damos, nos dará. Y aquí llega al colmo el tema de la “recompensa abundante” que ha salido ya dos veces en el discurso; ahora se dice que será “una medida generosa, apretada, remecida, rebosante”.

Estas cuatro normas parecen una receta excelente para corromper a Dios y forzarle a tratarnos bien y perdonarnos. Por desgracia, muchas veces preferimos arriesgar su condena por el breve placer de criticar o condenar a alguien.

El tema de no juzgar y no condenar se desarrolla a continuación, pero la liturgia ha reservado el resto del discurso para el domingo 8º.

La 1ª lectura (1 Samuel 26,2.7-9.12-13)

En aquellos días, Saúl emprendió la bajada hacia el páramo de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David.
David y Abisay fueron de noche al campamento; Saúl estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa estaban echados alrededor. Entonces Abisay dijo a David:
—«Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe».
Pero David replicó:
«¡No lo mates!, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor».
David tomó la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se enteró, ni se despertó: estaban todos dormidos, porque el Señor les había enviado un sueño profundo.
David cruzó a la otra parte, se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, y gritó:
«Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los mozos a recogerla. El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».

Ofrece un ejemplo concreto de perdón al enemigo, pero por debajo de lo que pide el evangelio. David, perseguido continuamente por Saúl, tiene la posibilidad de matarlo. A eso lo anima su compañero Abisai. David se niega a hacerlo “porque no se puede atentar impunemente contra el Ungido del Señor”. ¿Y si no se tratara del rey? Cuando estaba al servicio de los filisteos devastaba los pueblos vecinos “sin dejar vivo hombre ni mujer”. David no es el modelo ideal para el modo de tratar al enemigo. Pero podemos aplicarnos el mensaje de esta escena: si David perdonó a Saúl por ser el rey de Israel, yo debo perdonar a cualquiera por ser hijo de Dios.

Cuando los enemigos nos hacen un gran favor

En esta época en que se critica tanto a la Iglesia, conviene recordar que las críticas y persecuciones le hacen gran bien. Tertuliano escribía en el siglo III: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

En 1870, el estado italiano se apoderó de Roma y arrebató al Papa la mayor parte de los Estados Pontificios. Lo que muchos católicos de finales del siglo XIX vivieron como una terrible ofensa a la Iglesia, hoy lo vemos como una bendición de Dios. Algunos incluso piensan que Italia debería haberse quedado con todo. San Pedro no tenía nada.

Un propósito muy evangélico

No enviar por las redes sociales ninguna noticia, chiste o comentario que fomente el odio o el desprecio, que insulte o se burle de cualquier persona de cualquier ideología.

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24 de Febrero. Domingo VII. Tiempo Ordinario

domingo, 24 de febrero de 2019
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Amad a vuestro enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.”

(Lc 6, 27-38)

Con el evangelio de hoy no nos vale esa excusa tan socorrida del “no lo entiendo”. Algunas veces nos encontramos con pasajes de significado oscuro pero hoy todo queda meridianamente claro.

Sabemos exactamente lo que quieren decir las palabras de Jesús. No hay problemas de interpretación.

Por eso, hoy tampoco nos vale eso de “no sé lo que quiere Dios de mí”. Este texto es todo un programa de vida. Podríamos incluso llamarlo “La Regla de Vida de Jesús.” Vamos a ver cómo quedaría:

Regla de Vida de Jesús

  1. Amad a vuestros enemigos.
  2. Haced el bien a los que os maldicen
  3. Orad por los que os injurian.
  4. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra.
  5. Al que te quite la capa, déjale también la túnica.
  6. A quien pide, dale.
  7. Al que se lleva lo tuyo, no se lo reclames.
  8. Tratad a los demás como queráis que ellos os traten.
  9. Prestad sin esperar.
  10. Sed compasivos.
  11. No juzguéis.
  12. No condenéis.
  13. Perdonad.
  14. Dad.

La verdad es que queda bien, es un texto corto, fácil de aprender, no tan fácil de vivir. Creo que hoy comprendo un poco más a San Francisco cuando, ante la insistencia de sus hermanos en que escribiera una Regla, los remitía al evangelio. No sé si a aquellos primeros franciscanos les parecería poco, o quizá demasiado…

Lo cierto es que, hacer de la vida de Jesús, o de sus palabras nuestro criterio de vida, no es tarea fácil. Ni siquiera sería fácil tomar este pequeño fragmento de hoy y tratar de vivirlo. Tal vez por eso necesitamos las unas de las otras, por eso nos conviene que la Iglesia sea muy plural y rica en matices. Necesitamos distintos movimientos y familias religiosas que con su esfuerzo hagan vida una palabra, un gesto, un rasgo de la vida de Jesús y, así, entre todos y todas, iremsos formando ese hermoso Rostro de Dios del que somos imagen cuando nos unimos.

Oración

Haznos parte de esa imagen tuya. Ayúdanos, Trinidad Santa, a reflejar un pequeño destello de tu Luz.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Cuando descubra que no hay enemigo, podré amar a todos.

domingo, 24 de febrero de 2019
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10623918_1505331336378711_202898459_nLc 6, 27-38

Seguimos con el sermón del llano de Lc. Después de las bienaventuranzas, nos propone otro de los hitos del mensaje evangélico: “Amad a vuestros enemigos”. Es el único dato que puede convencernos de que cumplimos la propuesta “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Tampoco es fácil entenderlo, mejor dicho, es imposible entenderlo si no se tiene la vivencia de unidad con Dios. Como programación o como obligación venida de fuera, nunca tendrá éxito, aunque el que lo proponga sea el mismo Dios. Que somos hijos de Adán (carnales) es evidente. Para ser hijos del Espíritu y dejarnos guiar por él, hay que nacer de nuevo.

Si sigo pensando que estas exigencias son demasiado radicales, es que no he entendido nada del mensaje evangélico; aún estás pensándote como individualidad separada y egótica; no te has enterado de lo que realmente eres. Es un planteamiento existencial, que va más allá de toda comprensión racional. Compromete al ser entero, porque se trata de dar sentido a toda mi existencia. Es verdad que desbarata el concepto de justicia del todo el AT y también el del Derecho Romano, que nosotros manejamos. Pagar a cada uno según sus obras o la ley del talión, quedan superadas; a años luz del “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.

El amor al enemigo es la única garantía de que está en nosotros el amor de Dios, el que nos pide Jesús en el evangelio. La falta de amor hacia uno solo de los seres humanos es la certeza absoluta de que nuestro Amor (ágape) es cero. Todo lo demás, sin ese amor al enemigo, es egoísmo camuflado, y nuestra vida espiritual será una farsa. Todo lo que normalmente llamamos amor no pasa de ser instinto, pasión, interés, amistad, que buscamos para potenciar el yo periférico, superficial. En el fondo no es más que egoísmo. Pero si anida en nosotros el más mínimo odio a una sola persona, entonces es evidente que estamos en las antípodas del evangelio. En esta materia no sirve de nada engañarnos a nosotros mismos.

Debemos distinguir entre el enemigo sujeto activo: el que odia a otro y el enemigo objeto, el que es aborrecido. Normalmente ponemos la meta de nuestra moral en no hacernos enemigo de nadie, es decir, no odiar o aborrecer a nadie. Pero Jesús no se contenta con eso. El evangelio nos pide que debiéramos contestar con amor al odio expresado por el que nos tiene aversión y está haciendo todo lo posible por machacarnos. Tampoco se trata de que le tengamos simpatía o amistad. Los sentimientos son anteriores a nuestra voluntad y no podemos impedirlos. El texto griego dice “agapate”, imperativo de “agapao”. Ya sabéis que este verbo significa, para los primeros cristianos, el amor de Dios que se manifestó en Jesús. Se nos pide que amemos con el mismo amor con que Dios nos ama. Yo no puedo tener simpatía hacia el que me está haciendo daño, pero puedo considerar que hay algo en ese sujeto por lo que Dios le ama; y yo estoy obligado a considerar ese aspecto que me permita amarlo a pesar de su actitud y de sus actos.

Esto quiere decir que el amor que nos pide Jesús no está provocado por las cualida­des del otro, si no que es consecuencia exclusiva de una maduración personal. En la vida normal damos por supuesto que tenemos que amar a la persona amable; que debemos acercar­nos a las personas que nos pueden apartar algo. No es eso lo que nos pide el evangelio. Dios ama a todos los seres, no por lo que son, sino por lo que Él es. No porque son buenos, sino porque Él es bueno. Fijaos lo retorci­dos que somos los humanos, que en vez de entrar en la dinámica del amor gratuito y desinteresado de Dios, le hemos metido a Él en la dinámica de nuestro raquítico amor. De esa manera predicamos un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos y nos quedamos tan anchos. Si pensamos que Dios ama solo a los buenos, ¡qué puedo hacer yo!

El Amor no puede ser nunca consecuencia de un mandamiento. Cualquier forma de programación es lo más contrario al amor que podamos imaginar. Para nada valen propósitos y voluntarismos. Ésta es la causa de tanto fracaso espiritual. El amor de que habla el evangelio, como todo amor, tiene que ser consecuencia de un conocimiento. Me lo habéis oído muchas veces: la voluntad es una potencia ciega, no tiene capacidad ninguna de elección. Solo puede ser movida por un objeto que la inteligencia le presente como bueno. Lo que le es presentado como malo, lo rechaza sin paliativos, no puede hacer otra cosa. Cuando en la vida real, repetimos una y otra vez una acción que consideramos mala, es que, en el fondo, no hemos descubierto la razón de mal en esa acción, y solamente la hemos considerado mala como fruto de una programación externa o una obligación impuesta. Esta es la causa de todos los conflictos de conciencia.

Pero ese conocimiento que nos lleve a descubrir como algo bueno el amor al enemigo, no puede ser el que nos dan los sentidos ni el razonamiento discursivo, que ha surgido exclusivamente para apoyar a los sentidos y garantizar la vida individual. El conocimiento que me lleve a amar al enemigo tiene que venir de otra parte. Tiene que ser una toma de conciencia de lo que realmente soy, y por ese camino, descubrir los que son los demás. Nace del conocimiento de mi ser. El verdadero amor es lo contrario del egoísmo. Llamamos egoísmo a una búsqueda del interés individual del falso yo. Cuando descubro que mi verdadero ser y el ser del otro se identifican, no necesitaré más razones para amarle. De la misma manera que no tengo que hacer ningún esfuerzo para amar todos los miembros de mi cuerpo, aunque estén enfermos y me duelan.

