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La casa como bendición

Miércoles, 18 de marzo de 2020

95c174eb1e66c19c845b0c03e9738567Magdalena Bennasar, SFCC,
Bilbao.

ECLESALIA, 16/03/20.- Leo el periódico y un poco saturada del tema que ocupa en estos momentos y que no quiero ni nombrar para no cederle más espacio, encuentro un artículo que me fascina.

Leo en diagonal y comparto alguna frase: … el charrán ártico es capaz de recorrer 90.000 kms, pasar 273 días lejos de sus colonias y, pese a encontrarse a miles de kms de su casa, encontrar siempre su camino de vuelta. El ser humano, si pierde de vista su meta, no es capaz de mantener un rumbo estable más de 8 segundos.

Los inuits, distintos pueblos que habitan las regiones árticas, establecen puntos de referencia terrestres para guiarse y componen canciones para acordarse del paisaje. Al cantar, la letra les dibuja el camino en la cabeza.

Los vencejos no necesitan descansar y se pueden pasar hasta 10 meses en el aire comiendo lo que el viento les trae. El cascanueces americano esconde semillas en lugares esparcidos sobre unos 260 kms cuadrados para sobrevivir al invierno. Un solo pájaro puede esconder más de 30.000 semillas en unos 6.000 escondites distintos.

Cada riachuelo tiene un particular buqué de fragancias que produce en el salmón una impronta antes de emigrar al océano y que luego utiliza como señal para identificar su afluente natal…

No voy a seguir para no agobiar con datos. Simplemente, te invito a hacer Lectura Orante de esta información de la Palabra de Dios, creada, maravillosamente extendida a lo largo, ancho, alto y profundo del Planeta, que estos días, con todo lo que publican, con el pánico que infunden, consiguen que olvidemos.

Ellos, los arriba citados, y miles más, saben encontrar el camino de vuelta a casa. Estén donde estén, pasen lo que pasen, vivan lo que vivan en el camino. El retorno está asegurado, está grabado dentro de ellos mismos. Utilizan todos sus sentidos para volver a casa. El objetivo no es volver, es vivir, pero de tal modo, que jamás se olviden de como volver.

Para mí esta Cuaresma, que la vivo con gozo pascual, porque no siempre los tiempos litúrgicos coinciden con el Kairós o tiempo de Dios en nuestra vida, está siendo esa brújula interior que me reorienta a casa.

¿Qué es casa? Desde luego, más que unas paredes, que puede o no ser, volver a casa es estar en contacto con tus raíces profundas, más allá de tu apellido y lugar de origen. Raíces de Dios mismo en nosotras y nosotros. Volver para nutrirlas, cuidarlas, porque en esta casa soy libre y estoy feliz y cómoda en todas las dimensiones de la vida: física, intelectual, espiritualmente.

Volver a casa, es saber descubrir las semillitas, las canciones, los vientos, los aromas y colores que al percibirlos, sabes hablan de tu camino, de lo tuyo. Sabes que gracias a todo ello eres quien eres, y estás en casa, y sabes volver a ella, a esa casa, que es tu vida, tu Vida, y que tú y sólo tú diseñas y construyes y reparas y decoras y quitas alarmas y cerrojos para convertirla en esa Tienda de acogida en tu desierto y de tantas personas en desiertos inhóspitos.

Tu casa, tu nido, tu espacio donde convocas a los que quieres, a los que mimas, cuidas, curas. Porque este lugar a tí te mima, cuida, cura, estés donde estés.

Deseo que visualices tu casa, tu tienda y tu camino de vuelta al espacio sagrado donde el Amor es carne de tu carne, donde gestas vida y la das.

Y no te olvides de las flores que empiezan a brotar, y que colorean hasta los boxes de hospital y no te olvides ni del aroma del pan en tu horno, ni de invitar a los que añoras.

Tal vez alguno ya no está, invítale a tu casa, dile lo que no le dijiste suficientes veces.

Se llama hospitalidad contigo misma. Muchos y muchas, estas semanas estaremos recluidos en casa por un bichito. Dentro de lo tristísimo de la situación, crónica en África… cuando nos toca a los Occidentales, el mundo se viene abajo. Recuerda, nunca se viene abajo nuestra casa.

Ahí nos remiten los sanitarios. Sabiduría de siglos, evitar contagios y sobre todo, interpreto yo, desde mis claves, sabiduría del Planeta que nos descubre desplazados y nos obliga a volver a casa. Como los insectos, las aves, los inuits o esquimales… con cantos, con semillas, con tiempo para estar en familia, cocinar, orar, dialogar, porque, si soltamos todos los aparatejos, algún ratito encontraremos para “estar”.

Y también con tiempo para, con inteligencia intuitiva, preguntarnos, si algo chirría: ¿No estoy cómoda en casa? Si no logras encontrar ese hueco, sigue el cosquilleo, sigue el rastro a la tristeza, a la añoranza. Sácalo al sol, a la luz, míralo despacito, a la cara. Ponle nombre, y sigue para casa.

Y de camino de regreso, recupera las semillas, ábrete a los vientos que te nutren, y como el salmón recuerda la impronta que te dejó tu riachuelo natal. Acoge ese momento de volver a casa como una bendición. Tú decides el sendero de vuelta.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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