Irónico

lunes, 10 de febrero de 2020
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    Calcuta (India), 10 de febrero de 2020

    Escribió el punto y final en la carta y se quedó en silencio. Una claridad polvorienta anunciaba el amanecer en el cielo urbano. Él permaneció sentado frente al desvencijado escritorio, con el lápiz en la mano derecha. Nunca escribía con bolígrafo pero en aquella ocasión no había utilizado la goma de borrar ni una sola vez. No había sido necesario. Nunca había escrito con tanta claridad. Precisión. Rapidez.

    La luz temprana del alba perfilaba su caligrafía en el papel. Todavía era pulcra y a pesar de las malas experiencias de los años, seguía siendo ordenada. Como cuando de pequeño, su vida parecía tan fácil. Su maestra le decía que la letra con sangre entra. Pero su abuela, que la caligrafía es el fiel reflejo de los sentimientos que un corazón alberga. Él siempre había defendido la segunda tesis.

    Era irónico que en ese momento, tantos años y kilómetros después, su caligrafía custodiara la serenidad que él había perdido. O creído perder, cuando en las primeras horas de la madrugada, había leído el correo electrónico en el ordenador del locutorio indio.

    El transcurso de la noche en aquellas calles que no dormían jamás le había ayudado a pensar. Sus reflexiones siempre habían estado atentas a ese momento. Esperándolo. Y todo había quedado reflejado en una carta manuscrita.

    Pensó mucho, antes de releer la carta, en el destinatario a quien iba dirigida.

    Como si cada recuerdo de las experiencias pasadas significase ahora lo mismo que un tizón humeante de madera enterrado en ceniza. Pero su caligrafía evidenciaba todo lo contrario.

    Es irónico, pensó.

    Estaba amaneciendo en Calcuta.

    También en las chabolas de Shipbur, en los jardines de Dharmatala y el puente Howrah.

    Y él estaba solo.

    Irónico.

    Se levantó. Cerró la ventana de la habitación sin mirar a la calle. Apenas despuntaba el sol en un horizonte mordido por destartalados edificios y viejos cables de luz. Ya se había acostumbrado al incesante ruido de cientos de voces extrañas a su alrededor, bocinazos de coches, músicas enlatadas y mugidos sordos de vacas sagradas. Por eso a pesar de tener la ventana cerrada no consiguió encontrar el verdadero silencio. El ruido seguía en su cabeza.

    No obstante se sentó en la silla. Escuchó el familiar crujido que le había acompañado tantas veces, escribiendo tantas otras cartas. Y leyó el papel que despertaba al nuevo día.

    Esa era su última carta.

    Podía echar a la papelera los sellos, la goma de borrar y el lápiz. O tal vez se los regalaría al primer niño que pidiese una limosna en la acera.

    Tosió. Añoraba aire limpio. Dejar de compartirlo con nueve millones de habitantes.

    Repasó sus palabras escritas.

    Las encontró sobrias y precisas. Convincentes más que persuasivas. Sinceras más que amables.

    Imaginó el rostro del destinatario al leer las palabras.

    Le costó esfuerzo. Año tras año lo había olvidado. Recordaba un par de detalles pero se dio cuenta de que le costaría reconocerlo si volviese a verlo en la calle. Se encogió de hombros.

    La última vez que se habían visto todo era distinto. Un punto y aparte. Él había sido otra persona. Quizá su pasaporte, sus apellidos e incluso muchos recuerdos fuesen los mismos. Pero ya no era él. O sí. No, pensó. Los años le habían hecho distinto.

    Repasó una de las últimas líneas. Sus favoritas. Las más contundentes.

    «Es mejor dejar el pasado atrás».

    Recordó los días a que hacía referencia ese pasado escrito a final de frase, con pulso firme e ideas claras. Él había sido incauto. Romántico. Crédulo.

    Irónico.

    Él había muerto. Se había transformado, como la madera en ceniza, en un fuego perenne que jamás menguaba. No se había apagado ni siquiera en Calcuta.

    Tampoco en Roma, en Barcelona, en Tijuana. Y por supuesto, tampoco en los tormentosos meses que había estado en aquel pueblo al norte de Singapur.

    Irónico.

    Él había dejado de ser un joven enamoradizo, sonriente, soñador. Ya no aceptaba reproches ni condescendencias. Ahora era un hombre. Había afrontado las experiencias amargas de la vida con las manos desnudas. Solo.

    Irónico.

    Y cada experiencia saboreada, como tibia y vaporosa ceniza en los labios, le había hecho muy diferente al chico vulnerable y asustadizo que años atrás había creído ser.

    Irónico.

    Guardó la carta en el sobre.

    Colocó un puñado de sellos. El rostro de Gandhi le sonrió al recibir el primer rayo de sol en la mañana.

    Se levantó de la silla y abrió la ventana.

    Tomó por última vez la carta en sus manos y salió de la habitación.

    Irónico.

    En mi oración, un abrazo.

    Calcuta, lunes 10 de febrero de 2020.

    #353986
    Dorian Gay
    Miembro

    Muchas gracias…

    Un abrazo

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