No podemos esperar que este Amor que se nos pide en el evangelio, sea algo espontáneo. Todo lo contrario, va contra la esencia del ADN que nos empuja al egoísmo, es decir a hacer todo aquello que puede afianzar nuestro ser biológico y a evitar todo lo que pueda dañarlo. Para dar el paso de lo biológico a lo espiritual, el ser humano tiene que recorrer un proceso de aprendizaje inteligente, pero más allá de la razón. Solo la intuición puede llevarle al verdadero conocimiento, del que saldrá como consecuencia, el verdadero Amor. Tiene que descubrir su verdadero fin, ante el cual todo lo demás, hasta la conserva­ción de la vida, no es más que un medio.

El motivo que apunta el evangelio para ese amor, tiene mucha miga. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Mt es más radical y habla de “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto.” Se nos pide que nos comportemos como hijos de Dios. Ser hijo quiere decir salir al padre, comportarse como el padre. Sólo alcanzando una conciencia clara de ser hijos, podremos considerarnos hermanos. Para los judíos, el concepto de hijo estaba mucho más ligado a la relación humana entre padre e hijo, que a la biológica. Hijo era el que salía al padre, el que cumplía en todo la voluntad del padre, el que imitaba en todo al padre, el que, donde quiere que fuera, hacía presente al padre, porque se comportaba como él se hubiera comportado. Alcanzar la plenitud humana, es imitar a Dios como Padre. Por eso Jesús consideró a Dios como único Padre.

Lo difícil es compaginar este amor con la lucha por la justicia, por los derechos humanos. Jesús habla de no oprimir, pero también, de no dejarse oprimir. Tenemos la obligación de enfrentarnos a todo el que oprime a otro o trata de oprimirme a mí. Tolerar la violencia es hacerse cómplice de esa violencia. Si no ayudamos a los demás a conseguir los derechos mínimos que no se le pueden negar a un ser humano, se nos calificará, con razón, de inhumanos. Pero la defensa de la justicia, nunca se debe hacer con odio o venganza. Sin la experiencia interior, será imposible armonizar la lucha por la justicia y el verdadero amor, menos aún con violencia. Sin renunciar a la lucha por la justicia, debemos tener claro que esa lucha, tenemos que llevarla a cabo con amor.

Meditación

La exigencia de amor está dentro de ti. Es tu verdadero ser.
Cuando llegues al centro mismo de tu ser, lo descubrirás.
Si eres uno con el UNO, eres UNO con todos.
Si eres UNO, no hay opción, porque no hay otro.
Si te empeñas en ser uno separado,
potenciarás tu yo, pero te destrozas como ser humano.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¡Creced!

domingo, 24 de febrero de 2019
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304a94_juzgar“El mejor día de tu vida y el mío es cuando asumimos la responsabilidad total de nuestras actitudes. Ese es el día en que realmente crecemos” (John C. Maxwel).

24 de febrero. Domingo VII del TO

Lc 6, 27-38

Como queréis que os traten los demás hombres, tratadles vosotros a ellos (v 31)

En el orden animal, hombre incluido, como dice Yuval Noah Hariri en “Sapiens. De hombres a dioses” “Su estructura social tiende a ser jerárquica. Es miembro dominante, que casi siempre es un macho, se llama “macho alfa”. Otros machos y hembras muestran su sumisión al macho alfa inclinándose ante él al tiempo que emiten gruñidos, de manera no muy distinta a los súbditos humanos que se arrodillan y hacen referencias ante un rey. El macho alfa se esfuerza para mantener la armonía social dentro de su tropilla.

En una entrevista de Jesús Quintero a Fray José Fernández Moratiel (1944-2006), donde El Loco de la Colina le pregunta por la sabiduría, el dominico contesta: “Yo diría que la única necesidad es sencillamente saberse ser, saber vivir, pues con esa sencilla sabiduría que da el Cosmos, que da la naturaleza, y que nos da una flor y nos da un árbol. Ser verdadero, dando a esa expresión el significado de transparencia, de desnudez, la verdad es desnudez”.

Impedir el crecimiento de cualquier ser o cosa, es un atropello a la Naturaleza, a la vida, al Cosmos, al mundo entero. Y lo más grave de todo es que, haciendo daño a todo esto, el ser humano se está perjudicando a sí mismo.

Cuando el espíritu de la Humanidad se duerme en los laureles, y no trata a los demás debidamente, termina todo revelándose contra la misma Humanidad y padeciendo todos. Y entonces empiezan los gruñidos, la sumisión y los sometimientos a los machos alfa, o a las hembras, que tampoco escasean en algunos ambientes. Posiblemente menos, pero más feroces. Aunque en la mayoría de los casos, lo que más abunda es la tropilla.

Aquel mandato del Génesis XX, de “Creced y multiplicaos” no ha sido correctamente aprendido. Fue entendido más bien como “Daros toda la leña que podáis”. Así debió de entenderlo aquel superior de la abadía: “Queridísimos hermanos, hemos venido al claustro, para que nos amásemos, no para que nos amasemos”.

Sri Aurobindo (1872-1950), fue un maestro de yoga, poeta y filósofo indio que defendió la independencia de la India y del que algunos afirman que fue un descubridor de nuevos caminos de acercamiento a la divinidad y conocimientos sobre La Tierra y el universo. En su obra La aventura de la conciencia dijo:

“Ser y ser plenamente, tal es el sentido que la naturaleza persigue en nosotros…, y ser plenamente es ser todo lo que es”.

El conferenciante y asesor estadounidense John C. Maxwel (1947), decía: “El mejor día de tu vida y el mío es cuando asumimos la responsabilidad total de nuestras actitudes. Ese es el día en que realmente crecemos”. No aquel en que Dijo Jesús en Lc 6, 31: Como queréis que os traten los demás hombres, tratadles vosotros a ellos.

Y también que la gente se entere de lo que sucede. No nos suceda a nosotros lo que le sucedió a aquella persona que estaba escribiendo una carta, y alguien que observaba lo que hacía, le preguntó:

¿A quién escribes? Y a lo que el otro le respondió: Lo sabré cuando reciba la carta.

Yo quisiera crecer como crecieron en Marialba -hermoso nombre femenino- los muros de su basílica paleocristiana del siglo IV, la más antigua de España, y despertar de la solemne modorra en que ha estado dormida tanto tiempo. Mi canto te acompaña en tan lamentable desencuentro con las autoridades que con tan poco aprecio te han tenido. ¿Es que a pesar de los escasos kilómetros que te separan de ellas, no llegan a sus indiferentes oídos los himnos de tus muros?

MARIALBA

Acostada en el débil regazo
del Bernesga,
duerme Marialba su sueño de arte.

Basilical tesoro visigótico,
al que sólo hacen guardia,
durante el día las alondras
y por la noche las estrellas.

Yo, que en mi amanecer
dejé en tu piel mis huellas,
en el atardecer
te envío mis respetos.

Quisiera despertarte
de tu sueño de arte.

Yo, que escuché de niño el eco
de tu monódica salmodia,
deseo que la mía despertara
al pueblo leonés
de su pereza y de su sueño.

Con la alondra quisiera
que hicieras guardia por el día,
y por la noche,
con las estrellas vigilaras
el bendito tesoro de Marialba.

Padre Río Bernesga:
¡perdónales, porque no saben lo que hacen!

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Aprendizajes

domingo, 24 de febrero de 2019
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de-tal-padre-tal-hijo-11-730x548“Mi padre no me enseñó a quererle. No supo enseñarme a quererle, pero cómo se hace eso”. Lo leo en Ordesa de Manuel Vilas, un libro que he leído hace poco en el que el autor gira en torno al recuerdo de sus padres. «De eso va el libro- afirma- , de esa cadena temporal en la que eres hijo para convertirte después en padre».

Creo que el texto de Lucas de este domingo nos da pie para pensar también: de esto va la vida cristiana, de “convertirnos en padres”. Al menos esa parece ser la convicción de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Y cada creyente puede atreverse a decir: “Mi Padre, el Padre de todos, sí nos ha enseñado a quererle”

¿Cuál será el primer paso de nuestro aprendizaje? No hay otro que mirar a Jesús que decía: “Quien me ve a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Acercarnos a su Evangelio y descubrir cómo miraba él, qué decía, cómo escuchaba, cuáles eran los gestos de sus manos…

Tenemos por delante aprender del Accesible, del Cercano, del Próximo, del Experto en establecer contactos. Practicar ese modo de ser compasivo que incluye mostrarnos disponibles, eliminar distancias, buscar la proximidad, “poner cómoda” a la gente. En un mundo en el que la importancia de alguien está en proporción directa al número de barreras que hay que atravesar para llegar a él, mostrar que las puertas de la casa de nuestra vida quieren están abiertas para acoger.

Aprender también del Contemplativo, del Maestro de la Buena mirada, del Restaurador de famas, del Liberador de prisiones, del Rompedor de cepos, del Creador de nuevas identidades, del Juez sin más sentencia que la que le dicta el amor. Mirar a los demás con ojos de amigos de la vida, con miradas que no juzgan ni condenan, capaces de descubrir al niño que se esconde debajo del adulto endurecido; de ver en las personas que se nos acercan sus posibilidades escondidas; de decir un no tajante a las clasificaciones, a las cadenas que atan al pasado, a las sentencias que aprisionan. Especialistas en tachar etiquetas, derribar zulos, abrir ventanas, romper candados y cadenas.

Aprender compasión del Flexible, del Convencible, del Humilde, del Escuchador de otras opiniones, del Empático, del Dispuesto a salir de sus propias ideas y a descubrir a través de los otros la voz de Otro. La compasión tiene que ver con la elasticidad, la capacidad de acoger opiniones diferentes a las propias, de no considerar inamovible ninguna postura, de estar abiertos al Dios que puede dejar oír su voz más allá de las frecuencias en las que acostumbramos a sintonizarle. Ejercitarnos en una escucha de igual a igual, sin quedar atados a normas y juicios inamovibles, dispuestos a avanzar más allá de las fronteras al encuentro de la absoluta novedad del Dios libre e imprevisible.

