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Dom 10.4.16. Barca de Pedro: Discípulo Amado, Amante Maestro

Domingo, 10 de abril de 2016

la-familia-en-la-bibliaDom 3 Pascua. Ciclo C. Mañana, 8.4.16, se publica la exhortación apostólica post-sinodal Amoris laetitia (La alegría del amor), sobre el tema de la familia en la humanidad y la iglesia.

Como sabrán mis lectores, he venido acompañando los trabajos de preparación de ese documento desde hace más de dos años (con ocasión de los dos sínodos sobre la familia), dedicándole el libro que aparece en la primera imagen.

En ese contexto, sobre un tema que he estudiado en este blog en numerosas ocasiones, recibe todo su sentido el evangelio de este Segundo Domingo de Pascua, que se ocupa, de un modo sorprendente del Discípulo Amado, que convierte a Jesús en Maestro Amante, en la barca de Pedro.

Éste es, además, un tema al que he querido dedicar la parte central de mi libro sobre la misericordia (imagen 2), entendida de un modo eclesial y social, familiar y universal, en clave de amor intimista (discípulo amado) y de justicia social, en la línea de las grandes obras de “humanidad” que ha puesto de relieve Mt 25, 31-46.

Entendido así, en ese doble trasfondo, el evangelio de este domingo: Jn 21, nos sitúa ante uno de los pasajes más sorprendentes y luminosos no sólo del Evangelio, sino de la literature universal.

entrañable-diosLo he comentado más de cinco veces a lo largo de la historia de este blog. Hoy me animo a rehacerlo y presentarlo de nuevo, en este tiempo (en este mundo) necesitado de amor, donde palabras como Amante y Amado aparece prostituídas con frecuencia, no solo en la sociedad, sino en la misma Iglesia.

Conforme a este evangelio, Pedro ha recibido una autoridad de amor y debe ejercerla siguiendo a Jesús y cuidando a las ovejas, pero no puede imponerse sobre el Discípulo amado, ni fiscalizarle, sino que debe hacerse él también discípulo amigo del amigo Jesús.

Contra la patología de un pastor (jerarca) que quiere tener la exclusiva y vigila a los demás, eleva nuestro texto el buen recuerdo del Pedro ya muerto, que abrió en su Iglesia un espacio para el Discípulo amado, y eleva también el buen recuerdo de aquel Discípulo amado que supo mantenerse al lado de Pedro.

Éste es el evangelio de Jesús Amante, y de Pedro y de Juan… y de todos los cristianos, que han de subir a la barca de pascua como amigos, para echar de nuevo las redes en la noche, para echarse al agua, al encuentro de Jesús y sus amigos (de todos los seres humanos), en una playa que, un día como hoy (7.4.16), puede ser la de Lesbos, famosa en otro tiempo por un tipo de amor que se decía cultivar en aquellas tierras.

Buen fin de semana a todos.

Texto: Juan 21, 1-19. En el barco del amor

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: “Me voy a pescar.” Ellos contestan: “Vamos también nosotros contigo.”

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: “Muchachos, ¿tenéis pescado?”. Ellos contestaron: “No.” Él les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.”

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: “Es el Señor.” Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: “Traed de los peces que acabáis de coger.” Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.Jesús les dice: “Vamos, almorzad.”

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Jesús le dice: “Apacienta mis corderos.” Por segunda vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le contesta: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero.” Él le dice: “Pastorea mis ovejas.” Por tercera vez le pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.” Jesús le dice: “Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.” Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: “Sígueme.”

Discípulo Amado, Maestro Amante

Hacia el año 100-110 d.C, animada por un enigmático Discípulo Amado de Jesús, una comunidad cristiana de origen judío, que había empezado a desarrollarse en Jerusalén y después (quizá tras la guerra del 67-70 d. C.) en el entorno de Siria-Transjordania o Asia Menor, se integró en la Gran Iglesia. Sus componentes trajeron consigo un evangelio (Juan, Jn) donde, junto al Discípulo amado, se recuerda a Pedro, los dos relacionados entre sí y con Jesús.

No sabemos quién era ese Discípulo. Todo nos permite suponer que el Evangelio de Juan ha mantenido su identidad (real o simbólica) en la sombra, para que todos puedan identificarse con ella, presentándole sin más como el Discípulo que se reclinó y que apoyó su rostro sobre el pecho de Jesús, en la última cena, en gesto de hondo simbolismo, que implica intimidad (cf. 13, 23), en relación don Pedro y Judas (Jn 13, 21-27). En el contexto simbólico de la última cena (Jn 13-17 tiempo de revelación de amor), éste personaje es signo de aquellos que para seguir a Jesús y comprenderle han de hacerse amigos suyos (cf. Jn 15, 15: No os llamo siervos, sino amigos, pues os he dicho todo lo que me ha dicho el Padre.

En un sentido, el relato que sigue parece indicar que ese Discípulo amado, que acompaña a Pedro es un hombre real, de cierta importancia, porque aparece como amigo (conocido) del Sumo Sacerdote (cf. Jn 18, 15-16), un tema que plantea uno de los grandes enigmas del evangelio de Juan. Probablemente, el cuarto evangelio ha querido presentar al Discípulo Amado como alguien que se encuentra cerca de la élite sacerdotal, como judío importante que se ha hecho amigo de Jesús.

Sea como fuere, este evangelio sigue diciendo que el Discípulo Amado se ha mantenido firme, para aprender la lección bajo la cruz, donde no está Pedro, en una iglesia que acoge a la Madre de Jesús, representando así la unidad del Antiguo y Nuevo Testamento, de Israel y la Iglesia (Jn 19, 26-27).

El Discípulo amado y Pedro siguen juntos tras la muerte de Jesús y, por indicación de María Magdalena, corren al sepulcro vacío, donde ven el sudario y las vendas, cuidadosamente dobladas, que bastan para que el Discípulo amado entienda y crea, a diferencia de Pedro, que ha de iniciar un camino de amor, para hacerse verdadero discípulo de Jesús, como ratifica Jn 21, donde se conserva probablemente el recuerdo de un pacto institucional entre la Iglesia del Discípulo Amado y la Gran Iglesia (representada por Pedro).

De manera muy significativa, este capítulo (Jn 21) resitúa a los dos personajes, en clave de amor.

— El relato comienza con Simón Pedro, que afirma: voy a Pescar. Sin este principio (es decir, sin la decisión misionera de Pedro) no hubiera existido esta iglesia, como indican otros testimonios del NT (Mt, Lc-Hech…). Se le juntan varios discípulos, hasta siete: Pedro, Tomás, Natanael, dos zebedeos (Santiago y Juan) y dos cuyo nombre no se cita (Jn 21, 2). Uno (¿un zebedeo, alguien desconocido?) es el Discípulo Amado. Leer más…

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El misterio de la fe: seguridad sin evidencia. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

Domingo, 10 de abril de 2016

pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El Papa no es un cantante de rock

El domingo pasado escuché por televisión las palabras del papa Francisco. Me gustaron mucho. Pero antes tuve (tuvimos) que soportar el histerismo de unas quinceañeras de lengua española que lo aclamaban como si fuera un artista. El evangelio de hoy ofrece una imagen muy distinta de Pedro y de su misión.

Pedro, un líder con poca vista, impetuoso y activo

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy. El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

El comienzo es muy interesante. Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice:

Me voy a pescar.

Ellos contestan:

Vamos también nosotros contigo.

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice:

Muchachos, ¿tenéis pescado?

Ellos contestaron:

No.

Él les dice:

Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

Es el Señor.

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:

Traed de los peces que acabáis de coger.

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

[La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

Vamos, almorzad.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

La mayor sorpresa para el lector, y uno de los mensaje más importantes del relato, son las palabras: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

Pedro de nuevo: humildad y misión

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Él le contestó:

Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

Apacienta mis corderos.

Por segunda vez le pregunta:

Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Él le contesta:

Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice:

Pastorea mis ovejas.

Por tercera vez le pregunta:

Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:

Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

Apacienta mis ovejas.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió:

– Sígueme.

La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

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III Domingo de Pascua. 9 abril, 2016

Domingo, 10 de abril de 2016

Pascua16

*

“Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos a orillas del mar de Tiberíades.
Se manifestó de esta manera…”
(Jn 21, 1)

“Manifestarse” es la manera de hacerse presente ante nosotros algo que ya estaba ahí, pero que hasta ahora estaba como velado para nosotros. El verbo griego phainesthai, que aparece en el texto, significa precisamente eso: “quitarse el velo”. Así pues, se nos va a narrar “de qué manera” se desveló, se manifestó el Resucitado a sus discípulos. Y lo que se nos pinta es una escena, una situación. Podemos entrar en ella como en un cuadro, permitir que cada detalle nos envuelva y nos hable… y abrirnos a descubrir que el cuadro en el que hemos entrado es, quizá, nuestra propia vida.

