Un homosexual en casa…”Papá, soy gay”: Padre e hijo, explican cómo recorrieron el camino que separa el tabú de la normalidad.
Buen ejemplo de que la opción por vivir la homosexualidad sin prejuicios es una tarea que no solo incumbe a la persona concreta sino también a su entorno familiar y social, la casa y la escuela, los amigos…
Desde el año 2005, los gays pueden casarse y adoptar. La homosexualidad se ha hecho visible en la calle, pero en la intimidad de cada casa sigue siendo un secreto familiar. Albert y Jordi Arcarons, padre e hijo, explican cómo recorrieron el camino que separa el tabú de la normalidad….
Albert Arcarons. Padre. 61 años: “Al principio me pasé días llorando, pero la experiencia me ha enriquecido”.
“Mi relación con mis otros tres hijos ha mejorado después de saber que Jordi era gay. Ser homófobo es igual a ser machista y si rompes con una serie de estereotipos interiorizados te conviertes en mejor persona. Hoy creo que es una alegría, pero todo exige un proceso. Cuando los hijos salen del armario, los padres nos encerramos en él con siete llaves. Los padres más que las madres. Ellas llevan la parte social de la familia y están obligadas a enfrentar el tema. A mí nadie me pregunta por mis hijos cuando voy al mercado. A pesar del progreso legislativo, muchos padres aceptan a sus hijos gays aparentemente, pero no hablan de ello.
Jordi no lo sabe, pero cuando nos dijo que era gay, su madre y yo nos pasamos la noche llorando. Esa ymuchas más. No me sentí decepcionado ni con mi masculinidad herida, como otros padres, pero sí tenía mucho miedo por lo que pudiera pasarle.
Mis referentes sobre la homosexualidad eran los que recibí en los hermanos de La Salle, que lo consideraban pecado. Me preguntaba cómo trataría a mi hijo toda la gente que pensaba así. Suena raro, pero la noticia me sorprendió mucho. Se desmontaba el castillo que había levantado sobre lo que pensaba que sería mi hijo. Había imaginado que mi mujer lloraría en su boda y que tendríamos nietos. Que triunfaría. Creí que ser gay frenaría su carrera en el partido (CDC).
Todo se calmó aparentemente. Al cabo de dos años, Jordi habló a su madre de la Associació de Mares i Pares de Gais i Lesbianes (AMPGIL). Ella no veía necesario ir, porque le aceptábamos. Él le insistió y fue. Le preguntaron si en casa hablábamos de sexualidad con la misma naturalidad con todos los hijos. La respuesta era no. Dos meses después, empecé a acompañar a mi mujer, que hoy preside la asociación. Alguien me abrió del todo los ojos al preguntarme si yo podía decidir enamorarme de la primera persona que se sentara a mi lado en el metro. Mi hijo, como cualquier persona, tampoco podía. Ahora presido la Asociación internacional de Familias por la Diversidad Sexual”.
Jordi Arcarons. Hijo, 31 años. “Mi padre sugirió que fuéramos al psicólogo y le dije que no hacía falta”.
“Un amigo mío explicó a sus padres que era gay después de salir cuatro años con un chico, pero mi detonante fue un no poder más. Creo que todos mis amigos tenían un presentimiento de lo que pasaba, menos yo. Había sentido cosas especiales por chicos que ahora sé que eran amor. Cuando todo estaba a punto de estallar, empecé a salir con una chica. Estaba mal. Rompí la relación y me fui a París a casa de una amiga. Me atrevía a decirle que ‘tal vez’ me gustaban ‘también’ los hombres. Ella me dejó hablar y hacer el proceso solo.
Era el año 2000. La noche que llegué a Barcelona, le expliqué a mi hermana Marta la conclusión a la que había llegado en París. Siguió mirando la televisión sin querer hacerme caso. Eran las once, fuimos a despertar a mi hermana Ruth. ‘¡Ahora no!’, gritó. A esas horas no estaba preparada para aquello (risas). A la una, fuimos a buscar a mis padres. Los recuerdo en pijama, sentados en la cama y con cara de pasta de moniato, pero todo fue muy normal.
Recuerdo no saber qué decir y que los demás empezaron a hablar. Tenían miedo a que en el partido, CiU, me rechazaran. Yo pensaba que podría hacer más desde dentro. Mi madre dijo que lo esperaba [el ser gay] más de mí que de mi hermano. Mi padre no lo esperaba, aunque yo, cosa no habitual, cumplía los tópicos. Crecí colgado de mi madre, jugaba con mis hermanas y no me gustaba el deporte. Dejé el tenis cuando el profesor me dedicó un insulto homófobo por equivocarme.
Ingenuamente, mi padre me sugirió ir al psicólogo y dije que no hacía falta. Había asimilado que era gay aunque no sabía qué era ser gay. No quería cambiar de vida ni ir a bares de ambiente. Conocí a un chico y lo espanté, pobre, diciéndole que no quería nada con él porque era super-gay. Entrar en la Associació de Mares i Pares de Gais i Lesbianes (AMPGIL) nos dio aire, aunque durante cinco años nadie mencionó la palabra gay en casa. Mi abuela fue la última en saberlo. A veces, me abrazaba y lloraba. Después decía que yo era el mismo y que me quería”.
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