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“El futuro del Evangelio”, por José María Castillo, teólogo.

Sábado, 27 de septiembre de 2014

9788433027146_04_mDe su blog Teología sin Censura:

La estimación comúnmente aceptada entre los expertos sitúa los orígenes del ser humano en torno a los cien mil años (Ernst Mayr, Bioastronomy News, 7, 3 (1995). De esos cien mil años, unos siete mil nos son suficientemente conocidos, ya que es en el tercer milenio (a. C.) donde se sitúa el “nacimiento de la civilización”, cuando en Oriente Medio (Mesopotamia) aparecieron la agricultura, la metalurgia y la escritura (Jean Bottéro, Mésopotamie, Paris, 1987, 8). Nacieron así las primeras “ciudades-estado”, con su organización, sus jerarquías y las consiguientes desigualdades sociales. Y fue entonces cuando dieron la cara dos grandes fenómenos culturales que han crecido sin cesar hasta el día de hoy: la evolución de la tecnología y la evolución social. Pero ahora caemos en la cuenta de que estos dos grandes fenómenos, que han marcado la historia de la humanidad, han crecido en sentido opuesto: la evolución tecnológica como progreso imparable, la evolución social como degradación inhumana que ahonda cada día más y más las desigualdades, las humillaciones y el sufrimiento de los mortales. (María Daraki, Las tres negaciones de Yahvé, Madrid, 2007, 8).

¿Qué papel ha desempeñado el Evangelio en esta apasionante y amenazante historia de la humanidad? Por los datos más fiables que nos proporcionan los cuatro evangelios, sabemos que Jesús tenía muy claro el peligro que representan, en la historia de los mortales, el dinero de los ricos y el poder de los grandes. De ahí que “servir al dinero” y “servir a Dios” son dos cosas incompatibles (Mt 6, 24). Como “mantener riquezas” y “seguir a Jesús” son igualmente incompatibles (Mc 10, 17-31). Y en cuanto al asunto del poder de los grandes de este mundo, Jesús fue tajante: lo que hacen es “dominar” y “tiranizar” (Mt 20, 25). Por eso, el mismo Jesús cortó en seco las apetencias de poder y mando que ya asomaron en los primeros apóstoles (Mt 20, 26; Lc 22, 25-26). Y el ejemplo supremo lo dio el propio Jesús cuando, al despedirse de sus discípulos, hizo con ellos el oficio de un esclavo (Jn 13, 1-15).

Más aún, las tres grandes preocupaciones de Jesús, un hombre profundamente religioso (por su relación con el Padre y su frecuente oración), no fueron de orden religioso, sino preocupaciones laicas, comunes a todos los humanos: la salud de los enfermos (relatos de curaciones), compartir mesa y mantel con toda clase de personas (relatos de comidas), y las mejores relaciones humanas de todos con todos (sermón del monte, (Mt 5-7), o de la llanura, Lc 6, 12-49). Pero sabemos que Jesús realizó todo esto de tal manera, que entró en conflicto con los dirigentes de la religión (José M. Castillo, La laicidad del Evangelio, Bilbao 2014, 121-137). Hasta el extremo de tener que aceptar “la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” (Gerd Theissen, El movimiento de Jesús. Historia de una revolución de valores, Salamanca, 2005, 53).

¿En qué ha quedado todo esto? En un programa heroico y raro, para pocas personas. ¿Y para la Iglesia? Es imposible contarlo en un breve artículo. Pero el hecho es que, con el paso de los tiempos, en la Iglesia terminó por imponerse más la Religión (con sus jerarquías, sus poderes, sus rituales, sus dogmas…) que el Evangelio (con las convicciones tan claras que Jesús transmitió). Como igualmente es un hecho que la cultura de Occidente, tan marcada por la Iglesia, ha sido una cultura de guerras y violencias, colonizaciones y poderes, a los que la misma Iglesia se ha tenido que acomodar, a los que la Iglesia “legitima” y de los que la Iglesia recibe, tantas veces, dinero y privilegios. Es cierto que en Occidente se han elaborado los derechos humanos (que, por cierto, no han sido aún suscritos por el Vaticano). Pero no es menos verdad que Occidente representa el ideal del desarrollo tecnológico (con su contrapartida de degradación social), la cuna del capitalismo, y el mantenedor de las más brutales desigualdades entre los pueblos y entre los seres humanos.

¿Se puede decir que el futuro de la Iglesia es el futuro del Evangelio?
Lo será, en la medida en que la Iglesia se ajuste al Evangelio. Pero, ¡atención!, el Evangelio no es una doctrina, ni es una organización. El Evangelio es un proyecto de vida. De manera que quien viva ese proyecto, ése será el que se entere de lo que es el Evangelio. Y de lo que debe ser, y cómo debe ser, la Iglesia de Jesús. La Iglesia del Jesús de la vida, no de la religión que ha discutido con las demás religiones para ver cuál de ellas es la verdadera; o para buscar a las otras religiones, con el buen deseo de ver si, por fin, nos ponemos de acuerdo.

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Grupos de Jesús: Una experiencia de conversión

Lunes, 22 de septiembre de 2014

20130220cnsbr14035-300x199Ideados por José Antonio Pagola, buscan volver a Él recuperando la frescura del Evangelio

Miguel Ángel Malavia.

Lo dijo el propio Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y lo recuerda constantemente el papa Francisco, siendo muy clarificador este párrafo de su exhortación La alegría del Evangelio:

Necesitamos lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales.Banner-jose-antonio-Pagola-Grupos-Jesus

Respondiendo a esta necesidad, comienzan a surgir diversas iniciativas y procesos de conversión y renovación. Entre ellos, con una presencia significativa tanto en España como en América Latina, están naciendo los llamados Grupos de Jesús.

Su impulsor es José Antonio Pagola, reconocido biblista y teólogo, autor de numerosos libros. En el último, titulado precisamente Grupos de Jesús (publicado ahora por PPC), ofrece los materiales básicos para nutrir los encuentros de los miembros de estas comunidades. Como explica Pagola:

El objetivo principal es vivir juntos un proceso de conversión individual y grupal a Jesucristo, ahondando de manera sencilla en lo esencial del Evangelio. Queremos poner a Jesucristo en el centro de nuestras vidas y de nuestras comunidades. Esto es lo primero y decisivo: hacer juntos un recorrido que nos lleve a conocer mejor a Jesús, a reavivar nuestra adhesión total a su persona y a seguirlo colaborando con Él en el proyecto humanizador del Reino de Dios.

Con esta intuición, el sacerdote vasco ha ideado una dinámica basada en la sencillez. Se trata simplemente de grupos abiertos (que pueden ir desde creyentes practicantes más o menos maduros en su fe hasta no creyentes que, sin embargo, se sienten atraídos por la figura de Jesús) que, en un proceso que puede ir de cuatro a cinco años, se reúnen periódicamente para orar y reflexionar sobre unos materiales que constan de un total de 40 temas (los mismos que ahora se recogen articulados en el libro). Como apunta Pagola, no se trata de lo que entendemos por catequesis, sino de otra cosa:

Estamos en otro plano: es un proceso de conversión a Jesús, directamente, de vuelta a Él. Con todos y entre todos, en un camino comunitario, directo, vivo.

Siempre articulado en torno al Evangelio, a cada tema se le dedican dos reuniones, aunque puede haber más de considerarse necesario:

La mayoría de los miembros son laicos.

  • En la primera, el fin principal es ahondar en el propio texto evangélico, buscando captar la totalidad de su mensaje, por lo que lo leen en un clima de silencio, escucha atenta y reflexión.
  • En la segunda cita, a través de la conversación pausada, participativa y constructiva, tratan de seguir avanzando en un camino que lleve a la conversión personal de cada uno y a fortalecer el compromiso de todo el grupo en el proyecto de Jesús.

Igualmente, tal y como empiezan todo encuentro escuchando la Palabra, lo concluyen orando el Padrenuestro, de pie y con las manos unidas, formando un círculo. Antes de terminar, todos se dan un abrazo de paz.

Fruto de su experiencia en dinámicas de trabajo con laicos y jóvenes, Pagola se muestra convencido de que los Grupos de Jesús pueden ser un camino eficaz para que, en un futuro próximo, haya cada vez más comunidades enraizadas en la persona de Jesucristo, con más verdad y más fidelidad”. La clave, por tanto, está en que todos los miembros sean participativos y aporten sus principales cualidades, progresando así todos a través del enriquecimiento común. Especifica:

En esta situación crítica, dada la ausencia vocacional, es normal que los laicos lleven el protagonismo principal en el impulso de estos grupos.

El ejemplo malagueño

El espíritu de conversión marca a todos los Grupos de Jesús de manera muy variada, como se ejemplifica en los dos que se desarrollan en Málaga. Uno cuenta con seis miembros y el otro con ocho, siendo en su mayoría mujeres y seglares. Fede Pinto, que recuerda que los pusieron en marcha hace dos años tras un encuentro con Pagola en Granada, cuenta que se reúnen en una casa particular una hora y media los lunes y en un colegio, dos horas, los sábados.

