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“¿Qué hay de tóxico en cierto cristianismo?”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 29 de enero de 2025
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IMG_9572De su blog Beste aldera joan zen Jesus / Jesús se fue a la otra orilla:

Mejor ser cristiano sin decirlo que proclamarlo sin serlo
-San Ignacio de Antioquía, + 108 d.C., mártir y obispo-.

Me imagino que el abuso espiritual es una forma concreta del abuso de poder. Cuando se produce un abuso espiritual, la persona que pide ayuda se convierte en víctima en manos de un manipulador-verdugo que, de hecho, abusa del poder que se le ha concedido y arruina la vida de la persona que se le ha confiado.

La persona abusada sufre, siente miedo, ira, depresión, pero se le dice que el sufrimiento es parte del proceso de curación, que ésta es la voluntad de Dios, que debe ofrecer su sufrimiento en expiación por faltas no especificadas, que debe abrazar su cruz. Luego se calla y sigue adelante. También porque el abusador explica que su relación no se debe contar a nadie, que los demás no la entenderían.

Imagino, también, que no existe un perfil de víctima ideal. Todos estamos potencialmente en riesgo. Pero está claro que cuanto más frágil es la persona, más necesita encontrar apoyo espiritual, mayor es la posibilidad de caer en manos de un abusador. Quizás los únicos que están a salvo son aquellos que sospechan de todos, que nunca confían, mientras que cuanto más buena y abierta es la persona a los demás, más propensa pueda ser a entrar en esta diabólica situación. Me supongo que los abusadores son muy inteligentes para saber encontrar el lado débil de la persona en dificultad. Una persona en búsqueda, una persona que sufre y está dispuesta a abrir su corazón para buscar respuestas y alivio, puede caer más fácilmente en las trampas del abuso.

Los expertos suelen hablar de dos grandes tipos de abusadores. Está el abusador de buena fe. El que está convencido de que está haciendo el bien de la persona, el que se siente el salvador de la patria. En realidad es una persona que tiene una gran necesidad de los demás, que une a quienes le rodean a sí mismo porque no podría vivir sin ello. En realidad, aunque sea de «buena fe«, es una persona muy problemática. Y, en el otro extremo, estaría el narcisista perverso. Una mala persona, perfectamente consciente de lo que hace. Quiere el control total de la persona que tiene delante. Quiere manipular su conciencia, suscitar admiración, consenso y aplausos hacia él, llegando incluso al abuso sexual. Los dos tipos de abuso están estrechamente relacionados. Primero se toma el control del corazón, de la mente y después se controla incluso el cuerpo.

Entre los extremos, entre la «buena fe» y lo perverso, también puede estar la persona hiper-egocéntrica que tiene una gran neurosis y que, para calmar su ansiedad, utiliza su propia imagen para calmar su narcisismo. No le gusta la competencia de gente brillante, se rodea de seguidores, sólo quiere destacar su propia imagen. Incluso en el ámbito eclesial se confunde visibilidad con eficacia apostólica y la eficacia apostólica con los link (aplauso, visualizaciones, seguidores…).

Es necesario mantener un nivel alto de atención. También porque aquellas personas que tienen la responsabilidad de la guía espiritual deben dejar de lado la tentación de ser fascinantes y atractivos a toda costa. Ya hemos visto demasiados maestros espirituales que abusan de su encanto espiritual, intelectual,…, para otras cosas más espurias e inconfesables que nada tienen que ver con el servicio evangélico.

Desde la distancia de mi desconocimiento sobre la materia, hablar de abuso espiritual significa aventurarse en un terreno complejo. El abuso espiritual deforma, arruina, bloquea e inhibe el anuncio del Evangelio. Es una herramienta diabólica que algunos cristianos utilizan sin darse cuenta del daño que esto hace al anuncio de la salvación. Y, tan complejo, hablar sobre una religiosidad tóxica. Una religiosidad tóxica hasta puede parecer un oxímoron pero yo creo que es una triste realidad que se extiende a lo largo de los siglos y la historia de la comunidad cristiana.