Pincelada 1: Los discípulos “estaban juntos”. Sin más. Quizá envueltos en el desconsuelo, en el vacío de ese espacio tantas veces compartido con Jesús.

Pincelada 2: “Pedro dice: voy a pescar. En medio de este vacío, me vuelvo a mi faena cotidiana. Quizá sin ganas, quizá sin sentido… pero voy.

Pincelada 3: “Le contestan ellos: también nosotros vamos contigo”. Parece que Lo importante sigue siendo “estar juntos”

Pincelada 4: “Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. El vacío, el desconsuelo que podíamos intuir en el ánimo del grupo se muestra ahora en toda su crudeza. Vacío de resultados, vacío de logros. Una larga noche de vacío.

Pincelada 5: “Cuando ya amaneció, Jesús estaba en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús”. El amanecer es la Hora de la resurrección. Jesús ya está presente… pero aún no lo hemos descubierto.

Pincelada 6: “Les dice Jesús: Muchachos, ¿no tenéis pescado? Le contestaron: no”. Seguimos cargando con nuestro vacío. Resuenan aquí los ecos de otros vacíos que, al ser reconocidos, pudieron ser colmados por Jesús: El “No tienen vino” de María en las bodas de Caná… El “No tenemos más que cinco panes y dos peces” antes de la multiplicación de los panes… Con su pregunta, Jesús nos “obliga” a mirar de frente nuestra verdad: a reconocer que “no tenemos nada”.

Pincelada 7: Y entonces, ante este vacío que reconocemos -¡y aún no sabemos que lo estamos haciendo ante Jesús!-, se desborda su Gracia y su Presencia: la sobreabundancia de peces es simultánea al reconocimiento de Juan: “Es el Señor”.

“Oh Cristo Resucitado,
tú estás presente en cada pincelada de nuestra vida.
Te muestras cada vez que reconocemos nuestra verdad.
Nos esperas en el fondo de nuestra pobreza
y nos desbordas con la sobreabundancia de tu amor.”

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Frei Betto: “El cristianismo como proyecto civilizatorio”

Viernes, 8 de abril de 2016

cristo-cerezo-720_560x280“Jesús predicó que el ser supremo para el ser humano es el ser humano”

“El abrazo a paradigmas cartesianos no justifica que rompamos su flauta”

“En las barracas de los esclavos predicaban a Jesús crucificado para que se resignaran a sufrir”

(Frei Betto).- El Brasil es un país de matriz cristiana. Pregúntenle a un hombre o mujer del pueblo cuál es su visión del mundo y de seguro que oirá una respuesta teñida de categorías religiosas.

El cristianismo, en su versión católica, llegó a nuestro país del brazo con el proyecto colonizador portugués. Integrarse a la civilización, tal como lo entendía la península, era hacerse cristiano. Ésta fue la obsesión misionera de Anchieta: anular las convicciones religiosas de los pueblos originarios de la tierra brasilis, consideradas idólatras, para introducir el cristianismo según la teología europea occidental, en clara agresión a la cultura indígena.

Los colonizadores trajeron a los africanos como esclavos. Éstos tenían que someterse al bautismo para entrar en el infierno aquí en la Tierra, con la promesa de que, si eran dóciles a la voluntad y a los perversos caprichos de los blancos, habrían de merecer el paraíso celestial como recompensa. En las barracas de los esclavos se predicaba a Jesús crucificado para que se resignaran a los sufrimientos atroces, y en las casas-hacienda al Sagrado Corazón para que abrieran sus cofres a las obras de la Iglesia.

La flauta y la hostia consagrada

A comienzos del siglo 20 un sacerdote destinado a catequizar una aldea del Xingu quedó indignado al constatar que el ritual religioso se centraba en una flauta tocada por el chamán y cuya música establecía la conexión con el Transcendente. Encerrados en sus cuartos, las mujeres y los niños tenían prohibido asistir a la ceremonia.

Escoltado por soldados, el misionero trajo la flauta al centro de la aldea, hizo venir a las mujeres y a los niños y, ante todos, rompió el instrumento musical, rechazado como idolátrico, y predicó sobre la presencia de Dios en la hostia consagrada. Ahora bien, ¿qué impide que un grupo indígena ingrese en el templo de Candelaria, abra el sagrario, rompa las hostias consagradas y las tire al suelo? Sólo la falta de una escuela suficientemente dotada.

Fe y política

Nosotros, los occidentales, desacralizamos el mundo o, como prefiere Max Weber, lo desencantamos. Hasta el punto de decretar “la muerte de Dios”. Si abrazamos paradigmas tan cartesianos, felizmente en crisis, eso no es motivo para “romper la flauta” de los pueblos que toman en serio sus raíces religiosas.

Hoy se equivoca el Oriente por ignorar la conquista moderna de la laicidad de la política y de la autonomía recíproca entre religión y Estado. Y yerra el Occidente por “sacralizar” la economía capitalista, endiosar la “mano invisible” del mercado y desdeñar las tradiciones religiosas, pretendiendo confinarlas a los templos y a la vida privada.

Los orientales se equivocan por confesionalizar la política, como si las personas se dividiesen entre creyentes y no creyentes (o adeptos a mi fe y los demás). Cuando la línea divisoria de la población mundial es la injusticia que margina a 4 mil de los 7 mil millones de habitantes.

A su vez los occidentales caen en el grave error de pretender imponer a todos los pueblos, por la fuerza y por el dinero, su paradigma civilizatorio fundado en la acumulación de la riqueza, en el consumismo y en la propiedad privada por encima de los derechos humanos.

Un cristianismo a imagen y semejanza del capitalismo

Muchos de nosotros, presentes en esta sala de la Academia Brasileña de Letras, somos hijos e hijas del siglo 20 y nacimos en familias católicas. Fuimos bautizados y crismados, hicimos la primera comunión, aprendimos a rezar y a tenerles devoción a los santos y santas.

Ese cristianismo casaba perfectamente con la moral burguesa que divorciaba lo personal de lo social, lo privado de lo público. Era pecado el masturbarse pero no el pagar un salario injusto a la empleada doméstica recluida en la casa en un cuartucho irrespirable, desprovista de derechos laborales y obligada a desempeñar múltiples tareas. Era pecado faltar a misa los domingos, pero no el impedir a una niña negra el asistir al colegio religioso de los blancos. Era pecado tener malos pensamientos, pero no el gastar en licor en una noche lo que el mesero que servía no ganaba en tres meses de trabajo.

Como señaló Max Weber, el cristianismo dotó de espíritu al capitalismo. Hay que tener fe en la mano invisible del mercado, así como se cree en el Dios que no se ve. Hay que estar convencido de que todo depende de méritos personales, y que la pobreza es resultado de pecados capitales como la pereza y la lujuria. Hay que tener presente que son muchos los llamados pero pocos los elegidos para disfrutar, ya en la Tierra, las alegrías que el Señor promete a los escogidos en las mansiones celestiales…

No fue el cristianismo quien convirtió al imperio romano en la época de Constantino. Fueron los romanos quienes convirtieron a la Iglesia en potencia imperial. De igual modo, no fue el cristianismo quien evangelizó a Occidente sino que fue el capitalismo occidental quien lo impregnó del espíritu de usura, de individualismo, de competitividad. ¿Y qué es lo que la historia exhibe como resultado?

Todas las naciones esclavistas de la modernidad eran cristianas. Eran cristianas las naciones que promovieron el genocidio indígena en América Latina. Es cristiano el país que cometió el mayor atentado terrorista de la historia al calcinar a miles de personas con las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Eran cristianos los gobiernos que desencadenaron las dos grandes guerras del siglo 20. Ostentaban el título de cristianas las dictaduras que, en el siglo pasado, proliferaron en América Latina, patrocinadas por la CIA. Cristianos son los países que más devastaron el medioambiente. Como son cristianos los que producen más pornografía y abastecen el narcotráfico. Y son cristianas muchas naciones, como el Brasil, en las que se torna insultante la desigualdad social.

¿De qué diablos de cristianismo estamos hablando? Ciertamente no del que reflejaría en la práctica los valores proclamados por Jesucristo.

¿Jesús vino a fundar una religión?

Fuimos educados en la idea de que Jesús vino a fundar una religión o una Iglesia. Eso no concuerda con lo que dicen los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, principales fuentes sobre la persona de Jesús.