Gracias a la implicación de todos, los escasos esquemas previos acaban olvidados:

Comenzamos con la oración del Espíritu Santo y compartimos experiencias personales que hayan sucedido desde la última reunión. Aunque empezamos hablando sobre las preguntas que hemos preparado antes en casa, siempre acaba saliendo todo lo inesperado, ya que, al ser un grupo muy vivo y comprometido en la parroquia y en distintas obras sociales, las experiencias son muy nutritivas para todos. Hay días en que las reuniones están tan llenas de sentimientos que lo preparado brilla por su ausencia. Así son nuestros Grupos de Jesús, cuyos encuentros definiríamos como muy esperados, sencillos, alegres, profundos, emocionantes y participativos.

Pese a su, por ahora, corto camino (el primer grupo surgió hace dos años y el segundo apenas hace uno), esta laica malagueña asegura con emoción que es mucho lo que todos han recibido ya:

Estamos descubriendo una nueva forma de ver, sentir y vivir el mensaje de Jesús de Nazaret en lo pequeño y sencillo de la vida. Es algo que no puedo comunicar con palabras, pero sí digo que todos los días doy gracias a Dios por permitirme compartir estos momentos con el grupo, que convive en un proceso fuerte y verdadero de sencillez y comprensión.

Albacete

Ese mismo espíritu es el que se vive en otros dos Grupos de Jesús que, también desde hace dos años, celebran sus encuentros en Albacete. Paco Gil, sacerdote y misionero, trabaja con ambos, que son algo diferentes en su modo de acción respecto a los de Málaga: compuestos por 16 y 11 personas, respectivamente, se juntan una vez cada quince días, como mínimo durante una hora, y dedican a cada tema normalmente tres reuniones. Como manifiesta Paco, se trata de un tiempo de trabajo más pausado al tratarse de “personas de diferente cultura y formación”, pero eso es, precisamente, lo que hace más rica a la comunidad:

No deja de llamarme la atención que personas no acostumbradas a hablar en público lleguen a contar su propia experiencia vital, y lo hagan sin miedo, con total confianza y creando un ambiente entrañable. Al final, resulta gozoso ver cómo el texto evangélico, pasado por el tamiz de la experiencia personal de los diferentes miembros, se convierte en un mensaje lleno de Buena Noticia, de noticia que es motivo de alegría y esperanza.

Una fraternidad y una fe que expresan, una vez al mes, con la celebración de una Eucaristía compartida, “que hace que el encuentro con Jesús sea también sacramental”.

Con el fin de que los distintos Grupos de Jesús que hay repartidos en distintos países puedan conectar entre sí y enriquecerse compartiendo sus particulares experiencias, se ha creado la web www.gruposdejesus.com. Sería un paso más en un camino que aún está empezando, pero que ya infunde mucha esperanza.

Una reacción necesaria

José Antonio Pagola está convencido de que el futuro de la Iglesia pasa por el impulso de pequeñas comunidades vivas, que “serán las que construirán una Iglesia renovada”. Y no es una forma de hablar, sino que ve realmente “urgente” actuar, pues tiene la certidumbre de que estamos ante un cambio de paradigma histórico:

Vivimos en un presente de gran crisis religiosa, pero parece que todavía no estamos aprendiendo apenas nada de ella y no vemos aún urgente la necesidad de volver a Jesús, y de hacerlo con más verdad y fidelidad, de un modo radical. Por lo general, hoy no estamos trabajando con perspectiva de futuro, pero, probablemente, dentro de unos años, en la Iglesia ya sí se sentirá con fuerza esta necesidad de Jesús. Será cuando la crisis nos vaya despojando de poderes, privilegios, costumbres, tradiciones, lenguajes… Cosas que nos distancian del Evangelio. Pero hay que tener esperanza. Creo firmemente que Jesús salvará a su Iglesia de esta crisis, pues solo Él posee la fuerza renovadora que atrae a las personas. Ahí es donde entran en juego comunidades y proyectos como los Grupos de Jesús, que, desde su modesta contribución, pueden impulsar en el interior de la Iglesia un clima de conversión a Jesucristo. Todavía Jesús puede dar verdaderas sorpresas en la historia de la Iglesia. Tenemos que tener esperanza”.

Fuente: En el nº 2.909 de Vida Nueva

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Cierto… cierto…

Lunes, 22 de septiembre de 2014

Muy bueno… fina ironía la del Hermano Cortés.

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Tampoco… tampoco… que se pondrían histéricos

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 Son más de leer cosas como esto… Y es que se empieza así… y llega lo que llega

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 Por eso, se pasaron la Verdad por

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Pero no se pueden poner puertas al campo

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 Y es que ya lo decía Erasmo

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“No desvirtuar la bondad de Dios”. 21 de septiembre de 2014. 25 Tiempo ordinario (A). Mateo 20 , 1-16

Domingo, 21 de septiembre de 2014

48-OrdinarioA25A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como “un misterio de bondad insondable” que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.

Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios Bueno, Jesús compara su actuación a la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.

Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da “un denario”: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder vivir.

Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: “¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?”. ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas como lo haríamos nosotros, busca siempre responder desde su Bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?

Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?

Creer en un Dios, Amigo incondicional, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.

Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su Bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados del Antiguo Testamento. Ante el Dios Bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Difunde la confianza en la Bondad de Dios. Pásalo.

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“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”. Domingo 21 de septiembre de 2014. 25º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 21 de septiembre de 2014

comentario-mateo-20-1-16-el-logos-cruz-L-XKvM8fLeído en Koinonia:

Isaías 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes
Salmo responsorial: 144: Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Filipenses 1,20c-24.27a: Para mí la vida es Cristo
Mateo 20,1-16: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

La gracia y la misericordia de Dios se contrapone a la mentalidad religiosa judía de los tiempos de Jesús. Frente a la teología del mérito del sistema religioso se opone la teología de la gracia predicada por Jesús. Desde esta perspectiva, la salvación no se alcanza solamente por méritos propios sino por la misericordia de Dios que nos la concede a pesar de que no la merezcamos.

El texto del segundo Isaías centra su actividad profética en el tema de la consolación del pueblo desterrado. Pero el destierro fue por la desobediencia del pueblo y de sus dirigentes que se apartaron de Dios y quebrantaron la alianza. Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Si el pueblo es infiel a la alianza, Dios permanece siempre fiel. Los caminos del Señor son muy distintos de los caminos humanos. El profeta insiste en la invitación a buscar al Señor. Hace un llamado a la conversión y al arrepentimiento porque Dios es Clemente y misericordioso y siempre está dispuesto al perdón. Los planes de Dios no son tan limitados y mezquinos como los de nosotros.

Pablo, en la carta a los Filipenses, plantea una seria disyuntiva: o morir para estar con Cristo o quedarse en medio de ellos para ayudarles en sus dificultades. Pablo, prisionero por Cristo, presiente que sus días ya están llegando a su fin. Perseguido, calumniado, encarcelado, azotado y despreciado de muchos ha vivido en su propia persona la pasión de su Señor. Consecuente con su predicación, si se ha esforzado por vivir el evangelio de Jesús, entonces es normal que corra la misma suerte que su maestro. Pero también tiene la plena convicción de participar de la gloria de la resurrección. Tanto su vida como su muerte está en función de Cristo. Si está vivo es para seguir anunciando el evangelio, si muere es para entrar en la plena comunión de los justificados por El. Así las cosas, Pablo siente que su misión ha llegado a su fin. Como Jesús, puede decir todo está cumplido. Pero a Pablo le queda la gran preocupación de la fragilidad de las comunidades, cuya fe está fuertemente amenazada por el ambiente cultural y religioso de las colonias del Imperio.

En la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió se la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicados, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Hoy tenemos que superar todo espíritu de competencia y codicia. Tenemos que superar sobre todo el «exclusivismo» que todavía late en el subconsciente cristiano: ya no lo decimos ni lo sostenemos, pero muchos lo siguen pensando: nosotros, nuestra religión, sería la única verdadera, y por tanto la superior, la definitiva, la insuperable, aquella a la que las demás religiones (¡y culturas!) deberán confluir… Si ya muchos han abandonado aquella visión veterotestamentaria de que «las naciones y los pueblos vendrán a adorar a Dios en Sión» -porque sociológicamente ya no parece previsible ni viable que el mundo vaya un día a ser todo él cristiano-, no dejamos de tener esa conciencia de «exclusivismo» cuando nuestras autoridades y jerarquías condenan autoritariamente y sin diálogo alguno opiniones sociales, criterios éticos, que se dan en distintas sociedades, apoyados en el convencimiento de que nuestra verdad es incuestionablemente superior a la de los demás, por principio, y que tendríamos derecho a imponerla en la sociedad (laica, aconfesional) sin necesidad siquiera de dialogar y convencer a la población… Es una actitud de complejo de superioridad que no tiene ninguna justificación.

La apertura a todos, el reconocimiento sincero de que no tenemos un «gratuito e inmerecido derecho de primogenitura», que no somos «los (únicos) elegidos», que los que hemos considerado tradicionalmente «últimos» (o en todo caso, posteriores a nosotros) no lo son, que Dios es «gratuito» y sin favoritismos… son asignaturas pendientes todavía para las Iglesias cristianas…

No cabe duda de que aceptar en profundidad el mensaje evangélico de hoy de que «los primeros serán los últimos», nos exige un cambio de mentalidad a fondo. También el pluralismo religioso y el diálogo intercultural hay que elencarlos entre esos grandes desafíos generados por el descubrimiento más profundo de la «gratuidad de Dios» que la parábola del evangelio de hoy vuelve a poner ante nuestros ojos. Leer más…

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Dom 21. 9. 14. El mismo salario, suficiente para todos

Domingo, 21 de septiembre de 2014

2013mayo_imag04aDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 25 ciclo A. Mt 20, 1-16. Éste es un texto significativos que nos sitúa ante el trabajo y la falta de trabajo, ante la gratuidad o el buen salario (¡igual salario) para todos.