Pero otro aspecto a tener en cuenta, y que es el motivo más directo de mi reflexión, es el de un cierto cristianismo tóxico. En ello me gustaría centrarme con algún detenimiento.

En lenguaje médico, una toxina es una sustancia que es nociva para un organismo vivo y pone en peligro su existencia. Se puede decir que un organismo sano es capaz de resistir la presencia de algunas sustancias tóxicas de forma proporcional al grado de salud que se disfruta y durante un tiempo limitado. Si la presencia de toxinas se vuelve predominante o se prolonga demasiado, puede poner en riesgo la propia supervivencia del organismo o provocar deterioros permanentes que reducen su rendimiento y calidad de vida.

¿Se puede trasladar la metáfora de la toxina a la vida espiritual de la Iglesia cristiana?

Yo creo que sí. Y seguramente un ejemplo de ello son ciertos episodios de abuso de conciencia, espiritual, etc. Es a la vez cierto y preocupante observar cuán enfermizas y enfermas son algunas experiencias de fe. Y creo que se puede hablar de patologías en ciertas experiencias cristianas de la fe. De hecho, el estado de enfermedad a menudo está entrelazado con la dinámica espiritual de la vida.

¿Cuáles son los patógenos prevalentes? ¿Cuáles son los patógenos recurrentes? ¿Es posible identificar al menos las principales cepas y elaborar una reflexión que no tenga la ambición de prescribir terapias fáciles, pero que al menos sugiera una primera evaluación?

Mirando hacia atrás, mirando alrededor y mirando hacia dentro, creo que la clave para detectar “perfeccionismos tóxicos”, “ambientes tóxicos”, “factores tóxicos”, “signos de infección”…, está precisamente en volver la mirada a Jesucristo (“poner los ojos fijos en Jesús Hebreos 12, 2-11) o en poner delante de nuestros ojos la Buena Nueva o el Evangelio del Reino de Dios. (Mateo 4, 17).

Yo creo que no existe una era poscristiana para quienes tienen fe. La nuestra es una época que tiene un régimen cambiado, un régimen global -cultural, social, político, jurídico, estético- que no está inspirado en el cristianismo. Es decir, una época que ya no es de cristiandad. Un cierto cristianismo ya ha acabado. Y tampoco pienso que debemos pensar en ello con nostalgia, ni debemos trabajar a tiempo y a destiempo, a toda costa, para salvar algunos restos de ese cristianismo.

Como también nos recuerda a menudo el Papa Francisco, estamos en un cambio de era (Evangelii Gaudium) y no podemos evitar preguntarnos con qué cristianismo podemos seguir creyendo hoy. Aquí está el gran desafío.

¿Con qué cristianismo podemos seguir creyendo hoy?

Son muchos los países en los que cierto populismo de derecha explota el elemento religioso como verdadero cemento cultural, como base identitaria de la comunidad nacional. Vemos el regreso de una visión formalista y culturalista de la religión, como un fenómeno formador de identidad y quizás excluyente. Incluso en el nivel político, un simplismo preocupante gana y se afirma en la muy compleja realidad de nuestro mundo globalizado.

¿Y qué decir del lema: Dios… Patria… Familia? En muchos sectores se ha afirmado, con razón, que ese lema es una blasfemia. Si hablamos de «Dios«, ¿nos referimos al Dios que nos dio a Jesús de Nazaret en los Evangelios? Jesús afirmó una distinción radical: «Dad al César lo que es del César, pero dad a Dios lo que es de Dios» (Mc 12, 17). ¿Y será la “Patria” ese alma sagrada de un país de fronteras inviolables? Ya en el Deuteronomio, escrito hace 2500 años, se le dice a Moisés que Dios: «ama al extranjero y dale pan y vestido» (Dt 10, 18). Y sería más prudente guardar silencio sobre la «Familia«. ¿De qué modelo familiar necesita nuestro mundo marcado por la cultura de la incertidumbre? Estas tres palabras juntas sólo generan confusión, e incluso perturbación, y debemos esperar que no sean la propuesta ideológica para gobernar un país.

