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“¿Por qué es tan raro este discurso?”, por Martín Gelabert Ballester, OP.

Domingo, 2 de marzo de 2014

60_image_1_500Leído en su blog Nihil Obstat:

Monseñor Santiago Agrelo, arzobispo de Tanger, conocido por su defensa de los derechos de los inmigrantes (a vivir dignamente, por citar uno) que pretenden saltar la vallas que les impiden el acceso a la rica Europa, ha estado en Valencia, dando una conferencia sobre teología de la caridad. Aprovechando esta circunstancia, el periódico “Levante” del miércoles, 26 de febrero, le realizó una interesante entrevista. En ella repitió una idea que ya había expuesto en su conferencia: si reducimos en Evangelio a lo doctrinal, miraremos la realidad desde esta perspectiva; pero si regulamos nuestra vida por el amor, entonces todo es posible y ninguna persona se ha de quedar en las puertas de mi casa. En este momento de la entrevista Monseñor Agrelo puso algunos ejemplos de personas que, en ocasiones, se quedan en nuestros márgenes (además de los inmigrantes): personas de otras religiones, ateos, homosexuales.

 El periodista aprovechó para preguntar en dos ocasiones: ¿por qué no impera esta visión?, ¿por qué es tan raro encontrar este discurso en la jerarquía? El arzobispo de Tanger ofreció una idea que yo también he tenido ocasión de exponer: cuando no conoces a las personas y hablas desde la distancia haces un tipo de discurso; pero tu discurso cambia cuando conoces a la gente y hablas desde la cercanía. Agrelo recuerda que cuando era párroco de Astorga, en 2005, pensaba que la Guardia Civil hacía bien en rechazar a los inmigrantes. Pero luego llegó a Marruecos y se encontró con ellos. “Mi pensamiento ha cambiado, dice. Porque una cosa es hablar de la pobreza y otra cosa es encontrarte con el pobre. Ahora ya sé porque suben a la valla”. Eso mismo vale para otro tipo de marginaciones, que desgraciadamente suelen ir acompañadas de condenas. Agrelo se refiere explícitamente a dos casos sensibles: el de los homosexuales y el de los divorciados. Siguiendo un pensamiento expresado por el Papa, dice: “En la Iglesia nadie debe emitir juicios. Tu acoges, escuchas, acompañas, sigues. Eso es el Evangelio”.

 Más allá de los ejemplos concretos, importa la lección de fondo: cuando escuchas y acoges, ves la realidad de una manera. Si no escuchas, la ves de otra manera. Eso no tiene nada que ver con la falta de criterios o la ausencia de principios. Pero sí tiene que ver con el modo de tratar a los demás. En cuestiones morales cada caso es un mundo distinto. No existe “el” matrimonio. Existe “mi” matrimonio. Por eso, antes de ofrecer soluciones generales y universales que valen para todo y por eso mismo, a veces, se alejan de la realidad, es necesario conocer cada situación personal. En este sentido, el sacramento de la confesión podría cobrar una gran relevancia. También ahí, con las debidas salvedades, valdría eso que se dice en medicina: no hay enfermedades, sino enfermos.

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