Es una parábola de evangelio, no una ley de Estado: Supone que en el mundo hay desigualdad ante el trabajo, pero añadiendo que el salario (un denario, lo fundamental para vivir) ha de ser el mismo para todos, para el Papa y el último clérigo de aldea, para el Rey de España y el emigrante ilegal, para el petrolero de Tejas y para obrero textil de Bangla Desh.

Un mismo salario para cubrir las necesidades básicas de la vida, el mismo para todos. Desde el punto de vista del capitalismo (y de un tipo de lucha de poder) éste es un texto escandaloso, pues parece que el señor de la viña es injusto con los que han trabajado todo el día, dándoles lo mismo que a los que apenas han podido trabajar.

Dos son los presupuestos del texto:

a) Que haya trabajo (productivo de formas distintas…) para todos… pues en la “viña” del Señor de la vida hay labor suficiente para hombres y mujeres, para los primeros y los últimos.

b) Que el salario de fondo sea el mismo para todos, es decir, el denario (un dinero) que el trabajador y su familia necesitan para vivir con honradez, pues todos los hombres y mujeres en el fondo son iguales.

Éste es en el fondo un texto que nos sitúa en una línea más “marxista (y del libro de los Hechos): Cada uno trabaje según sus posibilidades, a cada uno se le ha de dar según sus necesidadesd… Buen domingo a todos.

Texto. Mt 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

– El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.”

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

10527871_771484426247146_4912025341536269476_nUnas preguntas

Los más viejos recordamos todavía las plazas de los pueblos de Castilla-La Mancha y Andalucia donde los jornaleros esperaban la llegada de capataces de los amos para contratarles. En ese contexto de parados (y quizá de aprovechados), de los que trabajan y de los que no pueden trabajar, de señoritos y currantes, en medio de la lucha del mundo vida, ofrece esta parábola una luz para pensar, para vivir, para soñar. Buen fin de semana para todos, amigos

Éste es un texto escandaloso y esperanzado que puede y debe aplicarse en un tiempo de crisis como el nuestro, a las varias circunstancias de la vida:

1. ¿Por qué hay unos que tienen más trabajo y otros menos, un trabajo bien remunerado… o sin salario?
¿Por qué los de fuera –emigrantes—no tienen trabajo y buscan en las plazas del occidente rico un trabajo duro, que casi nadie quiere? El texto supone que la sociedad puede y debe ofrecer trabajo a odos.

2. El Señor de la parábola quiere que, al fin, como humanos, todos los trabajaqdores tengan el mismo salario, que es un “denario”, lo suficiente para vivir. ¿No es injusto ese Señor que da el mismo denario a los más y a los menos, a los ricos y a los pobres…? Como se podría organizar una sociedad desde este mismo “denario” para todos?

‒ Éste es pues un texto escandaloso y esperanzado para todos, un texto que nos abre a la experiencia social y laboral de la gratuidad, en un mundo en el que puede y debe haber espacio de vida y trabajo para todos.

‒ Éste es un texto que invita a superar el puro mundo salarial, trascendiendo un tipo de justicia (sin negarla), para abrir así un tiempo y espacio de vida para todos, sin ventajas ni derechos superiores de aquellos que se creen primeros, sin revanchas ni resentimientos de los últimos.

La protesta de los de prima

Los de la “hora de prima” son los que han comenzado a trabajar desde el amanecer. Han estado todo el día en la faena. Evidentemente, conforme a las leyes laborales, esperan más salario que los últimos.

En sentido simbólico, esos de hora prima pueden ser los judíos que han estado trabajando “para Dios” desde el principio de los tiempos. Pero al fin, ese Dios-Amo les da el mismo salario que a los últimos, que en un sentido bíblico son los gentiles que acaban de entrar en la Iglesia, los que apenas han trabajado media hora.

‒ En sentido laboral esos de prima pueden ser los políticos y los banqueeros, los dueños de empresas y los comercientes… Ellos han dirigido la faena, han sudado, han programado. ¿Pueden contentarse con lo mismo que el pobre obrero que no arriesga nada nada? ((Pero ¿no arriesga el abrero asalariado y, más aún, el emigrante y excluido, cuya vida entera es un riesgo?)). ¿Pueden tener una ventaja los primeros, por veteranía y por esfuerzo?

‒ Del salario “merecido” a la alegría de la vida. ¿No sería mejor que los primeros (banqeros y reyes, comerciantes e ingenieros…) se alegraran porque el Dios-Amo concede lo mismo a los últimos?

‒- ¿No estará diciéndonos el texto que debemos superar el sistema salarial, propio de un tipo de mercantilismo (capitalismo), para fundar un sistema no salarial de igualdad, de manera que todos reciban lo mismo, para así vivir dignamente, unos y otros?

¿Tienen los primeros y los ricos un mayor derecho, pueden ellos cobrar mayor salario, o simplemente “tomarlo de las arcas o robarlo? Por otra parte ¿no necesitan ellos más que un denario (lo suficiente para uno y su familia…), no tienen el derecho a la mayor parte de la fortuna?

Estos “de prima” parecen los ricos de los países ricos, los dueños de grandes fortunas, los reyes, los grandes políticos y los comerciantes…

Los de la hora undécima (en un día laboral de doce horas)

Sólo han trabajado media hora… o no han trabajado nada, pues nadie les ha contratado y ellos por sí mismos no tienen acceso al mundo laboral:

La primera pregunta es: ¿por qué no les han contratado antes? ¿La culpa es del amo, que no les ha visto, o les ha dejado a propósito atrás, porque le han parecido peores?
¿Quién es el responsable?
¿Ellos, por no haber trabajado? ¿El amo por no haberles contratado antes? ¿Los trabajadores de la primera hora por haberse adelantado?
¿Han sufrido en la plaza por no haber sido contratados?
¿Tienen derecho al mismo “salario” que los trabajadores de la primera hora? Leer más…

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Parábola del terrateniente cabrón. Domingo 25. Ciclo A.

Domingo, 21 de septiembre de 2014

Mt.-20,-1-16-hDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Nota: De los numerosos insultos que enriquecen la lengua castellana, “cabrón” es el único tomado de la Biblia (Ezequiel). Por consiguiente, nadie debe escandalizarse de que lo use, aunque tampoco es preciso que añada: “Palabra de Dios”.

Una parábola provocadora

Durante el período de formación de los discípulos, tal como lo cuenta el evangelio de Mateo, Jesús parece disfrutar desconcertándolos con sus ideas sobre el matrimonio, la importancia de los niños, la riqueza. Pero el punto culminante del desconcierto lo constituye esta parábola sobre el pago por el trabajo realizado.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron.

Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo.

Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

Le respondieron:

Nadie nos ha contratado.

Él les dijo:

Id también vosotros a mi viña.

Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz:

Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: 

Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.

Él replicó a uno de ellos:

Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

           El protagonista es un terrateniente con capacidad para contratar a gran número de obreros. No es un señorito que se dedica a disfrutar de los productos del campo. Al amanecer ya está levantado, en la plaza del pueblo, contratando por el jornal habitual de la época: un denario. Y tres veces más, a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde, vuelve del campo al pueblo en busca de más mano de obra. A estos no les dice cuánto les pagará. Pero les da lo mismo. Algo es algo.

            Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico, preocupado por su finca, atento todo el día a que rinda el máximo. Se intuye también un aspecto más positivo y social: le preocupa el paro, el que haya gente que termine el día sin nada que llevar a su casa.

            Pero este personaje tan digno se comporta al final como un cabrón. Al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que no empiece por los primeros, sino por los últimos. Cuando estos, sorprendidos, reciben un denario por una sola hora de trabajo, los demás, especialmente los de las 6 de la mañana, alientan la esperanza de recibir un salario mucho más elevado. Con gran indignación de su parte, reciben lo mismo. Es lógico que protesten.

¿Por qué no empezó el propietario por los primeros, los dejó marcharse, y luego pagó a los otros sin que nadie se enterase? ¿Por qué quiso provocar la protesta? Porque sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza de la parábola.

¿Cabrón o bueno?

Los jornaleros de la primera hora plantean el problema a nivel de justicia. En cambio, el terrateniente lo plantea a nivel de bondad. Él no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo a los de la última hora es por bondad, porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

¿Quiénes son los de las 6 de la mañana y los de las 5 de la tarde?

            En la comunidad de Mateo, formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano, predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar ampollas. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba a siglos antes, a Moisés; llevaba el sello de la alianza en su carne, la circuncisión; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no habían faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarles lo mismo a estos paganos recién convertidos, que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios ni del prójimo? Usando unas palabras del profeta Daniel, ¿cómo iban a brillar en el firmamento futuro igual que ellos? En este planteamiento se comprende el reproche que les hace el propietario (Dios): vuestro problema no es la justicia sino la envidia, os molesta que yo sea bueno.