Como decía antes, yo creo que, incluso detrás de ciertos episodios de abuso de conciencia, espiritual, etc., hay un cristianismo tóxico. Y digo “tóxico” porque es un cristianismo sin el Evangelio de Jesucristo.

¿Cómo se manifiesta el Reino de Dios?

¿Quién fue Jesús de Nazaret? ¿Cómo hizo presente a Dios? No fue un hombre poderoso de este mundo, no se presentó como dueño de la Ley, no se identificó con los justos, no se centró ante todo en el universalismo de la culpa y del pecado.

Anunció insistentemente que el “Reino de Dios” ya estaba presente. ¿Y cómo lo manifestó? Con su humanidad. Escuchó el grito de los pobres, de los enfermos, de las víctimas.

En su ‘compasión‘ no sólo nos mostró una opción de vida sino que hizo presente a Dios, lo inaccesible. Nos mostró quién es Dios. Por eso se identificó con los hambrientos, los sedientos, los extranjeros, los enfermos, los desnudos, los prisioneros: «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).

Abrió el camino a una fraternidad verdaderamente universal. Por lo tanto, Dios ‘reina‘ cuando nosotros, los discípulos, buscamos sanar creativamente este mundo enfermo, cuando vivimos y afirmamos la primacía de la compasión. Aquí está el rostro encarnado, histórico, samaritano y social de un cristiano.

Discernir e identificar resueltamente las “toxinas”

A partir del Evangelio, las “toxinas” de ciertas propuestas con marchamo cristiano y eclesial parecen evidentes. Y es evidente que aquellos que no están en sintonía con el Reino de Jesús están en sintonía consigo mismos y quizás con otros intereses. El discípulo cristiano o está en sintonía con Cristo o explota e instrumentaliza la «religión» a su servicio. Tenemos suficiente historia a nuestras espaldas para afirmar que sólo la compasión hace progresar a la humanidad. Que sin la ética del altruismo faltan las bases de una verdadera civilización. Que sin la práctica del servicio samaritano, tal y como se desprende del lavatorio de los pies que San Juan relata como paradigmático en la última cena, se vacía la fe cristiana por mucho ornamento eclesial que tenga.

Aunque la cristiandad ya pasó, seguimos estando llamados a creer en el Evangelio de Jesús para identificarnos con Él. Él mismo es el “Evangelio”. Este es el factor crucial y discriminante para nosotros. He aquí el fuego que mantendrá viva y fuerte la fe de la minoridad que marcará el futuro del cristianismo. Y esa minoridad sabe bien que Jesús no fue el Rey de la gloria… sino que eligió no bajar de la cruz para convencer a nadie del verdadero significado de su realeza.

Jesús se identificó así con el dolor de todas las víctimas inocentes, cruelmente sacrificadas en el anonimato más dramático. Los cristianos, siguiendo a Jesús, están llamados a tener los ojos bien abiertos para mirar cara a cara la injusticia y el absurdo del sufrimiento inocente. Aquí está el rostro de su «mística«. Una mística de los ojos abiertos.

No nos debe preocupar salvar los restos de una cristiandad que pasó a mayor gloria. Pero sí debemos aprender y saber discernir e identificar decididamente ciertas «toxinas» prepotentes, presuntuosas y narcisistas de una cierta presentación y experiencia del cristianismo en las antípodas del Evangelio y del Reino de Dios.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , , , , ,

«El abuso espiritual», por Alfonso Pérez Ranchal

jueves, 3 de octubre de 2019
Comentarios desactivados en «El abuso espiritual», por Alfonso Pérez Ranchal

El-Poder-Sutil-de-Abuso-Espiritual-Johnstone-9781560635109¿Qué poco se habla de esto… Un artículo muy interesante y clarificador:

«Hay abusos no necesariamente escandalosos pero que producen daños de la misma intensidad»

«Determinadas clases de pensamiento, o estructuras eclesiales, se basan precisamente en algún tipo de abuso»

