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“Sentires y pensares de una creyente liminal”, de Carmiña Navia Velasco

jueves, 15 de mayo de 2025
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Se trata de un libro inmerso en una gran com-pasión (en el sentido de sentir-con) por todos los oprimidos de la tierra, e igual erudición, tanto sobre las Escrituras como en cuanto a las visiones modernas de las feministas sobre todos los temas de la fe. Así, Navia nos llama a ampliar nuestros horizontes en relación con la vivencia de Dios, desde la pregunta de “qué nos dice Jesús de Nazaret hoy a las mujeres… a los y las pobres del continente latino americano”. En primer lugar, examina el contexto religioso que alimenta a Jesús en su inicio terrenal, con sus antecedentes en la tradición judaica, a la vez que en su experiencia de Dios, a quien Jesús percibe desde claves tanto masculinas como femeninas.

Recordemos que ya desde el Antiguo Testamento Dios aparece en un texto como una madre que amamanta a los fieles, una madre que vela por el hijo que alimenta (Isaías 49: 15-23). Pero Navia plantea enfoques originales al examinar los Evangelios. En la parábola del Hijo Pródigo, que ella re-nombra como la parábola del Hijo Menor, por ejemplo, descubre las huellas de una ruptura con el orden patriarcal, mediante la dádiva y el perdón del padre hacia su hijo menor más allá de las reglas establecidas, y una prédica de un amor como el que une a la madre con sus hijos e hijas. Partiendo de una crítica antropológica, la autora lamenta que la experiencia de Dios paterno-materno transmitida por Jesús haya sido interpretada por las autoridades de la Iglesia desde una “imagen monolítica patriarcal”, advirtiendo que Jesús habla de su relación con Dios con “cercanía y ternura”, y le llama abbá, palabra aramea que nombra al padre de forma cariñosa e íntima.

Leemos también cómo, a lo largo de los siglos, una serie de evangelios que claramente recogieron lo que podría llamarse las tendencias feministas de Jesús, como el Evangelio Copto de Tomás o el de María de Magdala, fueron censurados por la Iglesia, declarándolos apócrifos. Sin embargo, estas tendencias permanecen en muchos pasajes del Nuevo Testamento canónico, por ejemplo, en los relatos de Lucas 14 y 15, o Lucas 21, sobre una Gran Cena, y la conminación a entregar bienes a los pobres, a quienes “andan por los caminos”. Aparecen también en la generosidad de Jesús hacia múltiples mujeres que lo rodean y piden ayuda, en la respuesta a la mujer sirio-fenicia, cuya hija Jesús sana por la gran fe de la madre (Marcos 7:24-30 y Mateo 15:21-28), en su relación de amistad amorosa con Marta y María en Betania, u obedeciendo a su madre en las bodas de Caná, para citar solo unos pocos ejemplos. Todo lo cual apunta a un Dios que exige “reconocer al extranjero, a la mujer, al diferente”.

En otro momento del libro, nos encontramos con una reinterpretación novedosa del libro de Job, desde la religiosidad de mujeres populares de medios urbanos de latino América, mujeres que sufren distintos tipos de violencias. La imagen de Dios a la que Job accede al final del texto bíblico, reconociendo la sabiduría y el amor de Dios en medio del infortunio, es comparada con la fe inquebrantable, la aceptación de Dios en todos los momentos de la vida cotidiana que la autora encuentra en las mujeres del barrio donde vive. No se trata de una resignación semejante a un opio adormecedor, sino por el contrario, una cercanía íntima con la deidad, una energía que las “motiva e impulsa en sus luchas cotidianas”: una relación con un Dios padre y madre que “nutre, fecunda y da vida”, según la frase de Ethel Barylka.