Aprender del Conversador hábil, del Estratega inteligente, del Respetuoso que no acelera procesos, del Diseñador de encuentros interpersonales, del Pescador que espera, del Pastor que silba sin cansarse, del Interesado por la interioridad de sus interlocutores. Hacernos expertos en relaciones personales, en no emitir juicios morales de desaprobación o de reproche, en dirigirnos a los demás en un lenguaje que vaya dirigido a su corazón, convencidos de la existencia de un manantial secreto que brota de lo más hondo de cada persona como una buena noticia: el del Dios Padre que nos hermana a todos.

Hacernos aprendices del Engendrador de vida, del Comunicador de palabras de ánimo, del Médico que devuelve dignidad, fuerza y energía, del Perdonador de pecados, del Nuevo Adán que nos llama por nuestro verdadero nombre: “hijo” para adentrarnos en esa compasión suya que todo lo transforma.

Total acuerdo con lo que dice también Manuel Vilas en Ordesa: “Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito. (…) No existe la complejidad de la vida, eso es un engaño, vanidad nada más. Solo existen los seres queridos. Solo el amor.”

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Somos bondad.

domingo, 24 de febrero de 2019
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2349e1_amar-perdonarDomingo VII del Tiempo Ordinario

Lc  6, 27-38

Las palabras de Jesús giran en torno a la llamada “regla de oro” –presente en todas las tradiciones espirituales– que pide tratar a los demás como queremos que ellos nos traten.

Bien entendida, no nace de un imperativo moral, sino de la comprensión de lo que somos: solo puedo tratar al otro como a mí mismo cuando comprendo, de manera vivencial, que el otro es no-separado de mí, que su suerte es mi suerte y su dolor mi dolor.

Fuera de esa comprensión, no podré vivir sino de una manera egocentrada, caracterizada por la reactividad, que me llevará a reaccionar según me afecte el estímulo, es decir, a pagar con la misma moneda.

La propuesta de Jesús transciende el nivel de la reacción para situarse en la comprensión que nos permite no reaccionar, sino responder de acuerdo a lo que somos.

La reactividad refuerza el ego; la respuesta se expresa como compasión. Es sabido que el yo se afirma a través del contraste, la comparación y el enfrentamiento. Y que esa misma autoafirmación constituye el mayor obstáculo para vivir la compasión.

En la medida en que funcionamos de acuerdo a las exigencias del ego, nos hallamos lejos de nuestra verdadera identidad. Cuando, por el contrario, vivimos desde la bondad nos descubrimos “hijos del Altísimo”, es decir, anclados en la Fuente, expresión genuina de la Vida que somos.

A pesar del lenguaje utilizado en el texto, no se trata de una cuestión de “méritos” ni “recompensas”, sino de la vivencia de la plenitud que brota de la comprensión y se plasma en compasión. De ahí que se halle coloreada en todo momento por la gratuidad, la misma gratuidad que define al Dios que, en contra de lo que tendería a pensar la persona religiosa –no olvidemos que el catecismo proclamaba que “Dios premia a los buenos y castiga a los malos”–, “es bueno con los desagradecidos y malvados”.

Somos llamados a vivir con bondad y compasión porque somos Bondad y Compasión.

¿Cómo me veo a mí mismo/a? ¿Como un yo preocupado por sus intereses o como Bondad que busca expresarse en todo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Bendita compasión.

domingo, 24 de febrero de 2019
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F6799A96-DFA2-4586-9293-6DE64CCEF402Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. LA EXPERIENCIA FUNDAMENTAL DEL CRISTIANO.

La experiencia primordial y fundante del cristiano es la de ser amado por Dios. Dios es amor, (1Jn 4,8). Dios nos ama siempre y, sobre todo, en nuestra condición de pecadores y seres débiles:

Dios nos ama cuando aún éramos pecadores, (Rom 5,8).

El Dios que se nos da a conocer en Jesús no es un Dios exigente o amenazante, sino el Dios de la bondad, de la ternura.

Ni tan siquiera se trata de un amor recíproco, de amistad (filia), sino de que Dios nos ha amado primero, (1Jn 4,10.16).

La experiencia cristiana más genuina y es el amor. Donde hay amor, hay cristianismo. Es lo que tantas veces hemos cantado en nuestra vida: Ubi charitas et amor, Deus ibi est: donde hay caridad y amor, allí está Dios

Somos cristianos cuando nos sentimos amados por Dios incluso -y sobre todo- cuando nos vemos hundidos en la vida.

Cuando no se tiene la experiencia de ser amado en la vida es muy difícil vivir el cristianismo, sentirse bienaventurado en la vida (recordemos lo que escuchábamos el domingo pasado: sed bienaventurados, felices en la vida).

Uno puede ser un perfecto cumplidor de la ley, aceptar militarmente el dogma y la disciplina eclesiástica, pero ser cristiano es amar y ser amado.

02. AMOR INCLUSO AL ENEMIGO.

El amor al enemigo es el núcleo moral del cristianismo. En ocasiones amar significa perdonar al enemigo.

La primera pulsión ante el enemigo es el odio, la venganza. Ante viejas cuestiones familiares, políticas, en el pueblo, etc brotan sentimientos de “ajuste de cuentas”, de desprecios, “cerrar puertas”, represalias, etc.
Pero la venganza multiplica el mal, la enemistad, el odio y no soluciona nada, sino que encona las situaciones.

La enemistad y el odio se solucionan con el perdón, no con la venganza.

Amar y perdonar -incluso a los enemigos- suponen un vaciamiento de mí mismo, quizás de mi propio “tener razón” y que la bondad impregne y llene nuestro ser

03. PONER RAZÓN EN LOS SENTIMIENTOS.

209D2313-304C-4BAD-90BB-A91AA4BB34FFEl primer sentimiento que brota en nosotros ante un grave agravio u ofensa es el odio. Somos humanos. Pero hemos de aprender a dar salida sensata y razonable a nuestros impulsos. Se trata de poner razón en nuestra pulsionalidad. La venganza más eficaz es el perdón.

Saber perdonar y dejar de lado viejas actitudes, problemas y ofensas indican una gran calidad personal, una profunda bondad, un alto nivel cristiano.

04. JUSTICIA Y AMOR.

El amor incluso a los enemigos ha de llegar también a la justicia. Una justicia sin bondad fácilmente se convierte en venganza, en ajuste de cuentas.

En la vida sociopolítica estamos viviendo unos cuantos juicios en los que ciertamente no parece que se tenga en cuenta el amor, la caridad.

Ante el juicio del “procés” que está teniendo lugar estas semanas, los obispos catalanes han pedido que se tenga respeto, diálogo y magnanimidad. Es una postura humana y cristiana, (VIDA NUEVA).

La justicia a gran y pequeña escala no puede mirar la realidad solamente desde los diversos “códigos de derecho”. Quienes han de administrar justicia no hay de mirar solamente la ley, sino la convivencia, la bondad, el respeto, el pensamiento y actitudes de los demás.

En la Iglesia también se han olvidados estas cosas y muchas veces se actúa y condena con justicia que suena más a represalia y a condenación que a misericordia.

No nos olvidemos que cuando Dios hace justicia, lo que hace es amarnos más.

05. BENDECID Y ORAD POR QUIENES O MALDICEN / HACED EL BIEN / SED COMPASIVOS.

Decid bien, orad.

Ante un problema grave, ante un pecado, ante una ofensa o un defecto de los demás, enseguida le “damos al ventilador” para que se extienda lo más posible la cuestión.

Si queremos decir algo, digamos bien: bendigamos y no echemos más leña al fuego. En ocasiones la mejor forma de hablar es callarse.

Y al mismo tiempo: orad y sed compasivos.

Es otra actitud hondamente cristiana: ser compasivos, no juzgar, no condenar. ¡Cuántas veces leemos en los evangelios que Jesús sintió lástima, tuvo compasión, incluso en alguna ocasión lloró!

Acojamos en nuestra vida el amor y el perdón del Seños. Con ese amor y perdón, también nosotros podremos amar y perdonar.

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«Felicidad». 6 Tiempo ordinario – C (Lc 6,17.20-26)

domingo, 17 de febrero de 2019
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06-TO-C-600x450Uno puede leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía.

Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué? ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.

La recuperación económica que está en marcha va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada «sociedad dual». Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica.

De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.

La parábola del hombre rico «que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día» y del pobre Lázaro que buscaba, sin conseguirlo, saciar su estómago de lo que tiraban de la mesa del rico, es una cruda realidad en la sociedad dual.

Entre nosotros existen esos «mecanismos económicos, financieros y sociales» denunciados por Juan Pablo II, «los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionaban de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros».

Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la Sollicitudo rei socialis, tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que solo tiene un nombre: pecado.

Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.

En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios.

Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.

Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, sigue viva y nos interpela a todos.

José Antonio Pagola

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«Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!». Domingo 17 de febrero de 2019. 6º Ordinario. Ciclo C

domingo, 17 de febrero de 2019
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14-ordinario6 (C) cerezoDe Koinonia:

Jeremías 17, 5-8: Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor.
Salmo responsorial: 1: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
1Corintios 15, 12. 16-20. Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido.
Lucas 6, 17. 20-26: Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!

El texto de Jeremías pertenece a un pequeño bloque compuesto por tres oráculos de estilo sapiencial (Jr 17,5-8; 17,9-10 y 17,11). Jr 17,5-8 parafrasea el Sal 1. Presenta el contraste entre el que confía y busca apoyo en «un hombre» o «en la carne», y el que confía o tiene su corazón en el Señor. Entonces, ¿la invitación es a no confiar en el otro? No. Aquí se entiende hombre como carne, que significa debilidad y caducidad humana manifestada en el egoísmo, la corrupción, etc. Por tanto, la invitación de Jeremías es a no confiar en las autoridades de su tiempo que se han hecho débiles, por no defender la Causa de Dios que son los débiles, sino la causa de los poderosos de su tiempo. En este sentido, el que confía en la carne será estéril, es decir, no produce, no aporta, no contribuye al crecimiento de nada. Por eso es maldito. En cambio, el que opta por Dios, será siempre una fuente de agua viva que permite crecer, multiplicar, compartir, y sobre todo, no dejar nunca de dar fruto.