«Este creyente, que puede tener una sensibilidad diferente o tal vez ha leído otras posturas posibles frente a determinados temas o pasajes bíblicos, será considerado como molesto por los que abusan de su posición»

«Bajo una máscara de piedad el abusador pretende actuar en nombre de Dios»

Sale Guía para prevenir el abuso espiritual

Hablar de abuso en el contexto de la iglesia era hasta no hace mucho como entrar en un territorio casi virgen o inexplorado y no debido a que se desconocieran casos, sino porque los mismos se silenciaban siendo considerado este tema una especie de tabú. Enormemente significativo es, además, que determinadas clases de pensamiento, o estructuras eclesiales, se basan precisamente en algún tipo de abuso haciendo del mismo una forma de vivir la fe incurriendo de esta manera en su normalización. Con esto último quiero significar que lejos de ser detectados, y consecuentemente denunciados, lo que ocurre es que esta forma de proceder se presenta como cristiana y, entonces, el desastre está servido.

«Después de trabajar cuarenta años como guía espiritual, me aterrorizan los enormes sufrimientos que causan los dictadores espirituales a personas, grupos y congregaciones cristianas. Al mismo tiempo, me causa consternación el hecho de que rara vez se habla con claridad acerca de esto, aún entre los cristianos y los especialistas en este campo» (Edin Lövas).[1].

Cuando hablamos de abuso lo que posiblemente nos viene primero a la mente es el de tipo sexual, pero la realidad es que los hay de variadas clases y el que se puede dar en el seno de una determinada congregación no necesariamente puede parecer escandaloso, pero produce un daño de la misma intensidad y repercusiones para la persona que lo sufre. Por tanto, sin duda podemos hablar de abuso espiritual el cual se puede estar dando sutilmente, de forma consciente o no, en no pocas congregaciones y que supone para la persona que lo padece un gran sufrimiento. Frecuentemente es del pastor, del anciano, del presbítero o del dirigente de donde procede este abuso.

“El abuso espiritual consiste, precisamente en maltratar a una persona que necesita ayuda, apoyo o mayor crecimiento espiritual, lo cual debilita, sabotea o disminuye el desarrollo espiritual de esa persona” (David Johnson y Jeff Van Vonderen).[2].

Nunca se habla con claridad de los sufrimientos que causan algunos dictadores espirituales

Uno de los casos más llamativos y comunes es el que se basa en la supuesta autoridad de un pastor o cuerpo dirigente y en donde no está permitida la discrepancia. Algunos creyentes son sistemáticamente silenciados o ignorados cuando tienen una opinión diferente en temas doctrinales, de organización o de orientación para la iglesia.

Sostenidos en esta supuesta autoridad divina que él o ellos representan, se mira con desdén, se pone en tela de juicio la espiritualidad del creyente o sencillamente se le llama al orden. Este creyente, que puede tener una sensibilidad diferente o tal vez ha leído otras posturas posibles frente a determinados temas o pasajes bíblicos, será considerado como molesto, poco espiritual y muy posiblemente tachado de pretender estar por encima de lo que Dios dice y que equivale exactamente a lo que ellos enseñan. Es un tipo de abuso que se puede llamar de posición ya que son ellos los escogidos divinamente y se ven legitimados para actuar de esta forma.

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Con esto no pretendo decir que no se den casos en donde un cristiano por su cuenta y riesgo quiere imponer algo que puede estar claramente equivocado o tener una mala actitud o incluso soberbia, estoy hablando de otra cosa. Es sobre esta posición elevada de los dirigentes, supuestamente espirituales, que coaccionan, presionan e incluso colocan un interrogante a la integridad moral del que se ha atrevido a mostrar su disconformidad. Al creyente sensible esta situación le producirá un profundo malestar, podrá confundirlo e incluso puede que se calle de allí en adelante y que viva sus dudas y preguntas en su interior.

