Virgen de Guadalupe

lunes, 12 de diciembre de 2016

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    jose ruben
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    (Texto original de las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego)

    Relato de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

    En orden y concierto se refiere aquí de qué maravillosa manera se apareció poco ha la

    siempre Virgen María, Madre de Dios, Nuestra Reina, en el Tepeyac, que se nombra

    Guadalupe.

    Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su

    preciosa imagen delante del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga. También (se

    cuentan) todos los milagros que ha hecho.

    PRIMERA APARICIÓN

    Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre

    los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien

    se vive. A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de

    diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural

    de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.

    Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. al llegar

    junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto

    de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el

    monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL

    y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.

    Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: «¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás

    sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron

    dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?»

    Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto

    celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba

    del cerrillo y le decían: «Juanito, Juan Dieguito».

    Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy

    contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio

    a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

    Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era

    radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores,

    semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.

    Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de

    esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.

    Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima

    mucho. Ella le dijo: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?» Él respondió:

    «Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas,

    que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor».

    Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad, le dijo: «Sabe y ten entendido, tú, el más

    pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios

    por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.

    Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor,

    compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros

    juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí

    confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

    Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás

    cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un

    templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.

    Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho

    que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que

    ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo».

    Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: «Señora mía, ya voy a cumplir tu mandado; por

    ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo» Luego bajó, para ir a hacer su mandado; y salió

    a la calzada que viene en línea recta a México.

    Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que

    era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga,

    religioso de San Francisco. Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a

    anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo

    que entrara.

    Luego que entro, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora

    del Cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su

    recado, pareció no darle crédito; y le respondió: «Otra vez vendrás, hijo mío y t e oiré más

    despacio, lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has

    venido».

    Él salió y se vino triste; porque de ninguna manera se realizó su mensaje.

    SEGUNDA APARICIÓN

    En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo y acertó con la Señora del

    Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.

    Al verla se postró delante de ella y le dijo: «Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía,

    fui a donde me enviaste a cumplir tu mandado; aunque con dificultad entré a donde es el

    asiento del prelado; le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste; me recibió

    benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no la tuvo

    por cierto, me dijo: «Otra vez vendrás; te oiré más despacio: veré muy desde el principio el

    deseo y voluntad con que has venido…»

    Comprendí perfectamente en la manera que me respondió, que piensa que es quizás

    invención mía que Tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya;

    por lo cual, te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales,

    conocido, respetado y estimado le encargues que lleve tu mensaje para que le crean porque

    yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy

    gente menuda, y Tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar

    por donde no ando y donde no paro.

    Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía». Le

    respondió la Santísima Virgen: «Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son

    muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y

    hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con

    tu mediación se cumpla mi voluntad.

    Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana

    a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por enero mi voluntad, que tiene que

    poner por obra el templo que le pido.

    Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.

    Respondió Juan Diego: ”Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré

    a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino.

    Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuere oído, quizás no se me

    creerá. Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo

    que responda el prelado. Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora.

    Descansa entre tanto”.

    Luego se fue él a descansar a su casa. Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió

    de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse en las cosas divinas y estar presente

    en la cuenta para ver enseguida al prelado.

    Casi a las diez, se presentó después de que oyó misa y se hizo la cuenta y se dispersó el

    gentío. Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo. Apenas llegó, hizo todo

    empeño por verlo, otra vez con mucha dificultad le vio: se arrodilló a sus pies; se entristeció y

    lloró al exponerle el mandato de la Señora de Cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la

    voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

    El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y él

    refirió todo perfectamente al señor obispo. Mas aunque explicó con precisión la figura de ella

    y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen

    Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo

    que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era

    muy necesaria alguna señal; para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora

    del Cielo. Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: “Señor, mira cuál ha de ser la señal que

    pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del Cielo que me envía acá”. Viendo el obispo

    que ratificaba todo, sin dudar, ni retractar nada, le despidió.

    Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa en quienes podía confiar, que le vinieran

    siguiendo y vigilando a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo. Juan Diego se vino

    derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del

    puente Tepeyácac, lo perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le

    vieron. Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les

    estorbó su intento y les dio enojo.

    Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera, le dijeron que no más

    le engañaba; que no más forjaba lo que venía a decir, o que únicamente soñaba lo que decía

    y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con

    dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

    TERCERA APARICIÓN

    Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del

    señor obispo; la que oída por la Señora, le dijo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana

    para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso e creerá y acerca de esto ya no

    dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y

    cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

    Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya

    no volvió, porque cuando llegó a su casa, un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había

    dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero

    ya no era tiempo, ya estaba muy grave.

    Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y viniera a Tlatilolco a llamar un

    sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo

    de morir y que ya no se levantaría ni sanaría. El martes, muy de madrugada, se vino Juan

    Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que

    sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre

    de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me

    detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra

    aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está

    ciertamente aguardando”.

    Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar

    pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

    CUARTA APARICIÓN

    Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes.

    La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió

    a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde

    vas?” ¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?.

    Juan Diego se inclinó delante de ella; y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de

    mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud,

    Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre

    siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de

    México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y

    disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

    Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña

    mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña;

    mañana vendré a toda prisa”. Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la

    piadosísima Virgen: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te

    asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad

    y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu

    salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te

    inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está

    seguro que ya sanó”.

    (Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de

    la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le

    despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

    La Señora del Cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía.

    Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me vise y te di

    órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y

    tráelas a mi presencia”.

    Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que

    hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se

    dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la

    noche, que semejaba perlas preciosas.

    Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo. Bajó inmediatamente y trajo a

    la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió

    con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta

    diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.

    Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi

    embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo

    despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé

    subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para

    que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el

    templo que he pedido”.

    Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que

    viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo

    que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la

    fragancia de las variadas hermosas flores.

    Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del

    prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como

    que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los

    molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros,

    que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.

    Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie,

    cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba

    en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.

    Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que tría y que por eso le habían de molestar,

    empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas

    rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron

    muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan

    preciosas.

    Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a

    tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas

    flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

    Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas

    veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el

    señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera

    lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

    Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo

    que había visto y admirado, y también su mensaje. Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste,

    que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que

    pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo

    erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba,

    que me encargaste, de su voluntad.

    Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para

    que se cumpla su voluntad. Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le

    pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo

    cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar

    varias rosas de Castilla.

    Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi

    regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la

    cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos,

    espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo

    miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de

    Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

    Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal

    que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de

    mi mensaje. He las aquí: recíbelas”.

    Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se

    esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de

    repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera

    que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

    Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la

    admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron

    con el corazón y con el pensamiento.

    El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su

    voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que

    estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la señora del Cielo.

    Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa

    del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la

    Señora del Cielo que le erija su templo”.

    Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había

    mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.

    Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando

    le dejó y vino a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le

    dijo la Señora del Cielo que ya había sanado.

    Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que

    estaba muy contento y que nada le dolía.

    Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó

    la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.

    Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y

    dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se

    afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a

    ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac. Manifestó su tío ser

    cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino;

    sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.

    También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que

    vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien

    había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

    Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y

    atestiguara delante de él. A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa

    algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan

    Diego.

    El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la

    sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su

    bendita imagen.

    La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración.

    Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona

    de este mundo pintó su preciosa imagen.

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