San Juan

sábado, 9 de julio de 2016
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    Ocurrió hace tiempo.

    Tú no lo recuerdas, porque nunca lo supiste. Era una noche de San Juan, aunque los años que han transcurrido la habrán borrado de tu memoria. Hasta ese día, tú y yo habíamos sido amigos. Fue una amistad que floreció durante algunos años, y a pesar de los vientos, los meses de sequía y las plagas, los dos fuimos capaces de cultivar aquella preciosa flor, con el tranquilo paso del tiempo. Sé que tú nunca fuiste capaz de sentir la misma intensidad que yo en los momentos que estuvimos juntos. Y que cuando me escuchaste decir que yo te apreciaba, tan sólo entendías el valor de la amistad, pura y simple, en mis palabras. Los meses que tú y yo estábamos lejos el uno del otro, yo atesoraba nuestras conversaciones en mis puños cerrados, fuertes, para evitar que el más leve soplo de brisa pudiese deslizar nuestros recuerdos compartidos entre mis dedos, como la arena de la playa. Tu sonrisa se cobijaba en mis ojos algunas noches, aunque al despertar, la luz de la realidad, cada mañana, me hacía ser consciente de que tú serías siempre una bella utopía.

    Tú no recuerdas esa última noche de San Juan, hace ya no sé cuántos años. Yo la recuerdo como si hubiese ocurrido anoche. Nuestros amigos ya se habían marchado. Tú y yo íbamos a regresar juntos al pueblo. Nos habíamos quedado sentados en la arena, hasta que las cenizas de la hoguera habían quedado frías. Habíamos dado una vuelta por el paseo, hasta que el mar había quedado dormido y nuestra conversación callada. Tú ya habías entrado en mi coche, y esperabas mirando tras la ventana. Recuerdo tus preciosos ojos silenciosos, que eran negros como esa última noche. Recuerdo tus manos sosteniendo la toalla húmeda. Y tus piernas, todavía encaprichadas de la arena.

    Antes de conducir, te pedí que esperases. Regresé unos pasos atrás, hasta el paseo marítimo. Solo, delante del mar, dejé que transcurriesen unos minutos para poder calmarme. Recé a Dios, que ocurriese lo que tuviese que ocurrir, pero que yo fuese valiente para intentarlo. Entré al único restaurante del paseo marítimo que quedaba abierto. Y busqué en el bolsillo de mi bañador, las últimas monedas. Compré a aquel anciano anónimo la última rosa de la noche, y regresé hacia el aparcamiento.

    Ocultaba la rosa tras mi espalda temblorosa. No era por el frío que venía del mar. Era por mis nervios. Me acerqué en silencio, paso a paso, hacia el asiento del copiloto. Tú seguías allí. Me detuve en el último momento. Habías sacado tu teléfono móvil. Tú no sabías que yo estaba detrás de ti. A través del cristal de la ventanilla, vi la pantalla de tu smartphone. Distinguí esas imágenes en cuadrícula. Personas que ofrecen en público lo más íntimo del ser humano. Vi tus ojos preciosos, únicos, pasando fríamente de una imagen a otra. De un chico a otro.

    Me detuve en seco, y tú escuchaste el ruido de mis chanclas de playa resbalando sobre la gravilla. Te diste la vuelta y me miraste. Tú ya habías escondido tu móvil debajo de tu toalla. Supongo que no sabes lo que vi. Ya no importa demasiado.

    No llegaste a ver la rosa. La arrojé sobre la gravilla negra, justo antes de subir al coche. Arranqué el motor, y conduje en silencio. Fue el viaje más largo de mi vida. Te dejé en la puerta de tu casa. Y dijiste adiós. Y yo dije adiós.

    Ha pasado mucho tiempo. No volvimos a vernos después. Las circunstancias lo impidieron. Fue mejor así.

    El olor salado del viento, el susurro de las palmeras, y aquella moto que quebraba el silencio de la madrugada más breve del año. La rosa que lancé al suelo, y con ella, mis pensamientos absurdos por ti. Todo eso está vivo en mi recuerdo. También tu, amigo. Pero eres, y siempre serás, solamente un recuerdo de la última noche de San Juan.

    Ahora, tan sólo me queda tu canción.

    «If I Could See You Again» – YIRUMA.

    Valencia, 9 de julio de 2016.

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