Todo el capítulo de esta carta a los corintios se refiere a la resurrección de los muertos, por las dudas que se habían suscitado en la comunidad de Corinto sobre la resurrección misma de Cristo. Pablo, a través de los “absurdos” -estilo literario típico de los razonamientos rabínicos-, ahonda sobre el impacto trascendental que debe tener la resurrección de Cristo en la vida del creyente. Sólo la fe en Cristo resucitado fortalece nuestra esperanza de resurrección. A partir de una negación de la resurrección Pablo alista sus argumentos. Comienza con una pregunta que refleja su indignación: “Si proclamamos un Mesías resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos ahí que no hay resurrección de los muertos?” (v. 12).

El primer absurdo es negar nuestra resurrección porque niega la resurrección de Cristo (v. 16). El segundo absurdo, es que al negar la resurrección de Cristo echamos por la borda nuestra fe y el proceso de conversión y experiencia cristiana llevado hasta el momento. Estaríamos ante una fe virtual (v. 17). El tercer absurdo deja sin esperanza a los creyentes que han muerto en Cristo y a los que creen que no morirán para siempre (v. 18-19). El v. 20 cambia los absurdos por una certeza innegociable: Cristo sí resucitó, y además es primicia de los que ya murieron.

Las Bienaventuranzas con los pobres de protagonistas y las malaventuranzas (los ayes) con los ricos como destinatarios, continúan el plan programático de Jesús en el evangelio de Lucas.

Las Bienaventuranzas son una forma literaria conocida desde antiguo en Egipto, Mesopotamia, Grecia, etc. En Israel tenemos varios testimonios en la Biblia, especialmente en la literatura sapiencial y profética. En los salmos y en la literatura sapiencial en general, se considera bienaventurada a una persona que cumple fielmente la ley: “Bienaventurado el hombre que no va a reuniones de malvados ni sigue el camino de los pecadores… mas le agrada la ley del Señor y medita su ley de día y de noche” (Sal 1,1); “Bienaventurados los que sin yerro andan el camino y caminan según la ley del Señor” (119,1).

Las malaventuranzas o los “ayes” son más comunes en los profetas, en momentos donde se quiere expresar dolor, desesperación luto o lamento por alguna situación que conduce a la muerte: “Ay de los que disimulan sus planes y creen que se esconden de Yahvé” (Is 29,15); “ay de estos hijos rebeldes, dice Yahvé, que traman unos proyectos que no son los míos…” (Is 30,1). También para llamar la atención de los que acaparan: “¡ay de los que juntáis casa con casa, y añadís campo a campo hasta que no queda sitio alguno, para habitar vosotros solos en medio de la tierra!” (Is 5,8); “¡Ay de los que decretan estatutos inicuos, y de los que constantemente escriben decisiones injustas!” (Is 10,1). Las Bienaventuranzas y maldiciones de Jesús con relación a las del AT tienen diferencias fundamentales. En la literatura sapiencial del AT se insiste en un comportamiento acorde con la ley para poder ser bienaventurado, en el evangelio en cambio, Jesús no exige ningún comportamiento ético determinado, como condición para ser declarado bienaventurado. Simplemente los pobres (anawin), los que lloran, los perseguidos… son bienaventurados.

Comparando las bienaventuranzas de Lucas con las de Mateo encontramos algunos datos interesantes. El lugar del discurso según Mateo es la montaña, con la intención de releer la figura de Jesús a la luz de la de Moisés en el Sinaí. Según Lucas es en un llano. Muchos incluso los diferencian llamándolos “sermón de la montaña” o “sermón del llano”. En las primeras bienaventuranza Mateo tiene una de más: “bienaventurados los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia” (Mt 5,5). En total, Lucas tiene cuatro que son equivalentes a las nueve de Mateo. En Mateo hay una inversión con relación a Lucas, pues aparecen los “hambrientos” detrás de los “afligidos”. En Mateo están redactadas en tercera persona mientras en Lucas todas están en segunda persona. Mateo subraya actitudes interiores con las cuales se debe acoger el Reino, por ejemplo, la misericordia, la justicia, la pureza de corazón, en cambio Lucas se preocupa por mostrar la situación real y concreta de pobreza, hambre, tristeza.

La bienaventuranza clave es la de los pobres, ya que las otras se entienden en relación a ésta. Son los pobres los que tienen hambre, los que lloran o son perseguidos. Lucas recuerda la promesa del AT de un Dios que venía a actuar a favor de los oprimidos (Is 49,9.13), los que tienen a Dios como único defensor (Is 58,6-7) que claman constantemente a Dios (Sal 72; 107,41; 113,7-8). Todas estas promesas van a ser cumplidas en Jesús, quien ha definido desde el principio su programa misionero en favor de los pobres y oprimidos (Lc 4,16-21. Cf. Is 61,1-3).

La última bienaventuranza (vv. 22-23) tiene como destinatarios a los cristianos que son perseguidos y excluidos a causa de su fe. Su felicidad no consiste en padecer sino en la conciencia de estar llamados a poseer una “recompensa grande en el cielo”. ¿Dios, entonces, nos quiere pobres?, y ¿qué tipo de pobres? Los pobres no son bienaventurados por ser pobres, sino porque asumiendo tal condición, por situación o solidaridad, buscan dejar de serlo.

La pobreza cristiana va ligada a la promesa del reino de Dios, es decir a tener a Dios como rey. Este reinado se convierte en la mayor riqueza, porque es tener a Dios de nuestro lado, es tener la certeza de que Dios está aquí, en esta tierra de injusticias y desigualdades, encarnado en el rostro de cada pobre, invitándonos a asumir su causa. La causa es también la causa del Reino. Y disfrutaremos el Reino cuando no haya empobrecidos carentes de sus necesidades básicas, sino «pobres en el Señor» que son todos los que mantienen la riqueza de un pueblo basada en el amor, la justicia, la fraternidad y la paz. En otras palabras, “Pobres no son los miserables sino los que libremente renuncian a considerar el dinero como valor supremo -un ídolo- y optan por construir una sociedad justa, eliminando la causa de la injusticia, la riqueza. Son los que se dan cuenta de que aquello que ellos consideraban un valor -éxito, dinero, eficacia, posición social, poder- de hecho va contra el ser humano. El reino de Dios es la sociedad alternativa que Jesús se propone llevar a término. La proclama del reino no la efectúa desde la cima del monte, sino desde el «llano», en el mismo plano en que se halla la sociedad construida a partir de los falsos valores de la riqueza y el poder.

En Lucas las bienaventuranzas van seguidas de cuatro “ayes” o maldiciones contra los ricos. Las dos primeras van directamente contra los ricos y satisfechos por su indiferencia ante la situación de los pobres. Las dos últimas se dirigen a los que ríen y a los que tienen buena fama. La contraposición entre pobres y ricos está claramente planteada en el Magníficat: “A los hambrientos ha colmado de bienes y ha despedido a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,53). Y en la parábola del pobre Lázaro (Lc 16,19-31). Es claro para Lucas que toda confianza puesta en la riqueza es engañosa (Lc 12,19). Leer más…

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17.2.19. Domingo de las Bienaventuranzas. El Cristo de San Valentín

domingo, 17 de febrero de 2019
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52417119_1172130646297459_3725273943276257280_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 6, tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 6, 17. 20-26. Las bienaventuranzas son la expresión máxima del Amor del Reino de Dios, que está vinculado con el despliegue de la vida y con las relaciones personales, siendo así principio y signo de felicidad:

Éste es el don y la tarea de la vida, ser felices, agradeciendo de esa forma la vida al Creador. Pues bien, en este camino de felicidad, dentro de una historia muy conflictiva, se inscribe la palabra de Jesús… a quien hoy (14-2.19) he querido llamar el Cristo de la Felicidad, con la imagen 1 (un Cristo feliz) y la imagen 2 (una muchacha feliz en el amor del corazón abierto a todos):

– felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios,
– felices los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados,
– felices los que ahora lloráis, porque vosotros reiréis (Lc 6, 20-21).

Ésta es, sin duda, la felicidad del amor. En un primer momento, estas palabras pudieran encontrarse en otros textos de aquel tiempo: en los capítulos finales de 1 Henoc, en Test XII Pat y en algunos rabínicos.

Pero es la felicidad del amor radical, allí donde no hacen falta otras cosas, sino que basta el amor, en medio de la pobreza, del hambre, del llanto… Como amor que enriquece, que sacia,que consuela… como afirmación de la vida en lo que ella tiene de más hondo radical, para ser (acoger, amarse…) y para amar a los demás, compartiendo, enriqueciendo, acompañando…

51768468_1172142896296234_4558822744904433664_n… Jesús llama felices a los pobres, especificados después como hambrientos y llorosos, no por lo que ahora son, por lo que tienen (o les falta), sino porque se encuentran en las manos del amor de Dios, que actúa ya, a través del mensaje y camino del Reino que Jesús anuncia, porque su suerte ha de cambiar.

Ésta es la felicidad del amor de Dios que cambia… Un amor de Dios que se hace nuestro, cuando nos aceptamos y amamos a los demás, enriqueciendo, alimentando, consolando… Éste es el amor «nuestro de cada día», amor que crea vida. Sólo se puede decir felices los pobres amando a los pobres, compartiendo con ellos lo que somos, amando…

Los ricos en sí no pueden ser felices, ni los en sí saciados lo pueden ser…. Sólo desde la vida más honda, en amor a los dándonos la mano y caminando juntos podemos ser felices… Como negros estanques parecemos a veces los cristianos.Sólo en el momento en que seamos felices y hagamos felices a los otros podremos ser discípulos del Cristo de la Felicidad.

Desde ese fondo se puede decir y se dice…

«Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido el consuelo! ¡ay de vosotros los ahora saciados…, ay de los que ahora reís!» (Lc 6, 24-25). El amor es gratuito, pero exigente.

Buen domingo a todos, con el Cristo de la Felicidad.

