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“La belleza que salvará al mundo”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Sábado, 18 de abril de 2020

rosabella-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

Dostoiewsky se preguntaba qué clase de belleza salvaría al mundo. Buena pregunta, porque la belleza es ambigua, lo hermoso puede ser engañoso y sus encantos esconder lo inmoral.

Por su insuficiencia y ambigüedad la belleza del mundo no puede ser salvadora. Ella es la que necesita ser salvada y protegida. La belleza que salvará al mundo es la del bien y la verdad. No hay otra verdadera belleza. Pero puesto que la belleza despierta lo mejor que hay en nosotros, puede provocar la pregunta por el Misterio. ¿Por qué la rosa es bella?, se preguntaba Eckhart. ¿De dónde proviene su misterioso fulgor? Pero también es posible preguntar: ¿por qué parece más bella una rosa que un cardo? ¿Hay más belleza en un joven que en un anciano?, ¿más belleza en un campo florido que en un desierto? Ver una cosa bella depende de nosotros, de la calidad de nuestra mirada, y de nuestra decisión de hacer de todos los sitios lugares hermosos y amables.

Cuando miramos la naturaleza con ojos egoístas nos preguntamos por su rentabilidad y utilidad. La naturaleza se convierte así en un lujo para ricos y poderosos. Cuando nuestra mirada es contemplativa surgen otro tipo de preguntas que nos orientan hacia lo profundo del ser, hacia la gratuidad y el misterio de lo real y, en definitiva, por decirlo con palabras de Tomás de Aquino, hacia el “Dios hermoso, causa de la armonía y del brillo del universo”. Este Dios, Hermosura tan antigua y siempre nueva (San Agustín), nos invita a cuidar razonablemente de los recursos naturales y a una práctica efectiva de la solidaridad interhumana. El cuidado y la solidaridad se convierten así en una alabanza eterna, que produce una bella sintonía con el Autor de lo creado.

Es importante no limitar la belleza a la estética, aunque una cierta estética hay en todo lo bello. Pues la premisa de la belleza no es su valor estético, sino su capacidad de engendrar vida en el individuo. Esta distinción entre estética y belleza encuentra en Cristo una sorprendente iluminación. La tradición cristiana ha aplicado a Cristo dos textos del Antiguo Testamento solo aparentemente contradictorios. Por una parte, con el Salmista, le ha calificado “del más bello de los hombres”. Por otra, con Isaías, ha visto en él al “varón de dolores, sin aspecto atrayente, ante quien se vuelve el rostro”. La Cruz, signo del Amor hasta el extremo, es capaz de seducir y fascinar, de arrastrar a una entrega total de la propia vida. Es una Belleza que interpela. Ahí, los cristianos “hemos visto su Gloria”.

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