            Desde la época de Mateo han pasado veinte siglos; la interpretación anterior ya no resulta actual y podemos sustituirla por otra: los cristianos que han cumplido desde niños la voluntad de Dios, que no han faltado un domingo a misa, ni han tomado la píldora anticonceptiva, y se enteran de que Dios va compensar igual que a ellos a gente que sólo pisa la iglesia para entierros y bodas y que interpretan la moral de la Iglesia según les convenga. A algunos de ellos puede parecerles una gran injusticia. Dios no lo ve así, porque piensa recompensarles como se merecen. Si da lo mismo a los otros no es por justicia, sino por bondad.

¿No es de hipócritas indignarse?

            Si alguno se sigue indignando con la actitud de Dios, debería preguntarse si es hipócrita o tonto. En el fondo, el que se indigna es porque piensa que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, que lo ha hecho todo bien y merece una mayor recompensa de parte de Dios. Si examina detenidamente su vida, quizá advierta que empezó a trabajar a las 11 de la mañana, y que se ha sentado a descansar en cuanto pensaba que el capataz no lo veía. A buen entendedor, pocas palabras.

            En cambio, el que es consciente de haber rendido poco en su vida, de no haberse comportado en muchos momentos como debiera, de haber empezado a trabajar a las 5 de la tarde, se sentirá animado con esta parábola.

Las cinco de la tarde

            Cabe el peligro de interpretar lo anterior como “Dios es muy bueno y podemos dedicarnos a la gran vida”. La invitación a ir a trabajar a las 5 de la tarde, aunque sólo sea una hora, es un toque de atención No se trata de seguir vagueando irresponsablemente. Siempre hay tiempo para echar una mano al propietario de la finca.

            Este es el tema de la 1ª lectura, tomada de Isaías, que usa un lenguaje mucho más severo.

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

No habla de desocupados sino de malvados y criminales. Pero los exhorta a regresar al Señor, que “tendrá piedad” porque “es rico en perdón”. En el evangelio, con fuerte contraste, no son malvados y criminales los que van en busca de Dios; es el mismo Dios quien sale al encuentro, cuatro veces al día, de todas las personas que necesitan de su ayuda.

            Tanto el evangelio como Isaías coinciden en afirmar, cada uno a su estilo, que los planes y los caminos de Dios son muy distintos y más elevados que los nuestros.

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Rouco, el quiasmo de la “Roca” y el “escándalo”, por José Mª Castillo, teólogo

Domingo, 21 de septiembre de 2014

imagen_194De su blog Teología sin Censura:

Lo que más me ha llamado la atención del reciente libro de José Manuel Vidal (Rouco: una biografía no autorizada), sobre el cardenal Rouco Varela, ha sido la exacta reproducción de lo que, según el evangelio de Mateo, fue uno de los comportamientos más duros y chirriantes del apóstol Pedro. Me refiero a lo que sucedió precisamente el día en el que, según el evangelio de Mateo, Jesús mencionó la palabra “Iglesia” (Mt 16, 18). Si es que efectivamente esa palabra fue pronunciada por Jesús – cosa que discuten los expertos -, lo que sí parece cierto es que, aquel día, Jesús le dijo a Pedro dos palabras muy duras. Porque le llamó “Roca” (Mt 16, 18), que es la firmeza de la fe (Mt 7, 24). Y le llamó “Satanás” (Mt 16, 23), que es el “escándalo” que hace daño a la gente.

¿Por qué este contraste tan provocador y escandaloso? ¿A qué viene juntar, uno tras otro, estos dos relatos tan contradictorios? Es más, ¿cómo se explica que el mismo Pedro, que confesó sin titubeos la grandeza de Jesús como Mesías, a renglón seguido se enfrentó con el mismo Jesús hasta “increparlo” (Mt 16, 22) porque no iba a triunfar en el poder y la gloria de un trono, sino que iba a fracasar como un delincuente en la humillación de un patíbulo? ¿Qué estaba pasando allí, en el siglo primero, en “Cesarea de Filipo” (Mt 16, 13)?

Estaba pasando allí – curiosamente – algo muy parecido a lo que está pasando aquí, en la diócesis de Madrid. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver lo que le ocurrió a Pedro con lo que le está ocurriendo al cardenal Rouco Varela? En circunstancias muy distintas, por supuesto, el cardenal Rouco da la impresión de que está viviendo algo que, en el fondo, viene a ser lo mismo que vivió el apóstol Pedro cuando Jesús le dijo lo de la Iglesia y lo de la roca que da solidez y estabilidad a esta Iglesia. Pedro pensó seguramente que la firmeza de una roca es una forma de hablar de importancia y poder. Por eso a Pedro no le cabía en su cabeza que el Mesías tuviera que terminar sus días padeciendo y fracasando. Y eso, no porque lo iban a matar los malos, los pecadores, los enemigos de la religión, sino todo lo contrario. Jesús, el Mesías de Israel, tenía que ir a la capital, Jerusalén, la ciudad santa, y allí, se vería, no ya destituido de su cargo, sino algo mucho más grave y que nadie podía imaginar. Iban a ser los sumos sacerdotes y los dirigentes de la religión los que lo iban a humillar. Y en aquellas manos consagradas tendría que padecer mucho, sufrir y fracasar, perder su poder y su dignidad. Y así es como podría resucitar a la plenitud de la vida (Mt 16, 21).

Según la lógica humana, las cosas salen adelante cuando se tiene poder para realizarlas. ¿Qué se puede conseguir desde abajo, desde los últimos y los pequeños, desde la inconsistencia de los débiles? Así, según parece, pensaba el apóstol Pedro. Como pensaban los demás apóstoles cuando andaban discutiendo cuál de ellos era el primero, el más importante o quiénes debían ocupar los primeros puestos (Mc 9, 33-37; Mt 18, 1-5; Lc 9, 46-48; Mc 10, 35-45; Mt 20, 20-28; Lc 22, 24-27). Sabemos que Jesús cortó por lo sano y de forma tajante estas pretensiones infantiles y ridículas. Los que quieren ser importantes, trepar en la vida, mandar siempre sobre los demás, ¿por qué no se buscan todo eso en los ámbitos de la vida y de la sociedad donde eso, y nada más que eso, es lo que está juego? ¿Hasta cuándo tendremos que soportar en la Iglesia a este modelo de “tipos grises”, que en la vida no habrían pintado nunca nada, de no ser porque se metieron a curas y, en los ambientes de curia y sacristía, fueron hábiles para trepar?

El evangelio de Mateo juntó, y puso yuxtapuestos, dos relatos aparentemente contradictorios: en el primero (16, 13-20), habla de Pedro como Roca; en el segundo (16, 21-28), le dice a Pedro que es Satanás. Esta proximidad de la “roca” y el “demonio” no puede ser una ocurrencia de Mateo. Los estudiosos dicen que hay en esto una “inversión quiástica: dos palabras o expresiones en forma cruzada que mantienen una simetría, a fin de que la disparidad de sentidos resulte ser la clave para destacar la fuerza de una afirmación. Y la afirmación, en este caso, es que la lógica del Evangelio rompe y echa por tierra todas nuestras pretensiones infantiles de famas y poderes. No porque Jesús pretenda que seamos masoquistas o el Evangelio se tenga que vivir a contrapelo de nuestras aspiraciones al bienestar y la felicidad. No es eso. Lo que el Evangelio nos viene a decir es que no busquemos el bienestar y la felicidad mandando, dominando y siendo importantes. Todo lo contrario, a juicio de Jesús, este mundo se arregla y nosotros encontraremos la fuente de la bondad y la felicidad, cuando seamos capaces de vivir de forma que pasemos por la vida contagiando bienestar, respeto, bondad y cariño. La bondad que mostró Jesús, lo mismo cuando abrazó a los débiles que cuando denunció la hipocresía de los poderosos. Si el papa Francisco está dando tanto que hablar, es porque ha echado por este camino. Los que, a toda costa, quieren el triunfo de la Iglesia, terminan en el piso principal de su mansión, como ejemplo de lo que nunca se debe hacer.

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José Antonio Pagola publica “Grupos de Jesús” en PPC

Jueves, 18 de septiembre de 2014

Hemos añadido el enlace a los Grupos de Jesús entre los nuestros por si se sdesea participar en ellos.

pagol2_560x280Invitación a participar en un itinerario de conversión individual y grupal al Evangelio

A la venta simultáneamente en España, Argentina, Colombia y México y en formato eBook

(PPC).- Grupos de Jesús es mucho más que un libro; es la invitación a participar en un itinerario de conversión individual y grupal a la alegría del Evangelio de Jesús y al proyecto humanizador de Dios. Un proceso que se está gestando en numerosos grupos en España y en América Latina desde hace tres años.

El recorrido ayudará a conocer mejor a Jesús y a arraigar en nuestra vida su mensaje. A través de 40 temas expuestos en 7 etapas, el libro ahonda de manera sencilla en lo esencial del Evangelio.

José Antonio Pagola ha ido sembrando este proyecto a través de numerosas charlas, cursos y encuentros con grupos y comunidades. Las experiencias, inquietudes, preguntas y comentarios que se suscitan en este itinerario podrán compartirse a través de la web www.gruposdejesus.com, una iniciativa novedosa en el ámbito del libro religioso en español y que abre las puertas a la comunicación entre grupos y el autor.