En todos esos evangelios la palabra Iglesia (ecclesia, en griego) sólo aparece dos veces, y sólo en el evangelista Mateo. Y esos evangelios constatan que Jesús fue crítico severo de la religión vigente en la Palestina de su tiempo, para lo cual basta con leer el capítulo 23 de Mateo.

La expresión Reino de Dios (o reino de los cielos en Mateo) aparece más de cien veces en boca de Jesús. El teólogo Alfred Loisy decía que Jesús predicó el Reino, pero lo que llegó fue la Iglesia…

Jesús vivió, murió y resucitó en el reino de César, título dado a los primeros once emperadores romanos. Desde el año 63 antes de nuestra era Palestina estaba sometida al dominio del imperio romano. Era una simple provincia fuertemente controlada política, económica y militarmente desde Roma. Toda la actuación de Jesús se dio bajo el reinado del emperador Tiberio Claudio Nero César, que permaneció en el poder desde el año 14 al 37. La Palestina en la que vivió Jesús estaba gobernada por autoridades nombradas por Tiberio, como el gobernador Poncio Pilatos (que, curiosamente, quedó inmortalizado en el Credo cristiano) y la familia del rey Herodes. Predominaba allí una sociedad tributaria dirigida por un poder central mantenido por los impuestos cobrados al pueblo, tanto el de las comunidades rurales como el de las ciudades. Leer más…

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“Jesús visita un campo de refugiados”, por José Miguel Lamet

Jueves, 7 de abril de 2016

A refugee from Afghanistan carries a baby on arrival on the shores of Lesbos near Skala Skamnias, Greece on June 2, 2015. Lesbos, the Greek vacation island in the Aegean Sea between Turkey and Greece, faces massive refugee flows from the Middle East countries. Women and children are seen at the beaches and the cities of Lesbos, exhausted after the trip over the Aegean Sea. Some children are even born on the flight from war. Last week alone over 2500 refugees arrived on the island, where they will be registred by Greek authorities. After registration most refugees are left on their own. AFP PHOTO / SCANPIX DENMARK / SOEREN BIDSTRUP +++ DENMARK OUT (Photo credit should read SOEREN BIDSTRUP/AFP/Getty Images) De su blog:

El viento huracanado zarandeaba la arenisca de la playa de Lesbos. A una milla de distancia diversas zodiacs hinchables luchaban contra un mar embravecido, donde familias de refugiados sirios se debatían entre la vida y la muerte. Un puñado de pescadores griegos lanzó un cabo desde su barcaza a uno de los botes a punto de desinflarse y ser engullido por una ola gigantesca. Gritaban:

–¡Salvadnos, que perecemos!

El patrón, de barba negra y ojos profundos, vestido con un chaleco color butano y un gorro de punto calado hasta las cejas, exclamó:

–¡Vamos, remad más fuerte!

A duras penas consiguieron arrastrar la débil embarcación hasta la playa. La imagen que se encontraron no podía ser más desoladora: Jóvenes voluntarios de Médicos del Mundo practicaban la respiración artificial a un naufrago, mientras otros cubrían con mantas los cadáveres de varios niños que no lograron superar el desembarco.

Exhaustos, después de una agotadora jornada, los doce pescadores encendieron una fogata junto a una casa en ruinas. El patrón les dijo:

–Roto el timón, sin agua y sin alimentos, veo a estas gentes como navegantes sin rumbo, ni norte ni puerto. ¿Qué puedo decir de esta generación? ¡Ay de quienes los han arrojado a tal estado! ¡Ay de ti, Europa, que les cierras las puertas y les niegas la vida! Yo envié en un tiempo a estas playas a mis primeros apóstoles para sembrar la Buena Noticia de amor y bienaventuranza. Me construisteis iglesias, sí, pero también fundasteis naciones para enriqueceros, y después de luchar entre vosotros, acabasteis entregados al dios que llamáis “estado del bienestar”. Habéis convertido el continente en un castillo inexpugnable, un recinto cerrado con muros y empalizadas, un mercado pendiente de los movimientos de la bolsa y las primas de riesgo, en función de vuestro propio egoísmo. Creasteis una moneda única para engrosar vuestras arcas, pues almacenáis en bancos el dinero de todos, o promover multinacionales que explotan a los más desfavorecidos de los países pobres. Pero ¿de qué os servirán vuestras abultadas cuentas bancarias cuando se presente el implacable ladrón en la noche?

Un marinero llamado Andrés preguntó:

–Pero, ¿no tienen al Papa y los obispos para recordarles lo que tú les enseñaste en tu primera venida?

–Ay, Andrés, muchos se han olvidado del mar, la pesca y las noches de brega. Y al actual sucesor de Pedro, que, fiel a mí, clama por estos desvalidos, no le hacen caso. Es una voz que grita en el desierto del consumismo. O bien le llaman “populista” y “comunista”. Ha pedido que se reciba a los refugiados, pero Europa hace oídos sordos, se limita a poner parches a tamaña tragedia. Ha criticado sin rodeos un sistema que “descentró a la persona”, colocando en el centro al “dios dinero”, y ha abogado porque la Iglesia no se cierre en sí misma. “Si una iglesia, una parroquia, una diócesis, un instituto vive cerrado en sí mismo, enferma”. Está en contra de convertir los monasterios vacíos en hoteles para obtener recursos, cuando estas gentes no tienen donde reclinar la cabeza o mueren como perros en estas playas.

Los discípulos cuchichearon entre ellos sobre algunas críticas que hacían del Papa: “Vive en la residencia de Santa Marta, en vez del palacio vaticano”, “usa un utilitario”, “se acerca a los enfermos y visita las cárceles, habla con los mendigos de la calle y dice que no es quién para juzgar a los homosexuales”. “No es un teólogo exquisito, y, para colmo, se le entiende todo”.

–¿No me reconocéis en estas palabras de Francisco? –añadió el Maestro–: “Cada vez con mayor frecuencia, las víctimas de la violencia y de la pobreza, abandonando sus tierras de origen, sufren el ultraje de los traficantes de personas humanas en el viaje hacia el sueño de un futuro mejor… Más que en tiempos pasados, hoy el Evangelio de la misericordia interpela las conciencias, impide que se habitúen al sufrimiento del otro, e indica caminos de respuesta que se fundan en las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, desplegándose en las obras de misericordia espirituales y corporales”.

Una voluntaria de ACNUR, de las que le seguían habitualmente, preguntó:

–Pero dinos, Jesús, ¿por qué hemos de recibir a los inmigrantes y refugiados? También entre nosotros hay mucho paro, y niños que pasan hambre, falta de vivienda digna y de derechos fundamentales.

Jesús extendió su mano en dirección a las tiendas que habían montado los cooperantes para cobijar a los refugiados, que seguían desembarcando por cientos.

–Miradlos, son pedazos nuestros, hermanos e hijos del Padre, y no tienen donde ir. Ayudad a los que tenéis cerca, pero no os olvidéis de los que están lejos. Contemplad a esos niños muertos. Miraban la vida con la ilusión que les daba estar viendo continuamente el rostro de mi Padre. ¿Cuentan ellos algo en los despachos de los dueños de este mundo, en las asambleas de los políticos, en las previsiones de Wall Street? “Mira, que estoy a la puerta y llamo”, repetiré una y mil veces. El que recibe o cobija a uno de estos refugiados a mí me recibe.

–Sin embargo, algunos obispos dicen que hay que tener mucho cuidado porque esto conlleva sus riesgos. Después de los recientes atentados de París, hay quien asegura que se cuelan entre ellos terroristas, miembros de la Yihad.

–La yerba mala crece en todas partes. Pero ¿debe el segador cortar la cizaña junto al trigo? Si estáis pendientes de todos los riesgos al hacer vuestras buenas obras, no saldríais de casa, os quedarías todo el día viendo la tele y comiendo palomitas. Si el que recibe una limosna tuya te desvalija, no te arrepientas de haberle ayudado, pues tu Padre que ve en lo secreto conoce tu intención y premiará tus esfuerzos.

Entonces se acercó un bombero voluntario de Sevilla.

–Pues a nosotros nos metieron en la cárcel por ayudar a esta gente.

–Por haber echado una mano a estos hermanos que han dejado sus hogares y se la juegan por huir de una guerra injusta hacia su libertad, vuestros nombres están escritos en la libro de la vida. Leer más…

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¡Signos!