Navia, al recoger brevemente las historias de vida del algunas de estas mujeres, para ilustrar el fenómeno del desplazamiento interno y reflexionar sobre él a la luz de la Biblia, nos invita a considerar este fenómeno social sin afán sensacionalista, sino compartiendo la profundidad del sufrimiento de colombianos y colombianas. Adicionalmente, un gran aporte de este ensayo es recordarnos algo que poco o nada aparece en otros estudios sobre el tema: Desde el Antiguo Testamento nos encontramos con la experiencia del pueblo hebreo de su despojo y exilio en Babilonia, recogida en los bellos textos de las Lamentaciones y del Salmo 137: “A orillas de los ríos de Babilonia, nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sion”. Tenemos también el libro de Rut, la moabita, donde “se reivindica la acogida a migrantes como una característica del pueblo de Yahweh”. En las escrituras cristianas, la experiencia del destierro aparece en el éxodo de José y María desde Nazaret hasta Belén, y en el posterior exilio en Egipto, ya nacido Jesús, para escapar a la masacre de niños proyectada y realizada por Herodes. La reflexión sobre estos antecedentes bíblicos culmina en una invitación a “guardar a los y las desplazadas en nuestro corazón”.

De gran interés es el capítulo sobre María de Magdala, figura que ha sido sujeto de múltiples leyendas, al ser vista como cortesana arrepentida o esposa de Jesús y madre de su hija. De la evidencia de la Biblia y en los textos extra canónicos, en cambio, surge una Magdalena que Navia reinterpreta no solo como una discípula destacada del Maestro de Nazaret, sino también, citando el Evangelio de Valentino, como una privilegiada entre los apóstoles, por ser su corazón “más enderezado que el de todos hacia el Reino de los Cielos”. Por otra parte, la autora señala que el papel de María Magdalena en los mismos evangelios canónicos, como primer testigo de la Resurrección, es tan segura, que el Papa Francisco la ha honrado designándola “Apóstol de los Apóstoles” en la liturgia del 22 de julio, y se ha referido a ella como “Apóstol de la esperanza”.

Ahora bien, Navia nos brinda una perspectiva original, al analizar el papel desempeñado por María de Magdala en la vida de Jesús de Nazaret a la luz de la ética del cuidado, ética caracterizada como esa “voz diferente” de las mujeres que ha planteado la psicóloga estadounidense Carol Gilligan, una actitud femenina en la que prima la preocupación por las relaciones y por el bienestar de otros y otras. María Magdalena es una de las mujeres que acuden a sepulcro a “cuidar el cuerpo” del crucificado embalsamándolo. En distintos momento, a Jesús acuden mujeres a cuidarlo; una de ellas lo prepara para su próximo entierro derramando un costoso perfume sobre sus pies (Lucas 7 y Mateo 26). Tales cuidados implican “conocimiento de hierbas naturales, de esencias” que en la historia de la Edad Media vemos que conduciría a que se persiguiera a las “brujas”. De modo similar, ya en el Evangelio de Valentino se advierte el “terror de Pedro” hacia las mujeres, y la rivalidad de otros apóstoles hacia María Magdalena, que llevaría a reducir la importancia de su papel en las primeras comunidades cristianas. Sin embargo, el Evangelio de María de Magdala la presenta “como una visionaria y una líder de la comunidad”.

En un capítulo memorable, Navia se acerca a la problemática de la mujer que aborta, “con las entrañas de misericordia que tuvo siempre Jesús de Nazaret”. Las circunstancias que llevan al aborto son analizadas como una situación liminal, donde la mujer se debate entre su tendencia al cuidado de la vida y las circunstancias difíciles para ejercer ese cuidado; por eso se reclama que escuchemos la voz de la mujer, a menudo radicalmente silenciada en los debates teológicos. Y se señala que el maestro tuvo siempre “un compromiso claro, cotidiano y permanente con la vida en los límites, con la vida cercada…, nunca unido a condenas morales hacia personas situadas en los límites”.