Es importante tener presente que podemos hablar de abuso espiritual cuando un cristiano que necesita orientación, comprensión o tener claras determinadas cuestiones de fe es silenciado. Para ello se puede recurrir a la manipulación, como ya hemos apuntado, y así es debilitado y disminuido su desarrollo como persona, como creyente. Los que están en posiciones de autoridad podrán incluso hablar de él como alguien problemático y que debe abandonar el ministerio que puede estar desarrollando o, sencillamente, dejarlo de lado para que así produzca la menor molestia posible en el futuro y, por supuesto, excluirlo de cara a una futura labor eclesial.

Esto también tiene un equivalente en nuestra era de las redes sociales. Así y desde las mismas, es que se apunta a los que supuestamente no están en la “ortodoxia”. Se busca que cuantos más conozcan la deriva de ese creyente mejor, se trata de difundir su nombre, de manchar su testimonio. Por supuesto, la ortodoxia la marca el acusador, pero en estos casos ya se ha pasado del abuso al acoso ya que el supuesto hereje está fuera de su área de influencia física. Bajo una máscara de piedad pretende actuar en nombre de Dios cuando lo que posiblemente está haciendo es actuar en nombre del diablo.

«El diablo no es el príncipe de la materia. El diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda» (Umberto Eco).

Otro tipo de abuso muy común es el basado en el legalismo. Al creyente se le coacciona de diferentes formas para que se comporte siguiendo un patrón establecido, el cual puede llegar incluso al cómo vestirse ya que, de lo contrario, es considerado como pecador o mundano. Es una manera de entender el cristianismo fijado en lo externo y descuidando en sobremanera lo interno.

Realizan una rígida división entre lo que pertenece “al mundo” y lo relacionado con Dios. Así, ir al cine o al teatro se podría considerar carnal, lo mismo que acudir a determinados espectáculos, escuchar un tipo de música o el reunirse con una serie de personas no creyentes. En claro contraste, lo bueno y aceptable por Dios sería todo aquello relacionado con la congregación y que ellos se encargan de programar.

Se hace hincapié en la continuada lectura de la Biblia, en la oración sin cesar, en la asistencia a los cultos, a las reuniones de grupo, etc. Para esta mentalidad tiene toda la preeminencia las actividades de iglesia frente a cualquier otra, aunque ésta última sea familiar, entre amigos o laboral. Si el creyente no se atiene a estas normas, muchas de ellas tácitas, se le considera en pecado, descarriado, y llegará el momento en el que se le llame al orden.

Frases como poner la otra mejilla, respetar en todo al marido, que él es la cabeza del hogar creyente o que Dios tiene un propósito en todo, son usadas para perpetuar el sufrimiento de la esposa

Esto suele crear una conciencia de culpabilidad que se traducirá en no saber reconocer la libertad a que Cristo nos llamó. Es una manipulación en toda regla que quiere hacerse con el control de la vida y de la alegría de esa persona. Acabarán concibiendo a Dios como un juez cruel que siempre está atento a cualquier falta para castigarla. Un Padre celestial que ante todo es vengativo y apático y que para defender su santidad, coarta las vidas de sus hijos.

Parece que el creyente que sabe que ha sido salvado por gracia, ahora tiene que hacer tal cantidad de méritos que acaba ahogado en el intento. Sí, la salvación fue gratuita, pero ahora su vida cristiana se sostiene en un hacer y en un evitar para no despertar la desaprobación divina. Dios los liberó, pero este tipo de iglesias los vuelve a atar con cargas más pesadas.

Cuando una persona ha sufrido este tipo de abuso espiritual las consecuencias que aparecen en ella son comunes a otros tipos de abusos. De hecho, si llegan a salir de esta clase de congregaciones quedan marcadas y casi incapaces de confiar en otras personas que sí poseen una genuina autoridad que no es otra que la sostenida en el servicio entregado y desinteresado. También se acercarán a las Escrituras sin poder entender qué significa la gracia de Dios. Llegan a experimentar una profunda soledad y desilusión ante lo que ellos pensaban que era la vida de fe.