Miércoles, 6 de abril de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

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“Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús  en presencia de los discípulos..
Juan , 20,30

 

Primera reacción: ¿cuáles? Por qué no decirlos todos. Tengo la impresión de que jamás habrá suficiente para tratar de comprender el misterio de este Jesús que es Señor. ¡ Si tú eres el Enviado de Dios, Jesús, dinos pues lo que hay que hacer, claramente! ¡Todavía signos, todavía signos! No para gritar al milagro, justo para dejarme tocar, saber por fin  qué es lo que me concierne. Con certeza.

Pero ahora, la segunda reacción: ¿Y cuántos signos te harían falta, mientras se trata de signos que aparecen en la vida de otros? ¿ Si esto llegara en tu vida, lo recibirías como signo? ¡Ni siquiera es seguro!

La tercera reacción: ¿Pero entonces, dónde estás Señor en tu vida? ¿Cuándo estuviste allí? ¿Cuándo te reconocí? Extraña coincidencia con el final de Mateo.

La verdad, es que con 10 000 signos, todavía puedo ser incrédulo mientras que el Evangelista nos llame a ser creyentes, y no incrédulos. Creyente, es decir: el tener confianza.

¿Confianza en qué entonces? De hecho en el Evangelio, es confiar en quien. Y es precisado en todas las cartas (Juan 20, 31): confiar en que Jesús es el Enviado de Dios, venido a revelarnos de una vez el esplendor de nuestra humanidad y el amor de nuestro Dios que la encuentra bella y la magnifica. Eso es lo que vemos en Jesús, ¿verdad?

Entonces, me vuelvo hacia ti, Jesús al que reconozco como mi Señor. Y te digo: por favor, te suplico, ayúdame a aceptar mi humanidad y a leer en ella los signos del amor de Dios por mí. Tu Padre, Nuestro Padre, me creó con amor y me confió esta parcela de humanidad y confía en mí para llevarla. Me la confió para que le honre. No ignoraba nada errores, espantos, obstáculos y contradicciones diversas que provoca la confrontación en sus límites y en las de los demás. Pero me creó con confianza.

En Ti, Jesús, reconozco a mi Maestro y Señor, porque tu humanidad, totalmente disponible para Dios es resplandeciente. En ti, Señor, reconozco el océano de posibilidades que se me ofrecen, las reconozco como una invitación para acercarme y para ser. A ser lo que soy, no otra cosa, sea por conveniencias, costumbres o miedos.

Mirándote, oigo esta llamada, ya oída en los Salmos: levántate y mira.

De una vez por todas, no te avergüences de lo que eres,
No te avergüences de ser sensible,
No te avergüence de sentirte atraído por los hombres,
No tengas vergüenza de releer tu historia y  de asumirla.
Incluso si no comprendes,
Incluso si los demás no entienden,
Yo te digo:
Tú eres el que mi Padre ha querido,
Como eres.

Así que lleva esta humanidad
grandemente
y maravillosamente.

*

Z – 3 abril 2016

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Fuente foto:Kevin Mischel, danseur

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El hortelano que anuncia la vida.

Lunes, 4 de abril de 2016

marc3ada-magdalenaPrimero conocí (me refiero a descubrir con sorpresa) al hortelano de Miguel Hernández, el de la Elegía a Ramón Sijé, el hortelano apasionado, arrepentido, que deseaba escarbar la tierra con los dientes y extraer el cuerpo de su amigo.

Después descubrí al hortelano del evangelio de Juan, el fiel, el pacífico que espera el momento de poner voz de vida a la mañana angustiosa, el interpelado que deja a la mujer avanzar por sí misma en su camino de fe.

Más tarde mi pensamiento unió los dos hortelanos. No me resulta difícil ver al hortelano del poema llorar sobre la tierra ocupada por Jesús, lanzarse al suelo y escarbar con manos y dientes, desamordazar y besar el noble cuerpo.

¿Será Dios el hortelano? Dios anda siempre ocupado en oficios relacionados con la naturaleza: higueras, viñas, campos, mieses…

¿Será Dios el que rompe la tierra para resucitar a su Hijo? ¿Quién es el hortelano que pregunta a la mujer con voz contenida por el secreto: “¿a quién buscas?”. Esa pregunta que late rítmica y cabezona en los textos evangélicos, aunque no siempre aparezca escrita, esa pregunta que podría ser el subtítulo del Nuevo Testamento.

¿Será Dios el que regresa a la sombra de los almendros el cuerpo removido de Cristo?

Yo también quiero ser llorando el hortelano, busco esa pasión desbordada del plantador de Miguel Hernández, porque creo que, a veces, pierdo oportunidades, que la vida desatenta no me explica claramente que el tiempo corre sin mirar hacia atrás.

Quizás algún día pueda preguntar a los demás, como el otro hortelano, el del jardín vuelto edénico, “¿a quién buscas?”, porque, para entonces, ya habré yo desamordazado y besado mi propio encuentro con Cristo. Podré preguntar, y podré sentarme entre rosas de almendro, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.

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Dichosos los que creen sin haber visto ( Jn 20, 29)

Domingo, 3 de abril de 2016

OLYMPUS DIGITAL CAMERA (Fuente foto: Olympus Digital Camera)

 

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacedlos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenerlos.

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

*

San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, estrofas 10 y 11

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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

“Paz a vosotros.”

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

– “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.”

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

– “Hemos visto al Señor.”

Pero él les contesto:

– “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.”

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros.”

Luego dijo a Tomás:

– “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”

Contestó Tomás:

“¡ Señor mío y Dios mío!”

Jesús le dijo:

“¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.”

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

*

Juan 20, 19-31

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“No seas incrédulo sino creyente”, 2 Pascua – C (Juan 20,19-31)

Domingo, 3 de abril de 2016

2-PASCUA-600x837La figura de Tomás como discípulo que se resiste a creer ha sido muy popular entre los cristianos. Sin embargo, el relato evangélico dice mucho más de este discípulo escéptico. Jesús resucitado se dirige a él con unas palabras que tienen mucho de llamada apremiante, pero también de invitación amorosa: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomás, que lleva una semana resistiéndose a creer, responde a Jesús con la confesión de fe más solemne que podemos leer en los evangelios: «Señor mío y Dios mío».

¿Qué ha experimentado este discípulo en Jesús resucitado? ¿Qué es lo que ha transformado al hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Qué recorrido interior lo ha llevado del escepticismo hasta la confianza? Lo sorprendente es que, según el relato, Tomás renuncia a verificar la verdad de la resurrección tocando las heridas de Jesús. Lo que le abre a la fe es Jesús mismo con su invitación.

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles. Nos hemos hecho más críticos, pero también más inseguros. Cada uno hemos de decidir cómo queremos vivir y cómo queremos morir. Cada uno hemos de responder a esa llamada que, tarde o temprano, de forma inesperada o como fruto de un proceso interior, nos puede llegar de Jesús: «No seas incrédulo, sino creyente».

Tal vez necesitamos despertar más nuestro deseo de verdad. Desarrollar esa sensibilidad interior que todos tenemos para percibir, más allá de lo visible y lo tangible, la presencia del Misterio que sostiene nuestras vidas. Ya no es posible vivir como personas que lo saben todo. No es verdad. Todos, creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos, caminamos por la vida envueltos en tinieblas. Como dice Pablo de Tarso, a Dios lo buscamos «a tientas».

¿Por qué no enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte confiando en el Amor como última Realidad de todo? Esta es la invitación decisiva de Jesús. Más de un creyente siente hoy que su fe se ha ido convirtiendo en algo cada vez más irreal y menos fundamentado. No lo sé. Tal vez, ahora que no podemos ya apoyar nuestra fe en falsas seguridades, estamos aprendiendo a buscar a Dios con un corazón más humilde y sincero.

No hemos de olvidar que una persona que busca y desea sinceramente creer, para Dios es ya creyente. Muchas veces, no es posible hacer mucho más. Y Dios, que comprende nuestra impotencia y debilidad, tiene sus caminos para encontrarse con cada uno y ofrecerle su salvación.

José Antonio Pagola

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“A los ocho días, llegó Jesús”, Domingo 3 de abril de 2016. 2º Domingo de Pascua

Domingo, 3 de abril de 2016

27-pascuaC2 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 12-16: Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
Salmo responsorial: 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19: Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos.
Juan 20, 19-31: A los ocho días, llegó Jesús.

