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“Nada de eso entre nosotros”. 29 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,35-45)

Domingo, 18 de octubre de 2015

29-852865Camino de Jerusalén, Jesús va advirtiendo a sus discípulos del destino doloroso que le espera a él y a los que sigan sus pasos. La inconsciencia de quienes lo acompañan es increíble. Todavía hoy se sigue repitiendo.

Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, se separan del grupo y se acercan ellos solos a Jesús. No necesitan de los demás. Quieren hacerse con los puestos más privilegiados y ser los primeros en el proyecto de Jesús, tal como ellos lo imaginan. Su petición no es una súplica sino una ridícula ambición: «Queremos que hagas lo que te vamos a pedir». Quieren que Jesús los ponga por encima de los demás.

Jesús parece sorprendido. «No sabéis lo que pedís». No le han entendido nada. Con paciencia grande los invita a que se pregunten si son capaces de compartir su destino doloroso. Cuando se enteran de lo que ocurre, los otros diez discípulos se llenan de indignación contra Santiago y Juan. También ellos tienen las mismas aspiraciones. La ambición los divide y enfrenta. La búsqueda de honores y protagonismos interesados rompen siempre la comunión de la comunidad cristiana. También hoy. ¿Qué puede haber más contrario a Jesús y a su proyecto de servir a la liberación de las gentes?

El hecho es tan grave que Jesús «los reúne» para dejar claro cuál es la actitud que ha de caracterizar siempre a sus seguidores. Conocen sobradamente cómo actúan los romanos, «jefes de los pueblos» y «grandes» de la tierra: tiranizan a las gentes, las someten y hacen sentir a todos el peso de su poder. Pues bien, «vosotros nada de eso».

Entre sus seguidores, todo ha de ser diferente: «El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». La grandeza no se mide por el poder que se tiene, el rango que se ocupa o los títulos que se ostentan. Quien ambiciona estas cosas, en la Iglesia de Jesús, no se hace más grande sino más insignificante y ridículo. En realidad, es un estorbo para promover el estilo de vida querido por el Crucificado. Le falta un rasgo básico para ser seguidor de Jesús.

En la Iglesia todos hemos de ser servidores. Nos hemos de colocar en la comunidad cristiana, no desde arriba, desde la superioridad, el poder o el protagonismo interesado, sino desde abajo, desde la disponibilidad, el servicio y la ayuda a los demás. Nuestro ejemplo es Jesús. No vivió nunca «para ser servido, sino para servir». Este es el mejor y más admirable resumen de lo que fue él: servicio a todos.

José Antonio Pagola

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“El que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Domingo 18 de octubre de 2015. Domingo 29º

Domingo, 18 de octubre de 2015

56-ordinarioB29 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.
Salmo responsorial: 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Hebreos 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.
Marcos 10, 35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…

El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano, que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Pero hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, igual también que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal que le solemos dar, necesita sin duda una reevaluación más ponderada. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar.

Buen día hoy, el del DóMund, para presentar estos desafíos y para profundizarlos en la homilía, en la reunión de la comunidad, en el grupo de estudio, o en el aula con mis alumnos. No desaprovechemos la oportunidad para actualizar también nuestra visión personal en estos temas: hay muchas lecturas (véase, por ejemplo, en la RELaT –http://servicioskoinonia.org/relat– no pocos artículos sobre el tema: en el menú desplegable «selección por materias», escoger «Teología sistemática – Diálogo de religiones – Pluralismo religioso» y pulsar en «ir». También en servicioskoinonia.org/LibrosDigitales). Leer más…

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Dom 18.10.15. El cáliz que has de beber (Evangelio de los Zebedeos)

Domingo, 18 de octubre de 2015

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 29, ciclo b. Mc 10, 35-45. Ayer comenté y critiqué, desde una perspectiva de evangelio, unas palabras del Cardenal Cañizares (no es todo trigo limpio), y lo hice con algo de acritud que ahora lamento (y que después corregí en el mismo post). No es que Mons. Cañizares no tuviera razón, sino todo lo contrario, él la tenía y la tiene, pero en un plano que parece más “zebedeo” que propio de Jesús, según el evangelio de este domingo:

Mons. Cañizares tenía razón y la tiene desde un punto de vista de corrección política: Sin duda, un tipo de emigración masiva de personas del Este pone en peligro no sólo la frágil estabilidad cultural y nacional de un tipo de visión política de España, sino la estabilidad de Europa. Por eso es bueno defender lo nuestro, incluso dentro de una larga tradición política cristiana.

Cañizares tenía y tiene razón diciendo que en el fondo de las multitudes que vienen del Este, además de los buenos pobres de siempre, hay mafias políticas y económicas: Hay directrices, consignas y estrategias de auténticos “tunantes” (por usar la palabra de G. Theissen, que ayer empleaba en mi comentario).

caminando hacia cristoPor otra parte, muchos que criticaban a Mons. Cañizares tampoco eran del todo “trigo limpio”, pues tenían (¿teníamos?) en el fondo otro intereses de dominación política más o menos confesados. Pues bien, en este contexto, resulta providencial el evangelio de hoy.

También los zebedeos, el ala política del movimiento de Jesús, tenían razón en su propuesta, al ofrecerse para organizar de un modo racional su proyecto de reino. Ellos lo harían sin duda mucho mejor que el “santo” de las andas de la imagen… pero, evidentemente, necesitaban tomr (recibir) el poder.

El evangelio de hoy afirma que los zebedeos eran los políticamente correctos: Querían ganar una cota de poder para servicio del “evangelio”. Querían “racionalizar” la tarea mesiánica de Jesús, y se sentían capaces de hacerlo (¡en el evangelio de Mateo se dice que en el fondo estaba su madre, es decir, el clan de familia).

Ellos venían de la buena administración; su padre era armador, o al menos propietarios de barcos. Sabían lo que es organizar movimientos sociales, sabían de eso mucho más que Jesús, un pobre albañil… Podrían gobernar bien, si que se viera demasiado (sin utilizar mucho) el mauser de la mano y el dólar de le espalda.

Y sin embargo Jesús critica a los zebedeos, diciéndoles que el único modo de organizar el reino es “dejándose matar”, es poniendo la vida al servicio de los otros, incluso de los tunantes que vienen del Este. Sin duda, Jesús no era políticamente correcto… y estaba dispuesto a morir por los “tunantes”, es decir, por aquellos que no son trigo limpio, no para que todo se destruya, sino para que de la muerte por amor (en servicio a los excluidos) pueda surgir y surja un mundo nuevo de resurrección para todos.

Buen domingo a todos, y sigan leyendo si quiere esta profundísima parábola sobre el poder (sobre lo correcto)… y sobre el estar dispuestos a morir por el bien de los demás. Por favor, pónganse por un momento en la piel de los zebedeos (pues también ellos, al fin, dieron la vida por los otros, como estoy seguro de que Mons. Cañizares quiere darla).

Marcos 10, 35-45

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.” Les preguntó:- “¿Qué queréis que haga por vosotros?” Contestaron: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.” Jesús replico: “No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Contestaron /: “Lo somos” “Jesús les dijo: “El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.”

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniendolos, les dijo: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.”

Éste es un pasaje evidentemente simbólico, construido en su forma presente por la comunidad y reformado por el mismo Marcos, desde su perspectiva social y eclesial (a partir, sin duda, de una experiencia de Jesús y de un proyecto eclesial “zebedeo”, que iba en línea de poder mesiánico, no de entrega de la vida por los otros).

Zebedeos, políticamente correctos

‒ Uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria, es decir, en tu Reino. . Sentarse a la derecha y a la izquierda significa “compartir” el poder de Jesús, no de un modo excluyente, pero sí superior al de los otros (recordemos que Mt 19, 28 hablaba de los doce seguidores de Jesús sentados sobre doce tronos, juzgando a las tribus de Israel:). El Reino de Dios se concibe por tanto como un camino y una meta de triunfo social, a fin de lograr la pacificación de todos, como una forma de tomar el poder y ejercerlo (evidentemente bien, a favor de los demás, pero en línea de poder).

No sabéis lo que pedís: ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber? De pronto, Jesús cambia de tercio… La meta y tarea de su movimiento no tomar el poder y triunfar (para crear un tipo de paz política mundial), sino dar la vida por los demás, convirtiéndose en semilla de resurrección, es decir, de un tipo de “política distinta”. Estos zebedeos forman con Pedro el “triunvirato” más saliente de la iglesia primitiva, el deseo de convertir el proyecto de Jesús en un camino políticamente correcto de administración del poder.

Pero Jesús no era políticamente correcto. Por eso rechaza su petición de los zebedeos (y de Pedro) y les recuerda que su “compromiso” mesiánico consiste en beber su cáliz, es decir, en compartir su camino de entrega y de muerte: Ellos, los de Jesús, tienen que morir para que vivan otros… Ellos, su generación política, tienen que “dar la vida”, para que pueda surgir una humanidad distinta.

‒ Beberéis mi cáliz… Jesús les ha preguntado si “están dispuestos beber su cáliz” y ellos han respondido que sí… Éste es el gran “milagro” de la escena. Estos zebedeos que quieren sentarse en dos tronos beber con Jesús la copa del triunfo final sobre los pueblos le dicen que sí, que, a pesar de todo, van a seguir con él… Que están dispuestos a beber el cáliz de la muerte, es decir, del sacrificio y de la entrega propia, para que vivan otros, para que vivan todos, los que vienen del Este y los que son (somos) del Oeste, como dice Jesús en otra ocasión (Mt 8).

Pero sentaros a mi derecha a mi izquierda… Jesús les confía la tarea de seguirle, y así puede asegurar (confirmar) el camino mesiánico, en su vertiente de “entrega de la vida”, pero no ratificar el triunfo político final (en forma externa) que depende del Padre. De esa forma se sitúa, y sitúa a sus discípulos ante un gesto mesiánico de ofrenda y regalo de la propia vida, que ha de ser ratificado por su Padre.

Una teoría sobre el poder, lo políticamente incorrecto

En ese contexto ha interpretado Jesús y ha superado el principio del poder, viendo que los otros diez se (los Doce sin los zebedeos) indignaron… (20, 24), no tanto porque los zebedeos quisieran los primeros puestos, sino porque querían también ellos, los otros discípulos. Seguimos en el mismo contexto anterior del evangelio, donde los discípulos discutían sobre los primeros puestos en el Reino, pues todos querían ocuparlos, entendiendo el mesianismo de Jesús en clave de triunfo y dominio sobre los demás.


