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“Identidades perversas”, por Martín Gelabert Ballester OP

Martes, 12 de marzo de 2019

identidadesperversas-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

La identidad se convierte en perversa y peligrosa cuando me defino por lo que no soy: “soy dominico, corista nunca”; o “soy británico, pero no europeo”. Este tipo de expresiones reflejan el rechazo que hay detrás de aquello que digo no ser. Como no me gustan los religiosos “coristas” (nombre ficticio) o no me gustan las instituciones europeas, porque me han imbuido la falsa idea de que Europa oprime, restringe las libertades y quiere controlar nuestro dinero, entonces expreso mi rechazo a esta (falsa) idea, diciendo lo que no soy. Pero al afirmar lo que soy en función de lo que no soy, lo que de verdad demuestro es mi rechazo al otro, mi nula disposición para entenderme con el otro, mi odio al diferente. Pero el diferente, lejos de ser alguien que me niega, es alguien que me enriquece. No es el que me quita, sino el que me complementa.

Esto que “no soy” puede ser, en ocasiones, tolerable, pero también alcanzar límites intolerables. Si lo que entra en juego en mi definición de lo que soy o no soy, es la raza o la religión y, en ocasiones, también la nación, el “no ser” puede desembocar en el conflicto. “Soy de raza blanca, y no de raza negra”. Para empezar, no existen razas puras. Todos somos mestizos, y todos tenemos algo que es de muchos otros, incluso de aquellos que menos imaginamos. O también: “soy cristiano, pero no musulmán”. El cristiano y el musulmán, aunque a veces no lo reconozcan ni el uno ni el otro, sobre todo los fanáticos de uno y otro bando, tienen una base religiosa común: la fe en un solo Dios, y si es único tiene que ser el mismo. Definirme por el no ser de raza negra o el no ser musulmán es una manifestación de odio, de rechazo, de intolerancia, que ha llevado en ocasiones al conflicto, a la destrucción y a la muerte.

A veces miramos al otro como a un competidor, como alguien que ocupa un espacio que yo quisiera ocupar. Es una mala mirada. Pero hay una mirada peor: no la de mirar al otro como alguien que me gustaría reformar, incluso como alguien inferior, sino la de mirarle como si no fuera humano, como si delante de mi no hubiera “otro yo”. Entonces lo único que veo es algo que puedo suprimir, que es mejor suprimir, aunque quizás antes sea bueno examinar si tiene algún elemento que pueda sustraerle para mi propia utilidad. Cuando no respeto al otro en su identidad de persona, tampoco me respeto a mi. El otro se convierte en un objeto y yo en un depredador.

El libro del Génesis, al afirmar que Dios creo a todo ser humano a su imagen, rompe con esta idea de que sólo los poderosos (los reyes o los nobles) son un buen reflejo de la divinidad. Los que no están en el estamento superior, o en la buena religión, o sea, los esclavos, los indios, los infieles, los que no son de mi etnia, etc., etc., esos no son hombres. Han sido estos perversos esquemas los que han impedido que podamos entendernos. Tengo la impresión de que, bajo formas más o menos mitigadas, siguen estando vigentes. Gracias a Dios ¡no en la mayoría de los habitantes de este planeta!

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