El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Eran tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Jamnia (norte de Jerusalén), donde radicó el único grupo oficial judío que sobrevivió a la destrucción del templo el año 70. Es en este momento cuando se fragua la bifurcación de caminos entre el judaísmo oficial y el judaísmo cristiano, o judíos que creían en el también judío Jesús. A posteriori, la teoría (la hermenéutica, la interpretación que tenemos que elaborar para tranquilizar nuestros corazones y nuestras mentes dándonos un sentido) ha dicho que es que Dios decidió abrir una nueva etapa histórica manifestando un misterio escondido desde siempre, y otras varias teologías. Los estudios históricos hoy están en capacidad de trazarnos ya, más o menos, las causas históricas e ideológicas que de hecho cristalizaron en la separación. Hoy, a la altura de estos tiempos en los que la historia y la arqueología nos permiten conocer casi con toda seguridad cómo fue de distinta aquella historia, no estamos obligados a historificar la teología; tenemos derecho a saber la verdad, y a reconocer la teología como teología, como creación hermenéutica, que aquellas generaciones de cristianos necesitaron para interpretar y recrear su historia, pero que nosotros, en una sociedad culta y científica –con otra epistemología– no necesitamos para interpretar-recrear la realidad, podemos aceptar la historia como fue, como hoy sí sabemos que fue.

Lo mismo nos pasa con respecto al «calendario» de la muerte de Jesús – Pascua – Pentecostés… Lucas se tomó la libertad de imaginar/crear un calendario, un cronograma, que podemos de decir que se sacó de la manga, o sea, de su creatividad y genialidad catequética. Tan bien hecha resultó, que fue la que se llevó el gato al agua, la que se impuso, no por a la fuerza, sino por lo bien hecha que estaba y lo catequéticamente práctica que resultaba. (Estamos en un caso semejante a lo de la bifurcación entre cristianismo y judaísmo: lo que teologizamos no es realmente lo que sucedió con respecto al judaísmo oficial de Jamnia, pero es lo que «se impuso» –tampoco por imposición, sino por practicidad teórica; como sabemos, esta separación incluso abismo entre la realidad histórica real y nuestra propia visión-interpretación histórica, es mucho más frecuente que lo que ordinariamente pensamos).

En efecto, veamos. Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y dice que les envía el Espíritu Santo. Para la comunidad de Juan (en la que, con la que escribe), la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. No hay que esperar 50 días para Pentecostés.

Y en esa Pascua-Pentecostés «toda la comunidad» de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados. Esto corresponde a la tradición que también Mateo ha conservado en su evangelio (Mt 18,18) y que luego la Iglesia, en su proceso de clericalización (reinterpretación clerical ésta sí, impuesta con poder de coerción) fue perdiendo, pero que sí recuperaron las Iglesias Evangélicas con la Reforma Luterana, que significó un esfuerzo sincero por reconciliarse con la historia real. Entonces, en el siglo XVI todavía no era tan posible como lo es hoy, por el avance de la ciencia; Ello querría decir que el avance del conocimiento de la humanidad, nos obliga a reconciliarnos con la realidad histórica, que cada vez conocemos mejor, y nos obliga a tomar conciencia del carácter construido de nuestras interpretaciones teológicas; tradicionalmente ha sido posible convivir con creencias y elaboraciones míticas, pero cada vez se nos hace más necesario relegar las creencias y las interpretaciones al cajón de las curiosidades históricas –con frecuencia muy ricas e instructivas– para quedarnos con una visión digna de esta humanidad que vive en una sociedad de conocimiento.

En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Hace tres años, nuestro comentarista, en este mismo comentario a este evangelio, escribió:

«Ojos que no ven corazón que no siente», dice el refrán. Cuentan que cuando Yury Gagarin, el astronauta ruso, regresó de aquel primer paseo a las estrellas, dijo: “He andado por el cielo y no he visto a Dios”. Pobre Yury tan parecido a Tomás, que podría llamarse su mellizo.

Hoy no nos atrevemos a tratar así a Yury Gagarin, ni al llamado «ateísmo científico» que en esa anécdota él simboliza. Los cristianos hemos estado dos o tres siglos enfrentados al materialismo científico, irreconciliablemente enfrentados a su ateísmo. La Iglesia empeñada en la existencia de un Dios concebido como un Señor, creador, todopoderoso, que lee nuestras conciencias, providente, que todo lo supervisa y lo autoriza o no, que habita en el cielo, que dice, piensa, decide, se ofende, se arrepiente, perdona… Y el ateísmo científico negando la existencia de tal «Señor», de rostro y características tan antropomórficas… La fe –decíamos entonces– consiste en «creer lo que no se ve», someter nuestro entendimiento y aceptar las fórmulas de la fe de la Iglesia aunque nos parezcan increíbles… Y se nos recordaba que tendríamos más mérito que Tomás el Apóstol, que sólo creyó cuando vio…

Se acabó aquel enfrentamiento inútil, aquel diálogo de sordos en el que las dos partes sólo tenían media verdad. Tenía razón el ateísmo científico en rechazar una imagen tan cosificada (dios como un ser, como un ente) y tan antropomórfica de Dios. Reivindicaba una verdad que los cristianos no acababan de entender. Había que dar la razón a Gagarin: efectivamente, por allí no pudo ver a Dios porque ese dios-ente celestial… no existe –y si efectivamente lo hubiera visto, habría que decirle que no era Dios eso que habría visto–. La fe no consiste en imaginar o en aceptar la existencia de un Señor por encima de las nubes ni en las alturas espaciales por donde Gagarin paseó; allí efectivamente no hay nada. Podemos seguir sintiendo la presencia del Misterio, a la vez que no creemos en duendes, en espíritus ni en divinidades antropomórficas. La fe es otra cosa. No es sumisión irracional del pensamiento, ni aceptación obligada de fórmulas o dogmas, o relatos míticos. El valor ejemplar de Tomás el Apóstol metiendo sus dedos en las llagas de Jesús, decididamente, no sirve en directo como metáfora para interpretar la fe en la coyuntura actual del mundo, por mucho que la forcemos. Es necesario dar un salto hacia delante, un salto cualitativo, por el que Dios deja de ser considerado un ente, ni un Señor, ni un habitante de las alturas del cielo… y la fe deja de ser sumisión del entendimiento, humillación de la persona, renuncia a la visión de la ciencia. Se acabó el tiempo del enfrentamiento con la razón y con la ciencia. Es preciso actualizar nuestras ideas, porque, con frecuencia, al hablar de la fe seguimos repitiendo los mismos tópicos sobrepasados del «creer lo que no se ve», de renunciar a la seguridad de lo que vemos, de ofrecer «el obsequio de nuestra razón», de humillarnos ante Dios… El ateísmo científico es un problema del siglo XIX, la ciencia actual abandonó esa posición hace bastante tiempo. Seguir utilizando para hablar de la fe aquellas metáforas combativas, no sólo no nos hace bien, sino que es dañino. Leer más…

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Dom 3.4.16 “El día de Tomás: Tocar la llaga de Jesús, curar su carne herida”

Domingo, 3 de abril de 2016

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Este segundo domingo de Pascua (ciclo C) se celebra con el evangelio de Juan (Jn 20, 19-30), que tiene dos partes principales:

— Primera experiencia (20, 19-23): la comunidad reunida (sin Tomás) “ve” a Jesús que le ofrece su paz y le concede la gracia del Espíritu Santo, para perdonar. Éste es el signo supremo de pascua: El perdón de los pecados.

— Segunda experiencia (20, 24-29): la pascua es memoria y presencia de Jesús crucificado en los crucificados y expulsados de la historia. Sin meter la mano en la herida del Cristo, sin acompañar y ayudar a quienes siguen sufriendo con y como él no existe pascua cristiana.

Estos dos elementos, unidos e inseparable (perdón real, es decir, activo… y solidaridad con los que sufren) no puede hablarse de Jesús, no existe esperanza y comunión cristiana.

Sigue en el texto la primera conclusión del evangelio de Jesús (Jn 20, 30) de la que aquí no trataremos, pero que sirve para ratificar la importancia de los dos gestos anteriores, que definen el dogma de Jesús, sus dos novedades: El evangelio es perdón…y es “comunión” desde la carne, es decir, en solidaridad “carnal” (real) con los heridos de la historia real.

Este evangelio responde a los dos grandes problemas de la primera comunidad cristiana, que son nuestros dos grandes tesoros y problemas, tras dos mil años de historia:
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Somos cristianos si perdonamos, si ofrecemos el signo real del perdón, en concreto, no en teoría…, pero diciendo al mismo tiempo que hay situaciones de pecado imperdonable: no puede haber perdón mientras no cambiemos (no hay perdón para el tráfico de personas, para la negación de asilo, para las bombas de napaln).

No somos cristianos si no descubrimos a Cristo en la carne herida de los expulsados, oprimidos y sufrientes…No somos cristianos si no metemos la mano (si no ayudamos) en las heridas concretas de nuestra historia

El perdón cristiano, la visibilidad de Jesús… Estas siguen siendo nuestras tareas y retos: ¿Cómo expresar el perdón de Jesús, y decir que hay situaciones sin perdón, mientras no nos convirtamos? ¿Cómo tocar a Jesús en su historia concreta… en nuestro crucificados reales?.