Esta capacidad de acogida, de piedad y clemencia, no es incompatible con una exigencia en otro contexto, de rechazar la solicitud de perdón de los victimarios del conflicto interno en Colombia ante la JEP, actores de delitos sexuales, cuando esta aparente expresión de arrepentimiento se hace por conveniencia, para evadir el castigo, y no con base en una verdadera contrición.  Esta debería ir aunada a un esfuerzo de transformación social y cultural; se requeriría reconocer que nuestra sociedad en parte se cimenta en profundas estructuras simbólicas de irrespeto a la mujer que dan pie a la misoginia y a los crímenes sexuales, como arguye Rita Segato en La guerra contra las mujeres. Solo transformando estas estructuras podemos hablar de un perdón plenamente sanador. Aun así, reconozcamos que para las víctimas perdonar es requisito para liberarse del lastre del odio, de la sujeción a la amargura.

A lo largo de este libro, Navia nos invita a “entender a la mujer como un lugar teológico y lugar privilegiado de leer la voluntad de Dios y los signos de los tiempos”, aprendiendo de “nuestras maestras en el espíritu, abriendo los ojos a tradiciones distintas a las que siempre han regido en las búsquedas espirituales en la iglesia”. Se trata de escuchar sus voces, desde las de las místicas como Clara de Asís o Hildegarda de Bingen, hasta las de todas las teólogas feministas que hoy dialogan en diferentes colectivos de América latina. Otros temas tratados por Navia en este libro, siempre con los mismos aciertos, incluyen la lectura de textos literarios a la luz de sus vivencias de la fe, los feminismos de la Iglesia católica en América latina, miradas liberadoras a la conjunción entre democracia, paz y cristianismo.

Para apreciar todas estas perspectivas en la complejidad de nuestro siglo, se hace imperativa una apertura epistemológica que nos permita un conocimiento renovado, que nos aparte de la rapaz concepción de la tierra como oportunidad de explotación, que reciba las enseñanzas del ecofeminismo, a la vez que nos permita “mirar y comprender con ojos de mujer, de negros, de mestizos o pobladores de barrios populares y marginales”. Esta mirada solo es posible con una teología que vea “la experiencia de los oprimidos” como “un terreno hermenéutico privilegiado”, en las palabras de Paul Kitter.

Por ello Navia nos invita a concebir la revelación no como la transmisión de dogmas sino como la capacidad de un conocimiento amoroso. Se trata de un llamado no solo a abrazar el pluralismo, sino también a abocarnos a “un hermanamiento” entre distintas religiones. Es más, la autora nos llama a pasar “de la religión a la espiritualidad”, donde el reconocimiento de las distintas formas de acercarse al Dios de cristianos y de no cristianos, e incluso la apertura a respetar la espiritualidad de agnósticos y ateos, nos permitan apartarnos de “dogmas, verdades, privilegios, razones … que cuidar”, para así “acercarnos y generar comunión”.

Gabriela Castellanos Llanos

[1] Estado de tránsito, fase en la cual se está en el umbral, entre un estado anterior y las nuevas posibilidades de lo que puede estar por llegar.

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«La Divinidad y las Mujeres. Recorrido genealógico urgente», por Carolina Narváez

miércoles, 18 de diciembre de 2019
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abundanciaCarolina Narváez M.*

Y es tanto lo que me abrasa mi alma en su divino amor que me saca de mí,
y quisiera y le pido rompa mi pecho y se entre en lo más íntimo de mi alma y mi corazón.
Y con la fuerza del incendio me propaso atrevida a darle tantos ósculos que no me satisfago,
porque el amor me ase querer asta comerme a su Magestad…
Isabel Manuela de Santa María,
De Conciencia
[c.1720, México]

El libro presentado por la teóloga y escritora feminista colombiana Carmiña Navia Velasco, Entrelazar miradas y palabras. Ensayos de teología feminista, me llega como viento fresco en medio de una relampagueante tormenta que habla de vida y movimiento. Si bien, la vivencia de Dios está estructurada a partir de las reglas y los acuerdos de las grandes instituciones eclesiales, es claro que ningún principio jerárquico ha llegado hasta el punto de la colonización total de la espiritualidad.