Tanto el libro, que ahora se pone a la venta simultáneamente en España, Argentina, Colombia y México y que está disponible en formato eBook, como el proceso ya están siendo noticia. El semanario Vida Nueva publica esta semana un reportaje sobre esta experiencia de conversión con la que los grupos de Jesús buscan volver a Él recuperando la frescura del Evangelio.

 En este vídeo, Pagola presenta un libro “muy importante para mí” -dice el autor- y la “propuesta de hacer un proceso personal y grupal ahondando en lo más sencillo del Evangelio”.

Imagen de previsualización de YouTube

Más en www.gruposdejesus.com

Y en www.ppc-editorial.com/Pagola.html

Fuente Religión Digital

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“Mirar con Fe al Crucificado”. 14 de septiembre de 2014. Exaltación de la Cruz (A ). Juan 3, 13-17

Domingo, 14 de septiembre de 2014

imageLa fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?

Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

Son sin duda preguntas muy razonables que necesitan una respuesta clarificadora. Cuando los cristianos miramos al Crucificado no ensalzamos el dolor, la tortura y la muerte, sino el amor, la cercanía y la solidaridad de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo.

No es el sufrimiento el que salva sino el amor de Dios que se solidariza con la historia dolorosa del ser humano. No es la sangre la que, en realidad, limpia nuestro pecado sino el amor insondable de Dios que nos acoge como hijos. La crucifixión es el acontecimiento en el que mejor se nos revela su amor.

Descubrir la grandeza de la Cruz no es atribuir no sé qué misterioso poder o virtud al dolor, sino confesar la fuerza salvadora del amor de Dios cuando, encarnado en Jesús, sale a reconciliar el mundo consigo.

En esos brazos extendidos que ya no pueden abrazar a los niños y en esas manos que ya no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, los cristianos “contemplamos” a Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

En ese rostro apagado por la muerte, en esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a las prostitutas, en esa boca que ya no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, en esos labios que no pueden pronunciar su perdón a los pecadores, Dios nos está revelando como en ningún otro gesto su amor insondable a la Humanidad.

Por eso, ser fiel al Crucificado no es buscar cruces y sufrimientos, sino vivir como él en una actitud de entrega y solidaridad aceptando si es necesario la crucifixión y los males que nos pueden llegar como consecuencia. Esta fidelidad al Crucificado no es dolorista sino esperanzada. A una vida “crucificada”, vivida con el mismo espíritu de amor con que vivió Jesús, solo le espera resurrección.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Invita a mirar al Crucificado con fe. Pásalo.

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“Tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. Domingo 14 de septiembre de 2014 Exaltación de la Santa Cruz 24ª semana de tiempo ordinario

Domingo, 14 de septiembre de 2014

pascuaLeído en Koinonia:

Números 21,4b-9: Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.
Salmo responsorial: 77: No olvidéis las acciones del Señor.
Filipenses 2,6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Juan 3,13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

En el diálogo entre Jesús y Nicodemo, en el fragmento del evangelio de Juan que hoy leemos, encontramos una alusión al relato de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Núm 21,8s) y que el evangelista retoma para compararlo con la manera como el Hijo del Hombre fue levantado en la cruz. La palabra “levantar” es usada en dos sentidos: la elevación en la cruz y la elevación a la diestra del Padre. La tradición cristiana la ha traducido por “exaltación”. Juan, en su teología, ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la “hora” de su glorificación. La “exaltación” sería el tránsito de Jesús del mundo al Padre, la Pascua salvadora en la que Jesús es glorificado. Éste sería el sentido en el que celebramos hoy la exaltación de Jesús, más que de la cruz. La cruz no la exaltamos. La cruz un signo del gran amor de Jesús para con la humanidad. Sólo en ese sentido podría exaltarse la cruz. Por eso, el evangelio insiste en que Jesús no vino a juzgar, condenar o acabar el mundo, por el contrario, vino a dar testimonio de que el amor es el camino seguro que conduce a la resurrección.

Jesús no amó la cruz, sino que quiso evitarla. Lo cual no fue una «debilidad humana», sino su deber lógico. Porque tampoco podemos ya decir que «el Padre lo envió a la muerte y una muerte de cruz… En Jesús no hay nada de una visión ni masoquista (que ame o valore la cruz por sí misma), ni que la incorpore «al plan de Dios» por voluntad divina, ni una visión expiadora: Jesús sufriendo, muriendo en la cruz para ofrecer a Dios Padre ese sufrimiento violento en nombre de la humanidad, para así «aplacar» al «airado» Eterno Padre, que habría cancelado sus relaciones con la humanidad por causa de un supuesto pecado original cometido por una supuesta «primera pareja» de primates humanos…

Lamentablemente –tenemos que reconocerlo– la cruz es también, no sólo ese signo del amor consecuente y de la coherencia de Jesús con su misión, sino sobre todo el signo central de todo este relato mitológico de pecado original, masa humana condenada, envío desde el cielo de un Mesías redentor, expiación en la cruz, recuperación de la humanidad. Se puede decir, sin temor a exagerar, que durante demasiado tiempo ha fungido como el relato esencial cristiano. Ha sido el mensaje concentrado en que las Iglesias cristianas han hecho coincidir su doctrina, su visión, y su misión. Y es la visión más ampliamente difundida… en nombre de Jesús, que nunca supo de ello ni nunca quiso morir para expiar un pecado original.

Afortunadamente, ello ha sido algo tan extendido masivamente en las Iglesias y tan ingenuamente (mitológicamente) aceptado, que ni siquiera ha sido declarado oficialmente dogma… se dio por supuesto simplemente. De forma que, sencillamente, no es dogma; es –aunque pueda sorprendernos este su status– una tradición, tan antigua y venerable como superable y prescindible. Esto alivia a muchos cristianos que ya no pueden vivir en el mundo mitólógico (ni siquiera siendo conscientes de que se las han con símbolos…: muchas personas de la sociedad de hoy ya no toleran símbolos de determinado tipos mitológicos, ni siquiera sabiendo conscientemente que son mitos; su cultura actual no tolera ya mitologías a la hora de manejar/expresar el sentido de su vida humana: se ha convertido incluso en una cuestión de dignidad, de honor).

Son demasiadas cosas las que están implicadas en esta mitología de la cruz, que no sólo ya no puede ser «exaltada», sino que debe ser «deconstruida». Ya los hemos insinuado, pero merecerían un abordaje detenido, detallado y a fondo: pecado original como pecado mitológico primordial que causa la desgracia de la humanidad (mito común en muchas religiones); la massa damnata o humanidad condenada por el pecado original, de la que san Agustín hablaba y que marcó a la teología por más de un milenio; la interpretación de todos los males como castigo de Dios por «nuestro» pecado original (pérdida de los supuestos dones preternaturales, de la ciencia infusa, de la inmortalidad, del equilibrio psíquico-espiritual, condena a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, condena de la mujer a dar a luz con dolor y a estar sometida al varón…); la interpretación de la muerte de Jesús como expiación para aplacar al Padre Eterno; la interpretación esencial del bautismo como instrumento para el perdón del pecado original; el valor expiatorio del dolor asumido (incluso provocado, la mortificación) voluntariamente; el amor a la cruz…

El cristianismo tiene ahí una responsabilidad colectiva por tanto sufrimiento psíquico infligido a tantas generaciones humanas, durante tanto tiempo, aunque haya sido involuntariamente, por un espejismo cultural, no por mala voluntad. No basta dejar de hablar de aquello que ya da vergüenza hablar. Es una obligación de responsabilidad colectiva «agarrar el toro por los cuernos», de frente, reconocidamente, sin callar nada vergonzantemente, y negar explícitamente lo hoy reconocemos que fue un error, y tratar de liberar a tantas personas que aún arrastran en su conciencia, y con frecuencia en las capas subconscientes de su psiqué, la desconfianza ante el mundo, ante la materia, ante la sexualidad, ante el placer y la felicidad. O una visión espiritual masoquista (como aquella de la Imitación de Cristo, de Kempis: «Tanto más santo te harás, cuanta más violencia te hicieres»). Leer más…

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Dom 14. 9. 14. Exaltación de la Santa Cruz

Domingo, 14 de septiembre de 2014

SIC18692Leído en el blog de Xabier Pikaza:

Dom 14.9 14. Fiesta de la Santa Cruz. El signo de la cruz constituye quizá la mayor aportación del cristianismo a la simbología y a la experiencias de las religiones Ciertamente, un tipo de cruz se ha utilizado desde hace mucho tiempo, como símbolo solar (cruces aspadas, laburus) o como signo de todo el cosmos, especialmente en clave espacial (cuatro líneas abiertas a los cuatro puntos cardinales que se cruzan en un centro).

Sin embargo, ninguno de esos elementos constituye el rasgo específico de la cruz cristiana, que ha empezado siendo un signo de tortura y un patíbulo donde Jesús ha muerto, en contra de las expectativas y esperanzas de sus seguidores. La cruz es el signo supremo de la injusticia de la historia, de la prepotencia asesina de los poderosos, del sufrimiento y muerte de los vencidos.