Imagen 1: Caravaggio: Tomas “toca” la herida de Jesús
Imagen 2: Niño sirio de 11 años, herido por esquirlas de una bala anti-persona (shrapnel)


a. Primera experiencia. Los discípulos sin Tomás. El perdón de Jesús (Jn 20, 19-23)

Está reunida la comunidad de los amigos de Jesús, que le recuerdan y le aman, pero no creen todavía en su resurrección. Podemos suponer que en ella se ha integrado, ofreciendo su mensaje, María Magdalena, la primera creyente (cf. 20, 11-18); también parece estar el discípulo querido, que no ha visto Jesús pero cree, pues le basta la experiencia del sepulcro vacío (cf. 20, 8). Debe hallarse igualmente Pedro (del que también se ha ocupado el texto anterior (cf. Jn 20, 2-4). De los demás no se sabe nada. El texto les presenta como “hoy mathêtai”, los discípulos, en sentido extenso. Son toda la Iglesia reunida, que recuerda a Jesús, pero no acaba de creer y vive llena de miedo.

Estos discípulos están reunidos, en una casa cerrada, por medio a los “judíos”… es decir, por miedo a un mundo al que no queremos salir, tras veinte siglos (20, 19). Forman comunión, pues Jesús les ha convocado y por fidelidad a él están reunidos. Son iglesia en frágil, oración y dudas, son comunidad que necesita la presencia del Señor. En este contexto se inscribe la primera experiencia eclesial de la pascua que, lo mismo que en Lc 24, 23-48, se dirige a toda la iglesia y no sólo a los Doce, cosa que tendrá gran importancia:

A la tarde de aquel día primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por el medio a los judíos, vino Jesús y se colocó en medio de ellos diciendo:

¡La paz con vosotros!

Y diciendo esto les mostró las manos y el costado.

Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Y les dijo de nuevo:

¡La paz con vosotros! Como me ha enviado el Padre os envío también yo.

Y diciendo esto sopló y les dijo:

Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; y a quienes se los retengáis les serán retenidos

(Jn 20, 19-23).

Los discípulos forman un grupo amenazado, miedoso, pero viene Jesús y les conforta con su palabra y su poder de perdonar. No son los Doce, como a veces se ha supuesto, de forma equivocada (para defender que sólo los Doce y sus sucesores obispos pueden perdonar y decir misa), sino la comunión de todos los creyentes.

Es toda la iglesia (formada por hombres y mujeres) la que está reunida y la que recibe la gracia de la experiencia pascual y la tarea de realizar la misión (envío y perdón) del Señor resucitado.

La Pascua se expresa como presencia y envío de Señor resucitado que se muestra a sus discípulos, haciéndoles testigos de su gracia, enviados de su reino. El signo primero y más fuerte de la pascua es esta “presencia” de Jesús en la comunidad de los creyentes reunidos por miedo a los que hace salir de su encierro, enviándolos al mundo como mensajeros de su perdón.

La Pascua es ante todo paz. Jesús saluda a sus discípulos dos veces, con la misma palabra: paz a vosotros (eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia, ofrece Cristo paz fundante, creadora. Sobre una comunidad encerrada por el miedo extiende el Cristo pascual la gracia de su vida hecha principio de misión universal. Leer más…

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“Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Domingo 2º de Pascua. Ciclo C.

Domingo, 3 de abril de 2016

thomas-et-jesusDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el del próximo domingo (Juan 20,19-31).

             Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

            – Paz a vosotros.

            Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

            – Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 

            Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

            – Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

            Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

            – Hemos visto al Señor.

            Pero él les contestó:

            – Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

            A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

            – Paz a vosotros.

            Luego dijo a Tomás:

            – Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

            Contestó Tomás:

            – ¡ Señor Mío y Dios Mío!

            Jesús le dijo:

            – ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. 

            Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

  1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.
  2. El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.
  3. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».
  4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
  5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
  6. El don de Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este  momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

“Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”

            En este pasaje del evangelio se da un importante cambio en los destinatario. En la primera parte, Jesús se dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión y les da el Espíritu. En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

            Podríamos añadir: “Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Digo esto a propósito de lo ocurrido hace pocos días en el accidente de Tarragona, donde perdieron la vida siete muchachas italianas, estudiantes de Erasmus. El padre de una de ellas comentó, hablando de él y de su esposa: “Antes creíamos en Dios; ahora no podemos creer. No podemos creer que en un Dios que hace una cosa así”.

            Las muertes ocurridas al día siguiente en Bruselas pueden haber provocado la misma reacción en otras personas. A menudo creemos en un Dios cuya misión principal es resolver nuestros problemas. Olvidamos el mensaje de la Semana Santa: creemos en un Dios que nos entrega a su propio hijo, y en un hijo dispuesto a morir por nosotros. Como Tomás, debemos meter nuestros dedos en las llagas, en las huellas del sufrimiento humano, para terminar confesando: “Señor mío y Dios mío”.

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II Domingo de Pascua. 02 de Abril, 2016

Domingo, 3 de abril de 2016

Pascua16*

“En la tarde de aquel día, el primero de la semana,
y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos,
llegó Jesús, se puso en medio y les dijo:
“¡La paz esté con vosotros!”
(Jn 20, 19-31)

Tal vez nos resulta una escena muy familiar la de los discípulos. Un domingo por la tarde encerrados en casa, ellos por miedo a los judíos; nosotros por… pánico al lunes. Sí, una razón tan simple como real. Pereza, modorra o como lo queramos llamar por comenzar otra semana, comenzar nuestras obligaciones, trabajo, estudios, gimnasio, extraescolares de los niños, aguantar al jefe, a los compañeros, a los clientes, y así, un largo etcétera.

Aguantar a los demás. Reflexionemos un poco. Los demás. Todos, absolutamente todos formamos parte de ese “los demás” para alguien. Esto quiere decir que a ti y a mi también nos tienen que aguantar los demás; con nuestras risas y también con nuestras lágrimas; con todo lo bueno que les aportamos y también con nuestras puertas cerradas; con nuestros viernes pero también sacamos a relucir nuestras tardes de domingo… ¿nos damos cuenta de ello o solo vemos lo de “los demás”?

Y es entonces, sin duda, en nuestras lágrimas, en nuestras puertas cerradas, en nuestras tardes de domingo cuando se pone Jesús en el medio y nos dice: “¡La paz esté con vosotros!” Él llena con su presencia cualquier resquicio de temor, cualquier oscuridad.

Y ahora, otro interrogante, ¿para creernos esto nos bastan las palabras o dejamos que aparezca nuestro Tomás interior?

Jesús, tú eres nuestro Maestro, a quien seguimos.
Tú nos dices una y otra vez “dichosos los que creen sin haber visto”.
Ayúdanos a creer que estás en medio de nuestras noches dándonos paz,
en medio de nuestras tormentas, en medio de nuestras soledades.
Ayúdanos a creer que estás cuando no te vemos.

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Por una Pascua con historia

Domingo, 3 de abril de 2016

resurr_ectionEl Evangelio no es un manual de autoayuda

“No deberíamos precipitarnos al proclamar la victoria de la Vida sobre la Muerte”

(José Ignacio Calleja).- En cristiano, no deberíamos precipitarnos al proclamar la victoria de la Vida sobre la Muerte, sin aclarar bien su significado de FE y el compromiso de justicia y amor en que consiste.

A menudo, siento que en el día de PASCUA hacemos un uso obsceno del lenguaje, como si fuera YA la victoria HISTÓRICA Y GENERAL de la Vida sobre la muerte; olvidamos que mucha gente no conoce una vida humana, ni probablemente la va a conocer, o, sencillamente, la pierde de una manera tan cruel como injusta.

Por eso, muchas veces el lenguaje de la PASCUA lo percibo como un lenguaje sacrílego; convierte YA en historia general (la PASCUA) lo que es una realidad incipiente y CREÍDA.

CREEMOS, con temor y temblor, en el triunfo de la Vida sobre la muerte en Jesús (la Pascua) y confesamos nuestra CONFIANZA en que esa Vida es -YA SÍ/TODAVÍA NO- la última palabra contra la muerte de los inocentes, y por ellos, para todos los hombres y mujeres de buena voluntad, los hombres y mujeres que han hecho lo posible por ampliar el espacio de la dignidad humana de todos.

