En este día, los cristianos recordamos la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su misterio pascual. Por esta razón, en todos los lugares se hace memoria de la entrada del Señor en la Ciudad Santa, realizando procesiones, bendiciendo o levantando palmas y ramos de olivo y gritamos “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!”. Pero, ¿sabemos lo que decimos? ¿somos conscientes de que en unos días le abandonaremos y traicionaremos llenos de miedo?…
Una cosa es la tentación de triunfalismo, y otra el complejo de inferioridad. Jesús, a pesar de la humildad de su presentación social es el Mesías, el Hijo de David. Eso si, sin renunciar a su ubicación socio-histórica: “el profeta de Nazaret de Galilea”. Por eso, los cristianos debemos evitar tanto el triunfalismo como la actitud vergonzante. La humildad del borriquillo sobre el que Jesús entró en Jerusalén será siempre una advertencia para que los dirigentes eclesiales no caigan en la tentación de pretender justificar el lujo a fin de subrr su codición de enviados de Dios.
Los hombres “prudentes” de las iglesias se creen frecuentemente autorizados para acallar los clamores juveniles de los “imprudentes”. Sin embargo, Jesús optó decididamente por estos últimos, a pesar de sus imprudencias y sin justificarlas por ello.
Sí, repito, gritamos “Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel. ¡Hosanna en el cielo!”… Pero, ¿sabemos lo que decimos? ¿somos conscientes de que en unos días le abandonaremos y traicionaremos llenos de miedo?… Y es que no estamos acostumbrados a que un hombre entregue su vida por los demás. A lo que sí estamos acostumbrados, desgraciadamente, es a que unos hombres quiten la vida a otros. No vamos a mencionar todos los conflictos bélicos en los que, a diario, mueren decenas de personas, ni el terrorismo salvaje que prolifera en nuestro mundo “civilizado”, en los que se repite el drama de Caín y Abel. Hay muchas formas de que los hombres arrebaten violentamente la vida a sus semejantes. Nos hemos habituado a las guerras, al hambre, a las torturas, a las opresiones, a la explotación, a la discriminación de todo tipo… Los seres humanos llevamos las manos manchadas de sangre…
Pero también hay personas buenas en el mundo y pesan en la balanza más que todos los que viven del odio y siembran la muerte. Muchas personas viven preocupadas por el bien de los otros, son la buena gente que salva el Mundo, exponen su vida por los demás y hasta llegan a perderla. Hay personas que se despojan, que son capaces de vivir en solidaridad, que cargan con todas las vejaciones de los oprimidos hasta perder ante la sociedad el trabajo, la libertad, el poder llevar una vida normal.
La proclamación de la pasión de Jesucristo (Lucas 22, 14 - 23, 56) es una muestra clara de que el camino del seguimiento de Jesús, el de la perfección del ser humano, es el amor a los demás, hasta ser capaces de dar la vida por ellos. La firme convicción cristiana atestigua que quien pierde su vida, la gana para siempre.
Seguro que la lectura de estos enlaces nos ayudaran a comprenderlo mejor:
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Domingo de Ramos, Entrega, Liberación, Triunfalismo, Vergüenza, Vida
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