Aquí ofrece Jesús la carta magna de la relación entre poder político e iglesia,
un tema que debe interpretarse como crítica frente a un mesianismo entendido en línea de poder, tema que ya había sido desarrollado en las tentaciones (cf. Mt 4, 1-11). No es una norma o principio que trate sólo de la Iglesia y de su organización interna, sino una enseñanza universal, válida para todos los poderes de la tierra, en un contexto de fuerte opresión como la expresada por el Imperio Romano: Leer más…

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¿Triunfar o servir? Domingo 29. Ciclo B

Domingo, 18 de octubre de 2015

0029Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En las lecturas de los domingos anteriores Jesús ha ido instruyendo a los discípulos a propósito de los más diversos temas (los niños, el divorcio, la riqueza, etc.). En el de hoy da su última gran enseñanza antes de subir a Jerusalén para la pasión.

En lo que piensa Jesús

Todo comienza con el tercer anuncio de la pasión y resurrección, que no se lee, pero que es fundamental para entender lo que sigue. Jesús repite una vez más a los discípulos que los sumos sacerdotes y los escribas lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, le escupirán, azotarán y matarán.

En lo que piensan Santiago y Juan: Presidente del Gobierno y Primer Ministro

Igual que en los casos anteriores, al anuncio de la pasión sigue una muestra de incomprensión por parte de los apóstoles: Santiago y Juan, dos de los más importantes, de los más cercanos a Jesús, ni siquiera han prestado atención a lo que dijo.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

-Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.

Les preguntó:

-¿Qué queréis que haga por vosotros?

Contestaron:

-Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Mientras Jesús habla de sufrimiento, ellos quieren garantizarse el triunfo: “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. “En tu gloria” no se refiere al cielo, sino a lo que ocurrirá “en la tierra”, cuando Jesús triunfe y se convierta en rey de Israel en Jerusalén: quieren un puesto a la derecha y otro a la izquierda, Presidente de Gobierno y Primer Ministro. Para ellos, lo importante es subir.

Jesús replicó:

-No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?

Contestaron:

-Lo somos.

Jesús les dijo:

-El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.

La respuesta de Jesús, menos dura de lo que cabría esperar, procede en dos pasos. En primer lugar les recuerda que para triunfar hay que pasar antes por el sufrimiento, beber el mismo cáliz de la pasión que él beberá. No queda claro si Juan y Santiago entendieron lo que les dijo Jesús sobre su cáliz y su bautismo, pero responden que están dispuestos a lo que sea. Entonces Jesús, en un segundo paso, les echa un jarro de agua fría diciéndoles que, aunque beban el cáliz, eso no les garantizará los primeros puestos. Están ya reservados, no se dice para quién.

La reacción de los otros diez y la gran enseñanza de Jesús

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo:

-Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

¿Por qué se indignan? Probablemente porque también ellos ambicionan los primeros puestos. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles cómo deben ser las relacio­nes dentro de la comunidad. En la postura de los discípulos detecta una actitud muy humana, de simple búsqueda del poder. Para que no caigan en ella, les presenta dos ejemplos opuestos:

1) el que no deben imitar es el de los reyes y monarcas helenísticos, famosos por su abuso del poder: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las opri­men”.

2) el que deben imitar es el del mismo Jesús, que ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.

En medio de estos dos ejemplos queda la enseñanza capital: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. En la comunidad cristiana debe darse un cambio de valores absoluto.

Pero esto es lo que debe ocurrir “entre vosotros”, dentro de la comunidad. Jesús no dice nada a propósito de lo que debe ocurrir en la sociedad, aunque critica indirectamente el abuso de poder.

Primera lectura: Isaías 53,10-11

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará,
con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.

Este texto se ha elegido como comentario de las palabras de Jesús: “el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” y de sus referencias anteriores a la pasión (el cáliz y el bautismo). Por eso comienza diciendo que El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento; unas palabras que escandalizan por la forma de hablar de Dios, pero que hay que interpretarlas como un recurso para el triunfo final. De hecho, el texto de Isaías insiste más en el éxito de Jesús (verá su descendencia, prolongará sus años, verá y se hartará) y de su obra (el plan de Dios prosperará por sus manos, justificará a muchos).

Reflexiones

1. Este pasaje constituye la última enseñanza de Jesús antes de la pasión, en la que nos deja su forma de entender su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Este ejemplo es válido para todos los cristianos, no sólo para papas y obispos.

2. Esta espléndida enseñanza no nos habría llegado si Santiago, Juan y los otros diez hubieran sido menos ambiciosos. Los fallos humanos pueden traer grandes beneficios.

3. La enseñanza de Jesús ha calado muy poco en la Iglesia después de veinte siglos y en ella se sigue dando un choque de ambiciones al más alto nivel. La única solución será tener siempre presente el ejemplo de Jesús.

4. El texto de Isaías nos ayuda a mirar con esperanza los momentos difíciles de nuestra vida. Aunque la impresión que podemos tener a veces es que Dios nos está triturando con el sufrimiento, no es ésa su intención, sino sacar de nosotros algo muy bueno.

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Enrédate por la misericordia

Sábado, 17 de octubre de 2015

20070420074337-michal-mackuMari Paz López Santos. Madrid.

ECLESALIA, 28/09/15.- Domingo último de septiembre. Se inaugura el nuevo curso en la Parroquia de Guadalupe (Madrid) en la misa de doce. El templo, como una gran tienda del encuentro, se llena de gente con muchas ganas de reencontrarse. Se nota en los saludos, los abrazos y las ganas de compartir. El lema parroquial elegido para el presente curso es “Enrédate por la misericordia”.

La palabra “enredar”, según dice el diccionario, se utiliza tanto en sentido positivo como negativo. Tiene miga la palabra y habrá tiempo durante el año para ir entresacando su significado, si es que hay quien quiera enredarse en semejante cosa, siguiendo a Jesús que es quien convoca en este enredo.

Veamos algunas posibles utilizaciones de esta palabra. Por ejemplo, se les dice a los niños cuando están muy inquietos y molestando: ¡No enredes!

Se utiliza para indicar que alguien está metiendo discordia o cizaña; o cuando decimos que las cosas están “enredadas” significando que vamos a tener problemas, dificultades o preocupaciones. También cuando nos metemos en más cosas de las que podemos atender, cuando queremos llegar a todo utilizando el menor tiempo posible, decimos que “nos estamos enredando”.

Jesús utilizaba el lenguaje de la pesca para explicar a sus discípulos la forma de pescar a la que están siendo llamados, indicándoles que echaran las redes y que serían pescadores de hombre. Volvieron con tal cantidad de peces enredados que casi no podían sacarlos a tierra.

Pero enredarse, concretamente, por la misericordia, es implicarse en la vida de los que más lo necesitan, envolverse en lo precario, en lo mínimo, para hacerse uno más con ellos; es denunciar situaciones de precariedad que ahogan a los que las sufren; es quedar prendidos en las redes de la misericordia invitando a otros a enredarse en la misma faena.

Y, como hemos escuchado en la homilía, “es complicarse la vida y complicársela a los demás pero por la misericordia; con acciones concretas que busquen hacer un mundo mejor. No te importe si a alguien le suena mal. Sigue enredándote y enredando”.

Releyendo el lema en la pequeña cartulina que nos han repartido con una oración y todas las posibilidades de “enredarse” en las diferentes áreas de la parroquia, me vino otro significado para nuestros días que tiene que ver con algo en lo que estamos inmersos: las redes sociales. Así se podría llamar la red social que anime a enredarse por la misericordia: enREDdateporlamisericordia

Las redes son medios para implicarse pero, eso sí, sin olvidar que la misericordia no es virtual, es real y quiere contacto cercano. “Que nos dejemos enredar por tu misericordia y nos preocupemos de compartir en el amor las angustias y tristezas, las alegrías y esperanzas de todos los seres humano, y así les mostraremos tu camino de reconciliación, de perdón y de paz”, hemos rezado todos juntos como final de la Eucaristía e inicio del nuevo curso parroquial.

Que nos encontremos enredados por la misericordia a la vuelta del camino de este curso habiendo atraído a la red a muchos que están ahí cerca, a otros que llegarán… Jesús es quien convoca

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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De la exclusión a la participación.

Viernes, 16 de octubre de 2015

sentir-la-curacic3b3nA propósito de Juan 9, 1-41
Pedro Kalmbach. Argentina

ECLESALIA, 25/09/15.- Al imaginarme la escena del lugar previo al paso de Jesús, me lo imagino como un pueblo o un barrio tranquilo. Un barrio con unas casas, una sinagoga, personas caminando, otras descansando o haciendo sus quehaceres, otras yendo y viniendo de sus trabajos. Y en esa escena también me lo imagino a un costado al mendigo, al hombre que era ciego de nacimiento… Quienes vivían allí tenían la vista y el corazón acostumbrados a ese paisaje.

En la vida acostumbramos a nuestra vista y corazones a muchas situaciones. De esa manera situaciones terribles –de exclusión, de discriminación, de miseria- pueden pasar a ser vistas y entendidas como normales. También pueden llevar a que esquivemos nuestras miradas, cerremos nuestros corazones y hagamos de cuenta como que no hemos visto ni sentido nada.

Nos hemos acostumbrado, nuestra sociedad, nuestras iglesias se han acostumbrado a un “paisaje” con gente viviendo en la calle, con gente que nunca va a poder acceder a determinados lugares, con gente excluida por algún tipo de discapacidad como si fuera normal. Nos hemos acostumbrado a ser una sociedad excluyente/discapacitante.

Y pareciera ser que en la época de Jesús esto no era diferente. Así comienza este pasaje en los versículos 9:1-2:

“Vio, al pasar, un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos:

– ”Rabbí, ¿Quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”

Jesús lo ve al pasar cuando iba caminando con sus discípulos. Y ellos realizan esa pregunta a Jesús. Una pregunta que es propia de quienes están acostumbrados a ver en el paisaje de los pueblos y barrios a mendigos, a personas excluidas, que saben que la sociedad tiene una explicación y justificación para todo eso, pero que de alguna manera sienten que eso no está bien. Ellos necesitaban escuchar del maestro la razón por la cual ese hombre era ciego.

Y Jesús, al responder esta pregunta no entra en la lógica de la misma. Él plantea otra lógica/ paradigma. Él saca del camino la justificación de esa situación a causa del pecado y coloca el foco en otro lugar, plantea otro modo de ver las cosas: las obras de Dios. Las obras de Dios como una clave diferente para poder ver una situación.

Los discípulos realizan la pregunta según la lógica existente, así como habían aprendido. Y esto es notable; a veces pensamos que nos hemos animado a salir de la visión según esa lógica, pero en el fondo no lo logramos si no hacemos el paso de quebrar el paradigma que la sustenta.

La pregunta de los discípulos no va al fondo de la cuestión, ella no logra romper con la lógica de exclusión porque el paradigma que la sustenta plantea la exclusión: El que está excluido, al margen de la sociedad, en cierta forma está ahí por su culpa o por la de sus padres. La respuesta que esperaban los discípulos, a pesar de sentir que eso no está bien, respondía a esa lógica.

