Confesiones de un granuja.

No todos saben cantar,
no todos pueden ser manzana
y rodar a los pies de los demás.
Esta es la suprema confesión
que puede hacer un granuja.
Ando intencionalmente despeinado
con la cabeza como una lámpara a petróleo.
Me gusta iluminar entre tinieblas
el deshojado otoño de vuestras almas.
Me gusta cuando las piedras de los insultos
vuelan hacia mí, como el granizo de una eructante tempestad.
Entonces sólo oprimo con más fuerzas
la pompa oscilante de mis cabellos.
Con cuánto cariño recuerdo
el estanque invadido por la hierba y el ronco tañido del aliso,
y que en algún lugar viven mi padre y mi madre,
a quienes todos mis versos no les importan un comino,
pero que me aman como al campo y a su propia sangre,
como a la llovizna que en primavera mulle los brotes.
Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas
por cada injuria que lanzan sobre mí.
¡Pobres, pobres campesinos!
Seguramente ya están feos y viejos
y aún temen a Dios y las ánimas del pantano.
¡Oh, si pudieran entender
que su hijo
es el mejor poeta de Rusia!
¿Acaso sus corazones no se helaban
cuando sus pies desnudos tocaban los charcos del otoño?
Ahora anda con sombrero de copa
y zapatos de charol.
Pero vive en él, con ímpetus de antaño,
el mismo aldeano travieso.
Desde lejos saluda con reverencias
a las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías,
y cuando se cruza con los coches de la plaza
recuerda el olor del estiércol en los campos natales
y está dispuesto a levantar la cola de cada caballo
como la cola de un traje de novia.
Amo mi patria.
¡Amo inmensamente a mi patria!
Aunque exista en ella la tristeza y la herrumbre de los sauces.
Me gustan los hocicos fangosos de los cerdos
y las voces estridentes de los sapos en el silencio nocturno.
Estoy enfermo de recuerdos de infancia.
Sueño con la humedad y la niebla de las tardes de abril.
Como queriendo entibiarse
nuestro arce se encuclilló ante la fogata del ocaso.
¡Cuántos huevos robé de los nidos de las comadrejas
trepando de rama en rama!
¿Será el mismo con su cima verde?
¿Será como antes tan dura su corteza?
¿Y tú, mi querido,
mi fiel perro overo?
La vejez te ha puesto gruñón y ciego
y vagas por el patio arrastrando tu cola caída,
tu olfato ya no distingue el establo de la casa.
Cuán queridas me son aquellas travesuras
cuando hurtaba pan a mi madre
y lo mordíamos por turno
sin sentir asco uno del otro.
Soy el mismo de antes
y mi corazón es el mismo.
Los ojos florecen en el rostro como azulíes en el centeno,
y al extender las esteras doradas de mis versos
quisiera decirles mis palabras más tiernas.
¡Buenas noches!
¡Buenas noches a todos!
La guadaña de la aurora ha enmudecido
sobre la hierba del crepúsculo…
Siento unas ganas enormes
de mear la luna desde la ventana.
¡Luz azul! ¡Es tan azul la luz!
En este azul ni siquiera morir importa.
¡Qué me importa parecer un cínico
con un farol colgando del trasero!
Mi viejo, buen y derrengado Pegaso,
¿acaso necesito de tu trote apacible?
He llegado como un amo severo
a cantar y glorificar las ratas.
Mi cabezota, como agosto,
vierte el vino burbujeante de los cabellos.
Quiero ser el velero amarillo
que va hacia el país adonde todos navegamos.
*

***
Sergey Yesenin… el poeta de la desesperación homofóbica.
***
Y la bella versión de Carlos Toro-Ángelo Branduardi Confessioni Di Un Malandrino
Me gusta caminar con los cabellos
Cayendo despeinados por mis hombros.
Así me divierto corriendo el riesgo
De vuestro otoño sin arroyos.
Me gusta recibir en pleno rostro
La súbita punzada de la injuria.
Para sentirme vivo lo soporto
Bajo la protección de mi armadura.
Y me vuelve a la mente aquel paisaje
Que las cañas y el musgo han sumergido.
Y el amor de los míos, que no saben
Que han tenido un poeta en vez de un hijo.
Que me quieren lo mismo que a los aires,
A la lluvia y a todo cuanto tocan.
Raro será que quien me ofenda escape
A la punta de su horca.
Pobrecitos mis padres aldeanos,
Tan ancianos y siempre temerosos
Del Señor de los Cielos procelosos,
pueblerinos que nunca comprendieron
que su hijo querido y solitario
es el primer poeta de estos pagos,
y con zapatos como una patena
y sombrero de copa se pasea.
Mas sobrevive en él la cortesía
Del típico golfillo campesino
Que, ante el cartel de una carnicería,
le hace una reverencia al solomillo.
Y cuando encuentra algún cochero,
su pobre cuna le vuelve a la memoria,
y quisiera la cola del jamelgo
llevarla como el velo de una novia.
A la patria la amo,
aunque inferma de troncos oxidados.
Adoro los hocicos de los puercos
Y los suspiros de los sapos.
Estoy enfermo de infancia, de recuerdos
Y de blancos crepúscolos de invierno.
El acero se curva con el fuego
Para sentir calor y sueño.
A la cumbre del árbol yo trepaba
Para robar los huevos de los nidos.
¡Quién sabe si las copas siguen altas!
¡Quién sabe si los troncos se han podrido!
Y tù, querido perro, pobre amigo,
viejo y ciego, vencido por los años,
das vueltas y más vueltas sin sentido
por la complicidad de los establos.
Y me encanta mi pinta de golfante
Cuando en casa robaba unos mendrugos
Y los comía con cualquier tunante
O quizá con un perro vagabundo.
Yo jamás he cambiado.
Pienso y siento lo mismo de lo mismo
Se me escapan los versos de las manos
En busca de otro sueño como el múo.
Buenas noches. Los ojos del silencio
Me acechan desde el filo de la bruma.
Tras mi ventana crecen los deseos
De gritar contra la luna.
La noche es tan hermosa
Que pienso que morir no dolería.
¡Qué importa si mi espíritu es perverso
si mi pecado me hace companía!
Pegaso cansado y visionario,
tu galope carece ya de cura.
Vine como un maestro solitario
Y ya no canto más que miniaturas.
De mi cabeza de uvas maduras
Va goteando el vino en cabellera.
Quieto ser una vela de fortuna
Rumbo a un país sin nombre ni bandera.
***
Interesante reportaje que hemos leído en el blog
Sergei Yesenin en su lecho de muerte.
Sergei Yesenin junto con su amor el tambien poeta Anatoli Marienhof
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