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La esperanza cristiana

Lunes, 21 de diciembre de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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La espera de la venida de Cristo al final de los tiempos no hace de los cristianos unos holgazanes que duermen el sueño beatífico de la evasión, sino que hace de ellos los seres más activos y operantes de la construcción del mundo. De aquí la exhortación primordial de Jesús: Velen. ¡Cuidado con el sueño religioso!

 La esperanza cristiana está reñida con los cálculos. Los cálculos hay que hacerlos fatigosamente con todos los demás seres humanos. El Espíritu Santo no ha garantizado a la Iglesia ninguna ciencia infusa, sobre todo la economía, la sociología o la política. Sólo le ha garantizado la fe y la esperanza, sin más soporte que la promesa de Dios.

La esperanza cristiana sobrenada por encima de todas las tragedias humanas. Los cristianos deberían saber interpretar los momentos más negros de la historia como signos de liberación. Y tras esta interpretación optimista, deberían buscar afanosamente la manera concreta de insertarse en el que resulte ser el más eficaz y honesto proceso de liberación humana.

Las promesas mesiánicas se cumplirán; se van cumpliendo a través de nuestro compromiso temporal: luchamos paciente y esperanzadamente para que toda justicia sea implantada. Y un primer paso es solidarizarse con los sufrimientos de los que son víctimas de la injusticia, unirnos a sus reclamos

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(Misal de la comunidad)

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

Aprender de la esperanza cristiana

Sábado, 14 de marzo de 2020

untaljesusGabriel Mª Otalora,
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 09/03/20.- Jesús de Nazaret, en cuanto que fue hombre en todo menos en el pecado, tuvo que pasar una dura experiencia que no sé yo si somos capaces de percibirla con la radicalidad que tiene la esperanza que lleva consigo. Como si de tanto escuchar y leer los evangelios, una parte esencial la hubiésemos perdido. Si fuera así, el tiempo fuerte de Cuaresma es ideal para recuperarla.

Me refiero al entusiasmo inicial que le produciría a Jesús su misión anunciando el Reino de Dios poniendo todos sus sentidos en la acción salvadora en aquellos primeros destinatarios judíos. Un entusiasmo que dio paso a las dudas propias de quien experimenta cómo los poderosos de aquella sociedad teocrática no estaban dispuestos a dejarle realizar su misión. Como humano que fue, tuvo sus expectativas sabiendo que cumplía con la voluntad del Padre; experimentaría sentimientos de alegría y decepción, de entrega gozosa y de miedo que él canalizó admirablemente pero sin beneficiarse de su doble condición divina y humana. Por tanto, no vivió exento de sufrir la tentación del desánimo ante las dificultades cada vez mayores para cumplir la tarea encomendada.

De hecho, las cosas se fueron torciendo: su familia no le comprendía y fueron a buscarle porque estaba desacreditando al clan familiar; cuando vuelve a su pueblo, sus convecinos no le despeñan por poco, llenos de ira y rabia; las autoridades religiosas le soportaban cada vez menos y sus amigos apóstoles pensaban más en la liberación política de Israel que en la revolución del Amor. Tuvo que dejar de transitar por algunos lugares mientras descubrió una gran fe entre las personas ajenas al “pueblo escogido”, como ocurrió con la mujer sirofenicia. Estaba claro que el círculo iba estrechándose y que su misión corría riesgo verdadero de fracasar desde cualquier punto de vista humano.

El amor, la esperanza y la fe inquebrantable en el Padre a base de oración le dan fuerzas para seguir aun cuando su propia vida comenzaba a correr verdadero peligro. Y así fue. Qué terrible tuvo que ser la noche de Getsemaní con todas las peores sensaciones y tentaciones juntas y sin el apoyo de sus íntimos, dormidos en el sopor de la cena de Pascua. Ni siquiera les hizo mella entonces el mensaje de amor fraterno que hoy revivimos en cada Eucaristía. Él no se libró de la ignominia, la calumnia y el insulto, la humillación y el descrédito; ni de la tortura, el abandono o la muerte como el peor de los apestados.

De todo eso puede ocurrirnos en la vida aunque en menor escala. La sola posibilidad  de un pequeño fracaso económico, de salud o sentimental, nos pone de los nervios y puede arrasar el ánimo sine die. Pero hasta de las limitaciones y fracasos de la vida Dios se vale para empujarnos a superarlo todo y  para recentrarnos en lo esencial de la mano de Cristo resucitado. Escuchar, confiar, orar y cambiar nuestra pobre dinámica ayudando a los demás es la receta. La Cuaresma, desde esta óptica, es un camino de humildad y oración para desatascar  nuestra zona de confort y crecer cristianamente  aún en las situaciones en las que todo parece que está abocado al fracaso, incluida la muerte.

Jesús fracasó de tejas para abajo pero gracias a su confianza radical en el Padre y a su actitud de amor incondicional transformó la historia en un antes y un después, porque para el cristiano “la esperanza ya no es una expectativa, sino la certeza de que aquello que se promete en la palabra de Dios, se cumplirá” (Carlos Amigo). Su esperanza nos salva, ¡Dios salva! Aprovechemos la Cuaresma para abrirnos a la voluntad de Dios desde la realidad que vivió Jesús con la única llave posible para mantener una esperanza radical: la humildad. Y sobre esta reflexionaremos en la próxima ocasión.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Espiritualidad ,

“Esperanza definitiva”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Sábado, 18 de octubre de 2014

1456497_10151711591891814_1598883516_nLeído en su blog Nihil Obstat:

La esperanza cristiana tiene la misma estructura que la esperanza humana. Aunque, ciertamente, el objeto de la esperanza cristiana es Dios mismo. Lo que finalmente esperamos los cristianos no es solo vivir más y mejor, es vivir con Dios y en Dios. Por eso, el Credo de la fe cristiana termina en la esperanza: esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Esta esperanza cristiana está bien fundamentada. No es una vana ilusión. Se apoya en el poder y en la misericordia de Dios. Si en Jesucristo, Dios nos ha manifestado el poder que tiene de resucitar muertos y el gran amor que tiene por todos y cada uno de nosotros, entonces es lógico esperarlo todo de él.

Amar a alguien es decirle: “yo quiere estar siempre contigo”. A partir de ahí se comprende que el amor de Dios sea fuente de vida eterna: Dios quiere estar siempre con aquellos que ama. Por otra parte, los que creemos que Dios está en el origen de toda vida, tenemos ahí un buen argumento para confiar en el poder de Dios, pues si Dios puede sacar vida de donde hay, por el mismo poder puede devolvernos la vida. Nacer es “aparecer”. Antes de nacer yo no era. Al nacer se ha producido en salto del no ser al ser. ¿Por qué este salto no puede repetirse en el momento de mi muerte? ¿Por qué lo que ya ha ocurrido una vez, no puede volver a ocurrir?

Esta esperanza cristiana en la resurrección de los muertos, esta esperanza en vivir con y en Dios para siempre, no es un motivo para cruzarse de brazos, sino un acicate para querer que ya, aquí y ahora, en nuestra realidad y en nuestro mundo, la voluntad de Dios se cumpla. Y la voluntad de Dios es vida y amor para todos. Dios quiere no sólo un futuro para cada uno de sus hijos e hijas, sino también un presente lleno de vida. Por eso, la esperanza en Dios es un motivo para luchar por un mundo mejor en el que los seres humanos encuentren motivos para vivir y para esperar. Sin un presente bueno, sin este esfuerzo por construir un mundo en el que se respete la dignidad de todas y todos, sin este presente, digo, la esperanza cristiana se convierte en un falso consuelo.

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