El recorrido genealógico que desarrolla de manera erudita y entrañable Carmiña Navia permite un acercamiento inesperado a la historia de las mujeres y la relación con la divinidad. De manera sincera, la autora se descubre en los primeros párrafos dando a conocer la forma desde donde ha escrito, pensado y sentido cada una de las reflexiones que componen el libro; para ella, la experiencia y el contacto con diversas comunidades de mujeres le ha ofrecido parte de su inspiración como también lo ha sido su propio recorrido espiritual, místico y teológico.

Carmiña Navia ha dedicado gran parte de su vida como investigadora y teóloga a pensar de forma crítica la fe y las mediaciones patriarcales que han edificado los varones de la iglesia. El libro se presenta como un relato que cruza perspectivas históricas, sociológicas, teológicas y feministas en aras de ofrecer rutas o señuelos para la desaparición de la mediación de la palabra masculina como única y universal.

La reflexión que acompaña transversalmente el libro hace parte de una tradición de pensadoras, especialmente teólogas feministas y filósofas, que han luchado para que al interior y fuera de la iglesia se nombre y se dé la importancia que merece la experiencia espiritual de las mujeres; deja claro que tal experiencia está, material y psíquicamente, construida por la diferencia sexual. Esto implica reconsiderar al Hombre como el modelo universal y por tanto desmontar la figura de Dios como varón. Muchas mujeres a lo largo y ancho de este sur nos hemos nombrado como no creyentes; tal vez como respuesta a la imposición de una mediación masculina, y también a la ausencia del compromiso de la iglesia hacia el bienestar total de las mujeres en la sociedad. El desorden simbólico construido desde la institución eclesial ha reverberado hacía la fe y la vivencia de la espiritualidad de las mujeres, afectándola hasta el punto de producir rechazo, y negación. El resultado ha sido para algunas el vaciamiento total del deseo genuino de una comunicación con el misterio.

Entrelazar miradas y palabras… Es un texto severo en tanto que describe y caracteriza la derrota religiosa de lo femenino, el enfrentamiento cruel al que se han visto expuestas las mujeres de fe que han conducido su espiritualidad bajo el principio de lo intangible, del lenguaje impreciso del amor y de la inexactitud de las experiencias de la fe. Carmiña Navia muestra con relatos claros y bien documentados cómo occidente, y especialmente la iglesia católica, ha descreído y desacreditado los legados espirituales y místicos de las mujeres. Remontándose a la antigüedad y pasando por la edad media, la autora revela la riqueza de la experiencia trascendente recordando a María de Magdala, Hildegarda de Bingen, Teresa de Ávila, Margarita Porete, Juana Inés de la Cruz, entre otras, esto con el ánimo de entenderlas como fuentes de conocimiento para la historia de la espiritualidad femenina, pero también como tipos de sensibilidad que han impulsado la asociación entre la libertad y lo sagrado.

Caminar de la mano de Carmiña Navia es un placer y lo es porque aquellos senderos que parecen infranqueables se despliegan en este libro para transitar del pasado hacía el presente y viceversa. La autora logra con exactitud mostrar a través del Speculum a manera de Lucy Irigaray, un reflejo que es solo posible a través de nosotras mismas. Es ahí cuando expone de manera tan reveladora que los sentimientos místicos y/o espirituales son muchas veces contradictorios, ambivalentes y a veces indescifrables. Tomada de su mano comprendí, a lo largo de la lectura, que la relación de las mujeres con la Divinidad no tiene por qué marcarse necesariamente bajo la sensación de la extrañeza, idea alimentada por la forma como los varones de la iglesia han estipulado la relación con Dios enmarañada de jerarquía y lejanía. Por el contrario, la tradición de la mística femenina demuestra cómo lo activo, lo juguetón, lo impreciso o lo inenarrable son condiciones necesarias para el gran complejo tejido de la vivencia espiritual.