Pero esa cruz, con un hombre muerto en ella, siendo en principio el escándalo supremo de la fe, se ha interpretado después, partiendo de la pascua, como símbolo mesiánico y como principio de seguimiento cristiano.

Es normal que los cristianos celebren su fiesta. Por si a alguno le sirven presento unas reflexiones de tipo más litúrgico tomado de mi Diccionario Bíblico, con el famoso signo de la Cruz de la Cartuja de Miraflores (Burgos) que comento al final del post. Buen día a todos.

Texto Juan 3,13-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.”

El escándalo de la cruz

ha sido formulado de manera clásica por Pablo: «Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, poder y sabiduría de Dios, porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 22-25). Más aún, Pablo sabe que, conforme a la Ley de Israel, la cruz es una maldición: «Maldito es aquel que ha sido colgado de un madero» (Gal 3, 10, con cita de Dt. 27, 26).

Los evangelios han escenificado esa maldición de la cruz en unos relatos de fuerte dramatismo. Los espectadores que pasan ante el Calvario se mofan de Jesús crucificado y, de un modo especial, lo hacen los sacerdotes y escribas, indicando con sus burlas que Dios ha rechazado a Jesús. La cruz no es para ellos un signo de presencia, sino de abandono de Dios: «¡Ay, tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días! ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz!… Y de manera semejantes, los sumos sacerdotes, riéndose entre sí, con los escribas, decían:¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! ¡El Mesías! ¡El rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos! (Mc 15, 28-32). El mismo Jesús reconoce el escándalo y grita: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní?, es decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 14, 34), ratificando con su fracaso y soledad el escándalo de una vida humana sometida a la injusticia y sufrimiento.

Un escándalo anunciado: era necesario.

Para aquellos que saben leer las Escrituras y la paradoja de la historia humana, la cruz se ha venido a presentar como signo supremo de solidaridad de Jesús con los pobres, llegando a ser de esa manea un símbolo mesiánico. Esto es lo que han descubierto y formulado los cristianos cuando han dicho que era necesario (dei): era necesario que el Hijo del hombre padeciera (Mc 8, 31 par), compartiendo así la suerte de los hombres y mujeres que buscan y fracasan, que sufren y no logran descubrir la verdad. Ellos, los dolientes de la tierra, los perdedores de la historia son ahora la comunidad de Jesús, forman su iglesia.

Esta no es una necesidad ontológica, vinculadas a los mitos del eterno retorno del sufrimiento, sino una “necesidad” histórica (o quizá mejor una fatalidad y un pecado), que la Escritura había ido descubriendo y mostrando en algunos de sus textos más paradigmáticos (el → siervo sufriente del Segundo Isaías, el justo perseguido de Sab 2). Este descubrimiento de la necesidad del sufrimiento constituye la primera norma interpretativa cristiana del Antiguo Testamento, el principio hermenéutico supremo de la iglesia (cf. Lc 24, 26.44; Hech 1, 16).

El Cristo crucificado.

Los investigadores no han llegado todavía a un acuerdo total sobre la manera en que Jesús entendió su tarea mesiánica; pero es evidente que el letrero de la cruz: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26 par) ha golpeado la conciencia de los cristianos, de manera que han descubierto la verdad de ese letrero. Lo que Pilato había hecho escribir en son de burla y condena lo toman ellos como signo de la verdad de Dios. En esa línea se sitúan las más solemnes confesiones de Pablo, que entiende a Jesús crucificado como presencia y revelación suprema de Dios (cf. 1 Cor 1, 13. 22; Flp 2, 8; 3, 18). Lo que era escándalo insalvable se convierte así en principio de fe. La cruz es la señal más alta de la presencia de Dios.

Tomar la cruz.

Desde aquí se puede dar un paso y afirmar que el camino de la cruz constituye el signo distintivo de los creyentes. Así lo dice Pablo, cuando afirma que sólo quiere conocer a Cristo y a Cristo crucificado (1 Cor 2, 2), para añadir después que él mismo quiere estar y está crucificado con Jesús (cf. Gal 2, 20; 3, 1). Desde aquí se entienden las palabras más novedosas de los sinópticos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará» (Mc 8, 34-35). Rehacer el camino de la cruz de Jesús desde su mensaje de Reino, en clave de pascua; esta es la novedad del cristianismo.
A partir de la experiencia cristiana primitiva, expresada por Pablo y los sinópticos, lo mismo que por el evangelio de Juan (cf. Jn 12, 32), la cruz ha venido a presentarse como signo de Dios y de la salvación de los hombres.

(1) Podemos presentar a Dios sin cruz, como una esfera,

encerrada en su quietud eterna, sin dolores ni problemas, sin cambios ni muerte en el mundo. Notas suyas serían la inmutabilidad, auto-contemplación y poderío: lo tiene todo y por tanto nada necesita. Frente a los restantes seres que ha creado, él se enclaustra inexorable en su propia perfección. Un Dios así, sin Cruz ni amor, es para muchos hombres y mujeres de este tiempo un enemigo. Pero el Dios de Jesucristo se introduce por la Cruz en nuestra historia y muere dentro de ella en favor de los humanos. Es un Dios de libertad, no es poder que goza obligando a que los otros le rindan reverencia, sino amor que se ofrece en gratuidad, abriendo así un espacio de vida compartida para los humanos.

(2) Los cristianos confiesan que Dios se expresa (se realiza humanamente) en la historia salvadora de la Cruz de Cristo.

Así entienden la Cruz como un momento integrante del proceso de amor, que brota del Padre, suscitando al Hijo como ser distinto de sí mismo y poniéndose en sus manos. El mismo Padre se regala (se pierde) dando su vida a Jesucristo: no clausura para sí riqueza alguna, no conserva egoístamente nada, sino que entrega a Jesús todo lo que tiene para que él pueda realizarse libremente. El Hijo Jesús, que ha recibido la vida del Padre, se la ofrece nuevamente, poniéndose en sus manos cuando entrega su vida por el reino (en favor de los humanos). Leer más…

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“Perdonar de corazón”. Domingo 24. Ciclo A

Domingo, 14 de septiembre de 2014

HIJO PRÓDIGO5_thumb[1]Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Argumentos para perdonar (1ª lectura)

La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? 

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.

Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Pedro y Lamec

         Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

            El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

La parábola

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor..

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

          Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

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“El bando del Crucificado”, por Gema Juan OCD

Domingo, 14 de septiembre de 2014

14910431410_7583182df7_mLeido en su blog Juntos Andemos:

En cierta ocasión, Teresa de Jesús escribía a un hermano carmelita: «No ha de faltar cruz en esta vida, aunque más hagamos, si somos del bando del Crucificado».

No es que ella no supiera que la vida trae cruces, dolores y dificultades para todos. Lo sabía bien, pero hablaba de otra cosa. De hecho, muy poco después de escribir esta carta, dirá en Moradas: «No penséis que está la cosa en si se muere mi padre o hermano, conformarme tanto con la voluntad de Dios que no lo sienta; y si hay trabajos y enfermedades, sufrirlos con contento. Bueno es, y a las veces consiste en discreción, porque no podemos más, y hacemos de la necesidad virtud».

El realismo de Teresa parece no tener límites, como no los tiene su conciencia de que lo que Jesús propone es algo diferente; cuenta con esa actitud sabia pero, además, invita a otra cosa. Ella entendió que seguir a un hombre que fue crucificado, significaba algo más que hacer de la necesidad virtud o resignarse, de la mejor manera, ante situaciones inevitables.

Puede sorprender que una mujer del s. XVI, imbuida de las ideas espirituales del momento, entendiera, tan de raíz, el sentido de la cruz de Cristo. Aunque, según propias palabras, no era muy letrada, es conocido su afán como lectora y que buscó la luz cuanto le fue posible para entender su fe y poder vivirla sinceramente. Pero lo que entendió sobre el Crucificado no lo aprendió en ningún libro, sino creyendo y orando, y llevando a la vida lo que iba intuyendo.

La teología actual sabe –mejor que la del tiempo de Teresa– que la cruz de Cristo alude, más aún que al dolor físico –sin duda, desmesurado– a la humillación que suponía la crucifixión: era una muerte vergonzosa y denigrante. Una muerte con la que Cristo cedió todos sus derechos y se degradó voluntariamente.

Teresa lo comprendió, y por eso hablaba de la cruz que puede aparecer en la vida por el hecho de elegir estar en el «bando del Crucificado». Por decidir seguirle y vivir tras su estela.

Solo desde ahí se puede entender –o mejor, vivir– ese ir «procurando perder de nuestro derecho», del que habla Teresa. Algo que a la mentalidad actual le resulta prácticamente inadmisible. Sin duda, hay gentes admirables, anónimas para muchos, que viven cediendo, es decir, renunciando de un modo u otro a sus legítimos derechos, en pro de los demás. Pero a nadie se le oculta lo difícil que resulta encajar esta idea en el pensamiento de hoy.

De hecho, a la gran comunidad de seguidores de Jesús se le hace muy difícil no encontrar argumentos y razones –¿excusas?– de todo tipo, para no perder o ceder sus derechos. Mientras que, desde la Encarnación hasta la cruz, el camino de Cristo es el de la desposesión de sí más absoluta en favor de los demás.