Ante ello Jesús propone ver las cosas de una forma diferente. Una forma que tiene que ver con las obras de Dios.

Es interesante notar que en la narración, la obra de Dios trastoca la tranquilidad del barrio/pueblo. A partir de la acción de Jesús se arman una serie de confusiones y malestares. Primero el juicio de los vecinos, luego la interrogación de los fariseos, luego los padres del ciego que tienen miedo de decir claramente lo que deben decir, luego otra vez un interrogatorio al mendigo que culmina con su expulsión de la sinagoga, un segundo encuentro de Jesús con el mendigo y finalmente la conversación desafiante de Jesús con los fariseos. Hay gente que cuestiona, que delata al mendigo, encargados de la fe que se ven cuestionados en su autoridad y en sus creencias, que expulsan al mendigo y discuten con Jesús.

La obra de Dios produjo una conmoción, un revuelo, que si no hubiera sucedido, todo seguiría igual de tranquilo. La obra de Dios realiza algo que cuestiona la manera usual de ver y de entender las cosas. La pregunta por la culpabilidad de ese mendigo y su situación queda, a partir de la acción de Dios en Jesús, totalmente fuera de lugar.

Esa acción levanta una nueva pregunta: ¿dónde está cada uno en relación al mendigo? Ella revierte no solo la situación del mendigo, ella también cuestiona la manera en que las diversas relaciones sociales que vinculaban a ese mendigo con sus vecinos habían colaborado de una u otra forma a mantenerlo aislado, mendigando. La obra de Dios quiebra un paradigma de relaciones humanas excluyentes y propone un nuevo paradigma, un paradigma de inclusión.

Al imaginarme la escena del lugar después del paso de Jesús, quiero imaginármelo un poco diferente de lo que era al inicio, por lo menos con algunas personas cuya vista y corazón comenzaron a negarse al acostumbramiento frente a la exclusión. Es probable que algunas personas hayan revisado sus miradas y sus lugares sociales y que otras no. El mendigo pareciera ser que lo hizo (por reconocer a Jesús como el Señor, fue expulsado de la “sinagoga”). Pero no sabemos lo que hicieron los padres, los vecinos, los fariseos que cuestionaron al mendigo y que discutieron con Jesús, tampoco sabemos lo que hicieron los discípulos.

La narración abre varias preguntas, entre ellas la pregunta por nuestras propias miradas, por nuestros paradigmas. Así también la pregunta por nuestras comunidades e iglesias, por nuestros institutos/centros de formación teológica. ¿Qué hacemos? ¿Cuáles son los paradigmas que los sustentan?

Que nuestro buen Dios nos siga abriendo los ojos y corazones para no acostumbrarnos a las situaciones y a los paisajes dolorosos de exclusión en los cuales vivimos

Que así sea. Amén.

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“Una cosa nos falta”. 28 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,17-30)

Domingo, 11 de octubre de 2015

28-852864El episodio está narrado con intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega «corriendo» un desconocido que «cae de rodillas» ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús.

No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.

Antes que nada, Jesús le recuerda que «no hay nadie bueno más que Dios». Antes de plantearnos qué hay que «hacer», hemos de saber que vivimos ante un Dios Bueno como nadie: en su bondad insondable hemos de apoyar nuestra vida. Luego, le recuerda «los mandamientos» de ese Dios Bueno. Según la tradición bíblica, ese es el camino para la vida eterna.

La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. «Jesús se le queda mirando con cariño». Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.

Jesús entiende muy bien su insatisfacción: «una cosa te falta». Siguiendo esa lógica de «hacer» lo mandado para «poseer» la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. En el ser humano hay una aspiración más profunda.

Por eso, Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir agarrado a sus posesiones: «vende lo que tienes». Lo segundo, ayudar a los pobres: «dales tu dinero». Por último, «ven y sígueme». Los dos podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios.

El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús. Marcos nos explica que «era muy rico».

  • ¿No es esta nuestra experiencia de cristianos satisfechos de los países ricos?
  • ¿No vivimos atrapados por el bienestar material?
  • ¿No le falta a nuestra religión el amor práctico a los pobres?
  • ¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús?

José Antonio Pagola

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“Vende lo que tienes y sígueme”. Domingo 11 de octubre de 2015. Domingo 28º ordinario

Domingo, 11 de octubre de 2015

55-ordinarioB28 cerezoDe Koinonia:

Sabiduría 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
Salmo responsorial: 89
Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.
Hebreos 4, 12-13: La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón.
Marcos 10, 17 – 30: Vende lo que tienes y sígueme.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferencia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.

En el texto de la carta a los hebreos, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma ( Jer 23,29).

La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante… hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”. Allí, en el santuario de la intimidad del corazón de la persona, de la comunidad oyente activa de esa voz salvadora que le muestra caminos de liberación, allí, donde reside la voluntad y la decisión de aceptarla o de rechazarla, donde anida lo más denso del ser humano: sus intereses, sus afectos, su libertad, es hasta donde la Palabra llega cuestionante, incisiva, liberadora, transformante. Por eso, el autor de la carta coloca intencionadamente las palabras “corazón, deseos, intenciones”, como abarcando en estas categorías la integralidad humana. Dios y su Palabra, “más íntimo que yo mismo” en expresión de San Agustín, conoce hasta los secretos más recónditos del corazón. El más absoluto misterio humano está patente ante sus ojos. Por eso, la Palabra es juez densamente imparcial, que conoce amando lo que ocurre en la conducta humana y en el corazón de hombres y mujeres.

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama “el joven rico” (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece tratarse más bien de una persona mayor que pregunta: ¿cómo heredar la vida? (cf Mc 10,17). Jesús comienza por remitir a Dios; su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): “no seas injusto” (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Ésa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto lo invita Jesús a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero, dejar sus posesiones, le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf v. 22). «Creer sí, pero no tanto». Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo -por ejemplo- que había en la ciudad unas puertas pequeñas llamadas “agujas”… y que bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar por ese ojo de aguja…

Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de una aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento, siguiendo a los discípulos nos preguntamos -con pretendido realismo-: “entonces, ¿quién se podrá salvar?” (cf v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia, debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el “espíritu de sabiduría” (Sab 7,7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf Hb 4,12-13). Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Una lectura ecológica del evangelio de hoy

El mundo, la humanidad, se encuentra hoy, también, ante el desafío de tener pasar «por el ojo de una aguja» si quiere conseguir… no ya la vida eterna celestial, sino simplemente la supervivencia terrestre.

Es un «ojo de aguja» nuevo. Nunca nos habíamos visto en esta situación. Siempre, desde siempre –es decir, desde que el homo et mulier sapientes aparecimos sobre esta tierra–, el ser humano percibió la tierra como ilimitada, inagotable, cuasi infinita, capaz de absorber impasible nuestro proyecto de desarrollo continuo, infinito.

Pero hace sólo cinco siglos (Magallanes, 1522) se dio cuenta de que la tierra no era una superficie plana infinita, sino una superficie esférica, cerrada sobre sí misma, y por tanto, limitada. Y ha sido sólo al final del pasado siglo XX cuando ha descubierto que su proyecto humano de desarrollo podría topar con los límites de la Tierra. Así lo proclamó proféticamente, en solitario, el famoso libro del Club de Roma «Los límites del crecimiento», de 1972, que no fue escuchado. Pero su profecía fue confirmada y ratificada al filo del cambio del siglo (1992, «Más allá de los límites del crecimiento»), al denunciar que estábamos en peligro de sobrepasarnos («overshot») más allá de la capacidad del planeta para absorber y regenerar los recursos que consumimos. Ese peligro ya se hizo realidad oficialmente el 23 de septiembre de 2008: los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network han hablado del «Día del sobrepasamiento», el «Earth Overshoot Day», día en el que calculan que hemos sobrepasado en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento estamos necesitando más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia…

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2007-2008 confirmó la denuncia, y, de otra manera y con otros datos, confirmó que si toda la humanidad adoptara un nivel de vida como el de EEUU o Europa, necesitaríamos 9 planetas (pág. 48 de la edición en español).

Despidámonos pues de la «vida eterna» para la Humanidad. El planeta seguirá, sí, pues ha pasado crisis semejantes, y aunque la vida terrestre sea diezmada, el planeta seguirá, pero seguirá… sin nosotros. Ésta en la que estamos ya hace tiempo es la «sexta extinción». La anterior, la quinta, hace 65 millones de años, por efecto de un meteorito según las actuales hipótesis, causó la desaparición de los dinosaurios. La sexta, la presente, actualmente en curso acelerado, está causada concretamente por una especie biológica que ha llegado a convertirse en fuerza geológica. Parece que va a ser una crisis profunda, que se llevará consigo a dos tercios de las especies actuales (entre ellas la causante). Nada de «vida eterna», pues, sino la condena a «una muerte anunciada», y con carácter de inminencia.

Pero… «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»… una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.

Se ha dicho muy frecuentemente en los últimos tiempos que el cristianismo tenía, ha tenido un «punto ciego» en el aspecto ecológico, que todo nuestro patrimonio simbólico de los tres grandes monoteísmos está construido no sólo «de espaldas a la naturaleza» (nos consideramos no naturales sino sobrenaturales), sino en buena parte «contra la naturaleza», como sus dueños y dominadores, por derecho divino incluso… Afortunadamente, la encíclica del Papa Francisco, de este año, Laudato sii’, acaba de dar un buen paso en sentido contrario. No podemos borrar nuestra historia pasada, ni nuestra realidad actual, pero al menos acabamos de dar un primer signo de conversión desde la cúpula misma de la institución. Como dice la encíclica, no se trata sólo de cuidar la naturaleza, sino de toda otra forma de pensar, una nueva cultura, una revolución mental.

Y también una revolución teológica: la de dejar de pensar que la ecología no tiene que ver con la vida cristiana, ni con la vida espiritual… y pasar a pensar que respetar la vida, cultivarla, reverenciarla, sentirla como nuestra placenta, nuestro hogar, nuestra hermana madre Tierra… tiene que formar parte, por derecho propio, del hecho de ser cristiano, como forma parte del hecho de ser ser humano.