Si la persona no es tratada, puede quedar atrapada en una mentalidad propia de las abusadas tomando características enfermizas, lo que la predispone para nuevos abusos en el futuro, sean del tipo que sean.

Puede incluso llegar a creer que el problema es ella misma y que si Dios está airado, es por culpa suya, a eso se debe su infelicidad, su tristeza interior, jamás está a la altura.

A la persona atrapada en el abuso le es muy difícil salir. Las razones son variadas y así es frecuente la vergüenza, esto es ser señalada en el seno de esa comunidad e identificada como conflictiva e incluso destinada a la perdición; el miedo, ya que ha pertenecido al grupo por un considerable espacio de años y no sabe qué hacer fuera del mismo, a lo que se le une el temor a dejar familiares y amigos de toda una vida o incluso pánico a que algunas facetas de su vida se conozcan al haberse sincerado con alguien, en momentos concretos, buscando orientación. Son cadenas que la persona abusada arrastra y que la hacen sentirse cansada, triste y exhausta y es posible que ni siquiera lo aparente al vivirlo todo ello en secreto.

Otro tipo de abuso se da cuando se utiliza la Biblia para silenciar, apartar o incluso como una especie de garrote con el que se golpea al creyente. Así los líderes que creen tener la última palabra pueden usar una serie de versículos para apoyar su posición y mantenerse por encima del creyente común. El legalismo, del que ya hemos hablado más arriba, puede ser defendido de acuerdo a otra serie de versículos tomados fuera de contexto y usados como si Dios mismo estuviera manteniendo lo que ellos enseñan. El Antiguo Testamento es especialmente citado para este fin. Allí, gracias a una mezcla de ignorancia y mala fe, se pueden encontrar textos que apoyen casi cualquier idea. Por supuesto esconden lo que Jesús podría haber dicho al respecto y así algo ya superado por el Maestro se trae a otro contexto y tiempo defendiendo de esta forma su plena actualidad.

Un caso especialmente hiriente para con las mujeres es la idea de que éstas deben estar sometidas a sus esposos aun cuando los mismos se equivoquen y sean, de esta forma, obligadas a acatar los deseos y directrices de ellos. Incluso puede darse un maltrato psicológico y físico y aun así haber líderes que le aconsejen, en nombre de Dios, que regresen a su hogar, que oren y que soporten todo aquello como una ocasión para crecer. Frases como poner la otra mejilla, respetar en todo al marido, que él es la cabeza del hogar creyente o que Dios tiene un propósito en todo, son usadas para perpetuar el sufrimiento de la esposa.

 Esto, digámoslo claro, es una aberración muy lejos de lo que Dios desea para todos sus hijos. Nadie tiene el derecho de condenar a estas mujeres a un sufrimiento de tal calado, muy al contrario, deben ser escuchadas, sostenidas e incluso aconsejadas a que denuncien a sus maridos en los casos de gravedad. No es cierto que las mujeres deban aceptar y acatar esto como proveniente de Dios, sino todo lo contrario. Es más, deberían plantearse si sus esposos son realmente cristianos y si la situación es muy seria pensar en disolver el matrimonio. Ellas estarían en perfecto derecho de rehacer sus vidas a todos los niveles.

El abuso espiritual es un hecho que se da en no pocas congregaciones. No sirve de nada mirar para otro lado como si no ocurriera. Se trata de poner en evidencia a los lobos que han sido colocados para cuidar del rebaño. Jesús fue muy duro con aquellos religiosos de su tiempo que habían ahogado la verdadera fe en un mar de legalismo, que usaban las Escrituras para su propio fin, que creían estar por encima de todos o los que consideraban a la mujer como personas de tercera fila. Fue él el que dijo:

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los presos y dar vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año del favor del Señor» (Lucas 4:18-19).

[1] Lövas, E. (1991). Dictador espiritual. Terrasa: Clie, p. 11.

[2]                  Johnson, D. y Van Vonderen, J. (1995). El poder sutil del abuso espiritual. Miami: Editorial Unilit, p. 22.

Fuente Religión Digital

Espiritualidad

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