Tal vez por eso, Teresa decía con tanta fuerza: «Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco… ¿Pensáis que es poco un tal amigo al lado?». Teresa sabe que ese Cristo se hace compañero de vida, cuando se acoge su presencia: «No os faltará para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis en todas partes».

El Crucificado va por delante. Por eso, es posible responder a su invitación –«Venid conmigo»– y decidirse a vivir como Él. Sin duda, supone un riesgo porque implica una profunda desinstalación. Lo intuyeron pronto los primeros discípulos, tambaleándose y queriendo convencer a Jesús de que no cediera su dignidad. Y lo intuye quien mira al Cristo vivo en sus palabras, en su interior y en quienes le siguen de verdad.

Para Teresa, ser del «bando del Crucificado» es ir entendiendo la vida de Jesús, asumir su estilo bienaventurado, que busca parecerse al Padre todo bueno, que pone su dignidad en el amor, hasta el punto de decir: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos».

Cuando Teresa pensaba en esa forma de dar la vida, animaba a cada una de sus hermanas a «ser la menor de todas… mirando cómo o por dónde las podéis hacer placer y servir». Por eso le molestaba tanto que se hiciera «caso de unas cositas que llaman agravios» y las cosas de «honra», la búsqueda de reconocimiento o ventajas. Porque, en definitiva –como había advertido san Pablo a los Corintios– era vaciar la cruz de Cristo, desfigurarla.

La comunidad de los que siguen a Jesús está llamada a ceder derechos y dignidades, a renunciar a sus ventajas, a no ofenderse cuando no es tratada con reverencia. Está llamada a reconocer, nuevamente, la cruz de Jesús. Será necesario recordar que Él pidió ser «cautos como serpientes e ingenuos como palomas», pero también que avisó de que un discípulo no es más que su maestro, si de verdad es discípulo. Y al Maestro, su vida le llevó a desposeerse y no salvarse a sí mismo, le llevó a la cruz.

A toda la comunidad que sigue a Jesús y a cada miembro de ella, se dirige Teresa: «Abrazaos con la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí y entended que esta ha de ser vuestra empresa; la que más pudiere padecer, que padezca más por El, y será la mejor librada». Padecer es servir como Cristo, no significa afligirse o castigarse sin razón. Es seguir al que dijo, cuando iba camino de Jerusalén: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve».

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A salvo

Martes, 9 de septiembre de 2014

Del blog de la Communion Béthanie:

2014 con Dios llama y Vivir por el Espíritu +

En 1932, dos mujeres entregan su existencia a Dios y reciben en su oración, día día, palabras de Vida. Dos libros van a nacer de este compañerismo con Cristo, que te proponemos descubrir a lo largo de este año.

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” Siéntete en cada instante envuelto

por mi fuerza y  mi protección.

Como el niño en los brazos de su madre,

quédate a salvo y sosegado

cerca de Mí. “

*

El 3 de septiembre, Dios llama.

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***

 

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María

Lunes, 8 de septiembre de 2014

En la Festividad de la Natividad de María. Del blog de la Communion Béthanie:

Caminemos todo el verano con el papa Juan XXIII

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“Cualquiera que sean nuestros estados de vida y de responsabilidades,

estamos totalmente envueltos en la maternidad dulce de María,

que cumple para nosotros los mismos hechos que toda madre prodiga a sus hijos:

ama, vela, protege, intercede…

Como la pequeña Teresa de Lisieux, ama siempre más a María,

y, siempre más también,  has de saber hacerla amar.

Qué, por ella, traigas a tus hermanos a Cristo Jesús.”

*

Su Santidad Juan XXIII

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“El evangelio para la comunidad LGTB”, por Carlos Osma

Lunes, 8 de septiembre de 2014

cruzLeído en Homoprotestantes:

Y les dijo: Id y predicad el evangelio a toda criatura 

 Muchas personas LGTB que han salido del armario dejaron allí, en el armario, eso que conocían como evangelio. La buena noticia que el cristianismo venía a darles se traducía en abusos en su niñez, desprecios y humillaciones por su manera de comportarse, terapias reparativas, condenas, pérdida del entorno familiar, oposición a sus derechos básicos, culpabilización, exclusión de las comunidades… y podríamos seguir, y seguir añadiendo experiencias terribles que tuvieron su origen en el evangelio que se les anunciaba.

 La salida del armario ha sido para ellas lo más parecido a la propuesta que Jesús hizo al religioso Nicodemo, pero que este no quiso aceptar: “nacer de nuevo”. De lo que significa el doloroso paso de nacer de nuevo para ver y vivir en un mundo que te hace más feliz, saben mucho las personas LGTB. Y esa nueva vida ya no quiere tener nada que ver con la anterior, ni siquiera para pararse un momento como la mujer de Lot para echar la mirada atrás y ver su Sodoma en llamas. No vaya a ser que mirando desde lejos la ciudad que creó la religión para que vivieran humillados, vuelvan a convertirse en una estatua de sal incapaz de moverse para seguir al ángel que les lleva de la mano a un lugar seguro.

 No vamos a caer en el reduccionismo que algunos proponen cuando dicen que la comunidad LGTB sólo ofrece a sus miembros sexo, relaciones superficiales y una vida insatisfactoria, mientras que el cristianismo ofrece una vida con sentido. Decir eso en otros contextos puede levantar aplausos, pero dentro del colectivo LGTB sólo muestra una gran ignorancia. Sería imposible que el colectivo LGTB hubiera podido lograr muchas de sus reivindicaciones sin un compromiso claro y profundo por la justicia. Durante años ha existido una red de apoyo entre personas que sabían lo que significaba quedarse sin nada tras salir del armario, y ese quedarse sin nada podía ser sin familia, sin trabajo, sin dinero… En muchos momentos las personas LGTB han acompañado hasta la muerte a personas que las comunidades cristianas trataban como apestadas. La comunidad LGTB ha demostrado una capacidad de empatía y de trabajo por dar dignidad y felicidad a tantas personas, que es estúpido llegar ahora para poner al cristianismo como ejemplo de algo. ¿Qué significa entonces predicar la buena noticia dentro de nuestro colectivo?¿deberíamos hacerlo? Y si es así, ¿cómo?.

 Sobre si deberíamos anunciar el evangelio, la buena noticia, el mensaje liberador de Jesús, creo que no hay duda. Deberíamos estar avergonzados por como se ha venido llevando hasta ahora con las personas LGTB, pero la transmisión del evangelio es algo inherente al hecho de ser cristianos. No existe eso del cristianismo para la intimidad… el cristianismo es una propuesta de liberación que no va dirigida únicamente a uno mismo sino también a nuestro entorno. Si de verdad somos seguidores de Jesús, si de verdad nos hemos puesto en camino hacia el Reino que él anunciaba, debemos compartir las Buenas Noticias con las personas que tenemos más cerca, con las personas que, como nosotros, creen que es necesario seguir construyendo un mundo más justo. Un mundo que para cristianos y cristianas anticipa aquel que anhelamos y en el que todas y todos viviremos en paz y alcanzaremos la plenitud junto a Aquel que lo es todo en todas y todos.

 Predicar el evangelio a las personas LGTB no es proponerles una ideología determinada que sea atractiva, tampoco llamarles al arrepentimiento de lo que nosotras y nosotros consideramos inaceptable bajo nuestra moral particular. No deberíamos confundir nuestra visión del evangelio con el evangelio mismo. Para sacar del armario al Jesús que muchos y muchas dejaron atrás en su búsqueda de liberación, deberíamos dejarle expresarse tal y como es, y si tiene la misma fuerza que hace dos mil años, transformará a las personas. Por eso creo que debemos acercar el mensaje de Jesús a las personas LGTB, y que sean sus palabras, leídas en una Biblia o en la vida de cristianos y cristianas comprometidas con el evangelio, las que permitan valorar a quienes un día dejaron todo para tener una vida más digna y plena, si el seguimiento de Jesús, si el evangelio, les permite seguir liberándose de tantas y tantas opresiones que todas y todos llevamos dentro. No somos nosotros ni nosotras quienes debemos convencer, es el evangelio mismo quien debe y puede hacerlo.

 Nosotros no somos el evangelio, en eso se equivocan tantos y tantos fundamentalistas que se autoerigen en los defensores de un evangelio que identifican con su manera de entender el mundo. Las cristianas y cristianos somos transmisores imperfectos del evangelio con nuestra vida y con nuestras palabras. Y esa transmisión hacia las personas LGTB debería ser hecha desde la humildad de quienes saben por experiencia, que estas personas han sido injusta y atrozmente tratadas por el cristianismo. Además, se debería poner en valor la labor que han realizado y la presencia de Dios en su manera de apoyarse y sostenerse unas a otros cuando no había nadie que quería hacerlo. Y en ese ponerse al lado o detrás, y no delante o arriba, es como podemos liberar al evangelio de ese aire opresivo hacia las personas LGTB que lo ha envuelto durante tantos y tantos siglos.

 El evangelio de Jesús transforma a los seres humanos y ayuda a construir un mundo mejor. Es difícil decir eso cuando muchas personas han experimentado lo contrario, pero por muy difícil que sea debemos seguir anunciándolo con humildad pero con determinación. La salida del armario, la liberación que eso supuso, es sólo una muestra, un avance de la liberación total a la que nos invita el evangelio. Una liberación que no sólo es individual, sino que algún día transformará el mundo entero. Las personas LGTB tienen mucho que aportar al evangelio con sus experiencias, pero también el evangelio puede seguir aportándoles a ellas. Si pensamos que es así, no podemos más que anunciarlo, con humildad pero con determinación.

