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    Valencia.

    Domingo, 20 de septiembre de 2026.

    Si hace diez años alguien me hubiese dicho que te iba a conocer a ti, precisamente a ti, no le habría creído. Qué distinto era todo entonces. Esta mañana el pasado ha regresado. Mientras preparaba el biberón para Jordi, he escuchado un ruido en el despacho: Àngels había hecho caer el lapicero. Mientras recogía los bolígrafos del suelo, junto a la estantería, descubrí el viejo álbum de fotos. Estaba en un rincón de la estantería, mirando los años pasar en silencio. Diez años. Tomé el cuaderno de tapas verdes y lo observé con la sensación de estar asomándome a una vida ajena. Mi pasado.

    -¿Qué es eso, papá? -me ha preguntado Àngels, señalando el álbum. Es una niña de cinco años y su curiosidad, como su imaginación, no conoce todavía límites. Me recuerda mucho a ti cuando me conociste.

    -Son fotografías -le he respondido-. Antes de que tu nacieras, las fotos se revelaban en papel.

    -Papá, ¿qué significa revelar? -le acaricio el cabello corto. No se me da bien explicar estas cosas a los niños. Estoy tan acostumbrado a tratar con adultos, que cuando me adentro en el universo de la inocencia, me siento desorientado. Pero a ti eso se te da mucho mejor. Tienes esa habilidad. Me encojo de hombros y le respondo:

    -Se lo preguntaremos a papá cuando venga esta noche. Anda, ven, vamos a mirar qué fotos tenemos aquí. Espérame aquí mientras le doy el biberón a tu hermano.

    Y suena el teléfono. Es la clienta del juicio que perdimos el jueves, que me pregunta si he preparado ya la apelación. Y le respondo, me despido y cuelgo. Y apago mi teléfono. Hoy es domingo. Jordi y Àngels son lo más importante en este día. De mi vida, en realidad.

    Me he sentado con la niña en el sofá. He dejado a Jordi en la cuna cuando se ha terminado el biberón, y entonces he abierto el álbum. Hemos pasado un rato pasando las fotografías, una tras otra. Rostros sonrientes en el papel, que evocan un tiempo que no va a volver, y a la vez construyen un mar de recuerdos que regresan a mi mente en ocasiones. Àngels es muy inteligente. Ha reconocido a sus tíos en las fotos, y también a sus abuelos, a pesar de que todos eran mucho más jóvenes. Los señalaba con su pequeño dedo y exclamaba radiante: «Papá, papá, mira, ¡éste es el iaio Andreu!».

    También hemos visto a esas personas que ya no están con nosotros. Cuando la niña me ha preguntado por ellos, no he sabido responderle. No sé explicarle que algunas de esas personas que estaban presentes en mi vida en aquel tiempo, cambiaron, se marcharon con el paso de los años. La última fotografía era de aquel verano de 2016, cuando me marché a aquel país decidido a ser misionero. Y recordé a aquel sacerdote colombiano que, antes de despedirme, me había preguntado cómo querría que fuese mi vida dentro de diez años. Mi vida ahora.

    He sonreído. En aquel tiempo no hubiera podido responder.

    Que iba a conocerte a ti.

    Que íbamos a convertirnos en los padres de dos niños preciosos, inteligentes.

    Que íbamos a darles un hogar donde el respeto y el amor fuesen su enseñanza.

    Que íbamos a ser una familia.

    Nuestra familia.

    Nuestro sueño.

    Nuestro amor.

    He recordado el día que te conocí, en esa terraza de la Plaça de la Verge. Esa cena de universitarios a la que me arrastró mi amiga Empar. Recuerdo que llegué al restaurante con desgana porque no conocía a nadie, y me senté a tu lado, el único asiento libre. Y que hablabas poco, pero cuando lo hacías, dejabas tu sonrisa en el final de cada frase. Y ponías en tus palabras cariño y dulzura, como si las depositases con cuidado sobre el mantel. Me llamaste la atención en ese momento. Porque me mirabas como si no fuésemos desconocidos, sino dos vidas muy próximas, encontradas por casualidad, esa noche de primavera. Esa noche, cuando nos despedimos, me miraste y pensé que ahí terminaba todo. Comencé a cruzar el Pont de la Mar. Y cinco minutos después, me di la vuelta en el puente y te vi corriendo hacia mi, diciendo: «Perdona, había olvidado devolverte el lápiz que me has dejado».