La Agenda Latinoamericana’2010 (latinoamericana.org/index2010.html) ya planteó la necesidad de afrontar a fondo el tema de nuestra «conversión ecológica», y el de la «re-conversión ecológica» del cristianismo (incluida nuestra teología, nuestras creencias y nuestra espiritualidad). Todos los cristianos/as deberíamos insistir en nuestras comunidades en tocar, en hacer presente, en estudiar este tema, el tema «planetariamente más urgente»… Sus textos y materiales pastorales pueden ser tomados de su archivo (servicioskoinonia.org/agenda/archivo); ofrece también sugerencias para organizar grupos de estudio, materiales para la educación popular, textos y reflexiones para organizar en nuestras comunidades una reflexión profunda sobre el tema en su página complementaria: latinoamericana.org/2010/info Leer más…

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Dom 11.10.15. “Y mirándole le amó”. De hombre a hombre

Domingo, 11 de octubre de 2015

115181Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 28. Mc 10, 17-22. Fue el año 1990, en la Cátedra Domingo de Soto, en el edificio histórico de la Universidad de Salamanca (Aula Unamuno, junto a la de Fray Luis de León). Ofrecí una lectura contextual de Mc 10, con el hombre que buscó a Jesús para “heredar la vida eterna”, y con la respuesta de Jesús que “mirándole le amó y le dijo: Vende lo que tienes, dáselo a los pobres… y luego ven y sígueme” (es decir, el texto de este domingo 28 de la liturgia).

Presenté ese texto como una declaración de amor, o así lo sintieron al menos algunos de los presentes, entre ellos el sacerdote de un pueblo de Castilla y un joven artista, que me llamaron y vinieron a mi casa el día siguiente, para precisar el sentido y alcance de aquellas palabras del evangelio: “y mirándole le amó”, en el sentido fuerte del término (con agapaô).

Pasamos la tarde en torno a un café, hablando ellos sobre el (su) amor, yo sobre el texto de Marcos. Era evidente que se querían y que su tendencia afectiva iba en línea homoerótica. No convivían, pero se miraban y veían. Querían ser cristianos y lo eran, siendo uno además un buen sacerdote.

Ni ellos entraron en los detalles de sus manifestaciones de amor, ni yo se lo pregunté. Eran adultos y consecuentes con el evangelio y con la Iglesia. Simplemente les fui explicando el entorno del pasaje, pues querían ser fieles a Jesús: servicio a los pobres, cuidado exquisito por los niños, fidelidad, un ancho campo de evangelio…, sin convertirse inútilmente en “piedra de escándalo” para los demás.

imagesAsí se fueron, comprometidos a ser mejores cristianos, según el evangelio, queriéndose más entre sí. Tristemente, ambos han muerto (¡han pasado 25 años desde aquello!), pero su presencia y conversación, su fidelidad humana… y su manera de entender a Marcos me emocionó y me sigue alumbrando todavía.

Antes yo no había caído en la cuenta de lo que decía el texto, me deslizaga por la superficie sin fijarme, aunque en la conferencia debí decir cosas para que ellos lo entendieran como lo hicieron. Desde entonces he comprendido algo mejor el tema.

Ahora (año 2015) ya no voy por la Cátedra D. de Soto, de la Universidad de Salamanca, pero he escrito dos comentarios extensos de Marcos (uno en Clíe, otro en Verbo Divino), y en ambos me detengo sobe el tema, y así podrá leerlo en su versión académica quien quiere.

En esta postal no tomo ni un texto ni el otro, sino una parte transcrita de aquella conferencia, hace 25 años, un texto que me remitió el Prof. Corzo ,y que aún conservo en mi PC, con el título: “Y mirándole le amó”.

He pensado que este recuerdo y comentario podrá ofrecer compañía a mis amigos nuevos virtuales, en este fin de semana de Sínodo de la Familia. Un saludo a todos.

Mc 10, 17-22

Yendo Jesús de camino, corriendo vino uno y se le inclinó, y le pidió diciendo: – Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dijo:
– Lee la Escritura ¿sabes lo que dice?…: No matarás, no adulterarás, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tus padres. Vete y cúmplelo. Él replicó: – Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.

(Tras esto sigue un texto asombroso, que a mí me resultaría difícil transcribir; no suelo hacerlo así, no me sale, no es mi lenguaje, amor de hombre a hombe).

Y Jesús mirándole le amó, y le dijo: – Una cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
Pero él, entristecido por esta palabra, suspirando profundamente se fue. Era muy rico (10, 17-22).

Éste es un texto sorprendente.

Aquí tenemos un hombre perfecto, alguien que cumple perfectamente todo lo mandado, desde la juventud: es fiel a la ley del Antiguo Testamento, a la moral israelita. Este es un hombre ideal, un ser completo, alguien que no ha tenido problemas de conciencia, un inocente.

Ha cumplido todos los mandamientos sociales, pero viene a buscar a Jesús y le dice: Oye ¿qué puedo hacer?. Jesús le ofrece le recuerda los mandamientos de la Ley, él responde que la cumple. Entonces, Jesús, mirándole le amó.

La escena está compuesta en forma de cruce de miradas. Al traducir el texto, he dicho que a mi me cuesta emplear ese lenguaje: no es mi estilo, se me hace muy difícil hablar de un cruce de miradas que sean creadoras o descubridoras de amor, entre un hombre y otro hombre.

Ya sé, a veces se habla del flechazo inmediato, pero solemos tomarlo como figura literaria. Por eso, me pregunto ¿es posible en dos miradas sentir un amor fuerte, como el que aparece aquí, para dejarlo todo y seguir al amigo? Se trata de la mirada de Jesús, que responde al hombre rico (aquí no aparece como joven, a diferencia de lo que se dice en el evangelio de Mateo). Jesús que mira con amor y ama con la mirada a un hombre que viene a preguntarle sobre la vida.

Aquí se habla de un amor absolutamente real y fuerte, entre dos varones. Así lo dice el texto, utilizando para ello la palabra sagrada del amor en el Nuevo Testamento: ágape. Permitidme que lo lea en griego, no me lo toméis a pedantería: ho de Iesous ….êgapêsen auton: y Jesús, mirándole, le amó (10, 21). Esta es la única vez que Marcos utiliza en un sentido fuerte la palabra amor, refiriéndose a relaciones interhumanas. En las otras dos es el mismo Dios el que llama a Jesús su “querido”, en el bautismo y en la transfiguración (Mc 1, 11; 9, 7)

Jesús y el hombre rico

Dios le ha llamado “querido”. Jesús dice ahora que ama a ese hombre que viene… y lo hace sin palabras, a través de la mirada… y con la invitación siguiente: Vende todo, dáselo a los pobres, ven y sígueme.

Marcos no habla en su evangelio del amor de Jesús hacia una mujer sino de su amor hacia un hombre que ha venido para preguntarle ¿qué puedo hacer? Es le ve por dentro, le mira y le dice algo así, con su mirada:

Eres muy rico, pero no quiero tus riquezas, te quiero a ti, )por qué no dejar todo y te vienes conmigo?. Véndelo todo, no me traigas nada, no me des ninguna cosa, ven tú mismo, a tí te quiero, Ven tú conmigo y haremos el camino juntos.

Platón definía ya el amor, la amistad, como un caminar dos juntos, dos personas, hombre y mujer, dos hombres, dos mujeres, en una misma dirección, haciendo en comunión la experiencia de la vida. Pero éste hombre de Jesús tiene muchas riquezas que le impiden caminar con él, en camino de evangelio humano y divino. Las riquezas son para él más importantes que el amor. Quiere amar pero no puede, no tiene libertad para hacerlo, ha puesto otra cosa por encima del amor: sus riquezas.

El evangelio de Marcos ha venido diciendo que Jesús era especialista en amor a los niños, a quienes acogía en la calle, a quienes quería ofrecer amor respetuoso, profundo, creador… Ahora, aquí, Jesús aparece como especialista en amor a un hombre maduro.

Jesús es un gran especialista en amor y, sin embargo, aparece como amante fracasado, pues el amigo se le va: prefiere entristecido las riquezas. Es hermosísimo que el Evangelio le presente así, como fracasado, alguien que ha dicho al amigo te quiero ven conmigo, para descubrir que el otro se le marcha.

En el judaísmo de aquel tiempo (y en el cristianismo del nuestro) da la impresión de que la riqueza está por encima del amor. Por eso se dice: primero asegura la riqueza y luego podrás amar. Pues bien, Jesús dice lo contrario: ¿eres capaz de desprenderte absolutamente de todo y de poner el amor en el centro total y absoluto de la vida, confiando así que ella tiene sentido?

Me diréis que Jesús pide al hombre rico una locura, evidentemente es locura su petición: ¡vende todo!. El refrán castellano decía: contigo pan y cebolla. Desde ahí se puede interpretar nuestro pasaje. Jesús mira a este hombre con amor y le dice: Vende lo que tienes, ven y sígueme.

Sólo porque le ha mirado con amor puede pedirle que lo deje todo. Pero, bueno, ¿qué significa que Jesús mire con este amor a un hombre rico? No lo sé del todo, aunque puedo presentirlo, entendiendo el pasaje como texto abierto a los cristianos de todos los tiempos, en camino que debemos traducir, haciendo del mutuo amor experiencia de vida compartida.

Un momento central del evangelio

Algunos darían un paso más. Se ha dicho que al fondo del evangelio actual de Marcos puede haber un capítulo perdido, un Evangelio Secreto, del que quedan huellas, según dicen, en algunos Santos Padres. Ese Evangelio Secreto de Marcos hablaría de un amigo íntimo de Jesús, no en plano homosexual, pero sí en plano de intimidad profunda. Un copista posterior habría encontrado el texto un poco duro, haciéndolo desapareció del Evangelio.

Como restos de ese Evangelio Secreto, centrado en el amor misterioso de Jesús quedaría un pequeño resto en aquella preciosa escena de cuando prenden a Jesús en el huerto: alguien, un joven, se escapa desnudo dejando la sábana en manos de aquellos que le apresan (cf. Mc 14, 51). Hay una inmensa literatura sobre ese texto y sobre los posibles misterios del amor de Jesús. Personalmente, creo que ese Evangelio Secreto no ha existido, es una invención de algunos exegetas. Por otra parte, el Evangelio de San Marcos está bien como está, habla bastante de amor.

Marcos no ha tenido miedo a que alguien elabore una interpretación homosexual del amor de Jesús. Por eso ha presentado con toda fuerza la escena que hemos comentado, la del hombre rico, diciendo que Jesús, mirándole le amó. De esa forma deja la puerta abierta a un desarrollo de amor que luego encontraremos en San Juan, cuando habla de discípulo amado de Jesús.

Evidentemente, Marcos no niega el amor de Jesús hacia las mujeres, pues su evangelio transmite el más impresionante relato de cariño intersexual, cuando habla de la unción de Betania. Difícilmente se puede escribir una historia más bella que la de esta mujer desconocida que vino un día, cuando Jesús estaba comiendo, para ungirle en la cabeza con perfume y decirle, de esa forma, con perfume: Sé tú mismo, vive, camina, yo te quiero, no tengas miedo (Mc 14, 3-9). Leer más…

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Salomón, el joven rico y los discípulos. Domingo 28 Ciclo B

Domingo, 11 de octubre de 2015

Joven-Rico-600x708Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

  Las lecturas de este domingo enfrentan tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirlo.