52109818_1172144336296090_6733467027349962752_nSentido general

En un primer momento, las bien- y malaventuranzas expresan una enseñanza normal del Antiguo Testamento, recogida también en el Magníficat (Lc 1, 46-55). Estamos ante la inversión final, ante el Dios de la justicia y del destino, que transforma las suertes de hombres. Pero, leídas desde el conjunto de la vida y mensaje Jesús, ellas proclaman la enseñanza mesiánica del evangelio, que está vinculada al perdón del enemigo y a la superación del juicio, es decir, al amor de Dios.

1. Las bienaventuranzas son una proclamación y presencia de amor: ellas expresan la certeza de que irrumpe el fin, es decir, el momento de la plena humanidad, de que ha llegado el Reino, como palabra de gracia. No empiezan exigiendo el cambio de los hombres, para así alcanzar a Dios, sino que empiezan hablando de un Dios que es feliz y que quiere que seamos felices, para hacer así posible el cambio de los hombres, en la línea de aquella palabra de Jesús que dice «¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen!. Porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13, 16-17).

Sólo porque Dios ama a los hombres se puede afirmar: ¡Dichosos, vosotros, los pobres…! Solo porque Jesús les ama de manera activa y transformadora, puede decir, en nombre de Dios, con palabra “escandalosa”: Felices vosotros, los pobres.

2. Las bienaventuranzas son palabra performativa, es decir, ellas realizan lo que dicen. Ellas expresan el sentido de la obra de Jesús: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Mc 11, 5-6). Son palabras que dicen “haciendo”, de manera que si no hacen no dicen… Si sólo dicen, sin implicar a los que dicen y sin transformar a los que escuchan no son palabras, sino pura mentira. Leer más…

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Pobres y odiados – Ricos y estimados. Domingo 6º. Tiempo Ordinario. – Ciclo C

domingo, 17 de febrero de 2019
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Atentado catedral FilipinasDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El 27 de enero de 2019, un atentado contra la catedral católica de Sulu (Filipinas) dejó casi treinta muertos y numerosos heridos. A esa comunidad, y a tantas otras perseguidas como ella, les servirá de consuelo y esperanza el evangelio de este domingo. A quienes vivimos seguros, servirá de estímulo y examen de conciencia. La sección del evangelio de Lucas que nos ocupará los tres próximos domingos es el “Discurso de la llanura”.

El Discurso de la llanura (domingos 6º, 7º, 8º)

Hasta ahora, Lucas ha hecho frecuente referencia a la actividad de Jesús como predicador, pero solo ha ofrecido una intervención algo extensa, en la sinagoga de Nazaret, donde se enfrentó a todo su auditorio, provocando incluso el deseo de matarlo. En esta segunda intervención, Jesús se dirige a sus partidarios, pero teniendo presentes a sus enemigos.

La primera parte del discurso contrapone a estos dos grupos (domingo 6º).

Pero no seguirá una guerra entre ellos. La segunda parte exhorta a amar a los enemigos (domingo 7º).

¿Y cómo comportarse con los amigos, con los otros miembros de la comunidad? La tercera parte responde a esta pregunta recogiendo frases sueltas de Jesús (domingo 8º).

           En conjunto, un discurso parecido al “Sermón del monte” del evangelio de Mateo. Mucho más breve, con menos temas, pero de sumo interés y novedad.

Bienaventuranzas y ayes (Lc 6, 17. 20-26) (domingo 6º)

El “Discurso en la llanura”, igual que el “Sermón del monte”, comienza con unas bienaventuranzas. Pero no son ocho, como en Mt, sino cuatro. Las cuatro declaraciones siguientes comienzan con “ay”, término usado por las plañideras en el antiguo Israel para empezar un canto fúnebre. A los cuatro primeros grupos se les promete una vida feliz. A los cuatro siguientes se les anuncia la muerte.

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.

Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.

Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo.

¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre.

¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.

¡Ay si todos los hombres hablan bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

¿Son en realidad ocho grupos o solo dos? La pregunta no es absurda, y la respuesta depende de una palabrita que se repite cuatro veces: “ahora” (nun en griego). Prescindiendo momentáneamente de las declaraciones cuarta y octava, advertimos la siguiente estructura:

      Dichosos los pobres,

los que ahora tenéis hambre

los que ahora lloráis

     ¡Ay de vosotros, los ricos!,

los que ahora estáis saciados

los que ahora reís

No se trata de seis grupos distintos, sino de dos: pobres y ricos, caracterizados por la carencia o abundancia de comida, y por el llanto o la risa.

          Las declaraciones 4ª y 8ª no hablan de personas distintas. Completan lo dicho a propósito de los dos grupos anteriores fijándose en cómo son tratados por “los hombres”.

         En resumen, solo tenemos dos grupos: el de los pobres, que pasan hambre, lloran y son odiados; y el de los ricos, saciados y sonrientes, alabados por la gente. Al primero lo tratan mal, como a los antiguos profetas; al segundo bien, como a los falsos profetas.

Pobres y odiados

         “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”. Sin el matiz: “de espíritu”, que añade Mateo, y que se presta a interminables disquisiciones. Los pobres, sin más. Los que pasan hambre y lloran. Declararlos “dichosos”, precisamente por eso, suena casi a blasfemia. Pero las desgracias no terminan aquí. Al hambre y el llanto se añaden las persecuciones. A diferencia de las primeras declaraciones, muy breves, la cuarta admira por su extensión: “Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas”.

      Ahora no hay que esperar a la otra vida para recibir el consuelo. Ya en esta, cuando se experimenta el odio, la exclusión, el insulto, la descalificación, por ser discípulos de Jesús y querer seguirlo, ese mismo día, el cristiano debe alegrarse y saltar de gozo.

         ¿Está loco Jesús? ¿Es un masoquista consigo mismo y un sádico con sus discípulos? Volviendo a releer el evangelio, en su nacimiento van unidas la suma pobreza (“no había sitio para ellos en la posada”) y la inmensa alegría (“os anuncio un gran gozo”, dice el ángel a los pastores). Al comienzo de su actividad, en Nazaret, experimenta el odio y la exclusión, sin que eso lo desanime. No se trata de locura, masoquismo ni sadismo, sino de una visión distinta de la realidad. Para Jesús, lo esencial no es la situación presente, sino la futura. La primera bienaventuranza promete el Reino de Dios; la cuarta, “una recompensa grande en el cielo”. Aquí, en la tierra, queda el consuelo de ser tratados como los antiguos profetas.

     Las primeras comunidades cristianas experimentaron también la pobreza, el hambre y la persecución, sin que esto les impidiese estar alegres. La de Jerusalén debió solicitar la ayuda de comunidades más ricas para poder sobrevivir a la hambruna en tiempos del emperador Claudio. Las comunidades de Macedonia, a pesar de su “extrema pobreza” desbordaban de alegría (2 Corintios 8,2). Y los apóstoles, después ser azotados, “marcharon del tribunal contentos de haber sido considerados dignos de sufrir desprecios por su nombre [de Jesús]” (Hch 5,41).

      Aunque he interpretado las cuatro primeras bienaventuranzas como dirigidas a las primeras comunidades cristianas (y a las actuales que se les parecen), esto no excluye la interpretación individual. “Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis” anticipa lo que contará Lucas poco después de dos mujeres que lloran por motivos muy distintos: la viuda de Naim, que ha perdido a su único hijo, y una prostituta anónima necesitada de perdón y de consuelo. Ambas historias tienen un final feliz, ya en esta vida, antes de la llegada del Reinado de Dios.

Ricos y alabados

            Algunos pueden pagar 100.000 euros (¡cien mil!) por una noche en un hotel de Macao. Si su presupuesto no da para tanto, puede contentarse con una noche en Cannes por 25.000. Naturalmente, la cena debe pagarla aparte: bastarán 2.000 euros. Y mientras come puede mirar la hora en un reloj que le ha costado dos millones (Cristiano Ronaldo). Son casos extremos, pero hay millones de personas que pueden permitirse una vida de lujo y comodidad.

¿Se refiere el último “ay” a este mismo grupo? “¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!” No parece que “todo el mundo” hable bien de esas personas, aunque sigan sus andanzas en las revistas del corazón, la televisión y las redes sociales.

        Salvadas las distancias, los escribas aparecen en el evangelio de Lucas como ejemplo de personas que desean ser estimadas y amantes del dinero: “Guardaos de los escribas, que gustan de pasear con hábitos amplios, aman los saludos por la calle y los primeros puestos en sinagogas y banquetes; que devoran las fortunas de las viudas con pretexto de largas oraciones. Su sentencia será más severa” (Lc 20,46).

         Y que la riqueza puede ser causa de tristeza, ya en esta vida, lo demuestra el episodio del personaje importante incapaz de renunciar a lo que Jesús le pide: “Al oírlo, se entristeció, porque era muy rico” (Lc 18,23).

El mejor comentario: la parábola del rico y Lázaro

A propósito de las tres primeras bienaventuranzas y los tres primeros “ay”, el mejor comentario lo ofrece Lucas en esta parábola. Comienza por el final, por el rico que viste con lujo y banquetea espléndidamente todos los días; sigue el pobre, cubierto de llagas, ansioso de comer las migajas que caen de la mesa del rico.

María alabó a Dios en el Magnificat porque “a los pobres los colma de bienes, y a los ricos los despide vacíos”. Si alguien piensa que eso va a ser en esta vida, se equivoca. Jesús deja que Lázaro muera de hambre, en la miseria. Será después de muerto cuando entre en el Reino de Dios para ser eternamente feliz, mientras el rico suspirará por una simple gota de agua, atormentado para siempre. «¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.»

¿Está condenado el rico?

La respuesta, de acuerdo con la técnica de Lucas, no la encontrará el lector hasta mucho más adelante, en el episodio de Zaqueo. El rico también es hijo de Abrahán, puede acoger a Jesús en su casa y dar a los pobres la mitad de sus bienes.

Una reflexión

         ¿Por qué puede expresarse Jesús de forma tan radical, proclamando dichosos a los pobres, los que pasan hambre, los que lloran, los perseguidos? Por dos motivos: 1) porque él también era pobre, vivió de limosna y sufrió persecución hasta la muerte; 2) porque creía firmemente en la recompensa futura en el Reino de Dios, donde quedaría saciada el hambre y enjugado el llanto.