El otro modo de la PASCUA -ya, general, histórico, contra la realidad de cada día para las mayorías marginada y, a lo sumo, como alegría interna de unos pocos-, es evidente que no. Así no puede ser Dios. Es sacrílego desde la no-vida de tantos. Sé que hablar así de la PASCUA suena pesimista, pero el pesimismo lo pone la historia humana de la injusticia contra tantos, no yo.

El evangelio es alegría en la lucha por la vida digna de todos, pero no es un manual de autoayuda para los salvados. Demos una oportunidad histórica a la Pascua, podría ser la conclusión.

Fuente Religión Digital

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“Tumba vacía y apariciones, refuerzo mutuo”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 1 de abril de 2016

cruzdecristo8Leído en su blog Nihil Obstat:

Según el Obispo anglicano N.T. Wright hay dos datos que ayudan a entender la “lógica histórica” de los relatos evangélicos sobre la resurrección. Son dos datos confluyentes, que se apoyan el uno al otro, a saber: a) la tumba vacía; b) las apariciones.

Un anuncio de la resurrección con la presencia del cadáver de Jesús, no hubiera tenido ningún éxito. La evidencia del cadáver hubiera sido apabullante y casi un obstáculo insalvable para aceptar la resurrección. Pero solo la tumba vacía tampoco hubiera probado nada. Más bien, hubiera sido un indicio serio de que los apóstoles habían robado y ocultado el cadáver. Lo primero que piensa María Magdalena cuando ve la tumba vacía es que el jardinero ha trasladado el cadáver. Celso, un apologeta anticristiano del siglo II, calificaba a los apóstoles de ladrones de cadáveres.

Por eso tuvo que haber algo más que una tumba vacía. Hubo una presencia que se imponía a pesar de las dudas y vacilaciones. Pero como esta presencia no era como las mundanas, porque Jesús resucitado se aparece no a la manera terrestre, sino al modo como se aparecen las realidades celestiales, se explica la duda y la sorpresa de los apóstoles. No es extraño que confundieran su experiencia del resucitado con la experiencia de los “aparecidos”, de los fantasmas, con esa vaga impresión que a veces todos tenemos de que los muertos están con nosotros y nos “sugieren” que siguen ahí. Ellos sabían de este tipo de experiencias. Es posible que se preguntaran si no sería una experiencia de este tipo la que estaban teniendo tras la muerte de Jesús. En este caso, no habría ningún encuentro con Jesús resucitado, sino con una apariencia fantasmagórica surgida de la propia imaginación.

Pero el sepulcro vacío hizo pensar a los discípulos que quizás en aquellas apariciones se trataba de algo distinto a un fantasma. Quizás era verdad que Cristo había dejado la tierra y había resucitado, entrando en el mundo de Dios donde ya no se muere más. Por eso digo que la tumba vacía y las apariciones se refuerzan mutuamente. La tumba vacía ayuda a comprender que quién se hace presente misteriosamente es aquel que ninguna tumba puede contener. Por su parte, esta presencia misteriosa de Jesús ayuda a comprender el motivo por el que la tumba está vacía.

Evidentemente, afirmar que Cristo ha resucitado es un dato de fe, el dato fundamental de la fe cristiana. Por esto no puede “probarse”. Pero puede explicarse. Y una vez aceptada por la fe la resurrección de Cristo, el creyente busca hacerla creíble. Al hacerla creíble, el creyente vive su fe con mayor confianza.

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Jesús no está en crisis

Miércoles, 30 de marzo de 2016

18-852854Queridos amigos y amigas:

Algunos de vosotros me decís que en vuestros pueblos la religión está en crisis, que vuestras parroquias se están vaciando, que no se ve un futuro claro para la fe cristiana. Vosotros estáis descubriendo con alegría a Jesús, pero a veces os entra en el corazón la pena y el desaliento. ¿Qué será un día de la Iglesia de Jesús?

Entiendo muy bien lo que sentís. No estamos viviendo momentos fáciles. La crisis empieza a afectar a todos los sectores de la vida, no solo a la religión. Está en crisis la filosofía y el pensamiento. Están en crisis las ideologías y los partidos políticos, la ecología y la economía. Está en crisis la familia y la educación. Algunos empiezan a decir que estamos en “crisis total”.

Yo os quiero decir que, en estos momentos, Jesús no está en crisis. Hay cada vez más personas interesadas en estudiarlo y conocerlo mejor. Hay pensadores no cristianos que afirman que es lo mejor que ha dado la Humanidad. Investigadores agnósticos que consideran que Jesús no ha de ser propiedad de los cristianos sino “patrimonio de la Humanidad”. Historiadores no creyentes que piensan que el proyecto del reino de Dios promovido por Jesús es el “símbolo más revolucionario” para construir un mundo más humano.

Estoy convencido de que la crisis de la religión cristiana no arrastrará a Jesús. Al contrario, a medida que las Iglesias cristianas, sacudidas por la crisis, se vayan desprendiendo de tantas adherencias, tradiciones, teologías, costumbres o prácticas que no provienen de Jesús, se irá descubriendo cada vez mejor su verdadero rostro, se valorará cada vez más su proyecto humanizador de reino de Dios y crecerá su poder de atracción.

Cuando hace diez o doce años, estaba yo gestando en mi interior el proyecto de los Grupos de Jesús, lo hacía firmemente convencido de que Jesús no será olvidado en el mundo nuevo que nacerá de la crisis actual. Pero, naturalmente, será necesario que en nuestras parroquias y comunidades resucitemos nuestra adhesión y nuestra fe en Jesucristo.

No perdáis la alegría ni la esperanza. La Iglesia de Jesús conocerá una nueva primavera. El Resucitado sigue vivo y operante entre nosotros. Vosotros lo estáis experimentando de manera humilde pero real en vuestros grupos. En su escrito La alegría del Evangelio, el papa Francisco nos dice: «Jesucristo puede romper también hoy los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y puede sorprendernos con su constante creatividad divina» (EG 11).

Un abrazo grande a todos. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

José Antonio Pagola
1/marzo/2016

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Todo igual y todo nuevo.

Martes, 29 de marzo de 2016

Del blog de Henri Nouwen:

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“..Era un acontecimiento para los amigos de Jesús, para aquellos que lo habían conocido, escuchado y creído en Él. Era muy íntimo: una palabra aquí, un gesto allá, una toma de conciencia gradual de que algo nuevo estaba naciendo, pequeño, casi inadvertido, pero con la potencia de cambiar la faz de la tierra. María Magdalena escuchó su nombre. Juan y Pedro vieron la tumba vacía. Los amigos de Jesús sintieron que su corazón ardía en encuentros que tienen su expresión más acabada en las extraordinarias palabras: ¡HA RESUCITADO! Todo estaba igual, mientras todo había cambiado.

Nuestras luchas no han terminado. En la mañana de Pascua, todavía podemos sentir el dolor del mundo, de nuestras familias y amigos, de nuestros propios corazones. Todavía está allí, y estará allí por largo tiempo. Sin embargo, todo es diferente porque hemos encontrado a Jesús y hemos hablado con Él. “

*

Henri Nouwen

Jesus resucitado

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“¿Cómo, dónde y en quién está presente y actúa el Señor resucitado?”, por José María Castillo

Martes, 29 de marzo de 2016

1442591743_943701_1442591879_noticia_normalLeído en Koinonia:

Es un hecho que la resurrección de Jesús constituye el acontecimiento central de nuestra fe cristiana. Pero es un hecho también que ese acontecimiento central de la fe cristiana no parece estar en el centro de la vida de los creyentes. Por lo menos, a primera vista, no se tiene la impresión de que los cristianos lo entiendan y lo vivan así. Hay otras cosas que interesan más al común de los mortales bautizados. Y conste que me refiero a cosas estrictamente religiosas: la pasión del Señor, la devoción a la Virgen y a los santos, determinadas prácticas religiosas, etc.

Sin embargo, a mí me parece que no deberíamos precipitarnos a la hora de dar un juicio sobre esta cuestión. Porque, sin duda alguna, se trata de un asunto más complicado de lo que parece en un primer momento. Por eso, valdrá la pena analizar, ante todo, de qué maneras el Resucitado debe estar presente en la vida y el comportamiento de los creyentes, según el Nuevo Testamento, para poder, desde ahí, sacar luego las consecuencias.