1. Salomón: la sabiduría vale más que el oro

El libro de la Sabiduría se escribió en el siglo I a.C., probablemente en Alejandría, en griego (por eso los judíos no lo consideran inspirado). No sabemos quién lo escribió, pero el autor finge ser Salomón. Un recurso muy habitual en la época para dar mayor prestigio al libro. Recordaréis que Salomón, al comienzo de su reinado, tuvo un sueño en el que Dios le dijo que pidiese lo que quisiera. En vez de pedir oro, plata, la derrota de sus enemigos, etc., pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Inspirándose en ese relato, el autor del libro de la Sabiduría pone estas palabras en boca del rey:

Supliqué y se me concedió la prudencia,
invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La preferí a cetros y tronos,
y en su comparación tuve en nada la riqueza;
no le equiparé la piedra más preciosa,
porque todo el oro a su lado es un poco de arena,
y, junto a ella, la plata vale lo que el barro;
la quise más que a la salud y la belleza
y me propuse tenerla por luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Con ella me vinieron todos los bienes juntos,
en sus manos había riquezas incontables.

2. El joven rico: la riqueza vale más que Jesús

El evangelio contiene dos escenas: en la primera, los protagonistas son el rico y Jesús.

Cuando se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:
‒ Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar vida eterna?
Jesús le respondió:
‒ ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios. Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no perjurarás, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre.
Él le contestó:
‒ Maestro, todo eso lo he cumplido desde la adolescencia.
Jesús lo miró con cariño y le dijo:
‒ Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después vente conmigo.
A estas palabras, el otro frunció el ceño y se marchó triste; pues era muy rico.

El protagonista, antes de formular su pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también, justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se aplica en Israel a ningún maestro (solo conocemos un ejemplo del siglo IV d.C.).

La pregunta

El problema que le angustia es «qué he de hacer para heredad vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo que pretende el protagonista es, dicho con otra expresión judía de la época, “formar parte de la vida futura” o “del mundo futuro”; lo que muchos entre nosotros entienden por “salvarse”. Este deseo sitúa al protagonista en un ambiento distinto del normal: admite un mundo futuro, distinto del presente, mejor que éste, y desea participar en él. Por otra parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué hay que hacer para “salvarse“, las respuestas es probable que variasen bastante. Una pregunta parecida la encontramos hecha al rabí Eliezer (hacia el año 90) por sus discípulos. Y responde: “Procu­raos la estima de vuestros vecinos; impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo futuro”.

La respuesta de Jesús

Jesús, antes de responder, aborda el saludo y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único bueno es Dios. (Afortunadamente, por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lo habría condenado por error cristológico).

Luego responde a la pregunta haciendo referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla, aunque cambiando el orden y añadiendo «no defraudarás», que no está en el decálogo.

Lo curioso es que Jesús no dice nada de los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de Dios en falso y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con el prójimo.

Cuando el protagonista le responde que eso lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo: que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido nuevo. Ese sentido consistirá en seguir a Jesús, de forma real, física, pero antes es preciso que venda todo y lo dé a los pobres. El programa de Jesús se limita a tres verbos: vender, dar y seguir.

La reacción del rico

Entonces es cuando el personaje frunce el ceño y se aleja, «pues era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende de los mandamientos observados), pero sí pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a su vida ahora, en la tierra.

No es lo mismo salvarse que entrar en el reino de Dios

Mientras el rico se aleja, Jesús completa su enseñanza sobre el peligro de la riqueza y el problema de los ricos.

Jesús miró en torno y dijo a sus discípulos:
‒ Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios.
Los discípulos se asombraron de lo que decía. Pero Jesús insistió:
‒ ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios.
Ellos quedaron espantados y se decían:
‒ Entonces ¿quién puede salvarse?
Jesús se les quedó mirando y les dice:
‒ Para los hombres es imposible, no para Dios; todo es posible para Dios.

Las palabras «¡Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios!» requieren una aclaración. Entrar en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de Jesús en esta vida.

Ante el asombro de los discípulos, Jesús repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja como una puerta pequeña que habría en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad de que un rico entre en la comunidad cristiana.

¿Por qué se espantan los discípulos? Su reacción podemos interpretarla de dos formas: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿quién puede subsistir?

En el primer caso, los discípulos refle­jarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?

En el segundo caso, los discípulos pensarían que la comunidad no puede subsis­tir si no entran ricos en ella que pongan sus bienes a disposi­ción de todos.

En cualquier hipótesis, la respuesta de Jesús (“para Dios todo es posible”) da por terminado el tema.

3. Los discípulos: Jesús vale más que todo

Pedro entonces le dijo:
‒ Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido.
Contestó Jesús:
‒ Todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la buena noticia ha de recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, con persecuciones, y en el mundo futuro vida eterna.

La intervención de Pedro no empalma con lo anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico: «nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les tocará.

La respuesta de Jesús enumera siete objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna. Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Marcos añade «con persecuciones».

Decía Salomón que, con la sabiduría “me vinieron todos los bienes juntos”. A los discípulos, la abundancia de bienes se la proporciona el seguimiento de Jesús.

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Creo

Jueves, 8 de octubre de 2015

Del blog de la Communion Béthanie:

 

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Creo

Creo en Dios. Por él el universo y nuestra existencia.
son creados siempre de nuevo.
En la construcción del mundo, su Espíritu nos anima y nos lleva.
Él da cada día a nuestra vida un sentido positivo,
una dignidad fundamental, una vocación creadora.
Dios es el futuro de la humanidad.
Su presencia eterna sobrepasa los espacios y los tiempos.
Creo que Jesús, profeta, nos hace entender Su palabra.
Es al que escuchamos y al que miramos
para saber quién es Dios y quién es el hombre:
un Dios de amor, según la Biblia; un Dios para el cual el ser humano
y la tierra entera son una esperanza invencible.
En Jesús, el hombre y Dios están reunidos para siempre e inseparables.
Él es un ejemplo para nosotros y para el mundo.
Reconocemos una sola Iglesia, universal
y que sólo Dios conoce.
Existe más allá de las instituciones cristianas
y las fronteras religiosas.
Creo en el amor más fuerte que la muerte.

*

Laurent Gagnebin

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San Sergio y San Baco

Miércoles, 7 de octubre de 2015

1064Hoy celebramos la festividad de estos dos mártires. Nos encomendamos a ellos y les encomendamos tantos  hermanos y hermanas perseguidos, calumniados, golpeados, asesinados… Y que ayuden a los padres sinodales a volverse al Dios de la Misericordia para así abrir las puertas de la Iglesia de par en par a los excluídos.

SANTOS SERGIO Y BACO

(Festividad: 7 de Octubre)

Todavía en el siglo X, una crónica define a Sergio como “dulce compañero y amante” de Baco. Otra más antigua* (probablemente, del s. V) dice que eran “en su amor a Cristo cual una sola persona”. En el s. VI, el patriarca Severo de Antioquía reprobó citarlos por separado: “No debemos separar en el lenguaje a quienes están unidos en la vida”.

A finales del s. III, Sergio y Baco eran soldados romanos de elevada posición, gozando de la confianza personal del emperador. De ninguno de los dos se dice que tuvieran esposa.

Sabedores sus enemigos envidiosos de que eran cristianos, los denunciaron. Aquello provocó la ira del emperador, quien les ordenó ofrecer sacrificios a los ídolos. Como se negaran, los humilló vistiéndolos como mujeres y haciéndolos desfilar por la ciudad, en una clara burla a la masculinidad de los amantes. Ellos respondieron entonando salmos “con una sola boca” (expresión típica de los relatos de martirio de matrimonios heterosexuales). Fueron entonces entregados a la tortura.

Como perseveraran en su fe, Baco fue flagelado con látigos de cuero sin curtir (en otras crónicas, con nervios de buey) hasta la muerte. Sergio “con el corazón enfermo por la pérdida de Baco, lloraba y gritaba: (…) Te han desunido de mí, has ido al cielo y me has dejado solo en la tierra, sin compañía ni consuelo”. Aquella noche el espíritu de su amado se le apareció y le animó a afrontar el martirio: “Para mí la corona de la justicia es estar contigo”.

Al día siguiente, Sergio fue obligado correr quince kilómetros, calzado con unos zapatos cuyas suelas estaban llenas de clavos que se hundían en la carne. Pero por la noche un ángel le curó los pies, que quedaron como si nada. Contrariado, el verdugo le obligó a recorrer de nuevo la misma distancia con la misma tortura en los pies, y como Sergio permaneciese firme pese a todo, mandó decapitarlo. Sucedió en Siria, el año 303 o 309 (según la versión).

En su iconografía, que se remonta al s. IV, se les representa unas veces cabalgando juntos, otras a la usanza en que representaban a los matrimonios, con la efigie de Jesús entre sus cabezas como símbolo de unión – como en el icono del Monasterio de Santa Catalina del Sinaí, datado en el s. VII -.

La intercesión de los santos Sergio y Baco era invocada en las liturgias de unión homosexual bendecidas por la Iglesia, tanto en Oriente como en Occidente, y de las que el texto más antiguo data del siglo VIII (haciéndose a su vez eco, al parecer, de usos que se remontarían a los ss. II-III).

Pese a que en Occidente, a partir del s. XIV, tales uniones empezaron a ser proscritas – sin que el Papa llegara a pronunciarse explícitamente contra ellas: habría supuesto reconocer su arraigo tradicional, y lo que se quería era borrar su memoria -, su arraigo en los Balcanes siguió siendo tal que en Albania aún sobrevivirían hasta el s. XVIII. (Cf. BOSWELL, John. “Las Bodas de la Semejanza.”)

Sergio y Baco2
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* Los pasajes entrecomillados a continuación son citas de la misma.

Cristianismo (Iglesias), General, Historia LGTB, Homofobia/ Transfobia. , , , , , ,

“Acoger a los pequeños”. 27 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,2-16)

Domingo, 4 de octubre de 2015

27-852863-300x198El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.

Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.

La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.

El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde estos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

José Antonio Pagola

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“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Domingo 4 de octubre de 2015 Domingo 27º ordinario

Domingo, 4 de octubre de 2015

54-ordinarioB27 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 2, 18-24: Y serán los dos una sola carne.
Salmo responsorial: 127: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Hebreos 2, 9-11: El santificador y los santificados proceden todos del mismo.
Marcos 10, 2-16: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

 En la primera lectura nos encontramos con el segundo relato de la creación, que está centrado en la creación del hombre y de la mujer, ambos formados de tierra y aliento divino. Los dos son hechura de Dios, y por lo tanto deberían ser iguales, a pesar de su diversidad. La relación perfecta entre los dos no está garantizada ni escrita en su sangre: es una conquista de la libertad que ellos deben construir. Un proyecto de unidad que compromete la responsabilidad de cada uno.