Una advertencia

           Las cuatro bienaventuranzas se dirigen a comunidades pobres o a los pobres como Lázaro. Las comunidades ricas o las personas que no carecemos de nada no podemos apropiárnoslas; no podemos utilizarlas para tranquilizar nuestra conciencia pensando en la dicha futura de los pobres.

1ª lectura (Jeremías 17, 5-8)

Se ha elegido este texto por motivos literarios, para indicar que la contraposición de bienaventuranzas y ayes es algo conocido por los profetas, aunque Jeremías usa términos distintos: maldito y bendito. Pero los temas y las metáforas se oponen perfectamente. Es una forma de animar a confiar en Dios, no en los hombres.

Así dice el Señor:

«Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.

Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

2ª lectura (1 Corintios 15, 12. 16-20)

Aunque no está elegida buscando una relación con el evangelio, la esperanza en la resurrección encaja muy bien con la recompensa grande en el cielo de la que habla Jesús.

Hermanos: Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

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17 de Febrero. Domingo VI. Tiempo Ordinario

domingo, 17 de febrero de 2019
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“Jesús bajó del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo…”

(Lc 6, 17.20-26)

Lo bueno del mensaje de Jesús es que es abierto, es para todo aquel que quiera escucharlo: los Doce, el grupo grande de discípulos, el pueblo…

Jesús no guarda celosamente para él y para unos pocos escogidos las Buena Noticia, al contrario, la dice en voz alta. Pero esta Buena Noticia tiene también sus advertencias, es para todos siempre que queramos acogerla. Pero acogerla no es sencillamente escucharla con agrado y luego comentar lo bonita que es. Acogerla significa dejarnos transformar.

Las Bienaventuranzas que nos presenta Lucas son muy distintas a las que encontramos en Mateo. En Mateo encontramos nueve bienaventuranzas, en Lucas cuatro, y además, a las bienaventuranzas le siguen cuatro “ayes”.

Por un lado, se muestra el camino que se abre hacia la esperanza y la confianza. Podemos estar seguras de que si ponemos nuestra confianza en Dios podremos atravesar el sufrimiento humano y alcanzar la alegría que Dios nos tiene preparada.

Pero al mismo tiempo se nos advierte de las exigencias de ese camino. No podemos andar tras las huellas de Jesús, camino del Reino, poniendo nuestra confianza en nuestras propias seguridades.

Si no soltamos las muletas no podemos avanzar por el camino de las bienaventuranzas. Porque el requisito indispensable es poner toda nuestra confianza en Dios. Todo lo demás sobra.

Llegadas a este punto es cuando tenemos la tentación de olvidar las advertencias finales y quedarnos contemplando la belleza de las bienaventuranzas. Ponernos el impermeable y no dejar que la Palabra trastoque nuestras seguridades.

Oración

Líbranos, Trinidad Santa, de hacer de tu Palabra un adorno bonito e inofensivo. No dejes que escapemos de su efecto trasformador.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dichoso el pobre, no por serlo sino por no causar pobreza.

domingo, 17 de febrero de 2019
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ob_956ec0_descarga-15-pobresLc 6, 17-26

Siempre que tengo que hablar de las bienaventuranzas me viene a la mente la frase de Jesús: “pase de mí este cáliz”. La experiencia que tengo es que ni me entienden los pobres ni me entienden los ricos. Lo grave es que esta actitud tiene la más férrea lógica, porque trato de explicarlas y las bienaventuranzas sobrepasan toda racionalidad. Cualquier intento de aclarar racionalmente su sentido está abocado al fracaso. Sin una experiencia profunda de lo humano las bienaventuranzas son un sarcasmo. Ni el sentido común ni el instinto pueden aceptarlas. Solo desde un profundo sentido espiritual puede tener comprensión y sentido.

Es el texto más comentado de todo el evangelio, pero es también el más difícil. Invierte radicalmente nuestra escala de valores. ¿Puede ser feliz el pobre, el que llora, el que pasa hambre, el oprimido? La misma formulación nos despista porque está hecha desde la perspectiva mítica. Solo desde la perspectiva de un Dios que actúa desde fuera se puede entender “Dichosos los que ahora pasáis hambre porque quedaréis saciados”. Si para mantener la esperanza tenemos que acudir a un más allá, podemos caer en la trampa de dar por buena la injusticia que está sucediendo hoy aquí, esperando  que un día  Dios cambien las tornas.

En los mismos evangelios encontramos ya reflejada la dificultad. Lc dice sencilla­mente: dichosos los pobres. Mt ve la necesidad de añadir una matización: dichosos los pobres de espíritu; dichosos los que tienen hambre y sed de justicia; dichosos los limpios de corazón. Tanto una formula­ción como la otra se puede entender mal. Mal si damos por supuesto que el pobre es dichoso por el hecho de serlo. Mal, si entendemos que al rico le basta con tener un espíritu de pobre, sin que eso le obligue a cambiar su actitud egoísta para con los demás.

Hablar de los pobres, los que nadamos en la abundancia, es ligereza. ¿Qué pasó cuando los realmente pobres empezaron a pensar en el evangelio? Surgió la teología de la liberación, que la institución se apresuró en calificar de nefasta. ¿Es que puede haber un tratado sobre Dios que no libere? Lo que debía preocuparnos es que sigamos haciendo una teología para tranquilizar a los satisfechos, que no libera ni a los opresores ni a los oprimidos. El fallo de esa teología estaba en que creía que liberar a los pobres de su pobreza material era la solución definitiva. Hay que liberar al pobre de su pobreza y al rico de su riqueza.

La Iglesia no debe conformarse con una “opción preferencial por los pobres”. La Iglesia tiene que ser pobre si quiere ser fiel al evangelio. No podemos justificarnos diciendo que la institución puede tener grandes posesiones pero sus dirigentes pueden vivir en la pobreza. Esa dinámica sería posible, pero no es lo que vemos todos los días a nuestro alrededor.

Se proclama dichoso al pobre, no la pobreza. Dichoso, no por ser pobre, sino porque él no es causa de que otro sufra. Dichoso porque a pesar de todos, él puede desplegar su humanidad. Este es el profundo mensaje de las bienaventuranzas. El comunismo sigue creyendo que basta con nivelar materialmente las necesidades de todos los seres humanos, pero eso no es verdadera liberación. Es verdad que el origen del comunismo está en los Hechos de los Apóstoles, pero se hicieron eco solo de la letra olvidando el espíritu. Lo humano solo llegará cuando voluntariamente cada uno se solidarice con todos los demás sin apegarse a nada.

Hay otra consideración a tener en cuenta. Todos somos pobres en algún aspecto y todos somos ricos en otros. Por eso, yo haría una formulación distinta: Bienaventurado el pobre, si no permite que su “pobreza” le atenace. Bienaventurado el rico, si no se deja dominar por su “riqueza”. No sabría decir qué es más difícil. En ningún momento debemos olvidar los dos aspectos. Ser dichoso es ser libre de toda atadura que te impida desplegar tu humanidad.

El colmo del cinismo llegó cuando se intentó convencer al pobre de que aguantara estoicamente su pobreza incluso diera gracias a Dios por ella, porque se lo iban a pagar con creces en el más allá. Tampoco quiere decir el evangelio que tenemos que renunciar a la riqueza para asegurarnos un puesto en el cielo. Debemos renunciar a ser la causa del sufrimiento de los demás. Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza ni al sufrimiento, sino un rotundo no de Dios a las situaciones de injusticia. Siempre que actuamos desde el egoísmo hay injusticia. Siempre que impedimos que el otro crezca hay injusticia.

Al añadir Lucas ¡Ay de vosotros los ricos!, deja claro que no habría pobres si no hubiera ricos. Si todos pudiéramos comer lo suficiente, nadie nos consideraría ricos. Si todos pasáramos la misma necesidad, nadie nos consideraría pobres. La parábola del rico Epulón lo deja claro. No se le acusa de ningún crimen; No se dice que haya conseguido las riquezas injustamen­te. El problema era no haberse enterado de que Lázaro estaba a la puerta. Sin Lázaro a la puerta, su riqueza no tendría nada de malo. El evangelio no anima a valorar la pobreza en sí, sino a no ser causa del sufrimiento de otro. La pobreza del evangelio hace siempre referencia al otro.

Las bienaventuranzas quieren decir, que, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar, las posibilidades de ser no nos las puede arrebatar nadie. Recordad lo que decíamos el domingo pasado: “Rema mar adentro”, busca en lo hondo de ti, lo que vale de veras. Si creemos que la felicidad nos llega del consumir, no hemos descubierto la alegría de ser. Nosotros, al poner la confianza en las seguridades externas, en el hedonismo a todos los niveles, estamos equivocándonos y en vez de bienaventuranza encontra­remos desdicha. Nunca se ha consumido más y sin embargo nunca ha habido tanta infelicidad.

Las bienaventuranzas son ‘la prueba del algodón’ del cristiano. Un cristianismo como capote externo, que busca las seguridades espirituales además de las materiales, no tiene nada que ver con Jesús. Llevamos dos mil años intentando armonizar cristianismo y riqueza; salvación y poder. Nadie se siente responsable de los muertos de hambre. Vivimos en el hedonismo más absoluto y no nos preocupa la suerte de los que no tienen un puñado de arroz para evitar la muerte. Jesús nos dice claramente que, si tal injusticia acarrea muerte, alguien tiene la culpa. Buscar por encima de todo mi seguridad, y si me sobra dar a los demás, no funciona.

Decimos: Yo no puedo hacer nada por evitar el hambre. Tú lo puedes hacerlo todo, porque no se trata de eliminar la injusticia sino de que tú salgas de toda injusticia. No se trata de hacerles un favor a ellos, aunque sea salvarles la vida, se trata de que tú salgas de cualquier inhumanidad. Nosotros, los “ricos”, somos los que tenemos que cambiar buscando esa humanidad que nos falta. Tu salvación está en no ser causa de opresión para nadie sino en ayudar a los demás a salir de toda opresión. Si damos de comer al pobre le salvamos la vida biológica. Si salgo de mi egoísmo, salvo la vida al pobre y me libero de mi inhumanidad.

