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“Teresa de Jesús y la Biblia (I)”, por Gema Juan, OCD

Lunes, 10 de marzo de 2014

Santa Teresa de Jesus dibujo bibliaDe su blog Juntos Andemos:

Durante siglos, el acceso a la Biblia no ha sido fácil. En el siglo XVI, tras la publicación del Índice de libros prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés, fue prácticamente imposible. Y, no obstante, la Biblia es el libro que más ha influido en Teresa de Jesús.

Su vida, su mentalidad, su experiencia creyente íntima y, después, sus escritos están traspasados por la Sagrada Escritura, como ella llamaba siempre a la Biblia. Y la seguridad creciente de que su vivencia es auténtica y no un engaño se apoya en «que vaya conforme a la Sagrada Escritura, y «como un tantico torciese de esto, mucha más firmeza sin comparación me parece tendría en que es demonio que ahora tengo de que es Dios».

Teresa no sabía latín, y menos aún griego o hebreo, y el acceso a versiones en castellano era muy difícil. Esto, antes de que, a sus 44 años, apareciera el tristemente famoso Índice. Pese a esto, conoció muchos pasajes bíblicos, desde la infancia. Es sabido que en el Flos Sanctorum –un libro que contenía vidas de santos, fragmentos evangélicos y comentarios de los misterios de Cristo y de María– leyó repetidamente los textos de la Pasión.

Igualmente, tuvo a su alcance otros libros espirituales, como la Vita Christi, del Cartujano, con textos de la Escritura, y comentarios bíblicos, como los Morales de san Gregorio. También leyó el Cantar de los cantares, que conoció en fragmentos, a través de los libros de rezo, o tal vez completo en alguna copia manuscrita —circulaba una de la mano de fray Luis de León.

De qué manera leyó los evangelios, aunque no manejara una versión castellana de los mismos, no se sabe pero, cualquiera que fuera el modo en que accedía a ellos, los prefería entre las demás lecturas: «Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados».

Escuchó una infinidad de sermones sobre la Palabra de Dios y comentó lo que intuía y entendía, también lo que no comprendía, con los letrados que la rodeaban, siempre buscando alcanzar mejor la viva voz que ella percibía en la Escritura, la voz divina. Y así, cuando se lamentaba profundamente de la pérdida que produciría el Índice, aquella Voz le dijo: «No tengas pena, que Yo te daré libro vivo».

Es decir, en la medida de lo posible Teresa había leído y escuchado la Sagrada Escritura. Ahora, además, se abre una inteligencia interior, desde la que aflora la Palabra de Dios que ha ido arraigando en ella. Al principio, dice, «no podía entender por qué se me había dicho esto». Después, va a ver que se trataba de descubrir la Palabra actuando en toda la vida, y la vida como revelación, como palabra de Él, «libro vivo».

Por eso, pronto añade: «Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades». Esas «verdades» son las que ha ido conociendo a través de la Sagrada Escritura: la presencia activa y amorosa de Dios, el acontecimiento único de Jesús, «verdadero amigo», el Espíritu que hace brotar la comunidad y la luz que proyecta esa presencia triple sobre la vida y el mundo.

Más allá de la literalidad de las palabras, la Palabra se abre paso en los libros de Teresa, tiene eco permanente y configura su propio camino y la palabra compartida. De modo que, como ha señalado Secundino Castro, los textos teresianos están llenos de resonancias y paralelismos bíblicos. Su experiencia, su pedagogía y su manera de hacer las cosas se iluminan ahí.

También, su éxodo personal y la formación de un grupito de mujeres que, al igual que los primeros discípulos, se juntan para estar con Él y para predicar. Al menos, como ella misma explicaba, con su punto de ironía: «todas hemos de procurar de ser predicadoras de obras».

A través de la Escritura, se ha abierto en Teresa un pozo de sabiduría. Es un regalo y un servicio que hace a quien se acerca a ella, lo haga desde una ladera u otra –creyente o atea–. Porque de ese pozo brota la humanidad y la trascendencia que ella aprendió junto al «libro vivo» y, a la vez, ofrece un brocal donde apoyarse para aprender.

Pero, además, para los creyentes, hay una llamada fuerte de esta maestra de espirituales a volver a lo esencial y a retornar a las fuentes: a leer y estudiar la Escritura. Porque tratando con la Palabra, recuerda Teresa, se halla «la verdad del buen espíritu». Y porque importa vivir desde esas «verdades» que se revelan para dar vida a los seres humanos.

A Teresa le preocupaba que los buenos amigos de Dios se perdieran en cosas de poca importancia. En «devocioncitas… de lágrimas y otros sentimientos pequeños», en «ceremonias que yo no podía sufrir» o en miedos estériles, como decía a su amigo Domingo Báñez, que solo sirven para «perder tiempo».

Por eso, para cuidar lo más importante, «la justicia, la misericordia y la fe», anima a ir siempre a la fuente: «Llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios».

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