El autor de la carta a los hebreos nos dice que la pasión y la muerte de Jesús no son fines en sí mismos, sino solamente un camino hacia la resurrección y la salvación plena. Los cristianos no nos podemos quedar contemplando al crucificado del viernes santo, construyendo nuestra vida desde el dolor, el sufrimiento y la muerte. La misma epístola nos dice que el propio Jesús “en los días de su vida mortal presentó, con gritos y lágrimas, oraciones y súplicas, al que lo podía salvar de la muerte”. Esto quiere decir que él mismo luchó por encontrar una alternativa que no estaba sujeta a su voluntad sino a hacer la voluntad del Padre. Estamos en hora de superar todo tipo de devoción que se queda en la contemplación de los sufrimientos y dolores de Jesús y construir nuestra vida cristiana desde la esperanza que nos ofrece la resurrección.

En el evangelio, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué piensa sobre el divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. La respuesta de Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como en el mundo greco-romano, el repudio era algo muy corriente y estaba regulado por la ley. Si Jesús respondía que no era lícito, estaba contra la ley de Moisés. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es provisional y que ahora se han inaugurado los tiempos de la plenitud en los que la vida se construye desde un orden social nuevo, en el que el hombre y la mujer forman parte de la armonía y el equilibrio de la creación. La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no sólo las opiniones de los maestros de la ley que pensaban que a una mujer se le podía repudiar incluso por una cosa tan insignificante como dejar quemar la comida, sino incluso, relativizaba la misma motivación de la ley de Moisés. Además tiraba por tierra las pretensiones de superioridad de los fariseos, que despreciaban a la mujer, como despreciaban a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente, al defender a la mujer, Jesús se ponía de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’.

Pero como los discípulos en esto compartían las mismas ideas de los fariseos, no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más, simplemente les amplió las consecuencias de aquello: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

El segundo episodio de nuestro evangelio nos presenta un altercado de Jesús con sus discípulos porque ellos no permiten que los niños se acerquen a Jesús para que él los bendiga. Los discípulos pensaban que un verdadero maestro no se debía entretener con niños porque perdía autoridad y credibilidad. Decididamente algo no era claro en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó con ellos; su paciencia también tenía límites y si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?

Los niños que no pueden reclamar méritos, carecen de privilegios y no tienen poder, son ejemplo para los discípulos, porque están desprovistos de cualquier ambición o pretensión egoísta y por eso pueden acoger el Reino de Dios como un don gratuito. De los que son como ellos es el Reino de Dios, dice Jesús.

Es necesario que nuestra experiencia cristiana sea verdaderamente una realidad de acogida y de amor para todos aquellos que son excluidos por los sistemas injustos e inhumanos que imperan en el mundo. Nuestra tarea fundamental es incluir a todos aquellos que la sociedad ha desechado porque no se ajustan al modelo de ser humano que se han propuesto. Si nos reconocemos como verdaderos seguidores de Jesús, es necesario comenzar a trabajar por la humanidad que a los débiles de este mundo se les ha arrebatado.

Una nota crítica:

Para este tema del evangelio, que centrará hoy la homilía de este domingo en muchas comunidades cristianas, el divorcio, la liturgia propone como primera lectura el relato de la creación del hombre y de la mujer, en el relato del Génesis, lógicamente. Por ser de la Biblia, por ser del Génesis, por ser del relato de la creación… todo pareciera dar a suponer que contiene en sí mismo el fundamento religioso último y máximo de la visión cristiana del matrimonio. Probablemente, en muchas homilías, el relato bíblico se constituirá en la única referencia, en la referencia totalizante y suprema, y se querrá sacar de ella el fundamento integral de la postura actual de la Iglesia sobre el matrimonio. ¿No será eso fundamentalismo?

Hoy ya sabemos que el relato de la «creación» no es un relato científico, de historia natural; más aún: no tiene nada que decir ante lo que la ciencia nos dice hoy sobre el origen de la Tierra, de la Vida, de nuestra especie humana o sobre nuestra sexualidad. El relato no es histórico, no hay que entenderlo como una narración de algo que realmente ocurrió… hoy nadie sostiene lo contrario. En las catequesis bíblicas solemos decir ahora que tenemos que «tratar de captar lo que los autores bíblicos querían decir…», que no era lo que la mera letra dice… En realidad, no se trata ni de eso siquiera, porque los autores bíblicos no escribían para nosotros, ni estaban pensando en un mensaje distinto de lo que leemos.

La verdad es que no deberíamos abandonar una postura de profunda humildad en este campo, porque los cristianos, durante casi toda nuestra historia, hasta hace unos cien años –algo más para los protestantes– hemos estado pensando lo contrario de esto que ahora decimos. Hemos estado pensando que eran textos históricos, que había que entender al pie de la letra y que había que creerlos ciegamente, y que su contenido era real, e incluso «más que científico, estaba por encima de la ciencia» (la ciencia no podría contradecirlos): porque eran textos directamente divinos, revelados, y por tanto dogmáticos. Hace apenas 100 años el Pontificio Instituto Bíblico, la máxima autoridad oficial católico-romana, condenó taxativamente a quienes pusieran en duda el «carácter histórico» de los once primeros capítulos del Génesis… y en todo el conjunto de la Iglesia se pensaba así, desafiando arrogantemente a la ciencia.

Durante siglos, durante más de un milenio, el texto del relato de la creación que hoy leemos ha sido utilizado para justificar directa o indirectamente el androcentrismo, o sea, la inferioridad de la mujer, creada «en segundo lugar», y «de una costilla de Adán». Más aún: durante más de dos mil años –y aún hoy, para la mayor parte de la civilización occidental– este texto ha justificado el antropocentrismo, el mirar y entender la realidad toda como puesta al servicio de este ser diferente, superior a todos los demás, «sobre-natural», que sería el ser humano, poniéndolo todo bajo «el valor absoluto de la persona humana», a cuyo servicio y bajo cuyo dominio habría puesto Dios toda la «creación», con el mandato de explotar omnímodamente la naturaleza: «crezcan y multiplíquense, y dominen la Tierra»…

Desde hace medio siglo un coro reciente y creciente de científicos y humanistas achacan a los textos bíblicos la minusvaloración y el desprecio que la tradición cultural occidental ha sentido y ejercido sobre la naturaleza, hasta provocar la actual crisis ambiental que nos ha puesto al borde del colapso y amenaza con colapsar efectivamente.

Viene todo esto a decir que hoy no podemos deducir directamente de los textos bíblicos nuestra visión de los problemas humanos -matrimonio y divorcio incluidos-, como si la construcción de nuestra visión moral y humana dependiera de unos textos que en buena parte contienen las experiencias religiosas de unos pueblos nómadas del desierto hace unos tres mil años… Sería bueno que los oyentes de las homilías supieran discernir con sentido crítico la dosis de fundamentalismo que algunas de nuestras construcciones morales clásicas pueden contener. Sería todavía mejor que los autores de las homilías incorporaran a sus contenidos esta visión crítica y esta superación del fundamentalismo. Debemos salir del bibliocentrismo: no podemos vivir encerrados en un libro, con toda nuestra perspectiva, categorías y normas sometidas al limitado alcance cultural de un libro de hace varios milenios… Si queremos buscar las palabras más profundas que puedan iluminarnos, debemos buscarlas también y sobre todo en la Realidad, en la Naturaleza, en el libro del cosmos, de la Vida y de nuestra propia misteriosa naturaleza… Leer más…

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Dom 4.9.15. Sí al divorcio, en caso de… Un evangelio para el Sínodo

Domingo, 4 de octubre de 2015

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 27, tiempo ordinario. No podía empezar mejor la segunda parte de este sínodo sobre la familia, el próximo domingo (4.9.15), que leyendo el evangelio de ese día (Mc 10, 2-6), con la palabra de Jesús sobre el matrimonio y divorcio.

Jesús no ofrece aquí una doctrina unitaria (canónica), desarrollada expresamente sobre el tema, de un modo completo, sino que responde a una pregunta-trampa que le plantean unos fariseos para tentarle, con una cuestión muy concreta sobre el poder que cierta ley antigua daba al hombre de expulsar a su mujer.

Se trata, como digo, de una pregunta-trampa (para poner a prueba a Jesús), pues, tanto si responde “sí” como si responde “no”, pueden acusarle, en un caso de dureza contra la mujer, en otro caso de infidelidad a la Ley. Éste es un texto que ha sido poderosamente reelaborado por Pablo en 1 Cor y por los evangelios de Lucas y Mateo.

Por cuestión de “oportunidad”, y porque será el texto más discutida en el Sínodo, quiero presentar y comentar hoy, en vez de la versión de Marco, la paralela de Mateo, que ofrece algunas novedades importantes, como podrá ver quien siga leyendo. Resulta evidente que Jesús no resolvió el tema con un sí o con un no (como querían entonces los fariseos, y como quieren hoy algunos “padres” famosos del Sínodo).

Debo recordar que los votantes del Sínodo sobre el matrimonio y divorcio serán sólo “padres espirituales”, sin hijos reconocidos (¿dónde están las madres, los maridos, las mujeres, los hermanos, los novios, las novias, las parejas… para decir su experiencia y palabra sobre el tema?).
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Se trata, pues, claramente, de un sínodo “manco”, que Jesús no habría celebrado así. Pero es lo que hay, y le deseamos mucho “éxito”, para que después el Papa Francisco pueda elaborar, según la ley actual, el documento y doctrina sobre la familia.

Con esa idea, para ilustración de aquellos que quieran conocer mejor la visión de Jesús y el evangelio, presento aquí esta reflexión algo extensa, que DM formará parte de mi próximo Comentario de Marcos. Es un texto largo, algo erudito, pero estoy convencido de que podrá servir para algunos lectores amigos silenciosos, que van acompañando en gran número. Gracias a todos.

Texto: Mt 19, 3-9

19, 3 Y se le acercaron unos fariseos que, poniéndole a prueba y diciéndole: ¿Puede uno expulsar a su mujer por un motivo cualquiera? 4 El respondió: ¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra; 5 y que dijo también: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne? 6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.

‒ 7 Le contestaron: ¿Por qué pues prescribió Moisés dar acta de divorcio y repudiarla? 8 Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. 9 Os digo pues que quien repudie a su mujer ‒a no ser por fornicación ‒ y se case con otra, comete adulterio.

Presentación

La perícopa, tomada básicamente de Mc 10, 2-12, ofrece dos novedades muy significativas.