Las bienaventuranzas ni hacen referencia a un estado material ni preconizan una revancha futura de los oprimidos ni pueden usarse como tranquilizante, con la promesa de una vida mejor para el más allá. Las bienaven­turanzas presuponen una actitud vital escatológica, es decir, una experiencia del Reino de Dios, que es Dios mismo como fundamento de mi propio ser. El primer paso hacia esa actitud es el superar la idea de individualidad que nos lleva al egoísmo, dejar de creer que somos lo que no somos y vivir de ese engaño.

Meditación

Jesús te dice: ¡Eres inmensamente dichoso!
Pero no te has enterado todavía, porque vives en tu falso ser.
Sigues identificándote con tu cuerpo-mente.
Pero eres tu cuerpo, tu mente y Mucho más.
Tu verdadero ser es plenitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Venidos de todas partes

domingo, 17 de febrero de 2019
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sermon-del-monte-6“La Humanidad es el hombre que aprende siempre” (Pascal)

17 de febrero. Domingo VI del TO

Lc 6, 17, 20. 20-26

Bajó con ellos y se detuvo en llano, donde había un gran número de discípulos y un gran gentío del pueblo, venidos de toda Judea, de Jerusalén, de la costa de Tiro y de Sidón, para escucharlo y sanarse de sus enfermedades 

¿Pero de dónde, por qué y para qué venía toda aquella gente? Aunque también podían haber venido los océanos, las rocas, las plantas y los animales. Y una vez reunidos, pudieron sumarse a la voz mística y poderosa de Rosalía en los Premios Goya, en Sevilla: Me quedo contigo”.

Es lo que en el prólogo de su libro “Cuando los ángeles cantan”, Octavio Aceves escribió de otra artista: “Creo que Victoria de los Ángeles tenía el excepcional don de llegar con su voz a lo más recóndito y profundo del alma humana, de alcanzarlo de lleno y de golpe con la musicalidad de su fraseo y la elegancia de su armonía y de insuflar paz en los corazones con su timbre angelical”

Eran todos conscientes de que, como decía Bertohld Auerbach (1812-1882): poeta judío-alemán, fundador de la “Novela de tendencia”La música limpia el alma del polvo de la vida cotidiana”. La acción curativa de la música hace que nos sintamos restaurados.

Venían todos porque sentían ansias de rebobinar pensamientos a fin de poder cumplir el divino mandato de “Creced y multiplicaos”. Un sueño que se llama “Quimera” que, al contrario de lo que este monstruo hacía en la mitología griega, reunía poblaciones. Acercar corazones, y hacer que entonen todos juntos canciones en un mismo Coro, el ideal de la Naturaleza.

Y venían también porque sentían la necesidad de luchar por una sociedad más justa y solidaria. Porque, como decía Pascal, “La Humanidad es el hombre que aprende siempre”.

La noche oscura del alma que cantó Juan de Yepes en Noche oscura, está en tinieblas, pero cuando ese Coro se aproximas a ella, la ilumina. Y allí está el árbol de la música agitando sus ramas y derramando notas.

Así, se hacía un hueco de silencio en aquella “Soledad sonora”, haciendo que el universo creciera, y dentro y fuera de él prosperaran todos. Incluido, el tan humilde Juan Bautista, que no se consideraba digno de desatar la correa de los zapatos del Mesías.

Decía San Ignacio de Antioquía en su Carta a los Efesios que: “Mejor es mantenerse en silencio y ser, que decir y no ser. Es hermoso enseñar si se hace lo que se dice. Uno solo es el Maestro que dijo e hizo, y lo que hizo, permaneciendo en silencio, es digno del Padre. Quien posee verdaderamente la palabra de Jesús puede también percibir su silencio, sea por ser perfecto, sea por obrar mediante su palabra y ser conocido por su mantenerse en la palabra”.

Bajó con ellos y se detuvo en llano, donde había un gran número de discípulos y un gran gentío del pueblo, venidos de toda Judea, de Jerusalén, de la costa de Tiro y de Sidón, para escucharlo y sanarse de sus enfermedades (Lc 6, 17-18), y lo hicieron simultáneamente en un hueco vacío de silencio y en una presumida pirámide de voces.

El poeta bilbaíno Blas de Otero, lo dijo en este Poema.

CÁNTICO ESPIRITUAL

“Complexión de este mundo con mis manos:
tronco de árbol, río, mujer pura,
todo es señal de Dios inmaculada.
Ahora estoy esperando a libertarme:
complexión de este mundo con mí mismo” 

“Escúchame, Yavé, desllágame.
Apenas puedo sostenerme el alma.
Mi cuerpo desmorona a cada instante
su unidad substancial, aun palpitando.
Nada soy si no soy el que yo soy,
el que ha salido de Tus manos grandes
capaces de dar forma al Universo”.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Felices o saciados?

domingo, 17 de febrero de 2019
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Lc-620-26Lc 6, 17.20-26

Si leemos el evangelio de este domingo, como si no lo conociéramos, como si fuera la primera vez que llega a nuestras manos, posiblemente nos asombraría su alegría y desenfado. Su lenguaje es directo, concreto y positivo.

Nuestro asombro crecerá aún más si somos capaces de recordar el contexto en el que se escribió. Recordemos también a esas primeras comunidades cristianas que son excluidas, silenciadas, que no tienen ninguna relevancia social ni religiosa e incluso son perseguidas.

¿Cómo es posible que estos hermanos y hermanas logren transmitirnos su testimonio de alegría, de sentirse afortunados, dichosos? Es más, ¿cómo nos explicamos que esta sea su experiencia más profunda? Posiblemente es difícil para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, que ponemos tantas condiciones y necesitamos tantas seguridades para sentirnos felices.

Las palabras del texto, sus detalles, nos pueden ayudar a descubrir el mensaje que nos trae el evangelio de hoy.

Jesús, ha bajado del monte, de su encuentro con Dios y “levanta los ojos”, mira a sus discípulos, a las numerosas personas que le siguen de todas las aldeas y ciudades. Y al mirarlos, lo que se le ocurre es llamarlos DICHOSOS.

No les dice lo que deben hacer para serlo, que hubiera “enganchado” con los oyentes. Proclama, grita, que “son dichosos”. Y para que no quede duda, añade dos cosas que nos pueden desconcertar aún más: son dichosos AHORA, en presente. Es distinto a “llegarán a serlo”; tampoco les dice eso de “aguanten que luego…”

Y lo son porque son pobres, hambrientos, tienen lágrimas en los ojos…  esta es su situación y, en esta situación Jesús manifiesta que son felices. ¿Cómo mira Jesús la realidad de los que le rodean? ¿En qué descubre que suyo es el Reino de Dios? ¿Con qué fuerza lo dice para que los que le escuchan sientan que está expresando su experiencia más honda?

¡La dicha es estar con Él! Sentirse de los suyos, confiar en su amor, sentir su cercanía…  ¿No hemos tenido cada uno de nosotros experiencias similares? ¿No nos hemos sentido dichosos y dichosas en medio de dificultades, críticas, incomprensiones, enfermedades propias o sufrimientos por personas muy queridas? ¿No hemos sentido que más allá de todo eso hay una persona, un amor, una confianza sin medida?

Esta es la fe que nuestros primeros hermanos quieren transmitirnos. Creer en Jesús, confiar en su salvación y su amor, es  fuente de dicha y felicidad, es experimentar ya otro tipo de amor, de relaciones con Dios y con los hermanos.

Y, por si aún nos quedan dudas,  Lucas, muy didáctico, añade lo que en ningún caso son signos de estar en el camino de la felicidad que da el Reino, de la dicha que da el seguir a Jesús: sentirse saciados, pasarlo siempre bien, que todos hablen bien de nosotros…

Es como si nos dijera: ¡Cuidado con buscar el camino que os prometían ayer los entendidos de la Ley, o la publicidad barata o facilona hoy! Si os sentís saciados, si reís, si no aspiráis a nada más que lo logrado, si todos hablan bien de vosotros… ¡Lloraréis y lo pasaréis mal!

La dicha del Reino no consiste en estar saciados, sino en buscar más: más paz, más justicia, más alegría para todos… ¡porque sabemos que es posible! No consiste en que “lo pasemos bien”, al contrario, lloramos y sufrimos por muchos y por muchas personas y situaciones… La dicha del Reino no se expresa en que todos hablen bien de nosotros, al contrario, apenas nos entenderán, nos pasarán por delante, se burlarán de nosotros, nos excluirán porque con nuestra forma de pensar –la de Jesús– somos una amenaza…

Pero, sin saber muy bien cómo, sin que sea una empresa a conquistar o unas virtudes a conseguir, ahí, en la realidad que vivimos AHORA somos dichosos y nada, ni nadie nos quitará esta alegría, porque sus claves no están en lo que pasa ni en lo que nos pasa.

La clave es la persona de Jesús, nuestra fe en él, nuestra vinculación con él. Todo lo demás, se nos dará por añadidura. Y se nos dará hoy, ahora… ¿nos lo creemos? ¿desbordamos y contagiamos alegría?

El evangelio de hoy no nos trae un programa moral, ni una explicación teórica sobre la felicidad, nos acerca la experiencia de los primeros cristianos que han encontrado en Jesús su alegría y nos recuerdan que estamos invitados a vivir su misma experiencia. ¿Nos atrevemos?

Mª Guadalupe Labrador. fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Felicidad y pobreza

domingo, 17 de febrero de 2019
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806448Domingo VI del Tiempo Ordinario

Lc  6, 17.20-26

En Lucas, las llamadas “bienaventuranzas” las proclama Jesús en el “llano” –en Mateo, por motivos teológicos, será en la “montaña”–, se reducen a cuatro –en Mateo serán ocho–, se centran en situaciones que están viviendo los discípulos –en Mateo se hablará de actitudes– y van acompañadas de las mal llamadas “malaventuranzas”.

A los discípulos, que son pobres, pasan hambre, lloran y son perseguidos se les llama “bienaventurados” (dichosos) porque esa situación va a cambiar. Por el contrario, se advierte seriamente a quienes ahora gozan de riqueza, de dicha y de aplauso social, equiparándolos a los “falsos profetas”.