En definitiva usted se encontrará con un libro que le ofrece elementos analíticos y críticos para formular una opinión o una idea del convulsionante tema de la divinidad y las mujeres. No me cabe la menor duda que se topará también con la energía trascendente. Hallará en sus páginas un sendero dibujado para la vivencia espiritual de una mujer como yo en el siglo XXI. He de resaltar que el libro ofrece un recorrido por la historia de la teología de la liberación, movimiento espiritual que logró desde América Latina la inclusión de otros sujetos y que aun así, no alcanzó a las mujeres y al problema de la invisibilización de sus prácticas y experiencias al interior de la tradición cristiana.

“Caminos espirituales” decide llamar la autora a los apartados que se muestran como mapas para el laberinto; es aquí donde Carmiña Navia mezcla extraordinariamente el pensamiento y la práctica política feminista con la teología y la filosofía. Retoma conceptos como el de affidamento, autoridad en lengua materna, mediación y orden simbólico en aras de mostrar la composición de la espiritualidad femenina.

El feminismo de la diferencia sexual plantea que el patriarcado no lo ha ocupado todo. Por eso las experiencias de grupos de mujeres en el pasado, asociadas entorno a una vivencia de la espiritualidad y de la práctica de la fe, como es el caso de las Beguinas, y también el de las comunidades de mujeres creyentes actualmente, muestran que la creación de nuevas relaciones y vínculos potencian realidades y personas libres.

El libro de la profesora Carmiña se convierte para mí en un intento de imaginar nuevas relaciones con el pasado, con nosotras mismas y con otras. Esa otra puede ser María de Nazareth, importante figura que ha sido mitificada y a la que paulatinamente se le han borrado las intersecciones con la mujer autónoma e independiente, para dejarla solo inmovilizada y vestida de un manto inmaculado usado como pretexto para demarcar las reglas de género impuestas a las mujeres en occidente.

La cultura patriarcal ha enfermado a las mujeres. Las ha conducido a cárceles de las que aparentemente no pueden escapar. La colonización de lo simbólico ha llevado a un sentimiento de confusión y extravío profundo en donde las mujeres hemos aprendido a percibirnos como intrusas o extranjeras de esta cultura; los resultados han sido casi mortales: la escisión, el rechazo al amor desnudo y crudo por sentir que aquella experiencia fragiliza y asfixia, la inhibición de la creatividad, la amargura y la enemistad entre nosotras mismas.

Nada es igual después de la lectura de este libro, las palabras de Carmiña Navia Velasco deben ser leídas porque nos permiten una sanación genealógica, esa que tanto necesitamos creyentes y no creyentes, feministas y no feministas. Sanación reclamada y requerida después de la ancestral herida dejada por la separación impuesta entre naturaleza, cuerpo y espíritu. Luisa Muraro, en el libro El Dios de las mujeres, refiriéndose a las místicas lo dice con más claridad que yo: “Leyendo sus textos se nota que, en su libertad de pensamiento, o sea en el pensamiento con el que interpretaban libremente su experiencia, la naturaleza humana no está separada de la divinidad, ni el cuerpo del alma. En su pensamiento libre, el amor transforma el cuerpo y el alma en Dios, anulando la diferencia entre la naturaleza humana y la naturaleza divina…”[1] Lo anterior explica parte de nuestra tradición espiritual, esa misma tradición que la Profe Carmiña ha decidido compactar en este escrito agradable y sencillo de leer, no por eso superficial o simple sino más bien, clave para comprender que los discursos lógicos en nuestras genealogías espirituales se componen de lo imprevisto y lo impensable.

México, Noviembre de 2019

Carolina Narváez, es doctora en Historia, especialista en estudios de género, profesora de la UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MÉXICO

[1] Luisa Muraro, El Dios de las mujeres, trad. María Milagros Rivera Garretas, Horas y Horas, Madrid, pág. 136, 2006.

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