(a) Mateo introduce la cláusula de la porneia (19, 9: me epi porneia), que aparecía también en Mt 5, 31-32, por la que (a diferencia de lo que sucede en Marcos) permite que el varón pueda expulsar a la mujer (no la mujer al varón) a causa de la fornicación en sentido extenso.

(b) Mateo formula el tema en una clave estrictamente judía, desde la perspectiva del varón, sin añadir una enseñanza “eclesial” para los discípulos (en casa, es decir, en la iglesia) a diferencia de Mc 10, 10-12, que “iguala” así (en ese contexto) el derecho matrimonial de los hombres y de las mujeres, desde una perspectiva que puede tener un fondo cristiano, pero que puede entenderse también desde la legislación romana (que concedía a las mujeres el derecho de divorciarse).

Eso significa que Mateo se mantiene (quizá ha querido mantenerse expresamente) en una perspectiva más tradicional, limitándose al caso concreto de la situación de Jesús, con la pregunta de los fariseos (si el varón puede expulsar a la mujer) y la respuesta que él les ofrece. Lo que más le importa es, según eso, la manera de entender y/o quizá de reinterpretar la norma del Dt 24, 1-3, por la que se supone que el varón podía expulsar a la mujer (romper de esa manera el matrimonio), con tal de que le diera el “libelo” o documento de divorcio.

Éste parece haber sido el caso y respuesta original de Jesús, que no intentó resolver el tema del matrimonio en general, sino el planteado por el Deuteronomio, apelando a Gen 1, 27; 2, 24 (varón y mujer los hizo, serán una sola carne…, como he destacado en mi Comentario de Marcos, Verbo Divino, Estella 2012). Pero, siendo más fiel a la formulación de Jesús, desde una perspectiva judía, Mateo añade la cláusula de la “porneia” (fornicación), que parece vincularse más con el tema y concesión de Dt 24, 1-3, y que nos sigue situando así en un nivel de legislación muy cercano al judaísmo.

La cláusula de la porneia

Esa palabra, añadida como excepción por el Jesús de Mateo, parece situarnos pues en una perspectiva cercana al judaísmo…, pero que ofrece una inquietante y poderosa actualidad. Por eso debemos agradecer a los fariseos la pregunta… y a Jesús que les respondiera, aceptando su parte de verdad.

Los fariseos habían preguntado a Jesús si el hombre puede expulsara la mujer “por cualquier causa”. No preguntan si puede hacerlo o no (pues les parecía evidente que puede), sino sólo si puede hacerlo por toda causa (kata pasan aitian: 19, 3), en una línea que parece cercana a las controversias que mantenían las escuelas rabínicas de Shammai y Hillel.

Jesús responderá en principio que no (que el hombre no puede expulsar a la mujer), pero añadiendo que hay un caso en el que puede hacerlo, por una causa específica, como es la porneia o fornicación, de la que seguiré tratanto.

Todo nos permite suponer que el tema de la porneia alude en principio a la fornicación de la mujer, en un perspectiva muy judía, pues conforme a la ley y costumbre israelita, el marido tenía derecho a la fidelidad de la mujer, de manera que si ella no la guardaba, sino que cometía algún tipo de porneia (que debía ser, por tanto, propia de ella, es decir, de la mujer) el hombre podía expulsarla (pues no estaba obligado a mantener su matrimonio con una mujer acusada de porneia).

(Pero una vez situado así el tema en el evangelio, al ampliar y universalizar el contexto, lo que se dice de la porneia de la mujer puede y debe aplicarse a la porneia del hombres… es decir, de los dos…es decir: del matrimonio hecho porneia y destruído, como seguiré mostrando).

Mateo, un planteamiento conservador, pero muy actual


Éste es el tema de fondo del pasaje, que había aparecido en Mt 5, 31-32.
Pero el significado del texto no es tan claro porque si se tratara de una verdadera porneia en el sentido de infidelidad matrimonial tendría que haber utilizado la palabra moikheia (adulterio), pues Mt 15, 19 ha distinguido perfectamente ambas palabras, hablando de moicei/ai( pornei/ai, es decir, de adulterios y fornicaciones. Leer más…

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El problema del divorcio. Domingo 27. Ciclo B

Domingo, 4 de octubre de 2015

divorcio1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El relato del evangelio consta de dos escenas: en la primera, los fariseos preguntan a Jesús si se puede repudiar a la mujer y reciben su respuesta (2-9); en la segunda, una vez en la casa, los discípulos insisten sobre el tema y reciben nueva respuesta (10-12).

Los fariseos y Jesús

            Desde allí se encaminó al territorio de Judea al otro lado del Jordán. De nuevo concurrió a él la gente y, según su costumbre, los enseñaba. Se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:

            ‒ ¿Puede un hombre repudiar a su mujer?

                  Les contestó:

            ‒ ¿Qué os mandó Moisés?

                  Respondieron:

            ‒ Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.

                  Jesús les dijo:

            ‒ Porque sois obstinados escribió Moisés semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer, y los dos se hacen una carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha juntado que el hombre no lo separe.

La pregunta de los fariseos resulta desconcertante, porque el divorcio estaba permitido en Israel y ningún grupo religioso lo ponía en discusión. Que el matrimonio es una institu­ción divina lo sabe cualquier judío por el Génesis, donde Dios crea al hombre y a la mujer para que se compenetren y complemen­ten. Pero el judío sabe también que los problemas matrimoniales comienzan con Adán y Eva. El matrimonio, incluso en una época en la que la unión íntima y la convivencia amistosa no eran los valores primordiales, se presta a graves conflictos.

            Por eso, desde antiguo se admite, como en otros pueblos orientales, la posibilidad del divorcio. Más aún, la tradición rabínica piensa que el divorcio es un privilegio exclusivo de Israel. El Targum Palestinense (Qid. 1,58c, 16ss) pone en boca de Dios las siguientes palabras: «En Israel he dado yo separación, pero no he dado separación en las naciones»; tan sólo en Israel «ha unido Dios su nombre al divorcio».

            La ley del divorcio se encuentra en el Deuteronomio, capítulo 24,1ss donde se estipula lo siguiente:

«Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa…»

Un detalle que llama la atención en esta ley es su tremendo machismo: sólo el varón puede repudiar y expulsar de la casa. En la perspectiva de la época tiene su lógica, ya que la mujer se parece bastante a un objeto que se compra (como un televisor o un frigorífico), y que se puede devolver si no termina convenciendo. Sin embargo, aunque la sensibilidad de hace veinte siglos fuera distinta de la nuestra (tanto entre los hombres como entre las mujeres), es indudable que unas personas podían ser más sensibles que otras al destino de la mujer. Este detalle es muy interesante para comprender la postura de Jesús.

En cualquier caso, la ley es conocida y admitida por todos los grupos religiosos judíos. Por consiguiente, la pregunta de los fariseos resulta desconcertante. Cualquier judío piadoso habría respondido: sí, el hombre puede repudiar a su mujer. Sin embargo, Jesús, además de ser un judío piadoso, se muestra muy cercano a las mujeres, las acepta en su grupo, permite que le acompañen. ¿Estará de acuerdo con que el hombre repudie a su mujer? Así se comprende el comentario que añade Mc: le preguntaban «para ponerlo a prueba». Los fariseos quieren poner a Jesús entre la espada y la pared: entre la dignidad de la mujer y la fidelidad a la ley de Moisés. En cualquier opción que haga, quedará mal: ante sus seguidoras, o ante el pueblo y las autoridades religiosas.

La reacción de Jesús es tan atrevida como inteligente. Porque él también va a poner a los fariseos entre la espada y la pared: entre Dios y Moisés. Empieza con una pregunta muy sencilla que se puede volver en contra suya: “¿Qué os mandó Moisés?” Y luego contraataca, distinguiendo entre lo que escribió Moisés en determinado momento y lo que Dios proyectó al comienzo de la historia humana.

En el Génesis, Dios no crea a la mujer para torturar al varón (como en el mito griego de Pandora), sino como un complemento íntimo, hasta el punto de formar una sola carne. En el plan inicial de Dios, no cabe que el hombre abandone a su mujer; a quienes debe abandonar es a su padre y a su madre, para formar una nueva familia.

Las palabras de Génesis 1,27 sugieren claramente la indisolubilidad: el varón y la mujer se convierten en un solo ser. Pero Jesús refuerza esa idea añadiendo que esa unión la ha creado Dios; por consiguiente, «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús rechaza de entrada cualquier motivo de divorcio.

La aceptación posterior del repudio por parte de Moisés no constituye algo ideal sino que se debió a «vuestro carácter obstinado». Esta interpretación de Jesús supone una gran novedad, porque sitúa la ley de Moisés en su contexto histórico. La tendencia espontánea del judío era considerar toda la Torá (el Pentateuco) como un bloque inmutable y sin fisuras. Algunos rabinos condenaban como herejes a los que decían: «Toda la Ley de Moisés es de Dios, menos tal frase». Jesús, en cambio, distingue entre el proyecto inicial de Dios y las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de ese proyecto.

(Si aplicamos este mismo criterio a la historia de la moral cristiana comprenderemos su importancia: hay cosas que hoy se permiten o se mandan, pero eso no significa que sean automáticamente buenas o mejores que la propuesta inicial del evangelio.)

Los discípulos y Jesús

            Entrados en casa, le preguntaron de nuevo los discípulos acerca de aquello. El les dice:

            ‒ Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio.

            Esta escena saca las conclusiones prácticas de la anterior, tanto para el varón como para la mujer que se divorcian. Las palabras: Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio, cuentan con la posibilidad de que la mujer se divorcie, cosa que no contemplaba la ley judía, pero sí la romana. Por eso, algunos autores ven aquí un indicio de que el evangelio de Marcos fue escrito para la comunidad de Roma. Aunque en los cinco primeros siglos de la historia de Roma (VIII-III a.C.) no se conoció el divorcio, más tarde se introdujo.

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Falso optimismo

Viernes, 2 de octubre de 2015

Del blog de Henri Nouwen:

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“Son muchas las personas que viven con la expectativa consciente o inconsciente de que en algún momento las cosas mejorarán; que las guerras, el hambre, la pobreza, la opresión y la explotación desaparecerán, y todo el mundo vivirá en armonía. Sus vidas y trabajo están basados en esta expectativa. Cuando ésta no se ve cumplida en el curso de sus vidas, caen a menudo en el desencanto y se sienten fracasados.

Pero Jesús no sostiene esta visión optimista. No sólo prevé la destrucción de su amada Jerusalén, sino también un mundo lleno de crueldad, violencia y conflictos. Para Jesús, este mundo no puede tener un final feliz. El desafío de Jesús no consiste en resolver todos los problemas del mundo.., sino en permanecer fieles a cualquier precio.”

