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“La calle de la Alegría”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 14 de febrero de 2020

callealegria-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

El contrapunto a la calle de la amargura sería la calle de la alegría, nombre que también encontramos en muchas ciudades españolas. En Valladolid había una calle en la que dejaban de flagelar a los condenados a ser azotados por las calles. Ello producía júbilo y algazara y de ahí vino el nombre de la calle. Esta es una calle de la buena alegría. Hay otras alegrías que quizás no sean tan buenas. Es el caso de la que da nombre a la película: “la calle de la alegría”. Se trata de una calle de una ciudad japonesa, donde estaba la “casa que vende la felicidad”, a saber, un burdel. Posiblemente esa no es una buena alegría. A veces, en vez de alegría, lo que abunda en las personas que trabajan en esos lugares, es la amargura. Y los que acuden allí en busca de una supuesta felicidad, van precisamente porque no son felices, o viven amargados, o se sienten solos. Todos buscamos la felicidad, pero hay caminos que conducen al vacío, aunque prometan felicidad.

Bien podría decirse que todas las calles por las que pasaba Jesús se convertían en calles de la alegría, aunque estuvieran plagadas de personas desilusionadas o amargadas. En tiempos de Jesús había mucha pobreza, la gente se sentía oprimida políticamente (por la presencia del ejercito romano y por los malos gobiernos locales), había también muchas enfermedades, algunas incurables en aquel tiempo, como la lepra. Pues bien, por allí donde Jesús pasaba, anunciado la buena noticia del Reino de Dios, curando las enfermedades y levantando el ánimo de los oprimidos, la gente recuperaba la esperanza, la ilusión, la alegría, las ganas de vivir. Se sentían nacer de nuevo. La presencia de Jesús convertía las calles de la amargura en calles de la alegría.

En esta sociedad nuestra, donde también nos encontramos con personas necesitadas y oprimidas, nuestra tarea como cristianos es hacer presente la alegría de Cristo. Allí donde arrancamos una sonrisa, decimos una palabra de consuelo, damos pan al hambriento o vestido al desnudo, allí dónde suscitamos esperanza, el Espíritu Santo se hace presente. Quizás los destinatarios de nuestra acción benéfica no sepan o incluso no les interese saber quién es el autor de su alegría, pero nosotros, cristianos que la hemos provocado, sí lo sabemos. Y eso es lo que importa: ser consciente de lo que uno hace, aunque el que reciba el bien que yo he suscitado no sepa de mis motivos o razones para hacerlo.

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