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Pascua”, por José Arregi

Miércoles, 8 de abril de 2015

geloces-pascualsLeído en su blog:

El laurel y el sauce han florecido, las yemas del chopo revientan, canta el zorzal en lo más alto de la rama, la primera luna llena de la primavera resplandece en la noche. Es la Pascua de la vida que renace cada año: hace miles de años la celebraban los agricultores con el pan de las primeras gavillas, y los pastores con la carne de los primeros corderos. La vida es imparable y siempre nueva, como el Espíritu o la Ruah que respira en todo y reanima lo que parece muerto.

Es la Pascua que los judíos historizaron para celebrar la liberación de su pueblo oprimido bajo el faraón, imagen de todos los pueblos oprimidos.

Es la Pascua cristiana de la memoria de Jesús, el profeta mártir, el justo condenado, el Prójimo compasivo del leproso y del hambriento, el Buen Samaritano de todos los heridos, el amigo de publicanos y prostitutas, el alegre comensal de los impuros y despreciados, el sanador de cuerpos y de almas, el mensajero de Bienaventuranzas para los pobres y perseguidos.

Es la Pascua del Crucificado resucitado. ¿Pero qué significa resurrección? No pienses en ningún milagro “sobrenatural”, piensa en el milagro de la vida que eres y que ves cada día en todo. La resurrección de Jesús no es la reanimación física de un cuerpo muerto, ni significa que sus células y átomos se habrían transportado súbitamente al cielo o a “Dios”, quedando el sepulcro vacío. No se trata de un hecho único y excepcional, como si nadie hubiera resucitado hasta ese momento ni hubiera de resucitar hasta el “fin del mundo”. Ciertos, los cristianos llamaron y seguimos llamando a Jesús “primicia” de la resurrección universal o “primer nacido de entre los muerto”: es nuestra forma de decir que él es para nosotros el icono y el ejemplo de la vida resucitada de todos los vivientes en el Viviente, en la Vida, en Dios.

Es la Pascua de la Resurrección de Jesús, pero no tuvo lugar hace 2000 años, ni unos días después de su muerte en cruz. Cada día es el “tercer día” pascual. Desde que nació hasta que murió, Jesús vivió resucitando a la vida que no nace ni muere, como todos los vivientes que viven de verdad. Jesús resucitaba sobre todo cuando se compadecía y curaba, cuando tocaba a los intocables, cuando escuchaba historias de dolor y contaba parábolas de desafío, cuando denunciaba las mentiras de la religión y los abusos del imperio, cuando anunciaba que otro mundo mejor es posible en estas nuestras pobre manos. Jesús resucitó en su vida y, cuando murió dándolo todo, resucitó del todo, como todos los que mueren dando la vida, pues dar la vida es vivir plenamente.

La resurrección de la Vida tiene lugar desde el comienzo del mundo, si hay un comienzo, y seguirá teniendo lugar hasta el fin del mundo, si hay un fin. Resucita la semilla en la flor del laurel, el árbol en la semilla, la flor en el árbol, el canto en la rama, la Vida en la Tierra, el Espíritu en la materia, Dios en el cosmos. La vida resucita cuando triunfa la bondad y es feliz. La vida resucita en el hijo cuyo padre fue asesinado por ETA y ha vencido el deseo de venganza hasta ser capaz de hablar con los asesinos de su padre y de perdonarlos. La vida resucita en la hermana de un joven torturado, asesinado y desaparecido por el GAL a las órdenes del Estado, y nunca ha odiado a los que lo hicieron. La vida resucita en el parado que lucha y en la persona deprimida que se levanta de la postración gracias a la serotonina y al Espíritu Paráclito que vive en todo.

Amiga, amigo, es tu Pascua. Tú también eres el Viviente, la Viviente, en la gran Comunión de todos los seres hermanos. Abre los ojos como María de Magdala y los discípulos de Emaús. No temas. Acoge y celebra tu vida, y cuídala en medio de todas tus cruces y luchas. La Vida puede más. El bien es más fuerte. El Espíritu te habita. Levántate y vive.

José Arregi

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“Las muchas caras de la muerte”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Domingo, 2 de noviembre de 2014

02-angel--Montjuic-2007-02.jpg_1306973099Leído en su blog Nihil Obstat:

En cada Eucaristía la comunidad cristiana se solidariza con aquellos que nos han precedido en el signo de la fe y han sido ya acogidos en el seno de Dios. La fiesta del dos de noviembre nos invita a reavivar la esperanza que nos asegura que, si bien nuestros familiares y amigos han dejado ya este mundo, no nos han dejado a nosotros, ni nosotros a ellos.

Pero la fiesta del dos de noviembre también nos invita a pensar en la muerte. La muerte da que pensar. Nos hace caer en la cuenta de la finitud del ser humano, pero también plantea la pregunta por la posible trascendencia del humano. Esto se manifiesta en el hecho de que los humanos tratamos a los muertos con respeto, no los dejamos tirados. Cuando alguien muere, los suyos se encargan de celebrar alguna ceremonia o de repartir recordatorios. Aquel que ha muerto no es un cualquiera, es alguien único, irrepetible. Y en las ceremonias fúnebres, que son tan antiguas como los seres humanos, subyace la pregunta por la posible permanencia del difunto. Incluso en el mundo laico y secular se oye la expresión, refiriéndose al difunto: “allí donde esté” (¿pero en qué quedamos, está enterrado o “allí dónde esté”?).

Hay una relación perversa con la muerte. Por una parte, es objeto de repulsa y de miedo y hacemos cualquier cosa por evitarla. Pero, en la sociedad contemporánea la muerte ha adquirido nuevos rostros. La noche del 31 de octubre se celebra la fiesta de Halloween. De pronto, la muerte es motivo de risa, juerga y diversión. En muchas ciudades españolas aparecen adornos, puestos por las autoridades públicas, para divertirse a costa de la muerte. Los bares y discotecas ofrecen todo tipo de fiestas para atraer clientes deseosos de reír y jugar con la muerte, no sé si para olvidar otras muertes más reales y lacerantes que les acosan todos los días, y que se resumen en la fragilidad de la existencia.

Las imágenes de la televisión o del cine muestran otra vertiente en relación con la muerte. Los niños pasan el tiempo con videojuegos que son objeto de ejecuciones. Los adolescentes juegan con la muerte por el placer de la velocidad, de la competición o con el uso de estupefacientes que les estropean la vida. Los adultos recurren a las guerras, a la violencia conyugal, a las rivalidades étnicas. A los hombres les encanta pelearse. Hay personas religiosas que sitúan en el centro de sus prácticas el sacrificio, que es una especie de ejecución y de desprecio al cuerpo. Son muchas, demasiadas, las realidades que niegan el valor de la vida.

El cristiano cree en la vida. Por eso, espera la resurrección de los muertos. Esta consideración se fundamenta en el amor y el poder de Dios, el único que puede dar vida a un muerto, igual que puede hacer surgir las cosas de la nada. Esta fe debe hacernos críticos con todo lo que, de un modo u otro, atenta contra la vida y la dignidad de la persona. En positivo, esta fe nos hace vivir de otra manera, siguiendo los pasos de Cristo, el Viviente por excelencia.

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