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Henri Nouwen

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José María Castillo: “El discurso del Papa en el Congreso sonó como los discursos proféticos de Luther King”

Miércoles, 30 de septiembre de 2015

papa-en-el-congreso-usaSí, aplaudimos el gesto de Francisco pidiendo eliminar la Pena de Muerte… está muy bien aleccionar a los demás, per no nos olvidemos de que el Catecismo de la Iglesia Católica sigue manteniendo la legitimidad del uso de la Pena de Muerte en casos excepcionales. Nunca, nunca, nunca, puede haber el menor resquicio que permita a un Estado suprimir una vida humana. En nuestro caso, todavía quedan países que nos condenan a ella por nuestra orientación sexual… La Iglesia, por eso, debiera eliminar este infame artículo, inhumano y anticristiano que sirve de base para legitimar lo que él mismo pide eliminar. Da el paso, Francisco, predica con el ejemplo y elimínalo.

2267 La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo «suceden muy […] rara vez […], si es que ya en realidad se dan algunos» (EV 56)

De la teología especulativa de Ratzinger a la narrativa de Bergoglio

“El Papa que tenemos lleva consigo, incorporado en su vida, el ‘recuerdo peligroso’ de Jesús”

Ha tirado de la “parresía” necesaria, para decirles en su cara, a los hombres más poderosos del mundo, que tienen que organizar las cosas de otra manera

(José M. Castillo).- Ayer, 24 de Septiembre de 2015, por primera vez en la historia, un papa de Roma pronunció un discurso, en el Capitolio de Washington, dirigiéndose a los congresistas de la primera potencia mundial. Jorge Mario Bergoglio no se anduvo por las ramas. Y fue derecho a los asuntos que más directamente afectan a la enorme mayoría de los habitantes del planeta.

Aunque bien sabemos que algunos de los temas, que allí planteó Francisco, no son precisamente los que mejor suenan en los oídos de muchos de los legisladores que allí escucharon al Papa. “Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, no puede ser esclava de la economía y de las finanzas”, dijo el obispo de Roma ante un Congreso en el que la mayoría de sus miembros son millonarios al servicio de los intereses turbios e inconfesables de los mercados.

Si a esto sumamos la condena inapelable del tráfico de armamentos, de las guerras, el pronunciamiento en contra de la pena de muerte, y la solidaridad con los pobres de este mundo, todo esto debió sonar en el Congreso de Estados Unidos como, hace años, sonaron en toda América los discursos proféticos de Martin Luther King.

Dicho esto, vengo a lo que quiero destacar en esta reflexión. ¿Qué teología maneja el papa Bergoglio? Esta pregunta es comprensible. Porque, como es sabido, son muchos los que, en los ambientes eclesiásticos, echan de menos la sapiencia teológica que manejaba el papa anterior, Benedicto XVI. Cuya presencia distinguida y su lenguaje cuidado de sabio alemán contrastan con la imprevisible y – para algunos – desgarbada figura de Francisco. Del que ya ha quedado patente para todo el mundo que se maneja mejor entre la gente sencilla de la calle que entre distinguidos y selectos estudiosos de los más refinados saberes.

¿Es por esto Francisco menos teólogo que Ratzinger? No lo es menos. Ni tampoco lo es más. Es distinto. Aquí vendrá bien recordar que, en el Nuevo Testamento, se advierte que hay dos formas de hacer teología.

Está, por una parte, la “teología especulativa”, de Pablo. Y está, en otro contexto, la “teología narrativa” de los evangelios. O sea, la especulación ideológica, más propia de la cultura helenista (propia de Pablo), y el relato histórico, característico de la tradición bíblica. ¿No se podría decir que Ratzinger ser mueve como pez en el agua manejando la teología especulativa, mientras que Bergoglio se encuentra en su ambiente cuando desciende de las alturas, de la especulación del “ser”, a lo concreto y tangible del “acontecer”?

Es evidente que el pensamiento especulativo seduce a determinadas mentalidades por su profundidad y su capacidad analítica. Pero no es menos cierto que, a la hora de la verdad, lo que decide la felicidad o la desgracia de la gente no es la profundidad de la cabeza pensante, sino la evidencia patente de lo que sucede, lo que nos pasa cada día, lo que nos hace felices o desdichados.

Lo que ha sucedido en la Iglesia es que, con el paso del tiempo, cuando la teología quedó sistematizada y se organizó en tratados (lo que todavía se sigue estudiando en los seminarios y enseñando en los catecismos), la teología especulativa de Pablo resultó más determinante que la teología narrativa de los evangelios. Y así – por poner un ejemplo -, a la gente se le enseña más la “religión de redención”, que predicó Pablo (G. Bornkamm), y se le enseña quizá menos la “memoria peligrosa y subversiva” (J. B. Metz) de Jesús.

Por suerte, el papa Francisco no se cansa de repetir que tenemos que recuperar el Evangelio, que tenemos que leerlo, meditarlo, entenderlo, llevarlo en el bolsillo. Si no hacemos esto, y si esto no se hace vida en nosotros, caemos sin más remedio en el cristianismo de la mentira y el engaño. Lo diré con claridad y en pocas palabras.

Si Francisco se queda en la especulación de los pensadores teológicos más excelsos, es seguro que hoy no se comentaría en casi todos los medios de comunicación lo que los congresistas de USA han tenido que escuchar allí, en su grandioso Capitolio. Si lo han tenido que oír, sin duda alguna es porque el Papa que tenemos lleva consigo, incorporado en su vida, el “recuerdo peligroso” de Jesús.

Por eso ha tirado de la “parresía” necesaria, para decirles en su cara, a los hombres más poderosos del mundo, que tienen que organizar las cosas de otra manera. No se puede soportar que unos pocos naden en todas las abundancias, al tiempo que la inmensa mayoría de la humanidad se ahoga, se muere, entre gritos de desesperación.

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“Enmendarse”, por Gema Juan, OCD

Martes, 29 de septiembre de 2015

21472484388_ebc91783e0_mDe su blog Juntos Andemos:

Enmendarse es un verbo que no tiene mucha popularidad y, sin embargo, es uno de los más esperanzadores que existen. Porque creer que alguien se puede enmendar significa pensar que hay posibilidad de cambio: solo se enmienda lo que no se da por irrecuperable, solo mejora lo que no está perdido.

El encuentro con Dios, le hizo a Teresa de Jesús descubrir que Él no la daba por perdida y que para Él era recuperable. Por eso decía, con emoción: «¡Oh, qué buen Dios! ¡Oh, qué buen Señor y qué poderoso! No solo da el consejo, sino el remedio. Sus palabras son obras».

Porque Teresa había andado caminos torcidos y tenía experiencia de lo difícil que puede llegar a ser enmendarse… sobre todo, si no hay amor y confianza en quien ayuda para todo bien, en el buen Dios. De Él, recordando un momento de mucha dificultad, donde sintió su ayuda, dice: «¿Quién pone estos deseos? ¿Quién da este ánimo? Que me acaeció pensar: ¿de qué temo?».

Dios da consejo y remedio, ¡obra!, despierta los deseos profundos y da ánimo. Dios acaba con el miedo —así lo cuenta Teresa. Cómo le hacía sentir su cobijo: «No hayas miedo, hija, que Yo soy y no te desampararé; no temas» y de un modo persistente: «Que no pensase yo me tenía olvidada».

Esta «buena compañía» hizo mella en Teresa y ver cómo se enmendaba su vida junto a ella, la animó a escribir, para apoyar a otros. Decía: «He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad: los malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis buenos».

La amistad con Dios cambia la vida. Esa es la gran convicción teresiana. Y de ahí su empeño en que nadie quede perdido en el camino, desanimado por su propia circunstancia o las dificultades para cambiar. Teresa escribe: «Que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración, con decir: «Si torno a ser malo, es peor ir adelante con el ejercicio de ella».

Había visto en otros, una tentación que ella misma había sufrido: dejar la oración, hasta ser capaz de enmendarse. Teresa dirá que es más bien al revés: es peor «si se deja la oración y no se enmienda del mal; mas, si no la deja, crea que la sacará a puerto de luz».

«Fiad de su bondad, que nunca faltó a sus amigos» –dice Teresa– pero añade un aviso: «Es menester no poner vuestro fundamento solo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas».

Si no hay ejercicio, no es posible cambiar. Cuando Teresa habla de la inmensa confianza que se puede depositar en Dios, habla de una confianza esforzada, no de un abandono baldío.

Con mucho realismo, dice: «No os aseguréis ni os echéis a dormir», el trabajo nunca está terminado. Pero, al mismo tiempo, su sabiduría le hace decir: «No os espantéis si al principio de determinaros, y aun después sintiereis temor y flaqueza». Enmendarse no es algo que se haga fácil y espontáneamente y, menos aún, de una vez por todas.

Sin embargo, no es complicado. Si Dios es «muy amigo de quitarnos trabajo… y no es amigo de que nos quebremos las cabezas», enmendarse no puede ser un asunto muy complejo. «Yo os aseguro: el amor os hará apresurar los pasos; el temor os hará ir mirando adónde ponéis los pies para no caer».

Con ese amor y el temor, que hace no poner toda la confianza en uno mismo, Teresa sabe que se avanza en el camino de la amistad con Jesús y que andar ese camino es el mejor modo de ir enmendándose, en todos los sentidos.

Además, Teresa cree que la amistad es una de las mejores cosas para estar en movimiento, para crecer y no quedar estancados. Por eso procuraba juntarse con sus amigos «alguna vez para desengañar unos a otros, y decir en lo que podríamos enmendarnos y contentar más a Dios».

A Teresa le pesaba, a veces, el tiempo que había perdido sin avanzar y enmendarse, cuando se hacía la sorda, mientras Dios la invitaba a mejorar y responder a su amor. Pero se dejó pulir por Él, viendo que cuando reprende es para enmendar despertando la confianza. Así lo cuenta: «Díjome nuestro Señor con una manera de reprensión: ¿Qué temes? ¿Cuándo te he yo faltado? El mismo que he sido, soy ahora».

Dios tiene «una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa», que siempre ayuda para enmendarse, si se permanece «fuertes en los deseos y en el desasirse… con limpia conciencia… y aunque sean pequeñas las obras». A Él se confiaba Teresa, para crecer siempre: «Recuperad, Dios mío, el tiempo perdido con darme gracia en el presente y porvenir».

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El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

Domingo, 27 de septiembre de 2015

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TE HAS DE ENCONTRAR

Tarde o temprano
te has de encontrar.
No sigas siendo un extraño
en tu heredad.

Vuélcate sobre ti mismo,
abierto de par en par.

Sólo el que sabe enfrentarse
descubrirá la verdad.

Solamente el que se acepta
acogerá a los demás.

Sólo encuentra al Dios oculto
el que se sabe buscar.

*

Pedro Casaldáliga,

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:

“Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.”

Jesús respondió:

“No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa...”

*

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

***

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