Empecemos por el final. En la tradición bíblica, los “falsos profetas” buscan su propio beneficio. Eso les lleva a pronunciar una palabra que no busca la verdad, sino contentar a quienes los escuchan, sean el rey o el pueblo, para obtener reconocimiento y prebendas de todo tipo. Se comprende que, para quienes son perseguidos por ser fieles, la figura del “falso profeta” aparezca particularmente detestable.

El mensaje de las Bienaventuranzas es parcial: muestra a un Dios que toma partido a favor de los pobres y los que sufren. Otra cosa es que, en la vida cotidiana, esto no parezca producirse. Tal vez ese haya sido el motivo por el que se ha proyectado la dicha o felicidad al “más allá” de la muerte. En realidad, plantear la dicha en clave de “recompensa” conduce a un callejón que no tiene salida. Si hubiera que leerla literalmente, el lector se preguntaría por qué Dios no actúa inmediatamente y realiza lo que la bienaventuranza promete.

La lectura adecuada parece ser otra y se desdobla en dos direcciones: por un lado, “pone en valor” la dignidad y la primacía del pobre; por otro, como luego vería Mateo, advierte que es imposible la felicidad mientras no adoptemos la pobreza –desapropiación, desidentificación del yo– como actitud básica en la que sustentar nuestra existencia.

El pobre es no-separado de mí. Solo la comprensión vivencial de este hecho, que implica una radical transformación de la consciencia, hará eficaz el compromiso a favor de la justicia, de la igualdad y del reconocimiento de todo ser humano. Únicamente el compromiso que nace de la comprensión es genuinamente transformador.

Ser pobre es vivir la desapropiación. La creencia que nos identifica con el yo o ego nos convierte en personas egocentradas, girando en torno a nosotros mismos, en la búsqueda ansiosa de aquello en lo que hemos proyectado nuestra supuesta felicidad: bienes, poder, imagen… Sin embargo, todo ello promete lo que no puede dar, dando lugar a la “noria hedonista”, en la que la búsqueda de placer se convierte en fuente de sufrimiento, porque no hay forma de burlar el vacío y la insatisfacción cuando se liga la propia identidad a la idea del “yo”.

El sabio comprende que no es el yo. Y es esa comprensión la que, en medio de cualquier circunstancia, lo ancla en la ecuanimidad y la paz. Sabe que lo que somos se halla siempre a salvo. Y que podemos tener cosas –somos seres necesitados–, pero no ser esclavos de ellas.

El sabio es compasivo. Y esto es justamente lo que vemos en Jesús. La compasión marcó toda su existencia porque se vivía desde la comprensión de su (nuestra) verdadera identidad. Cuando se vive desde ahí, la compasión brota en gratuidad y de manera desapropiada. Y, en cierto modo, constituye el test definitivo de la vida espiritual. De ahí que el propio Jesús resumiera todo el secreto del comportamiento ético adecuado en una sola frase, tras relatar la parábola del “buen samaritano”: “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10,37). No hay más principio moral.

¿Qué significa la pobreza para mí? ¿Cómo me posiciono ante ella?

Enrique Martínez Lozano

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Se trata de ser felices en la Vida

domingo, 17 de febrero de 2019
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slide_1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. SER FELICES –DICHOSOS – BIENAVENTURADOS.

El cristianismo no es para ser buenos desde una moralina barata o ritualismo fosilizado o un dogmatismo que huele a formol, sino que el cristianismo es para ser felices. La finalidad y la esperanza del cristianismo es que seamos felices y bienaventurados.
Jesús sana, confiere vida, salud, bienestar.

En la Bienaventuranzas (Lc 6,20-21; Mt 5,3-10), Jesús promete la plenitud y felicidad del Reino a los pobres, a los misericordiosos, a los que trabajan por la paz y la justicia, a los limpios de corazón.

Se puede decir que las Bienaventuranzas son la gran promesa de Cristo. Jesús nos llama a ser bienaventurados, felices. Es la promesa de Cristo. Esta promesa se inaugura en esta vida, en este mundo, aunque los hechos parezcan decir lo contrario. No es menos cierto que esa bienaventuranza de la humanidad se manifestará en la vida futura. Y ello es objeto de esperanza. La esperanza cristiana es vivir ya lo invisible que un día veremos cara a cara.

02. LA ESPERANZA NO ES OPTIMISMO.

Las ciencias, la política, el progreso, las previsiones, etc. confieren o pueden ofrecer bienestar a la humanidad, pero eso no es esperanza, al menos no son la esperanza cristiana absoluta. Qué duda cabe que es deseable que la medicina termine por curar el cáncer y que la humanidad progrese, que desaparezca el hambre, la injusticia, la incultura, etc.

La esperanza tampoco es optimismo por lo bien que van o me van las cosas. La esperanza comienza donde termina el optimismo. Una persona llega a ser adulto (no solamente viejo) cuando ya no se hace ilusiones en la vida, pero mantiene con vitalidad la esperanza. (Para un creyente en un funeral no hay lugar al optimismo, pero ahí “comienza la esperanza”).

Los humanos hemos de ser conscientes de que no está en su mano suprimir el sufrimiento humano ni la muerte. Los humanos sufriremos siempre por una razón u otra: sufrimos física o psíquicamente, los seres humanos morimos. El ser humano no puede solucionar por sí mismo ni el sufrimiento ni la muerte.

La ciencia, el pensamiento científico parece que lo puede todo en la historia humana, pero no es así.

La esperanza nace de la fe. El progreso, los logros científicos, los movimientos políticos, económicos, puede que sean buenos, pero son previsiones probables, pero no esperanza.
La esperanza brota de la fe que confía en un final bienaventurado que no está en las previsiones humanas, sino en las manos de Dios.

03. Nos quedan dos soluciones:

A. Aprender a vivir en la nada como nos enseñaba o pretendía Nietzsche: Mire usted: no existe nada, no hay nada más allá, no hay Dios, pero no importa, usted viva, coma, viaje, disfrute y muérase sin más, sin enterarse.

B. O nos queda la esperanza, la esperanza teologal, la esperanza en nuestro caso cristiana, que mira “más allá” de la historia y aguarda por naturaleza algo que no está en nuestra naturaleza, “algo” que es Dios.

Es mucha prepotencia y presunción eliminar la esperanza, las bienaventuranzas y el horizonte absoluto dejándolo en manos de una manifestación, o en manos de la Universidad o de un parlamento.

Las mediaciones históricas: política, ciencia, cultura, etc. son valiosas, pero no últimas.
Jeremías (1ª lectura) lo dice brutalmente: MALDITO quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza.

La esperanza es descansar esperar en Dios, lo cual confiere una profunda paz, al mismo tiempo que nos impele a un compromiso histórico.

04. ¿PESIMISMO?

Felices pobres.Cerezo 1ALGUNOS DATOS A TENER EN CUENTA

El pasado domingo el periódico DV, dedicaba sus cuatro primeras páginas al problema del suicidio, sobre todo en nuestra comunidad autónoma.

+ En el País Vasco se produce un suicidio cada dos días., lo que significa que en el País Vasco mueren por suicidio 190 personas al año.

+ El Obispo Uriarte decía hace unos -pocos- años que la segunda causa de muerte de la juventud en el País Vasco es el suicidio. La primera causa de muerte de la juventud es el accidente, montaña, tráfico, etc., la segunda el suicidio.

+ Cada año entre 3.600 y 3.700 personas se suicidan en España: esto supone 10 muertes al día: de las cuales 7 son hombres y 3 mujeres.

+ En la medida en que se puede saber, son 800.000 las personas que se suicidan al año en el mundo.

+ Hay que pensar que el índice de intentos de suicidio se debe multiplicar por 10. Quienes dejan de tomar la medicación, quienes toman una sobre dosis y sobreviven, algunos accidentes de tráfico son suicidios larvados…

+ En los últimos 50 años, el intento de suicidio ha aumentado en un 60% en el mundo.

DEPRESIÓN

Las causas de un suicido pueden ser múltiples, pero parece ser que detrás de todo suicidio hay que buscar una o algún tipo de depresión.

No es el momento ni es tarea sencilla definir qué sea una depresión. Vamos a quedarnos en que es la depresión se caracteriza por un hundimiento personal que conlleva a un estado de ánimo bajo y sentimientos de tristeza, asociados a alteraciones del comportamiento, del grado de actividad y del pensamiento. Todo ello implica desinterés por la vida, la familia, el trabajo, el pueblo, la cultura, etc. La depresión respondería a las preguntas: no tengo ganas de vivir … Total, ¿para qué voy a trabajar, para que me voy a esforzar, etc?

¿Bienaventurados los pobres, dichosos los limpios de corazón, felices los que trabajáis por la paz, la justicia?

Un poco zafiamente se puede decir que esta es una visión pesimista, que también hay gente buena, hay ONG que trabajan por el mundo, etc., lo cual es verdad, pero no soluciona nada la cuestión de la esperanza.

Aunque la gente no lo sepa, probablemente estamos en la situación que proponía Nietzsche. La nada nos invade y en la nada es muy difícil mantener en pie con sentido y con ética.

La nada “nihiliza” la existencia. La nada torna absurda la existencia. Podemos disfrutar de un poco de comida, otro poco de informática, otro poco de turismo, pero la nada se lo traga todo.

05. SEMBRAR ESPERANZA Y BIENESTA
R.

Probablemente evangelizar hoy en día –y siempre- sea sembrar esperanza, sanación, bienestar, confianza en la vida, en Dios.

La esperanza mira fundamentalmente al futuro absoluto del hombre a la luz de la Promesa. Dios y su Reino es el futuro del hombre, y la esperanza es la experiencia de Dios y su Reino como futuro.

¿La estructura jerárquica de nuestra iglesia de San Sebastián infunde esperanza y ánimo?

¿Esta situación eclesiástica diocesana siembra bienaventuranza y paz o, más bien, es un amasijo de prácticas religiosas, de proyectos inmobiliarios, de leyes, tensiones y odios?

Nos acogemos al papa Francisco que es hombre de esperanza.

Gracias a Dios

Tenía mucha razón el filósofo del siglo XX, M Heidegger:

Solamente Dios puede salvarnos

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. (Salmo 26,2)

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