    Y estábamos solos en la acera, tú y yo. Dos desconocidos que ya nunca más iban a serlo. Y comenzamos a hablar, casi sin darnos cuenta. A pasear por el barrio del Carmen, casi sin darnos cuenta. A enamorarnos, casi sin darnos cuenta.

    Ahora tú estás en mi presente, mi realidad, tantos años después. Estás en esas noches cuando llego a casa y he tenido un mal día en el despacho. Cuando me toca a mi cuidar a los niños y puedo prepararte la cena, y tú llegas del instituto, dejas tu cartera en el sofá y me das un abrazo. Y Àngels se acurruca entre nuestras piernas, y tú, pese a tu cansancio, le dedicas palabras bonitas con la misma sonrisa que vi aquella noche en que nos conocimos. Estás conmigo cuando tenemos discusiones y en tu mirada veo que vamos a superar juntos cualquier problema, pese a todo. Estás conmigo los domingos, cuando me abrazas entre nuestras sábanas, en esos amaneceres de otoño, cuando los niños aún duermen en su habitación. Estás conmigo cuando gano un juicio y te llamo para darte la buena noticia por teléfono. Estás conmigo cuando estoy enfermo y antes de marcharte al instituto, te acuestas junto a mi en la cama y me pasas la mano por la frente, y me besas. Y sonríes porque tú y yo sabemos que esa sonrisa es mejor que cualquier antibiótico.

    Y un ruido interrumpe mis pensamientos. Una llave entra en la cerradura. Àngels salta del sofá y corretea por el pasillo. «¡Papá, papá!» Tú entras por la puerta y ella se abraza a tus piernas. Te tambaleas, te agachas a su altura, le haces bromas, le das un beso en la frente. Te pregunto por tu padre y veo en tu mirada que no hay buenas noticias. Que los médicos, me dirás después, se temen lo peor. Y te abrazo. Y esta noche, cuando estés llorando en la cama, te apretaré fuerte la mano y te acariciaré el pelo hasta que tu respiración agitada se calme. Y después, antes de dormirnos, me hablarás de tus miedos, de la enfermedad de tu padre, de las veces que piensas que no estamos educando a los niños como deberíamos, de las veces en que todo parece simplemente, imposible. Y yo te recordaré que lo que hace diez años parecía imposible para ti y para mi, hoy es posible. Te recordaré el día que me dijiste «te quiero» por primera vez; el día de nuestra boda; el día que nos dejaron conocer a Àngels; el día que la pequeña Àngels llegó a nuestro piso y entonces se convirtió en un hogar; el día que recibimos a Jordi y vi en tu mirada la belleza de tu corazón.

    Y esta noche, antes de apagar la luz, abriré el cajón de mi mesilla y acariciaré el lápiz amarillo que una noche me devolviste.

    Vals Triste – Sibelius (https://www.youtube.com/watch?v=OoUBZ43M2WY)

    Valencia. Martes 20 de septiembre de 2016.

    #353001
    Risco
    Miembro

    Dios os bendiga cada día, paz e ben

    #353002
    Dorian Gay
    Miembro

    Una vez que hemos profundizado en nuestra condición de seres valiosísimos a los ojos de Dios, somos capaces de reconocer esa misma cualidad en los demás, y su sitio único en el corazón de Dios.

    Un abrazo

    D.G.;Zaragoza

    #353003
    Bernardo Yoel
    Miembro

    Me alegro de tu regreso, del reencuentro con tu familia, los amigos y el mar de naranjos que lo envuelven tu pueblo.

    Vienes con la mochila bien cargada de sanas experiencias. Cuando hayan pasado los años las recordaras y reviras con alegría.

    Me gustaría escuchar algún retazo de las experiencias en el albergue Romano.

    No dejes de escribir en el foro, nos ayudas a nadar contracorriente.

    Puede que ya lo tengas, en caso contrario te recomiendo el libro de Fernando Grande-Marlaska, editado por Ariel titulado «Ni pena ni miedo». Disfrutaras con su lectura.

    Te encomiendo ante el Profeta de Nazaret.

    Cuidate. fr. Barnardo YOEL.c.g. Valencia

    #353004
    Mudejarillo
    Miembro

    Sin palabras… precioso

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