La persecución: predicar la resurrección es entrar en conflicto

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos informa de que los discípulos de Jesús eran perseguidos por causa de la resurrección, exactamente por predicar que Cristo había resucitado: “el comisario del templo y los saduceos, muy molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban que la resurrección de los muertos se había verificado en Jesús, les echaron mano y, como era ya tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente” (Hech 4,1-3). Más claramente aún, si cabe, cuando los apóstoles son llevados ante el tribunal y testifican valientemente la resurrección (Hech 5,30-32), provocan la irritación en los dirigentes religiosos, que deciden acabar con ellos (Hech 5,33). Y lo mismo pasa en el caso de Esteban: cuando éste confiesa abiertamente que ve a Jesús resucitado en el cielo “de pie a la derecha de Dios” (Hech 7,56), la reacción no puede ser más brutal: “Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y, todos a una, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearle” (Hech 7,57-58). Y otro tanto cabe decir por lo que se refiere a Pablo, que confiesa por dos veces que fue llevado a juicio precisamente por predicar la resurrección (Hech 23,6; 24,1).

Ahora bien, este conjunto de datos plantea un problema. Porque la verdad es que actualmente nadie es perseguido, encarcelado y asesinado por predicar la resurrección. Es más, parece que el tema de la resurrección es uno de los temas más descomprometidos y menos peligrosos que hay en el evangelio. De donde se plantea una cuestión elemental: ¿será que no entendemos ya lo que significa la resurrección del Señor?, ¿será, por lo tanto, que no la predicamos como hay que predicarla?

Para responder a esta cuestión, empezaré recordando cómo presentan los apóstoles y discípulos la resurrección de Jesús. En este sentido, lo más importante es que la presentan en forma de denuncia. Una denuncia directa, clara y fuerte: Vosotros lo habéis matado, pero Dios lo ha resucitado (Hech 3,15; 4,10; 5,30; 13,30). Por lo tanto, se trata de un anuncio que, en el momento de ser pronunciado, tiene plena actualidad. Es decir, no se trata de una cuestión pasada, que se recuerda y nada más, sino que es un asunto que concierne y afecta directamente a quienes oyen hablar de ello. Más aún, es un asunto gravísimo, que, en el fondo, equivale a decir lo siguiente: Dios le da la razón a Jesús y os la quita a todos vosotros. Porque, en definitiva, la afirmación según la cual “Dios lo ha resucitado” (Hech 2,24-32; 3,15-26; 4,10; 5,30 ,30; 10,40; 13,30.34.37), viene a decir que Dios se ha puesto de parte de Jesús, está a favor de él y le ha dado la razón, aprobando así su vida y su obra.

Por consiguiente, parece bastante claro que predicar la resurrección y vivir ese misterio consiste, ante todo, en portarse de tal manera, vivir de tal manera y hablar de tal manera que uno le da la razón a Jesús y se la quita a todos cuantos se comportan como se comportaron los que asesinaron a Jesús. Pero, es claro, eso supone una manera de vivir y de hablar que incide en las situaciones concretas de la vida. Y que incide en tales situaciones en forma de juicio y de pronunciamiento: a favor de unos criterios y en contra de otros; a favor de unos valores y en contra de otros; a favor de unas personas y en contra de otras; y así sucesivamente.

De donde resulta una consecuencia importante, a saber: la primera forma de presencia y actuación del resucitado en una persona y en una comunidad de creyentes consiste en ponerse de parte de Jesús y de su mensaje, en el sentido indicado. Por lo tanto, se trata de una forma de presencia y de actuación que inevitablemente resulta conflictiva, como conflictiva fue en el caso de los primeros creyentes, que se vieron perseguidos por causa de su fidelidad al anuncio del resucitado.

Y todo esto, en definitiva, quiere decir lo siguiente: Jesús fue perseguido y asesinado por defender la causa del ser humano, sobre todo por defender la causa de los pobres y marginados de la tierra, contra los poderes e instituciones que actúan en este mundo como fuerzas de opresión y marginación. Por lo tanto, se puede decir que cuantos sufren el mismo tipo de persecución que sufrió Jesús, esos son quienes viven la primera y fundamental forma de presencia del resucitado en sus vidas, mientras que, por el contrario, quienes jamás se han visto perseguidos o molestados, quienes siempre viven aplaudidos y estimados, ésos se tienen que preguntar si su fe en la resurrección no es, más que nada, un principio ideológico con el que a lo mejor se ilusionan engañosamente. He ahí un criterio importante, fundamental incluso, para compulsar y medir nuestra propia fe en Jesús Resucitado.

El triunfo de la vida: el Resucitado está presente donde la vida lucha contra la muerte

La enseñanza de San Pablo sobre la resurrección se centra, sobre todo, en un punto esencial, a saber: que la resurrección cristiana es el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte. Así fue en el caso de Jesús. Y así es también en la situación, en la vida y en la historia de cada creyente (Rom 6,4.5.9; 7,4; 2 Cor 5,15; Fil 3,10-11; Col 2,12). Porque, en definitiva, el destino del cristiano es el mismo destino de Jesús. Leer más…

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“Resurrección de Cristo, producto mal vendido”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Lunes, 28 de marzo de 2016

45830248c1fbd1ea285ae74966d62f22De su blog Hihil Obstat:

Teólogos y exégetas hablan del “criterio de dificultad” como un signo de la veracidad de los relatos evangélicos. Difícilmente la primitiva Iglesia se habría molestado en inventar un material susceptible de dejarla en una posición difícil o debilitada en las disputas con los oponentes. Puestos a inventar dichos o palabras de Jesús, lo último que se le ocurriría a un admirador del Maestro es decir cosas que le dejasen mal parado. Este criterio de dificultad podría aplicarse a los primeros relatos de la resurrección de Cristo. Los autores de estos relatos parece que no tienen ningún interés en “vender el producto”; cuentan una experiencia con una ingenuidad y unas maneras que hacen difícil su comprensión y su aceptación; hay ahí una prueba de que no buscan engañar, porque si buscasen engañar se expresarían de otra manera. Pienso en tres detalles:

1.- Las primeras testigos de la resurrección son mujeres. Pero las mujeres, en aquella sociedad, son malos testimonios. Ningún buen abogado presentaría a una mujer como testigo de su defendido. Los buenos testigos en un juicio son los varones (por cierto: “testigo” y “testículo” tiene la misma raíz). No es extraño que Celso, un apologeta anticristiano del siglo II, para desprestigiar el hecho de la resurrección, afirmase que esta fe se basa en el testimonio de unas mujeres histéricas. San Pablo, que narra cómo se predicaba la resurrección en los momentos posteriores a los que se refieren los evangelistas, solo cita a varones como testigos.

2.- Otro dato extraño: uno de los problemas que tenían los primeros cristianos era afirmar que “el hombre” Jesús había resucitado. Para dejar claro que no se trataba de un fantasma, los evangelios insisten en los rasgos que definen la corporalidad y la humanidad: Jesús se deja tocar, muestra sus llagas, come pescado. Pero lo sorprendente es que, junto a estos datos que refuerzan la “carne” del resucitado, nos cuentan otros que parecen contradecirlos: atraviesa puertas, parece un fantasma, desaparece de la vista cuando intentan retenerlo; en quienes le ven surgen dudas, preguntas, miedos. La segunda serie de datos resulta contradictoria con la primera. Para resaltar la corporalidad del resucitado, lo mejor hubiera sido olvidarse de que algunos le confundieron con un fantasma.

3.- Puestos a vender la resurrección y a hacerla interesante para nosotros, lo lógico es decir con san Pablo: en su resurrección hemos resucitado todos. Pero este es un dato posterior al primer anuncio. El primer anuncio se refiere solo a Jesús: su resurrección parece que no tiene relevancia inmediata y directa para nosotros. En el fondo, el primer anuncio no nos aporta nada. Es un anuncio gratuito, que no trata de convencer por lo que aporta, sino que vale por sí mismo. Los que cuentan así la resurrección son unos malos vendedores. San Pablo sabe vender mejor el producto. Por eso insiste en que la resurrección de Cristo tiene incidencia directa en todos y cada uno de los creyentes.

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Yo mismo Lo veré

Domingo, 27 de marzo de 2016

158

  “Yo mismo Lo veré”

Y seremos nosotros, para siempre,
como eres Tú el que fuiste, en nuestra tierra,
hijo de la María y de la Muerte,
compañero de todos los caminos.

Seremos lo que somos, para siempre,
pero gloriosamente restaurados,
como son tuyas esas cinco llagas,
imprescriptiblemente gloriosas.

Como eres Tú el que fuiste, humano, hermano,
exactamente igual al que moriste,
Jesús, el mismo y totalmente otro,

así seremos para siempre, exactos,
lo que fuimos y somos y seremos,
¡otros del todo, pero tan nosotros!

*

Pedro Casaldáliga

16mo

***

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

– “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos

*

Juan 20, 1-9

***

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