¿Alguien que los ponga en su sitio?
Esta misma semana nos han llegado las declaraciones de un prelado negando que el Vaticano esté dispuesto a admitir visitas de grupos que se autoidentifiquen como GLBT.
Desconozco qué grado de importancia pueda tener este tipo dentro de la jerarquía católica, pero no ha habido ningún desmentido, y sin duda que si se hubiese referido a colectivos vinculados a alguna etnia en concreto, sus superiores se habrían apresurado a corregirlo. Así que quien calla otorga. Otorga valor incluso a una argumentación tan estúpida como la de que ir a una mezquita no siendo musulmán sería una “profanación” – Ratzinger lo ha hecho y él asegura ser católico -. Y respalda así un pronunciamiento que recuerda al de los grupos judíos ultraortodoxos considerando el Orgullo en Jerusalem como un sacrilegio contra la Ciudad Santa. Irónicamente, Jerusalem fue fundada por el rey David, bisexual, y el mayor cebo turístico del Vaticano son las obras del homosexual Miguel Ángel.
Asistimos así a un paso más del Estado Vaticano hacia un Estado de corte fascista que por mucho que haga suya la bandera de los derechos humanos cuando le conviene, sigue atentando flagrantemente contra ellos en su territorio. La pregunta es: ¿qué otro Estado se va a atrever de una vez a tratarlo como a lo que es: un Estado antidemocrático? O al menos, ¿a darle un aviso de que si quiere seguir siendo reconocido como Estado y manteniendo relaciones diplomáticas, va a tener que dejar de lado sus pretensiones de impunidad y acatar una serie de principios básicos?
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