 Carlos Osma

[1] Mr 16,15

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El baile de la obediencia

Domingo, 7 de septiembre de 2014

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Si estuviéramos contentos de ti, Señor,
no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda
el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta
hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia

Porque pienso que debes estar cansado
de gente que hable siempre de servirte
con aire de capitanes;
de conocerte con ínfulas de profesor;
de alcanzarte a través de reglas de deporte;
de amarte como se ama un viejo matrimonio.

Y un día que deseabas otra cosa
inventaste a San Francisco
e hiciste de él tu juglar.
Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar
para ser gente alegre que dance su vida contigo.

Para ser buen bailarín contigo
no es preciso saber adónde lleva el baile.
Hay que seguir, ser alegre,
ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido.
No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar.
Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo
y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta.
No hay por qué querer avanzar a toda costa
sino aceptar el dar la vuelta,
ir de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar.
Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos
si la música no formara una armonía.

Pero olvidamos la música de tu Espíritu
y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia;
olvidamos que en tus brazos se danza,
que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía,
y que no hay monotonía ni aburrimiento
más que para las viejas almas
que hacen de inmóvil fondo
en el alegre baile de tu amor.

Señor, muéstranos el puesto
que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros,
debe tener el baile singular de nuestra obediencia.
Revélanos la gran orquesta de tus designios,
donde lo que permites toca notas extrañas
en la serenidad de lo que quieres.

Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana
como un vestido de baile, que nos hará amar de ti
todo detalle como indispensable joya.
Haznos vivir nuestra vida,
no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula,
no como un partido en el que todo es difícil,
no como un teorema que nos rompe la cabeza,
sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo,
como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia,
con la música universal del amor.

Señor, ven a invitarnos.
*

Madeleine Delbrel

El baile de la obediencia

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“Está entre nosotros”. 7 de septiembre de 2014. 23 Tiempo ordinario (Mateo 18, 15-20)

Domingo, 7 de septiembre de 2014

46-OrdinarioA23Aunque las palabras de Jesús, recogidas por Mateo, son de gran importancia para la vida de las comunidades cristianas, pocas veces atraen la atención de comentaristas y predicadores. Esta es la promesa de Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Jesús no está pensando en celebraciones masivas como las de la Plaza de San Pedro en Roma. Aunque solo sean dos o tres, allí está él en medio de ellos. No es necesario que esté presente la jerarquía; no hace falta que sean muchos los reunidos.

Lo importante es que “estén reunidos”, no dispersos, ni enfrentados: que no vivan descalificándose unos a otros. Lo decisivo es que se reúnan “en su nombre”: que escuchen su llamada, que vivan identificados con su proyecto del reino de Dios. Que Jesús sea el centro de su pequeño grupo.

Esta presencia viva y real de Jesús es la que ha de animar, guiar y sostener a las pequeñas comunidades de sus seguidores. Es Jesús quien ha de alentar su oración, sus celebraciones, proyectos y actividades. Esta presencia es el “secreto” de toda comunidad cristiana viva.

Los cristianos no podemos reunirnos hoy en nuestros grupos y comunidades de cualquier manera: por costumbre, por inercia o para cumplir unas obligaciones religiosas. Seremos muchos o, tal vez, pocos. Pero lo importante es que nos reunamos en su nombre, atraídos por su persona y por su proyecto de hacer un mundo más humano.

Hemos de reavivar la conciencia de que somos comunidades de Jesús. Nos reunimos para escuchar su Evangelio, para mantener vivo su recuerdo, para contagiarnos de su Espíritu, para acoger en nosotros su alegría y su paz, para anunciar su Buena Noticia.

El futuro de la fe cristiana dependerá en buena parte de lo que hagamos los cristianos en nuestras comunidades concretas las próximas décadas. No basta lo que pueda hacer el Papa Francisco en el Vaticano. No podemos tampoco poner nuestra esperanza en el puñado de sacerdotes que puedan ordenarse los próximos años. Nuestra única esperanza es Jesucristo.

Somos nosotros los que hemos de centrar nuestras comunidades cristianas en la persona de Jesús como la única fuerza capaz de regenerar nuestra fe gastada y rutinaria. El único capaz de atraer a los hombres y mujeres de hoy. El único capaz de engendrar una fe nueva en estos tiempos de incredulidad. La renovación de las instancias centrales de la Iglesia es urgente. Los decretos de reformas, necesarios. Pero nada tan decisivo como el volver con radicalidad a Jesucristo.

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“Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Domingo 7 de septiembre de 2014. 23º domingo de tiempo ordinario

Domingo, 7 de septiembre de 2014

forgivenessLeído en Koinonia:

Ezequiel 33,7-9: Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre
Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón.”
Romanos 13,8-10: Amar es cumplir la ley entera
Mateo 18,15-20: Si te hace caso, has salvado a tu hermano

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestra corresponsabilidad comunitaria. La fe, o más ampliamente dicho, nuestra vida espiritual, es un asunto personal, una responsabilidad absolutamente intransferible, pero como humanos que somos –seres simbióticos al fin y al cabo– la vivimos en el seno de una comunidad. Por eso, también, todos somos de alguna manera responsables de la vida de cada hermano.

Ezequiel es profeta del tiempo del exilio. Se presenta como el vigilante de su pueblo. Otros profetas han utilizado también esta imagen para caracterizar su misión. La actitud vigilante es un rasgo de los profetas. Estar atento a lo que pasa, para alertar y prevenir al pueblo. Y estar siempre atento también a escuchar la Palabra de Dios. Leer los acontecimientos de la historia y interpretarlos a la luz de la Palabra de Dios. El vigilante, celador, velador, centinela o como se le llame en nuestro medio, está pendiente de los peligros que acechan al pueblo. Por eso, el profeta es responsable directo de lo que le pueda pasar. El profeta tiene la misión de abrir los ojos del pueblo. Pero también el pueblo puede aceptar o rechazar esa interpelación profética. Lo que no está bien es pasar por alto y no darse cuenta del peligro.

Pablo en la carta a los romanos invita a los creyentes que edifiquen su vida sobre la base del amor para que puedan responder a los desafíos del momento histórico que a cada creyente y a cada comunidad le toca vivir. El amor es resumen, síntesis vital, compendio de todo tipo de precepto de orden religioso. Así, Pablo entra en perfecta sintonía con la propuesta evangélica. Ciertamente, no es un rechazo rotundo de la ley. Pero el amor supera la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacer daño a nadie; por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente. La conversión, la metanoia, es cambio rotundo de mente y corazón. Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida. El amor se traduce en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, verdad, paz, justicia y solidaridad fraterna.

El evangelio de Mateo nos presenta el pasaje que se ha denominado comúnmente la corrección fraterna. El texto revela los conflictos internos que vivía la comunidad mateana. Nos encontramos, entonces, ante una página de carácter catequético que pretende enfrentar y resolver el problema de los conflictos comunitarios. El pecado no es solamente de orden individual o moral. Aquí se trata de faltas graves en contra de la comunidad. El evangelista pretende señalar dos cosas importantes: no se trata de caer en un laxismo total que conduzca al caos comunitario. Pero tampoco se trata de un rigorismo tal que nadie pueda fallar o equivocarse. El evangelista coloca el término medio. Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús. No es un proceso jurídico lo que aquí se señala. El evangelista quiere dejar en claro que se trata ante todo de salvar al trasgresor, de no condenarlo ni expulsarlo de entrada. Es un proceso pedagógico que intenta por todos medios salvar a la persona. Ahora bien, si la persona se resiste, no acepta la invitación, no da signos de arrepentimiento… entonces sí la comunidad se ve obligada a expulsarse de su seno. Al no aceptar la oferta de perdón la persona misma se excluye de la comunión.

Nuestro compromiso como creyentes es luchar por la verdad. Nuestras familias y comunidades cristianas deben ser, ante todo, lugares de reconciliación y de verdad. Exigir respeto por las personas que se equivocan pero que quieren rectificar su error es imperativo evangélico. Tampoco se trata de caer en actitudes laxistas o que respalden la impunidad. Pero ante todo, el compromiso con la justicia, la verdad y la reconciliación es una actitud profética.

¿Cómo vivimos los valores de la verdad, la justicia, la reparación y la reconciliación al interior de nuestras comunidades? ¿Qué actitud asumimos frente a los medios de comunicación que manipulan y tergiversan la verdad? ¿Nos sentimos corresponsables de la suerte de nuestros hermanos?

El evangelio de hoy habla también de la comunidad como sujeto de perdón: «Todo lo que aten ustedes en la tierra será atado en el cielo…». Puede ser una oportunidad interesante para hablar tanto de la grave crisis que atraviesa este sacramento en la práctica más extendida en la Iglesia, como de la posibilidad y legitimidad de la reconciliación comunitaria. Véase al respecto el libro de Domiciano Fernández que comentamos más abajo.

El evangelio de hoy no está dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Puede irse a la página de la serie (www.untaljesus.net) y escoger algún capítulo oportuno. Leer más…

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